que son enteramente beethovianos ya, y nuestros músicos de la
Revolución, principalmente Cherubini, cuyo estilo en algunas de sus
composiciones religiosas y dramáticas sirvió a las veces de modelo a
Beethoven.
IV.--RETRATOS DE BEETHOVEN.
1789.--_Silueta de Beethoven a los diez años de edad._ (En la casa de
Beethoven, en Bonn; reproducido en la Biografía de Frimmel, página 16).
1791-92.--_Miniatura de Beethoven_ por Gerhard von Kugelgen. (Propiedad
de Georg Henschel, de Londres; reproducido en el _Musical Times_ de 15
de diciembre de 1892, página 8).
1801.--Dibujo de H. Stainhauser, grabado por Johann Neidl. (Reproducido
en _Les Musiciens célébres_, 1878, página 267, por Félix Clément; y por
Frimmel, página 28).
1802.--_Grabado de Scheffner_, tomado de Stainhauser. (En la casa de
Beethoven en Bonn, y reproducido en _Die Musik_ del 15 de marzo de 1902,
página 1145).
1802.--_Miniatura de Beethoven_ por Christian Hornemann. (Propiedad de
la señora de Breuning, en Viena; y reproducido por Frimmel, página 31).
1805.--_Retrato de Beethoven_ por W. J. Maehler. (Propiedad de Roberto
Heimler, de Viena; reproducido en el _Musical Times_, página 7; y por
Frimmel, página 34).
1808.--_Dibujo de L. F. Schnorr de Carolsfeld_, litografiado por J.
Bauer. (Casa de Beethoven en Bonn).
1812.--_Mascarilla de Beethoven_, moldeada por Franz Klein.
1812.--_Busto de Beethoven_, por Franz Klein, según la mascarilla.
(Propiedad del fabricante de pianos E. Streicher, de Viena. Reproducido
por Frimmel, página 46; y en el _Musical Times_, página 19).
1814.--_Dibujo de L. Letronne_, grabado por Blasius Hoefel. (El más
hermoso retrato de Beethoven; la casa de Beethoven, en Bonn, posee el
ejemplar que él mismo regaló a Wegeler. Reproducido por Frimmel, página
51, y por el _Musical Times_, página 21).
1815.--_Dibujo de L. Letronne_, grabado por Riedel. (Reproducido en
_Die Musik_, página 1147).
1815.--_Segundo retrato de Beethoven_ por Maehler. (Propiedad de Ign.
von Gleichenstein, de Fribourg-de-Brisgovia.--Hay una reproducción en
la casa de Beethoven, en Bonn).
1815.--_Retrato de Beethoven_ por Christian Heckel. (Propiedad de J.-F.
Heckel, de Mannheim; y reproducción en la casa de Beethoven en Bonn).
1818.--_Grabado según el dibujo de Beethoven_ por Aug. von Kloeber.
(Reproducido en el _Musical Times_, página 25).--El dibujo original de
Kloeber está en la colección del Dr. Erich Prieger, en Bonn.
1819.--_Retrato de Beethoven_, por Ferdinand Schimon. (En la casa
de Beethoven, en Bonn; reproducido en _Die Musik_, página 1149; por
Frimmel, página 63; y por el _Musical Times_, página 29).
1819.--_Retrato de Beethoven_ por K. Joseph Stieler. (Propiedad de
Alex. Meyer Cohn, de Berlín, y reproducido por Frimmel en la página 71).
1821.--_Busto de Beethoven_ por Anton Dietrich (Propiedad de Leopoldo
Schroetter de Kristelli; reproducción en la casa de Beethoven en Bonn).
1824-26.--_Dibujos-caricaturas de Beethoven paseando_, por J.-P. Lyser
(Originales propiedad de la _Gesellschaft der Musikfreunde_, de Viena;
reproducidos por Frimmel, página 67; y por el _Musical Times_, página
15).
1823.--_Dibujos-caricaturas de Beethoven paseando_, por Jos. van Boehm.
(Reproducidos por Frimmel, página 70).
1823.--_Retrato de Beethoven_ por Waldmueller. (Propiedad de Breitkopf
y Haertel, de Leipzig; reproducido por Frimmel, página 72).
1825-26.--_Dibujo de Beethoven_, por Stefan Decker. (Propiedad de Georg
Decker, de Viena; reproducción en la casa de Beethoven, en Bonn).
1826.--_Dibujo de B._ por A. Dietrich, litografiado por Jos. Kriehuber.
(Reproducido por Frimmel, página 73).
