En cambio, las serpientes venenosas son cada vez más abundan

LA VUELTA AL MUNDO,

DE UN NOVELISTA

VICENTE BLASCO IBAÑEZ

LA VUELTA AL MUNDO,

DE UN NOVELISTA

TOMO III

INDIA.--CEILÁN.--SUDÁN.--NUBIA.--EGIPTO

PROMETEO

Germanías, 33.--VALENCIA

(Published in Spain)

1925

ES PROPIEDAD.--Reservados todos los derechos de reproducción, traducción

y adaptación.

Copyright 1925, by V. Blasco Ibáñez.

LA VUELTA AL MUNDO, DE UN NOVELISTA

I

LA CAPITAL DE BENGALA

Servidumbre de los hoteles de Calcuta.--Cuervos y chacales.--El

«Agujero Negro».--Las vacas sagradas.--El toro, igual al

hombre.--Casamientos infantiles.--Devotos de Siva y sacrificio

sangriento á Kali «la Negra».--El árbol-bosque.--La fiesta anual de

las serpientes.--Los «sapwallas» de Calcuta.--El faquir color de

vino y sus juegos extraordinarios.--Lo que sacó de una de mis

solapas, haciéndome saltar atrás, con gran parte del público.

El Gran Hotel de Calcuta es enorme, complicado y feo como un cuartel.

Sus dueños sucesivos han ido abriendo puertas y lanzando galerías hasta

posesionarse de todas las casas de la manzana. Sus habitantes tenemos

que orientarnos para ir de un extremo á otro, subiendo y bajando

escaleras, atravesando salones interminables de altísimo techo,

perdiéndonos á continuación en un laberinto de piezas, exiguas y

tortuosas.

En su piso bajo hay bazares, abundantes en ricas telas indostánicas,

pieles de tigre real, muebles de nácar y maderas preciosas. Los

comedores son amplios y sonoros como naves de iglesia. Para llegar á la

remota ala donde tengo mi habitación debo atravesar varios patios, cuyo

centro está ocupado por kioscos. Arriba, dormitorios y corredores, con

paredes enjalbegadas de cal amarillenta, tienen un aspecto miserable y

triste de cárcel.

Dichos corredores se hallan habitados por una población indígena, que

come, vive y duerme sin salir de ellos con pretexto de servir á los

huéspedes. Todos los que residen en Calcuta largo tiempo mantienen

criados propios, para su servicio, además de los del hotel. La

domesticidad es floja en su trabajo, pero en cambio, cuesta poco á los

amos. El criado recibe quince rupias al mes y se procura á su modo el

alimento y la cama. Todos duermen en los pasillos, ante las puertas de

sus dueños, en compañía de los otros servidores que pertenecen al

establecimiento. De noche, para llegar á mi dormitorio, paso entre dos

filas de indostánicos negruzcos, con grandes turbantes y ojos de brasa,

que miran con una fijeza enigmática. Algunos, cansados de dormir en

cuclillas, acaban por tenderse á través del pasillo, y hay que ir

saltando sobre sus cuerpos.

La domesticidad femenina, igualmente numerosa, se refugia en lugares

menos frecuentados y duerme conservando su traje, parecido al de las

Madonas de la pintura italiana, larga túnica con ribetes de galón

plateado y un velo de idéntico adorno que las envuelve todo el cuerpo y

acaba cubriendo su cabeza. Aunque sean pobres, llevan cargados los

brazos con múltiples pulseras de pesado metal blanco y un botón de plata

incrustado en la nariz ó una mejilla. Estas hembras de tez obscura, ojos

enormes y exagerada delgadez que hace pensar en la línea escurridiza de

la anguila, apenas las ve el viajero mientras vive en el hotel; mas así

que intenta marcharse, empiezan á surgir de corredores y puertas. Forman

en dos alas, uniéndose á la otra tropa de domésticos masculinos, todos

sin zapatos, con calzoncillos blancos y gran turbante; se inclinan

llevándose una mano á la frente, murmuran saludos que parecen oraciones,

y hay que ir repartiendo monedas de níquel á un lado y á otro, pues las

hospederías indostánicas, por importantes que sean, más bien parecen

asilos, donde cada cliente debe costear el sustento de numerosos criados

inútiles.

Cuando llega el lavandero para entregar la ropa, ó se presenta un

vendedor de objetos del país, toda la chusma instalada en el pasillo se

cuela tranquilamente en la habitación, dando sus opiniones, como si

alguien les hubiese llamado, hablando á un tiempo en su lengua, con

algunas palabras inglesas que resultan igualmente ininteligibles. Tal

vez son buenas gentes, pero su aspecto resulta inquietante. El misterio

del alma indostánica, tan confusa para nosotros, brilla en sus pupilas,

que son negras y saltonas, sobre córneas amarillentas. Gritan, manotean,

se echan encima del viajero con el impulso de su vehemencia verbal, y

éste acaba casi siempre por enfadarse, empujándolos al pasillo, donde

continúan vociferando.

Abajo, en comedores y salones á estilo occidental, el doméstico lleva

levitón blanco, faja roja y turbante igualmente inmaculado,

aproximándose con discreta elegancia á los huéspedes merced al

resbalador silencio de sus pies descalzos. Arriba, en los diversos

pisos, pulula la servidumbre á estilo indígena, con calzoncillos

astrosos y un trapo arrollado á la cabeza por toda vestidura, la cara

hollinada, cobriza, de palidez amarillenta ó blanca como la nuestra, y

todos ellos mirando en torno ávidamente, cual si esperasen un descuido

del viajero para llevarse algo.

Otros parásitos tienen los hoteles de Calcuta: los cuervos. He dicho

repetidas veces que este volátil es el eterno habitante de todos los

cielos de Asia, pero en Calcuta se ve más protegido y respetado que en

las otras ciudades del viejo mundo. Su crocitar estridente resuena en

patios y tejados desde la aurora á la puesta del sol. Todos los cuartos

del hotel tienen ventanas enormes. Más que ventanas son vidrieras

iguales á las de un estudio de pintor, y ante su muro transparente pasan

y repasan las sombras de centenares de alas negras imitando el jugueteo

de una banda de palomas.

