Apenas salió de la hornaza de Florencia su sobre-excitación se

extinguió. De vuelta en Bolonia, donde pasó el invierno, olvidó

totalmente al Profeta y sus profecías[165].

Vuelve a sentir la belleza del mundo; lee a Petrarca, a Bocaccio y

a Dante; regresa a Florencia, en la primavera de 1495, durante las

fiestas religiosas del Carnaval y las luchas rabiosas de los partidos.

Pero esta vez se mantiene tan alejado de las pasiones que en torno suyo

se devoran que, a manera de desafío al fanatismo de los savonarolistas,

esculpe su famoso _Cupido Dormido_, que sus contemporáneos tomaron por

una obra antigua. No permanece más que algunos meses en Florencia;

parte para Roma, y, hasta la muerte de Savonarola, es el más pagano

de los artistas. Esculpe el _Baco ebrio_, el _Adonis moribundo_ y

el _Cupido_ grande el mismo año en que Savonarola hace quemar “las

Vanidades y los Anatemas”, libros, adornos, obras de arte[166]. Su

hermano, el monje Lionardo, sufre persecuciones por su fe en el

Profeta. Los peligros se acumulan sobre la cabeza de Savonarola; Miguel

Ángel no vuelve a Florencia para defenderlo. Savonarola fué quemado y

Miguel Ángel permaneció en silencio[167]. No se halla ninguna huella de

este suceso en ninguna de sus cartas.

Miguel Ángel calla, pero esculpe la _Piedad_: Sobre las rodillas de la

Virgen inmortalmente joven, el Cristo muerto está recostado y parece

dormir. La severidad del Olimpo flota sobre los rasgos de la diosa pura

y del Dios del Calvario; mas hay también una indecible melancolía, que

baña estos cuerpos hermosos. La tristeza ha tomado posesión del alma de

Miguel Ángel[168].

* * * * *

Y no era únicamente el espectáculo de las miserias y de los crímenes

lo que iba a ensombrecerlo. Una fuerza tiránica había entrado en él

para no soltarlo ya. Era presa de un furor de genio que ya no le

permitió respirar hasta su muerte. Sin ilusiones en la victoria, había

jurado vencer para gloria suya y de sus gentes. Toda la carga de su

familia pesaba sobre él solo. Lo asediaban con peticiones de dinero.

No lo tenía, pero cifraba su orgullo en no rehusarlo jamás; se hubiera

vendido él mismo para mandar a los suyos el dinero que reclamaban.

Su salud comenzaba a perjudicarse; la mala alimentación, el frío, la

humedad, el exceso de trabajo comenzaba a arruinarla, sufría de la

cabeza y tenía hinchado un costado[169]. Su padre le reprochaba su

manera de vivir, sin creerse él mismo responsable.

“Todas las penas que he sufrido, las he sufrido por usted”, le escribía

más tarde Miguel Ángel[170]...

“Todas mis preocupaciones, todas, las tengo por mi amor para

usted”[171].

* * * * *

En la primavera de 1501 volvió a Florencia.

Cuarenta años antes se había confiado a Agostino di Duccio un bloque

gigantesco de mármol para esculpir en él la figura de un profeta,

para la _Obra de la Catedral_ (_Opera del Duomo_). El trabajo,

apenas esbozado, se había quedado interrumpido. Nadie se atrevía a

continuarlo. Miguel Ángel se encargó de ello, y de esta roca de mármol

hizo surgir el _David_ colosal[172].

Se cuenta que el gonfaloniero Pier Soderini fué a ver la estatua que

había encargado a Miguel Ángel y le hizo algunas observaciones para

exhibir su buen gusto. Criticó lo grueso de la nariz. Miguel Ángel se

subió sobre el andamiaje, tomó un cincel y un poco de polvo de mármol

y, moviendo ligeramente el cincel, hizo caer poco a poco el polvo; pero

se cuidó muy bien de tocar la nariz y la dejó como estaba. Después,

volviéndose hacia el gonfaloniero, le dijo:

--Mirad ahora.

