Un invierno pasado en Moscú (sus deberes de familia lo habían obligado

a acompañar a los suyos)[668], y el censo de la población en el

cual hubo de tomar parte, en enero de 1882, fueron ocasión para que

viese de cerca la miseria de las grandes ciudades. La impresión

que ese espectáculo le produjo fué espantosa. La noche del día en

que por primera vez estuvo en contacto con esta llaga oculta de la

civilización, al contar a un amigo lo que había visto, “se puso a

clamar, a llorar, a crispar los puños”.

“¡No se puede vivir así!” decía entre sollozos. “¡Esto no puede ser!

¡Esto no puede ser!...”[669]. Y recayó durante algunos meses en una

desesperación insoportable. La condesa Tolstoi le escribía, el 3 de

marzo de 1882:

_Antes decías: “A causa de la falta de fe, quisiera ahorcarme”; y

ahora, que tienes la fe ¿por qué eres desventurado?_

Porque no tenía la fe del fariseo, la fe beata y satisfecha de sí

misma; porque no tenía el egoísmo del pensador místico, demasiado

ocupado de su salud para pensar en la de los otros[670]; porque tenía

el amor, y ahora ya no podía olvidar a los miserables que había visto,

y en la bondad apasionada de su corazón, le parecía ser responsable

de sus sufrimientos y de su abyección: eran las víctimas de esta

civilización de cuyos privilegios disfrutaba, de este ídolo mostruoso

al cual una casta elegida sacrificaba millones de hombres. Aceptar el

beneficio de semejantes crímenes era asociarse a ellos. Su conciencia

no tendría ya reposo hasta que no los hubiera denunciado.

_¿Qué debemos hacer?_ obra escrita en 1884-1886[671], es la expresión

de esta segunda crisis, mucho más trágica que la primera y más

preñada todavía de consecuencias. ¿Qué eran las angustias religiosas,

personales de Tolstoi, en este océano de miseria humana, de miseria

real, no imaginada por el espíritu de un ocioso aburrido? Imposible era

no verla; e imposible, habiéndola visto, no tratar de suprimirla a toda

costa. ¿Era esto posible?...

Un admirable retrato, que yo no puedo mirar sin emoción[672], dice

suficientemente lo que Tolstoi sufrió entonces. Aparece de frente,

sentado, cruzados los brazos, con blusa de mujik; tiene expresión de

anonadamiento; sus cabellos son todavía negros, su bigote ya gris, su

larga barba y sus patillas enteramente blancas; una noble arruga hunde

en la hermosa amplia frente un surco armonioso. ¡Y hay tanta bondad en

la ancha nariz de perro noble, y en los ojos que os miran tan francos,

tan claros, tan tristes! ¡Seguramente que están leyendo en vosotros, y

os compadecen o bien os imploran! Las mejillas están hundidas, con las

huellas del sufrimiento, en grandes pliegues bajo los ojos. Ha llorado;

pero es fuerte y está presto al combate.

Tenía una lógica heroica:

_Me sorprenden siempre estas palabras tan a menudo repetidas: “Sí,

eso está bien en teoría, pero ¿cómo será en la práctica?” ¡Como si

la teoría consistiese sólo en palabras hermosas, necesarias para la

conversación, y no para conformar a ellas la práctica!... Cuando yo

he comprendido una cosa en la cual he reflexionado, entonces no puedo

obrar de otra manera que como he comprendido_[673].

Comienza a describir con una exactitud fotográfica la miseria de

Moscú, tal como la ha visto, en el curso de sus visitas a los barrios

pobres y a los asilos nocturnos[674]. Se convence de que no es con el

dinero, como en un principio lo había creído, como se podrá salvar a

estos desgraciados, más o menos contaminados de la corrupción de las

ciudades y entonces investiga resueltamente de dónde viene el mal, y,

de eslabón en eslabón, se desarrolla ante sus ojos la cadena pavorosa

de las responsabilidades. Los ricos, desde luego, y el contagio de su

lujo maldito, que atrae y deprava[675]; la universal seducción de la

vida sin trabajo; y el Estado después, esta entidad asesina, creada por

los violentos para despojar y reducir a esclavitud, en su provecho, al

resto de la humanidad. Y la Iglesia, asociada; la ciencia y el arte,

cómplices... ¿Cómo combatir a todos estos ejércitos del mal? Desde

luego, rehusándose a formar parte de ellos; rehusándose a participar en

la explotación de la humanidad; renunciando al dinero y a la posesión

de la tierra[676] y no sirviendo al Estado.

