palabras: que el marido y la mujer no son seres distintos, pero tampoco
forman uno solo... Querría ardientemente poder transmitir a mi mujer
una parte de esta conciencia religiosa, que me da la posibilidad de
poder elevarme frecuentemente por encima de los dolores de la vida.
Espero que a ella le será transmitida, no por mí, sin duda, pero sí
por Dios, aun cuando esta conciencia no sea nada accesible a las
mujeres_[803].
No parece que este voto haya sido escuchado. La condesa Tolstoi
admiraba y amaba la pureza de corazón, el cándido heroísmo, la bondad
de la gran alma “que formaba una” con ella; advertía que él “marchaba
delante de la multitud y mostraba el camino que debían seguir los
hombres”[804]; cuando el Santo Sínodo lo excomulgó, tomó valientemente
su defensa y reclamó su parte en el peligro que lo amenazaba; pero ella
no podía imponerse el creer lo que no creía; y Tolstoi era demasiado
sincero para obligarla a fingir, él, que odiaba toda simulación en la
fe y en el amor[805]. ¿Cómo hubiera podido obligarla, no creyendo, a
que modificase su vida y sacrificase su fortuna y la de sus hijos?
Con sus hijos, el desacuerdo era todavía mayor. A Leroy Beaulieu, que
vió a Tolstoi en familia, en Yasnaia Poliana, dice que “en la mesa,
cuando el padre hablaba, los hijos disimulaban mal su tedio y su
incredulidad”[806]. Su fe apenas había tocado a sus tres hijas, de las
cuales una, María, había muerto. Estaba moralmente aislado entre los
suyos: “con él no estaban más que su última hija y su médico”[807],
para comprenderlo.
Sufría con este alejamiento de pensamiento, sufría por las relaciones
mundanas que le eran impuestas, con los huéspedes enojosos, llegados
del mundo entero, visitas de americanos y de “snobs” que lo aburrían;
sufría el “lujo” en que su familia lo obligaba a vivir; modesto lujo,
si se ha de creer a quienes lo vieron en su humilde casa, en medio
de un moblaje casi austero, en su pequeña alcoba ¡con una cama de
fierro, pobres sillas y muros desnudos! Pero estas comodidades le
pesaban y eran para él un perpetuo remordimiento. En la segunda de las
narraciones publicadas por el _Mercure de France_, amargamente opone al
espectáculo de la miseria que lo rodeaba el del lujo de su propia casa.
_Mi actividad_, escribía ya en 1903, _por útil que pueda parecer a
algunos hombres, pierde la mayor parte de su importancia, porque mi
vida no está enteramente de acuerdo con las ideas que yo profeso_[808].
¡No pudo alcanzar este acuerdo! No podía obligar a los suyos a
separarse del mundo, a menos que se hubiera separado de ellos y de su
vida, para evitar así los sarcasmos y el reproche de la hipocresía que
le lanzaron sus enemigos, felices de ampararse con el ejemplo para
negar la doctrina.
En ello había pensado él; desde hacía largo tiempo, su resolución
estaba tomada. Se ha encontrado y publicado recientemente[809] una
admirable carta que el 8 de julio de 1897 escribió a su mujer, y que
será necesario reproducir casi por entero, porque nada descubre mejor
el secreto de esta alma amante y atormentada:
_Desde hace largo tiempo, amada Sofía, sufro por el desacuerdo que
hay entre mi vida y mis creencias. No puedo obligaros a cambiar ni
vuestra vida ni vuestras costumbres; no he podido tampoco abandonaros
hasta hoy, porque pensaba que, por mi alejamiento, privaría a nuestros
hijos, todavía muy jóvenes, de esta pequeña influencia que podría
tener sobre ellos, y porque a todos os causaría yo mucho dolor. Pero
no puedo continuar viviendo como he vivido durante estos últimos
dieciséis años[810], ora luchando contra vosotros y provocando vuestra
irritación, ora sucumbiendo yo mismo a los influjos y seducciones a
que estoy habituado y que me rodean. He resuelto hacer ahora lo que
quería hace mucho tiempo: marcharme... Como los hindús, que, cuando
han llegado a los sesenta años, se van a un bosque, como cada hombre
viejo y religioso que desea consagrar los últimos años de su vida a
Dios y no a las bromas, a los juegos de palabras, a las habladurías,
al “lawn-tennis”; así también yo, que he llegado a los setenta años,
deseo con todas las fuerzas de mi alma la paz, la soledad y, si no
una armonía completa, por lo menos no este desacuerdo que clama entre
mi vida toda y mi conciencia. Si hubiera partido abiertamente, habría
habido súplicas, discusiones, y yo habría cedido y tal vez no llevado
a cabo mi resolución, cuando debe ser cumplida. Os suplico por tanto
que me perdonéis, si este acto mío os entristece. Y tú principalmente,
Sofía, déjame partir, no me busques, no te disgustes ni me censures.
