respeto á las costumbres, pero lo que desean verdaderamente es que el
indígena no se aficione á usar zapatos. Si los trescientos millones de
indostánicos se calzasen, no quedarían suela ni cuero en el país para
hacer envíos á las Islas Británicas. Y entre que lleven zapatos los
vecinos de Londres ó los súbditos de la India, resuelven la cuestión
afirmando que el indostánico sólo puede vivir descalzo y es preciso
respetar sus aficiones.
V
POR EL INTERIOR DE CEILAN
Mujeres que trabajan en los caminos.--Los campos bajos de
Ceilán.--Plantaciones de té y de canela.--Una boa junto al
automóvil.--Jardín zoológico sin jaulas.--Tigre real sobre el
camino.--La vegetación de las montañas.--Elefantes que
aran.--Nuestro encuentro con uno de ellos, asustado por el
automóvil.--Actuación militar de los elefantes.--Los maravillosos
jardines de Peradenya.--El lago de Kandy.--Templo del Diente de
Buda.--Procesión de elefantes con la divina reliquia.--El arzobispo
de Goa, la Inquisición portuguesa y el diente sagrado.--Ineficacia
de las medidas violentas contra la fe.
En las inmediaciones de Colombo tienen que ser reparados frecuentemente
los caminos de tierra roja y suelta, ejecutando mujeres dicho trabajo.
Ninguna de ellas es de Ceilán. Las hembras de la isla procuran imitar la
existencia perezosa de sus hombres. No quiere decir esto que los
cingaleses viven todo el año alejados del trabajo, pero procuran
evitarlo cuanto pueden, y esta tierra fértil, de una germinación rápida
y generosa, no exige grandes fatigas para ser explotada. La mujer ayuda
algunas veces al hombre en sus ocupaciones, pero se esfuerza menos que
él.
Son hembras de la península indostánica, casi siempre de la Presidencia
de Madrás, las que vienen contratadas para las obras públicas, en calles
y caminos.
Vamos á visitar Kandy, ciudad veraniega del gobernador de la isla y de
los ricos, donde está el famoso monasterio guardador del diente de Buda.
Son cuatro horas de viaje en automóvil por la parte más hermosa de la
isla, y el regreso lo haremos en ferrocarril. Esta excursión nos
permitirá conocer la llanura, abundante en plantaciones de té y de
caucho; después la montaña, con sus arboledas gigantescas, y el famoso
jardín botánico de Peradenya, en las inmediaciones de Kandy.
Al salir de Ceilán pasamos entre un centenar de mujeres que trabajan
como peones camineros, recomponiendo unas avenidas de tierra carmesí,
con jardines á ambos lados y «villas» de color rosa. Las cingalesas, que
permanecen inactivas en las puertas de sus cabañas ó van al mercado en
esta hora matinal, se muestran medio desnudas, con la cabellera adornada
por una peineta menos vistosa que la de los hombres. En cambio, las
indostánicas de tierra firme, que manejan el pico, tiran del cilindro
apisonador ó llevan sobre la cabeza espuertas de yeso, van envueltas en
un velo desde la frente á las rodillas, llevan aros de metal blanco en
los tobillos y el tintineo de numerosas pulseras acompaña los
movimientos de sus brazos. Trabajan silenciosas, con gesto enfurruñado y
constante tenacidad. Causa cierta fatiga ver cómo ejecutan estos
trabajos hombrunos con vestiduras y adornos que dificultan sus
movimientos. Al extender un brazo, dejan visible todo un costado de su
tronco y la taza carnosa del pecho, algunas veces virginal. Cuando se
doblegan sobre la tierra, su cuerpo parece transparentarse con
indiscretos relieves á través de sus vestidos ligeros.
Viven como bestias de trabajo, y sin embargo, por sus envoltorios y sus
gestos tienen algo de mujeres de leyenda, mostrándose altivas y
misteriosas para los varones que pasan junto á ellas. Los cingaleses,
adornados como hembras, no atraerán nunca sus miradas. Estas jornaleras
de macizas ajorcas, cuando reúnen una pequeña dote trabajando en los
caminos de Ceilán, vuelven á Madrás ú otras provincias de la costa
oriental para casarse con un compatriota.
