Cuando murió, cinco meses después, su heredero Abdullah tuvo la ambición

de convertir el antiguo campamento en metrópoli digna de su Imperio

religioso, edificando un caserón extenso y bajo para alcázar de los

califas, una mezquita principal, cuyas obras dirigieron alarifes

musulmanes venidos de fuera, y la tumba del Mahdí.

La navegación es corta y á los quince minutos descendemos en una ribera

arenosa. Como el Nilo cambia de nivel en este punto hasta diez metros,

dicha orilla resulta muy escarpada; pero la ciudad negra ha hecho sus

progresos, y vemos con asombro un tranvía inmediato al desembarcadero.

Consiste simplemente en unos vagones-jardineras destartalados, con ruido

de ferretería vieja apenas se ponen en movimiento, y de los que tiran

varias mulas guiadas por negros.

Este tranvía sube en zigzag la ribera, atraviesa varias calles de casas

hechas de barro y se detiene en una plaza, cerca de la mezquita

principal. La ciudad del Mahdí es una reproducción de la misma calle,

hasta el infinito. Todas las construcciones resultan iguales: paredes de

adobes, con techos de troncos de palmera. Dichas casas se alinean en el

centro de la ciudad y al alejarse no guardan formación alguna. Abandonan

la fila, se esparcen como guerreros indisciplinados, colocándose cada

una á su capricho. En las calles con aceras son éstas de tierra

apisonada, sostenidas por tablas, y quedan á veces á gran altura sobre

el centro de la vía, desmenuzándose por abajo de su tablazón. Las

lluvias y el paso de las caravanas han ahondado las calles,

convirtiéndolas en barrancos, de los que surgen columnas de polvo rojo

al menor soplo de viento.

Lo más interesante en Omdurmán son los habitantes. Su diversidad de

aspectos y razas hace recordar á las tropas heterogéneas del Mahdí.

Todos tienen un aire belicoso; son antiguos combatientes ó hijos de

combatientes. Las cicatrices que ostentan en el rostro ó en los brazos

aumentan su expresión guerrera.

Hay muchos beduínos de origen árabe, que tienen una tez pálida,

barbillas negras, y usan luengos trajes musulmanes á pesar del calor;

pero los más son negros y van medio desnudos. Unos proceden del África

ecuatorial. Vinieron atraídos por el prestigio del profeta sudanés para

batirse contra los incrédulos. También, mientras duró el califato del

sucesor del Mahdí, fué Omdurmán un lugar de peregrinaciones, y las

muchedumbres pasajeras dejaron como sedimento religioso muchos devotos

junto á la tumba del santo derviche.

Además abundan los nubios, hijos de los guerreros preferidos del

profeta, hermosos negros de cuerpo atlético, con la melena recortada

sobre los hombros y fija en las sienes por una trenza de fibras, tocado

semejante al de los egipcios milenarios en las pinturas sepulcrales. Son

los famosos _baggaras_ (en nubio, «boyeros»), descendientes de los

pastores nómadas del Sudán que formaron la caballería del ejército

mahdista. Estos jinetes, con escudo redondo de cuero de hipopótamo y

lanza de ancho hierro, no montaban caballos. Iban sobre camellos más

ágiles é inteligentes que los de las caravanas, y sus cargas resultaron

decisivas en la primera guerra del Mahdí contra las tropas

anglo-egipcias.

Existen también en Omdurmán sirios, armenios y griegos. Unos llegaron

atraídos por el comercio africano que afluye á dicha población. Otros

tal vez son hijos de los habitantes del Kartum de Gordon, encarcelados

en Omdurmán, los cuales sólo recobraron su libertad catorce años

después, cuando ya se habían acostumbrado al lugar de su esclavitud.

Intento detenerme ante una puerta de la gran mezquita. Es el momento de

la oración matinal. Veo su interior con escuetos arcos enjalbegados y

una multitud vestida de rojo, de azul, de amarillo oro. Entre los

turbantes blancos se destacan otros de honorable verde, el color de los

tantos personajes que hicieron su viaje á la Meca. Aquí abundan mucho,

por ser dicha peregrinación relativamente fácil, pues basta con pasar á

la orilla opuesta del mar Rojo. Mi guía se alarma y me tira de un brazo

antes de que vuelvan su cabeza algunos de los devotos que permanecen

erguidos, de espaldas á nosotros. Luego me explica que Omdurmán no es

Constantinopla, El Cairo ó Argel, donde los europeos pueden entrar en

las mezquitas. La fe musulmana continúa siendo agresiva en la ciudad del

Mahdí y no admite contactos con los enemigos. Estos fieles guardan un

alma semejante á la de los primeros guerreros de Mahoma.

