Más allá de los sudras, ante los peldaños torcidos de un _gath_ ruinoso,

toman el baño muchos hombres puestos en cuclillas, extremadamente

gordos, de carnes relucientes por la humedad. Lanzan gritos agudos de

placer y se mueven cosquilleados por la frialdad del río. Sus amplias

espaldas, partidas por una raya vertical, así como los rollizos

hemisferios de su continuación, que surgen y se ocultan rítmicamente en

el agua, tienen un color rosado de carne femenina á través del velo

transparente que se pega á su piel. Todos llevan el cabello muy corto,

con una especie de cresta ó cepillo en la cúspide del cráneo. Cuando se

vuelven, sin mirar á nuestro buque, para hacer los gestos rituales

frente al sol, vemos un doble abultamiento colgante sobre su pecho, y

más abajo, á través de la tela que parece vidrio flexible, una mancha

negra que no continúa.

Son las viudas de Benarés, y únicamente pueden bañarse en este sitio,

más allá de los hombres de las castas viles.

La autoridad británica puso fin á la bárbara costumbre de que la viuda

se quemase viva en la pira funeral del esposo, pero su existencia

presente se prolonga en el más horrible de los olvidos. La viuda muere

en vida: ningún hombre se casa con ella, ni busca su trato. Su propia

familia y la del muerto no vuelven á acordarse de que existe. Se

mantienen en absoluta pobreza, al margen de las otras mujeres,

aguardando como una liberación el momento de la muerte. Sólo en días de

gran fiesta, como el de hoy, osan bajar al Ganges, lejos, muy lejos de

los _gaths_ que ocupa la muchedumbre. Viendo tal abandono se comprende

que muchas indostánicas sean partidarias de morir quemadas con el

cadáver del esposo. Es una muerte gloriosa, que las libra al mismo

tiempo de esta viudez abominable.

Cuando los ingleses suprimieron la horrible tradición, muchas esposas de

nababs se rebelaron contra la ley, organizando la ceremonia de su quema.

Al celebrarse los funerales de un personaje famoso, llegaban sus

diversas esposas procesionalmente á morir en su hoguera, contestando con

saludos de artista á los aplausos de la muchedumbre. Aun hoy, de tarde

en tarde, en algunas provincias del interior, hay viudas que se arrojan

en el brasero del esposo, y cuando viene á enterarse la policía colonial

ya es tarde.

Miro con interés y conmiseración á estas pobres jamonas, peinadas en

forma de cepillo, que suben y bajan sus abultamientos sonrosados sobre

el lomo del Ganges, haciendo chapotear el agua y suspirando

nostálgicamente. Por encima de sus cabezas, varios perros hirsutos, con

ojos de fiera, siguen la costa fluvial, disputándose las carroñas que

abandonó la última crecida. Uno de estos animales trota paralelamente á

nuestra barca, llevando en su boca algo que parece de cartón. Es una

especie de bacalao enorme y negruzco, y en su parte alta se balancea una

bola amarilla y blanca.

El perro costroso y famélico roe su presa, la deja en el suelo, vuelve á

tomarla entre sus colmillos, arrastrándola más allá. Al fin nos damos

cuenta de que es un costillaje humano con restos de brazos y piernas, un

cadáver tal vez de santo bracmán, cuyas partes más apetitosas fueron

devoradas por los caimanes y el Ganges abandonó en su orilla al bajar de

nivel. La bola es un cráneo, pegado todavía al sólido engranaje de las

vértebras, con la blancura del marfil y la suciedad del barro... Y

abajo, las viudas, contentas de este día de fiesta y de carnes lavadas,

siguen abriendo círculos en el líquido sagrado con el vaivén de sus

hemisferios inferiores.

Volvemos hacia Benarés, repelidos por la presencia de otros perros que

pelean con los buitres, disputándose la posesión de cadáveres

invisibles. Desembarcamos en uno de los _gaths_ centrales y subimos á la

ciudad, perdiendo de vista el río. Volvemos á internarnos en las calles

sin vehículos, donde sólo circulan animales sagrados, muchas veces

pequeños búfalos de blanda y torcida giba.

