había muerto en 1546, Sebastián del Piombo, en 1547; su hermano Giovan
Simone en 1548. Nunca tuvo grandes relaciones con su último hermano,
Gismondo, que murió en 1555. Había concentrado su necesidad de afecto
familiar y brusco, en sus sobrinos huérfanos, los hijos de Buonarroto,
su hermano más amado. Eran dos, una niña, Cecca (Francesca), y un niño,
Lionardo.
Miguel Ángel puso a Cecca en un convento. Le pagó su equipo y su
pensión; iba a verla y cuando ella se casó[407], la dotó con una de
sus propiedades[408]. Se encargó personalmente de la educación de
Lionardo, que tenía nueve años a la muerte de su padre. Una larga
correspondencia, que recuerda a menudo la de Beethoven con su sobrino,
demuestra la seriedad con la cual cumplía su misión paternal[409]. No
le faltaron por este motivo frecuentes disgustos. Lionardo ponía a
prueba la paciencia de su tío y esta paciencia no era muy grande.
La mala letra del muchacho era suficiente para poner a Miguel Ángel
fuera de sí, porque creía que esto era una falta de respeto para él:
“Nunca recibo una carta tuya sin que sienta calentura antes de poder
leerla. No sé donde has aprendido tú a escribir. Será falta de amor.
Creo que si tuvieras que escribir al mayor asno del mundo, pondrías más
cuidado. He arrojado tu última carta al fuego porque no podía leerla.
Así es que no puedo contestarte. Ya te he dicho y repetido hasta
la saciedad, que siempre que recibo una carta tuya, me viene fiebre
antes de que pueda leerla. Una vez por todas, no me escribas ya más.
Si tienes algo que decirme busca alguien que sepa escribir, porque yo
necesito mi cabeza para otras cosas y no para agotarme descifrando tus
enigmas”[410].
Desconfiado por naturaleza, y más aún por las dificultades que había
tenido con sus hermanos, se hacía muy pocas ilusiones respecto al
cariño humilde y zalamero de su sobrino; este cariño le parecía más
bien dirigido hacia su caja fuerte, que el muchacho esperaba heredar.
Miguel Ángel se lo decía francamente. Una vez estando enfermo y en
peligro de muerte, supo que Lionardo había ido a Roma y había hecho
algunas diligencias indiscretas, y le escribió, furioso:
“¡Lionardo! Yo he estado enfermo y tú has ido a la casa de Ser Giovan
Francesco para ver si no había dejado nada. ¿No te basta con mi dinero
de Florencia? ¡No puedes desmentir tu raza, y dejar de parecerte a tu
padre, quien me arrojó en Florencia de mi propia casa! Debes saber que
he hecho un testamento de tal manera que no tengas nada que esperar de
mí; así, pues, vete con Dios, y no te presentes más ante mi vista ni me
escribas nunca”[411].
Estas cóleras no preocupaban mucho a Lionardo, porque generalmente
después seguían las cartas afectuosas y los obsequios[412]. Un año
más tarde, se precipitaba de nuevo a Roma atraído por la promesa
de un regalo de tres mil escudos. Miguel Ángel, ofendido por su
apresuramiento interesado, le escribe:
“Has venido a Roma con una prisa furiosa. No sé si habrías venido
tan pronto si yo me encontrara en la miseria y me faltara el pan...
Dices que era tu deber venir por amor para mí. ¡Sí, el amor de un
taladro[413]! Si me tuvieras cariño, me hubieras escrito: ‘Miguel
Ángel, guardad vuestros tres mil escudos y gastadlos en vos mismo,
porque ya nos habéis dado bastante; vuestra vida nos es más cara que la
fortuna’, pero desde hace cuarenta años habéis vivido de mí y nunca he
recibido ni una buena palabra[414]...”.
