parsis cuando muere un individuo de su familia. Tienen que luchar con la
mosca, que toca el cadáver y después se posa en los vivos; deben
combatir igualmente toda clase de roces impuros. Poco antes de la
muerte, el sacerdote parsi, heredero de los antiguos magos, hace recitar
al moribundo una confesión de sus culpas, y derrama el _haoma_ ó bálsamo
divino en su boca y sus orejas, extremaunción que data de miles de años,
siendo tal vez una de las fuentes del mismo rito cristiano.
Al volver á Bombay nos permiten visitar el jardín donde se levantan las
Torres del Silencio. Nadie penetra en su interior, exceptuando á los
parsis inferiores que trasladan los cadáveres. Cuando el futuro Eduardo
VII visitó el Imperio de las Indias como príncipe de Gales, los
sacerdotes parsis ordenaron la fabricación de un pequeño modelo
representando dichas torres interiormente, pero sin permitir que se
acercase á ellas. Este modelo ha quedado expuesto en una plazoleta del
jardín, y gracias á él podemos imaginar cómo son por dentro tales circos
fúnebres.
El jardín mortuorio ofrece un aspecto alegre. Sus bancos de azulejos,
sus arriates floridos, sus árboles obscuros con guirnaldas de rosas, le
dan cierto aire de jardín andaluz. Pero basta levantar la cabeza para
que se desvanezca tal parecido. En todas las ramas gruesas descansa
algún buitre enorme, hinchado por su excesiva alimentación. Otras aves
de presa de igual especie, con la misma gordura odiosa, se dejan ver á
lo lejos, formando una cornisa viviente sobre el filo circular de las
Torres del Silencio.
Los buitres son los amos del vasto jardín. Descansan esperando los
cortejos fúnebres, y apenas ven avanzar la columna de hombres vestidos
de blanco por un camino cercano, todos se reaniman, mueven sus alas
potentes y vuelan hacia las torres para satisfacer por breves horas una
voracidad insaciable.
Pasamos entre flores, por senderos enlosados de ladrillos rojos. Un
perfume primaveral surgido de los arriates multicolores nos hace detener
el paso para aspirarlo. Luego, la presencia de un buitre en una rama
baja nos obliga á reanudar la marcha. Parece dormido, pero tememos que
conserve en el pico alguna piltrafa de su reciente y horrible comilonga
y la deje caer sobre nuestra cabeza.
Un mago de levita negra, cerrada hasta el cuello como una media sotana,
con la pequeña mitra de charol y gafas de oro, sale á recibirnos. Tiene
la sonrisa excesivamente amable, la palabra untuosa, la falsa modestia
que parecen ser propiedad común de los servidores de todos los cultos, y
nos explica el ceremonial de estos entierros, en los que para nada
figura la tierra.
Existe junto á la entrada del jardín un edificio desprovisto de signos
exteriores. Es un templo mazdeísta en honor del fuego. Arde en su
interior una pequeña hoguera de combustibles preparados por los magos,
cuyo tizón original fué traído hace muchos siglos de la Persia,
siguiendo á la tribu errante de los parsis en su éxodo de aventuras y
persecuciones.
El fuego de los templos mazdeístas sólo puede ser preparado por los
sacerdotes, y éstos apelan á las más minuciosas precauciones para que
conserve su pureza, tocándolo con las manos enguantadas, conteniendo la
respiración para que no reciba ningún miasma humano. Los camilleros que
llevan los cadáveres al circo del devoramiento viven aquí, aislados de
sus correligionarios, no pudiendo pasar más allá de la verja del
jardín. Si necesitan bajar á Bombay, deben entregarse antes á
purificaciones que exigen varios días.
Vemos de lejos las Torres del Silencio. Avanzamos hasta donde nos lo
permite el mago de levita. Son cinco las torres, y una de ellas, la más
pequeña, está destinada á los cadáveres de los suicidas.
Todas son más extensas que altas. El muro exterior asciende sólo unos
metros, y no tiene más abertura que la de su puerta única, que es
pequeña, y está situada muy por encima del nivel del suelo, casi en la
mitad de su altura, llegándose á ella por una rampa.