1826.--_Busto de Beethoven a la antigua_, por Schaller. (Propiedad de
la Sociedad Filarmónica de Londres; copia en la casa de Beethoven, en
Bonn; reproducido por Frimmel, página 74, y en el _Musical Times_).
1827.--_Boceto de Beethoven en su lecho de muerte_, por Jos.
Danhauser. (Propiedad de A. Artaria, de Viena; reproducido en la
_Allgemeine Musik-Zeitung_, de 19 de abril de 1901).
1827.--_Tres bocetos de Beethoven en su lecho de muerte_, por
Teltscher. (Propiedad del Dr. Aug. Heymann; publicados por Frimmel;
reproducidos en el _Courrier musical_, de 15 de noviembre de 1909).
1827.--_Mascarilla de Beethoven muerto_, moldeada por Danhauser (Casa
de Beethoven, en Bonn).
Numerosos retratos de Beethoven han sido hechos después de su muerte.
La obra más notable que se le ha consagrado es el monumento de Max
Klinger (Viena, 1902).
NOTAS:
[86] Heiligenstadt es un barrio de Viena. Beethoven estaba allí por una
temporada.
[87] El nombre fué olvidado en el manuscrito.
[88] A propósito de esta queja dolorosa, quiero hacer una observación,
que creo no ha sido hecha antes nunca. Se sabe que, al final del
segundo trozo de la _Sinfonía pastoral_, la orquesta hace escuchar el
canto del ruiseñor, del cuco y de la codorniz; y puede decirse, además,
que casi toda la sinfonía está tejida de cantos y de murmullos de la
naturaleza. Los tratadistas de estética han discutido mucho acerca de
la cuestión de saber si se debía o no aprobar estos ensayos de música
imitativa. Ninguno de ellos advirtió que Beethoven no imitaba nada,
puesto que nada oía: creaba en su espíritu un mundo que había muerto
para él. Y esto es lo que hace más conmovedora esa evocación de los
pájaros, puesto que el único modo que le quedaba de escucharlos era
haciéndolos cantar dentro de sí mismo.
[89] Probablemente escrita en 1801.
[90] Stephan von Breuning.
[91] Zmeskall (?). Era secretario áulico en Viena y fué siempre muy
adicto a Beethoven.
[92] Op. 18, número 1.
[93] Nohl, en su edición de las _Lettres de Beethoven_, ha suprimido
las palabras: _und den Schöpfer_ (y el Creador).
[94] Eleonora.
[95] Me ha parecido que no carece de interés reproducir las dos cartas
siguientes, porque hacen conocer a estas excelentes personas, los más
fieles amigos de Beethoven. Por los amigos se puede juzgar al hombre.
[96] Se notará que los amigos de este tiempo, aun cuando se estimasen
mucho, tenían afecciones menos impacientes que las nuestras. Beethoven
contesta a Wegeler diez meses después de recibida su carta.
[97] Beethoven no dudaba que escribía entonces su última obra: el
segundo _finale_ de su cuarteto, op. 130. Estaba en la casa de su
hermano, en Gneixendorf, cerca de Krems, en el Danubio.
[98] Duque de Achat (?).
[99] Beethoven, a punto de carecer de dinero, se había dirigido a la
Sociedad Filarmónica de Londres y a Moscheles, que estaba por entonces
en Inglaterra, tratando de organizar un concierto en su beneficio. La
Sociedad tuvo la generosidad de enviarle inmediatamente cien libras
esterlinas, a cuenta; y él se sintió conmovido hasta el fondo de su
corazón. “Era un espectáculo desgarrador, dice un amigo, verlo cuando
recibió esta carta unir las manos y sollozar de alegría y de gratitud”.
En la emoción, la herida volvió a abrirse. Quiso todavía dictar una
carta para dar gracias a los “nobles ingleses, que se habían interesado
por su triste suerte”; les prometía una obra: su Décima Sinfonía, una
obertura, todo lo que quisieran. “Nunca hasta hoy, decía, comenzaré una
obra con tanto amor como la haré para ellos”. Esta carta es del 18 de
marzo, y el 26 había muerto.
[100] En francés en el texto, menos la última palabra.
[101] “La ejecución de Beethoven, como pianista, no era correcta, y su
digitación tenía a menudo faltas; la calidad del sonido era descuidada.
Pero ¿quién iba a pensar en el ejecutante? Absorbían desde luego sus
pensamientos, de cualquier manera que sus manos los expresaran”. (Barón
de Trémont, 1809).
