Cuando despierto en el vagón-dormitorio recuerdo al Mahdí y á Gordon,

personajes históricos de mi juventud, que inspiraron á los de mi época

el mismo interés que si fuesen héroes de novela. Nunca se me ocurrió

entonces la posibilidad de ver algún día directamente este país tantas

veces contemplado en las publicaciones ilustradas de aquel tiempo. ¿Por

qué motivo iba yo á conocer Kartum? ¿Cómo llegar á un sitio tan apartado

de mi país, tan al margen de los viajes corrientes que realizan la

mayoría de los europeos?... Y sin embargo, antes de que se ponga el sol

estaré en la misteriosa ciudad africana que imaginé tantas veces como

algo exótico y quimérico.

Voy notando desde la ventanilla de mi compartimento que el paisaje

matinal, aunque no es fértil, revela en su vegetación áspera y compacta

la existencia de cierta humedad. Nuestro tren ha cambiado de rumbo, y en

vez de ir de Este á Oeste cruzando el desierto, como lo hizo durante la

noche, rueda de Norte á Sur, paralelo al Nilo, con dirección á Kartum.

Nos mantenemos á cierta distancia del gran río. Algunas veces nos

aproximamos á él. Es una enorme faja verde con peñascos de basalto

orlados de espuma, entre los cuales hierven los rápidos, formando

pequeñas cascadas. Estamos en el Nilo de las famosas cataratas, entre la

segunda y la sexta, donde resulta imposible una larga navegación. Pero

estas visiones fluviales son casi instantáneas. Unas veces el río se

aleja, otras es el ferrocarril quien se aparta, interponiéndose entre

ambos una cadena de dunas ó barreras de espinosa vegetación.

Surgen por el Este pequeñas montañas de asombrosa regularidad en sus

aristas y superficies. Necesitamos que un empleado del tren nos afirme

que dichas montañas son una ciudad en ruinas. Desorientados por los

espejismos y el exceso de luz de estas tierras desiertas, nuestros ojos

sufren continuos errores.

La ciudad es Meroe, capital de reino durante varios siglos, período que

puede llamarse corto en relación con los miles de años de la historia

egipcia. Este reino de Meroe fué teocrático. El monarca, creado por los

sacerdotes, debía obedecerles ciegamente. Vemos pirámides, columnatas de

templos, esfinges medio sumidas en la arena, los restos de una

metrópoli, iguales á las ruinas del Bajo Egipto tantas veces

contempladas en los libros.

Consideramos inaudito que el tren no se detenga en Meroe para ponernos

en contacto con esta primera muestra del Egipto clásico. Semanas

después, al conocer los monumentos del Nilo Bajo, tan explorados y

estudiados, comprendemos dicha preterición. No existe ningún pueblo

junto á la ciudad muerta: sólo el desierto en torno á sus ruinas. Estos

monumentos cubiertos de arena empiezan á ser excavados y los sabios que

los estudian se hallan aún al principio de sus investigaciones.

Perdemos de vista las ruinas gigantescas de Meroe. En las aldeas

sudanesas donde nos detenemos después, se nota la influencia de esta

vecindad histórica. Junto á las estaciones se alzan casas de adobes que

tienen forma de pilón, ó sea de pirámide truncada. Algunas de ellas

ostentan en sus fachadas columnas de barro, cortas y gruesas, semejantes

á las de granito en los templos faraónicos. Las mujeres usan mantos de

azul añil y las niñas van peinadas en menudas trencitas que les caen á

ambos lados del rostro, como las antiguas egipcias.

Veo algunas viejas picudas, que tienen epidermis de cuero hondamente

arrugado y ojos mates y malignos, lo mismo que si fuesen momias

vivientes. Algunas recuerdan la cara de Ramsés II dentro de su ataúd de

cristal en el Museo del Cairo. A la sombra de la estación hay siempre

algún derviche de manto negro y turbante verde que lee el Corán y tiene

acurrucado ante sus pies un semicírculo de silenciosos oyentes. Estos

sacerdotes de mirada hostil nos hacen pensar en el Mahdí.