Nos damos cuenta, marchando por caminos siempre rojos, de lo que es la
vida campestre en Ceilán, mezcla de civilización europea y de costumbres
milenarias todavía vigorosas. En las plantaciones trabajan muchos
hombres, desnudos, sin más que un pañizuelo entre las piernas, guiando
parejas de pequeños búfalos. De vez en cuando surge la chimenea de una
máquina de vapor junto á las agujas blancas ó doradas de un templo
budista. En estos campos se cultiva el té de Ceilán y otro producto que
ha hecho famoso el nombre de la isla desde hace siglos: la canela.
Existen vastísimas extensiones plantadas de caneleros, ó más exactamente
«cinamomos cingaleses», árboles cuyas pequeñas ramas proporcionan el
oloroso producto. Los agricultores del país desistieron hace tiempo de
cultivar la quinina, para dedicarse en absoluto á la producción de la
famosa canela de Ceilán.
Algunas veces encontramos un caserón junto al camino, de cuyo interior
se escapan abejorreos infantiles, cánticos de voces delgadas y
chillonas. Es una escuela. La colonización británica se preocupa de
hacer aprender el inglés á los cingaleses é infundirles un respeto casi
supersticioso por el omnipotente personaje que ciñe la corona imperial
de las Indias, como si fuese Buda, Siva ó Mahoma. Muchos de los cánticos
escolares loan á la graciosa majestad que reside en Londres.
Otras plantaciones inmediatas al camino son de caucho, y sus
maquinarias, dirigidas por europeos ó mestizos, funcionan incesantemente
para convertir el zumo de dicho árbol en la materia sólida y elástica,
preciosa para la industria. Hay extensos arrozales, unos en amplia
laguna horizontal, otros en escalinata, como los de Java, y allí donde
el trabajo del hombre no ha modificado la fisonomía de la Naturaleza,
ésta se muestra con exuberancia y desorden. Las charcas ocultan sus
aguas, abundantes en prolífica vida verdosa, bajo apretados broqueles de
una vegetación de terciopelo obscuro. Grupos de helechos arborescentes,
de bambúes gigantescos, de cocoteros y palmas con penachos color de oro,
bordean nuestra ruta. A sus troncos y ramajes se agarran las plantas
trepadoras, lanzando bóvedas sobre un suelo eternamente verde, al que
sólo llega el sol en forma de gotas de luz.
Vuelan los cuervos en bandas sobre los prados ó se dejan caer en ellos,
cubriéndolos con una sábana negra y ondeante. Los búfalos, al descansar
sobre sus patas encogidas, mantienen en el lomo un pajarraco de esta
especie, que hunde el pico en su pelambrera, buscando los parásitos
incubados por la fecundidad tropical. Tiemblan las ramas de los árboles
y resuenan sus hojas con el estrépito de carreras invisibles. Poco
después, vemos descender por el tronco un lagarto de luenga cola, casi
del tamaño de un gato, con el lomo partido en dos filas de verrugas
negras y verdes.
Nuestro chófer indígena desvía de pronto su vehículo para evitar un
obstáculo que sólo él ha podido distinguir. Siguiendo sus indicaciones,
vemos la segunda mitad de una boa que debe tener cuatro metros de
longitud y cuya redondez de tronco viviente está cubierta por una piel
cuadriculada y tricolor. Este reptil extraordinario acaba de atravesar
el camino y continúa deslizándose por uno de sus lados. Durante algunos
segundos, marchan en igual dirección la boa y el automóvil. Puedo
observar el resbalamiento de la bestia sin ver su cabeza, que se hunde
en las ramas secas y en todos los obstáculos del suelo cortados por su
arrastre. La tierra parece abrirse ante el zigzag de su cuerpo. Al
avanzar levanta un susurro de hierbas dobladas, un crujir de hojas. De
pronto le infunde inquietud nuestra compañía, tuerce su marcha á la
izquierda, y remontando un pequeño ribazo, se pierde en la tupida
vegetación.
Por la otra orilla del camino han pasado al mismo tiempo varias mujeres
que llevan fardos ó vasijas sobre sus cabezas. No han hecho un gesto al
ver á la serpiente ó no se han tomado el trabajo de enterarse de su
presencia. La boa es una compañera de los habitantes del campo; no la
temen como á la cobra, que mata casi instantáneamente con su mordedura.
