puertas de los camarotes dando gritos para que despertemos. Unos sorbos
de café y unos pedazos de pan del día anterior nos sirven de desayuno.
Luego pasamos sobre dos tablas tendidas entre la orilla y la cubierta
más baja.
Tenemos enfrente un muro lóbrego, de un negro denso y pesado, semejante
al del ébano. Por encima de esta muralla, que es la ribera occidental
del Nilo, vemos un pedazo de cielo sereno, en el que resbala una media
luna sutil próxima á ocultarse. Las últimas claridades de esta noche
tranquila se detienen en el filo de la meseta negra, sin atreverse á
descender hasta las aguas ribereñas. Al otro lado del buque, en el
centro del Nilo, la superficie acuática cabrillea reflejando la luna
moribunda y los puntos temblones de los astros.
Los marineros del buque nos llevan de la mano por un sendero arenoso
cuesta arriba. Ladran perros invisibles en míseras huertecitas que vamos
entreviendo junto á nuestro camino. Según avanzamos, el obstáculo negro
proyecta una obscuridad más densa sobre lo que nos rodea.
A la cabeza de nuestra columna, varios marineros han encendido faroles.
Se mezclan con nosotros algunos indígenas embozados en sus astrosos
alquiceles y estremecidos por el frío del amanecer. Lo que nos parece un
fresco agradable, compensador de las angustias sofocantes sufridas en el
desierto, es para estos nubios un frío que les hace temblar.
De pronto las luces de nuestros guías cesan de subir y se esparcen
horizontalmente. Hemos llegado á una meseta cortada por el obstáculo. Ya
no hay más allá. Estamos al pie de la muralla negra. Las luces se
multiplican. Todos los marineros que nos acompañan encienden linternas,
y siguiendo cada uno de nosotros su llamita preferida, va aproximándose
á una boca de cueva que tiene forma rectangular.
Vista de cerca ofrece la sorpresa de un umbral precedido de varios
peldaños y un dintel en el que se columbran figuras talladas. Presiento
que á ambos lados de esta puerta subterránea existe algo colosal,
sorprendente. La roca parece tener formas humanas, monstruosas, nunca
vistas. Pero la densa tiniebla continúa guardando su secreto, y debemos
seguir adelante, guiados por las luces.
Hemos entrado en una caverna de piedra tallada. Los pilares que
sostienen la bóveda tienen en sus bases pies humanos de gigantescas
dimensiones. Mi marinero de _tarbuch_ rojo y cuello azul con anclas
estira un brazo todo lo que puede y la luz de su farol va sacando de la
lobreguez del techo una nariz, unos ojos sin pupilas, una mitra de
faraón, un rostro majestuoso é inexpresivo, rematado por la barba
egipcia en forma de perilla. Cada pilastra es un coloso esculpido en la
roca. Luego me doy cuenta de que todos representan á Ramsés II con la
diadema y las galas del omnipotente Osiris. En los muros hay bajos
relieves con escenas de guerra, triunfos del faraón ó inscripciones
aduladoras para su gloria.
Estamos en un templo egipcio, el más lejano de todos los construídos á
orillas del Nilo. Para los que vienen de Europa, es el último monumento
de tal especie que pueden visitar; para nosotros que llegamos de Asia,
el templo subterráneo de Abu-Simbel significa nuestro primer encuentro
con el arte egipcio.
La luz rojiza va extrayendo de la obscuridad aglomerada en los
santuarios laterales muchos relieves profundamente grabados en los
muros, estatuas de diversas divinidades, todas con el rostro del
mencionado faraón. Atravesamos las tres salas que se suceden en esta
lobreguez y llegamos al santuario más profundo, viendo los cuatro dioses
de piedra que lo ocupan, sentados, los pies descansando en el suelo, sin
pedestal alguno, con un tamaño mayor que el natural. Estas cuatro
divinidades fueron imágenes policromas y guardan cierta parte de los
colores con que las adornaron hace tres mil años. Una tiene las piernas
rojas, otra azules completamente; las dos restantes sólo conservan
harapos vagamente dorados de su antigua vestimenta.
