Algunos milicianos del país encargados de la policía del puerto llevan

al cinto una bayoneta de cubo, reveladora de la antigüedad del fusil que

dejaron en su cuartel. El uniforme de estos guerreros negros al servicio

del gobernador del Sudán es de color kaki, como el de cualquier soldado

inglés. Lo más original es su tocado, un turbante azul obscuro en forma

de pan de azúcar, llevando delante, á guisa de escarapela, el sello

dorado de Salomón.

Las damas que vienen en el buque y van á continuar su viaje á Suez han

despertado antes de salir el sol, lanzándose á tierra atraídas por el

pequeño mercado que acaban de instalar algunos beduínos. Todo lo que

venden es de marfil, collares, pulseras, chapas de cepillo, peines, etc.

Estamos en África y es difícil resistirse á la tentación de hacer

compras en el país del marfil.

Veo cómo los artículos ofrecidos en los diversos puestos van

disminuyendo con rapidez entre las manos ávidas de las pasajeras,

especialmente los collares. Y estos «hijos del desierto», que no saben

leer y abominan de otra intelectualidad que la de escuchar con la cabeza

baja el recitado del Corán hecho por algún santón de negra túnica,

conocen muy bien la existencia del dólar así como su importancia

monetaria. Todo lo ofrecen en dólares y se niegan á admitir otro signo

de cambio. Los collares de marfil son vendidos sin regateo á tres ó

cuatro dólares. Las americanas se entusiasman pensando en los regalos

que podrán hacer á sus amigas cuando vuelvan á Nueva York. Precisamente

ahora están de moda dichos collares.

Sigo contemplando la blancura inmaculada del marfil y aprecio

mentalmente la cantidad de dicha materia invertida en los objetos que

ofrecen estos vendedores. El contenido de sus cajas representa media

docena de colmillos de elefante viejo, y bien sabido es la rareza

creciente de este animal en África y el precioso valor de sus defensas,

enviadas inmediatamente á Londres y otras plazas comerciales para la

producción de obras artísticas que exigen marfil puro, sin falsificación

alguna. Además, ¿en qué talleres fabrican estos indígenas tanto collar,

tantos objetos de tocador, cuyo uso desconocen seguramente?... Pienso en

el celuloide, en la caseína, en otras materias que desde hace años

sirven para las enormes cantidades de falso marfil que usamos, sin

preocuparnos de su legitimidad.

El _Franconia_ empieza á separarse de la orilla. Todas las pasajeras

asomadas á las cubiertas saludan á nuestro pequeño grupo, que parece en

medio del muelle una cuadrilla de desterrados. Tal vez ofrecemos desde

lo alto del buque un aspecto de prisioneros, á causa de los negros

armados de lanzas y los beduínos con aspecto de ladrones que nos rodean.

Algunas americanas agitan, como pañuelos, los manojos de collares que

acaban de adquirir, alegres y orgullosas de su negocio.

Empiezan los vendedores á guardar el sobrante de sus géneros,

considerando terminado el mercadillo. En buena regla comercial, creo

llegado el momento de intervenir ofreciendo precios muy rebajados, ya

que sólo quedo yo como comprador. Pero negros y beduínos me contestan

con desprecio. Ó venden en dólares y al mismo tipo que á las damas, ó no

venden. Y siguen guardando en las cajas sus preciosidades.

Ofendido por esta desdeñosa testarudez, suelto la verdad, guardada hasta

ahora. Todo su marfil es falso. ¿Dónde se encuentran elefantes en esta

tierra? Hay que ir á buscarlos al centro del Sudán, y cada día son menos

numerosos. Me huelen sus artículos á fabricación alemana remitida desde

Hamburgo para que la ofrezcan los indígenas con el prestigio de un

decorado exótico.

Mis afirmaciones escandalizan á los empleados del puerto, á los

milicianos, á todos los curiosos de Port Sudán que han acudido para ver

el _Franconia_. Se indignan como si oyesen un sacrilegio, como si

atentase yo contra el honor del país. No hay quien dude de la

legitimidad del marfil, cual si esto fuese un dogma, y cuando vuelvo á

preguntar dónde están las fábricas, uno que va vestido á la europea, con

casco blanco, interpreta el pensamiento de sus convecinos diciendo con

una voz autoritaria que no admite réplica:

--Aquí no hay fábricas de objetos de marfil; pero cuando llegue usted á

Kartum las verá á docenas, y le enseñarán, además, verdaderas montañas

de colmillos.

