La muerte... En esta época comienza a frecuentar el alma de Tolstoi.

_Tres Muertos_, de 1858-1859[598], anuncia ya el sombrío análisis

de la _Muerte de Iván Ilich_, la soledad del moribundo, su odio

hacia los vivos, sus “¿por qués?” desesperados. El tríptico de estos

tres muertos, (la dama rica, el viejo postillón tísico y la encina

derribada), tiene grandeza; los retratos están bien dibujados, las

imágenes atraen la atención, aun cuando la obra, bastante alabada, sea

de argumento un poco flojo, y que la muerte del árbol carezca de la

poesía necesaria, que tanto valor da a los bellos paisajes de Tolstoi.

En su conjunto no se sabe claramente qué le arrastra más, si el arte

por el arte o la intención moral.

Tolstoi mismo lo ignoraba. El 4 de febrero de 1859, en su discurso de

recepción de la _Sociedad Moscovita de Amantes de las Letras Rusas_,

hacía la apología del arte por el arte[599]; y era precisamente el

Presidente de esa Sociedad, Khomiakov, quien, después de haber saludado

en Tolstoi al “representante de la literatura propiamente artística”,

en su contra tomaba la defensa del arte social y moral[600].

Un año más tarde, la muerte de su amado hermano Nicolás, arrebatado

por la tisis[601], en Hyères, el 19 de septiembre de 1860, anonadaba a

Tolstoi al punto de “quebrantar su fe en el bien, en todo”, y le hacía

renegar del arte:

_La verdad es horrible... Sin duda, mientras existe el deseo de

conocerla y de decirla, se procura conocerla y decirla. Y es lo único

que me ha quedado de mi concepción moral; y es la única cosa que haré,

pero no bajo la forma de vuestro arte. El arte es la mentira, y yo no

puedo ya amar las bellas mentiras_[602].

Pero antes de seis meses retornaba a las “bellas mentiras” con

_Polikuchka_[603], que es acaso su obra más desnuda de intenciones

morales, a un lado la maldición latente que en ella pesa sobre el

dinero y su poder nefasto; obra escrita puramente para el arte; obra

maestra, desde luego, a la cual sólo es posible reprochar su riqueza

excesiva de observación, su abundancia de materiales, que habrían

alcanzado a desarrollar una gran novela, así como el contraste

demasiado duro y un poco cruel, entre el atroz desenlace y el principio

humorístico[604].

[Ilustración]

LA FELICIDAD CONYUGAL

De esta época de transición, en la cual tantea el genio de Tolstoi, en

la cual duda de sí mismo y parece enervarse, “sin fuerza de pasión, sin

voluntad directora”, como el Nekhludov del _Diario de un Marcador_,

nace en 1859 la obra más pura que haya producido, la _Felicidad

Conyugal_[605]. Es el milagro del amor.

Desde hacía largos años era amigo de la familia Bers; y estuvo

enamorado sucesivamente de la madre y de las tres hijas[606]. Y fué

en definitiva de la segunda de las hijas de quien se enamoró; pero

no osaba confesarlo. Sofía Andreievna Bers era casi una niña, pues

tenía diez y siete años, en tanto que él pasaba ya de treinta y se

consideraba como un hombre viejo, que no tenía derecho para unir su

vida gastada, manchada, con la de una muchacha inocente. Resistió tres

años[607]; y más tarde ha contado, en su _Ana Karenina_, cómo hizo su

declaración a Sofía Bers, y cómo le respondió ella, dibujando con gis

rojo sobre una mesa las iniciales que no osaban decir. Como Levine, en

_Ana Karenina_, tuvo la cruel lealtad de presentar su _Diario_ íntimo

a su prometida, a fin de que ella no ignorase nada de sus pasadas

vergüenzas; y como Kitty, en esa misma novela, Sofía tuvo con ello un

amargo sufrimiento.