El templo no va más allá. Hemos conocido sus diversas naves
fragmentariamente siguiendo las secciones de luz rojiza que trazan las
linternas, como el que pasa un álbum de grabados hoja por hoja.
Vemos Egipto por primera vez, lo mismo que se ven las cosas en una
pesadilla, á saltos, sin continuidad lógica. Pero esta visita es
preliminar. Ahora lo más interesante se halla fuera, y nos apresuramos á
salir del templo, dejándolo hundido otra vez en su atmósfera de
tinieblas. Todas las luces se escapan por la puerta y se extinguen,
considerándolas innecesarias, al llegar á la meseta exterior.
Conozco la historia del monumento. Una gran roca calcárea sumerge aquí
su pared verticalmente en el Nilo cuando éste sube durante su crecida
anual. Hace siglos tenía el río en este mismo lugar un rápido que
dificultaba la navegación, obligando á los viajeros á suspender
momentáneamente su marcha. Esto dió origen á varios santuarios, y Ramsés
II, que sufrió un ansia continua de nuevas construcciones, labró el
único de sus templos subterráneos aprovechando la existencia de la
mencionada roca. Tan soberbia obra la consagró al Sol Naciente, y sus
arquitectos se preocuparon de que la divinidad á quien estaba dedicada
pudiese penetrar hasta su extremo más recóndito.
Nos sentamos en pedazos de piedra que tal vez son fragmentos de fachada
caídos en la arena. Tenemos fijos los ojos en la muralla gigantesca,
todavía negra, sobre cuyo lomo va ocultándose el segmento de la luna.
Lentamente, con gradaciones de luz cuyos cambios mortecinos no puede
apreciar nuestra visualidad, se aclara el lóbrego obstáculo.
Primeramente es gris; después, de un vago azul; á continuación este azul
se convierte en rosa, color de aurora; y vemos surgir de la penumbra
cuatro gigantes sentados, cuatro varones colosales, con los pies sobre
un pedestal del tamaño de una casa y las cabezas en mitad del declive de
una montaña de asperón rojo.
Una de las cuatro imágenes no tiene cabeza, sólo conserva parte del
pecho y las piernas. Otras dos muestran profundas heridas en su torso,
agujeros abiertos expresamente para derribarlas, por orden tal vez de
algún faraón posterior á Ramsés, ganoso de que figurasen en sus templos.
Los soberanos de Egipto, siempre dispuestos á construir para perpetuar
su nombre, se robaban unos á otros. Con Ramsés II el robo arquitectónico
resultaba acción compensadora, pues ningún monarca egipcio abusó como él
de sus antecesores, borrando el nombre de ellos en los monumentos que
construyeron, para grabar el suyo, engañando á la posteridad.
El coloso sin cabeza no fué desfigurado por los hombres. Su enorme
amputación es obra del viento, del calor que disgrega la roca, de alguna
grieta que dejó entrar las lluvias, poco frecuentes pero torrenciales,
en el interior de esta piedra con forma humana.
No obstante sus lacras, los cuatro gigantes rojizos ofrecen un conjunto
majestuoso. En el Egipto clásico que vamos á ver días después, no queda
nada, estatuariamente, que pueda compararse con los colosos de
Abu-Simbel. Los dos célebres de Memnón resultan monstruos informes al
lado de estos cuatro faraones con atributos divinos que guardan la
entrada del primer templo anunciador de la gloria egipcia, para los que
vienen del Sur.
Se agrupan entre las piernas de los colosos graciosas figuritas de
princesas y pequeños príncipes en actitud de adorar al rey, hecho dios.
Su pequeñez es relativa. Resultan insignificantes al pie de los cuatro
Ramsés, no llegan á la mitad de sus pantorrillas, pero algunos beduínos
y marineros trepan á los pedestales que sirven de taburetes á sus pies
monstruosos, y esto nos permite ver que un hombre resulta diminuto al
lado de las figuras que considerábamos pequeñísimas.
Apunta el día. El Nilo es de nácar bajo los fuegos lejanos de la aurora.
Empiezan á enrojecerse los colosos, como si transparentasen una luz
interior. Va á salir el sol, como surge siempre en los cielos
tropicales, con una rapidez casi instantánea, sin nubes que velen su
aparición, asomando primeramente una ceja de fuego, luego una cúpula, y
redondeándose al final como una cereza gigantesca, para despegarse con
rudo tirón de la línea pegajosa del horizonte.
