Ya el dolor había llamado a su puerta; se había apoderado de

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NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

En la versión de texto sin formatear las palabras en itálicas están

indicadas con _guiones bajos_.

La transcripción se llevó a cabo respetando preferentemente las reglas

gramaticales de la Real Academia Española (RAE), vigentes cuando la

obra se publicó en 1923, y el texto disponible de las imágenes.

Por ejemplo, ciertas reglas de acentuación ortográfica del castellano,

cuando la presente edición de esta obra fue publicada eran diferentes a

las existentes cuando se realizó la transcripción. Palabras como vio,

fue, dio, por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso

ha sido respetado de acuerdo con el criterio expresado en el párrafo

anterior. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios

Académicos de la Real Academia Española.

En la presente transcripción se decidió adecuar la ortografía de las

mayúsculas acentuadas a las reglas establecidas por la RAE.

Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.

Se observó durante el proceso de revisión que el texto de algunas

de las poesías de Miguel Ángel, publicadas en la lengua original en

el Apéndice correspondiente, tienen algunas palabras que difieren

ligeramente de otras versiones de la misma poesía. Así por ejemplo en

la presente obra se tiene:

«La casta voglia, che 'l cor dentro infiamma».

En otras publicaciones (Biblioteca Augustana) se encuentra:

«La casta voglia che 'l cor dentro incende».

También se hace notar que es posible que en las poesías que se

presentan en italiano en este trabajo, haya alguna diferencia en la

ortografía de alguna palabra cuando se compare con otras ediciones de

las mismas poesías. Esas diferencias, en parte se deben a que algunas

ediciones usan un italiano más actualizado que el que se usaba en la

época en que estas poesías fueron escritas.

El Índice de capítulos, incluido en la publicación original al final,

ha sido trasladado al principio por el Transcriptor.

La portada de libro fue modificada por el Transcriptor y fue depositada

en el dominio público.

VIDAS EJEMPLARES

ROMAIN ROLLAND

VIDAS EJEMPLARES

_Beethoven--Miguel Ángel--Tolstoi_

[Ilustración]

Universidad Nacional de México

1923

[Ilustración]

NOTA PRELIMINAR

La presente obra forma parte de una serie que la Secretaría de

Educación Pública edita, con el propósito de difundir la cultura

clásica junto con los rasgos fundamentales del pensamiento moderno.

Lo escaso y lo incompleto de las ediciones castellanas de los libros

más importantes del mundo ha sido causa de que, entre nosotros, las

personas cultas tengan que dedicar gran atención al estudio de las

lenguas extranjeras, principalmente al inglés y al francés, y de que

la gran masa de la población desconozca los libros geniales. Publicar

en español ediciones clásicas es, por lo mismo, una doble necesidad de

patriotismo y de cultura. De patriotismo, porque ningún pueblo que se

respeta debe conformarse con que sea indispensable el uso de un idioma

extraño para conocer las cumbres del pensamiento; de cultura, porque

no se concibe una ilustración, ni siquiera mediocre, que carezca del

conocimiento indicado.

Creemos que ha llegado para nuestra raza hispanoamericana un período

de renovación vigorosa y autónoma, que no puede asentarse en sólidas

bases si seguimos de siervos del pensamiento francés, o del pensamiento

inglés o de cualquiera otra tendencia extraña. Creemos que las

razas--caracterizadas muy particularmente por las lenguas--son el

órgano por el que la Historia expresa las distintas fases del espíritu

humano en su lucha por conquistar la verdad y el bien, y creemos que

sólo afirmando y depurando el concepto de la raza y el vigor de la raza

se logra ese poder que en seguida conduce a la universalidad, meta

suprema de la realización humana. Universalidad es nuestra aspiración;

mas, para lograrla, es menester que nos asentemos en las fuertes raíces

de nuestro tronco étnico y que en seguida exploremos el mundo y lo

expresemos conforme al ingenio y al temperamento nuestros, porque el

progreso del mundo exige de nosotros una interpretación personal y una

expresión característica y única de la vida que nosotros vivimos. Y el

primer paso para la elaboración de una cultura propia es traducir todo

el acervo de la cultura contemporánea a los moldes de nuestra lengua,

y en seguida difundir libros castellanos para que, sin menoscabo de la

ilustración general, se expulse el libro escrito en idioma extranjero.

