alarmado por tal compañía. Su servidumbre indígena no mostró la misma
inquietud; antes bien, pareció extrañada de su asombro. Todos los
domésticos de pies descalzos conocían á la _naja_ como algo familiar,
digno de respeto. Llevaba varios años viviendo en el jardín, como si
fuese propiedad suya. Durante las noches invernales tal vez buscaba
refugio en las habitaciones inferiores de la casa.
Como Laguardia les propuso que matasen á la serpiente, todos sonrieron
con una expresión de lástima. La vida es sagrada, sea cual sea la forma
que revista. Además, una _naja_ tiene cierto prestigio divino. Por algo
aparecen los dioses en las pinturas de los templos rodeados de ellas.
En vano aumentó mi amigo la futura recompensa. Ni por cincuenta rupias
ni por mil puede un indostánico matar á una serpiente.
Buscó entonces á un musulmán, por ser todos ellos gentes de cuchillo,
sin respeto á la vida ajena, sin miedo á la sangre: lo contrario de sus
flojos compatriotas los brahmanistas. Pero el musulmán, al enterarse de
lo que pretendían de él, movió la cabeza negativamente.
Teniéndose por hombre de coraje como el que más, no vacilaba en declarar
su miedo. Las _najas_ viven siempre en parejas, y si mataba á ésta
estaba seguro de que su compañera le acecharía años y años hasta
encontrar ocasión de vengarse, mordiéndole. Todos los hombres que él
había conocido matadores de tales reptiles acababan por morir á su vez
envenenados por uno de ellos. En vano le explicó mi amigo que esto no
era extraordinario, pues quien repite una operación peligrosa termina
por ser víctima de ella. Además, él le pedía que matase una _naja_, una
nada más.
--No puedo--insistió el musulmán--. Si mato la que usted ha visto, la
otra que no ha visto se vengará matándome á mí.
Y no hubo quien atacase á la serpiente del jardín. La cobra continuó
paseándose por las avenidas, y hasta tomó confianza con los nuevos
inquilinos de la casa, irguiéndose al pie de la escalinata, metiéndose
en el piso inferior, habitado por la servidumbre.
Laguardia, aburrido de tanta familiaridad, disparó contra ella varios
tiros de revólver. Los domésticos se sublevaron ante este acto impío,
declarando que les era imposible seguir en una casa cuyo dueño pretendía
dar muerte á seres amigos de los dioses.
Al fin tuvo que adoptar la única resolución posible: marcharse. Y con
gran contento de sus servidores cobrizos, se volvió á la ciudad,
renunciando á la casa veraniega.
Los indos consideraron lógica su retirada y equitativa la pérdida del
dinero pagado por el arriendo. La verdadera dueña de la finca era la
_naja_. Los demás seres instalados en ella, algo pasajero, indigno de
respeto y obediencia.
VII
EL GRAN MOGOL
Camino de Delhi.--Su historia remotísima.--Ciento veintiséis
kilómetros de ruinas históricas.--Las numerosas ciudades anteriores
á Delhi.--El famoso Timur-Lank, «Cojo de hierro».--Enrique III de
Castilla envía embajadas á Tamorlán.--Las dos odaliscas
bautizadas.--Rui González de Clavijo y su viaje á Samarcanda.--Sus
relatos sobre las particularidades de los «marfiles», vulgo
elefantes.--El anillo de Tamorlán y las «metáforas» de
Clavijo.--Los Grandes Mogoles herederos de Tamorlán.--El soberano
más rico del mundo.--Los palacios portátiles del Gran Mogol y sus
caravanas de elefantes y camellos cargados de riquezas.--El trono
del Pavo Real y los otros siete tronos.--Montones de perlas,
diamantes, esmeraldas y rubíes.--El famoso brillante «Gran
Mogol».--Decadencia de Delhi.--Saqueo y degüellos ordenados por el
conquistador persa.--Los Grandes Mogoles del siglo XIX pensionados
por los ingleses.--Miseria de la corte de Delhi y supervivencia
grotesca del antiguo fausto.--El último Gran Mogol cobrando en
secreto sus aparentes munificencias.
