[285] “Cuando el Papa Clemente y los españoles pusieron sitio a

Florencia--cuenta Miguel Ángel a Francisco de Holanda--los enemigos

fueron mucho tiempo detenidos por las máquinas que yo hice construir

sobre la terraza. Una noche hacía yo que se cubriera el exterior de

los muros con sacos de lana; otra, mandaba cavar fosos para llenarlos

de pólvora y hacerlos estallar, quemando a los Castellanos de tal modo

que saltaran por el aire sus miembros desgarrados... ¡Para eso sirve

la pintura! para las máquinas y los instrumentos de guerra; para dar

una forma conveniente a las bombardas y a los arcabuces; para construir

puentes y confeccionar escalas, y sobre todo para los planos y las

proporciones de las fortalezas, de los bastiones, de los fosos, de las

minas y de las contraminas...”. (Francisco de Holanda: _Diálogo sobre

la pintura en la ciudad de Roma_. Tercera parte, 1549).

[286] Carta de Sebastián del Piombo a Miguel Ángel (abril 29 de 1531).

[287] Condivi. Desde el 11 de diciembre de 1530, la pensión de Miguel

Ángel fué restablecida por el Papa.

[288] Otoño de 1530. La estatua está en el _Museo Nazionale_ de

Florencia.

[289] En 1544.

[290] En estos mismos años, los más sombríos de su vida, Miguel Ángel,

por una reacción salvaje de su naturaleza contra el pesimismo cristiano

que lo ahogaba, ejecutó obras de un paganismo audaz, como la _Leda

acariciada por el Cisne_--1529-1530--la cual, pintada para el duque de

Ferrara, obsequiada después por Miguel Ángel a su discípulo Antonio

Mini, fué llevada por este último a Francia donde se dice que fué

destruida por el año de 1643, a causa de su aspecto lascivo, por Sublet

des Noyers. Un poco más tarde, Miguel Ángel pintó para Bartolommeo

Bettini, una _Venus acariciada por el amor_, de la cual Pontormo hizo

un cuadro que está en los Uffizi. Otros dibujos de un impudor grandioso

y severo son probablemente de la misma época. Carlos Blanc describe uno

de ellos: “En él se ven los transportes de una mujer violada, que se

defiende contra un robusto raptor, pero no sin expresar un involuntario

sentimiento de dicha y orgullo”.

[291] La _Noche_ fué esculpida probablemente en el otoño de 1530;

estaba terminada en la primavera de 1531; la _Aurora_, en septiembre

de 1531; el _Crepúsculo_ y el _Día_, un poco después. Véase doctor

Ernst Steinmann: _Das Geheimnis der Medicigraber Michel Angelos_, 1907,

Hiersemann. Leipzig.

[292] _Poesías_, CIX, 16, 17. Según Frey de fecha de 1545.

[293] Miguel Ángel imagina un diálogo entre Florencia y los florentinos

desterrados.

[294] _Poesías_, CIX, 48. Véase Apéndice VII.

[295] Carta de Sebastián del Piombo a Miguel Ángel, de 24 de febrero de

1531. Era la primera carta que le escribía después del saqueo de Roma:

“Dios sabe cuán feliz he sido porque después de tantas miserias y

peligros, el Todopoderoso nos haya dejado vivos y con buena salud por

su misericordia y su piedad. Cuando pienso en ello me parece una cosa

verdaderamente maravillosa... Ahora, compadre mío, que hemos pasado

por el agua y por el fuego y hemos sufrido cosas inimaginables, demos

gracias a Dios por todo, y pasemos al menos el resto de nuestra vida en

el mayor reposo posible. Hay que contar muy poco con la Fortuna, porque

es pérfida y dolorosa...”.

En esta época se violaba la correspondencia. Sebastián recomendaba a

Miguel Ángel, considerado como sospechoso, que desfigurara su escritura.

[296] _Poesías_, XXXVIII. Véase Apéndice VIII.

