Algunos pueblos son completamente negros á causa del color de este limo

empleado en sus edificios, y se confunden con las rocas basálticas

amontonadas detrás de ellos. Es necesario mirar con anteojos para que

las casas se despeguen de las peñas, viéndose en sus azoteas mujeres

azules que siguen con inmóvil curiosidad el paso de nuestro vapor.

Se notan los efectos del embalsamiento del Nilo en Filaé. El dique

moderno retiene las aguas después de la inundación, para distribuirlas

oportunamente, y esta reserva enorme refluye Nilo arriba, haciendo subir

el nivel ordinario. Casas y norias están en algunos sitios debajo del

agua, asomando sólo sus extremidades superiores. Bosques de palmeras

surgen también del río, convertidas para siempre en árboles acuáticos

por el mencionado embalsamiento.

Pasamos ante Derr, la ciudad más importante de esta sección del Nilo. En

realidad, es un villorio musulmán; pero ciertas casas de adobes tienen

piso superior, y los ricos del país las han adornado con columnas de

igual materia que imitan groseramente las de la antigua arquitectura

egipcia. Junto á Derr se extienden las ruinas de otro gran templo de

Ramsés II. ¡Siempre el vanidoso Sesostris!

Nuestra navegación, dulce, reposada, sin incidentes, nos hace sufrir un

continuo engaño visual, comparable al de los mirajes del desierto.

Creemos deslizarnos por una sucesión de lagos. Nuestros ojos no nos dan

nunca la convicción de que estamos en un río. Se van extendiendo ante la

proa grandes láminas acuáticas, pero todas ellas tienen siempre una faja

de terreno cerrando el horizonte. En los lugares donde el Nilo forma un

recodo, la tierra fronteriza está muy próxima. Cuando el río se

desarrolla recto, las dos orillas, avanzando paralelas, acaban por

tocarse y cierran igualmente la perspectiva.

A cada cambio de paisaje nuestra observación silenciosa formula la misma

pregunta: «¿Por dónde saldremos de este encierro?»

Nunca se parte el horizonte con una lámina infinita de agua. Siempre

tenemos en último término una colina, un acantilado, una banda de

vegetación. En realidad, no se sabe cómo vamos pasando de unos paisajes

á otros, y persiste el engaño de creer que atravesamos una serie de

lagos comunicantes.

Empieza el anochecer. Cielo y río son de nácar, con un resplandor suave

de arco iris, característico de las tierras cuya atmósfera está saturada

de humedad. En torno á los pequeños pueblos se inicia la atracción del

crepúsculo, la marea regresiva de la jornada. Por ambas riberas pasan

filas de borriquillos llevando á lomos á sus dueños, de vuelta de los

campos.

Adivinamos con anticipación la existencia de las aldeas todavía

invisibles, por las procesiones humanas que afluyen á ellas. Mujeres de

larga cola bajan á llenar en el borde nilótico el último cántaro del

día. Las norias lanzan sus postreros chirridos. El _fellah_ entona con

voz melancólica las estrofas finales del cántico del agua. Todavía

suben y bajan en las riberas los brazos innumerables de los _chadufs_,

norias á mano de cangilón único, largas perchas en forma de balancín,

que el campesino egipcio maneja con rápida habilidad, sacando cubos

llenos para hacerlos caer en la pequeña acequia situada dos metros más

arriba.

Suenan en la atmósfera azul los últimos estremecimientos de un trabajo

que viene repitiéndose, junto al Nilo, hace ocho mil ó diez mil años,

siempre en la misma forma, con igual resignación fatalista ante la

Naturaleza y el Destino. Del fondo de este curso acuático eternamente

nutridor va surgiendo un vaho que envuelve personas y cosas, dando un

temblor fantasmagórico á sus líneas y una pátina violeta á sus colores.

La hora es de cristal, y todo vibra, comunicando á la atmósfera

sonoridades que vencen los obstáculos de la distancia. Oímos con

claridad voces de hombres que marchan por las riberas, pequeños como

hormigas; ladridos de perros invisibles en el interior de aldeas

lejanísimas que parecen escapadas de una caja de juguetes. Suenan

cercanos, como ruidos de nuestro propio buque, la caída de un remo en

una barca oculta entre las cañas, el relincho de un caballo hundido

hasta el vientre en las vegetaciones de un pantano.

