septiembre de 1518, cayó enfermo en Seravezza, de fatiga y de hastío.
Comprendía que su salud y sus ensueños se gastaban en esta vida de
obrero. Tenía la obsesión de comenzar al fin su trabajo y la angustia
de no poder hacerlo. Estaba asediado por otros compromisos que no podía
satisfacer[238].
“Muero de impaciencia porque mi adverso destino no me permite hacer
lo que quisiera. Muero de dolor, me siento como si fuera un tramposo,
aunque no sea mía la culpa”[239]...
De vuelta en Florencia, se consumía esperando la llegada de los
cargamentos de mármol; pero el Arno estaba seco y los barcos no podían
subir el río con los bloques.
Al fin llegaron. ¿Podrá trabajar ahora?--No. Vuelve a las canteras.
Se obstina en no comenzar antes de haber reunido, como antes para la
tumba de Julio II, toda una montaña de mármol. Retrocede cuando llega
el instante de empezar; parece que tiene miedo. ¿No habrá prometido
demasiado? ¿No se habrá comprometido de una manera temeraria en este
trabajo de arquitectura? Éste no es su oficio: ¿dónde pudo haberlo
aprendido? Y ahora no puede avanzar ni retroceder.
Todas sus fatigas no le bastan ni para asegurar el transporte de los
mármoles. De seis columnas monolíticas enviadas a Florencia, cuatro se
rompieron en el camino y otra en la misma Florencia. Sus obreros lo
engañaban.
Al fin, el Papa y el Cardenal de Médicis se impacientaron por tanto
tiempo precioso, inútilmente perdido entre las canteras y los caminos
fangosos. El 10 de marzo de 1520, un breve del Papa desligó a Miguel
Ángel del contrato de 1518 para la fachada de San Lorenzo. Miguel Ángel
no recibió más aviso que la llegada a Pietrasanta de los equipos de
obreros enviados para reemplazarlo. Se sintió cruelmente agraviado.
“No tomo en cuenta al cardenal, dijo, los tres años que he perdido
aquí. No le tomo en cuenta que me he arruinado por esta obra de
San Lorenzo. No le tomo en cuenta la gran afrenta que se me hace
encargándome esta obra y retirándomela después sin saber siquiera por
qué. No le tomo en cuenta todo lo que he perdido y todo lo que he
gastado... Y ahora, el asunto puede resumirse así: el Papa se queda con
la cantera y con los bloques tallados, y yo con el dinero que tengo en
mano: ¡500 ducados, y se me devuelve mi libertad!”[240].
No era a sus protectores a quienes Miguel Ángel debía acusar, sino a sí
mismo, y él bien lo sabía. Éste era su mayor dolor. Luchaba en contra
de sí mismo. De 1515 a 1520, en la plenitud de su fuerza y desbordante
de genio, ¿qué había hecho?
El insignificante _Cristo_ de la Minerva; ¡una obra de Miguel Ángel
donde no está Miguel Ángel! Y ni esto siquiera pudo acabar[241].
De 1515 a 1520, en estos últimos años del gran Renacimiento, antes de
los cataclismos que iban a dar fin a la primavera de Italia, Rafael
había pintado las _Loggias_, la _Sala del Incendio_, la _Farnesiana_,
obras maestras de todos los géneros; había edificado la Villa Madame,
dirigido la construcción de San Pedro, las exploraciones, las fiestas,
los monumentos; había gobernado el arte, fundado una escuela numerosa y
había muerto en medio de su trabajo y de su triunfo[242].
* * * * *
La amargura de sus desilusiones, la desesperación de los días perdidos,
de las esperanzas arruinadas, de la voluntad rota, se reflejan en las
obras del período siguiente: las tumbas de los Médicis y las nuevas
estatuas del monumento de Julio II[243].
El libre Miguel Ángel, que toda su vida no hizo más que pasar de un
yugo a otro, había cambiado de amo. El cardenal Julio de Médicis, que
llegó a ser Papa con el nombre de Clemente VII, reinó sobre él de 1520
a 1534.
