y con tal pasión que cae enfermo y tiene que ir, en 1871, a Samara, a
curarse con el “kumis” entre los bachkires. A excepción del griego, de
todo está descontento. Después de un proceso, en 1872, habla seriamente
de vender todo lo que tiene en Rusia para ir a instalarse a Inglaterra,
con lo que la condesa Tolstoi se muestra desolada:
“_Si te absorbes siempre en tus griegos, no curarás nunca. Ellos
son quienes te causan esta angustia y esta indiferencia por la vida
presente, pues no en vano se llama el griego una lengua muerta; pone en
estado de espíritu muerto_”[635].
Al fin, después de muchos proyectos abandonados apenas esbozados, el
18 de marzo de 1873, con gran alegría de la condesa, comenzó a escribir
_Ana Karenina_[636]. Mientras trabajaba en esta novela, su vida fué
contristada por duelos domésticos[637]; y su esposa estuvo enferma. “La
beatitud no reina en la casa...”[638].
La obra conserva un poco huellas de esta experiencia entristecida, de
estas pasiones desengañadas[639]. Salvo los hermosos capítulos de las
bodas de Levine, el amor no tiene ya la poesía que iguala algunas de
las páginas de _La Guerra y la Paz_ con las más bellas poesías líricas
de todos los tiempos. En desquite, ha tomado un carácter áspero,
sensual, imperioso; la fatalidad que reina sobre la novela ya no es,
como en _La Guerra y la Paz_, una especie de dios Krishna, asesino y
sereno, sino la locura de amar, “Venus toda entera...”. Es ella quien
en la escena maravillosa del baile, en la cual la pasión--sin saberlo
ellos--se apoderó a su vez de Ana y de Wronski, presta a la inocente
belleza de Ana coronada de pensamientos y vestida de terciopelo, “una
seducción casi infernal”[640]. Es Venus quien, cuando Wronski llega a
declararse, hace irradiar el rostro de Ana, “no de alegría, sino con
la tremenda irradiación de un incendio en una noche obscura”[641].
Es Venus quien, en las venas de esta mujer leal y razonable, de esta
joven madre amorosa, hace correr la fuerza de una savia voluptuosa y se
instala en su corazón que no abandonará ya hasta haberlo destruido.
Ninguno de cuantos se acercan a Ana deja de sufrir la atracción y
el horror del oculto demonio. Kitty, la primera, lo descubrió con
espanto. Un misterioso temor se mezcla a la alegría de Wronski cuando
va a ver a Ana; Levine, en su presencia, pierde toda su voluntad; la
misma Ana sabe bien que ya no se pertenece. A medida que la historia
se desarrolla, la implacable pasión roe, pieza por pieza, todo el
edificio moral de esta noble persona. Cuanto en ella hay de mejor, su
alma brava y sincera, se desmorona y cae. No tiene ya la fuerza de
sacrificar su vanidad mundana; su vida no tiene ya otro objeto que
agradar a su amante; se prohíbe cobardemente, vergonzosamente, tener
hijos; los celos la torturan; la fuerza sensual, que la esclaviza, la
obliga a mentir con el gesto, con la voz, con la mirada; desciende al
rango de las mujeres que no ambicionan más que hacer perder la cabeza a
todo hombre, cualquiera que sea; recurre a la morfina para embrutecerse
hasta el día en que los intolerables tormentos que la devoran la
arrojan, con el amargo sentimiento de su fracaso moral, bajo las ruedas
de un tren. “Y el pequeño mujik de barba hirsuta”, (la visión siniestra
que se ha presentado frecuentemente en sus sueños y en los de Wronski),
“se inclinaba del estribo del wagón sobre la vía”, y, según el sueño
profético, “se curvaba en dos sobre un saco en el cual recogía los
restos de alguna cosa que había tenido vida, con sus tormentos, sus
traiciones y sus dolores...”.
“Yo me he reservado la venganza”[642], dijo el Señor...
