absorbiéndolo finalmente en su grandeza oceánica. Terminaron las aguas
medio dulces con sus aportes orgánicos; ya estamos más allá de la zona
influenciada por el enorme caudal del Ganges. De nuevo viene hacia
nuestra proa el mar del Trópico, color de zafiro. Cinco veces lo
abandonamos en nuestro viaje para meternos en ríos y estuarios, y nos
vuelve á acoger con la calma de siempre, lleno de fosforescencias en la
noche, rayado por enjambres de peces voladores durante las horas
meridianas.
Cuatro días navegamos por la parte occidental del golfo de Bengala,
hasta la isla de Ceilán, que, según los poetas indostánicos, cuelga
sobre el pecho del Océano Índico como una esmeralda engarzada en plata.
Se cruzan con nosotros, el último día de esta navegación, veleros que
parecen de otros siglos, goletas y fragatas de la marina malaya con
arboladura europea, pero conservando las líneas principales de la
antigua construcción, la popa más alta que la proa. Estos descendientes
de los nautas remotos que corrieron el Pacífico y tal vez llegaron á
América, todavía explotan, á pesar de su decadencia, la navegación entre
las tierras aisladas vecinas al Asia, que la nueva geografía llama
Insulandia.
Nos aproximamos á Ceilán. Mar y cielo parecen anunciarnos con su calma
luminosa la vecindad de una isla celebrada siempre por su eterna
primavera, donde exploradores remotos colocaron el emplazamiento del
Paraíso terrenal. Vemos el Océano terso y blanco como el interior de una
concha-perla. Parece que el exceso de luz haya absorbido todo su azul.
Los peces voladores son los únicos que alteran esta inmensidad con el
arañazo ligero y rapidísimo de su vuelo á flor de agua.
Vamos en busca de Colombo siguiendo la costa oriental de Ceilán. En su
parte opuesta existe una cadena de escollos, igual á las ruinas de un
puente gigantesco, que ha dado origen á numerosas leyendas poéticas y
religiosas. Indudablemente Ceilán era una península de la India, pero el
mar rompió su istmo, dejando como restos catastróficos la actual línea
de islotes y peñascos submarinos.
Por este puente pasó Rama, hijo de dioses descendido á la tierra para
ser simplemente héroe, símbolo tal vez de la invasión de la India por
los arios. Un demonio repugnante, llamado Ravena, que tenía su reino en
la isla de Ceilán, aprovechó una ausencia de Rama para robarle su bella
esposa, Sita, llevándosela por los aires hasta su palacio, donde la
guardó cautiva.
Como el pobre Rama, al descender á la tierra, se había despojado de sus
poderes celestes, carecía de buques para atravesar el estrecho y de
ejércitos para combatir al raptor de su esposa. En tan angustiosa
situación, Hanuman, el rey de los monos, vino á socorrerle.
Ayudado por su lugarteniente el heroico cuadrumano Nala, movilizó
Hanuman todos los monos de la península, empezando este ejército de
muchos millones de combatientes por transportar á través de la India
entera rocas y troncos arrancados de las vertientes del Himalaya,
materiales que sirvieron para construir en cinco días un puente entre la
tierra firme y Ceilán.
De este modo, el divino Rama, encarnación de Visnú, pudo marchar contra
su enemigo al frente de los mencionados auxiliares. Tales eran los
chillidos de los monos al atravesar el puente, que apagaban el ruido de
las olas.
En vano el diabólico Ravena intentó cortarles el paso; los monos
acabaron con él y sus tropas en una batalla que duró varios días, y al
fin Rama pudo recobrar á su dulce Sita. Como hijo de los dioses,
preguntó á Hanuman qué recompensa extraordinaria deseaba por sus
servicios, y el simiesco rey le pidió vivir todo el tiempo que las
hazañas de Rama fuesen cantadas en la India. Y como estas hazañas
figuran en el _Ramayana_, poema épico y sagrado que los bracmanes
consideran inmortal, por ser lo que la Biblia en las tierras de
Occidente, el heroico mono vive aún y seguirá viviendo, oculto en las
profundidades misteriosas de la yungla.
