Y por encima de estas obras se levanta, cumbre la más alta de esa

primera cadena de montañas, una de las más bellas novelas líricas que

Tolstoi haya escrito, el canto de su juventud, el poema del Cáucaso,

_Los Cosacos_[564]. El esplendor de las nevadas montañas que destacan

sus nobles líneas sobre el cielo luminoso, llena con su música el libro

entero. Y la obra es única por esta flor del genio, “el todopoderoso

dios de la juventud, como dice Tolstoi: ese ímpetu que ya no se recobra

más”. ¡Cuál torrente primaveral!... ¡Qué efusiones de amor!

“_¡Yo amo, amo tanto!... ¡Bravo! ¡Bueno!... repetía y deseaba llorar.

¿Por qué? ¿quién era bravo? ¿qué amaba? No lo sabía bien_”[565].

Esta embriaguez del corazón se derrama desordenadamente. El héroe

Olenine, que ha llegado como Tolstoi a sumergirse en el Cáucaso en

una vida de aventuras, y que se ha enamorado de una joven cosaca, se

abandona al torbellino de sus aspiraciones contradictorias. Ora piensa

que “la felicidad está en vivir para los otros, en sacrificarse” ora

que el “sacrificio de sí mismo no es más que una tontería”; entonces

no está lejos de creer con el viejo cosaco Erochka, que “todo está

permitido y que Dios ha hecho todo para placer del hombre. Nada es

pecado. Gozar con una hermosa muchacha no es pecado, es la salud”.

Pero, ¿qué necesidad tiene de pensar? Le basta con vivir. La vida es

todo bien, toda felicidad, la vida todopoderosa, la vida universal:

la Vida es Dios. Un naturalismo ardoroso enciende y devora al alma.

Perdido en el bosque, en medio de “la vegetación salvaje, de la

multitud de bestias y de aves, de nubes de moscos, entre la sombría

verdura, en el aire cálido y perfumado, entre pequeños caños de

agua turbia que espejean por doquiera bajo el follaje”, a dos pasos

de las emboscadas del enemigo, Olenine “es embargado de pronto por

un sentimiento tal de felicidad sin causa alguna, que, fiel a una

costumbre de su infancia, se persigna y se pone a dar gracias a

alguien”. Como un fakir indio goza al confesarse que está solo y

perdido en este torbellino de vida que le envuelve, en el cual miríadas

de seres invisibles acechan en este momento su muerte, ocultos por

todas partes, en que millares de insectos zumban en torno suyo, se

llaman:

“_¡Por aquí, por aquí, compañeros! ¡Aquí hay alguien a quien picar!”_

_Y era bien claro para él que allí ya no era un gentilhombre ruso,

de la sociedad de Moscú, amigo y pariente de éstos y aquéllos, sino

simplemente un ser cualquiera como el mosquito, el faisán, el ciervo;

como aquéllos que vivían, que rondaban en torno suyo._

--_Como ellos, yo viviré y moriré. Y la yerba crecerá encima de mí..._

Y su corazón se llena de alegría.

Vive Tolstoi, en esta hora de juventud, en un delirio de fuerza y de

amor a la vida. Se abraza a la Naturaleza y se funde en ella; en ella

vierte, adormece y exalta sus penas, sus alegrías y sus amores[566];

mas nunca esta embriaguez romántica afecta a la lucidez de su mirada.

En ninguna otra página como en este ardiente poema los paisajes son

pintados con tamaño vigor, ni los tipos con más verdad. La oposición

entre la naturaleza y el mundo, que informa el fondo del libro y que

será toda su vida uno de los temas favoritos en las ideas de Tolstoi,

un artículo de su _Credo_, le hace encontrar ya, para fustigar la

comedia del mundo, algunos de los ásperos acentos de la _Sonata a

Kreutzer_[567]. Pero no es menos verídico con relación a quienes

ama, y los seres de la naturaleza, la hermosa cosaca y sus amigos,

son contemplados en plena luz, con sus egoísmos, sus avaricias, sus

engaños, con todos sus vicios.

Una ocasión iba a presentársele para poner a prueba esta veracidad

heroica.

* * * * *

En noviembre de 1853 fué declarada la guerra a Turquía. Tolstoi

entonces hizo que se le pasara al ejército de Rumania, del cual pasó

después al de Crimea, y llegó a Sebastopol el 7 de noviembre de 1854.