En torno de esta tragedia de una alma que el amor consume y que
abruma la Ley de Dios,--pintura de una pieza y de una profundidad
espantosa--dispuso Tolstoi, como en _La Guerra y la Paz_, las novelas
de otras vidas; pero, desgraciadamente, en esta vez, esas historias
paralelas alternan de manera un poco rígida y artificial, sin llegar
a la unidad orgánica de la sinfonía de _La Guerra y la Paz_. Es
posible descubrir también que el perfecto realismo de algunos
cuadros, (como de los círculos aristocráticos de Petersburgo y sus
entretenimientos ociosos) llega hasta la inutilidad. Por último, más
francamente todavía que en _La Guerra y la Paz_ ha yuxtapuesto Tolstoi
su personalidad moral y sus ideas filosóficas al espectáculo de la
vida; mas, por ello, no es menor la maravillosa riqueza de esta obra;
hay la misma abundancia de tipos que en _La Guerra y la Paz_, y todos
de una sorprendente exactitud. Los retratos de hombres me parecen aun
superiores; se complació Tolstoi en pintar a Stepan Arcadievitch, el
amable egoísta a quien nadie puede mirar sin contemplar su afectuosa
sonrisa; y Karenine, el tipo perfecto del gran funcionario, el hombre
de Estado distinguido y mediocre, con su manía de ocultar bajo una
ironía constante, sus verdaderos pensamientos, mezcla de dignidad y de
cobardía, de fariseísmo y de sentimientos cristianos; producto extraño
de una sociedad artificial, de la cual le es imposible desprenderse
nunca, a pesar de su inteligencia y de su real generosidad; y el
que tiene mucha razón de desconfiar de su corazón, porque cuando se
abandona es siempre para caer, a la postre, en una nadería mística.
El interés principal de la novela, con la tragedia de Ana y sus
cuadros varios de la sociedad rusa de 1860, (salones, círculos
oficiales, bailes, teatros, carreras de caballos), está en su carácter
autobiográfico. Más que ninguno otro de los personajes de Tolstoi,
lo encarna Constantino Levine, y no solamente le ha prestado sus
ideas a un tiempo democráticas y conservadoras, su antiliberalismo de
aristócrata rural que desprecia a los intelectuales[643], sino que
también le ha prestado su vida propia. El amor de Levine y de Kitty y
sus primeros años de matrimonio son una translación de los propios
recuerdos domésticos, al igual que la muerte del hermano de Levine no
es más que una dolorosa evocación de la muerte de Dmitri, el hermano
de Tolstoi. Toda la última parte, innecesaria para la novela, nos hace
conocer las inquietudes que lo agitaban entonces; y si el epílogo
de _La Guerra y la Paz_ era una transición artística a otra obra en
proyecto, el epílogo de _Ana Karenina_ es una transición autobiográfica
a la revolución moral que debía, dos años más tarde, externarse por las
_Confesiones_. Y ya en el curso del libro continuamente asoma, bajo
forma irónica o violenta, la crítica de la sociedad contemporánea a la
que no cesará de combatir en sus obras futuras. ¡Guerra a la mentira, a
todas las mentiras, así a las mentiras virtuosas como a las viciosas,
a los charlatanismos liberales, a la caridad mundana, a la religión
de los salones, a la filantropía! ¡Guerra al mundo que falsea los
sentimientos verdaderos y que fatalmente anonada los ímpetus generosos
del alma! La muerte arroja una luz súbita sobre las convenciones
sociales: delante de Ana moribunda, el estirado Karenine se enternece;
en esta alma sin vida, en la cual todo está hecho, penetra al fin un
rayo de amor y de perdón cristiano; y los tres, el marido, la esposa
y el amante, son transformados momentáneamente. Porque todo se hace
simple y leal; pero a medida que Ana se restablece, sienten, los tres
“frente a la fuerza moral, casi santa que los guiaba interiormente,
la existencia de otra fuerza brutal de mayor omnipotencia, que dirige
sus vidas a pesar suyo y que no les concederá ya la calma”; y saben,
de antemano, que serán impotentes en esta lucha, en la cual “están
obligados a hacer el mal, que el mundo juzgará necesario”[644].
Si Levine, que encarna a Tolstoi, se ha purificado también en el
epílogo del libro, es que también a él lo alcanza la muerte. Hasta
allí, “incapaz de creer, era asimismo incapaz para dudar”[645].