Vamos en busca de los famosos templos de Benarés. Un devoto indostánico

necesitaría meses para visitarlos todos. Creo que existen en la ciudad y

sus arrabales unos cinco mil, con veinte mil sacerdotes y siervos del

culto. Estos templos más bien son santuarios por su pequeñez. Sus muros

de piedra están cubiertos de esculturas y tallas, pero las múltiples

labores resultan poco visibles, por estar embadurnados aquéllos con un

color litúrgico, rojo sangre. Todos tienen un pórtico sostenido por

columnas y una flecha final dorada ó blanca.

La muchedumbre es todavía más numerosa en las calles que al empezar la

mañana. Caminan graciosamente las mujeres, envueltas en velos que

transparentan aros de plata y bronce en brazos y tobillos, así como las

joyas de pedrería que adornan su pecho. Las más llevan sobre la cabeza

grandes platos de metal con montones de flores dedicadas á las

divinidades. Un perfume de sándalo y de jazmín sigue sus pasos.

En estas callejuelas estrechas como pasillos, los balcones de las casas

avanzan hasta tocarse. Debajo de sus salidizos toda puerta sirve de

escaparate á un comercio. Como las muchedumbres devotas venidas en

peregrinación necesitan llevarse un objeto que les recuerde la ciudad

santa, los tenderos viven prósperamente. Es un comercio que recuerda el

de los árabes en _Las mil y una noches_. Pequeñas tiendas de zapatería

sirven de punto de reunión á los ociosos. Abundan los imagineros, con

sus dioses de múltiples brazos alineados en los anaqueles. Los

vendedores de telas extienden ante sus puertas un empavesado multicolor

de velos, túnicas y alfombras. Mujeres y niños ofrecen coronas de flores

para los dioses.

Todas las callejuelas huelen á jazmín, á pimienta, á almizcle, á

sándalo, á lugar húmedo donde nunca llega el sol, y esparcen al mismo

tiempo un hedor de letrina. Sin embargo, su enlosado igual y sin aceras

está limpio. No se ven montones de basura ni animales muertos, como

ocurriría seguramente si Benarés fuese una ciudad musulmana. Su carácter

induísta se revela también en la abundancia de mujeres, todas con el

rostro descubierto, ligeras de ropa, hablando y riendo en plena calle.

Vamos al templo donde está la piedra de Siva, fetiche tal vez de los

remotos habitantes de la yungla salvaje. Lo llaman los peregrinos

«Templo de Oro» porque se yergue sobre él una flecha piramidal

recubierta de placas doradas.

Dicho templo, relativamente pequeño, es célebre en toda la India. Una

muchedumbre se estruja en la plazoleta abierta ante su entrada

principal. Los hombres que la componen inspiran cierta inquietud al

extranjero, á causa de sus carnes tatuadas y los signos de color

sangriento pintados en la frente. Todo devoto que consigue penetrar en

el mencionado templo y cumple los ritos sagrados ante la piedra-ídolo va

después de su muerte á Kailas, el paraíso brahmánico. Así se explica el

apresuramiento de las turbas creyentes. Para hacer más grande la

confusión, vacas y búfalos sagrados se entretienen, con insolente

tenacidad, en entrar y salir á través del gentío, oprimiéndolo contra

los muros.

En un vasto corral cerrado por columnatas, vemos los establos de otras

bestias cornudas y santas, las cuales se mantienen majestuosamente

aparte de los ruidos de la fiesta. Cerca hay un pozo de escasa

profundidad, cuya agua dormida y verdosa exhala fétido olor. Los

peregrinos, después de contemplar la piedra de Siva, se agolpan aquí,

disputándose el repugnante líquido que un bracmán les ofrece en vaso de

plata á cambio de dinero. Este pozo, llamado «Fuente de la Sabiduría»,

se formó, según la leyenda, cuando las divinidades del Olimpo

indostánico se disputaban la posesión del brebaje de la Inmortalidad.

Para resolver la querella, Siva se apoderó de la enorme copa, apurándola

de un trago, pero dejó escapar en su precipitación algunas gotas del

prodigioso líquido, y éstas cayeron sobre la tierra, llenando la

cisterna de Benarés. Un poco más lejos hay otro pozo, llamado

Mankarnika, cuya agua, no menos hedionda, proviene del lavado de las

imágenes de los templos vecinos. Con frecuencia llega una procesión

llevando su ídolo en un palanquín, y los fieles lo rocían con el agua

del mencionado pozo, bebiéndola después ávidamente.

