pesar de los años que pasó fuera de las ciudades, en Carrara o en
Seravezza. El paisaje tiene ínfimo lugar en su obra; se reduce a
algunas indicaciones abreviadas, casi esquemáticas, en los frescos de
la Sixtina. En esto, Miguel Ángel se aleja de sus contemporáneos, de
Rafael, del Ticiano, del Perugino, de Francia, de Leonardo. Despreciaba
los paisajes de los artistas flamencos, entonces muy a la moda:
“Grupos--decía,--paredes, campos muy verdes sombreados con árboles,
ríos y gentes, y muchas figuras por aquí y por allá, eso es lo que se
llama paisajes”.--_Diálogos_ de Francisco de Holanda.
[473] _Cartas_, diciembre 28 de 1556.
[474] Quiero hablar de la larga poesía, no terminada, de 115 versos que
comienzan así:
_Nuovo piacere e di magiore stima
Veder l’ardite capre sopr’un sasso
Montar, pasciendo or questa or quella cima..._
“Es un nuevo placer y siempre más estimado
ver las cabras atrevidas sobre una roca pastando,
ya en ésta o en aquella cima”.
(_Poesías_, CLXIII, págs. 249-253 de Frey).
Acepto aquí la interpretación de Frey, que señala para esta poesía la
fecha de octubre a diciembre de 1556. Thode es de otra opinión, y la
atribuye a la juventud de Miguel Ángel, pero no da a mi juicio ninguna
razón suficiente.
[475] En 1548, disuadiendo a su sobrino Lionardo de hacer una
peregrinación a Loreto, le aconsejaba gastar más bien el dinero en
limosnas, “porque si llevas tu dinero a los sacerdotes, ¡Dios sabe lo
que harán!” (Abril 7 de 1548). Sebastián del Piombo iba a pintar un
monje en San Pedro in Montorio; Miguel Ángel piensa que aquel monje
echará todo a perder y dice: “Los monjes han perdido al mundo que es
muy grande; no sería sorprendente que perdieran una capillita”. En la
época en que Miguel Ángel trataba de casar a su sobrino, fué a verlo
una devota, le dijo un sermón, lo exhortó a la piedad y le ofreció para
Lionardo una muchacha piadosa y de buenos principios. “Yo le respondí,
escribe Miguel Ángel, que haría mejor ocupándose de tejer y de hilar,
que rondando así alrededor de la gente, comerciando con las cosas
santas”. (_Cartas_, julio 19 de 1549).
Escribió poesías ásperas de un sentimiento savonarolista contra los
sacrilegios y las simonías de Roma. Por ejemplo, el soneto:
_Qua si fa elmj di chalicj e spade,
E ’l sangue di Christo si vend’a giumelle..._
“Ahí se hacen con los cálices espadas y yelmos, y
la sangre de Cristo se vende a dos manos...”.
(_Poesías_, X, por el año de 1512).
[476] Carta a Buonarroto respeto a una enfermedad de su padre.
(Noviembre 23 de 1516). Carta a Lionardo, refiriéndose a la muerte de
Giovan Simone. (Enero de 1548). “Me sería agradable saber si se ha
confesado y si ha recibido bien los Sacramentos. Si supiera que es así
sufriría menos”.
[477] “_Più credo agli orazioni che alle medicine_”. (Cartas a
Lionardo, abril 25 de 1549).
[478] “En el año del Señor de 1513, el primer año del Pontificado
de León X, Miguel Ángel que se encontraba entonces en Roma--y creo,
si no me equivoco que era en Otoño--una noche, al aire libre, en un
jardín de su casa, oraba y levantó los ojos al cielo. De repente vió
un meteoro maravilloso, un signo triangular con tres rayos: uno, que
iba hacia el Este, brillante y liso como una hoja de espada pulida y
al fin terminaba en un gancho; el otro color de rubí azul rojizo, que
se extendía sobre Roma; y el otro color de fuego, retorcido y de tal
longitud que llegaba hasta Florencia. Cuando Miguel Ángel vió este
signo divino fué a su casa a buscar un papel, pluma y colores y dibujó
la aparición; y cuando hubo terminado, la señal desapareció”. (Fray
Benedetto: _Vulnera diligentis_, tercera parte. Mss. Riccardianus 2985.