Examinamos su interior en el modelo construído para el futuro monarca
inglés. Son iguales á un circo. El lugar del graderío lo ocupan tres
fajas de nichos horizontales, semejantes á los alvéolos de un panal, y
estos tres peldaños de sepulcros descienden como un embudo hasta el
centro de la torre, donde se abre un pozo.
El círculo más alto, que por su posición resulta el más extenso, tiene
los alvéolos mayores. En ellos se depositan los cadáveres de los
hombres. El segundo círculo es para las mujeres, y el tercero, junto al
foso, ó sea el más reducido y de oquedades más pequeñas, se destina á
los niños.
Después de las ceremonias religiosas en el templo del fuego, junto á la
entrada del jardín, el cadáver es despojado de sus ropas, y la familia y
los amigos se despiden de él, confiándolo á los portadores especiales de
la necrópolis parsi. Éstos, que son cuatro, se lo llevan por los
senderos floridos.
Tiemblan las copas de los árboles; suena la atmósfera como una tela
inmensa sacudida violentamente; nubes obscuras surgen de las
frondosidades; un batir de alas doblega los grupos de arbustos. Toda la
ciudad de los buitres ha despertado y sigue á los cuatro conductores
vestidos de blanco y á su parihuela cubierta con un sudario de igual
color que oculta el cadáver. La ruda muchedumbre alada se balancea en el
aire, dudando entre las varias torres, hasta que la marcha de los
sepultureros les indica dónde será el lugar de su banquete.
Se ennegrece la torre elegida bajo el tropel de pajarracos que pliegan
sus alas cayendo sobre el borde del muro. Los cuatro hombres blancos
penetran en el circo del silencio, depositan el cuerpo en uno de los
huecos del triple graderío y se retiran, cerrando la puerta.
Apenas suena la hoja de madera ajustándose otra vez al quicio, toda la
horda voladora de picos de hierro alineada en el filo de la torre se
deja caer en su interior para suprimir el cadáver, haciéndolo pasar por
sus estómagos.
Uno de los empleados del jardín de la muerte nos cuenta cómo estos
colaboradores feroces sólo necesitan tres cuartos de hora para dejar un
esqueleto completamente mondo. Lo primero que atacan son los ojos. Se
baten entre ellos por conseguir esta presa preciosa. Luego, su mejor
suerte es abrir un desgarrón en el abdomen, metiendo la cabeza por el
final del costillaje.
Penetran en las torres todas las mañanas los portadores de cadáveres
para barrer los huesos escuetos y amarillos, arrojándolos en el pozo
central. La humedad y el sol de la India ayudan poderosamente á la
desaparición de los residuos calcáreos, disgregándolos de tal modo, que
transcurren muchos años sin que suba gran cosa el nivel de este depósito
de osamentas.
El sacerdote de sonrisa untuosa nos invita de pronto á abandonar el
jardín cuanto antes. Han venido á avisarle que un cortejo fúnebre sube
por la cuesta de la avenida inmediata. Los que no pertenecen á la
religión parsi deben alejarse.
Nos cruzamos fuera del jardín con la fúnebre procesión. Carece de
aspecto terrorífico, á causa tal vez de que el color negro no existe en
ella. Todos van vestidos de blanco, y el mortuorio cortejo, visto á
cierta distancia, parece un desfile de cocineros. Los portadores del
cadáver visten igualmente de blanco, y blanca es también la parihuela
que llevan en hombros. Detrás marchan de dos en dos parientes y amigos,
manteniéndose unida cada pareja por un pañuelo que va de mano á mano
como símbolo de alianza... Y nada más. Ningún emblema que recuerde á la
muerte. Resulta difícil imaginarse que algunos metros más arriba, al
final del paredón rojizo, sobre cuyo borde asoman árboles y flores,
cientos de pajarracos voraces, hinchados de carne humana, empiezan á
despertar avisados por su instinto del próximo banquete.
