callejuelas. Puedo abarcar en una sola mirada la grandeza de este río
divino y los miles y miles de seres humanos hundidos hasta el cuello en
sus aguas ribereñas, con los ojos en oración. Toda la India inmóvil en
su ensueño religioso, la India del quietismo contemplativo, que resulta
incomprensible al ser estudiada en los libros, se revela de golpe con la
majestuosa aparición del Ganges. En lo más alto del _gath_ me siento
zarandeado por la muchedumbre que se derrama poco á poco por las tres
caras de su graderío. Es una muchedumbre multicolor, como no la he visto
en ningún pueblo del Extremo Oriente, como jamás volveré á verla en otro
país. Por un azar, la mayor parte del gentío de las callejuelas iba
vestido de blanco, contrastando el albo color con sus carnes de bronce.
Aquí, las mujeres se cubren con velos escarlata, azafrán, rojo,
amarillo, verde, morado ó color de fuego. Muchos hombres llevan fajas y
turbantes de iguales tintas: el turbante indostánico terminado en punta,
con un extremo que cuelga sobre el pescuezo. Varones y hembras son de
exagerada delgadez, que da á sus movimientos silenciosos una agilidad y
una soltura extraordinarias, haciendo pensar al mismo tiempo en la
extenuación del hambre. Cuando alguno de estos seres es obeso, su
gordura resulta igualmente exagerada, con la hinchazón elefantíaca de
ciertos ídolos.
Los bracmanes, vestidos de blanco ó rojo, descienden impasibles hacia el
río, como si marchasen á través de la soledad. Otros sacerdotes de
sectas incomprensibles para nosotros nos rozan al pasar con repulsivo
contacto. Algunos llevan la cara pintada de ceniza y boñiga, como
payasos grises. Otros, más pequeños, tienen aspecto de bufones sagrados
y ostentan un gorro en forma de campánula invertida, cubierto de flores
artificiales, con faldellines de la misma especie sobre las caderas. Los
hay pintados igualmente con pasta de cenicienta palidez, los ojos
perdidos en la profundidad de sus órbitas, los brazos óseos, el
costillaje saliente por la flacura, cubiertos con una especie de sudario
quemado y deshilachado, que parecen cadáveres recién expelidos por la
tierra.
Descendemos un centenar de escalones, percibiendo á la vez la
respiración húmeda del Ganges, el olor sudoroso de la muchedumbre que
aún no se ha bañado y un perfume primaveral. En los últimos peldaños,
los vendedores de flores agitan sus brazos cargados de guirnaldas. Todos
los peregrinos, hasta los más miserables, compran un collar florido para
ofrecérselo al padre Ganges.
Flores, flores por todas partes, rojas, amarillas, azules. El río tiene
cubierto de pétalos su remanso frente á Benarés. Hasta diez ó doce
metros de la orilla existe un banco flotante, color de sangre, de cielo
y de oro, que sube y baja con las palpitaciones de la corriente ó el
paso de las barcas, choca contra la orilla, se despega formando islas y
vuelve á soldarse con la piedra de los peldaños.
La luz alegre de un sol adolescente saca destellos de esta muchedumbre
apretada á lo largo del Ganges, pone resplandores en los pesados
brazaletes femeniles, chisporrotea en los botones de plata ó los
diamantes incrustados en mejillas y narices, hace relucir como pequeños
soles los vasos de bronce que los devotos sostienen en una mano para
llevarse á su vivienda el agua sagrada.
Lo extraordinario en este amontonamiento de gente oriental es la
abundancia de mujeres. En ninguno de los pueblos asiáticos son
presenciadas las ceremonias religiosas por tal muchedumbre femenina. La
mayor parte de los fieles profesa el induísmo, y sus mujeres van á cara
descubierta, sin más que un velo sobre la cabellera. Todas se han puesto
sus mejores joyas para la fiesta del _Sivarat_. Muchas, además de los
botones y piedras preciosas incrustados en el rostro, ostentan grandes
aros de oro y esmeraldas pendientes del tabique central de su nariz.
Como los induístas no llevan turbante, la mayor parte de esta
aglomeración devota se compone de cabezas descubiertas recién esquiladas
para que resulte más eficaz la inmersión en el río sagrado.
