cerca de la calle principal de Delhi, y desnudando su sable, se mantuvo
inmóvil, como la imagen de un dios vengador. Así estuvo de la mañana á
la noche, escuchando sin emoción los alaridos del vecindario asesinado,
mirando sin piedad cómo se deslizaba la sangre por el centro de la
calle. Un día entero se dedicaron los persas á la matanza, exterminando
más de cincuenta mil habitantes de Delhi. Al cerrar la noche, el Gran
Mogol y los nobles de su corte vinieron á prosternarse á los pies del
vencedor pidiendo misericordia, y sólo entonces se decidió á envainar su
cimitarra, cesando con esta señal la horrible carnicería. Después de un
castigo tan atroz Nadir Schah abandonó á Delhi, apropiándose como botín
de guerra el trono del Pavo Real y todas las riquezas que el Gran Mogol
no pudo esconder. Se calcula el valor de lo que se llevó á Persia en más
de mil millones.
Empezó á acelerarse la decadencia del Imperio mogol después de tan
enorme derrota. Los administradores de la Compañía de las Indias
acabaron por tomar bajo su protección á estos monarcas que habían sido
los más ricos del mundo, y finalmente, al no ejercer autoridad más allá
de los muros de Delhi, tuvieron que mendigar las subvenciones de los
ingleses.
Durante un siglo se esforzó el Gran Mogol por conservar la antigua pompa
exterior, pero á través de los restos de su lujo envejecido y
polvoriento, sólo se veía debilidad y pobreza. Cuando los ingleses, á
mediados del siglo XIX, destronaron al último de ellos por haber
favorecido la famosa insurrección de los cipayos, su autoridad ya había
muerto mucho antes, y el monarca desposeído no era más que un fantasma.
En 1824, Heber, obispo británico, fué recibido aún por el emperador con
grandes ceremonias en su palacio desmantelado y robado. Intentaba
resucitar el majestuoso lujo de otros siglos con la vana esperanza de
que le admirasen los escasos personajes europeos que podían llegar hasta
Delhi.
Sus cortesanos, decadentes y trémulos, al anunciar la presencia del Gran
Mogol y descorrer los cortinajes, gritaban: «¡Aquí viene el ornamento
del mundo! ¡He aquí el asilo de las naciones, el soberano de los
soberanos, el emperador justo, afortunado y siempre victorioso!»
El monarca hizo regalo á Heber de una vestidura de honor, que equivalía
á una gran condecoración, y durante la audiencia procedió con la misma
majestad que si aún estuviese sentado en el trono del Pavo Real. Para
mostrarle nuevamente su afecto, le entregó luego un caballo, é
inmediatamente sus cortesanos volvieron á pregonar con voces ruidosas la
munificencia de su emperador, «el más generoso del mundo».
Terminada la entrevista, estos mismos chambelanes presentaron al prelado
inglés dos cuentas de muchas rupias: una por la vestidura de honor, otra
por el caballo regalado. El Gran Mogol era pobre y había que pagarle
con discreción sus munificencias. Además, todo viajero, al ser
presentado á él, avanzaba su diestra envuelta en un pañuelo para ocultar
la bolsa de monedas de oro que debía regalarle forzosamente.
Hay que añadir que á los visitantes no les era gravosa tal contribución.
El agente de la Compañía de las Indias, encargado de conseguir las
presentaciones á la corte, era el que lo pagaba todo.
Después, este funcionario británico sabía cómo resarcirse con creces de
los pequeños tributos al Gran Mogol, administrando los restos de su
Imperio.
VIII
PALACIOS, TESOROS Y TUMBAS
Las calles rectas de Delhi.--El ruidoso movimiento de su vía
central.--Riquezas y suciedades.--Los joyeros de Delhi y sus
maravillosas maletitas.--Prestigio de la moneda americana.--La Gran
Mezquita.--El palacio-fortaleza de los Grandes Mogoles.--Mármoles
incrustados de joyas.--«Si el cielo ha descendido alguna vez sobre
la tierra... es aquí.»--Vestigios de saqueo.--El palacio afeado por
los ingleses.--Huída del último Gran Mogol.--Revolución de los
cipayos.--Las ciudades abuelas de Delhi.--El minarete de
Kutab.--Mausoleos por todas partes.--Un clavo de quince
metros.--Cómo el rey Anang-Pal inmovilizó á la serpiente del pecado
en las entrañas de la tierra, y después la dejó escapar.
