_En estos últimos tiempos la deformación del cristianismo ha dado

lugar a una nueva superchería, que ha hundido más a nuestros pueblos

en el servilismo. Con la ayuda de un sistema complejo de elecciones

parlamentarias, se les ha sugerido que al elegir a sus representantes

directamente, participan en el gobierno, y que, obedeciéndolos,

obedecen a su propia voluntad, son libres. Esta es una trapacería. El

pueblo no puede expresar su voluntad, ni aún con el sufragio universal:

primero, porque semejante voluntad colectiva de una nación de varios

millones de habitantes, no puede existir; y segundo porque aun cuando

existiera, la mayoría de votos no sería su expresión. Sin insistir en

el hecho de que los elegidos legislan y administran, no para el bien

general, sino para mantenerse en el poder, sin hacer hincapié en el

hecho de la depravación del pueblo debida a la presión y corrupción

electorales, esta mentira es particularmente funesta, en razón de

la presuntuosa esclavitud en que caen quienes a ella se someten...

Estos hombres libres recuerdan a los prisioneros, que se imaginan

gozar de libertad, cuando tienen el derecho de elegir entre ellos a

los carceleros encargados de la policía interior de la prisión... Un

miembro de un Estado despótico puede ser enteramente libre, aun entre

las más crueles violencias; pero un miembro de un Estado constitucional

es siempre esclavo, porque reconoce la legalidad de las violencias

cometidas contra él... ¡Y he aquí que se querría llevar al pueblo ruso

al mismo estado de esclavitud constitucional que los otros pueblos

europeos!..._[764]

Dominaba el desdén en su alejamiento del liberalismo. Frente al

socialismo estaba o más bien estaría su odio, si Tolstoi no se hubiera

prohibido todo sentimiento de odio. Lo detestaba doblemente, porque el

socialismo amalgama en sí dos mentiras: la de la libertad y la de la

ciencia, pues ¡no pretende fundarse en no sé cuál ciencia económica,

cuyas leyes absolutas rigen el progreso del mundo!

Tolstoi era muy severo para la ciencia. Tiene páginas de una ironía

terrible sobre esta superstición moderna y “estos fútiles problemas:

origen de las especies, análisis espectral, naturaleza del radio,

teoría de los números, animales fósiles y otras fruslerías, a las

cuales se atribuye ahora la misma importancia que se atribuyó, en

la edad media, a la Inmaculada Concepción y a la Dualidad de la

Substancia”. Se mofa de “estos servidores de la ciencia que, al igual

que los servidores de la Iglesia, se persuaden y persuaden a los demás

de que salvan a la humanidad; que, lo mismo que la Iglesia, creen en

la propia infalibilidad, no están de acuerdo entre ellos mismos, se

dividen en parroquias, y que, lo mismo que la Iglesia, son la principal

causa de la grosería, de la ignorancia moral, del atraso que el hombre

mismo pone para emanciparse del mal que sufre: porque han rechazado la

única cosa que podía unir a la humanidad, la conciencia religiosa”[765].

Pero su inquietud se redobló y su indignación estallaba al contemplar

esta arma peligrosa del nuevo fanatismo en manos de aquéllos que

pretenden regenerar a la humanidad. Todo revolucionario que recurre

a la violencia, lo entristecía; pero el revolucionario intelectual y

teórico le causaba horror, porque lo miraba como a un pedante asesino,

una alma orgullosa y seca, que no ama a los hombres, que sólo ama sus

ideas[766]. Bajas ideas, desde luego.

_El socialismo se propone por fin la satisfacción de las necesidades

más bajas del hombre: su bienestar material. Y aun este mismo fin es

impotente para alcanzarlo por los medios que preconiza_[767].

En el fondo, carece de amor. No tiene sino el odio para los opresores y

“una envidia negra de la vida dulce y satisfecha de los ricos, avidez

de las moscas que se reúnen alrededor de las deyecciones”[768]. Cuando

el socialismo haya vencido, el aspecto del mundo será terrible. La

horda europea se desencadenará sobre los pueblos débiles y salvajes con

una fuerza temible, y de ellos hará esclavos, a fin de que los antiguos

proletarios de Europa puedan tranquilamente depravarse por el lujo

ocioso, como los romanos[769].

Felizmente la parte mejor del socialismo se gastaba en humo, en

discursos como los de M. Jaurés...