Al instalarse el viajero, lo primero que le advierten es que no deje

sobre las mesas su reloj, su anillo, los gemelos de su camisa y otros

objetos brillantes. Los cuervos penetran en las habitaciones, lo mismo

que la población doméstica acampada en los pasillos, y se llevan en el

pico ó las garras todas las cosas metálicas, indistintamente. El lector

pensará que contra este peligro hay el simple remedio de tener cerrada

la vidriera, pero ignora que los indostánicos desean evitar molestias á

todo animal, hasta á los más pequeños, y para que el cuervo no sufra el

tormento de dar empujones inútiles á esta pared luminosa y dura, han

tenido la previsión de dejar sin cristal uno de los cuadros superiores

de la ventana. De este modo, el pajarraco que se nutre en los campos de

animales muertos y otras inmundicias entra y sale en vuestro dormitorio

graciosamente, lo mismo que un loro ó un ave del Paraíso.

Mientras estoy en el baño, sigo las evoluciones de cierto cuervo pardo,

ágil, no muy grande, que pasea por mi habitación como en terreno propio.

Deben haberse repartido equitativamente el disfrute de las piezas del

hotel todas estas bestias poco atractivas que aletean en torno al patio

ó descansan formando hileras sobre el filo de los tejados. El que

monopoliza mi habitación se ha colocado en el rectángulo sin cristal,

con las garras sobre el borde de madera, medio cuerpo hacia el

exterior, para platicar con sus compañeros desafinadamente, mientras su

mitad posterior eriza las plumas y deja caer rítmicamente dentro de mi

cuarto las superfluidades hediondas de su digestión.

El indo que dormita en cuclillas al otro lado de la puerta se encargará

de borrar este ultraje, gracias al sagrado respeto que le inspiran todos

los seres vivientes. Estos servidores son incapaces de matar los

parásitos albergados en la cama, y si encuentran debajo de ella un

escorpión, una araña peluda ó una serpiente, se apartarán para abrirles

paso, rogándoles que se vayan con palabras corteses. Todos somos hijos

de Brahma, y nos debemos mutuo respeto.

Más de una vez se han llevado los cuervos sortijas y otras alhajas

femeninas mientras sus dueñas estaban en el baño. Cuando ocurre esto,

los criados más expertos del hotel celebran consejo; adivinan por la

habitación qué cuervo puede haber realizado el robo y en qué árbol de la

inmediata avenida acostumbra á refugiarse cuando se siente aburrido de

su vida en los tejados. Y lo extraordinario es que casi siempre acaban

estos adivinos descalzos y con turbante por encontrar el objeto robado

en alguno de dichos escondrijos.

Resulta más visible aquí que en otras ciudades de la India el rudo

contraste entre los adelantos de la colonización inglesa, superficiales

y brillantes como una capa de barniz, y las tradiciones del pueblo

indostánico, que llevan una existencia de miles de años. El virreinato

británico, establecido en Calcuta hasta hace poco, llenó la capital

bengalí de edificios oficiales y paseos á imitación de los de

Inglaterra. Con motivo del jubileo de la reina Victoria fué construído

el «Victoria Memorial», palacio de mármol blanco, á imitación del famoso

Taj Maal de Agra, que parece de lejos una pequeña montaña de estearina

flanqueada de arboledas. Todos los jardines tienen extensos prados de

césped, como los de Londres, siendo difícil y costoso mantener su

frescura en esta tierra solar. Los ingleses de Calcuta, olvidando las

diferencias geográficas, se entregan en estos jardines á sus deportes

nacionales, á las mismas horas que sus compatriotas de Europa, sin miedo

á una insolación fulminante.

El lugar histórico más célebre de Calcuta es el llamado _Black-Hole_

(«Agujero Negro»). En 1756 un nabab de Bengala se sublevó contra los

ingleses para librar á su país de la rapaz Compañía de las Indias (la

«vieja dama de Londres», como la llamaban sus víctimas), consiguiendo

apoderarse de Calcuta. Ciento cuarenta y siete defensores de la ciudad,

al rendirse después de largo combate, quedaron encerrados por los

vencedores en un pequeño subterráneo. Esto fué á las ocho de la noche y

en verano. El calabozo de piedra tenía dos ventanillos nada más, con

espesas rejas que sólo dejaban filtrar una cantidad mezquina de aire. A

las dos horas de permanecer hacinados en dicha prisión, los ciento

cuarenta y siete ingleses empezaron á pedir socorro. Todos sentían los

tormentos de la asfixia y la sed. Se desnudaron para librarse del calor

de este encierro tropical; bebieron el propio sudor para apagar su sed.

Los que se dejaban caer en el suelo morían sofocados minutos después.

Los más fuertes se abrieron paso para situarse junto á los ventanillos,

disminuyendo con ello la escasa entrada de aire. Tan alta era la

temperatura, que los cadáveres de los caídos entraban inmediatamente en

putrefacción. Las cabezas aglomeradas en los respiraderos proferían

insultos contra los centinelas indostánicos y sus jefes, con la

esperanza de recibir un balazo que diese fin á sus angustias.

Toda la noche duró tal suplicio. Cuando al amanecer entraron en el

«Agujero Negro» los oficiales del nabab, solamente vieron veintitrés

prisioneros con vida de los ciento cuarenta y siete encerrados ocho

horas antes, pereciendo á los pocos días la mayor parte de los

supervivientes.

Al reconquistar Calcuta los ingleses, el _Black-Hole_ fué demolido, y

ahora en su antiguo solar se alza un edificio que conmemora este

episodio horripilante.

En ciertos barrios, la forma de las calles, el indumento de los

transeuntes, las fachadas de los edificios, nos hacen pensar que vivimos

en una capital de provincia inglesa. Mas así que cierra la noche, la más

grande de las ciudades de la India pierde su cáscara europea y la yungla

vecina vuelve á invadirla hasta que resurge el sol.

Durante mi primera noche en el Gran Hotel, situado frente al más

céntrico de los jardines de Calcuta, fué interrumpido mi sueño muchas

veces por el continuo ladrar de numerosos perros vagabundos. Era un

ladrido nuevo para mí, que me hizo suponer la existencia de una raza de

perros indostánicos completamente desconocida fuera del país. A la

mañana siguiente, mis amigos calcutanos rieron cuando les pedí

explicaciones sobre estos animales de incansable aullido.