Clemente VII ha sido juzgado con mucha severidad.
Sin duda, como todos estos Papas, quiso hacer del arte y de los
artistas unos servidores del orgullo de su familia. Pero Miguel
Ángel no tuvo por qué quejarse de él; ningún Papa lo amó tanto;
ninguno demostró un interés tan constante y apasionado por sus
trabajos[244]. Nadie comprendió mejor las debilidades de su voluntad,
hasta defendiéndolo contra él mismo e impidiendo que se dispersara
en vano. Aun después de la sublevación de Florencia y la rebelión de
Miguel Ángel, Clemente no cambió para él[245]. Pero no dependía de él
apaciguar la inquietud, la fiebre, el pesimismo y la mortal melancolía
que devoraban su gran corazón. ¡Qué importaba la bondad personal de un
amo! De todos modos era un amo.
“He servido a los Papas, decía Miguel Ángel, pero únicamente por
fuerza”[246].
¿Qué importaban un poco de gloria y una o dos obras bellas? ¡Estaba
esto tan lejos de lo que él había soñado! Y la vejez ya venía. Todo
se iba ensombreciendo a su alrededor. El Renacimiento terminaba. Roma
iba a ser saqueada por los bárbaros. La sombra amenazadora de un Dios
triste iba a pesar sobre el pensamiento de Italia. Miguel Ángel sentía
venir la hora trágica, y sufría una angustia sofocante.
Después de haber arrancado a Miguel Ángel de la enredada empresa en
la cual se había comprometido, Clemente VII resolvió lanzarlo por un
nuevo camino, donde tenía la intención de vigilarlo más de cerca. Le
confió la construcción de la capilla y las tumbas de los Médicis.
Esperaba retenerlo enteramente a su servicio[247]. Hasta le propuso que
ingresara en las órdenes ofreciéndole un beneficio eclesiástico[248].
Miguel Ángel rehusó: pero Clemente VII no dejó por eso de pagarle una
pensión mensual triple de la que pedía, y le regaló una casa cerca de
San Lorenzo.
Todo parecía ir por buen camino y el trabajo para la capilla se
iniciaba activamente, cuando de pronto Miguel Ángel abandonó su casa
y rehusó la pensión de Clemente VII[249]. Sufría una nueva crisis de
desaliento. Los herederos de Julio II no le perdonaban que hubiera
abandonado la obra emprendida; lo amenazaban con persecuciones y ponían
en duda su lealtad. Miguel Ángel se enloqueció con la idea de un
proceso; su conciencia daba la razón a sus adversarios y lo acusaba de
haber faltado a su compromiso; le parecía imposible aceptar el dinero
de Clemente VII mientras no hubiera restituido el que recibió de Julio
II.
“No trabajo ni vivo”, escribía[250]. Suplicaba al Papa que
interviniera con los herederos de Julio II y lo ayudara a restituir
todo lo que les debía.
“Venderé, haré lo que sea posible para llegar a esta restitución”. O
bien que se le permitiera consagrarse enteramente al monumento de Julio
II: “deseo más salir de esta obligación, que vivir”.
Con el pensamiento de que sin Clemente VII, quedaría abandonado a la
persecución de sus enemigos, lloraba y se desesperaba como un niño:
“Si el Papa me deja así, no podré permanecer en este mundo... No sé lo
que escribo, tengo la cabeza completamente perdida...”[251].
Clemente VII que no tomaba muy en serio esta desesperación de artista,
insistía para que no se interrumpiera el trabajo de la Capilla de los
Médicis. Sus amigos no comprendían estos escrúpulos y le aconsejaban
que no se pusiera en ridículo rehusando la pensión. Uno de ellos le
reprochaba con viveza haber obrado irreflexivamente, y le rogaba que en
lo futuro no se entregara a sus caprichos[252]. Otro le escribía:
“Se me dice que habéis rehusado vuestra pensión, abandonado vuestra
casa y suspendido vuestro trabajo; esto me parece un acto de locura.