_¡Qué admirable orador! De todo hay en sus discursos, y no hay nada...

El socialismo es en parte como nuestra ortodoxia rusa: la apuráis,

la arrojáis hasta sus últimas trincheras, creéis haberla apresado y,

bruscamente, se vuelve y os dice: “¡Vamos! No soy quien creéis, soy

otra” y se os desliza entre las manos... ¡Paciencia! Dejemos que el

tiempo obre. Pasará con las teorías socialistas como con las modas de

las mujeres, que van muy rápidamente del salón a la cocina_[770].

Si Tolstoi hacía la guerra a los liberales y a los socialistas, no

era, como pudiera creerse, para dejar el campo libre a la autocracia;

sino por lo contrario, para que la batalla se librara en toda su

amplitud entre el viejo mundo y el nuevo, después que se hayan

eliminado de los ejércitos los elementos perniciosos y peligrosos.

Porque también creía en la Revolución; pero su Revolución tiene

envergadura muy distinta que la de los revolucionarios: es la de un

creyente místico de la edad media que espera para mañana, tal vez para

hoy, el reino del Espíritu Santo:

_Creo que en esta hora precisa comienza la gran revolución que se

prepara hace dos mil años en el mundo cristiano, la revolución que

substituirá, al cristianismo corrompido y al régimen de dominación que

de él se deriva, el verdadero cristianismo, base de la igualdad entre

los hombres y de la verdadera libertad, a la cual aspiran todos los

seres dotados de razón_[771].

¿Cuál hora eligió el vidente profético, para anunciar la nueva era

de felicidad y de amor? La hora más sombría de Rusia, la hora de los

desastres y de las vergüenzas, ¡oh poder soberbio de la fe creadora!

¡Todo es luz en torno de ella, hasta la noche! Tolstoi percibe en la

muerte los signos de la renovación: en las calamidades de la guerra

de Manchuria, en el desastre de los ejércitos rusos, en la horrible

anarquía y en la sangrienta lucha de clases. Su lógica de ensueño

extraía de la victoria del Japón esta conclusión sorprendente: que

Rusia se desinteresará de toda guerra, porque los pueblos no cristianos

tendrán siempre la ventaja, en la guerra, sobre los pueblos cristianos

“que han franqueado ya la fase de sumisión servil”. ¿Es ésta una

abdicación para su pueblo? No; es un orgullo supremo. Rusia debe

desinteresarse de toda guerra, porque ella debe de realizar la _gran

revolución_.

_La Revolución de 1905, que emancipará a los hombres de la opresión

brutal, ha de comenzar en Rusia. Ya comienza._

¿Por qué la Rusia debe desempeñar este papel de pueblo elegido?

Porque la nueva revolución debe, ante todo, reparar el _gran

Crimen_, el monopolio del suelo en provecho de algunos millares de

ricos, la esclavitud de millones de hombres, la más cruel de las

esclavitudes[772]. Y porque ningún pueblo tiene conciencia de esta

iniquidad tanto como el pueblo ruso[773].

Y sobre todo, porque el pueblo ruso es, de todos los pueblos, el más

penetrado por el verdadero cristianismo y porque la revolución que

viene debe realizar, en nombre de Cristo, la ley de unión y de amor.

Ahora bien, esta ley de amor no puede realizarse si no se apoya sobre

la ley de la no-resistencia al mal[774]. Y esta no-resistencia al mal

(fijémonos bien, nosotros que cometemos el error de ver en ella una

utopía particular a Tolstoi y a algunos soñadores) es y ha sido siempre

un rasgo esencial del pueblo ruso.

_El pueblo ruso ha observado siempre, con respecto al poder, una

actitud muy distinta que los otros pueblos europeos. Nunca ha entrado

en lucha con el poder, y nunca, principalmente, ha participado en él.

Por consecuencia, no ha podido mancharse con él; lo ha considerado

como un mal que se puede evitar. Una antigua leyenda representa a los

rusos haciendo un llamamiento a los “variagues” para que vinieran a

gobernarlos. La mayoría del pueblo ruso ha preferido siempre soportar

los actos de violencia que contestarlos violentamente o ser cómplice de

ellos. Se ha sometido siempre..._

Sumisión voluntaria, que ninguna relación tiene con la obediencia

servil[775].

