Este “rayo de luz” ya no refulge en _La Sonata a Kreutzer_[730]. Es

una obra feroz, arrojada contra la sociedad como una bestia herida,

que se venga de cuanto ha sufrido. No olvidemos que es la confesión de

un bruto humano, que acaba de matar y que está infectado por el virus

de los celos. Tolstoi se esfuma detrás de su personaje; pero sin duda

se encuentran sus ideas exaltadas, en estas invectivas rabiosas contra

la hipocresía general, hipocresía de la educación de la mujer, del

amor, del matrimonio (esa “prostitución doméstica”), del mundo, de la

ciencia, de los médicos (esos “sembradores de crímenes”). Y su héroe lo

arrastra a una brutalidad de expresiones, a una violencia de imágenes

carnales, todas las ardentías de un cuerpo lujurioso, y por reacción

todos los furores del ascetismo, el miedo rencoroso de las pasiones,

la maldición contra la vida lanzada por un monje de la edad media,

encendido de sensualidad. Después de haber escrito su libro, Tolstoi

mismo se espanta:

_Yo no pude prever, dice en su Postfacio a La Sonata a Kreutzer[731],

que una lógica rigurosa me conduciría, escribiendo esta obra, al

punto a que he llegado. Mis propias conclusiones, desde luego, me

han aterrado; quería no creerlas, pero no lo podía... He tenido que

aceptarlas._

Debía, en efecto, repetir, bajo una forma serena, los gritos feroces

del asesino Posdnichef contra el amor y el matrimonio:

_Quien mira a la mujer--sobre todo a su propia mujer--con sensualidad,

comete por ese solo hecho adulterio con ella._

_Cuando las pasiones hayan desparecido, entonces la humanidad ya no

tendrá razón de ser, habrá cumplido la Ley, y la unión de todos los

seres estará realizada._

Mostrará, apoyándose en el Evangelio, según San Mateo, que “el ideal

cristiano no es el matrimonio, que no puede existir matrimonio

cristiano, que el matrimonio, desde el punto de vista cristiano, no es

un elemento de progreso sino antes de decadencia; que el amor, así como

todo lo que le precede y lo sigue, es un obstáculo para el verdadero

ideal humano...”[732]

Pero estas ideas no habían cristalizado en él con tanta nitidez sino

hasta que brotaron de boca de Posdnichef. Como ocurre a menudo entre

los grandes creadores, la obra arrastró al autor; el artista sobrepasó

al pensador. No ha perdido nada con ello el arte. Por el vigor del

efecto, por la concentración apasionada, por el relieve brutal de

las visiones, por la plenitud y madurez de la forma, ninguna obra de

Tolstoi iguala a _La Sonata a Kreutzer_.

Me falta explicar su título, que, a decir verdad, es falso; engaña

acerca de la obra. La música no desempeña en ella sino un papel

accesorio. Suprimid la sonata, y nada habrá cambiado. Tolstoi ha

cometido el error de mezclar dos cuestiones que tomaba muy a pecho: el

poder depravador de la música y el del amor. El demonio de la música

merecía una obra aparte; el lugar que Tolstoi le concede en esta obra

es insuficiente para demostrar el peligro que denuncia. Debo detenerme

un poco sobre este asunto, porque creo que nunca se ha comprendido cuál

era la actitud de Tolstoi con respecto a la música.

Será preciso considerar que la amaba. No se teme sino lo que se ama.

Recuérdese el lugar que tienen los recuerdos musicales en _Infancia_,

y principalmente en _La Felicidad Conyugal_, en donde todo el ciclo

del amor, de su primavera a su otoño, se desarrolla entre frases de la

_Sonata_, _cuasi una fantasía_, de Beethoven; recuérdense también las

sinfonías maravillosas que escuchaban cantar dentro de ellos mismos

Nekhludov[733] y el pequeño Petia, la noche anterior a su muerte[734].

Si Tolstoi había aprendido muy medianamente la música[735], le conmovía

hasta derramar lágrimas; a ella se entregó con pasión en algunas épocas

de su vida. En 1858 fundó en Moscú una sociedad musical, que vino a ser

más tarde el Conservatorio de Moscú.