Pero esto no es bastante; es necesario “no mentir”, no tener miedo a

la verdad; es necesario “arrepentirse” y arrancarse el orgullo, tan

arraigado con la instrucción. Es en fin necesario trabajar con las

propias manos. “_Ganarás tu pan con el sudor de tu frente_”, ordena

el primero de los mandamientos y el más esencial[677]. Y Tolstoi,

contestando por adelantado a las mofas de la “élite”, afirma que el

trabajo físico no estorba en nada al trabajo intelectual, puesto que

por lo contrario lo aumenta y responde a las exigencias normales de la

naturaleza. La salud no puede menos que ganar con él, y el arte más

todavía. Sobre todo, restablece la unión entre los hombres.

En sus siguientes obras Tolstoi completará estos preceptos de higiene

moral. Se preocupará de completar la cura del alma, de rehacer

la energía, proscribiendo los placeres viciosos que adormecen la

conciencia[678], y los placeres crueles que la matan[679]. Da el

ejemplo. En 1884 hace el sacrificio de su más arraigada pasión, la

caza[680]; practica la abstinencia que forja la voluntad, como un

atleta que se impone una disciplina para combatir y para vencer.

_¿Qué debemos hacer?_ señala la primera etapa de la difícil ruta que

Tolstoi va a seguir, abandonando la paz relativa de la meditación

religiosa, por la lucha social; y desde entonces comienza esta guerra

de veinte años que en nombre del Evangelio libra el viejo profeta de

Yasnaia Poliana, solo, fuera de todos los partidos, antes condenándolos

a todos, contra los crímenes y las mentiras de la civilización.

* * * * *

A su alrededor, la revolución moral que Tolstoi había iniciado

encontraba pocas simpatías; desolaba a los suyos. Largo tiempo hacía

ya que la condesa Tolstoi observaba, inquieta, los progresos de un mal

que en vano combatía. Desde 1874 se indignaba de ver a su marido perder

tanto tiempo y fuerzas en trabajos para las escuelas.

_Este silabario, esta aritmética, esta gramática, las desprecio y no

puedo fingir que me interesen._

Otra cosa fué cuando a la pedagogía sucedió la religión; y tan hostil

fué la acogida que tuvo en la condesa que a las primeras confidencias

del nuevo convertido, Tolstoi tuvo necesidad de excusarse, cuando

hablaba de Dios en sus cartas:

_No te disgustes, como ocurre a las veces, cuando menciono a Dios, ya

que no puedo evitarlo porque es la base misma de mi pensamiento_[681].

La condesa se conmueve, sin duda, y trata de disimular su impaciencia;

pero no comprende nada y observa a su marido con inquietud:

_Sus ojos son extraños, fijos; no habla casi nada; parece que no

pertenece ya a este mundo_[682].

Piensa que está enfermo:

_León trabaja siempre, como él dice. ¡Bueno! Escribe cualesquiera

discusiones religiosas; lee y reflexiona, hasta dolerle la cabeza, y

todo para demostrar que la Iglesia no está de acuerdo con la doctrina

del Evangelio. Apenas si en Rusia se encontrará a una docena de

personas a quienes eso pueda interesar; pero nada es posible hacer, y

no deseo sino una cosa: que termine lo más pronto y que todo pase como

una enfermedad_[683].

La enfermedad no pasó, y la situación se hizo cada día más penosa

entre los dos esposos. Se amaban; tenían, el uno por el otro, una

estimación profunda; pero era para ellos imposible comprenderse.