Una grave cuestión fué la del matrimonio de Lionardo, que ocupó al tío
y al sobrino durante seis años[415]. Lionardo condescendía con su tío
dócilmente; pensando en la herencia aceptaba todas sus observaciones,
lo dejaba escoger, discutir, rechazar los partidos que se le ofrecían y
él parecía indiferente.
Miguel Ángel, al contrario, se apasionaba como si él tuviera que
casarse. Consideraba el matrimonio como un asunto serio, para el cual
el amor era la menor condición; la fortuna no entraba tampoco en
cuenta, lo que importaba era la salud y la honorabilidad. Le daba rudos
consejos, desprovistos de poesía, robustos y positivos:
“Ésta es una gran decisión; acuérdate de que entre el hombre y la mujer
debe haber siempre una diferencia de edad de diez años, y fíjate en
que la que escojas no sea solamente buena, sino también sana. Se me ha
hablado de varias personas; unas me gustan y otras no. Si piensas en
ello, escríbeme si es que te gusta más una que otra, y yo te diré mi
opinión. Eres libre para tomar a una o a otra, con tal que sea noble y
bien educada, y más bien sin dote, que con una gran dote, para vivir
en paz[416]... Un florentino me ha dicho que te han hablado de una
muchacha de la casa Ginori, y que te gusta. A mí no me gusta que tomes
por mujer una hija cuyo padre no te la daría si tuviera bastante para
constituirle una dote conveniente. Yo deseo que el que quiera darte
una mujer te la dé a ti y no a tu fortuna. Tú piensa únicamente en
considerar la salud del alma y del cuerpo, la calidad de la sangre y de
las costumbres, y además ver quiénes son sus parientes, porque esto es
de gran importancia. Tómate el trabajo de buscar una mujer que no se
avergüence de lavar los platos en caso necesario y de ocuparse de las
cosas de la casa. En cuanto a la belleza, como tú no eres precisamente
el joven más bello de Florencia, no te preocupes, con tal que no sea ni
estropeada ni repugnante[417]...”.
Después de mucho buscar parecía haberse hallado el ave rara. Pero a
última hora he aquí que se le descubre un defecto de importancia:
“He sabido que tiene la vista corta, lo cual no me parece un defecto
pequeño; por eso no he prometido nada todavía; y puesto que tú tampoco
has prometido nada, mi opinión es que te desprendas, si estás seguro de
esta cosa”[418].
Lionardo se desalienta. Se sorprende por la insistencia de su tío para
casarlo, y éste responde:
“Es verdad, lo deseo, para que nuestra raza no acabe con nosotros. Sé
muy bien que el mundo no se trastornará por eso; pero de todos modos,
cada animal se esfuerza por conservar su especie. Por eso deseo que tú
te cases”[419].
Al fin, el mismo Miguel Ángel se cansa; comienza a encontrar ridículo
que él sea quien se ocupe siempre del matrimonio de Lionardo y que
éste no se interese en ello. Declara su propósito de abstenerse en lo
sucesivo:
“Desde hace sesenta años me he ocupado de vuestros asuntos; ahora estoy
viejo y tengo que pensar en los míos”.
Precisamente entonces tiene noticias de que su sobrino tiene relaciones
formales con Cassandra Ridolfi; se alegra de ello, lo felicita, y le
promete una dote de mil quinientos ducados. Lionardo se casa[420].
Miguel Ángel envía sus felicitaciones a los jóvenes esposos, y
promete un collar de perlas a Cassandra. La alegría no le impide sin
embargo advertir a su sobrino, “que aunque él no sea muy conocedor de
esas cosas, le parece que Lionardo debió haber arreglado todas las
cuestiones de dinero antes de conducir a la mujer a su casa; porque
siempre hay en estas cuestiones un germen de desunión”. Y termina con
esta recomendación burlesca:
“¡Vamos! ahora procurar vivir, y piensa bien en ello, porque el número
de las viudas es siempre más grande que el de los viudos”[421].
Dos meses después, en lugar del collar prometido, envió dos anillos
a Cassandra, uno adornado con un diamante y el otro con un rubí.