Los indostánicos han hecho de él un dios, y su imagen figura en los
templos. Posee también santuarios propios, siempre en las selvas, con
sacerdotes que gozan fama de brujos y pueden convertir á los hombres en
animales.
Respeta el induísta al mono como animal sagrado, viendo en él una
reencarnación de Hanuman. Cuando el hambre reina en la India, las gentes
mueren á miles, pero jamás les falta comida á los cuadrumanos que vagan
en torno á los templos.
Todas las riquezas y exuberancias de la naturaleza indostánica parecen
haberse concentrado en la isla de Ceilán. Los bracmanes la titularon
«estanque cubierto de lirios rojos», los chinos «tierra sin penas», los
griegos «país del jacinto y del rubí», y los poetas budistas «perla
eternamente fresca sobre el pecho de la India». Muchos siglos después,
al establecerse los mahometanos en Ceilán, la llamaron «consuelo de los
padres de la humanidad, después de haber perdido el Paraíso».
Tanta era la fama de esta isla, que los antiguos geógrafos, entre ellos
Ptolomeo, la supusieron quince ó veinte veces más grande. Durante miles
de años la imaginación concentró en ella todas las maravillas de la
India. Tenía playas de piedras preciosas desmenuzadas por las olas. Una
de sus ciudades poseía un templo con la cúpula rematada por un carbunclo
color de fuego, y esta gema enorme iluminaba las noches, lo mismo que un
faro.
Ceilán es la isla de Simbad el Marino. Los navegantes de su tiempo
hablaban de una montaña toda de piedra imán, que atraía los clavos y
cuantos hierros llevaban las naves, desuniendo su tablazón,
sumergiéndolas en plena bonanza y obligando á sus tripulaciones á ganar
á nado la costa. Esta montaña-imán era el símbolo de una tierra que
atrajo con sus riquezas á tantos hombres de mar, guardándolos para
siempre, seducidos por la dulzura de su clima y su vegetación
maravillosa.
Primeramente los árabes y luego los portugueses, vinieron á esta isla en
busca de la pimienta, la canela y otras especias, encontrando gran
abundancia de zafiros, topacios, rubíes, piedras de luna, aguasmarinas y
sobre todo perlas. Ceilán es la famosa isla ó ínsula de Taprobana que
figura en los libros de caballerías, tierra de inauditos tesoros
guardados por enanos feroces, tropas de monos y desaforados gigantes.
Don Quijote, en la biblioteca de su caserón manchego, soñó muchas veces
con la conquista de uno de los reinos de la lejanísima Taprobana[1],
donde abundaban perlas y diamantes, como si fuesen guijarros.
Por encima de las montañas inmediatas á Colombo vemos un cono casi
vertical, un pitón que parece inaccesible, al que llaman «Pico de Adán».
Situado á diez y seis leguas en el interior de la isla, sólo las gentes
del país llegan á su cumbre, cuando van en peregrinación, durante los
meses de verano. En la meseta terminal existe una oquedad, abierta en la
roca, que tiene la forma de un pie enorme. Esta huella, según los
budistas, la dejó Buda antes de ascender á los cielos. Los brahmanistas
aseguran que es la huella de Siva, y los musulmanes, al establecerse
como mercaderes en la isla y propagar su religión, afirmaron que la
había abierto el pie de Adán, padre de toda la humanidad. Éste, al verse
arrojado del Paraíso, situado en Ceilán, pasó varios años llorando sus
culpas sobre dicha cumbre, mientras Eva vivía desterrada cerca de la
Meca. De este modo cada una de las tres religiones se apropia la
montaña, y todas la envían sus peregrinos en los meses que resulta
accesible.
Sólo devotos de gran fe pueden emprender tan peligrosa ascensión. En la
última parte del camino hay que trepar verticalmente, agarrándose á
cadenas, que algunas veces se han roto, cayendo los peregrinos en una
profundidad mortal de centenares de metros. Varios oficiales ingleses,
aburridos de su larga permanencia en la isla, han efectuado la ascensión
al «Pico de Adán», examinando la informe oquedad que los devotos toman
por la huella de un pie gigantesco, así como un altar que levantan los
bonzos en la mencionada plataforma mientras duran los meses del verano.