En este sentido las ediciones de la Secretaría de Educación Pública

llegarán a ser útiles, no sólo para los mexicanos, sino también para

todos los hijos de la raza nuestra, desde el Bravo hasta el Plata, y

aun para la misma población de España, ya que muchas de las obras de

esta serie no han sido traducidas jamás a nuestra lengua común.

Hacer llegar el libro excelso a las manos más humildes y lograr de

esta manera la regeneración espiritual, que debe preceder a toda otra

suerte de regeneración, es otro de los propósitos de estas ediciones,

que en su mayor parte se repartirán gratuitamente entre las bibliotecas

y escuelas que el Gobierno está abriendo por toda la República. La

divulgación de estas obras viene a constituir la segunda parte de la

campaña que estamos desarrollando contra el analfabetismo; pues de esta

manera, después de enseñar a leer, damos lo que debe leerse, seguros

de ofrecer lo mejor que existe, porque en la selección de las obras no

nos guía más criterio que el de la suprema excelencia, y el propósito

de formar una colección que abarque, hasta donde es posible, todos los

aspectos más nobles del pensamiento humano.

En términos generales, y tal como lo dice el acuerdo respectivo, se han

escogido libros fundamentales, libros esenciales, y que tienen todos la

misma tendencia de ennoblecer la vida. Se comienza con “La Ilíada” de

Homero, que es la fuerte raíz de toda nuestra literatura, y se da lo

principal de los clásicos griegos, los eternos maestros. Se incorpora

después una noticia sobre la moral budista, que es como anunciación

de la moral cristiana, y se da en seguida el texto de los Evangelios,

que representan el más grande prodigio de la Historia y la suprema ley

entre todas las que norman el espíritu; más la Divina Comedia, que es

como una confirmación de los más importantes mensajes celestes.

Se publicarán, también, algunos dramas de Shakespeare, por

condescendencia con la opinión corriente, y varios de Lope, el dulce,

el inspirado, el magnífico poeta de la lengua castellana, con algo de

Calderón y el Quijote, de Cervantes, libro sublime donde se revela el

temperamento de nuestra estirpe. Seguirán después algunos volúmenes de

poetas y prosistas hispanoamericanos y mexicanos; la Historia Universal

de Justo Sierra, que es un resumen elocuente y corto; la Geografía de

Reclus, obra llena de generosidad, y libros sobre la cuestión social

que ayuden a los oprimidos y que serán señalados por una comisión

técnica, junto con libros sobre artes o industrias, de aplicación

práctica.

Finalmente se publicarán libros modernos y renovadores, como el Fausto

y los dramas de Ibsen y Bernard Shaw; libros redentores como los de

Galdós, los de Tolstoi y los de Rolland, y parte de la obra del excelso

Tagore. Como no se desea construir un índice exclusivo, la Secretaría

ha pedido al público que designe, entre las grandes obras de la

humanidad, otras diez para que entren a las prensas de la Editorial y

pasen, después, a germinar conceptos y a inspirar nobles acciones en el

ánimo de todos los habitantes de la República.

El Secretario de Educación Pública

JOSÉ VASCONCELOS

ÍNDICE

Pág.

Nota preliminar 5

Prefacio 11

Vida de Beethoven 15

Apéndice

Beethoven.--Testamento de Heiligenstadt a mis hermanos

Carl y (Johann) Beethoven, Heiligenstadt,

a 6 de octubre de 1802 61

Cartas

Al pastor Amenda, en Curlandia, probablemente escrita en 1801 65

Al doctor Franz Gerhard Wegeler, Viena, 29 de junio de 1801 68

A Wegeler, Viena, 16 de noviembre de 1801 71

Cartas de Wegeler y de Eleonora von Breuning a Beethoven:

Carta de Wegeler, Coblenza, 28 de diciembre de 1825 74

Carta de Eleonora Wegeler, Coblenza, 29 de diciembre de 1825 76

Beethoven a Wegeler, Viena, 7 de octubre de 1826 77

A Wegeler, Viena, 17 de febrero de 1827 79

A Moscheles, Viena, 14 de marzo de 1827 79

Pensamientos

Sobre música 80

Sobre crítica 83

Bibliografía

Sobre las cartas de Beethoven 84

Sobre la Vida de Beethoven 85

Sobre la obra de Beethoven 87

Retratos de Beethoven 88

VIDA DE MIGUEL ÁNGEL

Introducción 95

Miguel Ángel 99

La Lucha 117

I. La Fuerza 119

II. La Fuerza que se rompe 145

III. La Desesperación 163

La Abdicación 179

I. Amor. 181

II. Fe 211

III. Soledad 233

Epílogo

La Muerte 245

Apéndice

Poesías de Miguel Ángel 253

Bibliografía

I. Escritos de Miguel Ángel 270

II. Obras relativas a la vida de Miguel Ángel 271

III. Vittoria Colonna 273

VIDA DE TOLSTOI

La luz que acaba de extinguirse 277

Historia de mi infancia 292

Las narraciones del Cáucaso 295

Los Cosacos 296

Narraciones de Sebastopol 301

Tres muertes 312

La felicidad conyugal 314

La Guerra y la Paz 319

Ana Karenina 327

Las Confesiones y la crisis religiosa 335

La crisis social: ¿Qué debemos hacer? 347

La crítica del arte 358

Los Cuentos Populares 371

El Poder de las Tinieblas 375

La Muerte de Iván Ilich 378

La Sonata a Kreutzer 379

Resurrección 385

Las ideas sociales de Tolstoi 393

Su semblante había tomado los rasgos definitivos 407

Concluye la lucha 420

Apéndice

Las obras póstumas de Tolstoi 431

[Ilustración]

PREFACIO

“_Quiero demostrar que todo el que

obra recta y noblemente, puede, por

ello mismo, sobrellevar el infortunio_”.

BEETHOVEN

Al Municipio de Viena, el 1.º de

febrero de 1819.

Un denso ambiente nos envuelve. La vieja Europa se adormece en una

atmósfera cargada y viciosa; un materialismo sin grandeza pesa sobre el

pensamiento y estorba la acción de los gobiernos y de los individuos;

el mundo muere de asfixia en su egoísmo prudente y vil, y al morir nos

ahoga. Abramos las ventanas para que entre el aire puro; respiremos el

aliento de los héroes.

La vida es dura. Para los que no se resignan a la mediocridad del alma

es un combate diario, triste las más de las veces, librado sin grandeza

ni fortuna en la soledad y en el silencio. Oprimidos por la pobreza,

por los ásperos deberes domésticos, por los trabajos abrumadores y

estúpidos, en los que inútilmente se pierden las fuerzas, la mayor

parte de los hombres están separados los unos de los otros, sin una

esperanza, sin un rayo de alegría, sin tener siquiera el consuelo de

tender la mano a sus hermanos de infortunio, que nada saben de ellos y

de quienes ellos nada saben. Cada uno cuenta sólo consigo mismo; y hay

momentos en que los más fuertes flaquean bajo el peso de su pena, y

demandan socorro y amistad.

Para ayudarlos me propongo reunir, en torno suyo, a los Amigos

heroicos, a las grandes almas que se sacrificaron por el bien. Estas

Vidas de Hombres Ilustres no se dirigen al orgullo de los ambiciosos,

sino que están consagradas a los desventurados. ¿Y quién, en el

fondo, no lo es? Ofrezcamos a quienes sufren el bálsamo del sagrado

sufrimiento. No estamos solos en el combate, pues alumbran la noche

del mundo luces divinas, y ahora mismo, cerca de nosotros, hemos

visto brillar dos de las más puras llamas, la de la Justicia y la de

la Libertad: el coronel Picquart y el pueblo boer. Si estas llamas

no han logrado abrasar las espesas tinieblas, nos han mostrado, en

un relámpago, el camino. Avancemos en pos de estos hombres, en pos

de todos los que como ellos lucharon, aislados, esparcidos en todos

los países y en todos los tiempos. Acabemos con los valladares de los

siglos y resucitemos el pueblo de los héroes.

No llamo héroes a los que triunfaron por el pensamiento o por la

fuerza; llamo héroes sólo a aquéllos que fueron grandes por el corazón.

