de convertir el antiguo campamento en metrópoli digna de su Imperio
religioso, edificando un caserón extenso y bajo para alcázar de los
califas, una mezquita principal, cuyas obras dirigieron alarifes
musulmanes venidos de fuera, y la tumba del Mahdí.
La navegación es corta y á los quince minutos descendemos en una ribera
arenosa. Como el Nilo cambia de nivel en este punto hasta diez metros,
dicha orilla resulta muy escarpada; pero la ciudad negra ha hecho sus
progresos, y vemos con asombro un tranvía inmediato al desembarcadero.
Consiste simplemente en unos vagones-jardineras destartalados, con ruido
de ferretería vieja apenas se ponen en movimiento, y de los que tiran
varias mulas guiadas por negros.
Este tranvía sube en zigzag la ribera, atraviesa varias calles de casas
hechas de barro y se detiene en una plaza, cerca de la mezquita
principal. La ciudad del Mahdí es una reproducción de la misma calle,
hasta el infinito. Todas las construcciones resultan iguales: paredes de
adobes, con techos de troncos de palmera. Dichas casas se alinean en el
centro de la ciudad y al alejarse no guardan formación alguna. Abandonan
la fila, se esparcen como guerreros indisciplinados, colocándose cada
una á su capricho. En las calles con aceras son éstas de tierra
apisonada, sostenidas por tablas, y quedan á veces á gran altura sobre
el centro de la vía, desmenuzándose por abajo de su tablazón. Las
lluvias y el paso de las caravanas han ahondado las calles,
convirtiéndolas en barrancos, de los que surgen columnas de polvo rojo
al menor soplo de viento.
Lo más interesante en Omdurmán son los habitantes. Su diversidad de
aspectos y razas hace recordar á las tropas heterogéneas del Mahdí.
Todos tienen un aire belicoso; son antiguos combatientes ó hijos de
combatientes. Las cicatrices que ostentan en el rostro ó en los brazos
aumentan su expresión guerrera.
Hay muchos beduínos de origen árabe, que tienen una tez pálida,
barbillas negras, y usan luengos trajes musulmanes á pesar del calor;
pero los más son negros y van medio desnudos. Unos proceden del África
ecuatorial. Vinieron atraídos por el prestigio del profeta sudanés para
batirse contra los incrédulos. También, mientras duró el califato del
sucesor del Mahdí, fué Omdurmán un lugar de peregrinaciones, y las
muchedumbres pasajeras dejaron como sedimento religioso muchos devotos
junto á la tumba del santo derviche.
Además abundan los nubios, hijos de los guerreros preferidos del
profeta, hermosos negros de cuerpo atlético, con la melena recortada
sobre los hombros y fija en las sienes por una trenza de fibras, tocado
semejante al de los egipcios milenarios en las pinturas sepulcrales. Son
los famosos _baggaras_ (en nubio, «boyeros»), descendientes de los
pastores nómadas del Sudán que formaron la caballería del ejército
mahdista. Estos jinetes, con escudo redondo de cuero de hipopótamo y
lanza de ancho hierro, no montaban caballos. Iban sobre camellos más
ágiles é inteligentes que los de las caravanas, y sus cargas resultaron
decisivas en la primera guerra del Mahdí contra las tropas
anglo-egipcias.
Existen también en Omdurmán sirios, armenios y griegos. Unos llegaron
atraídos por el comercio africano que afluye á dicha población. Otros
tal vez son hijos de los habitantes del Kartum de Gordon, encarcelados
en Omdurmán, los cuales sólo recobraron su libertad catorce años
después, cuando ya se habían acostumbrado al lugar de su esclavitud.
Intento detenerme ante una puerta de la gran mezquita. Es el momento de
la oración matinal. Veo su interior con escuetos arcos enjalbegados y
una multitud vestida de rojo, de azul, de amarillo oro. Entre los
turbantes blancos se destacan otros de honorable verde, el color de los
tantos personajes que hicieron su viaje á la Meca. Aquí abundan mucho,
por ser dicha peregrinación relativamente fácil, pues basta con pasar á
la orilla opuesta del mar Rojo. Mi guía se alarma y me tira de un brazo
antes de que vuelvan su cabeza algunos de los devotos que permanecen
erguidos, de espaldas á nosotros. Luego me explica que Omdurmán no es
Constantinopla, El Cairo ó Argel, donde los europeos pueden entrar en
las mezquitas. La fe musulmana continúa siendo agresiva en la ciudad del
Mahdí y no admite contactos con los enemigos. Estos fieles guardan un
alma semejante á la de los primeros guerreros de Mahoma.
