II llamaba el terrible--_terribile_--era calificado por Vasari de
prudente, demasiado prudente; y el que inspiraba miedo a todos,
hasta a los Papas, tenía miedo de todos[129]. Era débil con los
Príncipes. Y sin embargo nadie despreciaba tanto como él a los que
eran débiles con ellos, “los asnos de albarda de los Príncipes”, como
él mismo los llamaba[130]. Quería huir de los Papas, pero se quedaba
y obedecía[131]. Toleraba las cartas injuriosas de sus amos y les
respondía humildemente[132]. Se sublevaba por instantes, hablaba
orgullosamente, pero siempre cedía; hasta su muerte se debatió, sin
fuerza para luchar. Clemente VII, que contra la opinión corriente, fué
de todos los papas el que tuvo más bondades para con él conocía sus
debilidades y lo compadecía[133].
Perdía toda dignidad en asuntos de amor. Se humillaba ante pícaros como
Febo di Poggio[134]. Trataba de “poderoso genio” a un ser amable, pero
mediocre, como Tommaso de Cavalieri[135].
El amor hace cuando menos que sus debilidades sean conmovedoras. No
son más que tristemente dolorosas: no es posible atreverse a decir
vergonzosas, cuando el miedo es lo que las causa. Sufre bruscamente
terrores pánicos. Entonces huye de un extremo a otro de Italia,
perseguido por el miedo. Huye de Florencia, en 1494, aterrorizado
por una visión. Huye de Florencia, en 1529, de Florencia, que estaba
sitiada y a la cual estaba encargado de defender. Huye hasta Venecia.
Está próximo a huir hasta Francia. Se avergüenza en seguida de tal
extravío, y lo repara volviendo a la ciudad sitiada, donde cumple su
deber hasta el fin del asedio. Pero después de la toma de Florencia,
cuando comienzan las proscripciones, vuelve a sentirse débil y a
temblar; llega hasta cortejar a Valori, el proscriptor, el que acababa
de hacer morir a su amigo, el noble Battista della Palla; llega hasta
renegar de sus amigos los desterrados florentinos[136].
Tiene miedo. Se avergüenza mortalmente de su miedo. Se desprecia.
Cae enfermo, disgustado de sí mismo, quiere morir. Se cree que va a
morir[137].
Pero no puede morir. Hay en él una fuerza rabiosa de vida que renace
diariamente para sufrir más. ¡Si al menos pudiera desprenderse de la
vida activa! Pero eso le está vedado. No puede dejar de obrar. Es
preciso que obre. ¿Es realmente un sujeto activo? No, más bien es un
sujeto pasivo, arrastrado en el ciclón de sus pasiones furiosas y
contradictorias, como un condenado del Dante.
¡Cuánto debió sufrir!
_Oilmè, oilmè, pur riterando
Vo’l mio passato tempo e non ritruovo
In tutto un giorno che sie stato mio!_[138].
“¡Ay de mí! ¡Ay de mí! En todo mi pasado no encuentro ni un solo día
que haya sido mío!”
Dirigía a Dios llamamientos desesperados:
_O Dio, o Dio, o Dio,
Chi più di me potessi, che poss’io?_[139].
“¡Oh Dios, oh Dios, oh Dios! ¿quién puede más en mí que yo mismo?”
Si estaba hambriento de morir, era que veía en la muerte el fin de esta
esclavitud enloquecedora. ¡Con cuánta envidia habla de los muertos!
“Vosotros no teméis ya los cambios del ser y del deseo... El curso de
las horas no os inquieta; la necesidad o el azar no os impulsan...
Apenas puedo escribirlo sin envidia”[140].
¡Morir! ¡No ser ya nada! ¡No ser ya nadie! ¡Huir de la tiranía de las
cosas! ¡Escapar a la alucinación de sí mismo!
“¡Ah! Haced que yo no vuelva más a mí mismo”.
_De fate, c’a me stesso più non torni!_[141].
* * * * *
Escucho este grito trágico como si surgiera del rostro doloroso cuyos
ojos inquietos nos miran todavía en el Museo del Capitolio[142].