Citado por Thode, según Villari).
[479] Henry Thode.
[480] Cuando Leone Leoni, en 1560, grabó una medalla con la efigie de
Miguel Ángel, éste mandó dibujar en el anverso un ciego conducido por
un perro, con esta inscripción: _Docebo iniquos vias tuas et impii ad
te convertentur._ (Vasari).
[481] _Crucifijo_, _Entierro de Cristo_, _Descendimiento de la Cruz_,
_Pietà_.
[482] Apéndice, XXVI. (_Poesías_, CXLVII). Este soneto, que Frey
juzga con razón como el más hermoso de todos los de Miguel Ángel,
es de 1555-1556. Muchas otras poesías expresan con menor belleza de
forma, pero no con menos emoción y fe, un sentimiento análogo. Véase
Apéndice XXVII.
[483] Estos rumores eran puestos en circulación por el Aretino y por
Bandinelli. El Embajador del duque de Urbino contaba a quien quería
oírlo, en 1542, que Miguel Ángel se había hecho inmensamente rico
prestando con usura el dinero que había recibido de Julio II, para el
monumento que no había ejecutado. Miguel Ángel había dado pretexto
hasta cierto punto, para esas acusaciones, por la dureza que mostró
algunas veces en sus negocios (por ejemplo, con el viejo Signorelli,
a quien persiguió en 1518, por un préstamo hecho en 1513) y por una
rapacidad instintiva de campesino avaro que existía en él al mismo
tiempo que una generosidad natural; pero esto era, por decirlo así,
un gesto maquinal y hereditario. En realidad era de una extremada
negligencia en sus negocios y no llevaba nunca cuentas. No sabía lo que
tenía y daba a manos llenas. Su familia no dejó de aprovecharse de su
capital.
Hacía obsequios regios a sus amigos y a sus servidores. La mayor parte
de sus obras fueron regaladas y no vendidas; trabajó gratuitamente en
San Pedro. Nadie condenó tan severamente como él el amor al dinero. “La
avidez de lucro es un gran pecado”, escribió a su hermano Buonarroto.
Vasari protesta con indignación contra las calumnias de los enemigos de
Miguel Ángel, recuerda todo lo que su maestro ha dado: a Tommaso dei
Cavalieri, a Bindo Altoviti, a Sebastián del Piombo, a Gherardo Perini,
dibujos inestimables; a Antonio Mini, la _Leda_ con todos los esbozos
y los modelos; a Bartolommeo Bettini una admirable _Venus con Cupido
que la besa_; al marqués del Vasto, un _Noli me tangere_; a Roberto
Strozzi, los _Dos Esclavos_; a su servidor Antonio el _Descendimiento
de la Cruz_, etc. “Yo no sé cómo, concluye, se puede tratar de avaro al
hombre que prodigaba tales obras, que valían miles de escudos”.
[484] Cartas a Giovan Simone (1533); y a Lionardo Buonarroti,
(noviembre de 1540).
[485] Vasari.
[486] “Me parece que descuidas demasiado la caridad”, escribió a
Lionardo en 1547.
“Me escribes que quieres dar a esa mujer cuatro escudos de oro por el
amor de Dios, y eso me gusta”. (Agosto de 1547).
“Procura dar donde hay verdadera necesidad y no por amistad sino por
amor de Dios. No digas de dónde viene el dinero”. (Marzo 29 de 1549).
“No tienes que hacer ninguna mención de mí”. (Septiembre de 1547). “Me
sería más agradable que consagres a limosnas por el amor de Dios, el
dinero que gastas en regalos para mí; porque creo que hay mucha miseria
entre vosotros”. (1558).
“Viejo como soy, querría hacer algunos bienes con limosnas, porque no
puedo ni sé hacer el bien de otra manera”. (Julio 18 de 1561).
