Cuando aparece éste, las dos filas de paquidermos doblan sus patas

delanteras y el majestuoso portador del diente pasa ante sus compañeros

arrodillados. Luego los elefantes se levantan para unirse á la

procesión, y ésta se dirige á las afueras de Kandy, donde se ha elevado

como templo provisional una tienda de campaña de más de ochenta metros

cuadrados. Allí se abren las tres últimas arquillas y se expone sobre un

altar el ramillete de oro con la reliquia de Buda. Las fiestas duran

varios días y el santo recuerdo vuelve otra vez á su encierro, para no

resurgir en mucho tiempo.

Antes de la dominación europea, dicha ceremonia se celebraba todos los

años, siendo un motivo de gloria y de riqueza para Kandy. Ahora es menos

frecuente, y los cingaleses que han pasado por la escuela inglesa y leen

los periódicos del país hasta empiezan á dudar un poco de la

autenticidad de este hueso.

Parece indiscutible que el primer diente de Buda fué destruido por los

portugueses. El arzobispo de Goa no podía dormir tranquilo pensando que

en Ceilán, posesión lusitana, los habitantes rendían honores divinos á

una reliquia no católica. Esto ocurrió en el siglo XVI, cuando la

Inquisición era más poderosa, así en Portugal como en España.

El diente de Buda fué arrebatado á viva fuerza por los soldados

portugueses, obedeciendo las órdenes del mencionado arzobispo, á pesar

de las súplicas y llantos de la muchedumbre. Luego lo quemaron en la

plaza pública y lo machacaron á martillazos, aventando su polvo.

En aquellos tiempos, portugueses y españoles colonizaban así. Fué

defecto de la época más que de los pueblos, pues las otras naciones de

entonces no procedían con un espíritu de mayor libertad.

La existencia actual del diente de Buda y la continuación de su culto

demuestran la poca eficacia de las medidas violentas en asuntos de fe.

Cuando los portugueses fueron expulsados de Ceilán, un rey cingalés

devolvió á Kandy el diente sagrado. Abundan las explicaciones de dicha

restitución. Unos afirman que antes de la llegada de los comisarios del

arzobispo habían ocultado el diente los bonzos, colocando en su lugar

otro falso. Ciertos sacerdotes maliciosos insinúan que los nababs del

país sobornaron al gobernador con una suma enorme para que fingiese la

destrucción de la reliquia.

Una mayoría de cingaleses devotos ríen del arzobispo portugués como de

un vencido, y repiten que el diente de Buda nunca pudo ser quemado,

nunca pudo ser roto, á pesar de los esfuerzos de los inquisidores.

Se salvó milagrosamente, lo mismo que cuando se mantuvo oculto en el

yunque, burlándose de los bracmanes, y así continuará existiendo por los

siglos de los siglos en su monasterio de Kandy.

Los ingleses se marcharán algún día de la isla, como se marcharon los

portugueses y los holandeses; y mientras tanto, la reliquia seguirá

inmóvil y adorada dentro de sus siete pagoditas de oro superpuestas.

VI

LA OPULENTA BOMBAY

Los portugueses en la costa de Malabar.--Alburquerque y sus

grandiosos proyectos.--Cómo los tesoros de la India entristecieron

durante un siglo á los reyes de España, dueños de América.--La

vieja ciudad de Goa y el cuerpo de San Francisco Javier.--Modo de

hacer dinero usado por el gobernador de Goa.--Bombay vendido á los

ingleses por diez libras al año, que nunca fueron pagadas.--Las

castas de Bombay.--Los mercaderes opulentos de sus bazares.--El

gran «krac» del algodón.--Las epidemias.--El «Mercado de los

ladrones».--Mujeres en jaulas y mahometanas que se afeitan.--Un

cónsul que acaba por ceder su casa á una inquilina más antigua

instalada en el jardín.

Navegamos por el mar de Ornar, ante las costas occidentales de la India,

que hace cuatro siglos sirvieron de escenario á una de las empresas más

audaces de la historia humana. Aquí desarrolló el pueblo portugués su

epopeya, cantada luego por Camoens en versos inmortales, gesta

ultramarina que únicamente puede compararse con los descubrimientos y

hazañas de los españoles en las Indias Occidentales.