Salto á una de las barcazas que llevan viajeros por la curva del Ganges,
de un extremo á otro del caserío. Son embarcaciones pesadísimas, en las
que se atendió á la estabilidad más que á la rapidez. Sobre su casco
existe una casa de madera pintada, cuya techumbre sirve de terraza.
Subimos varios á esta azotea fluvial, tomando asiento en sillones de
junco ennegrecidos y con patas vacilantes, restos del mueblaje de algún
funcionario británico.
Junto á la proa bogan dos muchachos casi desnudos, que soplan de
cansancio al mover sus remos enormes. Arriba, en la parte trasera de la
terraza va el «capitán», indígena tostado é igualmente desnudo, que
empuña á guisa de timón un remo todavía más grande. Nos deslizamos
lentamente aguas arriba, á pocos metros de la ribera. Ahora podemos
apreciar la cara gangética de Benarés, la altura enorme de sus muros sin
ventanas, los palacios, cuyos dueños sólo vienen para morir.
Las cornisas de estos edificios tienen filas de palomas blancas ó de
color metálico, inmóviles, en un quietismo medroso. Sobre el cristal del
cielo se balancean buitres y aguiluchos, como borrones con alas. Las
galerías de afiligranado arquerío dejan ver gasas multicolores y tapices
venerables puestos á secar. En otros palacios, los salones han sido
transformados en pajares, asomando por el hueco de sus dobles ojivas el
amontonamiento de los haces. Algunas techumbres sustentan el aditamento
de cabañas negruzcas, que sirven de vivienda á una servidumbre parásita
y olvidada. Monos rojizos, de azogada inquietud, trepan por los
salientes de las fachadas, desaparecen en los tragaderos de los
ventanales y vuelven á surgir poco después.
Rozamos al pasar grandes barcos pintarrajeados, con uno ó dos mástiles:
yates indígenas de príncipes y nababs, anclados frente á sus palacios,
que sólo navegan cuando se celebra una fiesta acuática en honor del
padre Ganges. Estas galeras, mayores que la nuestra, sustentan
igualmente una amplia casa sobre su casco y una terraza en su techumbre,
pero están pintadas, á partir de la línea de flotación, con más
abigarrados colores. Unas son rayadas como el tigre ó la cebra, otras
blancas con guirnaldas de flores enormes; algunas tienen ojos y una proa
fisonómica, lo que les da aspecto de bestias fabulosas.
No hay una sección de la orilla sin su capa flotante de pétalos y su
muchedumbre que se baña ó hace oración. En algunos recodos desaparece el
agua enteramente bajo las cabezas y no se sabe dónde empieza la orilla.
Una hilera de quitasoles que parecen techumbres de chozas sigue las
sinuosidades de la ribera. Estos hongos colosales son de paja trenzada y
tienen inscripciones en indostano pintadas de negro con grandes
caracteres. Debajo de cada uno de ellos existe un santo bracmán, un
sacerdote de nombre célebre, que lleva años y años viniendo á ocupar
todos los días, á la salida del sol, el mismo lugar, y así continuará
mientras exista.
Veo á uno de estos personajes que llega tarde á su puesto y se coloca
bajo la cúpula del quitasol en una postura que guardará hasta el ocaso.
Se sienta con las piernas cruzadas sobre una tarima que avanza unos
cuantos palmos sobre el río. Tuerce su cúpula amarillenta para que la
sombra le cubra mejor, se balancea á un lado y á otro hasta quedar
cómodamente sobre sus pantorrillas en aspa, y una vez que ha tomado esta
posición, semejante á la del Buda, queda inmóvil, mirando la corriente
del Ganges con meditativa fijeza.
Estos santos varones tienen su fama y su clientela. Los fieles vienen á
visitarlos desde enormes distancias, trayéndoles presentes á cambio de
certificados que acrediten su viaje al Ganges, de recetas milagrosas, de
oraciones escritas y de fetiches. Todos poseen arriba, en el viejo
Benarés, casa propia, y la frescura de sus trajes inmaculados ó de
ardientes colores contrasta con la miseria de sus devotos.
