El grabado de Blasius Hoefel, hecho según un dibujo del francés

Letronne, y la máscara feroz que en 1812 moldeó sobre su rostro Franz

Klein, dan una imagen viva de Beethoven en los tiempos del Congreso de

Viena. El rasgo dominante de esta cara de león, de recias mandíbulas

y de pliegues dolorosos y coléricos, es la voluntad, una voluntad

napoleónica. En ellos se reconoce al hombre que decía de Napoleón

después de Jena: “¡Qué desgracia que no sepa de la guerra como sé

de música! ¡Lo destruiría!” Pero su reino no era de este mundo. “Mi

imperio está en las nubes”, como escribía a Francisco de Brunswick.

(_Mein Reich ist in der Luft_)[44].

* * * * *

A esta hora de gloria sucedió el período más triste y miserable.

Nunca había sido Viena simpática a Beethoven. Un genio altivo y libre

como el suyo no podía sentirse a gusto en esta ciudad artificiosa, de

espíritu mundano y mediocre, a la cual Wagner señaló duramente con su

desprecio[45]. No perdía ninguna ocasión para alejarse de ella, y hacia

1808 había pensado seriamente en abandonar Austria para dirigirse a la

Corte de Jerónimo Bonaparte, rey de Westfalia[46]. Pero Viena abundaba

en recursos musicales, y hay que hacerle justicia en este punto, porque

hubo siempre en ella nobles _dilettanti_ para sentir la grandeza de

Beethoven y para ahorrar a su patria la vergüenza de perderlo. En

1809, tres de los más ricos señores de Viena: el archiduque Rodolfo,

alumno de Beethoven; el príncipe Lobkowitz y el príncipe Kinsky, se

comprometieron a darle anualmente una pensión de cuatro mil florines,

con la condición única de que permanecería en Austria: “Como ha

demostrado--decían--que no puede consagrarse enteramente a su arte si

no es a condición de verse libre de todo cuidado material, y que sólo

en estas circunstancias puede producir estas obras sublimes que son la

gloria del arte, los subscritos han tomado la resolución de poner a

Ludwig van Beethoven al abrigo de toda necesidad y de retirar así los

obstáculos miserables que se podrían oponer al vuelo de su genio”.

Infortunadamente el efecto no correspondió a las promesas, porque esta

pensión fué pagada siempre sin puntualidad, y bien pronto dejaron por

completo de pagarla. Por otra parte, Viena había cambiado de carácter

después del Congreso de 1814; la política distraía del arte a la

sociedad, el gusto musical estaba echado a perder por el italianismo, y

la moda, que era la de Rossini, trataba de pedante a Beethoven[47]. Sus

amigos y protectores se dispersaron o murieron: el príncipe Kinsky, en

1812; Lichnowsky, en 1814, y Lobkowitz en 1816. Rasumowsky, para quien

había escrito sus admirables cuartetos, op. 59, dió su último concierto

en febrero de 1815. En ese mismo año Beethoven se disgustó con Stephan

von Breuning, su amigo de infancia, hermano de Eleonora[48], y, aislado

desde entonces, “no tengo amigos y soy solo en el mundo” escribía en

sus notas de 1816.

La sordera había llegado a ser completa[49]. Desde el otoño de 1815

ya no podía tener comunicación con los demás, a no ser por escrito.

Su cuaderno de conversación más antiguo es de 1816[50]. Conocido es

el doloroso relato de Schindler sobre la representación de _Fidelio_

en 1822: “Pidió Beethoven dirigir el ensayo general... desde el dúo

del primer acto se evidenció que no oía nada de lo que pasaba en el

escenario. Retardaba considerablemente el movimiento, y en tanto

que la orquesta seguía su batuta, los cantantes, por su parte, se

adelantaban. Esto originó una confusión general. El director habitual

de la orquesta, Umlauf, propuso un momento de descanso sin dar ninguna

razón, y, después de haber cambiado algunas palabras con los cantantes,

se volvió a comenzar. El mismo desorden se produjo de nuevo, y fué

necesaria una segunda pausa. La imposibilidad de continuar bajo la

dirección de Beethoven era evidente; pero ¿cómo hacérselo comprender?

