Muchos años después, el romántico Shah-Jehan, que había vivido siempre

entre esplendores, conoció la desgracia como ninguno de los soberanos

orientales. El país se alzó contra él, asustado de sus caprichos

artísticos, de sus construcciones interminables, de la generosidad con

que esparcía las riquezas. Uno de sus hijos se puso al frente de la

insurrección, arrojándole del trono. Viejo y enfermo, se defendió

Shah-Jehan cuanto pudo en la ciudadela de Agra, y al morir, su cuerpo

fué colocado en el Taj-Maal, junto al de su primera esposa, cuya imagen

había perdurado siempre en su memoria. Tal fué el respeto inspirado por

este amor, que su hijo y sus adversarios obedecieron la última

recomendación del Gran Mogol sentimental y vencido.

Es el Taj-Maal un monumento de arquitectura árabe, una mezquita más alta

que todas las mezquitas existentes, cuadrada, con gran cúpula y cuatro

minaretes ocupando los ángulos de la enorme plataforma que le sirve de

base. Y sin embargo, difiere completamente de las construcciones de la

citada arquitectura á causa del carácter especial que le da el mármol,

única materia empleada en su construcción. Parece asentarse en el suelo

con más pesadez que los edificios brillantes y frágiles de azulejos y

alabastro. Al mismo tiempo resulta más ligero y vaporoso que éstos,

cuyas techumbres se componen de gruesas tejas barnizadas.

Resulta imposible expresar con palabras la blancura del monumento, una

blancura nítida, irreal, sólo comparable á la de las nubes en el cielo

del mar Mediterráneo, á la de la leche recién ordeñada, á la de la

espuma de las olas, á la de la luna en las noches invernales.

Existe en torno al monumento una ciudad desierta, toda ella de edificios

rojos, que contrastan con la nitidez del monumento central. Son

hospederías que ocupaban en otro tiempo los peregrinos venidos á admirar

la tumba de la amada emperatriz, mezquitas construídas para las tribus

de obreros que trabajaron en el Taj-Maal, tumbas secundarias de

personajes mogoles que suplicaron ser enterrados cerca de su romántico

emperador.

Un edificio rojo, con arabescos de diversas tintas, que en realidad no

es más que una puerta gigantesca, da entrada á los jardines del

Taj-Maal. A ambos lados de dicha portada se extienden los claustros

rojos de esta ciudad desierta, abundante en ecos, que sirve de escolta

muda al monumento y hace recordar las enormes muchedumbres que se

agitaron y trabajaron aquí para levantar la montaña blanca.

Al otro lado de la portada vemos un jardín largo y rectangular, con

avenidas y sendas pavimentadas de mármol, en el cual tiene el agua un

valor decorativo equivalente al de la vegetación. El centro lo ocupa un

gran arroyo, extendiendo su recta lámina entre orillas marmóreas hasta

la escalinata terminal que asciende á la meseta del monumento. La

gigantesca masa blanca con su cúpula y sus cuatro minaretes se refleja

invertida en él con entera fidelidad. Cuando la brisa hace ondear este

espejo acuático, la obra de Shah-Jehan tiembla en su fondo con la

nacarada luminosidad de una boca que sonríe, alejando toda idea de

muerte. A ambos lados del pequeño río veo arroyos secundarlos orlados de

la misma piedra, entre platabandas de flores, y las arboledas

predilectas de la jardinería oriental, arrayanes, laureles, álamos.

De lejos, la blancura del Taj-Maal es absoluta, y esto le da por exceso

de nitidez una apariencia vulgar. Evoca el recuerdo molesto de ciertos

juguetes hechos con pasta de mármol artificial ó con estearina. Pero

según avanzamos por el jardín, se van destacando sobre sus muros

incrustaciones de ramajes policromos, arabescos de vegetación, hechos

igualmente con mármoles de colores. Puertas y ventanales tienen en torno

á sus arcos de herradura inscripciones árabes, que parecen pintadas con

tinta y son de mármol negro admirablemente acoplado en el otro mármol de

láctea blancura.

Este mausoleo gigantesco, dedicado á un cadáver único, está construído

de modo que sólo tiene en su parte central, debajo de la cúpula, una

capilla para la tumba. El resto no existe, forma un macizo, por haber

creído su arquitecto superflua é irreverente la existencia de todo otro

hueco junto al sepulcro de la emperatriz.