El 23 de septiembre de 1862 fué el matrimonio. Pero tres años hacía

ya que esta unión estaba realizada en el pensamiento del poeta al

escribir la _Felicidad Conyugal_[608]. Desde hacía tres años que por

adelantado había vivido los días inefables del amor que se ignora,

y los días embriagadores del amor que se descubre, y la hora en la

cual se murmuran las divinas palabras esperadas, las lágrimas de “una

felicidad que se va para siempre y que no retornará jamás”; y la

realidad triunfante de los primeros tiempos del matrimonio, el egoísmo

amoroso, “la alegría incesante y sin causa”; después, la fatiga que

llega, el descontento vago, el tedio de la vida monótona, las dos

almas unidas que dulcemente se separan y se alejan la una de la otra;

la embriaguez peligrosa para la joven señora, (coqueterías, celos,

equivocaciones mortales), el amor que se va, que se pierde; al fin, el

tierno y triste otoño del corazón, el fantasma del amor que renace,

palidecido, envejecido, más conmovedor por sus lágrimas, sus arrugas;

el recuerdo de los días de prueba, la pena por el mal que se ha hecho y

por los años perdidos; serenidad de la tarde, tránsito augusto del amor

a la amistad, de la novela de la pasión a la maternidad... Todo lo que

debía de venir, todo, Tolstoi lo había soñado, gustado de antemano; y

para vivirlo mejor, lo había vivido en ella, en la bienamada. Por la

primera vez, (la única quizás en la obra de Tolstoi) la novela pasa en

el corazón de una mujer y está contada por ella. ¡Con cuánta exquisita

delicadeza! Belleza del alma que se cubre con un velo de pudor... El

análisis de Tolstoi ha renunciado, por esta ocasión, a su luz un poco

cruda; no se encarniza, febril, para poner al desnudo la verdad: los

secretos de la vida interior se dejan adivinar, antes que entregarse.

El corazón y el arte de Tolstoi están enternecidos. Armonioso

equilibrio de la forma y del pensamiento, la _Felicidad Conyugal_ tiene

la perfección de una obra raciniana.

El matrimonio del cual presentía Tolstoi con una profunda claridad

la dulzura y las inquietudes, debía de ser su salud. Estaba cansado,

enfermo, disgustado de sí mismo y de sus esfuerzos. A los éxitos

ruidosos que habían acogido sus primeras obras, sucedió el completo

silencio de la crítica[609] y la indiferencia del público. De ello

afectaba regocijarse altivamente.

_Mi reputación ha perdido mucho de la popularidad que me entristecía.

Ahora estoy tranquilo, porque sé que tengo algo que decir y la fuerza

para decirlo en voz alta. En cuanto al público, ¡que piense lo que

quiera!_[610]

Se alababa, no estaba seguro él mismo de su arte. Era sin duda dueño

de su instrumento artístico; pero no sabía cómo emplearlo. Como

él lo decía, a propósito de _Polikuchka_, era una charla sobre el

primer asunto que se presentaba, por un hombre que sabía manejar la

pluma[611]. Sus obras sociales abortaban. En 1862 renunció a su cargo

de árbitro territorial; y en ese mismo año la policía fué a catear

Yasnaia Poliana, donde todo lo revolvió, y cerró la escuela. Tolstoi

estaba entonces ausente, rendido de fatiga, temeroso de la tisis:

_Las querellas de arbitraje habían llegado a ser para mí penosas; el

trabajo de la escuela tan incierto, y mis dudas, que nacían del deseo

de instruir a los demás, al ocultar mi ignorancia sobre lo que debía

enseñar, eran tan desconsoladoras, que caí enfermo. Tal vez entonces

hubiera llegado a la desesperación, en la cual habría perecido quince

años más tarde, si no hubiera existido para mí un aspecto desconocido

de la vida que me prometía la salud: la vida de familia_[612].

* * * * *

De ella gozó, desde luego, con el fuego de la pasión que ponía en

todo[613]. La influencia personal de la condesa Tolstoi fué preciosa

para el arte. Bien dotada literariamente[614], era, como ella decía,

“una verdadera mujer de escritor”, que tan de corazón tomaba la obra

de su marido. Trabajaba con él, escribía a su dictado, recopiaba sus

borrones[615]. Trataba de defenderlo contra su demonio religioso, el

terrible espíritu que ya, por momentos, le aconsejaba la muerte del

arte; trataba de que estuviese cerrada su puerta para las utopías

sociales[616]. Reanimaba en él al genio creador; hizo más aún: aportó

a este genio la riqueza nueva de su alma femenina. A excepción de las

joviales siluetas de _Infancia_ y _Adolescencia_, la mujer está ausente

de las primeras obras de Tolstoi, o bien asoma apenas en segundo plano.

