sinfonía bosquejada por completo está en mi pupitre, con una nueva
obertura”. Este bosquejo no ha sido encontrado nunca. Se lee únicamente
en sus notas: “Adagio cántico. Canto religioso para una sinfonía a la
manera antigua (_Herr Gott dich loben wir._--_Alleluja_), sea como
trozo independiente, o como introducción a una fuga. Esta sinfonía
podría ser caracterizada por la entrada de las voces, bien en el
_finale_, bien desde el _adagio_. Los violines de la orquesta, etc.,
decuplicados para los últimos movimientos. Hacer entrar las voces
una a una, o repetir en cierta manera el _adagio_, en los últimos
movimientos. Para texto del _adagio_ un mito griego, o un cántico
eclesiástico; en el _allegro_, fiesta a Baco”. (1818). Como se ve la
conclusión coral estaba entonces reservada para la _Décima_ y no para
la _Novena Sinfonía_. Más tarde dijo que quería realizar en su _Décima
Sinfonía_ “la reconciliación del mundo moderno con el mundo antiguo, lo
mismo que Goethe había intentado en su _Segundo Fausto_”.
[74] El tema es la leyenda de un caballero que está enamorado y cautivo
de una hada, y que sufre la nostalgia de la libertad. Hay analogías
entre el poema y el de _Tannhaüser_. Beethoven trabajó en ella de 1823
a 1826. (Véase A. Ehrhard, _Franz Grillparzer_, 1900).
[75] Tenía Beethoven desde 1808 el designio de escribir la música
de _Fausto_. (La primera parte del _Fausto_ acababa de publicarse,
con título de Tragedia, en el otoño de 1807). Era éste su más caro
proyecto. (_Was mir und der Kunst das Hoechste ist._)
[76] “¡El Mediodía de Francia! ¡Allá está! ¡Allá está!” (_Südliches
Frankreich, dahin! dahin!_) (Cuaderno de la Biblioteca de Berlín)....
“...Partir de aquí: sólo con esta condición podrás de nuevo elevarte a
las altas regiones de tu arte... una sinfonía, después partir, partir,
partir... En el estío, trabajar para el viaje... Recorrer Italia, la
Sicilia, con algún otro artista”. (_Id._)
[77] En 1819 estuvo a punto de ser perseguido por la policía, por haber
dicho en voz alta, “que después de todo Cristo no había sido más que un
judío crucificado”. Escribía entonces la _Misa en re_; y es bastante
decir de la libertad de sus inspiraciones religiosas. En cuanto a sus
opiniones políticas, Beethoven atacaba audazmente los prejuicios y los
vicios del Gobierno; le reprochaba, entre otras cosas, la organización
de la justicia, arbitraria y servil, llena de trabas por un largo
procedimiento; la policía, que tendía constantemente a propasarse de
sus atribuciones; la burocracia bizarra e inerte, que mataba toda
iniciativa individual y paralizaba la acción; los privilegios de una
aristocracia degenerada, tenaz en arrogarse exclusivamente los más
altos puestos del Estado; la impotencia del soberano para proveer
al bienestar de los ciudadanos. Parece que sus simpatías en materia
política estaban entonces por Inglaterra.
[78] El suicidio de su sobrino.
[79] Véase sobre _La última enfermedad y la muerte de Beethoven_
un artículo del doctor Klotz-Forest, en la _Chronique Médicale_ de
1.º y 15 de abril de 1906. Se tienen informaciones muy precisas por
los _Cuadernos de Conversación_, en los cuales están escritas las
preguntas del doctor, y por el relato del médico mismo (Dr. Wawruch),
publicado con el título de: _Aerztlicher Rückblick auf L. V. B. letzte
Lebenstage_ en la _Wiener Zeitschrift_, en 1842 (fechado el 20 de
mayo de 1827). Hubo dos fases en la enfermedad: primero, accidentes
pulmonares, que parece fueron detenidos después de seis días; “el
séptimo día se sintió suficientemente bien para levantarse, caminar,
leer y escribir; y segundo, perturbaciones digestivas, complicadas con
perturbaciones de la circulación.”