_Amaba mucho la música_, escribía su cuñado S. A. Bers. _Tocaba el

piano y era apasionado de los maestros clásicos. A veces, antes de

ponerse a trabajar_[736], _se sentaba al piano, y probablemente en él

encontraba la inspiración. Acompañaba a menudo a mi hermana menor, cuya

voz le gustaba. He advertido que las sensaciones provocadas en él por

la música estaban acompañadas de una ligera palidez del rostro y de una

mueca imperceptible que, parecía, expresaba el espanto._[737]

Era, sin duda, el miedo que experimentaba al choque de estas fuerzas

desconocidas que lo sacudían hasta las raíces de su ser. En este mundo

de la música sentía que se fundían su voluntad moral, su razón, toda la

realidad de la vida. Que se relea, en el volumen primero de _La Guerra

y la Paz_, la escena en que Nicolás Rostov, que acaba de perder en el

juego, entra desesperado. Oye que su hermana Natacha canta, y olvida

todo.

_Esperaba con una impaciencia febril la nota que iba a brotar, y

durante un instante, para él no había en el mundo nada fuera del compás

de tres tiempos:_ Oh mio crudele affetto!

_¡Qué absurda existencia la nuestra, pensaba. La desventura, el dinero,

el odio, el honor, todo eso no es nada... ¡Ved aquí la verdad!...

¡Natacha, mi pequeña paloma!... Veamos si logra alcanzar el si... lo

ha alcanzado, ¡gracias, Dios mío!_

_Y él mismo, sin darse cuenta de que cantaba, para reforzar el si, la

acompañaba en tercera._

_¡Oh Dios mío, qué bello es esto! ¿Soy yo quien lo ha dado? ¡qué

felicidad! pensaba; y la vibración de su canto despertaba en su alma

todo lo que en ella había de mejor y de más puro. ¡Qué valían, junto

a esta sensación sobrehumana, su pérdida en el juego y su palabra

empeñada!... ¡Locuras! Era posible matar, robar, y sin embargo, ser

feliz_[738].

Nicolás no mata ni roba, y la música es apenas para él una turbación

pasajera; pero Natacha está a punto de perderse. Precisamente después

de una velada de Ópera, “en este mundo extraño, insensato, del arte, a

mil leguas de la realidad, en donde el bien y el mal, lo extravagante

y lo razonable, se mezclan y se confunden”, es cuando escucha la

declaración de Anatolio Kuraguin, que la enloquece, y cuando ella

consiente en el rapto.

Mientras Tolstoi avanza más en edad, mayor es el miedo que tiene a la

música[739]. Un hombre que tuvo influjo sobre él, Auerbach, a quien

vió en Dresden en 1860, fortificó sin duda su prevención. “Hablaba de

la música como de un _Pflichtloser Genuss_ (una alegría desarreglada).

Según él, era una inclinación hacia la depravación”[740].

Entre tantos músicos depravadores, ¿por qué, pregunta Camilo

Bellaigue[741], haber escogido justamente al más puro y al más casto

de todos, a Beethoven? Porque era el más fuerte. Tolstoi lo había

amado y lo amaba todavía. Sus más lejanos recuerdos de _Infancia_

estaban unidos a la _Sonata Patética_; y cuando Nekhludov, al final

de _Resurrección_, escucha _andante_ de la _Sinfonía en do menor_,

logra apenas retener las lágrimas; “se enternece dentro de sí mismo”.

Sin embargo, se ha visto con qué animosidad se expresa Tolstoi en

_¿Qué es el Arte?_[742] con respecto a las “obras enfermizas del sordo

Beethoven”; y ya en 1876, el encarnizamiento con el cual “quería

demoler a Beethoven y esparcir la duda acerca de su genio”, había

sublevado a Tschaikovsky y enfriado la admiración que sentía hacia

Tolstoi. _La Sonata a Kreutzer_ nos permite ver en el fondo de esta

injusticia apasionada. ¿Qué reprocha Tolstoi a Beethoven? Su fuerza.

Le ocurre como con Goethe, escuchando la _Sinfonía en do menor_, y,

conturbado por ella, reacciona con rabia contra el maestro imperioso

que lo somete a su voluntad[743].

