Delhi, pudo explicarse tal flojedad. Un poco de arroz hervido era su
alimento diario, y por su condición de musulmanes, osaban añadirle grasa
caliente de vaca, pero con ridícula parquedad, hundiendo los dedos en
una escudilla de dicho líquido antes de coger la bolita de arroz. Así se
comprende que, pasado medio siglo, cayesen los persas sobre Delhi,
quebrantando sin grandes esfuerzos al Imperio de los Grandes Mogoles.
Los guerreros de Tamorlán, que fundaron en la India el Imperio
turcomano, eran grandes devoradores de carne de yegua.
Luego de perderse la hegemonía de Delhi, los únicos guerreros
indostánicos fueron los habitantes del Pendjab, los _sikhs_ de Lahore,
que prolongaron bajo nueva forma el poderío de los Grande Mogoles.
Akbar «el Victorioso», á pesar de que era musulmán, intentó conciliar
todas las religiones de la India, incluso el cristianismo y el judaísmo,
dentro de una fórmula monoteísta, más filosófica que religiosa. Un
comerciante de Lahore, llamado Nanak, fundó después una religión
semejante, la de los _sikhs_ ó «discípulos». Esta secta, musulmana
realmente, tomó una organización militar, lo que era desconocido en la
India, donde las numerosas divisiones del induísmo y los devotos del
budismo abominan de la guerra y todo derramamiento de sangre.
Los _sikhs_, admirables soldados, crearon y sostuvieron un reino
independiente en el Pendjab, que se defendió de 1800 á 1839. La Compañía
de las Indias tuvo que luchar mucho para someter al famoso rey de
Lahore, que había nombrado generales de sus tropas á tres oficiales
franceses procedentes del ejército de Napoleón.
Aún figuran los _sikhs_ como los mejores guerreros de la India, por no
decir los únicos, y sus condiciones belicosas se deben tal vez á que
prescinden del estricto vegetarismo de los brahmanistas y comen carne;
pero debe ser de cabra, respetando la vaca y el cerdo, como lo hacen sus
compatriotas induístas y mahometanos. Inglaterra trajo á Europa sus
batallones durante la última guerra, y la administración militar se vió
en grandes apuros para reunir todas las cabras exigidas por la
manutención de tantos miles de _sikhs_.
La llegada del vaporcito que va á llevarnos al _Franconia_ interrumpe
mis reflexiones. ¡Adiós á la India! Vamos á empezar dentro de media hora
una vida completamente nueva.
Al poner el pie en la cubierta de nuestra ciudad flotante entraremos en
plena civilización occidental, con sus refinamientos de higiene y
bienestar.
Hemos pasado varios días sin beber agua pura. La botella de soda
inglesa, las más de las veces recalentada por una atmósfera ardorosa,
era lo único que podía apagar nuestra sed durante las excursiones por
unas tierras donde nunca se sabe cuándo termina el cólera, la peste
bubónica ó la lepra, calamidades que fingen desaparecer y siguen ocultas
hipócritamente para resucitar con ruidosa mortalidad.
Ya no tendremos que dormir en una banqueta de vagón, con las narices
obstruídas y la garganta seca á causa de las mangas de polvo que entran
por las ventanillas, forzosamente abiertas en un ambiente ardoroso. No
más inquietud á la hora de acostarse viendo correr por los muros
escorpiones ó arañas enormes y temiendo que debajo de la cama esté
oculta una de las _najas_ que horas antes se balanceaban ante la
escalinata del hotel. Nos esperan en el _Franconia_ el hielo abundante y
los ventiladores poderosos que ahuyentan el calor, el baño de agua
purísima extraída de las profundidades oceánicas.
Vamos á ignorar durante una semana la existencia de la tierra suelta en
la atmósfera, que mancha y asfixia. Nos abren los brazos para recibirnos
la frescura y la limpieza. Ya estamos en la ciudad blanca, toda blanca,
de un blanco deslumbrador hasta en los lugares más secretos adonde vamos
impulsados por groseras necesidades, que hacían dudar todas las mañanas
al gran Alejandro de que realmente fuese dios, como decían sus
aduladores. Nos libertamos al fin del majestuoso sillón agujereado y con
brazos que aún conservan en la mayor parte de los hoteles ingleses de la
India, con un indígena de gran turbante junto á la puerta dispuesto á
retirar la entraña de loza apenas sale el cliente.