Cassandra, como agradecimiento, le manda ocho camisas. Miguel Ángel
escribe: “Son muy bonitas, sobre todo la tela, y me gustan mucho, pero
me disgusta que hayáis hecho este gasto, porque no me falta nada; da
las gracias a Cassandra por mí, y dile que estoy a su disposición para
enviarle todo lo que pueda encontrar aquí de artículos romanos u otros.
Esta vez sólo he mandado una insignificancia, otra vez haremos algo
mejor con algún objeto que le agrade; adviérteme solamente”[422].
Pronto vienen los hijos; el primero llamado Buonarroto[423], según el
deseo de Miguel Ángel, y el segundo Michelangelo[424]. Y el viejo tío
que invita a la joven pareja para que vaya a su casa de Roma, en 1556,
no deja de tomar parte afectuosamente en la alegría y en los dolores de
la familia, pero sin permitir nunca a los suyos que se ocupen de sus
negocios, ni siquiera de su salud.
* * * * *
Fuera de sus relaciones de familia no faltaron a Miguel Ángel amistades
ilustres o distinguidas[425]. A pesar de su humor salvaje sería
completamente falso representarlo como un campesino del Danubio, a la
manera de Beethoven. Fué un aristócrata italiano de alta cultura y de
raza fina.
Desde su adolescencia, que transcurrió en los jardines de San Marco,
cerca de Lorenzo el Magnífico, estuvo en relaciones con todo lo que
Italia tenía de más noble entre sus grandes señores, sus príncipes,
sus prelados[426], los escritores[427], y los artistas[428]. Tenía
contiendas de ingenio con el poeta Francesco Berni[429]; tenía
correspondencia con Benedetto Varchi; se cambiaba poesías con Luigi
del Riccio y con Donato Giannotti. Su conversación era muy buscada, lo
mismo que sus profundas observaciones sobre el arte y sus opiniones
sobre el Dante, que nadie conocía como él. Una dama romana[430],
escribía que cuando él quería, era “un gentil hombre de modales finos
y seductores, como apenas habría otro igual en Europa”. Los diálogos
de Giannotti y de Francisco de Holanda muestran su exquisita cortesía
y la costumbre que tenía del trato social. Y hasta se encuentra, en
algunas de sus cartas a los príncipes[431], que le hubiera sido fácil
ser un perfecto cortesano. El mundo nunca huyó de él, sino que él fué
quien lo tuvo a distancia, y no dependió más que de él mismo llevar
una vida triunfal. Era para Italia la encarnación del genio italiano.
Al fin de su carrera personificaba el gran Renacimiento como último
superviviente, y él sólo era todo un siglo de gloria.
No solamente los artistas lo miraban como un ser sobrenatural[432]. Los
príncipes se inclinaban ante él como si fuera un rey. Francisco I y
Catalina de Médicis, le rendían homenaje[433]. Cosme de Médicis quiso
nombrarlo senador[434]; y cuando fué a Roma[435], lo trató como a un
igual, lo hizo sentar a su lado, y conversó con él confidencialmente.
El hijo de Cosme, Francesco de Médicis, lo recibió con la gorra en
la mano, “demostrando un respeto sin límites para aquel hombre
extraordinario”[436]. En él no se honraba menos su genio que “su gran
virtud”[437]. Su vejez fué tan gloriosa como la de Goethe o la de Hugo,
pero él era un hombre distinto, no tenía ni la sed de popularidad del
uno, ni el respeto burgués del otro, por libre que fuera para el mundo
y para el orden establecido. Despreciaba la gloria y despreciaba al
mundo, y si servía a los papas era por la fuerza; pero no ocultaba
que “hasta los papas lo fastidiaban y lo enojaban algunas veces,
conversando con él y mandándolo buscar”, y que, “a pesar de sus órdenes
no iba a verlos cuando no tenía voluntad”[438].
