lugar a una nueva superchería, que ha hundido más a nuestros pueblos
en el servilismo. Con la ayuda de un sistema complejo de elecciones
parlamentarias, se les ha sugerido que al elegir a sus representantes
directamente, participan en el gobierno, y que, obedeciéndolos,
obedecen a su propia voluntad, son libres. Esta es una trapacería. El
pueblo no puede expresar su voluntad, ni aún con el sufragio universal:
primero, porque semejante voluntad colectiva de una nación de varios
millones de habitantes, no puede existir; y segundo porque aun cuando
existiera, la mayoría de votos no sería su expresión. Sin insistir en
el hecho de que los elegidos legislan y administran, no para el bien
general, sino para mantenerse en el poder, sin hacer hincapié en el
hecho de la depravación del pueblo debida a la presión y corrupción
electorales, esta mentira es particularmente funesta, en razón de
la presuntuosa esclavitud en que caen quienes a ella se someten...
Estos hombres libres recuerdan a los prisioneros, que se imaginan
gozar de libertad, cuando tienen el derecho de elegir entre ellos a
los carceleros encargados de la policía interior de la prisión... Un
miembro de un Estado despótico puede ser enteramente libre, aun entre
las más crueles violencias; pero un miembro de un Estado constitucional
es siempre esclavo, porque reconoce la legalidad de las violencias
cometidas contra él... ¡Y he aquí que se querría llevar al pueblo ruso
al mismo estado de esclavitud constitucional que los otros pueblos
europeos!..._[764]
Dominaba el desdén en su alejamiento del liberalismo. Frente al
socialismo estaba o más bien estaría su odio, si Tolstoi no se hubiera
prohibido todo sentimiento de odio. Lo detestaba doblemente, porque el
socialismo amalgama en sí dos mentiras: la de la libertad y la de la
ciencia, pues ¡no pretende fundarse en no sé cuál ciencia económica,
cuyas leyes absolutas rigen el progreso del mundo!
Tolstoi era muy severo para la ciencia. Tiene páginas de una ironía
terrible sobre esta superstición moderna y “estos fútiles problemas:
origen de las especies, análisis espectral, naturaleza del radio,
teoría de los números, animales fósiles y otras fruslerías, a las
cuales se atribuye ahora la misma importancia que se atribuyó, en
la edad media, a la Inmaculada Concepción y a la Dualidad de la
Substancia”. Se mofa de “estos servidores de la ciencia que, al igual
que los servidores de la Iglesia, se persuaden y persuaden a los demás
de que salvan a la humanidad; que, lo mismo que la Iglesia, creen en
la propia infalibilidad, no están de acuerdo entre ellos mismos, se
dividen en parroquias, y que, lo mismo que la Iglesia, son la principal
causa de la grosería, de la ignorancia moral, del atraso que el hombre
mismo pone para emanciparse del mal que sufre: porque han rechazado la
única cosa que podía unir a la humanidad, la conciencia religiosa”[765].
Pero su inquietud se redobló y su indignación estallaba al contemplar
esta arma peligrosa del nuevo fanatismo en manos de aquéllos que
pretenden regenerar a la humanidad. Todo revolucionario que recurre
a la violencia, lo entristecía; pero el revolucionario intelectual y
teórico le causaba horror, porque lo miraba como a un pedante asesino,
una alma orgullosa y seca, que no ama a los hombres, que sólo ama sus
ideas[766]. Bajas ideas, desde luego.
_El socialismo se propone por fin la satisfacción de las necesidades
más bajas del hombre: su bienestar material. Y aun este mismo fin es
impotente para alcanzarlo por los medios que preconiza_[767].
En el fondo, carece de amor. No tiene sino el odio para los opresores y
“una envidia negra de la vida dulce y satisfecha de los ricos, avidez
de las moscas que se reúnen alrededor de las deyecciones”[768]. Cuando
el socialismo haya vencido, el aspecto del mundo será terrible. La
horda europea se desencadenará sobre los pueblos débiles y salvajes con
una fuerza temible, y de ellos hará esclavos, a fin de que los antiguos
proletarios de Europa puedan tranquilamente depravarse por el lujo
ocioso, como los romanos[769].
Felizmente la parte mejor del socialismo se gastaba en humo, en
discursos como los de M. Jaurés...
