voluptuosidad, los esplendores de un lujo majestuoso y las crueldades
del despotismo. Arriba se asombra el visitante al encontrar tanto salón
con adornos de oro, tanta galería cuyos arcos tienen una delgada lámina
de mármol á modo de cristal, que da á la luz ambarinas transparencias,
tantos baños en voluptuosa penumbra, con un ambiente hermético y tibio
que parece oler á carne de odalisca ungida con jazmín, y cuyas cúpulas
filtran un resplandor sonrosado, semejante á la coloración de las
desnudeces femeninas. Abajo hay mazmorras donde los soberanos de Delhi
encerraban para siempre á sus enemigos, gozándose en escuchar durante
sus magníficas fiestas los profundos lamentos de estos vivos
sepultados; pozos con fondo de puñales ó de reptiles venenosos; galerías
subterráneas que iban hasta el Jumna, permitiendo á todas horas un
escape rápido y secreto de este palacio de esplendores y atrocidades.
Se muestran los jardines tan abandonados como el palacio. Sólo se
encuentra en ellos una vulgar floración roja y amarilla, y en algunos
rincones grupos olvidados de violetas. Se puede abarcar visualmente
desde estos jardines una parte nada más del extenso palacio: pabellones
con cúpulas blancas, tan prolongadas que casi forman un círculo, siendo
á modo de bulbos partidos en su base, sobre los cuales se yerguen
flechas de oro empañadas por el tiempo. Todas estas cúpulas se sostienen
sobre unas columnas tan esbeltas que su equilibrio parece algo
milagroso.
La barbarie del dominador actual revela menos violencia que la del
persa, pero no es menos ciega. Entre los salones de mármol y la
magnífica puerta roja de la muralla que da acceso al palacio, han
levantado los ingleses una especie de cuartel, que corta la antigua
perspectiva y disminuye el encanto de lo que aún queda en pie. Hay ahora
en los jardines del Gran Mogol antenas de telegrafía inalámbrica, y cada
vez que las oficinas del virrey necesitan un local nuevo, lo construyen,
sin preocuparse de si con dicha obra anulan un punto de vista. Los
dominadores británicos parecen ignorar la terrible discordancia que
representa un edificio de ladrillo amarillento, sin ningún ornato
artístico, junto á salas de mármol cuyas ventanas tienen celosías
maravillosamente caladas en la misma piedra.
Los mahometanos de rostro impasible no parecen enterarse de tales
profanaciones, que deshonran la mansión de sus antiguos emperadores. La
visitan con frecuencia, sin duda porque esto les reconforta
interiormente, haciéndoles evocar los tiempos de grandeza nacional.
Encontramos varios grupos de ellos contemplando las huellas de las
flores robadas, la mesa donde estuvo el trono del Pavo Real y la
Mezquita Perla.
Para no tener que ir hasta el centro de la ciudad, donde está la
mezquita principal, el Gran Mogol hizo construir en su palacio otra
pequeña, toda de mármol blanco, pero de tal pureza y brillo que parece
el interior de una caracola marina, y por eso le dieron el citado
nombre. En ella estaba la gran joya colgante y transparente que robó el
soberano persa. Todavía permanecen fijos en la cornisa los ganchos que
servían para sostener una enorme red de oro con flores de perlas cada
vez que el emperador visitaba la mezquita para hacer su plegaria.
También el techo del salón del trono, que ahora es de madera dorada, fué
de plata maciza hasta la invasión y saqueo de los persas. Se tropieza
por todas partes en este palacio con el recuerdo de los tesoros que
amontonaron los nietos de Tamorlán. Pero el guía, como triste resumen de
tanto esplendor, nos muestra una ventana:
--Por aquí escapó el último Gran Mogol.
El lector conoce indudablemente la famosa sublevación de los cipayos,
que puso en peligro la dominación inglesa, en 1857. Vivía entonces el
país regido aún por los directores de la célebre Compañía de las Indias.
