Va vestido lujosamente, con alquicel blanco y chaleco rayado de colores.

El padre es el bogavante, el primer remero junto á la proa, para tenerle

más cerca. Se adivina que ni por un minuto lo deja solo, temiendo la

inquietante sociedad con sus compañeros de trabajo. En los países

orientales la madre no necesita preocuparse de sus hijas; las tienen

seguras en su casa, haciendo vida de harén, y cuando salen llevan el

rostro cubierto. Los padres sufren mayores inquietudes. Si van á

trabajar, llevan al hijo á su lado, lo tienen siempre á la vista, y sólo

cuando es hombre y perdió las gracias de la adolescencia se libran del

tormento de una vigilancia recelosa.

Empezamos á navegar entre templos sumergidos que sólo muestran sobre el

agua un tercio de sus columnatas y las robustas cornisas de piedra.

Nuestra lancha está sobre una isla que no vemos, la de Filaé ó Filé.

Antes de construirse el gran dique de Assuan, esta isla quedaba siempre

por encima del nivel de las inundaciones. Ahora desaparece durante

algunos meses todos los años y los templos que la cubren se convierten

en un archipiélago de islotes arquitectónicos. En el Egipto milenario,

donde la antigüedad de los monumentos asciende hasta á ochenta siglos,

los templos de Filaé pueden llamarse modernos. El más antiguo es de 350

años antes de nuestra era, cuando gobernaba Nectanebo II, último rey

indígena de Egipto. Los otros, de asperón blanco, que aún conservan

muros con imágenes y capiteles policromos, fueron erigidos por los

Ptolomeos y diversos emperadores romanos, ganosos de imitar el arte

egipcio para hacerse simpáticos á las gentes del país.

No tienen la majestad robusta de los edificios de Tebas y Memfis; en

cambio, parecen más ligeros y agradables á la vista. Son monumentos

decadentes creados por la imitación; tienen el atractivo de las obras

inspiradas por la moda.

Causa cierta angustia ver sumidos en el agua estos templos á la gloria

de Isis, que fueron convertidos después en iglesias por el cristianismo

bizantino y en mezquitas por los vencedores musulmanes; pero como todos

ellos son de piedra y han resistido el peso de los siglos, afirman los

ingleses y los egipcios interesados en el embalsamiento de Filaé que la

inmersión anual no puede acelerar su ruina. ¡Así sea!

Desembarcamos en un pequeño muelle de barro junto á la estación de

Assuan. Vemos á lo lejos grandes hoteles europeos. En los andenes nos

cruzamos con los últimos invernantes que empiezan á retirarse hacia El

Cairo á causa del calor.

Ha empezado ya la mala época en la parte alta del valle del Nilo, y

pasadas unas semanas se iniciará igualmente la fuga de los que viven en

El Cairo.

Muchos visitantes de Egipto, cuando llegan á Assuan, se imaginan estar

en lo más remoto del Nilo habitable. Más allá es para ellos el África

tenebrosa, el misterioso Kartum, la confluencia de los dos Nilos, etc.

Nosotros, en cambio, al llegar á Assuan creemos estar ya en Europa...

Históricamente nos consideramos en nuestra casa después de haber vivido

entre japoneses, chinos é indostánicos, pueblos que jamás tuvieron

relación alguna con la vida mediterránea. Los egipcios fueron maestros

en muchas cosas de griegos y romanos, y resultan algo así como

remotísimos abuelos de la gran familia latina.

Además, ayuda á esta ilusión lo que vamos viendo en torno á nosotros.

Los criados llevan zapatos; en los hoteles hay domésticos franceses é

italianos; en todo comedor se encuentra un _maître d'hôtel_ que ha

trabajado en la Costa Azul. Después de nuestro largo viaje apreciamos

como una excursión insignificante bajar el resto del Nilo, hasta

Alejandría, y cruzar el Mediterráneo.

Nos parecen máscaras incomprensibles los hombres del país con sus

luengas camisas, las mujeres arrastrando la cola del vestido, tapadas

con su antifaz negro y colgante, y ciertos europeos de indumento

exótico. Ya podemos decir que hemos terminado nuestro viaje.