_Esta música, decía Tolstoi, me transporta inmediatamente al estado

de alma en que se encontraba quien la escribió... La música debía de

ser cosa del Estado, como en China. No se debía admitir que el primer

recién llegado dispusiese de un poder hipnótico tan espantoso... Estas

cosas (el primer Presto de la Sonata), no se debería de tener permiso

de ejecutarlas sino en algunas circunstancias importantes..._

Y ved cómo después de esta rebeldía, cede al poder de Beethoven,

y cómo este poder es, según su propia confesión, ennoblecedor y

puro. Al escuchar el trozo de música, Posdnichef cae en un estado

indefinible, que él no puede analizar, pero cuya conciencia lo pone

alegre; los celos no tienen ya lugar en él. La mujer no está menos

transfigurada; tiene, en tanto que toca, “_una severidad de expresión

majestuosa_”, después “_una sonrisa débil, compasiva, venturosa, cuando

ha terminado_”... ¿Qué hay, en todo esto, de perverso?--Hay esto: que

el espíritu es esclavo y que la fuerza desconocida de los sonidos puede

hacer de él lo que quiera; destruirlo, si le place.

Esto es verdad; pero Tolstoi olvida una cosa: la mediocridad o la

ausencia de vida entre la mayor parte de quienes escuchan o ejecutan la

música. La música no podrá ser peligrosa para quienes no la sienten.

El espectáculo de la Sala de Ópera durante una representación de

_Salomé_ es bastante para tranquilizar sobre la inmunidad del público

a las emociones, las más malsanas, del arte de los sonidos. Es preciso

ser rico de vida, como Tolstoi, para sufrir por esta causa. La verdad

es que, a pesar de su injusticia hiriente para Beethoven, Tolstoi

sentía más profundamente la música que la mayoría de aquéllos que

hoy la exaltan. Él, por lo menos, conocía estas pasiones frenéticas,

esta violencia salvaje que gruñe en el arte de “_Viejo Sordo_” y que

no sienten los virtuosos, ni las orquestas de hoy. Beethoven habría

estado acaso más contento con este rencor que con el amor de los

beethovenianos.

RESURRECCIÓN

Diez años separan _Resurrección_ de _La Sonata a Kreutzer_;[744] diez

años que absorbe de más en más la propaganda religiosa, y otros diez

la separaron del término al cual aspiraba esta vida hambrienta de

eternidad. En cierta manera es _Resurrección_ el testamento artístico

de Tolstoi. Domina esta novela el fin de su vida, al igual que _La

Guerra y la Paz_ coronó su madurez. Es la última montaña, tal vez la

más alta--si no la más poderosa--cuya cumbre invisible[745] se pierde

en medio de la bruma. Tenía Tolstoi setenta años. Contemplaba el mundo,

su vida, sus errores pasados, su fe, sus iras santas, desde lo alto. Y

es el mismo pensamiento que en las obras precedentes, la misma guerra

a la hipocresía; pero el espíritu del artista, como en _La Guerra y

la Paz_, se mantiene por encima del asunto; a la ironía sombría, a

la tumultuosa alma de _La Sonata a Kreutzer_ y de _La Muerte de Iván

Ilich_, mezcla una serenidad religiosa, desprendida del mundo, que se

refleja en éste, exactamente. Se diría, por instantes, que se trata de

un Goethe cristiano.

Todos los caracteres de arte que hemos señalado en las obras del

último período se encuentran aquí, y principalmente, la concentración

del relato, más sorprendente todavía en una novela extensa que en un

cuento. La obra es una, y en esto muy diferente de _La Guerra y la Paz_

y de _Ana_ _Karenina_; casi no hay en ella digresiones episódicas:

es una sola acción, proseguida con tenacidad, y escudriñada en todos

sus detalles. El mismo vigor de retratos, pintados en su plena

complexión, que en la _Sonata_; una observación que se va haciendo más

y más lúcida, robusta, despiadadamente realista, que ve al animal en

el hombre, “la terrible persistencia de la bestia en el hombre, más

terrible esta animalidad cuanto menos se la descubre, cuanto más se

oculta tras exterioridades que pretenden ser poéticas”[746]. Estas

conversaciones de salón que tienen simplemente por objeto satisfacer

una necesidad física, “la necesidad de activar la digestión, poniendo

en movimiento los músculos de la lengua y de la garganta”[747].