[102] Las palabras subrayadas están en francés en el original.--Ya
hemos dicho antes que esta carta Cherubini no la contestó nunca.
VIDA DE MIGUEL ÁNGEL
[Ilustración]
INTRODUCCIÓN
Hay en el _Museo Nazionale_ de Florencia una estatua de mármol que
Miguel Ángel llamaba el Vencedor. Es un joven desnudo, de cuerpo
hermoso y con los cabellos en bucles sobre la frente. De pie y erguido,
apoya la rodilla sobre la espalda de un prisionero barbudo que estira
la cabeza hacia adelante, como un buey. Pero el vencedor no lo mira.
En el instante de ir a lanzar el golpe, se detiene, con expresión de
tristeza en la boca y con los ojos indecisos. Su brazo se repliega
hacia el hombro. Se echa hacia atrás; ya no quiere la victoria, como si
le repugnara: Ha vencido y está vencido.
Esta imagen de la Duda heroica, esta Victoria con las alas rotas, que
de todas las obras de Miguel Ángel fué la única que permaneció hasta
la muerte del artista en su taller de Florencia, y con la cual el
confidente de sus pensamientos, Daniel de Volterra, quería decorar su
catafalco, es el mismo Miguel Ángel y el símbolo de toda su vida.
* * * * *
El sufrimiento es infinito y asume todas las formas. Unas veces lo
causa la tiranía ciega de las cosas: la miseria, las enfermedades, las
injusticias de la suerte, la maldad de los hombres. Otras tiene su
asiento en el mismo ser. No es entonces menos lastimoso ni menos fatal,
porque nadie tiene la elección de su propio ser, nadie ha pedido vivir
ni ser lo que es.
Este último sufrimiento fué el de Miguel Ángel. Tuvo la fuerza, tuvo
la rara fortuna de ser forjado para luchar y vencer, y venció.--Pero
¿y qué? No quería la victoria. No era eso lo que quería.--¿Tragedia de
Hamlet? ¡Terrible contradicción entre un genio heroico y una voluntad
que no lo era, entre pasiones imperiosas y una voluntad que no quería!
Nosotros no veremos en esto, como otros muchos, una grandeza más. Nunca
diremos que porque un hombre es demasiado grande, el mundo no le basta.
La inquietud de espíritu no es un signo de grandeza. Toda falta de
armonía entre el ser y las cosas, entre la vida y sus leyes, aun en los
grandes hombres, no se debe a su grandeza, sino a su debilidad. ¿Por
qué tratar de ocultar esta debilidad? ¿El más débil es menos digno de
amor? Al contrario, es más digno de amor, porque lo necesita. Yo no
elevo estatuas a los héroes inaccesibles. Odio el idealismo cobarde que
aparta las miradas de las miserias de la vida y de las debilidades del
alma.
Es preciso que el pueblo, tan sensible para las ilusiones falaces de
las palabras sonoras, sepa que la mentira heroica es una cobardía. No
hay más que un heroísmo en el mundo: verlo tal como es... y amarlo.
* * * * *
Lo trágico del destino que presento aquí, es que ofrece la imagen de
un sufrimiento innato, que viene de lo más hondo del ser, que lo roe
sin tregua y no lo abandona sino hasta haberlo destruido. Uno de los
tipos más poderosos de esta gran raza humana, que desde hace diecinueve
siglos llena el Occidente con sus gritos de dolor y de fe, es el
cristiano.
Un día, en lo futuro, en el fin de los siglos (si se conserva todavía
el recuerdo de nuestra tierra), un día, los que entonces existan se
inclinarán sobre el abismo de esta raza desaparecida, como Dante en
la orilla de Malebolge, con una mezcla de admiración, de horror y de
piedad.
Pero nadie lo sentirá mejor que nosotros, los que sufrimos desde niños
esas angustias, los que hemos visto debatirse en ellas a nuestros
seres más queridos; nosotros, los que hemos sentido en la garganta el
olor acre y embriagador del pesimismo cristiano, los que hemos tenido
que hacer a veces esfuerzos para no ceder, como algunos otros, en los
momentos de duda, ¡al vértigo de la Nada Divina!
¡Dios! ¡Vida eterna! ¡Refugio de los que no logran vivir aquí abajo!
¡Fe, que no es con frecuencia más que falta de fe en la vida, falta de
fe en el porvenir, falta de fe en sí mismo, falta de valor y falta de
alegría! ¡Nosotros sabemos sobre cuántas derrotas está fundada vuestra
dolorosa victoria!...