Aparece ya en _Felicidad Conyugal_, escrita bajo el influjo del amor

de Sofía Bers; y en las obras que siguen, los tipos de muchachas y

de mujeres abundan y tienen una vida intensa, superior a las veces a

la de los tipos masculinos. Queremos creer que la condesa Tolstoi no

solamente sirvió a su marido de modelo para la Natacha de _La Guerra

y la Paz_[617], y para Kitty, en _Ana Karenina_, sino que también por

sus confidencias y por su propia visión, pudo ser para él una valiosa

y discreta colaboradora. Algunas páginas de _Ana Karenina_[618], muy

particularmente, me parece que descubren una mano de mujer.

Gracias a los bienes de esta unión, Tolstoi gustó durante diez o quince

años, de una paz y de una seguridad que le eran desconocidas desde

hacía largo tiempo[619]. Pudo entonces, bajo las alas del amor, soñar

y realizar en calma las obras maestras de su pensamiento, monumentos

colosales que dominan toda la novela del siglo XIX: _La Guerra y la

Paz_ (1864-1869) y _Ana Karenina_ (1873-1877).

LA GUERRA Y LA PAZ

_La Guerra y la Paz_ es la más vasta epopeya de nuestros tiempos, una

Ilíada moderna. Un mundo de pasiones y de figuras se mueve en ella; y

sobre este océano humano, de innumerables olas, priva un alma soberana,

que levanta y refrena las tempestades con serenidad. Más de una vez, al

contemplar esta obra, he pensado en Homero y en Goethe, no obstante las

enormes diferencias así de carácter como de tiempo. Después he visto

que efectivamente, en la época en que esto escribía, el pensamiento de

Tolstoi se nutría en Homero y Goethe[620]. Más todavía: en sus notas

de 1865, en las cuales clasifica los diversos géneros literarios,

inscribía como de la misma familia a “La Odisea”, “La Ilíada” y

“1805”[621]... El movimiento natural de su espíritu lo arrastraba de

la novela de los destinos individuales a la novela de los ejércitos y

de los pueblos, de los grandes rebaños humanos, en las cuales se funden

las voluntades de millones de seres. Su trágica experiencia del sitio

de Sebastopol lo llevaba a comprender el alma de la nación rusa y su

vida secular. _La Guerra y la Paz_, tan inmensa, no debía de ser, según

sus proyectos, sino el _panneau_ central de una serie de frescos épicos

en los cuales se desarrollaría el poema de Rusia, desde Pedro el Grande

hasta los “decembristas”[622].

Para comprender bien el vigor de la obra, es necesario darse cuenta de

su oculta unidad[623], pues la mayor parte de nuestros lectores no ven

en ella, un poco miopes, sino los millares de detalles, cuya profusión

los deslumbra y descamina. Se pierden en esta selva de vidas, cuando

es necesario elevarse por encima de ella y abarcar con la mirada el

horizonte libre, el círculo de los bosques y de los campos; pues sólo

entonces se percibirá el espíritu homérico de la obra, la tranquilidad

de las leyes eternas, el ritmo imponente del soplo del destino, el

sentimiento del conjunto al cual todos los detalles están subordinados;

y, dominando su obra, el genio del artista, como el Dios del Génesis

que flota sobre las aguas.

Desde luego, el mar está inmóvil; la paz, la sociedad rusa en vísperas

de la guerra. Las cien primeras páginas reflejan, con una exactitud

impasible y una ironía superiores, lo vano de las almas mundanas. Hacia

la centésima página solamente se levanta el grito de uno de estos

muertos vivientes, el peor de entre ellos, el príncipe Basilio:

“Nosotros pecamos, engañamos, y todo esto ¿por qué? Yo he pasado de los

cincuenta años, amigo mío... Todo acaba en la muerte... La muerte, ¡qué

terror!”

Entre estas almas insulsas, mentirosas y ociosas, capaces de todas las

aberraciones y de todos los crímenes, se esbozan algunas naturalezas

más sanas: las sinceras, por ingenuidad torpe, como en Pedro Besukhov;

por independencia campesina, por sus viejos sentimientos rusos, como

María Dmitrievna; por frescura juvenil, como en los pequeños Rostov;

las almas buenas y resignadas, como la princesa María; y aquéllas que

no son buenas, sino valientes, a quienes atormenta esta existencia

malsana, como el príncipe Andrés.