La periferia de la isla recibe un contacto frecuente de la civilización
occidental. El interior es más primitivo, y sus poblaciones viven
rodeadas de una naturaleza tan exuberante, que algunas veces las obliga
á defenderse. El tigre abunda en dichas regiones. El elefante salvaje
resulta para el explorador de las selvas el animal más temible. Los
periódicos de Colombo publican con alguna frecuencia relatos de muertes
causadas por la mordedura de las _najas_. Hay también boas enormes. En
mi viaje á Kandy por carretera, pude ver cómo marchaba una
tranquilamente á corta distancia de nuestro automóvil.
El gobierno de la isla ha normalizado y reglamentado la cacería de
bestias salvajes. Existe una tarifa indicadora de lo que se debe pagar
por cada animal cazado en las tierras del interior. Un elefante cuesta
diez libras; un tigre, menos. Algunos de los que vienen á invernar á
Ceilán hacen el viaje por conocer las emociones de estas cacerías.
No puedo disimular mi extrañeza cuando los periodistas de Colombo, al
subir al buque, me preguntan con naturalidad, como si se tratase de algo
ordinario en mi existencia:
--¿Viene usted á cazar tigres ó elefantes salvajes?...
¿Yo?... ¿Qué mal me han hecho esos animales?... Deseo ver otras cosas
más interesantes para mí.
Pasamos al entrar en el puerto ante grandes hoteles rodeados de
jardines. El desarrollo de los medios de comunicación ha empequeñecido
la tierra, ensanchando considerablemente el espacio en que se mueven las
personas adineradas. Hace unas docenas de años nada más, los ricos de
Europa, al trasladarse en invierno á la Costa Azul, creían mostrar con
ello una audacia aventurera. Luego, la moda convirtió en estaciones
invernales Argelia y Egipto. Ahora estos viajes resultan mezquinos y sin
novedad. Lo _chic_ para las gentes ricas y de humor vagabundo es
embarcarse en un paquebote del Extremo Oriente y pasar los meses de frío
en Ceilán.
A causa de la afluencia de clientes opulentos, los hoteles de las
cercanías de Colombo son ahora tan grandes como los de América del
Norte. Su numerosa servidumbre no lleva zapatos, pero es muy limpia y
tiene cierta elegancia exótica vestida con túnicas siempre inmaculadas y
tocada con turbantes color de fuego. En torno á estos edificios,
verdaderos cuarteles de la riqueza, los jardineros improvisan edenes,
sometiendo á las disciplinas de su invención todas las exuberancias y
variedades de la flora tropical. Colombo es lugar de obligado descanso
para los buques que van al Extremo Oriente ó vuelven á Europa. Imposible
hacer uno de ambos viajes sin echar el ancla en su puerto, depósito
enorme de combustible.
La avenida central de esta ciudad de paso cambia varias veces de
aspecto en el curso de un solo día. Repentinamente, los vendedores
ambulantes agrupados bajo las arcadas, los que están á la puerta de su
tienda, los que tiran de _ricshas_, los niños que piden limosna, dejan
de hablar inglés y empiezan á gritar á su modo palabras francesas. Es
que un trasatlántico procedente de la Indo-China acaba de anclar en el
puerto. Los grupos de viajeros llevan el uniforme militar de las
colonias ó el casco blanco, con traje de igual color, cerrado hasta el
cuello, que usan funcionarios y comerciantes. Las señoras tienen un
aspecto nostálgico y distinguido de parisinas en el destierro.
Pasadas unas horas, nadie habla francés. Los viajeros han regresado á su
buque. Ahora llena la ciudad otro alud de gentes que se expresan en
inglés, y sin embargo parecen hallarse en casa ajena. Pertenecen á un
paquebote llegado de Australia. Y así sucesivamente van pasando por
Colombo grandes buques de todos los países, que vuelcan por unas horas
su población fugaz.