Trataban de hacerse mutuas concesiones, que llegaban a ser, como ocurre

generalmente, mutuos tormentos. Tolstoi se impuso la obligación de

seguir a los suyos a Moscú, y escribió entonces en su _Diario_:

_El mes ha sido el más penoso de mi vida, por la instalación en

Moscú. Todos se instalan. ¿Cuándo comenzarán, pues, a vivir? ¡Y todo

esto, no para vivir, sino porque las demás gentes hacen lo mismo!

¡Desventurados!..._[684].

En estos mismos días escribía la condesa:

_Moscú. Mañana hará un mes que estamos nosotros aquí. Durante las dos

primeras semanas he llorado todos los días, porque León ha estado no

solamente triste, sino abatido en verdad. No dormía, no comía y a

menudo lloraba; he llegado a creer que me volvía loca_[685].

Hubieron de alejarse el uno del otro, durante algún tiempo, hasta

pedirse perdón por lo que se hacían sufrir. ¡Cuánto se amaban

siempre!... Él le escribía:

Me dices: “_te amo, y tú no tienes necesidad de ello_”, _cuando es lo

único de que yo tengo necesidad... Tu amor me da la alegría más que

nada en el mundo_[686].

Pero en el instante que estaban juntos, el desacuerdo aparecía. La

condesa no podía tomar partido en esta manía religiosa, que movía ahora

a Tolstoi a aprender el hebreo con un rabino.

_Nada, fuera de esto, le interesa ya. Consume todas sus fuerzas en

tonterías, por lo que no puedo ocultar mi descontento_[687].

Le escribía ella:

_No puedo menos de entristecerme porque semejantes fuerzas

intelectuales se derrochan en cortar leña, calentar el samovar y coser

las botas._

Y agrega, con la sonrisa cariñosa y burlona de una madre que mira jugar

a su hijo, un poco alocado:

_En fin, me tranquilizo con el proverbio ruso: “Que se divierta el niño

y no importa cómo, con tal que no llore más!”_[688].

Pero todavía no ha despachado la carta cuando se le aparece en su

pensamiento su marido, leyendo estas líneas con sus nobles ojos

cándidos, entristecidos por este tono de ironía; y reabre la carta

nuevamente, en un impulso de amor:

_¡De pronto te me has representado tan claramente que he sentido un

acceso de ternura hacia ti! Hay en ti algo de tan sabio, de tan bueno,

tan ingenuo y tan perseverante, todo iluminado por una luz de compasión

hacia todos, y una mirada que va tan rectamente al alma... ¡Y esto sólo

a ti te pertenece!_

De tal manera estos dos seres que se amaban se torturaban el uno al

otro y en seguida se lamentaban del mal que habían podido hacerse, sin

poderlo remediar. Situación sin salida que dura cerca de treinta años y

a la cual solamente debió poner fin, en una hora de extravío, la fuga

del viejo rey Lear, moribundo, a través de la estepa.

No se ha fijado bastante la atención en el llamamiento conmovedor a las

mujeres con que termina _¿Qué debemos hacer?_ Ninguna simpatía siente

Tolstoi por el feminismo moderno[689]; pero para aquélla que él llama

“la mujer madre”, para aquélla que conoce el verdadero sentido de la

vida, tiene palabras de piadosa adoración; hace un elogio magnífico

de sus penas y de sus alegrías, de la preñez y de la maternidad, de

esos sufrimientos terribles, de esos años sin reposo, de ese trabajo

invisible, agotador, por el cual no se espera recompensa de nadie, y

de esa beatitud que inunda el alma al salir del dolor, cuando se ha

cumplido la Ley. Pinta el retrato de la esposa valiente, que es para

su marido un auxiliar y un obstáculo; que sabe que “sólo el sacrificio

obscuro, sin recompensa, en bien de la vida de los otros, es la

vocación del hombre”.

_Una mujer así no solamente no alentará a su marido para un trabajo

falso y engañador, que no busque otro fin que disfrutar del trabajo

de los demás; pues antes verá con disgusto y horror esa actividad,

que sería una seducción para sus hijos. Exigirá de su compañero el

verdadero trabajo que reclama la energía y no teme el peligro... Sabe

que sus hijos, las generaciones por venir, constituyen cuanto es dable

a los hombres ver de más santo, y que sólo vive para servir, con todo

su ser, esta obra sagrada. Desarrollará en sus hijos y en su marido la

fuerza de sacrificio... Son esas las mujeres que dominan a los hombres

y les sirven de estrellas conductoras... ¡Oh, mujeres-madres! ¡En

vuestras manos está la salud del mundo!_[690]

Es el llamamiento de una voz que suplica, que todavía espera... ¿No

será escuchada?

