Arte y vida están unidos. Nunca ha habido una obra más íntimamente

ligada a la vida; casi tiene constantemente un carácter autobiográfico.

Desde la edad de 25 años podemos seguir a Tolstoi, paso a paso, en

las experiencias contradictorias de su carrera llena de aventuras.

Su _Diario_, comenzado antes de los 20 años y continuado hasta su

muerte,[518] y las noticias suministradas por él a M. Birukov[519],

completan este conocimiento y no sólo permiten leer casi día por día

en la conciencia de Tolstoi, sino también hacen revivir el mundo en el

cual arraigó su genio y las almas de las cuales se nutrió su alma.

Una rica herencia: la de una doble raza (los Tolstoi y los Volkonski)

muy antigua y muy noble, que se vanagloriaba de remontar hasta Rurik

y contaba en sus anales a compañeros de Pedro el Grande, a generales

de la guerra de Siete Años, héroes de las luchas napoleónicas,

“decembristas” y deportados políticos. A sus recuerdos de familia debió

Tolstoi algunos de los tipos más originales de “_La Guerra y la Paz_”,

como el viejo príncipe Volkonski, su abuelo materno, representante

rezagado de la aristocracia de los tiempos de Catarina II, volteriano y

despótico; el príncipe Nicolás Gregorevitch Volkonski, un primo hermano

de su madre, herido en Austerlitz y recogido del campo de batalla bajo

la mirada de Napoleón, como el príncipe Andrés; su padre, que tenía

algunos rasgos de Nicolás de Rostov;[520] su madre, la princesa María,

la fea dulcísima de ojos bellos, cuya bondad ilumina las páginas de

“_La Guerra y la Paz_”.

No conoció a sus padres. Las narraciones encantadoras de “_Infancia y

Adolescencia_”, tienen, como es bien sabido, poco de realidad. Su madre

murió cuando él no tenía aún dos años; y no pudo por lo tanto recordar

el rostro amable que el pequeño Nicolás Irteniev evoca al través de un

velo de lágrimas, el rostro de sonrisa luminosa, que derramaba en torno

suyo la alegría...

_¡Ah, si pudiera entrever esta sonrisa en los momentos aciagos, yo no

sabría qué cosa es la pena...!_[521]

Pero indudablemente que de ella heredó la perfecta franqueza, la

indiferencia hacia la opinión y el don maravilloso que tuvo--según se

asegura--de contar historias que ella misma inventaba.

Al menos, de su padre sí pudo conservar algunos recuerdos. Era un

hombre amable y burlón, de ojos tristes, que vivía en sus tierras una

existencia independiente y desnuda de ambiciones. Nueve años de edad

tenía Tolstoi cuando murió; y su muerte le hizo “comprender por la

vez primera la amarga verdad, y llenó su alma de desesperación”[522].

Primer encuentro de la infancia con el espectro del terror que una

parte de su vida debía consagrar a combatir, y la otra a celebrarlo,

transfigurándolo... La huella de esta angustia está contenida en

algunas líneas inolvidables de los últimos capítulos de “_Infancia_”,

en las cuales los recuerdos fueron aprovechados para la narración de la

muerte y del entierro de la madre.

Cinco niños quedaron en la vieja mansión de Yasnaia Poliana,[523]

en donde León Nicolaievich nació el 28 de agosto de 1828, y la cual

no debía abandonar sino para morir, 82 años más tarde. La menor, una

niña, María, se hizo después religiosa (y con ella fué a refugiarse

Tolstoi moribundo, cuando huyó de su casa y de los suyos). Eran cuatro

hombres: Sergio, egoísta y agradable, “sincero hasta un grado que no he

visto alcanzar jamás a otros”; Dmitri, apasionado, concentrado, quien

después, siendo estudiante, también se entregó a prácticas religiosas

con vehemencia, sin cuidarse de la opinión pública, ayunando, buscando

a los pobres y dando albergue a los enfermos, para de pronto arrojarse

en el desorden, con igual violencia; y, en seguida, roído por los

remordimientos, rescatar y llevar a su casa a una muchacha que había

conocido en una casa pública, para morir de tisis a los 29 años;[524]

Nicolás, el mayor, el hermano más amado, quien heredó de la madre su

imaginación para contar historias,[525] irónico, tímido y delicado,

fué más tarde oficial en el Cáucaso y ahí adquirió la costumbre de

alcoholizarse. De éste, que, lleno también de ternura cristiana, vivía

en chozas compartiendo con los pobres cuanto poseía, decía Turguenef

“que ponía en práctica la humildad en la vida que su hermano León se

contentaba con desarrollar en teoría”.