Era de estatura mediana, ancho de hombros, reciamente construido,
musculoso. Deformado su cuerpo por el trabajo, caminaba con la cabeza
echada atrás, la espalda hundida y el vientre levantado. Así nos
lo muestra un retrato de Francisco de Holanda: de pie, de perfil,
vestido de negro; un manto romano sobre los hombros, en la cabeza una
montera de tela y sobre ésta un gran sombrero de fieltro negro muy
hundido[143]. Tenía el cráneo redondo, la frente cuadrada, levantada
encima de los ojos y surcada con arrugas. Los cabellos eran negros,
poco abundantes, desordenados y crespos. Los ojos pequeños[144],
tristes y fuertes, eran color de cuerno, cambiantes y moteados con
manchas amarillas y azulosas. La nariz larga, recta y con caballete,
había sido aplastada por el puñetazo de Torrigiani[145]. Se marcaban
pliegues profundos de la nariz a la comisura de los labios; la boca era
fina; el labio inferior avanzaba un poco. Unas patillas escasas, y una
barba de fauno, ganchuda, no muy espesa, de cuatro a cinco pulgadas de
largo, encuadraban las mejillas enjutas y de pómulos salientes.
En el conjunto de la fisonomía dominan la tristeza y la incertidumbre.
Es una figura del tiempo del Tasso, ansiosa, roída por la duda. Sus
ojos conmovedores inspiran y atraen la compasión.
* * * * *
Y ésta no se le debe regatear. Debemos darle el amor al cual aspiró
toda su vida y que le fué rehusado. Conoció las más grandes desgracias
que puede sufrir un hombre; vió a su patria sujeta a la servidumbre;
vió a Italia entregada por siglos a los bárbaros; vió morir la
libertad; vió desaparecer uno tras otro a todos los que amaba; vió
extinguirse una tras otra todas las luces del arte.
Se quedó solo, el último en la noche que venía. Y en el dintel de la
muerte, cuando miraba hacia atrás, no tuvo el consuelo de decirse que
había hecho todo lo que debía y todo lo que hubiera podido hacer. Su
vida le pareció perdida, vana, porque había vivido sin alegría: la
había sacrificado en vano al ídolo del arte[146].
El trabajo monstruoso al cual él mismo se había condenado durante
noventa años de vida, sin un día de reposo, sin un día de verdadera
vida, no le había servido para ejecutar uno solo de sus grandes
proyectos. Ni una de sus grandes obras, de aquéllas que más le
importaban, había sido terminada. Una ironía de la suerte quiso que
este escultor[147] no lograra terminar más que las pinturas que
hizo a pesar suyo. De sus grandes trabajos, que le habían dado
alternativamente tantas esperanzas orgullosas y tantos tormentos, unos,
como el cartón de la guerra de Pisa y la estatua de bronce de Julio II,
fueron destruidos durante su vida; otros, como la tumba de Julio II y
la Capilla de los Médicis, abortaron lastimosamente: caricaturas de su
pensamiento.
El escultor Ghiberti, cuenta en sus _Comentarios_, la historia de
un pobre orfebre alemán, servidor del Duque de Anjou, “que se podía
comparar con los artistas antiguos de Grecia” y que al fin de su vida
vió destruir la obra a la cual había consagrado toda su existencia.
“Entonces supo que toda su fatiga había sido inútil y, arrodillándose,
exclamó: ‘¡Oh Señor, dueño del Cielo y de la Tierra, tú que haces
todas las cosas, no me dejes extraviar y seguir a nadie más que a
ti; ten piedad de mí!’ E inmediatamente dió todo lo que tenía a los
pobres y se retiró a un monasterio y allí murió”. Como el pobre orfebre
alemán, Miguel Ángel, al llegar al fin de su existencia, contempló
amargamente su vida vivida en vano, sus esfuerzos inútiles, sus obras
no terminadas, destruidas, incompletas.
Entonces abdicó. El orgullo del Renacimiento, el magnífico orgullo del
alma libre y soberana del universo, se transformó dentro de él en “este
amor divino que para acogernos, abre sus brazos en la Cruz”.