Este gobierno mercantil realizaba el prodigio de mantener sometida á la
inmensa península indostánica con sólo varios miles de soldados
ingleses, núcleo de otro ejército más grande compuesto de soldados
indígenas, á los que llamaban cipayos. Una conspiración lenta de indos
audaces fué preparando la rebeldía de los batallones de cipayos. Además
explotaron las supersticiones religiosas, afirmando que Inglaterra, por
desprecio á los hijos del país, daba á los soldados de religión
brahmanista cartuchos untados con manteca de vaca y á los mahometanos
cartuchos con grasa de cerdo. Como entonces, para cargar el fusil, había
que morder el cartucho, representaba esto un ultraje sacrílego para unos
y otros.
La mayor parte del ejército indígena se sublevó contra los ingleses,
viéndose éstos próximos á perder su inmenso dominio. Afortunadamente
para ellos, pudieron conservar á su lado á los _sikhs_, valerosos
soldados de Lahore, los mejores de la India.
Delhi fué el centro de la insurrección. Como los sublevados necesitaban
un personaje tradicional para agrupar en torno á él su resistencia,
escogieron al último Gran Mogol, pálida sombra de su dinastía, pobre
fantasma histórico.
Desde muchos años antes había muerto. Su autoridad no llegaba más allá
de los muros de Delhi. Cuando el general en jefe de las tropas inglesas
de la Compañía le visitó por primera vez en 1824, y al entrar en el
salón del trono tomó asiento tranquilamente frente á él, tratándolo como
á un igual, el heredero de Timur no pudo contener su emoción, y lloró
pidiendo una muerte inmediata, para no conocer más tal afrenta.
Aún guarda Delhi recuerdos de la terrible guerra de los cipayos. Las
puertas de Cachemira y de Lahore tienen su granito rojo perforado por
huellas profundas de bomba y viruelas de fusilería. Cerca de una de
estas puertas existe una iglesia, donde los ingleses, sorprendidos por
la insurrección, se refugiaron con sus mujeres é hijos, batiéndose
desesperadamente. La estatua de un general británico perpetúa el
glorioso tesón con que se defendió muchas semanas, aislado, sin
esperanzas de auxilio, contra todo el país en plena revuelta.
Cometieron los cipayos con sus prisioneros las atrocidades de todas las
muchedumbres primitivas, ansiosas de celebrar su libertad con
venganzas. La disciplina de los ingleses y su método tenaz acabaron por
vencer la resistencia de un ejército feroz y desorganizado. A su vez,
los vencedores, para infundir el respeto del miedo, mostraron una
crueldad fría en el castigo de los vencidos. Muchos insurrectos fueron
amarrados á las bocas de los cañones británicos, ordenándose el disparo
de éstos á continuación.
Cuando las tropas inglesas tomaron por asalto la ciudad, el pobre Gran
Mogol, figurón decorativo que los rebeldes no habían consultado nunca,
creyó necesario huir, y con el auxilio de varios domésticos se deslizó
por esta ventana, yendo á refugiarse en uno de los mausoleos imperiales
que tanto abundan cerca de Delhi. Los vencedores lo encontraron en su
tumba-refugio, y el primer virrey de la India, que acababa de reemplazar
á la famosa Compañía, lo despojó para siempre de su majestad
tradicional, deportándolo á Birmania, donde se fué extinguiendo,
enteramente olvidado.
Las numerosas ciudades muertas de las cuales es nieta la Delhi actual
cubren toda la llanura de templos y mausoleos, cuya piedra ha roído el
sol más que las lluvias. Resultaría interminable hablar de las ocho ó
nueve ciudades indostánicas ó musulmanas que han venido sucediéndose en
las riberas del Jumna. La más cercana históricamente, ó sea el antiguo
Delhi, guarda aún las murallas de su fortaleza central, que es casi tan
grande como el último palacio de los soberanos mogoles. De los profundos
arcos de sus puertas cuelgan panales cónicos de avispas. Sus primitivos
jardines y plazas de armas son ahora praderas naturales. Los muros, que
aún conservan sus fajas rojas y blancas, tienen fuentes de azulejos que
hace siglos olvidaron la frescura del agua. En los claustros de muchos
palacios sin techo cuelgan hiedras y otras plantas trepadoras salidas
de las murallas, con racimos de flores bermejas.
Kutab figura como la más famosa y monumental de las ciudades anteriores
á Delhi. Hace más de dos mil años la fundaron monarcas de religión
brahmanista, y en ella se establecieron los primeros conquistadores
musulmanes. Su monumento más célebre es un minarete de cinco pisos
altísimos y de longitud desigual, acanalado de la base á la cima, como
un manojo de bambúes colosales, sin zócalo alguno y adelgazándose según
se remonta. Este haz figurado de cañas parece sostenerse gracias á unos
aros de piedra con inscripciones en relieve. Los balconajes de sus cinco
mesetas se apoyan en ligeras consolas.