Como ha dicho, entre ellos, uno de los más altos, aquél cuya vida

contamos en estas páginas: “no reconozco otro signo de excelsitud que

la bondad”. Cuando no hay grandeza de carácter no hay grandes hombres,

ni siquiera grandes artistas, ni grandes hombres de acción; apenas

habrá ídolos exaltados por la multitud vil; pero los años destruyen

ídolos y multitud. Poco nos importa el éxito, ya que se trata de ser

grande y no de parecerlo.

La vida de aquéllos cuya historia intentaremos narrar en estas páginas

fué casi siempre un martirio prolongado. Sea que un trágico destino

haya querido forjar sus almas en el yunque del dolor físico y moral,

de la enfermedad y de la miseria; o bien que asolara sus vidas y

desgarrara sus corazones el espectáculo de los sufrimientos y de las

vergüenzas sin nombre que torturaban a sus hermanos, todos comieron el

pan cotidiano de la prueba, y fueron grandes por la energía, porque lo

fueron también por la desgracia. Que no se quejen demasiado quienes

son desventurados, porque los mejores de entre los hombres están con

ellos. Nutrámonos del valor de estos hombres, y, si somos débiles,

reposemos por un instante nuestra cabeza sobre sus rodillas, que ellos

nos consolarán. Mana de estas almas sagradas un torrente de fuerza

serena y de bondad omnipotente: no es siquiera necesario interrogar

sus obras, ni escuchar sus palabras, para que leamos en sus ojos, en la

historia de su vida, que nunca la vida es más grande, más fecunda--ni

más dichosa--que en el dolor.

* * * * *

Al frente de esta legión heroica, vemos, en primer lugar, al fuerte y

puro Beethoven. Él mismo anhelaba, en medio de sus sufrimientos, que

su ejemplo pudiera ser un sostén para todos los desvalidos, _y que el

desventurado se consolase al encontrar otro desdichado como él, que,

a pesar de todos los obstáculos de la Naturaleza, había hecho cuanto

de él dependía para llegar a ser un hombre digno de este nombre_.

Triunfante de su pena, tras años de luchas y de esfuerzos sobrehumanos,

y cumplida su misión, que era, como él decía, la de infundir un poco de

valor a la pobre humanidad, este Prometeo vencedor respondía a un amigo

que invocaba a Dios: _¡Hombre, ayúdate a ti mismo!_

Inspirémonos en su valiente palabra. Reanimemos, con su ejemplo, la fe

del hombre en la vida y en el hombre.

ROMAIN ROLLAND

Enero de 1903.

VIDA DE BEETHOVEN

Woltuen, wo man kann,

Freiheit über alles lieben,

Wahrheit nie, auch sogar am

Throne nicht verleugnen.

BEETHOVEN

(Hoja de Álbum, 1792).

(Hacer todo el bien que sea posible,

amar la libertad por encima de todo, y

aun cuando fuera por un trono,

no traicionar nunca a la Verdad).

[Ilustración]

Era pequeño y gordo, de cuello robusto, de complexión atlética; tenía

una cara grande color de rojo ladrillo, menos al fin de su vida, que

se tornó su tono enfermizo y amarillento, en invierno sobre todo,

cuando permanecía encerrado y lejos del campo; una frente poderosa

y abultada; cabellos extremadamente negros, muy espesos, en los

cuales parecía que no había entrado nunca el peine, erizados por

todos lados, “las serpientes de Medusa”[1]; sus ojos brillaban con

una fuerza prodigiosa, que dominaba a cuantos los miraban; pero casi

todos se engañaron sobre el color de estos ojos. Como irradiaban

con fulgor salvaje, en un semblante obscuro y trágico, se les creía

generalmente negros, cuando eran de un azul gríseo[2]; pequeños y

muy hundidos, se abrían bruscamente en la pasión o en la cólera y

entonces giraban en sus órbitas, reflejando todos sus pensamientos con

verdad maravillosa[3]. Frecuentemente se volvían hacia el cielo con

una mirada melancólica. La nariz era chata y ancha, como un hocico de

león: la boca delicada, con el labio inferior saliente; mandíbulas

temibles que habrían podido cascar nueces; y un hoyuelo profundo en el

mentón, hacia el lado derecho, daba una extraña disimetría al rostro.