Por eso os amo, cristianos, porque os compadezco. Os compadezco y
admiro vuestra melancolía. Vosotros entristecéis el mundo, pero lo
embellecéis. El mundo sería más pobre sin vuestro dolor. ¡En esta época
de cobardes, que tiemblan frente al dolor y reivindican ruidosamente
su derecho a la felicidad, que no es a menudo más que el derecho a
la desdicha de los demás, atrevámonos a ver de frente al dolor y a
venerarlo! Alabada sea la alegría y alabado el dolor. La una y el otro
son hermanos, y los dos son santos. Forjan el mundo e impulsan a las
almas grandes. Son la fuerza, son la vida, son Dios. Quien no los ama a
entrambos, no ama a ninguno de ellos. Y el que los ha probado, sabe el
valor de la vida, y la dulzura de abandonarla.
ROMAIN ROLLAND
[Ilustración]
[Ilustración]
MIGUEL ÁNGEL
Era un burgués florentino, de esa Florencia de palacios sombríos, de
torres que surgen como lanzas, de colinas esbeltas y secas, finamente
cinceladas sobre el cielo color de violeta, con los husos negros
de sus cipreses pequeños y la banda de plata de los olivos que se
estremecen como olas; de esa Florencia de aguda elegancia, donde el
rostro pálido e irónico de Lorenzo de Médicis, y Maquiavelo, de boca
grande y astuta, satirizaban la _Primavera_ y las Venus cloróticas
de Botticelli, de cabelleras de oro pálido; de esa Florencia febril,
orgullosa, neurótica, presa de todos los fanatismos, sacudida por todas
las histerias religiosas o sociales, donde todos eran libres y todos
eran tiranos, donde era tan dulce vivir y la vida era un infierno;
de esa ciudad de ciudadanos inteligentes, intolerantes, entusiastas,
rencorosos, de lengua acerada, de espíritu desconfiado, que se espiaban
entre sí, tenían celos unos de otros y se devoraban mutuamente; de esa
ciudad donde no cabía el espíritu libre de Leonardo; donde Botticelli
terminaba en el misticismo alucinado de un puritano de Escocia; donde
Savonarola, con su perfil cabrío y sus ojos ardientes, hacía bailar en
ronda a los monjes, alrededor de la hoguera en que quemaba las obras
de arte, y donde, tres años más tarde, se volvía a levantar la hoguera
para quemar al profeta.
Fué de esa ciudad y de ese tiempo con todos sus prejuicios, sus
pasiones y su ardor.
Con seguridad no era afectuoso para sus compatriotas. Su genio de
anchos pulmones, hecho para el aire libre, despreciaba el arte de
cenáculos, el estilo amanerado, el realismo vulgar, el sentimentalismo,
la mórbida sutileza. Los trataba rudamente, pero los amaba; no tenía
para su patria la indiferencia sonriente de Leonardo.
Lejos de Florencia, lo devoraba la nostalgia[103]. Toda su vida agotó
sus esfuerzos en vano para vivir en Florencia. Estuvo con Florencia en
las horas trágicas de la guerra, y quiso “volver aunque fuera muerto,
ya que no había podido vivo”[104].
Como viejo florentino estaba orgulloso de su sangre y de su raza, más
que de su mismo genio[105]. No permitía que se le considerase como a un
artista:
“Yo no soy el escultor Michelagniolo, soy Michelagniolo
Buonarroti”[106].
Espíritu aristocrático, tenía todos los prejuicios de casta y aun
llegaba a decir que “el arte debería ser ejercido por los nobles y no
por los plebeyos”[107].
Tenía de la familia un concepto religioso, antiguo, casi bárbaro; le
sacrificaba todo, y quería que los demás hicieran lo mismo. Habríase,
decía, “vendido por ella como esclavo”[108]. El afecto intervenía muy
poco en ello.
En 1515, con motivo del viaje de León X a Florencia, Buonarroto,
hermano de Miguel Ángel, fué nombrado _comes palatinus_ y los
Buonarroti recibieron el privilegio de poner en sus armas la palla de
los Médicis con tres flores de lis y la cifra del Papa.
Despreciaba a sus hermanos, que bien lo merecían. Despreciaba a
su sobrino, heredero suyo. Pero en éste, en ellos, respetaba a los
representantes de su raza. Esta palabra aparece sin cesar en sus
cartas: “...nuestra raza, _la nostra gente_... sostener nuestra raza...
que nuestra raza no muera...”.
