misma indecisión de espíritu de que era víctima en su vida y en su
arte. Nunca llegó a conciliar sus sentimientos personales con sus
obligaciones para con los Médicis. Este genio violento fué siempre
tímido en la acción; no se atrevía a luchar contra las potencias de
este mundo en el terreno político ni en el religioso. Sus cartas
lo muestran siempre inquieto por sí y por los suyos; temeroso de
comprometerse, desmintiendo las palabras audaces que alguna vez
pronunciara, en el primer movimiento de indignación contra cualquier
acto de la tiranía[265]. Con frecuencia escribe a sus familiares que
tengan cuidado, que guarden silencio y huyan a la primera alarma:
“Obrad como en tiempo de peste, sed los primeros en huir... la vida
vale más que la fortuna. Vivid en paz, no os forméis ni un enemigo ni
os confiéis a nadie, excepto a Dios, y no habléis mal ni bien de nadie,
porque no se conoce el fin de las cosas; ocupaos solamente de vuestros
asuntos... no os mezcléis en nada”[266].
Sus hermanos y sus amigos se burlaban de sus inquietudes y lo trataban
de loco[267]. “No te burles de mí, respondía Miguel Ángel entristecido,
no debe uno burlarse de nadie”[268]. En efecto, el temor perpetuo
de este gran hombre no debe ser motivo de risa, sino más bien de
compasión, por sus nervios miserables que lo hacían juguete de sus
terrores, contra los cuales luchaba sin poder dominarlos. Más bien era
meritorio salir de estos accesos humillantes, y obligar a su cuerpo
y a su pensamiento enfermos, a afrontar el peligro, que en el primer
impulso lo empujaba a huir. Por lo demás, tenía más razones para temer
que ningún otro, porque era más inteligente y su pesimismo preveía con
toda claridad las desgracias de Italia. Mas, para que con su timidez
natural se dejara arrastrar en la revolución florentina, fué preciso
que estuviera en una exaltación desesperada que lo obligó a descubrir
el fondo de su alma. Esta alma tan tímidamente replegada sobre sí misma
era ardientemente republicana. Esto se ve en las palabras llameantes
que se le escaparon algunas veces en momentos de confianza o de fiebre,
particularmente en las conversaciones que tuvo más tarde[269] con sus
amigos Luigi del Riccio, Antonio Petreo y Donato Giannotti[270], y
que este último reprodujo en sus _Diálogos sobre La Divina Comedia
del Dante_[271]. Los amigos se admiraban de que Dante hubiera puesto
a Bruto y a Casio en el último grado del infierno y a César encima.
Interrogado Miguel Ángel, hizo la apología del tiranicidio:
“Si habéis leído atentamente los primeros cantos, dice, habréis visto
que Dante conocía muy bien la naturaleza de los tiranos y que ha sabido
qué castigo merecen recibir de Dios y de los hombres. Los coloca
entre los ‘violentos contra el prójimo’, castigados en el séptimo
círculo, hundiéndolos en sangre hirviente. Si Dante ha reconocido
esto, es imposible admitir que no haya reconocido que César fué tirano
de su patria y que Bruto y Casio lo asesinaron con justicia, porque
el que mata a un tirano no mata a un hombre sino a una bestia con
figura humana. Todos los tiranos carecen del amor que debe sentirse
naturalmente para el prójimo; están privados de inclinaciones humanas,
no son, pues, hombres, sino bestias; que no tienen ningún amor para el
prójimo, es la evidencia misma; de otro modo no habrían tomado lo que
pertenece a los demás y no habrían llegado a ser tiranos que pisotean
a los hombres. Es claro, por lo tanto, que quien mata a un tirano no
comete un asesinato, porque no mata a un hombre sino a una bestia. Así,
Bruto y Casio no cometieron un crimen asesinando a César. Primero,
porque mataron a un hombre que todo ciudadano romano tenía obligación
de matar según lo mandaban las leyes. Segundo, porque no mataron a un
hombre sino a una bestia con figura humana”[272].