[487] Condivi.
[488] Carta a Lionardo. (Agosto de 1547).
[489] _Ibid._ (Diciembre 20 de 1550). También se informa de uno de los
Cerretani, que tiene una hija para entrar al convento. (Marzo 29 de
1549). Su sobrina Cecca intercede con él para una pobre muchacha que
entra al convento y él envía con todo gusto la suma que le pide. (A
Lionardo, mayo 31 de 1556). “Casarse con una joven pobre, decía en
alguna parte, es también una manera de dar limosna”.
EPÍLOGO
[Ilustración]
LA MUERTE
..._Et l’osteria
È morte_[490]...
La muerte, tan deseada y tan lenta para llegar, _c’a miseri la morte è
pigra e tardi..._[491] llegó al fin.
A pesar de su constitución que mantuvo con el rigor monástico de su
vida, no lo habían perdonado las enfermedades. Jamás sanó enteramente
de las fiebres perniciosas de 1544 y 1546; el mal de piedra[492], la
gota[493], y sufrimientos de toda clase, acabaron de arruinarlo. En
una poesía tristemente burlesca, de sus últimos años, pinta su cuerpo
miserable roído por las enfermedades:
“Vivo solo y miserable encerrado como la médula dentro de la corteza
del árbol... Mi voz es como una avispa en un saco de piel y de huesos.
Mis dientes parecen las teclas de un instrumento de música. Mi cara
parece un espantajo... Mis oídos no dejan de zumbar; en una oreja una
araña teje su tela y en la otra un grillo canta toda la noche... Mi
catarro anhelante no me deja dormir. El arte que me dió la gloria me ha
conducido a este fin. ...Soy un pobre viejo próximo a deshacerse si la
muerte no llega pronto... Las fatigas me han descuartizado, desgarrado
y roto, y la hostería que me espera es la muerte”[494].
“Mi querido messer Giorgio, escribía a Vasari en junio de
1555, conoceréis por mi escritura que he llegado a la hora
vigésimacuarta...”[495].
Vasari, que fué a verlo en la primavera de 1560, lo encontró muy
debilitado. Apenas salía, casi no dormía y todo hacía presumir que no
viviría por más tiempo. Al hacerse más débil se hacía más tierno y
lloraba fácilmente.
“He ido a ver a Miguel Ángel. No esperaba mi visita y se ha emocionado
tanto como un padre que vuelve a ver a su hijo perdido. Me ha echado
sus brazos alrededor del cuello y me ha besado mil veces, llorando
dulcemente”. (_Lacrymando per dolcezza_)[496].
No había perdido nada sin embargo de su lucidez de espíritu y de su
energía. En esta misma visita que cuenta Vasari, habló largamente con
él de diversos asuntos artísticos; le dió consejos para sus trabajos y
lo acompañó a caballo a San Pedro[497].
En el mes de agosto de 1561, tuvo un ataque. Había trabajado tres horas
seguidas con los pies desnudos, cuando sintió súbitos dolores y cayó
con convulsiones. Su servidor Antonio lo encontró sin conocimiento.
Cavalieri, Bandini y Calcagni, acudieron. Cuando llegaron, Miguel Ángel
había vuelto en sí. Algunos días después volvió a salir a caballo y a
trabajar en los dibujos de la _porta Pia_[498].
El intratable anciano no admitía bajo ningún pretexto que se ocuparan
de él. Era un tormento continuo para sus amigos saber que estaba
solo, con peligro de un nuevo ataque, con criados negligentes y poco
escrupulosos.
El heredero Lionardo había recibido antes tan ásperas demostraciones,
cuando había querido ir a Roma por enterarse de la salud de su tío,
que no se atrevía a presentarse. En julio de 1563, le mandó preguntar
por conducto de Daniel de Volterra si le sería agradable verlo; y para
prevenir las sospechas que su viaje hubiera podido inspirar al espíritu
desconfiado de Miguel Ángel, le mandó agregar que sus negocios iban
bien, que era rico y que no tenía necesidad de nada. El malicioso viejo
le mandó responder que puesto que era así, él se complacía y daría a
los pobres sus escasos bienes.