Tuvo todas las supersticiones, todos los fanatismos de esta raza dura y
fuerte, que fué la arcilla de que se formó su ser. Pero de esta arcilla
surgió el fuego que todo lo purifica: el genio.
* * * * *
Quien no crea en el genio, quien no sepa qué es, que mire a Miguel
Ángel. Ningún hombre ha sido dominado por el genio como él. Este genio
no parecía que fuera de su misma naturaleza. Era un conquistador que se
había arrojado sobre él y lo tenía sujeto. Su voluntad no intervenía
allí para nada, y, casi se podría decir, tampoco su espíritu ni su
corazón. Era una exaltación frenética, una vida formidable en un
cuerpo y una alma demasiado débiles para contenerla. Vivía en un furor
continuo. El sufrimiento de este exceso de fuerza lo llenaba y lo hacía
trabajar, obrar sin descanso, sin una hora de reposo.
“Me agoto trabajando, como ningún hombre lo ha hecho nunca, escribía;
no pienso más que en trabajar día y noche”.
Esta necesidad de actividad enfermiza no solamente lo hacía acumular
las tareas y aceptar más trabajo del que podía ejecutar: degeneraba en
manía; quería esculpir montañas. Si tenía que construir un monumento,
perdía años enteros en las canteras, escogiendo los bloques y
construyendo caminos para el transporte; quería ser todo: ingeniero,
obrero, tallador de piedras; quería hacerlo todo por sí mismo, elevar
palacios e iglesias él solo. Era una vida de forzado. No se concedía
ni el tiempo necesario para comer y dormir. A cada instante, en sus
cartas, aparece esta repetición lamentable:
“Apenas tengo tiempo para comer... No tengo tiempo ni para comer...
desde hace doce años la fatiga aniquila mi cuerpo, carezco de lo
indispensable... No tengo ni un centavo, estoy desnudo, sufro
penas innumerables... Vivo entre penas y miseria... lucho con la
miseria...”[109].
Esta miseria era imaginaria. Miguel Ángel era rico, se hizo rico, muy
rico[110]. ¿Pero de qué le servía serlo? Vivía como pobre uncido a su
tarea, como un caballo de molino. Nadie podía comprender por qué se
torturaba así; nadie podía comprender que no estaba en su poder dejar
de torturarse, que esto era una necesidad para él. Su mismo padre, que
se le parecía en muchos rasgos, se lo reprochaba:
“Tu hermano me ha dicho que vives con gran economía, y hasta de una
manera miserable: La economía es buena, pero la miseria es mala; es
un vicio que disgusta a Dios y a los hombres, y que perjudicará tu
alma y tu cuerpo. Mientras seas joven, podrá pasar; pero cuando no lo
seas, las enfermedades y los achaques que haya producido esta vida
mala y miserable, saldrán todos a luz. Evita la miseria, vive con
moderación, cuida de que no te falte lo necesario, guárdate del exceso
de trabajo...”[111].
Pero ningún consejo pudo nada. Nunca consintió en tratarse de una
manera más humana. Se alimentaba con un poco de pan y de vino; dormía
algunas horas apenas. Cuando estaba en Bolonia, trabajando en la
estatua de bronce de Julio II, no tenía más que un lecho para él y sus
tres ayudantes[112]. Se acostaba vestido y con las las botas puestas.
Una vez se le hincharon las piernas, hubo que cortar las botas, y al
quitárselas se le arrancaba la piel de las piernas.
Esta higiene espantosa hizo que constantemente estuviera enfermo como
su padre se lo había advertido. Se descubren en sus cartas indicios de
catorce o quince enfermedades graves[113]. Tenía calenturas, que lo
pusieron más de una vez al borde del sepulcro. Sufría de los ojos, de
los dientes, de la cabeza y del corazón[114]. Lo roían las neuralgias,
sobre todo cuando dormía; el sueño era para él un sufrimiento. Desde
muy temprano fué un viejo. A los cuarenta y dos años, se sentía
decrépito[115]. A los cuarenta y ocho años, escribe que si trabaja un
día tiene que descansar cuatro[116]. Rehusaba obstinadamente dejarse
atender por ningún médico.
Todavía más que su cuerpo, su espíritu sufre las consecuencias de
esta vida de trabajo de forzado. El pesimismo lo minaba. Era en
él un mal hereditario. En su juventud se fatigaba tranquilizando
a su padre, quien parece haber tenido a veces accesos de delirio
de persecución[117]. Pero estaba él mismo más enfermo que aquél
a quien pretendía tranquilizar. Esta actividad sin tregua, esta
fatiga aplastante, sin descanso, lo entregaban indefenso a todas
las aberraciones de su espíritu, que temblaba con toda clase de
sospechas. Desconfiaba de sus enemigos. Desconfiaba de sus amigos[118].