Vemos en el horizonte montañas esfumadas que parecen neblinas, y estas

alturas evocan en nuestra memoria los lugares más célebres de la

conquista portuguesa. Pasamos ante Calicut, la metrópoli de la costa

llamada de Malabar, primer país indo descubierto por Vasco de Gama.

Los navegantes y soldados de Portugal tuvieron que luchar con pueblos de

vieja civilización. Algunos de los reyes indostánicos poseían marina

fuerte y ejércitos disciplinados. Además, los mareantes árabes, temiendo

perder sus mercados en la India con la llegada de los portugueses,

prestaron valiosa ayuda á los soberanos del país. Y sin embargo,

salieron vencedores aquéllos de los más desiguales combates, acabando

por sojuzgar una gran parte de la península indostánica. Sus galeones se

batieron solos muchas veces contra toda una flota de buques indos y

árabes; sus reducidas tropas de desembarco hicieron frente á ejércitos

de majestad teatral, con lorigas doradas y cascos incrustados de piedras

preciosas. Vencieron á rajás que iban á la guerra con aparato de dioses,

lanzando sobre el invasor jaurías de tigres desencadenados, manadas

arrolladoras de elefantes.

Esta epopeya lusitana tuvo un héroe, el famoso Alburquerque, grande por

sus condiciones de capitán y por las virtudes de su carácter. En nuestra

historia, únicamente Hernán Cortés puede ser comparado con él. Su mirada

certera supo desentrañar el porvenir con tres siglos de anticipación. Se

apoderó de Malaca, adivinando en ella la puerta del Extremo Oriente,

presintiendo la importancia del actual Singapore.

Tuvo en sus proyectos la audacia desconcertante del genio. Los soldanes

de Egipto, monopolizadores del tráfico por tierra con la India, se

irritaron al ver que los portugueses, siguiendo el contorno del

continente africano, habían encontrado una nueva ruta para ir en busca

de la especiería asiática. Por esto apoyaron á los príncipes indos en su

resistencia, enviando flotas contra los lusitanos.

Alburquerque las desbarató, entrando después con sus naves en el mar

Rojo, que era entonces un camino sin salida, para hacer la guerra á los

soldanes en sus propios dominios. Ningún caudillo célebre, desde

Alejandro á Napoleón, ha osado imaginar un proyecto como el de

Alburquerque. Quiso desembarcar en la costa del Sudán, y avanzando hasta

donde existe ahora Kartum, torcer, de acuerdo con el emperador de

Abisinia, la corriente del Nilo, para que se perdiese en el mar Rojo.

Este intento, horriblemente audaz, pensado después por otros guerreros,

representaba la muerte instantánea del Egipto, la sequía absoluta, el

aniquilamiento de un país que sólo vive de las dos fajas de aluvión que

el río bienhechor refresca con sus sangrías. Su segundo propósito era

hacer un desembarco en la orilla opuesta del mar Rojo, frente á la Meca

y Medina, incendiar las dos ciudades santas, destruir la famosa Caaba y

llevarse el cadáver de Mahoma para pasearlo por Europa, con lo cual

infligiría un tremendo golpe al fanatismo musulmán, tan temible en

aquellos tiempos.

Vencido Alburquerque por los años y por la ingratitud de su rey, no pudo

ejecutar estos magnos proyectos; pero aún tuvo Portugal en sus

posesiones de la India otros capitanes gloriosos. A semejanza de los de

la conquista española en América, parecen secundarios estos caudillos si

se les compara con sus mayores, pero de haber actuado solos en otro

país, su historia resultaría inaudita.

Los tesoros indostánicos fueron durante medio siglo un motivo de

tristeza y celos para los reyes de España. Fondeaban en el río de Lisboa

las naves llegadas de la India, con cargamentos de perlas, oro, marfil,

sederías, especias, todo el esplendor de Oriente, tal como lo describían

los libros santos al hablar de las flotas legendarias del rey Salomón.

