_Tres Muertos_, de 1858-1859[598], anuncia ya el sombrío análisis
de la _Muerte de Iván Ilich_, la soledad del moribundo, su odio
hacia los vivos, sus “¿por qués?” desesperados. El tríptico de estos
tres muertos, (la dama rica, el viejo postillón tísico y la encina
derribada), tiene grandeza; los retratos están bien dibujados, las
imágenes atraen la atención, aun cuando la obra, bastante alabada, sea
de argumento un poco flojo, y que la muerte del árbol carezca de la
poesía necesaria, que tanto valor da a los bellos paisajes de Tolstoi.
En su conjunto no se sabe claramente qué le arrastra más, si el arte
por el arte o la intención moral.
Tolstoi mismo lo ignoraba. El 4 de febrero de 1859, en su discurso de
recepción de la _Sociedad Moscovita de Amantes de las Letras Rusas_,
hacía la apología del arte por el arte[599]; y era precisamente el
Presidente de esa Sociedad, Khomiakov, quien, después de haber saludado
en Tolstoi al “representante de la literatura propiamente artística”,
en su contra tomaba la defensa del arte social y moral[600].
Un año más tarde, la muerte de su amado hermano Nicolás, arrebatado
por la tisis[601], en Hyères, el 19 de septiembre de 1860, anonadaba a
Tolstoi al punto de “quebrantar su fe en el bien, en todo”, y le hacía
renegar del arte:
_La verdad es horrible... Sin duda, mientras existe el deseo de
conocerla y de decirla, se procura conocerla y decirla. Y es lo único
que me ha quedado de mi concepción moral; y es la única cosa que haré,
pero no bajo la forma de vuestro arte. El arte es la mentira, y yo no
puedo ya amar las bellas mentiras_[602].
Pero antes de seis meses retornaba a las “bellas mentiras” con
_Polikuchka_[603], que es acaso su obra más desnuda de intenciones
morales, a un lado la maldición latente que en ella pesa sobre el
dinero y su poder nefasto; obra escrita puramente para el arte; obra
maestra, desde luego, a la cual sólo es posible reprochar su riqueza
excesiva de observación, su abundancia de materiales, que habrían
alcanzado a desarrollar una gran novela, así como el contraste
demasiado duro y un poco cruel, entre el atroz desenlace y el principio
humorístico[604].
[Ilustración]
LA FELICIDAD CONYUGAL
De esta época de transición, en la cual tantea el genio de Tolstoi, en
la cual duda de sí mismo y parece enervarse, “sin fuerza de pasión, sin
voluntad directora”, como el Nekhludov del _Diario de un Marcador_,
nace en 1859 la obra más pura que haya producido, la _Felicidad
Conyugal_[605]. Es el milagro del amor.
Desde hacía largos años era amigo de la familia Bers; y estuvo
enamorado sucesivamente de la madre y de las tres hijas[606]. Y fué
en definitiva de la segunda de las hijas de quien se enamoró; pero
no osaba confesarlo. Sofía Andreievna Bers era casi una niña, pues
tenía diez y siete años, en tanto que él pasaba ya de treinta y se
consideraba como un hombre viejo, que no tenía derecho para unir su
vida gastada, manchada, con la de una muchacha inocente. Resistió tres
años[607]; y más tarde ha contado, en su _Ana Karenina_, cómo hizo su
declaración a Sofía Bers, y cómo le respondió ella, dibujando con gis
rojo sobre una mesa las iniciales que no osaban decir. Como Levine, en
_Ana Karenina_, tuvo la cruel lealtad de presentar su _Diario_ íntimo
a su prometida, a fin de que ella no ignorase nada de sus pasadas
vergüenzas; y como Kitty, en esa misma novela, Sofía tuvo con ello un
amargo sufrimiento.
