“Dos líneas más. Desde hace doce años arrastro una vida miserable por

toda Italia, soporto todas las vergüenzas, sufro todas las penas,

desgarro mi cuerpo con todas las fatigas, expongo mi vida a mil

peligros, únicamente por ayudar a mi casa; y ahora que he comenzado a

levantarla un poco, ¡te diviertes destruyendo en una hora lo que yo he

edificado con tanto trabajo y en tantos años! ¡Cuerpo de Cristo! ¡Eso

no será! Porque yo soy capaz de hacer pedazos a diez mil como tú, si es

necesario. Por eso debes ser prudente, y no impulsar hasta el extremo a

quien tiene pasiones muy distintas de las tuyas”[207].

Después le toca el turno a Gismondo:

“Vivo aquí en la miseria y con grandes fatigas corporales. No tengo

amigo de ningún género, ni lo quiero. Hace muy poco tiempo que tengo

recursos para comer a mi gusto. Dejad de causarme tormentos, porque ya

no podría soportar ni una onza”[208].

Finalmente, el tercer hermano, Buonarroto, empleado en la casa de

comercio de los Strozzi, después de todos los préstamos de dinero que

le hizo Miguel Ángel, lo molesta desvergonzadamente y se vanagloria de

haber gastado por él más de lo que ha recibido.

“Yo querría, le escribe Miguel Ángel, saber por tu ingratitud, de

dónde tienes tú dinero; querría saber si tienes en cuenta los 228

ducados míos que tomaste en el banco de Santa María la Nueva, y de

otros muchos centenares de ducados que he enviado a la casa, y de las

penas y preocupaciones que he tenido para sosteneros. Yo querría saber

si tienes en cuenta todo esto. Si tuvieras bastante inteligencia para

reconocer la verdad, no dirías: _He gastado tanto de lo mío_, y no

te habrías vuelto contra mí para atormentarme con tus asuntos, sin

acordarte de toda mi conducta pasada para vosotros. Te habrías dicho:

_‘Miguel Ángel sabe lo que nos ha escrito; si no lo hace ahora, es

porque se lo impide algo que no sabemos: seamos pacientes’._ Cuando

un caballo corre todo lo que puede, no es bueno espolearlo, para que

corra más de lo que puede. Pero ustedes nunca me han conocido ni me

conocen. ¡Qué Dios los perdone! Él es quien me ha concedido la gracia

de bastarme para todo lo que he hecho en ayuda de ustedes. Pero ustedes

no lo reconocerán sino hasta que ya no me tengan”[209].

Tal era la atmósfera de ingratitud y de envidia en la cual se debatía

Miguel Ángel, entre una familia indigna que lo hostigaba y enemigos

encarnizados que lo espiaban, contando con su fracaso. Y él ejecutaba

entre tanto la obra heroica de la Sixtina, mediante esfuerzos

desesperados. Poco faltó para que abandonara todo y huyera de nuevo.

Creía que iba a morir[210]. Tal vez lo haya deseado.

El Papa se irritaba con sus lentitudes y su obstinación para ocultar la

obra. Sus caracteres orgullosos entrechocaban como nubes de tempestad.

“Un día, dice Condivi, Julio II le preguntó cuándo terminaba la

Capilla, y Miguel Ángel contestó, según su costumbre: ‘Cuando pueda’.

Julio II, furioso, le dió un golpe con su bastón repitiendo: ‘¡Cuando

pueda! ¡Cuando pueda!’ Miguel Ángel corrió a su casa e hizo sus

preparativos para salir de Roma. Pero Julio II le despachó un enviado

que le llevaba 500 ducados, lo apaciguó lo mejor que pudo y disculpó al

Papa. Miguel Ángel aceptó las excusas. Pero al día siguiente volvían

a empezar. El Papa llegó a decirle un día, coléricamente: ‘¿Quieres

que mande tirar tus andamios?’ Miguel Ángel tuvo que ceder, quitó el

andamiaje y descubrió la obra el día de Todos los Santos de 1512”.