La mayor parte de la gente que se agolpa en las estaciones, atraída por

el paso de un tren especial, es negra, intensamente negra. Estamos en la

Baja Etiopía, país de los famosos esclavos. Muchos pequeñuelos van

desnudos por completo, con un botón saliente en mitad de la barriga y

otro más prolongado que cuelga al final de ésta. Todos tienen un rostro

tan graciosamente feo, que es imposible mirarlo sin reir. Sólo una

minoría de etíopes son cobrizos, mejor dicho, de una palidez sucia, que

les hizo denominarse «rojos».

Siempre se dividió la humanidad que habita junto al Nilo en estos dos

grupos, desde hace miles de años: hombres negros y hombres rojos. Lo de

«rojos» fué un eufemismo, una exageración, para distanciarse de los

negros. En realidad son de bronce, y sin embargo es posible que el

título de mar Rojo dado al más azul de los mares se deba á que los

habitantes de sus costas se llamaron «hombres rojos».

Entre las estaciones, vemos marchar por una pista cercana al tren las

primeras caravanas de camellos. Cada uno de dichos animales lleva dos

fardos á ambos lados de su giba, y tiene atado el hocico por una cuerda

sutil al rabo del precedente. De este modo, en las caravanas cortas, el

único conductor, marchando delante, no teme que le roben un camello ó

que retarde su paso, acabando por extraviarse.

Casi siempre, en estas caravanas modestas, el dueño abre la marcha

montado en un asno. Esto parece atentar contra las leyes de lo

pintoresco, pero así es. El arriero del Sudán no se preocupa de poetizar

el paisaje; busca su comodidad, y los «navíos del desierto», con las

violentas ondulaciones de su espinazo, acaban por marear á los jinetes

novicios y fatigan hasta á los más acostumbrados á tal medio de

locomoción. Además, los que acarrean mercancías á través del desierto

nubio prefieren montar en burro, pues esto les permite apearse con más

facilidad para atender á la vigilancia de su caravana.

Debo añadir que el camello, tan difundido en África, no es africano. El

viejo Egipto sólo lo conoció, importado de Asia, en las últimas

dinastías faraónicas. En cambio, el asno es del Sudán, y de esta tierra

lo tomó Egipto, siendo durante miles de años el fiel compañero del

_fellah_. Según las tradiciones etíopes, la hermosa reina de Saba

montaba habitualmente en asno.

Volvemos á ver colinas rojas y puntiagudas, sucediéndose en el horizonte

como pirámides. Pero ahora son simplemente colinas. En esta tierra de

continuos espejismos, sol rojizo y arena reverberante, se acaba por no

distinguir las obras de la Naturaleza y las del hombre. Todo tiene el

mismo color é idénticas líneas. Atravesamos campos cultivados, en los

que trabajan mujeres con la cabellera aceitosa partida en trencitas

faraónicas y hombres sin más traje que una larga camisa blanca y solideo

del mismo color. Estas plantaciones de algodón las riegan los canales de

un río que se deja ver unos instantes, desaparece y vuelve á mostrarse

más lejos. No es el Nilo grande que hemos entrevisto durante la mañana;

se llama el Atbara, y desciende de los montes de Abisinia, como un hijo

emancipado del Nilo Azul.

Son las dos de la tarde. Llevamos ya veintiocho horas de viaje. Debemos

estar cerca de su término. Los algodonales han desaparecido. Rodamos

nuevamente sobre la aridez del desierto. De pronto vemos la arboleda de

un gran oasis, casas en forma de cubo ó de blocao que se levantan en los

límites del interminable arenal, luego un río anchísimo con una flota

anclada de veleros, todos de forma arcaica, y vaporcitos que son casas

flotantes partidas por dos ó tres balconajes. En la orilla opuesta de

este río hay paseos umbrosos, pequeños palacios rodeados de jardines,

todo verde, todo fresco, extremándose verdura y humedad por el rudo

contraste con el desierto que se extiende como un mar amarillo en torno

al oasis. Ya estamos en Kartum.

El cochero que nos conduce al hotel lleva por todo indumento una camisa

blanca hasta los pies y un turbante. La cara la tiene cubierta de tajos

reveladores de su origen. En el brazo derecho ostenta un brazalete de

cuero con dos cartuchos que contienen oraciones del Corán. Este es el

traje de los sudaneses más elegantes, y parecido lo vamos á ver, Nilo

abajo, á lo largo del Egipto.