En muchos países considerarían lóbrego el interior del Taj-Maal, pero

aquí su cúpula está bajo el cielo de la India, y la luz llega hábilmente

cernida por las celosías de piedra, envolviendo en una penumbra dulce y

continua el sepulcro de los dos esposos. Alrededor de éste existen las

balaustradas de mármol, mejor dicho, las paredes de mármol vaciado más

prodigiosas de todo el Indostán. El hierro forjado, el bronce, cuantas

materias maleables se conocen, no pueden prestarse á un trabajo más

prodigioso que el de este mármol blanco incrustado de pedrerías, que

ofrece la misma labor de las verjas de ciertas catedrales.

Sobre la tumba de los dos enamorados arde día y noche una gran lámpara

de plata, cuyos adornos son imitación de la labor pétrea de la verja,

regalo que costearon numerosos admiradores modernos, británicos é indos,

de esta pareja amorosa.

Pienso en ella y en la fuerza arrolladora del amor al salir de esta

penumbra color de ámbar gris que desciende de la bóveda. Shah-Jehan,

príncipe mahometano, era polígamo. Tuvo cuantas mujeres quiso. El harén

del Gran Mogol recibía hembras de todas las provincias indostánicas y de

lejanas naciones. Además, la infortunada princesa Arjumand-Banu fué una

insistente madre de familia. Al morir creo que dejó ocho ó nueve hijos.

Y no obstante todo esto, el hermoso Shah-Jehan la amó en vida sobre

todas las mujeres, y aún la amó más luego de muerta, levantando en su

honor esta maravilla arquitectónica.

Ninguna mujer podrá aspirar nunca á un homenaje más grande. Hay algo de

místico en esta glorificación costosa é imperecedera. Shah-Jehan vivió

el resto de su existencia como un Gran Mogol; visitó normalmente su

harén, poseyó mujeres á centenares, conociendo cuantos deleites puede

proporcionarse un déspota asiático; pero ¡ay, la dulce compañera de los

años juveniles!... Y como símbolo de la pasión suprema de su vida, quiso

que el monumento fuese del color que parece más alejado de la materia,

del que representa los sentimientos más puros.

Nos alejamos del Taj-Maal. Ya lo hemos visto bajo el sol. Volveremos á

las nueve de la noche, y como estamos en un período de luna llena,

nuestros guías hablan con entusiasmo de esta segunda visita. Además, las

autoridades de Agra van á hacer correr esta noche las fuentes y arroyos

del jardín en honor de nosotros, espectáculo extraordinario que sólo se

repite de tarde en tarde.

Visitamos en la campiña de Agra varias poblaciones muertas y numerosos

mausoleos. Es más feraz que la de Delhi; su tierra roja sustenta copudos

huertos de naranjos y los caminos tienen árboles frondosos. Pero también

abundan aquí las ruinas, aunque no tanto como en las inmediaciones de

Delhi.

Vemos Sikandra, ciudad moribunda, á veinte kilómetros de Agra, donde fué

enterrado Akbar «el Victorioso», abuelo de Shah-Jehan. Sobre sus casas

agrietadas ó en escombros se alza una mezquita roja, lo único notable de

Sikandra. Dentro de ella existe la tumba figurada de Akbar, que visitan

los peregrinos; pero el cadáver está abajo, en una cripta débilmente

iluminada, como la bóveda del Taj-Maal.

Aquí, la decoración fúnebre es más ruda y terrorífica que en el gran

mausoleo blanco. El cadáver de «el Victorioso» lo dejaron en dicho

subterráneo provisionalmente, mientras se construía una tumba digna de

su fama, y así ha quedado desde hace siglos. El féretro, cubierto con

tapices, tiene encima un pequeño farol, que arde día y noche, y parece

no esparcir luz, marcándose en las tinieblas como débil pincelada roja.

No hay nada más en la última morada de este conquistador que se creyó

dueño del mundo. Un agujero que parece de chimenea sube hasta el atrio

del templo, y por este orificio se desliza la luz azulada de un eterno

anochecer. Lechuzas y murciélagos descienden por dicho respiradero y

aletean asustados cuando alguien penetra en la fúnebre mazmorra,

asustándolo á su vez con su ruidosa alarma.