_...Volta a quell’amor divino
C’aperse a prender noi, ’n croce le braccia_[148].
El grito fecundo de la _Oda a la Alegría_ no llegó a ser lanzado. Hasta
su último aliento cantó la Oda al Dolor y a la Muerte liberadora. Fué
totalmente vencido.
* * * * *
Tal fué uno de los vencedores del mundo. Nosotros gozamos con las
obras de su genio, lo mismo que gozamos con la conquista de nuestros
antepasados, sin pensar en la sangre vertida.
_Non vi si pensa
Quanto sangue costa_[149].
Yo he procurado exponer esta sangre a la vista de todos, he querido
hacer flotar por encima de nuestras cabezas el estandarte rojo de los
héroes.
NOTAS:
[103] “Caigo de vez en cuando en una gran melancolía, como sucede a los
que están lejos de su hogar”. (Carta del 19 de agosto de 1497. Roma).
[104] Pensaba en sí mismo cuando hacía decir a su amigo Cecchino dei
Bracci, uno de los desterrados florentinos que vivían en Roma: “La
muerte me es grata, porque le debo la dicha de volver a mi patria que,
viviendo, me estaba prohibida”. (_Poesías_ de Miguel Ángel, edición
Carl Frey, LXXIII, 24).
[105] Los Buonarroti Simoni, originarios de Settignano, son mencionados
en las crónicas florentinas desde el siglo XII. Miguel Ángel no lo
ignoraba; conocía su genealogía. “Somos burgueses de la más noble
raza”. (Carta a su sobrino Lionardo, en diciembre 1546).--Le indignaba
que su sobrino pensara en ennoblecerse: “Esto no es respetarse; todos
saben que somos de la antigua burguesía florentina y tan nobles como
el que más”. (Febrero 1549). Trató de rehabilitar a su raza, haciendo
que sus gentes volvieran a tomar el antiguo nombre de los Simoni,
y fundando en Florencia una casa patricia; pero chocó siempre con
la mediocridad de sus hermanos: se avergonzaba al pensar que uno de
ellos (Gismondo) era carrero y vivía como campesino. En 1520, el Conde
Alejandro de Canossa le escribió que había encontrado en sus archivos
de familia, una prueba de que eran parientes. La información era falsa;
pero Miguel Ángel la creyó; quiso adquirir el Castillo de Canossa,
pretendida cuna de su raza. Su biógrafo Condivi, de acuerdo con sus
indicaciones, inscribió entre sus antepasados a Beatriz, hermana de
Enrique II, y a la gran Condesa Matilde.
[106] “Nunca he sido, continúa, un pintor, ni un escultor que hace
comercio del arte. Yo siempre me he guardado de ello por el honor de mi
raza”. (Carta a Lionardo, mayo 2, 1548).
[107] Condivi.
[108] Carta a su padre, el 19 de agosto de 1497. No fué “emancipado”
por su padre sino hasta el 13 de marzo de 1508, a los 33 años. (Acta
oficial, registrada el 28 de marzo siguiente).
[109] _Cartas_, 1507, 1509, 1512, 1513, 1525, 1547.
[110] Se encontraron después de su muerte, en su casa de Roma, de 7
a 8,000 ducados de oro con un valor de 4 a 500,000 francos de ahora.
Además, Vasari dice que ya había dado dos veces a su sobrino 7,000
escudos y 2,000 a su servidor Urbino. Tenía grandes sumas invertidas en
Florencia. La _Denunzia de’ beni_ de 1534 muestra que poseía entonces
seis casas y siete terrenos en Florencia, Settignano, Rovezzano,
Stradello, San Stefano de Pozzolatico, etc. Tenía pasión por la tierra,
y compraba constantemente: en 1505, 1506, 1512, 1515, 1517, 1518,
1519, 1520, etc. Era en él una herencia de campesino. Por lo demás, si
ahorraba no era para él; gastaba para los otros y se privaba de todo.