Entre nuestra embarcación y la orilla van pasando, aunque permanecen
inmóviles, nuevas masas de hombres metidos en el río hasta los hombros,
insensibles á la frialdad de su corriente, los ojos en alto ó mirando
el propio pecho con religiosa tenacidad. No hacen el más leve
movimiento curioso ante el buque que pasa junto á ellos y les bate los
pectorales con las ondas de su desplazamiento. Están en oración, una
oración rutinaria y monótona que absorbe sus sentidos.
La ribera baja del Ganges es insegura para las edificaciones. Crecidas
frecuentes y la flojedad de un suelo de aluvión parecen burlarse de los
esfuerzos del hombre. Pasamos ante los restos de un templo grandioso,
que se amontonan, parte en la orilla y parte dentro del río. Este
monumento de arquitectura indostánica no se ha desmenuzado al
derrumbarse. Cayó en secciones, partido en piezas, como los edificios
que sirven de juguetes á los niños, yéndose cada fragmento por su lado.
Hay cúpulas que permanecen enteras con su base en el fango, ladeadas
sobre el agua. Escalinatas de una sola pieza, caídas sobre una de sus
caras laterales, tienen los peldaños derechos lo mismo que un muro que
se hubiese plegado en ángulos de acordeón. Algunas galerías, al
desplomarse, hundieron sus arcos en el Ganges, quedando en forma de
puentes. Los remates de torre erguidos sobre la lámina fluvial resultan
habitaciones acuáticas en las que penetran los nadadores. Columnas
completas emergen como palmeras desmochadas. Sobre sus capiteles hay
faquires andrajosos, que prefieren para su oración estas islas de
piedra, altas y vistosas, donde apenas pueden moverse. El mismo instinto
hizo instalarse en el remate de las columnas faraónicas á los
«estigiritas», santos y huraños derviches del cristianismo egipcio.
Nadie ha hecho el menor esfuerzo por pescar las piezas gigantescas de
este monumento caído en el río y reconstruirlo. Para el indostánico, lo
mismo valen las intenciones que los hechos. El templo ya fué levantado;
el padre Ganges lo ha querido en esta nueva forma, y no hay que
contrariarle. La divinidad ya conoce las intenciones de sus
constructores.
Más allá, una nube fuliginosa y un olor de grasa anuncian el gran
crematorio de Benarés. Navegamos lentamente ante las plataformas y
escalinatas de este lugar donde vienen á consumirse los personajes más
poderosos de la India.
Varias hogueras arden á la vez. Una cúpula de humo azulado esfuma las
fachadas de templos y palacios que se alzan en el fondo, haciendo
temblar las líneas de sus remates. Hombres negros de hollín van y vienen
entre las hogueras, derramando cazos de aceite para animarlas. Otros
golpean con barrotes de hierro á los cadáveres y los parten, acelerando
de este modo su cremación.
Aunque los restos son arrojados al Ganges, queda en estas plataformas
una gruesa capa de cenizas siempre tibias. Los cuerpos recién quemados
calientan las escorias de las incineraciones anteriores.
No queriendo ver de más cerca esta operación, permanecemos en el río.
Evitamos tropezar con esqueletos calcinados que aún guardan su forma;
meter el pie en los restos de un cadáver; aspirar á corta distancia el
humo humano. Arden ocho piras á la vez, y los que están junto á ellas
son mendigos induístas, lisiados, leprosos, paralíticos cubiertos de
llagas, horrible colección de esbozos de hombres, que al presenciar el
espectáculo de la muerte se consuelan de su miseria y sienten el orgullo
de vivir.
Adivinamos desde lejos la casta social de los que arden en el quemadero.
Hoy son cadáveres de pobres, á juzgar por su escasa leña. Uno se tuesta
con las piernas fuera del brasero, y estas piernas, hinchadas y
ennegrecidas por las llamas, toman la forma de morcillas chorreantes de
grasa. Los operadores fúnebres las parten con dos golpes de tridente;
luego las pinchan en el suelo, para arrojarlas á continuación en el
centro de la hoguera.
El incendio fúnebre envía hasta el río telarañas de hollín; otras veces
expele un sacudimiento de plumitas negras, que nos obliga á alejarnos.
Además, nuestro «capitán» quiere que presenciemos una ceremonia
extraordinaria que se está desarrollando en el último peldaño de otro
_gath_.