Amigo mío, compadre, de esta manera dais gusto a vuestros enemigos...
no os ocupéis más de la tumba de Julio II, y tomad la pensión porque os
la dan con buena voluntad”[253].
Miguel Ángel se obstinaba. La Tesorería Pontificia le cogió la palabra
y suprimió la pensión. El desgraciado, reducido a la desesperación,
tuvo que volver a pedir algunos meses más tarde lo mismo que había
rehusado. Primero lo hizo tímidamente, con vergüenza:
“Mi querido Giovanni, puesto que la pluma es siempre más atrevida
que la lengua, os escribo lo que he querido deciros varias veces en
estos días y que no he tenido el valor de expresar de viva voz: ¿Puedo
contar todavía con la pensión...? Si estuviera seguro de no recibirla
no cambiaría por esto mi disposición, ni dejaría de trabajar para
el Papa tanto como pudiera, pero arreglaría mis asuntos según esta
situación”[254].
Luego, obligado por la necesidad vuelve a la carga:
“Después de haber reflexionado bien, he comprendido cuánto interesa al
Papa esta obra de San Lorenzo; y puesto que S. S. me ha concedido una
pensión con el designio de que yo tenga más comodidad para servirlo
prontamente, sería retrasar el trabajo no aceptarla; así, pues, he
cambiado de opinión y si hasta ahora no pedía esta pensión, ya la pido
por más razones de las que puedo escribir... ¿Quiere usted dármela,
haciéndola contar desde el día en que me fué concedida? Decidme desde
qué momento preferís que la reciba”[255].
Para darle una lección, no le hicieron caso. Dos meses más tarde no
había recibido nada, y después tuvo que reclamar la pensión varias
veces.
Trabajaba en medio de sus tormentos. Se quejaba de que sus
preocupaciones fueran estorbo para su imaginación...: “Los disgustos
pueden mucho sobre mí... no se puede trabajar con las manos en una cosa
y con la cabeza en otra; sobre todo en escultura. Se dice que todo esto
sirve para aguijonearme; pero yo respondo que estos son malos aguijones
que incitan a retroceder. Hace más de un año que no he recibido la
pensión y lucho con la miseria; estoy muy solo en medio de mis penas,
y tengo tantas que me ocupan más que el arte; no tengo recursos para
buscar alguien que me ayude”[256].
Clemente VII se manifestaba algunas veces conmovido por sus
sufrimientos y le enviaba expresiones de afectuosa simpatía. Le
aseguraba su favor mientras viviera[257]. Pero la incurable frivolidad
de los Médicis era más poderosa, y en vez de aliviarlo de una parte
de sus trabajos le hacía nuevos encargos; entre otros el de un
absurdo Coloso cuyo cabeza debía ser un campanario, y el brazo una
chimenea. Miguel Ángel tuvo que ocuparse algún tiempo en este proyecto
extravagante[258].
Tenía que estar en constantes dificultades con sus obreros, sus
albañiles y sus carreteros, quienes intentaban hacerse apóstoles
precursores de la jornada de ocho horas[259].
Al mismo tiempo, sus disgustos domésticos no dejaban de aumentar. Su
padre se hacía más irritable y más injusto con la edad; un día creyó
conveniente escaparse de Florencia, acusando a su hijo de haberlo
arrojado. Miguel Ángel le escribió esta carta admirable[260]:
“Muy querido padre: Me ha sorprendido mucho ayer no encontraros en la
casa, y ahora que sé que os quejáis de mí y que decís que yo os he
arrojado, me sorprendo mucho más. Desde el día en que nací hasta ahora,
estoy seguro de no haber tenido ninguna intención de hacer nunca cosa
grande o pequeña que os disguste. Todas las penas que he soportado,
las he soportado siempre por vuestro amor. Siempre he tomado vuestro
partido... todavía hace pocos días os dije y os prometí consagraros
todas mis fuerzas, y os lo prometo de nuevo. Estoy estupefacto de que
hayáis olvidado esto tan pronto. Desde hace treinta años me habéis
puesto a prueba, vos y vuestros hijos, y sabéis que siempre he sido
bueno para vosotros, tanto como podía, en pensamiento y en acción.