Junto a los huérfanos estaban dos mujeres de gran corazón.

Una era la tía Tatiana,[526] “que tenía dos virtudes, dice Tolstoi:

la paz y el amor”; y cuya vida toda sólo era amor. Se consagraba a los

demás sin descanso...

“_Ella me ha hecho conocer el placer moral de amar..._”.

La otra, la tía Alejandra, servía siempre a los demás y evitaba que se

la sirviera, se privaba de criados y tenía por ocupaciones favoritas la

lectura de vidas de los santos y las charlas con los peregrinos y con

los “inocentes”. Muchos de estos “inocentes” vivían en la casa, y uno

de ellos, una vieja peregrina que recitaba salmos, era madrina de la

hermana de Tolstoi; otro, el inocente Gricha, solamente sabía orar y

llorar.

_¡Oh, gran cristiano Gricha! Tu fe era tan fuerte que sentías la

proximidad de Dios; tu amor era tan ardiente que las palabras brotaban

de tus labios, sin que tu razón las ordenara. ¡Y cómo celebrabas su

magnificencia cuando, no encontrando ya palabras para loarlo, bañado en

lágrimas te prosternabas en el suelo!..._[527]

¿Quién no advierte la parte que estas almas humildes tuvieron en la

formación de Tolstoi? Parece que en alguna de ellas se insinuaba ya,

se bosquejaba, el Tolstoi de los últimos días. Sus plegarias, su amor,

arrojaron en el espíritu del niño las simientes de la fe, de las cuales

debía el anciano coger los frutos.

Aparte del inocente Gricha, en los relatos de _Infancia_, Tolstoi no

habla de estos modestos colaboradores que lo ayudaron a edificar su

alma. Pero, en cambio, ¡cuánto se transparenta en las páginas del libro

esta alma de niño, “este corazón puro y amante, como un claro rayo de

luz que descubría siempre en los otros sus cualidades mejores”; esta

ternura infinita!... Siendo feliz, piensa en el único hombre que sabe

es infortunado, llora y querría consagrarse a él; abraza a un viejo

caballo, y le pide perdón por haberlo hecho sufrir; es feliz por amar,

aun no siendo amado. Se perciben ya los gérmenes de su genio futuro: su

imaginación que lo hace llorar con sus propias historias; su cerebro

siempre en trabajo, que lucha siempre por saber qué piensan las gentes;

su precoz facultad de observación, y de memoria;[528] la mirada atenta

que escruta fisonomías, en medio de su duelo y de la verdad de su

dolor. A los cinco años sintió, dice él, por la vez primera, “que la

vida no es una diversión, sino una tarea demasiado ruda”[529].

Felizmente lo olvidó. En aquel tiempo se arrullaba con los cuentos

populares, con los _bylines_ rusos, esos ensueños típicos y

legendarios; con narraciones de la Biblia,--sobre todo de la sublime

Historia de José que, ya anciano, aun lo presentaba como un modelo de

arte;--y de las _Mil y una Noches_ que en la casa de su abuela, cada

velada, recitaba un narrador ciego, sentado en el umbral de la ventana.

* * * * *

Hizo sus estudios en Kazan[530]. Estudios tan mediocres que se decía

de los tres hermanos:[531] “Sergio quiere y puede; Dmitri quiere y no

puede, y León ni quiere ni puede”.

Pasaba por lo que él llamó “el desierto de la adolescencia”, desierto

de arena batido por ráfagas de un viento abrasador de locura. Acerca

de este período los relatos de _Adolescencia_, y sobre todo los de

_Juventud_, son ricos en confesiones íntimas. Estaba solo; su cerebro,

en un estado de fiebre perpetua. Durante un año investiga por su

propia cuenta y ensaya todos los sistemas[532]. Estoico, se martiriza

con torturas físicas; epicúreo, se prostituye. Cree después en la

metempsícosis; y acaba por caer en un nihilismo demente: le parecía que

si se volviese con suma rapidez, podría ver la nada frente a frente. Se

analiza, se analiza...

“_No pensaba ya en una cosa, pensaba que pensaba en una cosa..._”[533].

Este análisis perpetuo, este mecanismo de razonar que giraba en

el vacío, le quedará como hábito peligroso que, decía él, “lo

perjudicó a menudo en la vida”; pero del cual sacó su arte recursos

inesperados[534].