_¡Qué admirable orador! De todo hay en sus discursos, y no hay nada...
El socialismo es en parte como nuestra ortodoxia rusa: la apuráis,
la arrojáis hasta sus últimas trincheras, creéis haberla apresado y,
bruscamente, se vuelve y os dice: “¡Vamos! No soy quien creéis, soy
otra” y se os desliza entre las manos... ¡Paciencia! Dejemos que el
tiempo obre. Pasará con las teorías socialistas como con las modas de
las mujeres, que van muy rápidamente del salón a la cocina_[770].
Si Tolstoi hacía la guerra a los liberales y a los socialistas, no
era, como pudiera creerse, para dejar el campo libre a la autocracia;
sino por lo contrario, para que la batalla se librara en toda su
amplitud entre el viejo mundo y el nuevo, después que se hayan
eliminado de los ejércitos los elementos perniciosos y peligrosos.
Porque también creía en la Revolución; pero su Revolución tiene
envergadura muy distinta que la de los revolucionarios: es la de un
creyente místico de la edad media que espera para mañana, tal vez para
hoy, el reino del Espíritu Santo:
_Creo que en esta hora precisa comienza la gran revolución que se
prepara hace dos mil años en el mundo cristiano, la revolución que
substituirá, al cristianismo corrompido y al régimen de dominación que
de él se deriva, el verdadero cristianismo, base de la igualdad entre
los hombres y de la verdadera libertad, a la cual aspiran todos los
seres dotados de razón_[771].
¿Cuál hora eligió el vidente profético, para anunciar la nueva era
de felicidad y de amor? La hora más sombría de Rusia, la hora de los
desastres y de las vergüenzas, ¡oh poder soberbio de la fe creadora!
¡Todo es luz en torno de ella, hasta la noche! Tolstoi percibe en la
muerte los signos de la renovación: en las calamidades de la guerra
de Manchuria, en el desastre de los ejércitos rusos, en la horrible
anarquía y en la sangrienta lucha de clases. Su lógica de ensueño
extraía de la victoria del Japón esta conclusión sorprendente: que
Rusia se desinteresará de toda guerra, porque los pueblos no cristianos
tendrán siempre la ventaja, en la guerra, sobre los pueblos cristianos
“que han franqueado ya la fase de sumisión servil”. ¿Es ésta una
abdicación para su pueblo? No; es un orgullo supremo. Rusia debe
desinteresarse de toda guerra, porque ella debe de realizar la _gran
revolución_.
_La Revolución de 1905, que emancipará a los hombres de la opresión
brutal, ha de comenzar en Rusia. Ya comienza._
¿Por qué la Rusia debe desempeñar este papel de pueblo elegido?
Porque la nueva revolución debe, ante todo, reparar el _gran
Crimen_, el monopolio del suelo en provecho de algunos millares de
ricos, la esclavitud de millones de hombres, la más cruel de las
esclavitudes[772]. Y porque ningún pueblo tiene conciencia de esta
iniquidad tanto como el pueblo ruso[773].
Y sobre todo, porque el pueblo ruso es, de todos los pueblos, el más
penetrado por el verdadero cristianismo y porque la revolución que
viene debe realizar, en nombre de Cristo, la ley de unión y de amor.
Ahora bien, esta ley de amor no puede realizarse si no se apoya sobre
la ley de la no-resistencia al mal[774]. Y esta no-resistencia al mal
(fijémonos bien, nosotros que cometemos el error de ver en ella una
utopía particular a Tolstoi y a algunos soñadores) es y ha sido siempre
un rasgo esencial del pueblo ruso.
_El pueblo ruso ha observado siempre, con respecto al poder, una
actitud muy distinta que los otros pueblos europeos. Nunca ha entrado
en lucha con el poder, y nunca, principalmente, ha participado en él.
Por consecuencia, no ha podido mancharse con él; lo ha considerado
como un mal que se puede evitar. Una antigua leyenda representa a los
rusos haciendo un llamamiento a los “variagues” para que vinieran a
gobernarlos. La mayoría del pueblo ruso ha preferido siempre soportar
los actos de violencia que contestarlos violentamente o ser cómplice de
ellos. Se ha sometido siempre..._
Sumisión voluntaria, que ninguna relación tiene con la obediencia
servil[775].