Nadie tenía valor de decirle: ‘Retírate, desventurado, porque no

puedes dirigir’. Beethoven, inquieto, agitado, se volvía a derecha

y a izquierda, se esforzaba por leer en la expresión de los rostros

que lo rodeaban y por comprender dónde estaba el obstáculo; pero por

todos lados era el mismo silencio. De pronto me llamó en una forma

imperiosa y, cuando estuve cerca de él, me presentó su cuaderno y me

hizo señales de que escribiera. Yo tracé estas palabras: ‘Os suplico

que no continuéis; en la casa os explicaré por qué’. De un brinco saltó

al patio, gritándome: ‘¡Salgamos!’ Corrió sin parar hasta la casa;

entró, y se dejó caer inerte en un sofá, cubriéndose el rostro con

las dos manos; y así permaneció hasta la hora de comer. En la mesa no

fué posible hacerle pronunciar palabra; conservaba la expresión del

abatimiento y del dolor más profundo; y cuando, al terminar la comida,

quise retirarme, me retuvo expresando el deseo de no quedar solo. En

el momento de separarnos me rogó que lo acompañase a la casa de su

médico, quien tenía una gran reputación para enfermedades del oído...

En todo el demás tiempo de mis relaciones con Beethoven no encuentro un

día que pueda ser comparado con este día fatal de noviembre... Había

sido herido en pleno corazón, y hasta el día de su muerte vivió con la

impresión de esta escena terrible”[51].

Dos años después, el 7 de mayo de 1824, al dirigir la _Sinfonía con

coros_ (o mejor, como decía el programa, “tomando parte en la dirección

del concierto”), no escuchó nada del tumulto de toda la sala que lo

aclamaba; y no se dió cuenta hasta que una de las cantantes le tomó de

la mano, lo hizo volverse de frente al público y pudo ver de pronto

a todos los espectadores de pie, agitando sus sombreros y batiendo

palmas. Un viajero inglés, Russel, que lo vió sentado al piano hacia

1825, dice que cuando quería tocar suavemente las teclas no resonaban,

y que era conmovedor observar en este silencio la emoción que lo

animaba, en su semblante y en sus dedos crispados.

Recogido en sí mismo[52], separado de todos los demás hombres, sólo

podía hallar consuelo en la naturaleza. “Era su única confidente”,

decía Teresa de Brunswick; y fué su refugio. Carlos Neate, que lo

conoció en 1815, dice que no había visto nunca persona que amase tan

profundamente las flores, las nubes, la naturaleza[53]: parecía vivir

la vida de ellas. “Nadie en la tierra puede amar los campos tanto como

yo, escribía Beethoven... Amo a un árbol más que a un hombre...”.

Diariamente, en Viena, daba la vuelta a las fortificaciones. En el

campo, de la aurora a la noche, se paseaba solo, sin sombrero, bajo el

sol o bajo la lluvia. “¡Oh, Providencia! ¡En los bosques soy feliz,

feliz en los bosques en que cada árbol me habla de ti! ¡Dios mío, qué

esplendor! En estas florestas, sobre estas colinas, está la calma, la

calma necesaria para servirte...”. Su inquietud espiritual encontraba

en la naturaleza algún reposo[54]. Estaba asediado por los cuidados

de dinero; escribía en 1818: “Estoy casi reducido a la mendicidad, y

obligado a aparentar que no carezco de lo necesario”. Y en otra parte:

“La sonata op. 106 ha sido escrita en circunstancias agobiadoras. Dura

cosa es tener que trabajar para ganarse el pan”. Spohr dice que a

menudo no podía salir de casa por estar sus zapatos rotos. Tenía muchas

deudas con sus editores y sus obras no le producían nada. _La Misa

en re_, anunciada en subscripción, tuvo siete subscriptores (ninguno

músico de ellos)[55]. Apenas recibía treinta o cuarenta ducados por

sus admirables sonatas, y cada una le costaba tres meses de trabajo.

El príncipe Galitzin le hacía componer sus cuartetos, op. 127, 130,

132, sus obras acaso las más profundas y que parecen escritas con su

sangre, y no le pagaba nada. Se agotaba Beethoven en estas dificultades

domésticas, en estos procesos sin término, para obtener que se le

pagasen las pensiones que le debían, o para conservar la tutela de un

sobrino, hijo de su hermano Carlos, que había muerto de tisis en 1815.

Consagraba a este niño toda la necesidad de abnegación que su

corazón desbordaba. Pero hasta este cariño le reservaba aún crueles

sufrimientos. Se diría que un hado cuidase de renovar incesantemente y

de aumentar sus miserias, para que su genio no careciese de alimento.

Tuvo que disputar, desde luego, el pequeño Carlos a la madre indigna,

que quería arrebatárselo.