Ardía en entusiasmo y fe patriótica. Cumplió bravamente con su deber y

a menudo estuvo en peligro, sobre todo en abril y mayo de 1855, meses

durante los cuales cada tercer día estaba de servicio en la batería del

cuarto baluarte.

De vivir meses y meses en una exaltación y una agitación continua

frente a frente con la muerte, su misticismo religioso se reavivó.

Conversa con Dios. En abril de 1855 anota en su _Diario_ una plegaria a

Dios, en acción de gracias por haberlo protegido en los peligros y para

pedirle que continúe protegiéndolo, “a fin de alcanzar el objeto eterno

y glorioso de la existencia, que me es aún desconocido...”. Este objeto

de su vida no es ya el arte, sino la religión. El 5 de marzo de 1855

escribía:

“_He encontrado una gran idea, a cuya realización me siento capaz de

consagrar toda mi vida. Es esta idea la fundación de una religión

nueva, la religión de Cristo, pero purificada de dogmas y misterios...

Obrar con límpida conciencia, a fin de unir a los hombres por la

religión_”[568].

Éste será el programa de su vejez.

Sin embargo, para distraerse de los espectáculos que lo rodeaban, se

entregó nuevamente a escribir. ¿Cómo pudo encontrar la libertad de

espíritu necesaria para componer, bajo una lluvia de granadas, la

tercera parte de sus Recuerdos, _Juventud_? El libro es caótico, y se

puede atribuir su desorden a las condiciones en las cuales nació y a

veces también a cierta sequedad de análisis abstractos, con divisiones

y subdivisiones a la manera de Stendhal[569]. Pero se admira su

tranquila penetración en el desorden de pensamientos y de ensueños

confusos que se agolpan en un cerebro joven. La obra es de una rara

franqueza consigo mismo; y por instantes, ¡cuánta frescura poética,

en el hermoso cuadro de la primavera en la ciudad, en el relato de la

confesión y del viaje al convento por el pecado olvidado! Un apasionado

panteísmo presta a algunas páginas una belleza lírica cuyos acentos

recuerdan las narraciones del Cáucaso, como la descripción de esta

noche de Estío:

_El brillo sereno del luminoso creciente. El estanque resplandeciendo.

Los viejos abedules, cuyas ramas melenudas se argentan de un lado,

al claro de luna, cubren con sus sombras negras la maleza y el

camino. El grito de una codorniz detrás del estanque. El ruido apenas

perceptible de dos viejos árboles que se rozan. El zumbido de los

mosquitos y el golpe de una manzana que cae sobre las hojas secas;

las ranas que saltan hasta los peldaños de la terraza y cuyos lomos

verduzcos brillan en un rayo de luna... La luna asciende; suspensa

en el claro cielo, llena el espacio; el soberbio fulgor del estanque

se hace más brillante; las sombras se vuelven más negras, la luz más

transparente... Y yo, humilde gusanillo, manchado ya con todas las

pasiones humanas, pero con toda la inmensa fuerza del amor, pienso en

este momento que la naturaleza, la luna y yo, somos sólo uno_[570].

La realidad presente, empero, hablaba más alto que los sueños del

pasado, y se imponía, imperiosa. Juventud quedó sin concluir, y el

capitán segundo León Tolstoi, tras la protección de su baluarte, bajo

el sordo ruido de los cañones, en medio de su compañía, observaba a los

vivos y a los moribundos y recogía sus angustias y las suyas propias en

las inolvidables narraciones de _Sebastopol_.

LAS NARRACIONES DE SEBASTOPOL

Estas tres narraciones, (_Sebastopol en diciembre de 1854, Sebastopol

en mayo de 1855 y Sebastopol en agosto de 1855_), son de ordinario

comprendidas en un mismo juicio; y sin embargo, son muy diferentes

entre sí. Sobre todo la segunda se distingue de las otras dos por el

sentimiento y por el arte. Están dominadas éstas por el patriotismo,

mientras que sobre la segunda se extiende una implacable verdad.

Se cuenta que después de haber leído la segunda narración[571] la

zarina lloró, y que el zar ordenó, movido por su admiración, que

fueran traducidas al francés estas páginas y que pusieran al autor a

cubierto de peligros. Se comprende esto fácilmente. Nada hay en ellas

que no exalte a la patria y a la guerra. Tolstoi acaba de llegar; su

entusiasmo está intacto; se sumerge en el heroísmo. Aún no advierte

entre los defensores de Sebastopol ni ambición ni amor propio, ni

ningún otro sentimiento mezquino. Para él es aquélla una epopeya

sublime, cuyos héroes “son dignos de la Grecia”. Por otra parte, sus

notas no atestiguan ningún esfuerzo de imaginación, ningún ensayo de

representación objetiva; el autor se pasea por la ciudad; mira con

lucidez, pero narra en una forma que carece de libertad: “Veis...