--Ahora, dijo Soderini, me gusta mucho más. Le habéis dado vida.

Entonces Miguel Ángel bajó y se rió silenciosamente[173]. Este mismo

desprecio silencioso parece adivinarse en la obra. Es la fuerza

tumultuosa en reposo. Está llena de desdén y de melancolía. Se ahoga

entre las paredes de un museo. Necesita el aire libre, “la luz sobre

el lugar de su colocación”, como decía Miguel Ángel[174].

El 25 de enero de 1504 una comisión de artistas de la cual formaban

parte Filippino Lippi, Botticelli, Perugino y Leonardo de Vinci,

deliberaron sobre el sitio en que se debía colocar el _David_. A

petición de Miguel Ángel decidieron instalarlo frente al Palacio de

la Señoría[175]. El transporte de esta masa enorme fué confiado a los

arquitectos de la Catedral. El 14 de mayo por la tarde se hizo salir

del cobertizo de tablas donde estaba instalado al coloso de mármol,

demoliendo la pared arriba de la puerta. En la noche, gente del pueblo

arrojó piedras contra el _David_, con intenciones de romperlo. Hubo

necesidad de vigilarlo. La estatua avanzaba lentamente, ligada, derecha

y suspendida de tal manera que se balanceaba libremente sin chocar

con el suelo. Se necesitaron cuatro días para llevarla del _Duomo_

al Palacio Viejo. El 18, al medio día, llegó al sitio designado. Se

continuó la vigilancia alrededor de la estatua por las noches, pero a

pesar de todas las precauciones, una tarde fué lapidada[176].

Así era ese pueblo florentino que algunas veces se presenta al nuestro

como modelo[177].

* * * * *

En 1504 la Señoría de Florencia puso frente a frente a Miguel Ángel y a

Leonardo de Vinci.

No se amaban estos dos hombres. Su soledad común hubiera debido

aproximarlos. Si se sentían alejados del resto de los hombres, lo

estaban más todavía el uno del otro. El más aislado de los dos

era Leonardo. Tenía 52 años, 20 más que Miguel Ángel. Desde la

edad de 30 años había salido de Florencia, cuyas ásperas pasiones

eran intolerables para su naturaleza delicada, un poco tímida, y

su inteligencia serena y escéptica, abierta para todo y que todo

comprendía. Este gran _dilettante_, este hombre absolutamente libre y

absolutamente solo, estaba tan desligado de la patria, de la religión,

del mundo entero, que no se hallaba bien más que cerca de los tiranos,

libres de espíritu como él. Obligado a salir de Milán en 1499, por la

caída de su protector Ludovico el Moro, había entrado al servicio de

César Borgia en 1502; y el fin de la carrera política del Príncipe, en

1503, lo hizo volver a Florencia. Allí, su sonrisa irónica se encontró

en presencia del sombrío y febril Miguel Ángel y lo exasperó. Miguel

Ángel, íntegro en sus pasiones y en su fe, odiaba a los enemigos de sus

pasiones y de su fe, pero odiaba mucho más a los que no tenían nada

de pasión ni eran de ninguna fe. Mientras más grande era Leonardo,

más aversión sentía Miguel Ángel por él y no desperdiciaba ocasión de

manifestársela.