_El verdadero cristiano puede someterse, hasta le es imposible no
someterse sin lucha a toda violencia; pero no podrá obedecerla, es
decir, reconocer en ella legitimidad_[776].
En el momento en que Tolstoi escribía estas líneas, se encontraba bajo
la emoción de uno de los más trágicos ejemplos de esta no-resistencia
heroica de un pueblo, la sangrienta manifestación del 22 de enero de
1905, en San Petersburgo, en la cual una multitud desarmada, conducida
por el “pope” Gapon, se dejó fusilar, sin un grito de odio, sin un
gesto de defensa.
Desde hacía largo tiempo, en Rusia, los viejos creyentes, a quienes
se llamaba sectarios, practicaban obstinadamente y a pesar de las
persecuciones, la no-obediencia al Estado y rehusaban reconocer la
legitimidad del poder[777]. Con lo absurdo de la guerra ruso-japonesa,
no tuvo este estado de espíritu dificultad para propagarse entre
el pueblo de los campos. Las negativas para el servicio militar se
multiplicaron, y mientras más cruelmente fueron reprimidas, más aumentó
la rebeldía en el fondo de los corazones. Por otra parte, provincias,
razas enteras, que no conocían a Tolstoi, habían dado el ejemplo de una
negativa absoluta y pasiva de obediencia al Estado: los “dukhobors”
del Cáucaso, desde 1898; los georgianos de la Guría, hacia 1905. Menos
acción tuvo Tolstoi sobre estos movimientos, que la que ellos tuvieron
sobre él; y el interés de sus escritos está precisamente en que, a
despecho de lo que han pretendido los escritores del partido de la
revolución, como Gorki[778], él encarnó la voz del viejo pueblo ruso.
La actitud que guardó con respecto a los hombres que ponían
en práctica, con peligro de sus vidas, los principios que él
profesaba[779], fué muy modesta y muy digna. No pretendió presentarse
como maestro que enseña ni ante los “dukhobors” y los “gurianos”, ni
ante los soldados refractarios.
_Aquél que no soporta ninguna prueba no puede enseñar nada a quien sí
sabe soportarlas_[780].
Imploró “el perdón de todos aquéllos a quienes sus palabras o sus
escritos pudieron conducir al dolor”[781]. Nunca arrastró a nadie a
rechazar el servicio militar, porque en esto toca a cada cual decidir
por sí mismo. Si tropezó con alguno que vacilara “le aconsejó siempre
entrar al servicio y no rehusar la obediencia, en tanto que esto no
le fuera moralmente imposible”; porque si se vacila, es que no se ha
alcanzado la madurez, y, “más vale que haya un soldado más y no un
hipócrita o un renegado, que es el caso de quienes emprenden obras
que están por encima de sus fuerzas”[782]. Desconfió de la resolución
del refractario Gontcharenko; temía “que este joven hubiera sido
arrastrado más bien por el amor propio y por la vanagloria que por
el amor de Dios”[783]. A los “dukhobors” escribía que no persistieran
en su resistencia a la obediencia, por orgullo y por respeto humanos;
pero, “si son de ello capaces, que libren de los sufrimientos a sus
débiles mujeres y a sus hijos. Nadie los condenará por esto”. No debían
obstinarse, salvo el caso “que el espíritu de Cristo hubiese llegado a
ellos, porque entonces serían felices de sufrir”[784]. Y en todo caso,
suplicaba a aquéllos que se hacían perseguir, “no rompiesen, por ningún
precio, sus relaciones afectuosas con quienes los perseguían”[785]. Es
necesario, como dice en una hermosa carta a un amigo, amar a Herodes:
_Decís: “No es posible amar a Herodes”. Lo ignoro, pero reconozco, y
vos también, que es necesario amarlo. Sé, y vos lo sabéis, que si yo no
amo, sufro, pues sin amar en mí no hay vida_[786].
Divina pureza, ardor incansable de este amor, que acaba por no
contentarse ya ni con las palabras mismas del Evangelio: “_Ama a tu
prójimo como a ti mismo_”, porque todavía en esto encuentra un relente
de egoísmo[787].
¡Amor tan vasto--creen algunos--y tan desprendido de todo egoísmo
humano se diluye en el vacío! Y sin embargo, ¿quién, más que Tolstoi,
desconfía del _amor abstracto_?