Vamos á visitar los dos únicos «monumentos» de esta capital de cabañas:

el palacio del Califa y la tumba del profeta.

El tal palacio consiste en una sucesión de casitas de un solo piso, con

las paredes revestidas de cal. Los salones del monarca sudanés y sus

baños á la turca son piezas enormes y destartaladas, sin otro detalle

arquitectónico que el arco de herradura en que terminan puertas y

ventanas, dando todas ellas sobre patios semejantes á corrales.

En una de las salas vemos montones de hierro viejo y de madera,

ametralladoras y fusiles comprados hace treinta años en Europa, cuando

ya eran restos de armamento, bueno solamente para moros y negros. En

otra habitación están los recuerdos del Califa que pueden llamarse

«civilizados».

Una vez tomada Kartum, los vencedores--según relato de los prisioneros

europeos--se entregaron á las más bárbaras orgías en Omdurmán, para

celebrar su triunfo. El sucesor del profeta fué recibiendo en el curso

de catorce años las visitas de audaces viajantes de comercio y

aventureros de Europa, encargándoles compras para la civilización de su

metrópoli y comodidad de su palacio.

Como recuerdo de tal época encontramos en un corral las ruedas y parte

de la caja de un landó fabricado en París. El carruaje de gala del

Califa se va desmenuzando al aire libre. En otro lugar vemos un piano

con sus maderas rotas y cuyas entrañas contienen montoncitos de arena

depositados por el viento. Cuando llegan visitantes, uno de los

guardianes sudaneses encargados de vigilar estas ruinas toca á capricho

las teclas con sus dedazos y sonríe, mostrando el marfil feroz de sus

dientes. Una musiquita débil, temblorosa, sale del fondo del instrumento

despanzurrado, y por breves momentos da cierto ambiente melancólico á

esta mansión de monarca derviche obedecido por hordas de fanáticos.

Algunos metros más allá del bárbaro alcázar existe todavía la cárcel

donde vivieron en una esclavitud de bestias las familias europeas

capturadas en Kartum.

Llegamos á la tumba del Mahdí, la construcción más alta de Omdurmán.

Esta mezquita cuadrada tuvo una cúpula blanca de veinte metros, lo que

la hizo descollar sobre una ciudad de chozas como edificio maravilloso,

viéndosela á enorme distancia.

El califato madhista pereció en la derrota que lord Kitchener, _sirdar_

del ejército anglo-egipcio, hizo sufrir á los derviches junto á Omdurmán

en Septiembre de 1898. Los vencedores, temiendo el fanatismo de los

mahdistas, se preocuparon ante todo de suprimir la veneración religiosa

del profeta muerto. La tumba del Mahdí fué demolida en gran parte á

cañonazos y su cadáver arrojado al Nilo, para que no recibiese más

adoraciones.

Aún existe el mausoleo, pero en ruinas. La bóveda, por ser la parte más

frágil, se derrumbó casi enteramente. El edificio ha sido rellenado con

tierra, y ahora se escapan por los arcos de sus ventanas cegadas las

verdes cabelleras de una vegetación parásita. En el momento de nuestra

visita se hallan cubiertas de flores, lo mismo que la hierba del

abandonado jardín.

Un sudanés al servicio de los ingleses nos abre la verja de hierro que

rodea la capilla. Esta verja es igualmente del tiempo del califato, y la

colocó un arquitecto árabe venido de fuera para dirigir la construcción

del sepulcro. Al avanzar hacia el macizo de tierra que fué un panteón,

notamos esparcidos en el suelo gran cantidad de dátiles. Algunos de

ellos aún se mantienen frescos, y resulta incomprensible cómo las gentes

del país pueden malgastar un fruto tan apreciado, arrojándolo por encima

de la verja.