Leonardo era un hombre de bella figura, de modales atractivos y

distinguidos. Vagaba un día con un amigo por las calles de Florencia;

vestía una túnica rosa que le caía hasta las rodillas; sobre su pecho

flotaba su barba bien peinada en bucles y arreglada con arte. Cerca de

Santa Trinidad conversaban algunos burgueses; discutían unos versos del

Dante. Llamaron a Leonardo y le pidieron que les explicara el sentido

de dichos versos. Miguel Ángel pasaba en aquellos instantes. Leonardo

dijo: “Miguel Ángel explicará los versos de que habláis”. Miguel Ángel,

creyendo que quería burlarse, replicó amargamente: “Explícalos tú

mismo, tú que has hecho el modelo de un caballo de bronce[178], y que

no fuiste capaz de fundirlo, sino que para vergüenza tuya te detuviste

en el camino”. Después de lo cual volvió la espalda al grupo y continuó

su paseo. Leonardo se quedó allí mismo y enrojeció: y Miguel Ángel, no

satisfecho todavía y ardiendo en deseos de ofenderlo, gritó: “¡Y esos

tales de milaneses que te creían capaz de semejante obra!”[179].

Así eran los dos hombres que el gonfaloniero Soderini puso en

competencia en una obra común: la decoración de la Sala del Consejo en

el Palacio de la Señoría. Fué un combate singular entre las dos más

grandes fuerzas del Renacimiento. En mayo de 1504 Leonardo comenzó el

cartón de la _Batalla de Anghiari_[180]. En agosto de 1504, Miguel

Ángel recibió el encargo de pintar la _Batalla de Cascine_[181].

Florencia se dividió en dos bandos, por el uno y el otro. El tiempo ha

igualado todo y las dos obras han desaparecido[182].

* * * * *

En marzo de 1505, Miguel Ángel fué llamado a Roma por Julio II.

Entonces comenzó el período heroico de su vida.

Los dos violentos y grandiosos, el Papa y el artista, estaban hechos

para entenderse, cuando no chocaban el uno contra el otro con furor.

Sus cerebros hervían con proyectos gigantescos. Julio II quería

mandarse construir una tumba digna de la Roma antigua. Miguel Ángel

se inflamó con esta idea de orgullo imperial y concibió un proyecto

babilónico, una montaña de arquitectura, con más de cuarenta estatuas

de dimensiones colosales. El Papa, entusiasmado, lo envió a Carrara

para hacer tallar en las canteras todo el mármol necesario. Miguel

Ángel permaneció más de ocho meses en las montañas, presa de una

exaltación sobrehumana. “Un día que viajaba por la región a caballo,

vió un monte que dominaba la costa; lo asaltó el deseo de esculpirlo

todo entero, de transformarlo en un coloso visible desde lejos para

los navegantes. Y lo habría hecho si hubiera tenido tiempo y si se lo

hubieran permitido”[183].

En diciembre de 1505 volvió a Roma, donde comenzaron a llegar por mar

los bloques de mármol que había escogido.

Fueron transportados a la plaza de San Pedro, a espaldas de Santa

Catarina, donde habitaba Miguel Ángel. “La masa de piedras era tan

grande que provocaba el estupor de las gentes y la alegría del Papa”.

Miguel Ángel se puso a trabajar. El Papa, en su impaciencia, iba a

verlo sin cesar y “lo trataba tan familiarmente como si hubiera sido su

hermano”. Para ir más cómodamente hizo construir un puente levadizo que

le aseguraba un paso secreto, del corredor del Vaticano a la casa de

Miguel Ángel.

Pero este favor no duró. El carácter de Julio II, no era menos

trepidante que el de Miguel Ángel. Se apasionaba sucesivamente por

los proyectos más diversos. Le pareció más a propósito otro plan

para eternizar su gloria; quiso reedificar la Catedral de San Pedro.

Para ello lo impulsaban los enemigos de Miguel Ángel que eran muchos

y poderosos; encabezados por un hombre de genio igual al de Miguel

Ángel y de una voluntad más fuerte: Bramante de Urbino, arquitecto

del Papa y amigo de Rafael. No podía existir simpatía entre la razón

soberana de los dos grandes hijos de la Umbría y el genio salvaje del

florentino; pero si se decidieron a combatirlo, fué sin duda porque

él los había provocado[184]. Miguel Ángel criticaba imprudentemente a

Bramante, y con razón o sin ella, lo acusaba de malversaciones en sus

trabajos[185]. Bramante decidió inmediatamente arruinarlo.