Este momento es el famoso de Abu-Simbel. Va á realizarse el milagro de
la luz, el flechazo de oro disparado por el sol naciente, y para
presenciar tal espectáculo abandonamos el lecho en plena noche. Un coro
inmenso de pájaros ocultos en la orilla verde del Nilo, ó que ascienden
desde las huertecitas á la plaza de arena y piedras en que estamos, abre
la gran sinfonía matinal. Ya ha salido el sol.
Los arquitectos egipcios construyeron el templo con rigurosa
orientación, de modo que los primeros rayos horizontales del dios diurno
penetrasen hasta lo más hondo de aquél. Ramsés quiso que su obra
gigantesca fuese para una hora única, la primera de la mañana, cuando
despierta la Naturaleza y surge Osiris, el astro deificado por los
egipcios. Vemos cómo un rayo del sol recién nacido se arrastra por la
escalinata roja lo mismo que un niño de paso vacilante, cómo se desliza
por la portada, cómo invade á saltos las salas interiores. Se desvanecen
las tinieblas en el sagrado subterráneo. La luz penetra ahora como una
lanza disparada, haciendo huir delante de su punta de oro á la vencida
noche.
Corremos hacia el interior del templo, pero alguien nos precede:
nuestras propias sombras. Como tenemos el sol á la espalda, proyectamos
unas manchas negras y larguísimas hasta el fondo del santuario. Cada uno
es por algunos segundos tan enorme como las imágenes del interior que
sirven de pilastras.
Agrupados en torno á los cuatro dioses policromos de la capilla final,
presenciamos el milagro de todos los días. El templo entero se ha
cubierto con esplendorosas colgaduras de oro. Repelen sus vestiduras de
sombra los pilares colosos, las batallas y pompas reales grabadas en los
muros, las imágenes con diademas puntiagudas de dioses. Y á través de
las tres salas vemos--como podríamos verlo por el cañón de un
telescopio--la gran puerta rectangular, más allá el río, que parece
hervir seccionado por una faja vertical de fuego, encima la orilla
opuesta, y unos barquitos egipcios, todo negro, como pintado con tinta
china, y sobre el panorama nilótico un sol color de sangre fresca, que
nos envía directamente su puñado de jabalinas luminosas, obligándonos á
desviar los ojos.
Dura unos minutos este espectáculo mágico. Luego el sol asciende y va
desapareciendo cortado por el filo pétreo del umbral de la puerta. Se
oculta á la inversa de su aparición y de su ocaso. Pierde su casquete
superior, luego no es más que una especie de caldero incandescente y al
final una media luna roja. El templo que fué de oro durante unos minutos
se torna azul. Como el astro solar se ha ocultado sobre su portada, ya
no tendrá en todo el día otra luz que una penumbra de subterráneo,
volviendo á esfumarse sus adornos arquitectónicos.
Todos los visitantes se marchan al desaparecer el globo del sol. A mí me
interesa permanecer solo, completamente solo en este subterráneo
milenario, abierto por hombres de los cuales no queda ni el polvo.
Ahora, la gran puerta, única entrada de luz, encuadra hasta su mitad
una sección del Nilo, color gris de estaño. Mis pasos suenan con nuevo
eco en la profunda soledad. Avanzo con cierto temor religioso hasta el
fondo del templo, obscura cueva donde permanecen los cuatro dioses,
rojos y azules, con tocados diferentes, tiaras, cuernos y discos
solares.
Puedo examinarlos de cerca y hasta tocarlos. Sus rostros de piedra están
roídos de viruelas y tienen las narices achatadas. Como la luz llega
hasta aquí igual que llegaría al fondo de un pozo, á través de los
templos sucesivos, parecen animarse los cuatro dioses en la penumbra con
una vida misteriosa.
Siento humildad y admiración al pensar que estos hombres de piedra han
vivido tres mil años y seguirán viviendo tal vez más, mientras yo,
hombre de carne y sangre, seré dentro de poco un paquete de materia
putrefacta, luego un esqueleto blanco, después un puñado de cal que no
bastará para pintar tres metros de pared, y finalmente nada. La
evolución destructiva del cadáver puede durar cien ó doscientos años, y
estos compañeros míos del momento llevan una existencia de treinta
siglos en su cueva crepuscular.