“¡Dios mío, escribía, mi amparo, mi defensa, mi único refugio!: lees en

las profundidades de mi alma y sabes los dolores que sufro cuando es

necesario que yo haga sufrir a quienes quieren disputarme a mi Carlos,

¡mi tesoro![56]. ¡Escúchame, Ser que no sé cómo nombrar; acoge la

ardiente plegaria de la más desventurada de tus criaturas!

“¡Oh, Dios mío! ¡mi socorro! ¡Mírame abandonado de la humanidad entera

porque no quiero pactar con la injusticia! ¡Concédeme que pueda, para

lo por venir, vivir con mi Carlos!... ¡Oh, suerte cruel, implacable

destino! ¡No, no, mi desventura no terminará nunca!”

Pues este sobrino, tan apasionadamente amado, se mostró indigno de la

confianza de su tío. La correspondencia de Beethoven con él es dolorosa

y colérica, como la de Miguel Ángel con sus hermanos, pero más ingenua

y más conmovedora:

“¿Debo una vez más ser pagado con la más abominable ingratitud? Pues

bien, toda unión queda rota entre nosotros, ¡que sea así! Cuantas

personas imparciales lo sepan, te odiarán... si el pacto que nos une te

pesa ¡oh Dios! que sea según su voluntad: te abandono a la Providencia;

he hecho cuanto podía; puedo comparecer tranquilo ante el Juez

Supremo...”[57].

“Mimado como has sido, no te estará mal tratar al fin de ser sencillo

y franco; mi corazón ha sufrido mucho por tu conducta hipócrita para

conmigo, y me es difícil olvidar... Dios es testigo que sólo sueño

con estar a mil leguas de ti, y de este triste hermano, y de esta

abominable familia... ya no puedo tener confianza en ti”. Y firma: “Tu

padre, por desgracia; pero no, tu padre, nunca”[58].

Mas el perdón venía inmediatamente:

“¡Mi querido hijo! No digamos una palabra más; ven a mis brazos y no

escucharás ningún duro reproche... te recibiré con el mismo amor;

y en cuanto a lo que haya que hacer por tu porvenir, hablaremos de

ello amistosamente. ¡Palabra de honor, no habrá un reproche! De

nada servirían y tú no tienes que esperar de mí más que solicitud

y ayuda las más cariñosas. Ven, ven hacia el corazón fiel de tu

padre.--_Beethoven_.--Ven inmediatamente que hayas recibido esta carta,

ven a la casa”. (Y en el sobre agregaba, en francés: “_Si no vinieres,

me matarías seguramente_”)[59].

“No mientas, le suplicaba, sigue siendo siempre mi hijo bienamado. ¡Qué

horrible disonancia si tú me pagases con hipocresía, como se me quiere

hacer creer! Adiós; quien no te ha dado la vida, pero que seguramente

te la ha conservado y se ha tomado todos los cuidados posibles para

velar por tu desarrollo moral, con un cariño más que paternal, te ruega

desde el fondo de su corazón que sigas el único y verdadero camino del

bien y de lo justo. Tu fiel y buen padre”[60].

Tras de haber acariciado toda clase de sueños acerca del porvenir de

este sobrino, que no carecía de inteligencia y a quien quería llevar

hacia la carrera universitaria, Beethoven tuvo que consentir a la

postre en que fuese un comerciante. Pero Carlos frecuentaba los garitos

y se endeudaba.

Por un triste fenómeno, más frecuente de lo que parece, la grandeza

moral de su tío, en lugar de hacerle bien le hacía mal, lo exasperaba,

lo empujaba a la rebeldía, como decía él mismo con estas palabras

terribles, en las cuales a lo vivo se muestra su alma miserable: “He

llegado a ser el más malvado, porque mi tío quería que fuese mejor”. En

el estío de 1826 llegó a dispararse un tiro de pistola en la cabeza; y

él no murió, pero Beethoven estuvo a punto de morir y nunca se le borró

la huella de esta impresión espantosa[61]. Carlos curó, vivió hasta el

fin, para hacer sufrir a su tío, en la muerte del cual alguna culpa

tuvo y en cuya hora final no estuvo presente. “Dios no me ha abandonado

nunca”, escribía Beethoven a su sobrino, algunos años antes. “Alguien

estará junto a mí para cerrarme los ojos”. Mas este alguien no debía

ser aquél a quien llamaba “su hijo”[62].

* * * * *

Desde el fondo de este abismo de tristeza Beethoven se levantó a

exaltar la Alegría.