Una visión ruda de los seres que no exceptúan a nadie, ni a la

hermosa Korchaguin, “con los huesos de los codos salientes, y las

uñas largas de una pulgada”, y su escote que inspiraba a Nekhludov

“vergüenza y disgusto, disgusto y vergüenza”; ni la heroína, la

Maslova, cuya degradación para nada se recataba, su precoz usura,

su expresión viciosa y baja, su sonrisa provocativa, su aliento

alcohólico y su semblante inflamado y enrojecido. Una brutalidad de

detalle naturalista: la mujer que charla, sentada sobre el bacín. La

imaginación poética, la juventud, se han desvanecido, salvo en los

recuerdos del primer amor, cuya música os zumba con una intensidad

alucinante; la casta noche del Sábado Santo y la noche de Pascuas, el

deshielo, la neblina blanca y tan espesa “que a cinco pasos de la casa

no se veía nada, si no era una masa turbia de donde brotaba el fulgor

rojo de una lámpara”; el canto de los gallos en la noche; el arroyo

helado que estalla, zumba, se desploma y resuena como un cristal que

se rompe, y el joven que, desde afuera, mira al través de los vidrios

a la muchacha que no lo ve y está sentada cerca de la mesa, bajo el

tembloroso fulgor de una pequeña lámpara, Katucha pensativa, que sonríe

y sueña.

El lirismo del autor no aparece. Su arte ha tomado traza más

impersonal, más apartada de su propia vida. Ha hecho Tolstoi un

esfuerzo para renovar el campo de sus observaciones. El mundo de los

criminales y el de los revolucionarios, que estudia ahora, le era

extraño;[748] penetra en él por un esfuerzo de simpatía voluntaria;

hasta conviene en que, antes de mirarlos de cerca, los revolucionarios

le inspiraban una aversión invencible[749]. Y es por ello tanto más

admirable su observación verídica, este espejo sin defectos. ¡Cuál

abundancia de tipos y de detalles precisos! ¡Y cómo todo es mirado,

bajezas y virtudes, sin dureza, sin debilidad, con una inteligencia

tranquila y una piedad fraternal!... ¡Lamentable cuadro el de las

mujeres en la prisión! Ellas son despiadadas; pero el artista es el

buen Dios, que ve, en el corazón de cada una, la ternura debajo de

la abyección, y bajo la máscara de la desvergüenza, el rostro que

llora. El puro y pálido rayo de luz que poco a poco se anuncia en el

alma viciosa de la Maslova y la ilumina a la postre en una llamarada

de sacrificios, adquiere la belleza conmovedora de uno de esos rayos

de sol que transfiguran una humilde escena de Rembrandt. Ninguna

severidad, ni aun para los verdugos. “_Perdónales, Señor, porque no

saben lo que hacen_”...Lo peor es que frecuentemente sí saben lo

que hacen, y tienen remordimientos de sus actos, y no pueden dejar

de hacerlos. Se desprende del libro el sentimiento de la abrumadora

fatalidad, que pesa sobre los que sufren tanto como sobre los que hacen

sufrir, este director de prisión, lleno de bondad natural, cansado de

su vida de carcelero, tanto como de los ejercicios de piano de su hija,

flacucha y pálida, ojerosa, que machaca incansablemente una rapsodia de

Liszt; este general, gobernador de una ciudad siberiana, inteligente

y bueno que, para escapar al insoluble conflicto entre el bien que él

quiere hacer y el mal que está obligado a hacer, se alcoholiza desde

hace treinta y cinco años, pero que permanece siempre suficientemente

dueño de sí mismo para guardar las apariencias, aun cuando esté ebrio;

y la ternura familiar que reina entre estos seres, cuyo oficio los hace

sin entrañas con respecto a los otros.

El único de estos caracteres que no tiene una verosimilitud objetiva,

es el del héroe Nekhludov, porque Tolstoi le ha prestado sus propias

ideas. Y éste había sido ya el defecto, o el peligro, de varios de

los tipos más célebres de _La Guerra y la Paz_ y de _Ana Karenina_:

el príncipe Andrés, Pedro Besukhov, Levine, etc.; pero entonces fué

menos grave, porque los personajes se encontraban, por su situación y

su edad, más cerca del estado de espíritu de Tolstoi; mientras que en

esta vez el autor aloja en el cuerpo de un hombre de treinta y cinco

años, su alma desencarnada de anciano de setenta. No quiero decir que

la crisis moral de un Nekhludov no pueda ser verdadera, ni aun que no

pueda producirse tan súbitamente;[750] pero nada en el temperamento,

en el carácter, en la vida anterior del personaje, tal como Tolstoi lo

representa, anuncia ni explica esta crisis que, cuando ha comenzado, ya

nada la interrumpe.