¿Cómo podéis andar diciendo en todas partes que yo os he arrojado?
¿No comprendéis la mala reputación que esto me forma? No me faltaba
más que esto, con todas las preocupaciones que tengo; y todas estas
preocupaciones las tengo por vuestro amor. ¡Bien me recompensáis!...
Pero de todos modos, quiero persuadirme de que nunca he dejado de
causaros vergüenza y perjuicios, y os pido perdón como si lo hubiera
hecho. Perdonadme como a un hijo que siempre ha tenido mala conducta y
que os ha hecho todo el mal que puede hacerse en este mundo. Una vez
más os lo suplico; perdonadme como a un miserable que soy: pero no
me deis la reputación de que os he arrojado, porque mi reputación me
importa más de lo que creéis. A pesar de todo, soy vuestro hijo”.
Tanto amor y tanta humildad sólo desarmaban por un instante el agrio
espíritu del viejo. Algún tiempo después, decía que su hijo lo robaba.
Miguel Ángel, empujado hasta el extremo, le escribió[261]:
“Ya no sé lo que queréis de mí. Si os pesa que yo viva, habéis
encontrado un buen medio para libraros de mí y muy pronto os
encontraréis en posesión de las llaves del tesoro que pretendéis que
yo guardo. Y haréis bien, porque todos saben en Florencia que sois un
hombre inmensamente rico, que yo siempre os he robado, y que merezco
un castigo; recibiréis altas alabanzas... decid y gritad de mí todo lo
que queráis, pero ya no me escribáis, porque así no puedo trabajar. Me
obligáis a recordaros todo lo que habéis recibido de mí, desde hace
veinticinco años. Yo no quería decirlo, pero al fin me veo obligado...
tened cuidado... no se muere uno más que una vez y después ya no se
vuelve para reparar las injusticias que se han hecho. Habéis esperado
hasta la víspera de la muerte para hacerlas. ¡Que Dios os ayude!”
Éste era el auxilio que encontraba entre los suyos.
“¡Paciencia!”, escribía en una carta a un amigo. “Que Dios no permita
que lo que a él no le disgusta me disguste a mí”[262].
En medio de estas penas el trabajo no avanzaba. Cuando sobrevinieron
los sucesos políticos que trastornaron Italia en 1527, no estaba
terminada ni una estatua de la Capilla de los Médicis[263].
Así, este nuevo período de 1520 a 1527, no había hecho más que agregar
sus desilusiones y sus fatigas a las del período precedente, sin haber
traído a Miguel Ángel la alegría de una sola obra acabada, de un solo
designio realizado después de más de diez años.
NOTAS:
[212] _Poesías_, I.
[213] Vasari.
[214] _Poesías_, IX: Véase Apéndice, II.
Esta poesía, escrita con el estilo burlesco de Francesco Berni y
dirigida a Giovanni da Pistoja, tiene, según Frey, fecha junio-julio
de 1510. En los últimos versos, Miguel Ángel alude a las dificultades
de su trabajo, durante la ejecución de los frescos de la Sixtina, y se
disculpa, alegando que ese no es su oficio:
“Defiende, pues, Giovanni, mi obra muerta, y defiende mi honor, porque
la pintura no es mi oficio. _Yo no soy pintor_”.
[215] Henry Thode ha esclarecido exactamente este rasgo del carácter
de Miguel Ángel en su primer volumen de _Michelangelo und das Ende der
Renaissance, 1902_. _Berlín._
[216] “...Puesto que el Señor devuelve a las almas sus cuerpos después
de la muerte, para la paz o el tormento eternos, yo le pido que me deje
el mío, aunque feo, lo mismo en el cielo que en la tierra, junto al
tuyo, porque un corazón amante vale tanto como un bello rostro...”.