Se alejan los mercaderes con sus cajas, y yo debo seguir á mis

compañeros de viaje, que se dirigen á la población de Port Sudán,

situada al final del puerto. Cruzamos éste en una lancha para descansar

en el hotel hasta las diez de la mañana, hora de la salida de nuestro

tren para Kartum.

La ciudad es un arenal con edificios esparcidos. Desembarcamos frente á

la casa del gobernador, única construcción de dos pisos, que tiene ante

su puerta una batería de piezas de campaña. La calle consiste en un

entarimado de tres metros de anchura, y gracias á él nos libramos de

hundir los pies en la arena. En esta avenida de tablones nos cruzamos

con varios oficiales italianos y otros pasajeros de igual nacionalidad

que vuelven al vapor para continuar su viaje á la próxima Eritrea.

Cerca del hotel vamos pasando entre dos filas de presos negros, vestidos

de gris, con una cadena del pie á la cintura, que acarrean á hombros

grandes vasijas de agua. Un miliciano de rostro simiesco, carabina corta

y mitra negra de persa con el sello de Salomón basta para vigilar esta

doble hilera de veinticinco ó treinta presidiarios. En la puerta del

hotel algunos marineros árabes nos ofrecen hermosos peces de color de

plata, casi tan grandes como sus congéneres de brillo fosfórico que han

corrido dos noches junto á la proa de nuestro vapor.

Visitamos con rápida curiosidad las calles de Port Sudán habitadas por

los indígenas. Como el terreno debe costar muy poco, estas calles

merecen por su anchura el título de plazas estiradas. De un edificio á

otro puede soplar el viento libremente, arremolinando la arena del

suelo. Muchas casas parecen de piedra, pero vistas de cerca, sus bloques

resultan de coral. Todas son con soportales y la mayor parte están

ocupadas por cafés.

No se comprende cómo tienen dinero para pagar sus clientes de sucio

alquicel, careciendo este país de campos y rebaños. Deben vivir todos

ellos del tráfico del puerto ó del comercio de las caravanas. Algunas

puertas empavesadas con trapos de abigarrados colorines revelan la

existencia de bazares indígenas. Las mujeres usan mantos rojos, y á

pesar de ser musulmanas, llevan el rostro descubierto, con joyas

bárbaras de cobre en la frente, las orejas y la nariz.

Después de vagar por las tres ó cuatro calles de la pequeña ciudad, nos

encontramos en el campo. Arena por todos lados, el desierto con algunos

grupos de plantas espinosas. Los camellos, hundidos en dichos

matorrales, rumian trabajosamente, con el cuello muy estirado. Blanquean

sobre el suelo huesos esparcidos, costillares curvos como aros de tonel,

todo lo que resta del esqueleto de una de estas bestias.

Cambia un poco el paisaje al alejarnos de Port Sudán. Los ingleses

tuvieron que construir la población en esta llanura arenosa para

aprovechar un puerto natural. En las costas del mar Rojo abundan los

arrecifes coralinos, son frecuentes los naufragios cuando se navega

cerca de la orilla, y la existencia de un buen puerto resulta

inapreciable.

Vemos desde el tren cauces de ríos completamente secos y muy anchos.

Sólo deben estar llenos unas cuantas horas durante el año, cuando llueve

en las montañas de Abisinia y el agua que no recoge el Nilo Azul corre

hacia el mar por caminos supletorios. Estos cauces tienen una arena más

fina, más próxima á la contextura de la tierra vegetal. A trechos surgen

de sus entrañas plantas de un verde más claro y jugoso que el

polvoriento de los matorrales.

Junto á esta vegetación extraordinaria y tentadoramente comestible

descubrimos unos venados de formas esbeltas, ligeros en sus movimientos,

con patitas largas sutiles como agujas, que, al galopar, tienen la

vertiginosa actividad de un volante ó una rueda de maquinaria. Son las

primeras gacelas que encontramos en este país donde tanto abundan.