Sin duda, Tolstoi ha señalado con profundidad la liga impura que se

ha unido desde un principio a los pensamientos de sacrificio, esas

lágrimas de enternecimiento y de admiración para sí mismo, después el

espanto y la repugnancia que se apoderan de Nekhludov, al estar frente

a la realidad, pero sin que lo hagan vacilar en su resolución. Esta

crisis no tiene ninguna relación con sus crisis anteriores, violentas,

pero momentáneas[751]. Ya nada puede detener a este hombre débil e

indeciso; a este príncipe que, rico, considerado, muy sensible a las

satisfacciones mundanas, a punto de unirse a una hermosa muchacha que

lo ama y que a él no le desagrada, bruscamente resuelve abandonar

todo, riquezas, mundo, posición social, y casarse con una prostituta,

a fin de reparar una antigua falta; y su exaltación se sostiene, sin

languidecer, durante meses, resistiendo todas las pruebas, aun la

noticia de que aquélla que quiere hacer su mujer continúa su vida

libertina[752]. Hay en esto una santidad cuyo origen la perspicacia

psicológica de un Dostoievsky nos lo habría mostrado en las obscuras

profundidades de la conciencia y hasta en el organismo de sus héroes;

pero no tiene Nekhludov nada de un héroe de Dostoievsky. Es el tipo del

hombre medio, mediocre y sano, el héroe habitual de Tolstoi. En verdad,

se siente excesivamente la yuxtaposición de un personaje demasiado

real[753] a una crisis moral que pertenece a otro hombre; y el hombre

que sufre esta crisis es el anciano Tolstoi.

La misma impresión de dualidad de elementos se advierte al fin del

libro, donde yuxtapone a una tercera parte de observación estrictamente

realista, una conclusión evangélica innecesaria, acto de fe personal,

que no emana lógicamente de la vida observada. No es ésta la primera

vez que la religión de Tolstoi se une a su realismo; pero en las obras

anteriores, los dos elementos están mejor fundidos. Aquí coexisten,

no se mezclan; y el contraste choca tanto más cuanto la fe de Tolstoi

salva toda prueba y su realismo se hace de día en día más libre y más

agudo. Hay allí rastros, no de fatiga sino de la edad; cierta rigidez,

si puedo decirlo, en las articulaciones. La conclusión religiosa no

está en el desarrollo orgánico de la obra. Es un _Deus ex machina_...

Y yo estoy convencido de que, en lo más hondo del alma de Tolstoi y a

despecho de sus afirmaciones, la fusión de sus dos diversas naturalezas

no era perfecta; su verdad de artista y su verdad de creyente.

Pero si no tiene _Resurrección_ la armoniosa plenitud de las obras de

juventud, si por mi parte yo prefiero _La Guerra y la Paz_, no por eso

deja de ser uno de los más hermosos poemas de la compasión humana, tal

vez el más verídico. Más que al través de ninguna otra, percibo en esta

obra los ojos claros de Tolstoi, los ojos gris pálido, penetrantes, “de

mirada que va derecho al alma”[754] y que en cada alma veían a Dios.

[Ilustración]

LAS IDEAS SOCIALES DE TOLSTOI

Tolstoi no renunció nunca al arte; un gran artista no puede, aunque lo

quiera, abdicar de su razón de vivir. Puede, por causas de religión,

renunciar a publicar, pero no a escribir. No interrumpió nunca su

creación artística: Paul Boyer, que lo vió en Yasnaia Poliana en sus

últimos años, dice que llevaba adelante sus obras de evangelización o

de polémica, y las obras de imaginación; descansaba de las unas con

las otras. Cuando había terminado cualquier tratado social, cualquier

_Llamamiento a los Directores_, o a _los Dirigidos_, se concedía el

derecho de proseguir alguna de las bellas historias que se contaba a

sí mismo, como su _Hadji-Murad_, epopeya militar que canta un episodio

de las guerras del Cáucaso y de la resistencia de los montañeses bajo

Schamyl[755]. El arte continuaba siendo su descanso, su placer; pero

habría considerado como una vanidad hacer de él ostentación. Además de

su _Ciclo de Lecturas para todos los días del año_ (1904-1905)[756], en

las que reunió los _Pensamientos de diversos escritores sobre la verdad

y la vida_ (verdadera Antología de la sabiduría poética del mundo,

desde los libros santos del Oriente hasta los artistas contemporáneos),

casi todas sus obras, que propiamente es posible llamar artísticas,

a partir de 1900, han quedado en manuscritos[757]. En cambio, audaz,

ardientemente, lanzaba sus escritos polémicos y místicos a la batalla

social. De 1900 a 1910, esta batalla absorbió lo mejor de sus fuerzas.