En este juego había perdido todas sus convicciones, o, al menos, así lo

pensaba. A los dieciséis años dejó de orar y de ir a la iglesia[535];

pero la fe no había muerto, estaba solamente germinando:

“_Sin embargo, yo creía en algo. ¿En qué? No podría decirlo. Creía aún

en Dios, o más bien, no lo negaba. Pero ¿en cuál Dios? Lo ignoraba.

No negaba tampoco a Cristo y su doctrina; pero en qué consistía esta

doctrina, no habría sabido decirlo_”[536].

Se sentía poseído, por momentos, de ensueños de bondad. Quería vender

su carruaje para dar el dinero a los pobres, hacerles el sacrificio

de una décima parte de su fortuna, privarse de sirvientes... “Porque

son ellos también hombres como yo”[537]. Escribió, durante una

enfermedad[538], sus _Reglas de vida_. Ingenuamente se atribuyó el

deber de “estudiar y profundizar todo: derecho, medicina, lenguas,

agricultura, geografía, matemáticas, alcanzar el grado más alto de

perfección en música y en pintura”, etc... Tenía “la convicción de que

el destino del hombre está en su incesante perfeccionamiento”. Pero

en modo insensible, al impulso de sus pasiones de adolescente, de una

sensualidad violenta y de un amor propio inmenso,[539] esta fe, en

ese extraviado perfeccionamiento, perdía su carácter desinteresado y

se hacía práctica y material. Si deseaba perfeccionar su voluntad,

su cuerpo y su espíritu, era para vencer al mundo e imponerle el

amor[540]. Deseaba agradar.

Esto no era fácil. Tenía entonces una fealdad simiesca: rostro brutal,

largo y pesado, cabello corto y calzándole la frente, ojos pequeños

que miraban con dureza, hundidos en sus órbitas sombrías; nariz larga,

labios gruesos y salientes y grandes orejas[541]. No pudiendo hacerse

ilusiones acerca de esta fealdad, que cuando era un niño ya le causaba

crisis de desesperación[542], pretendió realizar el ideal del “hombre

elegante”[543]. Este ideal lo llevó, para ser como los otros “hombres

elegantes“, a entregarse al juego, a endeudarse estúpidamente y a hacer

una vida de libertinaje[544].

Una cosa le salvó siempre: su absoluta sinceridad.

--¿Sabéis por qué os amo más que a los demás?--decía Nekhludov a su

amigo.--Porque tenéis una cualidad sorprendente y rara: la franqueza.

--Sí, digo siempre todo, aun aquellas cosas que tengo vergüenza de

confesarme[545].

Hasta en sus peores extravíos se juzgó siempre con una clarividencia

despiadada.

“De hecho vivo bestialmente, escribió en su Diario; estoy completamente

deprimido”.

Y fiel a su manía de analizarse, registra minuciosamente las causas de

sus errores:

1.º _Indecisión o falta de energía_; 2.º _Engaño de sí mismo_;

3.º _Precipitación_; 4.º _Falsa vergüenza_; 5.º _Mal humor_; 6.º

_Confusión_; 7.º _Espíritu de imitación_; 8.º _Volubilidad_; 9.º

_Irreflexión_.

Esta misma independencia de criterio aplica, aún siendo estudiante,

a la crítica de las convenciones sociales y de las supersticiones

intelectuales. Se mofa de la ciencia universitaria, niega toda seriedad

a los estudios históricos y se expone a sufrir correctivos por sus

audacias de pensamiento. En esta época descubrió a Rousseau, las

_Confesiones_ y el _Emilio_, y fué para él como un golpe de rayo.

“_Le rendí culto; llevaba al cuello su retrato, en una medalla, como

si fuera una imagen santa_”[546].

Sus primeros ensayos filosóficos no son sino comentarios sobre Rousseau

(1846-1847).

Sin embargo, disgustado de la Universidad y de los “hombres elegantes”,

retornó a soterrarse en sus campos de Yasnaia Poliana (1847-1851),

y volvió a ponerse en contacto con el pueblo. Intentó consagrarse

entonces a ayudar al pueblo, convertirse en su benefactor y en su

educador. Sus experiencias de este tiempo han sido referidas en

una de sus primeras obras, _La Mañana de un Señor_ (1852), novela

notable, de la cual es protagonista su personaje favorito, el príncipe

Nekhludov[547].