Era el propósito de toda su vida, en el cual ya pensaba, desde 1793,

en Bonn[63]. Durante toda su existencia ambicionó cantar la Alegría,

y dar cima así a una de sus grandes obras; toda su vida vaciló acerca

de la forma exacta que habría de tener el himno y la obra en la cual

podría darle cabida. Aun en su _Novena Sinfonía_ estaba lejos de una

resolución, y hasta el último instante pensó dejar la _Oda a la

Alegría_ para una décima o undécima sinfonía. Se debe advertir bien

que la Novena no se intitula, como se dice, _Sinfonía con coros_, sino

_Sinfonía con un coro final de la Oda a la Alegría_. Pudo pues, debió

tener otra conclusión. En julio de 1823 todavía pensaba Beethoven

en darle un _finale_ instrumental, que aprovechó en seguida para el

cuarteto op. 132. Czerny y Sonnleithner llegan a afirmar que, después

de la ejecución (mayo de 1824), Beethoven no había abandonado esta idea.

Grandes dificultades técnicas se le presentaron para la introducción

del coro en una sinfonía, y de ello nos dan pruebas los cuadernos

de Beethoven y sus ensayos numerosos para hacer entrar las voces de

otra manera, y en otro momento de la obra. En los bosquejos de la

segunda melodía del _adagio_[64] escribió: “Tal vez entraría aquí el

coro en forma conveniente”. Pero no podía resolverse a separarse de

su fiel orquesta: “cuando una idea me viene, decía, la escucho en un

instrumento y nunca en las voces”. Por eso aplaza lo más posible el

momento de emplearlas, y aun llega a dar a los instrumentos no sólo los

recitados del _finale_[65], sino también el tema mismo de la Alegría.

Pero es preciso ir más adelante en la explicación de estas vacilaciones

y de estos aplazamientos, porque la causa es más profunda. Este hombre

desventurado, atormentado siempre por la pena, aspiró siempre a cantar

la excelsitud de la Alegría; y de año en año aplazaba su labor, sin

cesar arrastrado por el torbellino de sus pasiones y por su melancolía.

Sólo hasta el último día consiguió realizarlo. ¡Y con cuál grandeza!

En el instante que el tema de la Alegría va a aparecer por la vez

primera, la orquesta se detiene bruscamente, se hace un súbito

silencio, que da a la entrada del canto un carácter misterioso y

divino. Y esto es verdadero: el tema es propiamente un dios. La

Alegría desciende del cielo, envuelta en una calma sobrenatural: con

su hálito leve acaricia los sufrimientos, y la primera impresión que

causa es tan tierna, cuando se desliza en el corazón convaleciente,

que puede decirse con el amigo de Beethoven que “dan ganas de llorar

al ver sus ojos dulces”. Cuando en seguida pasa el tema a las voces,

es en las más bajas en las que primero aparece, con un carácter serio

y un poco deprimido; pero poco a poco la alegría se apodera del ser.

Es una conquista, una guerra contra el dolor. Y he aquí los ritmos de

la marcha, los ejércitos en movimiento, el canto ardiente y anhelante

del tenor, todas estas páginas estremecedoras en las cuales se cree

percibir el aliento mismo de Beethoven, el ritmo de su respiración y

de sus clamores inspirados, cuando recorría los campos componiendo

su obra, transportado por un furor demoníaco, como un viejo rey Lear

en medio de la tempestad. A la Alegría guerrera sucede el éxtasis

religioso, y luego una orgía sagrada, un delirio de amor. Toda una

humanidad palpitante que tiende los brazos al cielo levanta clamores

poderosos, se lanza hacia la Alegría y la estrecha sobre su corazón.

La obra del titán triunfó sobre la mediocridad pública. La frívola

Viena se sintió un momento conmovida, cuando estaba enteramente de

parte de Rossini y de las óperas italianas. Beethoven entonces,

humillado y entristecido, iba a establecerse en Londres y pensaba

hacer ejecutar allá la Novena Sinfonía. Por segunda vez, como en 1809,

algunos nobles amigos le suplicaron que no abandonase la patria.

“Sabemos, decían, que habéis escrito una nueva composición con música

sagrada[66], en la cual expresáis los sentimientos que os inspira

vuestra profunda fe”.

“La _luz sobrenatural_ que inunda vuestra grande alma la ilumina.