El hecho de que te haya abandonado no prueba que tenga yo motivos de
queja contra ti... Sé que tú no podías, que no podías ver ni pensar
como yo, y por esto no has podido cambiar tu vida y hacer un sacrificio
a lo que no reconocías. Por eso no te censuro; antes por el contrario,
me acuerdo con amor y gratitud de los treinta y cinco años largos
de nuestra vida común, y principalmente de la primera mitad de este
tiempo, cuando con el valor y la consagración de tu naturaleza de madre
soportabas valientemente lo que considerabas tu misión. Me has dado a
mí y al mundo cuanto nos podías dar. Has prodigado tu amor maternal
y hecho grandes sacrificios... Pero, en el último período de nuestra
vida, en los últimos quince años, nuestros caminos se han separado. No
puedo creer que yo sea culpable de ello; sé que si he cambiado, no ha
sido por mi gusto, ni por el mundo sino porque no podía obrar de otra
manera. No puedo acusarte de no haberme seguido, y te doy gracias y
me acordaré siempre con amor de cuanto me has dado. Adiós, mi querida
Sofía. Te amo._
“_El hecho de que te haya abandonado_”...Y no la abandonó ¡Pobre carta!
Parece que le fué bastante escribirla, para que su resolución quedase
cumplida... Cuando la hubo escrito había ya agotado toda la fuerza
de su resolución. “_Si hubiera partido abiertamente, habría habido
súplicas, habría cedido_”... No hubo necesidad de “_súplicas_”, ni de
“_discusiones_:” le bastó mirar, un momento después, a quienes iba
a abandonar, y sintió que no podía, que no podía abandonarlos; y la
carta, que llevaba en el bolsillo, la guardó en un mueble, con esta
indicación:
_Entregar esto, después de mi muerte, a mi esposa Sofía Andreievna._
Y a esto se redujo su proyecto de evasión. ¿Era ésa toda su fuerza? ¿No
era capaz de sacrificar sus ternuras a su Dios? En verdad, no faltan en
los fastos cristianos santos de más firme corazón, que nunca vacilaron
para aplastar resueltamente bajo sus pies sus afecciones y las de los
demás... ¿Qué hacer? Él no era como esos santos: era débil, era hombre;
y por eso nosotros lo amamos.
Más de quince años antes, en una página de un dolor desgarrador, se
preguntaba a sí mismo:
_¿Y bien, León Tolstoi, vives según los principios que predicas?_
Y se respondía abrumado:
_Muero de vergüenza; soy culpable, merezco el desprecio... Sin embargo,
comparad mi vida de otro tiempo con la de ahora, y veréis que trato
de vivir según la ley de Dios. No he hecho la milésima parte de lo
que es necesario hacer, y por eso estoy confuso; pero no lo he hecho,
no porque no lo haya deseado, sino porque no he podido hacerlo...
Acusadme, pero no acuséis a la senda que yo sigo. Si conozco el
camino que conduce a mi casa, y lo sigo titubeando, como un hombre
ebrio ¿querrá esto decir que el camino sea malo? Indicadme otro, o
sostenedme en el verdadero camino, como estoy yo pronto a sosteneros;
pero no me rechacéis, ni os regocijéis con mi desventura; no gritéis
con transporte de alegría: “¡Mirad: dice que va a su casa y cae en el
fangal!” ¡No: no os regocijéis, ayudadme, sostenedme!... ¡Ayudadme! Mi
corazón se desgarra de desesperación porque todos nos hemos extraviado,
y cuando hago toda suerte de esfuerzos por salir, vosotros, cada vez
que me aparto, en lugar de tener compasión, me señaláis con el dedo,
gritando: “¡Ved cómo cae con nosotros en el fango!”_[811].