“El octavo día lo encontré aniquilado, con el cuerpo todo amarillo. Un
violento acceso de diarrea, complicado con vómitos, estuvo a punto de
acabar con su vida en la noche. A partir de este momento, la hidropesía
se desarrolló. Para esta recaída hubo causas morales que son mal
conocidas. Una cólera violenta, un sufrimiento profundo, determinado
por la ingratitud que había tenido que sufrir, y un ultraje inmerecido,
habían determinado esta explosión”, dice el doctor Wawruch. “Temblando,
con estremecimientos, estaba encorvado por el dolor que le desgarraba
las entrañas”. Resumiendo estas diversas observaciones, el doctor
Klotz-Forest diagnostica, tras de un ataque de congestión pulmonar, la
cirrosis atrófica de Laennec (enfermedad del hígado), ascitis y edema
de los miembros inferiores. Cree que el uso inmoderado de las bebidas
espirituosas contribuyó a agravar el mal. Ésta era ya la opinión del
doctor Malfatti: “_Sedebat et bibebat_”.
[80] Los recuerdos del cantante Luis Cramolini, que acaban de ser
publicados, cuentan una emocionante visita a Beethoven durante su
última enfermedad, en la cual Beethoven se mostró con una serenidad
y una bondad conmovedoras. (Véase la _Frankfurter Zeitung_, de 29 de
septiembre de 1907).
[81] Las operaciones se le hicieron el 20 de diciembre, el 8 de enero,
el 2 y el 27 de febrero. El pobre hombre, en su lecho de muerte, estaba
devorado por las chinches. (Carta de Gerhard von Breuning).
[82] El joven músico Anselmo Hüttenbrenner.“¡Alabado sea
Dios!”,--escribió Breuning.--“Démosle gracias por haber puesto fin a
este prolongado y doloroso martirio”.--Todos los manuscritos, libros y
muebles de Beethoven fueron vendidos en remate, en 1575 florines. El
catálogo comprendía doscientos cincuenta y dos números de manuscritos
y de libros musicales que no sobrepasaron la suma de novecientos
ochenta y dos florines, treinta y siete kreutzer. Los _Cuadernos de
Conversación_ y los _Tagebücher_ fueron vendidos en un florín, veinte
kreutzer. Entre sus libros Beethoven poseía, de Kant, _Naturgeschichte
und Theorie des Himmels_; de Bode, _Anleitung zur Kenntnis des
gestirnten Himmels_; Thomas von Kempis, _Nachfolge Christi_. La censura
se apoderó de: Seume, _Spaziergang nach Syrakus_; Kotzebue, _Ueber den
Adel_; Fessler, _Ansichten von Religion und Kirchentum_.
[83] “Soy feliz todas las veces que venzo alguna dificultad”. (Carta a
la Inmortal Amada). “Querría vivir mil veces la vida... Yo no nací para
una vida tranquila”. (A Wegeler, el 16 de noviembre de 1801).
[84] “Beethoven me enseñó la ciencia de la naturaleza y me dirigió
en este estudio como en el de la música. No eran las leyes de
la naturaleza, sino su poder elemental, lo que lo maravillaba”.
(_Schindler._)
[85] “¡Oh, es tan bella la vida; pero la mía está para siempre
envenenada!” (_vergiftet_). (Carta del 2 de mayo de 1810, a Wegeler).
[Ilustración]
APÉNDICE
TESTAMENTO DE HEILIGENSTADT[86]
A MIS HERMANOS CARL Y JOHANN[87] BEETHOVEN
N. B.--Las palabras en cursivas están subrayadas en el manuscrito.
¡Oh vosotros, hombres que me miráis y me juzgáis huraño, loco o
misántropo, cuán injustos habéis sido conmigo! ¡Ignoráis la oculta
razón de que os aparezca así! Mi corazón y mi espíritu se mostraron
inclinados, desde la infancia, al dulce sentimiento de la bondad, y a
realizar grandes acciones he estado siempre dispuesto; pero pensad tan
sólo cuál es mi espantosa situación, desde hace seis años, agravada
por médicos sin juicio, engañado de año en año con la esperanza de
un mejoramiento, y al fin abandonado a la perspectiva de un _mal
durable_, cuya curación demanda años tal vez, cuando no sea enteramente
imposible. Dotado de un temperamento ardiente y activo, fácil a las
distracciones de la sociedad, debí apartarme de los hombres en edad
temprana, pasar mi vida solitario. ¡Si algunas veces quise sobreponerme
a todo, oh, cuán duramente chocaba con la triste realidad renovada
siempre de mi mal! Y sin embargo, no me era posible decir a los
hombres: “¡Hablad más alto, gritad, porque soy sordo!” ¡Cómo me iba a
ser posible ir revelando la debilidad de _un sentido_ que debería ser
en mí más perfecto que en los demás, un sentido que en otro tiempo
he poseído con la más grande perfección, con una perfección tal que
indudablemente pocas personas de mi oficio han tenido nunca! ¡Oh, esto
no puedo hacerlo! Perdonadme pues si me veis vivir separado cuando
debería mezclarme en vuestra compañía. Mi desdicha es doblemente
dolorosa, puesto que le debo también ser mal conocido. Me está
prohibido encontrar un descanso en la sociedad de los hombres, en las
conversaciones delicadas, en los mutuos esparcimientos. Solo, siempre
solo. No puedo aventurarme en sociedad si no es impulsado de una
necesidad imperiosa; debo vivir como un proscrito; si me acerco a los
demás, soy presa de una angustia devoradora, de miedo de estar expuesto
a que se den cuenta de mi estado.