_El verdadero cristiano puede someterse, hasta le es imposible no

someterse sin lucha a toda violencia; pero no podrá obedecerla, es

decir, reconocer en ella legitimidad_[776].

En el momento en que Tolstoi escribía estas líneas, se encontraba bajo

la emoción de uno de los más trágicos ejemplos de esta no-resistencia

heroica de un pueblo, la sangrienta manifestación del 22 de enero de

1905, en San Petersburgo, en la cual una multitud desarmada, conducida

por el “pope” Gapon, se dejó fusilar, sin un grito de odio, sin un

gesto de defensa.

Desde hacía largo tiempo, en Rusia, los viejos creyentes, a quienes

se llamaba sectarios, practicaban obstinadamente y a pesar de las

persecuciones, la no-obediencia al Estado y rehusaban reconocer la

legitimidad del poder[777]. Con lo absurdo de la guerra ruso-japonesa,

no tuvo este estado de espíritu dificultad para propagarse entre

el pueblo de los campos. Las negativas para el servicio militar se

multiplicaron, y mientras más cruelmente fueron reprimidas, más aumentó

la rebeldía en el fondo de los corazones. Por otra parte, provincias,

razas enteras, que no conocían a Tolstoi, habían dado el ejemplo de una

negativa absoluta y pasiva de obediencia al Estado: los “dukhobors”

del Cáucaso, desde 1898; los georgianos de la Guría, hacia 1905. Menos

acción tuvo Tolstoi sobre estos movimientos, que la que ellos tuvieron

sobre él; y el interés de sus escritos está precisamente en que, a

despecho de lo que han pretendido los escritores del partido de la

revolución, como Gorki[778], él encarnó la voz del viejo pueblo ruso.

La actitud que guardó con respecto a los hombres que ponían

en práctica, con peligro de sus vidas, los principios que él

profesaba[779], fué muy modesta y muy digna. No pretendió presentarse

como maestro que enseña ni ante los “dukhobors” y los “gurianos”, ni

ante los soldados refractarios.

_Aquél que no soporta ninguna prueba no puede enseñar nada a quien sí

sabe soportarlas_[780].

Imploró “el perdón de todos aquéllos a quienes sus palabras o sus

escritos pudieron conducir al dolor”[781]. Nunca arrastró a nadie a

rechazar el servicio militar, porque en esto toca a cada cual decidir

por sí mismo. Si tropezó con alguno que vacilara “le aconsejó siempre

entrar al servicio y no rehusar la obediencia, en tanto que esto no

le fuera moralmente imposible”; porque si se vacila, es que no se ha

alcanzado la madurez, y, “más vale que haya un soldado más y no un

hipócrita o un renegado, que es el caso de quienes emprenden obras

que están por encima de sus fuerzas”[782]. Desconfió de la resolución

del refractario Gontcharenko; temía “que este joven hubiera sido

arrastrado más bien por el amor propio y por la vanagloria que por

el amor de Dios”[783]. A los “dukhobors” escribía que no persistieran

en su resistencia a la obediencia, por orgullo y por respeto humanos;

pero, “si son de ello capaces, que libren de los sufrimientos a sus

débiles mujeres y a sus hijos. Nadie los condenará por esto”. No debían

obstinarse, salvo el caso “que el espíritu de Cristo hubiese llegado a

ellos, porque entonces serían felices de sufrir”[784]. Y en todo caso,

suplicaba a aquéllos que se hacían perseguir, “no rompiesen, por ningún

precio, sus relaciones afectuosas con quienes los perseguían”[785]. Es

necesario, como dice en una hermosa carta a un amigo, amar a Herodes:

_Decís: “No es posible amar a Herodes”. Lo ignoro, pero reconozco, y

vos también, que es necesario amarlo. Sé, y vos lo sabéis, que si yo no

amo, sufro, pues sin amar en mí no hay vida_[786].

Divina pureza, ardor incansable de este amor, que acaba por no

contentarse ya ni con las palabras mismas del Evangelio: “_Ama a tu

prójimo como a ti mismo_”, porque todavía en esto encuentra un relente

de egoísmo[787].

¡Amor tan vasto--creen algunos--y tan desprendido de todo egoísmo

humano se diluye en el vacío! Y sin embargo, ¿quién, más que Tolstoi,

desconfía del _amor abstracto_?