Todo hombre nilótico es un varón con camisa de mujer. Si quiere añadir

tela á su sencilla vestimenta la arrolla en torno á su cabeza, para

aumentar el volumen del turbante. Cuando sopla el huracán, levantando

trombas del suelo, las viajeras pudibundas tienen que cubrirse los ojos,

no por la arena precisamente, sino por la ligereza de las camisas

masculinas, que se hinchan y remontan, haciendo ver que los egipcios

actuales ni siquiera usan vendajes como las momias.

Kartum es de ayer. La arrasó el Mahdí, como ya dije, utilizando los

escombros aprovechables en su ciudad de Omdurmán. El gobernador inglés

goza de amplia autonomía, y las distintas personalidades que han ocupado

dicho gobierno procuraron embellecer la reciente capital con nuevos

edificios. Hay numerosos centros de enseñanza, oficinas públicas,

cuarteles, rodeados siempre de jardines, junto á calles de frondosa

arboleda. El agua es abundante y activa los progresos de esta vegetación

excitada á la vez por la humedad de sus raíces y el ardor de la luz que

barniza sus hojas.

Muchos edificios públicos llevan el nombre de Gordon. En el centro de la

ciudad se alza el monumento del héroe, estatua original, única tal vez

en el mundo. Gordon se muestra jinete en un camello, que es el caballo

de guerra de los sudaneses. A pesar del cuello largo y la giba de dicha

montura algo ridícula, conserva el monumento un aspecto noble, digno de

este guerrero místico y visionario.

Bajo el dominio de los ingleses, el caserío se ha ensanchado

considerablemente. Frente al antiguo Kartum, en la otra orilla del Nilo

Azul, se formó una ciudad industrial, llamada Kartum del Norte, y los

dos centros urbanos con el cercano Omdurmán representan más de cien mil

habitantes. Los vecinos del Kartum actual proceden de igual origen que

los del antiguo, degollados por el Mahdí ó conducidos como esclavos á

su campamento. Hay muchos italianos, pero la mayoría son griegos.

Abunda el griego en Egipto desde hace veinticinco siglos, y actualmente,

para huir de la rivalidad comercial con sus compatriotas, va avanzando

río arriba, hasta el corazón del África nilótica. En todas las factorías

sudanesas, si existe algún mercader de Europa es siempre un griego. La

suprema ambición comercial de la mayor parte de los helenos establecidos

en Egipto consiste en llegar algún día á poseer un café. Tal vez á causa

de ello abundan tanto en Kartum los establecimientos de dicha especie.

Todas las casas tienen arcadas en su piso bajo, y al amparo de estos

soportales de azulada sombra hay siempre mesas y sillas, periódicos

arrugados, é interminables enjambres de moscas que esperan zumbando la

llegada de los consumidores.

Me instalo en el Gran Hotel, frente al Nilo Azul, en la avenida

principal de la ciudad. Famosos personajes de Europa y América,

herederos de trono, multimillonarios de la industria y del comercio,

celebridades militares, han vivido en este hotel, que no es más que una

gran casa colonial de frescos patios pavimentados con baldosas europeas

y altísimos techos. Imposible compararlo con los suntuosos

establecimientos de igual clase que vamos á encontrar en Egipto.

Aquí descansan, á la ida y al regreso, los que van á cazar en el corazón

de África. Frente al hotel hay anclados algunos vapores blancos, yates

de forma graciosa al servicio del gobierno autónomo del Sudán. Éste los

alquila á todo el que quiera hacer un viaje por el Nilo Blanco,

atravesando el África todavía misteriosa, donde es posible cazar

hipopótamos, rinocerontes, elefantes y leones. El yate se toma por

semanas, con su tripulación, su capitán y hasta su cocinero. En el

precio entra la alimentación, y sólo hay que preocuparse para hacer

dicho viaje de pagar la cantidad convenida.

Con el entusiasmo inspirado por tales facilidades, que me explican

algunos funcionarios británicos y el director del hotel--joven suizo,

oficial de caballería en su país--, prometo volver el año próximo para

realizar una expedición hasta el lago Nianza, donde nace el Nilo,

buscando luego salida por el lado del mar, en un pequeño ferrocarril que

va á Mozambique. Todo esto lo digo de buena fe porque estoy en Kartum,

lo que significa tener hecha ya una parte considerable del viaje. Ahora

sonrío pensando en mi entusiasmo. Para alquilar uno de los yates del

gobierno del Sudán, hay que empezar por ir á Kartum, ¡y está tan

lejos!...