“Sonreía bondadosamente, dice Moscheles, y había en su conversación, a

menudo, un tono amable y alentador. En cambio su risa era desagradable,

violenta y gesticulante, rápida”,--la risa de un hombre que no está

acostumbrado a la alegría. Su expresión habitual era melancólica, de

“una tristeza incurable”. Rellstab, en 1825, decía que tenía necesidad

de todas sus fuerzas para no llorar al ver “sus ojos dulces y su dolor

penetrante”; Braun von Braunthal, un año después, lo encontró en una

cervecería: estaba sentado en un rincón, fumando una larga pipa y con

los ojos cerrados, como lo hacía más frecuentemente a medida que se

aproximaba a la muerte. Un amigo le dirigió la palabra; sonrió con

tristeza, sacó de su bolsillo una libreta de conversación, y, con la

voz aguda que adquieren a menudo los sordos, le dijo que escribiera

lo que quería preguntarle. Su semblante se transfiguraba, ora en los

accesos de inspiración súbita que lo acometían de improviso, aun en

la calle, y que llenaban de sorpresa a los transeúntes, ora cuando

se le sorprendía sentado al piano. “Los músculos de su rostro se le

saltaban, sus venas se hinchaban; los ojos salvajes se hacían dos veces

más terribles; le temblaba la boca, y tenía el aire de un encantador

vencido por los demonios que hubiera evocado”. Parecía una figura de

Shakespeare[4]; Julius Benedict dice: “El rey Lear”.

* * * * *

Ludwig van Beethoven nació el 16 de diciembre de 1770, en Bonn, cerca

de Colonia, en una mísera bohardilla de casa pobre. Era flamenco de

origen[5]; su padre, un tenor borracho y sin talento; su madre, una

criada, hija de un cocinero y viuda en primeras nupcias de un ayuda de

cámara.

Su infancia severa no tuvo la familiar dulzura con que la de Mozart,

más feliz, estuvo rodeada. Desde el principio la vida se le reveló como

un combate triste y brutal; su padre quiso explotar sus disposiciones

musicales y exhibirlo como un niño prodigio; a los cuatro años de edad

lo sentaba, durante horas enteras, frente a su clave, o lo encerraba

con un violín y lo abrumaba de trabajo. Poco faltó para que por siempre

le hubiera hecho odioso el arte. Fué preciso usar de la violencia

para que Beethoven aprendiera la música. Su juventud fué entristecida

por las preocupaciones materiales, el cuidado de ganarse el pan, los

trabajos prematuros; a los once años formaba parte de la orquesta del

teatro, y a los trece era organista. En 1787 perdió a su madre, a quien

adoraba. “¡Era tan buena conmigo, tan digna de ser amada, mi mejor

amiga! ¡Oh, quién más feliz que yo cuando podía pronunciar el dulce

nombre de madre, y que ella podía escucharme!”[6]. Había muerto de

tisis, y el mismo Beethoven se creyó atacado de esa enfermedad; sufría

ya constantemente y unía a su dolencia una melancolía más cruel que el

propio mal[7]. A los diecisiete años era jefe de familia, encargado de

la educación de sus hermanos. Pasó la vergüenza de solicitar el retiro

de su padre, incapaz de dirigir la casa por borracho, y fué al hijo a

quien se entregó la pensión paterna para evitar que fuese disipada.

Semejantes sufrimientos dejaron en él una huella profunda. Tuvo la

fortuna de encontrar un cariñoso apoyo en una familia de Bonn, que le

fué siempre muy querida, los Breuning. La gentil “Lorchen”, Eleonora

de Breuning, tenía dos años menos: le enseñó él la música y ella lo

inició en la poesía; fué su compañera de infancia y acaso hubo entre

ellos algún sentimiento tierno. Eleonora casó más tarde con el doctor

Wegeler, que fué uno de los mejores amigos de Beethoven: hasta el

último día no cesó de reinar entre ellos una amistad apacible, de que

dan testimonio las cartas dignas y cariñosas de Wegeler y de Eleonora,

y las del viejo y fiel amigo (_alter treuer Freund_) al bueno y querido

Wegeler (_guter lieber Wegeler_); cariño más conmovedor todavía

cuando la vejez llegó para los tres sin enfriar la juventud de sus

corazones[8].