Los chacales se introducen por la noche en la ciudad, para buscar su

alimento en los montones de basura, disputándose luego las presas. Un

joven comerciante español, residente hace años en Calcuta, vino algunas

veces á conversar conmigo hasta pasada la media noche, y siempre

encontró al marcharse, en las inmediaciones del hotel, alguno de estos

chacales urbanos, lo que no representa para los que conocen el país una

vecindad inquietante. Los trasnochadores de Calcuta tropiezan

frecuentemente con estos perros salvajes, que gruñen de sorpresa ante el

europeo y acaban por huir. Saben que el blanco no siente por ellos el

respeto del indostánico y puede agredirles aunque se muestren algo

domesticados por sus frecuentes visitas á la ciudad.

De día otras bestias dificultan el tránsito en las calles populares. Son

los toros y vacas sagrados, que viven á expensas del vecindario y nadie

puede molestar.

Los habitantes de una calle poseen uno ó varios de dichos animales,

viendo con cierta vanidad cómo se pasean lentamente por sus dominios.

Son gordos, lustrosos, se mueven con una torpeza majestuosa, y parecen

animados de maligna inteligencia para hacer sentir á las personas su

calidad de animales santos. Doblando sus patas para descansar, se

atraviesan en la acera y no dejan sitio al transeunte, obligándolo á

descender al arroyo. Otras veces quedan inmóviles en medio de la calle,

y automóviles y carretas detienen su marcha hasta que la bestia sagrada,

casi siempre de pelaje blanco y cuernos breves, se decide á apartarse,

convencida por los gritos cariñosos y los razonamientos de sus

adoradores.

Nadie se atreve á empujar á dichos animales. Estando en Calcuta, leí la

sentencia contra un chófer culpable de haber golpeado con su vehículo á

una de estas bestias inmovilizada insolentemente en medio de la calle.

El juez municipal, indostánico de casta superior, afirmó en sus

conclusiones que el toro posee un derecho absoluto de transitar por las

calles igual al del hombre, siendo su vida tan importante como la de

éste, por todo lo cual impuso al chófer varios días de cárcel.

Al mismo tiempo que los indostánicos mantienen á las bestias sagradas de

su barrio opíparamente, á costa de la propia alimentación, rodeándolas

de cuidados divinos, los demás toros que no han sido consagrados pasan

por las calles sucios de fango y de boñiga, con la cornamenta astillada,

los costillares angulosos por su flacura, tirando de carretas

excesivamente cargadas, cuyas ruedas de disco sólido chirrían sobre un

adoquinado desigual.

La inverosímil sentencia del juez indostánico y los exagerados honores á

los toros y vacas de Siva empiezan á comprenderse al poco tiempo de

vivir en Calcuta. Palacios y paseos á la inglesa parecen esfumarse,

perder su realidad, al mismo tiempo que nuestra observación hace nuevos

descubrimientos en la masa indígena que circula por avenidas y

callejuelas.

Entre soldados británicos de calzones cortos y casco blanco, entre

funcionarios coloniales con elegancia de _gentleman_ y opulentos

mestizos que dan el brazo á damas de su familia vestidas á la moda de

Europa, pasan faquires andrajosos, de una delgadez esquelética, la cara

pintada de blanco lívido, lo mismo que Pierrot. Sus máscaras son un

amasijo de ceniza y excremento de vaca sagrada.

En las horas próximas al mediodía, los más de los transeuntes

indostánicos sostienen en la palma de su diestra un vaso de bronce lleno

de agua. Es el líquido necesario para las purificaciones, y lo llevan á

sus hogares á través de las avenidas modernas, sorteando el encuentro

con tranvías y automóviles, fingiendo no verlos, lo mismo que si

cumpliesen un rito sagrado en la soledad de las selvas. Deben evitar

todo roce con los transeuntes, para que conserve su pureza el agua

recogida en el río sagrado. Si un indígena de casta inferior ó un blanco

toca al pasar su vaso de barro ó de vidrio, es preciso que lo rompan

inmediatamente. Cuando la vasija es de metal, basta con lavarla

repetidas veces para su completa purificación, yendo en busca de agua

nueva al brazo del Ganges.

La chiquillería juega desnuda en medio de las calles populares. Es

frecuente oir una música que tiene por base los truenos del bombo y el

choque metálico de los címbalos. Detrás de ella desfilan los sacerdotes

induístas como figurantes de ópera, una punta del manto blanco echada

sobre el hombro izquierdo, la negra cabellera bien peinada y lustrosa de

aceite de clavel. Los niños corren hacia la procesión y forman una

escolta de cuerpecitos sin tapujos en torno á los sagrados personajes.

Esta infancia de carnes al aire lleva casi siempre una cadenita en las

caderas, de la que pende un objeto metálico tapando los rudimentarios

órganos genitales. Una rodaja de metal golpea suavemente el pubis

femenino, todavía sin vegetación. Los niños, en vez de esta medalla,

llevan una ó dos llavecitas extraplanas, de las que sirven para las

maletas. Tales adornos parecen en el primer momento un convencionalismo

pudoroso de la moral, como la famosa hoja de parra. Luego resultan

signos matrimoniales. Las llavecitas del futuro varón y la medalla de la

hembra equivalen á un aviso de que estos dos pequeños cuerpos ya tienen

dueño.

Los matrimonios infantiles son frecuentes en la vida indostánica. Los

padres acuerdan entre ellos el casamiento de sus hijos cuando tienen dos

ó tres años, y á veces menos.

En una ciudad del interior de la India presencié el cortejo de tres

matrimonios celebrados á la vez. Los novios iban en un automóvil,

rodeados de jinetes que disparaban sus pistolas y de músicos

alborotadores. Los tres llevaban el distintivo nupcial: una franja de

pequeños madroños, semejantes á los de un cubrecama, que les caía sobre

el rostro á modo de visera, y tenían una edad entre cinco y nueve años.

A continuación, en otro automóvil, pasaron las tres esposas, envueltas

en velos de plata. Todavía eran más tiernas, y la muchedumbre anunciaba

con regocijo que la menor no había cumplido año y medio.