Nos cruzamos con un vapor semejante al nuestro, que lleva ya encendidas

todas las luces eléctricas de sus salones. Cae la noche con la

instantaneidad violenta de los países tropicales.

Mañana, al salir el sol, estaremos en Filaé.

XVI

EL LAGO DE FILAÉ

El Nilo clásico y el mecanismo de sus inundaciones.--Ceremonias

populares al elevarse las aguas.--Inconvenientes y ventajas del

gran dique de Assuan, que forma el lago de Filaé.--Las cataratas

del Nilo no existen.--La barca, sus remeros y el hermoso fetiche

cantor.--Inquietudes de los padres musulmanes.--El trabajo egipcio

hecho á coro.--Los templos sumergidos de la isla de Filaé.--Aspecto

relativamente europeo de Assuan.--Creemos estar ya en nuestra

casa.--Los espantamoscas y la más terrible de las plagas de

Egipto.--La noche en Luxor.--Vuelvo á encontrar la exuberante

abundancia de marfil y resuelvo definitivamente mis dudas.

Si el Nilo no existiese, sería Egipto una continuación del desierto de

Sahara hasta la costa del mar Rojo. Gracias al río nutridor ha podido

decirse, desde los tiempos de Herodoto, que «Egipto es un don del Nilo».

Esta nación milenaria consiste en un larguísimo oasis entre dos mares de

arena. A su derecha se extiende el desierto Arábigo, llamado así por

resultar una prolongación de la Arabia Pétrea, situada en la orilla

opuesta del mar Rojo. A su izquierda el desierto de Libia, en el que se

alzan las célebres Pirámides de Gizéh, es llano como una mesa, y los

oasis que existen en su superficie tabular ofrecen la particularidad de

estar tallados en hueco, hallándose algunas veces sus hondonadas de

campos feraces más abajo del nivel del Mediterráneo.

Casi toda la población egipcia vive aglomerada en el valle nilótico,

espacio que apenas representa el cuatro por ciento de los territorios

del actual reino de Egipto. El noventa y seis restante puede decirse que

está casi inhabitado, pues sólo mantiene bandas errantes y poco

numerosas de beduínos.

Siete millones y medio de egipcios se hallan establecidos á lo largo del

río, siendo sus dos orillas un doble oasis de gran feracidad que ocupa

1.200 kilómetros de Assuan al Mediterráneo.

La anchura de este valle es enorme en el delta, ó sea en su término,

extendiendo sobre el Mediterráneo un frente de doscientos kilómetros. El

Nilo afecta la forma de un árbol, siendo el delta su copa. El tronco,

representado por todo el curso del río, no tiene más que una anchura

media de diez kilómetros, y en algunos sitios menos. Resulta de ello que

la población de Egipto, aglomerada en un espacio superior apenas al de

Bélgica, ofrece una densidad sólo comparable á la de las regiones más

habitadas de China ó la India.

No bastaría la corriente ordinaria del Nilo para mantener á esta

población enorme, pero proporciona además los beneficios anuales de su

inundación. El clima de Egipto es de una sequedad extrema, y su caudal

de lluvia resulta poco importante en unas regiones, y en otras

completamente nulo. Para los autores antiguos fué un secreto milagroso

el mecanismo de estas crecidas, que se repiten todos los años con una

regularidad cronométrica. El Nilo Blanco aporta el agua de los grandes

lagos ecuatoriales, manteniéndose invariable su volumen gracias á las

grandes lluvias del África intertropical. El Nilo Azul, originario de

las montañas de Abisinia, crece enormemente, como ya dijimos, cuando

llueve en dichas montañas, de Junio á Agosto, y además, su arrastre es

muy impetuoso, pues desciende 1.400 metros desde su nacimiento hasta su

desembocadura en Kartum.

Este equilibrio de los dos afluentes origina y sostiene la prosperidad

egipcia. Si el Nilo Azul fuese el único creador del Nilo de Egipto, éste

recibiría un gran caudal de agua de Julio á Septiembre, quedando casi

seco el resto del año. Si el Nilo Blanco fuese igualmente su único

generador, le daría una corriente anual continua, pero de pobre nivel,

no alcanzando á regar los campos situados sobre sus dos orillas

escarpadas.