Los del cortejo fúnebre verán los buitres unos momentos solamente,
alejándose luego; pero todos, siguiendo un turno fatal, volverán algún
día, como el que ocupa ahora la camilla blanca. Su destino religioso es
desaparecer en los estómagos de estos pajarracos, que devoran familias
enteras, el abuelo, el padre, el hijo, y mueren á su vez, dando vida á
otras aves para que consuman los parsis que irán naciendo.
Me cuentan que ciertos mazdeístas jóvenes, cruelmente obsesionados por
esta práctica mortuoria, han creado un partido que pide la cremación de
los cadáveres como la realizan los indos; pero los más ricos é
influyentes de su raza siguen fieles á las tradiciones de una religión
que les hizo abandonar hace siglos la tierra madre, arrostrando peligros
y dolores, y se niegan enérgicamente á dicha reforma.
Toda religión que transige se expone á morir. Por eso las Torres del
Silencio seguirán existiendo, y sus gordos y repugnantes pensionistas no
corren peligro por ahora de que una modificación de las costumbres les
prive de su pasto.
En la rada de Bombay visitamos á Elefanta, la isla de los templos
tallados en la roca. Hay que subir una ruda escalera para llegar al
famoso subterráneo sagrado, vasta sala de granito sostenida por columnas
macizas labradas en la misma piedra. Una luz suave se desliza por los
agujeros de la montaña á través de la arboleda exterior.
Los muros están cincelados con la profusión del arte induísta,
repitiéndose los motivos indefinidamente. Aparte de estos relieves,
quedan casi intactas varias esculturas religiosas: un Siva gigantesco,
con tiara monumental, teniendo apoyada en su pecho á Parvati, la más
dulce de sus esposas; la triple figura de la Trimurti, Brahma creador,
Visnú clemente, Siva destructor, y en el lugar más sombrío la figura de
Ganesa, el dios de la Sabiduría, con cara y trompa de elefante, al que
rodean varios grupos de mujeres.
Otro templo más pequeño, cuya entrada tiene un cortinaje natural de
lianas, está flanqueado por dos leones de piedra en hierático reposo.
Dentro de él varias estatuas mutiladas guardan una expresión de vida
intensa.
Para explicar los guías esta rotura de imágenes, dicen que fué obra de
los portugueses acuartelados en la pequeña isla de Elefanta, cuando
fundaron á Bombay, por considerarla punto de mejor defensa que la tierra
firme. Tal vez sea verdad que la pasión religiosa aconsejó á soldados
ignorantes esta mutilación de ídolos, pero más verosímil parece que el
tiempo y la desagregación natural de la roca han causado muchos de los
actuales desperfectos.
Lo más asombroso en los templos de Elefanta es el colosal esfuerzo
realizado por la arquitectura indostánica troglodita. En la época
fabulosa de la India, prefirieron los constructores perforar los
edificios á levantarlos, convirtiendo las montañas en templos.
Elefanta y Ellora representan las dos obras más admirables de esta
arquitectura realizada á golpes de piqueta. El templo de Ellora en el
Nizam fué en su origen una sucesión de celdas abiertas por un pueblo de
eremitas en el seno de la montaña. Estas células rocosas acabaron por
ornarse con adornos escultóricos. Al sucederse las generaciones de
faquires incansables, el excavador se convirtió en estatuario.
Durante siglos y siglos la roca fué roída, no dejándola más que el
espesor preciso para murallas y tabiques, y finalmente se convirtió en
un edificio como los que se levantan sobre cimientos. La montaña de
Ellora, transformada de esta suerte por miles y miles de artistas
pacientes, no tuvo al fin una pulgada de roca que no hubiese recibido la
caricia del cincel, creándose infinitas muchedumbres de dioses y
sirvientes celestiales. Hoy el templo es un monolito colosal, una
montaña agujereada como una colmena, y todas las celdas guardan en sus
paredes la tenaz labor de incontables generaciones, que, con el
pensamiento puesto en sus dioses, los hicieron vivir de nuevo sobre la
piedra.
Esta arquitectura subterránea fué tal vez un resultado de la vida llena
de aventuras y peligros que una naturaleza cruelmente virgen y
hostilmente exuberante hizo sufrir á los primeros pobladores de la
India. Los grandes desbordamientos de los ríos, el miedo á las bandas de
tigres y á las serpientes gigantescas, la necesidad de mantenerse en
lugar seguro y nutridor para no arrostrar las torturas del hambre,
obligaron á muchas tribus á vivir al pie de cordilleras casi verticales.