Sabemos, por otra parte, que la corona de vuestras grandes sinfonías

se ha enriquecido con otra flor inmortal... Vuestra ausencia, durante

estos últimos años, afligía a todos aquéllos que hacia vos tenían

vueltas sus miradas[67]. Todos pensaban con tristeza que el hombre

de genio, que tan alto se ha levantado sobre los humanos, permanecía

silencioso, en tanto que una música extranjera trataba de arraigar en

nuestra tierra, haciendo caer en el olvido las producciones del arte

alemán... Sólo de vos la nación espera una vida nueva, nuevos laureles

y un nuevo reino de la verdad y de lo bello, a despecho de la moda del

día... Dadnos la esperanza de ver bien pronto satisfechos nuestros

deseos... ¡Y pueda la primavera que se avecina florecer doblemente,

gracias a vuestros dones, para nosotros y para el mundo!”[68]. Esta

generosa carta demuestra cuál era el poderío no solamente artístico,

sino también moral, de que gozaba Beethoven sobre la ”élite“ de

Alemania. La primera palabra que acude a sus admiradores para loar su

genio, no es la de ciencia, ni la de arte: es la de _fe_[69].

Estas palabras conmovieron profundamente a Beethoven. No partió. El 7

de mayo de 1824 tuvo lugar en Viena la primera audición de la _Misa

en re_ y de la _Novena Sinfonía_. El éxito fué triunfal y casi tomó

un carácter sedicioso. Cuando Beethoven se presentó, fué acogido con

cinco salvas de aplausos; y la costumbre, en este país ceremonioso,

imponía que sólo se hiciesen tres para saludar la entrada de la familia

imperial. Tuvo la policía que poner fin a las manifestaciones. La

sinfonía levantó un entusiasmo frenético; muchos lloraban; Beethoven

se desvaneció por la emoción después del concierto, y se le llevó a

casa de Schindler, donde permaneció amodorrado, vestido, sin comer ni

beber, durante toda la noche y la mañana siguiente. Pero el triunfo

fué pasajero y los resultados prácticos nulos para Beethoven; el

concierto no produjo nada; las dificultades materiales de su vida no

tuvieron cambio. Y continuó siendo pobre, enfermo[70] y solitario, pero

vencedor[71]. Vencedor de la mediocridad de los hombres, vencedor de su

propio destino, vencedor de su dolor.

“¡Sacrifica, sacrifica siempre las naderías de la vida a tu arte! ¡Dios

está por encima de todo!” (_O Gott über alles!_)

* * * * *

Había alcanzado al fin la meta deseada en toda su vida; había alcanzado

la alegría. ¿Lograría permanecer en esta cima del alma que domina las

tempestades? En realidad tuvo que recaer muchos días en las viejas

angustias; en realidad sus últimos cuartetos están plenos de sombras

extrañas; y sin embargo, parece que la victoria de la _Novena Sinfonía_

hubiese dejado en él su gloriosa huella. Los proyectos que tenía para

el porvenir[72]: la _Décima Sinfonía_[73], la _Obertura al nombre

de Bach_, la música para la _Melusina_ de Grillparzer[74], para el

_Odiseo_ de Korner y para el _Fausto_ de Goethe[75], y el oratorio

bíblico sobre _Saúl_ y _David_, muestran cómo su espíritu era atraído

hacia la vigorosa serenidad de los grandes y viejos maestros alemanes:

de Bach y de Haendel, y, más aún, hacia la luz del Mediodía, hacia el

Sur de Francia o hacia esa Italia que soñaba recorrer[76].

El doctor Spiller, que lo vió en 1826, cuenta que su rostro se había

tornado alegre y jovial; y en ese mismo año, cuando Grillparzer le

habla por la vez última, es Beethoven quien alienta al poeta abrumado:

“¡Ah, le decía éste, si yo tuviese la milésima parte de vuestra fuerza

y de vuestra firmeza!” Los tiempos eran duros; la reacción monárquica

oprimía a los espíritus. “La censura me ha sacrificado, gemía

Grillparzer. Es preciso partir para la América del Norte si se quiere

hablar, pensar libremente”. Mas ningún poder bastante fuerte para

amordazar el pensamiento de Beethoven. “La palabra está encadenada;

pero los sonidos por fortuna son libres todavía”, le escribía el

poeta Kuffner. Beethoven es la gran voz libre, la única tal vez del

pensamiento alemán de entonces. Y lo sentía así: habla a menudo del

deber que tiene de obrar, por medio de su arte, “en favor de la pobre

humanidad, de la humanidad del porvenir” (_der künftigen Menschheit_),

de hacerle el bien, de alentarla, de sacudir su sueño, de flagelar su

cobardía. “Nuestra época, escribía a su sobrino, tiene necesidad de

robustos espíritus para azotar a estos miserables bribones de almas

humanas”. El doctor Müller dice, en 1827, que “Beethoven se expresaba

siempre con mucha libertad acerca del gobierno, la policía, la

aristocracia y hasta el público. La policía lo sabía, pero toleraba sus

críticas y sus sátiras como se toleran las ensoñaciones inofensivas,

y dejaba tranquilo al hombre cuyo genio tenía tan extraordinario

fulgor”[77].