Algunos años más tarde el último fulgor de la esperanza se había

apagado:

_No lo creeréis tal vez; pero no podríais imaginaros cuán aislado

estoy, hasta qué punto mi yo verdadero es despreciado por todos los que

me rodean_[691].

Si los más amantes desconocían así la grandeza de la transformación

moral de Tolstoi, no se podía esperar de los otros ni mayor penetración

ni más respeto. Turguenev, con quien Tolstoi había tenido que

reconciliarse, más por un sentimiento de humildad cristiana que

porque hubiese cambiado de sentimientos con respecto a él[692], decía

irónicamente: “Compadezco mucho a Tolstoi; pero por otra parte, como

dicen los franceses, cada quien tiene su manera de matar pulgas”[693].

Algunos años más tarde, próximo a la muerte, escribía a Tolstoi la

carta tan conocida en la que suplicaba a “su amigo, el gran escritor de

la tierra rusa”, que “volviese a la literatura”[694].

Todos los artistas europeos se asociaban a la inquietud y a la súplica

de Turguenev moribundo. Eugène-Melchior de Vogüé al final del estudio

que en 1886 consagró a Tolstoi, tomaba de pretexto un retrato del

escritor en traje de mujik, cosiendo como zapatero, para dirigirle un

elocuente apóstrofe:

_¡Artesano de obras maestras, no es esa vuestra herramienta!... Nuestro

útil de trabajo es la pluma; nuestro campo, el alma humana, a la cual

también es necesario abrigar y nutrir. Permitidme que os recuerde este

grito de un campesino ruso, del primer impresor de Moscú, cuando se le

hacía volver a empuñar el arado: “No me toca a mí sembrar el grano de

trigo, sino esparcir por el mundo las simientes espirituales”._

¡Como si alguna vez Tolstoi hubiese soñado en renegar de su papel de

sembrador de la simiente del pensamiento!... Al fin de _En qué consiste

mi fe_[695], escribía:

_Creo que mi vida, mi razón, mi luz, me ha sido dada exclusivamente

para alumbrar a los hombres. Creo que mi conciencia de la Verdad es un

talento que se me ha prestado para este fin, y que este talento es un

fuego, que sólo es fuego en tanto que arde. Creo que el único sentido

de mi vida está en vivir en esta luz que es en mí, y en mantenerla en

alto delante de los hombres para que ellos la vean_[696].

Pero esta luz, este fuego “que sólo es fuego en tanto que arde”,

inquietaba a la mayor parte de los artistas. Los más inteligentes no

dejaban de prever que su arte estaba en gran peligro de ser la primera

presa del incendio. Afectaban creer que el arte todo entero estaba

amenazado y que, como Próspero, Tolstoi rompía para siempre su varita

mágica de creadoras ilusiones.

Ahora bien, nada era menos cierto, y yo intento demostrarlo, que lejos

de arruinar al arte, Tolstoi suscitó en él energías que permanecían en

barbecho, y que su fe religiosa, en lugar de matar su genio artístico,

lo renovó.

[Ilustración]