_...Priego 'l mie benché bructo,
Com’è qui teco, il voglia im paradiso:
C’un cor pietoso val quant’un bel viso..._
(_Poesías_, CIX, 12).
“El cielo parece irritarse con justicia, porque yo, tan feo, me miro en
tus ojos tan bellos”.
_Ben par che ’l ciel s’adiri,
Che ’n sì begli ochi i’ mi veggia sì bructo..._
(_Ibid._, CIX, 93).
[217] La primera edición completa de las poesías de Miguel Ángel fué
publicada por su sobrino nieto, al principio del siglo XVII, con el
título de _Rime di Michelangelo Buonarroti raccolte da M. A. suo
nipote_, 1623, Florencia; está llena de errores. Cesare Guasti publicó
la primera edición casi exacta, en 1863, en Florencia; pero la única
verdaderamente científica y completa es la admirable edición de Carl
Frey: _Die Dichtungen des Michelagniolo Buonarroti, herausgegeben und
mit kritischem Apparate versehen von Dr. Carl Frey, 1897_. _Berlin._ A
ella me refiero en esta biografía.
[218] En la misma hoja están algunos dibujos de caballos y de hombres
combatiendo.
[219] _Poesías_, II. Véase Apéndice, III.
[220] _Poesías_, V.
[221] _Poesías_, VI.
[222] _Poesías_, VII. Véase Apéndice IV.
[223] Esta expresión es de Frey, quien atribuye a la poesía sin
suficiente razón, a mi juicio, la fecha de 1531-32. Yo creo que es muy
anterior.
[224] _Poesías_, XXXVI. Véase Apéndice, V.
[225] _Poesías_, XIII. Del mismo tiempo es un madrigal célebre que el
compositor Bartolommeo Tromboncino puso en música, antes de 1518:
“¿Cómo tendré valor para vivir sin ti, mi bien, si no puedo pedirte
ayuda al partir? Estos sollozos, estos llantos y estos suspiros, con
los cuales te acompaña mi pobre corazón, anuncian mi muerte próxima
y mi martirio. Pero si es cierto que la ausencia no hará olvidar mi
fiel esclavitud, te dejo mi corazón, que ya no es mío”. (Poesías, XI.
Apéndice VI).
[226]
_Sol’ io ardendo all’ ombra mi rimango,
Quand’ el sol de suo razi el mondo spoglia;
Ogni altro per piacere, e io per doglia,
Prostrato in terra, mi lamento e piangho._
(_Ibid._, XXII).
[227] _Poesías_, CIX, 35.--Comparad estos versos de amor, donde amor y
dolor parecen ser sinónimos, con el éxtasis voluptuoso de los sonetos
juveniles y desmañados de Rafael, escritos en el reverso de sus dibujos
para la _Disputa del Santo Sacramento_.
[228] Julio II murió el 21 de febrero de 1513, tres meses después de la
inauguración de los frescos de la Sixtina.
[229] Contrato de 6 de marzo de 1513. El nuevo proyecto, más grande que
el proyecto primitivo, comprendía 32 grandes estatuas.
[230] Parece que en este tiempo sólo aceptó Miguel Ángel un encargo: el
del _Cristo de la Minerva_.
[231] El _Moisés_ debía ser una de las seis figuras colosales para el
coronamiento del piso superior de la tumba de Julio II. Miguel Ángel
no dejó de trabajar en esta obra hasta 1545. Los _Esclavos_, en los
cuales Miguel Ángel trabajaba en 1513, fueron enviados por él, en 1546,
a Roberto Strozzi, el republicano florentino desterrado entonces en
Francia, quien los obsequió a Francisco I.