Me explica el guía que para muchos vecinos de Omdurmán el Mahdí no ha

muerto. Siempre es «el Dirigido por Dios», y permanece oculto hasta que

llegue la hora de su segunda aparición, decisiva y victoriosa. Como su

espíritu vaga errante en torno á la antigua sepultura, los devotos le

arrojan dátiles, el manjar más caro y rico del país, para que se

mantenga vigoroso en su destierro de ultratumba.

Mientras escucho tales explicaciones, algo cae junto á nosotros. Dos

dátiles han cortado el aire, pasando sobre la verja. Volvemos los ojos

á tiempo para ver cómo huye un muchacho y desaparece en una callejuela

inmediata. Guardo como recuerdo este par de dátiles destinados á la

alimentación del fantasma del «Dirigido». No sé lo que ocurrirá en lo

futuro. Tal vez los ingleses acaben por borrar la influencia del Mahdí,

pero en el momento presente, los nietos de sus guerreros se privan de

comer golosinas para arrojárselas á su sombra.

Atravesamos el zoco de Omdurmán, vasta plaza entre cuatro filas de

tiendas instaladas en casitas de adobes. El centro del mercado lo ocupan

toldajes de cuero ó de tela haraposa, á cuya sombra se acogen los

vendedores sin domicilio.

Tiene gran importancia la ciudad del Mahdí para el comercio de los

sudaneses. Equivale á un puerto seco abierto continuamente á las flotas

de las caravanas. La influencia religiosa de su fundador, la fama de sus

victorias, abrieron en los desiertos nuevos rumbos que siguen

confluyendo á Omdurmán. Aquí se encuentran mercaderes de las costas del

mar Rojo, del África ecuatorial, de los oasis del Sahara y del desierto

Líbico. Es el centro de una estrella mahometana de numerosas puntas.

En este zoco se ofrecen diversos productos del suelo africano y otras

especies de tierras remotas, todo revuelto, como es costumbre en los

mercados orientales: sedas, vasijas de cobre repujado á martillo,

drogas, perfumes, salitre, sal sosa, betel, opio, estatuitas talladas

por negros representando divinidades grotescas, escudos de piel de

hipopótamo, venablos y lanzas, puñales pendientes de un brazalete para

llevarlos en la muñeca izquierda, á estilo del país, espadas cortas, más

anchas en su punta que en la empuñadura, con vaina de cuero rojo,

cajones pintarrajeados, ornamentos bárbaros, quesos de cabra y de

camella, cascos de cuero endurecido, con un enrejado de metal que

defiende el rostro. Las vendedoras se envuelven en mantos rojos ó

azules, pero conservan descubierta la cara negra, mofletuda, de nariz

achatada, con grietas profundas por el curtimiento de la tez. Venden el

pan en piezas redondas y obscuras de gran peso; guisan al aire libre

para las gentes que acudieron al mercado, dejando sus camellos y

borricos en las calles próximas.

Dentro de las tiendas permanentes, instaladas en las casas, se

encuentran los tipos de todo mercado oriental: judíos iguales á los de

los puertos de Levante, griegos, armenios, indostánicos. Pero todos

ellos, á pesar de la importancia de sus establecimientos, parecen

perdidos en esta concurrencia enorme de negros y árabes.

Compro un escudo de cuero de hipopótamo, manojos de dardos, varias dagas

y espadas sudanesas, pero en vano busco las fábricas de objetos de

marfil y las montañas de colmillos de elefante que me prometieron en

Kartum. Un griego, dueño de una de las tiendas más ricas, me muestra

cuatro colmillos de elefante joven, defensas pequeñas que trajo una

caravana desde el interior del Sudán. Dicha compra la ha hecho para

enviarla á uno de sus corresponsales en Egipto. El comercio del marfil

era abundante en otro tiempo, cuando se cazaban todos los años miles de

elefantes. Ahora escasean éstos cada vez más.

Pregunto por los talleres de marfil en Omdurmán, y el mercader parece no

comprenderme. Aquí no hay otra industria que algunos tallercitos de

herrería, donde se fabrican espadas y lanzas sudanesas para ofrecerlas á

los viajeros. Me convenzo de que he perdido definitivamente la pista del

marfil y deberé renunciar á las fábricas que vengo buscando desde Port

Sudán.

Al día siguiente salimos de Kartum para Wady-Halfa, donde termina el

Sudán gobernado por los ingleses y empieza el Egipto independiente.