El Delhi moderno fué fundado hace cuatro siglos por Sha-Jehan, el Gran
Mogol de las magnificencias, constructor de los edificios más célebres
de la Rajputana, y lo pobló con una parte de los vecinos del viejo
Delhi, cuyos palacios aún se mantienen en pie.
Los otros habitantes, por razones de seguridad, se acogieron poco á poco
al amparo de las murallas de la reciente población, y así se formó el
nuevo Delhi, llamado oficialmente Shajehan-Coul, «Ciudad del rey del
mundo». Pero el antiguo nombre de Delhi siguió usándose en las
conversaciones y en todos los documentos que no debía firmar el
emperador.
Esta ciudad musulmana no se parece á ninguna otra de las metrópolis
orientales. Sus calles son rectas, largas, de considerable anchura; sus
edificios no se componen exteriormente, como en El Cairo ó el viejo
Estambul, de muros macizos y uniformes, sin más que alguna pequeña
abertura enrejada. Las casas, de varios pisos, tienen amplios miradores,
en los que pasan sus habitantes la mayor parte del día.
La gran calle central, llamada Chandy-Choqué, es la mayor que se conoce
de todas las ciudades musulmanas, con una milla de longitud y una
anchura correspondiente á dicha extensión. En los miradores, cuyas
celosías están abiertas casi siempre, se muestran los dueños de las
casas, magníficamente vestidos, fumando sus largas pipas. Las mujeres,
libres de los prejuicios de las otras mahometanas, no temen dejarse ver
sin velos, al lado de sus esposos ó padres.
Es tan complejo y enorme el ruido de la gran calle de Delhi, que resulta
indescriptible. Todos los pisos bajos están ocupados por tiendas y
talleres. Cada edificio parece una colmena. La vida industrial y privada
se desarrolla en público. Conversa á gritos la multitud; otras veces se
pelea y se injuria con el más leve pretexto. Por el centro de la amplia
calle discurren los más contradictorios cortejos. Se confunden las
manifestaciones de una vida contemporánea de los primeros soberanos de
Delhi con los adelantos más recientes de la civilización occidental.
Relinchan y caracolean yeguas árabes montadas por jinetes de vestiduras
rojas; desfilan rebaños bajo los báculos de pastores medio desnudos y
feroces; chirrían las ruedas macizas de las carretas; y á este estrépito
de circulación antigua se unen las bocinas de los automóviles y el
trotar de la caballería británica, mandada por oficiales de casco
blanco. Los repujadores de cobre golpean el metal con sus martillos ante
las puertas de sus tiendas. Todo establecimiento tiene el taller en su
entrada, y en este taller sólo se ven dos ó tres obreros, á más de un
mahometano viejo y silencioso que fuma con las piernas cruzadas, fijas
sus pupilas en los que trabajan.
De vez en cuando se espantan caballos y rebaños. Es un elefante que
llega y se asusta á su vez del pavor que difunde ante sus pasos,
retrocediendo con la trompa alta, dando bufidos. Gruñen camellos,
alarmados por los ruidos de la ciudad, que les sorprenden después de un
viaje á través de arenales desiertos.
Corren repentinamente los transeuntes para engrosar un corro del que
surgen rugidos feroces. Unos hombres de la montaña llevan con bozales,
como si fuesen perros, leopardos y tigres amaestrados para cazar gacelas
ó pelearse con bestias de su misma especie, ofreciéndolos á los
aficionados á tales deportes. Grupos de músicos ambulantes hacen sonar
agudos caramillos ó rascan violas campestres.
Penden de puertas y ventanas cortinas de diversas tintas. Los miradores
tienen esterillas de junco policromas, y en las azoteas están puestas á
secar vestiduras y gasas, azules, amarillas, verdes, violeta, lo que da
á muchos edificios aspecto de buques empavesados en día de gran fiesta.