Más cercano a la muerte, repetía:
_No soy un santo, ni nunca me he ofrecido por tal. Soy un hombre que
se deja arrastrar, y que a veces no dice todo lo que piensa y siente;
no porque no lo desea, sino porque no lo puede, porque frecuentemente
le sucede que exagera o que se equivoca. En mis acciones esto es aún
peor. Soy de hecho un hombre débil, con hábitos viciosos, que anhela
servir al Dios de la verdad, pero que tropieza constantemente. Si se me
tiene por un hombre que no puede equivocarse, cada una de mis faltas
debe parecer una mentira o una hipocresía; pero si se me tiene por
un hombre débil, apareceré entonces como soy en realidad: un ser que
inspira lástima, pero sincero, que constantemente y con toda su alma
ha deseado y desea aún llegar a ser un hombre bueno, un buen servidor
de Dios._
Así permaneció, perseguido por el remordimiento, perseguido por el
reproche mudo de los discípulos más enérgicos y menos humanos que
él[812], desgarrado por su debilidad y su indecisión, dividido entre
el amor a los suyos y el amor a Dios, hasta que un día un golpe de
desesperación, y tal vez el soplo abrasador de fiebre que se levanta
cuando se aproxima la muerte, lo arrojaron fuera de su casa, a los
caminos, errante, fugitivo, llamando a las puertas de un convento para
seguir luego su carrera, cayendo al fin en el camino, en un obscuro
lugar, para ya no volver a levantarse[813]. Y en su lecho de muerte
lloraba, no por sí mismo, sino por los desventurados, mientras decía en
medio de sollozos:
_Hay sobre la tierra millones de hombres que sufren ¿por qué estáis
aquí, todos, para ocuparos solamente de mí?_
Y entonces llegó--era el domingo 20 de noviembre de 1910, poco después
de las seis de la mañana,--“la liberación”, como él la llamaba, “la
muerte, la muerte bendita...”.
CONCLUYE LA LUCHA
La lucha había terminado, lucha de ochenta y dos años para la cual
había sido campo esta vida. Trágico y glorioso combate en que tomaron
parte todas las fuerzas de la vida, todos los vicios y todas las
virtudes. Todos los vicios menos uno, la mentira, que persiguió sin
cesar y atacó hasta en sus últimos refugios.
En primer término, la libertad embriagada, las pasiones que entrechocan
en la noche tempestuosa, que iluminan, de trecho en trecho, con
deslumbradores relámpagos, crisis de amor y de éxtasis, visiones del
Eterno. Años del Cáucaso, de Sebastopol, años de juventud tumultuosa
e inquieta. Luego, la gran tranquilidad de los primeros años del
matrimonio. La felicidad del amor, del arte, de la naturaleza,--_La
Guerra y la Paz_. El pleno día del genio, que abarca todo el horizonte
humano y el espectáculo de estas luchas, que para el alma pertenecen ya
a lo pasado. Las domina, es el amo de ellas, y ya no le bastan. Como
el príncipe Andrés, tiene los ojos vueltos hacia el cielo inmenso que
luce por encima de Austerlitz. Este cielo lo atrae:
_Hay hombres de alas potentes, a quienes la voluptuosidad hace
descender en medio de la multitud, donde sus alas se rompen: yo,
por ejemplo. Después, baten sus alas rotas, remontan el vuelo
vigorosamente, y de nuevo caen. Las alas serán curadas: y volaré muy
alto. ¡Que Dios me ayude!_[814]
Estas palabras fueron escritas en medio de la más terrible tempestad,
cuyo recuerdo y eco son las _Confesiones_. Tolstoi fué arrojado más
de una vez por el suelo, destrozadas las alas. Y siempre se obstinó;
volvió a levantarse; y he aquí que flota en “el cielo inmenso y
profundo” con sus dos grandes alas, que son una la razón y otra la
fe. Pero no encontró la calma que buscaba, porque el cielo no está
fuera de nosotros, el cielo está en nosotros. Allá Tolstoi respira
sus tempestades de pasiones; y se distingue por eso de los apóstoles
que renuncian, pues pone en su renunciación el mismo ardor que ponía
en vivir. Y es siempre la fe a la que abraza, con una violencia de
amante; está “loco de vida”; está “ebrio de vida”; no puede vivir sin
esa embriaguez[815]. Embriagado de felicidad y de desventura, a la
vez; embriagado de la muerte y de la inmortalidad[816]. Su renunciación
a la vida individual no es más que un grito de pasión exaltada hacia
la vida eterna. No; la paz que alcanzó, la paz del alma que él
invocaba no es la de la muerte; es la de esos mundos inflamados que
gravitan en el espacio infinito. En él la cólera es calma[817] y la
calma es ardiente. La fe le ha dado armas nuevas para recomenzar, más
implacable, el combate que desde sus primeras obras no cesó de librar
contra las mentiras de la sociedad moderna. No se detiene ya en algunos
tipos de novelas, sino que ataca a los grandes ídolos: hipocresías de
la religión, del Estado, de la ciencia, del arte, del liberalismo,
del socialismo, de la instrucción popular, de la beneficencia, del
pacifismo,[818]... Los abofetea, se encarniza contra ellos.