_El más grande pecado de hoy, el amor abstracto de los hombres, el amor

impersonal hacia quienes existen en alguna parte, lejos... ¡Amar a los

hombres a quienes no se conoce, a quienes no se verá nunca, es bien

fácil! No impone necesidad de ningún sacrificio; y, al mismo tiempo,

¡se siente uno tan contento de ello! La conciencia es burlada. No; es

necesario amar al prójimo, aquél a quien vemos y que nos molesta_[788].

Leo en la mayor parte de los estudios sobre Tolstoi que su filosofía y

su fe no son originales. Es verdad: la belleza de estos pensamientos

es demasiado eterna para que pueda parecer nunca como una novedad a la

moda... Otros señalan su carácter utópico y esto también es verdad:

son utópicos, como el Evangelio. Un profeta es un utopista; vive aquí

abajo la vida eterna; y que esta aparición nos haya sido concedida, que

hayamos visto entre nosotros al último profeta; que el más grande de

nuestros artistas haya tenido esta aureola sobre la frente; esto, me

parece, es un hecho más original y de importancia más grande para el

mundo que una religión más o una filosofía nueva. ¡Ciegos quienes no

ven el milagro de esta gran alma, encarnación del amor fraternal en un

siglo y un pueblo ensangrentados por el odio!

SU SEMBLANTE HABÍA TOMADO LOS RASGOS DEFINITIVOS

Su semblante había tomado los rasgos definitivos con los cuales

perdurará en la memoria de los hombres: la amplia frente surcada por

el arco de una doble arruga, la blanca maleza de las cejas, la barba

de patriarca que recuerda al Moisés de Dijón. El rostro envejecido

se dulcificó, adquiriendo una expresión de ternura; tenía el sello

de la enfermedad, de la melancolía, de la bondad afectuosa. ¡Qué

diferencia de la brutalidad casi animal de cuando tuvo veinte años, y

de la fealdad estirada del soldado de Sebastopol! Pero sus ojos claros

conservaban siempre su profunda fijeza, la lealtad de mirada que no

oculta nada de sí mismo y a la cual nada se le oculta.

Nueve años antes de su muerte, en la respuesta al Santo Sínodo (17 de

abril de 1901), Tolstoi decía:

_Debo a mi fe vivir en la paz y la alegría, y también poder, en la

alegría y la paz, encaminarme hacia la muerte._

Pienso, escuchándolo, en la antigua sentencia:

“_Que no se debe llamar feliz a ningún hombre antes de que haya

muerto_”.

Esta paz y esta alegría, que entonces se alababa de poseer, ¿le fueron

fieles?

Las esperanzas de la “gran Revolución” de 1905 se habían desvanecido.

De las tinieblas acumuladas, no brotó la luz; a las convulsiones

revolucionarias sucedió el agotamiento; no cambió nada de la antigua

injusticia, sino era la miseria, todavía más recrudecida. Ya en 1905

Tolstoi había perdido un poco la confianza en la vocación histórica del

pueblo eslavo de Rusia; y su fe obstinada buscaba, a lo lejos, otros

pueblos, a los cuales pudiese investir con esta misión. Pensó entonces

en el “sabio y grande pueblo chino”; creía que “los pueblos del Oriente

están llamados a recobrar la libertad que los pueblos de Occidente

han perdido casi sin remedio”, y que la China, a la cabeza de los

asiáticos, realizaría la transformación de la humanidad sobre la vía

del _Tao_, de la Ley Eterna[789].

Esperanza que pronto fracasó. La China de Lao-Tsé y de Confucio reniega

de su pasada sabiduría, como ya antes que ella lo había hecho el Japón,

para imitar a Europa[790]. Los “dukhobors”, perseguidos, han emigrado

al Canadá, se han instalado allá, y bien pronto, con escándalo para

Tolstoi, han restaurado la propiedad[791]. Los “gurianos”, apenas

emancipados del yugo del Estado, se han entregado a matar a quienes

no pensaban como ellos; y las tropas rusas, llamadas a intervenir,

los han hecho volver al orden. Y hasta los judíos, ellos, “cuya

patria hasta entonces, la más bella que pudo desear el hombre, era

el Libro”[792], no dejan de caer en la enfermedad del sionismo, ese

movimiento falsamente nacional “que es carne de la carne del europeísmo

contemporáneo, su hijo raquítico”[793].