Miguel Ángel se encontró en la primera fila de los rebeldes florentinos
en los días del despertar nacional y republicano, después de la llegada
a Florencia de las noticias de la toma de Roma por los ejércitos de
Carlos V[273], y la expulsión de los Médicis[274]. El mismo hombre que
en tiempo ordinario recomendaba a los suyos que huyeran de la política
como de la peste, estaba en un estado de sobre-excitación que no temía
ni a la una ni a la otra. Se quedó en Florencia, donde había peste y
revolución. La epidemia atacó a su hermano Buonarroto, quien murió en
sus brazos[275]. En octubre de 1528, tomó parte en la deliberación
para la defensa de la ciudad; el 10 de enero de 1529, fué escogido
en el _Collegium_ de los _Nove di milizia_ para los trabajos de las
fortificaciones. El 6 de abril fué nombrado por un año _governatore
generale_ y _procuratore_ de las fortificaciones de Florencia. En junio
fué a inspeccionar la ciudadela de Pisa y los bastiones de Arezzo y de
Liorna; y en julio y agosto fué enviado a Ferrara para examinar las
famosas obras de defensa y conferenciar con el Duque, muy conocedor de
fortificaciones.
Miguel Ángel reconoció que el punto más importante de la defensa
de Florencia era la colina de San Miniato, y decidió asegurar esta
posesión por medio de bastiones. Pero no se sabe por qué se encontró
con la oposición del gonfaloniero Capponi, quien trató de alejarlo de
Florencia[276]. Miguel Ángel, sospechando que Capponi y el partido
de los Médicis querían librarse de él, para impedir la defensa de
la ciudad, se instaló en San Miniato y no se movió. Su desconfianza
enfermiza acogía todos los rumores de traición que circulaban en una
ciudad sitiada, y que en este caso eran demasiado fundados. Capponi,
que se hizo sospechoso, había sido reemplazado como gonfaloniero por
Francesco Carducci; pero se había nombrado _condottiere_ y gobernador
general de las tropas florentinas al inquietante Malatesta Baglioni,
quien más tarde había de entregar la ciudad al Papa. Miguel Ángel
presentía el crimen. Participó sus temores a la Señoría. “El
gonfaloniero Carducci, en vez de darle las gracias, le contestó
injuriosamente, y le reprochó que fuera tan desconfiado y medroso”[277].
Malatesta supo la denuncia de Miguel Ángel; un hombre de su temple
no retrocedía ante nada para quitarse un adversario peligroso; y en
Florencia era omnipotente como generalísimo. Miguel Ángel se creyó
perdido. “Yo estaba resuelto, sin embargo--escribió--a esperar sin
temor el fin de la guerra. Pero el martes por la mañana, 21 de
septiembre, alguien vino fuera de la puerta de San Niccoló donde yo
estaba en los bastiones, y me dijo al oído que si quería salvar mi
vida, no podía permanecer más tiempo en Florencia. Esta misma persona
me acompañó a mi casa, comió conmigo, me proporcionó caballos y no me
dejó hasta verme fuera de Florencia”[278].
Varchi, completando estos informes agrega que Miguel Ángel “mandó
ocultar 12,000 florines de oro en tres camisas cosidas y prendidas en
forma de jubones, y que huyó de Florencia no sin dificultad, por la
puerta de la Justicia que era la menos custodiada, con Rinaldo Corsini
y su discípulo Antonio Mini”.
“Si era Dios o el diablo quien me empujaba, no lo sé”, escribió Miguel
Ángel algunos días después. Era su demonio habitual de terror demente.
¡Qué tal sería su espanto, si es cierto como se dice, que habiéndose
detenido en su camino, en Castelnuovo, en la casa del antiguo
gonfaloniero Capponi, le causó con sus relatos una emoción tan fuerte,
que el pobre viejo murió algunos días después![279].