Un mes más tarde, Lionardo, poco satisfecho por la respuesta, volvió
a la carga y le mandó expresar las inquietudes que sentía respecto
a su salud y a las personas que lo rodeaban. Entonces Miguel Ángel
le contestó con una carta furibunda, que demuestra la sorprendente
vitalidad de este hombre a los ochenta y ocho años, seis meses antes
de su muerte:
“Veo por tu carta que concedes crédito a ciertos pillos envidiosos, que
porque no pueden robarme ni hacer de mí lo que quieren, escriben un
montón de mentiras. Todos ellos son unos bellacos, y tú eres tan tonto
que los crees, en lo que se refiere a mis negocios, como si yo fuera un
niño. Mándalos a pasear; son gentes que no dan más que disgustos, que
sólo son envidiosos y que viven como truhanes.
“Me escribes que sufro por la servidumbre, y yo te digo que en lo
que concierne al servicio no podría estar servido más fielmente ni
mejor tratado en todos sentidos. En cuanto a los temores de robo que
indicas, te digo que las gentes que están en mi casa son tales que me
permiten vivir en paz y tener confianza en ellos. Así pues, piensa en
ti mismo y no pienses en mis asuntos; porque yo sé defenderme en caso
de necesidad; no soy un niño. Deseo que estés bien”[499].
Lionardo no era el único que se inquietaba por la herencia. Toda Italia
era la heredera de Miguel Ángel, sobre todo el duque de Toscana y el
Papa, a quienes importaba no perder los dibujos y los planos relativos
a la construcción de San Lorenzo y de San Pedro. En junio de 1563,
por instigación de Vasari, el duque Cosme encargó a su Embajador
Averardo Serristori, gestionara secretamente con el Papa que en vista
del debilitamiento físico de Miguel Ángel se ejerciera una vigilancia
atenta sobre sus criados y sobre todos los que frecuentaban su casa.
En caso de muerte súbita se debía formar inmediatamente inventario de
todos sus bienes: dibujos, cartones, papeles, dinero, y vigilar para
que nada se perdiera en el primer desorden. A este efecto se tomaron
precauciones. Es inútil decir que se procuró cuidadosamente que Miguel
Ángel no supiera nada[500]. Estas precauciones no fueron inútiles. La
hora había llegado.
La última carta de Miguel Ángel es del 28 de diciembre de 1563. Desde
hacía un año no escribía él mismo, sino que dictaba y firmaba; Daniel
de Volterra llevaba la correspondencia.
No dejaba de trabajar. El 12 de febrero de 1564 pasó todo el día de
pie trabajando en la _Pietà_[501]. El 14 tuvo fiebre. Tiberio Calcagni
fué avisado, acudió, y no lo encontró en su casa. A pesar de la lluvia
había salido a pasearse a pie en la Campagna. Cuando volvió, Calcagni
le dijo que aquello no era razonable, que no debió haber salido con
semejante tiempo.
“¡Qué quieres!, respondió Miguel Ángel, estoy enfermo y no puedo
encontrar reposo en ninguna parte”.
Su palabra incierta, sus miradas y el color de su rostro, inquietaron
mucho a Calcagni. “El fin no vendrá inmediatamente, escribió desde
luego a Lionardo; pero temo que no esté muy lejano”[502]. El mismo día,
Miguel Ángel mandó suplicar a Daniel de Volterra que fuera a su casa y
se quedara cerca de él. Daniel mandó al médico Federigo Donati; y el 15
de febrero escribió a Lionardo, a petición de Miguel Ángel, que podía
ir a verlo, “pero tomando todas las precauciones porque los caminos
estaban muy malos”[503].