Esta es la parte hermosa y brillante de la ciudad; pero Delhi, como
todas las poblaciones orientales, tiene un reverso, incómodo y
repugnante. Bodegones y pastelerías, con sus hornillos al aire libre,
atraen nubes de moscas. Todo vecino respetable lleva tras él un servidor
encargado de mover un abanico enorme para espantar los insectos. Fuera
de las calles principales, el piso es de tierra suelta, levantando
camellos y caballos bajo su paso una niebla rojiza. Huelen las mujeres
á almizcle y jazmín, pero este perfume constante se confunde con el
hedor rancio de los alimentos guisados en plena calle, de las pieles
adobadas, de los velos recién teñidos.
Muchos de los comerciantes de Delhi carecen de tienda y venden sus
mercancías en plena calle, pregonándolas á gritos. En bazares de aspecto
modesto ve el visitante extenderse ante sus ojos las producciones más
diversas del planeta. Dentro de la misma tienda le ofrecen chales de
Cachemira y trajes de lana tejidos en Inglaterra; corales del mar Rojo,
ágatas de Guzarata, piedras preciosas de Ceilán, gomas y especias de
Arabia, agua de rosas de Persia, relojes fabricados en Suiza, perfumes
de París, conservas de la China, salsas británicas. Cuando se celebran
en Delhi ferias de animales, los compradores encuentran caballos de
diversas partes del mundo, elefantes, camellos, búfalos, toda clase de
perros, gatos y monos, leopardos, osos, ciervos de las más variadas
especies, y sobre todo, tigres, desde los recién nacidos, con toda su
gracia inquietante de cachorros feroces, hasta la bestia majestuosa y
sanguinaria que ostenta el título de tigre real.
Los orfebres de Delhi son famosos, y á sus bordadores los aprecian en
todo el Oriente. La ciudad de Cachemira, relativamente próxima, exporta
á Delhi gran cantidad de chales de preciosa lana, y estos
bordadores-artistas los realzan con adornos de oro y plata, siendo
después de tal operación muy buscados por los naturales del país. Las
mujeres de Cachemira se trasladan á Delhi para trabajar en sus talleres.
Se las conoce por ser más altas y opulentas en carnes que las del resto
de la India. Llevan sobre el velo un turbante, y en sus movimientos
tienen cierta voluptuosidad, que las distingue de las otras, enjutas y
con aspecto escurridizo.
Una nube de joyeros cae sobre los hoteles de la ciudad así que les
avisan la llegada de excursionistas occidentales. Son indostánicos todos
ellos, vestidos de blanco, á la europea, con un gorrito negro y redondo.
Parecen empleados de hotel, y sólo se diferencian de éstos por las
maletas de cuero que sostienen con cierta negligencia, como si
contuviesen objetos sin valor. Se sientan sobre el mármol del _hall_,
abren dichas maletas y empiezan á mostrar maravillas deslumbrantes, cual
si fuesen magos capaces de extraer de las entrañas de la tierra los más
inauditos tesoros.
La joyería oriental, de más aparato y brillantez que la de nuestros
países, sin duda porque en la India los hombres usan más alhajas que las
mujeres, tiene una bizarría ostentosa de adorno guerrero, un esplendor
semejante al de las condecoraciones y los uniformes. Estos mercaderes de
_Las mil y una noches_, con rostro de canela y trajecito blanco, nos
enseñan, puestos en cuclillas, collares de perlas enormes, divididos en
cinco ó seis ristras y alternados con esmeraldas y zafiros; flores de
brillantes que tienen en su centro corolas de otras piedras preciosas;
penachos de garza para remate de turbante, sostenidos por joyeles que
centellean como un astro sobre el terciopelo de la noche; alhajas todas
ellas de rajás para días de gran gala.
Estos vendedores circulan por las calles de la antigua capital del Gran
Mogol llevando con descuido sus maletillas de cuero rojo, que en una de
nuestras metrópolis civilizadas les pondrían en peligro de morir
asesinados. Fingen la confianza y la generosidad mentirosa de los
orientales al ofrecer sus artículos. Se diría que piensan regalarlos.