Pero aparece el primer estremecimiento en las ondas de aquel mar. La

acción; el ejército ruso en Austria; la fatalidad reina, y en ninguna

parte más dominadora que en el desencadenamiento de las fuerzas

elementales, en la guerra. Los verdaderos jefes son quienes no tratan

de dirigir, sino que, como Kutuzov o como Bagration, “dejan creer que

sus intenciones personales están en concordancia perfecta con lo que

en realidad es simple efecto de la fuerza de las circunstancias, de la

voluntad de los subordinados y de los caprichos de azar”. ¡Beneficio de

abandonarse en manos del Destino! Felicidad de la acción pura; estado

moral y sano. Los espíritus conturbados recobran su equilibrio. El

príncipe Andrés respira, comienza a vivir... Y en tanto que allá, lejos

del soplo vivificador de estas tempestades sagradas, las dos mejores

almas, Pedro y la princesa María, son amenazados por el contagio de su

mundo, por la mentira de amor, Andrés herido en Austerlitz, tiene de

pronto, en medio de la embriaguez de la acción, caído brutalmente, la

revelación de la inmensidad serena. Tendido sobre la espalda, “no ve ya

nada más que arriba, por encima de él, un cielo infinito, profundo, en

el cual muellemente bogan ligeras nubes gríseas”.

¡Qué calma! ¡Qué paz, se decía; cuál diferencia con mi desatentada

carrera! ¿Cómo no había visto antes este alto cielo? ¡Qué feliz soy de

haberlo al fin advertido! Sí; todo es vacío, todo es desengaño, menos

él... ¡Nada hay fuera de él!... y que sea Dios alabado!

Sin embargo, la vida lo recobra y la onda vuelve a caer. Abandonadas

de nuevo a sí mismas, en la atmósfera desmoralizadora de las ciudades,

las almas desalentadas, inquietas, vagan al azar en la noche.

Algunas veces, al soplo envenenado del mundo se mezclan los efluvios

inebriantes y enloquecedores de la naturaleza, de la primavera,

del amor, las fuerzas ciegas que al príncipe Andrés acercan a la

encantadora Natacha, y que, un instante después, la arrojan en los

brazos del primer seductor que se presenta. ¡Cuánta poesía, ternura,

pureza de corazón, que el mundo ha marchitado! Y siempre “el gran cielo

que se extiende sobre la abyección ultrajante de la tierra!” Pero

los hombres no lo ven, y aun el mismo Andrés ha olvidado la luz de

Austerlitz, y para él ya no es más el cielo “que una bóveda sombría y

brumosa” que cubre la nada.

Es tiempo de que se levante de nuevo, sobre estas almas anémicas, el

huracán de la guerra. La patria está invadida. Borodino. Grandeza

solemne de esta jornada. Las enemistades se borran, y Dologhov abraza a

su enemigo Pedro; y Andrés, herido, llora de ternura y de piedad sobre

la desventura del hombre que más odiaba, Anatolio Kuraguine, su vecino

de ambulancia. La unidad de los corazones se realiza, la unidad por el

apasionado sacrificio a la patria y por la sumisión a las leyes divinas.

“_Aceptar la espantosa necesidad de la guerra, seriamente, con

austeridad... La prueba más difícil es la sumisión de la libertad

humana a las leyes divinas. La sencillez de corazón consiste en la

sumisión a la voluntad de Dios_”.

El alma del pueblo ruso y su sumisión al destino se encarnan en el

generalísimo Kutuzov:

_Este anciano, que ya no tenía más, en cuanto a pasiones, que su

experiencia resultante de las pasiones, y en quien la inteligencia

destinada a agrupar hechos y a extraer conclusiones, estaba reemplazada

por una contemplación filosófica de los sucesos, no inventaba nada, no

emprendía nada; pero lo escuchaba todo y todo lo ordenaba, y sabría de

ello sacar provecho llegado el momento; no pondría trabas a nada útil,

ni permitiría nada que fuera perjudicial. Atisbaba en el semblante

de sus tropas esa fuerza que no puede ser sujetada y que se llama la

voluntad de vencer, la futura victoria. Aceptaba algo más fuerte que su

voluntad: la marcha inevitable de los hechos que se desarrollaban ante

sus ojos; los ve, los sigue, sabe hacer abstracción de su persona._

Tiene, en fin, corazón ruso. Este fatalismo del pueblo ruso,

tranquilamente heroico, se personifica también en el pobre mujik

Platón Karataiev, que es sencillo, piadoso, resignado, con su sonrisa

buena en los sufrimientos y en la muerte. A través de las pruebas,

de la ruina de la patria, de la espantosa agonía, los dos héroes del

libro, Pedro y Andrés, llegan a la liberación moral y a la alegría

mística por el amor y la fe, que hacen que los vivientes puedan ver a

Dios.