Después de sus bodas, los cónyuges se despojan de las galas nupciales, y

colgándoles sobre el sexo la medalla ó las llavecitas por toda

vestimenta, vuelven á reanudar sus juegos con otros niños que viven en

una situación semejante. Sólo cuando llega la pubertad para el esposo y

la esposa, que han estado jugando cada cual por su lado, se van á vivir

juntos, obedeciendo á sus familias.

La religión marca el rostro cobrizo de las personas mayores. En esta

ciudad, tan próxima á los lugares donde vivió Buda, hay pocos budistas.

Tampoco la gran masa indostánica profesa el brahmanismo, como se cree

generalmente. Esta religión pertenece á la casta superior; exige la

lectura de los libros védicos, y sólo pueden profesarla los bracmanes.

El llamado induísmo es la religión general de los indostánicos, grupo

confuso de sectas que tiene por base el politeísmo y la magia. El pueblo

se convirtió al brahmanismo en otros siglos de un modo superficial, y

los bracmanes, por su parte, para vencer á los budistas, buscaron la

alianza con los cultos primitivos y degradados de la India,

contentándose con que su autoridad personal fuese respetada. Se halla

dividido el induísmo en numerosas sectas pobladas de dioses, diosas y

demonios, con desbordante exuberancia. Ídolos y fetiches reciben culto

de los sacerdotes induístas, con gran derroche de iluminaciones,

derramamiento de flores, repiques de campanas, música de gaitas y

tamboriles, danzas de bayaderas.

Es creencia general que el induísmo adora á la _Trimurti_ ó Trinidad

indostánica, compuesta de Brahma, espíritu creador; Siva, espíritu

destructor, y Visnú, espíritu conservador; pero en realidad estos

personajes celestiales se reparten muy desigualmente la devoción de los

fieles. Brahma, dios abstracto, sólo comprendido por los hombres de

clase superior, dedicados al estudio de los libros santos, jamás ha sido

popular ni tiene adoradores en la muchedumbre. Siva y Visnú son dioses

célebres, venciendo el primero en popularidad al segundo.

Siva significa «el Misericordioso», mas no le impide tal nombre ser un

dios temible, y así se muestra en los altares con un collar de cráneos

sobre el pecho, varias serpientes arrolladas al tronco y un tercer ojo

en medio de la frente, lo mismo que los cíclopes de la mitología griega.

Sus tres esposas Kali (la Negra), Durga (la Inaccesible) y Parvati (la

Hija de la Montaña) resultan también divinidades complejas y

contradictorias, unas veces amorosas y otras pidiendo sangre y muerte.

Siva, creador y destructor al mismo tiempo, es el símbolo de la vida que

nace y muere sin descanso. Los toros y vacas consagrados á él como

ídolos ambulantes vagan por las calles, como ya he dicho. Los adoradores

de Siva revelan su devoción particular trazándose entre las cejas unas

rayas verticales en forma de tridente, arma del mencionado dios. Las

cofradías de Visnú, menos numerosas, se distinguen por otros signos,

pintados también en el entrecejo.

Después del terrible Siva es Kali, la primera de sus esposas, la que

reúne más devotos. Visito una tarde el templo de Kali en Calcuta para

presenciar un sacrificio. La diosa sólo admite sangre. Sus sacerdotes,

medio desnudos, entran en el templo varias cabras y las van degollando

ante el altar de la diosa negra.

Corre la sangre en arroyuelos sobre las baldosas de mármol, salpicando

nuestros trajes blancos. Todos los niños de las calles próximas han

acudido á presenciar esta ceremonia extraordinaria, organizada para un

grupo de occidentales. Las puertas del templo están obstruídas por el

oleaje de estos cuerpecitos desnudos con su colgajo metálico debajo del

vientre. Se empujan para ver mejor el borboteo de la sangre, el jadear

de unos costillajes moribundos cubiertos de pelos blancos ó rojizos, y

sofocan con sus voces el lamento de los balidos... Luego, cuando sean

hombres, todos ellos se negarán á aplastar un insecto.

Huímos del templo de Kali y su cálido ambiente de matadero, para ir en

busca del plácido Jardín Botánico, á orillas del río. Es célebre por sus

avenidas de palmeras gigantescas y su bananio reproductor, árbol que

vimos en los maravillosos jardines de Java.

Aquí, un solo bananio cubre cerca de un kilómetro cuadrado. Las ramas

salidas del tronco primitivo buscaron el suelo, para convertirse á su

vez en nuevos troncos, haciendo del árbol único todo un bosque.

Contemplamos á distancia este gigante, que al mismo tiempo que invade el

espacio verticalmente estira sus brazos con una expansión que parece sin

límites, multiplicando sus apoyos en el suelo. Una fila de automóviles,

al deslizarse ante sus troncos numerosos, resulta tan diminuta como un

rosario de hormigas siguiendo los bordes de un arriate de jardín.

Todas las variedades de la flora tropical se aglomeran en torno á las

plazas y avenidas de esta ciudad silenciosa de árboles. El suelo de

aluvión aportado por el Ganges, en tiempos remotos, es elástico y

esponjoso bajo el pie. El agua muerta de las lagunas, con su costra

verde y sus hojas flotantes, del tamaño de escudos, inspira inquietud.

Su profundidad misteriosa hace pensar en el caimán del río inmediato,

bestia propensa á los cambios de refugio; en la boa redonda como un

tronco, que no posee el arma fulminante del veneno, pero quiebra

animales y hombres con el apretón de sus anillos, haciendo crujir

costillas y vértebras.

Además, vivimos en Bengala, y sobre el suelo de este jardín limpio y

bien cuidado marcó numerosas veces sus patas uñosas el famoso tigre que

lleva el mismo nombre de la provincia. Aún podría volver. Las bocas del

Ganges, con su espesa yungla, sólo están á una distancia relativamente

breve, aumentada por las revueltas que traza el río antes de perderse en

la bahía del Diamante. El veloz tigre de Bengala lograría salvar esta

distancia en poco tiempo, pero la colonización inglesa ha tendido las

múltiples barreras de sus fábricas de yute y sus poblaciones de obreros

indígenas entre Calcuta y el mar. El tigre hay que buscarlo ahora en

plena yungla ó en el interior de la India, donde los rajás favorecen su

reproducción para las cacerías.