Vamos á visitar los dos únicos «monumentos» de esta capital de cabañas:
el palacio del Califa y la tumba del profeta.
El tal palacio consiste en una sucesión de casitas de un solo piso, con
las paredes revestidas de cal. Los salones del monarca sudanés y sus
baños á la turca son piezas enormes y destartaladas, sin otro detalle
arquitectónico que el arco de herradura en que terminan puertas y
ventanas, dando todas ellas sobre patios semejantes á corrales.
En una de las salas vemos montones de hierro viejo y de madera,
ametralladoras y fusiles comprados hace treinta años en Europa, cuando
ya eran restos de armamento, bueno solamente para moros y negros. En
otra habitación están los recuerdos del Califa que pueden llamarse
«civilizados».
Una vez tomada Kartum, los vencedores--según relato de los prisioneros
europeos--se entregaron á las más bárbaras orgías en Omdurmán, para
celebrar su triunfo. El sucesor del profeta fué recibiendo en el curso
de catorce años las visitas de audaces viajantes de comercio y
aventureros de Europa, encargándoles compras para la civilización de su
metrópoli y comodidad de su palacio.
Como recuerdo de tal época encontramos en un corral las ruedas y parte
de la caja de un landó fabricado en París. El carruaje de gala del
Califa se va desmenuzando al aire libre. En otro lugar vemos un piano
con sus maderas rotas y cuyas entrañas contienen montoncitos de arena
depositados por el viento. Cuando llegan visitantes, uno de los
guardianes sudaneses encargados de vigilar estas ruinas toca á capricho
las teclas con sus dedazos y sonríe, mostrando el marfil feroz de sus
dientes. Una musiquita débil, temblorosa, sale del fondo del instrumento
despanzurrado, y por breves momentos da cierto ambiente melancólico á
esta mansión de monarca derviche obedecido por hordas de fanáticos.
Algunos metros más allá del bárbaro alcázar existe todavía la cárcel
donde vivieron en una esclavitud de bestias las familias europeas
capturadas en Kartum.
Llegamos á la tumba del Mahdí, la construcción más alta de Omdurmán.
Esta mezquita cuadrada tuvo una cúpula blanca de veinte metros, lo que
la hizo descollar sobre una ciudad de chozas como edificio maravilloso,
viéndosela á enorme distancia.
El califato madhista pereció en la derrota que lord Kitchener, _sirdar_
del ejército anglo-egipcio, hizo sufrir á los derviches junto á Omdurmán
en Septiembre de 1898. Los vencedores, temiendo el fanatismo de los
mahdistas, se preocuparon ante todo de suprimir la veneración religiosa
del profeta muerto. La tumba del Mahdí fué demolida en gran parte á
cañonazos y su cadáver arrojado al Nilo, para que no recibiese más
adoraciones.
Aún existe el mausoleo, pero en ruinas. La bóveda, por ser la parte más
frágil, se derrumbó casi enteramente. El edificio ha sido rellenado con
tierra, y ahora se escapan por los arcos de sus ventanas cegadas las
verdes cabelleras de una vegetación parásita. En el momento de nuestra
visita se hallan cubiertas de flores, lo mismo que la hierba del
abandonado jardín.
Un sudanés al servicio de los ingleses nos abre la verja de hierro que
rodea la capilla. Esta verja es igualmente del tiempo del califato, y la
colocó un arquitecto árabe venido de fuera para dirigir la construcción
del sepulcro. Al avanzar hacia el macizo de tierra que fué un panteón,
notamos esparcidos en el suelo gran cantidad de dátiles. Algunos de
ellos aún se mantienen frescos, y resulta incomprensible cómo las gentes
del país pueden malgastar un fruto tan apreciado, arrojándolo por encima
de la verja.