Atravesamos una parte considerable de la India del Norte para visitar
las ciudades más célebres del antiguo Imperio del Gran Mogol. Vamos á
pasar seis días en un vagón, durmiendo sobre la flaca colchoneta que
hemos comprado y sufriendo otras molestias especiales de los
ferrocarriles indostánicos.
Primeramente iremos á Delhi, capital ahora de la India, cuya importancia
gubernativa, de fecha reciente, no es más que una resurrección de sus
antiguos tiempos Imperiales.
Delhi figura como la ciudad más antigua de la India, aunque su nombre
actual sea relativamente moderno. Treinta siglos antes de nuestra era,
en tiempos fabulosos, suenan ya los nombres de tres ciudades, Madhanti,
Hastinapura é Indrapechta, que se suceden sobre la planicie ocupada
ahora por Delhi. Los reyes de dichas ciudades son mencionados entre los
héroes del _Mahabarata_, la gran epopeya indostánica. Diez ciudades
nacen, se desarrollan y caen en escombros sobre el solar de Delhi, cuyo
nombre sólo aparece medio siglo antes de Jesucristo.
En ningún lugar de la tierra pueden encontrarse juntos tantos monumentos
ruinosos. La campiña de Roma, única ciudad de Europa que tiene cierta
semejanza con Delhi, resulta exigua comparada con la llanura que rodea á
esta metrópoli indostánica. Los restos de las ciudades anteriores á ella
ocupan una superficie de 126 kilómetros cuadrados.
Puede ser considerada esta llanura como un museo arqueológico. Todos los
estilos se encuentran confundidos, desde los primeros ensayos de
construcción intentados por las tribus errantes, hasta los mayores
refinamientos de la arquitectura brahmanista y musulmana.
Pasamos un día y dos noches en el tren, de Bombay á Delhi. Acabamos por
acostumbrarnos á la vida en esta alcoba rodante. Sus ventanillas tienen
vidrieras ahumadas, que dulcifican la luz cegadora del sol, pero durante
la noche los tejidos vegetales que hacen oficio de cortinas dejan pasar,
al mismo tiempo que el aire, resplandores de focos luminosos, cuando
hacemos alto en las estaciones.
Gritan y cantan los musulmanes en los andenes. Muchos tienden una
alfombrita, se sientan en ella con las piernas cruzadas, y así
permanecen inmóviles, horas y horas, esperando el paso de un tren, para
contemplar silenciosamente á los viajeros, sin pedirles nada.
Cuando nuestro vagón vuelve á rodar, como la noche es de luna, vemos sin
movernos del lecho toda la campiña de color lácteo, con sombras macizas
que parecen de ébano. Por los caminos inmediatos á las poblaciones
circulan como fantasmas filas de hombres que llevan casaquines y
turbantes blancos.
Al día siguiente, poco después de amanecer, los indostánicos que vienen
en el tren descienden en las estaciones para cumplir los actos rituales
de su religión. Se purifican los induístas en el primer arroyo que
encuentran, sin más vestiduras que un trapo blanco sobre las caderas,
llevando en su diestra el vaso de bronce. Los musulmanes se despojan del
turbante y hacen sus abluciones, seguidas de una oración gesticuladora,
frente al sol.
Toda la fauna de la India parece acompañarnos durante las horas
matinales. Vemos en las arboledas tropas de monos colilargos, que saltan
entre las ramas ó se deslizan tronco abajo con una curiosidad infantil
para ver de más cerca el paso del tren. En cambio, jabalíes, ciervos y
gamos huyen de la vía, en ciega carrera que troncha ramas y derriba
cuanto encuentra. Los chacales galopan como perros junto á los rieles,
pretendiendo seguir nuestro rápido deslizamiento.
Esta animación se paraliza en las horas meridianas. Los campos parecen
desiertos. Hombres y bestias se mantienen pegados á la sombra de los
árboles. Sólo hay vida en la atmósfera. Nubes de mariposas blancas y
amarillas se balancean ebrias de calor.
Nuestro tren va ascendiendo. No es visible esta subida, pero se nota en
la dulzura de la atmósfera, menos asfixiante que en Bombay á orillas del
mar, y en el aspecto de la vegetación, más ordenada, más trabajada y
útil. Los campos hábilmente cultivados nos hacen pensar en la antigüedad
de esta agricultura indostánica, madre de la de Europa. Indos y chinos
nos dieron gran parte de los productos que sirven para nuestra
alimentación.