Y agrega: “acabo de dejarlo un poco después de las ocho en plena
posesión de sus facultades y con el espíritu tranquilo, pero agotado
por un sopor tenaz. Se sentía tan incómodo, que esta tarde entre tres y
cuatro, trató de salir a caballo como tenía costumbre de hacerlo cuando
hacía buen tiempo. El tiempo frío y la debilidad de su cabeza y de sus
piernas se lo impidieron. Tuvo que regresar y prefirió sentarse en un
sillón cerca de la chimenea en vez de acostarse en su cama”.
Junto a él estaba el fiel Cavalieri.
Sólo consintió en quedarse en el lecho hasta la antevíspera de su
muerte. Dictó su testamento, en plena conciencia, en medio de sus
amigos y sus servidores.
Ofreció “su alma a Dios y su cuerpo a la tierra”. Pidió volver a su
querida Florencia aunque fuera muerto.
Y después pasó
_da l’orribil procella in dolce calma_,
“de la horrible tempestad a la dulce calma”[504].
Fué un viernes de febrero como a las cinco de la tarde[505]. El día
terminaba... “último día de su vida y el primero en el reino de la
paz”[506].
Al fin descansaba. Había alcanzado el objeto de sus deseos, había
salido del tiempo.
_Beata l’alma, ove non corre tempo!_[507].
NOTAS:
[490] _Poesías_, LXXXI.
[491] “Porque para los desgraciados la muerte es perezosa”. (_Poesías_,
LXXIII, 30).
[492] En marzo de 1549, le recomendaron las aguas de Viterbo, que le
probaron bien. (Cartas a Lionardo). Volvió a sufrir de la piedra en
julio de 1559.
[493] En julio de 1555.
[494] Traducción libre. Véase Apéndice, XXVIII, (_Poesías_, LXXXI).
[495] Carta a Vasari, junio 22 de 1555. “No solamente estoy muy viejo,
escribía a Vasari en 1549, sino que me encuentro entre los muertos”.
(_Non solo son vecchio, ma quasi nel numero de’ morti_).
[496] Carta de Vasari a Cosme de Médicis, abril 8 de 1560.
[497] Tenía ochenta y cinco años.
[498] Entonces fué cuando se acordó del contrato celebrado sesenta
años antes con los herederos de Pío III, para el altar Piccolomini, de
Siena, y quiso ejecutarlo.
[499] Carta a Lionardo, en agosto 21 de 1563.
[500] Vasari.
[501] Se trata de la _Pietà_ no terminada del Palacio Rondanini. (Carta
de Daniel de Volterra, a Lionardo, junio 11 de 1564).
[502] Carta de Tiberio Calcagni a Lionardo. (Febrero 14 de 1564).
[503] Carta de Daniel de Volterra a Vasari. (Marzo 17 de 1564).
[504] _Poesías_, CLII.
[505] El viernes 18 de febrero de 1564. Tommaso dei Cavalieri, Daniel
de Volterra, Diomede Leoni, los dos médicos Federigo Donati y Gherardo
Fidelissimi, y el servidor Antonio del Franzese asistían a su muerte.
Lionardo no llegó a Roma más que tres días después.
[506]
_De giorni mie...
L’ultimo, primo in più tranquilla corte..._ (_Poesías_, CIX, 41).
[507] “Feliz el alma para la cual el tiempo ya no corre”. (_Poesías_,
LIX).
Tal fué esta vida de divino dolor.
_Foss’ io pur lui! c’ a tal fortuna nato,
Per l’aspro esilio suo con la virtute
Dare’ del mondo il più felice stato!_[508].
* * * * *
Al terminar esta historia trágica me siento atormentado por un
escrúpulo. Me pregunto si queriendo dar a los que sufren compañeros de
dolor que los sostengan, no he hecho más que agregar el dolor de éstos
al dolor de aquéllos. ¿He debido acaso como tantos otros no mostrar
más que lo heroico de los héroes, ocultando con un velo el abismo de
tristeza que hay en ellos?
¡No! ¡La verdad! Yo no he prometido a mis amigos la felicidad a costa
de la mentira, la felicidad a pesar de todo, a cualquier precio.
Yo les he prometido la verdad aunque sea a costa de la felicidad, la
verdad viril que cincela las almas eternas.