No termina allí Tolstoi. El epílogo, que pasa en 1820, es una

transición de una época a otra, de la época napoleónica a la de los

“decembristas”; da el sentimiento de la continuidad y del principio de

otra vida, pues en lugar de principiar y de concluir en plena crisis,

Tolstoi acaba como ha comenzado, en el momento en que una gran ola se

desvanece, y la ola siguiente se levanta. Se percibe ya a los héroes

por venir, y los conflictos que se levantarán entre ellos, y los

muertos que en los vivos resucitan[624].

He tratado de destacar los grandes lineamientos de la novela, porque

es raro que alguien se tome la molestia de hacerlo; pero ¡qué decir

del extraordinario vigor de vida de estos centenares de héroes, todos

individuales y pintados de inolvidable manera, soldados, campesinos,

grandes señores, rusos, austriacos y franceses! Nada descubre la

improvisación. Para esta galería de retratos, de la cual no hay otra

análoga en toda la literatura europea, hizo Tolstoi bocetos sin cuento;

“combinó, decía, millones de proyectos”; buscó en las bibliotecas, puso

a contribución sus archivos de familia[625], sus notas anteriores, sus

recuerdos personales. Esta minuciosa preparación asegura la solidez

de la obra, pero no le resta nada de su espontaneidad. Trabajaba

Tolstoi con un entusiasmo, con un ardor y una alegría que se comunican

al lector; mas sobre todo, lo que constituye el mayor encanto de _La

Guerra y la Paz_, es la juventud de corazón que revela. No hay ninguna

otra obra de Tolstoi que ofrezca el espectáculo de esta riqueza de

almas de niños y de adolescentes; y cada una es una música de pureza de

origen y de gracia que penetra y enternece, como una melodía de Mozart:

el joven Nicolás Rostov, Sonia, el pobrecito Petia.

La más exquisita es Natacha, criatura amada, soñadora, risueña, de

corazón amante; a quien de cerca se mira crecer, a quien se sigue en

la vida con la casta ternura que se tendría por una hermana. ¿Quién

no cree haberla conocido?... Admirable la noche de primavera en

la cual Natacha, en su ventana que baña el claro de luna, sueña y

habla locamente, por encima de la ventana del príncipe Andrés, que

la escucha... Emociones del primer baile; amor, espera del amor,

desordenada floración de deseos y de ensueños; carreras en trineo,

de noche, por la floresta nevada, en la cual se encienden fuegos

fantásticos; naturaleza que os oprime con su inquieta ternura; noche

en la ópera, en el mundo extraño del arte, donde la razón se embriaga;

locura del corazón, locura del cuerpo que languidece de amor; dolor que

purifica el alma; piedad divina, que vela a la bienamada moribunda...

No es posible evocar esos pobres recuerdos sin la emoción que se

tendría al hablar de una amiga, la más cara y la más amada. ¡Ah, qué

bien se aprecia, ante una creación semejante, la debilidad de los tipos

femeninos en casi toda la novela y el teatro contemporáneos! La vida

misma está copiada de manera tan flexible, tan fluida que, de una línea

en otra parece que se la ve palpitar y cambiar. La princesa María,

la fea, tan bella por la bondad, no es una pintura menos perfecta; y

¡cómo se habría empurpurado, muchacha tímida y torpe, cómo enrojecerían

cuantas se le asemejan, al mirar descubiertos todos los secretos de un

corazón que se oculta medrosamente a las miradas!

En general, los caracteres de mujeres son, como lo indicaba antes,

muy superiores a los caracteres de hombres, sobre todo a los de ambos

héroes en quienes Tolstoi puso su propio pensamiento: la naturaleza

muelle y débil de Pedro Besukhov, y la ardiente y seca del príncipe

Andrés Bolkonsky. Son éstas, dos almas que carecen de centro, que

oscilan perpetuamente, más que evolucionar; van de un polo al otro,

sin avanzar nunca. Se replicará que, sin duda, por ello mismo son

muy rusas; y sin embargo, haría yo notar que algunos rusos han hecho

de ellas iguales críticas. Con esta ocasión precisamente Turguenef

reprochaba a la psicología de Tolstoi el permanecer estacionaria:

“No hay verdadero desarrollo. Eternas vacilaciones, vibraciones de

sentimientos”[626]. Tolstoi mismo convenía en haber sacrificado un

poco, por momentos, los caracteres individuales[627] en bien del cuadro

histórico.