El 23 de septiembre Miguel Ángel estaba en Ferrara. Por su excitación,
rehusó la hospitalidad que el Duque le ofrecía en el castillo y
continuó su fuga. Llegó el 25 de septiembre a Venecia. La Señoría,
habiendo tenido aviso de su llegada, le envió dos gentiles hombres para
poner a su disposición todo lo que necesitara. Pero él, vergonzoso y
huraño, rehusó y se escondió en el barrio de la Giudecca. No se creía
aún bastante lejos. Quería huir a Francia. El mismo día de su llegada a
Venecia, dirige una carta ansiosa y trepidante a Battista della Palla,
comisionado de Francisco I en Italia para la compra de obras de arte.
“Battista, muy querido amigo, he salido de Florencia para ir a Francia;
al llegar a Venecia me he informado del camino y se me ha dicho que
era necesario pasar por los países alemanes, lo que es muy peligroso
y difícil para mí. ¿Todavía tenéis intención de hacer el viaje? Os lo
suplico, informadme y decidme dónde queréis que yo os espere; iremos
juntos. Os lo suplico, respondedme al recibir esta carta, y tan pronto
como os sea posible, porque me consumo en deseo de partir. Y si ya no
deseáis hacer el viaje, hacédmelo saber para que yo me decida cueste lo
que cueste, a irme solo...”[280].
El Embajador de Francia en Venecia, Lázaro de Baif, se apresuró a
escribir a Francisco I y al Condestable Montmorency, haciéndoles
instancias para aprovechar la ocasión de que Miguel Ángel se
estableciera en la Corte de Francia. El Rey mandó ofrecer
inmediatamente a Miguel Ángel una pensión y una casa. Pero este cambio
de cartas requirió naturalmente algún tiempo, y cuando llegó la oferta
de Francisco I, Miguel Ángel ya había vuelto a Florencia. Su fiebre se
había extinguido; en el silencio de la Giudecca había tenido tiempo
para avergonzarse de su miedo. Su fuga había hecho mucho ruido en
Florencia. El 30 de septiembre la Señoría decretó que todos los que
habían huido serían proscriptos como rebeldes si no volvían antes del
7 de octubre. En esta fecha, los fugitivos fueron declarados rebeldes
y sus bienes confiscados. Sin embargo, el nombre de Miguel Ángel no
figuraba todavía en la lista; la Señoría le otorgaba un nuevo plazo,
y el embajador florentino en Ferrara, Galeotto Giugni, advirtió a la
República que Miguel Ángel había conocido demasiado tarde el decreto, y
que estaba dispuesto a volver si se le perdonaba. La Señoría prometió
su perdón a Miguel Ángel y le envió a Venecia un salvoconducto con el
tallador de piedras Bastiano di Francesco.
Bastiano le entregó diez cartas de amigos que le conjuraban todos a
regresar[281]. Entre ellos, el generoso Battista della Palla lo llamaba
con palabras llenas de amor patrio:
“Todos vuestros amigos, sin distinción de opiniones, sin vacilar, con
una sola voz, os exhortan a volver para conservar vuestra vida, vuestra
patria, vuestros amigos, vuestros bienes y vuestro honor, para gozar de
los tiempos nuevos que tan ardientemente habéis deseado y esperado”.
Creía que la edad de oro había vuelto para Florencia y no dudaba del
triunfo de la buena causa. El infeliz debía ser una de las primeras
víctimas de la reacción, después del retorno de los Médicis.
Sus palabras decidieron a Miguel Ángel. Volvió lentamente: Battista
della Palla que fué a encontrarlo a Lucca lo esperó muchos días y ya
comenzaba a desesperar[282]. Al fin el 20 de noviembre Miguel Ángel
volvió a Florencia[283]. El día 23 su sentencia de proscripción fué
levantada por la Señoría, pero se decidió que el Gran Consejo estaría
cerrado para él por tres años[284].