Me explica el guía que para muchos vecinos de Omdurmán el Mahdí no ha
muerto. Siempre es «el Dirigido por Dios», y permanece oculto hasta que
llegue la hora de su segunda aparición, decisiva y victoriosa. Como su
espíritu vaga errante en torno á la antigua sepultura, los devotos le
arrojan dátiles, el manjar más caro y rico del país, para que se
mantenga vigoroso en su destierro de ultratumba.
Mientras escucho tales explicaciones, algo cae junto á nosotros. Dos
dátiles han cortado el aire, pasando sobre la verja. Volvemos los ojos
á tiempo para ver cómo huye un muchacho y desaparece en una callejuela
inmediata. Guardo como recuerdo este par de dátiles destinados á la
alimentación del fantasma del «Dirigido». No sé lo que ocurrirá en lo
futuro. Tal vez los ingleses acaben por borrar la influencia del Mahdí,
pero en el momento presente, los nietos de sus guerreros se privan de
comer golosinas para arrojárselas á su sombra.
Atravesamos el zoco de Omdurmán, vasta plaza entre cuatro filas de
tiendas instaladas en casitas de adobes. El centro del mercado lo ocupan
toldajes de cuero ó de tela haraposa, á cuya sombra se acogen los
vendedores sin domicilio.
Tiene gran importancia la ciudad del Mahdí para el comercio de los
sudaneses. Equivale á un puerto seco abierto continuamente á las flotas
de las caravanas. La influencia religiosa de su fundador, la fama de sus
victorias, abrieron en los desiertos nuevos rumbos que siguen
confluyendo á Omdurmán. Aquí se encuentran mercaderes de las costas del
mar Rojo, del África ecuatorial, de los oasis del Sahara y del desierto
Líbico. Es el centro de una estrella mahometana de numerosas puntas.
En este zoco se ofrecen diversos productos del suelo africano y otras
especies de tierras remotas, todo revuelto, como es costumbre en los
mercados orientales: sedas, vasijas de cobre repujado á martillo,
drogas, perfumes, salitre, sal sosa, betel, opio, estatuitas talladas
por negros representando divinidades grotescas, escudos de piel de
hipopótamo, venablos y lanzas, puñales pendientes de un brazalete para
llevarlos en la muñeca izquierda, á estilo del país, espadas cortas, más
anchas en su punta que en la empuñadura, con vaina de cuero rojo,
cajones pintarrajeados, ornamentos bárbaros, quesos de cabra y de
camella, cascos de cuero endurecido, con un enrejado de metal que
defiende el rostro. Las vendedoras se envuelven en mantos rojos ó
azules, pero conservan descubierta la cara negra, mofletuda, de nariz
achatada, con grietas profundas por el curtimiento de la tez. Venden el
pan en piezas redondas y obscuras de gran peso; guisan al aire libre
para las gentes que acudieron al mercado, dejando sus camellos y
borricos en las calles próximas.
Dentro de las tiendas permanentes, instaladas en las casas, se
encuentran los tipos de todo mercado oriental: judíos iguales á los de
los puertos de Levante, griegos, armenios, indostánicos. Pero todos
ellos, á pesar de la importancia de sus establecimientos, parecen
perdidos en esta concurrencia enorme de negros y árabes.
Compro un escudo de cuero de hipopótamo, manojos de dardos, varias dagas
y espadas sudanesas, pero en vano busco las fábricas de objetos de
marfil y las montañas de colmillos de elefante que me prometieron en
Kartum. Un griego, dueño de una de las tiendas más ricas, me muestra
cuatro colmillos de elefante joven, defensas pequeñas que trajo una
caravana desde el interior del Sudán. Dicha compra la ha hecho para
enviarla á uno de sus corresponsales en Egipto. El comercio del marfil
era abundante en otro tiempo, cuando se cazaban todos los años miles de
elefantes. Ahora escasean éstos cada vez más.
Pregunto por los talleres de marfil en Omdurmán, y el mercader parece no
comprenderme. Aquí no hay otra industria que algunos tallercitos de
herrería, donde se fabrican espadas y lanzas sudanesas para ofrecerlas á
los viajeros. Me convenzo de que he perdido definitivamente la pista del
marfil y deberé renunciar á las fábricas que vengo buscando desde Port
Sudán.
Al día siguiente salimos de Kartum para Wady-Halfa, donde termina el
Sudán gobernado por los ingleses y empieza el Egipto independiente.