Lo único que nos hace dudar de ello es la abundancia de moscas. A partir

del mes de Febrero, esta plaga de Egipto resulta indescriptible. El

egipcio no parece enterarse de ella. Como la conoce desde que nació, se

resigna.

Durante los meses malos viven las gentes del pueblo con un redondel de

moscas inmóviles en torno de los ojos, otro círculo más grande alrededor

de la boca y unas cuantas que revolotean junto á la nariz, disputándose

el sitio. No se toman el trabajo de sacudirlas... ¿para qué? Llegarían

otras y otras, más ávidas, más agresivas, por el incentivo de la

novedad. Resulta preferible conservar las que ya están instaladas. Y

cada ribereño nilótico sale de su vivienda, se dirige al campo ó á sus

quehaceres, si vive en poblado, y regresa al domicilio conservando la

misma nube de moscas propias.

Hasta en los hoteles lujosos hay que batallar con esta calamidad

milenaria. Los invernantes y las gentes distinguidas del país van á

todas partes llevando un espantamoscas en la mano. Es una particularidad

de Egipto que usan todas las personas acomodadas. Consiste en un manojo

de crines blancas, semejante á una cola de caballo, y sujeto á un

agarrador de marfil.

Veo en la estación de Assuan á un príncipe de la familia real italiana

con todo su séquito de cónsules y agregados de legación, que le

acompañan en su viaje por el país. Este grupo y los demás que esperan el

tren agitan maquinalmente, mientras conversan, sus colas de caballo,

dándose disciplinazos en el rostro y las espaldas. Ni aun así pueden

librarse de estas moscas egipcias, hinchadas, pegajosas, incapaces de

espantarse ni de huir, que pican hasta el último momento de su

existencia.

Esta noche duermo en Luxor, sobre el solar de la antigua Tebas, y antes

de acostarme resuelvo definitivamente una duda que me preocupa desde que

pisé el suelo de África.

Vuelve á salirme al paso en Assuan el marfil abundante y vistoso, cuya

pista perdí en la ciudad del profeta. Ya he dicho que todos los

espantamoscas tienen un largo puño de marfil. En la estación hay tiendas

que ofrecen los mismos objetos de Port Sudán y de Kartum, pero dentro de

escaparates elegantes, en mayores cantidades y con precios marcados.

¡Qué de colmillos debe poseer cada elefante de África para dar abasto á

tal producción!...

Por la noche, después de la comida en el Gran Hotel de Luxor, salgo á

visitar las tiendas inmediatas que se extienden frente al Nilo. La más

grande é iluminada de todas sólo vende objetos de marfil. Además de los

que llevo vistos, encuentro cortapapeles, objetos de escritorio, copas,

cuantos artículos necesarios para la vida pueden tallarse en las ricas

defensas de un paquidermo.

El dueño, mezcla de griego, indostánico y judío, un verdadero

comerciante de la temporada invernal, como si presintiese mis dudas, me

da explicaciones profesionales sobre el marfil. Hay muchos vendedores

sin conciencia que engañan al público dándole género falsificado; pero

él no figura entre ellos. Cuanto tiene en su tienda es puro. La prueba

puede ofrecerla inmediatamente. Y me muestra en un rincón de su

establecimiento una tarima cubierta de esteras egipcias, un taller á

estilo oriental, con un beduíno sentado sobre sus piernas cruzadas, que

mueve una pequeña sierra mecánica. Al mismo tiempo aplica á la cinta de

acero un legítimo colmillo de elefante, pero de elefante desgraciado, de

elefante párvulo, pues el tal colmillo no llega á la longitud ni al

grueso de un brazo de hombre.

Acaba de entrar en la tienda un viejo matrimonio inglés, y se une á mí

para escuchar esta explicación, contemplando curiosamente el trabajo.

Cae del mísero colmillo una redondela amarillenta, y el árabe nos la

muestra, sonriéndonos con todo el verdadero marfil de sus dientes. Tiene

el mismo aire de un prestidigitador cuando acaba de realizar un juego

maravilloso y saluda, esperando un aplauso.

No veo en toda la tienda otro colmillo que éste que acaba de perder su

rodaja más gruesa. ¡Los cientos, los miles iguales á él que se

necesitarían para fabricar todas las obras que llenan anaqueles y

escaparates!...