La primera parte de dicho viaje no es más que una repetición del que

realizamos hace tres días. Vemos otra vez las ruinas de Meroe, y en

Berber deja el tren á su derecha la línea á Port Sudán, continuando su

marcha hacia el Norte, en dirección á Egipto.

Costeamos el Nilo mucho tiempo, pero en la quinta catarata nos separamos

de él. Se aleja el río hacia el Oeste, trazando una curva enorme, que

obligó siempre á las caravanas á correr los peligros de un viaje por el

desierto de Nubia, desde Abuamed á Wady-Halfa.

El paisaje conocido en nuestra travesía de Port Sudán á Kartum nos

parece ahora un jardín, comparado con el que vemos, después de haber

pasado la noche en el vagón.

Estamos en el desierto, en el verdadero desierto, arenal amarillento,

monótono, sin la más leve vegetación, sin vestigio alguno de madera

leñosa, sin otras alteraciones que las numerosas colinas amontonadas á

capricho del viento, las cuales volverán á cambiar de sitio al primer

huracán. Luego la línea del desierto se va haciendo sinuosa, y vemos

montañas completamente peladas, de color rosa obscuro, agudas y

regulares como pirámides.

Dichas montañas, que parecen absorber la luz sin devolverla, nos

entretienen y desorientan al mismo tiempo con los caprichos del miraje.

Al pie de todas ellas hay un lago, en cuyas aguas inmóviles y

cristalinas se refleja la cumbre invertida.

Hemos oído hablar del espejismo del desierto, sabemos hasta dónde puede

llegar el engaño de tal ilusión óptica, mas estas lagunas son tan claras

que consiguen hacernos creer en su existencia, reconociéndolas como

algo excepcional. Deben ser depósitos de agua espesa y salobre; pero

indudablemente existen, sería temerario dudar de su realidad. Sólo

cuando el ferrocarril se aproxima á las mencionadas montañas vemos cómo

el lago va desapareciendo, cual si la arena absorbiese sus aguas, cómo

el desierto invade con su ola amarilla y seca la fantástica cavidad

líquida... Poco después, cuando reímos del engaño, surgen ante nuestros

ojos nuevas montañas y nuevas lagunas, que nos hacen dudar otra vez y

repiten la misma ilusión mentirosa.

Muchas estaciones no tienen nombre. Ostentan simplemente un número. Se

componen de una casita única de ladrillo, en torno á la cual parecen

agazapadas las chozas de los empleados subalternos, cuatro ó cinco. Más

allá, la arena, el desierto. Para la media docena de hombres blancos,

cobrizos ó negros instalados aquí, lo más precioso es el enorme

receptáculo de metal semejante á un gasómetro que guarda la provisión de

agua traída en vagones especiales. Este tesoro líquido sirve para el

consumo del grupo de solitarios y alimento de las locomotoras.

En algunas de las estaciones las chozas se muestran caídas, y los

pedazos de muro que aún se mantienen derechos parecen cortados por un

cuchillo enorme. Es la obra del viento del desierto que sopló hace pocas

semanas.

Los criados de los coches-dormitorios son unos buenos mozos, cuya

estatura se aproxima á dos metros, y aún parecen más grandes á causa de

su túnica blanca hasta los pies, con faja roja, y un _tarbuch_ de igual

color, muy erguido y alto, á la moda egipcia. El destinado á mi

compartimento me cuenta las leyendas del desierto de Nubia que oyó

siendo pequeño.

Cuando el Sudán pertenecía á Egipto, una compañía de soldados que iba á

Kartum (tal vez en tiempo de Mohamed-Alí) tuvo que desembarcar en

Wady-Halfa para hacer la travesía de este mar de arena, siguiendo la

pista de los camelleros hasta Abuamed. De este modo evitaban el

larguísimo rodeo por la ribera del Nilo entre la segunda catarata y la

quinta. Sopló el viento del desierto, que alza olas más grandes que las

del Océano, y la tropa desapareció instantáneamente. Nadie la ha visto

más: se la tragó la arena.

Tal vez se han creado aquí muchas leyendas falsas, como ocurre en todos

los lugares peligrosos del planeta, especialmente á orillas del mar.