Esta festividad brillante, y al mismo tiempo sombría, por los reflejos

que recibe del Día de Muertos, era bien apropiada para la inauguración

de esta obra terrible, llena del Espíritu del Dios que crea y que

mata--Dios devorador, por donde se precipita toda la fuerza de vivir,

como un huracán[211].

NOTAS:

[150] _Poesías_, I. En una hoja suelta, en el Louvre, donde están los

esbozos del _David_.

[151] Miguel Ángel se complacía diciendo que debía su “genio al aire

fino de la comarca de Arezzo”.

[152] Ludovico di Lionardo Buonarroti Simoni. Porque el verdadero

nombre de la familia era Simoni.

[153] Francesca di Neri di Miniato del Sera.

[154] El padre volvió a casar algunos años después, en 1485, con

Lucrezia Ubaldini, quien murió en 1497.

[155] Lionardo nació en 1473; Buonarroto, en 1477; Giovan Simone en

1479; Sigismondo, en 1481. Leonardo se hizo monje y así Miguel Ángel

fué el mayor, el jefe de la familia.

[156] Condivi.

[157] A decir verdad, apenas puede creerse esta envidia de un artista

tan potente; de cualquier manera yo no creo que haya sido la causa de

la partida precipitada de Miguel Ángel, quien conservó hasta su vejez

respeto para su primer maestro.

[158] El director de esta Escuela era Bertoldo, discípulo de Donatello.

[159] _El Combate de los Centauros y los Lapitas_, está en la casa

Buonarroti de Florencia. Del mismo tiempo es la _Máscara del fauno

riendo_, que valió a Miguel Ángel la amistad de Lorenzo de Médicis, y

la _Madona de la Escalera_, bajo relieve de la casa Buonarroti.

[160] Esto fué como por 1491.

[161] Murieron poco después, en 1494. Policiano pidió que se le

enterrara como dominico en la Iglesia de San Marcos, la Iglesia de

Savonarola; Pico de la Mirandola revistió para morir los hábitos

dominicos.

[162] En 1491.

[163] Lorenzo de Médicis había muerto el 8 de abril de 1492; su hijo

Pedro le había sucedido. Miguel Ángel abandonó el Palacio, volvió a la

casa de su padre y permaneció algún tiempo sin empleo. Después Pedro

lo volvió a tomar a su servicio, encargándolo de comprarle camafeos y

piedras grabadas; entonces esculpió el _Hércules_ colosal, de mármol,

que estuvo primero en el Palacio Strozzi, después fué comprado por

Francisco I en 1529 y colocado en Fontainebleau, de donde desapareció

en el siglo XVII. De este tiempo es también el _Crucifijo_ de madera,

del convento de San Spirito, para el cual Miguel Ángel estudió la

anatomía sobre cadáveres, con tal encarnizamiento que cayó enfermo

(1494).

[164] Condivi. La fuga de Miguel Ángel sucedió en octubre de 1494.

Un mes más tarde Pedro de Médicis huyó a su vez por la rebelión del

pueblo; y el Gobierno popular se instaló en Florencia con el apoyo de

Savonarola, quien profetizaba que Florencia extendería la República

por el mundo entero. Esta República reconocía sin embargo un rey:

Jesucristo.

[165] Fué huésped del noble Giovanni Francesco Aldovrandi, quien lo

ayudó en ciertas dificultades con la policía de Bolonia. Trabajó

entonces en la estatua de San Petronio y en una estatuita de ángel para

el tabernáculo (_Arca_) de San Domenico; pero estas obras no tienen

absolutamente ningún carácter religioso. Siempre es la misma fuerza

orgullosa.

[166] Miguel Ángel llegó a Roma en junio de 1496. El _Baco ebrio_,

el _Adonis moribundo_ (Museo del Bargello), y el _Cupido_ (South

Kensington), son de 1497. Parece que Miguel Ángel dibujó también en

esta misma época, el cartón de la _Estigmatización de San Francisco_

para San Pedro de Montorio.