LA CRÍTICA DEL ARTE

Es singular que, cuando se habla de las ideas de Tolstoi sobre la

ciencia y sobre el arte, se olvide generalmente el más importante de

sus libros, aquél en que estas ideas están contenidas: _¿Qué debemos

hacer?_ (1884-1886). En sus páginas, por primera vez, Tolstoi emprende

la lucha contra la ciencia y el arte, y nunca, ninguna de sus luchas

siguientes sobrepasó en violencia a este primer encuentro. Sorprende

que, cuando en recientes asaltos librados entre nosotros contra la

vanidad de la ciencia y de los intelectuales, nadie pensara en volver

sobre estas páginas, que constituyen la requisitoria más terrible

que se haya escrito contra “los eunucos de la ciencia” y contra “los

piratas del arte”, contra estas castas espirituales que, después de

haber destruido o sometido a las antiguas castas reinantes, Iglesia,

Estado, Ejército, hanse instalado en su lugar, y, sin querer o sin

poder hacer nada en provecho de los hombres, pretenden que se les

admire y que se les sirva ciegamente, erigiendo como dogma una fe

impudente en la ciencia por la ciencia y en el arte por el arte,

máscara mentirosa con la cual se trata de cubrir su justificación

personal, la apología de sus monstruosos egoísmos y de su nulidad.

“No me hagáis decir, prosigue Tolstoi, que niego el arte y la ciencia.

Porque no solamente no los niego, sino que antes en su nombre quiero

arrojar a los mercaderes del templo”.

_La ciencia y el arte son tan necesarios como el pan y el agua; y

aún más necesarios... La verdadera ciencia es el conocimiento de la

misión, y por consiguiente, del verdadero bien de todos los hombres.

El verdadero arte es la expresión del conocimiento de la misión y del

verdadero bien de todos los hombres._

Y alaba a aquéllos que, “desde que los hombres existen, han expresado

en las harpas y en los tímpanos, por las imágenes y por la palabra,

su lucha contra la duplicidad, sus sufrimientos en esta lucha, su

esperanza en el triunfo del bien, su desesperación por el triunfo del

mal y sus entusiasmos ante los proféticos mirajes del porvenir”.

Traza entonces la imagen del verdadero artista, en una página caldeada

de místico y doloroso ardor:

_La actividad de la ciencia y del arte da frutos únicamente cuando no

se arroga ningún derecho y sólo reconoce deberes; y sólo por ser así

esta actividad, porque su esencia es el sacrificio, la humanidad la

venera. Los hombres que están llamados a servir a los demás por el

trabajo espiritual, sufren siempre en el cumplimiento de esta labor,

porque el mundo espiritual nace solamente de los sufrimientos y de las

torturas. El sacrificio y el dolor llenan la suerte del pensador y del

artista, porque su misión es el bien de los hombres. Los hombres son

desventurados, sufren y mueren; no tienen tiempo de descansar ni de

divertirse. El pensador o el artista no permanece nunca sentado en las

olímpicas alturas, como estamos acostumbrados a creerlo, sino que está

siempre en la inquietud y en la emoción. Debe resolver y decir lo que

producirá el bien a los hombres, lo que los librará de los dolores,

y no lo ha resuelto, no lo ha dicho; y mañana será demasiado tarde,

morirá... No es aquél que ha sido educado en un establecimiento donde

se forma a artistas y a sabios (a decir verdad solamente se forma en

esos establecimientos a destructores de la ciencia y del arte); no es

aquél que recibe diplomas y un tratamiento, quien será un pensador

y un artista, sino aquél que sería dichoso con no pensar y con no

expresar todo lo que se le ha metido en el alma, y que sin embargo no

pueda dispensarse de hacerlo, porque es arrastrado por dos fuerzas

invencibles: su necesidad interior y su amor a los hombres. No hay

artistas gordos, dichosos y satisfechos de sí mismos_[697].

Esta página espléndida, que alumbra trágicamente el genio de Tolstoi,

fué escrita bajo la impresión inmediata del sufrimiento que le causaba

el espectáculo de la miseria de Moscú, y con la convicción de que

la ciencia y el arte eran cómplices de todo el sistema actual de

desigualdad social y de violencia hipócrita. Esta convicción no la

perdió nunca. Pero la impresión de su primer encuentro con la miseria

del mundo se va atenuando, la herida sangra menos[698] y ya en ninguno

de sus siguientes libros se volverá a encontrar el estremecimiento de

dolor y de cólera vengadora que tiembla en aquél; en ninguna otra parte

aparecerá esta profesión de fe del artista que crea con su sangre,

esta exaltación del sacrificio y del dolor, “que son el patrimonio del

pensador”, este desprecio por el arte olímpico, a la manera de Goethe.

