toman el baño muchos hombres puestos en cuclillas, extremadamente
gordos, de carnes relucientes por la humedad. Lanzan gritos agudos de
placer y se mueven cosquilleados por la frialdad del río. Sus amplias
espaldas, partidas por una raya vertical, así como los rollizos
hemisferios de su continuación, que surgen y se ocultan rítmicamente en
el agua, tienen un color rosado de carne femenina á través del velo
transparente que se pega á su piel. Todos llevan el cabello muy corto,
con una especie de cresta ó cepillo en la cúspide del cráneo. Cuando se
vuelven, sin mirar á nuestro buque, para hacer los gestos rituales
frente al sol, vemos un doble abultamiento colgante sobre su pecho, y
más abajo, á través de la tela que parece vidrio flexible, una mancha
negra que no continúa.
Son las viudas de Benarés, y únicamente pueden bañarse en este sitio,
más allá de los hombres de las castas viles.
La autoridad británica puso fin á la bárbara costumbre de que la viuda
se quemase viva en la pira funeral del esposo, pero su existencia
presente se prolonga en el más horrible de los olvidos. La viuda muere
en vida: ningún hombre se casa con ella, ni busca su trato. Su propia
familia y la del muerto no vuelven á acordarse de que existe. Se
mantienen en absoluta pobreza, al margen de las otras mujeres,
aguardando como una liberación el momento de la muerte. Sólo en días de
gran fiesta, como el de hoy, osan bajar al Ganges, lejos, muy lejos de
los _gaths_ que ocupa la muchedumbre. Viendo tal abandono se comprende
que muchas indostánicas sean partidarias de morir quemadas con el
cadáver del esposo. Es una muerte gloriosa, que las libra al mismo
tiempo de esta viudez abominable.
Cuando los ingleses suprimieron la horrible tradición, muchas esposas de
nababs se rebelaron contra la ley, organizando la ceremonia de su quema.
Al celebrarse los funerales de un personaje famoso, llegaban sus
diversas esposas procesionalmente á morir en su hoguera, contestando con
saludos de artista á los aplausos de la muchedumbre. Aun hoy, de tarde
en tarde, en algunas provincias del interior, hay viudas que se arrojan
en el brasero del esposo, y cuando viene á enterarse la policía colonial
ya es tarde.
Miro con interés y conmiseración á estas pobres jamonas, peinadas en
forma de cepillo, que suben y bajan sus abultamientos sonrosados sobre
el lomo del Ganges, haciendo chapotear el agua y suspirando
nostálgicamente. Por encima de sus cabezas, varios perros hirsutos, con
ojos de fiera, siguen la costa fluvial, disputándose las carroñas que
abandonó la última crecida. Uno de estos animales trota paralelamente á
nuestra barca, llevando en su boca algo que parece de cartón. Es una
especie de bacalao enorme y negruzco, y en su parte alta se balancea una
bola amarilla y blanca.
El perro costroso y famélico roe su presa, la deja en el suelo, vuelve á
tomarla entre sus colmillos, arrastrándola más allá. Al fin nos damos
cuenta de que es un costillaje humano con restos de brazos y piernas, un
cadáver tal vez de santo bracmán, cuyas partes más apetitosas fueron
devoradas por los caimanes y el Ganges abandonó en su orilla al bajar de
nivel. La bola es un cráneo, pegado todavía al sólido engranaje de las
vértebras, con la blancura del marfil y la suciedad del barro... Y
abajo, las viudas, contentas de este día de fiesta y de carnes lavadas,
siguen abriendo círculos en el líquido sagrado con el vaivén de sus
hemisferios inferiores.
Volvemos hacia Benarés, repelidos por la presencia de otros perros que
pelean con los buitres, disputándose la posesión de cadáveres
invisibles. Desembarcamos en uno de los _gaths_ centrales y subimos á la
ciudad, perdiendo de vista el río. Volvemos á internarnos en las calles
sin vehículos, donde sólo circulan animales sagrados, muchas veces
pequeños búfalos de blanda y torcida giba.