“Cuando un hombre está hecho así por la naturaleza y por la educación y
odia las ceremonias y desprecia la hipocresía, lo racional es dejarlo
vivir como le conviene. Si no pide nada ni busca vuestra sociedad, ¿por
qué buscar la suya? ¿por qué quererlo rebajar a las vulgaridades que le
repugnan y lo hacen alejarse del mundo? No es un hombre superior el que
piensa complacer a los imbéciles más bien que a su genio”[439].
No tenía pues con el mundo más que las relaciones indispensables o
completamente intelectuales. No les permitía llegar hasta su intimidad;
y los papas, los príncipes, la gente de letras y los artistas tenían
poco lugar en su vida. Hasta con los muy pocos de entre ellos, para los
cuales sentía una verdadera simpatía, era raro que se estableciera una
amistad durable. Quería a sus amigos y era generoso con ellos; pero su
violencia, su orgullo y su desconfianza, transformaban con frecuencia a
los más favorecidos en enemigos mortales. Un día escribió esta bella y
triste carta:
“El pobre ingrato está hecho de tal manera que si lo ayudáis en su
desgracia, dice que él mismo os presta lo que vos le dais. Si le dais
trabajo para demostrarle vuestro interés, pretende que habéis tenido
que buscarlo porque vos no podéis hacerlo. De todos los beneficios que
recibe, dice que el benefactor se ha visto obligado a hacerlos, y si
los beneficios recibidos son tan evidentes que es imposible negarlos,
entonces el ingrato espera bastante tiempo para que aquél de quien
ha recibido el beneficio, cometa una falta evidente; entonces tiene
pretexto para hablar mal de él y librarse de todo reconocimiento. Así
se ha obrado siempre contra mí; y sin embargo, ningún artista se ha
dirigido a mí sin que yo no lo haya beneficiado con todo mi corazón.
Y después toman como pretexto mi carácter raro o la locura que me
atribuyen y que a nadie hace daño, para hablar mal de mí y ultrajarme.
Ésta es la recompensa de los que son buenos”[440].
* * * * *
En su propia casa tenía ayudantes bastante adictos, pero en general
mediocres. Se sospechaba que los escogía intencionalmente mediocres
para tener instrumentos dóciles y no colaboradores, lo que, por lo
demás, habría sido legítimo. Pero, dice Condivi: “...no era cierto,
como muchos le reprochaban, que no quería enseñar; al contrario, lo
hacía de buena gana. Desgraciadamente, la fatalidad quiso que le
tocaran sujetos poco capaces, o capaces, pero poco perseverantes, que
después de algunos meses de enseñanza se creían ya maestros”.
Es indudable que la primera cualidad que exigía de sus ayudantes
era una sumisión absoluta. Así como era despiadado para los que
desplegaban hacia él una independencia orgullosa, tuvo siempre tesoros
de indulgencia y de generosidad para los discípulos modestos y fieles.
El perezoso Urbano, “que no quería trabajar”[441], y que tenía
razón, porque cuando trabajaba, era para estropear irremediablemente
por su torpeza el _Cristo_ de la Minerva, fué objeto de sus cuidados
paternales durante una enfermedad[442]; llamaba a Miguel Ángel:
“querido como el mejor padre”. Piero di Giannoto fué “amado como un
hijo”. Silvio di Giovanni Cepparello, que salió de su casa para entrar
al servicio de Andrés Doria, le suplica desoladamente que le permita
volver con él. La historia conmovedora de Antonio Mini es un ejemplo
de la generosidad de Miguel Ángel para con sus ayudantes. Mini,
aquel discípulo que, según Vasari, “tenía buena voluntad pero no era
inteligente”, amaba a la hija de una pobre viuda de Florencia. Según
el deseo de sus padres, Miguel Ángel lo alejó de Florencia. Antonio
quiso ir a Francia[443]. Miguel Ángel le hizo un obsequio regio: “todos
los dibujos, todos los cartones, la pintura de _Leda_[444], todos los
modelos que había hecho para ella, tanto en cera como en arcilla”.