Después que ha visto morir a su hermano, el terror de su ignorancia lo
posee; su matrimonio, por algún tiempo, ha ahogado sus angustias; pero
al nacimiento de su primer hijo reaparecen. Alternativamente pasa por
crisis de plegarias y de negaciones. Lee en vano a los filósofos. En
su enloquecimiento llega a tener la tentación del suicidio. El trabajo
físico lo alivia; y en esto no cabe duda, porque todo es claro. Charla
Levine, con los campesinos, y uno de ellos le habla de los hombres
“que viven no para sí mismos, sino para Dios”, lo que para él es una
iluminación. Advierte entonces el antagonismo entre la razón y el
corazón; la razón enseña la lucha feroz por la vida, y nada hay de
razonable en amar al prójimo:
_La razón no me ha enseñado nada; todo lo que yo sé me ha sido dado,
revelado por el corazón_[646].
A partir de entonces retorna la calma. Las palabras del humilde mujik,
de quien es único guía su propio corazón, lo han traído hacia Dios...
¿Cuál Dios? No trata de averiguarlo. Levine, en ese momento, como lo
será Tolstoi largo tiempo, es humilde con respecto a la Iglesia y de
ningún modo está en rebeldía con los dogmas.
_Hay una verdad aun en la ilusión de la bóveda celeste y en los
movimientos aparentes de los astros_[647].
LAS CONFESIONES Y LA CRISIS RELIGIOSA
Estas angustias de Levine, estas veleidades de suicidio que ocultaba a
Kitty, las ocultaba Tolstoi en el mismo momento a su esposa; pero aún
no había alcanzado él la calma que ponía en su héroe. A decir verdad,
esta calma no era nada comunicativa; se siente que más era deseada
que lograda, y que al instante Levine volverá a caer en sus dudas. En
ello no se engañaba Tolstoi, pues había hecho un gran esfuerzo para
llegar hasta el fin de su obra. _Ana Karenina_ lo aburría antes de que
hubiese concluido[648]; no podía trabajar más; permanecía así, inerte,
sin voluntad, presa del disgusto y del terror de sí mismo. Entonces,
en el vacío de su vida, se levantó el gran soplo que salía del abismo,
el vértigo de la muerte. Más tarde, Tolstoi ha contado estos años
terribles, cuando acaba de escapar al abismo[649].
“No tenía cincuenta años, dice[650]; amaba, era amado, tenía buenos
hijos, un gran dominio, la gloria, la salud, el vigor físico y moral;
trabajaba diez horas seguidas sin experimentar fatiga. Bruscamente, mi
vida se detuvo: podía respirar, comer, beber, dormir; pero esto no era
vivir; no podía ni desear siquiera conocer la verdad. La verdad era que
la vida es una insania. Yo había llegado al abismo y veía claramente
que delante de mí ya no había nada, sino la muerte; yo, hombre lleno
de salud y feliz, sentía que no podía vivir más. Una fuerza invencible
me arrastraba a desembarazarme de la vida... No diré que deseaba
matarme. La fuerza que me empujaba fuera de la vida era más potente
que yo; y era una aspiración semejante a mi antigua aspiración a la
vida, solamente que obraba en sentido inverso. Debí de recurrir hasta
al engaño para conmigo mismo a fin de no ceder demasiado pronto; y he
aquí que yo, el hombre feliz, tenía que ocultar de mi mismo la cuerda,
para no colgarme de una viga entre los armarios de mi alcoba, donde
permanecía solo cada noche al desnudarme. No iba yo de caza con mi
fusil, para no dejarme tentar[651]. Me parecía que mi vida era una
farsa estúpida, que era representada por cualquiera. ¡Cuántos años de
trabajo, de penas, de progreso, y ver al fin que no había nada! De mí
no quedaría más que la podredumbre y los gusanos... Se puede vivir
solamente durante el tiempo en que se está embriagado con la vida;
pero inmediatamente que se disipa la embriaguez, se ve que todo es
superchería, superchería estúpida... La familia y el arte no podían
ya bastarme; los de mi familia no eran más que desventurados como yo;
el arte, un espejo de la vida. Cuando la vida no tiene sentido, el
juego del espejo no puede divertirnos ya. Y era lo peor que no podía
resignarme. Me parecía a un hombre extraviado en un bosque, quien,
presa del horror porque se ha extraviado, corre en todas direcciones y
no puede detenerse, aun cuando sabe que a cada paso se pierde más...”.
La salud le vino del pueblo. Tolstoi había tenido siempre por él “una
afección extraña, enteramente física”[652], que no habían podido
quebrantar las repetidas experiencias de sus desilusiones sociales. En
sus últimos años, como Levine, se había acercado mucho al pueblo[653].
