Como en todos los palacios orientales, se entremezclan aquí la

voluptuosidad, los esplendores de un lujo majestuoso y las crueldades

del despotismo. Arriba se asombra el visitante al encontrar tanto salón

con adornos de oro, tanta galería cuyos arcos tienen una delgada lámina

de mármol á modo de cristal, que da á la luz ambarinas transparencias,

tantos baños en voluptuosa penumbra, con un ambiente hermético y tibio

que parece oler á carne de odalisca ungida con jazmín, y cuyas cúpulas

filtran un resplandor sonrosado, semejante á la coloración de las

desnudeces femeninas. Abajo hay mazmorras donde los soberanos de Delhi

encerraban para siempre á sus enemigos, gozándose en escuchar durante

sus magníficas fiestas los profundos lamentos de estos vivos

sepultados; pozos con fondo de puñales ó de reptiles venenosos; galerías

subterráneas que iban hasta el Jumna, permitiendo á todas horas un

escape rápido y secreto de este palacio de esplendores y atrocidades.

Se muestran los jardines tan abandonados como el palacio. Sólo se

encuentra en ellos una vulgar floración roja y amarilla, y en algunos

rincones grupos olvidados de violetas. Se puede abarcar visualmente

desde estos jardines una parte nada más del extenso palacio: pabellones

con cúpulas blancas, tan prolongadas que casi forman un círculo, siendo

á modo de bulbos partidos en su base, sobre los cuales se yerguen

flechas de oro empañadas por el tiempo. Todas estas cúpulas se sostienen

sobre unas columnas tan esbeltas que su equilibrio parece algo

milagroso.

La barbarie del dominador actual revela menos violencia que la del

persa, pero no es menos ciega. Entre los salones de mármol y la

magnífica puerta roja de la muralla que da acceso al palacio, han

levantado los ingleses una especie de cuartel, que corta la antigua

perspectiva y disminuye el encanto de lo que aún queda en pie. Hay ahora

en los jardines del Gran Mogol antenas de telegrafía inalámbrica, y cada

vez que las oficinas del virrey necesitan un local nuevo, lo construyen,

sin preocuparse de si con dicha obra anulan un punto de vista. Los

dominadores británicos parecen ignorar la terrible discordancia que

representa un edificio de ladrillo amarillento, sin ningún ornato

artístico, junto á salas de mármol cuyas ventanas tienen celosías

maravillosamente caladas en la misma piedra.

Los mahometanos de rostro impasible no parecen enterarse de tales

profanaciones, que deshonran la mansión de sus antiguos emperadores. La

visitan con frecuencia, sin duda porque esto les reconforta

interiormente, haciéndoles evocar los tiempos de grandeza nacional.

Encontramos varios grupos de ellos contemplando las huellas de las

flores robadas, la mesa donde estuvo el trono del Pavo Real y la

Mezquita Perla.

Para no tener que ir hasta el centro de la ciudad, donde está la

mezquita principal, el Gran Mogol hizo construir en su palacio otra

pequeña, toda de mármol blanco, pero de tal pureza y brillo que parece

el interior de una caracola marina, y por eso le dieron el citado

nombre. En ella estaba la gran joya colgante y transparente que robó el

soberano persa. Todavía permanecen fijos en la cornisa los ganchos que

servían para sostener una enorme red de oro con flores de perlas cada

vez que el emperador visitaba la mezquita para hacer su plegaria.

También el techo del salón del trono, que ahora es de madera dorada, fué

de plata maciza hasta la invasión y saqueo de los persas. Se tropieza

por todas partes en este palacio con el recuerdo de los tesoros que

amontonaron los nietos de Tamorlán. Pero el guía, como triste resumen de

tanto esplendor, nos muestra una ventana:

--Por aquí escapó el último Gran Mogol.

El lector conoce indudablemente la famosa sublevación de los cipayos,

que puso en peligro la dominación inglesa, en 1857. Vivía entonces el

país regido aún por los directores de la célebre Compañía de las Indias.