Mientras la pareja británica habla con el dueño, deseosa de hacer

compras después de una demostración tan convincente, tomo en mis manos

la pieza recién aserrada que me ofrece el artífice indígena.

¡Completamente fría, no obstante la fricción violenta de la sierra!...

Después de vagar media hora frente á los otros establecimientos que

reflejan sus luces en el Nilo, vuelvo á situarme junto á un escaparate

de la tienda de los marfiles. Veo á través de los vidrios cómo el

comerciante da explicaciones á otros viajeros. Luego les muestra el

árabe en cuclillas, ante el aparato aserratorio, con el mismo colmillo

en la mano. Y cuando los curiosos se acercan, ¡paf!, vuelve á caer la

redondela.

Juraría que es la misma, ligeramente pegada para el simulacro de

aserramiento... Hay que economizar el colmillo.

XVII

TEBAS, LA DE LAS CIEN PUERTAS

El papiro y el loto.--Memfis y Tebas.--Los faraones del Alto

Egipto.--Tebas, la de los cien pilones.--Falta de edificios civiles

en las ruinas egipcias.--Cómo vivía el pueblo.--La lluvia, más

temible que un temblor de tierra.--Decadencia de Tebas originada

por sus reyes.--Cortejos esplendorosos de los faraones.--Alianza

estrecha de los monarcas y los sacerdotes.--El palo, batuta

directora de la vida egipcia.--Los hijos actuales de los

«fellahs».--La admirable columnata de Karnak.--Cómo eran los

templos egipcios.--La soledad de Tebas durante largos

siglos.--Eremitas cristianos de la Tebaida.--Las tentaciones de San

Antonio.--Ruinas de Tebas animadas por el diablo.--Nuevos siglos de

soledad.--Los soldados de la República aplauden la más asombrosa de

las decoraciones.

Abro el balcón de mi dormitorio y, aunque la hora es muy temprana,

penetra un chorro de sol cegador, en el que aletean numerosas moscas. Al

sacudir la torpeza del sueño me doy cuenta de que vivo en la antigua

Tebas, capital donde se concentraron las mayores grandezas históricas de

Egipto. Estas riberas del Nilo son las clásicas, las que empezaron á

describir poetas y viajeros hace dos mil años.

El esplendor de la luz resulta aquí una riqueza y un tormento. Como han

dicho algunos, el sol de Egipto no es radioso, es rutilante, y el suelo

parece devorado por los fuegos del día. No carecen de árboles las

riberas nilóticas, y sin embargo es difícil encontrar en ellas un poco

de sombra. Sus pequeñas arboledas se componen de acacias que dan la

llamada goma arábiga, de tamariscos, cuyo débil follaje ha sido cantado

por los poetas árabes, y sobre todo de palmeras, hermosas visualmente

pero de sombra mediocre.

Dos ciudades se reparten la milenaria historia de Egipto: Memfis, en el

Nilo Bajo, cerca del Cairo actual, y Tebas, metrópoli del llamado Nilo

Alto, en tiempos que la influencia egipcia no iba más allá de la primera

catarata. Los faraones usaban dos coronas, para representar su autoridad

sobre los dos Egiptos.

En todos los documentos y en las inscripciones lapidarias, dos plantas

del Nilo simbolizaban jeroglíficamente las dos secciones del Imperio

faraónico: el papiro y el loto. El papiro, planta característica del

Bajo Egipto, lo cultivaban los agricultores del delta á causa de su

valor industrial. Daba su médula nutritiva para alimento de la familia;

sus hojas ligeras y flexibles las empleaban los cesteros, y sobre todo

era buscado por su epidermis, con la que se fabricaba una especie de

cartón que sirvió de papel á los antiguos. El loto, símbolo del Alto

Egipto, ó sea de Tebas, se cubría de flores blancas, azules ó

encarnadas, siendo comestible su semilla, llamada por los extranjeros

«haba de Egipto».

Hoy apenas se encuentran en todo el curso del Nilo estas dos plantas que

sirvieron de emblemas nacionales. El cultivo moderno ha hecho suceder

una nueva flora á la antigua, que ya no es más que un recuerdo

histórico.