Nekhludov tiene veinte años, y acaba de abandonar la Universidad para

consagrarse a sus campesinos. Un año hace que trabaja en hacerles

el bien; y, en una visita a la aldea, lo vemos estrellarse contra

la indiferencia burlona, la desconfianza arraigada, la rutina, la

imprevisión, los vicios, la ingratitud. Todos sus esfuerzos son en

vano. Regresa desalentado, pensando en sus ensueños de un año antes,

en su generoso entusiasmo, en “sus ideas sobre que el amor y el bien

constituían la felicidad y la verdad, las únicas verdad y bondad

posibles en el mundo”. Se siente vencido, avergonzado y cansado.

“_Se sienta ante el piano y su mano inconscientemente acaricia las

teclas. Una armonía brota, luego una segunda, otra tercera... Se pone a

tocar. Los acordes no eran completamente regulares; a menudo parecían

ordinarios hasta la banalidad y no revelaban ningún talento musical;

pero en ellos encontraba un placer indefinible, triste. A cada cambio

de armonías, con una anhelante palpitación de corazón esperaba la que

iba a surgir, y por la imaginación suplía vagamente lo que faltaba.

Escuchaba el coro, la orquesta... Y su placer principal nacía de la

obligada actividad de la imaginación, que le presentaba aisladas, pero

con una sorprendente claridad, las imágenes y las escenas más variadas

del pasado y del porvenir..._”.

Reveía a los “mujiks”, viciosos, desconfiados, mentirosos, holgazanes y

testarudos, con quienes charlaba hacía un instante; pero en esta vez se

los representaba con todo lo que tienen de bueno, ya no con sus vicios;

penetraba en sus corazones por la intuición del amor; leía en ellos su

paciencia, su resignación con la suerte que los abruma, su perdón de

los ultrajes, su consagración a la familia y las causas de su fidelidad

rutinaria y piadosa al pasado; evocaba sus jornadas de fructuoso

trabajo, fatigador y sano...

“Esto es bello, murmuraba... ¿Por qué no soy yo uno de ellos?”[548].

Todo Tolstoi está ya en el héroe de esta primera novela;[549] su visión

clarísima y sus ilusiones persistentes. Observa a las gentes con un

realismo sin desmayos; pero en el momento que cierra los ojos, vuelven

a apoderarse de él sus ensueños y su amor a los hombres.

* * * * *

Tolstoi, en 1850, es menos paciente que Nekhludov; Yasnaia lo ha

aniquilado; tan cansado está del pueblo como de la “élite”; su misión

le pesa, y no tiene a qué consagrarse. Por otra parte, sus acreedores

lo asediaban.

En 1851 huye al Cáucaso, a unirse al Ejército, cerca de su hermano

Nicolás, que era oficial.

Y apenas llega a las serenas montañas, se tranquiliza, vuelve a

encontrar a Dios.

“_La última noche[550] apenas he dormido... Me puse a orar a Dios.

Imposible es para mí describir la dulzura de sentimientos que

experimentaba mientras estuve orando. Recité mis plegarias habituales y

proseguí después largo tiempo en oración. Algo deseaba yo, muy grande,

muy hermoso... ¿Qué era? no podría decirlo. Anhelaba confundirme en el

Ser infinito, y le demandaba que me perdonase mis faltas... Pero no, yo

no demandaba nada: sentía que, pues me había concedido aquel momento de

ventura, me perdonaba. Pedía y sentía a un tiempo mismo que nada tenía

yo qué pedir, ni podía ni sabía pedir. Y se lo agradecí, pero no con

palabras, no con pensamientos... Una hora había transcurrido apenas

cuando de nuevo escuchaba la voz del vicio. Me dormí soñando con la

gloria, y con las mujeres: era esto más fuerte que yo. ¡No importa!

He dado gracias a Dios por este momento de felicidad, porque me ha

mostrado mi pequeñez y mi grandeza. Quiero orar, pero no sé; quiero

comprender, pero no me atrevo... ¡Me abandono a tu Voluntad!_”[551].

La carne no estaba vencida (no lo estuvo jamás); la lucha se proseguía

en lo secreto del corazón, entre Dios y las pasiones. Tolstoi anota, en

su Diario, cuáles son los tres demonios que lo devoran:

1.º _La Pasión del juego._ Lucha posible.

2.º _La Sensualidad._ Lucha muy difícil.

3.º _La Vanidad._ La más terrible de todas.