Y para dar forma material á su misticismo religioso, perforaron la roca
durante siglos y siglos, hasta que de santuario en santuario acabaron
por salir á la luz, al otro lado del obstáculo, encontrando nuevas
tierras, nuevos horizontes.
XI
AL PARTIR DE LA INDIA
Embarque en Bombay.--El error de Colón y los indios de América, que
no son indios.--Los rajás, su decadencia y su lujo.--Una pieza de
artillería, toda de oro.--Ansia de los indostánicos por las
distinciones.--Sus innumerables castas.--La feroz hambre de la
India.--Vegetarismo excesivo del indígena.--Los valerosos «sikhs» y
el heroico rey de Lahore.--Volvemos á las comodidades
occidentales.--El «Franconia» entra en el mar Rojo, que es
intensamente azul.--Barcos de peregrinos á la Meca.--La lluvia
invisible del mar Rojo y sus fosforescencias.
Estamos en la escalinata real del puerto de Bombay, esperando el
vaporcito que ha de llevarnos al _Franconia_. Nuestro paquebote se halla
á una distancia de dos millas. Lo vemos en el fondo de la extensa bahía
con otros buques grandes, de su mismo calado.
Bombay debe su nombre, según la tradición, á los navegantes portugueses,
que lo llamaron _Bom-Bahía_ (Buena Bahía) por la amplitud de su pequeño
mar, casi cerrado. Pero los buques de nuestra época calan más que los
galeones del siglo XVI, y la «Buena Bahía» no ofrece bastante fondo en
sus orillas para los trasatlánticos que llegan de Europa y América.
Una bruma rojiza flota sobre las aguas amarillentas. Es semejante al
vaho ardoroso que extrae el calor de los desiertos de arena. Vemos venir
hacia nosotros por este mar de color fangoso el vaporcito esperado.
Sólo nos quedan unos minutos de permanencia sobre el suelo de la India,
y durante la corta espera se aglomeran en nuestra memoria impresiones
recientes y anteriores, como una síntesis de la tierra que vamos á
perder de vista.
A semejanza del Japón y la China, el nombre de este país sólo fué
conocido en tiempos relativamente modernos por los trescientos millones
de seres que lo pueblan. La India no es más que una expresión
geográfica. Los pueblos antiguos de Europa le dieron este nombre por el
Indus ó Indo, río que le sirve de límite al Oeste y sólo baña una parte
extrema de su suelo. El Ganges ó el Brahmaputra merecían más dicho
honor, ya que sus aguas atraviesan el corazón del país.
Mientras los habitantes de la península indostánica ignoraban el nombre
«India» dado á su tierra, exaltaba ésta durante varios siglos las
imaginaciones en Europa. Sus soberanos eran el Preste Juan y otros
personajes no menos fabulosos, poseedores de incalculables riquezas.
Colón, al navegar hacia Occidente con una concepción errónea del
verdadero tamaño de nuestro planeta, creyó haber llegado á la India
tantas veces como tocó en las islas y costas de América, y á causa de
ello los indígenas americanos fueron llamados indios desde el primer
momento, ó Indias Occidentales todas las tierras descubiertas por los
conquistadores españoles.
Por un capricho de la Historia los indígenas americanos son ahora
indios, y para evitar confusiones, á los nacidos en la verdadera India
los llamamos unas veces indos y otras indostánicos, resultando lo último
igualmente erróneo, pues el verdadero Indostán no es más que una parte
de la mencionada península. Además, como los españoles llamaron á
América Indias Occidentales, en plural, la India legítima se ha
pluralizado igualmente en el lenguaje moderno, dándosela el título de
Indias Orientales.
Ningún pueblo de Asia ofrece una mezcla tan extraordinaria de
civilización avanzada y tradicionalismo milenario. Una parte
considerable de la India está bajo el gobierno directo del virrey
inglés. Hay en ella provincias, como la de Bengala, con una superficie
mucho más grande que la de las Islas Británicas, y cuya población era
hasta hace pocos años igual en número á la de los Estados Unidos. Este
simple detalle basta para hacer ver la grandeza del mundo indostánico.