Contemplo desde mi balcón el muelle inmediato, un poco más lejos el Nilo

brillante bajo el sol matinal, enfrente la ribera izquierda con sus

campos verdes de cereales, y en el fondo las montañas desnudas y rojizas

del desierto Líbico. A mis espaldas, más allá del hotel y las

construcciones cercanas, existen igualmente una faja de campos nilóticos

y las montañas secas y rojizas del otro desierto, que es el Arábigo.

Se comprende que las primeras tribus pobladoras del Nilo, al ver su

dirección linearia de Sur á Norte, igual á un meridiano, imaginasen que

el resto del mundo estaba dividido por su río en dos partes iguales, y

esto les hizo creer en la serpiente mítica enrollada en torno de nuestro

globo mordiéndose la cola.

Siento un vehemente deseo de conocer los restos de la capital tebana.

Sin ella se hubieran perdido las mejores obras del arte egipcio y gran

parte de su historia.

Memfis desapareció casi enteramente. Sólo quedan de ella las Pirámides,

la Esfinge y los templos salvados por la marea arenosa del desierto.

Situada cerca del delta, por donde entraron todas las invasiones, sufrió

más que las ciudades del interior. Los musulmanes, al crear El Cairo en

sus cercanías, la explotaron como una simple cantera. Sus templos

ruinosos, pero todavía en pie, fueron cayendo bajo la piqueta de los

alarifes árabes, y en las mezquitas del Cairo se encuentran muchas

piedras procedentes de Memfis y Heliópolis empleadas como sillares, sin

respeto para sus inscripciones jeroglíficas. Hicsos, persas, macedonios,

romanos y árabes, todos los invasores de Egipto, permanecieron en el

delta, estableciéndose cerca de Memfis y aprovechando como materiales de

construcción las obras faraónicas.

Tebas, situada en lo alto del Nilo, lejos del núcleo invasor, pudo

conservarse durante muchos siglos lo mismo que en sus mejores tiempos.

Si sus edificios milenarios sufrieron grandes quebrantos, fué por obra

de la Naturaleza más que del hombre. Varios temblores de tierra en los

últimos años de la edad antigua destruyeron una parte de sus templos,

pero las piedras derrumbadas quedaron al pie de los muros, y han sido

relativamente fáciles las restauraciones.

El origen de Tebas resulta obscuro y modesto. En los tiempos más

gloriosos de Memfis los príncipes de Tebas eran unos feudatarios sin

importancia. A partir de la XII dinastía suplantaron á los soberanos

memfitas, pero les fué necesario mucho tiempo para hacerse reconocer por

todo el país. No cuentan las crónicas egipcias cómo lo consiguieron, ni

se sabe gran cosa de la primera dinastía tebana. Durante su reinado

empezaron las guerras de los egipcios con los pueblos vecinos,

veintiocho ó treinta siglos antes de nuestra era.

Habían llegado los egipcios de entonces á una civilización culminante.

Puede decirse que sólo avanzaron después muy lentamente. En las tumbas

de los personajes de dicha época hay pinturas que representan las

operaciones agrícolas tal como se realizan aún en muchos pueblos

modernos, especialmente la recolección de las mieses y la vendimia. Se

ven escultores que tallan piedras, vidrieros que inflan botellas,

alfareros que moldean vasijas y las cuecen, carpinteros, ebanistas,

tejedores, la mayor parte de los oficios existentes en la actualidad.

Estos primeros monarcas de Tebas reinaron en paz sobre Egipto durante

quinientos años; pero el peligro para ellos vino de fuera, y al final de

la XIV dinastía no pudieron defender el territorio nacional.

Vivían entonces entre Egipto y Siria unas tribus de pastores, guerreros

nómadas y ladrones, que viajaban incesantemente por el desierto Arábigo,

en busca de hierba para sus rebaños de terneros y camellos. Eran

semejantes á los actuales beduínos de Arabia. Un jefe indígena los

agrupó excitando su codicia con la descripción de las riquezas de los

faraones, y atravesando el istmo, cayeron sobre Egipto lo mismo que una

nube de langosta.

Incendiaron muchas ciudades, exterminaron á los hombres, esclavizaron

mujeres y niños, y luego de conquistar todo el delta eligieron un rey.

Doscientos años gobernó el país la dinastía de los monarcas hicsos. Los

vencidos le daban este nombre, que significa «reyes de ladrones». Otros

llaman á los hicsos «reyes pastores». Ellos y sus guerreros son tratados

en las inscripciones egipcias de «malditos, impuros, leprosos y

pestíferos».