Entre la muchedumbre cobriza y políglota que grita ante las puertas de
los establecimientos pugnando por atraer á una clientela que se
embarcará horas después, para no volver nunca, hay muchos que hablan
español. Todos empiezan á ser viejos y realizan un esfuerzo mental para
evocar palabras que sabían perfectamente y han olvidado por falta de
uso. Cuando el archipiélago filipino pertenecía á España, era frecuente
el paso de españoles por Colombo, y sus mercaderes consideraban
necesaria nuestra lengua. Ahora sólo de tarde en tarde, al pasar el
vapor-correo de Manila, se acuerdan los tenderos cingaleses de que
existe nuestro país.
El lector conoce seguramente los adornos masculinos de esta isla. Todo
europeo, al desembarcar, se siente desorientado y necesita tiempo para
establecer una diferencia indispensable entre los machos y las hembras
de Colombo. Deja crecer el hombre sus cabellos y los lleva en forma de
rodete, sujetos con un peine ó caídos sobre el cogote, á estilo de
«castaña», como se decía en otro tiempo. Además, usa una pieza de tela
arrollada á las piernas en forma de falda. Su lujo es llevar pintadas
boca y mejillas, los ojos agrandados con líneas negras, y usar pulseras,
pendientes y collares. El bigote, que se dejan crecer los más, es lo
único que distingue al hombre de la mujer. Hasta los criados, en hoteles
y cafés modestos, llevan faldas blancas y una peineta sobre su cabellera
anudada á estilo femenil.
El uso de la peineta resulta general en Colombo, y hasta la conservan
los cingaleses que adoptaron el traje europeo. Es una media corona de
carey puesta al revés, de modo que sus extremos quedan á ambos lados de
la frente, pareciendo de lejos sus puntas dos cuernecitos.
Así va la marinería que se agrupa en los muelles, cerca de sus barcos
larguísimos, estrechos, y sin embargo con velas grandes y audaces,
pudiendo navegar estas piraguas sin volcarse, gracias al balancín
sostenido paralelamente á uno de sus costados por gruesos bambúes. Así
también, la muchedumbre pedigüeña y pegajosa, igual á la de todos los
grandes puertos, que pasa el día en medio de la calle y sigue al viajero
de tienda en tienda, esperando á la puerta para ofrecer sus servicios.
En las vías secundarias las casas están pintadas de azul, blanco ó rosa.
Los hombres que salen de las tiendas para mostrar sus géneros, así como
los vendedores ambulantes y los vagabundos, saludan á todo el que llega
llamándole «capitán». Es tal vez un recuerdo de la dominación
portuguesa. También resulta verosímil que en este puerto, siempre lleno
de buques, el título más honorífico que puede discurrir un cingalés es
el de «capitán». Los niños ofrecen á las viajeras flores de estanque,
enormes, con intenso perfume. Otros granujas bronceados y completamente
desnudos llaman «papá» y «mamá» á los europeos, con un balido humilde de
bestezuela desamparada, mientras guardan sus ojos ardientes cierta
expresión de picardía.
Muestran estos pilluelos un conocimiento algo retrasado de las modas de
Europa, y para halagar á los blancos, cantan á coro _Tipperary_, la
canción inglesa de la guerra, al mismo tiempo que se meten una mano en
el sobaco opuesto y dan golpes de codo para apoyar su cántico con un
acompañamiento de ruidos inconvenientes.
Se nota en las calles la escasez de caballos. En Ceilán no existen otros
que los del ejército y los de algunos ricos. Los animales del país son
el elefante, dedicado aquí á las faenas agrícolas, el toro y el búfalo.
Pero estos últimos sólo merecen su nombre en diminutivo. En ninguna
parte del mundo pueden encontrarse toritos como los de Ceilán. Tienen
aire de viejos, y sin embargo su alzada no va más allá de la de un asno.
Parecen creados para una humanidad de pigmeos. Los búfalos, á causa de
su giba, aún resultan más grotescos en su pequeñez. Estos animales tiran
valerosamente de carretas y vehículos de recreo. Se les ve á veces muy
peinados y limpios, con los cuernecitos rojos ó verdes, enganchados á un
tílburi ú otro carruaje de lujo.