Cinco días se prolonga esta vida blanca, limpia, higiénica, sin otros
olores que los de la ropa recién lavada y los ramilletes frescos
colocados en las mesas del comedor. Marchamos con rapidez, y al impulso
de las máquinas se une el dulce empujón de un mar de popa que nos ayuda
con el incansable y dulce asalto de sus olas. Pasan á lo lejos buques
con rumbo opuesto al nuestro, luchando por abrirse paso á través de los
muros azules que un mar de proa envía á su encuentro.
Una mañana vemos tierra á ambos lados del buque. Estamos en el mar Rojo.
Por una ironía geográfica, es el mar más densamente azul que hemos
encontrado en nuestro viaje. Su título de Rojo debieron inventarlo los
egipcios que vivían al término de él, junto al istmo, á causa del
desagüe del gran canal del Nilo. Como es un mar estrecho, bajo el cielo
del Trópico y entre riberas que parecen arder por exceso de sol, sufre
una gran evaporación, lo que concentra extraordinariamente la sal de sus
aguas.
Entramos en uno de los dos canales que forma la isla volcánica de Perim,
fortificada por los ingleses, la cual estrecha todavía más la boca
angosta de este mar. Luego, á nuestra derecha, en la costa asiática, que
es la del Yemen, vemos una ciudad árabe, toda blanca. Los minaretes de
sus mezquitas cortan el cielo, intensamente azul, sin una nube,
ascendiendo en rivalidad con una torre moderna de metal que debe ser un
faro. Estamos ante la famosa ciudad de Moka. Algún tiempo después vamos
pasando junto á dos islotes altos y angostos, uno de los cuales tiene un
faro en su cumbre. Ambos pitones se muestran agujereados como un panal;
parecen enormes esponjas petrificadas; desde su cintura de espumas hasta
su cúspide tienen el mismo aspecto de la piedra pómez. Los navegantes,
por su proximidad y semejanza los llaman «los Dos Hermanos».
Nos cruzamos frecuentemente en este mar-callejón con grandes paquebotes
que se dirigen á la India, Java ó Australia. Van quedando detrás del
_Franconia_ dos vapores despintados y viejísimos, mendigos del mar, que
se arrastran tosiendo humo por su asmática chimenea. Varios galeones de
velamen obscuro, casco redondo é incesante balanceo parecen acompañar á
los vapores inválidos. Estos buques árabes pertenecen al cabotaje del
mar Rojo, y pasan muchas veces en unas horas, con un simple cambio de
vela, de los puertos de Asia á los puertos de África.
Los vetustos vapores llevan sus cubiertas repletas de gentío, como si
transportasen rebaños humanos. Son peregrinaciones musulmanas
procedentes de la India ó de los puertos del África intertropical que
van á visitar la Meca, desembarcando un poco más arriba de Port Sudán,
donde bajaré yo mañana.
Estas peregrinaciones marítimas á la Meca y los veleros árabes dan al
mar Rojo un aspecto extraordinariamente exótico para los viajeros que
vienen de Europa. Un mundo nuevo empieza para ellos. Nosotros venimos de
dar la vuelta á la tierra, nos acercamos al término del viaje, y el mar
Rojo nos parece algo ordinario que vimos muchas veces, como si
estuviese unido á nuestro pasado. Es tal vez porque al final de este
callejón marítimo está el Mediterráneo, toda la vida europea, que
encontraremos en el término de unas semanas, y podríamos ver antes de
cinco días si continuásemos marchando en línea recta.
La noche en el Sur del mar Rojo, entre la costa africana y la de la
Arabia Feliz, ofrece una novedad inolvidable. El brusco salto del calor
solar á la frescura nocturna produce una evaporación extraordinaria. El
ambiente está impregnado de olores de sal recalentada y de marisco.
Grandes peces de luminosidad azul, como si estuviesen untados de
fósforo, corren junto á la proa, rivalizando en velocidad con el buque.
Luego quedan atrás, entrecruzándose en sus jugueteos caprichosos.