Desconfiaba de sus padres, de sus hermanos, de su hijo adoptivo, porque
tenía sospechas de que esperaban con impaciencia su muerte.
Todo le inquietaba[119]; su propia gente se burlaba de su eterna
inquietud[120]. Vivía como él mismo dice “en un estado de melancolía
o más bien de locura”[121]. A fuerza de sufrir había acabado por
encontrar una especie de gusto en el sufrimiento, una amarga alegría:
“Y más me gusta lo que más me daña”.
_E più mi giova dove più mi nuoce_[122].
Todo se había hecho para él un motivo de sufrimiento. Hasta el
amor[123], hasta el bien[124].
“Mi alegría es la melancolía”.
_La mia allegrez’ è la maninconia_[125].
Nadie fué menos hecho para la alegría y mejor conformado para el dolor.
El dolor era lo único que veía, lo único que sentía en el inmenso
universo. Todo el pesimismo del mundo se resume en este grito de
desesperación, de una injusticia sublime:
“Mil placeres no valen un tormento”.
_Mille piacer non vaglion un tormento_[126].
* * * * *
“Su energía devoradora, dice Condivi, lo separó casi completamente de
toda sociedad humana”.
Vivió solo. Odió y fué odiado. Amó y no fué amado. Se le admiraba y se
le temía. Al fin, llegó a inspirar un respeto religioso y a dominar a
su siglo. Entonces se apacigua un poco. Ve a los hombres desde arriba
y los hombres lo ven desde abajo. Mas nunca es uno de ellos; nunca
alcanza el reposo, la dulzura que se concede al más humilde de los
seres, de poder durante un minuto de su vida adormecerse en el afecto
de otra persona, formar con dos almas distintas una sola personalidad.
No le fué concedido el amor de una mujer; en este cielo desierto luce
únicamente, por un instante, la estrella fría y pura de la amistad de
Vittoria Colonna. En torno suyo es la noche que surcan los meteoros
ardientes de sus pensamientos, sus deseos y sus sueños delirantes.
Beethoven no conoció nunca una noche semejante. Es que esta noche
estaba en el corazón mismo de Miguel Ángel. Beethoven triste por culpa
del mundo, pero alegre por naturaleza, aspiraba a la alegría. Miguel
Ángel tenía en sí mismo la tristeza que causa miedo a los hombres y de
la cual todos huyen por instinto. Hacía el vacío a su alrededor.
Y esto no era nada todavía. Lo peor no era estar solo: lo peor era
estar solo consigo mismo y no poder vivir en esta compañía; no ser
dueño de sí mismo, renegarse, combatirse y destruirse a sí mismo. Su
genio estaba ligado con un alma que lo traicionaba. Se habla algunas
veces de la fatalidad que se encarnizó en contra suya y le impidió
realizar sus grandes designios. Esta fatalidad fué él mismo. Lo que
explica toda la tragedia de su vida, la llave de su infortunio--lo que
se ha visto menos, o menos se ha tenido el valor de ver--es su falta de
voluntad y su debilidad de carácter.
Era indeciso en arte, en política, en todas sus acciones y en todos
sus pensamientos. Entre dos obras, dos proyectos o dos partidos, no
podía decidirse a escoger, como lo demuestra la historia del monumento
de Julio II, de la fachada de San Lorenzo, de los sepulcros de los
Médicis. Comenzaba y no llegaba al fin. Quería y no quería. Apenas
había hecho la elección comenzaba a dudar. Se extinguía su vida y él
no terminaba nada. Todo le disgustaba. Se pretende que sus trabajos
eran para él una imposición y se hace recaer sobre sus amos la
responsabilidad de esta fluctuación perpetua de un proyecto a otro, sin
considerar que sus amos no hubieran tenido ningún medio de imponerse si
él se hubiera resistido. Pero no se atrevía.
Era débil. Era débil de todos modos, por virtud y por timidez. Era
débil por conciencia. Se atormentaba con mil escrúpulos que una
naturaleza más enérgica hubiera rechazado. Se creía obligado, por
un sentimiento exagerado de su responsabilidad, a cumplir trabajes
mediocres, que cualquier contramaestre hubiera hecho mejor en lugar
suyo[127]. No sabía ni cumplir sus compromisos ni olvidarlos[128].