El mundo contempla, de lejos en lejos, la aparición de esos grandes
espíritus rebeldes que, como Juan el Precursor, lanzan anatemas contra
una civilización corrompida. La última de esas apariciones había sido
Rousseau. Por su amor a la Naturaleza[819], por su odio a la sociedad
moderna, por su celo de independencia, por su fervor de adoración al
Evangelio y la moral cristiana, Rousseau anuncia a Tolstoi, que se
juzga continuador de aquél:
“Algunas de sus páginas me llegan al corazón, decía, y creo que yo las
habría escrito”[820].
Pero ¡cuánta diferencia entre las dos almas, y cómo la de Tolstoi
es más puramente cristiana! ¡Qué falta de humildad, qué arrogancia
farisaica, la de este grito insolente de las Confesiones del ginebrino!:
_¡Ser Eterno! Que uno solo te diga, si osa decirlo: ¡fuí mejor que este
hombre!_
O en este reto al mundo:
_Declaro arrogantemente y sin temor: quienquiera que me crea un hombre
deshonesto, es él mismo un hombre que merece ser ahorcado._
Tolstoi lloraba lágrimas de sangre sobre los “crímenes” de su vida
pasada:
_Sufro las torturas del infierno. Recuerdo toda mi cobardía pasada,
y estos recuerdos no me abandonan, me envenenan la vida. Se lamenta
de ordinario que no se conserven recuerdos después de la muerte ¡Qué
felicidad que así sea! ¡Cuál sufrimiento sería, si, en esa otra vida,
me acordase de todo el mal que he cometido aquí abajo!_[821]...
No es él quien hubiera escrito sus _Confesiones_, como Rousseau, porque
decía éste, “sintiendo que el bien sobrepasaba el mal, tenía yo interés
en decirlo todo”[822]. Tolstoi, después de haber ensayado, renuncia a
escribir sus _Memorias_: la pluma se le cae de las manos; no quiere ser
objeto de escándalo para quienes lo habrán de leer:
_Las gentes dirán: ¡Ved a este hombre que muchos colocan a tanta
altura! ¡Y qué cobarde era! Luego, a nosotros, simples mortales, es
Dios mismo quien nos ordena que seamos cobardes_[823].
Nunca conoció Rousseau el bello pudor moral de la fe cristiana,
la humildad que da al viejo Tolstoi un candor inefable. Detrás de
Rousseau--encuadrando la estatura de la isla de los Cisnes--se ve la
Roma de Calvino. En Tolstoi, encuentra uno a los peregrinos, a los
inocentes, cuyas ingenuas confesiones y cuyas lágrimas habían conmovido
su infancia.
Pero mucho más aún que la lucha contra el mundo, que le es común con
Rousseau, otra lucha llena los treinta últimos años de la vida de
Tolstoi, un magnífico combate entre las dos más altas potencias de su
alma: la Verdad y el Amor.
La Verdad (“esta mirada que va derecho a las almas”), la luz penetrante
de estos ojos grises que os traspasan... Era su fe más antigua, la
reina de su arte.
_La heroína de mis escritos, la que yo amo con todas las fuerzas de mi
alma, la que fué, es y será siempre bella, es la verdad_[824].
La verdad, único despojo que aún flotaba del naufragio, después de la
muerte de su hermano[825]. La verdad, eje de su vida, roca en medio de
la mar...
Pero bien pronto, la “horrible verdad”[826] no le bastará, porque el
Amor la había suplantado. Era la fuente viva de su infancia, “el estado
natural de su alma”[827]. Cuando sobrevino la crisis moral de 1880, no
abdicó de la verdad y la abrió al amor[828].
El amor es “la base de la energía”[829]. El amor es “la razón de
vivir”, la única, con la belleza[830]. El amor es la esencia del
Tolstoi madurado por la vida, del autor de _La Guerra y la Paz_ y de la
carta al Santo Sínodo[831].