En el instante en que soñaba vivir para los otros y sacrificarse,

sus pensamientos voluptuosos y fútiles lo asediaban: la imagen de

alguna mujer cosaca, o “la desesperación que sufriría si su mostacho

izquierdo se levantase más que el derecho”[552]. “¡No importa!” Dios

estaba allí y no lo abandonaría. La efervescencia de la lucha misma era

fecunda, porque todas las potencias de vida en ella se exaltaban.

_Pienso que la idea tan frívola que tuve de hacer un viaje al Cáucaso,

me fué de lo Alto inspirada. Me ha guiado la mano de Dios; y no ceso

de darle gracias. Comprendo que he llegado a ser mejor aquí, y estoy

firmemente persuadido que todo lo que pueda acontecerme no será sino

para mi bien, puesto que Dios mismo es quien lo ha querido..._[553]

Es el canto de acción de gracias de la tierra a la primavera. La tierra

se cubre de flores; todo está bien en ella; todo es bello. En 1852 el

genio de Tolstoi da sus primeras flores: _Infancia_, _La Mañana de un

Señor_, _La Incursión_, _Adolescencia_; y él da gracias al Espíritu de

Vida que lo ha fecundado[554].

LA HISTORIA DE MI INFANCIA

La _Historia de mi Infancia_ fué comenzada en el Otoño de 1851, en

Tiflis, y concluida en Piatigorsk, en el Cáucaso, el 2 de julio

de 1852. Es curioso observar que en el cuadro de esta naturaleza

que lo embriagaba, en plena vida nueva y en medio de los peligros

inquietantes de la guerra, ocupado en descubrir un mundo de caracteres

y de pasiones que le eran completamente desconocidos, Tolstoi se haya

vuelto hacia los recuerdos de su vida pasada en esta primera obra.

Pero cuando escribió _Infancia_ se encontraba enfermo, su actividad

militar bruscamente interrumpida; y durante los prolongados ocios de la

convalecencia, dolorido y solo, estaba en una disposición sentimental

de espíritu en la cual, ante sus ojos enternecidos, revivía lo

pasado[555]. Después de la agotadora tensión de los últimos años, tan

desagradables, era para él dulce de reanimar “el período maravilloso,

inocente, poético y alegre” de la edad primera, y rehacerse un “corazón

de niño, bueno, sensible y capaz de amor”. Por otra parte, con el ardor

de la juventud y sus ilimitados proyectos, dado el carácter cíclico

de su imaginación poética, que raramente concebía un tema aislado y

para la cual las grandes novelas no eran sino eslabones de una larga

cadena histórica, fragmentos de vastos conjuntos que no pudo nunca

ejecutar[556], Tolstoi no podía ver en las narraciones de _Infancia_,

en aquel momento, sino los primeros capítulos de una _Historia de

cuatro épocas_, que también comprendería su vida en el Cáucaso y

concluiría, sin duda, en la revelación de Dios por la Naturaleza.

Más tarde, Tolstoi fué muy severo para las narraciones de _Infancia_, a

las cuales debió una gran parte de su popularidad.

“¡Es esto tan malo,--decía a Birukov;--está escrito con tan poca

honestidad literaria!... De eso no se puede sacar nada”.

En esta opinión estuvo solo. La obra manuscrita, enviada sin nombre

de autor a la gran revista rusa _Sovremennik_ (El Contemporáneo), fué

en el acto publicada (el 6 de septiembre de 1832) y tuvo un éxito

unánime que después han confirmado todos los públicos de Europa; y sin

embargo, no obstante su encanto poético, su finura de colorido, su

emoción delicada, es fácil de comprender que más tarde haya desagradado

a Tolstoi. Le desagradó por las mismas razones que gustaba a los demás;

porque es necesario decirlo claramente: a excepción de la pintura de

algunos tipos locales y en un pequeño número de páginas, que sorprenden

por el sentimiento religioso o por el realismo en la emoción[557], la

personalidad de Tolstoi se acusa débilmente en esta obra. Se extiende

por sus páginas un dulce, un tierno sentimentalismo, que después

siempre le fué antipático y que proscribió de sus demás novelas. Lo

reconocemos, y reconocemos este “humor” y estas lágrimas, que vienen de

Dickens. Entre sus lecturas favoritas, de los catorce a los veintiún

años, Tolstoi señala en su Diario: “_Dickens_, _David Copperfield_.

Influencia considerable”. Todavía en el Cáucaso releyó este libro.