Entregan uno de los collares de príncipe asiático á cualquiera de las
viajeras y la aprietan ambas manos como si temiesen que fuera á
rehusarlo.
--Quédatelo--suplican con su tuteo tradicional--. Es para ti. Me darás
lo que quieras.
Admiran ciegamente dichos mercaderes de leyenda á un pueblo del que han
oído contar las más inauditas riquezas: los Estados Unidos. Todos los
que vienen de allá sólo pueden ser multimillonarios... Como estoy
rodeado de señoras en su mayor parte norteamericanas, un joyero me toma
por marido de una de ellas, á la que pretende vender un collar de nabab.
Sus cortesías y sonrisas son enteramente para mí. Me trata con la
confianza que inspira un amigo antiguo, y al mismo tiempo me venera,
viendo en mí á uno de los magnates del otro lado del mar.
--Sacas el cuaderno de cheques--me insinúa con acento persuasivo--y
pones una firmita... una nada más. Treinta mil dólares... pero en moneda
americana. ¿Qué te cuesta eso? ¡Es tan poco para ti!
Y todos ellos parecen ingenuamente asombrados al ver que transcurren las
horas sin que nadie saque el cuaderno de cheques y firme por la
insignificante suma de treinta mil dólares.
El edificio de mayor magnificencia dentro de la ciudad es la Gran
Mezquita, construída sobre una roca, y á cuya plataforma se llega por
dos amplias escalinatas. Después de la famosa mezquita de la Meca, la
_Djemma Masjid_ de Delhi es la más importante del mundo musulmán. Toda
su meseta y el patio enorme tienen un pavimento de mármol, y en el
centro se abre un estanque alimentado por una fuente. La mezquita es de
granito rojo, como el palacio del Gran Mogol, con fajas de mármol blanco
intercaladas, combinación bicolor que parece aligerar su masa enorme. Al
pie de la meseta existe durante el día una especie de feria, con el
movimiento, los gritos y la curiosidad vagabunda de toda muchedumbre
oriental.
En el graderío de las escalinatas se sientan los mendigos, y en la
plataforma del templo, sobre el mármol caliente, duermen los viajeros ó
permanecen erguidos en la inmovilidad de la plegaria. Durante el
Ramadán, á las horas de oración, resalta un espectáculo
emocionante--según relatos de los que lo presenciaron--ver miles de
creyentes, en filas simétricas, sobre este vastísimo enlosado blanco,
prosternándose á un tiempo y volviendo á levantarse con los brazos
extendidos, las manos abiertas, la mirada extática.
La devoción musulmana ha esparcido en los alrededores de la ciudad
numerosas tumbas, que parecen construídas únicamente para regalo del
viajero. Los creyentes ricos y caritativos prolongan su generosidad más
allá de la muerte. Todos dejan una manda en su testamento para abrir un
pozo, elevar una fuente y plantar árboles junto á su propio sepulcro,
considerando obra pía dar un poco de sombra y de frescura á los que
caminan por esta tierra ardiente. Entre Delhi y Agra, las dos capitales
del antiguo Imperio del Gran Mogol, siguiendo la ribera derecha del
Jumna, río de ambas ciudades, cada diez millas se encuentra un pozo,
cuya perforación pagó la bella princesa Nour-Jehan.
Una ruina curiosa, que estuvo hasta hace poco fuera de Delhi y ha
quedado ahora rodeada por el ensanche de la ciudad, es el Observatorio
astronómico, construído á principios del siglo XVIII por uno de los
Grandes Mogoles. Todavía existen dos circos de piedra y unas escaleras,
cada una de setenta peldaños, á cuyo final estaban las plataformas desde
las cuales observaban los astrónomos del emperador las rotaciones de los
planetas y las fases de la luna. Este Observatorio, que sólo puede ser
comparado con las retortas de los alquimistas, fué en otros tiempos el
establecimiento científico más importante de la India, ordenando,
reinos y principados, sus almanaques y ceremonias religiosas de acuerdo
con las tablas astronómicas redactadas aquí.