Esta penetración de la verdad por el amor forma el precio único de
las obras maestras que escribió, al mediar su vida--_nel mezzo del
cammin_--y que distingue su realismo del realismo de Flaubert. Éste
pone su fuerza en no amar a sus personajes; y por grande que así sea,
le falta el _¡Fiat lux!_
La luz del sol no es suficiente, se necesita la del corazón. El
realismo de Tolstoi se encarna en cada uno de los seres, y, viéndolos
con sus ojos, encuentra, aun en el más vil, razones para amarlo y para
hacernos sentir la cadena fraternal que nos une a todos[832]. Por el
amor penetra hasta las raíces de la vida.
Mas es difícil mantener esta unión. Hay horas en que el espectáculo de
la vida y de sus dolores es tan amargo que parece un reto al amor, y
que, para salvarlo, para salvar su fe, está uno obligado a levantarla
tan alto por encima del mundo, que corre peligro de perder con él todo
contacto. ¿Y qué hará quien ha recibido de la suerte el don soberbio y
fatal de ver la verdad y no poder dejar de verla? ¡Quién dirá lo que
Tolstoi sufrió con el continuo desacuerdo de sus últimos años, entre
sus ojos despiadados que veían el horror de la realidad, y su corazón
apasionado que insistía en esperar y afirmar el amor!
Todos nosotros hemos conocido estos trágicos debates. ¡Cuántas veces
nosotros mismos nos hemos encontrado en la alternativa de no ver o de
odiar! ¡Y cuántas veces un artista--un artista digno de este nombre,
un escritor que conozca el poder espléndido y temible de la palabra
escrita--se siente oprimido de angustia cuando llega el momento en
que tenga que escribir tal o cual verdad![833]. Esta verdad sana y
viril, necesaria en medio de las mentiras modernas, mentiras de la
civilización, esta verdad vital, podría decirse, como el aire que
respiramos... Y después se advierte que este aire ¡cuántos pulmones
no pueden soportarlo! ¡cuántos seres debilitados por la civilización,
o simplemente débiles por la bondad de sus corazones! ¿Será preciso,
pues, no tenerlos para nada en cuenta, y arrojarles implacablemente
esta verdad que mata? ¿No hay, por encima de todo, una verdad que,
como dice Tolstoi, “está abierta al amor”? ¡Pero qué! ¿es posible,
sin embargo, consentir en arrullar a los hombres con mentiras
consoladoras, como Peer Gynt arrullaba, con sus cuentos, a su vieja
madre moribunda?... La sociedad se encuentra continuamente enfrente de
este dilema: la verdad o el amor. De ordinario resuelve sacrificando a
la vez la verdad y el amor.
Nunca Tolstoi traicionó alguna de sus dos creencias. En sus obras de
la madurez, el amor es antorcha de la verdad. En las obras de sus
últimos tiempos, es una luz de lo alto, un rayo de la gracia que
desciende sobre la vida, pero que no se mezcla con ella, como se
ha visto en _Resurrección_, donde la fe domina a la realidad, que
permanece exterior a ella. Aun el mismo pueblo que pinta Tolstoi como
muy débil y mediocre, cada vez que mira a las figuras aisladamente,
toma, desde el momento que piensa en él de una manera abstracta, una
santidad divina[834]. En su vida de todos los días se acusaba el
mismo desacuerdo que en su arte, y aun más cruelmente. Bien sabía
lo que el amor reclamaba de él, pero obraba de otro modo; no vivía
según Dios, vivía de acuerdo con el mundo. Y ¿el amor mismo, dónde
encontrarlo? ¿Cómo distinguir entre sus rostros diversos y sus
órdenes contradictorias? ¿Era el amor a su familia, o el amor a todos
los hombres?... Hasta los últimos instantes se debatió entre estas
alternativas.
¿Dónde está la solución? Él no la encontró. Dejemos a los intelectuales
orgullosos el derecho de juzgarlo con desdén. Ciertamente, ellos
la han encontrado, ellos que poseen la verdad y que en ella con
seguridad se apoyan. Para estos intelectuales, Tolstoi era un débil y
un sentimental, cuya vida no puede ofrecerse de ejemplo. Y sin duda, no
es un ejemplo que puedan seguir: no saben ellos vivir suficientemente.
Tolstoi no pertenecía a la “élite” vanidosa, no era de ninguna iglesia,
ni de la de los _escribas_, como los llamaba él mismo, ni de la de
los _fariseos_, de la una o de la otra fe. Es el tipo más alto del
cristiano libre, que se esfuerza, durante toda su vida, hacia un ideal
que siempre se halla más lejano[835].