Lo privó del favor del Papa. Se aprovechó de las supersticiones

de Julio II, recordándole la creencia popular según la cual es mal

presagio mandarse construir en vida su propia tumba. Logró que ya no

se interesara por los proyectos de su rival, substituyéndolos con

los suyos. En enero de 1506, Julio II se decidió a reconstruir San

Pedro; la tumba fué abandonada; Miguel Ángel se encontró no solamente

humillado, sino con deudas por los gastos que había hecho para la

obra[186]. Se quejó amargamente. El Papa le cerró sus puertas y como él

volviera a la carga, Julio II lo mandó arrojar del Vaticano por uno de

sus palafreneros.

Un obispo de Lucques, que presenciaba la escena, dijo al palafrenero:

--Pero ¿no lo conoces?

El palafrenero, dijo a Miguel Ángel:

--Perdonadme, señor, pero he recibido esta orden y tengo que ejecutarla.

Miguel Ángel volvió a su casa y escribió al Papa: “Santo Padre, he sido

arrojado del Palacio esta mañana por orden de Vuestra Santidad. Os hago

saber que desde hoy, si tenéis necesidad de mí, podéis mandarme buscar

en todas partes menos en Roma”.

Envió la carta, llamó a un mercader y a un tallador de piedras que se

alojaban en su casa, y les dijo:

“Buscad un judío, vended todo lo que hay en mi casa y venid a

Florencia”.

Después montó a caballo y partió[187]. Cuando el Papa recibió la

carta, despachó a cinco jinetes, que lo alcanzaron cerca de las once

de la noche, en Poggibonsi, y le entregaron la orden siguiente:

“Inmediatamente que recibas esta orden volverás a Roma, bajo pena de

incurrir en nuestra desgracia”. Miguel Ángel replicó que volvería

cuando el Papa cumpliera sus compromisos, porque si no, Julio II no

debía esperar volver a verlo jamás[188].

Dirigió al Papa este soneto:[189].

“Señor, si algún proverbio antiguo es cierto, es el que dice que el

que _puede nunca quiere_. Tú has creído fábulas y murmuraciones y has

recompensado al enemigo de la verdad. ¡Yo soy y he sido tu bueno y

viejo servidor, y te soy adicto como los rayos al sol!... ¡mi tiempo

perdido no te aflija! que mientras más me esfuerzo menos te complazco.

Yo había esperado engrandecerme con tu grandeza, y que mis únicos

jueces fueran la balanza justa y la espada poderosa, y no el eco de la

mentira. Pero el cielo se mofa de la virtud, cuando la coloca en este

mundo, si debe la virtud coger los frutos de un árbol seco”[190].

La afrenta que recibió de Julio II no fué la única razón que hizo a

Miguel Ángel emprender la fuga. En una carta a Giuliano da San Gallo

deja entender que Bramante quería mandarlo asesinar[191].

Una vez que salió Miguel Ángel, Bramante se quedó dueño del campo, y

al día siguiente de la fuga de su rival mandó poner la primera piedra

de San Pedro[192]. Su rencor implacable se encarnizó contra la obra

del escultor y procuró arruinarla para siempre. Hizo que el populacho

saqueara los talleres de la plaza de San Pedro, donde estaban los

bloques de mármol para la tumba de Julio II[193].

Pero el Papa, rabioso por la rebelión de su escultor, enviaba una

orden tras otra a la Señoría de Florencia, donde Miguel Ángel se había

refugiado. La Señoría mandó comparecer a Miguel Ángel, y le dijo: “Has

hecho al Papa una jugada como el mismo rey de Francia no se la hubiera

hecho. No queremos comprometernos por causa tuya en una guerra con él;

así es que debes volver a Roma. Nosotros te daremos unas cartas en tal

forma, que cualquier injusticia en contra tuya sería también contra la

Señoría”[194].