[297] “..._Non voria che ve fachinasti tanto_...”. Carta de Pier Paolo

Marzi a Miguel Ángel, junio 20 de 1531. Véase carta de Sebastián del

Piombo a Miguel Ángel (junio 16 de 1531).

[298] Carta de Giovanni Battista di Paolo Mini a Valori, de 29 de

septiembre de 1531.

[299] “..._Né aliquo modo laborare debeas, nisi in sepultura et opera

nostra, quam tibi commisimus_...”.

[300] Carta de Benvenuto della Volpaja a Miguel Ángel. Noviembre 26 de

1531.

[301] “Si no tuvierais el escudo del Papa, le escribe Sebastián,

saltarían como serpientes”. (_Saltariano come serpenti._) Marzo 5 de

1532.

[302] Ya no se trataba más que de entregar para la tumba, que debía

ser levantada en San Pedro Ad Víncula, seis estatuas comenzadas y no

terminadas:--sin duda el _Moisés_, la _Victoria_ y los _Esclavos_ y las

figuras de la gruta Boboli.

[303] Carta de Sebastián del Piombo a Miguel Ángel (abril 6 de 1532).

[304] Muchas veces Clemente VII tuvo que tomar la defensa de Miguel

Ángel, contra su sobrino Alejandro. Sebastián del Piombo cuenta a

Miguel Ángel una escena de este género en la cual “el Papa habló con

tanta vehemencia, furor, y resentimiento, en términos tan terribles,

que no es permitido escribirlos”. (Agosto 16 de 1533).

[305] Condivi.

[306] Miguel Ángel había ejecutado parcialmente siete estatuas, y las

dos tumbas de Lorenzo de Urbina y de Julián de Nemours y la Madona. No

había comenzado las cuatro estatuas de los ríos, que quería hacer, y

abandonó a otros las figuras para las tumbas de Lorenzo el Magnífico y

de Julián, hermano de Lorenzo.

[307] Vasari preguntó a Miguel Ángel en 17 de marzo de 1563, “que qué

pensaba hacer respecto a las pinturas sobre los muros”.

[308] No se supo siquiera dónde colocar las estatuas ya hechas, ni

cuáles había querido hacer para los nichos que estaban vacíos. En

vano Vasari y Ammanati, encargados por el duque Cosme I de acabar la

obra emprendida por Miguel Ángel, se dirigieron a él: no se acordaba

de nada. “La memoria y el espíritu se me han anticipado, escribía en

agosto de 1557, para esperarme en el otro mundo”.

[309] Miguel Ángel recibió los derechos de ciudadano romano el 20 de

marzo de 1546.

[310] Buonarroto, muerto de la peste en 1528.

[311] En junio de 1534.

[312] _Poesías_, LVIII. Véase Apéndice IX.

[313] _Poesías_, XLIX. Véase Apéndice X.

LA ABDICACIÓN

[Ilustración]

I

AMOR

_I’ me la morte, in te la vita mia._[314]

Entonces, en este corazón despedazado, después de renunciar a todo

lo que lo hacía vivir, se levantó una vida nueva, refloreció una

primavera, el amor ardió con una llama más clara. Pero este amor no

tenía casi nada de egoísta ni de sensual. Fué la adoración mística

de la belleza de un Cavalieri; fué la religiosa amistad de Vittoria

Colonna, comunión apasionada de dos almas en Dios; fué, en fin, la

ternura paternal para sus sobrinos huérfanos, la piedad para los

pobres y para los débiles, la santa caridad.

El amor de Miguel Ángel para Tommaso dei Cavalieri es muy propio

para desconcertar a la mayoría de los espíritus, ya sean bien o mal

intencionados. Hasta en la Italia del fin del Renacimiento era muy a

propósito para provocar interpretaciones desagradables; el Aretino

lo comentaba injuriosamente[315]. Pero las injurias de los Aretinos,

porque siempre los hay, no pueden alcanzar a un Miguel Ángel.