Pasamos el resto de la tarde y las primeras horas de la noche en nuestro

hotel, situado en el «campamento», fuera de Agra. Todos los que viven de

las curiosidades del forastero han invadido el jardín al enterarse de la

llegada de nuestro grupo. Se alinean frente á la escalinata con ruido

discordante de feria. Suenan gaitas de encantadores de serpientes; un

viejo habla sin cesar en indostano, agitando un pandero, y en torno de

él danzan varios monos. Enjuto y de mirada ardiente, un faquir hace

evolucionar con sus mandatos á una banda de pajarillos. Los despide uno

á uno, como si arrojase piedras, luego los llama moviendo simplemente un

dedo, y la turba aleteante vuelve, cual si comprendiese tal lenguaje.

Llegan dos niños, de ocho á diez años de edad, llevando un palo en sus

hombros, del que penden dos bolsas rojizas, cuyo peso apenas pueden

sostener. Son aprendices de _sapwallas_. Su padre ha muerto, dejándoles

como única herencia estas bolsas de reptiles. Y los dos chicuelos de

ojos negros y piel de color canela, hermosos con la belleza graciosa de

la infancia oriental, van extrayendo de sus sacos unas serpientes más

grandes que ellos. Pretenden hacerlas bailar, sin éxito, y acaban por

levantarlas del suelo con ambas manos y pasearlas erguidas, cual si

fuesen candelabros. Una mujer seca y escurridiza, que tiene ojos de

bruja, los contempla con aire de simple espectadora. Es la madre, que

les acompaña de lejos para incautarse de la colecta.

Han acudido varios faquires andrajosos, con cabellera sucia y encrespada

en forma de bola, tan flacos, que la piel de su tronco se introduce

entre costilla y costilla, formando líneas de sombra.

Este nombre de faquir es árabe, y significa «pobre»; mas el faquir indio

ha existido numerosos siglos antes de la invasión musulmana, con el

título de _djoghi_, ó «contemplativo». Muchos de ellos viven entregados

á la austeridad y los sufrimientos, imponiéndose horribles maceraciones,

pero los más son vagabundos mendicantes que van por toda la India, de

santuario en santuario, confiando su nutrición al respeto con que les

mira la muchedumbre, predispuesta á creer en sus acciones prodigiosas.

Las maravillas de los faquires son generalmente falsas. Ninguno de ellos

se ha atrevido á repetirlas ante comisiones preparadas para una

vigilancia severa. Sus prodigios son únicamente para los del país y para

ciertos extranjeros inclinados á admirarles. Los hay, no obstante, que

saben ejecutar algunas cosas extraordinarias, más del dominio de la

prestidigitación que del milagro.

En lo único que los faquires santos resultan admirables es en

austeridades y privaciones. Hay _djoghi_ que ha estado doce años de pie,

sin sentarse ni acostarse. Otros permanecieron igual número de años con

los brazos unidos sobre la cabeza. Sus uñas, después de este tiempo,

eran tan largas que acabaron por atravesar como estiletes la carne de

sus manos.

El juglar indio es el que asombra al viajero muchas veces con juegos

inexplicables. Mientras los faquires contemplativos permanecen

invisibles en un lugar desierto, otros van de ciudad en ciudad como

vagabundos místicos. Se imponen grandes privaciones, viven en los

muladares con el perro y el chacal, desean la muerte como una

liberación, hacen suertes de prestidigitador para que los devotos crean

en ellos, pero no realizan los milagros que suponen muchos occidentales,

por afición á lo maravilloso.

Los mercaderes ambulantes extienden sobre la terraza del hotel tapices,

velos, armas, joyas indígenas, figurillas de dioses y reproducciones en

mármol del Taj-Maal, flanqueado por sus cuatro minaretes y con una luz

eléctrica en su interior.