Sólo se atreve á enroscarse al hombre cuando lo encuentra dormido en la
selva, y le rompe los huesos con el estrujamiento de sus anillos, que
son su única arma agresiva.
Todas las viviendas, sueltas ó formando pueblos, tienen una columnata
anterior, adornada con vasos colgantes de flores, y entre columna y
columna vemos fuertes celosías hechas de una madera dura, casi tan
resistente como el metal. Gracias á estos obstáculos que impiden el
acceso á la casa y dejan pasar al mismo tiempo el aire de la noche á
través de sus pequeños agujeros, los cingaleses consiguen dormir seguros
y frescos en este país de calores sofocantes. Así no puede penetrar
hasta su cama la serpiente, animal de gustos domésticos, que se siente
atraída por la vivienda del hombre y acude á ella desde enormes
distancias. También el tigre ronda junto á las celosías, seducido por la
luz que filtran sus orificios, pero acaba por alejarse, creyendo tal
obstáculo más fuerte que sus garras.
Nos encontramos frente al tigre una hora después de habernos tropezado
con la boa. El gobierno de Ceilán ha construído en el camino de Kandy un
jardín zoológico como no existe otro en ninguna parte de la tierra.
Carece de edificios y los animales ignoran la estrechez de la jaula.
Considerables espacios de selva están limitados por una alambrada de
varios metros de altura, cuyos hilos metálicos tienen el grosor de un
dedo. En estos compartimentos que ocupan centenares de metros cuadrados
y carecen de techo, las fieras cingalesas saltan, corren, rugen, se
suben á los árboles con toda libertad, como si estuviesen en campo
libre.
Vemos muchos de estos animales sin abandonar nuestro camino. Los tigres,
al darse cuenta de que pasan viandantes, avanzan hacia el borde de aquél
con una cautela agresiva, preparándose para atacar, hasta que tropiezan
con el enrejado. Aunque esta alambrada es fuerte examinada de cerca,
parece mediocre desde lejos, al compararla con los árboles, los animales
y las rocas que pueden contemplarse á través de su tejido. Hasta se duda
de la existencia de dicho obstáculo, llegando en ciertos momentos á no
verlo.
Pasamos una revuelta, verdosa y sombría bajo la cúpula que forman varios
árboles al juntarse, y al otro lado de ella vemos de pronto un tigre
casi encima de nosotros: un animal majestuoso por su tamaño, la piel
rayada de blanco y oro, la cabeza tan enorme, que resulta en
desproporción con el resto de su cuerpo. Este tigre real descansa en el
brazo de un árbol de copa gigantesca, pero queda dentro de la red
metálica, que ahora nos parece tan insignificante como una telaraña.
Unos cuantos tigres más pequeños, indudablemente sus hijos, juguetean al
pie del tronco, semejante por su anchura á un torreón negro. El terrible
padre guarda la misma actitud de sus mocedades, cuando cazaba con toda
libertad al hombre en las selvas, poniéndose al acecho en lo alto de
los árboles para dejarse caer sobre los descuidados cingaleses.
Todos hemos visto tigres á través de los hierros de una jaula, animales
entumecidos por la estrechez del espacio y una forzosa inmovilidad.
Además, los hemos contemplado estando en el mismo plano. Aquí existe
frente á nosotros un tigre majestuoso, con toda la robustez de la vida
libre, y lo vemos de abajo á arriba, subido en un árbol, como un gato
que toma el sol en un alero, sin más obstáculo intermediario que una
especie de red que nos imaginamos fácil de saltar para una bestia de
patas vigorosas, lo que resulta un espectáculo nuevo y poco
tranquilizador.