Miguel Ángel se resistía tercamente y ponía condiciones. Exigía que

Julio II lo dejara hacer la tumba, en la inteligencia de que ya no

trabajaría en Roma, sino en Florencia. Cuando Julio II salió a la

guerra contra Perusa y Bolonia[195], y sus intimaciones se hicieron más

amenazadoras, Miguel Ángel pensó en irse a Turquía, donde el Sultán le

ofreció, por conducto de los franciscanos, que fuera a Constantinopla

para construir un puente en Pera[196].

Al fin fué necesario ceder, y en los últimos días de noviembre de 1506

fué, aunque de mala gana, a Bolonia, donde Julio II, vencedor, acababa

de entrar por la brecha.

“Miguel Ángel había ido una mañana a oír misa a San Petronio. El

palafrenero del Papa advirtió su presencia, lo reconoció y lo condujo

ante Julio II, quien estaba en la mesa en el Palacio de los Diez y

Seis. El Papa, irritado le dijo:

“Tú debías haber ido a buscarnos (a Roma) y has esperado que nosotros

viniéramos a encontrarte (en Bolonia)”.

Miguel Ángel se arrodilló y pidió perdón en voz alta, diciendo que no

había obrado por malicia sino por irritación porque no había podido

soportar ser arrojado como lo había sido. El Papa permanecía sentado

con la cabeza baja y la cara inflamada de cólera, cuando un obispo

a quien Soderini había enviado para que tomara la defensa de Miguel

Ángel, quiso interponerse, y dijo: “Tenga a bien Vuestra Santidad no

conceder atención a sus tonterías; ha pecado por ignorancia. Fuera de

su arte, todos los pintores son lo mismo”. El Papa, furioso, exclamó:

“Le estás diciendo una grosería que nosotros no hemos dicho. El

ignorante eres tú... Vete y que el diablo te lleve”, y como no se iba,

los servidores del Papa lo arrojaron a puñetazos. Entonces, habiendo

descargado su cólera sobre el Obispo, el Papa mandó a Miguel Ángel que

se acercara y lo perdonó[197].

Desgraciadamente, para hacer las paces con Julio II fué necesario

pasar por todos sus caprichos, y la voluntad todopoderosa había

cambiado de nuevo. Ya no se trataba de la tumba, sino de una estatua

colosal de bronce que quería mandarse construir en Bolonia. Miguel

Ángel protestó en vano diciendo “que él no conocía nada de la fundición

del bronce”. Fué necesario aprenderla mediante un trabajo encarnizado.

Habitaba un mal cuarto con una sola cama donde se acostaba con sus dos

ayudantes florentinos, Lapo y Ludovico, y con su fundidor, Bernardino.

Quince meses se pasaron entre molestias de todos géneros. Tuvo que

reñir con Lapo y Ludovico, quienes lo robaban.

“Este pillo de Lapo, escribió a su padre, daba a entender a todos que

él y Ludovico eran los que hacían toda la obra, o al menos que la

hacían en colaboración conmigo. No le podía caber en la cabeza que

él no era el amo hasta el instante en que lo despedí; entonces, por

primera vez, advirtió que estaba a mi servicio. Lo arrojé como a un

animal”[198].

Lapo y Ludovico se lamentaron ruidosamente: propagaron en Florencia

calumnias contra Miguel Ángel, y lograron sacarle dinero a su padre con

el pretexto de que el escultor les había robado.

Después fué el fundidor, cuya incapacidad se reveló.

“Había creído que el maestro Bernardino era capaz de fundir hasta sin

fuego; tanta fe tenía yo en él”.

En junio de 1507 fracasó el trabajo de fundición. La figura no salió

más que hasta la cintura. Fué necesario volver a empezarlo todo, Miguel

Ángel permaneció ocupado en esta obra hasta febrero de 1508, y estuvo a

punto de perder en ella la salud.