Provisto con esta fortuna, Antonio partió[445]. Pero la mala suerte que
perseguía todos los proyectos de Miguel Ángel, fué más dura todavía
con los de su humilde amigo. Fué a París para enseñar el cuadro de
la _Leda_ al Rey. Francisco I estaba ausente; Antonio dejó la _Leda_
guardada en la casa de un italiano amigo suyo, Giuliano Buonaccorsi,
y volvió a Lyon, donde se había establecido. Cuando regresó a París
algunos meses más tarde, la _Leda_ había desaparecido. Buonaccorsi la
había vendido por su cuenta a Francisco I. Antonio, enloquecido y sin
recursos, incapaz de defenderse, perdido en aquella ciudad extranjera,
murió de aflicción a fines de 1533.
Pero de todos sus ayudantes el más amado de Miguel Ángel y a quien
su afecto aseguró la inmortalidad, fué Francesco d’Amadore, por
sobrenombre Urbino, de Castel Durante. Desde 1530 estaba al servicio
de Miguel Ángel, y trabajó bajo sus órdenes en la tumba de Julio II.
Miguel Ángel se preocupaba por su porvenir.
Le decía: “¿qué harás tú si yo muero?” Urbino respondió: “serviré a
otro”.
--¡Oh infeliz! dijo Miguel Ángel, quiero remediar tu miseria.
“Y le dió dos mil escudos juntos. Un obsequio como sólo los emperadores
y los papas podían hacer”[446].
Urbino fué quien murió primero[447]. Al día siguiente de su muerte,
Miguel Ángel le escribió a su sobrino:
“Urbino murió ayer en la tarde, a las cuatro. Me ha dejado tan afligido
y turbado que me hubiera sido más dulce morir con él, por el cariño
que yo le tenía; y bien lo merecía, porque era un hombre digno, leal y
fiel. Su muerte hace que me parezca no vivir, y no puedo recobrar la
tranquilidad”.
Su dolor era tan profundo que tres meses después decía en una carta
célebre, a Vasari:
“Messer Giorgio, mi querido amigo, es posible que escriba mal; sin
embargo, en respuesta a vuestra carta, escribiré algunas palabras. Ya
sabéis que Urbino ha muerto, lo que es para mí una pena muy cruel, pero
también una gracia muy grande que Dios me ha hecho. Esta gracia es que
él, que viviendo guardó mi vida, muriendo me ha enseñado a morir,
no con pesar, sino con el deseo de la muerte. Me sirvió veintiséis
años y siempre lo encontré seguro y muy fiel. Yo lo había enriquecido
y ahora que contaba con él para que fuera el sostén de mi vejez, me
fué quitado; y no me queda otra esperanza más que volverlo a ver en
el paraíso, donde Dios ha demostrado que debía estar, por la muerte
muy feliz que le procuró. Lo que ha sido para él más duro que la
muerte, fué dejarme vivo en este mundo engañador, y en medio de tantas
inquietudes. La mejor parte de mí mismo se ha ido con él y no me queda
ya nada más que una miseria infinita”[448].
En su desolación, rogó a su sobrino que fuera a verlo a Roma. Lionardo
y Cassandra, inquietos por su tristeza, fueron y lo encontraron muy
debilitado. Tuvo que hacer nuevos esfuerzos, por la obligación que
Urbino le había impuesto de encargarse de la tutela de sus hijos, de
los cuales uno era su ahijado y llevaba su nombre[449].