Ésta es la razón por la cual acabo de pasar seis meses en el campo.
Mi sabio médico me obliga a cuidar mi oído tanto como sea posible,
yendo más allá de mis propias intenciones; y sin embargo, muchas
veces, recobrado por mi inclinación hacia la sociedad, me he dejado
arrastrar de ella; pero ¡qué humillaciones cuando cerca de mí estaba
alguien que escuchaba a lo lejos el sonido de una flauta y que yo
_no oía nada_, o que _escuchaba el canto de un pastor_, ¡sin que yo
pudiera oír nada![88]. La experiencia de estas cosas me puso pronto
al borde de la desesperación, y poco faltó para que yo mismo hubiese
puesto fin a mi vida. _Sólo el arte_ me ha detenido. ¡Ah! Me parecía
imposible abandonar este mundo antes de haber realizado todo lo que
me siento obligado a realizar. Y así prolongaba esta miserable vida,
verdaderamente miserable, un cuerpo tan irritable que el menor cambio
me puede arrojar del estado mejor en el peor. ¡Paciencia! se dice
siempre; y debo tomarla a ella ahora por guía; la he tomado. Durable
debe ser, lo espero, mi resolución de resistir hasta que plazca a las
Parcas inexorables cortar el hilo de mi vida. Acaso será esto lo mejor,
acaso no, pero yo estoy presto siempre. No es muy fácil ser filósofo
por obligación a los veintiocho años, no es fácil; y es más duro aún
para un artista que para cualquiera otro.
¡Oh Dios, tú miras desde lo alto en el fondo de mi corazón, y lo
conoces, sabes que en él moran el amor a los demás y el deseo de
hacerles el bien! Vosotros, hombres, si leéis un día esto, pensad
que habéis sido injustos conmigo, y que el desventurado se consuela
al encontrar a otro desventurado como él que, a pesar de todos los
obstáculos de la naturaleza, hizo cuanto estaba a su alcance para ser
admitido en el rango de los artistas y de los hombres de elección.
Vosotros, hermanos míos, (Carl y Johann) inmediatamente que yo haya
muerto, si el profesor Schmidt vive aún, rogadle en mi nombre que
describa mi enfermedad y a la historia de ella unid esta carta, a
fin de que después de mi muerte, al menos en la medida que esto sea
posible, la sociedad se reconcilie conmigo. Al mismo tiempo, a vosotros
dos nombro herederos de mi pequeña fortuna, si se la puede llamar
así, que la debéis partir lealmente, estando de acuerdo y ayudándoos
el uno al otro. El mal que me habéis hecho, lo sabéis, os lo he
perdonado desde hace mucho tiempo. A ti, hermano Carl, te doy gracias
particularmente por la solicitud de que me has dado testimonio en los
últimos tiempos. Hago votos porque tengáis una vida más feliz, más
exenta de cuidados que la mía. Recomendad a vuestros hijos la virtud,
porque sólo ella puede dar la felicidad, que no da el dinero. Hablo
por experiencia. Ella me ha sostenido a mí mismo en mi miseria, y a
ella debo, tanto como a mi arte, no haber puesto fin a mi vida por
el suicidio. ¡Adiós, y amaos! Doy gracias a todos mis amigos, y en
particular al _príncipe Lichnowski_ y al _profesor Schmidt_. Deseo
que los instrumentos del príncipe L. puedan ser conservados en la
casa de alguno de vosotros, pero que esto no provoque entre vosotros
ninguna discusión. Si pueden seros útiles para algo mejor, vendedlos
inmediatamente. ¡Cuán feliz seré si todavía puedo serviros desde la
tumba!