No habla Tolstoi para los privilegiados del pensamiento, habla para
los hombres ordinarios, _hominibus bonae voluntatis_. Es nuestra
conciencia. Dice lo que todos nosotros pensamos, almas medianas, y lo
que nosotros tememos leer en nosotros mismos; no es para nosotros un
maestro pleno de orgullo, uno de esos genios arrogantes que reinan
en su arte y su inteligencia por encima de la humanidad. Es “nuestro
hermano”, como gustaba de llamarse a sí mismo en sus cartas, con el
nombre más bello y más dulce de todos.
Enero de 1911.
NOTAS:
[518] Salvo algunas interrupciones, principalmente una bastante larga
entre 1865 y 1878.
[519] En su notable biografía de _León Tolstoi: Vida y Obra, Memorias,
Recuerdos, Cartas, Fragmentos del Diario íntimo, Notas y Documentos
biográficos_, reunidos, coordinados y anotados por P. Birukov,
revisados por León Tolstoi y traducidos del manuscrito por J. W.
Bienstock. Esta publicación, comenzada en 1905, no se ha terminado aún.
Tres volúmenes han aparecido, y el tercero llega al año de 1884. Es
la recopilación de documentos más importantes sobre la vida y obra de
Tolstoi y de ella he tomado abundantes datos.
[520] Tomó parte también en las campañas napoleónicas, y estuvo
prisionero en Francia durante los años de 1814 y 1815.
[521] _Infancia_, Capítulo II. (Tomo I de las _Obras completas de León
Tolstoi_, traducidas por J. W. Bienstock).
[522] _Infancia_, Capítulo XXVII.
[523] Yasnaia Poliana, cuyo nombre significa la “Clara claridad”, es
una pequeña aldea situada al Sur de Moscú, a pocas leguas de Tula, “en
una de las provincias rusas más agrícolas. Las dos grandes regiones de
Rusia--dice M. A. Leroy-Beaulieu--la región de los bosques y la de las
tierras de cultivo, allí se tocan y se confunden. En sus alrededores
no se encuentran ni finlandeses, ni tártaros, ni poloneses, ni judíos,
ni ukranos. Este país de Tula está en el corazón mismo de Rusia”. (A.
Leroy-Beaulieu, _León Tolstoi_, Revue des Deux Mondes, 15 de diciembre
de 1910).
[524] Tolstoi lo retrató en _Ana Karenina_, en la figura del hermano de
Levine.
[525] Escribió el _Diario de un Cazador_.
[526] En realidad era una parienta lejana. Había amado al padre de
Tolstoi y había sido amada por él; pero como Sonia, en _La Guerra y la
Paz_, se había sacrificado.
[527] _Infancia_, Capítulo XII.
[528] ¡No llega a afirmar en sus noticias autobiográficas (fechadas en
1878), que se acordaba de sus sensaciones cuando lo fajaban en pañales
y cuando lo bañaban en tina, recién nacido! (Véase los _Primeros
Recuerdos_. Una traducción francesa fué publicada en el mismo volumen
que _Amo y Criado_).
[529] _Primeros Recuerdos._
[530] De 1842 a 1847.
[531] Nicolás, cinco años mayor que León, ya había terminado sus
estudios en 1844.
[532] Amaba las conversaciones sobre cuestiones metafísicas, “tanto
más, decía, cuanto eran más abstractas y alcanzaban un grado tal de
obscuridad que, creyendo decirse lo que se piensa, se dicen cosas muy
distintas”. (_Adolescencia_, XXVII).
[533] _Adolescencia_, XIX.
[534] Sobre todo en sus primeras obras, en las _Narraciones de
Sebastopol_.
[535] Era el tiempo en que leía a Voltaire, complacido en su lectura.
(_Confesiones_, I).
[536] _Confesiones_, I. Traducción de J. W. Bienstock.
[537] _Juventud_, III.
[538] De marzo a abril de 1847.
[539] “Cuanto hace un hombre lo hace por amor propio”, dice Nekhludov
en _Adolescencia_.--En 1853, escribía Tolstoi en su Diario: “Mi más
grave defecto es el orgullo. Un amor propio inmenso, irrazonable... Soy
tan ambicioso que si tuviera que escoger entre la gloria y la virtud
(que tanto amo), creo que seguramente me quedaría con la primera”.
[540] “Quería que todos me conociesen y me amasen; deseaba que sólo
al escuchar mi nombre todos se llenaran de admiración y me dieran
gracias”. (_Juventud_, III).
[541] Según un retrato de 1848, cuando tenía 20 años (reproducido en el
primer volumen de _Vida y Obra)_.