El aliento de la verdad es duro, pero al mismo tiempo es límpido;
bañemos en él nuestros corazones anémicos.
Las grandes almas son como altas cimas. El viento las azota, las nubes
las envuelven; pero ahí se respira mejor y con más fuerza que en otras
partes. El aire tiene ahí una pureza que lava las manchas de los
corazones; y cuando las nubes se retiran, desde ahí se domina al género
humano.
Así fué esta montaña colosal que se elevaba por encima de la Italia del
Renacimiento, y cuyo perfil atormentado vemos a lo lejos perderse en el
cielo.
Yo no pretendo que la mayoría de los hombres puedan vivir en estas
alturas. Pero que un día por año suban en peregrinación; ahí renovarán
el aliento de sus pulmones y la sangre de sus venas.
Allá arriba se sentirán más cerca del Eterno. Y después volverán a
bajar hacia la llanura de la vida con el corazón templado para el
combate diario.
ROMAIN ROLLAND
NOTAS:
[508] _Poesías_, CIX, 37.
[Ilustración]
APÉNDICE
POESÍAS DE MIGUEL ÁNGEL
I
Véase página 133
Signor, se vero è alcun proverbio antico,
Questo è ben quel, che chi può mai non vuole.
Tu hai creduto a favole e parole
E premiato chi è del ver nimico.
I’sono e fui già tuo buon servo antico,
A te son dato come i raggi al sole,
E del mio tempo non ti incresce o dole,
E men ti piaccio, se più m’affatico.
Già sperai ascender per la tua altezza,
E ’l giusto peso e la potente spada
Fosse al bisogno e non la voce d’eco.
Ma ’l cielo è quel c’ogni virtù disprezza
Locarla al mondo, se vuol c’altri vada
A prender frutto d’un arbor ch’è secco.
(Poesías, Ed. de Frey, III)
II
Véase página 146
L’ho già fatto un gozzo in questo stento,
Come fa l’acqua a’ gatti in Lombardia
Ovver d’altro paese che si sia,
C’a forza 'l ventre appicca sotto 'l mento.
La barba al cielo, e la memoria sento
In sullo scrigno, e ’l petto fo d’arpia,
E 'l pennel sopra 'l viso tuttavia
Mel fa, gocciando, un ricco pavimento.
E ’lombi entrati mi son nella peccia,
E fo del cul per contrappeso groppa,
E’passi senza gli occhi muovo invano.
Dinanzi mi s’allunga la corteccia,
E per piegarsi addietro si raggroppa,
E tendomi com’archo soriano.
Peró fallace e strano
Sorge il giudizio che la mente porta,
Che mal si tra’ per cerbottana torta.
La mia pittura morta
Difendi orma’, Giovanni, e ’l mio onore,
Non sendo in loco bon, né io pittore.
(Poesías, IX)
III
Véase página 147
Grato e felice, c’ a tuo’ feroci mali
Istare e vincer mi fu già concesso;
Or lasso, il petto vo bagnando spesso
Contra mie voglie, e so quante tu vali.
E se i dannosi e preteriti strali
Al segno del mio cor non fur ma’presso,
Or puoi a colpi vendicar te stesso
Di que’ begli occhi, e sien tutti mortali.
Da quanti lacci ancor, da quante rete
Vago uccelletto per maligna sorte
Campa molti anni per morire po’ peggio,
Tal di me, Donne, amor, come vedete,
Per darmi in questa età più crudel morte,
Campato m’ha gran tempo, come veggio.
(Poesías, II)
IV
Véase página 148
Quanto si gode, lieta e ben contesta
Di fior, sopra crin d’or d’una grillanda,
Che l’altro innanzi l’uno all’altro manda,
Come che’l primo sia a baciar la testa!
Contenta é tutto il giorno quella vesta
Che serra’l petto, e poi par che si spanda,
E quel c’oro filato si domanda
Le guance e ’l collo di toccar non resta.
Ma più lieto quel nastro par che goda,
Dorato in punta, con sí fatte tempre,
Che preme e tocca il petto che’ gli allaccia.