Vamos en busca de los famosos templos de Benarés. Un devoto indostánico
necesitaría meses para visitarlos todos. Creo que existen en la ciudad y
sus arrabales unos cinco mil, con veinte mil sacerdotes y siervos del
culto. Estos templos más bien son santuarios por su pequeñez. Sus muros
de piedra están cubiertos de esculturas y tallas, pero las múltiples
labores resultan poco visibles, por estar embadurnados aquéllos con un
color litúrgico, rojo sangre. Todos tienen un pórtico sostenido por
columnas y una flecha final dorada ó blanca.
La muchedumbre es todavía más numerosa en las calles que al empezar la
mañana. Caminan graciosamente las mujeres, envueltas en velos que
transparentan aros de plata y bronce en brazos y tobillos, así como las
joyas de pedrería que adornan su pecho. Las más llevan sobre la cabeza
grandes platos de metal con montones de flores dedicadas á las
divinidades. Un perfume de sándalo y de jazmín sigue sus pasos.
En estas callejuelas estrechas como pasillos, los balcones de las casas
avanzan hasta tocarse. Debajo de sus salidizos toda puerta sirve de
escaparate á un comercio. Como las muchedumbres devotas venidas en
peregrinación necesitan llevarse un objeto que les recuerde la ciudad
santa, los tenderos viven prósperamente. Es un comercio que recuerda el
de los árabes en _Las mil y una noches_. Pequeñas tiendas de zapatería
sirven de punto de reunión á los ociosos. Abundan los imagineros, con
sus dioses de múltiples brazos alineados en los anaqueles. Los
vendedores de telas extienden ante sus puertas un empavesado multicolor
de velos, túnicas y alfombras. Mujeres y niños ofrecen coronas de flores
para los dioses.
Todas las callejuelas huelen á jazmín, á pimienta, á almizcle, á
sándalo, á lugar húmedo donde nunca llega el sol, y esparcen al mismo
tiempo un hedor de letrina. Sin embargo, su enlosado igual y sin aceras
está limpio. No se ven montones de basura ni animales muertos, como
ocurriría seguramente si Benarés fuese una ciudad musulmana. Su carácter
induísta se revela también en la abundancia de mujeres, todas con el
rostro descubierto, ligeras de ropa, hablando y riendo en plena calle.
Vamos al templo donde está la piedra de Siva, fetiche tal vez de los
remotos habitantes de la yungla salvaje. Lo llaman los peregrinos
«Templo de Oro» porque se yergue sobre él una flecha piramidal
recubierta de placas doradas.
Dicho templo, relativamente pequeño, es célebre en toda la India. Una
muchedumbre se estruja en la plazoleta abierta ante su entrada
principal. Los hombres que la componen inspiran cierta inquietud al
extranjero, á causa de sus carnes tatuadas y los signos de color
sangriento pintados en la frente. Todo devoto que consigue penetrar en
el mencionado templo y cumple los ritos sagrados ante la piedra-ídolo va
después de su muerte á Kailas, el paraíso brahmánico. Así se explica el
apresuramiento de las turbas creyentes. Para hacer más grande la
confusión, vacas y búfalos sagrados se entretienen, con insolente
tenacidad, en entrar y salir á través del gentío, oprimiéndolo contra
los muros.
En un vasto corral cerrado por columnatas, vemos los establos de otras
bestias cornudas y santas, las cuales se mantienen majestuosamente
aparte de los ruidos de la fiesta. Cerca hay un pozo de escasa
profundidad, cuya agua dormida y verdosa exhala fétido olor. Los
peregrinos, después de contemplar la piedra de Siva, se agolpan aquí,
disputándose el repugnante líquido que un bracmán les ofrece en vaso de
plata á cambio de dinero. Este pozo, llamado «Fuente de la Sabiduría»,
se formó, según la leyenda, cuando las divinidades del Olimpo
indostánico se disputaban la posesión del brebaje de la Inmortalidad.
Para resolver la querella, Siva se apoderó de la enorme copa, apurándola
de un trago, pero dejó escapar en su precipitación algunas gotas del
prodigioso líquido, y éstas cayeron sobre la tierra, llenando la
cisterna de Benarés. Un poco más lejos hay otro pozo, llamado
Mankarnika, cuya agua, no menos hedionda, proviene del lavado de las
imágenes de los templos vecinos. Con frecuencia llega una procesión
llevando su ídolo en un palanquín, y los fieles lo rocían con el agua
del mencionado pozo, bebiéndola después ávidamente.