Atravesaba Rusia por una crisis formidable, en la cual, por instantes,

parecía que el imperio de los zares crujía en sus cimientos y estaba

a punto de desplomarse. La guerra ruso-japonesa, el desastre que

siguió, la agitación revolucionaria, los motines en el ejército y

en la marina, los asesinatos, los disturbios agrarios, parecía que

señalaban “el fin de un mundo”, como dice el título de una obra de

Tolstoi. La culminación de la crisis ocurrió entre 1904 y 1905, y

Tolstoi publicó entonces una serie de obras que tuvieron resonancia:

_Guerra y Revolución_[758], el _Gran Crimen_, el _Fin de un Mundo_.

Durante este último período de diez años ocupó una situación única,

no solamente en Rusia, sino en todo el universo. Estaba solo, extraño

a todos los partidos, a todas las patrias y arrojado de su Iglesia,

que lo excomulgó[759]; la lógica de su razón, la intransigencia de su

fe, “lo han constreñido a este dilema: separarse de los demás hombres

o separarse de la verdad”. Recordó el proverbio ruso: “un viejo que

miente es un rico que roba”, y se separó de los hombres para decir la

verdad. La dijo toda entera y a todos. El viejo cazador de mentiras

continuó batiendo infatigablemente todas las supersticiones religiosas

o sociales, todos los fetichismos; no sólo estuvo contra los antiguos

poderes malhechores, la Iglesia perseguidora y el zarismo autócrata;

antes tal vez se suaviza un poco contra ellos, ya que todo el mundo

les arrojaba piedras. ¡Ahora se les conocía: ya no eran tan temibles!

Y después de todo ese era su oficio, no engañaban a nadie. La carta de

Tolstoi al czar Nicolás II[760] está, en su verdad sin disfraces para

el soberano, llena de dulzura para el hombre, a quien llama “su querido

hermano” y a quien ruega “lo perdone si lo ha molestado sin querer”; y

firmó: “Vuestro hermano que os desea la verdadera felicidad”.

Lo que Tolstoi no perdonaba, lo que denunciaba con virulencia, eran las

nuevas mentiras, no las antiguas que ya habían sido sacadas a la luz.

Ya no el despotismo, sino la ilusión de la libertad; y no se sabe a

quienes odiaba más, entre los sectarios de los nuevos ídolos, si a los

socialistas o a los “liberales”.

Tenía para los liberales una antipatía de fecha lejana. Repentinamente

la había resentido cuando, oficial de Sebastopol, se encontró en el

cenáculo de los hombres de letras de San Petersburgo. Esta había sido

una de las causas de sus dificultades con Turguenef. El aristócrata

orgulloso, el hombre de rancio linaje, no podía soportar a estos

intelectuales y su pretensión de llegar a hacer, por voluntad o por

fuerza, la felicidad de la nación, imponiéndole sus utopías. Muy ruso

y de vieja cepa[761], desconfiaba de las novedades liberales, de las

ideas constitucionales que llegaban del Occidente; y sus dos viajes a

Europa no hicieron más que fortalecer su prevención. Al regreso del

primer viaje escribía:

_Evitar la ambición del liberalismo_[762].

Y al retorno del segundo, anotaba que “la sociedad privilegiada” no

tiene ningún derecho para educar a su manera al pueblo que le es

extraño[763]...

Ampliamente expone en _Ana Karenina_ su desdén hacia los liberales.

Levine rehúsa asociarse a la obra de las instituciones provinciales

para la instrucción del pueblo, y a las innovaciones que están a la

orden del día. El cuadro de las elecciones para la asamblea provincial

de los señores, muestra el comercio de engaños a que se entrega un

país, al substituir su antigua administración conservadora por una

administración liberal. Nada ha cambiado, pero hay una mentira más que

no tiene ni la excusa ni la consagración de los siglos.

“No valemos quizá gran cosa, dice el representante del antiguo régimen;

pero hemos durado en el gobierno no menos de mil años”.

Tolstoi se indigna contra el abuso que los liberales hacen de las

palabras: “_Pueblo, Voluntad del Pueblo_...”. ¡Ah! ¿Qué saben ellos del

pueblo? ¿Qué es el pueblo?

Y fué sobre todo en las épocas en que el movimiento liberal parecía

a punto de triunfar y se convocaba a la primera Duma, cuando Tolstoi

expresó violentamente su reprobación de las ideas constitucionales:

Vidas Ejemplares: Beethoven—Miguel Ángel—Tolstoi · 第 25 / 31 段