Esta muchedumbre de ojos agresivos y emblemas sangrientos en el rostro

muestra, sin embargo, una admirable tolerancia religiosa. Misioneros

americanos y británicos, conocedores de la lengua indostana, predican

muchas veces en la plazoleta del «Templo de Oro» para propagar el

cristianismo. Insultan la idolatría, maldicen á Siva, se esfuerzan por

demostrar la falsedad de las tradiciones religiosas de Benarés. Los

indos les escuchan con silenciosa atención; algunos permanecen inmóviles

horas enteras para que no les tachen de descorteses con el extranjero, y

finalmente, entran todos en el templo para adorar la piedra de Siva.

«Con esta gente dulce, tolerante, respetuosa--dice un obispo anglicano

conocedor del país--, resulta imposible obtener una sola conversión.»

Hacemos alto ante otro templo, pintado interiormente de rojo. La piedra

de sus muros, labrada con la minuciosidad de la arquitectura indostánica

en forma de cupulitas, figurillas y lianas, resulta uniforme bajo esta

costra que parece de sangre seca. Entra en él una procesión de

peregrinos, todos con ropas cortas y turbante de color azafrán,

apoyándose en varas que tienen una calabaza en su remate. Los sacerdotes

salen á recibirles, conduciéndolos luego ante un altar de cuatro frentes

en el centro del santuario. No podemos ver más. La muchedumbre que

circula apretadamente por el callejón, pegándose á los muros para dejar

paso á las vacas sagradas, nos impide permanecer ante las puertas de los

templos.

Un personaje sacerdotal viene á ofrecernos el balcón de su casa. Es de

madera, semejante á los miradores turcos, y desde él podemos abarcar con

la vista los patios interiores de varios santuarios y el río de cabezas

que discurre incesantemente por la callejuela. Se reconoce á los judíos

indostánicos por sus gorritos negros y redondos. Varios faquires

mendicantes agitan campanillas, cadenas, tridentes, y entonan cánticos

sagrados para implorar la limosna de los devotos. Ascienden sobre las

terrazas, cortando la atmósfera intensamente azul, numerosas flechas de

templos, blancas y doradas. Pasean por sus aleros pavos reales con la

cola abierta, loros saltones, tropas de monos, que parecen dueños de

todas las techumbres de la ciudad.

Nos van enseñando, entre las mujeres que pasan, á las servidoras de los

templos ó bayaderas, las cuales se dan á conocer por ciertos detalles de

su vestimenta.

Este título de «bayadera», usado por los europeos, no es indostánico.

Se debe á los portugueses, que tantos nombres crearon para designar

cosas y personas de Asia. Al ver, en sus primeros avances por la India,

á las bailarinas de las pagodas, las llamaron _baladheiras_, y de ahí la

designación europea de bayaderas. El nombre indostánico verdadero es

_debadasi_, que significa «esclava de los dioses». Así como las

divinidades indostánicas tienen en sus cielos tropas domésticas de

_apsarasas_ ó ángeles femeninos, los bracmanes, siguiendo tal ejemplo,

crearon para el servicio de sus pagodas á las _debadasi_.

Todo indostánico puede consagrar una de sus hijas al servicio divino;

pero hasta hace pocos años esto pesaba como obligación imprescriptible

sobre la clase de los tejedores. No había en dicho oficio quien se

librase de entregar á los bracmanes su quinta hija, y si tenía menos de

cinco, la más joven. Nos parece ahora irritante este honor triste y

cruel; pero oportuno es recordar que, hace menos de un siglo, las

familias ricas y nobles de los países católicos todavía destinaban una ó

varias de sus hijas á la vida religiosa, sin pedirles consentimiento,

sin preocuparse de si tenían ó no vocación para la vida claustral.

No son tan numerosas las bayaderas como en otros tiempos, pero aún

reciben la misma educación desde su infancia, ejercitándose en el baile,

el canto, los juegos mímicos, la lectura de los libros sagrados y el

arte de escribir. En algunas regiones de la India ejercen la

prostitución con un carácter sacerdotal, entregando parte de su producto

al templo de que dependen. Sus hijos quedan en él como músicos y sus

hijas las suceden en su profesión.