El pasado de Colombo nos sale al encuentro al transitar por sus calles
populares, lejos de la avenida central, donde sólo existen almacenes
ingleses. Los comerciantes del país se muestran orgullosos de sus
apellidos, colocándolos en letras doradas sobre las puertas de sus
tiendas. No hay calle en que no viva algún Silva, Fonseca, Costa,
Gómez, Fernando ó Perera. Todos cuentan con orgullo que son portugueses,
como si se hubiesen embarcado años antes en el puerto de Lisboa; pero
basta mirar sus caras cobrizas, sus ojos asiáticos, para poner en duda
tal origen. Descienden de remotos soldados de Portugal que se cruzaron
con hembras del país. También pueden ser nietos de esclavos que tomaron
el apellido de su señor.
Los conquistadores portugueses fundaron Colombo, estableciendo aquí las
primeras bases de la civilización europea. Cuando Portugal fué
anexionada á España por Felipe II, los holandeses, en continua agresión
contra las colonias españolas, se adueñaron de Ceilán, conservando esta
isla, que puede llamarse gemela de Java por sus productos y su
hermosura, hasta que á su vez los ingleses les arrojaron de ella.
Todos estos hombres con cabellera de mujer, rostro pintado, mirada
inquietante, una chaqueta blanca abrochada sobre la epidermis y una
pieza de tela inglesa arrollada á las piernas, tienen ennegrecida su
dentadura y las encías hinchadas, de color sanguinolento. Las mujeres,
feas é indolentes, que llevan por todo vestido una tela obscura á guisa
de falda y un _sari_ ó blusa muy corta, dejando visible la morcilla
circular de su carne entre los bordes de ambas prendas, muestran una
boca igualmente negra y ensangrentada. Todos mascan betel. Hasta los
niños de corta edad tienen una sonrisa repugnante.
En medio de la muchedumbre cobriza se ven ancianos de tez puramente
blanca. Deben pertenecer á una tribu medio extinguida, de las muchas que
fueron superponiéndose en esta tierra considerablemente poblada por los
aluviones de la civilización y la conquista. Algunos de estos arios, con
barba blanca y un pedazo de tela por toda vestidura, recuerdan la
estatua de Víctor Hugo desnudo cincelada por Rodín.
Lo mismo que Rangoon, es Ceilán un gran centro del budismo. En ambas
regiones indostánicas dominan las doctrinas de Gautama. Vencidas hace
mil años por los bracmanes en el resto de la India, tienen fuera de ella
tantos millones de adeptos, que el budismo figura aún como la más
numerosa de las religiones.
Se encuentran aquí los mismos bonzos de manto azafranado que en Rangoon;
pero los sacerdotes budistas de Ceilán son mendicantes, viven de la
caridad de los fieles, y sus envolturas deshilachadas ya no guardan el
hermoso color primitivo á causa de su vejez. Todos llevan la olla de
cobre debajo del manto, lo que les da, vistos de lejos, un aspecto de
mujeres encinta. Se detienen ante los vendedores callejeros, abren su
capa, avanzan la olla, reciben la limosna, y vuelven á cerrar la
envoltura, prosiguiendo su camino.
Triunfante el brahmanismo en el resto de la India, vino á Ceilán en
busca de su adversario. Los reyes de la isla, convertidos al budismo en
los mejores tiempos de dicha religión, se mantuvieron fieles á ella, y
todo el país es budista con cierta vanidad religiosa, considerándose
superior á Birmania. Esto no impide que los bracmanes tengan varios
templos en Colombo, extremando las ceremonias de su culto con un fervor
propagandista. Sus pagodas están cubiertas exteriormente de cartelones
colorinescos representando las _apsarasas_ y otras divinidades del cielo
induísta, todas ligeras de ropa, con desnudeces tentadoras. Unos
sacerdotes voltean campanas en el atrio de estos pequeños templos; otros
tañen dulzainas ó golpean tambores con ambas manos. Su estrépito para
atraer creyentes recuerda el de los barracones de las ferias. Algunos
bracmanes más jóvenes salen al medio de la calle para regalar
guirnaldas de flores rojas y amarillas á los que pasan, invitándoles á
que visiten su santuario.