Esta muchedumbre de ojos agresivos y emblemas sangrientos en el rostro
muestra, sin embargo, una admirable tolerancia religiosa. Misioneros
americanos y británicos, conocedores de la lengua indostana, predican
muchas veces en la plazoleta del «Templo de Oro» para propagar el
cristianismo. Insultan la idolatría, maldicen á Siva, se esfuerzan por
demostrar la falsedad de las tradiciones religiosas de Benarés. Los
indos les escuchan con silenciosa atención; algunos permanecen inmóviles
horas enteras para que no les tachen de descorteses con el extranjero, y
finalmente, entran todos en el templo para adorar la piedra de Siva.
«Con esta gente dulce, tolerante, respetuosa--dice un obispo anglicano
conocedor del país--, resulta imposible obtener una sola conversión.»
Hacemos alto ante otro templo, pintado interiormente de rojo. La piedra
de sus muros, labrada con la minuciosidad de la arquitectura indostánica
en forma de cupulitas, figurillas y lianas, resulta uniforme bajo esta
costra que parece de sangre seca. Entra en él una procesión de
peregrinos, todos con ropas cortas y turbante de color azafrán,
apoyándose en varas que tienen una calabaza en su remate. Los sacerdotes
salen á recibirles, conduciéndolos luego ante un altar de cuatro frentes
en el centro del santuario. No podemos ver más. La muchedumbre que
circula apretadamente por el callejón, pegándose á los muros para dejar
paso á las vacas sagradas, nos impide permanecer ante las puertas de los
templos.
Un personaje sacerdotal viene á ofrecernos el balcón de su casa. Es de
madera, semejante á los miradores turcos, y desde él podemos abarcar con
la vista los patios interiores de varios santuarios y el río de cabezas
que discurre incesantemente por la callejuela. Se reconoce á los judíos
indostánicos por sus gorritos negros y redondos. Varios faquires
mendicantes agitan campanillas, cadenas, tridentes, y entonan cánticos
sagrados para implorar la limosna de los devotos. Ascienden sobre las
terrazas, cortando la atmósfera intensamente azul, numerosas flechas de
templos, blancas y doradas. Pasean por sus aleros pavos reales con la
cola abierta, loros saltones, tropas de monos, que parecen dueños de
todas las techumbres de la ciudad.
Nos van enseñando, entre las mujeres que pasan, á las servidoras de los
templos ó bayaderas, las cuales se dan á conocer por ciertos detalles de
su vestimenta.
Este título de «bayadera», usado por los europeos, no es indostánico.
Se debe á los portugueses, que tantos nombres crearon para designar
cosas y personas de Asia. Al ver, en sus primeros avances por la India,
á las bailarinas de las pagodas, las llamaron _baladheiras_, y de ahí la
designación europea de bayaderas. El nombre indostánico verdadero es
_debadasi_, que significa «esclava de los dioses». Así como las
divinidades indostánicas tienen en sus cielos tropas domésticas de
_apsarasas_ ó ángeles femeninos, los bracmanes, siguiendo tal ejemplo,
crearon para el servicio de sus pagodas á las _debadasi_.
Todo indostánico puede consagrar una de sus hijas al servicio divino;
pero hasta hace pocos años esto pesaba como obligación imprescriptible
sobre la clase de los tejedores. No había en dicho oficio quien se
librase de entregar á los bracmanes su quinta hija, y si tenía menos de
cinco, la más joven. Nos parece ahora irritante este honor triste y
cruel; pero oportuno es recordar que, hace menos de un siglo, las
familias ricas y nobles de los países católicos todavía destinaban una ó
varias de sus hijas á la vida religiosa, sin pedirles consentimiento,
sin preocuparse de si tenían ó no vocación para la vida claustral.
No son tan numerosas las bayaderas como en otros tiempos, pero aún
reciben la misma educación desde su infancia, ejercitándose en el baile,
el canto, los juegos mímicos, la lectura de los libros sagrados y el
arte de escribir. En algunas regiones de la India ejercen la
prostitución con un carácter sacerdotal, entregando parte de su producto
al templo de que dependen. Sus hijos quedan en él como músicos y sus
hijas las suceden en su profesión.
Las _debadasi_ de la India meridional tienen la tez muy obscura y la
frotan con azafrán para aclararla, lo que no aumenta los encantos de su
cuerpo bronceado. Las del Norte, más famosas, por pertenecer casi todas
á la raza blanca, son las que crearon el renombre misterioso de la
bayadera, tan agrandado y desfigurado por la poesía.