El chófer ha detenido instintivamente su automóvil, interesado por dicha
aparición. No es suceso ordinario que un animal de talla tan enorme
abandone sus frondosidades predilectas para venir á curiosear en la
orilla del camino. Lo tenemos casi encima de nosotros. Hemos de echar
atrás nuestras cabezas para verle bien. La magnífica bestia deja caer de
las esmeraldas de sus ojos dos chispas verdosas sobre las presas
insolentes que la contemplan desde abajo. De tarde en tarde parpadea,
entreabre las quijadas para dar salida á un mudo bostezo, y vuelve á
mirarnos con despectiva fijeza. Sus pupilas color de mar tienen ahora
dos redondeles amarillos como monedas de oro. Indudablemente estos ojos
nos hablan:
--Miradme bien; aprovechad la ocasión. ¡Ay, si no existiese nada entre
nosotros!
Sé lo que pasaría en tal caso; echaríamos á correr, muertos de miedo.
Pero aun contando con el obstáculo que nos defiende, empezamos á
encontrar un poco largo este mutuo cruzamiento de miradas.
Permanecemos solos en medio del camino, sin saber dónde están los otros
automóviles que hacen el mismo viaje. El silencio de la selva nos
envuelve en su calma profunda, repleta de latidos misteriosos. Nos vemos
entre altas murallas de vegetación que sólo dejan filtrar redondeles de
sol. A los perfumes pimentosos de la flora tropical ha sucedido un hedor
de fiera. En el mismo plano que nosotros hay varios tigres. Unos son
cachorros. Los demás, que pueden llamarse adolescentes, vienen con la
insolencia ávida de la juventud á engañar sus uñas en el enrejado. Y
encima el padre, el terrible patriarca, que debe haber comido hombre
muchas veces, y nos contempla con un silencio peor que los rugidos, como
si estuviese tramando algo detrás de su aparente calma. ¡Vámonos! No hay
por qué seguir aquí.
Debe pensar lo mismo el chófer, y por esto pone su máquina en movimiento
al mismo tiempo que le doy la orden.
A partir de aquí, nuestro camino empieza á ascender con rapidez. Es un
continuo zigzag que escala las montañas, y muchas veces resulta
invisible algunos metros más allá á causa de las apretadas filas de
árboles que orlan sus flancos. Pasamos entre magnolieros y palmeras
empavesadas con penachos rojos y amarillos. Vemos los árboles que
producen el mango y la papaya, admirables frutas tropicales. Continuamos
subiendo. El aire es más fresco, y flotan ahora en sus vivas ondas
olores de musgo y de pequeñas flores de montaña: un perfume igual al de
las cumbres de los Alpes.
Corre el agua bajo bóvedas de lianas. En los recovecos de los barrancos
se aglomeran árboles gigantes disputándose el suelo y el aire. Los
banianos multiplicadores alinean las columnatas de sus troncos, como
edificios ruinosos invadidos en su parte alta por vegetaciones
parásitas, y al amparo de ellos ondean los helechos sus plumas temblonas
de jugoso verde. Hay árboles de ébano, y las orquídeas asoman sus
colores entre las hojas como pájaros inmóviles.
Un entrecruzamiento de lianas y ramajes sólo deja visible el camino á
corta distancia. De pronto una sucesión de árboles derribados abre
espacios libres, radiantes de luz solar. Luego se restablece la penumbra
verdosa, impregnada de olor de pimienta y otros perfumes calientes.
Los montañeses de Ceilán emplean el elefante para sus trabajos
agrícolas. Lo vemos ir y venir por algunos campos talados en la selva,
llevando sobre su testuz un hombre de carnes cobrizas y calzoncillo
blanco, que guía sus movimientos. Unas cadenas penden de sus flancos, y
á ellas se engancha el arado, que dirige otro indígena igualmente
semidesnudo.
Encontramos hermosos mocetones de cabeza rapada, que no tienen el
aspecto afeminado de los cingaleses de Colombo. Rezuma agua la montaña
por todas sus oquedades. Las rocas parecen temblar á causa del chorreo
sutil y claro que barniza incesantemente sus aristas y superficies.
Algunos de estos montañeses se bañan junto al camino, hundiendo sus
cubos en las fuentes y echándose el líquido por la cabeza. Las señoras
que ocupan los automóviles vuelven su cara á otro lado y fingen
distracción cuando, al pasar un recodo del camino, tropiezan sus ojos
con la desnudez integral de estos Adanes.