[167] 23 de mayo de 1498.

[168] Se ha dicho siempre hasta ahora que la _Pietà_ fué ejecutada

para el cardenal francés Juan de Groslaye de Villiers, abate de Saint

Denis, embajador de Carlos VIII, quien la encargó a Miguel Ángel para

la capilla de los Reyes de Francia en San Pedro. (Contrato de 27 de

agosto de 1498). M. Charles Samaran, en un estudio sobre _La Casa de

Armagnacen el siglo XV_, ha comprobado que el cardenal francés que

mandó esculpir la _Pietà_, fué Juan de Bilhères, abate de Pessan,

obispo de Lombez, abate de Saint Denis. Miguel Ángel trabajó en ella

hasta 1501.

Una conversación de Miguel Ángel con Condivi explica por un pensamiento

de misticismo caballeresco la juventud de la Virgen, tan diferente

de las _Mater Dolorosa_, salvajes, marchitas, convulsas de dolor, de

Donatello, de Signorelli, de Mantegna y de Botticelli.

[169] Carta de su padre, 19 de diciembre de 1500.

[170] Carta a su padre. Primavera de 1500.

[171] Carta a su padre, 1521.

[172] En agosto de 1501. En los meses precedentes había firmado con el

Cardenal Francesco Piccolomini un contrato, que no cumplió nunca, para

la decoración del altar Piccolomini en la Catedral de Siena. Éste fué

uno de los remordimientos de toda su vida.

[173] Vasari.

[174] Miguel Ángel decía a un escultor, que se esforzaba por arreglar

la luz en su taller de tal manera que su obra resultara favorecida: “No

te tomes tantos trabajos; lo que importa es la luz sobre el lugar de su

colocación”.

[175] Se ha conservado el detalle de estas deliberaciones. (Milanesi,

_Contratti artistici_, páginas 620 y siguientes). El _David_ permaneció

hasta 1873 en el lugar señalado por Miguel Ángel, frente al Palacio

de la Señoría. Después, la estatua, que había sido perjudicada de una

manera inquietante por la lluvia, fué llevada a la Academia de Bellas

Artes de Florencia, a una rotonda especial (_Tribuna del David._) El

_Circolo Artistico_ de Florencia propone ahora mandar hacer una copia

en mármol blanco para elevarla en el sitio antiguo, frente al Palacio

Viejo.

[176] Relación contemporánea e _Historias Florentinas_ de Pietro di

Marco Parenti.

[177] Debemos agregar que la casta desnudez del _David_ ofendía

el pudor de Florencia. El Aretino, reprochando a Miguel Ángel la

indecencia de su _Juicio Final_, le escribía, en 1545: “Imitad la

modestia de los florentinos, que ocultan con hojas de oro las partes

vergonzosas de su bello _Coloso_”.

[178] Alusión a la estatua ecuestre de Francesco Sforza, que Leonardo

dejó sin terminar y con la cual los arqueros gascones de Luis XII se

divirtieron tomando como blanco el modelo en yeso.

[179] Relación de un contemporáneo. (_Anónimo de la Magliabecchiana._)

[180] Se le impuso la humillación de pintar la victoria de los

florentinos sobre sus amigos los milaneses.

[181] O la _Guerra de Pisa_.

[182] El cartón de Miguel Ángel que fué el único ejecutado desde

1505, desapareció en 1512, cuando los motines provocados en Florencia

por el regreso de los Médicis. Esta obra sólo es conocida por copias

fragmentarias. La más famosa de estas copias es el grabado de Marco

Antonio. (_Los Trepadores._) En cuanto al fresco de Leonardo, Leonardo

mismo bastó para destruirlo. Quiso perfeccionar la técnica del fresco

y ensayó una pintura de aceite que no se conservó; en 1506 abandonó

desalentado este trabajo, que ya en 1550 no existía.