Va aumentando la evaporación según avanza la noche, y moja las cubiertas
lo mismo que una lluvia. La vasta plaza triangular de la proa brilla
como un espejo; toldos y tabiques barnizados chorrean bajo el aguacero
invisible.
Brillan las luces eléctricas envueltas en un halo de humedad, mientras
encima de la chimenea y los mástiles parpadean los astros en un cielo
ardoroso de verano.
Mañana estaremos entre la Arabia Pétrea y la costa del Sudán. Mañana
pisaré el suelo de África.
XII
EL PAÍS DE LOS AROMAS
Las «tierras celestiales».--El «triángulo» de la
protohistoria.--Civilización de los remotos hymiaritas ó
sabeos.--Balkis ó Makeda, la reina de Saba.--Cómo su hijo robó las
Tablas de la Ley, llevándolas de Jerusalén á la capital de
Abisinia.--Las leyendas del País de los Aromas.--Port Sudán.--Los
vendedores de marfil.--«Vaya usted á Kartum.»--Las calles de Port
Sudán.--El ferrocarril del desierto.--Las primeras gacelas.--Aldeas
sudanesas.--La biografía escrita en el rostro á
cuchilladas.--Kartum la misteriosa.
Vamos á desembarcar en Port Sudán, y contemplo por última vez las costas
que venimos siguiendo en los dos últimos días, desde que atravesamos el
estrecho de Bab-el-Mandeb pasando junto á la isla de Perim, portería
fortificada del mar Rojo.
Estas riberas del lado de Asia y de África pertenecieron al famoso País
de los Aromas, tan admirado hace cincuenta siglos. Los egipcios le
dieron también el título de «tierras celestiales» por sus ricos
productos, y en otras ocasiones los navegantes faraónicos lo llamaron el
Punt.
Las «tierras celestiales» son hoy costas ardorosas de piedra y arena,
completamente áridas, con extensos bancos de coral, pero sin duda en una
remota antigüedad fueron mejores sus condiciones climatéricas. Aparte
de esto, las costas bajas, de asfixiante temperatura, sólo sirvieron
para el embarque y desembarque de los navegantes que mantenían la
comunicación entre las poblaciones de los dos macizos montañosos del mar
Rojo: el de África, ó sea la actual Abisinia con parte del Sudán, y el
de Asia, poblado por los hymiaritas ó sabeos en el Yemen ó Arabia Feliz.
La ciencia histórica sabe poco del pasado de estos países, guiándose por
conjeturas más que por realidades, pero no es aventurado creer que
presenciaron una civilización floreciente, anterior á todas las europeas
y tal vez á la misma egipcia, que algunos tienen por la más antigua de
las conocidas.
Varios autores afirman que un centro activo de civilización se formó
remotamente en la entrada del mar Rojo, sobre los grupos montañosos que
se alzan en sus dos costas. Según ellos, los tiempos más antiguos de la
historia humana pueden simbolizarse por medio de un triángulo ideal,
cuyos puntos paralelos corresponden á Babilonia y Egipto, ocupando el
ángulo inferior lo que hoy se llama Arabia Feliz.
Cuando aún no existía el pueblo fenicio y ningún hombre había osado
navegar sobre las aguas del Mediterráneo, gran número de mercaderes,
terrestres y marítimos, traficaban siguiendo las tres líneas de dicho
triángulo. Tal vez los primeros trueques comerciales é intelectuales de
la protohistoria humana se realizaron en este «trípode» geográfico.
El país de los hymiaritas producía las materias más preciosas de aquella
época, las que representaban el mayor de los lujos, el incienso, otras
gomas olorosas, y las especias que miles de años después hubo que buscar
en Asia. La altura de las cordilleras y sus frecuentes brumas
favorecieron dicho cultivo. Además, la industria humana creó pantanos
para el riego, cuyos restos milenarios se encuentran aún en las montañas
de Arabia.
Dichas obras se arruinaron con el tiempo, y nuevas generaciones,
decadentes y faltas de libertad, carecieron de energía para rehacerlas.