Pasa el tren ante varias aldeas rodeadas de árboles. En todas se adivina

la presencia invisible de algún exiguo curso de agua. Hay rectángulos de

verdura, pequeños campos de plantas comestibles, junto á chozas de techo

cónico, que me recuerdan los ranchos de algunos países de la América del

Sur.

En las estaciones donde hacemos alto para que la locomotora tome agua,

apreciamos de cerca el aspecto de los sudaneses. Hombres y muchachos

ostentan un puñal corvo atravesado en la cintura y un garrote de madera

blanca en su diestra. La especialidad de estas gentes es que, varones,

mujeres y niños, llevan todos la cara surcada de tajos en forma de

letras misteriosas ó de jeroglíficos. Sus padres les hicieron estas

heridas en su infancia. Son las marcas de la tribu, del pueblo, de la

tradición familiar. Un sudanés se consideraría abandonado sin esta

historia escrita en su rostro para siempre.

Visten túnica blanca, que ondea detrás de ellos con el aire que levanta

su marcha, y ciertos jóvenes de porte audaz, satisfechos de su persona,

indudablemente los elegantes del país, llevan colgando sobre el cogote

una melena dividida en numerosos tirabuzones.

Permanecen las camellas inmóviles en los campos, rodeadas de sus

pequeñuelos, que inician sus primeros galopes con grotesca violencia.

Los niños, que sólo ven pasar el tren tres veces en el curso de la

semana, regocijados por este convoy extraordinario, todo de vagones

lujosos y con un comedor á la cola, desean prolongar su examen, y cuando

parte de la estación trotan junto á él, siguiendo el borde de la vía,

sin perder terreno, revelando la solidez de sus pulmones, hasta que al

fin empiezan á quedar rezagados.

La gente sudanesa parece poco habituada al uso del metal. No conocen

otro que el de sus armas. Sus instrumentos agrícolas son de madera dura,

como en tiempo de los faraones. Las joyas de mujeres y hombres consisten

en collares de pelo de camello trenzado con piedras azules. Los tejidos

que usan son igualmente de pelo de camello.

Vamos entrando en el enorme reino--todo el continente africano--de esta

bestia ruda y útil, que sirve de navío en los mares de arena, da con su

leche la única alimentación animal que ordinariamente conocen estas

gentes, y con su pelo y su piel sustenta la rudimentaria industria del

país.

A nuestra izquierda, por la parte del mar Rojo, vemos un grupo de

montañas de diversos colores, bermejas, pardas ó muy negras, como si las

hubiesen quemado recientemente. Se inicia el crepúsculo sobre sus

cumbres. Algunas nubecillas reflejan los últimos resplandores del sol,

que se hunde al otro lado de nuestro vagón, en el horizonte rectilíneo

de una llanura monótona.

Dormiremos en el tren, rodando sobre una línea férrea que nunca hubiese

existido de no ocurrir la famosa sublevación del Mahdí y la toma de

Kartum por los fanáticos de este profeta. Necesitó Inglaterra construir

esta línea estratégica para dominar sólidamente el Sudán y afirmarse en

la confluencia de los dos Nilos, el Azul y el Blanco.

Mañana estaré en Kartum, viendo realizada una de las mayores ilusiones

de mi viaje.

Todos hemos tenido en nuestra juventud una ciudad predilecta y

misteriosa, que nos interesaba extraordinariamente por lo mismo que

estábamos seguros de que jamás iríamos á ella.

Para mí, antes de los veinte años, esta ciudad fué Kartum.

XIII

NILO BLANCO Y NILO AZUL

Mohamed-Alí, tirano progresivo, y su civilización

violenta.--Fundación de Kartum.--Aparece el Mahdí.--La guerra de

los derviches.--El novelesco general Gordon.--Famoso sitio de

Kartum.--El ferrocarril estratégico desde Port Sudán que venció al

Califa.--Mis recuerdos juveniles de la época de Gordon.--Ruinas de

Meroe.--Los etíopes agrupados en las estaciones.--Van pasando

caravanas.--El asno y el camello.--En Kartum.--Hombres con camisa

de mujer.--Yates alquilados para cazar hipopótamos y leones en el

Nilo Blanco.--Otra vez el marfil.--«Vaya usted á Omdurmán.»--Los

coptos.--El Nilo Azul en la noche.--La fresca canción del agua.