“Se forman en su corazón un Miguel Ángel del género de su propio

corazón”[316].

Ninguna alma fué más pura que la de Miguel Ángel; nadie tuvo del amor

un concepto más religioso.

“Con frecuencia he oído--decía Condivi--a Miguel Ángel hablando del

amor; y los que estaban presentes decían que Platón no hablaba de otro

modo. Por mi parte, yo no sé lo que Platón dijo; pero sé muy bien que

después de haber tenido por mucho tiempo amistad íntima con él, nunca

oí salir de sus labios más que conceptos honorables que tenían fuerza

para extinguir en los jóvenes los deseos desordenados que los agitan”.

Pero este idealismo platónico, no tenía nada de literario ni de frío;

se adunaba con una fuerza del pensamiento que hacía de Miguel Ángel una

verdadera víctima de todo lo bello que veía. El propio Miguel Ángel no

lo ignoraba y un día, al rehusar una invitación de su amigo Giannotti,

dijo:

“Cuando veo a un hombre que posee algún talento o algún don del

espíritu, un hombre que logra hacer o decir algo mejor que el resto

del mundo, me siento atraído hacia él y me entrego de tal modo que ya

no me pertenezco a mí mismo... todos vosotros estáis tan bien dotados

que si aceptara vuestra invitación, perdería mi libertad; cada uno

de vosotros me robaría un pedazo de mí mismo. Hasta el bailarín y el

tocador de laúd, si fueran eminentes en su arte, harían de mí lo que

quisieran. En vez de descansar, fortificarme y recobrar la serenidad en

vuestra compañía, quedaría mi alma desgarrada y dispersa a todos los

vientos, de tal manera que durante muchos días después no sabría yo en

qué mundo me muevo”[317].

Si así lo conquistaban la belleza de los pensamientos de las palabras o

de los sentidos, mucho más lo conmovía la belleza del cuerpo.

_La forza d’un bel viso a che mi sprona!

C’altro non è c’al mondo mi diletti_[318]...

“La fuerza de un rostro hermoso es para mí un gran estímulo y no hay

nada en el mundo que me produzca tanto deleite”.

Para este creador de formas admirables, que era al mismo tiempo un gran

creyente, un hermoso cuerpo era divino, un hermoso cuerpo era como

Dios mismo, apareciendo bajo el velo de la carne. Como Moisés frente

a la zarza ardiente, Miguel Ángel se aproximaba tembloroso. El objeto

de su adoración era verdaderamente para él, como decía, un _Ídolo_. Se

prosternaba a sus pies, y esta humillación voluntaria del gran hombre,

penosa para el mismo Cavalieri, era tanto más extraña cuanto que con

frecuencia el ídolo de bello rostro tenía un alma vulgar y despreciable

como Febo di Poggio. Pero Miguel Ángel no veía nada... ¿No veía en

verdad?--no quería ver nada;--en su corazón era donde modelaba la

estatua apenas esbozada.

El más antiguo de sus amantes ideales, de sus ensueños vivientes,

fué Gherardo Perini, por el año de 1522[319]. Miguel Ángel se enamoró

de Febo di Poggio en 1533, y de Cecchino dei Bracci en 1544[320]. Su

amistad para Cavalieri no fué pues exclusiva y única, pero fué durable

y alcanzó un grado de exaltación, justificada, hasta cierto punto, no

solamente por la belleza sino por la nobleza moral de su amigo.

Dice Vasari: “Por encima de todos, sin comparación, amó a Tommaso dei

Cavalieri, gentilhombre romano, joven y apasionado por el arte; hizo de

él un retrato de tamaño natural, el único retrato que dibujó, porque

tenía horror de copiar a una persona viva a menos que no fuese de una

incomparable belleza”.