Nuestro carruaje tiene que cortar su marcha bruscamente para no
estrellarse contra varios elefantes que, terminada su labor, vuelven al
establo. Son animales de color pizarra, con rojizas costras de suciedad;
bestias de trabajo, con los colmillos cortados, sin el aspecto
inteligente de sus congéneres que viven en las ciudades. Al pasar junto
á nosotros me fijo en sus orejas, abiertas como abanicos, cuyo interior
es de rosa pálido veteado por redes de venas negras.
Nos detenemos en plena subida, junto á la cabaña de un mocetón que debe
ser musulmán. No quiere acercarse á su vivienda; nos habla de lejos, á
causa de su desnudez. Está junto al tazón rocoso de una fuente, y sus
carnes brillan como rojizo cristal debido á los continuos chaparrones
que se echa por la cabeza. Dos niños nos ofrecen cocos recién arrancados
de la plantación de su choza, y los agujerean con rápida habilidad para
que bebamos como refresco el líquido frío y azucarado de su interior.
En lo más alto del camino, un elefante asustadizo nos pone en peligro de
morir. Todas las bestias de su especie que hemos encontrado estaban
habituadas al automóvil, y pasaron junto á nosotros con cierta alarma,
pero sin alterar su marcha, obedeciendo al cornac montado en su testuz.
De un campo recién arado sale un elefante, que parece joven y menos
dócil que los otros. Lleva su conductor sobre la cabeza y le van
siguiendo varios labriegos bronceados, con un harapo blanco en las
vergüenzas. Como el automóvil tiene que vencer la última parte de una
áspera cuesta, jadea angustiosamente, y su ruido asusta al animal. El
terror le hace darse vuelta para ocultar su cara, y nos presenta la
grupa, reculando sobre nosotros, que estamos al borde de un precipicio.
Yergue su trompa, dando resoplidos de miedo, y al mismo tiempo la
emoción le hace levantar la cola, bufando igualmente por debajo de ella.
Al peligro de vernos despeñados por su retroceso se une algo cómico y
repugnante. Su emoción gaseosa ha pasado á ser sólida, y como su grupa
está casi encima de nosotros, tenemos que echarnos al otro lado del
vehículo y poner un codo ante la cara, precaviéndonos así de la lluvia
con que nos amenaza su terror. Al fin, los gritos de su _cornac_ y los
esfuerzos de los otros cingaleses, que se agarran á su trompa y
acarician sus patas, consiguen que se decida á pasar lentamente junto al
automóvil, continuando su marcha cuesta abajo.
Este animal, que ayuda al cingalés en sus labores, fué su mejor arma de
guerra en otro tiempo, antes de que llegasen los portugueses con sus
arcabuces. Los reyes de la isla se consideraban poderosos según el
número de elefantes, con torres y flecheros, que podían agregar á sus
tropas. El primer gobernador portugués de Colombo tuvo que hacer frente
á una confederación de monarcas del país, que le atacaron con numerosa
tropa de elefantes. Dejó aproximarse el hábil capitán su fila
arrolladora, y cuando los tuvo cerca, hizo que los lusitanos disparasen
á un tiempo sus armas de fuego, lo que bastó para que se desbandasen,
atropellando á las huestes cingalesas que marchaban detrás.
Su miedo al ruido los hizo finalmente inutilizables para la guerra. En
las batallas entre príncipes de la India, los guerreros del país
acabaron por descubrir que el gruñido del cerdo no puede soportarlo con
tranquilidad el elefante, y cuando un monarca hacía avanzar, como si
fuese su artillería gruesa, las varias filas de estos animales, llevando
el testuz acorazado de bronce y dos enormes cuchillas atadas á sus
colmillos, los contrarios lanzaban á su encuentro una piara de cerdos
embadurnados de azufre, luego de prenderles fuego, y sus chillidos
desesperados bastaban para desordenar á los temibles paquidermos.