Entráis... Advertís...”. Todo esto es periodismo, con algunas hermosas

impresiones del natural.

Muy distinta es la escena segunda: _Sebastopol en mayo de 1855_. Desde

las primeras líneas se lee:

_El amor propio de millares de hombres ha luchado aquí, se ha apagado

en la muerte..._

Y más adelante:

_...Y como había muchos hombres, había muchas vanidades... ¡Vanidad,

vanidad, por todas partes vanidad, aun a las puertas de la tumba! Es

la enfermedad particular de nuestro siglo... ¿Por qué los Homero y los

Shakespeare hablan del amor, de la gloria, del dolor, y por qué la

literatura de nuestro siglo no es más que la historia sin término de

los vanidosos y de los advenedizos?_

El relato, que no es una simple narración de sucesos, pone en escena

directamente a los hombres y las pasiones, muestra todo lo que se

oculta tras del heroísmo. La clara mirada desengañada de Tolstoi

penetra en el fondo del corazón de sus compañeros de armas, y como en

los corazones de ellos en el propio, para leer allí el orgullo, el

miedo, toda la comedia del mundo que aún se continúa representando

a un paso de la muerte. El miedo sobre todo es confesado, libre de

sus velos, mostrado al desnudo. Estas zozobras perennes[572], esta

obsesión de la muerte, son analizadas sin pudor, sin piedad, con una

sinceridad terrible. En Sebastopol aprendió Tolstoi a perder todo

sentimentalismo “esa compasión vaga, femenina, llorona”, como él decía

con desdén. Y nunca su genio analizador, cuyo instinto se ha visto

despertar durante sus años de adolescencia y que a menudo ha de tomar

un carácter casi mórbido[573], alcanzó mayor intensidad sobreaguda,

alucinada, que en el relato de la muerte de Praskhoukhine. Dos páginas

enteras están consagradas en esta narración a describir lo que pasa en

el alma del desventurado durante el segundo que la bomba ha tardado en

silbar y caer, antes de estallar; y una página para decir las propias

impresiones, después del estallido, y que “ha muerto al punto por un

fragmento de casco que lo hirió en pleno pecho”[574].

Como entreactos de orquesta en el drama, se abren en estas escenas de

batalla amplios claros de naturaleza y de luz, la sinfonía del día que

se levanta sobre el espléndido paisaje, donde agonizan millares de

hombres. Y el cristiano Tolstoi, olvidando el patriotismo de su primera

narración, maldice la impía guerra:

_¡Y estos hombres, cristianos que profesan la misma gran ley de amor

y de sacrificio, no caen de rodillas, al contemplar lo que han hecho,

arrepentidos, delante de Aquél que al darles la vida ha puesto en el

alma de cada uno, con el miedo a la muerte, el amor al bien y a la

belleza! ¡No se abrazan, con lágrimas de alegría y de felicidad, como

hermanos!_

En el momento de concluir esta novela, cuyas páginas tienen una

esperanza que antes ninguna de sus obras había mostrado, se siente

Tolstoi asaltado por la duda, ¿ha hecho mal en hablar?

_Una duda penosa me abruma; quizás no era conveniente decir todo esto;

quizá lo que digo es una de esas verdades perversas que, ocultas

inconscientemente en el fondo de cada alma, no deben de ser expresadas

para que no lleguen a ser perjudiciales, como no debe agitarse la hez,

so pena de echar a perder el vino. ¿Dónde está la expresión del mal que

es necesario evitar? ¿Dónde la expresión de lo bello que sea preciso

imitar? ¿Quién es el malhechor y quién el héroe? Todos son buenos y

todos son malos..._

Pero se recobra fieramente:

_El héroe de mi novela, a quien amo con todas las fuerzas_ _de mi

alma, a quien trato de mostrar en toda su belleza, que siempre fué, es

y será hermoso, es la Verdad._

Después de haber leído estas páginas[575], Nekrasov, el director de

“Sovremennik”, escribió a Tolstoi:

“Esto precisamente es lo que hace falta a la sociedad rusa de hoy:

la verdad, la verdad, que, después de la muerte de Gogol, tampoco ha

existido en la literatura rusa... Esta verdad que traéis a nuestro arte

es algo enteramente nuevo entre nosotros; sólo de una cosa tengo miedo:

que el tiempo y la cobardía de la vida, la sordera y el mutismo de

cuanto nos rodea os hagan lo que a la mayor parte de nosotros, que os

maten vuestra energía”[576].