En cambio, las serpientes venenosas son cada vez más abundantes, ó sus

víctimas aumentan en número, debido á su pasividad é imprevisión. Yo

había leído que anualmente mueren en la India 20.000 personas á causa de

las mordeduras de los reptiles. Cuando menciono dicha cifra, los

conocedores del país hacen un gesto negativo. Eso era antes; ahora la

mortalidad ha progresado, y se calcula que en los últimos años mataron

las serpientes venenosas un promedio de 35.000 personas.

Por ir el indostánico siempre descalzo, es mordido fácilmente en sus

extremidades cuando trabaja los campos encharcados que producen el arroz

ó al caminar por senderos orlados de traidora vegetación. Además, el

indígena puede matar á un hombre, pero teme hacer daño á los demás

seres con vida, y la _naja_, ó sea la serpiente de anteojos, que los

portugueses llamaron _cobra de capello_, le inspira un respeto

tradicional. Antes que matarla, prefiere dejarse morder por ella y

perecer si tal es su destino.

Los _sapwallas_, encantadores de serpientes, gozan de cierta

consideración religiosa como sacerdotes degenerados de un culto que

desapareció. En Bombay y otras provincias se celebra la _Naja

Pantchami_, fiesta anual de las serpientes en honor del dios Krichna,

matador de una enorme pitón que desolaba las orillas del rio Jumna.

Se reunen en la plaza más grande del pueblo ó de la ciudad varios

cientos de _sapwallas_, cada uno con una cesta que contiene numerosas

cobras. Los indos piadosos traen jarros de leche de búfala, líquido

amado por estos reptiles, y cada vasija queda rodeada de un círculo de

serpientes que con la cabeza sumergida beben y beben en absoluta

inmovilidad. El _sapwalla_ tira de las que están hartas, dejando sitio á

las otras en ayunas; pero necesita una gran destreza para librarse del

reptil desposeído, que se alza con la gorguera hinchada de furor y

muerde cuanto encuentra á su alcance.

Esta fiesta dura un día y una noche. Dos mil ó tres mil cobras se hartan

de leche hasta no poder moverse, y á la mañana siguiente los

encantadores abandonan el pueblo, dejando caritativamente suelta en la

yungla á toda su colección.

Abundan los _sapwallas_ en las calles de Calcuta, siendo admirados por

muchos de sus compatriotas que nacieron en países montañosos y helados,

donde no existen serpientes.

Los encantadores de Birmania se limitan á hacer bailar los reptiles al

son de su gaita. En Calcuta, todo _sapwalla_ lleva con él una mangosta,

pequeño cuadrúpedo carnicero, especie de hurón, que se alimenta con

reptiles y parece dispuesto en todo momento á pelear con las serpientes,

por grandes que sean. Como la autoridad británica, respetuosa para todas

las religiones de los indos, se muestra igualmente tolerante con sus

diversiones tradicionales, pueden los serpenteros desembalar sobre la

acera de asfalto de una avenida ó la arena suave de un jardín público el

contenido de sus cestos, preparando el mencionado duelo. La serpiente

envuelve rápidamente con sus anillos al pequeño cuadrúpedo, pero éste

acaba por vencerla mordiendo su cabeza.

Otros _sapwallas_ son prestidigitadores que emplean para sus juegos

reptiles domesticados. Cada vez que me cruzo en la calle con uno de

dichos juglares rehuyo su contacto. Van medio desnudos, pero nadie sabe

qué puede ocultar su escasa ropa. Tal vez llevan, á estilo de faja

debajo del corto taparrabos, ó arrollada en el interior de su turbante,

una de sus _najas_ favoritas.

Una mañana, al salir del Gran Hotel, encontramos bajo las arcadas de la

avenida principal de Calcuta al más atrayente de los _sapwallas_. La

gente de la ciudad lo mira con interés por ser extranjero. Pertenece á

la raza blanca. Tiene bronceados por el sol los miembros que no tapan

sus andrajos, pero más allá de los bordes de esta vestimenta astrosa se

columbra la delicada palidez de su epidermis. Muestra la flacura, las

barbas alborotadas y los ojos exaltados de un profeta. Hace recordar al

áspero Juan, cuya cabeza pidió Salomé. Su turbante, sus calzones cortos

y una especie de escapulario de tela que cubre su pecho tienen el color

de las heces del vino.

Es alto, con la esbeltez descarnada de los árabes del desierto. Lleva un

palo sobre un hombro, y de sus extremos penden dos sacos del mismo rojo

obscuro de sus ropas. Es indudable que en el interior de dichas bolsas

van dormidas ó se agitan agresivamente dos marañas de cables vivos, con

la piel moteada y tricolor, la cabeza chata y venenosa.

El faquir rojizo guiña un ojo invitándonos á que le sigamos á una calle

lateral, donde los transeuntes son menos numerosos, y sobre el asfalto

de la acera, ante la puerta cerrada de una casa á estilo europeo,

descarga sus dos sacos, los abre y empieza á extraer el «género».

Serpientes, toda clase de serpientes: unas verdes, estrechas y largas,

con la cabeza más pequeña que el cuerpo, reptiles de lagunas y

arrozales; otras gruesas, cuadriculadas, multicolores, con dos círculos

en forma de anteojos en la parte del dorso que corresponde á nuestro

cogote, el cuello hinchado como una gorguera, y el hocico triangular

saliendo de este capuchón para escupir fríos bufidos.

Vemos inmediatamente la diferencia característica entre la _naja_ y las

demás serpientes. Éstas apenas se levantan del suelo. Son «el animal

maldito entre todos los animales, arrastrándose sobre el vientre y

mordiendo el polvo», como dice el _Génesis_. La cobra de cuello hinchado

se yergue con audacia, apoyando únicamente en el suelo el último tercio

de su cuerpo cilíndrico, y mira al hombre frente á frente cuando éste se

pone en cuclillas, lo que contribuye á la sugestión que parece ejercer

sobre ella el encantador.

Indudablemente, á las más de las cobras les han arrancado los colmillos

venenosos. Otras no han sufrido tal operación, pero evitan morder á sus

amos después que éstos las ofrecieron muchas veces su diestra cubierta

con placas de hierro, en las que se rompieron sus dientes. A pesar de

esto, no es raro que los _sapwallas_ mueran mordidos por sus pupilas.