La primera parte de dicho viaje no es más que una repetición del que
realizamos hace tres días. Vemos otra vez las ruinas de Meroe, y en
Berber deja el tren á su derecha la línea á Port Sudán, continuando su
marcha hacia el Norte, en dirección á Egipto.
Costeamos el Nilo mucho tiempo, pero en la quinta catarata nos separamos
de él. Se aleja el río hacia el Oeste, trazando una curva enorme, que
obligó siempre á las caravanas á correr los peligros de un viaje por el
desierto de Nubia, desde Abuamed á Wady-Halfa.
El paisaje conocido en nuestra travesía de Port Sudán á Kartum nos
parece ahora un jardín, comparado con el que vemos, después de haber
pasado la noche en el vagón.
Estamos en el desierto, en el verdadero desierto, arenal amarillento,
monótono, sin la más leve vegetación, sin vestigio alguno de madera
leñosa, sin otras alteraciones que las numerosas colinas amontonadas á
capricho del viento, las cuales volverán á cambiar de sitio al primer
huracán. Luego la línea del desierto se va haciendo sinuosa, y vemos
montañas completamente peladas, de color rosa obscuro, agudas y
regulares como pirámides.
Dichas montañas, que parecen absorber la luz sin devolverla, nos
entretienen y desorientan al mismo tiempo con los caprichos del miraje.
Al pie de todas ellas hay un lago, en cuyas aguas inmóviles y
cristalinas se refleja la cumbre invertida.
Hemos oído hablar del espejismo del desierto, sabemos hasta dónde puede
llegar el engaño de tal ilusión óptica, mas estas lagunas son tan claras
que consiguen hacernos creer en su existencia, reconociéndolas como
algo excepcional. Deben ser depósitos de agua espesa y salobre; pero
indudablemente existen, sería temerario dudar de su realidad. Sólo
cuando el ferrocarril se aproxima á las mencionadas montañas vemos cómo
el lago va desapareciendo, cual si la arena absorbiese sus aguas, cómo
el desierto invade con su ola amarilla y seca la fantástica cavidad
líquida... Poco después, cuando reímos del engaño, surgen ante nuestros
ojos nuevas montañas y nuevas lagunas, que nos hacen dudar otra vez y
repiten la misma ilusión mentirosa.
Muchas estaciones no tienen nombre. Ostentan simplemente un número. Se
componen de una casita única de ladrillo, en torno á la cual parecen
agazapadas las chozas de los empleados subalternos, cuatro ó cinco. Más
allá, la arena, el desierto. Para la media docena de hombres blancos,
cobrizos ó negros instalados aquí, lo más precioso es el enorme
receptáculo de metal semejante á un gasómetro que guarda la provisión de
agua traída en vagones especiales. Este tesoro líquido sirve para el
consumo del grupo de solitarios y alimento de las locomotoras.
En algunas de las estaciones las chozas se muestran caídas, y los
pedazos de muro que aún se mantienen derechos parecen cortados por un
cuchillo enorme. Es la obra del viento del desierto que sopló hace pocas
semanas.
Los criados de los coches-dormitorios son unos buenos mozos, cuya
estatura se aproxima á dos metros, y aún parecen más grandes á causa de
su túnica blanca hasta los pies, con faja roja, y un _tarbuch_ de igual
color, muy erguido y alto, á la moda egipcia. El destinado á mi
compartimento me cuenta las leyendas del desierto de Nubia que oyó
siendo pequeño.
Cuando el Sudán pertenecía á Egipto, una compañía de soldados que iba á
Kartum (tal vez en tiempo de Mohamed-Alí) tuvo que desembarcar en
Wady-Halfa para hacer la travesía de este mar de arena, siguiendo la
pista de los camelleros hasta Abuamed. De este modo evitaban el
larguísimo rodeo por la ribera del Nilo entre la segunda catarata y la
quinta. Sopló el viento del desierto, que alza olas más grandes que las
del Océano, y la tropa desapareció instantáneamente. Nadie la ha visto
más: se la tragó la arena.
Tal vez se han creado aquí muchas leyendas falsas, como ocurre en todos
los lugares peligrosos del planeta, especialmente á orillas del mar.