Varchi agrega:

“Cuando vi en Roma a Messer Tommaso Cavalieri, tenía no solamente

una incomparable belleza, sino maneras tan agraciadas, un espíritu

tan distinguido y una conducta tan noble que bien merecía ser amado

mientras más se le conocía”[321].

Miguel Ángel lo conoció en Roma en el otoño de 1532. La primera carta

que Cavalieri escribió contestando a las declaraciones inflamadas de

Miguel Ángel, está llena de dignidad:

“He recibido una carta vuestra que me ha sido tanto más grata cuanto

era inesperada; digo inesperada, porque no me juzgo digno de que un

hombre como vos me escriba. En cuanto a lo que decís en mi alabanza y

de mis trabajos, por los cuales me aseguráis una simpatía no pequeña,

os respondo que no son de naturaleza tal para que un hombre de genio

como el vuestro, como no existe otro sobre la tierra, ya no digo igual,

pero ni siquiera aproximado, escriba a un joven que principia apenas y

que es tan ignorante. Yo no creo que me mintáis, pero sí creo, estoy

seguro, de que el afecto que me tenéis no tiene otra causa más que el

amor que un hombre como vos debe necesariamente tener para los que se

consagran al arte y lo aman. Yo soy de éstos, y en este punto no cedo

a nadie. Os devuelvo vuestro afecto, lo prometo; nunca he estimado a

un hombre tanto como a vos, nunca he deseado una amistad tanto como

la vuestra. Os suplico que me tengáis por vuestro servidor, cuando

sea oportuno, y me recomiendo eternamente a vos. Vuestro muy adicto,

Tommaso Cavalieri”[322].

Cavalieri parece haber conservado siempre este tono de afecto

respetuoso y reservado. Permaneció fiel a Miguel Ángel hasta su última

hora, en la cual estuvo presente. Tuvo siempre su confianza, era el

único que pasaba por tener influencia sobre él y tuvo el raro mérito

de usarla siempre para el bien y la grandeza de su amigo; él fué el

que decidió a Miguel Ángel a terminar el modelo en madera de la cúpula

de San Pedro; él fué quien conservó los planos de Miguel Ángel para la

construcción del Capitolio y quien trabajó para realizarlos; él fué, en

fin, quien después de la muerte de Miguel Ángel vigiló el cumplimiento

de su voluntad.

Pero la amistad de Miguel Ángel para él era como una locura de amor.

Le escribía cartas delirantes, se dirigía a su ídolo prosternando la

frente en el polvo[323]. Lo llama un “genio poderoso... un milagro...

la luz de nuestro siglo”; le suplica “que no lo desprecie porque no

puede compararse a él, porque nadie puede igualarlo”. Le ofrece como un

homenaje todo su presente y todo su porvenir, y agrega:

“Es para mí un dolor infinito no poder daros también mi pasado para

poder serviros por más tiempo; porque el porvenir será corto, ya estoy

muy viejo[324]... No creo que nada pueda destruir nuestra amistad,

aunque hablo de una manera muy presuntuosa porque estoy infinitamente

por debajo de vos[325]... Tan fácilmente podría olvidar vuestra

amistad como el alimento que me da la vida; sí, más bien olvidaría el

alimento que sostiene únicamente mi cuerpo sin placer, que vuestro

nombre que alimenta al cuerpo y el alma y los llena de una dulzura

tal que mientras pienso en vos no siento ni sufrimiento ni temor de

la muerte[326]. Mi alma está en las manos de aquél a quien yo se la

he dado[327]... Si yo tuviera que dejar de pensar en él, creo que

caería muerto inmediatamente”[328]. Hizo a Cavalieri regalos soberbios:

“dibujos sorprendentes, cabezas maravillosas a lápiz rojo y negro que

había hecho expresamente para enseñarlo a dibujar. Después dibujó para

él un Ganímedes arrebatado al Cielo por el Águila de Zeus, un Tityos

con el buitre devorándole el corazón, la Caída de Faetonte en el Pó con

el carro del Sol y una Bacanal de niños; todas obras de la más rara

belleza y de una perfección inimaginables”[329].