Otra parte de la India, la de los Estados indígenas, se halla regida en
apariencia por las dinastías de sus antiguos príncipes, pero cada uno de
ellos tiene á su lado un residente inglés, que le aconseja en todos los
asuntos y procede como verdadero gobernante.
Los rajás ó príncipes soberanos se contentan con fingir una autoridad
que no poseen y se consuelan de su decadencia llevando una vida
suntuosa, gracias á las enormes rentas que les proporcionan sus
dominios. Los más poderosos mantienen ejércitos particulares, cuyo
número y calidad quedaron sometidos á la vigilancia de las autoridades
inglesas luego de la sublevación de los cipayos, ó sea cuando la
Compañía de las Indias dejó de gobernar y lord Canning organizó
nuevamente el país como primer virrey.
Hacen los rajás de sus pequeños ejércitos un objeto de lujo y
ostentación, que les sirve para alardear de inmensas riquezas. En uno de
los principados me enseñaron un cañón de campaña todo de oro, con las
ruedas del mismo metal, así como los arneses de los cuatro caballos que
tiran de él. Inútil es decir que el tal cañón no ha disparado jamás
proyectil alguno.
No todos los príncipes de la India son ricos y poderosos. Apresurémonos
á añadir que en la península indostánica existen nada menos que 690
Estados indígenas, con sus correspondientes soberanos. Los hay que
reinan sobre una superficie de más de 200.000 kilómetros cuadrados, con
12 millones de habitantes, mientras otros rajás poseen solamente una ó
dos aldeas y no llegan á reunir mil súbditos.
Todos estos reyezuelos han olvidado la altivez y la independencia de sus
antiguas familias, viviendo sometidos al virrey. Además, el gobierno
británico los hace educar en Londres cuando son príncipes herederos,
para que se amolden á las ideas y costumbres británicas.
Hoy, los más de ellos se preocupan únicamente de obtener nuevos honores
que les coloquen por encima de los príncipes vecinos.
Una de las mayores distinciones de los rajás consiste en el número de
cañonazos que les corresponde de derecho cuando reciben salvas en las
ceremonias públicas ó en sus visitas al virrey. Recientemente, los
grandes príncipes indígenas que ayudaron á la Gran Bretaña en la última
guerra, enviando á Europa los batallones de sus ejércitos particulares,
han sido agraciados con dos ó tres cañonazos más que pueden añadir á sus
salvas honoríficas.
Este afán de alcanzar distinciones superiores á las del vecino
caracteriza á todos los indostánicos, desde el rajá hasta el paria, y su
consecuencia es la división en castas, tan antigua como la historia de
la India.
Teóricamente existen cuatro castas, que conoce el lector: la de los
bracmanes, que puede llamarse intelectual y religiosa; la de los
guerreros, la de los comerciantes y agricultores, que equivale á nuestra
clase media, y la del populacho ó de los parias, que engloba á todas las
tribus vencidas. Pero en la vida corriente el número de castas resulta
incontable, tan infinita es su variedad.
Se han subdividido las cuatro primitivas, seccionándose luego con una
variedad interminable, según los oficios y las maneras de vivir. Todo
indígena algo ambicioso forma un nuevo grupo dentro de su clase, para
obtener de tal modo cierto prestigio que le coloque sobre los demás. Es
una actividad semejante al interminable seccionamiento de la célula.
El indostánico de las ciudades del interior, cuando conoce á un
funcionario inglés ó se imagina que cualquier viajero es personaje
importante en su país, le ruega inmediatamente que le proporcione un
título, un simple papel autorizándolo á usar el nombre, por ejemplo, de
«Luminar de la sabiduría», «Árbol de la prudencia», etc. Para él lo
interesante es poder mostrar dicho diploma á sus amigos, considerándose
gracias á esto por encima de ellos.