En realidad, el edificio más importante de la capital es el castillo que
guarda en su interior el palacio de los Grandes Mogoles. Muchos
viajeros, para describir su grandeza, lo comparan con el Kremlín de
Moscou. Es una ciudad aparte junto á Delhi, con dobles murallas de
granito rojo y torres rematadas en cúpula. Como demostración de las
enormes dimensiones de este palacio fortificado, basta decir que en sus
cuadras había espacio para diez mil caballos. Estas cuadras son ahora
cuarteles de las tropas indostánicas al servicio de Inglaterra. Además
de los caballos de su guardia, tenían los descendientes de Tamorlán
dentro del palacio numerosos elefantes de lujo que figuraban en sus
majestuosos cortejos y otros á los que habían amaestrado para la pelea,
batiéndose entre ellos en los fosos de la fortaleza ó entablando
combates singulares con tigres.
La antigua residencia de los Grandes Mogoles ha sido transformada y
afeada por los ingleses al establecer en Delhi la capital de toda la
India. En los jardines, al lado de palacios y kioscos de mármol
maravillosamente cincelado, se encuentran edificios sin estilo, cubos de
albañilería con ventanas cuadradas, que ocupan las oficinas del virrey y
sus consejeros.
Atravesamos las murallas color de vino, siguiendo el suelo pendiente de
una portada que es un verdadero túnel. Tan profundo resulta el espesor
del muro, que en mitad del pasaje abovedado hay un patio á cielo
abierto, para que la luz disipe su lobreguez. Más allá encontramos otra
muralla con un nuevo túnel, y en las dos galerías se abren puertas
laterales y profundas que dan acceso á las antiguas dependencias del
palacio imperial.
Por aquí entraban, montados en elefantes con gualdrapas rojas, los
viajeros privilegiados que el Gran Mogol quería recibir. Aquí desfilaban
los cortejos de los grandes personajes, trémulos de emoción al pensar
que iban á verse en presencia de su amo el emperador. Esclavos medio
desnudos y armados con puñales les precedían gritando su nombre, y
ellos, tendidos en un palanquín, precedían á su vez á los dromedarios y
elefantes cargados de presentes para el más poderoso de los soberanos de
la India. Toda visita al Gran Mogol era, como ya dijimos, una entrega de
regalos, cuya valía estaba graduada por la importancia del visitante.
Los saludos al monarca resultaban interminables. En ningún país llegó á
tales exageraciones la cortesía oriental. Todo el que hablaba al Gran
Mogol, funcionario, visitante ó simple doméstico del palacio, antes de
exponer su deseo, empezaba por decir: «Sol de la felicidad y del poder;
esplendor de la magnificencia imperial; perla única del mar de la
soberanía; estrella del cielo del Imperio que brilla con incomparable
esplendor, cuyo estandarte es el sol y cuyo satélite es la luna;
emperador que desciendes de una larga raza de reyes; sombra de Dios,
triunfador siempre de las batallas...» Y así continuaba, considerándose
dichoso si podía inventar y añadir una nueva hipérbole á la letanía de
saludos.
Ahora, en las poternas del palacio sólo se ven soldados _sikhs_ de barba
negra y turbante gris, ó suboficiales británicos que leen periódicos de
Londres sentados ante el cuerpo de guardia, con aspecto nostálgico,
pensando en la isla lejana.
Todo lo que del antiguo palacio queda aún en pie está en los jardines,
dando sus ventanas y galerías sobre una llanura algo yerma y abundante
en paredones derruídos que corta el Jumna con serpenteos de metal
blanco. Este palacio, como la Alhambra y todas las construcciones
musulmanas, consta de un piso único, y sólo excepcionalmente algunos de
sus pabellones poseen un piso superior, de techo muy bajo. Mas en
Granada y otras ciudades de Asia y África, el arquitecto mahometano tuvo
que levantar sus construcciones empleando como únicos materiales el
yeso, el alabastro, alguna que otra columnilla de mármol ó jaspe, y
sobre todo el azulejo, principal elemento decorativo. Generalmente, la
llamada arquitectura árabe es brillante y al mismo tiempo pobre y
frágil.