“Apenas tengo tiempo de comer, escribe a su hermano... Vivo con la

mayor incomodidad y con grandes penas; sólo pienso en trabajar día y

noche; he tenido tales sufrimientos y los tengo todavía, que creo que

si tuviera que hacer otra vez la estatua, no me alcanzaría la vida;

éste ha sido un trabajo de gigante”[199].

El resultado fué miserable, comparado con tales fatigas. La estatua

de Julio II, elevada en febrero de 1508 frente a la fachada de San

Petronio, no permaneció allí más que cuatro años. En diciembre de 1511

fué destruida por el bando de los Bentivoglio, enemigos de Julio II; y

Alfonso de Este compró los restos para hacer un cañón.

* * * * *

Miguel Ángel volvió a Roma. Julio II le imponía otra tarea, no menos

inesperada y más peligrosa aún: al pintor, que no sabía nada de la

técnica del fresco, le ordenaba pintar la bóveda de la Capilla Sixtina.

Se hubiese dicho que se complacía ordenando lo imposible y Miguel Ángel

ejecutándolo.

Parece que fué Bramante quien, viendo que Miguel Ángel volvía a tener

el favor papal, le colocó esta tarea donde pensaba que naufragaría su

gloria[200]. La prueba era tanto más peligrosa para Miguel Ángel cuanto

que en este mismo año de 1508, su rival Rafael comenzaba la pintura de

las _Stanze_ del Vaticano con un éxito incomparable[201]. Hizo todo lo

que pudo por rehusar este formidable honor; llegó hasta a proponer a

Rafael en lugar suyo: decía que no era su arte y que no tendría éxito.

Pero el Papa se obstinó y fué necesario ceder.

Bramante construyó para Miguel Ángel un andamiaje en la Capilla

Sixtina, y se mandaron traer de Florencia algunos pintores

experimentados en el fresco, para que lo ayudaran algo. Pero estaba

dicho que Miguel Ángel no podía tener ningún género de ayuda. Comenzó

por declarar inútil el andamiaje de Bramante, construyendo otro. En

cuanto a los pintores florentinos, les tomó mala voluntad y sin más

explicaciones los puso a la puerta. “Mandó destruir una mañana todo lo

que habían pintado; se encerró en la Capilla y no quiso abrirles ni

apareció más por su propia casa. Cuando la burla les pareció que había

durado bastante, se decidieron a volver a Florencia, profundamente

humillados”[202].

Miguel Ángel se quedó solo con algunos obreros[203]. Y en vez de que

las dificultades mayores disminuyeran su atrevimiento, hizo más grande

su plan y decidió pintar, no solamente la bóveda como se pretendía al

principio, sino también los muros.

El trabajo gigantesco comenzó el 10 de mayo de 1508. ¡Años sombríos,

los más sombríos y más sublimes de toda esta vida! Éste es el Miguel

Ángel legendario, el héroe de la Sixtina, aquél cuya imagen grandiosa

está y debe quedar grabada en la memoria de la humanidad.

Sufrió terriblemente. Sus cartas de entonces demuestran un desaliento

apasionado, que no podía satisfacerse con sus divinos pensamientos:

“Estoy en un gran abatimiento de espíritu; hace un año que no recibo

nada del Papa; no le pido nada, porque mi obra no avanza bastante para

que me parezca merecer una remuneración. Esto se debe a la dificultad

del trabajo que no es de mi profesión. Así es que pierdo mi tiempo sin

provecho. ¡Dios me asista!”[204].

Apenas había acabado de pintar el _Diluvio_ cuando la pintura comenzó

a enmohecerse; ya no se podían distinguir las figuras, y se rehusó a

continuar. Pero el Papa no admitió ninguna excusa y tuvo que volver al

trabajo.