Estos comerciantes de Agra, cuando venden un objeto y el viajero desea

llevárselo empaquetado, muestran azoramiento y piden auxilio á sus

colegas. Ninguno tiene papel para envolver, ni cuerda para atar, ni la

más leve idea de que existe en el mundo el arte del embalaje, tan amado

por los japoneses. Al fin, cuando después de correr varios de ellos

hacia la ciudad regresan con periódicos viejos é hilos usados, discuten

todos en asamblea gremial cómo deben ser envueltos los objetos. La

importancia del asunto atrae á los vecinos de las casas próximas; los

que están al pie de la terraza abandonan sus monos, sus pájaros, sus

serpientes, para exponer amigablemente su opinión; alguno de los

faquires se une al grupo, por curiosidad, sin decir palabra, como si

despreciase los afanes de unas gentes que sólo se preocupan de ganar

dinero, y al fin, el embalaje del pequeño Taj-Maal acaba por hacerse de

una manera torpe, que le prepara irremisiblemente para ser roto y

desmenuzado apenas emprenda el viaje.

Cierra la noche. Terminada la comida en el hotel, ruedan nuestros

automóviles por los caminos de las afueras de Agra. No sabemos por qué

causa hay en ellos más polvo al llegar la noche que durante el día. Una

neblina roja empaña los focos eléctricos del ensanche de la ciudad.

Después no tenemos más luz que la de la luna, y los caminos parecen más

frescos y claros. El Taj-Maal está á varios kilómetros de Agra, y por

ambos lados de la ruta desfilan hileras de personajes blancos, que aún

parecen más blancos bajo el selenítico resplandor. Dejamos atrás algunas

carrozas indostánicas ocupadas por mujeres. Ha circulado la noticia de

que esta noche van á correr las aguas del Taj-Maal, y son muchos los que

acuden de Agra para presenciar el espectáculo.

Descendemos de nuestro vehículo en la plaza de claustros rojos, frente á

la primera portada del mausoleo. Una muchedumbre silenciosa se introduce

por ella con el mismo recogimiento que si penetrase en una catedral. Al

otro lado de la gigantesca arcada se nos muestra esplendoroso el jardín,

y en último término, el monumento del amor, con una blancura más irreal,

más extraordinaria que la de las horas diurnas.

Es una construcción de otro planeta. La luna parece chorrear lluvia

luminosa por su cúpula y sus paredes. Imposible concebir que este

palacio de ensueño sea un panteón. Luego, al pensar en la historia de

los dos muertos que lo ocupan, se admite sin esfuerzo alguno la

presencia de sus cadáveres.

Fueron dos enamorados, y la noche ofrece una decoración de amor, algo

amanerada por exceso de belleza, algo banal en fuerza de ser repetida;

pero también se repiten la primavera y las cosas más hermosas de

nuestra existencia, ofreciéndonos embriagadora novedad mientras no llega

la vejez.

Todo el jardín hace pensar en el amor. Siento extrañeza al ver que

hombres y mujeres discurren por los caminos de mármol mansamente, sin

enlazarse sus talles con los brazos, sin cambiar besos. Influenciados

por la belleza mágica de la noche, se mueven con pasos lentos y quedos,

como si estuviesen en la habitación de un enfermo; hablan en voz baja

sin que alguien se lo haya ordenado, y sus conversaciones, compuestas de

susurros, se cortan con largos silencios.

Una música celeste, que evoca el recuerdo de las armonías planetarias de

los pitagóricos, va llenando el jardín. Es el aria acuática del río

central al deslizarse, arrugando en su fondo de mármol la cara redonda

de la luna; es el coro de los arroyos laterales, que contestan riendo en

las entrañas de la noche, ocultos entre árboles que tienen su base

intensamente negra y su cúspide charolada de blanco por la lluvia de luz

láctea.

Esta melodía líquida, pueril é infinita, que nada dice y lo dice todo,

como la voz de la mujer amada, nos adormece y nos impulsa á buscar un

banco, imponiéndonos silencio y reposo. Un perfume excitante y múltiple

impregna personas y objetos: olor de agua corriente, de carne limpia, de

rosas, de arrayanes, de pimienta. Pasan ante nuestros ojos fragmentos de

gasa transparente y negra, con silencioso aleteo. Son vampiros que

parecen embriagados por el licor de la luna y abandonan sus refugios

lóbregos. Cuando se alejan, vuelvo á fijar la mirada en la inmensa mole

blanca que llena el fondo. Me subyuga con una atracción semejante á la

del fuego del hogar en las noches invernales.