Nada era, pues, capaz de doblegar esta fuerza indomable, que parecía

aceptar el dolor como un fuego. La música escrita en estos últimos

años, a pesar de las circunstancias penosas en que fué compuesta[78],

tiene a menudo un carácter irónico enteramente nuevo, de heroico y

alegre desprecio. Cuatro meses antes de su muerte, el último trozo que

terminó, en noviembre de 1826, el nuevo _finale_ para el cuarteto op.

130, es alegre, y en verdad esta alegría no es la de todo el mundo. Ora

es la risa áspera y entrecortada de que habla Moscheles, ora la sonrisa

conmovedora hecha con tantos vencidos sufrimientos. No importa, es un

vencedor; no cree en la muerte.

Sin embargo, ella se acercaba. Hacia fines de noviembre de 1826 cogió

un resfriado pleurético, y cayó enfermo, en Viena, al retornar de un

viaje que emprendiera en invierno para asegurar el porvenir de su

sobrino[79].

Sus amigos estaban lejos; encargó a su sobrino que buscara un médico;

pero el miserable olvidó la comisión y apenas se acordó de ella dos

días después. El médico llegó tarde y atendió mal a Beethoven; durante

tres meses su constitución atlética luchó contra el mal; y el 3 de

enero de 1827 instituyó a su amado sobrino heredero universal. Se

acordó de sus amigos queridos del Rhin; todavía escribía a Wegeler:

“...¡Cuánto quisiera decirte! pero estoy demasiado débil. Ya no puedo

más que abrazarte en mi corazón, a ti y a tu Lorchen”. La miseria

habría ensombrecido sus últimos instantes a no ser la generosidad de

algunos amigos ingleses. Se había vuelto muy dulce y muy paciente[80];

en su lecho de agonía, el 17 de febrero de 1827, después de tres

operaciones, y mientras esperaba la cuarta[81], escribía con

serenidad: “Tengo paciencia y pienso que todo mal trae consigo algún

bien”.

El bien fué la liberación, “el fin de la comedia”, como dijo al morir.

Digamos nosotros: de la tragedia de su vida.

Murió durante una tempestad, una tempestad de nieve, al fulgor de un

relámpago. Una mano extraña cerró sus ojos[82] el 26 de marzo de 1827.

* * * * *

¡Amado Beethoven! Muchos han alabado su grandeza artística; pero es,

antes que el primero de los músicos, la fuerza más heroica del arte

moderno: es el más grande y el mejor amigo de los que luchan y de

los que sufren. Cuando las miserias del mundo nos entristecen, es él

quien viene junto a nosotros, como llegaba a sentarse al piano de una

madre en duelo, y, sin una palabra, consolaba a la que lloraba con el

canto de su queja resignada. Y cuando se apodera de nosotros la fatiga

del eterno combate, librado inútilmente contra la mediocridad de los

vicios y de las virtudes, es un bien indecible reconfortarse en este

océano de voluntad y de fe. Se desprende de él un contagio de valor, de

felicidad por la lucha[83], embriaguez de una conciencia que siente en

sí misma la presencia de un dios. Parece que en su comunión de todos

los instantes con la naturaleza[84] hubiese acabado por asimilarse

sus profundas energías. Grillparzer, que admiraba a Beethoven con un

sentimiento mezclado de temor, dijo de él: “Fué hasta el punto temible

en que el arte se funde con los elementos salvajes y caprichosos”.

Lo mismo dice Schumann de la _Sinfonía en do menor_: “Mientras más

se le escucha, ejerce sobre nosotros un influjo invariable, como

esos fenómenos de la naturaleza que, por muy frecuentemente que se

produzcan, nos llenan siempre de temor y de sorpresa”. Y Schindler,

su confidente: “Se posesionó del espíritu de la naturaleza”. Esto

es verdad, porque Beethoven es una fuerza de la naturaleza; y un

espectáculo de grandeza homérica este combate de una potencia elemental

contra todo el resto de la natura.

Vidas Ejemplares: Beethoven—Miguel Ángel—Tolstoi · 第 2 / 31 段