De este período de la vida de Miguel Ángel (1501-1505) son también los

dos bajo relieves circulares de la _Madona_ y del _Niño_ que están en

la Royal Academy de Londres y en el Museo del Bargello de Florencia; la

_Madona de Brujas_, adquirida en 1506 por unos comerciantes flamencos,

y el gran cuadro al temple de la _Santa Familia_ de los Uffizi, el más

bello y más cuidado de los de Miguel Ángel. Su austeridad puritana y su

aspecto heroico, se oponen rudamente a las languideces afeminadas del

arte leonardesco.

[183] Condivi.

[184] Cuando menos a Bramante. Rafael era demasiado amigo y estaba

demasiado obligado con Bramante para no hacer causa común con él; pero

no hay pruebas de que haya obrado personalmente contra Miguel Ángel.

Sin embargo, éste lo acusa formalmente: “Todas las dificultades habidas

entre el Papa Julio y yo fueron obra de los celos de Bramante y de

Rafael. Trataban de perderme; y en verdad Rafael tenía motivos para

ello, porque lo que sabía de arte, de mí lo había aprendido”. Carta

de octubre de 1542 a un personaje desconocido. (_Cartas_, edición

Milanesi, páginas 489-494).

[185] Condivi, que por su ciega amistad con Miguel Ángel se hace un

poco sospechoso, dice: “Bramante era impulsado a perjudicar a Miguel

Ángel en primer lugar por sus celos y después por el temor que tenía

de los juicios de Miguel Ángel, quien descubría sus faltas. Bramante,

como todos saben, era muy dado al placer y muy disipador. El sueldo que

recibía del Papa, por elevado que fuera, no le bastaba y trataba de

ganar en sus obras, haciendo construir los muros con malos materiales,

de solidez insuficiente. Cualquiera puede comprobarlo en sus

construcciones de San Pedro, del corredor del Belvedere, del claustro

de San Pedro Advíncula, etc. que ha sido necesario recientemente

sostener por medio de garfios y puntales, porque habían caído o estaban

para caer en poco tiempo”.

[186] “Cuando el Papa cambió de idea, y llegaron los barcos con el

mármol de Carrara, yo mismo tuve que pagar el flete. Al mismo tiempo,

los talladores de piedras que yo había hecho venir de Florencia para la

tumba, llegaron a Roma; y como yo había hecho instalar y amueblar para

ellos la casa que Julio me había dado detrás de Santa Catarina, me vi

sin dinero y con grandes dificultades”. (Carta ya citada, de octubre de

1542).

[187] El 17 de abril de 1506.

[188] Toda esta relación está tomada textualmente de una carta de

Miguel Ángel, de octubre de 1542.

[189] Lo atribuyo a esta fecha, que me parece la más verosímil, aun

cuando Frey, sin suficientes razones a mi juicio, cree que el soneto es

de hacia 1511.

[190] _Poesías_, III. Véanse Apéndice I, y al fin de la segunda parte

de este libro. _El árbol seco_ es una alusión a la encina verde que

figura en el escudo de los De la Rovere, familia de Julio II.

[191] “Esta no fué la única causa de mi partida; había también otra

cosa de la cual prefiero no hablar. Basta decir que me hizo pensar que

si yo me quedaba en Roma, esta ciudad sería mi tumba, antes que la del

Papa. Y ésta fué la causa de mi partida súbita”.

[192] 18 de abril de 1506.

[193] Carta de octubre de 1542.

[194] _Ibid._

[195] Fines de agosto de 1506.

[196] Condivi. Miguel Ángel había tenido ya la idea de ir a Turquía en

1504; y en 1519 estuvo en relaciones con “el Señor de Andrinópolis”,

quien le pedía que fuera a ejecutar para él algunas pinturas. Es sabido

que Leonardo de Vinci también había intentado ir a Turquía.

[197] Condivi.

[198] Carta a su padre, 8 de febrero de 1507.

[199] Cartas a su hermano, del 29 de septiembre y del 10 de noviembre

de 1507.