El minarete de Kutab, la más audaz de las torres existentes, fué
levantado por uno de los primeros soberanos musulmanes de Delhi para
celebrar el triunfo del Islam sobre el brahmanismo. Su escalera consta
de varios centenares de peldaños, y desde su último balcón puede
abarcarse la llanura, asiento de tantas ciudades, viéndose palacios,
nuevos palacios, más palacios, y todos ellos son tumbas... siempre
tumbas. Innumerables reyes se sucedieron en el mismo alcázar-fortaleza,
sin modificarlo, ó agrandándolo cuando más con alguna construcción
anexa. En cambio, cada uno de ellos necesitó construirse una tumba
aparte, rivalizando en magnificencia con sus antecesores.
La hora meridiana está próxima, y desde lo alto del minarete rojo y
acanalado parece que estas innumerables construcciones sean todas de
cartón. La excesiva luz solar ha dejado inánimes palacios y jardines. Es
en el atardecer cuando esta Naturaleza despierta, adquiriendo relieve y
vida.
Al salir del minarete de Kutab pasamos bajo algunos pórticos aislados.
El mármol, con la pátina del sol, tiene color de oro. Unas portadas
ostentan inscripciones islámicas; en otras, más antiguas, la lengua
empleada es el sánscrito, con figuras de dioses y hembras celestiales.
Dentro de un mausoleo vasto como un palacio vemos la tumba de cierto
Gran Mogol que exigió ser enterrado bajo la bóveda del cielo. Para
cumplir su voluntad, la sala carece de techo, mientras los muros guardan
trazas de pinturas ostentosas. Otro mausoleo contiene los restos de una
hija de emperador que pidió «dormir su último sueño bajo la tierra
común, de la que surge la hierba en primavera». Los padres de la poética
princesa, para no contrariarla y respetar al mismo tiempo su rango
después de la muerte, colocaron en la parte superior del sepulcro una
jardinera de mármol, en la que crecen hierbas y flores. Más allá
encontramos la tumba del poeta Kushru, siempre cubierta de guirnaldas
frescas. Este tributo lo renuevan fielmente las generaciones que vienen
repitiendo sus versos hace mil años. En cambio, muchos sarcófagos de
emperadores se muestran en completo abandono y las salas mortuorias sólo
de tarde en tarde son holladas por los viajeros, sirviendo de refugio á
buitres y lechuzas.
En las cercanías del minarete de Kutab existe un templo de pilastras
cuadradas que parecen hechas con dados superpuestos. Sus cuatro
superficies han sido cubiertas de innumerables figurillas y lianas
entrecruzadas, con la profusa minuciosidad de los escultores
indostánicos. Frente á este templo se levanta una columna de hierro que
tiene ocho metros de altura y otros siete hundidos en el suelo. Esta
aguja de quince metros fué erigida en el año 317 de nuestra era, cuando
gran parte de Europa no sabía trabajar el hierro y las naciones más
adelantadas eran incapaces de fundir una pieza tan enorme.
La inscripción grabada en ella dice que la erigió el rey Dhaba, adorador
de Visnú, para conmemorar una de sus victorias. En torno hay siempre
grupos de musulmanes que ignoran el verdadero significado de tan
original monumento. Según ellos, todo el que se coloca con la espalda
apoyada en la columna y, echando los brazos atrás, llega á juntar las
manos abarcando su redondez, tiene derecho á que la suerte le conceda un
don valioso.
Los que profesan la religión induísta atribuyen una leyenda á dicha
columna, haciéndola llegar á las entrañas más recónditas de la tierra.
Su verdadero autor es, según ellos, el rey Anang-Pal, que quiso
purificarse de sus faltas y librar al mundo del pecado.
Siguiendo los consejos de un santo bracmán, encargó á varios gigantes
fundidores la construcción de este clavo larguísimo para hundirlo en la
tierra hasta atravesar con su punta á la serpiente Sechnaga, que soporta
al mundo sobre su lomo.