* * * * *
Tenía otras amistades extrañas. Por la necesidad de reacción contra
todas las imposiciones de la sociedad, que es tan fuerte en las
naturalezas robustas, le gustaba rodearse de gentes sencillas de
espíritu, que tenían salidas inesperadas y maneras libres, gentes que
no fueran como todo el mundo: un tal Topolino, tallador de piedras en
Carrara, “que se imaginaba ser un escultor distinguido y que nunca
hubiera dejado partir para Roma un barco cargado con bloques de mármol,
sin mandar tres o cuatro pequeñas figuras modeladas por él, que hacían
morir de risa a Miguel Ángel”[450]. Un Menighella, pintor de Valdarno,
“que iba de vez en cuando a la casa de Miguel Ángel, para que le
dibujara un San Roque o un San Antonio que después iluminaba y vendía
a los campesinos”. Y Miguel Ángel, con quien los reyes tenían tanto
trabajo para obtener la obra más pequeña, dejaba todo para ejecutar
estos dibujos según las indicaciones de Menighella, entre otros un
_Crucifijo_ admirable[451]; un barbero que se ocupaba también de pintar
y para quien dibujó un _San Francisco con los estigmas_; uno de sus
obreros romanos que trabajó en la tumba de Julio II y que creyó haberse
hecho un gran escultor, sin haberlo notado, porque siguiendo dócilmente
las indicaciones de Miguel Ángel había hecho salir del mármol, con
estupefacción suya, una hermosa estatua; el chistoso orfebre Piloto,
apodado Lasca; el holgazán Indaco, pintor singular, “tan amante de
la charla que despreciaba la pintura”, y que acostumbraba decir
que “trabajar siempre sin tomarse algún placer era indigno de un
cristiano”[452], y sobre todo el ridículo e inofensivo Giuliano
Bugiardini, para quien Miguel Ángel tenía una simpatía especial.
Giuliano tenía una bondad natural, una manera sencilla de vivir, sin
maldad y sin envidia, que gustaba infinitamente a Miguel Ángel. No
tenía más defecto que amar demasiado sus propias obras. Pero Miguel
Ángel lo estimaba feliz precisamente por esto, porque él mismo era muy
desgraciado no pudiendo satisfacerse plenamente con nada... Una vez
messer Ottaviano de Médicis había pedido a Giuliano que le hiciera un
retrato de Miguel Ángel.
Giuliano se puso a trabajar; y después de haber tenido a Miguel Ángel
sentado dos horas sin hablar, le dijo: “Miguel Ángel, ven a ver,
levántate ya; he atrapado lo esencial de tu fisonomía”. Miguel Ángel
se levantó, y cuando vió el retrato, le dijo riendo a Giuliano: “¿qué
diablos has hecho? mira, me has hundido un ojo en la sien”. Giuliano,
con estas palabras, se puso fuera de sí. Miró varias veces al retrato
y a su modelo, alternativamente, y respondió con atrevimiento: “No me
parece; pero vuelve a tu sitio y lo corregiré, si hay lugar”. Miguel
Ángel, que sabía lo que pasaba, se volvió a poner, sonriendo, enfrente
de Giuliano, quien lo miró varias veces lo mismo que a la pintura.
Después se levantó, y dijo: “el ojo está tal como yo lo he dibujado, y
la naturaleza así lo muestra”. “Pues bien, dijo Miguel Ángel riendo, es
culpa de la naturaleza. Continúa y no ahorres los colores”[453].
Tanta indulgencia, que Miguel Ángel no acostumbraba prodigar con otros
hombres y que concedía a esta gente humilde, indica un humor burlón que
se divierte con las ridiculeces humanas[454], al mismo tiempo que una
piedad afectuosa para esos pobres locos que se creían grandes artistas
y que le inspiraban tal vez un retorno hacia su propia locura. En esto
había mucho de ironía melancólica y burlesca.
NOTAS:
[387] _Poesías_, CXXIII.
[388] Carta de Miguel Ángel a Vasari (19 de septiembre de 1552).
[389] Carta de Miguel Ángel a Lionardo su sobrino (julio de 1557).
[390] Se trata aquí de Antonio da San Gallo, arquitecto en jefe de San
Pedro desde 1537 hasta su muerte, en octubre de 1546. Siempre había
sido enemigo de Miguel Ángel, quien lo trató sin consideraciones.