Como se ha dicho muchas veces, el Nilo Blanco «hace el Nilo» y el Nilo

Azul «hace el Egipto». En los meses de Abril y Mayo, mientras Europa

conoce los esplendores de la primavera, Egipto tiene un aspecto de

desolación. El Nilo está muy bajo. Las ciudades quedan en las cumbres de

las riberas, alejadas del río, con gran escasez de agua. Es también la

época en que sopla, durante siete semanas, el viento sofocante del

desierto, el terrible _kamsin_, que esparce la arena y arruina muchas

veces toda una región. La gente sufre enfermedades á causa de la

sequedad del ambiente. Es la época de las «plagas de Egipto», conocida y

lamentada desde hace miles de años.

En Junio cambia felizmente el régimen atmosférico. El caldeamiento de la

tierra atrae los vientos del Mediterráneo, tan esperados por los

egipcios que los llaman «vientos del Norte». En los monumentos fúnebres

de la antigüedad hay inscripciones alabando «los soplos deliciosos de

los vientos etéreos ó del Norte, que refrescan y purifican la

atmósfera», y los poetas los comparan á una lágrima de Isis caída en el

río.

Se inicia la inundación con una lenta subida de las aguas. Luego toman

éstas un color verde, que dura algunos días, y es debido á los grandes

bancos vegetales que obstruyeron durante el invierno los afluentes del

río Blanco en el África intertropical. Dicha agua es dañosa para la

salud de los que la beben y da origen á grandes perturbaciones

estomacales. Luego el Nilo toma un color de sangre y empieza la

verdadera crecida, que va en aumento hasta Septiembre. Esta agua es la

que llega cargada de tierra de las montañas de Abisinia, dejando sobre

los campos una capa de limo fecundante. Se calcula que toda crecida

nilótica deposita en el valle veinticinco millones de toneladas de barro

abonador. El agua del Nilo Rojo, á pesar de ser terrosa, resulta más

sana y agradable para beber que la del llamado Nilo Verde.

La bajada de las aguas es más rápida que la subida. Se inicia á mitad de

Octubre y termina á fines de Noviembre. En Diciembre queda limitado el

Nilo á su propio lecho y su caudal acuático es semejante al que tiene en

este momento bajo la quilla de nuestro buque-hotel. Aún transcurrirán

cuatro meses antes de que vuelva á hincharse y subir bajo el impulso de

su poderoso afluente el Azul.

A medida que se va retirando el Nilo empiezan las siembras de invierno,

y durante los meses de Diciembre, Enero y Febrero, cuando la tierra de

Europa parece dormir, Egipto está todo verde. A un lado y á otro del río

vemos ahora trigales muy altos, que madurarán en el mes inmediato, ó sea

en Abril.

Los relatos de los escribas egipcios, á pesar de sus descripciones

fragmentarias, nos permiten imaginar con qué ansiedad esperaron los

habitantes de este valle durante miles de años la subida de unas aguas

de las que dependía su existencia. La primera alegría del pueblo era ver

el pequeño cocodrilo llamado _ack_, divino precursor que venía Nilo

abajo desde las ignoradas fuentes con la primera oleada de la

inundación.

Ahora ya no hay cocodrilos en el Nilo Bajo. Llegaron á tener en la

antigüedad hasta seis metros de longitud; pero la navegación á vapor y

los diques del riego moderno los han hecho huir, como ya dije, más allá

de la primera catarata. Quedan algunos en Nubia, mas únicamente se les

ve en abundancia arriba de la sexta catarata, ó sea á partir de Kartum.

Después de la aparición del _ack_, los egipcios antiguos seguían

atentamente los diversos fenómenos de la crecida: el empuje de las aguas

verdes arrastrando la vegetación corrupta de los lagos pantanosos

vecinos al Nilo Blanco, la presencia de las aguas «rojas» teñidas por el

barro de los torrentes etiópicos; y cuando la corriente empezaba á

humedecer las crestas de los diques llegaba el momento más solemne.

Grupos de _fellahs_ cortaban los baluartes de tierra que habían servido

de compuertas impidiendo hasta el instante oportuno la entrada del agua

fangosa en los canales de riego. Los sacerdotes alzaban sus brazos,

quedando en hierática postura, para gritar: «Salud, ¡oh Nilo! tú que

vienes á dar su vida al Egipto.»