Y se entregó a pensar en estos millares de seres colocados fuera
del círculo estrecho de los sabios, de los ricos y de los ociosos
que se matan, se aturden o arrastran cobardemente, como él, una vida
desesperada; se preguntaba por qué estos millares de seres escapaban a
esta desesperación, por qué no se mataban. Advirtió entonces que ellos
vivían, no con la ayuda de la razón, sino antes, sin cuidarse de ella,
sólo por la fe. ¿Qué era esta fe que ignoraba la razón?
_La fe es la fuerza de la vida. No se puede vivir sin la fe. Las ideas
religiosas han sido elaboradas en la lejanía infinita del pensamiento
humano. Las respuestas dadas por la esfinge de la vida contienen la
sabiduría más profunda de la humanidad._
¿Basta, por tanto, conocer estas fórmulas de la sabiduría que tiene
registradas el libro de las religiones? No, la fe no es una ciencia,
la fe es una acción; no tiene sentido sino en tanto que es vivida.
El disgusto que inspiraron a Tolstoi las gentes ricas y que _piensan
bien_, para quienes la fe es sólo una especie de “consolación epicúrea
de la vida”, lo arrojó decididamente entre los hombres sencillos que
eran los únicos que ponían de acuerdo su vida con su fe.
_Y comprendió que la vida del pueblo trabajador era la vida misma, y
que el sentido que se atribuía a esa vida era verdad._
¿Pero cómo convertirse al pueblo y compartir su fe? Es hermoso
reconocer que los otros tienen razón, mas no depende de nosotros que
seamos como ellos. En vano oramos a Dios, en vano tendemos hacia él
nuestros ávidos brazos. Dios se aleja. ¿Dónde alcanzarlo?
Un día la gracia llegó a él.
_Un día de temprana primavera estaba yo solo en el bosque y escuchaba
sus rumores. Pensaba en mis agitaciones de los tres últimos años, en
cuánto había buscado a Dios, en mis perpetuos saltos de la alegría
a la desesperación... Y bruscamente vi que yo no vivía sino cuando
creía en Dios. A su solo pensamiento, las ondas jocundas de la vida
se levantaban en mí. Todo se animaba en torno mío; todo adquiría un
sentido. Mas, desde el momento que yo no creía en él, súbitamente
cesaba la vida._
--_¿Qué es entonces, lo que yo busco?--gritaba dentro de mí una voz.
¡Es ÉL, sin quien yo no puedo vivir! Conocer a Dios y vivir son una
misma cosa; Dios es la vida..._
_Desde entonces esta luz ya no me ha abandonado_[654].
Estaba salvado. Dios se le había aparecido[655]. Mas como no era un
místico de la India, para quien el éxtasis fuera suficiente, como en
él se mezclaban a los sueños del asiático la manía de la razón y la
necesidad de acción del hombre del Occidente, le era indispensable
traducir su revelación a la fe práctica y desprender de esta vida
divina las reglas para la vida cotidiana. Sin ninguna prevención,
con el deseo sincero de creer en las creencias de los suyos, comenzó
por estudiar la doctrina de la Iglesia ortodoxa, de la cual formaba
parte[656]. Y con el propósito de estar más cerca de ella, durante
tres años se sometió a todas las ceremonias, confesando, comulgando,
no osando emitir juicio sobre lo que le repugnaba, inventando
explicaciones para lo que encontraba obscuro o incomprensible;
uniéndose en su fe a todos los que amaba, vivos y muertos, y siempre
conservando la esperanza de que en algún momento “el amor le abriría
las puertas de la verdad”. Pero tenía que luchar, porque su razón y su
corazón se rebelaban. Algunos actos, como el bautizo y la comunión, le
parecían escandalosos. Cuando se le obligaba a repetir que la hostia
era el cuerpo verdadero y la sangre verdadera de Cristo, “sentía como
una puñalada en el corazón”. Y no fueron, sin embargo, los dogmas los
que levantaron entre la Iglesia y él un muro infranqueable, sino las
cuestiones prácticas, dos sobre todo: la intolerancia rencorosa y mutua
de las iglesias,[657] y la sanción, formal o tácita, dada al homicidio:
la guerra y la pena de muerte.