Y en efecto, la gloria de _La Guerra y la Paz_ está en la resurrección

de toda una época histórica, de esas migraciones de pueblos, de la

batalla de las naciones. Sus verdaderos héroes son esos pueblos; y

detrás de ellos, como detrás de los héroes de Homero, los dioses que

los mueven, las fuerzas invisibles, “lo infinitamente pequeño que

dirige las masas”, el soplo de lo Infinito. Estos combates gigantescos,

en los cuales un oculto destino hace chocar a las ciegas naciones,

tienen una grandeza mítica. Más allá de la Ilíada, por ellos, se sueña

en las epopeyas indias[628].

ANA KARENINA

Ana Karenina señala, con _La Guerra y la Paz_, la cima de este

período de madurez[629]. Es una obra más perfecta, de un espíritu

aún más seguro de sus procedimientos artísticos, más rico también

de experiencia y para quien el mundo del corazón ya no tiene ningún

secreto; pero le falta la llama de la juventud, la frescura del

entusiasmo, las grandes alas de _La Guerra y la Paz_. La tranquilidad

pasajera de los primeros días del matrimonio ha desaparecido; y en el

círculo encantado del amor y del arte que la condesa Tolstoi había

formado en torno suyo, volvían a deslizarse las inquietudes morales.

Ya en los primeros capítulos de _La Guerra y la Paz_, un año después

del casamiento, las confidencias que el príncipe Andrés hace a Pedro,

a propósito del matrimonio, señalan el desencanto del hombre que ve

en la mujer amada a una extraña, la inocente enemiga, el involuntario

obstáculo para su desarrollo moral. Algunas cartas de 1865, anuncian

el próximo retorno de los tormentos religiosos. No son todavía sino

breves amenazas borradas por la dicha de vivir; pero he aquí que en los

meses en que Tolstoi termina _La Guerra y la Paz_, hay una sacudida más

grave: había abandonado a los suyos por algunos días, para visitar un

dominio. Una noche, ya acostado, las dos de la madrugada acababan de

sonar:

“_Estaba yo terriblemente fatigado, tenía sueño y me sentía bastante

bien, cuando de pronto fuí presa de tal angustia, de un terror tal,

como antes nunca había experimentado nada parecido. Te contaré esto

detalladamente_[630]_; era en verdad espantoso. Salté del lecho y

ordené que se enganchara, y mientras se hacía esto me dormí, de suerte

que, cuando me fueron a despertar me había recobrado por completo. Ayer

se ha producido la misma cosa, mas en grado mucho menor..._”[631].

El castillo de ilusiones tan laboriosamente construido por el amor de

la condesa Tolstoi se agrietaba. En el vacío en que dejó al espíritu

del artista la conclusión de _La Guerra y la Paz_, éste es nuevamente

invadido por las preocupaciones filosóficas[632] y pedagógicas:

quiere escribir un Silabario para el pueblo, y en él trabaja con

encarnizamiento cuatro años; por él se siente más orgulloso que de _La

Guerra y la Paz_, y cuando lo ha escrito (1872), se pone a escribir

otro (1875). Después se consagra al estudio del griego; lo estudia de

la mañana a la noche, abandona por él todo otro trabajo y descubre

al “delicioso Xenofonte” y a Homero, al verdadero Homero, no el que

ofrecen los traductores, “todos esos Jukhovski y esos Voss que cantan

con una voz cualquiera, gutural, quejumbrosa, dulzona”, sino “este otro

diablo, que canta a plena voz, sin que se le ocurra nunca que alguien

puede escucharlo”[633].

“_¡Sin el conocimiento del griego, no es posible ninguna

instrucción!... Estoy convencido de que, de cuanto es verdaderamente

bello, en el verbo humano, con una belleza simple, nada sabía hasta

ahora_”[634].

Vidas Ejemplares: Beethoven—Miguel Ángel—Tolstoi · 第 21 / 31 段