Tolstoi estaba triste, pero no desalentado. Confiaba en Dios; creía en

el porvenir:

_Esto sería perfecto, si fuera posible hacer crecer un bosque en un

abrir y cerrar de ojos. Desgraciadamente es imposible, es necesario

esperar a que la simiente germine, que dé vástagos, luego las hojas y

después el tallo, que se transforme al fin en árbol_[794].

Pero se necesita de muchos árboles para hacer una floresta, y Tolstoi

estaba solo. Glorioso, pero solo. Se le escribía del mundo entero,

de los países mahometanos, de la China, del Japón, donde se tradujo

_Resurrección_ y donde se propagaban sus ideas sobre la “restitución

de la tierra al pueblo”[795]. Los periódicos americanos publicaban

entrevistas con él; los franceses le consultaban sobre el arte, o

sobre la separación de las iglesias y el Estado[796]. Pero no tenía

siquiera trescientos discípulos, y en ello convenía, aparte de que no

había cuidado de formarlos. Rechazaba las tentativas de sus amigos,

para formar grupos tolstoianos:

_No es necesario ir al encuentro el uno del otro, sino ir todos hacia

Dios. Decís: “Reunidos, esto es más fácil...”. ¿Qué? Para sembrar, para

cosechar, sí; pero sólo es dable acercarse a Dios aisladamente... Me

represento al mundo como un inmenso templo en el cual la luz desciende

de lo alto y en medio justamente. Para reunirse, todos deben ir

hacia la luz. Allá, todos nosotros, venidos de diversas partes, nos

encontramos reunidos con hombres que no esperábamos; en esto está la

alegría_[797].

¿Cuántos se encontraron juntos bajo el rayo de luz que cae de la

cúpula? ¡qué importa! Basta uno solo, con Dios.

_Lo mismo que una materia en combustión puede, sola, comunicar el fuego

a otras materias, basta sólo con la verdadera fe y la verdadera vida de

un hombre para comunicarse con otros hombres y esparcir la verdad_[798].

Tal vez; pero ¿hasta qué punto esta fe aislada pudo asegurar la

felicidad a Tolstoi? ¡Qué lejos estaba, en sus últimos días, de la

serenidad voluntaria de un Goethe! Se diría que huía de la serenidad y

que le era antipática.

_Es necesario dar gracias a Dios de estar descontento con uno mismo.

¡Ojalá pueda uno estarlo siempre! El desacuerdo de la vida con lo

que debería ser, es precisamente el signo de la vida, el movimiento

ascendente de lo más pequeño a lo más grande, de lo peor a lo mejor. Y

este desacuerdo es la condición del bien. Cuando el hombre permanece

tranquilo y satisfecho de sí mismo, esto es un mal_[799].

E imaginaba este asunto de novela, que muestra curiosamente cómo la

inquietud persistente de un Levine o de un Pedro Besukhov no había

muerto en él.

_Me represento a menudo a un hombre educado en los círculos

revolucionarios, y, desde luego, revolucionario, después populista,

socialista, ortodoxo, monje en Monte Athos, y en seguida ateo, buen

padre de familia y a la postre “dukhobor”. Comienza todo, y sin cesar

abandona todo: los hombres se burlan de él; no ha hecho nada y muere

olvidado, en un hospicio. Al morir piensa que ha despilfarrado su

vida... Y, sin embargo, es un santo_[800].

¿Tenía, pues, aún dudas, él, tan lleno de su fe? ¿Quién lo sabe? En un

hombre que ha permanecido robusto de cuerpo y de espíritu, hasta en

su vejez, la vida no podía detenerse en un punto del pensamiento. Era

necesario que avanzara.

_El movimiento es la vida_[801].

Muchas cosas debieron de haber cambiado en él, en el curso de los

últimos años. ¿No se había modificado su opinión con respecto a los

revolucionarios? ¿Quién puede decir si su fe en la no-resistencia

al mal, no había sido un poco quebrantada?... Ya en _Resurrección_,

las relaciones de Nekhludov con los condenados políticos cambian

completamente sus ideas sobre el partido revolucionario ruso.

_Hasta entonces sentía aversión por sus crueldades, su disimulo

original, sus atentados, su suficiencia, la satisfacción que de sí

mismos tenían y su insoportable vanidad. Pero cuando los ve de más

cerca, cuando ve cómo eran tratados por la autoridad, comprende que no

podían ser de otra manera._

Y admiró su alta idea del deber, que implica el sacrificio total.