Por triste que haya sido la infancia de Beethoven, conservó siempre

de ella y de los lugares en que transcurrió un tierno y melancólico

recuerdo. Obligado a abandonar Bonn y a pasar casi toda su vida en

Viena, en la grande y frívola ciudad o en sus tristes barriadas,

no olvidó nunca el valle del Rhin, ni el gran río augusto y

paternal--_unser Vater Rhein_--como él lo llama, “nuestro padre el

Rhin”, tan viviente en verdad, casi humano, semejante a un alma

gigantesca por la cual pasan pensamientos y fuerzas innumerables; en

ninguna parte más bello, más poderoso y más dulce que en la deliciosa

Bonn, cuyas pendientes, sombreadas y florecidas, baña con la violencia

de una caricia. Allá vivió Beethoven sus veinte primeros años; allá se

formaron los ensueños de su corazón de adolescente, en estas praderas

que flotan lánguidas sobre el agua, con sus chopos envueltos por la

bruma, sus malezas, sus sauces, sus árboles frutales, que empapan

las raíces en la corriente silenciosa y rápida; y, sobre la orilla

inclinadas, muellemente curiosas, las aldeas, las iglesias, hasta los

cementerios, en tanto que en el horizonte las Siete Montañas azuladas

dibujan sobre el cielo sus perfiles atormentados, que coronan las

esbeltas y bizarras siluetas de los viejos castillos en ruinas. Su

corazón permaneció eternamente fiel a este país, y hasta el último

instante soñó en volver a verlo, sin que lo hubiese logrado nunca. “Mi

patria, la hermosa región en donde yo vi la luz primera, siempre tan

bella, tan clara delante de mis ojos, como cuando yo la dejé”[9].

* * * * *

En noviembre de 1792 Beethoven se estableció en Viena, metrópoli

musical de Alemania[10]. La Revolución había estallado y comenzaba a

ahogar a Europa. Beethoven salió de Bonn en el momento preciso en que

la guerra llegaba, y en camino de Viena cruzó por entre los ejércitos

de Hesse, que avanzaban contra Francia. En 1796 y 1797 puso música a

las poesías bélicas de Friedberg, un _Canto de Partida_, y un Coro

Patriótico, _Somos un gran pueblo alemán_ (_Ein grosses deutsches Volk

sind wir_); pero en vano quiso cantar a los enemigos de la Revolución,

porque la Revolución conquistó al mundo y a Beethoven. Desde 1798, y

a pesar de la tirantez de relaciones entre Austria y Francia, entró

Beethoven en comunicación íntima con los franceses, con la embajada,

con el general Bernadotte, que acababa de llegar a Viena; y en sus

conversaciones con ellos comenzaron a formarse en él los sentimientos

republicanos, cuyo poderoso desarrollo se advierte en el resto de su

vida.

Un dibujo que en esta época le hizo Stainhauser nos muestra una imagen

bastante clara de lo que era entonces Beethoven. Es con relación a sus

siguientes retratos, lo que el retrato de Buonaparte por Guérin--rostro

áspero, devorado por la fiebre de la ambición,--es a los otros retratos

de Napoleón. Aparece Beethoven más joven de lo que era, enjuto,

derecho, tieso dentro de su alto corbatín, con el mirar retador y

violento: sabe lo que vale, y confía en su fuerza. En 1796 escribe en

su cuaderno: “¡Valor! A pesar de todas las flaquezas del cuerpo, mi

genio triunfará... ¡Veinticinco años! Los tengo ya, y es necesario que

en este año el hombre se revele todo entero”[11]. La señora de Bernhard

y Gelinck dicen que es muy orgulloso, de modales rudos y huraños, y

habla con un acento marcadamente provinciano; pero sólo sus amigos

íntimos conocen la exquisita bondad que se oculta bajo ese orgulloso

encogimiento. Al escribir a Wegeler acerca de sus triunfos, el primer

pensamiento que le viene a la mente es: “Por ejemplo, cuando veo a un

amigo necesitado, si mi bolsillo no me permite acudir inmediatamente en

su ayuda, no tengo más que sentarme a la mesa de trabajo, y, en poco

tiempo, lo he sacado del apuro... Ya ves que esto es encantador”[12].