Pasamos por las capitales de varios principados, cuyos rajás, aunque
feudatarios de Inglaterra, mantienen el mismo boato de sus tiempos de
independencia. En la estación de Gwalior vemos de lejos el castillo de
su soberano, vasta fortaleza que ocupa toda la cúspide de una montaña,
con muros pintados de rojo sangre y torres cuyas cúpulas están cubiertas
de tejas multicolores. Como vamos á Delhi y Agra, donde existen las
famosas fortalezas-palacios del Gran Mogol, no consideramos necesaria la
visita á la de Gwalior, abandonada hace muchos años. Sería importante en
otro país, pero aquí parece disminuída por sus vecinas.
Podemos apreciar desde el tren, al aproximarnos á Delhi, en el amanecer
del segundo día, toda su majestad ruinosa. Surgen á lo lejos varias
mesetas cubiertas de torres y muros atravesados por arcadas triunfales.
En el interior de dichos recintos se alzan palacios, cúpulas, minaretes,
todo abandonado... Es el viejo Delhi.
En la parte opuesta vemos igualmente poblaciones con baluartes de
aspecto ruinoso, grandes templos, torres desmochadas, arcos rotos...
También es Delhi.
Continúa marchando el tren kilómetros y kilómetros. Pasan ante nosotros
mezquitas semejantes á pueblos, campos cubiertos de escombros, mausoleos
agrietados, fortalezas partidas y tapizadas de musgo, que sirven de
aduares á muchedumbres haraposas, palacios sin puertas entre jardines
que tienen la verde melancolía del abandono. Todo es Delhi... Pero aún
no hemos llegado al Delhi moderno; nos falta mucho para entrar en él.
Como ya dije, no existe en el mundo ciudad alguna que muestre en tan
vastas proporciones su grandeza muerta. Nada de esta grandeza tuvo
relación con nuestra vida de Occidente. Los apasionamientos y los
intereses de su historia fueron ajenos á los nuestros. La Europa no
intervino en la primera época de los Grandes Mogoles. Sin embargo,
cuando entramos en Delhi, un recuerdo español empieza á tomar forma en
mi memoria.
El Imperio de los Grandes Mogoles fué la obra de los nietos de Tamorlán.
Este guerrero «azote de Dios», espanto de su época, conquistó á Delhi en
una de sus incursiones que hacían temblar al mundo oriental, y los
únicos embajadores europeos que le visitaron para felicitarle por sus
grandes victorias fueron los enviados del rey de Castilla.
Tamorlán es una corrupción de Timur-Lank, que significa en mogol «Cojo
de hierro». Descendiente de Gengis-Khan, que un siglo antes había sido
el espanto de Europa, reorganizó Timur otra vez á los mogoles como
máquina de guerra, venciendo á todos los enemigos de su pueblo, no
tolerando en Asia ningún soberano que pudiera discutir su autoridad,
llevando la destrucción hasta Rusia y Polonia. En punto á horrores,
ningún conquistador llegó jamás á superarle. Cuando los sitiados de una
ciudad le enviaban miles de niños para inspirarle conmiseración, hacía
cargar la caballería sobre ellos, hasta despedazarlos. Otra vez, cerca
de Delhi, hizo degollar cien mil prisioneros porque le estorbaban. Dejó
detrás de él torres de cráneos, empleando éstos como piedras, con una
trabazón de argamasa, para que tan horribles monumentos durasen muchos
siglos. Después de prolongar sus correrías sangrientas cinco años y
hasta siete, el bárbaro conquistador regresaba á Samarcanda, donde había
establecido su capital.
Su orgullo y sus conveniencias políticas le hicieron pasar por encima de
los escrúpulos religiosos. Aunque musulmán, se puso de acuerdo con el
emperador de Bizancio, que le halagaba y le temía, para combatir á sus
correligionarios los turcos, haciendo sufrir al sultán Bayaceto una
derrota famosa que retardó medio siglo la caída de Constantinopla.