Bailaba la gente lanzando gritos de alegría. Al cortar los malecones de

tierra se dejaba un pedazo de dicha compuerta en medio del canal, para

que la corriente lo royese, derrumbándolo á los pocos momentos entre

aplausos de la muchedumbre. A este mojón de barro lo apodaban «la

novia», y según opinión de Reclús, dicho simbolismo obedecía á la idea

popular de que todo don de los dioses debe ser compensado por una

inmolación. También arrojaban una muñeca en el agua fangosa, tal vez

como recuerdo de víctimas verdaderas que habían sacrificado muchos

siglos antes para que el divino Nilo no les retirase sus favores.

En la actualidad no se recibe con fiestas religiosas la llegada de la

inundación, pero todavía representa el suceso más interesante del año y

provoca un regocijo popular. Apenas crece el río, hombres, niños,

búfalos y caballos se meten en el agua refrescante y chapotean junto á

las orillas horas enteras. Las olas arrastran grandes bancos de peces, y

las aves silvestres, así como las de corral, forman bandas sobre la

corriente para pescarlos con sus picos. Debo añadir que cuando la

tierra, seca y ardorosa durante cuatro meses, empieza á humedecerse con

el crecimiento de las aguas, da vida á enjambres infinitos de insectos

que sólo los egipcios pueden resistir y justifican la antigua leyenda de

las plagas.

El año egipcio figura dividido por los diversos niveles del curso

nilótico, que tanto influyó igualmente en la historia del país. Egipto

sólo tiene tres estaciones de cuatro meses: la de siembras y crecimiento

de las plantas, entre Noviembre y Febrero; la de las cosechas, de Marzo

á Junio, y la de inundación, de Junio á Noviembre. El nivel de la

crecida fluctúa entre siete y ocho metros, pero tal diferencia, que

parece poco importante, determina la abundancia ó el hambre. Si pasa de

ocho metros en El Cairo, resulta excesiva y perjudicial; si llega á

menos de siete, es insuficiente y la cosecha queda comprometida ó se

pierde.

Para evitar tal peligro, se abandonó el sistema de sumersión que usaban

los antiguos, dejando confiado el éxito agrícola del año al azar de un

nivel mayor ó menor de la corriente inundadora. Ahora el riego se

regulariza con ayuda de diques guardadores de poderosas reservas

acuáticas, y por medio de canales que las reparten según las necesidades

de los campos.

Mohamed-Alí, el déspota progresivo que tantas cosas quiso hacer

rápidamente para la civilización de su país, empezó la construcción en

el delta de la gran barrera del Nilo, dique que abarca los dos brazos de

su desembocadura y eleva el agua, distribuyéndola. Ha influído más en

la riqueza de Egipto la barrera de Assuan, que veremos mañana, dique de

mil novecientos metros de longitud, con ciento ochenta compuertas que

sirven para distribuir las aguas del Nilo de Nubia por el que venimos

navegando. Esta reserva se acumula en el antiguo valle de Filaé,

convertido en lago durante los meses de sequía.

Como ocurre en todas las obras enormes de la industria moderna, el lago

de Filaé es culpable de varios atentados contra el arte, y mantiene

además sumergidos algunos pueblos que sus vecinos tuvieron que

abandonar. Pero justo es añadir que al mismo tiempo que perpetró estos

«crímenes» ha realizado el milagro de doblar ó triplicar la riqueza del

país.

Acumulando las aguas del Nilo nubio en su gigantesco recipiente para que

no vayan á perderse en el mar, puede distribuirlas con metódica

oportunidad á todo el valle bajo del Nilo egipcio durante los meses en

que es más pobre su caudal. Gracias á este dique, miles y miles de

agricultores pueden cultivar todo el año y en vez de una cosecha dan sus

campos dos y tres. En verano, muchas tierras, antes tostadas y

estériles, se cubren ahora de cultivos ricos, como la caña de azúcar y

el algodón, y en otoño dan el sorgo, alimento del pueblo, que sólo

necesita setenta ú ochenta días para madurar.

Se muestran orgullosos los ingleses de esta obra gigantesca realizada

bajo su inspiración, mas no por eso debe olvidarse al Nilo, gran

benefactor del país. Su agua resultará siempre la creadora del Egipto,

sean cuales sean los progresos que realice el hombre en su economía y

distribución.