_El más grande pecado de hoy, el amor abstracto de los hombres, el amor
impersonal hacia quienes existen en alguna parte, lejos... ¡Amar a los
hombres a quienes no se conoce, a quienes no se verá nunca, es bien
fácil! No impone necesidad de ningún sacrificio; y, al mismo tiempo,
¡se siente uno tan contento de ello! La conciencia es burlada. No; es
necesario amar al prójimo, aquél a quien vemos y que nos molesta_[788].
Leo en la mayor parte de los estudios sobre Tolstoi que su filosofía y
su fe no son originales. Es verdad: la belleza de estos pensamientos
es demasiado eterna para que pueda parecer nunca como una novedad a la
moda... Otros señalan su carácter utópico y esto también es verdad:
son utópicos, como el Evangelio. Un profeta es un utopista; vive aquí
abajo la vida eterna; y que esta aparición nos haya sido concedida, que
hayamos visto entre nosotros al último profeta; que el más grande de
nuestros artistas haya tenido esta aureola sobre la frente; esto, me
parece, es un hecho más original y de importancia más grande para el
mundo que una religión más o una filosofía nueva. ¡Ciegos quienes no
ven el milagro de esta gran alma, encarnación del amor fraternal en un
siglo y un pueblo ensangrentados por el odio!
SU SEMBLANTE HABÍA TOMADO LOS RASGOS DEFINITIVOS
Su semblante había tomado los rasgos definitivos con los cuales
perdurará en la memoria de los hombres: la amplia frente surcada por
el arco de una doble arruga, la blanca maleza de las cejas, la barba
de patriarca que recuerda al Moisés de Dijón. El rostro envejecido
se dulcificó, adquiriendo una expresión de ternura; tenía el sello
de la enfermedad, de la melancolía, de la bondad afectuosa. ¡Qué
diferencia de la brutalidad casi animal de cuando tuvo veinte años, y
de la fealdad estirada del soldado de Sebastopol! Pero sus ojos claros
conservaban siempre su profunda fijeza, la lealtad de mirada que no
oculta nada de sí mismo y a la cual nada se le oculta.
Nueve años antes de su muerte, en la respuesta al Santo Sínodo (17 de
abril de 1901), Tolstoi decía:
_Debo a mi fe vivir en la paz y la alegría, y también poder, en la
alegría y la paz, encaminarme hacia la muerte._
Pienso, escuchándolo, en la antigua sentencia:
“_Que no se debe llamar feliz a ningún hombre antes de que haya
muerto_”.
Esta paz y esta alegría, que entonces se alababa de poseer, ¿le fueron
fieles?
Las esperanzas de la “gran Revolución” de 1905 se habían desvanecido.
De las tinieblas acumuladas, no brotó la luz; a las convulsiones
revolucionarias sucedió el agotamiento; no cambió nada de la antigua
injusticia, sino era la miseria, todavía más recrudecida. Ya en 1905
Tolstoi había perdido un poco la confianza en la vocación histórica del
pueblo eslavo de Rusia; y su fe obstinada buscaba, a lo lejos, otros
pueblos, a los cuales pudiese investir con esta misión. Pensó entonces
en el “sabio y grande pueblo chino”; creía que “los pueblos del Oriente
están llamados a recobrar la libertad que los pueblos de Occidente
han perdido casi sin remedio”, y que la China, a la cabeza de los
asiáticos, realizaría la transformación de la humanidad sobre la vía
del _Tao_, de la Ley Eterna[789].
Esperanza que pronto fracasó. La China de Lao-Tsé y de Confucio reniega
de su pasada sabiduría, como ya antes que ella lo había hecho el Japón,
para imitar a Europa[790]. Los “dukhobors”, perseguidos, han emigrado
al Canadá, se han instalado allá, y bien pronto, con escándalo para
Tolstoi, han restaurado la propiedad[791]. Los “gurianos”, apenas
emancipados del yugo del Estado, se han entregado a matar a quienes
no pensaban como ellos; y las tropas rusas, llamadas a intervenir,
los han hecho volver al orden. Y hasta los judíos, ellos, “cuya
patria hasta entonces, la más bella que pudo desear el hombre, era
el Libro”[792], no dejan de caer en la enfermedad del sionismo, ese
movimiento falsamente nacional “que es carne de la carne del europeísmo
contemporáneo, su hijo raquítico”[793].