Pero las exageraciones de la tradición tienen siempre una verdad por

base. A pesar de las comodidades del tren, de las bebidas frígidas que

sirven sus criados, del vagón-comedor, cuyas mesas elegantes son

preparadas tres veces al día, toda persona con un poco de imaginación

siente cierta angustia en su pecho cada vez que mira por las

ventanillas.

Con frecuencia vemos esqueletos de camellos, blanqueados como marfil por

el fuego solar y el pulimento de la arena. Desde que la vía férrea

atraviesa el desierto, las caravanas siguen su trazado, pues de este

modo se ahorran el trabajo de orientarse.

Algunos montoncitos de boñiga seca indican el tránsito reciente de una

caravana. El sol tuesta con rapidez este excremento, que sirve á los

camelleros de combustible cuando hacen alto, al cerrar la noche. En

otros lugares vemos junto á la vía unas cuantas piedras amontonadas. Las

trajeron de muy lejos los arrieros del desierto para señalar la fosa de

un camarada desaparecido para siempre en la arena.

Aquí se aprecia en todo su valor la importancia del agua. Se reconoce,

sin necesidad de imágenes, que la vida únicamente es tolerable y dulce

bajo la caricia de la humedad en las riberas del mar ó á orillas de

ríos y lagos.

Admiro en las estaciones sin nombre á los funcionarios egipcios ó

sudaneses del ferrocarril. Los de origen europeo llevan casco blanco

para defenderse del calor, gafas azuladas, camisas sin mangas,

pantalones cortos, de bañista. Los del país, orgullosos de su traje

europeo, que parece colocarlos en una casta superior, no se despojan

nunca de la corbata, del cuello de la camisa, del chaleco y del

_tarbuch_ ó fez rojo, de duro fieltro, muy alto y angosto, que es el

característico de los egipcios. No se comprende en esta llanura de horno

cómo los empleados humildes conservan en la cabeza el turbante ó el

mencionado gorro, que debe tirar de sus cráneos como una ventosa.

Además, desconocen el uso de anteojos ahumados y tampoco necesitan la

sombra de una visera. Miran de frente la llamarada cegadora del sol y

reciben en sus pupilas los latigazos cortantes de un viento arenoso. Así

se explica que Egipto sea el país de las oftalmías y las muchedumbres de

los países orientales abunden en ciegos purulentos, con las cuencas

rojas y huecas.

Empieza el atardecer del segundo día de viaje. Nos aproximamos á su

término. Nuestra llegada á Wady-Halfa será poco después de haber cerrado

la noche.

Surge otra cadena de montañas, cinco ó seis de las cuales son de líneas

tan perfectamente geométricas, que parecen obra del hombre. Las creemos

algún tiempo pirámides perdidas en el desierto, de las que nadie habla.

Tal vez estas obras caprichosas de la Naturaleza obsesionaron á las

tribus emigrantes en su descenso hacia el Nilo Bajo, repitiéndolas por

tradición junto al delta para tumbas de los faraones.

Tiene la llanura amarillenta color de camello, y las montañas, cada vez

más ensombrecidas, recuerdan el color del elefante.

Vemos correr numerosas gacelas que van cortando el desierto de Este á

Oeste y forman ángulo con la marcha de nuestro tren. Es imposible

describir la velocidad de una gacela asustada. Se la ve, y al mismo

tiempo no puede decirse cómo es.

Una de ellas se aproxima trotando suavemente; pero alarmada por el tren,

salta la vía con vuelo de acróbata, trazando un arco ante la locomotora.

Luego corre por el lado opuesto como un bulto indeciso, mezcla de blanco

y de oro, acompañada de una nubecilla roja que surge incesantemente bajo

sus patas finas é incansables. Bastan unos segundos para que sea un

punto obscuro en el horizonte. Otros segundos después ya ha

desaparecido.

Este animal, que se alimenta con la vegetación leñosa de montes lejanos,

desciende al Nilo para beber, realizando un viaje de muchos kilómetros,

y cuando apaga su sed vuelve al punto de partida. La asombrosa ligereza

de sus patas le permite tal lujo de velocidad.

Cierra la noche. Llega hasta el tren una caricia húmeda y fresca.

Después de la jornada ardorosa nos parecen empapadas las tinieblas por

una lluvia invisible. Todos creemos oler el Nilo; lo adivinamos en la

sombra.

Nos detenemos en una estación más grande que las otras, con nombre

propio, sin un simple número por título. Es Wady-Halfa.