Los hicsos, á semejanza de otros invasores del Egipto, acabaron por

adoptar las mismas costumbres de los faraones, edificando templos y

palacios, aconsejándose, como ellos, de escribas conocedores del

espíritu nacional. Los príncipes de Tebas, considerándose sin fuerzas

para combatirlos, permanecieron sometidos doscientos años, pero al fin

se sublevaron, y después de otro siglo de guerras consiguieron libertar

á Egipto.

A continuación de este triunfo empezó el verdadero período glorioso de

los faraones de Tebas, el de su influencia exterior. Tuvieron más

soldados que nunca y realizaron expediciones militares por la Siria,

llegando Tutmosis I hasta las orillas del Eufrates. Todos los egipcios,

bajo las dinastías tebanas, fueron soldados ú obreros, y como recuerdo

de un esfuerzo constructor que duró muchos siglos, quedan los monumentos

de esta vasta llanura.

Homero, al hablar de Tebas en la _Ilíada_, dice que sería tan difícil

enumerar sus riquezas como ir contando las arenas del mar. Él fué quien

la dió su título, que ha conservado hasta nuestros días: «Tebas, la de

las cien puertas».

Dicha frase no es rigurosamente exacta. Tebas no tuvo jamás puertas,

pues esto significaría que tuvo murallas, y todas las ciudades egipcias

fueron completamente abiertas. Los faraones, siempre agitados por un

ansia constructiva para eternizar su nombre, jamás levantaron recintos

fortificados en sus poblaciones. Se consideraban inútiles, ya que ningún

enemigo próximo podía amenazarlas. Hubo invasiones de pueblos

extranjeros, pero muy pocas, teniendo en cuenta que se sucedieron en un

período de cuatro mil años. Transcurrían cinco ó seis siglos sin que la

menor alteración turbase la paz del valle del Nilo. Los habitantes de

los dos desiertos inmediatos eran pobres nómadas, temibles únicamente

para el que fuese á buscarlos en su territorio, pero incapaces de bajar

al rico valle, donde las poblaciones casi se tocaban unas con otras.

La frase de Homero debe traducirse con exactitud: «Tebas, la de los cien

pilones», pues «pilón», en griego, aunque significa «puerta»,

corresponde á entrada de templo y no de muralla.

Sabido es que todo templo egipcio, al final de su avenida de esfinges,

tenía el pilón, dos pirámides truncadas flanqueando una portada

cuadrangular. El padre Homero tal vez se quedó corto al atribuir cien

templos á Tebas, pues seguramente pasaban de dicha cifra sus majestuosas

entradas.

Esta capital, cuya importancia duró más de mil años, ocupaba una

extensión enorme, como las otras metrópolis egipcias, pero de su pasado

glorioso sólo quedan en la orilla derecha, donde estuvo la verdadera

ciudad, dos grupos de templos, y en la orilla izquierda numerosos

hipogeos, cavernas fúnebres, tumbas perforadas en una cadena de colinas

áridas, el sepulcral Valle de los Reyes y el menos conocido Valle de las

Reinas.

En las ruinas de Tebas no se encuentran edificios civiles. Los palacios

de los faraones han desaparecido. Tal vez estos monarcas orientales

prefirieron la frescura de la edificación ligera hecha de adobes y

revestida de adornos policromos; tal vez se instalaban simplemente en su

templo predilecto. Sólo se han conservado en pie las casas de los

dioses, construídas para la inmortalidad, con bosques de columnas tan

anchas como el espacio comprendido entre ellas, monumentos imponentes,

sombríos, gigantescos, levantados para que los habitasen concepciones

ideales, no seres humanos.

De las barriadas donde vivía el pueblo es inútil hablar. El egipcio, en

realidad, nunca tuvo casa. Ésta era una simple cabaña de barro con techo

de troncos de palmera, y si algunas veces la añadía un piso superior,

resultaba frágil y necesitado de continuas recomposiciones. Siendo la

atmósfera de entonces más seca que la de ahora, dichas ciudades de barro

podían existir, sin grandes desperfectos, treinta ó cuarenta años.