[111] Siguen algunos consejos de higiene que demuestran la barbarie
del tiempo: “Antes que todo cuida tu cabeza, consérvate moderadamente
caliente y no te laves nunca: puedes hacer que te limpien, pero no te
laves nunca”. _Cartas_: 19 de diciembre de 1500.
[112] _Cartas_, 1506.
[113] En septiembre de 1517, en la época de la fachada de San Lorenzo
y del _Cristo_ de la Minerva, “enfermó de muerte”. En septiembre de
1518, en las canteras de Seravezza, cae enfermo de fatiga y disgustos.
Nueva enfermedad en 1520, en la época de la muerte de Rafael. A fines
de 1521 un amigo, Lionardo el sillero, lo felicita por haberse curado
de una enfermedad “de la que muy pocos escapan”. En junio de 1531,
después de la toma de Florencia, ya ni duerme ni come, está enfermo de
la cabeza, del corazón; este estado se prolonga hasta el fin del año;
sus amigos lo creen perdido; en 1539 cae de sus andamios en la Sixtina
y se rompe una pierna. En junio de 1544, tiene una fiebre muy grave;
lo cuida en la casa Strozzi, en Florencia, su amigo Luis del Riccio.
En diciembre de 1545 y enero de 1546, tiene una peligrosa recaída de
esta fiebre, que lo deja muy debilitado; lo cuida otra vez Riccio en la
casa de los Strozzi. En marzo de 1549, sufre cruelmente del mal de la
piedra. En julio de 1555, lo tortura la gota; en julio de 1559 sufre de
nuevo por la piedra y dolores de todo género; está muy debilitado. En
agosto de 1561, tiene un ataque, “cae sin conciencia, con movimientos
convulsivos”.
[114] “_Febbre, fianchi dolor, morbi occhi e denti_”. _Poesías_, LXXXII.
[115] Julio, 1517. Carta escrita de Carrara a Domenico Buoninsegni.
[116] Julio, 1523. Carta a Bart. Angiolini.
[117] Constantemente en las cartas a su padre: “_No se atormente
usted_” (primavera de 1509). “_Me apena que usted viva en semejante
angustia, no piense usted en esto, se lo suplico_”. (27 de enero de
1509). “_No se asuste usted, no tenga ni una onza de tristeza_”. (15 de
septiembre de 1509).--El viejo Buonarroti parece haber tenido, como su
hijo, crisis de terror pánico. En 1521, como se verá más adelante, huyó
bruscamente de su propia casa gritando que su hijo lo había arrojado.
[118] “En la dulzura de una perfecta amistad se oculta con frecuencia
un agravio al honor y a la vida...”. (_Soneto_ LXXIV, a su amigo
Luis del Riccio, que acababa de salvarlo de una enfermedad grave en
1546).--Véase la hermosa carta de justificación que le escribió, en
15 de noviembre de 1561, su fiel amigo Tommaso de Cavalieri, de quien
sospechaba injustamente: “Estoy más que seguro de no haberos ofendido
jamás; pero creéis demasiado fácilmente a los que menos deberíais
creer...”.
[119] “Vivo en continua desconfianza... No tengáis confianza en nadie,
dormid con los ojos abiertos”.
[120] Cartas de septiembre y octubre de 1515 a su hermano Buonarroto:
“No te burles de lo que te escribo... No debe uno burlarse de nadie; y
en estos tiempos, vivir en el temor y la inquietud no perjudica ni al
cuerpo ni al alma... En cualquier tiempo es bueno inquietarse...”.
[121] Con frecuencia en sus cartas se llama “melancólico y loco”,
“viejo y loco”, “loco y malvado”. Por lo demás, se defiende de esta
locura que se le reprocha, alegando que nunca ha hecho daño más que a
sí mismo.
[122] _Poesías_, XLII.
[123]
_Ché degli amanti è men felice stato
Quello, ove ’l gran desir gran copia affrena,
C’una miseria di speranza piena._
“Es menor felicidad para el que ama, la plenitud del goce que extingue
el deseo, que la miseria llena de esperanza”. (_Soneto_ CIX, 48).