Nada de eso era de temerse. El tiempo, que consume la energía de los

hombres ordinarios, no ha hecho sino templar la de Tolstoi; pero en

aquellos momentos, las desventuras de la patria, la toma de Sebastopol,

despertaron con un sentimiento de dolorosa piedad, el dolor de su

franqueza demasiado ruda. En la tercera narración, (_Sebastopol en

agosto de 1855_), al describir una escena de oficiales que juegan y

riñen, se interrumpe y reflexiona:

_Pero dejemos caer el telón sobre este cuadro. Mañana, acaso hoy mismo,

cada uno de estos hombres irá alegremente al encuentro de la muerte.

En el fondo de cada alma se recata la chispa que hará de cada uno un

héroe._

Y si este pudor no resta nada de vigor al realismo del relato, la

elección de los personajes muestra suficientemente las simpatías del

autor. La epopeya de Malakoff y su heroica caída quedan simbolizadas

en dos figuras bravas y conmovedoras: dos hermanos, de los cuales

uno, el mayor, el capitán Kozeltzov, tiene algunos de los rasgos de

Tolstoi[577]; y el otro, el abanderado Volodia, tímido y entusiasta,

con sus febriles monólogos y sus ensueños, las lágrimas que sin motivo

le brotan a los ojos, lágrimas de ternura, lágrimas de humillación;

sus angustias en las primeras horas que pasa en el baluarte (el pobre

muchacho tiene aún el miedo a la obscuridad, y cuando está acostado

oculta la cabeza bajo el capote), con la opresión que le causa el

sentimiento de su soledad y la indiferencia de los otros, más tarde,

cuando la hora es llegada, tiene la alegría del peligro. Pertenece

éste al grupo de las figuras simpáticas de adolescentes, (Petia en

_La Guerra y la Paz_ y el subteniente de _La Incursión_), que con el

corazón lleno de amor, hacen la guerra riendo y se arrojan de pronto,

sin comprenderlo, a la muerte. Los dos hermanos caen heridos, en el

mismo día, el último día de la defensa. Y la novela concluye con estas

líneas, en las cuales gruñe una rabia patriótica:

“_El ejército salía de la ciudad; y cada soldado, al mirar abandonado

a Sebastopol, con una indecible amargura en el corazón, suspiraba y

mostraba el puño al enemigo_”[578].

* * * * *

Cuando al salir de este infierno, en el cual durante un año había

penetrado hasta el fondo de las pasiones, de las vanidades y del

dolor humano, Tolstoi se encontró, en noviembre de 1855, entre los

hombres de letras de Petersburgo, experimentó por ellos un sentimiento

de desencanto y de desprecio. Todo lo descubría en ellos mezquino y

mentiroso. Estos hombres que de lejos le parecieron aureolados por el

arte, (Turguenef, a quien había admirado y a quien acababa de dedicar

_La Tala en el Bosque_), vistos de cerca le desilusionaron amargamente.

Un retrato de 1856 lo presenta entre Turguenef, Gontcharov, Ostrovsky,

Grigorovitch y Drujinine. Sorprende, entre el abandono de los otros,

por su aire ascético y duro, su cabeza ósea, sus mejillas hundidas,

los brazos cruzados con rigidez. De pie y de uniforme, detrás de estos

literatos, “parece,--como escribe espiritualmente Suarés--que custodia

a estas gentes y no que forma parte de su sociedad; se diría que está

presto a conducirlos a prisión”[579].

Sin embargo, todos se muestran solícitos alrededor del joven colega,

que llega a ellos cubierto de la doble gloria del escritor y del héroe

de Sebastopol. Turguenef, que había llorado y gritado “¡Hurra!” al

leer las escenas de Sebastopol, le tendía la mano fraternalmente; mas

estos dos hombres no podían entenderse. Si ambos veían el mundo con

igual claridad de mirada, a su visión mezclaban el color de sus almas

enemigas: irónica y vibrante la una, amorosa y desencantada, devota de

la belleza; violenta la otra, orgullosa, atormentada de ideas morales,

poseída por un Dios oculto.