Tolstoi estaba triste, pero no desalentado. Confiaba en Dios; creía en
el porvenir:
_Esto sería perfecto, si fuera posible hacer crecer un bosque en un
abrir y cerrar de ojos. Desgraciadamente es imposible, es necesario
esperar a que la simiente germine, que dé vástagos, luego las hojas y
después el tallo, que se transforme al fin en árbol_[794].
Pero se necesita de muchos árboles para hacer una floresta, y Tolstoi
estaba solo. Glorioso, pero solo. Se le escribía del mundo entero,
de los países mahometanos, de la China, del Japón, donde se tradujo
_Resurrección_ y donde se propagaban sus ideas sobre la “restitución
de la tierra al pueblo”[795]. Los periódicos americanos publicaban
entrevistas con él; los franceses le consultaban sobre el arte, o
sobre la separación de las iglesias y el Estado[796]. Pero no tenía
siquiera trescientos discípulos, y en ello convenía, aparte de que no
había cuidado de formarlos. Rechazaba las tentativas de sus amigos,
para formar grupos tolstoianos:
_No es necesario ir al encuentro el uno del otro, sino ir todos hacia
Dios. Decís: “Reunidos, esto es más fácil...”. ¿Qué? Para sembrar, para
cosechar, sí; pero sólo es dable acercarse a Dios aisladamente... Me
represento al mundo como un inmenso templo en el cual la luz desciende
de lo alto y en medio justamente. Para reunirse, todos deben ir
hacia la luz. Allá, todos nosotros, venidos de diversas partes, nos
encontramos reunidos con hombres que no esperábamos; en esto está la
alegría_[797].
¿Cuántos se encontraron juntos bajo el rayo de luz que cae de la
cúpula? ¡qué importa! Basta uno solo, con Dios.
_Lo mismo que una materia en combustión puede, sola, comunicar el fuego
a otras materias, basta sólo con la verdadera fe y la verdadera vida de
un hombre para comunicarse con otros hombres y esparcir la verdad_[798].
Tal vez; pero ¿hasta qué punto esta fe aislada pudo asegurar la
felicidad a Tolstoi? ¡Qué lejos estaba, en sus últimos días, de la
serenidad voluntaria de un Goethe! Se diría que huía de la serenidad y
que le era antipática.
_Es necesario dar gracias a Dios de estar descontento con uno mismo.
¡Ojalá pueda uno estarlo siempre! El desacuerdo de la vida con lo
que debería ser, es precisamente el signo de la vida, el movimiento
ascendente de lo más pequeño a lo más grande, de lo peor a lo mejor. Y
este desacuerdo es la condición del bien. Cuando el hombre permanece
tranquilo y satisfecho de sí mismo, esto es un mal_[799].
E imaginaba este asunto de novela, que muestra curiosamente cómo la
inquietud persistente de un Levine o de un Pedro Besukhov no había
muerto en él.
_Me represento a menudo a un hombre educado en los círculos
revolucionarios, y, desde luego, revolucionario, después populista,
socialista, ortodoxo, monje en Monte Athos, y en seguida ateo, buen
padre de familia y a la postre “dukhobor”. Comienza todo, y sin cesar
abandona todo: los hombres se burlan de él; no ha hecho nada y muere
olvidado, en un hospicio. Al morir piensa que ha despilfarrado su
vida... Y, sin embargo, es un santo_[800].
¿Tenía, pues, aún dudas, él, tan lleno de su fe? ¿Quién lo sabe? En un
hombre que ha permanecido robusto de cuerpo y de espíritu, hasta en
su vejez, la vida no podía detenerse en un punto del pensamiento. Era
necesario que avanzara.
_El movimiento es la vida_[801].
Muchas cosas debieron de haber cambiado en él, en el curso de los
últimos años. ¿No se había modificado su opinión con respecto a los
revolucionarios? ¿Quién puede decir si su fe en la no-resistencia
al mal, no había sido un poco quebrantada?... Ya en _Resurrección_,
las relaciones de Nekhludov con los condenados políticos cambian
completamente sus ideas sobre el partido revolucionario ruso.