Aún no habían empezado las llamadas Indias Occidentales á dar el

producto de sus minas. El oro de Méjico y el Perú se mantenía oculto en

el misterio de la tierra, y los conquistadores españoles no habían

encontrado otras riquezas que las del botín guerrero al apoderarse de

los Imperios de aztecas é incas. Fué casi un siglo después cuando empezó

normalmente la exportación de la minería americana. Durante el período

de mayor florecimiento de Portugal, cuando toda flota llegada al Tajo

parecía venir de un país fabuloso, España, poseedora de la mayor parte

de América, sólo recibía magros productos de sus conquistas,

despojándose en cambio de lo mejor de su raza para enviarlo al otro lado

del mar.

No echó Portugal en la India las profundas raíces que España en América.

Un siglo después de la gran conquista asiática, se vió arrebatar por los

holandeses lo más rico de su dominio indostánico. Hoy, de todo el vasto

Imperio descubierto por Vasco de Gama y dominado por Alburquerque y

Almeida, sólo conserva la ciudad de Goa y dos pueblos costeros de vida

lánguida.

Pasamos ante Goa, metrópoli católica, que sólo data de cuatrocientos

años y tiene un ambiente de antigüedad semejante al de las capitales

indostánicas que cuentan docenas de siglos. Para los católicos de la

India, insignificantes en número si se les compara con brahmanistas y

mahometanos, pero que de todos modos ascienden á algunos millones, Goa

es la ciudad santa, como Benarés lo es para induístas y budistas y Delhi

para los musulmanes.

De su pasado esplendor sólo guarda la importancia religiosa. El

arzobispo de Goa es el primado de toda Asia, y en torno á su vieja

catedral vegeta un clero de tez obscura, canónigos, beneficiados,

seminaristas. Todos los naturales de la ciudad son fervorosos católicos

y esparcen su fe por la India.

El indígena de Goa resulta superior por su aspecto y sus costumbres á

los otros indostánicos de clase popular. Recibe en las escuelas una

educación ceremoniosa y extremadamente amable, que recuerda la cortesía

de los antiguos hidalgos portugueses. Se acostumbra desde niño á llevar

zapatos, viste á la europea, y es preferido en Bombay y otras ciudades

para ocupar empleos inferiores en las oficinas públicas ó para mayordomo

de casa rica. En todos los grandes hoteles de Bombay y en los comedores

de los trenes, los domésticos más importantes son mestizos de Goa, que

se titulan «portugueses» con cierta vanidad. Todos ellos, al

preguntarles por su país, hablan de San Francisco Javier. El cuerpo del

célebre misionero es apreciado como lo más importante de la ciudad.

Muerto en una isla portuguesa de la bahía de Hong-Kong, lo trajeron á

Goa, y ocupa una de las capillas de su catedral.

Este templo, de mediocre arquitectura, se enorgullece de poseer la tumba

del andariego evangelizador. La costeó un gran duque de Toscana y es un

monumento de más riqueza que buen gusto.

Viven en la costa occidental de la India casi todos los católicos

indostánicos, dedicados los más á la pesca y la navegación de cabotaje.

El apóstol Francisco Javier es el santo más adorado é implorado por

ellos. Un portugués, antiguo vecino de Goa, me cuenta que hasta hace

poco tiempo se valían de él los gobernadores de la colonia para salir de

apuros monetarios. Cuando les eran precisos nuevos ingresos para la vida

de la ciudad, anunciaban que el cuerpo del misionero español iba á ser

expuesto á la adoración de los fieles, y esto bastaba para que miles y

miles de indostánicos, católicos á su modo, acudiesen en peregrinación

de diversas ciudades de la costa, reanimándose los negocios de la

capital durante los meses que permanecía visible el santo cadáver.

Bombay también fué fundada por los portugueses. Era una factoría

establecida al Sur de la llamada isla de Salsette. Al recobrar Portugal

su independencia separándose de España, en tiempos de Felipe IV,

necesitaron sus gobernantes buscar alianzas poderosas que les

defendiesen de una posible reconquista de los españoles, y para

conseguirlo se valieron del matrimonio, casando á doña Catalina de

Braganza con Carlos II, rey de Inglaterra.

Uno de los bienes que la portuguesa llevó en dote fué la naciente

colonia de Bombay. Su regio marido entregó la ciudad á la Compañía de

las Indias con la obligación de pagar todos los años un censo de diez

libras, cantidad insignificante, consignada únicamente para perpetuar

los derechos de doña Catalina sobre la isla. Inútil es decir que los

ingleses se quedaron para siempre con Bombay y ni una sola vez pagaron

las diez libras.