Sus gentes agregaban a las fatigas y las inquietudes impertinencias

odiosas. Toda su familia vivía a sus expensas, abusaba de él, lo

hostigaba mortalmente. Su padre no cesaba de gemir, de inquietarse por

asuntos de dinero. Tenía que gastar su tiempo dándole valor, cuando él

mismo estaba agotado.

“No os agitéis, ésas no son cosas que importen fundamentalmente para la

vida... yo no dejaré que os falte nada mientras yo mismo tenga algo...

mientras que yo exista no os faltará nada, aunque os quiten todo lo que

tenéis en el mundo... Prefiero ser pobre y saber que estáis vivo, a

tener todo el oro del mundo y saber que estáis muerto... Si no podéis

como otros tener los honores de este mundo, que os baste tener vuestro

pan, y vivir como Cristo, bueno y pobre, como yo lo hago aquí; porque

yo soy un miserable y no me atormento por la vida ni por el honor, es

decir, por el mundo; y vivo entre grandes penas y con una desconfianza

infinita. Desde hace quince años no tengo una hora buena; he hecho todo

lo posible por sosteneros y nunca lo habéis reconocido ni creído. ¡Que

Dios nos perdone a todos! ¡Estoy dispuesto en lo futuro y mientras viva

a obrar siempre de la misma manera, con sólo que lo pueda hacer!”[205].

Sus tres hermanos lo explotaban. Esperaban de él dinero y posición;

agotaban sin escrúpulo el pequeño capital reunido por Miguel Ángel en

Florencia; iban a hospedarse en su casa, en Roma; hacían que se les

comprara, Buonarroto y Giovan Simone un pequeño comercio, y Gismondo

algunas tierras cerca de Florencia. Y no agradecían nada, como si

todo se lo merecieran. Miguel Ángel sabía que lo explotaban, pero era

demasiado orgulloso para impedirlo. Los pícaros no se limitaban a esto,

pues observaban mala conducta y maltrataban a su padre cuando Miguel

Ángel estaba ausente. Entonces Miguel Ángel estallaba con amenazas

furiosas; corregía a sus hermanos como si fueran pilluelos viciosos, a

latigazos; los hubiera matado en caso necesario.

“Giovan Simone:[206]

“Se dice que quien hace bien al bueno, lo hace mejor, pero que los

beneficios vuelven más malvado al malvado. Hace mucho que trato, con

buenas palabras y con buenas maneras, de conducirte a una vida honrada,

en paz con tu padre y con nosotros, y cada día eres peor... Podría

hablarte muy largo, pero sólo serían palabras. Para terminar, sabe

con certidumbre que no posees nada en el mundo, porque yo soy quien

te da el sustento para vivir, por amor de Dios, porque creía que eras

mi hermano como los otros; pero ahora estoy seguro de que no eres mi

hermano, porque si lo fueras, no habrías amenazado a mi padre. Eres más

bien una bestia, y te trataré como a una bestia. Debes saber que quien

ve a su padre amenazado, debe exponer la vida por él... ¡Basta! Te digo

que no posees nada en el mundo, y si oigo algo de ti, iré a enseñarte

a dilapidar tu fortuna y a quemar la casa y los bienes que tú no has

ganado. No estás donde tú crees. Si voy a tu lado, te mostraré algunas

cosas que te harán llorar lágrimas ardientes y conocer en qué fundas

tu arrogancia... Si quieres dedicarte a obrar bien, a honrar y venerar

a tu padre, te ayudaré como a los otros y dentro de poco te procuraré

una tienda. Pero si no lo haces así, iré y arreglaré tus asuntos de tal

manera que conozcas quién eres y que sepas exactamente lo que tienes en

el mundo... ¡Nada más! Donde me faltan palabras, las suplo con hechos”.

_Michelagniolo_, en Roma.

Vidas Ejemplares: Beethoven—Miguel Ángel—Tolstoi · 第 8 / 31 段