_Hasta entonces sentía aversión por sus crueldades, su disimulo
original, sus atentados, su suficiencia, la satisfacción que de sí
mismos tenían y su insoportable vanidad. Pero cuando los ve de más
cerca, cuando ve cómo eran tratados por la autoridad, comprende que no
podían ser de otra manera._
Y admiró su alta idea del deber, que implica el sacrificio total.
Pero desde 1900 la ola revolucionaria se había extendido; habiendo
partido de los intelectuales, ganaba al pueblo y removía obscuramente
a millares de miserables. La vanguardia de su ejército amenazador
desfilaba bajo la ventana de Tolstoi, en Yasnaia Poliana. Tres
narraciones, publicadas en el _Mercure de France_[802], y que se
cuentan entre las últimas páginas escritas por Tolstoi, dejan entrever
el dolor y la inquietud que este espectáculo arrojaba en su espíritu.
¿Dónde quedó el tiempo en el cual, por la campiña de Tula, pasaban
los peregrinos, sencillos de espíritu y piadosos? Ahora, era una
invasión de vagabundos hambrientos, que aumentaba cada día. Tolstoi,
que conversaba con ellos, estaba sorprendido del odio que los animaba:
ya no veían, como en otro tiempo, en los ricos, a “gentes que hacen
la salud de sus almas, distribuyéndoles limosnas, sino a bandidos, a
bandoleros que beben la sangre del pueblo trabajador”. Muchos de ellos
son gentes instruidas, arruinadas, a dos dedos de la desesperación que
hace al hombre capaz de todo.
_Ya no es en los desiertos y los bosques, sino en los antros de las
ciudades y en los grandes caminos donde se levantan los bárbaros que
harán de la civilización moderna lo que los hunos y los vándalos
hicieron de la antigua._
Así hablaba Henry George; y Tolstoi agrega:
_Los vándalos están ya prestos en Rusia, y serán particularmente
terribles entre nuestro pueblo, profundamente religioso, porque
nosotros no conocemos los frenos de las conveniencias y de la opinión
pública, que tan desarrolladas están entre los pueblos europeos._
Tolstoi recibía frecuentemente cartas de estos rebeldes, protestando
contra sus doctrinas de la no-resistencia, y diciendo que a todo el
mal que los gobernantes y los ricos hacían al pueblo sólo se podía
responder: ¡venganza! ¡venganza! ¡venganza! ¿Los condenaba aún Tolstoi?
Se ignora. Pero cuando veía, algunos días después, en su aldea,
despojar a los pobres, que lloraban, del “samovar y de las ovejas”,
delante de las autoridades indiferentes, sentía la necesidad, él
también, de lanzar el grito de venganza contra los verdugos, contra
“estos ministros y sus acólitos, que están entregados al comercio de
aguardientes, o a enseñar a los hombres a asesinar, o a pronunciar
sentencias de deportación, de presidio, trabajos forzados o de horca;
estas gentes, perfectamente convencidas de que los ‘samovares’,
las ovejas, los becerros, las telas que se quita a los miserables,
encuentran su mejor empleo en la destilación del aguardiente que
envenena al pueblo, en la fabricación de las armas asesinas, en
la construcción de prisiones, de mazmorras, y sobre todo en la
distribución de sueldos entre ellos y sus ayudantes”.
Estaba triste, cuando había vivido toda su vida en la espera y
anunciando el reinado del amor, de tener que cerrar los ojos entre esas
visiones amenazadoras, sintiendo inquietud por ellas. Más todavía:
cuando se tiene la verídica conciencia de un Tolstoi, debía confesarse
que realmente no había puesto de acuerdo su vida con sus principios.
Tocamos, en esta parte, al punto más doloroso de sus últimos años
(¿será necesario decir, de sus últimos treinta años?), y apenas nos
está permitido rozarles con una mano piadosa y tímida, porque este
dolor, para el cual se esforzó Tolstoi en guardar secreto, no pertenece
solamente a quien ha muerto, sino también a los que viven, que él amó y
que lo amaban.
No había llegado a comunicar su fe a aquéllos que le eran más amados,
su mujer y sus hijos. Se ha visto que la fiel compañera, que compartía
valientemente con él su vida y sus trabajos artísticos, sufría al mirar
cómo había renegado de su fe en el arte por otra fe moral, que ella no
comprendía. Tolstoi no dejaba de sufrir, sintiéndose incomprendido de
su mejor amiga.