Este gobierno mercantil realizaba el prodigio de mantener sometida á la

inmensa península indostánica con sólo varios miles de soldados

ingleses, núcleo de otro ejército más grande compuesto de soldados

indígenas, á los que llamaban cipayos. Una conspiración lenta de indos

audaces fué preparando la rebeldía de los batallones de cipayos. Además

explotaron las supersticiones religiosas, afirmando que Inglaterra, por

desprecio á los hijos del país, daba á los soldados de religión

brahmanista cartuchos untados con manteca de vaca y á los mahometanos

cartuchos con grasa de cerdo. Como entonces, para cargar el fusil, había

que morder el cartucho, representaba esto un ultraje sacrílego para unos

y otros.

La mayor parte del ejército indígena se sublevó contra los ingleses,

viéndose éstos próximos á perder su inmenso dominio. Afortunadamente

para ellos, pudieron conservar á su lado á los _sikhs_, valerosos

soldados de Lahore, los mejores de la India.

Delhi fué el centro de la insurrección. Como los sublevados necesitaban

un personaje tradicional para agrupar en torno á él su resistencia,

escogieron al último Gran Mogol, pálida sombra de su dinastía, pobre

fantasma histórico.

Desde muchos años antes había muerto. Su autoridad no llegaba más allá

de los muros de Delhi. Cuando el general en jefe de las tropas inglesas

de la Compañía le visitó por primera vez en 1824, y al entrar en el

salón del trono tomó asiento tranquilamente frente á él, tratándolo como

á un igual, el heredero de Timur no pudo contener su emoción, y lloró

pidiendo una muerte inmediata, para no conocer más tal afrenta.

Aún guarda Delhi recuerdos de la terrible guerra de los cipayos. Las

puertas de Cachemira y de Lahore tienen su granito rojo perforado por

huellas profundas de bomba y viruelas de fusilería. Cerca de una de

estas puertas existe una iglesia, donde los ingleses, sorprendidos por

la insurrección, se refugiaron con sus mujeres é hijos, batiéndose

desesperadamente. La estatua de un general británico perpetúa el

glorioso tesón con que se defendió muchas semanas, aislado, sin

esperanzas de auxilio, contra todo el país en plena revuelta.

Cometieron los cipayos con sus prisioneros las atrocidades de todas las

muchedumbres primitivas, ansiosas de celebrar su libertad con

venganzas. La disciplina de los ingleses y su método tenaz acabaron por

vencer la resistencia de un ejército feroz y desorganizado. A su vez,

los vencedores, para infundir el respeto del miedo, mostraron una

crueldad fría en el castigo de los vencidos. Muchos insurrectos fueron

amarrados á las bocas de los cañones británicos, ordenándose el disparo

de éstos á continuación.

Cuando las tropas inglesas tomaron por asalto la ciudad, el pobre Gran

Mogol, figurón decorativo que los rebeldes no habían consultado nunca,

creyó necesario huir, y con el auxilio de varios domésticos se deslizó

por esta ventana, yendo á refugiarse en uno de los mausoleos imperiales

que tanto abundan cerca de Delhi. Los vencedores lo encontraron en su

tumba-refugio, y el primer virrey de la India, que acababa de reemplazar

á la famosa Compañía, lo despojó para siempre de su majestad

tradicional, deportándolo á Birmania, donde se fué extinguiendo,

enteramente olvidado.

Las numerosas ciudades muertas de las cuales es nieta la Delhi actual

cubren toda la llanura de templos y mausoleos, cuya piedra ha roído el

sol más que las lluvias. Resultaría interminable hablar de las ocho ó

nueve ciudades indostánicas ó musulmanas que han venido sucediéndose en

las riberas del Jumna. La más cercana históricamente, ó sea el antiguo

Delhi, guarda aún las murallas de su fortaleza central, que es casi tan

grande como el último palacio de los soberanos mogoles. De los profundos

arcos de sus puertas cuelgan panales cónicos de avispas. Sus primitivos

jardines y plazas de armas son ahora praderas naturales. Los muros, que

aún conservan sus fajas rojas y blancas, tienen fuentes de azulejos que

hace siglos olvidaron la frescura del agua. En los claustros de muchos

palacios sin techo cuelgan hiedras y otras plantas trepadoras salidas

de las murallas, con racimos de flores bermejas.