Le dirigía también sonetos algunas veces admirables y muchas otras

obscuros, de los cuales algunos fueron pronto recitados en los círculos

literarios y conocidos por toda Italia[330]. Se ha dicho que el soneto

siguiente era “la más hermosa poesía lírica de Italia en el siglo

XVI”[331].

“Con vuestros ojos veo una dulce luz que con mis ojos ciegos no puedo

ver. Con vuestros pies soporto una carga pesada que con mis pies no

podría sostener. Por vuestro espíritu me siento elevado al cielo.

Según vuestra voluntad me pongo pálido o encendido, frío bajo el sol,

caliente entre las brumas frías. En vuestra voluntad está mi voluntad.

Mis pensamientos se forman en vuestro corazón y mis palabras en vuestro

aliento. Abandonado a mí mismo, soy como la luna si el sol no la

ilumina”[332].

Más célebre es todavía este otro soneto, uno de los más hermosos cantos

que se hayan escrito en honor de la perfecta amistad:

“Si un casto amor, si una piedad suprema, si una fortuna igual existen

entre dos amantes, si la suerte cruel hiere a uno lo mismo que al otro,

si un solo espíritu y una sola voluntad gobierna dos corazones, si una

alma se hace eterna en dos cuerpos llevándolos hacia el cielo con las

mismas alas, si el amor hiere con su flecha dorada dos pechos a la

vez, si el uno ama al otro y ninguno se ama a sí mismo, si los dos no

tienen más placer ni más alegría que aspirar juntos al mismo fin, si

mil y mil amores no serían más que la centésima parte de este amor y

de esta fe que los une, ¿por un solo desdén se rompería este lazo para

siempre?”[333].

Este olvido de sí mismo, este don ardiente de todo el ser que se funde

en el ser amado, no tenía siempre la misma serenidad. La tristeza

triunfaba, y el alma poseída por el amor, se debatía gimiendo.

“Lloro, ardo y me consumo y mi corazón con esto se alimenta...”.

_I’ piango, i’ ardo, i’ mi consumo, e 'l core

Di questo si nutrisce..._[334].

“Tú, que me has quitado la alegría de vivir”, dice a Cavalieri[335].

A estas poesías demasiado apasionadas, “el dulce y amado señor”[336]

Cavalieri oponía su frialdad afectuosa y tranquila[337]. La exageración

de esta amistad le chocaba en secreto. Miguel Ángel se disculpaba:

“Mi querido señor, no te irrites por mi amor que se dirige solamente a

lo que hay de mejor en ti[338]; porque el espíritu de uno debe sentirse

atraído por el espíritu del otro. Lo que yo deseo, lo que yo encuentro

en tu hermoso rostro, no puede ser comprendido por los hombres

vulgares. Quien quiera comprenderlo tiene que morir antes”[339].

Y seguramente esta pasión de la belleza no tenía nada que no fuera

honesto[340]. Pero la esfinge de este amor ardiente y turbio[341], y

casto a pesar de todo, no dejaba de ser inquietante y alucinada.

Estas amistades mórbidas--esfuerzos desesperados para negar la nada

de su vida y para crear el amor del cual estaba hambriento,--fueron

substituidas afortunadamente por el cariño sereno de una mujer, que

supo comprender a este niño viejo, solo y perdido en el mundo, y que

devolvió a su alma lacerada un poco de paz, de confianza, de razón, y

la aceptación melancólica de la vida y de la muerte.

* * * * *

En 1533 y 1534[342], fué cuando la amistad de Miguel Ángel por

Cavalieri llegó a su paroxismo. En 1535 comenzó a conocer a Vittoria

Colonna.