En toda la India es la población de mayor actividad mercantil y riquezas

más enormes. Sólo cuenta Bombay cien mil habitantes menos que Calcuta,

lo que la da categoría de tercera población del Imperio británico, y su

prosperidad resulta superior á la de la capital de Bengala. Dominan en

ella el mercader y el rico. Los príncipes indos que gobiernan

aparentemente las provincias del interior y los nababs de extensas

propiedades gustan de Bombay y tienen en ella sus palacios. Cansados del

lujo indostánico de sus viviendas solariegas, se hacen construir en esta

ciudad edificios que son copias de los de Londres, y llenan sus salones

de muebles costosos con tal abundancia, que parecen de un mercader de

antigüedades. Esta decoración exuberante es sólo para que la admiren las

visitas. Los propietarios, cuando nadie puede sorprenderles, viven en

la parte más modesta y oculta de su lujoso edificio.

Son más numerosos en el vecindario de Bombay los brahmanistas que los

musulmanes, quedando comprendidos en aquéllos todos los devotos de las

numerosas y opuestas sectas del llamado induísmo, que reconocen el

sistema de castas y la supremacía de los bracmanes.

A pesar de la influencia inglesa, persiste aquí, más que en el resto de

la India, la división en castas. Los bracmanes se mantienen separados de

sus compatriotas, y marchan solos, con majestuosa altivez, vestidos de

blanco y tocados con pesado turbante. Su alimento es estrictamente

vegetal, y consideran un oprobio el uso del tabaco y el alcohol. Los

_purbus_, casta inmediatamente inferior, ocupan por su actividad y su

honradez todos los empleos en las aduanas y las oficinas

administrativas, así como en los Bancos y demás establecimientos

comerciales. Se les reconoce por su turbante de un abultamiento

exagerado. Algunos de ellos llegaron á posiciones muy elevadas,

reuniendo fortunas cuantiosas. Uno fué miembro del Consejo de gobierno y

tiene estatua en Bombay. La casta de los _kayeths_, ó sea de los

escribanos, viene después. Son pequeños de cuerpo, débiles, con los

rasgos fisonómicos muy finos, y gozan reputación de inteligentes,

astutos y tramposos, igual á la de los leguleyos de Occidente. En Bombay

han sido repelidos por los _purbus_, que ocupan ahora sus empleos cerca

de los ingleses, pero fuera de la ciudad y en gran parte de la India

siguen gozando enorme influencia sobre el populacho, por su conocimiento

de las leyes y porque saben leer y escribir en varios idiomas.

Entre los indígenas que pueblan la isla de Salsette, los más influyentes

son los mercaderes, procedentes en su mayoría de Guzarate. Unidos á

todas horas por la solidaridad de sus intereses, forman una corporación

omnipotente. Se encuentran entre ellos los especuladores de algodones y

tejidos indostánicos, materias que han dado al comercio de Bombay enorme

importancia.

Los bazares revelan en seguida su opulencia á un observador atento. Las

tiendas, repletas de toda especie de géneros asiáticos, no son distintas

de las que existen en otros bazares de Oriente. Sólo se nota en ellas

mayor abundancia de géneros. Lo extraordinario de los bazares de Bombay

se encuentra en ciertas calles que no tienen almacenes y más bien

parecen galerías de un vasto café. Ante la puerta de todas sus casas hay

un tabladillo cubierto de tapices, y sobre dicho estrado tres divanes

con forros color de perla, siempre limpios. Gran número de mercaderes,

obesos los más de ellos, con turbante y larga túnica, ó vestidos de

blanco, á la europea, con guerrera de botones de oro y en la cabeza un

gorrito negro, hablan, fuman, beben refrescos perfumados con flores,

mientras otros circulan, de tertulia en tertulia, comunicando noticias.

Aquí está el alto comercio de Bombay, el mercado indígena, en perpetuo

contacto con la _Cité_ de Londres. Muchos de estos negociantes, que

tienen su tabladillo en el bazar, como los mercaderes de los cuentos

árabes, reciben saludos de profundo respeto cuando entran en los

palacios góticos donde están las sucursales de los primeros Bancos de la

tierra.