Desde entonces Miguel Ángel cumplió bravamente con su deber hasta el
fin. Volvió a su puesto en San Miniato, que los enemigos bombardeaban
desde hacía un mes; hizo fortificar de nuevo la colina, e inventó
máquinas nuevas, y se dice que salvó el _campanile_ cubriéndolo con
bultos de lana y colchones colgados con cuerdas[285]. El último
indicio que se tiene de su actividad durante el sitio, es una noticia
de 22 de febrero de 1530, que nos lo muestra trepando sobre la cúpula
de la catedral, para vigilar los movimientos del enemigo o para
inspeccionar el estado de la misma cúpula.
Sin embargo, la desgracia prevista se cumplió. El 2 de agosto de
1530, Malatesta Baglioni defeccionó. El día 12 capituló Florencia,
y el Emperador entregó la ciudad al Comisario del Papa, Baccio
Valori. Entonces comenzaron las ejecuciones. Los primeros días nada
detuvo la venganza de los vencedores. Los mejores amigos de Miguel
Ángel--Battista della Palla entre ellos--fueron las primeras víctimas.
Miguel Ángel se ocultó, según se cuenta, en el campanario de San
Niccoló-oltr’Arno. Tenía motivos justos para temer, porque había
circulado el rumor de que tuvo intenciones de destruir el Palacio
de los Médicis. Pero Clemente VII no le había perdido su cariño. Si
creemos a Sebastián del Piombo, se entristeció mucho por lo que supo de
Miguel Ángel durante el sitio; pero se contentaba con alzar los hombros
y decir:
“Miguel Ángel no tiene razón; yo nunca le he hecho ningún mal”[286].
Inmediatamente que se apagó la primera cólera de los proscriptores,
Clemente VII escribió a Florencia; ordenaba que se buscara a Miguel
Ángel, agregando que si quería continuar en el trabajo de las tumbas
de los Médicis, debía ser tratado con todas las consideraciones que
merecía[287].
Miguel Ángel salió de su escondite y reanudó el trabajo destinado a
glorificar a los mismos a quienes había combatido. Su desgracia lo
obligó a más aún: consintió en esculpir el _Apolo tomando una flecha
de su carcax_, para Baccio Valori, el instrumento de las más bajas
comisiones del Papa, el asesino de su amigo Battista della Palla[288].
Poco después tuvo que renegar de los proscriptos florentinos[289].
¡Lamentable debilidad de un gran hombre, reducido a defender por medio
de cobardías la vida de sus sueños artísticos contra la brutalidad
asesina de la fuerza material, que podía impunemente aplastarlo! No
sin razón debía consagrar todo el fin de su vida a elevar un monumento
sobrehumano al Apóstol Pedro: más de una vez, como él, tuvo que llorar
al oír el canto del gallo.
Forzado a mentir, obligado a adular a un Valori, a celebrar a un
Lorenzo, Duque de Urbino, estallaba de dolor y de vergüenza. Se
entregó al trabajo y puso en él toda su rabia de aniquilamiento[290].
No esculpió la estatua de los Médicis, sino la estatua de su
desesperación. Cuando se le hacía notar la falta de parecido en los
rostros de Juliano y Lorenzo de Médicis, respondía soberbiamente:
“¿Quién los verá dentro de diez siglos?” Del uno hizo la Acción,
del otro el Pensamiento, y las estatuas del zócalo que sirven
como de comentario--_el Día_ y _la Noche_, _la Aurora_ y _el
Crepúsculo_--expresan el sufrimiento de vivir y el desprecio de todo
lo que existe. Estos inmortales símbolos del dolor humano, fueron
terminados en 1531[291]. ¡Suprema ironía! nadie los comprendió. Un
Giovanni Strozzi, contemplando la formidable _Noche_, hacía _concetti_:
“La _Noche_ que tú ves dormir, tan graciosamente, fué esculpida por
un Ángel en esta roca; y puesto que habla, vive. Si no lo crees,
despiértala y te hablará”.
