personajes históricos de mi juventud, que inspiraron á los de mi época
el mismo interés que si fuesen héroes de novela. Nunca se me ocurrió
entonces la posibilidad de ver algún día directamente este país tantas
veces contemplado en las publicaciones ilustradas de aquel tiempo. ¿Por
qué motivo iba yo á conocer Kartum? ¿Cómo llegar á un sitio tan apartado
de mi país, tan al margen de los viajes corrientes que realizan la
mayoría de los europeos?... Y sin embargo, antes de que se ponga el sol
estaré en la misteriosa ciudad africana que imaginé tantas veces como
algo exótico y quimérico.
Voy notando desde la ventanilla de mi compartimento que el paisaje
matinal, aunque no es fértil, revela en su vegetación áspera y compacta
la existencia de cierta humedad. Nuestro tren ha cambiado de rumbo, y en
vez de ir de Este á Oeste cruzando el desierto, como lo hizo durante la
noche, rueda de Norte á Sur, paralelo al Nilo, con dirección á Kartum.
Nos mantenemos á cierta distancia del gran río. Algunas veces nos
aproximamos á él. Es una enorme faja verde con peñascos de basalto
orlados de espuma, entre los cuales hierven los rápidos, formando
pequeñas cascadas. Estamos en el Nilo de las famosas cataratas, entre la
segunda y la sexta, donde resulta imposible una larga navegación. Pero
estas visiones fluviales son casi instantáneas. Unas veces el río se
aleja, otras es el ferrocarril quien se aparta, interponiéndose entre
ambos una cadena de dunas ó barreras de espinosa vegetación.
Surgen por el Este pequeñas montañas de asombrosa regularidad en sus
aristas y superficies. Necesitamos que un empleado del tren nos afirme
que dichas montañas son una ciudad en ruinas. Desorientados por los
espejismos y el exceso de luz de estas tierras desiertas, nuestros ojos
sufren continuos errores.
La ciudad es Meroe, capital de reino durante varios siglos, período que
puede llamarse corto en relación con los miles de años de la historia
egipcia. Este reino de Meroe fué teocrático. El monarca, creado por los
sacerdotes, debía obedecerles ciegamente. Vemos pirámides, columnatas de
templos, esfinges medio sumidas en la arena, los restos de una
metrópoli, iguales á las ruinas del Bajo Egipto tantas veces
contempladas en los libros.
Consideramos inaudito que el tren no se detenga en Meroe para ponernos
en contacto con esta primera muestra del Egipto clásico. Semanas
después, al conocer los monumentos del Nilo Bajo, tan explorados y
estudiados, comprendemos dicha preterición. No existe ningún pueblo
junto á la ciudad muerta: sólo el desierto en torno á sus ruinas. Estos
monumentos cubiertos de arena empiezan á ser excavados y los sabios que
los estudian se hallan aún al principio de sus investigaciones.
Perdemos de vista las ruinas gigantescas de Meroe. En las aldeas
sudanesas donde nos detenemos después, se nota la influencia de esta
vecindad histórica. Junto á las estaciones se alzan casas de adobes que
tienen forma de pilón, ó sea de pirámide truncada. Algunas de ellas
ostentan en sus fachadas columnas de barro, cortas y gruesas, semejantes
á las de granito en los templos faraónicos. Las mujeres usan mantos de
azul añil y las niñas van peinadas en menudas trencitas que les caen á
ambos lados del rostro, como las antiguas egipcias.
Veo algunas viejas picudas, que tienen epidermis de cuero hondamente
arrugado y ojos mates y malignos, lo mismo que si fuesen momias
vivientes. Algunas recuerdan la cara de Ramsés II dentro de su ataúd de
cristal en el Museo del Cairo. A la sombra de la estación hay siempre
algún derviche de manto negro y turbante verde que lee el Corán y tiene
acurrucado ante sus pies un semicírculo de silenciosos oyentes. Estos
sacerdotes de mirada hostil nos hacen pensar en el Mahdí.
La mayor parte de la gente que se agolpa en las estaciones, atraída por
el paso de un tren especial, es negra, intensamente negra. Estamos en la
Baja Etiopía, país de los famosos esclavos. Muchos pequeñuelos van
desnudos por completo, con un botón saliente en mitad de la barriga y
otro más prolongado que cuelga al final de ésta. Todos tienen un rostro
tan graciosamente feo, que es imposible mirarlo sin reir. Sólo una
minoría de etíopes son cobrizos, mejor dicho, de una palidez sucia, que
les hizo denominarse «rojos».