[124] “Todo me entristece, escribía... El bien mismo, a causa de su
duración demasiado corta, aflije y oprime mi alma tanto como el mal”.
[125] _Poesías_, LXXXI.
[126] _Poesías_, LXXIV.
[127] Deben recordarse los años que pasó en las canteras de Seravezza,
para la fachada de San Lorenzo.
[128] Por ejemplo, aceptó el encargo del _Cristo_ de la Minerva en
1514, y en 1518 exclamaba desolado por no haber podido ni empezar:
“muero de dolor... me parece que soy un ladrón”. Lo mismo por lo que se
refiere a la Capilla Piccolomini, de Siena, para la cual había firmado
un contrato, en 1501, estipulando que entregaría la obra en tres
años. Sesenta años más tarde, en 1561, todavía se atormentaba por el
compromiso no cumplido.
[129] “_Facte paura a ognuno insino a’ papi_”, le escribía Sebastián del
Piombo, el 27 de octubre de 1520.
[130] Conversación con Vasari.
[131] Así en 1534, cuando quiere huir de Pablo III y acaba por dejarse
encadenar a la tarea.
[132] Por ejemplo, la carta humillante del Cardenal Julio de Médicis,
el futuro Clemente VII, del 2 de febrero de 1518, sospechando que
Miguel Ángel se hubiera dejado comprar por los Carraras. Miguel
Ángel se inclina, acepta y escribe “que sólo le importa en el mundo
complacerlo”.
[133] Véanse sus cartas y las que hizo que Sebastián del Piombo le
escribiera después de la toma de Florencia. Se inquieta por su salud,
por sus sufrimientos. En 1531 publica un breve para defenderlo contra
las impertinencias de los que abusaban de su complacencia.
[134] Compárese la humilde carta de Miguel Ángel a Febo en diciembre de
1533, con la respuesta de Febo en enero de 1534, pedigüeña y vulgar.
[135] “...Si yo no poseo el arte de navegar sobre el océano de vuestro
poderoso genio, éste me excusará y no me despreciará, porque no puedo
compararme a él. Quien es único en todo no puede nunca ser igualado”.
(Miguel Ángel a Tommaso de Cavalieri, 1.º de enero de 1533).
[136] “Hasta ahora me he cuidado de hablar con los desterrados y de
tener trato con ellos y me cuidaré todavía más en lo futuro. No hablo
con nadie; especialmente, no hablo con los florentinos. Si se me saluda
en la calle tengo que responder amistosamente, pero no me detengo. Si
yo supiera quiénes son los desterrados florentinos, no respondería de
ninguna manera”. (Carta de Roma, en 1548, a su sobrino Lionardo, quien
lo ha advertido de que en Florencia se le acusa de tener relaciones con
los desterrados, contra los cuales Cosme II acababa de promulgar un
edicto muy severo).
Hace más todavía. Reniega de la hospitalidad que recibió estando
enfermo, en la casa de los Strozzi:
“En cuanto al reproche que se me hace de haber sido recibido y cuidado,
durante mi enfermedad, en la casa de los Strozzi, considero que no
estaba en su casa, sino en el cuarto de Luis del Riccio, quien me
era muy adicto”.(Luis del Riccio estaba al servicio de los Strozzi).
Hay tan pocas dudas de que Miguel Ángel hubiera sido huésped de los
Strozzi y no de Riccio, que él mismo, dos años antes, había enviado los
_Dos Esclavos_ (ahora en el Louvre) a Roberto Strozzi, para darle las
gracias por su hospitalidad.
[137] En 1531, después de la toma de Florencia, después de su sumisión
a Clemente VII y de sus cortejos a Valori.
[138] _Poesías_, XLIX. Probablemente por el año de 1532.
[139] _Ibid._, VI. Entre 1504 y 1511.
[140]
_Né tem’or più cangiar vita né voglia,
Che quasi senza invidia non lo scrivo...
L’ore distinte a voi non fanno forza,
Caso o necessità non vi conduce..._
(_Poesías_, LVIII. Sobre la muerte de su padre; 1534).