Me consuelo de mi insignificancia examinando las victorias prodigiosas
de Ramsés II grabadas en los muros. Veo al faraón en dichos relieves con
estatura de gigante y á sus enemigos representados en forma tan diminuta
que no alcanzan á sus rodillas. Todos ellos tienen los mismos rostros de
los nubios y etíopes actuales. El rey vencedor los agarra de los pelos,
formando racimos, y con un palo los golpea, mientras los que ya fueron
vapuleados se prosternan medrosos á sus pies.
Son un motivo de regocijo para mí las hazañas de Ramsés II, comediante
milenario, fanfarrón coronado, el primero de los reyes que logró engañar
á la posteridad dando como hechos verdaderos las mentiras de sus
aduladores y las jactancias de su ambición y su orgullo. Hasta hace
pocos años fué llamado Ramsés el Grande, siendo además el glorioso
Sesostris del que tanto hablaron los griegos. Los egiptólogos han
descubierto después la verdad, mostrándolo como un farsante que engañó
al mundo y á la Historia durante treinta siglos.
Al penetrar los griegos en Egipto vieron tantos monumentos á la gloria
de Ramsés, tantos templos con su nombre, tantos relieves ensalzando sus
conquistas, que acabaron por transmitir á las generaciones posteriores
un Sesostris completamente falso.
Fué ciertamente un hombre ávido de acciones gloriosas, pero su orgullo y
su fatuidad resultaban superiores á sus virtudes. Siendo príncipe
heredero realizó una expedición Nilo arriba, como generalísimo de su
padre, batiendo á las tribus nubias y etíopes con las ventajas de todo
ejército que posee los medios agresivos de una civilización superior, y
para eterna memoria de esta campaña colonial, elevó el templo en que
ahora estamos. Llevó la guerra á Asia siendo ya faraón, ganoso de
ensanchar las fronteras de su Imperio, y aunque no obtuvo éxitos
duraderos, se dedicó á sí mismo tantos monumentos religiosos, tantos
pilones conmemorativos, tantas estatuas colosales, que consiguió
«engañar á la Historia», ó sea á los autores griegos, que lo describen
de buena fe en sus relatos como el más grande de los reyes de Egipto. Su
afán de notoriedad no admitía escrúpulos, y raspó el nombre de otros
faraones en monumentos anteriores á su reinado para inscribir el suyo.
No hay relato heroicamente absurdo de los antiguos libros de caballería
que pueda compararse con las hazañas que este monarca se atribuye en las
inscripciones dictadas por él. En uno de sus combates afirma Ramsés II
que, abandonado de sus guerreros, se vió envuelto por dos mil quinientos
carros de guerra y varios millones de enemigos; pero él, completamente
solo, gracias á la fuerza de su brazo, obligó á huir á muchos y mató á
los demás.
Su historia verdadera es otra. Lo que hizo fué venir varios años á Nubia
y Etiopía para capturar miles y miles de negros, llevándolos encadenados
á trabajar en sus canteras. No obstante haber levantado tantos templos,
su reinado marca una regresión en la ciencia y las artes egipcias.
Además, el vanidoso Sesostris se hizo modelar en todas sus estatuas como
«el más hermoso de los hombres», título inventado por sus cortesanos.
Los cuatro dioses colosales de Abu-Simbel tienen, efectivamente, un
rostro tranquilo y correcto, con la belleza hierática que los escultores
egipcios de la decadencia daban á sus dioses. Mas por una singular
ironía de la suerte, la momia de este falsificador de la gloria ha sido
conservada hasta nuestros días. La guardan en el museo del Cairo y
podremos verla antes de dos semanas. Todo el que ha hojeado historias de
Egipto conoce la fisonomía de este Sesostris exhumado de la tumba, su
rostro de momia «poco inteligente», conservando una expresión de
brutalidad, de orgullo terco, de insolencia de rey.