Los que transcurren aún por las avenidas de mármol parecen seres

irreales. Sus pasos carecen de eco. Sus bocas no tienen voz. La noche

resbala sobre nuestros cuerpos sus húmedas caricias. Sentimos en las

ropas y en la epidermis el beso untuoso y nacarado de una luna que no

conocíamos: la luna de la India. Creemos flotar en una atmósfera más

densa que la de nuestro planeta. Y la música del agua continúa sonando

con una adormecedora monotonía que provoca en los oídos engañosos

caprichos. Unas veces aumenta, como un _crescendo_ orquestal; otras cae

y se adelgaza, siendo una romanza de violas de amor que se aleja... se

aleja.

Inolvidable noche del Taj-Maal... ¡Y no pondré otra noche mis pies en

estos senderos de mármol!... Me alejo mañana, para no volver nunca.

Nuevos viajeros vendrán detrás de mí, y cuando yo no sea más que un poco

de tierra en la inmensa tierra, seguirán llegando otros y otros. Los

enamorados pasan, y el amor no muere nunca. Mientras los humanos se

busquen, queriendo dar un ambiente poético á la expansión de sus

afinidades electivas, no le faltarán visitantes á este místico monumento

de la más eterna de las pasiones.

Soñaré toda mi vida al otro lado del mundo con el palacio blanco y sus

jardines donde canta el agua bajo la luna... Y esta noche, que parece de

otra existencia y no quisiera ver terminada nunca, sólo será un pobre

recuerdo.

X

LAS TORRES DEL SILENCIO

Los parsis y su mitra charolada.--El fuego sagrado.--Los magos de

Zaratustra y sus purificaciones.--El jardín de la

muerte.--Entierros sin tierra.--Los buitres devoradores.--Desfile

de hombres blancos.--La isla de Elefanta y sus templos

subterráneos.--Monumentos construídos con la piqueta en

Ellora.--Las tribus perforadoras de montañas.

En las calles principales de Bombay, en los salones de los hoteles, en

los cafés donde se reúnen comerciantes y en las puertas de los Bancos,

se ven con frecuencia unos hombres pálidos, de tez amarillenta, levita

blanca y una pequeña mitra forrada de hule, cuya parte delantera es más

alta que la opuesta. Son los parsis, que practican la más antigua de las

religiones existentes, últimos devotos del mazdeísmo, fieles á las

enseñanzas y ritos de los magos y del fabuloso Zaratustra, llamado

Zoroastro por un error de los traductores griegos.

No pasan de cien mil en Bombay y las poblaciones inmediatas, pero su

importancia social y su prestigio se hallan muy por encima de su valor

numérico. Hay muchos parsis millonarios. Algunos fueron ennoblecidos por

la reina Victoria de Inglaterra con el título de _baronet_, desempeñando

cargos importantes en el gobierno de las Indias. A uno de ellos, célebre

por sus donativos y fundaciones filantrópicas, le han erigido una

estatua en el centro de Bombay, y figura en dicho monumento con el

morrioncito que sirve de distintivo á su raza.

Según cuentan, este tocado se lo impuso á los parsis, hace siglos, uno

de los reyes indostánicos como signo de infamia. Fué algo semejante al

sombrero amarillo que los reyes de Europa obligaron á usar durante

varios siglos á los Judíos. Los parsis, ahora que son ricos y libres,

ostentan con orgullo el tocado servil de sus abuelos. La pequeña mitra

tiene la figura de un casco de caballo visto por delante, símbolo del

corcel del monarca, que oprimía con su pata á estos vencidos.

Los parsis son los persas que no quisieron someterse á la dominación

musulmana cuando los mahometanos, en su expansión victoriosa por el

mundo de entonces, se apoderaron de la Persia. Una gran parte del país

abjuró el mazdeísmo, su religión milenaria, sustituyendo á Zaratustra

con Mahoma. Los ascendientes de los actuales parsis de Bombay huyeron de

su patria para conservarse fieles á la religión de los magos, y durante

muchos siglos fueron cambiando de residencia en las orillas del golfo

Pérsico y del mar de Omán, según la acogida benévola ó las persecuciones

de los soberanos indígenas, hasta que finalmente el mayor núcleo se

radicó en la naciente ciudad de Bombay, interviniendo en su desarrollo

comercial y enriqueciéndose con sus progresos.