Enrique III, rey de Castilla, se quiso procurar una influencia
internacional poniéndose en contacto con los grandes monarcas de Asia,
personajes casi fabulosos en aquella época, y algunos enteramente
fantásticos. Para ello, envió embajadores á los países orientales,
ordenándoles que visitasen: «las cortes del Preste Juan, señor de la
India Oriental, del soldán de Babilonia, del Gran Turco Bayaceto y del
gran Tamurbec, por común nombre llamado el Tamorlán».
Dos caballeros de su corte, Payo Gómez de Sotomayor y Hernán Sánchez de
Palazuelos, arrostrando peligrosas aventuras de mar y tierra, llegaron
hasta la corte errante de Tamorlán, precisamente cuando acababa el
caudillo mogol de dar la gran batalla á Bayaceto, haciéndolo prisionero.
El Gran Turco, vencido, fué encerrado en una jaula, sirviendo ésta de
poyo al Tamorlán para montar á caballo.
Recibió el vencedor á los dos emisarios castellanos con verdadera
curiosidad. El monarca español resultaba á sus ojos un soberano
interesante por su lejanía, como él lo era para los pueblos
occidentales. Deseoso de corresponder dignamente á la embajada de don
Enrique, entregó á sus enviados una carta, varias joyas adquiridas en
el saqueo del campamento turco y dos circasianas ó griegas
pertenecientes al harén de Bayaceto.
Estas odaliscas fueron bautizadas en Castilla; una se llamó doña
Angelina de Grecia y la otra doña María Gómez. En Sevilla, nobles
señores anduvieron alborotados por ambas, escribiendo canciones amorosas
en su honor. Doña Angelina de Grecia casó con un rico vecino de Segovia;
doña María Gómez acabó por unirse con Payo Gómez de Sotomayor, y las dos
dieron origen á una descendencia de guerreros, jurisconsultos y hombres
de Iglesia.
Animado por el éxito de su primera embajada al Tamorlán, envió el rey de
Castilla una segunda, la más notable de las dos por haber dado origen á
uno de los libros de mayor interés geográfico que produjo la Edad Media:
el _Itinerario de Rui González de Clavijo_.
Dicho hidalgo, natural de Madrid, emprendió en compañía de otro
caballero y de un fraile el viaje á la corte de Tamorlán, saliendo de
España en Mayo de 1403, para volver en Marzo de 1406.
Relata Clavijo ingenuamente en su libro la penosa navegación por el
Mediterráneo, tan abundante en tempestades y agresiones de piratas para
los pobres buques de aquella época; la visita á Bizancio y sus
innumerables iglesias; la marcha larguísima por montes y valles á través
del continente asiático hasta llegar á Samarcanda, donde encontraron á
Timur. Describe las vestiduras y costumbres del fiero conquistador, las
ceremonias de su corte, que sólo de tarde en tarde vivía bajo techo,
pasando la mayor parte del tiempo en campamentos más grandes que
ciudades, y las bárbaras comilongas de unos guerreros de apetito
insaciable, que preferían la carne de caballo, devorándola en cantidades
inauditas.
Cuando llegó Clavijo á Samarcanda ya había sometido Timur á Delhi,
avanzando hasta el Ganges, luego de derrotar á cuantos príncipes indos
pretendieron impedir sus conquistas. En estas guerras, los monarcas de
la India habían hecho marchar contra su caballería tropas de elefantes.
Timur, viendo inquietos á sus guerreros por tal novedad, les aconsejó
dos medios agresivos: hacer gran estrépito con alaridos y choque de
armas para infundir espanto á dichos animales, y en el momento del
encuentro partirles de un golpe de cimitarra la punta de la trompa, lo
más carnoso y sensible de su cuerpo. Esta táctica dió por resultado la
fuga de los elefantes á través de los guerreros indos, poniéndolos en
dispersión.
Trajo el vencedor á Samarcanda como testimonios de victoria muchos
elefantes, y Clavijo relata sus particularidades, por ser entonces poco
conocidos en Occidente y atribuírseles un sinnúmero de cosas fabulosas.
El hidalgo castellano designa á los elefantes con el nombre de
«marfiles», y cuenta cómo el «marfil» va á la guerra llevando en el lomo
una torre repleta de flecheros, cómo si recibe una herida grave cura de
ella siempre que le dejen de noche á la intemperie, ó muere si lo meten
bajo techado, con otras historietas inverosímiles y á la vez curiosas,
que demuestran la credulidad y el candor geográfico de aquellos tiempos.