Cuando las tropas de la primera República francesa tuvieron que

abandonar Egipto después de la huída de Bonaparte y del asesinato de

Kleber, quedaron frente á frente disputándose la posesión del país los

mamelucos, especie de guerreros feudales, á los que habían batido los

franceses, y los caudillos del sultán de Turquía, poseedor de esta

tierra desde siglos antes.

Entre los jefes secundarios del ejército turco figuraba un macedonio, un

griego musulmán, llamado Mohamed-Alí, coronel de mil albaneses. El

general del ejército turco intentó matarlo por creerle autor de una de

sus derrotas, y Mohamed-Alí pasó al lado de los mamelucos, batiendo á

sus antiguos amigos en todos los combates.

Dotado de raras condiciones de militar y de gobernante, se apoderó en

poco tiempo del Egipto, expulsando á los turcos y suprimiendo á los

mamelucos, sus nuevos compañeros. Al quedar solo, fué señor absoluto de

todo el país, como cualquiera de los faraones de las dinastías más

gloriosas. Por intervención de Inglaterra y otras potencias, se allanó á

pagar al emperador de Turquía un tributo en señal de vasallaje, pero

aparte de ello dispuso del valle nilótico como un soberano

independiente.

Este Mohamed-Alí, fundador de la dinastía que aún gobierna Egipto en la

actualidad, es el personaje más eminente que produjo dicho país en el

pasado siglo. Quiso sacar al pueblo de su apatía secular, creó un

ejército y una flota, intentó instruir al _fellah_ y hacer de él un

europeo, mejoró la agricultura, abrió escuelas, creó industrias

nacionales, trajo de Europa numerosos instructores y maestros. Muchas de

sus creaciones perecieron poco después, como ocurre casi siempre con las

obras rápidas, de precipitada ejecución. Pretendió en unos cuantos años

resarcir á su país de un quietismo de veinte siglos. Pero de todos modos

su impulso violento sirvió para despertar á Egipto, y aún subsiste una

mínima parte de las fundaciones de este dictador que difundía el

progreso á golpes.

Una vez dueño del Nilo clásico, quiso extender sus conquistas por la

Nubia y el Sudán. Como Egipto es una creación del Nilo, procuró, lo

mismo que muchos faraones, someter á su gobierno las remotas fuentes de

la gran vía acuática nutridora del país.

Su hijo Ismail-pachá, en 1820, avanzó por las riberas nilóticas de la

Nubia y la parte del Sudán llamada Etiopía Baja, conquistando todas las

tierras comprendidas entre la primera y la sexta catarata hasta llegar

á la confluencia del Nilo Blanco y el Nilo Azul. En este cruzamiento,

que es donde verdaderamente empieza el Nilo sin sobrenombre, encontró un

pequeño grupo de cabañas, llamado Ras-el-Kartum, y dos años después

Kartum (en árabe, «Trompa de Elefante») se transformó en una ciudad

fortificada, capital del Sudán. Bajo el reinado de Mohamed-Alí y sus

inmediatos descendientes, continuó el desarrollo de Kartum á causa de su

posición geográfica, hasta convertirse en un importante centro

comercial.

La autoridad egipcia sólo se hacía sentir desde El Cairo, á 2.700

kilómetros de distancia, por medio de gobernadores cuya firmeza y

conducta moral dejaban mucho que desear. Todos ellos se enriquecían con

el tráfico de esclavos, realizado descaradamente á pesar de las

reclamaciones formuladas por los diplomáticos extranjeros residentes en

Egipto.

En 1881, habitaba la isla de Abba sobre el Nilo un sudanés de origen

humilde, un tal Mohamed-Ahmed, de cuarenta y siete años, doméstico en su

juventud de un médico francés al servicio del gobierno egipcio. Este

Mohamed-Ahmed empezó á gozar entre sus correligionarios gran reputación

de santidad. Todos los indígenas, al descender ó remontar el Nilo, se

detenían en la isla para entregar ofrendas al milagroso derviche y

escuchar su palabra.