Algunos escépticos se negaron á creer en la esclavitud del monstruo, y
el rey, para convencerles, ordenó que extrajeran el colosal punzón,
viéndose su extremo enrojecido por una gran mancha de sangre.
Volvió el clavo á perforar la tierra, pero la bestia, ya escarmentada,
había huído para que no la cautivasen otra vez. Este fracaso anunció la
próxima ruina de la dinastía de Anang. Y la serpiente, libre del barrote
puntiagudo que la tuvo sujeta en las entradas de nuestro globo, continúa
su obra maléfica, corriendo el mundo para esparcir el pecado.
IX
EL TAJ-MAAL
Shah-Jehan, el Gran Mogol de las obras maravillosas.--Riquezas del
palacio de Agra.--El místico monumento del amor.--Historia de
Shah-Jehan y su esposa Arjumand Banu.--Romántico final del
emperador artista.--Una montaña blanca de mármol sobre la tumba de
dos enamorados.--El Jardín del Taj-Maal visto de día.--La ruinosa
ciudad de Sikandra y el subterráneo de Akbar «el
Victorioso».--Prestidigitadores, mercaderes y faquires ante la
terraza del hotel.--El Taj-Maal bajo la lluvia láctea de la
luna.--Voces acuáticas en la noche.--Y este prodigio se repetirá
para otros en el curso de los siglos... y yo no lo veré más.
De los descendientes de Tamorlán, el más famoso fué Akbar, conquistador
de gran parte de la India. Nunca se vió tan poderosa y respetada la
dinastía de los Grandes Mogoles como bajo su reinado, y la residencia
favorita de Akbar «el Victorioso» fué Agra.
Gracias á esta predilección y á la actividad constructora de su nieto
Shah-Jehan, el emperador artista, Agra rivalizó en el siglo XVII con
Delhi, y hasta la sobrepasó al ser erigido en sus alrededores el célebre
monumento fúnebre llamado Taj-Maal.
Actualmente, el palacio-fortaleza de los Grandes Mogoles en Agra se
conserva mejor que el de la antigua metrópoli del Imperio. Los ingleses
no han instalado en él centros administrativos, como en la capital del
virreinato, dejando á jardines y pabellones su melancolía de alcázares
abandonados, algo ruinosos, pero sin aditamentos anacrónicos que los
deshonren.
Las mezquitas y las calles de la ciudad conservan igualmente gran parte
de la fisonomía que tuvieron hace tres siglos. Los vecinos de Agra viven
más apartados de la influencia inglesa que los de Delhi. Fuera de la
ciudad existe un barrio puramente británico, como ocurre en todas las
metrópolis importantes de la India. Es el llamado «campamento», donde se
aglomeran los cuarteles de la guarnición, los edificios ocupados por las
autoridades y los hoteles.
Como la fortaleza-palacio de Agra fué olvidada por los ingleses, su
exterior revela ruina y abandono, más que la de Delhi, pero al mismo
tiempo evoca con mayor intensidad la época esplendorosa de los soberanos
mogoles. Los fosos están llenos de agua verde. En su doble muralla
rojiza, las almenas de forma ojival y los remates de los palacios
muestran hondas roeduras del tiempo, pero no han sufrido ninguna
profanación. Las fachadas, partidas por fajas horizontales de rojo
tostado y amarillo sombrío, tienen como remates cúpulas blancas y
doradas. Sobre cada almena hay un cuervo que grazna como si conversase
con sus otros congéneres alineados sobre los aleros. En lo alto de las
portadas se agitan familias de monos, que parecen dar la bienvenida al
visitante con sus cabriolas y chillidos. Por las planicies enlosadas
inmediatas á las puertas corretean ardillas ó saltan confiadamente
bandas de pequeños pájaros buscando briznas para los nidos que
fabricaron en lo alto de las murallas. Ninguno de ellos huye ante el
paso del hombre. Se dejan agarrar inocentemente, como si su instinto
defensivo ignorase la maldad humana. El respeto de los indostánicos para
todos los seres vivientes ha acabado por suprimir, en el curso de los
siglos, la alarma natural de los animales.
Tiene la fortaleza de Agra una Mezquita Perla, más famosa que la de
Delhi, la _Moti Masjid_, levantada por Shah-Jehan. El nombre de este
Gran Mogol suena inevitablemente en todos los lugares interesantes de
Agra. Él mandó construir los mejores salones del palacio, las mezquitas
y tumbas más ostentosas de los alrededores, y sobre todo, el Taj-Maal.