Siempre se dividió la humanidad que habita junto al Nilo en estos dos
grupos, desde hace miles de años: hombres negros y hombres rojos. Lo de
«rojos» fué un eufemismo, una exageración, para distanciarse de los
negros. En realidad son de bronce, y sin embargo es posible que el
título de mar Rojo dado al más azul de los mares se deba á que los
habitantes de sus costas se llamaron «hombres rojos».
Entre las estaciones, vemos marchar por una pista cercana al tren las
primeras caravanas de camellos. Cada uno de dichos animales lleva dos
fardos á ambos lados de su giba, y tiene atado el hocico por una cuerda
sutil al rabo del precedente. De este modo, en las caravanas cortas, el
único conductor, marchando delante, no teme que le roben un camello ó
que retarde su paso, acabando por extraviarse.
Casi siempre, en estas caravanas modestas, el dueño abre la marcha
montado en un asno. Esto parece atentar contra las leyes de lo
pintoresco, pero así es. El arriero del Sudán no se preocupa de poetizar
el paisaje; busca su comodidad, y los «navíos del desierto», con las
violentas ondulaciones de su espinazo, acaban por marear á los jinetes
novicios y fatigan hasta á los más acostumbrados á tal medio de
locomoción. Además, los que acarrean mercancías á través del desierto
nubio prefieren montar en burro, pues esto les permite apearse con más
facilidad para atender á la vigilancia de su caravana.
Debo añadir que el camello, tan difundido en África, no es africano. El
viejo Egipto sólo lo conoció, importado de Asia, en las últimas
dinastías faraónicas. En cambio, el asno es del Sudán, y de esta tierra
lo tomó Egipto, siendo durante miles de años el fiel compañero del
_fellah_. Según las tradiciones etíopes, la hermosa reina de Saba
montaba habitualmente en asno.
Volvemos á ver colinas rojas y puntiagudas, sucediéndose en el horizonte
como pirámides. Pero ahora son simplemente colinas. En esta tierra de
continuos espejismos, sol rojizo y arena reverberante, se acaba por no
distinguir las obras de la Naturaleza y las del hombre. Todo tiene el
mismo color é idénticas líneas. Atravesamos campos cultivados, en los
que trabajan mujeres con la cabellera aceitosa partida en trencitas
faraónicas y hombres sin más traje que una larga camisa blanca y solideo
del mismo color. Estas plantaciones de algodón las riegan los canales de
un río que se deja ver unos instantes, desaparece y vuelve á mostrarse
más lejos. No es el Nilo grande que hemos entrevisto durante la mañana;
se llama el Atbara, y desciende de los montes de Abisinia, como un hijo
emancipado del Nilo Azul.
Son las dos de la tarde. Llevamos ya veintiocho horas de viaje. Debemos
estar cerca de su término. Los algodonales han desaparecido. Rodamos
nuevamente sobre la aridez del desierto. De pronto vemos la arboleda de
un gran oasis, casas en forma de cubo ó de blocao que se levantan en los
límites del interminable arenal, luego un río anchísimo con una flota
anclada de veleros, todos de forma arcaica, y vaporcitos que son casas
flotantes partidas por dos ó tres balconajes. En la orilla opuesta de
este río hay paseos umbrosos, pequeños palacios rodeados de jardines,
todo verde, todo fresco, extremándose verdura y humedad por el rudo
contraste con el desierto que se extiende como un mar amarillo en torno
al oasis. Ya estamos en Kartum.
El cochero que nos conduce al hotel lleva por todo indumento una camisa
blanca hasta los pies y un turbante. La cara la tiene cubierta de tajos
reveladores de su origen. En el brazo derecho ostenta un brazalete de
cuero con dos cartuchos que contienen oraciones del Corán. Este es el
traje de los sudaneses más elegantes, y parecido lo vamos á ver, Nilo
abajo, á lo largo del Egipto.