Encuentro en la terraza del hotel una nube de vendedores ofreciendo los

mismos objetos de marfil vistos en Port Sudán. Éstos no son beduínos de

ropas astrosas. Tienen un aspecto internacional; parecen indostánicos

venidos desde un puerto del mar Rojo, egipcios que huyeron del Cairo ó

de Luxor, negros vestidos á la europea, todos parlanchines, osados,

valiéndose de su confianza á estilo oriental para contestar

desvergonzadamente, pidiendo el céntuplo del valor de los objetos y

acordando á continuación escandalosas rebajas.

Surge de ellos un coro de indignación y protesta cuando dudo de la

autenticidad de su marfil. Uno afirma que el gobernador del Sudán los

metería en la cárcel si vendiesen marfil falso. Cuando le pregunto dónde

puedo ver las fábricas de dichos objetos y los depósitos de colmillos,

duda, se rasca la cabeza por debajo de un gorrito redondo bordado de

oro, y al fin responde con autoridad:

--Aquí no hay fábricas ni depósitos; pero si va usted mañana á

Omdurmán, verá los talleres donde se fabrica todo esto, y montones de

colmillos de elefantes así... ¡así!...

Y levanta los brazos, estirándolos con grandes esfuerzos, para indicarme

la altura inconmensurable de los montones de colmillos que puedo ver

mañana.

Empieza el crepúsculo; el Nilo Azul se va sumiendo en la obscuridad.

Surgen de sus flotillas al ancla los mismos ruidos de los puertos poco

frecuentados cuando se aproxima la noche: choques de maderas, voces de

tripulantes llamándose, chirridos de garruchas lejanas, chapoteos

acuáticos bajo remos invisibles, canciones lentas, nostálgicas.

La avenida principal de Kartum, que es al mismo tiempo el muelle más

importante de la ciudad, tiene dos filas de álamos gigantescos, con la

exageración lujuriante de este árbol cuando sus raíces se hallan

próximas al agua corriente.

Encuentro junto al hotel la fachada de un templo modesto con una cruz en

su remate. Es la iglesia copta. El lector sabe sin duda que los coptos

son los cristianos egipcios. Después de perder su religión nacional hace

dos mil años, el pueblo egipcio no tuvo tiempo para aceptar las

creencias de sus dominadores los romanos, y el cristianismo fué su nuevo

dogma, adoptándolo con reconcentrado entusiasmo. Muchos santos fueron

egipcios, y en los desiertos de la Tebaida, junto á las ruinas

menospreciadas de la antigua Tebas, surgieron los eremitas y se crearon

las primeras órdenes religiosas.

Cuando Egipto fué invadido por los musulmanes, la gran masa de los

_fellahs_ cambió de religión, aceptando la de los vencedores, por

considerar que su eterno destino consiste en seguir las creencias de

todo amo que puede pegarles. Una parte del país se mantuvo fiel á las

ideas cristianas, y este cristianismo primitivo, que conserva sus

ceremonias de culto iguales á las de las primeras asociaciones creadas

por los apóstoles, es la llamada religión copta.

Ha cerrado la noche. Un canto de voces infantiles, que suenan desacordes

por el aislamiento y muy separadas unas de otras, atrae mi atención. Al

ir hacia ellas, noto que más allá de la línea exterior de álamos, en la

misma ribera del Nilo, existe una serie de pozos ó excavaciones

verticales sobre la corriente acuática.

Hay en cada uno de estos pozos una noria de madera, con cangilones que

son pequeñas tinajas de barro. Un burro enano y animoso marcha en

círculo haciendo rodar este mecanismo primitivo, inventado tal vez hace

cincuenta siglos. El animal, al dar su vuelta, pisa un segmento de

círculo formado con ramas y tierra apisonada, balconaje rústico debajo

del cual se abre la profundidad del Nilo Azul. La bestia laboriosa pasa

y repasa sobre este suelo tembloroso sin darse cuenta de que sus patas

trotadoras tienen debajo el vacío.

Un muchacho cobrizo, de ojos de gacela, camisa larga y blanco solideo,

lo anima cantando una estrofa temblona, con cierta languidez

sentimental. Es la canción del agua, que hace miles de años entonan los

ribereños del Nilo en una orilla doble de tres mil kilómetros.