Pero las exageraciones de la tradición tienen siempre una verdad por
base. A pesar de las comodidades del tren, de las bebidas frígidas que
sirven sus criados, del vagón-comedor, cuyas mesas elegantes son
preparadas tres veces al día, toda persona con un poco de imaginación
siente cierta angustia en su pecho cada vez que mira por las
ventanillas.
Con frecuencia vemos esqueletos de camellos, blanqueados como marfil por
el fuego solar y el pulimento de la arena. Desde que la vía férrea
atraviesa el desierto, las caravanas siguen su trazado, pues de este
modo se ahorran el trabajo de orientarse.
Algunos montoncitos de boñiga seca indican el tránsito reciente de una
caravana. El sol tuesta con rapidez este excremento, que sirve á los
camelleros de combustible cuando hacen alto, al cerrar la noche. En
otros lugares vemos junto á la vía unas cuantas piedras amontonadas. Las
trajeron de muy lejos los arrieros del desierto para señalar la fosa de
un camarada desaparecido para siempre en la arena.
Aquí se aprecia en todo su valor la importancia del agua. Se reconoce,
sin necesidad de imágenes, que la vida únicamente es tolerable y dulce
bajo la caricia de la humedad en las riberas del mar ó á orillas de
ríos y lagos.
Admiro en las estaciones sin nombre á los funcionarios egipcios ó
sudaneses del ferrocarril. Los de origen europeo llevan casco blanco
para defenderse del calor, gafas azuladas, camisas sin mangas,
pantalones cortos, de bañista. Los del país, orgullosos de su traje
europeo, que parece colocarlos en una casta superior, no se despojan
nunca de la corbata, del cuello de la camisa, del chaleco y del
_tarbuch_ ó fez rojo, de duro fieltro, muy alto y angosto, que es el
característico de los egipcios. No se comprende en esta llanura de horno
cómo los empleados humildes conservan en la cabeza el turbante ó el
mencionado gorro, que debe tirar de sus cráneos como una ventosa.
Además, desconocen el uso de anteojos ahumados y tampoco necesitan la
sombra de una visera. Miran de frente la llamarada cegadora del sol y
reciben en sus pupilas los latigazos cortantes de un viento arenoso. Así
se explica que Egipto sea el país de las oftalmías y las muchedumbres de
los países orientales abunden en ciegos purulentos, con las cuencas
rojas y huecas.
Empieza el atardecer del segundo día de viaje. Nos aproximamos á su
término. Nuestra llegada á Wady-Halfa será poco después de haber cerrado
la noche.
Surge otra cadena de montañas, cinco ó seis de las cuales son de líneas
tan perfectamente geométricas, que parecen obra del hombre. Las creemos
algún tiempo pirámides perdidas en el desierto, de las que nadie habla.
Tal vez estas obras caprichosas de la Naturaleza obsesionaron á las
tribus emigrantes en su descenso hacia el Nilo Bajo, repitiéndolas por
tradición junto al delta para tumbas de los faraones.
Tiene la llanura amarillenta color de camello, y las montañas, cada vez
más ensombrecidas, recuerdan el color del elefante.
Vemos correr numerosas gacelas que van cortando el desierto de Este á
Oeste y forman ángulo con la marcha de nuestro tren. Es imposible
describir la velocidad de una gacela asustada. Se la ve, y al mismo
tiempo no puede decirse cómo es.
Una de ellas se aproxima trotando suavemente; pero alarmada por el tren,
salta la vía con vuelo de acróbata, trazando un arco ante la locomotora.
Luego corre por el lado opuesto como un bulto indeciso, mezcla de blanco
y de oro, acompañada de una nubecilla roja que surge incesantemente bajo
sus patas finas é incansables. Bastan unos segundos para que sea un
punto obscuro en el horizonte. Otros segundos después ya ha
desaparecido.
Este animal, que se alimenta con la vegetación leñosa de montes lejanos,
desciende al Nilo para beber, realizando un viaje de muchos kilómetros,
y cuando apaga su sed vuelve al punto de partida. La asombrosa ligereza
de sus patas le permite tal lujo de velocidad.
Cierra la noche. Llega hasta el tren una caricia húmeda y fresca.
Después de la jornada ardorosa nos parecen empapadas las tinieblas por
una lluvia invisible. Todos creemos oler el Nilo; lo adivinamos en la
sombra.
Nos detenemos en una estación más grande que las otras, con nombre
propio, sin un simple número por título. Es Wady-Halfa.