Todo hombre nilótico es un varón con camisa de mujer. Si quiere añadir
tela á su sencilla vestimenta la arrolla en torno á su cabeza, para
aumentar el volumen del turbante. Cuando sopla el huracán, levantando
trombas del suelo, las viajeras pudibundas tienen que cubrirse los ojos,
no por la arena precisamente, sino por la ligereza de las camisas
masculinas, que se hinchan y remontan, haciendo ver que los egipcios
actuales ni siquiera usan vendajes como las momias.
Kartum es de ayer. La arrasó el Mahdí, como ya dije, utilizando los
escombros aprovechables en su ciudad de Omdurmán. El gobernador inglés
goza de amplia autonomía, y las distintas personalidades que han ocupado
dicho gobierno procuraron embellecer la reciente capital con nuevos
edificios. Hay numerosos centros de enseñanza, oficinas públicas,
cuarteles, rodeados siempre de jardines, junto á calles de frondosa
arboleda. El agua es abundante y activa los progresos de esta vegetación
excitada á la vez por la humedad de sus raíces y el ardor de la luz que
barniza sus hojas.
Muchos edificios públicos llevan el nombre de Gordon. En el centro de la
ciudad se alza el monumento del héroe, estatua original, única tal vez
en el mundo. Gordon se muestra jinete en un camello, que es el caballo
de guerra de los sudaneses. A pesar del cuello largo y la giba de dicha
montura algo ridícula, conserva el monumento un aspecto noble, digno de
este guerrero místico y visionario.
Bajo el dominio de los ingleses, el caserío se ha ensanchado
considerablemente. Frente al antiguo Kartum, en la otra orilla del Nilo
Azul, se formó una ciudad industrial, llamada Kartum del Norte, y los
dos centros urbanos con el cercano Omdurmán representan más de cien mil
habitantes. Los vecinos del Kartum actual proceden de igual origen que
los del antiguo, degollados por el Mahdí ó conducidos como esclavos á
su campamento. Hay muchos italianos, pero la mayoría son griegos.
Abunda el griego en Egipto desde hace veinticinco siglos, y actualmente,
para huir de la rivalidad comercial con sus compatriotas, va avanzando
río arriba, hasta el corazón del África nilótica. En todas las factorías
sudanesas, si existe algún mercader de Europa es siempre un griego. La
suprema ambición comercial de la mayor parte de los helenos establecidos
en Egipto consiste en llegar algún día á poseer un café. Tal vez á causa
de ello abundan tanto en Kartum los establecimientos de dicha especie.
Todas las casas tienen arcadas en su piso bajo, y al amparo de estos
soportales de azulada sombra hay siempre mesas y sillas, periódicos
arrugados, é interminables enjambres de moscas que esperan zumbando la
llegada de los consumidores.
Me instalo en el Gran Hotel, frente al Nilo Azul, en la avenida
principal de la ciudad. Famosos personajes de Europa y América,
herederos de trono, multimillonarios de la industria y del comercio,
celebridades militares, han vivido en este hotel, que no es más que una
gran casa colonial de frescos patios pavimentados con baldosas europeas
y altísimos techos. Imposible compararlo con los suntuosos
establecimientos de igual clase que vamos á encontrar en Egipto.
Aquí descansan, á la ida y al regreso, los que van á cazar en el corazón
de África. Frente al hotel hay anclados algunos vapores blancos, yates
de forma graciosa al servicio del gobierno autónomo del Sudán. Éste los
alquila á todo el que quiera hacer un viaje por el Nilo Blanco,
atravesando el África todavía misteriosa, donde es posible cazar
hipopótamos, rinocerontes, elefantes y leones. El yate se toma por
semanas, con su tripulación, su capitán y hasta su cocinero. En el
precio entra la alimentación, y sólo hay que preocuparse para hacer
dicho viaje de pagar la cantidad convenida.
Con el entusiasmo inspirado por tales facilidades, que me explican
algunos funcionarios británicos y el director del hotel--joven suizo,
oficial de caballería en su país--, prometo volver el año próximo para
realizar una expedición hasta el lago Nianza, donde nace el Nilo,
buscando luego salida por el lado del mar, en un pequeño ferrocarril que
va á Mozambique. Todo esto lo digo de buena fe porque estoy en Kartum,
lo que significa tener hecha ya una parte considerable del viaje. Ahora
sonrío pensando en mi entusiasmo. Para alquilar uno de los yates del
gobierno del Sudán, hay que empezar por ir á Kartum, ¡y está tan
lejos!...