Tuvo que volverse á toda prisa la embajada de Castilla por haber
ocurrido repentinamente la muerte de Tamorlán, cuando se preparaba á
invadir el Imperio chino, empezando las disensiones entre sus herederos.
Pero Clavijo logró conversar repetidas veces con el célebre devastador,
dando origen tales pláticas á varias anécdotas que luego se contaron en
España para halago de la vanidad nacional.
«El Tamorlán--dice un antiguo autor español--tenía un anillo con una
piedra de tal propiedad, que si alguno decía mentira en su presencia la
piedra mudaba de color; y teniendo Rui González de Clavijo noticias de
este anillo, hablaba al Tamorlán muchas cosas de la grandeza de España
por metáforas, y como lo que le decía era verdad y el Tamorlán veía la
piedra en su verdadero color, admirábase de las cosas que oía.
»Entre otras, refiere Clavijo haberle dicho que el rey de Castilla, su
señor, tenía tres vasallos de tal linaje, que traían á la guerra seis
mil caballeros de espuela dorada; esto era por los maestres de Santiago,
Alcántara y Calatrava. Que tenía una puente de cuarenta millas en largo,
sobre la cual pacían doscientas mil cabezas de ganado, refiriéndose al
espacio de tierra que hay donde se esconde el río Guadiana hasta el
lugar donde torna á aparecer. Que tenía una villa cercada de fuego y
armada sobre agua, por la villa de Madrid, abundosa en fuentes y cercada
de un muro de pedernales.»
Y así continuaba el embajador castellano sus «metáforas», sin que Timur
viese en su anillo el color turbio de la mentira.
Después de muerto, las disensiones entre sus herederos favorecieron la
guerra de reconquista emprendida por los príncipes indos. Delhi volvió á
ser de sus primitivos monarcas; pero un nieto de Timur, que había
heredado su talento militar, inició una ofensiva contra aquéllos,
obteniendo asombrosas victorias.
De este modo empezó el período de los Grandes Mogoles, cuya celebridad
fué á la vez odiosa y brillante, por abundar en su dinastía acciones
crueles y habilidades notorias para el engrandecimiento del Imperio.
Ningún soberano llegó á poseer riquezas comparables á las de los
primeros Grandes Mogoles. Estos emperadores mahometanos acumularon todos
los tesoros de Asia, lo que les permitió construir sus maravillosos
alcázares, que son aún el ornato principal de la India del Norte.
Impulsados por su espíritu conquistador á llevar la guerra á través de
la península indostánica, desde Cachemira á Golconda, gustaron de vivir,
como su ascendiente Timur, en campamentos movibles que tenían apariencia
de ciudades populosas, rodeados de un fausto desconocido hasta entonces.
Tres palacios de madera, que se armaban y desarmaban con toda facilidad,
servían de vivienda al Gran Mogol en sus excursiones. Cada uno de tales
edificios era transportado por doscientos camellos y cincuenta
elefantes, marchando los tres convoyes con el intervalo de un día, para
que de este modo el emperador encontrase siempre un palacio armado, al
cerrar la noche, esperando su llegada. La artillería iba delante y á
continuación los camellos cargados con el Tesoro imperial. Cien de estos
animales llevaban las rupias de oro y doscientos las rupias de plata.
Detrás del Tesoro pasaban jaurías de perros y panteras domesticadas para
la caza de gacelas y ciervos, así como numerosos toros amaestrados para
batirse con el tigre. Ochenta camellos, treinta elefantes y veinte
carros servían para el transporte de los libros de cuentas y archivos
del Imperio. El agua del Ganges para uso de la comitiva imperial la
transportaban cincuenta camellos, y otros cincuenta las provisiones de
boca para sólo un día. Cien cocineros cabalgaban en el regio cortejo, y
cada uno de ellos estaba encargado de preparar un plato único ó un
postre. El guardarropa ocupaba cincuenta camellos y cien carros. Treinta
elefantes llevaban solamente á cuestas joyas y armas. Estas últimas eran
sables y yataganes de rica labor, que el Gran Mogol regalaba á los
principales jefes de su ejército á guisa de condecoraciones.