Algo extraordinario debe ofrecer este juglar color de vino, pues

inmediatamente acuden y forman círculo numerosos indígenas que parecen

admirarle. Dos soldados indos se ponen en cuclillas junto á las

serpientes para verlas de más cerca. Brillan sus ojos con un resplandor

de chispa metálica, murmuran palabras en su idioma, parecen

entusiasmados de encontrar en una calle de Calcuta á estas amigas que

les recuerdan su país.

Mientras tanto, el faquir rojizo va desarrollando su espectáculo. La

mangosta combate con una serpiente verde en mitad de la acera. Luego

pelean dos reptiles. El director de los juegos saca y saca nuevos

«artistas» de sus sacos, que parecen inagotables.

No sé por qué, ha fijado su atención en mí. Estoy en la primera fila del

corro, y de buena gana retrocedería á segundo término, cediendo á otro

mi lugar. En el interior del redondel, donde se mantiene solo el

encantador, van y vienen reptiles, obedeciendo sus combinaciones,

mientras otros se enrollan y quedan fijos, con la inmovilidad del

cansancio. Cada vez que termina uno de sus juegos me habla, me saluda

con su diestra, como si me lo dedicase. Presiento que tal predilección,

que va acentuándose, acabará por proporcionarme algo desagradable.

Aumenta mi deseo de retroceder modestamente; pero no me atrevo á

hacerlo. Temo las risas de varias americanas que se hallan á mi lado.

El faquir viene hacia mí y empieza á hablarme, sin que pueda entenderle.

Todos los indígenas del corro me miran ahora con interés, como si fuese

yo un compañero del encantador. Finge éste que se arranca un pelo de su

barba y lo coloca sobre mi solapa izquierda. Luego aprieta sobre el

mismo lugar donde puso el pelo imaginario una especie de pañuelo,

trapucho algo obscuro, sobre el que han pasado varios años de suciedad.

Aprieta el harapo contra mi pecho, como si restañase un chorro de

sangre. Es sin duda para que no se escape el pelo maravilloso. De pronto

separa el trapo, da un paso atrás, lanza un grito...

Me doy cuenta de que una cosa pesada cae á lo largo de mi cuerpo, desde

el pecho á los pies: ¡chap!... Algo ha golpeado el asfalto, con la

gravitación elástica de los objetos duros y húmedos... Inmediatamente

surge del suelo una cobra extraordinariamente gruesa, levantándose

cuanto le es posible sobre el extremo de su cola, con el cuello

cartilaginoso hinchado y temblón, lanzando bufidos por su hocico

triangular, furiosa á causa de su caída y de los trabajos abusivos á que

la somete su amo.

El pelo de barba puesto sobre mi pecho se ha convertido en una _naja_

enorme, por el poder mágico del faquir. Nadie ha podido ver el

escamoteo. ¿Dónde guardaba la serpiente?... ¿En la cintura?... ¿en el

turbante?...

Esto me lo pregunto ahora, pues al ver la cobra irguiéndose junto á mis

pies, con el hocico agresivo al nivel de mis rodillas, sólo pienso en

dar un salto atrás, y casi derribo con mis espaldas á los curiosos que

avanzaban su cabeza poco antes por encima de mis hombros para ver mejor.

No me detengo en dicha retirada hasta quedar á respetable distancia del

reptil salido de mi pecho. Muchos indígenas ríen, pero debo añadir que

son los del otro lado del corro. Los que están á mis espaldas saltan

tanto ó más que yo para alejarse de un encantador que se permite tales

confianzas con su público.

II

EL PADRE GANGES

Cómo se duerme en los vagones-camas de la India.--Aparición del

Ganges.--La sagrada ciudad de Benarés.--La orilla derecha y la

orilla izquierda del río santo.--Buda y su «Sermón bajo el

árbol».--La fiesta primaveral del «Sivarat».--Navegación por el

Ganges.--El baño de los peregrinos.--Los palacios de Benarés.--Olas

de flores y cadáveres flotantes ó quemados.--El templo caído en

piezas.--Las honras fúnebres del santo bracmán.--Un tenor

mahometano canta las glorias del padre Ganges.

Pasamos una mala noche en el tren. La dirección de los ferrocarriles

indostánicos se ha preocupado minuciosamente del bienestar de los

viajeros. Cuatro de éstos ocupan en los trenes expresos un compartimento

amplio, casi un salón. Los vidrios de las ventanas son obscuros como los

anteojos que se usan para amortiguar la luz solar, y á través de ellos

parece suavizarse el paisaje en las ardientes horas meridianas. Un

cuarto con ducha y otros aparatos higiénicos completan la habitación

rodante.

Cada uno de dichos salones tiene un criado especial, indostánico de cara

cobriza, boca azulada y muda, pies descalzos, larga levita blanca,

abultado turbante. Este servidor se oculta horas enteras, como si

hubiese abandonado el tren, y aparece de pronto, lo mismo que un

fantasma surgido de las ruedas.

Todo lo ha previsto la administración en tales dormitorios. Sólo falta

una cosa en ellos, una sola... las camas. El doméstico enseña dos

divanes, que sirven de asientos durante el día, y cuando llega la noche

tienen sus respaldos de madera y gutapercha subidos horizontalmente

sobre los goznes. Si el extranjero muestra asombro ante esta desnudez,

el servidor le da la noticia de que en los ferrocarriles de la India

inglesa la cama debe traerla el viajero.

A los que viven en el país, comerciantes mestizos, empleados y militares

británicos, les es fácil remediar dicha falta. Les place llevar su

propio lecho al ferrocarril. En sus viajes, que duran á veces tres ó

cuatro días, de un lado á otro de la India, ellos y sus familias

convierten el cuarto ambulante en una prolongación de la propia casa.

Hasta guisan sus comidas ó hierven el té en un hornillo portátil.