Kutab figura como la más famosa y monumental de las ciudades anteriores

á Delhi. Hace más de dos mil años la fundaron monarcas de religión

brahmanista, y en ella se establecieron los primeros conquistadores

musulmanes. Su monumento más célebre es un minarete de cinco pisos

altísimos y de longitud desigual, acanalado de la base á la cima, como

un manojo de bambúes colosales, sin zócalo alguno y adelgazándose según

se remonta. Este haz figurado de cañas parece sostenerse gracias á unos

aros de piedra con inscripciones en relieve. Los balconajes de sus cinco

mesetas se apoyan en ligeras consolas.

El minarete de Kutab, la más audaz de las torres existentes, fué

levantado por uno de los primeros soberanos musulmanes de Delhi para

celebrar el triunfo del Islam sobre el brahmanismo. Su escalera consta

de varios centenares de peldaños, y desde su último balcón puede

abarcarse la llanura, asiento de tantas ciudades, viéndose palacios,

nuevos palacios, más palacios, y todos ellos son tumbas... siempre

tumbas. Innumerables reyes se sucedieron en el mismo alcázar-fortaleza,

sin modificarlo, ó agrandándolo cuando más con alguna construcción

anexa. En cambio, cada uno de ellos necesitó construirse una tumba

aparte, rivalizando en magnificencia con sus antecesores.

La hora meridiana está próxima, y desde lo alto del minarete rojo y

acanalado parece que estas innumerables construcciones sean todas de

cartón. La excesiva luz solar ha dejado inánimes palacios y jardines. Es

en el atardecer cuando esta Naturaleza despierta, adquiriendo relieve y

vida.

Al salir del minarete de Kutab pasamos bajo algunos pórticos aislados.

El mármol, con la pátina del sol, tiene color de oro. Unas portadas

ostentan inscripciones islámicas; en otras, más antiguas, la lengua

empleada es el sánscrito, con figuras de dioses y hembras celestiales.

Dentro de un mausoleo vasto como un palacio vemos la tumba de cierto

Gran Mogol que exigió ser enterrado bajo la bóveda del cielo. Para

cumplir su voluntad, la sala carece de techo, mientras los muros guardan

trazas de pinturas ostentosas. Otro mausoleo contiene los restos de una

hija de emperador que pidió «dormir su último sueño bajo la tierra

común, de la que surge la hierba en primavera». Los padres de la poética

princesa, para no contrariarla y respetar al mismo tiempo su rango

después de la muerte, colocaron en la parte superior del sepulcro una

jardinera de mármol, en la que crecen hierbas y flores. Más allá

encontramos la tumba del poeta Kushru, siempre cubierta de guirnaldas

frescas. Este tributo lo renuevan fielmente las generaciones que vienen

repitiendo sus versos hace mil años. En cambio, muchos sarcófagos de

emperadores se muestran en completo abandono y las salas mortuorias sólo

de tarde en tarde son holladas por los viajeros, sirviendo de refugio á

buitres y lechuzas.

En las cercanías del minarete de Kutab existe un templo de pilastras

cuadradas que parecen hechas con dados superpuestos. Sus cuatro

superficies han sido cubiertas de innumerables figurillas y lianas

entrecruzadas, con la profusa minuciosidad de los escultores

indostánicos. Frente á este templo se levanta una columna de hierro que

tiene ocho metros de altura y otros siete hundidos en el suelo. Esta

aguja de quince metros fué erigida en el año 317 de nuestra era, cuando

gran parte de Europa no sabía trabajar el hierro y las naciones más

adelantadas eran incapaces de fundir una pieza tan enorme.

La inscripción grabada en ella dice que la erigió el rey Dhaba, adorador

de Visnú, para conmemorar una de sus victorias. En torno hay siempre

grupos de musulmanes que ignoran el verdadero significado de tan

original monumento. Según ellos, todo el que se coloca con la espalda

apoyada en la columna y, echando los brazos atrás, llega á juntar las

manos abarcando su redondez, tiene derecho á que la suerte le conceda un

don valioso.

Los que profesan la religión induísta atribuyen una leyenda á dicha

columna, haciéndola llegar á las entrañas más recónditas de la tierra.

Su verdadero autor es, según ellos, el rey Anang-Pal, que quiso

purificarse de sus faltas y librar al mundo del pecado.

Siguiendo los consejos de un santo bracmán, encargó á varios gigantes

fundidores la construcción de este clavo larguísimo para hundirlo en la

tierra hasta atravesar con su punta á la serpiente Sechnaga, que soporta

al mundo sobre su lomo.