Cuando juzgó suficientemente numerosa su corte de fanáticos, se declaró

Mahdí, título que significa «el Dirigido». Según la tradición musulmana,

el Mahdí es un enviado de Dios, dirigido por él, que debe venir algún

día, pues así lo anunció el mismo Mahoma, para completar la obra del

Profeta, regenerar el islamismo y someter el mundo entero á la media

luna. Los discípulos predilectos del Mahdí y los que después le

sirvieron como lugartenientes se llamaron derviches, indicando de tal

modo el carácter religioso de su campaña.

Como la isla de Abba empezaba á ser un centro de agitación para el

Sudán, el gobernador egipcio de Kartum resolvió prender al santo

personaje y enviarlo al Cairo á disposición de su gobierno. Para esto

expidió doscientos cincuenta soldados de un regimiento negro, con dos

cañones, dando á su jefe la orden de capturar al profeta por sorpresa ó

á viva fuerza. Los negros desembarcaron en Abba, inquietos y temerosos á

causa del carácter sagrado del Mahdí. Los más de ellos sabían por los

sudaneses que bastaba una palabra suya para que la pólvora se

convirtiese en agua. Cuando estos soldados temblorosos se presentaron

ante la vivienda del santo derviche, los fanáticos cayeron sobre la

tropa egipcia, matando á una tercera parte, mientras el resto se

embarcaba en desorden y á toda prisa para llevar á Kartum la noticia de

su derrota.

El efecto moral de este primer triunfo fué inmenso en todo el Sudán,

apreciándolo las gentes como un milagro indiscutible. Pero el profeta no

quiso aguardar sus homenajes y abandonó la isla de Abba para refugiarse

en los bosques del Kordofan, afluyendo á él sectarios de todos los

territorios cercanos. En poco tiempo se vió al frente de una horda de

muchos miles de guerreros, y como á la vez se desarrollaba en Egipto la

revuelta nacionalista del coronel Arabi-pachá contra la influencia

extranjera, el gobierno egipcio no pudo reprimir inmediatamente la

insurrección de los derviches.

Al fin, la insistencia de los representantes de Inglaterra consiguió que

Egipto enviase un ejército de 12.000 hombres contra el Mahdí, mandado

por un jefe británico á su servicio. La muchedumbre sudanesa, armada

solamente de lanzas y azagayas, pero enardecida por la temeridad del

musulmán fanático que desea morir para verse en el paraíso ofrecido por

el Profeta, arrolló al ejército anglo-egipcio, á pesar de sus cañones y

fusiles, aplastándolo completamente. Luego el Mahdí derrotó otras dos

columnas egipcias, apoderándose de la mayor parte del Sudán, hasta

cortar las comunicaciones entre Kartum y el mar Rojo, ó sea el camino

que seguimos nosotros ahora en ferrocarril.

Así empezó en 1883 el sitio de Kartum, episodio que durante un año

preocupó á todas las naciones, con inquietudes semejantes á las

inspiradas por la suerte de Port-Arthur durante la guerra ruso-japonesa,

ó la de Verdún en la gran guerra europea.

Un personaje de raza blanca, tan interesante y novelesco como el Mahdí,

se irguió de pronto frente al sitiador. Inglaterra tuvo en la segunda

mitad del siglo XIX una especie de cruzado de la colonización británica:

el general Carlos Jorge Gordon. Sus compatriotas, orgullosos de su

gloria, lo consideraban al mismo tiempo un tipo exótico, llamándole

comúnmente Gordon «el Chino» ó Gordon-pachá.

Había mandado el ejército chino en 1870 para combatir á los enemigos del

Imperio, llamados Tai-Ping ó «revoltosos de los cabellos largos». Con

unos cuantos europeos reorganizó las tropas chinas, salvó á Shanghai y

acabó por vencer á los insurrectos. Era un personaje algo místico, que

tenía gran confianza en su influencia espiritual. En realidad, su

energía serena le proporcionaba un gran ascendiente sobre las razas

inferiores. Hacía la guerra sin armas, con un simple bastoncito en la

diestra, pero marchaba á la cabeza de sus soldados cuando éstos cargaban

á la bayoneta, colocándose el primero en los lugares de mayor peligro.

Los chinos estaban convencidos de que ninguna bala podía tocarle.

Después de salvar á la dinastía manchur no quiso ser más tiempo

generalísimo de su ejército y regresó á Inglaterra como simple teniente

coronel.