Una procesión cubre su graderío. El navegante gangético nos explica que
el día anterior ha muerto en Benarés un santo varón, célebre por sus
virtudes y milagros, y van á echarle al agua. A los personajes
sacerdotales de Benarés no los queman al morir. Gozan el mismo
privilegio que los niños de corta edad, los cuales tampoco son
incinerados. Sus cadáveres los llevan al río para que permanezcan
eternamente en las profundas y pacíficas entrañas del Ganges.
La paz del Ganges es simplemente una figura poética de sus devotos. El
santo río está infestado de caimanes enormes, caimanes que llevan siglos
de existencia, y esperan que muera un santo ó una epidemia se cebe en
los niños para comer con abundancia.
Vemos desde el buque al venerable bracmán, que parece vivo. Su cadáver
ocupa una silla dorada, está envuelto en velos blancos y una barba alba
y sedosa desciende hasta la mitad de su pecho. Suenan músicas y
cánticos. Cuatro devotos levantan la silla y se meten con ella en el
río, hasta que el agua toca sus hombros. Allí sueltan el sagrado
depósito, y asiento y cadáver flotan un momento en la corriente,
acabando por desaparecer. ¡Carne santa á los caimanes!...
Nos aproximamos luego á otro _gath_ que tiene aspecto de feria. Hay
gimnastas á varios metros del suelo, que voltean sobre bambúes
sostenidos por sus camaradas, con el vientre hundido en el remate de
dicha percha y los cuatro miembros abiertos en aspa. El eterno
encantador de serpientes toca su gaita ante el redondo cesto de reptiles
balanceantes. Prestidigitadores sin más traje que un taparrabos sacan de
su cuerpo pajarillos, ramilletes de rosas, transforman serpientes en
varas, repiten la misma operación á la inversa y mantienen una cuerda en
sus manos recta y rígida como si fuese un palo.
El interminable banco de pétalos y guirnaldas que flota junto á la
orilla empieza á descomponerse bajo el ardor solar, exhalando un perfume
semejante al de las flores de cementerio. El Ganges, color de ajenjo,
esparce á la vez olores de jardín húmedo, de madera quemada, de hollín
de cadáver, de cuerpo de mujer ungido con jazmines, uniéndose á esto el
hedor de las letrinas de la ciudad que descienden á perderse en el río
santo, imagen de la vida y de la muerte.
Miles y miles de hombres continúan inmóviles dentro de él, como una
humanidad quimérica compuesta de bustos flotantes. Olvidan al caimán que
se mueve una docena de metros más allá, en las aguas profundas,
masticando su presa fresca. Están absorbidos por la oración, y si
inclinan su cabeza es para beber á buches el agua cargada de zumo de
flores y zumos humanos.
Un canto vibrante, que tiene el dulce temblor del cristal, corta el
espacio y parece imponer silencio á los mil ruidos de la muchedumbre. Es
una voz de tenor, ardorosa, impulsiva, autoritaria, lanzando gorjeos
complicados, semejantes á los de las canciones tirolesas.
Veo al cantor, grandote, musculoso, destacándose por su robustez sobre
la flaca muchedumbre indostánica. Su rostro cobrizo está partido por la
barra de unos bigotes negros. Lleva sobre su cabeza un turbante verde,
puntiagudo y con rabo, como el de todos los musulmanes.
Juzgamos inexplicable el canto de este tenor infiel, enemigo del
brahmanismo. El guía mestizo que nos acompaña le escucha con deleite, y
cuando su voz hace una pausa, contesta á nuestras preguntas:
--Es un himno en honor del padre Ganges. Los musulmanes han acabado por
adorar la santidad de nuestro río.
III
LA SAGRADA BENARÉS
Bañistas casi desnudas en el Ganges.--Frisos lascivos de una
pagoda.--Las mujeres en la realidad y como las imaginaron los
artistas indostánicos.--El baño de las viudas y sus horribles
vecindades.--El «Templo de Oro».--La «Fuente de la
Sabiduría».--Tolerancia religiosa de los fanáticos.--Las bayaderas,
que nadie llama aquí bayaderas.--El «Templo de los Monos».--Lo que
dijo Mark Twain.--El chófer musulmán y sus zapatazos.--Odio
religioso explotado por los dominadores.--La obra generosa y
difícil de Gandy.--Tantas Indias como religiones.