El 23 de septiembre de 1862 fué el matrimonio. Pero tres años hacía
ya que esta unión estaba realizada en el pensamiento del poeta al
escribir la _Felicidad Conyugal_[608]. Desde hacía tres años que por
adelantado había vivido los días inefables del amor que se ignora,
y los días embriagadores del amor que se descubre, y la hora en la
cual se murmuran las divinas palabras esperadas, las lágrimas de “una
felicidad que se va para siempre y que no retornará jamás”; y la
realidad triunfante de los primeros tiempos del matrimonio, el egoísmo
amoroso, “la alegría incesante y sin causa”; después, la fatiga que
llega, el descontento vago, el tedio de la vida monótona, las dos
almas unidas que dulcemente se separan y se alejan la una de la otra;
la embriaguez peligrosa para la joven señora, (coqueterías, celos,
equivocaciones mortales), el amor que se va, que se pierde; al fin, el
tierno y triste otoño del corazón, el fantasma del amor que renace,
palidecido, envejecido, más conmovedor por sus lágrimas, sus arrugas;
el recuerdo de los días de prueba, la pena por el mal que se ha hecho y
por los años perdidos; serenidad de la tarde, tránsito augusto del amor
a la amistad, de la novela de la pasión a la maternidad... Todo lo que
debía de venir, todo, Tolstoi lo había soñado, gustado de antemano; y
para vivirlo mejor, lo había vivido en ella, en la bienamada. Por la
primera vez, (la única quizás en la obra de Tolstoi) la novela pasa en
el corazón de una mujer y está contada por ella. ¡Con cuánta exquisita
delicadeza! Belleza del alma que se cubre con un velo de pudor... El
análisis de Tolstoi ha renunciado, por esta ocasión, a su luz un poco
cruda; no se encarniza, febril, para poner al desnudo la verdad: los
secretos de la vida interior se dejan adivinar, antes que entregarse.
El corazón y el arte de Tolstoi están enternecidos. Armonioso
equilibrio de la forma y del pensamiento, la _Felicidad Conyugal_ tiene
la perfección de una obra raciniana.
El matrimonio del cual presentía Tolstoi con una profunda claridad
la dulzura y las inquietudes, debía de ser su salud. Estaba cansado,
enfermo, disgustado de sí mismo y de sus esfuerzos. A los éxitos
ruidosos que habían acogido sus primeras obras, sucedió el completo
silencio de la crítica[609] y la indiferencia del público. De ello
afectaba regocijarse altivamente.
_Mi reputación ha perdido mucho de la popularidad que me entristecía.
Ahora estoy tranquilo, porque sé que tengo algo que decir y la fuerza
para decirlo en voz alta. En cuanto al público, ¡que piense lo que
quiera!_[610]
Se alababa, no estaba seguro él mismo de su arte. Era sin duda dueño
de su instrumento artístico; pero no sabía cómo emplearlo. Como
él lo decía, a propósito de _Polikuchka_, era una charla sobre el
primer asunto que se presentaba, por un hombre que sabía manejar la
pluma[611]. Sus obras sociales abortaban. En 1862 renunció a su cargo
de árbitro territorial; y en ese mismo año la policía fué a catear
Yasnaia Poliana, donde todo lo revolvió, y cerró la escuela. Tolstoi
estaba entonces ausente, rendido de fatiga, temeroso de la tisis:
_Las querellas de arbitraje habían llegado a ser para mí penosas; el
trabajo de la escuela tan incierto, y mis dudas, que nacían del deseo
de instruir a los demás, al ocultar mi ignorancia sobre lo que debía
enseñar, eran tan desconsoladoras, que caí enfermo. Tal vez entonces
hubiera llegado a la desesperación, en la cual habría perecido quince
años más tarde, si no hubiera existido para mí un aspecto desconocido
de la vida que me prometía la salud: la vida de familia_[612].
* * * * *
De ella gozó, desde luego, con el fuego de la pasión que ponía en
todo[613]. La influencia personal de la condesa Tolstoi fué preciosa
para el arte. Bien dotada literariamente[614], era, como ella decía,
“una verdadera mujer de escritor”, que tan de corazón tomaba la obra
de su marido. Trabajaba con él, escribía a su dictado, recopiaba sus
borrones[615]. Trataba de defenderlo contra su demonio religioso, el
terrible espíritu que ya, por momentos, le aconsejaba la muerte del
arte; trataba de que estuviese cerrada su puerta para las utopías
sociales[616]. Reanimaba en él al genio creador; hizo más aún: aportó
a este genio la riqueza nueva de su alma femenina. A excepción de las
joviales siluetas de _Infancia_ y _Adolescencia_, la mujer está ausente
de las primeras obras de Tolstoi, o bien asoma apenas en segundo plano.