Antes de Kandy echamos pie á tierra para pasear por las calles de
árboles que forman el Jardín Botánico de Peradenya. Todos describen á
Ceilán como una selva que surge del mar, siendo tan densa su vegetación
que no deja ver el suelo; pero no obstante la riqueza general de esta
flora, los jardines de Peradenya resultan algo aparte, por su
exuberancia y su belleza. Se entra en ellos por una avenida de árboles
de caucho que ascienden á más de treinta metros. Numerosos colibrís y
otros pájaros-joyas aletean en torno á las innumerables variedades de la
arborescencia tropical. Los macizos de bambúes llegan á inauditas
alturas, y tal es el grueso de estas cañas, que en otro país serían
consideradas como árboles respetables. El _Dendro-calamus_, árbol de la
isla, alcanza á 40 metros, y los que lo han estudiado afirman que en
cierta época del año llega á crecer 90 centímetros en veinticuatro
horas.
Llegamos á Kandy, viendo inmediatamente la laguna que existe en el
centro de la ciudad y tanto admiran los habitantes de Colombo cuando
viven aquí en verano. Un paseo orla sus orillas, y á través de las aguas
algo amarillentas vemos pasar, como una procesión de sombras chinescas,
grandes bandadas de peces. Más de una vez, á las siluetas ovales y de
inquieto coleo se unen largas cintas que flotan como algas. Son culebras
acuáticas, que llegan á un desarrollo extraordinario. En la India, el
reptil es tan inevitable en la tierra y en el agua como el cuervo en el
aire.
Deseamos visitar en seguida el famoso _Dalada Maligawa_, ó sea el templo
del Diente de Buda. Este monasterio tiene más pinturas que esculturas,
lo que resulta poco frecuente en los monumentos budistas. Debieron
existir en Kandy familias de pintores dedicados al arte religioso, que
interpretaron las concepciones sobradamente materiales del budismo en
decadencia, con su cielo, su infierno, sus milagros y sus reglas
supersticiosas, tan alejado todo ello de las primitivas y elevadas
doctrinas del fundador. En uno de los claustros enseñan los bonzos una
sucesión de frescos tremebundos representando los múltiples castigos de
los pecadores en el infierno. Estas pinturas ingenuas nos hacen recordar
las del Camposanto de Pisa, con la diferencia enorme que existe entre la
obra de arte y los balbuceos de una concepción tosca y confusa. Pero en
ambas se encuentra la misma emoción religiosa, igual deseo de expresar
el más allá de la muerte.
Dentro de un arca que tiene forma de pagoda guardan los bonzos el famoso
diente de Buda. En realidad, para llegar hasta él hay que abrir seis
arquillas más existentes en su interior, y es en la última donde está el
diente, erguido sobre un ramillete de oro.
Cuando el Buda murió en Benarés y su cadáver fué quemado, uno de sus
discípulos recogió el diente entre las cenizas, llevándoselo al rey de
su país. Son incalculables las aventuras por que pasó esta reliquia
extraordinaria y las guerras á que dió motivo. El título de
«extraordinaria» no puede ser más exacto, ya que el tal diente tiene una
longitud de dos pulgadas y es algo curvo, como un colmillo de caimán. A
juzgar por él, Buda debió ser hombre de cuatro ó cinco metros de
estatura... Pero conviene olvidar la lógica cuando se trata de asuntos
de fe.
Por odio al budismo, los brahmanistas se apoderaron de la reliquia,
colocándola sobre un yunque para hacerla polvo. Pero al primer
martillazo, en vez de romperse se hundió en el yunque, y sólo años
después, cuando lo juzgó oportuno, saltó fuera de su encierro de metal.
Una princesa llevó el diente á Ceilán oculto en su cabellera, y desde
entonces es considerada la isla como uno de los lugares santos del
budismo.
De tarde en tarde, los bonzos del monasterio de Kandy anuncian que el
santo diente va á ser expuesto á los fieles, y con tal motivo llegan
peregrinaciones de toda la isla y hasta de los países del Extremo
Oriente fieles al budismo.
En esta festividad, los elefantes desempeñan un papel tan importante
como los sacerdotes. Dos filas de dichos animales, cubiertos con
gualdrapas de terciopelo rojo, una máscara de plata hasta la mitad de la
trompa y un templete de cúpula dorada sobre los lomos, se extienden ante
la puerta del monasterio.
Un elefante designado por los sacerdotes, el más precioso á causa de su
color blanco, es el que goza el honor de llevar á cuestas la envoltura
de la sagrada reliquia. De las diversas cajas que la defienden sólo
quedan tres, y éstas son colocadas en el templete del elefante sagrado.