En 1874 entró al servicio de Egipto y fué nombrado gobernador del África

ecuatorial, extendiendo las fronteras egipcias considerablemente. Cinco

años después presentó la dimisión por divergencias con Tewfik, el nuevo

kedive, pasando á la India, donde obtuvo el grado de mayor general.

Al quedar sitiado Kartum, el gobierno del Cairo pensó en él. Los

soldados egipcios lo adoraban como un guerrero sobrenatural, lo mismo

que los chinos. Era el único caudillo capaz de batir á un personaje

milagroso como el Mahdí.

Gordon volvió á Egipto, iniciando su campaña con una decisión novelesca

que sólo él podía adoptar. En vez de pedir que le diesen tropas, montó

en un camello, y sin otro séquito que un guía, emprendió la marcha desde

la costa del mar Rojo, deslizándose entre las hordas del Mahdí hasta

penetrar en Kartum.

Se asombró el mundo al ver cómo este hombre, completamente solo, iba á

encerrarse en una ciudad que todos veían próxima á rendirse. Durante

trescientos diez y siete días se defendió Kartum, y la atención de

Europa estuvo pendiente de la suerte de esta capital, desconocida hasta

poco antes, que todos buscaban en el mapa. La energía mística de Gordon,

su fe en las influencias sobrenaturales, parecían haber contagiado á

gran parte de la tierra. Además, como en aquel momento no ocurría ningún

suceso más importante, la atención general se concentró en la lejanísima

ciudad, interesándose todos por la suerte de este guerrero de leyenda,

convencido de que luchaba por la civilización.

Esto ocurrió entre 1884 y 1885, cuando era yo estudiante. Todas las

mañanas repetíamos en la Universidad las mismas preguntas que en aquel

momento formulaba el resto de Europa:

--¿Qué dicen los diarios?... ¿Qué se sabe de Gordon?... ¿Continúa

defendiéndose?...

Cerca de un año duró esta inquietud. Al fin, los mahdistas penetraron en

Kartum aprovechando la traición de ciertos correligionarios suyos

residentes en ella, y Gordon fué hecho pedazos por los fanáticos ante la

puerta de su palacio de gobernador, donde los esperaba con intrépida

serenidad.

Como Kartum era para el Mahdí la ciudad de la abominación, después de

saquearla ordenó que destruyesen sus edificios y trasladaran los

escombros á la vecina población de Omdurmán, creada durante el sitio.

También se llevaron cautivos á los habitantes que no habían sido

asesinados, familias de ingleses, austríacos y otros europeos al

servicio del gobierno egipcio ó de griegos é italianos que monopolizaban

el comercio de dicha plaza.

Murió el Mahdí á los cinco meses de su victoria; hubo una corta guerra

civil entre sus principales discípulos, y al fin tomó el título de

Califa su teniente Abdullah, quien intentó dar carácter de nación á las

hordas de Nubia, Sudán y el África ecuatorial, atraídas al sitio de la

metrópoli sudanesa como á una peregrinación guerrera. Este gobierno de

los derviches triunfantes duró quince años.

Inglaterra, para salvar á Gordon, había enviado un ejército

anglo-egipcio al mando de lord Wolseley, pero cuando éste, á costa de

penosos esfuerzos, pudo llegar á las cercanías de Kartum, la ciudad ya

no existía, Gordon había muerto, y consideró prudente retirarse,

temiendo una gran derrota.

El Sudán fué abandonado á sus destinos después de este fracaso, é

Inglaterra pensó únicamente en los asuntos del verdadero Egipto. Sólo en

1899 consiguió su reconquista un ejército anglo-egipcio, del cual era

_sirdar_ ó generalísimo lord Kitchener, el mismo que figuró en la guerra

europea y pereció en el mar del Norte por haber sido torpedeado el buque

que le llevaba á Rusia.

Avanzar contra los derviches siguiendo el Nilo aguas arriba, como lo

había intentado lord Wolseley, resultaba difícil y peligroso como

operación única. Pero Inglaterra construyó este ferrocarril en el que

viajo ahora, y pudo enviar desde el mar Rojo otro ejército para que

batiese de flanco á los derviches. Así logró apoderarse del Sudán, que

ya no fué provincia egipcia, pasando á figurar como posesión británica.

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 3/3 · 第 13 / 26 段