[232] No le escatimaba demostraciones de afecto; pero Miguel Ángel le
producía miedo. Se sentía inquieto junto a él:
“Cuando el Papa habla de vos, escribe Sebastián del Piombo a Miguel
Ángel, parece que habla de uno de sus hermanos; tiene casi las lágrimas
en los ojos. Me ha dicho que habéis sido educados juntos, y asegura que
os comprende y os ama. Pero vos dais miedo a todos, hasta a los Papas”.
(27 de octubre de 1520).
Miguel Ángel era motivo de burlas en la corte de León X, por sus
imprudencias de lenguaje. Una malhadada carta que escribió al Cardenal
Bibbiena, protector de Rafael, fué un regocijo para sus enemigos.
“No se habla de otra cosa en el palacio más que de vuestra carta, dice
Sebastián a Miguel Ángel; hace reír a todos”. (Julio 3 de 1520).
[233] Bramante había muerto en 1514. Rafael acababa de ser nombrado
superintendente de la construcción de San Pedro.
[234] “Quiero hacer de esta fachada una obra que sea espejo de la
arquitectura y de la escultura para toda Italia. Es preciso que el Papa
y el Cardenal (Julio de Médicis, el futuro Clemente VII) decidan pronto
si quieren que la haga o no. Si quieren que yo la haga, es preciso
firmar un contrato... Messer Domenico, dadme una contestación firme
respecto a sus intenciones. Esto sería para mí una gran alegría”. (A
Domenico Buoninsegni, julio de 1517).--El contrato fué firmado con León
X el 19 de enero de 1518, y Miguel Ángel se comprometió a levantar la
fachada en ocho años.
[235] Carta del Cardenal Julio de Médicis a Miguel Ángel, de febrero 2
de 1518: “Hemos tenido alguna sospecha de que seáis del partido de los
Carraras por interés personal y que deseáis depreciar las canteras de
Pietrasanta... Os hacemos saber, sin entrar en otras explicaciones, que
Su Santidad quiere que todo el trabajo emprendido se ejecute con los
bloques de mármol de Pietrasanta y no con otros... Si procedéis de otra
manera, será contra los deseos expresos de Su Santidad y los nuestros,
y tendríamos razón para irritarnos en contra vuestra... Alejad, pues,
toda obstinación de vuestro espíritu”.
[236] “Fuí hasta Génova en busca de barcos. Los de Carrara han comprado
a todos los patrones... Tengo que ir a Pisa”... (Carta de Miguel
Ángel a Urbano; abril 2 de 1518). “Los barcos que contraté en Pisa no
vinieron. Creo que he sido burlado. ¡Esta es mi suerte en todo! ¡Oh,
mil veces maldito el día en que salí de Carrara! Esta es la causa de mi
ruina”. (Carta de abril 18 de 1518).
[237] Carta de abril 18 de 1518. Y algunos meses más tarde: “La cantera
es muy escarpada y la gente muy ignorante... ¡Paciencia! Hay que domar
a las montañas e instruir a los hombres...”. (Carta de septiembre de
1518, a Berto da Filicaja).
[238] El _Cristo_ de la Minerva y la tumba de Julio II.
[239] Carta de diciembre 21 de 1518 al Cardenal d’Agen. De este tiempo
son tal vez las cuatro estatuas informes, apenas esbozadas, de las
grutas Boboli. (Cuatro _Esclavos_, para la tumba de Julio II).
[240] _Cartas_, 1520, edición Milanesi, página 415.
[241] Miguel Ángel encargó que terminara este _Cristo_ a su inepto
discípulo Pietro Urbano, quien “lo estropeó”. (Carta de Sebastián del
Piombo a Miguel Ángel, septiembre 6 de 1521). El escultor Frizzi, de
Roma, reparó como pudo las torpezas de Urbano.
Todas estas contrariedades no impedían a Miguel Ángel buscar nuevas
tareas para aumentar las que ya lo aplastaban. El 20 de octubre de
1519, firmó la petición de los Académicos de Florencia a León X para
llevar los restos de Dante, de Rávena a Florencia, y se ofreció a
elevar al poeta divino un monumento digno de él.