Entonces rompió Tolstoi abiertamente, y tanto más violenta fué la
ruptura cuanto que hacía tres años que comprimía su pensamiento. No
toleró ya nada más, y, con cólera, pisoteó esa religión que todavía
la víspera se obstinaba en practicar. En su _Crítica de la Teología
Dogmática_ (1879-1881) la trata no solamente de “locura, sino también
de mentira interesada y consciente”[658]. A ella opuso el Evangelio,
en su _Concordancia y Traducción de los cuatro Evangelios_ (1881-1883);
y a la postre sobre el Evangelio edificó su fe. (_En qué consiste mi
fe_, 1883). Está toda contenida en estas palabras:
_Creo en la doctrina de Cristo. Creo que la felicidad no es posible en
la tierra en tanto que no cumplan esta doctrina todos los hombres._
Y tiene por piedra angular el Sermón de la Montaña, cuya enseñanza
esencial fija Tolstoi en cinco mandamientos:
I. No te dejes arrebatar por la cólera.
II. No cometas adulterio.
III. No prestes juramento en vano.
IV. No devuelvas mal por mal.
V. No seas enemigo de nadie.
Es ésta la parte negativa de la doctrina, pues la parte positiva queda
resumida en este único mandamiento: Ama a Dios y a tu prójimo como a ti
mismo.
_Cristo dice que quien hubiere violado el menor de estos mandamientos
tendrá el más pequeño lugar en el reino de los cielos._
Y agrega Tolstoi ingenuamente:
_Por extraño que esto parezca, he debido descubrir estas reglas,
después de dieciocho siglos, como una novedad._
¿Creía, por tanto, Tolstoi en la divinidad de Cristo? De ninguna
manera. ¿A qué título, entonces, lo invocaba? Como el más grande entre
los sabios, (Brahma, Buda, Lao-Tsé, Confucio, Zoroastro, Isaías), que
han mostrado a los hombres la felicidad verdadera a la cual aspiran y
el camino que es necesario seguir para alcanzarla[659]. Tolstoi es el
discípulo de estos grandes creadores de religiones, de estos semidioses
y de estos profetas hindús, chinos y hebreos. Los defiende (como él
sabe defender: atacando) contra aquéllos a quienes llama los “fariseos”
y los “escribas:” contra las iglesias establecidas y contra los
representantes de la ciencia orgullosa, o más bien, del “filosofismo
científico”[660]. Y no es que haga llamamiento a la revelación contra
la razón, pues desde que salió del período de inquietudes que refiere
en las _Confesiones_, continúa siendo esencialmente un creyente de la
Razón, o, podría decirse, un místico de la Razón.
“_En el principio era el Verbo_, repite con San Juan; _el Verbo, Logos,
es decir, la Razón_”[661].
Su libro De la Vida (1887) lleva, como epígrafe, las palabras famosas
de Pascal[662]:
_El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza,
pero una caña que piensa... Toda nuestra dignidad consiste en el
pensamiento... Trabajemos pues para pensar bien, que esto es el
principio de la moral._
Y el libro entero no es más que un himno a la Razón. Pero su Razón
no es la razón científica, razón restringida que “toma la parte por
el todo, y la vida animal por la vida entera”, sino antes la ley
soberana que rige la vida del hombre, “la ley según la cual deben vivir
forzosamente los _seres razonables_, _es decir_, _los hombres_”.
_Es una ley análoga a las que rigen la nutrición y la reproducción
del animal, el crecimiento y la eflorescencia de la hierba y del
árbol, y el movimiento de la tierra y de los astros. Y solamente en el
cumplimiento de esta ley, en la sumisión de nuestra naturaleza animal
a la ley de la razón, consiste nuestra vida... La razón no puede ser
definida, y nosotros no tenemos necesidad de definirla, porque no
solamente la conocemos todos, sino que es la única que conocemos...
Todo lo que el hombre sabe lo conoce por medio de la razón, y no por
la fe_[663]... _La verdadera vida no comienza hasta el momento en que se
manifiesta la razón. La única vida verdadera es la vida de la razón._
¿Qué es, pues, la existencia visible, nuestra vida individual? “No es
vida nuestra”, dice Tolstoi, porque no depende de nosotros.
_Nuestra actividad animal se realiza fuera de nosotros... La humanidad
ha concluido ya con la idea de la vida considerada como existencia
individual. La negación de la posibilidad del bien individual permanece
como verdad inquebrantable para todo hombre, de nuestra época, que esté
dotado de razón_[664].