En la plaza arenisca dominada por los cuatro colosos se agrupan algunos
beduínos sedentarios, que cultivan las huertecitas cercanas mientras las
aguas están bajas. Los más jóvenes se aproximan para repetir una palabra
que oiremos continuamente durante nuestra permanencia en Egipto. Con una
mano sostienen su garrote de madera blanca en forma de porra, y tienden
la otra diciendo: «_Bacshis, bacshis_». Esta demanda de propina, pues en
realidad el oriental no pide limosna--aunque _bacshis_ significa en
árabe «limosna»--, nos sale al encuentro ante este primer templo
egipcio y no nos abandonará hasta nuestro embarque en Alejandría.
Un grupo de muchachos, más hábiles y graciosos que los grandes, procura
sacarnos el dinero con espectáculos de su invención. Uno de ellos, de
ocho ó diez años de edad, se pone en cuatro patas y sus compañeros
empiezan á echarle arena sobre el lomo con ambas manos. A los pocos
minutos está enterrado y sólo conserva al aire su cabeza. Luego colocan
en su dorso arenisco muchas ramas leñosas, verticalmente. Se adivina por
la gravedad con que realizan su obra que ésta obedece á un modelo fijo,
á algo que oyeron, y que tal vez perturba con medrosas pesadillas sus
sueños infantiles. Están formando un monstruo, un animal quimérico
engendrado por las leyendas del desierto, tal vez simplemente un
cocodrilo centenario de los que existían antes en este gran curso
fluvial y la navegación á vapor ha ido repeliendo más allá de las
cataratas y la confluencia, de donde venimos nosotros.
El muchacho enterrado ayuda á esta evocación grotescamente pavorosa.
Convencido de su papel, mueve la cabeza con gestos amenazantes y ruge.
Algunas damas ríen y dan monedas de plata á los chicuelos que han
asumido la dirección del espectáculo. Noto las miradas de desesperación
que lanza el pobre monstruo. Revelan la certeza de no ver jamás ni una
sola de dichas monedas. Pero al mismo tiempo se siente prisionero de la
montaña de arena, no puede librarse sin el auxilio de los amigos de su
envoltura pesadísima, y si protesta nosotros no entenderemos su
lenguaje.
Me acerco á él como si fuese á darle la comunión, é introduzco una
piastra egipcia en su boca. Rugido de entusiasmo. Otros viajeros
deslizan más piastras entre sus labios tostados, y el pequeño monstruo,
con la boca llena de plata, hace esfuerzos para no tragarse una de las
monedas y signe moviendo su cabeza de hidra del desierto, entre gritos y
bufidos.
El sol está ya muy alto y la arena empieza á reverberar un calor que
punza la epidermis cáusticamente. Volvemos á nuestro buque, ansiando la
fresca brisa que levanta al deslizarse por el río. Bajo el ardor solar
adquiere el suelo un brillo metálico. A un lado del templo de
Abu-Simbel, la pared de roca desaparece bajo un derrumbamiento de arena.
Fué arrastrada por el huracán desde la meseta que sirve de techo al
monumento, y quedó así, como cascada inmóvil. Un muro de dos metros de
espesor, pero de simples adobes, se levanta ante la arena para
contenerla, y gracias á tal obstáculo permanece libre la entrada del
templo.
Al avanzar río abajo, encontramos frecuentemente estos derrumbamientos
arenosos cortando el verdor de la orilla. A veces nos engañan, y tomamos
por campos de trigo recién segado lo que son playas infecundas. Su color
hace recordar el de los rastrojos.
Pasamos un día entero navegando por el Nilo de Nubia, hasta llegar al
lago artificial de Filaé, donde empieza el Egipto clásico. Vemos á un
lado y á otro algunas aldeas. El Nilo no se halla tan poblado en Nubia
como después de Filaé, por ser aquí las riberas cultivables más angostas
que las del antiguo Egipto. Las casas, hechas con barro, tienen canales
salientes para la lluvia, fabricadas con medio tronco de palmera hueco.
Junto á los pueblos existen siempre grupos compactos ó dobles filas de
dicho árbol. Otras veces se muestra sumergido hasta un tercio de su
tronco.