[200] Esto es al menos lo que pretende Condivi. Hay que notar sin

embargo, que desde antes de la fuga de Miguel Ángel a Bolonia, se

había tratado de que pintara la Sixtina, y que entonces este proyecto

agradaba poco a Bramante, quien quería alejar de Roma a su rival.

(Carta de Pietro Rosselli a Miguel Ángel, en mayo de 1506).

[201] Entre abril y septiembre de 1508, Rafael pintó el cuarto llamado

_de la Firma_ (_Escuela de Atenas y Disputa del Santo Sacramento_).

[202] Vasari.

[203] En las cartas de 1510 a su padre, Miguel Ángel se lamenta

respecto de uno de sus ayudantes, que no es bueno para nada más “que

para hacerse servir... sin duda me faltaba este trabajo. No tenía ya

suficiente... me hace sufrir como una bestia”.

[204] Carta a su padre, 27 de enero de 1509.

[205] Cartas a su padre, 1509-1512.

[206] Giovan Simone había maltratado brutalmente a su padre. Miguel

Ángel escribió a éste:

“He visto por vuestra última carta cómo van las cosas y cómo se porta

Giovan Simone. Hace diez años que no tenía una noticia tan mala. Si

hubiera podido, el mismo día que recibí vuestra carta, habría montado

a caballo para ir a arreglarlo todo. Pero puesto que me es imposible,

ya le escribo, y si no cambia de conducta, si se lleva un solo

limpiadientes de la casa o si hace cualquier cosa que os disguste, os

suplico que me informéis; obtendré licencia del Papa e iré”. (Primavera

de 1509).

[207] Carta a Giovan Simone. Fechada según Henry Thode en la primavera

de 1509 y en la edición Milanesi en julio de 1508.

Adviértase que Giovan Simone era entonces un hombre de treinta años.

Miguel Ángel sólo tenía cuatro más que aquél.

[208] A Gismondo, 17 de octubre de 1509.

[209] Carta a Buonarroto, julio 30 de 1513.

[210] _Cartas_, agosto de 1512.

[211] He analizado esta obra en el _Miguel Ángel_, de la colección

“_Los Maestros del Arte_”. Por eso no la estudio aquí.

[Ilustración]

II

LA FUERZA QUE SE ROMPE

_Roct’è l’alta colonna_[212].

Miguel Ángel salió de este trabajo de Hércules, glorioso y aniquilado.

Por haber tenido, durante varios meses, la cabeza hacia atrás, para

pintar la bóveda de la Sixtina, “se había lastimado la vista de tal

modo, que por mucho tiempo no pudo leer una carta, o mirar un objeto,

sino levantándolos por encima de su cabeza, para verles mejor”[213].

Él mismo se burlaba de sus achaques:

“La fatiga me ha hinchado, como el agua a los gatos de Lombardía. Mi

vientre apunta hacia la barba; la barba se endereza hacia el cielo; mi

cráneo se apoya en la espalda y mi pecho parece de harpía; el pincel,

chorreando sobre mi cara, le dejó una decoración muy pintoresca. Los

lomos se me han hundido dentro del cuerpo y el trasero me sirve de

contrapeso. Camino al azar, sin poder verme los pies. Mi piel se estira

por delante y se arruga por detrás; estoy convertido en un arco sirio.

Mi inteligencia es tan bizarra como mi cuerpo, porque no puede dar

mucho de sí una caña torcida...”[214].

Es preciso no engañarse con este buen humor. Miguel Ángel sufría por

ser feo. Para un hombre como él, enamorado más que nadie de la belleza

física, la fealdad era una vergüenza[215]. Se descubren indicios de

esta humillación en algunos de sus madrigales[216]. Su pena era más

profunda, porque toda su vida fué devorado por el amor; y no parece

que alguna vez fuera correspondido. Por eso se replegaba en sí mismo y

confiaba a la poesía su ternura y sus penas.