Bombay ha sufrido hondas crisis comerciales, lo mismo que las metrópolis

de la América del Norte y del Sur, crecidas de convulsión en convulsión,

arruinándose estrepitosamente, para ser más ricas años después.

Cuando los Estados Unidos se vieron amenazados de muerte á causa de la

guerra civil entre las provincias del Norte y del Sur, quedó Europa sin

uno de los elementos más necesarios para su vida industrial: el algodón.

Comprendieron los indostánicos la importancia de este momento,

dedicándose con enérgica actividad á producir un artículo tan necesario

para el alimento de las manufacturas de Inglaterra, y el depósito de

todos los algodones del país fué Bombay, creando tal monopolio en poco

tiempo fortunas prodigiosas. Además, los indígenas, arrastrados por la

locura de especulación que mostraban los blancos, desenterraron sus

tesoros, guardados improductivamente durante siglos, y Bombay se mostró

desbordante de dinero.

El algodón no fué al fin más que un pretexto para especulaciones

quiméricas. Todos los días se fundaba una Sociedad por acciones con

capitales extravagantes. Más de setenta Bancos fueron establecidos en

pocos meses. Bombay se dedicó en masa á comprar y vender acciones,

siendo éstas muchas veces simples pedazos de papel sin fundamento alguno

en la realidad. Hasta las damas indostánicas y europeas, al pasear por

la orilla del puerto, hablaban acaloradamente en sus carruajes de las

fluctuaciones de la Bolsa. Domésticos y obreros llevaban sus ahorros á

los especuladores para que los hiciesen prosperar.

Fué en los años 1864 y 1865 el período culminante de esta locura. Todos

contaban con que la guerra de Secesión de los Estados Unidos duraría

indefinidamente; y cuando el Norte dió fin á esta lucha venciendo al

Sur, todos los Bancos nuevos de Bombay quebraron al mismo tiempo, siendo

general la ruina. Desde entonces, la ciudad ha ido reponiéndose,

llegando finalmente á ser la metrópoli comercial de la India gracias á

procedimientos más sensatos y prudentes.

También es la ciudad de las grandes epidemias. ¿Quién no ha oído hablar

de las mortandades que el cólera y la peste bubónica causaron en las

muchedumbres de Bombay?... Los relatos de algunos viajeros estremecen, á

pesar de su laconismo, cuando describen las noches de Bombay en plena

epidemia, con un cielo rojo de aurora boreal. Este resplandor de sangre

en el horizonte era el reflejo de numerosas hogueras que iban

consumiendo los cadáveres de los apestados.

En el momento que lo visitamos no está amenazado por ninguna de estas

calamidades, pero viendo los barrios donde vive el pueblo se adivina lo

que puede ser aquí una epidemia.

Las calles más importantes, cercanas á la orilla del mar, tienen un

aspecto monumental, superior al de Calcuta. Los Bancos han construído

palacios á la americana ó imitando el gótico negruzco de Londres.

Potentados indos y parsis legaron á la ciudad cuantiosas sumas para la

construcción de escuelas y hospitales. En algunas plazas hay estatuas de

benefactores públicos vestidos á lo indostánico.

Son visibles en este Bombay europeo la limpieza y el orden. Hasta causa

extrañeza encontrar en sus amplias aceras gentes medio desnudas. También

se ven mujeres indígenas, con manto rojo de virgen y pulseras de metal,

subiendo ladrillos ó espuertas de yeso por los andamios de los edificios

en construcción. Pero estos detalles, que recuerdan el carácter indo de

la ciudad, parecen borrarse con la gran afluencia de gentes europeas ó

vestidas á la europea que circulan por sus avenidas modernas.

Es en los barrios populares donde se nota, más que en Calcuta, el

amontonamiento y el hervidero de la vida oriental. Tal vez se debe esto

á que en Bombay son muchos los musulmanes, y con su individualidad

violenta y sus costumbres más depravadas que las de los indos extreman

la fisonomía asiática de la ciudad.