Lo que Tolstoi principalmente no perdonaba a estos literatos, era que

se creyesen una casta elegida, cabeza de la humanidad. Entraba en su

antipatía hacia ellos mucho del orgullo del gran señor y del oficial

hacia burgueses escritorzuelos y liberales[580]. Era también un rasgo

característico de su naturaleza (lo reconocía él mismo) “oponerse por

instinto a todos los juicios generalmente aceptados”[581].

Una desconfianza de los hombres, un desdén latente hacia la razón

humana, le hacían olfatear por todas partes el engaño de sí mismo o de

los otros, la mentira.

_No creía nunca en la sinceridad de las gentes. Todo impulso moral le

parecía falso, y tenía la costumbre de fijar con acritud su mirada

extraordinariamente penetrante, en el hombre que sospechaba que no

decía la verdad..._[582].

_¡Cómo escuchaba! ¡Cómo miraba a su interlocutor desde el fondo de sus

ojos grises, hundidos en sus órbitas! ¡Con qué ironía contraía los

labios!_[583].

_Decía Turguenef que nunca había sentido nada más penoso que esta

mirada aguda que, junto con dos o tres palabras de alguna observación

corrosiva, era capaz de despertar el furor_[584].

Escenas violentas se suscitaron, desde sus primeros encuentros, entre

Tolstoi y Turguenef[585]. De lejos, ambos se tranquilizaban y trataban

de hacerse justicia. El tiempo no hizo sino agravar la repulsión que

sentía Tolstoi hacia aquel medio literario, pues no podía perdonarles

a estos artistas la mezcolanza de sus vidas depravadas y de sus

pretensiones morales.

“_Adquirí la convicción de que casi todos eran hombres inmorales,

malos, sin carácter, muy inferiores a cuantos había conocido en mi vida

de bohemia militar. Y en cambio, estaban tan seguros y contentos de

ellos mismos, como lo puedan estar quienes en verdad sean santos. Me

desagradaron_”[586].

Se separó de ellos; y sin embargo, por algún tiempo conservó su fe

interesada en el arte[587], porque se sentía halagado su orgullo,

y era, además, una religión pingüemente retribuida, que “procuraba

mujeres, dinero y gloria...”.

_De esta religión yo era uno de los pontífices. Situación agradable y

muy ventajosa..._

Para mejor consagrarse a ella, presentó su dimisión en el ejército (en

noviembre de 1856). Mas un hombre de su temple no podía cerrar los

ojos por largo tiempo. Creía, deseaba creer en el progreso. Le parecía

que “esta palabra significaba algo”. Un viaje por el extranjero (del

29 de enero al 30 de julio de 1857), por Francia, Suiza y Alemania,

derribó esta fe. En París, el 6 de abril de 1857, el espectáculo de

la ejecución de un hombre “le mostró lo vano de la superstición del

progreso...”.

_Cuando vi desprenderse la cabeza del cuerpo y caer en el cesto,

comprendí, con todas las fuerzas de mi alma, que ninguna teoría acerca

de la razón del orden existente podía justificar semejante acto. Aun

cuando todos los hombres del universo, apoyándose en alguna teoría,

encontrasen esto necesario, yo sostendría que está mal, “porque no es

lo_ _que dicen o hacen los hombres lo que decide entre lo bueno y lo

malo, sino mi corazón_”[588].

El 7 de julio de 1857, en Lucerna, el espectáculo de un pequeño

cantador ambulante, a quien unos ricos ingleses, huéspedes de

Schweizerhof, rehusaban dar una limosna, le hizo escribir en su _Diario

del Príncipe D. Nekhludov_[589], su desprecio hacia todas las ilusiones

caras a los liberales, esas gentes que “trazan líneas imaginarias sobre

los mares del bien y del mal...”.

_Para ellos la civilización es el bien; la barbarie, el mal; la

libertad el bien, y la esclavitud el mal. Y este conocimiento

imaginario destruye las necesidades instintivas, primordiales,

las mejores. Mas ¿quién me definirá qué es la libertad, qué es el

despotismo, qué es la civilización, qué es la barbarie? ¿Dónde, pues,

no coexisten el bien y el mal? En nosotros hay solamente un guía

infalible, el Espíritu universal, que nos empuja a unirnos los unos a

los otros._

De regreso en Rusia, en Yasnaia, nuevamente se ocupa de ayudar a los

campesinos. Y no era que se hiciese ilusiones sobre el pueblo. Escribía:

“_Los apologistas del pueblo y de su buen sentido hablan bellamente, y

la multitud tal vez sea una unión de buenas personas; pero entonces,

sólo se unen por sus lados bestiales, despreciables, que no expresan

más que la debilidad y la crueldad de la naturaleza humana_”[590].