[141] _Ibid._, CXXXV.
[142] La descripción que sigue se inspira en diversos retratos de
Miguel Ángel: principalmente en el de Jacobo del Conte (1544-1545) que
está en los Uffizi, y del cual Marcelo Venusti hizo una copia atenuada
(Museo del Capitolio); en el grabado de Francisco de Holanda, que
data de 1538-1539; en el de Julio Bonasoni que es de 1546, y en la
descripción de Condivi, hecha en 1553. Su discípulo y amigo Daniel de
Volterra hizo después de su muerte varios bustos de él. Leone Leoni
grabó en 1561 una medalla con su efigie.
[143] Así lo vieron todavía los que mandaron abrir su ataúd en 1564,
cuando fué llevado su cuerpo de Roma a Florencia. Parecía dormido,
con su sombrero de fieltro en la cabeza y en los pies sus botas con
espuelas.
[144] Condivi. El retrato de Venusti los representa bastante grandes.
[145] Hacia 1490-1492.
[146]
_L’affectuosa fantasia,
che l’arte mi fece idol’e monarca..._
“La fantasía apasionada
que me hizo del arte un ídolo y un monarca”.
(_Poesías_, CXLVII. Entre 1555 y 1556).
[147] Se llamaba a sí mismo _escultor_ y no _pintor_. “Ahora, escribe
el 10 de marzo de 1508, yo, Miguel Ángel, _escultor_, he comenzado las
pinturas de la Capilla (Sixtina)”. “Ése no es mi oficio, escribía un
año después... pierdo mi tiempo sin utilidad”. (27 de enero de 1509).
Nunca cambió de opinión sobre este punto.
[148] _Poesías_, CXLVII.
[149] Dante. _Paraíso_, XXIX, 91.
LA LUCHA
[Ilustración]
I
LA FUERZA
_Davide cholla fromba
e io choll’archo._
Miguel Ángel[150].
Nació el 6 de marzo de 1475 en Caprese, en el Casentino. País áspero,
“aire fino”,[151] rocas y bosques de hayas dominando el espinazo
del Apenino huesoso. No muy lejos Francisco de Asís vió aparecer al
Crucificado sobre el Monte Alvernia.
El padre[152], podestá de Caprese y Chiusi, era un hombre violento,
inquieto, “temeroso de Dios”. La madre,[153] murió cuando Miguel
Ángel tenía seis años[154]. Fueron cinco hermanos: Lionardo, Miguel
Ángel, Buonarroto, Giovan Simone y Sigismondo[155]. Miguel Ángel fué
enviado a la casa de su nodriza, la mujer de un tallador de piedras de
Settignano; y más tarde, bromeando, atribuía a esta leche su vocación
de escultor. Lo mandaron a la escuela y no se ocupó en ella más que de
dibujo. “Fué mal visto por esta causa y a menudo cruelmente golpeado
por su padre y los hermanos de su padre, que tenían odio para la
profesión de artista y consideraban como una vergüenza tener un artista
en casa”[156]. Así aprendió a conocer desde niño la brutalidad de la
vida y la soledad del espíritu.
Su obstinación venció a su padre. A los trece años entró como aprendiz
en el taller de Domenico Ghirlandajo, el más grande, el más sano de los
pintores florentinos. Sus primeros trabajos tuvieron tanto éxito que
según se dice, el maestro sintió celos del alumno[157]. Se separaron al
cabo de un año.
La pintura lo había disgustado. Aspiraba a un arte más heroico. Pasó a
la escuela de escultura que Lorenzo de Médicis sostenía en los jardines
de San Marcos[158]. El príncipe se interesó por él; lo alojó en el
Palacio y lo admitió en la mesa de sus hijos; el niño se encontró en el
corazón del Renacimiento italiano, en medio de colecciones antiguas,
en la atmósfera poética y erudita de los grandes Platónicos: Marsilio
Ficino, Benivieni, Ángel Policiano. Miguel Ángel se exaltó con estos
espíritus; viviendo en un mundo antiguo se hizo un alma antigua; fué
un escultor griego. Guiado por Policiano, “quien lo quería mucho”,
esculpió _El Combate de los Centauros y los Lapitas_[159].