[242] El 6 de abril de 1520.
[243] _El Vencedor_.
[244] En 1526, Miguel Ángel tenía que escribirle semanalmente.
[245] “Adora todo lo que hacéis, escribe Sebastián del Piombo a Miguel
Ángel; lo ama tanto como es posible amar. Habla de vos tan honrosamente
y con tanto afecto, que un padre no diría de su hijo lo que él dice
de vos...”. (Abril 29 de 1531). “Si quisieseis venir a Roma, seriáis
todo lo que quisierais, duque o rey... Tendríais una parte del Papado,
seríais el amo, podríais tener y hacer lo que quisierais...”. Diciembre
5 de 1531. (Es preciso, es verdad, tener en cuenta en este caso la
charlatanería veneciana de Sebastián del Piombo).
[246] Carta de Miguel Ángel a su sobrino Lionardo. (1548).
[247] Los trabajos fueron comenzados desde marzo de 1521, pero no se
impulsaron activamente sino desde la elección del Cardenal Julio de
Médicis para el trono pontificio, bajo el nombre de Clemente VII, el 19
de noviembre de 1523. León X había muerto el 6 de diciembre de 1521 y
Adriano VI lo había sucedido de enero de 1522 a septiembre de 1523.
El plan primitivo comprendía cuatro tumbas: las de Lorenzo el
Magnífico, de Julián su hermano, de Julián duque de Nemours, su hijo,
y de Lorenzo duque de Urbino, su nieto. En 1524, Clemente VII decidió
agregar el sarcófago de León X y el suyo, atribuyéndoles los sitios
de honor. Véase Marcel Reymond, “La Arquitectura de las tumbas de los
Médicis”, _Gazette des Beaux Arts_, 1907.
Al mismo tiempo Miguel Ángel fué encargado de construir la Biblioteca
de San Lorenzo.
[248] Se trataba de la orden de los Franciscanos. Carta de Fattucci a
Miguel Ángel, en nombre de Clemente VII, el 2 de enero de 1524.
[249] Marzo de 1524.
[250] Carta de Miguel Ángel a Giovanni Spina, Agente del Papa (Abril 19
de 1525).
[251] Carta de Miguel Ángel a Fattucci (octubre 24 de 1525).
[252] Carta de Fattucci a Miguel Ángel (marzo 22 de 1524).
[253] Carta de Lionardo Sellajo a Miguel Ángel (marzo 24 de 1524).
[254] Carta de Miguel Ángel a Giovanni Spina (1524, Edición Milanesi,
página 425).
[255] Carta de Miguel Ángel a Giovanni Spina (agosto 29 de 1525).
[256] Carta de Miguel Ángel a Fattucci (octubre 24 de 1525).
[257] Carta de Pier Paolo Marzi, de parte de Clemente VII, a Miguel
Ángel (diciembre 23 de 1525).
[258] Cartas de octubre a diciembre de 1525 (Edición Milanesi, páginas
448-449). Véase en el _Miguel Ángel_ de la Colección de los _Maestros
del Arte_ un resumen de este extraño asunto, y el proyecto de Miguel
Ángel.
[259] Carta de Miguel Ángel a Fattucci (junio 17 de 1526).
[260] Según Henry Thode, esta carta es aproximadamente de 1521; en la
recopilación de Milanesi, figura equivocadamente con fecha de 1516.
[261] _Cartas_, junio de 1523.
[262] Carta de Miguel Ángel a Fattucci, en junio 17 de 1526.
[263] La misma carta, de junio de 1526, dice que estaba comenzada una
estatua, lo mismo que cuatro alegorías de los sarcófagos y la Madona.
[Ilustración]
III
LA DESESPERACIÓN
_Oilmè, Oilmè, ch’i’ son tradito..._[264].
Una repugnancia de todas las cosas y de sí mismo lo empujó a la
revolución, iniciada en Florencia en 1527.