Se mantienen fieles á las prácticas de su religión antiquísima, y al

mismo tiempo muestran un espíritu emprendedor y ágil, plegándose á todos

los adelantos para explotarlos. En Bombay son banqueros y fabricantes,

dirigen toda clase de establecimientos comerciales, desde los grandes

almacenes á las pequeñas tiendas, y conquistan celebridad como médicos y

abogados.

Las mujeres parsis se dedican, desde hace años, á las profesiones

intelectuales. Muchas de ellas colaboran en los periódicos de la India,

publicando novelas y versos. Como las hembras del país, así induístas

como mahometanas, no quieren dejarse examinar por los médicos, el

gobierno británico ha establecido en sus centros de enseñanza el estudio

de la Medicina por las mujeres, y casi todas las doctoras que existen en

la India son parsis. Al mismo tiempo que estos mazdeístas se enriquecen

ó adquieren un nombre ejerciendo las profesiones modernas, guardan su

traje nacional como si fuese el distintivo de una casta superior.

Hay jóvenes parsis que son oficiales del ejército inglés, y cuando dejan

su uniforme visten el mismo traje que sus padres. Los banqueros de

Bombay reciben á sus clientes tocados con la pata de caballo forrada de

hule. Las mujeres, aunque siguen la moda de Londres, no por eso

abandonan los trajes parsis. Muchas van vestidas á la europea durante el

día, y cuando asisten de noche á un banquete ó una recepción ostentan

las mismas galas que sus remotas abuelas.

Este traje es semejante al de las damas indostánicas, pero de mayor

delicadeza en sus colores y con la originalidad de ser todo él de una

sola pieza. Consiste en varios metros de seda blanca, violeta ó rosa,

que tiene los bordes galoneados de plata ú oro, y todas ellas saben

envolverse con heredada maestría en esta pieza de tela, que se arrolla á

sus piernas como una falda, luego envuelve el busto y acaba por cubrir

la cabeza en forma de manto, descansando su extremo sobre el hombro

derecho. En realidad, lo último es lo que las distingue en la calle de

las damas indostánicas, pues éstas colocan el extremo final de su manto

en el hombro izquierdo. Para no ser infieles completamente á los adornos

occidentales, llevan las parsis medias de seda y zapatos de alto tacón,

dándoles tal anacronismo de su indumento un aire de europeas disfrazadas

con traje oriental.

Estas gentes, casi siempre ricas, educadas en colegios modernos, que

pasaron parte de su juventud en Londres ó París, conocedoras de los

últimos adelantos y que poseen en sus viviendas cuantas comodidades

inventó el ansia de bienestar, siguen fieles á su religión, observando

las mismas prácticas que los mazdeístas de hace cuatro mil años.

Sabido es que el mazdeísmo, ó sea el culto del fuego, impone una serie

de purificaciones, tan numerosas y tan largas, que resulta lógico

preguntarse si los parsis las cumplen con rigor, pues su observancia

absoluta parece reñida con el trabajo. El parsi debe purificarse de

cuantos contactos impuros sufre durante su jornada, y de hacerlo así

exactamente, no le quedaría tiempo para otra cosa.

Declara la religión mazdeísta el fuego, la tierra y el agua elementos

sagrados, considerando un sacrilegio atentar contra ellos con la más

leve suciedad. Cuenta Plinio que en los tiempos mejores de Roma un mago

no quiso ir embarcado á la capital del mundo por miedo á ensuciar las

aguas marinas con sus deyecciones. Las mujeres parsis, al llegar el

momento de su impureza mensual, son relegadas á la pieza más obscura de

la casa, no osando ponerse en contacto con su familia sin haber

realizado antes largas y complicadas purificaciones, é iguales

ceremonias de higiene religiosa deben observar minuciosamente luego de

sus partos.

Quemar, sumergir ó enterrar los cadáveres representa para su religión la

mayor de las abominaciones, pues con ello se ensucia el fuego, el agua ó

la tierra. Por eso exponen sus muertos al aire en las famosas Torres del

Silencio, para que los buitres los devoren, dejando únicamente los

huesos, que acaban por disolverse en un pozo especial.

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 3/3 · 第 10 / 26 段