Salimos al caer la tarde del centro de la ciudad, para correr sus
suburbios.
Aquí encontramos calles más anchas, mejor dicho, caminos polvorientos
orlados de pequeños edificios, y podemos montar en automóvil para ir al
templo de la Fuente de Durga, llamado también «Templo de los Monos» á
causa de las numerosas bandas de estos animales que viven en sus
techumbres.
Resulta enorme, comparado con los santuarios del viejo Benarés. Los
constructores pudieron esparcirse aquí en amplios terrenos, y el templo
y sus patios tienen además, como murallas defensivas, cuatro alas de
edificios que ocupan los sacerdotes.
Subimos á las terrazas de este cuadrilátero que rodea el santuario de la
diosa. No sentimos deseo alguno de penetrar en la residencia de la
terrible mujer de Siva. Sabemos que su culto consiste en el degüello de
cabras para que su sangre corra por las baldosas. Preferimos pasear
entre los monos, viendo de arriba á abajo los patios y el vestíbulo,
donde están en cuclillas varios sacerdotes. Algunas cabras blancas, de
cuernos en espiral, balan y corretean, sin presentir cuál será su suerte
al día siguiente.
Una niña como de doce años, gorda, descocada, casi desnuda, se
entretiene en cabalgar á estas cabras, una tras otra, azuzándolas con
gritos y golpes para que troten. Es de raza blanca; lleva al aire sus
abultadas pantorrillas de ambarino color, y una camisa recogida entre
los muslos, su única vestimenta, se entreabre sobre el busto, dejando
ver un pecho carnoso, en el cual la pubertad no ha hinchado aún los
suaves abultamientos del sexo. Por debajo del turbante blanco asoma su
rostro mofletudo, con ojos negros y crueles. Debe ser hija de alguno de
estos sacerdotes de cabeza rapada y vestiduras color de azafrán que
contemplan sonriendo sus juegos varoniles.
Los monos de las terrazas acaparan nuestra atención. Se aproximan
chillando y tendiendo sus manos de palmas violáceas. Antes de subir
hemos comprado en la puerta del templo varios cucuruchos de papel llenos
de maíz tostado, manjar predilecto de estos animales, cortos de piernas,
rechonchos, con una pelambrera rojiza. Son innumerables; trepan por los
muros; marchan balanceándose como beodos sobre el filo de las
balaustradas. Las hembras dejan de espulgar á sus pequeñuelos para venir
igualmente hacia nosotros, atraídas por el maíz.
Abajo continúan sonando los gritos de la niña gorda y sus violentas
cabalgadas á lomos de los pobres animales, que se resisten á tal
deporte. Mi guía me habla, otra vez con los ojos bajos, sobre la
identidad de esta amazona ruidosa. No pertenece al sexo que yo me
imagino. Es un muchacho rollizo, al que miman los sacerdotes, dejándole
hacer cuanto quiere... ¡Ah!
Uno de estos personajes ha subido á la terraza para darnos explicaciones
sobre el templo y la divinidad sanguinaria que lo habita. Alguien le ha
hecho saber mi profesión, y me habla en una mezcla ininteligible de
inglés é indostano. Al mismo tiempo pretende abarcar con los movimientos
de sus brazos todo el templo rojo y sus dependencias, que van tomando un
color de naranja bajo el sol poniente.
Sólo puedo entender dos palabras que repite con tenacidad y suenan en
mis oídos: «Mark Twain...» ¿Qué puede hacer aquí el famoso humorista
americano?... Mi intérprete aclara al fin lo que viene repitiendo con
tanta insistencia el bracmán.
--Dice que á usted le interesará saber que mister Mark Twain estuvo
aquí, y después de un largo examen declaró que todo estaba en regla.
Hago que me repitan la incomprensible noticia, y el bracmán obedece, sin
añadir nada nuevo. Al fin desisto de pedir nuevas aclaraciones. ¡Ah,
burlón serio y glacial!... ¿Qué es lo que estaba en regla?... ¿Los
sacerdotes de la diosa?... ¿Los monos de los tejados?... ¿El gordinflón
de equívoco sexo que hace trotar á las cabras antes de que las
degüellen?...