Y un poco después agrega: “Mi arte debe consagrarse al bien de los

pobres”. (_Dann soll meine Kunst sich nur zum Besten der Armen zeigen._)

Ya el dolor había llamado a su puerta; se había apoderado de él para

nunca más dejarlo. Entre 1796 y 1800 comenzaron los estragos de la

sordera[13]; las orejas le zumban noche y día; lo minan dolores en

las entrañas; su oído se debilita progresivamente. No lo confesará a

nadie durante muchos años, ni a sus amigos más queridos; evita toda

compañía para que su enfermedad no sea advertida, y este terrible

secreto es sólo suyo; pero en 1801 ya no lo puede callar, lo confía con

desesperación a dos de sus amigos: el doctor Wegeler y el pastor Amenda:

“Mi querido, mi bueno, mi cariñoso Amenda... ¡qué a menudo he deseado

tenerte cerca de mí! Tu Beethoven es profundamente desventurado. Debes

saber que la parte más noble de mí mismo, mi oído, se ha debilitado

mucho. Ya en la época en que estábamos juntos, sentía síntomas del

mal, y lo ocultaba; pero después ha empeorado mucho... ¿Curaré? Lo

espero, naturalmente, pero muy poco, porque estas enfermedades son de

las más incurables. ¡Qué tristemente vivo, abandonando todo lo que

amo y me es más querido, y en un mundo tan miserable, tan egoísta!...

¡Triste resignación ésta en la cual debo refugiarme! Naturalmente que

me he propuesto sobreponerme a todos estos males. Pero ¿cómo me será

posible?”[14].

Y a Wegeler: “...Llevo una vida miserable; desde hace dos años eludo

toda compañía, porque no me es posible conversar con los demás: soy

sordo. Si tuviera cualquier otro oficio, esto sería llevadero; pero en

el mío mi situación es terrible. ¡Qué dirán mis enemigos, cuyo número

no es corto!... En el teatro debo colocarme muy cerca de la orquesta

para escuchar a los actores. Los sonidos altos de los instrumentos y

de las voces no los oigo si me coloco un poco lejos... Cuando se habla

suavemente, apenas entiendo... Y por otra parte, cuando se grita,

ello es para mí intolerable... Frecuentemente maldigo mi existencia.

Plutarco me ha llevado a la resignación. Quiero, si esto es posible,

desafiar mi destino; pero hay momentos de mi vida en los cuales soy la

más miserable de las criaturas... ¡Resignación! ¡Qué triste refugio, y

sin embargo es el único que me queda!”[15].

Esta tristeza trágica se externa en algunas obras de esta época, en

la _Sonata Patética_, op. 13 (1799), y sobre todo en el largo de la

_Tercera Sonata_ para piano, op. 10 (1798). Es extraño que no aparezca

todavía en tantas obras más, como el riente _Septimino_ (1800), y la

límpida _Primera Sinfonía_ (en do mayor, 1800), que reflejan todavía

una despreocupación juvenil. Indudablemente que el alma necesita tiempo

para acostumbrarse al dolor; siente tal necesidad de la alegría, que,

cuando no la tiene, es necesario que la cree; cuando el presente es

demasiado cruel, vive en el pasado; los días felices que fueron no se

borran de un solo golpe, pues su fulgor persiste largo tiempo después

de que pasaron. Solo y desventurado en Viena, Beethoven se refugió en

su nostalgia del país natal, y sus recuerdos de entonces están todos de

ella impregnados. El tema del andante con variaciones del _Septimino_,

es sólo un _lied_ riniano; la _Sinfonía en do mayor_ es también una

obra del Rhin, un poema de adolescencia que sonríe a sus ensueños;

es alegre, lánguida; se adivina en ella el deseo y la esperanza de

agradar; pero en algunos de sus pasajes, en la introducción, en el

claroscuro de algunos bajos sombríos, en el _scherzo_ fantástico, se

advierte ya, ¡con cuánta emoción! en este rostro de joven la mirada del

genio que está por venir. Son los ojos del _bambino_ de Botticelli, en

sus _Sagradas Familias_, estos ojos de niño en los cuales se adivina ya

la próxima tragedia.