Encuentro en la terraza del hotel una nube de vendedores ofreciendo los
mismos objetos de marfil vistos en Port Sudán. Éstos no son beduínos de
ropas astrosas. Tienen un aspecto internacional; parecen indostánicos
venidos desde un puerto del mar Rojo, egipcios que huyeron del Cairo ó
de Luxor, negros vestidos á la europea, todos parlanchines, osados,
valiéndose de su confianza á estilo oriental para contestar
desvergonzadamente, pidiendo el céntuplo del valor de los objetos y
acordando á continuación escandalosas rebajas.
Surge de ellos un coro de indignación y protesta cuando dudo de la
autenticidad de su marfil. Uno afirma que el gobernador del Sudán los
metería en la cárcel si vendiesen marfil falso. Cuando le pregunto dónde
puedo ver las fábricas de dichos objetos y los depósitos de colmillos,
duda, se rasca la cabeza por debajo de un gorrito redondo bordado de
oro, y al fin responde con autoridad:
--Aquí no hay fábricas ni depósitos; pero si va usted mañana á
Omdurmán, verá los talleres donde se fabrica todo esto, y montones de
colmillos de elefantes así... ¡así!...
Y levanta los brazos, estirándolos con grandes esfuerzos, para indicarme
la altura inconmensurable de los montones de colmillos que puedo ver
mañana.
Empieza el crepúsculo; el Nilo Azul se va sumiendo en la obscuridad.
Surgen de sus flotillas al ancla los mismos ruidos de los puertos poco
frecuentados cuando se aproxima la noche: choques de maderas, voces de
tripulantes llamándose, chirridos de garruchas lejanas, chapoteos
acuáticos bajo remos invisibles, canciones lentas, nostálgicas.
La avenida principal de Kartum, que es al mismo tiempo el muelle más
importante de la ciudad, tiene dos filas de álamos gigantescos, con la
exageración lujuriante de este árbol cuando sus raíces se hallan
próximas al agua corriente.
Encuentro junto al hotel la fachada de un templo modesto con una cruz en
su remate. Es la iglesia copta. El lector sabe sin duda que los coptos
son los cristianos egipcios. Después de perder su religión nacional hace
dos mil años, el pueblo egipcio no tuvo tiempo para aceptar las
creencias de sus dominadores los romanos, y el cristianismo fué su nuevo
dogma, adoptándolo con reconcentrado entusiasmo. Muchos santos fueron
egipcios, y en los desiertos de la Tebaida, junto á las ruinas
menospreciadas de la antigua Tebas, surgieron los eremitas y se crearon
las primeras órdenes religiosas.
Cuando Egipto fué invadido por los musulmanes, la gran masa de los
_fellahs_ cambió de religión, aceptando la de los vencedores, por
considerar que su eterno destino consiste en seguir las creencias de
todo amo que puede pegarles. Una parte del país se mantuvo fiel á las
ideas cristianas, y este cristianismo primitivo, que conserva sus
ceremonias de culto iguales á las de las primeras asociaciones creadas
por los apóstoles, es la llamada religión copta.
Ha cerrado la noche. Un canto de voces infantiles, que suenan desacordes
por el aislamiento y muy separadas unas de otras, atrae mi atención. Al
ir hacia ellas, noto que más allá de la línea exterior de álamos, en la
misma ribera del Nilo, existe una serie de pozos ó excavaciones
verticales sobre la corriente acuática.
Hay en cada uno de estos pozos una noria de madera, con cangilones que
son pequeñas tinajas de barro. Un burro enano y animoso marcha en
círculo haciendo rodar este mecanismo primitivo, inventado tal vez hace
cincuenta siglos. El animal, al dar su vuelta, pisa un segmento de
círculo formado con ramas y tierra apisonada, balconaje rústico debajo
del cual se abre la profundidad del Nilo Azul. La bestia laboriosa pasa
y repasa sobre este suelo tembloroso sin darse cuenta de que sus patas
trotadoras tienen debajo el vacío.
Un muchacho cobrizo, de ojos de gacela, camisa larga y blanco solideo,
lo anima cantando una estrofa temblona, con cierta languidez
sentimental. Es la canción del agua, que hace miles de años entonan los
ribereños del Nilo en una orilla doble de tres mil kilómetros.