Ha empezado el anochecer. Volvemos á la parte inglesa de Benarés, donde
están los hoteles europeos y el campamento de las tropas. En los caminos
polvorientos nos cruzamos con muchos carritos indígenas, de los que
tiran bueyes pequeños como asnos. Sus conductores ocupan una de las
varas, con las piernas colgantes.
Al atravesar un arrabal, algunos chicuelos induístas arrojan una piedra
contra la caja del automóvil. Es un accidente insignificante; lo mismo ó
peor ocurre con frecuencia en los caminos de Europa. Pero nuestro
chófer, mahometano joven y arrogante, de tez color canela, ojos
ardientes, bigote erguido y batallador, no lo cree así. Parece orgulloso
de su turbante verde y del apéndice franjeado que le cae sobre la nuca.
Se adivina que debe ocultar en su faja un puñal curvo. Apenas oye la
pedrada, detiene el vehículo y se echa abajo del pescante. ¡Atreverse
unos brahmanistas á tal insolencia con un musulmán!...
Empieza á distribuir bofetadas entre los muchachos, y éstos huyen
despavoridos, gritando y llorando. Salen hombres medio desnudos de las
casas inmediatas. Son induístas altos, enjutos, con sólo un lienzo
blanco anudado á sus caderas y la cabeza esquilada. Miran con
curiosidad, sin decir una palabra; pero el mahometano, previsoramente,
por si pudiera ocurrírseles el agredirle, se quita uno de sus zapatos,
con gruesa suela de madera, y empieza á repartir golpes igualmente entre
los hombres.
Creo necesario bajar del automóvil, temiendo por la suerte de este
chófer que sólo conozco desde la mañana. Lo van á matar. ¡Son tantos
contra él!... Con gran asombro veo que los induístas vuelven las
espaldas y acaban por meterse en sus casas, perseguidos por los
zapatazos del compatriota musulmán. El chófer vuelve á su vehículo
sonriendo como un triunfador, y reanudamos la marcha.
Esta es la India. Unos miles de ingleses bastan para dominar á más de
trescientos millones de indígenas. Las diferentes religiones del país,
escrupulosamente respetadas por aquéllos, mantienen su autoridad.
En vano el generoso Gandy (un San Francisco de Asís indostánico) viene
sufriendo y esforzándose por unir las voluntades de todos sus
compatriotas en una acción común. Los brahmanistas son 218 millones, y
los musulmanes indostánicos 67 millones nada más. Pero el musulmán,
hombre de cuchillo y de venganza, aficionado á la guerra, predispuesto á
la vida de soldado, compensa con su audacia agresiva esta inferioridad
numérica.
Si musulmanes y brahmanistas olvidasen sus odios religiosos, se verían
obligados los ingleses á retirarse de la India, tal vez sin disparar un
tiro, vencidos por la resistencia pasiva de centenares de millones de
seres. Pero apenas se inicia una tregua religiosa y los indostánicos de
diversos ritos parecen entenderse, al abrir los musulmanes, una mañana,
cualquiera de sus mezquitas, la encuentran profanada por huesos de
cerdo arrojados en su interior, y esto basta para que se echen
inmediatamente á la calle á matar brahmanistas. Otras veces son los
adoradores de Siva los que sienten la tentación de atacar á los
musulmanes, si los ven inferiores en número.
De todos modos, el que lleva turbante mahometano se cree infinitamente
superior á sus compatriotas de cabeza rapada y no vacila en agredirlos,
uno contra doce, como mi chófer de Benarés.
La unidad de la India es hasta ahora una vana expresión geográfica.
Existen tantas Indias como religiones. Y las religiones son los grupos
humanos que más difícilmente llegan á entenderse para marchar juntos.
IV
LA ÍNSULA DE TAPROBANA
Viaje á Darjeeling.--La India fría.--Visión del majestuoso
Himalaya, llamado ahora Everest.--Salimos de la bahía del
Diamante.--Otra vez el mar tropical.--Los infortunios del heroico
Rama.--Cómo el rey de los monos le prestó ayuda, construyendo un
puente de la India á Ceilán con todo su ejército de
cuadrumanos.--La ínsula de Taprobana y sus maravillosas
riquezas.--El «Pico de Adán».--Los grandes hoteles de
Colombo.--«¿Viene usted á cazar tigres?».--La avenida central de la
ciudad y sus transformaciones políglotas.--Hombres con peineta y
faldas.--Indos con apellido portugués.--Budistas y
brahmanistas.--Por qué los ingleses procuran que los indostánicos
sigan llevando los pies descalzos.