Algunos escépticos se negaron á creer en la esclavitud del monstruo, y

el rey, para convencerles, ordenó que extrajeran el colosal punzón,

viéndose su extremo enrojecido por una gran mancha de sangre.

Volvió el clavo á perforar la tierra, pero la bestia, ya escarmentada,

había huído para que no la cautivasen otra vez. Este fracaso anunció la

próxima ruina de la dinastía de Anang. Y la serpiente, libre del barrote

puntiagudo que la tuvo sujeta en las entradas de nuestro globo, continúa

su obra maléfica, corriendo el mundo para esparcir el pecado.

IX

EL TAJ-MAAL

Shah-Jehan, el Gran Mogol de las obras maravillosas.--Riquezas del

palacio de Agra.--El místico monumento del amor.--Historia de

Shah-Jehan y su esposa Arjumand Banu.--Romántico final del

emperador artista.--Una montaña blanca de mármol sobre la tumba de

dos enamorados.--El Jardín del Taj-Maal visto de día.--La ruinosa

ciudad de Sikandra y el subterráneo de Akbar «el

Victorioso».--Prestidigitadores, mercaderes y faquires ante la

terraza del hotel.--El Taj-Maal bajo la lluvia láctea de la

luna.--Voces acuáticas en la noche.--Y este prodigio se repetirá

para otros en el curso de los siglos... y yo no lo veré más.

De los descendientes de Tamorlán, el más famoso fué Akbar, conquistador

de gran parte de la India. Nunca se vió tan poderosa y respetada la

dinastía de los Grandes Mogoles como bajo su reinado, y la residencia

favorita de Akbar «el Victorioso» fué Agra.

Gracias á esta predilección y á la actividad constructora de su nieto

Shah-Jehan, el emperador artista, Agra rivalizó en el siglo XVII con

Delhi, y hasta la sobrepasó al ser erigido en sus alrededores el célebre

monumento fúnebre llamado Taj-Maal.

Actualmente, el palacio-fortaleza de los Grandes Mogoles en Agra se

conserva mejor que el de la antigua metrópoli del Imperio. Los ingleses

no han instalado en él centros administrativos, como en la capital del

virreinato, dejando á jardines y pabellones su melancolía de alcázares

abandonados, algo ruinosos, pero sin aditamentos anacrónicos que los

deshonren.

Las mezquitas y las calles de la ciudad conservan igualmente gran parte

de la fisonomía que tuvieron hace tres siglos. Los vecinos de Agra viven

más apartados de la influencia inglesa que los de Delhi. Fuera de la

ciudad existe un barrio puramente británico, como ocurre en todas las

metrópolis importantes de la India. Es el llamado «campamento», donde se

aglomeran los cuarteles de la guarnición, los edificios ocupados por las

autoridades y los hoteles.

Como la fortaleza-palacio de Agra fué olvidada por los ingleses, su

exterior revela ruina y abandono, más que la de Delhi, pero al mismo

tiempo evoca con mayor intensidad la época esplendorosa de los soberanos

mogoles. Los fosos están llenos de agua verde. En su doble muralla

rojiza, las almenas de forma ojival y los remates de los palacios

muestran hondas roeduras del tiempo, pero no han sufrido ninguna

profanación. Las fachadas, partidas por fajas horizontales de rojo

tostado y amarillo sombrío, tienen como remates cúpulas blancas y

doradas. Sobre cada almena hay un cuervo que grazna como si conversase

con sus otros congéneres alineados sobre los aleros. En lo alto de las

portadas se agitan familias de monos, que parecen dar la bienvenida al

visitante con sus cabriolas y chillidos. Por las planicies enlosadas

inmediatas á las puertas corretean ardillas ó saltan confiadamente

bandas de pequeños pájaros buscando briznas para los nidos que

fabricaron en lo alto de las murallas. Ninguno de ellos huye ante el

paso del hombre. Se dejan agarrar inocentemente, como si su instinto

defensivo ignorase la maldad humana. El respeto de los indostánicos para

todos los seres vivientes ha acabado por suprimir, en el curso de los

siglos, la alarma natural de los animales.

Tiene la fortaleza de Agra una Mezquita Perla, más famosa que la de

Delhi, la _Moti Masjid_, levantada por Shah-Jehan. El nombre de este

Gran Mogol suena inevitablemente en todos los lugares interesantes de

Agra. Él mandó construir los mejores salones del palacio, las mezquitas

y tumbas más ostentosas de los alrededores, y sobre todo, el Taj-Maal.