Esto, unido á un cambio de las condiciones climatéricas, borró la remota
civilización de los hymiaritas, convirtiéndose las antiguas plantaciones
en arenales y montañas escuetas. Todavía en Abisinia y en las altas
planicies de la Arabia Feliz subsiste un recuerdo de la antigua
prosperidad con la abundancia de ganadería y campos cultivables, pero
los terrenos profundos y ardientes entre estos dos macizos situados á
orillas del mar Rojo no recuerdan en nada el famoso País de los Aromas.
Hace siglos que las dos riberas de este mar cayeron en un período de
extrema regresión. Ya no producían aromas ni especias, y los
comerciantes, al buscar tales productos en la India, preferían traerlos
por medio de caravanas á través del istmo de Suez, transporte más
rápido, no obstante sus dilaciones y peligros, que el marítimo. Los
navegantes del mar Rojo no osaban en los tiempos primitivos apartarse de
las costas, anclando todas las noches, y un viaje á la India costaba dos
ó tres años. Sólo bajo la última dinastía faraónica descubrió uno de
estos navegantes la periodicidad de los vientos monzones, que soplan
durante seis meses en una dirección y seis meses en la opuesta, pudiendo
lanzarse los buques á las travesías en alta mar, seguros de su llegada á
la India y su regreso.
Actualmente, á pesar de hallarse tan próximas las dos costas del mar
Rojo, sólo los barcos musulmanes realizan un tráfico insignificante
entre los puertos moribundos de la orilla asiática y la orilla africana.
Todo el movimiento de este mar es longitudinal desde Suez á Perim, y
los miles de buques que pasan por año no se preocupan de las montañas de
ambas riberas, que probablemente sirvieron de solar á la primera
civilización conocida. Tal vez de la costa asiática que se extiende
hasta el golfo Pérsico y de la africana que va hasta el cabo
Guardafuí--llamado en otra época cabo de los Aromas--partieron
agricultores hymiaritas para colonizar de Sur á Norte las riberas del
Nilo hasta su desembocadura en el Mediterráneo.
Poco se sabe de su pasado, pero muchos suponen que además de
agricultores fueron mineros, explotando hace miles de años las famosas
minas de oro del territorio de Sofala, cuyos productos buscó doce ó
quince siglos después el rey Salomón. No se conocen las ciudades que
seguramente existieron del lado de la Arabia Feliz y en los montes
africanos donde nace el Nilo Azul. Lo más antiguo que se ha descubierto
de esta civilización desaparecida es la existencia de Hammurabi,
conquistador y legislador surgido del pueblo hymiarita, y dicha
existencia la conocen los arqueólogos por los textos cuneiformes de
varias piedras tumulares encontradas en el país. Este caudillo del mar
Rojo, avanzando por las orillas del golfo Pérsico, se enseñoreó de toda
la Mesopotamia y acabó siendo dueño de Babilonia. La riqueza y el
comercio de su país hicieron posible tal conquista.
Diez ú once siglos después de él menciona la leyenda á la fastuosa reina
de Saba. Sin duda, se llamó Saba la capital floreciente de los
hymiaritas, proporcionando á éstos su segundo título de sabeos. Todavía
son llamados sabeos los adoradores de los astros que atribuyen al cielo
una influencia planetaria sobre el destino de personas y ciudades. Esta
astrología sabea fué una ciencia que los comerciantes hymiaritas ó de
Saba esparcieron en la antigüedad «de factoría en factoría, de oasis en
oasis, de pueblo en pueblo, contribuyendo á dar un carácter casi
sacerdotal á una nación de la Arabia Feliz poco conocida». El mundo de
entonces admitió con facilidad que una alta potencia mágica debía
corresponder lógicamente á la riqueza y los excelentes géneros vendidos
por los hombres del mar Rojo.
La esplendorosa Balkis, nombre oriental de la reina de Saba, nació en
dicho país, á un lado ó á otro del mar Rojo, pues la nación sabea
ocupaba ambas costas. Como es sabido, Balkis visitó á Salomón atraída
por su renombre y le «expuso varios problemas difíciles», como dice la
Biblia, que el inteligente sultán del pueblo judío resolvió con
facilidad.
Después de premiarle con el regalo de su cuerpo, volvió la reina de Saba
á su tierra, dejándole un presente de «ciento veinte talentos de oro,
gran abundancia de especias y no menos cantidad de piedras preciosas».