Desde la infancia componía versos; esto era para él una necesidad

imperiosa. Llenaba sus dibujos, sus cartas, sus hojas sueltas, con

pensamientos escritos que reformaba sin cesar. Desgraciadamente, en

1518, quemó la mayor parte de sus poesías de juventud; otras fueron

destruidas antes de su muerte. Lo poco que nos queda, basta sin embargo

para evocar sus pasiones[217].

La más antigua de sus poesías parece haber sido escrita en Florencia,

por el año de 1504[218].

“¡Qué feliz vivía, mientras me fué dado resistir victoriosamente tus

furores, oh amor! ¡Ahora, ay de mí, mi pecho está bañado de lágrimas!

ya he conocido tu fuerza...”[219].

Dos madrigales, escritos entre 1504 y 1511, probablemente dedicados a

la misma mujer, tienen una expresión conmovedora:

“¿Quién me arrastra por fuerza hacia ti... ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Ay de

mí!... ligado y encadenado, aunque sea libre y dueño de mí mismo!”

_Chi è quel che per forza a te mi mena,

Oilmè, oilmè, oilmè,

Legato e strecto, e son libero e sciolto?_[220]

“¿Cómo es posible que yo ya no sea mío? ¡Oh Dios, oh Dios, oh Dios!

¿Quién me ha arrancado a mí mismo?... ¿Quién puede más en mí que yo

mismo? ¡Oh Dios! ¡Oh Dios! ¡Oh Dios!”

_Come può esser, ch’io non sia più mio?

O Dio, o Dio, o Dio!

Chi m’ha tolto a me stesso,

Ch’a me fusse più presso

O più di me potessi, che poss’io?

O Dio, o Dio, o Dio!..._[221].

De Bolonia, en el reverso de una carta de diciembre, 1507, es este

soneto juvenil, cuya preciosidad sensual evoca una visión de Botticelli:

“¡Cuánto goza la guirnalda bien compuesta ciñendo su cabellera de

oro! Todas las flores parecen luchar por ser las primeras en besar su

frente... El traje que oprime y cubre su pecho es feliz todo el día.

La tela de oro no se cansa de tocar sus mejillas y su cuello. Pero

más feliz aún es el listón bordado de oro, que ciñe dulcemente y con

ligera presión el blanco seno. El cinturón parece decir: ‘¡Quisiera

estrecharla siempre!’ ¡Ah!... ¿y qué harían entonces mis brazos?”[222].

En una larga poesía de carácter íntimo, una especie de confesión[223],

que es difícil citar exactamente, Miguel Ángel describe, con una

singular crudeza de expresión, sus angustias de amor.

“Cuando estoy un día sin verte, no puedo hallar la paz en ningún sitio;

cuando te veo, eres para mí como la comida para el hambriento... Cuando

tú me sonríes o me saludas en la calle, ardo como pólvora... Cuando me

hablas, mi rostro se enrojece, pierdo la voz y se apaga súbitamente mi

gran deseo...”[224].

Y después, estos gemidos de dolor:

“¡Ah, qué pena infinita siente mi corazón cuando recuerdo que aquélla a

quien yo amo no me ama...! ¿Cómo seguiré viviendo?...”.

_...Ahi, che doglia ’nfinita

Sente ’l mio cor, quando li torna a mente,

Che quella ch’io tant’ amo amor non sente!

Come restero ’n vita?..._[225].

Y estas líneas escritas después de sus estudios para la Madona de la

Capilla Médicis:

“Me quedo solo, ardiendo entre la sombra, cuando el sol priva al mundo

de sus rayos. Todos se regocijan, y yo sufro, postrado en tierra,

gimiendo y llorando”[226].

El amor no aparece en las poderosas esculturas y pinturas de Miguel

Ángel; en ellas sólo expresa sus pensamientos heroicos, como si se

avergonzara de manifestar ahí las debilidades de su corazón. Sólo a la

poesía se ha confiado. Aquí es donde hay que buscar el secreto de este

corazón, tímido y tierno bajo su ruda corteza:

_Amando, a che son nato?_

“Yo amo: ¿para qué he nacido?”[227].