Hasta el trono del Pavo Real, empezado siglos antes, en tiempos de

Tamorlán, recibió de él su forma definitiva. Pasó la existencia

construyendo, llevando á la realidad todos sus ensueños de déspota

sentimental y poético. Al principio disipó alegremente las riquezas

atesoradas por los Grandes Mogoles; en los últimos años de su vida, su

hijo y sus cortesanos se sublevaron contra él, asustados de tanta

prodigalidad.

La Mezquita Perla de Agra no asombra como la Gran Mezquita de Delhi á

causa de sus enormes proporciones. Es bella por su simplicidad y la

armonía de sus diversas partes; toda ella de mármol, pues Shah-Jehan no

empleó otra materia en sus obras. Sólo tiene tres muros, y el frente

principal está abierto, apoyándose su techumbre en las pilastras de los

arcos, múltiplemente trebolados. Estas pilastras son de una sola pieza,

y resulta difícil explicarse cómo pudieron ser extraídas de las canteras

masas tan enormes y de tan armónicas formas, sin una grieta, sin una

muesca reveladora del colosal trabajo que les dió vida, y las trajo

hasta aquí.

Frente al espacio abierto de la Mezquita Perla se extiende un gran

patio, que tiene una pila de abluciones en el centro. Como el edificio

fué construído con su fachada al Oriente, en el momento que lo visitamos

proyecta el sol matinal sobre su pavimento blanquísimo las fajas de

sombra algo oblicuas de sus pilastras y sus arcos lobulados. Después

vamos avanzando de salón en salón por el palacio de Shah-Jehan. No hay

aquí azulejos ni alicatados de alabastro, como en otros monumentos

musulmanes. Todo es mármol, siempre mármol. Los Grandes Mogoles no

admitieron otro material constructivo.

El signo de Salomón se repite en las portadas, como si fuese el sello de

la dinastía mogola. Sólo un patio de estilo indostánico está pintado de

rojo. El resto del palacio es blanco, con vegetaciones de mármoles

policromos y metales. En algunos sitios vemos huellas de flores de

joyería, como las de Delhi, que también fueron robadas.

Influenciado Shah-Jehan por la lejana arquitectura de Occidente,

construyó algunos de sus pabellones con dos pisos. La fama de su corte

atrajo á varios artistas vagabundos de Europa, arquitectos y pintores,

entre ellos un renegado, Agustín de Burdeos, que trabajó en este

edificio y tal vez en el Taj-Maal. Los pisos altos tienen balconajes de

piedra. El ala del palacio dedicada á las mujeres guarda aún intactas

sus galerías superiores, dando sobre un gran patio cuadrado. Todos los

joyeros de la India venían en determinados días á exponer sus tesoros

sobre el suelo de este patio, y las esposas y favoritas del Gran Mogol,

asomadas á los ventanales, examinaban de lejos sus alhajas, designando

las que eran de su agrado para que las adquiriese el emperador.

Los baños conservan su techo de bronce. Las paredes de mármol están

vaciadas, brillando láminas de cristal á través de los complicados

dibujos de su blonda pétrea. Caminamos por la primera sección de unos

subterráneos, cuyas escaleras bajan hasta el río. Estas galerías de

escape servían á los déspotas magnificentes para vivir algunas horas en

humilde incógnito, bajando disfrazados á la inmediata ciudad; pero hace

muchos años que fueron cegadas por el desplome de sus bóvedas.

Visitamos otros baños, en los que apenas logra penetrar un ligero rayo

de luz por la bóveda altísima. Avanzamos á obscuras; nuestros guías

encienden lámparas de magnesio, y á su breve resplandor vemos que las

paredes son de mármol y oro, una magnificencia destinada á permanecer la

mayor parte del tiempo muerta en la sombra, y que únicamente podía

resucitar á capricho del Gran Mogol.

Es asombroso el vaciado del mármol en los palacios y mausoleos de Agra.

No se comprende cómo la delgada lámina de piedra ha podido soportar

tantas y tan complicadas perforaciones sin partirse. Las ventanas, los

arcos de los miradores, los tragaluces, tienen cortinajes de mármol,

pues en justicia tales cierres merecen más este nombre que el de rejas.