Todos los pasajeros del hotel flotante sentimos gran interés por conocer

el embalsamiento de Filaé, y á causa de ello nos encontramos en las

diversas cubiertas antes de la salida del sol. Surge éste como una bola

de sangre coagulada y sombría, y se enrojece según va elevándose. Las

riberas nilóticas huyen de nuestro buque por ambos lados, y ante la proa

se extiende una llanura líquida orlada de colinas rocosas.

De pronto este lago se cubre de peces purpúreos é inquietos, que se

trasladan de una banda del buque á la opuesta, como si nadasen bajo su

quilla. Son simplemente los reflejos de un sol egipcio que hemos visto

nacer casi obscuro hace pocos minutos y ahora nos obliga á bajar los

ojos. El caprichoso movimiento de las miríadas de peces ígneos creados

por él se debe á las evoluciones de nuestro vapor, que va buscando un

sitio favorable para fondear.

Acuden en semicírculo unas cuantas lanchas, muy largas, con numerosos

remeros nubios. Cada una lleva un piloto de camisa blanca y gorro

escarlata, el cual, de pie junto al timón, grita palabras en diversos

idiomas, alabando la hermosura de los templos sumergidos y la colosal

grandeza del dique.

Abandonamos el buque para siempre. Este hotel flotante sólo navega entre

la barrera fluvial de Assuan y la segunda catarata de Wady-Halfa,

dependiendo del gobierno sudanés. Le es imposible ir más lejos.

Bajo á una de las barcas, movida por ocho remeros. Además lleva un

gracioso y pequeño beduíno en la proa, como si fuese el fetiche de la

embarcación. Corta ésta con rapidez las aguas tranquilas y profundas de

un depósito de riego que parece un pequeño mar. Costeamos riberas

altísimas de peñascos, que obscurecen la brillante superficie con la

proyección de su sombra; doblamos colinas angulosas que en otros meses

tienen campos de sorgo al pie de ellas y ahora son promontorios y

cabos.

Desembarcamos junto al arranque del dique de Assuan, y como tiene cerca

de dos kilómetros de longitud, creemos oportuno tomar asiento en una de

las vagonetas que se deslizan sobre rieles en el lomo de dicha barrera.

Es una muralla ancha como un paseo, una obra de albañilería colosal,

algo semejante á las Pirámides faraónicas, pero acostado en el río, con

arcos lo mismo que un puente, para que el agua prisionera salga en

cascadas cuando se levantan sus compuertas. Repetidas veces saltamos de

nuestro vehículo al darnos cuenta de que abajo está funcionando una de

las caídas acuáticas. Permanecemos de codos en el parapeto,

inmovilizados por la atracción contemplativa del agua corriente, igual á

la del fuego del hogar. No podemos huir nuestros ojos de estas masas

espumosas que escapan por un lado del dique, mientras en la cara opuesta

brilla el vasto embalsamiento con una tersura de lago dormido.

Aprovecho la ocasión para decir que estas cascadas artificiales son las

primeras que he visto en el Nilo, á pesar de que venimos siguiendo sus

cataratas desde la sexta á la primera.

Las famosas cataratas del Nilo no existen. Tal vez fueron ciertas en una

remota antigüedad, al poseer este río un caudal mayor y existir barreras

naturales de rocas que el tiempo ha ido royendo y rebajando. Las

llamadas cataratas son simplemente unos rápidos. El agua del Nilo no se

desploma de grandes alturas, como la del Niágara ó el Iguazú; salta con

gran estrépito y vaporosos hervores entre las peñas que obstruyen su

curso, se parte en numerosos brazos durante varios kilómetros, pero

nunca llegan á formar sus caídas cataratas ni enormes cascadas.

Volvemos en nuestra vagoneta al lugar del embarque. La empujan varios

nubios de luenga camisa, pero se ha agregado á ellos una nube de

chiquillos, que fingen ayudarles ó corren sin objeto al lado del

vehículo, repitiendo á gritos la misma palabra: _Bacshis_, _bacshis_.