* * * * *

Terminada la Sixtina y muerto Julio II[228], Miguel Ángel volvió a

Florencia y reanudó el proyecto que tanto le interesaba: la tumba de

Julio II. Se comprometió por contrato a hacerla en siete años[229].

Durante tres años se consagró casi exclusivamente a este trabajo[230].

En este período relativamente tranquilo--período de madurez melancólica

y serena, en el cual se apaciguan las furias hirvientes de la Sixtina,

como un océano que se calma y vuelve a su lecho--Miguel Ángel produjo

sus obras más perfectas, las que realizan mejor el equilibrio de sus

pasiones y de su voluntad: el _Moisés_ y los _Esclavos_ del Louvre[231].

Pero no fué más que un instante: el curso tempestuoso de su vida

continuó casi inmediatamente. Volvió a caer entre las sombras.

El nuevo Papa, León X, quiso separar a Miguel Ángel de la tarea de

glorificación de su predecesor, y dedicarlo al triunfo de su propia

estirpe. Era para él una cuestión de orgullo más que de simpatía,

porque su espíritu epicúreo no podía comprender el genio triste de

Miguel Ángel[232]; todos sus favores eran para Rafael. Pero el hombre

de la Sixtina era una gloria italiana; León X quiso domesticarlo.

Ofreció a Miguel Ángel que construyera la fachada de San Lorenzo, la

iglesia de los Médicis, en Florencia. Miguel Ángel, estimulado por su

rivalidad con Rafael, quien se había aprovechado de su ausencia para

llegar a ser en Roma el soberano del arte[233], se dejó arrastrar

en esta nueva tarea, que le era materialmente imposible cumplir sin

descuidar la anterior, y que debía ser para él una causa de tormentos

sin fin. Trataba de convencerse de que podía seguir adelante con la

tumba de Julio II y la fachada de San Lorenzo. Esperaba descargarse

de la mayor parte del trabajo buscando un ayudante, para no ejecutar

él mismo más que las estatuas principales. Pero, según su costumbre,

se embriagó poco a poco con su proyecto, y muy pronto no soportó ya

compartir con nadie este honor. Más aún, temía que el Papa quisiera

retirarle la obra, y suplicó a León X que lo sujetara con esta nueva

cadena[234].

Naturalmente, le fué imposible continuar el monumento de Julio II.

Pero lo más triste fué que tampoco llegó a elevar la fachada de San

Lorenzo. No le bastaba con rechazar toda colaboración; por su terrible

manía de hacerlo todo personalmente, en lugar de quedarse en Florencia

y trabajar su obra, fué a Carrara para vigilar la extracción de los

bloques. Allí tropezó con dificultades de toda clase. Los Médicis

querían utilizar las canteras de Pietrasanta, recientemente adquiridas

por Florencia, en vez de las de Carrara. Por haber tomado el partido de

los de Carrara, Miguel Ángel fué acusado injuriosamente por el Papa de

haberse vendido[235], y por haber tenido que obedecer las órdenes del

Papa, fué perseguido por los Carraras, quienes se entendieron con los

marineros ligures, y no encontró un solo barco de Génova a Pisa para

transportar sus mármoles[236]. Tuvo que construir un camino, en parte

sobre pilotes, a través de las montañas y de los llanos pantanosos. La

gente de la comarca no quería contribuir para los gastos del camino.

Los trabajadores no entendían absolutamente su cometido. Las canteras

eran nuevas, los obreros eran nuevos. Miguel Ángel gemía:

“He intentado resucitar muertos, queriendo domar estas montañas y

traer el arte aquí”[237]. Se mantenía firme, sin embargo. “Lo que he

prometido, lo cumpliré, a pesar de todo: haré la obra más bella que se

haya hecho en Italia, si Dios me asiste”.

Vidas Ejemplares: Beethoven—Miguel Ángel—Tolstoi · 第 9 / 31 段