Se pusieron en pugna el uno contra el otro a propósito de las
fortificaciones del Borgo, barrio del Vaticano, para las cuales Miguel
Ángel hizo que se rechazaran los planos de San Gallo, en 1545, y cuando
la construcción del Palacio Farnesio que San Gallo había edificado
hasta el segundo piso, y que Miguel Ángel terminó, imponiendo en 1549
su modelo para la cornisa y eliminando el proyecto de su rival. (Véase
el _Michelangelo_ de Thode).
[391] El futuro Papa Marcelo II.
[392] Vasari.
[393] Bottari.
[394] Al terminar la investigación de 1551, Miguel Ángel, dirigiéndose
a Julio III que la presidía, le dijo: “Santo Padre, ya veis cuáles son
mis ganancias; si las molestias que sufro no sirven a mi alma, pierdo
mi tiempo y mi trabajo”. El Papa, que lo quería, le puso las manos en
los hombros, y respondió: “Tú ganas para los dos, para tu cuerpo y para
tu alma. No tengas temor”. (Vasari).
[395] Paulo III había muerto el 10 de noviembre de 1549, y Julio III,
que también amaba a Miguel Ángel, reinó del 8 de febrero de 1550 al 23
de marzo de 1555. El Cardenal Cervini fué electo el 9 de abril de 1555
bajo el nombre de Marcelo II; no reinó más que algunos días. Paulo IV
Caraffa lo sucedió el 23 de mayo de 1555.
[396] Carta de Miguel Ángel a Lionardo (mayo de 1555). Inquieto por las
críticas de sus propios amigos, llegó a pedir sin embargo en 1560, “que
se tuviera a bien descargarlo del fardo que llevaba gratuitamente desde
hacía diecisiete años por orden de los Papas”. Pero su dimisión no fué
aceptada y Pío IV renovó sus poderes, por medio de un breve. Entonces
fué cuando se resolvió al fin a ejecutar, por instancias de Cavalieri,
el modelo en madera de la cúpula. Hasta entonces se había reservado
todos sus proyectos, rehusándose a dejar ver nada a quienquiera que
fuese.
[397] No por eso Nanni dejó de rogar al duque Cosme, al día siguiente
de la muerte de Miguel Ángel, que se le diera la sucesión de éste en
San Pedro.
[398] Miguel Ángel no pudo ver construidas más que las escaleras y la
plaza. Los edificios del Capitolio no fueron terminados hasta el siglo
XVII.
[399] De la Iglesia de Miguel Ángel no queda nada ahora. Fué
reconstruida enteramente en el siglo XVIII.
[400] Se ejecutó el modelo de Miguel Ángel en piedra y no en madera,
como él quería.
[401] En 1559-1560.
[402] Vasari.
[403] _Ibid._ En 1553 fué cuando comenzó esta obra, la más conmovedora
de todas las suyas, porque es la más íntima. Se siente que ahí no habla
más que por sí mismo, que sufre y se abandona a su sufrimiento. Y hasta
parece que se representó a sí mismo en el viejo de cara dolorosa que
sostiene el cuerpo de Cristo.
[404] En 1555.
[405] Tiberio Calcagni la compró a Antonio y pidió a Miguel Ángel
permiso de repararla. Miguel Ángel consintió y Calcagni reajustó el
grupo; pero murió y la obra quedó sin terminar.
[406] _Poesías_, LXXXI, (por el año de 1550). Sin embargo, algunas
poesías que también parecen de su extrema vejez, demuestran que la
llama no estaba tan apagada como creía, y que como él decía, la vieja
leña quemada levantaba llama de vez en cuando. (Véase Apéndice, XXII.
_Poesías_, CX y CXIX).
[407] Se casó en 1538 con Michele di Niccoló Guicciardini.
[408] Una propiedad en Pozzolatico.