Las obras en que después reanudará la crítica del arte, tratarán la

cuestión desde un punto de vista literario y menos místico, y el

problema del arte estará en ellas separado del fondo de esta miseria

humana, en la cual no puede pensar Tolstoi sin delirar, como en la

noche de su visita al asilo nocturno, cuando de regreso a su casa,

sollozaba y gritaba desesperadamente.

No se crea por esto que alguna vez sus obras didácticas sean frías,

porque le era imposible ser frío. Hasta el fin de su vida sentirá como

lo escribía a Fet:

_Si uno no ama a sus personajes, aun los más insignificantes, es

necesario entonces insultarlos de manera que hasta el cielo arda, o

burlarse de ellos hasta estallar de risa_[699].

No se le puede reprochar esto en sus escritos sobre el arte. La parte

negativa (injurias y sarcasmos) tiene tal vigor que es la única que

ha sorprendido a los artistas; hería con demasiada violencia sus

supersticiones y sus susceptibilidades para que no viesen, en aquel

enemigo del arte de ellos, al enemigo del arte; pero nunca la crítica

en Tolstoi, deja nada sin reconstruir, nunca destruye por destruir,

sino para reedificar. Y en su modestia, ni siquiera pretende construir

nada de nuevo: defiende el arte que fué y será siempre, contra los

falsos artistas que lo explotan y lo deshonran:

“_La ciencia verdadera y el arte verdadero siempre han existido y

existirán siempre, y es imposible e inútil discutirlo_”, me escribía

en 1887, en una carta que se anticipaba más de diez años a su famosa

“Crítica del arte”[700]. “_Todo el mal actual viene de que las gentes

que se dicen civilizadas, teniendo de su parte a los sabios y a los

artistas constituyen una casta privilegiada, como los sacerdotes; y

esta casta tiene todos los defectos de todas las castas. Degrada y

rebaja el principio en virtud del cual se organiza. Lo que se llama en

nuestro mundo las ciencias y las artes sólo es un inmenso ‘humbug’,

una gran superstición en la cual caemos ordinariamente desde que nos

emancipamos de la vieja superstición de la Iglesia. Para ver con

claridad en la ruta que debemos seguir, es necesario comenzar por el

principio,--es preciso levantar el capuchón que nos abriga, pero que

cubre los ojos.--La tentación es grande. Nacemos y nos levantamos sobre

los peldaños de la escala, y nos encontramos entre los privilegiados,

los sacerdotes de la civilización, de la ‘Kultur’, como dicen los

alemanes. Nos es necesario, como a los sacerdotes brahmanes o

católicos, mucha sinceridad y un gran amor a la verdad para poner en

duda los principios que nos aseguran esta posición ventajosa; pero un

hombre serio, que se plantée la cuestión de la vida, no puede vacilar.

Para comenzar a ver claro es preciso que se liberte de la superstición

en que se encuentra, por mucho que le sea ventajosa. Es ésta una

condición ‘sine qua non’... No tener superstición alguna: ponerse en el

estado de un niño o de un Descartes..._”.

Esta superstición del arte moderno, con la cual se complacen las castas

interesadas, “este inmenso _humbug_”, lo denuncia rudamente Tolstoi en

su libro _¿Qué es el arte?_, por cuanto radicalmente hay en ello de

ridiculez, de pobreza, de hipocresía, de corrupción. Todo lo arrasa.

Pone en esta demolición la alegría de un niño que rompe sus juguetes.

Toda esta parte crítica está frecuentemente llena de humor y también

de injusticia: es la guerra. Tolstoi se sirve en ella de toda clase de

armas, y descarga golpes al azar, sin mirar al rostro de quien golpea.

A menudo ocurre, como en todas las batallas, que hiere a algunos a

quienes hubiera estado en su deber defenderlos, como Ibsen o Beethoven.

Culpa es de su arrebato, que no le deja tiempo para reflexionar lo

suficiente antes de obrar; de su pasión, que lo ciega frecuentemente

sobre la debilidad de sus razones, y, confesémoslo, también es culpa de

su cultura artística incompleta.

Vidas Ejemplares: Beethoven—Miguel Ángel—Tolstoi · 第 23 / 31 段