Hay en esto toda una serie de postulados, que no me detendré a discutir
aquí, pero que muestran con qué pasión se había apoderado la razón de
Tolstoi. En realidad, era una pasión no menos ciega y celosa que las
otras pasiones que lo habían poseído durante la primera mitad de su
vida. Un fuego se extingue, y otro se enciende; o mejor, es el mismo
fuego, que sólo cambia de alimento. Añádase a la semejanza entre las
pasiones “individuales” y esta pasión racional, que, la una como las
otras, no encuentran satisfacción sólo en amar, pues quieren obrar,
quieren realizarse.
_No es necesario hablar, sino obrar, ha dicho Cristo._
¿Y cuál es la actividad de la razón?--El amor.
_El amor es la única actividad razonable del hombre, el amor es el
estado de alma el más racional y el más luminoso. Tiene necesidad,
no más, de que nada le oculte el sol de la razón, único que lo hace
crecer... El amor es el bien real, el bien supremo, que resuelve
todas las contradicciones de la vida, que no sólo hace desaparecer el
espanto de la muerte, sino que mueve también al hombre a sacrificarse
en bien de los otros. Porque no hay otro amor que el que da su vida por
aquéllos a quienes se ama: y no es el amor digno de este nombre sino
cuando es un sacrificio de sí mismo. El verdadero amor, por tanto,
no es realizable sino cuando el hombre comprende que le es imposible
alcanzar la felicidad individual. Entonces es cuando toda la savia de
su vida viene a alimentar el noble injerto del amor verdadero; y este
injerto toma para su desarrollo todo vigor del tronco de ese árbol
salvaje, que es la individualidad animal..._[665].
No llega Tolstoi, pues, a la fe como un río agotado que se pierde entre
las arenas. Aporta a ella el torrente de fuerzas impetuosas acumuladas
durante una vigorosa vida. De ello iba a darse cuenta.
Esta fe apasionada, en la cual se reunían en ardiente abrazo la Razón y
el Amor, ha encontrado su más augusta expresión en la célebre respuesta
al Santo Sínodo que lo excomulgaba[666]:
“_Creo en Dios, que es para mí el Espíritu, el Amor, el Principio de
todo. Creo que él está en mí, como yo en él. Creo que la voluntad
de Dios nunca se ha expresado más claramente que en la doctrina del
Hombre-Dios; pero no se puede considerar a Cristo como Dios y dirigirle
plegarias, sin cometer el más grande de los sacrilegios. Creo que
la verdadera felicidad del hombre consiste en el cumplimiento de la
voluntad de Dios; creo que la voluntad de Dios quiere que todo hombre
ame a sus semejantes y obre siempre con respecto a ellos, como querría
que los demás obrasen con respecto a él, que es lo que resume, dice
el Evangelio, toda la ley y los profetas. Creo que el sentido de la
vida, para cada uno de nosotros, está solamente en aumentar el amor en
él: creo que este desarrollo de nuestra potencia de amar nos valdrá
en esta vida una felicidad más perfecta; creo que este aumento del
amor contribuirá, más que ninguna otra fuerza, a fundar el reino de
Dios sobre la tierra, es decir, a reemplazar una organización de vida
en la cual la división, la mentira y la violencia son todopoderosas,
por otro orden nuevo en el cual reinarán la concordia, la verdad y la
fraternidad. Creo que, para progresar en el amor, solamente disponemos
de un medio: la plegaria. No la plegaria pública en los templos, que
Cristo ha reprobado formalmente_ (Mateo, VI, 5-13), _sino aquella
plegaria de que él mismo nos dió ejemplo, la plegaria solitaria que
afirma en nosotros la conciencia del sentido de nuestra vida y el
sentimiento de que dependemos solamente de la voluntad de Dios... Creo
en la vida eterna, creo que el hombre es recompensado según sus actos,
aquí y donde quiera, ahora y siempre. Creo esto tan firmemente que a
mi edad, al borde de la tumba, debo a menudo hacer un esfuerzo para no
llamar con mis votos la muerte de mi cuerpo, es decir, mi nacimiento a
una nueva vida..._”[667].
[Ilustración]
LA CRISIS SOCIAL: ¿QUÉ DEBEMOS HACER?
Pensaba haber llegado al puerto, haber alcanzado el refugio donde su
alma inquieta podría reposarse; pero no estaba sino al principio de una
actividad nueva.