Esta visita de Balkis á Salomón ha sido recordada siempre en Arabia y
Abisinia. Muchas familias creen descender del encuentro amoroso del rey
de Judea con la reina del País de los Aromas, siendo la más principal de
todas ellas la familia reinante en Abisinia.
El emperador ó Negus de Abisinia se titula «rey de los reyes» por
considerarse heredero directo de Salomón. Mi amigo el eminente escritor
francés Hugues Le Roux pasó varios años de su juventud al lado de
Menelik, victorioso emperador de Abisinia, y gracias á tal intimidad
pudo conocer las tradiciones de su dinastía, guardadas siempre en
absoluto secreto.
Los abisinios no llaman Balkis á la reina de Saba, nombre usado por
judíos y árabes, que adoptaron finalmente los pueblos de Europa. El
nombre abisinio de la célebre reina es Makeda, y las crónicas imperiales
cuentan que al volver á Saba tuvo un hijo de Salomón, llamado
Baina-Lekhem, «el hijo del sabio». Cuando este príncipe de Etiopía llegó
á los veinte años quiso conocer á su padre, y se encaminó á Jerusalén,
llevando como identificación de su persona una sortija usada por su
madre, recuerdo de amor que le había entregado el rey de Judea en el
momento de su partida.
No necesitó Salomón examinar el anillo para reconocer á su hijo. Al ver
entrar á éste en su palacio se levantó del trono, tendiéndole los
brazos, y dijo á su corte:
--He aquí mi padre, el rey David, tal como era en su juventud. Ha
resucitado entre los muertos para venir á visitarme.
Durante algunos meses se sucedieron grandes fiestas en Jerusalén, y el
sabio monarca fué concediendo á su hijo toda clase de honores.
Mas en esto, un ángel se apareció en sueños varias noches al hijo de
Makeda y á los principales etíopes de su séquito, ordenándoles que
penetrasen en el Templo para robar las Tablas de la Ley, guardadas en el
Arca Santa, y se las llevasen á su país. Así lo hicieron; y cuando
Baina-Lekhem volvió al lado de su madre con dicho objeto divino, los
sabeos lo aclamaron llamándole «rey David», nombre que usó el resto de
su vida.
De este modo pasaron las Tablas de la Ley á ser guardadas por los
emperadores de Abisinia descendientes de la reina de Saba, pero las
ocultan y no quieren que sea conocida la existencia de tan valioso
depósito, por miedo á que las roben los judíos.
Son los griegos los primeros autores que mencionan el País de los
Aromas, pero llegaron á Egipto y conocieron el mar Rojo cuando ya habían
terminado las dinastías faraónicas y el dominio del Nilo estaba en manos
de los emperadores persas. Herodoto consagra á la deliciosa «tierra de
los perfumes» una de sus _Historias_, afirmando que «esparce un olor
divino». El país de Saba era abundante en gomas de rara virtud, como la
mirra, el incienso y otras cuyo nombre no se ha podido identificar con
los productos actuales. Además daba el kat, hierba que se emplea como el
café y embriaga lo mismo que el _hachich_.
Herodoto escuchó en Egipto todas las leyendas que los navegantes
fenicios habían inventado sobre el País de los Aromas para asombro de
sus oyentes, y que á su vez los mercaderes gustaban de difundir, con
objeto de aumentar el precio de los productos de esta tierra lejana y
que nuevos rivales no vinieran á abaratar su negocio. Pequeñas
serpientes de cuerpo pintarrajeado y con alas volaban en densas nubes
alrededor de los árboles del incienso. Murciélagos feroces de grito
estridente y uñas ponzoñosas defendían las plantaciones de canela.
Pájaros gigantescos arrebataban á los hombres hasta las nubes,
dejándolos caer como pasto dentro de sus nidos fabricados con varitas de
cinamomo.
Venir al País de los Aromas era empresa temeraria. Una pintura egipcia
representa el viaje de la flota del faraón al oloroso reino de Punt,
viéndose en sus diversas escenas cómo las tripulaciones trasladan á las
naves árboles de incienso metidos en cestas para replantarlos en su
patria.