Aparece ya en _Felicidad Conyugal_, escrita bajo el influjo del amor
de Sofía Bers; y en las obras que siguen, los tipos de muchachas y
de mujeres abundan y tienen una vida intensa, superior a las veces a
la de los tipos masculinos. Queremos creer que la condesa Tolstoi no
solamente sirvió a su marido de modelo para la Natacha de _La Guerra
y la Paz_[617], y para Kitty, en _Ana Karenina_, sino que también por
sus confidencias y por su propia visión, pudo ser para él una valiosa
y discreta colaboradora. Algunas páginas de _Ana Karenina_[618], muy
particularmente, me parece que descubren una mano de mujer.
Gracias a los bienes de esta unión, Tolstoi gustó durante diez o quince
años, de una paz y de una seguridad que le eran desconocidas desde
hacía largo tiempo[619]. Pudo entonces, bajo las alas del amor, soñar
y realizar en calma las obras maestras de su pensamiento, monumentos
colosales que dominan toda la novela del siglo XIX: _La Guerra y la
Paz_ (1864-1869) y _Ana Karenina_ (1873-1877).
LA GUERRA Y LA PAZ
_La Guerra y la Paz_ es la más vasta epopeya de nuestros tiempos, una
Ilíada moderna. Un mundo de pasiones y de figuras se mueve en ella; y
sobre este océano humano, de innumerables olas, priva un alma soberana,
que levanta y refrena las tempestades con serenidad. Más de una vez, al
contemplar esta obra, he pensado en Homero y en Goethe, no obstante las
enormes diferencias así de carácter como de tiempo. Después he visto
que efectivamente, en la época en que esto escribía, el pensamiento de
Tolstoi se nutría en Homero y Goethe[620]. Más todavía: en sus notas
de 1865, en las cuales clasifica los diversos géneros literarios,
inscribía como de la misma familia a “La Odisea”, “La Ilíada” y
“1805”[621]... El movimiento natural de su espíritu lo arrastraba de
la novela de los destinos individuales a la novela de los ejércitos y
de los pueblos, de los grandes rebaños humanos, en las cuales se funden
las voluntades de millones de seres. Su trágica experiencia del sitio
de Sebastopol lo llevaba a comprender el alma de la nación rusa y su
vida secular. _La Guerra y la Paz_, tan inmensa, no debía de ser, según
sus proyectos, sino el _panneau_ central de una serie de frescos épicos
en los cuales se desarrollaría el poema de Rusia, desde Pedro el Grande
hasta los “decembristas”[622].
Para comprender bien el vigor de la obra, es necesario darse cuenta de
su oculta unidad[623], pues la mayor parte de nuestros lectores no ven
en ella, un poco miopes, sino los millares de detalles, cuya profusión
los deslumbra y descamina. Se pierden en esta selva de vidas, cuando
es necesario elevarse por encima de ella y abarcar con la mirada el
horizonte libre, el círculo de los bosques y de los campos; pues sólo
entonces se percibirá el espíritu homérico de la obra, la tranquilidad
de las leyes eternas, el ritmo imponente del soplo del destino, el
sentimiento del conjunto al cual todos los detalles están subordinados;
y, dominando su obra, el genio del artista, como el Dios del Génesis
que flota sobre las aguas.
Desde luego, el mar está inmóvil; la paz, la sociedad rusa en vísperas
de la guerra. Las cien primeras páginas reflejan, con una exactitud
impasible y una ironía superiores, lo vano de las almas mundanas. Hacia
la centésima página solamente se levanta el grito de uno de estos
muertos vivientes, el peor de entre ellos, el príncipe Basilio:
“Nosotros pecamos, engañamos, y todo esto ¿por qué? Yo he pasado de los
cincuenta años, amigo mío... Todo acaba en la muerte... La muerte, ¡qué
terror!”
Entre estas almas insulsas, mentirosas y ociosas, capaces de todas las
aberraciones y de todos los crímenes, se esbozan algunas naturalezas
más sanas: las sinceras, por ingenuidad torpe, como en Pedro Besukhov;
por independencia campesina, por sus viejos sentimientos rusos, como
María Dmitrievna; por frescura juvenil, como en los pequeños Rostov;
las almas buenas y resignadas, como la princesa María; y aquéllas que
no son buenas, sino valientes, a quienes atormenta esta existencia
malsana, como el príncipe Andrés.