Hasta en los jardines más céntricos de Colombo están los árboles
cargados de cuervos. Duermen ó graznan sobre sus ramas; aletean por las
avenidas, lo mismo que las palomas en los jardines de Europa. Un olor
complejo de pimienta, de jazmín, de clavel, de sándalo y de murciélago
vampiro, eternos perfumes de la India, sale á nuestro encuentro bajo
todas las frondas.
Es famoso Ceilán por sus jardines botánicos. En el de Colombo admiramos
las dimensiones de sus grupos de bambúes. El hombre resulta un insecto
al lado de estas cañas que se remontan en el espacio hasta alturas sólo
conocidas por los árboles colosos. Algunos de estos árboles abarcan con
su raigambre á flor de tierra espacios tan extensos como sus copas, y el
visitante, para llegar hasta el tronco, tiene que ascender por una
sucesión de raíces exteriores, escalinata de peldaños torcidos y
obscuros como trompas de elefante.
Cerca de este jardín botánico, poco considerado por los cingaleses
cuando lo comparan con el de Paradenya, han construído los ricos de
Ceilán toda una ciudad nueva de palacios. En sus avenidas es frecuente
ver indígenas viejos elegantemente vestidos de blanco, como un
funcionario recién llegado de Londres. Llevan, sin embargo, los pies
desnudos y la peineta de los dos cuernecitos sobre su cabeza,
tradicionalismo que no les impide ocupar un automóvil propio. Son los
millonarios del país, los dueños de las plantaciones de té. Por
conveniencia nacional propagan los ingleses en toda la tierra el té de
su isla, pretendiendo establecer rivalidades entre Ceilán y la China.
Son infinitamente superiores en número los que prefieren el brebaje
chino, pero esto no obsta para que muchos cingaleses cultivadores de la
citada hierba posean fortunas enormes.
El vecindario indígena de Colombo parece ocuparse del porvenir político
de la India más que el de otras ciudades. Casi todas las tiendas
ostentan el retrato de Gandy en lugar preferente. Es un retrato
melodramático, que muestra al famoso agitador casi desnudo, sentado con
las piernas cruzadas sobre las losas de su calabozo, y una reja á sus
espaldas.
Gandy está en la cárcel desde hace meses á causa de su propaganda en
favor de la independencia de la India, pero lo van á libertar de un
momento á otro. Muchos comerciantes han colocado un anuncio sobre el
mostrador declarando que venderán con rebaja de cincuenta por ciento el
día que Gandy salga de su encierro.
Todos los que poseen tienda abierta y los que ofrecen géneros como
vendedores ambulantes bajo las arcadas de la gran avenida usan zapatos.
Consideran oportuno ir calzados para presentar á los viajeros las
piedras de luna y las aguasmarinas que sacan á puñados de sus bolsillos
envueltas en papel de seda, así como los zafiros más hermosos del mundo.
Pero yo creo que al anochecer, cuando se retiran á sus viviendas, les
falta el tiempo para descalzarse.
Afirman los ingleses que el indostánico abomina de los zapatos, y á
causa de esto han establecido en sus casas particulares y en los hoteles
que todo el que tiene rostro cobrizo debe marchar con los pies desnudos,
sin distinción de categorías. Los recaderos de los «Palaces» de Colombo
visten con una elegancia europea, extremadamente vistosa: dolmán
escarlata de cinco filas de botones, gorro redondo inclinado sobre una
oreja, á estilo de los soldados de la Guardia, placa de plata en el
costado izquierdo, pantalones hasta la rodilla... y á partir de aquí
las piernas desnudas. En los comedores de los grandes hoteles ya he
dicho que los domésticos, uniformados á usanza oriental, llevan los pies
desnudos, deslizándose silenciosamente en torno á las mesas que ocupan
señoras y señores vestidos de ceremonia. Cuando el _maître d'hôtel_ es
indostánico, van de frac, con inmaculada pechera, corbata blanca,
pantalón negro basta los pies, y sin zapatos.
--Hay que respetar las costumbres--dicen los ingleses establecidos en la
India--. El nativo no quiere ir calzado, y sería una crueldad imponerle
tal tormento.
Tengo un amigo en Bombay, doctor portugués que lleva más de veinte años
en el país, y es hombre de ingenio, algo aficionado á las paradojas.