Volvemos á la bahía del Diamante, donde nos espera el _Franconia_.
Desde Calcuta hemos hecho un viaje igual al de Benarés, pero hacia el
Norte, en busca de la fría ciudad de Darjeeling, donde el indostánico no
puede vivir medio desnudo, como sus compatriotas del Ganges inferior y
los Estados del Sur.
No hemos ido á Darjeeling para ver sus plantaciones de té, sus
callejuelas y sus bazares donde pueden adquirirse tapices de pelo de
cabra con flores bordadas. El principal atractivo de esta ciudad,
construída á considerable altura, es poder contemplar la famosa cumbre
llamada vulgarmente Himalaya, y á la que han dado los ingleses el
nombre de Everest, un inspector general de las Indias. Inútil es decir
que Everest no puso jamás sus pies en la altura hasta ahora inaccesible
que lleva su apellido, como tampoco los numerosos exploradores que
intentaron luego escalarla.
Llega el ferrocarril hasta la mencionada ciudad remontando una sucesión
de curvas audaces, siguiendo el borde de precipicios, atravesando selvas
húmedas, eternamente verdes, compuestas de diversos árboles gigantescos
á cuyo pie crecen los helechos. Cerca de fuentes y arroyos, tienen los
matorrales, como en el Japón, bandas enrolladas de papel conteniendo
oraciones. Los rododendros se cubren de flores al lado de cedros,
sicomoros y palmeras. Las orquídeas semejan pájaros, balanceándose
agarradas á los troncos. Según vamos subiendo, las plantas tropicales se
rarifican, reemplazándolas abetos, musgos y florecillas de las montañas
de Europa.
A no ser por los trajes de los vendedores que acuden á las estaciones,
resultaría difícil imaginar que estamos en la India. Usan casacas hechas
con pieles de animales, pero llevando el pelo adentro y bordado de
colores el cuero exterior. Hombres y mujeres van calzados con botas de
fieltro que les hacen marchar de un modo titubeante.
En Darjeeling, á la salida del sol, vemos de una manera vaga la cumbre
famosa que nos ha hecho venir hasta aquí. El antiguo Himalaya está muy
lejos y enormemente alto; casi parece una nube á través de la escotadura
que forman dos cumbres más próximas. Su cúspide cubierta de nieve nos
parece de una majestad aplastante, tal vez porque estamos enterados de
su altura excepcional, 8.840 metros, la mayor del mundo. En realidad,
tiene demasiadas montañas en torno para que podamos darnos cuenta de su
grandeza desde este lugar. De todos modos, nos proporciona cierta
satisfacción vanidosa el ver desde las afueras de Darjeeling esta
montaña blanca que cubre gran parte del horizonte.
--Ya conozco el Himalaya--podemos decir--, aunque sea de lejos.
Todo aficionado á la lectura prefiere usar el antiguo nombre que dieron
poetas y viajeros á la montaña más alta de la tierra. El Himalaya
(llamado por los indígenas Gaurisánkar) pierde mucho de su prestigio
fabuloso, de las leyendas terroríficas unidas al misterio de su cumbre
nunca pisada por los humanos, y en la que residen dioses misteriosos y
diabólicos, cuando se la da el nombre del funcionario británico Everest.
Al salir el _Franconia_ de la bahía del Diamante, va tomando ésta el
aspecto de una cola abierta de pavo real. Se aclara el agua rojiza con
las masas oceánicas que envía á su encuentro la marea. Las luces del sol
matinal extienden sobre la superficie del estuario praderas verdes,
lagos azules y rojizos, senderos que parecen cubiertos de temblonas
violetas. Toda esta variedad de tintas va disolviéndose según se esfuman
y desaparecen, á ambos lados del buque, las riberas de la yungla. Se
estrechan y prolongan como filamentos las manchas amarillas de barro
líquido. Los redondeles color de sangre coagulada que reflejan fondos de
cieno son cada vez más reducidos, y al final flotan como escudos
sueltos, aleteando sobre su círculo las aves de presa.