Hasta el trono del Pavo Real, empezado siglos antes, en tiempos de
Tamorlán, recibió de él su forma definitiva. Pasó la existencia
construyendo, llevando á la realidad todos sus ensueños de déspota
sentimental y poético. Al principio disipó alegremente las riquezas
atesoradas por los Grandes Mogoles; en los últimos años de su vida, su
hijo y sus cortesanos se sublevaron contra él, asustados de tanta
prodigalidad.
La Mezquita Perla de Agra no asombra como la Gran Mezquita de Delhi á
causa de sus enormes proporciones. Es bella por su simplicidad y la
armonía de sus diversas partes; toda ella de mármol, pues Shah-Jehan no
empleó otra materia en sus obras. Sólo tiene tres muros, y el frente
principal está abierto, apoyándose su techumbre en las pilastras de los
arcos, múltiplemente trebolados. Estas pilastras son de una sola pieza,
y resulta difícil explicarse cómo pudieron ser extraídas de las canteras
masas tan enormes y de tan armónicas formas, sin una grieta, sin una
muesca reveladora del colosal trabajo que les dió vida, y las trajo
hasta aquí.
Frente al espacio abierto de la Mezquita Perla se extiende un gran
patio, que tiene una pila de abluciones en el centro. Como el edificio
fué construído con su fachada al Oriente, en el momento que lo visitamos
proyecta el sol matinal sobre su pavimento blanquísimo las fajas de
sombra algo oblicuas de sus pilastras y sus arcos lobulados. Después
vamos avanzando de salón en salón por el palacio de Shah-Jehan. No hay
aquí azulejos ni alicatados de alabastro, como en otros monumentos
musulmanes. Todo es mármol, siempre mármol. Los Grandes Mogoles no
admitieron otro material constructivo.
El signo de Salomón se repite en las portadas, como si fuese el sello de
la dinastía mogola. Sólo un patio de estilo indostánico está pintado de
rojo. El resto del palacio es blanco, con vegetaciones de mármoles
policromos y metales. En algunos sitios vemos huellas de flores de
joyería, como las de Delhi, que también fueron robadas.
Influenciado Shah-Jehan por la lejana arquitectura de Occidente,
construyó algunos de sus pabellones con dos pisos. La fama de su corte
atrajo á varios artistas vagabundos de Europa, arquitectos y pintores,
entre ellos un renegado, Agustín de Burdeos, que trabajó en este
edificio y tal vez en el Taj-Maal. Los pisos altos tienen balconajes de
piedra. El ala del palacio dedicada á las mujeres guarda aún intactas
sus galerías superiores, dando sobre un gran patio cuadrado. Todos los
joyeros de la India venían en determinados días á exponer sus tesoros
sobre el suelo de este patio, y las esposas y favoritas del Gran Mogol,
asomadas á los ventanales, examinaban de lejos sus alhajas, designando
las que eran de su agrado para que las adquiriese el emperador.
Los baños conservan su techo de bronce. Las paredes de mármol están
vaciadas, brillando láminas de cristal á través de los complicados
dibujos de su blonda pétrea. Caminamos por la primera sección de unos
subterráneos, cuyas escaleras bajan hasta el río. Estas galerías de
escape servían á los déspotas magnificentes para vivir algunas horas en
humilde incógnito, bajando disfrazados á la inmediata ciudad; pero hace
muchos años que fueron cegadas por el desplome de sus bóvedas.
Visitamos otros baños, en los que apenas logra penetrar un ligero rayo
de luz por la bóveda altísima. Avanzamos á obscuras; nuestros guías
encienden lámparas de magnesio, y á su breve resplandor vemos que las
paredes son de mármol y oro, una magnificencia destinada á permanecer la
mayor parte del tiempo muerta en la sombra, y que únicamente podía
resucitar á capricho del Gran Mogol.
Es asombroso el vaciado del mármol en los palacios y mausoleos de Agra.
No se comprende cómo la delgada lámina de piedra ha podido soportar
tantas y tan complicadas perforaciones sin partirse. Las ventanas, los
arcos de los miradores, los tragaluces, tienen cortinajes de mármol,
pues en justicia tales cierres merecen más este nombre que el de rejas.