No es, por tanto, a la multitud a quien se dirige, sino a la

conciencia individual de cada hombre, de cada hijo del pueblo, porque

en la conciencia de cada uno está la luz. Funda escuelas, sin saber

claramente qué enseñar; y para aprenderlo, hace un segundo viaje a

Europa, del 3 de julio de 1860 al 23 de abril de 1861[591].

Estudia entonces los diversos sistemas pedagógicos. ¿Será preciso

decir que rechaza todos? Dos estancias en Marsella le mostraron que

la verdadera instrucción del pueblo se hace fuera de la escuela

(que encuentra ridícula), por medio de los periódicos, los museos,

las bibliotecas, la calle, la vida, lo que él llama “la escuela

inconsciente” o “espontánea”. La escuela espontánea, por oposición a

la escuela obligatoria, considerada por él como nefasta y perjudicial,

es lo que quiere fundar, lo que ensaya, a su regreso, en Yasnaia

Poliana[592]. Su principio es la libertad. No admite que una “élite”,

la “sociedad privilegiada liberal”, imponga su ciencia y sus errores

al pueblo, que le es extraño, porque esa “élite” no tiene para ello

ningún derecho. Semejante método de educación forzada no ha podido

producir nunca, en la Universidad, “hombres de aquéllos que la

humanidad necesita, sino hombres de esos que son necesarios a la

sociedad depravada: funcionarios, profesores oficiales, literatos

oficiales, hombres arrancados sin ningún objeto a su medio anterior,

cuya juventud fué echada a perder y que no encuentran ya lugar en la

vida; liberales irritables, enfermizos”[593]. ¡Toca al pueblo decir lo

que desea! Si no se inclina al “arte de leer y escribir que le imponen

los intelectuales”, razones tiene para ello, porque otras son sus

necesidades espirituales, más apremiantes y más legítimas. Tratad de

comprenderlas y ayudadlo a satisfacerlas.

Estas teorías libres de un conservador revolucionario, como lo fué

entonces, trató Tolstoi de ponerlas en práctica, en Yasnaia, donde

más era el condiscípulo que el maestro de sus alumnos[594]. Al mismo

tiempo, se esforzaba por introducir en las explotaciones agrícolas

un espíritu más humano. Nombrado árbitro territorial en 1861, en el

Distrito de Krapivna, se constituyó en defensor del pueblo contra los

abusos del poder de los propietarios y del Estado.

No hay que creer sin embargo que esta actividad social le satisfacía

y llenaba por completo, pues continuaba siendo presa de pasiones

enemigas. A pesar suyo amaba a la sociedad, siempre, y tenía necesidad

de ella. Por períodos, el placer lo recuperaba, y tenía también el

gusto de la acción. Se ponía en peligros de muerte en la caza del oso;

jugaba grandes sumas de dinero; aun llegó a sufrir la influencia del

medio literario de San Petersburgo, que tanto despreciaba. Al salir de

estas aberraciones, caía en crisis de disgusto. Las obras de esta época

muestran lamentablemente las huellas de esta incertidumbre artística y

moral. _Los dos húsares_, (1856)[595] tienen presunciones de elegancia,

un aire fatuo y mundano que desagrada en Tolstoi. _Alberto_, escrito en

Dijón en 1857[596], es débil y bizarro, carece de la profundidad y la

precisión habituales en el autor. _El Diario de un Marcador_[597], más

sorprendente, más prematuro, parece traducir el desaliento que Tolstoi

se inspiraba a sí mismo. El príncipe Nekhludov, su _Doppelgánger_, su

“doble”, se mata en un garito:

_Lo tenía todo: riqueza, nombre, talento, aspiraciones levantadas; no

había cometido ningún crimen, pero había hecho algo peor: había matado

su corazón, su juventud; se había perdido, no teniendo siquiera una

fuerte pasión por excusa, falto de voluntad._

La misma proximidad de la muerte no lo hizo cambiar...

_La misma extraña inconsecuencia, la misma vacilación, la misma

ligereza de pensamiento..._

TRES MUERTES

Vidas Ejemplares: Beethoven—Miguel Ángel—Tolstoi · 第 20 / 31 段