Los que atravesamos simplemente el país debemos ir á un bazar de Calcuta

donde se venden camas de viaje. Son fardos de fácil transporte, que

entristecen al que los abre, como un augurio de mala noche. El colchón

equivale por su espesor á unas cuantas hojas de papel superpuestas; la

almohada-oblea hay que levantarla con una maletita colocada debajo. La

manta, por su delgadez, resultaría ilusoria en otras regiones de la

India. Afortunadamente, de Calcuta á Benarés, la noche será calurosa.

Transcurren para nosotros las horas nocturnas cambiando de postura en el

lecho y deseando la aparición del sol. Al hacer alto en las estaciones,

escuchamos el lento conversar de nuestro servidor con otros domésticos

del tren, inmóviles ante las portezuelas de los compartimentos. Las más

de las ventanillas tienen sus vidrios á medio bajar, á causa del ardor

de la atmósfera. El espacio abierto resulta infranqueable para un

blanco; pero en este país de hombres flacos y escurridizos, representa

un peligro. Muchas veces, á pesar de la vigilancia de los criados del

tren, se deslizan los ladrones dentro de los coches como si fuesen

_najas_, con un silencio reptilesco, robando á los viajeros mientras

duermen.

Todas las molestias de la noche, lecho duro, calor asfixiante, mangas de

polvo por las ventanillas entreabiertas, ronquidos angustiosos de los

compañeros, se desvanecen al llegar el día. Atravesamos un puente

larguísimo, y este tránsito fluvial nos proporciona el regalo de uno de

los paisajes más extraordinarios de la India, el que se agarra con mayor

tenacidad á la memoria.

El río que acabamos de pasar es el Ganges, el verdadero Ganges, único y

compacto, engrosado ya por sus principales afluentes, que atraviesa así

el corazón de Bengala, antes de partirse en brazos caudalosos cerca del

mar. Traza una curva majestuosa el río sagrado, ensanchando sus aguas de

un verde blanquecino semejante al color del ajenjo, hasta formar una

bahía. Y en la parte convexa de esta bahía, que recuerda la de Nápoles,

se extiende una ciudad de altísimos edificios, hundiendo casi

verticalmente en el curso fluvial sus murallas y escalinatas.

Dicha ciudad, cuya longitud sobre el río pasa de un kilómetro, es

Benarés, la metrópoli indostánica de las religiones. En el censo de la

India figura como la novena ó la décima población. Su vecindario,

compuesto de sacerdotes, servidores de templos, imagineros y mercaderes

que viven de los fieles, resulta poco importante, comparado con el de

otras capitales; pero en días de peregrinación aumenta de modo inaudito.

Hoy tal vez lleguemos á un millón los seres vivientes aglomerados en sus

tortuosas callejuelas ó sobre la lámina de su río golfo.

Benarés, más antigua que la historia de la India, tiene perdido su

origen en las brumas de la leyenda. Si los bracmanes saben que nació en

el mismo sitio que ahora ocupa, es por haber señalado su solar el divino

Siva con las puntas de su tridente.

Se esparce la ciudad por la orilla derecha del Ganges. Enfrente, la

ribera es arenosa y desierta. En su amarillento declive rara vez se ven

seres humanos y nadie se ha atrevido á construir una vivienda. El

creyente que muere en la orilla derecha, ó sea en la santa Benarés,

queda libre de nuevas transmigraciones y su espíritu goza las delicias

de no existir, fundiéndose en la esencia de Brahma. Si fué gran pecador,

su alma se encarna en el cuerpo de un futuro bracmán, y al finalizar

esta última transmigración, logra la suerte de los buenos, ya

mencionada. En cambio, los que mueren en la orilla izquierda dan un

salto atrás en su carrera transmigratoria, naciendo de nuevo en forma de

asno ú otro animal de esencia vil y esclavitud fatigosa. Únicamente el

rajá de Benarés ha osado construir su palacio en la orilla izquierda,

pero á cierta distancia de la ciudad, río arriba.

La suprema ilusión del indostánico es morir en Benarés, ser quemado en

su _gath_ fúnebre y que sus cenizas las arrojen al Ganges. Los pobres

hacen economías para este viaje final. Todos los príncipes de la India

poseen palacios en Benarés. Los olvidan años y años, mientras se

mantiene firme su salud, y vienen á habitarlos al sentir la proximidad

de la muerte. Aquí se ven los funerales más fastuosos de la India, las

incineraciones en piras de sándalo y otras maderas perfumadas. Dichos

ritos fúnebres, reservados á príncipes y nababs, atraen incalculables

muchedumbres, ganosas de aspirar los olores de un brasero cuya

preparación costó una fortuna.

El frente de la ciudad vecino al río es el monumental, el que constituye

la verdadera fisonomía de Benarés. Como el Ganges sufre aquí desniveles

de ocho á diez metros entre su corriente ordinaria y las crecientes

periódicas, todos los edificios inmediatos á él se hallan asentados

sobre gruesas murallas que se remontan á considerable altura, sin una

ventana, sin el menor orificio, semejantes á los malecones de los

puertos. En dichos acantilados, obra del hombre, sólo á quince ó veinte

metros empieza el verdadero edificio, abriendo sus filas de ventanas y

el arquerío de sus galerías cubiertas sobre el río profundísimo.

Se cortan las calles flanqueadas de palacios y templos al llegar al río,

derrumbándose ribera abajo en forma de escalinatas con más de cien

peldaños que se van ensanchando hasta tocar el Ganges. La curva de la

ciudad es una sucesión de malecones en rápido talud, sobre cuyo lomo se

alzan palacios, verdes, azules, rojos, con arcadas de alabastro y torres

en forma de piñón. Entre estos edificios parecen los _gaths_ pirámides

descendentes, con su graderío siempre ocupado por una muchedumbre de

vestiduras colorinescas.

Esta capital religiosa del mundo brahmánico vió nacer dentro de ella el

budismo. Es la Roma de la India, pero una Roma tan antigua como muchas

ciudades del viejo Egipto, y que aún no ha muerto, como éstas. Sigue

viviendo vigorosamente después de treinta siglos de historia conocida y

prolongará su existencia en un futuro que hasta ahora parece sin

límites.