Miguel Ángel respondió: “El sueño me es grato, y más todavía el ser de
piedra mientras que duren el crimen y la vergüenza. No ver, no sentir,
es para mí una gran ventura; por eso no me despiertes, habla en voz
baja”.
_Caro m’è ’l sonno et più l’esser di sasso,
Mentre che ’l danno e la vergogna dura.
Non veder, non sentir m’è gran ventura;
Pero non mi destar, deh! parla basso._[292].
Y en otra poesía exclamaba: “El cielo está dormido, puesto que uno solo
se apropia los bienes de muchos hombres”.
Y Florencia responde a sus gemidos[293]: “No interrumpáis vuestros
santos pensamientos; el que cree haberos despojado de mí, no goza de
su gran crimen por causa de su gran miedo. Menor alegría es para los
amantes la plenitud del goce que extingue el deseo, que la miseria
llena de esperanza”[294].
Hay que pensar en lo que fué el saqueo de Roma y la caída de Florencia
para los espíritus de entonces. Una quiebra espantosa de la razón, un
derrumbamiento.
Muchos ya no se volvieron a levantar. Un Sebastián del Piombo cae
en un escepticismo despreocupado: “He llegado a tal extremo que el
universo podría hundirse sin que a mí me importe, y me río de todo...
No me parece que todavía sea yo el Bastiano de antes del saqueo, no
puedo volver en mí”[295].
Miguel Ángel piensa en matarse: “Si alguna vez es permitido darse la
muerte, sería muy justo que este derecho perteneciera a quien, lleno
de fe, vive esclavo y miserable”[296]. Estaba en una convulsión de
espíritu. Cayó enfermo en junio de 1531. Clemente VII se esforzaba en
vano por tranquilizarlo. Le mandaba decir por conducto de su Secretario
y de Sebastián del Piombo, que no se excediera en el trabajo, que
tuviera moderación para no fatigarse, que de vez en cuando diera un
paseo, que no se redujera a la condición de un rudo operario[297]. En
el otoño de 1531 se temía por su vida. Uno de sus amigos escribía a
Valori: “Miguel Ángel está extenuado y enflaquecido. He hablado de ello
últimamente con Bugiardini y Antonio Mini, y estamos de acuerdo en que
no vivirá mucho si no se le cuida seriamente. Trabaja demasiado, come
poco y mal, y duerme todavía menos. Desde hace un año sufre dolores
de cabeza y de corazón”[298]. Clemente VII se preocupó; el 21 de
noviembre de 1531 un Breve del Papa prohibió a Miguel Ángel, bajo pena
de excomunión, trabajar en otra cosa más que en la tumba de Julio II y
en la de los Médicis, para que pudiera conservar su salud “y glorificar
por más tiempo a Roma, a su familia y a sí mismo”[299].
Lo protegió contra las impertinencias de Valori y de los ricos
pedigüeños que iban, según la costumbre, a mendigar obras de arte y a
imponer a Miguel Ángel nuevos trabajos. “Cuando te pidan un cuadro,
debes sujetarte en el pie tu pincel, pintar cuatro rasgos y decir:
el cuadro está hecho”[300]. Se interpuso entre Miguel Ángel y los
herederos de Julio II, que se hacían cada vez más amenazantes[301]. En
1532 se firmó un cuarto contrato entre los representantes del duque
de Urbino y Miguel Ángel, respecto a la tumba; Miguel Ángel prometió
hacer un nuevo modelo del monumento, muy reducido[302], terminarlo en
tres años y pagar todos los gastos, así como dos mil ducados por todo
lo que había recibido ya de Julio II y de sus herederos. “Bastará con
que se encuentre en la obra, escribe Sebastián del Piombo a Miguel,
un poco de vuestro olor”. _Un poco del vostro odore_[303]. Tristes
condiciones, porque lo que así firmaba Miguel Ángel era el fracaso de
su gran proyecto y todavía tenía que pagar por esto. Pero en verdad lo
que firmaba Miguel Ángel en cada una de sus obras desesperadas, era el
fracaso de su vida, el fracaso de la Vida.