En ciertos lugares donde la corriente se estrecha entre dos
promontorios, vemos castillos en ruinas, antiguas fortalezas romanas,
que fueron los puntos más avanzados del Imperio en el mundo de
entonces. Estas fortalezas las aprovecharon después bizantinos y
musulmanes, reconociendo su valor estratégico.
Las orillas nilóticas tienen en Nubia un aspecto militar que evoca las
violencias del pasado. Se muestran aún completamente distintas á las del
Bajo Egipto, cuyos resignados pueblos de _fellahs_ fueron incapaces de
resistirse al vencedor. La Nubia figuró durante miles de años como un
campo de caza para los explotadores de la esclavitud. Ser nubio fué en
tiempo de los faraones sinónimo de esclavo. Cuando el rey de Egipto no
enviaba tropas para capturar trabajadores destinados á sus canteras,
ciertos mercaderes organizaban expediciones particulares para adquirir
"carne de ébano". Hasta el último tercio del siglo XIX los gobernadores
egipcios de este país toleraron el comercio de esclavos.
Unas veces la orilla es baja y pantanosa, manteniéndose las aldeas sobre
pedestales de barro seco que han ido fabricando sus habitantes á
secciones, según el ensanche de la población. En otros sitios, una
cadena de montañas de color de elefante avanza hasta el río sus
estribaciones, en cuyos lomos se alzan pueblos.
Estas montañas de un gris negruzco llevan á veces gualdrapas amarillas.
Son grandes sabanas de arena que el _kamsin_[2] ha arrojado
caprichosamente sobre sus flancos, y algún día volverá á llevarse. Hace
miles y miles de años que el mencionado huracán parece entretenerse en
tal juego. Sorbe por medio de sus torbellinos la arena del desierto,
aglomerándola contra las montañas en olas ó cascadas inmóviles, como un
testimonio de su fuerza, hasta que sopla otra vez, pero en sentido
inverso, y arrebatando dichas reservas, las traslada á las llanuras,
cubriendo los campos con una mortaja de infecundidad.
Vemos pobres villorios que parecen encogidos junto á ciudades extensas y
abandonadas. Aún quedan en ellas bosques de columnas que sostuvieron
techumbres de templos, estatuas colosales hechas pedazos y esparcidas en
el suelo, avenidas con esfinges mutiladas por los siglos, hasta no
conservar más que una vaga forma escultural.
Lo que mejor se mantiene en estos cadáveres de ciudades son los
«pilones», pirámides truncadas y macizas con la piedra de sus cuatro
superficies cubierta de jeroglíficos.
Otros pueblos nilóticos, de aspecto próspero, carecen de ruinas. Su
desarrollo lo deben á que la ribera fluvial se ensancha en el lugar que
ocupan, y sus vecinos pueden disponer de más tierra para el cultivo. En
todo grupo de población, el principal edificio es la mezquita, cuadrada
y hecha de barro, como las demás casas, con una cúpula pintada de
blanco.
Rumian muchas cabras, en las orillas, la vegetación nilótica. Filas de
mujeres marchan entre sicomoros y palmeras llevando un cántaro erguido
sobre su cabeza. Estas _fellahinas_, cuando trabajan en la puerta de sus
casas, no temen echarse atrás el _yabrah_, manto de algodón azul, y
muestran su rostro á pesar de ser musulmanas. Lo único que tapa el manto
es su cabellera, dividida en trencitas y untada con aceite de ricino. Se
pintan los ojos cuando son jóvenes, igual que las mujeres de las
ciudades, se tatúan las mejillas y el entrecejo con azul índigo y usan
una túnica, apretada debajo de los senos, que les arrastra por detrás.
Sólo cuando terminan sus trabajos domésticos y bajan al Nilo en busca
de agua colocan ante su rostro la luenga máscara negra.
Las vemos caminar en fila por ambas riberas, con sus largas vestiduras
obscuras ó azules, cuyas colas levantan nubecillas rojas detrás de sus
pasos. Esta cola debe ser algo tradicional que las enorgullece,
colocándolas muy por encima de las mujeres de las dos mesetas paralelas
al río, hembras de beduínos errantes, sin otra fortuna que sus camellos,
eternamente envidiosos de las cosechas que proporciona el limo de la
inundación.