Otras dos influencias señala él mismo: Sterne y Toepffer. “Entonces

estaba yo bajo la inspiración de ellos”[558].

¿Quién habría pensado que las “_Nouvelles Genevoises_” fueron el primer

modelo del autor de _La Guerra y la Paz_? Y basta, sin embargo, saberlo

para descubrir en las narraciones de _Infancia_ la bonhomía afectuosa y

zumbona de Toepffer, trasplantada a una naturaleza más aristocrática.

Encontró Tolstoi, al principiar, que ya era conocido, y su personalidad

no tardó mucho en afirmarse. _Adolescencia_ (1853), menos pura y menos

perfecta que _Infancia_, descubre una psicología más original, un

sentimiento de la naturaleza más vivo y un alma atormentada, alma con

la cual Dickens y Toepffer se habrían sentido a disgusto. En _La Mañana

de un Señor_ (octubre de 1852)[559], el carácter de Tolstoi aparece

netamente formado, con la intrépida sinceridad de sus observaciones y

su fe en el amor. Entre los notables retratos de campesinos que pinta

en esta novela se encuentra ya el bosquejo de una de las más hermosas

visiones de sus _Cuentos Populares_: el anciano en el colmenar,[560]

aquel viejecito bajo el abedul, con las manos extendidas, los ojos en

alto, su cabeza calva luciente al sol, y en torno de ella, las abejas

doradas que revuelan sin picarle, formándole una corona...

LAS NARRACIONES DEL CÁUCASO

Pero las obras--tipo de este período son aquéllas que registran

inmediatamente sus emociones actuales: las narraciones del Cáucaso.

La primera, _La Incursión_, (concluida el 24 de diciembre de 1852),

se impone por su magnificencia de paisajes: una salida de sol en las

montañas, a la orilla de un arroyo; un sorprendente cuadro nocturno, en

el cual sombras y ruidos están fijados con una conmovedora intensidad;

y el retorno, en la tarde, mientras a lo lejos las cimas nivosas

desaparecen en una bruma violeta y las voces hermosas de los soldados

que cantan ascienden y se pierden en el aire transparente. Muchos de

los personajes de _La Guerra y la Paz_ hacen allí su entrada en la

vida, como el capitán Khlopov, héroe verdadero, que no se bate por

placer sino para cumplir su deber, “una de esas fisonomías rusas,

sencillas, tranquilas, que es tan fácil y tan agradable mirar de lleno

a los ojos”. Pesado, torpe, un poco ridículo, indiferente a cuanto

le rodea, no cambia en medio de la batalla, cuando todos cambian;

“permanece exactamente como se le ha visto siempre, con los mismos

movimientos tranquilos, la misma voz igual, la misma expresión de

sinceridad en su rostro ingenuo y pesado”. Junto a él está el teniente

que encarna a los héroes de Lermontov, y que, siendo bueno, pone

semblante de sentimientos feroces; y el pobre pequeño subteniente,

tan alegre por su primera salida, que desborda en ternura y, presto a

saltarle al cuello a cualquiera, adorable y risible, se hace matar

estúpidamente, como Petia Rostov. En medio del cuadro está la figura

de Tolstoi que observa, sin mezclarse en los sentimientos de sus

compañeros, y que hace ya escuchar su grito de protesta contra la

guerra.

_¿No pueden los hombres vivir con tranquilidad en este mundo tan

hermoso, bajo el inmensurable cielo estrellado? ¿Cómo pueden conservar

aquí tales sentimientos de maldad, de venganza, de rabia para destruir

a sus semejantes? Cuanto de malo hay en el corazón del hombre había

de desaparecer al contacto de la naturaleza, que es la más inmediata

expresión de la belleza y del bien_[561].

Otras narraciones del Cáucaso con observaciones de esta época no

fueron escritas sino más tarde, en 1854-1855, como _La Tala en el

Bosque_[562], de un realismo exacto y un poco frío, pero lleno de

notas curiosas acerca de la psicología del soldado ruso, (notas para

lo porvenir); en 1856 un _Encuentro en el destacamento con un conocido

de Moscú_[563], un hombre de mundo, fracasado, suboficial degradado,

haragán, ebrio y mentiroso que no puede acostumbrarse a la idea de

que pueda ser muerto como cualquiera otro de sus soldados, a quienes

desprecia, y de quienes el peor vale cien veces más que él.

LOS COSACOS

Vidas Ejemplares: Beethoven—Miguel Ángel—Tolstoi · 第 19 / 31 段