Si fuera así, con qué alegría volaría hacia la muerte. Pero si ésta
llega antes de que haya tenido la ocasión de desarrollar todas mis
facultades artísticas, a pesar de mi duro destino, llegará demasiado
temprano para mí y desearía aplazarla. Mas aun así, estoy contento. ¿No
va a librarme de un estado de sufrimiento sin término?--Venga cuando
viniere, yo voy valerosamente hacia ella.--Adiós y no me olvidéis
enteramente en la muerte; merezco que penséis en mí, porque a menudo he
pensado en vosotros, durante mi vida, para haceros felices. ¡Sedlo!
LUDWIG VAN BEETHOVEN.
Heiligenstadt, 6 de octubre de 1802.
A MIS HERMANOS CARL Y (JOHANN), PARA SER LEÍDA Y CUMPLIDA
DESPUÉS DE MI MUERTE.
El 10 de octubre de 1802.--¡Heiligenstadt, me despido así de ti, y en
verdad tristemente!--Sí, la amada esperanza que traje, de ser curado,
en parte al menos, debe abandonarme definitivamente. Como las hojas en
el otoño se marchitan y caen, así también mi esperanza se ha secado.
Poco más o menos como vine me voy; y hasta el alto valor que me
sostenía a menudo en los bellos días de estío, se ha desvanecido. ¡Oh
Providencia, has lucir para mí una vez un día puro de alegría! ¡Hace
ya tanto tiempo que el sonido profundo de la verdadera alegría me es
extraño! ¡Oh, cuándo, cuándo, oh Divinidad! ¿podría yo sentirla aún en
el templo de la naturaleza y de los hombres? ¿Nunca? ¡No! ¡Oh, esto
sería demasiado cruel!
CARTAS
AL PASTOR AMENDA, EN CURLANDE[89]
Mi querido, mi buen Amenda, mi amigo de corazón: Con una profunda
emoción, con una mezcla de dolor y de alegría he recibido y leído tu
última carta. ¡A qué podría yo comparar tu fidelidad, tu solicitud
hacia mí! ¡Oh, qué bueno es que tú hayas sido siempre mi amigo! Sí;
he puesto a prueba tu consagración, y sé qué diferencia hay entre tú
y los demás. Tú no eres un amigo de Viena, no; ¡tú eres como aquéllos
que sólo existen sobre el suelo de mi patria! ¡Cómo he deseado tenerte
cerca de mí, porque tu Beethoven es profundamente infeliz! Debes saber
que la parte más noble de mí mismo, mi oído, se ha debilitado mucho.
Ya en la época en que tú estabas a mi lado sentía síntomas del mal, y
lo ocultaba; después ha ido empeorando. Si esto no puede ser curado, es
preciso esperar para saberlo; creo que debe proceder de mi enfermedad
del estómago. Respecto a ésta estoy casi restablecido; mas, en cuanto
al oído ¿curaré? Naturalmente que lo espero así; pero es muy difícil
porque estas enfermedades son las más incurables. ¡Qué triste debo
vivir, evitando todo lo que me es más querido, y esto entre hombres
tan miserables, tan egoístas!... Entre todos puedo decir que el amigo
que más me ha ayudado ha sido Lichnowski; desde el año pasado me ha
dado seiscientos florines, y esto y la venta fructuosa de mis obras me
ponen en situación de vivir sin el cuidado de ganar el pan. Todo lo que
escribo ahora puedo venderlo inmediatamente cinco veces, y bien pagado.
He escrito algo regular, en estos últimos tiempos; y puesto que sé que
has pedido pianos a... deseo enviarte algunas obras en el empaque de
uno de ellos, para que te sea menos costoso.