Las _debadasi_ de la India meridional tienen la tez muy obscura y la

frotan con azafrán para aclararla, lo que no aumenta los encantos de su

cuerpo bronceado. Las del Norte, más famosas, por pertenecer casi todas

á la raza blanca, son las que crearon el renombre misterioso de la

bayadera, tan agrandado y desfigurado por la poesía.

Salimos al caer la tarde del centro de la ciudad, para correr sus

suburbios.

Aquí encontramos calles más anchas, mejor dicho, caminos polvorientos

orlados de pequeños edificios, y podemos montar en automóvil para ir al

templo de la Fuente de Durga, llamado también «Templo de los Monos» á

causa de las numerosas bandas de estos animales que viven en sus

techumbres.

Resulta enorme, comparado con los santuarios del viejo Benarés. Los

constructores pudieron esparcirse aquí en amplios terrenos, y el templo

y sus patios tienen además, como murallas defensivas, cuatro alas de

edificios que ocupan los sacerdotes.

Subimos á las terrazas de este cuadrilátero que rodea el santuario de la

diosa. No sentimos deseo alguno de penetrar en la residencia de la

terrible mujer de Siva. Sabemos que su culto consiste en el degüello de

cabras para que su sangre corra por las baldosas. Preferimos pasear

entre los monos, viendo de arriba á abajo los patios y el vestíbulo,

donde están en cuclillas varios sacerdotes. Algunas cabras blancas, de

cuernos en espiral, balan y corretean, sin presentir cuál será su suerte

al día siguiente.

Una niña como de doce años, gorda, descocada, casi desnuda, se

entretiene en cabalgar á estas cabras, una tras otra, azuzándolas con

gritos y golpes para que troten. Es de raza blanca; lleva al aire sus

abultadas pantorrillas de ambarino color, y una camisa recogida entre

los muslos, su única vestimenta, se entreabre sobre el busto, dejando

ver un pecho carnoso, en el cual la pubertad no ha hinchado aún los

suaves abultamientos del sexo. Por debajo del turbante blanco asoma su

rostro mofletudo, con ojos negros y crueles. Debe ser hija de alguno de

estos sacerdotes de cabeza rapada y vestiduras color de azafrán que

contemplan sonriendo sus juegos varoniles.

Los monos de las terrazas acaparan nuestra atención. Se aproximan

chillando y tendiendo sus manos de palmas violáceas. Antes de subir

hemos comprado en la puerta del templo varios cucuruchos de papel llenos

de maíz tostado, manjar predilecto de estos animales, cortos de piernas,

rechonchos, con una pelambrera rojiza. Son innumerables; trepan por los

muros; marchan balanceándose como beodos sobre el filo de las

balaustradas. Las hembras dejan de espulgar á sus pequeñuelos para venir

igualmente hacia nosotros, atraídas por el maíz.

Abajo continúan sonando los gritos de la niña gorda y sus violentas

cabalgadas á lomos de los pobres animales, que se resisten á tal

deporte. Mi guía me habla, otra vez con los ojos bajos, sobre la

identidad de esta amazona ruidosa. No pertenece al sexo que yo me

imagino. Es un muchacho rollizo, al que miman los sacerdotes, dejándole

hacer cuanto quiere... ¡Ah!

Uno de estos personajes ha subido á la terraza para darnos explicaciones

sobre el templo y la divinidad sanguinaria que lo habita. Alguien le ha

hecho saber mi profesión, y me habla en una mezcla ininteligible de

inglés é indostano. Al mismo tiempo pretende abarcar con los movimientos

de sus brazos todo el templo rojo y sus dependencias, que van tomando un

color de naranja bajo el sol poniente.

Sólo puedo entender dos palabras que repite con tenacidad y suenan en

mis oídos: «Mark Twain...» ¿Qué puede hacer aquí el famoso humorista

americano?... Mi intérprete aclara al fin lo que viene repitiendo con

tanta insistencia el bracmán.

--Dice que á usted le interesará saber que mister Mark Twain estuvo

aquí, y después de un largo examen declaró que todo estaba en regla.

Hago que me repitan la incomprensible noticia, y el bracmán obedece, sin

añadir nada nuevo. Al fin desisto de pedir nuevas aclaraciones. ¡Ah,

burlón serio y glacial!... ¿Qué es lo que estaba en regla?... ¿Los

sacerdotes de la diosa?... ¿Los monos de los tejados?... ¿El gordinflón

de equívoco sexo que hace trotar á las cabras antes de que las

degüellen?...