E la schietta cintura, che s’annoda,
Mi par dir seco: qui vo’ stringier sempre!
Or che farebbon dunque le mie braccia?
(Poesías, VII)
V
Véase página 149
...............................................
Quando un dì sto, che veder non ti posso,
Non posso trovar pace in luogo ignuno;
Se po’ ti veggo, mi s’appicca addosso,
Come suole il mangiar far al digiuno.
......................................
Com’ altri il ventre di votar si muore,
Ch’ è più 'l conforto, po’ che pri’ è 'l dolore.
......................................
S’ avien che la mi rida pure un poco
O mi saluti in mezzo della via,
Mi levo come polvere dal foco
O di bombarda o d’altra artiglieria.
Se mi domanda, subito m’affioco,
Perdo la voce e la riposta mia,
E subito s’arrende il gran desio,
E la speranza cede al poter mio.
......................................
Tu m’entrasti per gli occhi, ond’ io mi spargo,
Come grappol d’agresto in un’ ampolla,
Che doppo 'l collo cresce, ov’ è più largo.
Così l’immagin tua, che fuor m’immolla,
Dentro per gli occhi cresce, ond’ io m’ allargo,
Come pelle ove gonfia la midolla.
Entrando in me per sì stretto viaggio,
Che tu mai n’ esca, ardir creder non aggio.
(Poesías, XXXVI)
VI
Véase página 149, nota 2
Com’arò dunque ardire
Senza vo’ ma’, mio ben, tenermi’n vita,
S’io non posso al partir chiedervi aita?
Que’ singulti e que’ pianti e que’ sospiri,
Che’l miser core voi accompagnorno,
Madonna, duramente dimostrorno
La mia propinqua morte e’ miei martiri.
Ma se ver è, che per assenza mai
Mia fedel servitù vada in obblio,
Il cor lasso con voi, che non è mio.
(Poesías, XI)
VII
Véase página 173
Per molti, Donna, anzi per mille amanti,
Creata fosti, e d’angelica forma;
Or par che ’l ciel si dorma,
S’un sol s’appropria quel ch’è dato a tanti.
Ritorna a’ nostri pianti
Il bel degli occhi tuo’, che par che schivi
Chi del suo dono in tal miseria é nato.
Dei! non turbate i vostri desir santi:
Che chi di me par che vi spogli e privi,
Col gran timor non gode il gran peccato;
Che degli amanti é men felice stato
Quello, ove ’l gran desir gran copia affrena,
C’una miseria di speranza piena.
(Poesías, CIX, 48)
VIII
Véase página 174
S’alcun se stesso al mondo ancider lice,
Po’ che per morte al ciel tornar si crede,
Sarie ben giusto a chi con tanta fede
Vive servendo miser’ e 'nfelice.
........................................
(Poesías, XXXVIII)
IX
Véase página 177
......................................
Or che nostra miseria il ciel ti tolle,
Increscati di me, che morto vivo.
......................................
Tu se’ del morir morto e fatto divo,
Né tem’or più cangiar vita né voglia,
Che quasi senza invidia non lo scrivo.
Fortuna e 'l tempo dentro a vostra soglia
Non tenta trapassar, per cui s’adduce
Fra no’ dubbia letizia e certa doglia.
Nube non è che scuri vostra luce,
L’ore distinte a voi non fanno forza,
Caso o necessità non vi conduce.
Vostro splendor per notte non s’ammorza,
Né cresce ma’ per giorno, benché chiaro.
......................................
Nel tuo morire el mio morire imparo,
Padre mio caro...
Non è, com’alcun crede, morte il peggio
A chi l’ultimo dì trascende al primo,
Per grazia, eterno appresso al divin seggio;
Dove, Die gratia, ti prossumo e stimo,
E spero di veder, se 'l freddo core
Mie ragion tragge dal terrestre limo.
E se tra 'l padre e 'l figlio ottimo amore
Cresce nel ciel, crescendo ogni virtute.
(Poesías, LVIII)
X
Véase página 178