A la cabeza de la artillería y el bagaje, marchaban como vanguardia dos
mil zapadores para arreglar los caminos, y otros dos mil á la cola de la
enorme columna encargados de borrar las huellas de elefantes, camellos y
carromatos. Treinta mil jinetes y diez mil infantes componían la escolta
del Gran Mogol. La retaguardia era una muchedumbre de habitantes de las
ciudades que seguían al soberano en sus viajes, y domésticos encargados
de cuidar los elefantes, camellos y corceles de los señores de la corte.
Se escogía siempre para establecer el campo alguna llanura extensa,
quedando en el centro uno de los palacios movibles del emperador,
rodeado de las tiendas de los magnates, que formaban calles en torno de
él.
Costaban estos viajes sumas inauditas, mas el Gran Mogol podía realizar
cuantos caprichos se le ocurriesen. Los tributos de los veintiún
gobiernos sometidos á su autoridad proporcionaban, todavía en el siglo
XVIII, mil millones de francos oro, lo que representaría hoy, en el
mismo metal, una suma ocho ó diez veces mayor. Sus tesoros se componían
de enormes masas de oro y plata, procedentes de sus minas. Nadie tuvo en
su poder veneros tan preciosos. El célebre diamante encontrado en
Golconda en 1550, que lleva el nombre de «Gran Mogol», fué llevado á
Delhi por un caudillo de dicho país que era su tributario. Poseyeron
montones de diamantes, todos de primera calidad, y no sabiendo qué hacer
de tantas perlas, esmeraldas y rubíes, las incrustaron en los muebles de
sus palacios, las cosieron á los cortinajes, adornaron con ellas sus
vestiduras, compuestas de las más ricas estofas.
El adorno más famoso del palacio de Delhi fué un trono de oro macizo,
llamado del «Pavo Real». Tavernier, audaz comerciante de pedrerías, que
corrió gran parte de Asia en el siglo XVII, vió este trono, así como
otras riquezas del Gran Mogol. Su calidad de experto le hizo ser bien
recibido por estos monarcas que poseían las mejores joyas de la tierra.
Tenían además siete tronos secundarios, unos ornados solamente de
diamantes, otros de diamantes con rubíes, otros de esmeraldas, de
perlas, etc. Oportuno es recordar que los tronos orientales son muy
anchos, en forma de sofá, para que el soberano pueda sentarse en ellos
con las piernas cruzadas.
Era el trono del Pavo Real el más grande de todos. Tenía un dosel
cubierto de perlas y diamantes. Sobre su remate habían colocado un pavo
real de oro macizo, cubierto de piedras preciosas, llevando en su pecho
un gran rubí, del que descendía, balanceándose, una perla de cincuenta
quilates. Cuando el Gran Mogol tomaba asiento en dicho trono, colocaban
ante su rostro una enorme joya transparente, para que su brillo le
acariciase los ojos. Doce columnas incrustadas de perlas sostenían el
dosel. Otras veces adornaban dicho trono con un loro de esmeraldas, de
tamaño natural.
Para explicarse el origen de un amontonamiento tan inaudito de tesoros,
hay que pensar que los herederos de Timur robaron durante dos siglos á
todos los príncipes de la India, despojando además á los templos
induístas de cuantas joyas ornaban sus imágenes. Los reyes de Bidjapur y
de Golconda, países famosos por sus riquezas, no pudiendo hacer frente á
los Grandes Mogoles, compraban la paz entregándoles sus tesoros
guardados y los productos anuales de sus minas. Los gobernadores de
provincias y los jefes de ejército, enriquecidos por la rapiña, nunca se
presentaban en la corte sin llevar por delante presentes valiosísimos.
Como todos los grandes Imperios de la Historia, el de los Grandes
Mogoles tuvo una larga y triste agonía. En 1730, Nadir Schah, rey de
Persia, invadió la Rajputana, avanzando sin resistencia hasta los muros
de Delhi.
El ejército del Gran Mogol intentó oponerse, pero ya no era el de los
nietos de Timar. En un momento fué batido, y Nadir entró triunfante en
la capital al frente de sus soldados. Delhi ha conocido las matanzas más
enormes de la India. El vencedor persa repitió las terribles hazañas de
Tamorlán. En los primeros días respetó á los vencidos. Luego se
arrepintió, ordenando el degüello de éstos.