Pero aparece el primer estremecimiento en las ondas de aquel mar. La
acción; el ejército ruso en Austria; la fatalidad reina, y en ninguna
parte más dominadora que en el desencadenamiento de las fuerzas
elementales, en la guerra. Los verdaderos jefes son quienes no tratan
de dirigir, sino que, como Kutuzov o como Bagration, “dejan creer que
sus intenciones personales están en concordancia perfecta con lo que
en realidad es simple efecto de la fuerza de las circunstancias, de la
voluntad de los subordinados y de los caprichos de azar”. ¡Beneficio de
abandonarse en manos del Destino! Felicidad de la acción pura; estado
moral y sano. Los espíritus conturbados recobran su equilibrio. El
príncipe Andrés respira, comienza a vivir... Y en tanto que allá, lejos
del soplo vivificador de estas tempestades sagradas, las dos mejores
almas, Pedro y la princesa María, son amenazados por el contagio de su
mundo, por la mentira de amor, Andrés herido en Austerlitz, tiene de
pronto, en medio de la embriaguez de la acción, caído brutalmente, la
revelación de la inmensidad serena. Tendido sobre la espalda, “no ve ya
nada más que arriba, por encima de él, un cielo infinito, profundo, en
el cual muellemente bogan ligeras nubes gríseas”.
¡Qué calma! ¡Qué paz, se decía; cuál diferencia con mi desatentada
carrera! ¿Cómo no había visto antes este alto cielo? ¡Qué feliz soy de
haberlo al fin advertido! Sí; todo es vacío, todo es desengaño, menos
él... ¡Nada hay fuera de él!... y que sea Dios alabado!
Sin embargo, la vida lo recobra y la onda vuelve a caer. Abandonadas
de nuevo a sí mismas, en la atmósfera desmoralizadora de las ciudades,
las almas desalentadas, inquietas, vagan al azar en la noche.
Algunas veces, al soplo envenenado del mundo se mezclan los efluvios
inebriantes y enloquecedores de la naturaleza, de la primavera,
del amor, las fuerzas ciegas que al príncipe Andrés acercan a la
encantadora Natacha, y que, un instante después, la arrojan en los
brazos del primer seductor que se presenta. ¡Cuánta poesía, ternura,
pureza de corazón, que el mundo ha marchitado! Y siempre “el gran cielo
que se extiende sobre la abyección ultrajante de la tierra!” Pero
los hombres no lo ven, y aun el mismo Andrés ha olvidado la luz de
Austerlitz, y para él ya no es más el cielo “que una bóveda sombría y
brumosa” que cubre la nada.
Es tiempo de que se levante de nuevo, sobre estas almas anémicas, el
huracán de la guerra. La patria está invadida. Borodino. Grandeza
solemne de esta jornada. Las enemistades se borran, y Dologhov abraza a
su enemigo Pedro; y Andrés, herido, llora de ternura y de piedad sobre
la desventura del hombre que más odiaba, Anatolio Kuraguine, su vecino
de ambulancia. La unidad de los corazones se realiza, la unidad por el
apasionado sacrificio a la patria y por la sumisión a las leyes divinas.
“_Aceptar la espantosa necesidad de la guerra, seriamente, con
austeridad... La prueba más difícil es la sumisión de la libertad
humana a las leyes divinas. La sencillez de corazón consiste en la
sumisión a la voluntad de Dios_”.
El alma del pueblo ruso y su sumisión al destino se encarnan en el
generalísimo Kutuzov:
_Este anciano, que ya no tenía más, en cuanto a pasiones, que su
experiencia resultante de las pasiones, y en quien la inteligencia
destinada a agrupar hechos y a extraer conclusiones, estaba reemplazada
por una contemplación filosófica de los sucesos, no inventaba nada, no
emprendía nada; pero lo escuchaba todo y todo lo ordenaba, y sabría de
ello sacar provecho llegado el momento; no pondría trabas a nada útil,
ni permitiría nada que fuera perjudicial. Atisbaba en el semblante
de sus tropas esa fuerza que no puede ser sujetada y que se llama la
voluntad de vencer, la futura victoria. Aceptaba algo más fuerte que su
voluntad: la marcha inevitable de los hechos que se desarrollaban ante
sus ojos; los ve, los sigue, sabe hacer abstracción de su persona._
Tiene, en fin, corazón ruso. Este fatalismo del pueblo ruso,
tranquilamente heroico, se personifica también en el pobre mujik
Platón Karataiev, que es sencillo, piadoso, resignado, con su sonrisa
buena en los sufrimientos y en la muerte. A través de las pruebas,
de la ruina de la patria, de la espantosa agonía, los dos héroes del
libro, Pedro y Andrés, llegan a la liberación moral y a la alegría
mística por el amor y la fe, que hacen que los vivientes puedan ver a
Dios.