Hay un barrio de bazares sórdidos, con tiendecitas que ofrecen los más

heteróclitos objetos, al que llaman «Mercado de los ladrones», por ser

procedentes de robos las más de las cosas que se venden en él. En otros

barrios de igual aspecto, los transeuntes habituales llevan oculto en la

faja un puñal corvo, y abundan peleas y muertes.

Las musulmanas, con el rostro más tapado que en ninguna ciudad de

Oriente, disimulan su cuerpo bajo tantas envolturas, que en vez de seres

humanos parecen fardos de ropa marchando solos. La celosa pasión del

indo mahometano ha impuesto sus exigencias á los cocheros de alquiler.

Todos guardan en su carruaje una pieza de tela colorinesca, y cuando

llevan damas mahometanas, á pesar de que éstas continúan ocultas bajo

sus múltiples vestimentas y mantos, colocan dicha cortina entre el

pescante y el borde de la capota, convirtiendo de este modo su vehículo

en harén ambulativo.

Esta ciudad, con tantos palacios principescos, Bancos poderosos, bazares

influyentes en los mercados del resto de la tierra, escuelas creadas por

la munificencia privada y misiones sostenidas por las diversas

agrupaciones del cristianismo, es al mismo tiempo un puerto de mar, el

primero de la India, y contiene las barriadas viciosas de todos los

grandes puertos, extremadas aquí por las singularidades de la vida

oriental.

Visitamos de noche algunas calles únicamente frecuentadas por los que

vienen de las provincias del interior y la marinería extranjera ó

indostánica. Vemos casas de japonesas y chinas, con músicas discordantes

y guirnaldas de farolillos. Entramos en varias salas de concierto,

llenas de mujeres pintarrajeadas y con mesas de juego. Luego nos

asomamos á un antro mal alumbrado, que es un burdel del país. Las

mujeres viven en jaulas, en verdaderas jaulas de fiera, con gruesos

barrotes y una cerradura, cuya llave recibe el cliente después de haber

pagado al dueño del cubil. Tal encierro lo juzgan necesario para que las

pobres indostánicas no huyan, volviendo á su país, de donde tal vez las

trajeron con engaño. Dentro de la jaula sólo existe un tapiz

deshilachado, y los acoplamientos se realizan sobre el duro suelo: una

cópula de fieras, en armonía con los barrotes del jaulón.

Vemos en otras calles hembras musulmanas, pero con el rostro

descubierto, lo que resulta inexplicable. Estas mujeres se muestran

libremente en las puertas de sus casas, ó pasean ante ellas con

movimientos exagerados de feminidad. Tienen la voz un poco ronca. A

algunas de ellas se les nota á través del colorete de sus mejillas la

sombra azulada de una barba algo fuerte. Al fin nos enteramos de que son

hombres, jóvenes musulmanes vestidos de mujer, que sólo reciben la

visita de sus correligionarios.

Considera el mahometismo indostánico pecado grave que los creyentes

puedan tener hijos con mujeres que no sean de su religión y su tribu. Y

para evitarlo, cuando vienen á Bombay para sus negocios, frecuentan

estas calles, de las que nos alejamos nosotros con apresuramiento para

no ver más.

También es Bombay, entre todas las ciudades indostánicas, la más

abundante en encantadores de reptiles. Aquí se celebra la fiesta anual,

ya descrita, en honor de Krisnah, el matador de la gran pitón, con el

aparato de una gran solemnidad religiosa.

El viajero que llega de Europa, al desembarcar en Bombay encuentra al

término de la escalinata de honor, construída para los virreyes, gran

número de muchachos que le reciben enseñando con ambas manos toda su

colección de _najas_ cabezudas ó serpientes delgadas y verdes. Algunas

veces las dejan en el suelo para que bajen de escalón en escalón al

encuentro del recién llegado.

Mi amigo Laguardia, cónsul de España, que vive aquí varios años, me

cuenta por qué tuvo que abandonar en los alrededores de Bombay una casa

con hermoso jardín que había alquilado para los meses veraniegos. A los

pocos días de estar en ella vió á uno de sus niños inmóvil en el jardín,

mirando fijamente una especie de pequeño tronco erguido entre las

flores. Era una cobra.

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 3/3 · 第 6 / 26 段