Ahora, para mi consuelo, ha llegado aquí un hombre con quien puedo
gozar del placer de la conversación y de la amistad desinteresada; es
uno de mis amigos de juventud[90]. Le he hablado frecuentemente de ti y
le he dicho que, desde que abandoné mi patria, eres tú uno de aquéllos
que ha elegido mi corazón.--Él tampoco ama a[91]... Es y continúa
siendo muy débil para la amistad; yo lo miro, y... como los humildes
instrumentos en que toco, cuando me place; pero que no pueden ser nunca
testigos nobles de mi actividad, como tampoco pueden verdaderamente
participar en mi vida, les doy valor sólo en la medida de los servicios
que me proporcionan. ¡Oh, cómo sería feliz si tuviera el uso completo
de mi oído! Correría entonces hacia ti; pero debo permanecer alejado
de todo; mis años más hermosos transcurren sin que haya realizado todo
lo que mi talento y mi fuerza me mandaran.--¡Triste resignación ésta
en la cual debo refugiarme! Sin duda que me he propuesto sobreponerme
a todos estos males; pero ¿cómo me será posible? Sí, Amenda, si en
seis meses mi mal no está curado, exijo de ti que abandones todo y
que vengas a mi lado; entonces viajaré (mi ejecución y mi composición
sufren aún muy poco por mi enfermedad, pues es sólo en sociedad donde
me es más sensible), y tú serás mi compañero, porque estoy convencido
de que no me faltará la felicidad. ¡Con quién no podría yo compararme
entonces! Desde que tú partiste he escrito de todo, hasta óperas y
música sagrada.--Sí, tú no te rehusarás; tú ayudarás a tu amigo a
soportar su mal y sus cuidados.--También he perfeccionado mi ejecución
de pianista, y espero que este viaje podrá igualmente proporcionarte
placer. Después, tú permanecerás para siempre cerca de mí.--He recibido
con puntualidad todas tus cartas, y por poco que te haya contestado,
has estado siempre presente para mí, y mi corazón palpita por ti con la
misma ternura.--Lo que te he dicho de mi oído te ruego callarlo como un
gran secreto, y no confiárselo a nadie, quienquiera que sea. Escríbeme
con frecuencia. Tus cartas, hasta cuando son breves, me consuelan y me
hacen mucho bien. Espero para muy pronto otra tuya, mi querido amigo.
No te he enviado tu cuarteto[92] porque lo he rehecho enteramente,
desde que he comenzado a saber escribir cuartetos en forma conveniente,
como tú verás cuando lo recibas. Ahora, adiós mi querido y buen amigo.
Si tú crees que yo pueda hacer por ti algo que te sea agradable, se
entiende que debes decirlo a tu fiel L. v. Beethoven, que te ama
sinceramente.
AL DOCTOR FRANZ GERHARD WEGELER
Viena, 29 de junio (1801).
Mi bueno y querido Wegeler: ¡Cuánto te agradezco tu recuerdo! Lo
merezco tan poco, tan poco he hecho para merecerlo; y sin embargo,
eres tú tan bueno, no te dejas alejar por nada, ni por mi imperdonable
negligencia; permaneces siendo siempre el fiel, el bueno, el leal
amigo.--¡Que yo pudiese olvidarte, olvidar a todos vosotros, que habéis
sido para mí tan caros y tan buenos, no, eso no lo creo! Hay momentos
en que suspiro por estar cerca de vosotros para pasar algún tiempo.--Mi
patria, la hermosa región donde yo vi la luz del mundo, también se
me representa siempre con tanta claridad y nitidez como cuando os
abandoné. Será uno de los más felices instantes de mi vida aquél en
que pueda volver a veros y saludar a nuestro padre el Rhin.--Cuándo
será esto, no puedo decirlo con exactitud. Por lo menos diré que me
encontraréis más grande: no hablo del artista, sino del hombre, que os
parecerá mejor, más hecho; y si el bienestar no ha aumentado un poco en
nuestra patria, mi arte debe consagrarse al mejoramiento de la suerte
de los pobres...
Quieres saber algo acerca de mi situación; bien, pues no va del todo
mal. Desde el año pasado, Lichnowski (por increíble que te parezca,
aun cuando yo lo digo), quien ha sido siempre y es mi amigo el más
fervoroso (bien es cierto que hubo pequeñas diferencias entre nosotros,
pero ellas mismas han afirmado nuestra amistad); Lichnowski me ha
concedido una pensión de seiscientos florines que yo debo recibir
durante el tiempo en que carezca de una posición conveniente. Mis
composiciones me producen mucho y puedo decir que se me pide más
trabajo que el que puedo hacer. Para cada cosa tengo seis, siete
editores, y aun más si quiero buscarlos. Nadie discute conmigo: fijo
un precio y se me paga; ya ves que esto es delicioso. Por ejemplo, si
veo a un amigo necesitado y mi bolsillo no me permite ir en su ayuda,
no tengo más que sentarme a mi mesa de trabajo, y en poco tiempo lo he
sacado del apuro.--Soy también más económico que antes...
Por desgracia, un demonio celoso, mi mala salud, ha venido a obstruir
mi camino. Desde hace tres años mi oído se ha hecho cada vez más débil.