Ofrece el mármol los sutiles dibujos del encaje, se extiende ante la luz
del sol como una cortina de blondas, y tal es su ligereza, que hasta
parece que el viento va á hacerlo ondear.
Construyó el Gran Mogol su sala del Diván, lo mismo que en Delhi, para
recibir á los solicitantes y resolver los asuntos públicos; pero el
atractivo de la Naturaleza aconsejó al poético Shah-Jehan establecer
otro Diván en lo alto de la muralla, teniendo á sus espaldas la campiña
y frente á él un patio con dos pisos de arcadas, en el que se mantenía
de pie la muchedumbre de sus cortesanos y los visitantes de las
provincias.
Desde aquí vemos á nuestros pies los fosos de agua verde siguiendo el
contorno del primer recinto de murallas rojas con torreones salientes
rematados por cúpulas. Sobre el camino de esta primera cortina defensiva
se alza la segunda muralla, en cuyo lomo estamos, y más alto una
sucesión de cúpulas doradas sostenidas por columnitas blancas, que
rematan el exterior de la fortaleza. A partir de los fosos se extiende
la vega de Agra, que corta el Jumna con sus revueltas. Destilan por los
caminos caravanas de camellos, que parecen desde esta altura rosarios de
hormigas rojas. En el fondo del paisaje, junto á la última curva del
río, se levanta algo vaporoso, blanquísimo, como una vedija de nube
caída en el suelo, una cosa irreal, un copo enorme de jabón que se
mantiene erguido contra todas las leyes de la gravedad, formando una
burbuja hemisférica flanqueada de cuatro puntas agudas. Es el Taj-Maal,
el místico monumento del amor.
Todos los que visitan Agra sienten cierta impaciencia durante su
correría por el palacio de los Grandes Mogoles, examinando con rapidez
sus esplendideces, y cuando pasan ante las ventanas miran
instintivamente á la campiña, buscando una silueta vaporosa en el último
término de los serpenteos del Jumna. Es que desean ver el Taj-Maal. De
no existir este monumento, los más de los viajeros olvidarían la
existencia de Agra.
Un interés sentimental, una atracción romántica parece desprenderse del
citado monumento. Más que su belleza arquitectónica, admiran los
visitantes la intención de su constructor. No existe nada en el mundo
que pueda compararse con el Taj-Maal. Todos los grandes amorosos que
vivieron en la realidad ó fueron creados por la poesía nos han dejado la
historia de su pasión, pero no un palacio de ensueño que la perpetúe.
Shah-Jehan es el único que pudo crear un monumento gigantesco como
testimonio de su amor.
Ofrecen los vendedores de Agra pequeños retratos, pintados sobre marfil,
de este Gran Mogol que representó dentro de su dinastía las más nobles
pasiones, y de su bella esposa Arjumand Banu. Ella tiene los mismos
ojos rasgados en forma de almendra de todas las beldades orientales, y
un cutis de leche y rosas. El emperador artista es un guerrero de
elegancia árabe, con sedosa barba, nariz aguileña, el pecho cubierto de
collares de perlas y un turbante á fajas de diversos colores rematado
por un diamante enorme que sostiene varias plumas blancas.
Cuando Shah-Jehan no era más que un príncipe con pocas esperanzas de
reinar, se casó por amor con Arjumand Banu, doce años antes de subir al
trono de Delhi. La princesa murió sin conocer las dulzuras y honores
gozados por las emperatrices mogolas, y su viudo quiso ofrecer á su
memoria un testimonio de amor inaudito, algo nunca visto en la historia
de ningún pueblo. Para ello, ordenó á su gran arquitecto Ustud-Isa la
construcción de este monumento, todo de mármol, enorme como las
catedrales de Occidente, sin otro destino que el de albergar un pequeño
cadáver cuyo recuerdo llenaba su vida.
Veinte años se invirtieron en la ejecución de tal prodigio. El valor de
sus materiales no fué calculado nunca. El salario de los obreros
ascendió á diez y ocho millones de francos oro, y hay que tener en
cuenta el valor de la moneda en aquellos tiempos, considerablemente
superior al de la época presente, y la baratura de la mano de obra en
las naciones asiáticas.