No termina allí Tolstoi. El epílogo, que pasa en 1820, es una
transición de una época a otra, de la época napoleónica a la de los
“decembristas”; da el sentimiento de la continuidad y del principio de
otra vida, pues en lugar de principiar y de concluir en plena crisis,
Tolstoi acaba como ha comenzado, en el momento en que una gran ola se
desvanece, y la ola siguiente se levanta. Se percibe ya a los héroes
por venir, y los conflictos que se levantarán entre ellos, y los
muertos que en los vivos resucitan[624].
He tratado de destacar los grandes lineamientos de la novela, porque
es raro que alguien se tome la molestia de hacerlo; pero ¡qué decir
del extraordinario vigor de vida de estos centenares de héroes, todos
individuales y pintados de inolvidable manera, soldados, campesinos,
grandes señores, rusos, austriacos y franceses! Nada descubre la
improvisación. Para esta galería de retratos, de la cual no hay otra
análoga en toda la literatura europea, hizo Tolstoi bocetos sin cuento;
“combinó, decía, millones de proyectos”; buscó en las bibliotecas, puso
a contribución sus archivos de familia[625], sus notas anteriores, sus
recuerdos personales. Esta minuciosa preparación asegura la solidez
de la obra, pero no le resta nada de su espontaneidad. Trabajaba
Tolstoi con un entusiasmo, con un ardor y una alegría que se comunican
al lector; mas sobre todo, lo que constituye el mayor encanto de _La
Guerra y la Paz_, es la juventud de corazón que revela. No hay ninguna
otra obra de Tolstoi que ofrezca el espectáculo de esta riqueza de
almas de niños y de adolescentes; y cada una es una música de pureza de
origen y de gracia que penetra y enternece, como una melodía de Mozart:
el joven Nicolás Rostov, Sonia, el pobrecito Petia.
La más exquisita es Natacha, criatura amada, soñadora, risueña, de
corazón amante; a quien de cerca se mira crecer, a quien se sigue en
la vida con la casta ternura que se tendría por una hermana. ¿Quién
no cree haberla conocido?... Admirable la noche de primavera en
la cual Natacha, en su ventana que baña el claro de luna, sueña y
habla locamente, por encima de la ventana del príncipe Andrés, que
la escucha... Emociones del primer baile; amor, espera del amor,
desordenada floración de deseos y de ensueños; carreras en trineo,
de noche, por la floresta nevada, en la cual se encienden fuegos
fantásticos; naturaleza que os oprime con su inquieta ternura; noche
en la ópera, en el mundo extraño del arte, donde la razón se embriaga;
locura del corazón, locura del cuerpo que languidece de amor; dolor que
purifica el alma; piedad divina, que vela a la bienamada moribunda...
No es posible evocar esos pobres recuerdos sin la emoción que se
tendría al hablar de una amiga, la más cara y la más amada. ¡Ah, qué
bien se aprecia, ante una creación semejante, la debilidad de los tipos
femeninos en casi toda la novela y el teatro contemporáneos! La vida
misma está copiada de manera tan flexible, tan fluida que, de una línea
en otra parece que se la ve palpitar y cambiar. La princesa María,
la fea, tan bella por la bondad, no es una pintura menos perfecta; y
¡cómo se habría empurpurado, muchacha tímida y torpe, cómo enrojecerían
cuantas se le asemejan, al mirar descubiertos todos los secretos de un
corazón que se oculta medrosamente a las miradas!