Pero desde 1900 la ola revolucionaria se había extendido; habiendo

partido de los intelectuales, ganaba al pueblo y removía obscuramente

a millares de miserables. La vanguardia de su ejército amenazador

desfilaba bajo la ventana de Tolstoi, en Yasnaia Poliana. Tres

narraciones, publicadas en el _Mercure de France_[802], y que se

cuentan entre las últimas páginas escritas por Tolstoi, dejan entrever

el dolor y la inquietud que este espectáculo arrojaba en su espíritu.

¿Dónde quedó el tiempo en el cual, por la campiña de Tula, pasaban

los peregrinos, sencillos de espíritu y piadosos? Ahora, era una

invasión de vagabundos hambrientos, que aumentaba cada día. Tolstoi,

que conversaba con ellos, estaba sorprendido del odio que los animaba:

ya no veían, como en otro tiempo, en los ricos, a “gentes que hacen

la salud de sus almas, distribuyéndoles limosnas, sino a bandidos, a

bandoleros que beben la sangre del pueblo trabajador”. Muchos de ellos

son gentes instruidas, arruinadas, a dos dedos de la desesperación que

hace al hombre capaz de todo.

_Ya no es en los desiertos y los bosques, sino en los antros de las

ciudades y en los grandes caminos donde se levantan los bárbaros que

harán de la civilización moderna lo que los hunos y los vándalos

hicieron de la antigua._

Así hablaba Henry George; y Tolstoi agrega:

_Los vándalos están ya prestos en Rusia, y serán particularmente

terribles entre nuestro pueblo, profundamente religioso, porque

nosotros no conocemos los frenos de las conveniencias y de la opinión

pública, que tan desarrolladas están entre los pueblos europeos._

Tolstoi recibía frecuentemente cartas de estos rebeldes, protestando

contra sus doctrinas de la no-resistencia, y diciendo que a todo el

mal que los gobernantes y los ricos hacían al pueblo sólo se podía

responder: ¡venganza! ¡venganza! ¡venganza! ¿Los condenaba aún Tolstoi?

Se ignora. Pero cuando veía, algunos días después, en su aldea,

despojar a los pobres, que lloraban, del “samovar y de las ovejas”,

delante de las autoridades indiferentes, sentía la necesidad, él

también, de lanzar el grito de venganza contra los verdugos, contra

“estos ministros y sus acólitos, que están entregados al comercio de

aguardientes, o a enseñar a los hombres a asesinar, o a pronunciar

sentencias de deportación, de presidio, trabajos forzados o de horca;

estas gentes, perfectamente convencidas de que los ‘samovares’,

las ovejas, los becerros, las telas que se quita a los miserables,

encuentran su mejor empleo en la destilación del aguardiente que

envenena al pueblo, en la fabricación de las armas asesinas, en

la construcción de prisiones, de mazmorras, y sobre todo en la

distribución de sueldos entre ellos y sus ayudantes”.

Estaba triste, cuando había vivido toda su vida en la espera y

anunciando el reinado del amor, de tener que cerrar los ojos entre esas

visiones amenazadoras, sintiendo inquietud por ellas. Más todavía:

cuando se tiene la verídica conciencia de un Tolstoi, debía confesarse

que realmente no había puesto de acuerdo su vida con sus principios.

Tocamos, en esta parte, al punto más doloroso de sus últimos años

(¿será necesario decir, de sus últimos treinta años?), y apenas nos

está permitido rozarles con una mano piadosa y tímida, porque este

dolor, para el cual se esforzó Tolstoi en guardar secreto, no pertenece

solamente a quien ha muerto, sino también a los que viven, que él amó y

que lo amaban.

No había llegado a comunicar su fe a aquéllos que le eran más amados,

su mujer y sus hijos. Se ha visto que la fiel compañera, que compartía

valientemente con él su vida y sus trabajos artísticos, sufría al mirar

cómo había renegado de su fe en el arte por otra fe moral, que ella no

comprendía. Tolstoi no dejaba de sufrir, sintiéndose incomprendido de

su mejor amiga.

Vidas Ejemplares: Beethoven—Miguel Ángel—Tolstoi · 第 26 / 31 段