Vamos ahora río abajo, frente á la otra mitad de Benarés, que dejamos á
nuestra derecha al embarcarnos. Un _gath_ de piedra blanca tiene llenos
de mujeres sus últimos peldaños. Suben y bajan por él otras mujeres,
rojas, azules, violetas, según el color de sus velos, yendo unas en
busca de la envolvente caricia del Ganges, retirándose otras con la
perezosa lentitud que acompaña la salida de un largo baño.
Se agita la muchedumbre femenina lo mismo que un colegio en libertad,
rasgando la calma majestuosa del río con sus gritos y risas. Unas
matronas de gordura elefantíaca guardan sentadas en los últimos peldaños
las ropas de las nadadoras. Éstas descienden por los escalones
sumergidos sin otra vestidura que una túnica sutil, que adquiere al
mojarse imprudentes transparencias, plegándose á todas las oquedades y
curvas del cuerpo, aclarando con tonos sonrosados la carne de suave
color canela.
Pasa nuestra barca entre estos grupos de náyades, pero ellas fingen no
vernos. La costumbre ha levantado un muro invisible frente al _gath_ de
las mujeres. Ningún varón de su raza puede acercarse á ellas durante el
baño sagrado, y por eso ignoran la presencia de otros hombres que, por
el privilegio de ser blancos, violan el obstáculo tradicional.
Nuestra embarcación se detiene ante un camino tortuoso, que es en unos
tramos sendero y más arriba escalera, ascendiendo entre huertecitas
hasta un santuario negruzco. El guía mestizo, bajando los ojos con
pudibunda expresión que revela su paso por una escuela inglesa, nos
anuncia que este santuario budista depende de la Pagoda Nepalense y
tiene unos relieves muy... curiosos. Los caballeros que deseen verlos
pueden seguirle. Las señoras deben quedarse en el buque: prohibida la
visita para ellas.
Desciendo de la techumbre del camarote, y de peñasco en peñasco llego á
la orilla. Otros viajeros me han seguido, dos _gentlemen_ corpulentos,
de rostro grave, que se atreven á esta decisión después de consultar con
los ojos á sus esposas. Éstas les despiden murmurando algunas palabras
misteriosamente. Adivino lo que dicen. Les dan permiso con la condición
de contar á la vuelta lo que vieron.
Caminamos los tres siguiendo al guía, con el mismo encogimiento
silencioso de los señores que abandonan su hotel en plena noche detrás
de un individuo que les prometió espectáculos interesantes y reprobados.
En mitad de la ascensión se une á nosotros una vaquita blanca, salida de
una pradera inmediata, con sus breves cuernos laqueados de verde. Este
animal sagrado nos acompaña en nuestra visita al santuario y continúa
siguiéndonos hasta que lo abandonamos, en nuestro regreso á la orilla
del río.
El pequeño templo tiene una techumbre doble en forma de caballete, con
remates cornudos, y de sus aleros penden campanillas de bronce que el
viento y la humedad han cubierto de óxido verde. Debajo de los aleros
hay un friso ancho de madera tallada, dividido en cuadros. Después de
varios siglos la madera se ha hecho negra, densamente negra, y sus
imágenes parecen esculpidas en hulla... Es lo que el guía prometió
enseñarnos.
Nuestros ojos no alcanzan á ver algo interesante en estas tallas
lóbregas, pero un hombre ha salido del santuario, un anciano fuerte y
hermoso, de pura raza aria, más blanco tal vez que nosotros. Su cráneo
calvo, con una aureola de albos cabellos, su barba abundante y
aborrascada, una tela ceñida á su cuerpo lo mismo que una toga, le dan
cierto parecido con San Pedro tal como aparece en los cuadros de la
pintura cristiana. Lleva un largo bambú en la diestra, y cumpliendo
automáticamente unas funciones tantas veces repetidas, señala las
diversas escenas del friso, mientras el guía sigue declamando sus
explicaciones en inglés.