Hace 3.500 años, cuando Benarés se llamaba Kaci, la historia de la

ludia, casi fabulosa, habló ya de sus sacerdotes. Novecientos años antes

de la era cristiana, Benarés era un gran centro de estudios filosóficos

y teológicos. Dos escuelas rivales, la de los bracmanes y la de los

suastikas, divididas en innumerables sectas, llenaban la ciudad con sus

monasterios, sus templos, sus escuelas y sus disputas. Los bracmanes

predicaban el predominio del espíritu sobre la materia, y los suastikas,

materialistas, no admitían la inmortalidad del alma.

En medio de estas discusiones que duraron cientos de años, allá por el

595 antes de Jesucristo, apareció en Benarés un joven noble, hijo de una

familia de guerreros, llamado Gautama, que había abandonado sus riquezas

para dedicarse á la devoción y el estudio. Este príncipe, el futuro

Buda, procedió como un anticlerical de su época, atacando en sus

predicaciones á las dos especies de sacerdotes que monopolizaban la

religión. El Buda salió de Benarés después de haber estudiado durante

cuatro años, y deteniéndose en uno de sus arrabales, empezó á predicar,

al pie de un árbol, ante un auditorio de mendigos, atacando las castas

privilegiadas de bracmanes y suastikas, proclamando la igualdad de los

seres humanos, varón y mujer, esclavo y magnate, sacerdote y pordiosero,

ante Dios creador de todas las cosas. También afirmó que la existencia

terrestre no es mas que una prueba impuesta al alma inmortal, y los

hombres pueden emanciparse de las ligaduras de la materia, conquistando

una vida infinita por medio de la caridad, del amor al prójimo y de

costumbres virtuosas.

Las predicaciones del Buda conquistaron rápidamente á los pueblos de la

India. Gautama, al contrario de otros fundadores de religiones que

murieron jóvenes, llegó á vivir ochenta años, y su muerte, según la

tradición, fué á causa de haber olvidado su frugalidad habitual,

comiendo, á instancias de sus discípulos, un arroz con cerdo.

Benarés, ciudad santa del budismo, se cubrió rápidamente de templos y

monasterios. Durante muchos siglos llegaron á ella peregrinaciones, no

solamente de las diversas naciones indostánicas, sino también de la

China, la Mongolia, la Malasia y otros países que aún se conservan

fieles al budismo.

Hace mil años, en el siglo IX de nuestra era, ocurrió la gran revolución

religiosa de la India. Los bracmanes, vencidos por Buda, tomaron su

desquite, apoderándose otra vez de las muchedumbres del país, y el

budismo se derrumbó, volviendo á ser Benarés la capital del brahmanismo.

Hoy, en toda la ciudad santa donde Gautama predicó su célebre «Sermón

bajo el árbol», que equivale al «Sermón de la Montaña» del cristianismo,

no queda mas que un templo budista, el que edificaron los rajás de la

provincia de Nepal, fieles á dicha religión.

En la India, donde todas las grandes ciudades han tenido su hora de

hegemonía, y se cambia la capitalidad cada quinientos anos, jamás

conoció Benarés un momento de dominación política. Su influencia y su

fama han sido puramente religiosas.

Otra de las particularidades de Benarés es no tener edificios que

cuenten más allá de tres ó cuatro siglos. Las guerras religiosas

arrasaron numerosas veces esta ciudad de tres mil años, sin dejar el más

pequeño recuerdo de las creencias vencidas. Hoy, sobre la capital del

brahmanismo, el edificio más alto y vistoso es una mezquita construída

por los príncipes indostánicos del Norte, los Grandes Mogoles, de

religión musulmana, que llegaron en sus conquistas al Sur de la India.

La cúpula de este monumento y sus dos minaretes estrechos, que parecen

sostenerse contra todas las leyes del equilibrio, asoman siempre sobre

Benarés, así se contemple la ciudad desde el río ó tierra adentro.

Hemos llegado en día de gran peregrinación. Es el _Sivarat_, la fiesta

de Siva, que marca el principio de la primavera indostánica. Casas y

templos desbordan de gentío. En las calles hay que abrirse paso con los

codos. Los _gaths_ tienen orlados sus peldaños de filas humanas

multicolores, que permanecen inmóviles, contemplando el Ganges. Al bajar

del tren encontramos automóviles, que nos llevan por las avenidas del

Benarés moderno, donde viven los ingleses. Después seguimos caminos

polvorientos, hasta llegar á los arrabales de la ciudad vieja. La

estación del ferrocarril está lejos. Nuestro tren, después de atravesar

el puente, ha hecho una curva de varios kilómetros, sin detenerse.

Hay que echar pie á tierra en la entrada del viejo Benarés. Ninguna de

sus calles tiene más de cuatro metros de anchura, y hoy están obstruídas

por la muchedumbre. En días normales tampoco puede circular por ellas

ningún vehículo.

Avanzamos lentamente por las callejuelas que conducen al río. Todos

marchan hacia el Ganges. Los vecinos de la ciudad, acostumbrados á ver

extranjeros, apenas se fijan en nosotros; pero los más de los

transeuntes son peregrinos venidos á la fiesta desde provincias remotas,

y nos acosan con su curiosidad y sus demandas. Una turba de mujeres

cobrizas como gitanas, de reptilesca delgadez, ostentando botones de

plata en la nariz ó las mejillas, los brazos cargados de pulseras de

plomo brillante y un velo de colores arrollado desde las rótulas á la

cabeza, nos colocan ante el rostro su diestra pegajosa y fría para que

les demos dinero. Grupos de niños desnudos se unen á esta demanda

insistente, cortándonos el paso, agarrándose á nuestras rodillas,

repitiendo la melopea de su petición. Para librarme de tales estorbos,

los empujo y me echo á un lado, abriéndome paso á través de un grupo de

indostánicos inmóviles.

Un alarido junto á mis pies; una cara achocolatada que me grita de

abajo á arriba con expresión de alarma. Quedo en medroso equilibrio, con

una rodilla en alto, junto á un cesto redondo del que se elevan varios

cables obscuros y balanceantes. El que me grita es un _sapwalla_, para

evitar que introduzca uno de mis pies, calzados con zapatos de lona, en

el cesto de sus cobras.

Me echo atrás; un policía indígena me toma bajo su protección, y gracias

al camino que va abriendo con la porra que empuña su diestra, consigo

llegar á los _gaths_ del Ganges.

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 3/3 · 第 1 / 26 段