Así la cantaban indudablemente en los tiempos faraónicos; y como un
rasgueo de guitarras invisibles que acompañasen en sordina esta romanza
fresca, suenan los murmullos del líquido al caer de los cangilones y
huir saltando por un riachuelo para refrescar las huertas inmediatas.
Un hálito caliente llega de la otra orilla del río, del desierto
amarillento, oculto ahora en las tinieblas. Son bocanadas del ardor
acumulado en sus entrañas durante las horas solares.
Respiro con delicia el vaho húmedo que sale de las norias. Me imagino la
tierra con las fuentes cegadas, los cauces de los ríos secos, las
muchedumbres aullantes de sed. Recuerdo los desiertos atravesados hace
unas horas, donde se puede viajar mucho tiempo en ferrocarril sin ver
una persona ó un animal y los pequeños grupos humanos aglomeran sus
viviendas junto al más insignificante riachuelo.
El murmullo del agua, la voz de la mujer querida y el retintín del oro
son las tres músicas más dulces, según los poetas árabes.
¡Ah, la divina y fresca canción del agua, primera melodía conocida por
los hombres, bajo cuyo arrullo, favorecedor del ensueño, empezaron á
pensar!...
XIV
LA CIUDAD DEL MAHDÍ
El despertar en el oasis.--Un harén en tranvía.--Campamento
convertido en ciudad.--Los descendientes de los mahdistas.--El
palacio de los Califas.--Las ametralladoras, el landó y el piano
del heredero del Mahdí.--La tumba del «Dirigido por Dios».--Un
fantasma alimentado con dátiles.--El mercado de Omdurmán.--Pierdo
la pista del marfil.--Hacia la frontera egipcia á través del
desierto.--Pirámides que se transforman en montañas y lagos que no
existen.--Las olas de arena.--Cómo desapareció una compañía de
soldados egipcios.--Estaciones sin nombre.--Los viajes de las
gacelas para beber.--Llegada al Nilo.--Un hotel blanco de tres
pisos.--Dulzuras de la atmósfera húmeda.--El hotel se despega de la
orilla.
Apenas se difunden las claridades del amanecer, me veo obligado á saltar
del lecho.
Mi habitación está en el piso bajo del hotel y sus ventanas dan á un
jardín de frondosidad tropical. Palmeras, eucaliptos y sicomoros, como
tienen sus raíces al nivel de los rezumamientos del Nilo, son enormes.
Los pájaros se amontonan y reproducen en este oasis, sin aventurar sus
vuelos sobre el mar de arena que lo rodea, y cada árbol parece temblar,
envuelto en un estremecimiento de aleteos y cánticos. Puede decirse que
hay en ellos tantos pájaros como hojas. Nunca he oído un concierto
animal tan regocijado y tan hostil para el sueño. En el hotel de Kartum,
son pocos los que pueden dormir después de la aurora.
Antes de que salga el sol llegamos en un carruaje de caballos al sitio
donde se inicia la confluencia de los dos Nilos, para tomar el primer
vapor que vaya á Omdurmán. Se ve con claridad el encuentro de las dos
corrientes. En el momento de la crecida anual, las aguas del Nilo Azul
son las rojas, las cargadas de limo, pues las lluvias de la meseta
abisinia arrastran la tierra volcánica de sus laderas. En cambio, las
del Nilo Blanco se muestran verdes en los primeros días de la
inundación, por acarrear grandes masas de vegetación acuática.
Ahora el Nilo tiene un nivel muy bajo. Han quedado al descubierto bancos
de arena é islotes de piedra que permanecen invisibles una gran parte
del año. La época presente es la seca, y sólo en Junio se iniciará el
aumento de nivel que anuncia la nutridora inundación. Las aguas del Nilo
Azul son en este momento azules y claras, mientras las del Nilo Blanco
ruedan hasta aquí rojas y fangosas, marcándose con una raya larguísima
el lugar donde chocan y se confunden los dos aportes líquidos de
distinto color.
Mientras llega nuestro buque examino la marina de cabotaje de los dos
Nilos, que sube por el Azul hasta los primeros contrafuertes del macizo
abisinio y por el Blanco navega hasta el corazón del África ecuatorial,
á través de estepas y selvas, comerciando con tribus que aún se hallan
en los primeros titubeos de la civilización.