Este bajo relieve orgulloso, donde imperan únicamente la fuerza y la
belleza impasibles, refleja el alma atlética del adolescente y sus
juegos salvajes con sus rudos compañeros.
Iba a la Iglesia del Carmine a dibujar los frescos de Masaccio, con
Lorenzo di Credi, Bugiardini, Granacci y Torrigiano dei Torrigiani. Se
burlaba de sus camaradas menos hábiles que él. Un día atacó al vanidoso
Torrigiani; éste le aplastó la cara de un puñetazo y, más tarde, se
alababa de ello contando a Benvenuto Cellini: “Cerré el puño y le di un
golpe tan violento en la nariz que sentí los huesos y los cartílagos
aplastarse como una oblea. Así lo dejé señalado para toda su vida”[160].
* * * * *
El paganismo no había extinguido la fe cristiana de Miguel Ángel. Los
dos mundos enemigos se disputaban su alma.
En 1490 el monje Savonarola comenzó sus inflamadas predicaciones sobre
el Apocalipsis. Tenía treinta y siete años y Miguel Ángel quince.
Vió al pequeño y endeble predicador devorado por el Espíritu de Dios;
se sintió helado de espanto por la voz terrible que desde el púlpito
del _Duomo_ lanzaba rayos sobre el Papa y suspendía sobre Italia la
espada sangrienta de Dios; Florencia temblaba; la gente corría por las
calles llorando y gritando como enloquecida; los más ricos ciudadanos,
Ruccellai, Salviati, Albizzi, Strozzi, pedían ingresar en las órdenes
monásticas; los sabios, los filósofos, hasta Policiano y Pico de la
Mirandola, abdicaban de su razón[161]. El hermano mayor de Miguel
Ángel, Lionardo, se hizo dominico[162].
Miguel Ángel no se escapó del contagio del espanto. Cuando se aproximó
aquél a quien el Profeta había anunciado, el nuevo Ciro, la espada de
Dios, el pequeño monstruo deforme--Carlos VIII, Rey de Francia--fué
presa del pánico. Un sueño lo enloqueció.
Un amigo suyo, Cardiere, poeta y músico, vió que se le aparecía una
noche la sombra de Lorenzo de Médicis, vestido de harapos, de duelo,
semidesnudo; el muerto le ordenó previniese a su hijo Pedro que iba a
ser arrojado de su patria y que no retornaría nunca a ella[163]; contó
su visión a Miguel Ángel y éste lo convenció para que se la comunicara
al Príncipe; pero Cardiere, que tenía miedo a Pedro, no se atrevió.
Pocos días después, volvió una mañana a buscar a Miguel Ángel y le
dijo, lleno de espanto, que el muerto se le había aparecido de nuevo,
con el mismo vestido; y como Cardiere, acostado, lo mirara fijamente
en silencio, el fantasma lo abofeteó para castigarlo por no haber
obedecido. Miguel Ángel hizo violentos reproches a Cardiere y le obligó
a que fuera inmediatamente a pie a la Villa de los Médicis, Careggi,
cerca de Florencia. A la mitad del camino, Cardiere encontró a Pedro,
lo detuvo e hizo su narración. Pedro se rió estrepitosamente y mandó a
sus escuderos que lo apalearan. El Canciller del Príncipe, Bibbiena, le
dijo: “Tú estás loco, ¿a quién crees que Lorenzo quiera más, a su hijo
o a ti? Si hubiera querido aparecerse lo habría hecho a él y no a ti”.
Cardiere, humillado y escarnecido, se volvió a Florencia; hizo saber a
Miguel Ángel el fracaso de su intento y lo convenció tan bien de las
desgracias que debían caer sobre Florencia, que Miguel Ángel huyó dos
días después[164].
Éste fué el primer acceso de los terrores supersticiosos que se
reprodujeron más de una vez durante su vida y que se apoderaban de él a
pesar de su propia vergüenza.
* * * * *
Huyó hasta Venecia.