Así la cantaban indudablemente en los tiempos faraónicos; y como un

rasgueo de guitarras invisibles que acompañasen en sordina esta romanza

fresca, suenan los murmullos del líquido al caer de los cangilones y

huir saltando por un riachuelo para refrescar las huertas inmediatas.

Un hálito caliente llega de la otra orilla del río, del desierto

amarillento, oculto ahora en las tinieblas. Son bocanadas del ardor

acumulado en sus entrañas durante las horas solares.

Respiro con delicia el vaho húmedo que sale de las norias. Me imagino la

tierra con las fuentes cegadas, los cauces de los ríos secos, las

muchedumbres aullantes de sed. Recuerdo los desiertos atravesados hace

unas horas, donde se puede viajar mucho tiempo en ferrocarril sin ver

una persona ó un animal y los pequeños grupos humanos aglomeran sus

viviendas junto al más insignificante riachuelo.

El murmullo del agua, la voz de la mujer querida y el retintín del oro

son las tres músicas más dulces, según los poetas árabes.

¡Ah, la divina y fresca canción del agua, primera melodía conocida por

los hombres, bajo cuyo arrullo, favorecedor del ensueño, empezaron á

pensar!...

XIV

LA CIUDAD DEL MAHDÍ

El despertar en el oasis.--Un harén en tranvía.--Campamento

convertido en ciudad.--Los descendientes de los mahdistas.--El

palacio de los Califas.--Las ametralladoras, el landó y el piano

del heredero del Mahdí.--La tumba del «Dirigido por Dios».--Un

fantasma alimentado con dátiles.--El mercado de Omdurmán.--Pierdo

la pista del marfil.--Hacia la frontera egipcia á través del

desierto.--Pirámides que se transforman en montañas y lagos que no

existen.--Las olas de arena.--Cómo desapareció una compañía de

soldados egipcios.--Estaciones sin nombre.--Los viajes de las

gacelas para beber.--Llegada al Nilo.--Un hotel blanco de tres

pisos.--Dulzuras de la atmósfera húmeda.--El hotel se despega de la

orilla.

Apenas se difunden las claridades del amanecer, me veo obligado á saltar

del lecho.

Mi habitación está en el piso bajo del hotel y sus ventanas dan á un

jardín de frondosidad tropical. Palmeras, eucaliptos y sicomoros, como

tienen sus raíces al nivel de los rezumamientos del Nilo, son enormes.

Los pájaros se amontonan y reproducen en este oasis, sin aventurar sus

vuelos sobre el mar de arena que lo rodea, y cada árbol parece temblar,

envuelto en un estremecimiento de aleteos y cánticos. Puede decirse que

hay en ellos tantos pájaros como hojas. Nunca he oído un concierto

animal tan regocijado y tan hostil para el sueño. En el hotel de Kartum,

son pocos los que pueden dormir después de la aurora.

Antes de que salga el sol llegamos en un carruaje de caballos al sitio

donde se inicia la confluencia de los dos Nilos, para tomar el primer

vapor que vaya á Omdurmán. Se ve con claridad el encuentro de las dos

corrientes. En el momento de la crecida anual, las aguas del Nilo Azul

son las rojas, las cargadas de limo, pues las lluvias de la meseta

abisinia arrastran la tierra volcánica de sus laderas. En cambio, las

del Nilo Blanco se muestran verdes en los primeros días de la

inundación, por acarrear grandes masas de vegetación acuática.

Ahora el Nilo tiene un nivel muy bajo. Han quedado al descubierto bancos

de arena é islotes de piedra que permanecen invisibles una gran parte

del año. La época presente es la seca, y sólo en Junio se iniciará el

aumento de nivel que anuncia la nutridora inundación. Las aguas del Nilo

Azul son en este momento azules y claras, mientras las del Nilo Blanco

ruedan hasta aquí rojas y fangosas, marcándose con una raya larguísima

el lugar donde chocan y se confunden los dos aportes líquidos de

distinto color.

Mientras llega nuestro buque examino la marina de cabotaje de los dos

Nilos, que sube por el Azul hasta los primeros contrafuertes del macizo

abisinio y por el Blanco navega hasta el corazón del África ecuatorial,

á través de estepas y selvas, comerciando con tribus que aún se hallan

en los primeros titubeos de la civilización.