Empezamos á descubrir el significado de las tallas; distinguimos la
desnudez inconveniente de sus figuras. Es la historia de un príncipe, no
sé si verdadero ó mitológico, con varias damas indostánicas, que al
principio aparecen convenientemente trajeadas, llevando cestos de flores
sobre la cabeza, y algunas casillas más allá sólo conservan las
sandalias y el gorro, mostrándose con el majestuoso galán en posiciones
que nos convencen, una vez más, de que nada hay nuevo bajo el sol.
Varios chicuelos de las casas inmediatas se han acercado, atraídos por
nuestra presencia. Balancea la brisa matinal las campanillas verdosas,
sacando de su bronce centenario melodías lejanas y débiles, semejantes á
las de un reloj con música. La vaquita de los cuernos verdes muge al
sentirse olvidada y olisquea nuestras manos con la esperanza de un
regalo. El «San Pedro» indostánico, como si conociese de pronto las
preocupaciones pudorosas del mundo occidental, intenta alejar á los
muchachos. Les habla, les grita, pero como ellos no pueden comprender
tales escrúpulos, siguen contemplando lo que han visto toda su vida, y
el guardián desiste de su severidad.
Algunos indígenas, vendedores de fotografías, surgen de las callejuelas
inmediatas para ofrecernos sus colecciones que representan las diversas
escenas del friso. Noto la diferencia entre el desnudo indostánico tal
como aparece en las obras artísticas y como es en la realidad. Hemos
visto abajo, minutos antes, las mujeres de Benarés y las peregrinas
venidas de lejanas provincias sumergiéndose en el río sin más traje que
sus velos mojados y transparentes. Todas son de una delgadez exagerada,
de un escurrimiento de formas que apenas respeta un tenue principio de
curva en los miembros, lo preciso nada más para que se reconozca su
carácter femenino. En las escenas mitológicas de este friso, así como en
todas las pinturas y relieves indostánicos, lo mismo las hembras humanas
que las diosas y los ángeles femeninos--bailarinas celestes llamadas
_apsarasas_--, todas tienen el busto delgado, mas con redondas
protuberancias mamilares, y á partir de la cintura, embebida y estrecha
como si la hubiese deformado un corsé, empiezan las curvas de unas
caderas soberbias, siendo lo que viene á continuación de una robustez
amplificada, pomposa, exuberante. Los poetas indostánicos, siempre que
hablan del muslo femenil, lo comparan por su redondez y dureza con la
trompa del elefante. Estatuarios y poetas imaginaron indudablemente lo
contrario de la realidad visible. También en la antigua Grecia, donde
las beldades de ojos negros y cabellera retinta tenían una palidez
verdosa, labios de rojo azulado y las puntas de los pechos obscuras,
pintaron ó policromaron los artistas á las diosas con cabellera rubia.
Volvemos á nuestro barco acompañados por la vaquita de los cuernos
verdes. Los chicuelos nos abandonan para seguir al hombre del bambú, que
sale al encuentro de otro guía con un grupo de viajeros. Al contemplar
el santuario desde abajo, nos arrepentimos de la ruda ascensión,
comparando sus fatigas con lo poco que hemos visto.
Según nos alejamos de la ciudad, va tomando la ribera un aspecto más
rudo y silvestre. Ya no hay edificios en su lomo. Sólo se ven cabañas
aisladas, vertederos de inmundicias, animales muertos, mangas giratorias
de cuervos atraídos por la podredumbre. A pesar de esta desolación, se
prolongan ante la orilla baja las filas de bañistas. Son hombres de
casta inferior, sudras miserables, que únicamente pueden buscar el agua
sagrada en este lugar apartado, donde ya no hay bracmanes con las
piernas encogidas bajo grandes quitasoles que exijan donativos á los
fieles.
Mocetones que parecen hechos de bronce hunden los amplios pectorales en
el agua y elevan sus brazos abultados por labores fatigosas. El río, al
llegar al final de su curva, se muestra más sucio. Flotan en él muchos
bultos negros: cadáveres de animales, tal vez de personas. Un buitre
revolotea sobre el cuerpo de un niño, se posa en él, arranca tiras de su
costillaje, se aleja engulléndolas, vuelve luego á alcanzarlo, siguiendo
la corriente. En este rincón de las castas inferiores deben pulular los
caimanes.