Ha empezado el anochecer. Volvemos á la parte inglesa de Benarés, donde

están los hoteles europeos y el campamento de las tropas. En los caminos

polvorientos nos cruzamos con muchos carritos indígenas, de los que

tiran bueyes pequeños como asnos. Sus conductores ocupan una de las

varas, con las piernas colgantes.

Al atravesar un arrabal, algunos chicuelos induístas arrojan una piedra

contra la caja del automóvil. Es un accidente insignificante; lo mismo ó

peor ocurre con frecuencia en los caminos de Europa. Pero nuestro

chófer, mahometano joven y arrogante, de tez color canela, ojos

ardientes, bigote erguido y batallador, no lo cree así. Parece orgulloso

de su turbante verde y del apéndice franjeado que le cae sobre la nuca.

Se adivina que debe ocultar en su faja un puñal curvo. Apenas oye la

pedrada, detiene el vehículo y se echa abajo del pescante. ¡Atreverse

unos brahmanistas á tal insolencia con un musulmán!...

Empieza á distribuir bofetadas entre los muchachos, y éstos huyen

despavoridos, gritando y llorando. Salen hombres medio desnudos de las

casas inmediatas. Son induístas altos, enjutos, con sólo un lienzo

blanco anudado á sus caderas y la cabeza esquilada. Miran con

curiosidad, sin decir una palabra; pero el mahometano, previsoramente,

por si pudiera ocurrírseles el agredirle, se quita uno de sus zapatos,

con gruesa suela de madera, y empieza á repartir golpes igualmente entre

los hombres.

Creo necesario bajar del automóvil, temiendo por la suerte de este

chófer que sólo conozco desde la mañana. Lo van á matar. ¡Son tantos

contra él!... Con gran asombro veo que los induístas vuelven las

espaldas y acaban por meterse en sus casas, perseguidos por los

zapatazos del compatriota musulmán. El chófer vuelve á su vehículo

sonriendo como un triunfador, y reanudamos la marcha.

Esta es la India. Unos miles de ingleses bastan para dominar á más de

trescientos millones de indígenas. Las diferentes religiones del país,

escrupulosamente respetadas por aquéllos, mantienen su autoridad.

En vano el generoso Gandy (un San Francisco de Asís indostánico) viene

sufriendo y esforzándose por unir las voluntades de todos sus

compatriotas en una acción común. Los brahmanistas son 218 millones, y

los musulmanes indostánicos 67 millones nada más. Pero el musulmán,

hombre de cuchillo y de venganza, aficionado á la guerra, predispuesto á

la vida de soldado, compensa con su audacia agresiva esta inferioridad

numérica.

Si musulmanes y brahmanistas olvidasen sus odios religiosos, se verían

obligados los ingleses á retirarse de la India, tal vez sin disparar un

tiro, vencidos por la resistencia pasiva de centenares de millones de

seres. Pero apenas se inicia una tregua religiosa y los indostánicos de

diversos ritos parecen entenderse, al abrir los musulmanes, una mañana,

cualquiera de sus mezquitas, la encuentran profanada por huesos de

cerdo arrojados en su interior, y esto basta para que se echen

inmediatamente á la calle á matar brahmanistas. Otras veces son los

adoradores de Siva los que sienten la tentación de atacar á los

musulmanes, si los ven inferiores en número.

De todos modos, el que lleva turbante mahometano se cree infinitamente

superior á sus compatriotas de cabeza rapada y no vacila en agredirlos,

uno contra doce, como mi chófer de Benarés.

La unidad de la India es hasta ahora una vana expresión geográfica.

Existen tantas Indias como religiones. Y las religiones son los grupos

humanos que más difícilmente llegan á entenderse para marchar juntos.

IV

LA ÍNSULA DE TAPROBANA

Viaje á Darjeeling.--La India fría.--Visión del majestuoso

Himalaya, llamado ahora Everest.--Salimos de la bahía del

Diamante.--Otra vez el mar tropical.--Los infortunios del heroico

Rama.--Cómo el rey de los monos le prestó ayuda, construyendo un

puente de la India á Ceilán con todo su ejército de

cuadrumanos.--La ínsula de Taprobana y sus maravillosas

riquezas.--El «Pico de Adán».--Los grandes hoteles de

Colombo.--«¿Viene usted á cazar tigres?».--La avenida central de la

ciudad y sus transformaciones políglotas.--Hombres con peineta y

faldas.--Indos con apellido portugués.--Budistas y

brahmanistas.--Por qué los ingleses procuran que los indostánicos

sigan llevando los pies descalzos.