La abundancia de príncipes soberanos, la tendencia del pueblo á
dividirse y subdividirse en nuevas castas, necesariamente hostiles, la
ambición de imaginarias distinciones y los profundos odios religiosos,
impiden la existencia de una acción común y un pensamiento único en los
trescientos millones de seres que pueblan la India, los cuales jamás,
durante su historia milenaria, se mostraron un momento de acuerdo.
Otra impresión profunda que el viajero se lleva de este país de riquezas
abrumadoras, tan desigualmente repartidas, es el hambre, la feroz hambre
de la India.
Puede decirse que el indostánico es el único hombre de la tierra que ha
realizado el milagro de vivir casi sin comer. Los japoneses comen mal,
pero comen. En la China se han conocido grandes hambres, y aún se repite
esta calamidad en algunos de sus distritos, vastos como naciones. Pero
cuando el chino encuentra la ocasión de comer, absorbe todo lo que halla
á su alcance, hasta cosas para nosotros inmundas, sin que ningún
escrúpulo religioso dificulte su hartazgo.
El hambre en la India es epidémica. Todos los años se ceba esta
calamidad en algunos de sus territorios, destruyendo centenares de miles
de seres.
Al pasar junto á una de las provincias azotadas por el hambre vi un
campamento de esqueletos todavía vivientes. Sus piernas eran dos cañas
apoyadas en el grueso de las rótulas; las aristas de su costillaje y de
su cráneo se marcaban como filos de cuchillo en la flácida envoltura de
una piel seca, sin vestigios de los antiguos rellenos vitales.
La autoridad británica aprisca á estos rebaños humanos que huyen del
espectro amarillo del hambre; hace lo que puede por sustentarlos, pero
muchas veces no puede nada, y cada veinticuatro horas mueren extenuados
mujeres, niños y viejos, con la misma horrible profusión que si hubiese
caído sobre ellos el cólera ó la peste. Sin embargo, no hay gente en el
mundo que cueste menos de alimentar; ¡pero son tantos y se reproducen
con tan inagotable rapidez!...
En las calles de Bombay, donde siempre hay grandes edificios en
construcción, he observado á los albañiles cuando llega el mediodía y
puestos en cuclillas comen su almuerzo. Éste consiste en unos cuantos
cacahuetes ó un puñadito de arroz, que sostienen en la palma de su mano
izquierda. Y para hacer durar el placer de la comida, el pobre indígena
va tomando con los dedos su arroz, uno á uno, ó pasea por su boca con
lenta masticación el grano oleaginoso y tostado del maní.
Esto es todo. Su jornal suele consistir en varios _anas_, moneda que
equivale á nuestras piezas de cobre. ¡Y si pudiese trabajar todos los
días!... En la India nunca se halla en relación la abundancia de brazos
con la demanda de trabajadores, y los más de éstos pasan varios días de
la semana sin ocupación, lo que les obliga á reservar la mayor parte de
su jornal, insuficiente muchas veces para las necesidades del día en que
lo ganaron.
Desconocen los pueblos de Occidente una miseria como la del populacho de
la India. Los pobres más pobres de nuestros campos, los mendigos más
astrosos de nuestras ciudades, no podrían vivir una semana la sobria
existencia del indostánico. Es demasiada hambre para un blanco. Pero
estos indígenas, amenazados por toda clase de enfermedades epidémicas,
mordidos por los reptiles venenosos en sus pies desnudos, explotados
eternamente por sus rajás, ignorados por las autoridades británicas y
sin medios de subsistencia, insisten en vivir, se han acostumbrado al
hambre, yendo en aumento su cantidad de centenares de millones... Y
todavía el escrúpulo religioso les prohibe nutrirse con alimentos
animales, condenándolos á un escaso vegetarismo.
Tal vez sea el hambre la causa principal de que este pueblo haya vivido
eternamente esclavo en el curso de su historia. El viajero Tavernier, al
visitar en el siglo XVII la corte del Gran Mogol, luego de haber
admirado sus fabulosas alhajas, se fijó en la guardia del soberano,
ricamente vestida. Los cuatrocientos mosqueteros y los lanceros que
daban escolta al esplendoroso Shah-Jehan le parecieron destinados á
correr ante unas cuantas docenas de soldados de Europa.