Dispusieron los Grandes Mogoles de mármoles en abundancia, y sus
edificios de Agra, Delhi y otras ciudades de la Rajputana son de esta
rica piedra, empleándola hasta en techumbres y cúpulas. El mármol con
transparencias de gema preciosa reemplaza al metal en dichos monumentos.
Las celosías de puertas y ventanas, las verjas que rodean tronos, baños
y tumbas, son también de mármol tan primorosamente trabajado, con tantas
ramificaciones y flores, que parecen telarañas pétreas, filtrándose una
luz suave á través de sus innumerables orificios.
Los metales preciosos y las joyas de sus tesoros los reservaron estos
monarcas para incrustaciones en las paredes. Necesitaron animar la
blancura láctea del mármol para que no resultase uniforme y frío, y
esparcieron una flora de ensueño en los salones de su palacio. Desde el
pavimento á un tercio de los muros fueron remontándose las varillas de
una vegetación creada por orfebres. Estas varillas eran de oro, con
hojas de esmeraldas y otras piedras preciosas. Al final se abrían las
flores, unas redondas como las rosas, con pétalos de rubíes y granates;
otras blancas, lirios y azucenas, con puntiagudos cogollos cubiertos de
brillantes, mientras corrían por las cornisas nuevas guirnaldas de esta
jardinería inverosímil.
Sólo quedan ahora los moldes de tales esplendores, nunca vistos después.
Los soldados del conquistador persa rompieron con las puntas de sus
cimitarras una primavera que parecía eterna, de gemas y de oro,
ocultándola en sus sacos de piel de camello. Fué el botín menudo de la
horda vencedora. Su jefe se llevó el trono y las joyas más célebres del
Gran Mogol.
Todavía se ven en los muros de mármol las huellas de estas plantas
incrustadas, cada una de las cuales valía una fortuna. En algunos de los
bajos relieves, el perfil se mantiene limpio, y hasta queda en el fondo
de la oquedad un resplandor metálico, recuerdo del oro que lo cubrió. En
otros, la piedra está rota, con rudas muescas que revelan el esfuerzo de
los saqueadores.
Pasamos de salón en salón, con una mezcla de respeto admirativo y de
lástima. Recuerdo la frase vanidosa y justa que los constructores de
este palacio grabaron en lengua persa sobre el trono del Gran Mogol.
«Si el cielo ha descendido alguna vez á la superficie de la tierra, es
aquí, es aquí, es aquí.»
El palacio de Delhi fué cielo esplendoroso para sus dueños durante una
centuria ó dos. Ahora parece un jardín tronchado y barrido por el
huracán.
Hay puertas que aún guardan en sus cuarterones vestigios de oro junto á
los huecos ocupados antes por gemas preciosas, pero se hallan torcidas
sobre sus goznes ó penden solamente de uno de ellos, sin que nadie se
cuide de repararlas. Un arroyo con riberas de mármol pasa de salón en
salón. El fondo de su lecho, cincelado en forma de ondas, debió
proporcionar una sonrisa rumorosa á las aguas cuando corrían por el
interior del palacio, en las tardes veraniegas. Los caños están
obstruídos ó rotos desde hace machos años y el viento ha depositado una
línea de polvo detrás de cada arruga marmórea del arroyo.
Primeramente vemos la sala del Diván, donde recibía el Gran Mogol á
dignatarios y solicitantes, teniendo acurrucado á sus pies al primer
ministro, encargado de contestar por él. Es toda roja, color de vino,
así como la escalinata que sube hasta el estrado de mármol del
emperador. Encima hay unos mosaicos que representan á Orfeo rodeado de
fieras, trabajo florentino de alguno de los artistas vagabundos y
renegados que de aventura en aventura llegaban hasta Delhi para ofrecer
sus servicios al Gran Mogol, famoso en toda la tierra por sus riquezas.
En otro salón, el de las grandes recepciones, guardan los muros en su
parte alta rótulos dorados árabes y persas. La parte baja conserva las
huellas tristes del jardín de oro y piedras preciosas, destrozado y
robado por los invasores. En el centro está la mesa de mármol que servía
de base al trono del Pavo Real.