Dos veces por siglo llovía torrencialmente, y uno de estos aguaceros

inesperados cambiaba la faz de Egipto lo mismo que un temblor de tierra

ó una erupción volcánica. Ciudades enteras quedaban arrasadas. Los

edificios se convertían en simples montones de fango y estacas rotas.

Pero el pueblo egipcio, que no podía poseer la tierra cultivada por él

ni ser dueño de nada permanente, con su fatalismo resignado empezaba á

fabricar nuevos adobes, cortaba nuevas palmeras y construía en quince

días otra vivienda sobre las ruinas de la anterior, que le servían de

pedestal. A causa de esto, la mayor parte de los pueblos del valle del

Nilo se hallan situados encima de colinas artificiales, formadas con

escombros de las casas que fueron superponiéndose durante seis mil años.

Tebas perdió su importancia por obra de los faraones más gloriosos de

las varias dinastías tebanas. La XIX dió dos conquistadores, cuyas

victorias exageraron con hipérboles inauditas sus tropeles de cortesanos

y aun ellos mismos: Seti I y su hijo Ramsés II, el Sesostris de que ya

hablamos.

Obtuvieron estos reyes guerreros fáciles victorias atacando y cazando á

las tribus negras de la Nubia. Pero otros enemigos más temibles vinieron

á amenazarles: los que designan las inscripciones egipcias con el título

de «Pueblos del mar» porque llegaban siempre embarcados ó por el istmo;

hombres de tez blanca, con sus grandes cuerpos tatuados, llevando en sus

cabezas cascos de metal ó testuces de fiera, cuyas pieles les caían por

los hombros. Estos invasores sentían inmediatamente las seducciones de

la rica civilización egipcia, y como su número era escaso para dominar

tan vasto Imperio, acababan por someterse al faraón, agregándose á sus

tropas mercenarias.

La vigilancia de las fronteras obligó á los reyes tebanos á instalarse

en el delta, creando en él poblaciones que adquirieron poco á poco una

importancia de capitales transitorias, Tanis, Bubaste y Sais. Por igual

motivo, las dinastías sucesivas se establecieron definitivamente en el

Norte, viendo sólo en Tebas una capital religiosa, el centro del culto

de Ammón, dios particular de la ciudad, que había ascendido á ser el de

todo Egipto, y cuyos grandes sacerdotes se convirtieron muchas veces en

reyes.

Al perder Tebas su hegemonía terminó el Egipto más glorioso, el que

todos conocemos, el que figura en los relatos literarios y las

evocaciones históricas. La vida se fué retirando de ella poco á poco,

decreció la población aglomerada en torno á sus templos, y al fin sólo

la apreciaron como «una gran decoración del pasado». Las invasiones

asirias y persas exterminaron gran parte de sus habitantes. En tiempos

de los Ptolomeos una revolución local originó la última matanza sufrida

por su vecindario, y un temblor de tierra hizo aún más horrible la obra

destructiva de los hombres.

En los primeros siglos del cristianismo era ya una ruina gigantesca, que

los viajeros griegos y romanos venían á contemplar con la misma

curiosidad que llegan ahora los invernantes á las Pirámides y la

Esfinge.

Diodoro de Sicilia, en su excursión por Egipto, describe á Tebas, la de

los cien pilones, como un campo de ruinas. Tan desierta estaba, que los

anacoretas cristianos, ansiosos de soledad, se establecieron en sus

escombros, haciendo famoso el nombre de la Tebaida. Después que los

ascetas abandonaron la ciudad muerta, los humildes _fellahs_, para

cultivar los campos inmediatos al Nilo, fundaron en la Edad Media dos

aldeas: Luxor y Karnak, situadas á dos kilómetros la una de la otra, y

comprendidas, sin embargo, en el mismo solar de la enorme metrópoli

antigua.

Estas aldeítas de barro son ahora poblaciones con lujosos hoteles, y se

comunican por una avenida que sirvió antiguamente para las procesiones

entre sus dos templos más famosos. Aún guarda dicha avenida su pavimento

de losas de granito y la bordean dos filas de esfinges con cabeza de

cierva. Muchas se mantienen relativamente completas, algunas están

rotas, otras han desaparecido, dejando sobre el pedestal sus garras de

león.

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 3/3 · 第 18 / 26 段