«Los marinos imaginativos del mar Rojo--dice Elíseo Reclús--es casi
seguro que navegaron hasta el golfo Pérsico y las costas de la India,
creándose de este modo, en el curso de los siglos, una enorme ola de
fábulas griegas, egipcias, asirias, iranias é indostánicas, que rodó por
el inmenso espacio comprendido entre el desierto de Sahara y el desierto
de Goby, entre el Brahmaputra y el Guadalquivir, enriqueciéndose
incesantemente la facilidad inventiva de cada narrador, hasta que al
fin tomó forma concreta bajo la pluma de los escribas árabes, formando
la maravillosa colección de _Las mil y una noches_ en la Arabia
mulsumana, el _Javidan Khirad_ en la Persia y el _Pantcha Tantra_ en la
India.»
Como todos los grandes trasatlánticos siguen longitudinalmente su
navegación por el mar Rojo, la entrada del _Franconia_ en Port Sudán
causa una verdadera emoción en los habitantes de dicho puerto. Pocas
veces han visto un buque de tan considerable tonelaje.
Port Sudán tiene unos treinta años de existencia, habiendo sido creado
como punto de partida del ferrocarril estratégico que va á Kartum. Al
penetrar en su plaza acuática vemos un pequeño vapor italiano que hace
escala antes de llegar á la vecina Eritrea, colonia de Italia.
Nuestro paquebote, por un alarde maniobrero de su capitán, en vez de
anclar en el centro del puerto, ya que sólo debe permanecer aquí un par
de horas, consigue situarse pegado al muelle, lo que aumenta el asombro
de las gentes del país. Parece más pequeño este nuevo puerto cuando la
muralla de metal con sus filas de ventanos redondos queda junto al
malecón, como si continuase el suelo.
Casi todos los pasajeros siguen el viaje hasta Port Tewfik, en el canal
de Suez, ansiosos de ver Egipto. Sólo unos cuantos descendemos aquí para
internarnos en Sudán hasta la confluencia del Nilo Blanco y el Nilo
Azul, atravesar luego el desierto de Nubia, salvando la línea de
obstáculos fluviales que existe entre la sexta catarata y la segunda, y
bajar el célebre río entre dicha catarata y la primera. De este modo
llegaremos á Assuan, último límite para la mayoría de los visitantes de
Egipto que suben el Nilo desde El Cairo, avanzando de Norte á Sur.
Abandonamos el _Franconia_ en el mar Rojo, pero volveremos á encontrarlo
en el puerto mediterráneo de Alejandría. Vamos ligeros de equipaje.
Hemos de viajar en tren especial por el ferrocarril sudanés que
construyó el gobierno británico y en vapores nilóticos del gobierno de
Kartum, atravesando tres antiguas nacionalidades, el Sudán, la Nubia y
el Egipto, este último en toda su longitud, desde su extrema frontera de
Wady-Halfa, en el desierto nubio, hasta el delta.
Al pisar el muelle caemos en un mundo nuevo. Los cambios geográficos y
étnicos son más bruscos en los viajes por mar que en los terrestres,
donde el observador puede habituarse por gradaciones á las diferencias
de personas, edificios y paisajes, entre una nación y otra. Más allá de
los barracones del puerto veo arena, arena por todas partes, arena hasta
la línea del horizonte: el desierto tal como aparece en los cuadros, con
raros grupos de palmeras macilentas. El calor es ardiente, punza la piel
apenas nos alejamos de la tibia humedad del mar.
Hace siete días los indígenas que nos rodeaban eran indostánicos
sonrientes, tímidos, bien educados. Ahora nos vemos entre negros
atléticos, de jeta bestial, con los miembros de ébano surcados por rayas
profundas, cicatrices de bárbaras heridas. Llevan faldellines de fibras
colorinescas y á modo de bastón se apoyan en una jabalina que puede
servir de lanza.
Otros son beduínos de astroso albornoz, con una cuerda de pelo de
camello atada á las sienes y la barba tan larga que parece un adorno
postizo adherido al enjuto y picudo rostro. Estos musulmanes de tez
pálida ó rojiza recuerdan los personajes de ciertas láminas en las
ediciones románticas de la Sagrada Escritura. Todos ellos van
horriblemente sucios y son al mismo tiempo bellamente majestuosos.