Había nacido ella en 1492; su padre era Fabrizio Colonna, señor de

Paliano, príncipe de Tagliacozzo. Su madre, Inés de Montefeltro, era

hija del gran Federico, príncipe de Urbino. Su familia una de las más

nobles de Italia, una de aquéllas en las cuales había encarnado mejor

el luminoso espíritu del Renacimiento. A los diecisiete años se casó

con el marqués de Pescara, Ferrante Francesco d’Avalos, gran General y

vencedor de Pavía. Ella lo amó; él no la amó. No era hermosa[343].

Las medallas que se conocen de ella muestran un semblante viril,

voluntarioso y un poco duro; frente alta, nariz larga y recta, labio

superior corto, y labio inferior un poco saliente; boca apretada y

mentón enérgico[344].

Filonico Alicarnasseo, que la conoció y escribió su vida, deja

entender, a pesar de todas las reticencias que usa, que era fea:

“cuando se casó con el marqués de Pescara--dice--se dedicó a

desarrollar los dones de su espíritu, porque como no poseía gran

belleza, se instruyó en las letras para asegurarse la belleza inmortal,

que no pasa como la otra”. Era apasionadamente intelectual. En un

soneto dice de sí misma que “los sentidos groseros, impotentes para

formar la armonía que produce el puro amor de las almas nobles,

no produjeron nunca en ella ni placer ni sufrimiento... Una llama

clara--agrega--elevó tan alto mi corazón, que los pensamientos bajos

lo ofenden”. No estaba hecha para ser amada por el brillante y sensual

Pescara. Pero como lo dispone la sinrazón del amor, estaba hecha para

amarlo y para sufrir por ello.

Sufrió cruelmente, en efecto, las infidelidades de su marido, que la

engañaba en su propia casa, a la vista de todo Nápoles. Sin embargo,

cuando él murió, en 1525, no se consoló; se refugió en la religión

y en la poesía; llevó una vida de claustro en Roma y después en

Nápoles[345]; sin renunciar desde luego a los pensamientos del mundo,

buscaba la soledad sólo para absorberse en el recuerdo de su amor

y cantarlo en sus versos. Estaba relacionada con todos los grandes

escritores de Italia, con Sadoletto, Bembo, Castiglioni, quien le

confió el manuscrito de su _Cortegiano_; con el Ariosto, que la celebró

en su Orlando; con Pablo Jovio, Bernardo Tasso, Ludovico Dolce. Después

de 1530 sus sonetos circularon por toda Italia y le conquistaron una

gloria única entre las mujeres de su tiempo. Retirada en Ischia,

cantaba sin cansarse su amor transfigurado, en la soledad de la bella

isla, en medio del mar armonioso.

Pero desde el año de 1534 se dedicó a la religión por completo. El

espíritu de reforma católica, el libre espíritu religioso que tendía

entonces a regenerar a la Iglesia evitando el cisma, se apoderó de

ella. No se sabe si conoció en Nápoles a Juan de Valdés[346]; pero la

conmovieron profundamente las predicaciones de Bernardino Ochino, de

Siena;[347] y fué amiga de Pietro Carnesecchi[348], de Giberti, de

Sadoletto, del noble Reginaldo Pole, y del más grande de estos prelados

reformadores que constituyeron en 1536 el _Collegium de emendanda

Ecclesia_, el Cardenal Gaspare Contarini[349], quien intentó en vano

establecer la unidad con los protestantes en la Dieta de Ratisbona y se

atrevió a escribir estas valientes palabras[350]:

“La ley de Cristo es una ley de libertad... no se puede llamar gobierno

al que está regido por la voluntad de un hombre, inclinado por la

naturaleza al mal e impulsado por innumerables pasiones. ¡No! Toda

soberanía es una soberanía de la razón. Tiene por objeto conducir por

caminos de justicia a todos aquéllos que le están sometidos a su justo

fin: la felicidad. La autoridad del Papa es también una autoridad de

la razón. Un Papa debe saber que ejerce esta autoridad sobre hombres

libres. No debe a su arbitrio ordenar, prohibir o dispensar, sino

únicamente según las reglas de la razón, de los divinos mandamientos y

del amor. Esta regla conduce todo a Dios y al bien común”.