Seguimos unas pasarelas con barandilla para bajar el rudo declive de la

ribera nilótica. Los enormes cambios de nivel que sufre el río obligan á

estos descensos en la estación seca. Unos jóvenes con alto gorro rojo,

chaleco de seda listada y chaqué europeo nos preguntan si llevamos algo

que pueda defraudar los aranceles de la monarquía egipcia, contentándose

con una simple negativa. Son los aduaneros del antiguo kedive, ahora

rey independiente de Egipto.

Pasamos sobre varias tablas horizontales á un edificio de tres pisos,

todo blanco, con largos balconajes y deslumbradora abundancia de luces

eléctricas. Es un hotel que tiene una chimenea en su centro. Además, los

criados que salen á recoger nuestras maletas llevan uniforme de

marinero, rematado por el inevitable gorro egipcio. Este hotel, en el

que vamos á vivir dos días, flota, y pasados unos minutos se despegará

de la ribera.

A pesar de su movilidad, resultaría impropio compararlo con un buque. Su

casco se levanta muy poco sobre el agua. Es simplemente la base de tres

pisos de viviendas construídos encima de su plataforma. En el más bajo

de ellos se puede tocar el agua sólo con inclinarse sobre la borda.

Dentro de sus habitaciones hay que concentrar la atención para saber con

certeza si avanza ó permanece inmóvil. Únicamente el ruido de la gran

rueda adosada á su popa, funcionando igual que la de un molino, puede

denunciar su marcha. Sobre este río de aguas mansas, los vapores-hoteles

permiten á sus huéspedes vivir y dormir sin el más leve balanceo.

Me instalo en el comedor, vasto salón blanco, donde encontramos

camareros egipcios, iguales á los del tren. Una agradable humedad

penetra por las ventanas. El buque se pone en movimiento lentamente, y

empieza el servicio de la comida.

Creemos haber caído en otro mundo, un paraíso de divina frescura. Nos

acordamos de las interminables horas en vagones lujosos pero de rudo

movimiento, teniendo que luchar con la arena que, á pesar de las

precauciones empleadas en la construcción de dichos vehículos, ennegrece

los platos del restorán, las sábanas de las camas, el agua de los

lavabos, obstruye narices y garganta, hiere los ojos, haciéndolos

lagrimear, y en mitad de la noche despierta al durmiente con angustias

de pesadilla, cortando su respiración.

Prolongamos nuestra sobremesa en este comedor, que parece de porcelana

por su blancura, y á través de cuyos respiraderos se desliza una brisa

cargada de perfumes vegetales, aliento de las verdes é invisibles

orillas nilóticas. Navegamos con voluntaria lentitud. El buque sólo va á

realizar un viaje de dos ó tres horas, y anclará á media noche para no

turbar el sueño de sus pasajeros.

Han salido á nuestro encuentro varios platos y bebidas de Europa.

Algunos domésticos se expresan en italiano y en francés. Todo nos

impulsa á seguir aquí para desquitarnos del viaje al través del

desierto; pero nos recomiendan la conveniencia de irnos pronto á la

cama.

Debemos levantarnos en plena noche, antes que apunte el alba, si

queremos presenciar el más hermoso espectáculo que puede verse en el

verdadero Nilo Alto, mucho más arriba de Assuan y el lago de Filaé, que

es adonde llegan únicamente la mayor parte de los viajeros procedentes

de Europa.

XV

LOS COLOSOS DE ABU-SIMBEL

El despertar antes del alba.--La muralla de ébano.--Vemos el primer

templo egipcio á la luz de una linterna.--Amanecer en el Nilo.--Los

cuatro gigantes rojos surgen de la sombra.--El flechazo del sol

naciente en las entrañas del templo.--Los cuatro dioses del

santuario crepuscular.--Mentiras y fanfarronadas de Ramsés II,

llamado el Gran Sesostris por los griegos.--La Historia, estafada

por dicho monarca.--Aparición del «bacshis».--Un monstruo

legendario que traga monedas de plata.--Navegación Nilo

abajo.--Campos donde cazaban á los esclavos nubios.--Las

«fellahinas».--Efectos del gran embalsamiento de Filaé.--Mirajes

del Nilo.--La hora de cristal.--Cae la noche.

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 3/3 · 第 15 / 26 段