Estos barcos son idénticos á los que figuran en las pinturas sepulcrales

de Egipto. Recuerdan las flotas faraónicas que hace cuatro mil años

exploraban las orillas hostiles de la Nubia y la Etiopía ó los puertos

del País de los Aromas. Su casco largo y de poca altura hace pensar en

el caparazón del cocodrilo nadando á flor de agua. Lo más extraordinario

es su timón, tan prolongado que equivale á una cuarta parte de la nave

y de una altura doble que la del casco. Su barra queda al nivel del

piloto, que va de pie en la popa, y éste la apoya en un hombro para

imprimirle movimiento. El mástil único está sujetado por ocho cuerdas en

cada banda, y su verga, con la vela recogida, no descansa sobre la

embarcación; permanece izada en las horas de calma al final del palo.

Como Kartum se extiende á lo largo del río, un tranvía de vapor circula

por el muelle más importante, desde la estación del ferrocarril, por

donde vinimos ayer, hasta el embarcadero para Omdurmán. Llegan casi al

mismo tiempo el vapor procedente de dicha ciudad y el tranvía con

locomotora que partió del otro extremo de Kartum.

Desembarcan los primeros viajeros que recibe hoy la capital del Sudán,

procedentes de la ciudad fundada por el Mahdí. Son personajes árabes que

pasan junto á nosotros sin mirarnos, derviches y escribas que protestan

con su afectada indiferencia de la dominación británica, y muchos

trabajadores negros. Luego vemos cómo toman asiento en los vagones

abiertos del tranvía varias damas árabes procedentes del harén de algún

vecino rico de Omdurmán, para visitar á sus parientas ó amigas en otros

harenes de Kartum.

Parecen gozar de cierta importancia social y no van con el rostro

descubierto, como las mahometanas pobres vistas por nosotros en las

estaciones del ferrocarril. Visten á la moda egipcia, tapadas de cabeza

á pies por una especie de dominó de raso negro. Además llevan otra pieza

de seda colgando desde la mitad de su nariz hasta sus rodillas, á modo

de máscara. Sólo quedan visibles los ojos, y como todas los tienen

pintados con una aureola azul y agrandados por rayas negras, resultan

hermosas é interesantes. Algunas ostentan un canuto de oro cincelado

puesto verticalmente entre los dos ojos, desde el filo de la capacha que

cubre su cabeza al borde de la especie de delantal que tapa su rostro, y

esta separación metálica aumenta el interés exótico de sus miradas.

Aprovechando que los buenos musulmanes han emprendido á pie su marcha

hacia Kartum, estas máscaras negras miran á cristianas y cristianos con

un atrevimiento de colegialas en libertad, comentando en voz baja las

modas occidentales. Nosotros las miramos igualmente, y al poco rato de

examinar sus ojos misteriosos vamos encontrando en ellos, á través de

pinturas y agrandamientos, una fijeza bovina, una enormidad sin

expresión, algo bestial.

Entramos en el vaporcito. Varios soldados indígenas nos siguen con sus

caballos. Presiento que esta media docena de jinetes va á Omdurmán con

motivo de nuestro viaje. La ciudad del Mahdí vive ahora resignada á la

dominación británica, pero una gran parte de sus vecinos, todos los de

edad madura, fueron mahdistas, hicieron la guerra dirigidos por los

derviches, y puede resucitar su antiguo fanatismo al ver en las calles

un grupo extraordinario de infieles.

Ya he dicho que Omdurmán nació durante el sitio de Kartum. Era un fortín

en la orilla izquierda del Nilo Blanco, dominando el curso del Nilo Azul

que desemboca frente á él y la continuación de las dos corrientes, ó sea

el Nilo único.

Este fortín se hallaba al lado de la miserable aldea de Omdurmán, nombre

que significa «Madre de Durmán».

Como el sitio se prolongó un año, fueron llegando refuerzos de media

África, y las hordas negras tuvieron que levantar numerosas chozas y

casitas de adobes, convirtiéndose el campamento en una ciudad

desordenada que ocupa enorme espacio. Al triunfar el Mahdí, arrasó los

principales edificios de Kartum para construir los de su nueva capital.

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 3/3 · 第 14 / 26 段