Vittoria fué una de las almas más exaltadas de este pequeño grupo

idealista, donde se unían las más puras conciencias de Italia. Tuvo

correspondencia con Renato de Ferrara y con Margarita de Navarra;

y Pier Paolo Vergerio, más tarde protestante, la llamaba “una de

las luces de la verdad”. Pero cuando comenzó el movimiento de

contrarreforma dirigido por el despiadado Caraffa[351], cayó en una

duda mortal. Era, como Miguel Ángel, una alma apasionada pero débil;

tenía necesidad de creer y era incapaz de resistir a la autoridad de la

Iglesia. “Se mortificaba con ayunos y cilicios de tal manera que ya no

le quedaba más que la piel sobre los huesos”[352]. Su amigo el Cardenal

Pole[353] la tranquilizó obligándola a someterse, a humillar el orgullo

de su inteligencia y a olvidarse en Dios, en una especie de embriaguez

de sacrificio... Pero no se sacrificaba únicamente a sí misma sino a

sus amigos, porque tuvo que renegar de Ochino y entregar sus escritos

a la Inquisición de Roma. Como Miguel Ángel, este gran espíritu estaba

aniquilado por el miedo. Ahogaba sus remordimientos en un misticismo

desesperado:

“Habréis visto el caos de ignorancia donde yo estaba, y el laberinto

de errores hacia donde iba, con el cuerpo perpetuamente en movimiento

para encontrar reposo y el alma siempre agitada para encontrar la paz.

Dios ha querido que se me dijera ‘Fiat lux!’ y que se me mostrara que

yo no era nada y que todo estaba en Cristo”[354].

Deseaba la muerte como una liberación, y murió el 25 de febrero de 1547.

* * * * *

Conoció a Miguel Ángel cuando estaba más penetrada del libre misticismo

de Valdés y de Ochino. Esta mujer triste y atormentada, que tenía

siempre necesidad de un guía para apoyarse, no tenía menos necesidad de

un ser más débil y más desgraciado que ella para dedicarle todo el amor

maternal que llenaba su corazón.

Procuró ocultar su turbación a Miguel Ángel; serena en apariencia,

reservada, un poco fría, le trasmitió la paz que ella tenía que pedir

a otro. Su amistad, iniciada por el año de 1535, fué íntima desde el

otoño de 1538 y por completo fundada en Dios. Vittoria tenía cuarenta

y seis años y él sesenta y tres; ella vivía en Roma, en el Claustro de

San Silvestre in Capite, abajo del Monte Pincio.

Miguel Ángel habitaba cerca del Monte Cavallo. Se reunían los domingos

en la Iglesia de San Silvestre del Monte Cavallo. El hermano Ambrogio

Caterino Politi les leía las Epístolas de San Pablo y ellos las

discutían juntos. El pintor portugués Francisco de Holanda nos ha

conservado el recuerdo de estas conversaciones en sus cuatro _Diálogos

sobre la pintura_[355]. Son un cuadro vivo de esta amistad grave y

tierna.

La primera vez que Francisco de Holanda fué a la Iglesia de San

Silvestre, encontró a la marquesa de Pescara con algunos amigos

escuchando la lectura piadosa.

Miguel Ángel no estaba ahí. Cuando terminó la Epístola la amable señora

dijo sonriendo al extranjero:

--Francisco de Holanda habría oído sin duda con más gusto un discurso

de Miguel Ángel que esta predicación.

A lo cual Francisco, creyéndose tontamente ofendido, respondió:

--¿Qué, señora, le parece a Vuestra Excelencia que no entiendo otra

cosa y sólo sirvo para pintar?

Vidas Ejemplares: Beethoven—Miguel Ángel—Tolstoi · 第 12 / 31 段