Debe haber originado esto mi enfermedad del estómago, que sufría ya
desde antes, como tú sabes, pero que ha empeorado mucho, porque padezco
continuamente de diarrea, y por consecuencia de una extraordinaria
debilidad. Frank quería tonificarme con reconstituyentes, y curar mi
oído por medio del aceite de almendras. Mas _¡prosit!_ esto no sirve
para nada; mi oído está siempre cada vez peor y mi estómago sigue en
el mismo estado. Así estuve hasta el otoño último, en el cual a menudo
llegué a la desesperación. Un asno de médico me aconsejó los baños
fríos; otro, más listo, los baños tibios del Danubio, y el efecto
fué maravilloso; mi estómago mejoró, pero mi oído sigue lo mismo o
va estando aún peor. Este invierno, mi situación fué verdaderamente
deplorable, pues sufrí cólicos espantosos y una recaída completa. Así
estuve hasta el mes último en que fuí a ver a Vering, porque pensé
que mi mal reclamaba un cirujano y, desde luego, he tenido siempre
confianza en él. Logró cortar casi por completo esta violenta diarrea;
me ordenó tomar baños tibios del Danubio, haciéndome poner en el agua
multitud de licores fortificantes; no me administró ninguna medicina, a
no ser, por espacio de unos cuatro días, unas píldoras para el estómago
y una especie de té para los oídos. Me encuentro mejor y más fuerte;
sólo mis orejas zumban y mugen (_sausen und brausen_) noche y día.
Puedo decir que llevo una vida miserable. Desde hace casi dos años
evito toda compañía, porque no puedo decir a las gentes: “Soy sordo”.
Si yo tuviera algún otro oficio, esto aun sería posible; pero en el mío
es una situación espantosa. ¡Qué dirían mis enemigos, cuyo número no es
corto!
Para darte una idea de mi extraña sordera te diré que en el teatro debo
colocarme muy cerca de la orquesta para entender a los actores. No
oigo los sonidos altos de los instrumentos ni las voces, si me coloco
un poco lejos; y en la conversación es sorprendente que haya personas
que no lo hayan advertido nunca. Como sufro tantas distracciones, a
ellas atribuyen todo. Cuando se habla suavemente, apenas entiendo; sí,
entiendo bien los sonidos, mas no las palabras; y, por otra parte,
cuando se grita eso me es insoportable. Lo que haya de venir sólo el
cielo lo sabe. Vering dice que seguramente mejoraré, si no llego a
curar del todo.--Frecuentemente he maldecido de mi existencia y del
Creador[93]. Plutarco me ha llevado a la resignación. Quiero, si esto
fuese posible, desafiar al destino; pero hay momentos de mi vida en que
soy la más miserable de las criaturas.--Te suplico no decir nada de mi
estado a nadie, ni aun a Lorchen[94]; te lo confió como un secreto. Me
agradaría que tú escribieras a Vering acerca de este asunto; y si mi
situación actual ha de durar, iré en la primavera próxima a visitarte,
y tú me albergarás en alguna casa de campo, en cualquier hermoso lugar
donde pueda hacerme campesino por seis meses. Acaso eso me producirá
mucho bien. ¡Resignación! ¡Qué triste amparo, y sin embargo, es el
único que me queda! Perdóname que te dé esta molestia de amistad, en
tus tedios.
Steffen Breuning está ahora aquí y pasamos casi todos los días juntos.
¡Me produce tanto bien evocar sentimientos de tiempos pasados! Se ha
convertido, en verdad, en un joven excelente, bueno, que sabe algo y
que tiene (como todos nosotros más o menos) el corazón bien puesto.
Quiero escribir también a la buena Lorchen. Nunca he olvidado a uno
solo de vosotros, tan queridos y buenos, aun cuando no dé ningún signo
de vida; porque escribir, tú lo sabes, no ha sido mi fuerte nunca; mis
mejores amigos han estado años enteros sin recibir una carta de mí.
Sólo vivo en mis notas, y apenas una obra queda terminada cuando está
comenzada ya otra. En la forma en que trabajo ahora hago a menudo tres
o cuatro cosas a un tiempo. Escríbeme con frecuencia, que yo trataré de
disponer de tiempo para contestarte. Saluda a todos en mi nombre...
¡Adiós, mi bueno, mi fiel Wegeler! Está seguro de la afección y de la
amistad de tu Beethoven.
A WEGELER
Viena, 16 de noviembre de 1801.
¡Mi buen Wegeler! Te doy gracias por tu nueva prueba de solicitud,
tanto más cuanto la merezco muy poco.--Quieres saber cómo estoy y yo
tengo necesidad de decírtelo, y, por poco agradable que me sea ocuparme
de este asunto, lo haré sin embargo de buena gana contigo.