Seguimos unas pasarelas con barandilla para bajar el rudo declive de la
ribera nilótica. Los enormes cambios de nivel que sufre el río obligan á
estos descensos en la estación seca. Unos jóvenes con alto gorro rojo,
chaleco de seda listada y chaqué europeo nos preguntan si llevamos algo
que pueda defraudar los aranceles de la monarquía egipcia, contentándose
con una simple negativa. Son los aduaneros del antiguo kedive, ahora
rey independiente de Egipto.
Pasamos sobre varias tablas horizontales á un edificio de tres pisos,
todo blanco, con largos balconajes y deslumbradora abundancia de luces
eléctricas. Es un hotel que tiene una chimenea en su centro. Además, los
criados que salen á recoger nuestras maletas llevan uniforme de
marinero, rematado por el inevitable gorro egipcio. Este hotel, en el
que vamos á vivir dos días, flota, y pasados unos minutos se despegará
de la ribera.
A pesar de su movilidad, resultaría impropio compararlo con un buque. Su
casco se levanta muy poco sobre el agua. Es simplemente la base de tres
pisos de viviendas construídos encima de su plataforma. En el más bajo
de ellos se puede tocar el agua sólo con inclinarse sobre la borda.
Dentro de sus habitaciones hay que concentrar la atención para saber con
certeza si avanza ó permanece inmóvil. Únicamente el ruido de la gran
rueda adosada á su popa, funcionando igual que la de un molino, puede
denunciar su marcha. Sobre este río de aguas mansas, los vapores-hoteles
permiten á sus huéspedes vivir y dormir sin el más leve balanceo.
Me instalo en el comedor, vasto salón blanco, donde encontramos
camareros egipcios, iguales á los del tren. Una agradable humedad
penetra por las ventanas. El buque se pone en movimiento lentamente, y
empieza el servicio de la comida.
Creemos haber caído en otro mundo, un paraíso de divina frescura. Nos
acordamos de las interminables horas en vagones lujosos pero de rudo
movimiento, teniendo que luchar con la arena que, á pesar de las
precauciones empleadas en la construcción de dichos vehículos, ennegrece
los platos del restorán, las sábanas de las camas, el agua de los
lavabos, obstruye narices y garganta, hiere los ojos, haciéndolos
lagrimear, y en mitad de la noche despierta al durmiente con angustias
de pesadilla, cortando su respiración.
Prolongamos nuestra sobremesa en este comedor, que parece de porcelana
por su blancura, y á través de cuyos respiraderos se desliza una brisa
cargada de perfumes vegetales, aliento de las verdes é invisibles
orillas nilóticas. Navegamos con voluntaria lentitud. El buque sólo va á
realizar un viaje de dos ó tres horas, y anclará á media noche para no
turbar el sueño de sus pasajeros.
Han salido á nuestro encuentro varios platos y bebidas de Europa.
Algunos domésticos se expresan en italiano y en francés. Todo nos
impulsa á seguir aquí para desquitarnos del viaje al través del
desierto; pero nos recomiendan la conveniencia de irnos pronto á la
cama.
Debemos levantarnos en plena noche, antes que apunte el alba, si
queremos presenciar el más hermoso espectáculo que puede verse en el
verdadero Nilo Alto, mucho más arriba de Assuan y el lago de Filaé, que
es adonde llegan únicamente la mayor parte de los viajeros procedentes
de Europa.
XV
LOS COLOSOS DE ABU-SIMBEL
El despertar antes del alba.--La muralla de ébano.--Vemos el primer
templo egipcio á la luz de una linterna.--Amanecer en el Nilo.--Los
cuatro gigantes rojos surgen de la sombra.--El flechazo del sol
naciente en las entrañas del templo.--Los cuatro dioses del
santuario crepuscular.--Mentiras y fanfarronadas de Ramsés II,
llamado el Gran Sesostris por los griegos.--La Historia, estafada
por dicho monarca.--Aparición del «bacshis».--Un monstruo
legendario que traga monedas de plata.--Navegación Nilo
abajo.--Campos donde cazaban á los esclavos nubios.--Las
«fellahinas».--Efectos del gran embalsamiento de Filaé.--Mirajes
del Nilo.--La hora de cristal.--Cae la noche.