Después del proyecto del monumento de Julio II se hundió el proyecto
de las tumbas de los Médicis. Clemente VII murió el 25 de septiembre
de 1534; y Miguel Ángel, por fortuna, estaba entonces ausente de
Florencia. Desde hacía mucho tiempo vivía allí con inquietud porque el
duque Alejandro de Médicis lo odiaba. Si no hubiera sido por el respeto
del Papa, lo hubiera mandado matar[304]. Su enemitad había crecido aún,
desde que Miguel Ángel se había rehusado a contribuir a la sujeción de
Florencia elevando una fortaleza para dominar la ciudad; rasgo de valor
que demuestra bastante en este hombre tímido la grandeza de su amor a
la patria.
Desde hacía mucho tiempo Miguel Ángel esperaba todo de parte del duque;
y cuando Clemente VII murió no pudo salvarse más que por la casualidad
que lo hizo estar en aquel momento fuera de Florencia, adonde no volvió
ya más[305]. La Capilla de los Médicis no fué nunca terminada. Lo que
conocemos con este nombre no tiene más que una lejana relación con lo
que había soñado Miguel Ángel; apenas nos queda el esqueleto de la
decoración mural. No solamente Miguel Ángel no había ejecutado ni la
mitad de las estatuas[306], ni las pinturas que proyectaba[307]; pero
cuando sus discípulos se esforzaron más tarde por descubrir y completar
su pensamiento, él mismo no fué capaz de decirles cuál había sido[308];
había renunciado tan absolutamente a todas sus empresas, que las había
olvidado.
* * * * *
El 23 de septiembre de 1534, Miguel Ángel volvió a Roma, donde
debía permanecer hasta su muerte[309]. Hacía veintiún años que la
había dejado. En estos veintiún años, había hecho tres estatuas del
monumento no terminado de Julio II, siete estatuas no terminadas del
monumento no terminado de los Médicis, el Vestíbulo no terminado de la
_Laurenziana_, el Cristo no terminado de Santa María de la Minerva, el
_Apolo_ no terminado para Baccio Valori. Había perdido su salud, su
energía, su fe en el arte y en la patria. Había perdido el hermano a
quien quería más[310]. Había perdido a su padre que adoraba[311]. A la
memoria del uno y del otro había elevado un poema de dolor, admirable,
incompleto como todo lo que hacía, ardiendo por la pasión de morir:
“...Ahora que el cielo te arrancó de nuestra miseria, ten compasión de
mí que vivo muerto!... has matado a la muerte y te has hecho divino;
no temes los cambios de la vida y del deseo; apenas puedo escribirlo
sin envidia. La fortuna y el tiempo que nos traen únicamente la
alegría dudosa y la desgracia segura, no se atreven a pasar vuestra
puerta. Ninguna nube obscurece vuestra luz, el paso de las horas no os
inquieta, la necesidad y el azar no os impulsan. La noche no amortigua
vuestro esplendor, ni el día lo aumenta a pesar de su claridad. Por tu
muerte aprendo a morir, mi querido padre. La muerte no es, como algunos
creen, lo peor para aquél cuyo último día es el primero y eterno cerca
del trono de Dios. Ahí espero y creo volver a verte, por la gracia de
Dios, si mi razón arranca a mi corazón del fango terrestre y si el
máximo amor entre el padre y el hijo crece en el cielo como todas las
virtudes”[312].