Estos barcos son idénticos á los que figuran en las pinturas sepulcrales
de Egipto. Recuerdan las flotas faraónicas que hace cuatro mil años
exploraban las orillas hostiles de la Nubia y la Etiopía ó los puertos
del País de los Aromas. Su casco largo y de poca altura hace pensar en
el caparazón del cocodrilo nadando á flor de agua. Lo más extraordinario
es su timón, tan prolongado que equivale á una cuarta parte de la nave
y de una altura doble que la del casco. Su barra queda al nivel del
piloto, que va de pie en la popa, y éste la apoya en un hombro para
imprimirle movimiento. El mástil único está sujetado por ocho cuerdas en
cada banda, y su verga, con la vela recogida, no descansa sobre la
embarcación; permanece izada en las horas de calma al final del palo.
Como Kartum se extiende á lo largo del río, un tranvía de vapor circula
por el muelle más importante, desde la estación del ferrocarril, por
donde vinimos ayer, hasta el embarcadero para Omdurmán. Llegan casi al
mismo tiempo el vapor procedente de dicha ciudad y el tranvía con
locomotora que partió del otro extremo de Kartum.
Desembarcan los primeros viajeros que recibe hoy la capital del Sudán,
procedentes de la ciudad fundada por el Mahdí. Son personajes árabes que
pasan junto á nosotros sin mirarnos, derviches y escribas que protestan
con su afectada indiferencia de la dominación británica, y muchos
trabajadores negros. Luego vemos cómo toman asiento en los vagones
abiertos del tranvía varias damas árabes procedentes del harén de algún
vecino rico de Omdurmán, para visitar á sus parientas ó amigas en otros
harenes de Kartum.
Parecen gozar de cierta importancia social y no van con el rostro
descubierto, como las mahometanas pobres vistas por nosotros en las
estaciones del ferrocarril. Visten á la moda egipcia, tapadas de cabeza
á pies por una especie de dominó de raso negro. Además llevan otra pieza
de seda colgando desde la mitad de su nariz hasta sus rodillas, á modo
de máscara. Sólo quedan visibles los ojos, y como todas los tienen
pintados con una aureola azul y agrandados por rayas negras, resultan
hermosas é interesantes. Algunas ostentan un canuto de oro cincelado
puesto verticalmente entre los dos ojos, desde el filo de la capacha que
cubre su cabeza al borde de la especie de delantal que tapa su rostro, y
esta separación metálica aumenta el interés exótico de sus miradas.
Aprovechando que los buenos musulmanes han emprendido á pie su marcha
hacia Kartum, estas máscaras negras miran á cristianas y cristianos con
un atrevimiento de colegialas en libertad, comentando en voz baja las
modas occidentales. Nosotros las miramos igualmente, y al poco rato de
examinar sus ojos misteriosos vamos encontrando en ellos, á través de
pinturas y agrandamientos, una fijeza bovina, una enormidad sin
expresión, algo bestial.
Entramos en el vaporcito. Varios soldados indígenas nos siguen con sus
caballos. Presiento que esta media docena de jinetes va á Omdurmán con
motivo de nuestro viaje. La ciudad del Mahdí vive ahora resignada á la
dominación británica, pero una gran parte de sus vecinos, todos los de
edad madura, fueron mahdistas, hicieron la guerra dirigidos por los
derviches, y puede resucitar su antiguo fanatismo al ver en las calles
un grupo extraordinario de infieles.
Ya he dicho que Omdurmán nació durante el sitio de Kartum. Era un fortín
en la orilla izquierda del Nilo Blanco, dominando el curso del Nilo Azul
que desemboca frente á él y la continuación de las dos corrientes, ó sea
el Nilo único.
Este fortín se hallaba al lado de la miserable aldea de Omdurmán, nombre
que significa «Madre de Durmán».
Como el sitio se prolongó un año, fueron llegando refuerzos de media
África, y las hordas negras tuvieron que levantar numerosas chozas y
casitas de adobes, convirtiéndose el campamento en una ciudad
desordenada que ocupa enorme espacio. Al triunfar el Mahdí, arrasó los
principales edificios de Kartum para construir los de su nueva capital.