En general, los caracteres de mujeres son, como lo indicaba antes,
muy superiores a los caracteres de hombres, sobre todo a los de ambos
héroes en quienes Tolstoi puso su propio pensamiento: la naturaleza
muelle y débil de Pedro Besukhov, y la ardiente y seca del príncipe
Andrés Bolkonsky. Son éstas, dos almas que carecen de centro, que
oscilan perpetuamente, más que evolucionar; van de un polo al otro,
sin avanzar nunca. Se replicará que, sin duda, por ello mismo son
muy rusas; y sin embargo, haría yo notar que algunos rusos han hecho
de ellas iguales críticas. Con esta ocasión precisamente Turguenef
reprochaba a la psicología de Tolstoi el permanecer estacionaria:
“No hay verdadero desarrollo. Eternas vacilaciones, vibraciones de
sentimientos”[626]. Tolstoi mismo convenía en haber sacrificado un
poco, por momentos, los caracteres individuales[627] en bien del cuadro
histórico.
Y en efecto, la gloria de _La Guerra y la Paz_ está en la resurrección
de toda una época histórica, de esas migraciones de pueblos, de la
batalla de las naciones. Sus verdaderos héroes son esos pueblos; y
detrás de ellos, como detrás de los héroes de Homero, los dioses que
los mueven, las fuerzas invisibles, “lo infinitamente pequeño que
dirige las masas”, el soplo de lo Infinito. Estos combates gigantescos,
en los cuales un oculto destino hace chocar a las ciegas naciones,
tienen una grandeza mítica. Más allá de la Ilíada, por ellos, se sueña
en las epopeyas indias[628].
ANA KARENINA
Ana Karenina señala, con _La Guerra y la Paz_, la cima de este
período de madurez[629]. Es una obra más perfecta, de un espíritu
aún más seguro de sus procedimientos artísticos, más rico también
de experiencia y para quien el mundo del corazón ya no tiene ningún
secreto; pero le falta la llama de la juventud, la frescura del
entusiasmo, las grandes alas de _La Guerra y la Paz_. La tranquilidad
pasajera de los primeros días del matrimonio ha desaparecido; y en el
círculo encantado del amor y del arte que la condesa Tolstoi había
formado en torno suyo, volvían a deslizarse las inquietudes morales.
Ya en los primeros capítulos de _La Guerra y la Paz_, un año después
del casamiento, las confidencias que el príncipe Andrés hace a Pedro,
a propósito del matrimonio, señalan el desencanto del hombre que ve
en la mujer amada a una extraña, la inocente enemiga, el involuntario
obstáculo para su desarrollo moral. Algunas cartas de 1865, anuncian
el próximo retorno de los tormentos religiosos. No son todavía sino
breves amenazas borradas por la dicha de vivir; pero he aquí que en los
meses en que Tolstoi termina _La Guerra y la Paz_, hay una sacudida más
grave: había abandonado a los suyos por algunos días, para visitar un
dominio. Una noche, ya acostado, las dos de la madrugada acababan de
sonar:
“_Estaba yo terriblemente fatigado, tenía sueño y me sentía bastante
bien, cuando de pronto fuí presa de tal angustia, de un terror tal,
como antes nunca había experimentado nada parecido. Te contaré esto
detalladamente_[630]_; era en verdad espantoso. Salté del lecho y
ordené que se enganchara, y mientras se hacía esto me dormí, de suerte
que, cuando me fueron a despertar me había recobrado por completo. Ayer
se ha producido la misma cosa, mas en grado mucho menor..._”[631].
El castillo de ilusiones tan laboriosamente construido por el amor de
la condesa Tolstoi se agrietaba. En el vacío en que dejó al espíritu
del artista la conclusión de _La Guerra y la Paz_, éste es nuevamente
invadido por las preocupaciones filosóficas[632] y pedagógicas:
quiere escribir un Silabario para el pueblo, y en él trabaja con
encarnizamiento cuatro años; por él se siente más orgulloso que de _La
Guerra y la Paz_, y cuando lo ha escrito (1872), se pone a escribir
otro (1875). Después se consagra al estudio del griego; lo estudia de
la mañana a la noche, abandona por él todo otro trabajo y descubre
al “delicioso Xenofonte” y a Homero, al verdadero Homero, no el que
ofrecen los traductores, “todos esos Jukhovski y esos Voss que cantan
con una voz cualquiera, gutural, quejumbrosa, dulzona”, sino “este otro
diablo, que canta a plena voz, sin que se le ocurra nunca que alguien
puede escucharlo”[633].
“_¡Sin el conocimiento del griego, no es posible ninguna
instrucción!... Estoy convencido de que, de cuanto es verdaderamente
bello, en el verbo humano, con una belleza simple, nada sabía hasta
ahora_”[634].