Nada lo retiene ya en la tierra: ni arte, ni ambiciones, ni ternura,
ni esperanza de ninguna especie. Tiene sesenta años, su vida parece
terminada; está solo, no cree en sus obras; tiene la nostalgia de la
muerte, el deseo apasionado de escapar al fin, “del cambio del ser y
del deseo, de la violencia de las horas, de la tiranía, de la necesidad
y del azar”.
“...¡Ay de mí! ¡Ay de mí! he sido traicionado por mis días fugaces...
he esperado demasiado; el tiempo ha huido y yo me encuentro viejo. Ya
no puedo arrepentirme ni recogerme con la muerte cerca de mí. Lloro en
vano: no hay desgracia igual al tiempo perdido...”.
“¡Ay de mí! ¡Ay de mí!... ¡cuando vuelvo los ojos hacia mi pasado no
encuentro ni un solo día que haya sido mío! Las falsas esperanzas
y el vano deseo, lo reconozco ahora, me han tenido llorando,
amando, ardiendo y suspirando--porque ningún afecto mortal me es
desconocido--lejos de la verdad... ¡Ay de mí!, ¡ay de mí! No sé adónde
voy y tengo miedo, y si no me equivoco--¡oh!, Dios quiera que me
equivoque--veo el castigo eterno, ¡oh Señor!, por el mal que he hecho
conociendo el bien, y ya no sé qué esperar...”[313].
NOTAS:
[264] _Poesías_, XLIX.
[265] Carta de septiembre de 1512, a propósito de lo que había dicho
sobre el saqueo de Prato por los Imperiales, aliados de los Médicis.
[266] Carta de Miguel Ángel a Buonarroto (septiembre de 1512).
[267] “No soy un loco, como os imagináis...”. (Miguel Ángel a
Buonarroto, septiembre de 1515).
[268] Miguel Ángel a Buonarroto (septiembre y octubre de 1512).
[269] En 1545.
[270] Donato Giannotti fué para quien hizo Miguel Ángel el busto de
_Brutus_. Algunos años antes de _El Diálogo_, en 1536, Alejandro de
Médicis había sido asesinado por Lorenzino, quien fué celebrado como un
nuevo Bruto.
[271] _De’ giorni che Dante consumò nel cercare l’Inferno e ’l
Purgatorio._ La cuestión que discuten los amigos es la de saber cuántos
días pasó Dante en el infierno: ¿fué del viernes en la tarde al sábado
en la tarde, o del jueves en la tarde al domingo por la mañana? Se
recurre a Miguel Ángel, quien conocía la obra del Dante mejor que nadie.
[272] Miguel Ángel, o Giannotti, que habla en nombre suyo, tiene
cuidado de distinguir de los tiranos a los reyes hereditarios o
príncipes constitucionales: “Yo no hablo aquí de los príncipes que
poseen su poder por la autoridad de los siglos o por la voluntad del
pueblo, y que gobiernan sus ciudades en perfecto acuerdo espiritual con
el pueblo”.
[273] Mayo 6 de 1527.
[274] Expulsión de Hipólito y Alejandro de Médicis (mayo 17 de 1527).
[275] Julio 2 de 1528.
[276] Busini, según las confidencias de Miguel Ángel.
[277] Condivi. “Y seguramente, agrega Condivi, hubiera hecho mejor
escuchando el buen consejo; porque cuando los Médicis volvieron fué
decapitado”.
[278] Carta de Miguel Ángel a Battista della Palla (septiembre 25 de
1529).
[279] Segni.
[280] Carta de Miguel Ángel a Battista della Palla (septiembre 25 de
1529).
[281] Octubre 22 de 1529.
[282] Le escribió otras cartas conjurándolo para que volviera.
[283] Cuatro días antes, su pensión le había sido retirada por decreto
de la Señoría.
[284] Según una carta de Miguel Ángel a Sebastián del Piombo, debía
también pagar a la Comuna una multa de 1,500 ducados.