Volvemos á la bahía del Diamante, donde nos espera el _Franconia_.

Desde Calcuta hemos hecho un viaje igual al de Benarés, pero hacia el

Norte, en busca de la fría ciudad de Darjeeling, donde el indostánico no

puede vivir medio desnudo, como sus compatriotas del Ganges inferior y

los Estados del Sur.

No hemos ido á Darjeeling para ver sus plantaciones de té, sus

callejuelas y sus bazares donde pueden adquirirse tapices de pelo de

cabra con flores bordadas. El principal atractivo de esta ciudad,

construída á considerable altura, es poder contemplar la famosa cumbre

llamada vulgarmente Himalaya, y á la que han dado los ingleses el

nombre de Everest, un inspector general de las Indias. Inútil es decir

que Everest no puso jamás sus pies en la altura hasta ahora inaccesible

que lleva su apellido, como tampoco los numerosos exploradores que

intentaron luego escalarla.

Llega el ferrocarril hasta la mencionada ciudad remontando una sucesión

de curvas audaces, siguiendo el borde de precipicios, atravesando selvas

húmedas, eternamente verdes, compuestas de diversos árboles gigantescos

á cuyo pie crecen los helechos. Cerca de fuentes y arroyos, tienen los

matorrales, como en el Japón, bandas enrolladas de papel conteniendo

oraciones. Los rododendros se cubren de flores al lado de cedros,

sicomoros y palmeras. Las orquídeas semejan pájaros, balanceándose

agarradas á los troncos. Según vamos subiendo, las plantas tropicales se

rarifican, reemplazándolas abetos, musgos y florecillas de las montañas

de Europa.

A no ser por los trajes de los vendedores que acuden á las estaciones,

resultaría difícil imaginar que estamos en la India. Usan casacas hechas

con pieles de animales, pero llevando el pelo adentro y bordado de

colores el cuero exterior. Hombres y mujeres van calzados con botas de

fieltro que les hacen marchar de un modo titubeante.

En Darjeeling, á la salida del sol, vemos de una manera vaga la cumbre

famosa que nos ha hecho venir hasta aquí. El antiguo Himalaya está muy

lejos y enormemente alto; casi parece una nube á través de la escotadura

que forman dos cumbres más próximas. Su cúspide cubierta de nieve nos

parece de una majestad aplastante, tal vez porque estamos enterados de

su altura excepcional, 8.840 metros, la mayor del mundo. En realidad,

tiene demasiadas montañas en torno para que podamos darnos cuenta de su

grandeza desde este lugar. De todos modos, nos proporciona cierta

satisfacción vanidosa el ver desde las afueras de Darjeeling esta

montaña blanca que cubre gran parte del horizonte.

--Ya conozco el Himalaya--podemos decir--, aunque sea de lejos.

Todo aficionado á la lectura prefiere usar el antiguo nombre que dieron

poetas y viajeros á la montaña más alta de la tierra. El Himalaya

(llamado por los indígenas Gaurisánkar) pierde mucho de su prestigio

fabuloso, de las leyendas terroríficas unidas al misterio de su cumbre

nunca pisada por los humanos, y en la que residen dioses misteriosos y

diabólicos, cuando se la da el nombre del funcionario británico Everest.

Al salir el _Franconia_ de la bahía del Diamante, va tomando ésta el

aspecto de una cola abierta de pavo real. Se aclara el agua rojiza con

las masas oceánicas que envía á su encuentro la marea. Las luces del sol

matinal extienden sobre la superficie del estuario praderas verdes,

lagos azules y rojizos, senderos que parecen cubiertos de temblonas

violetas. Toda esta variedad de tintas va disolviéndose según se esfuman

y desaparecen, á ambos lados del buque, las riberas de la yungla. Se

estrechan y prolongan como filamentos las manchas amarillas de barro

líquido. Los redondeles color de sangre coagulada que reflejan fondos de

cieno son cada vez más reducidos, y al final flotan como escudos

sueltos, aleteando sobre su círculo las aves de presa.

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 3/3 · 第 3 / 26 段