Todos piden propina, aunque no han hecho nada. Es á modo de un saludo

nacional. Por primera vez nos ponemos en contacto con la muchedumbre

egipcia, que luego vamos á encontrar en todas las poblaciones y lugares

históricos, tan diferente del grave y modoso _fellah_, cultivador de la

tierra nilótica. Estos parásitos del invernante y de cuantos visitan los

monumentos ruinosos, guías, cocheros, borriqueros, vendedores de

antigüedades falsas, etc., muestran una insolencia y una audacia que

casi resultan inocentes en fuerza de ser insólitas. Miran con descaro,

protestan por sistema de lo que se les da, jamás se consideran

satisfechos, y se burlan del viajero cara á cara, con un cinismo franco,

cruzando entre ellos palabras en su idioma acompañadas de gestos que no

dejan duda sobre su intención. Cuantos servidores encuentra el

extranjero en el resto del mundo, japoneses, chinos, javaneses, malayos

ó indios, resultan de un trato delicioso comparados con sus congéneres

de Egipto.

Ahora la barca nos lleva á ver los templos de Filaé. Su tripulación

empieza un rito preparador del inevitable _bacshis_. Reman todos,

exagerando su esfuerzo, mirándonos con fijeza para que nos demos cuenta

exacta de la importancia de su trabajo. El que lleva el timón lanza un

grito, y en seguida los remeros rompen á cantar.

Desde Assuan á las bocas del Nilo, todos los egipcios que hacen algún

trabajo juntos deben cantar á coro. Dicha costumbre tal vez data de seis

mil años. Ya he dicho que el _fellah_ no puede extraer agua del Nilo sin

entonar una canción, y también canta cuando se lo permiten los trabajos

de la tierra. Hay pueblos en Europa, especialmente Italia y España,

donde el campesino necesita cantar mientras trabaja, pero esto lo hace

de un modo individual, y la particularidad del pueblo egipcio consiste

en que necesita el canto ó la música para toda labor común.

Tal vez procede esto de la época en que se levantaron las Pirámides y

otras obras semejantes, cuando las muchedumbres convocadas por el faraón

subían masas enormes de roca por planos inclinados, obedeciendo sus

impulsos al ritmo de un canto que excitaba y reglamentaba el esfuerzo de

todos. En las obras de albañilería, en las navegaciones nilóticas, en

todo acto de laboriosidad colectivo, cantan los trabajadores, y muchas

veces da medida á la actividad de sus manos una flauta con

acompañamiento de tamboril.

Nuestros remeros cantan, y de otras barcas que cruzan el lago á lo lejos

y parecen navegar por el aire de un modo irreal, á causa de la claridad

de las aguas que las sostienen, nos llegan nuevos cánticos como

respuesta. Cada estrofa la inicia el muchacho bonito que va sentado en

la proa, y los ocho remeros contestan con una música que carece de

palabras y no es más que una onomatopeya melódica. Su árabe nubio suena

con rimas perceptibles para nuestro oído, y el piloto se esfuerza por

traducirnos lo que dicen los versos.

Es una canción en la que tal vez tiene más importancia la sonoridad de

las palabras que el pensamiento poético expresado con ellas.

«Una bella muchacha ha bajado al jardín», gorjea el adolescente de la

proa con su voz dulce de mujer.

Y todos los bogadores contestan en diversos tonos, armonizados por su

instinto: «¡Oh!... ¡oh! ¡Oh!... ¡oh!»

Describe el pequeño cantor cómo la bella recoge flores, cómo piensa en

su amante, etc., y los remeros nubios repiten su "¡oh!" con entusiasmo,

temblándoles los párpados, cual si viesen á la hermosa doncella y la

tuvieran al alcance de sus manazas, en este país donde las hembras

cuestan muy caras y las que no son bestias de trabajo sólo se dejan ver

de los hombres cubiertas con un dominó negro. Únicamente los ricos

pueden gozar la sociedad de mujeres verdaderas, dignas de tal nombre por

los cuidados de su cuerpo y los hermoseamientos del lujo.

La fealdad algo bestial de estos remeros, su rudeza de musulmanes

pobres, contrasta con la rara hermosura del muchachito que inicia el

cántico. Uno de los bogadores, el único viejo y barbudo, es sin duda su

padre. El niño no trabaja. Tal vez á causa de su buen aspecto lo

destinan á entrar como servidor en algún hotel elegante, emancipándose

así de los duros trabajos que siempre pesaron sobre su familia.

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 3/3 · 第 17 / 26 段