Ofrece el mármol los sutiles dibujos del encaje, se extiende ante la luz

del sol como una cortina de blondas, y tal es su ligereza, que hasta

parece que el viento va á hacerlo ondear.

Construyó el Gran Mogol su sala del Diván, lo mismo que en Delhi, para

recibir á los solicitantes y resolver los asuntos públicos; pero el

atractivo de la Naturaleza aconsejó al poético Shah-Jehan establecer

otro Diván en lo alto de la muralla, teniendo á sus espaldas la campiña

y frente á él un patio con dos pisos de arcadas, en el que se mantenía

de pie la muchedumbre de sus cortesanos y los visitantes de las

provincias.

Desde aquí vemos á nuestros pies los fosos de agua verde siguiendo el

contorno del primer recinto de murallas rojas con torreones salientes

rematados por cúpulas. Sobre el camino de esta primera cortina defensiva

se alza la segunda muralla, en cuyo lomo estamos, y más alto una

sucesión de cúpulas doradas sostenidas por columnitas blancas, que

rematan el exterior de la fortaleza. A partir de los fosos se extiende

la vega de Agra, que corta el Jumna con sus revueltas. Destilan por los

caminos caravanas de camellos, que parecen desde esta altura rosarios de

hormigas rojas. En el fondo del paisaje, junto á la última curva del

río, se levanta algo vaporoso, blanquísimo, como una vedija de nube

caída en el suelo, una cosa irreal, un copo enorme de jabón que se

mantiene erguido contra todas las leyes de la gravedad, formando una

burbuja hemisférica flanqueada de cuatro puntas agudas. Es el Taj-Maal,

el místico monumento del amor.

Todos los que visitan Agra sienten cierta impaciencia durante su

correría por el palacio de los Grandes Mogoles, examinando con rapidez

sus esplendideces, y cuando pasan ante las ventanas miran

instintivamente á la campiña, buscando una silueta vaporosa en el último

término de los serpenteos del Jumna. Es que desean ver el Taj-Maal. De

no existir este monumento, los más de los viajeros olvidarían la

existencia de Agra.

Un interés sentimental, una atracción romántica parece desprenderse del

citado monumento. Más que su belleza arquitectónica, admiran los

visitantes la intención de su constructor. No existe nada en el mundo

que pueda compararse con el Taj-Maal. Todos los grandes amorosos que

vivieron en la realidad ó fueron creados por la poesía nos han dejado la

historia de su pasión, pero no un palacio de ensueño que la perpetúe.

Shah-Jehan es el único que pudo crear un monumento gigantesco como

testimonio de su amor.

Ofrecen los vendedores de Agra pequeños retratos, pintados sobre marfil,

de este Gran Mogol que representó dentro de su dinastía las más nobles

pasiones, y de su bella esposa Arjumand Banu. Ella tiene los mismos

ojos rasgados en forma de almendra de todas las beldades orientales, y

un cutis de leche y rosas. El emperador artista es un guerrero de

elegancia árabe, con sedosa barba, nariz aguileña, el pecho cubierto de

collares de perlas y un turbante á fajas de diversos colores rematado

por un diamante enorme que sostiene varias plumas blancas.

Cuando Shah-Jehan no era más que un príncipe con pocas esperanzas de

reinar, se casó por amor con Arjumand Banu, doce años antes de subir al

trono de Delhi. La princesa murió sin conocer las dulzuras y honores

gozados por las emperatrices mogolas, y su viudo quiso ofrecer á su

memoria un testimonio de amor inaudito, algo nunca visto en la historia

de ningún pueblo. Para ello, ordenó á su gran arquitecto Ustud-Isa la

construcción de este monumento, todo de mármol, enorme como las

catedrales de Occidente, sin otro destino que el de albergar un pequeño

cadáver cuyo recuerdo llenaba su vida.

Veinte años se invirtieron en la ejecución de tal prodigio. El valor de

sus materiales no fué calculado nunca. El salario de los obreros

ascendió á diez y ocho millones de francos oro, y hay que tener en

cuenta el valor de la moneda en aquellos tiempos, considerablemente

superior al de la época presente, y la baratura de la mano de obra en

las naciones asiáticas.

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 3/3 · 第 9 / 26 段