A los sufrimientos físicos se unían trastornos de otro orden. Wegeler

dice que no conoció nunca a Beethoven sin una pasión llevada al

paroxismo. Sus amores parece que siempre fueron de una gran pureza,

porque en ellos no hubo nunca ninguna relación entre la pasión y el

placer. La confusión que se establece en nuestro tiempo entre la una

y el otro, no prueba más que la ignorancia en que la mayoría de los

hombres están acerca de la pasión, y de su extrema rareza. En el

alma de Beethoven había algo de puritano; las conversaciones y los

pensamientos licenciosos le causaban horror; tenía sobre la santidad

del amor ideas intransigentes, y se dice que no perdonaba a Mozart

haber profanado su genio escribiendo un _Don Juan_. Schindler, que fué

su amigo íntimo, asegura que “cruzó por la vida con un pudor virginal,

sin haber tenido nunca que reprocharse una flaqueza”. Un hombre así

estaba hecho para ser engañado y ser víctima del amor, y lo fué. Sin

cesar se enamoraba locamente, sin cesar soñaba con la felicidad, que

en el acto fracasaba, y era seguida de amargos sufrimientos. En estas

alternativas de amor y de orgullosa rebeldía es preciso buscar el más

fecundo manantial de las inspiraciones de Beethoven, hasta la edad en

que su fogosa naturaleza se apacigua en una resignación melancólica.

En 1801 el objeto de su pasión fué, a lo que parece, Giulietta

Guicciardi, a quien inmortalizó con la dedicatoria de su famosa

_sonata_ llamada del _Claro de Luna_, op. 27 (1802). “Vivo de una

manera muy dulce, escribía a Wegeler, y trato más con los hombres...

Esta mudanza es obra del encanto de una muchacha adorable, que me

ama y a quien yo amo. Son éstos los primeros momentos felices que

tengo desde hace dos años”[16]. Los pagó duramente. Desde luego este

amor le hizo sentir las miserias de su enfermedad y las condiciones

precarias de su vida, que le hacían imposible desposarse con la que

amaba. Además Giulietta era coqueta, infantil, egoísta; hizo sufrir

cruelmente a Beethoven, y en noviembre de 1803 casó con el conde

Gallenberg[17]. Semejantes pasiones arruinan el alma, y cuando el alma

está ya debilitada por la enfermedad como lo estaba la de Beethoven,

suelen aniquilarla. Y fué el único momento de la vida de Beethoven

en que parece haber estado a punto de sucumbir. Sufrió una crisis

desesperada, que nos hace conocer una de sus cartas: el _Testamento

de Heiligenstadt_ a sus hermanos Carlos y Juan, con esta indicación:

”_Para ser leída y cumplida después de mi muerte_“[18]. Es un grito

de rebeldía y de sufrimiento desgarrador, que no puede escucharse sin

sentirse penetrado de piedad. Estuvo entonces a punto de poner fin a su

vida, y sólo su inflexible sentimiento moral lo detuvo[19].

Sus esperanzas últimas de curación desaparecieron. “Hasta el valor que

me sostenía se ha desvanecido. ¡Oh, Providencia, concédeme una vez un

día, un solo día de alegría verdadera! ¡Hace tanto tiempo que el son

profundo de la perfecta alegría me es extraño! ¿Cuándo, cuándo, ¡Dios

mío!, podré encontrarla? ¿Nunca?... ¡No, porque eso sería demasiado

cruel!”

Parece un lamento de agonía y, sin embargo, Beethoven vivirá aún

veinticinco años. Su vigorosa naturaleza no se podía resignar a

sucumbir en la prueba. “Mi fuerza física aumenta más que nunca, al

mismo tiempo que mi vigor intelectual... Mi juventud, sí, lo siento,

apenas ha comenzado; y cada día me acerca al fin que entreveo y que no

puedo definir... ¡Oh, si estuviera libre de este mal, abarcaría entre

mis brazos al mundo!... ¡Pero no tengo reposo! No conozco otro descanso

que el sueño, y soy tan desventurado que tengo que concederle más

tiempo que enantes. Si me viera libre de mi mal, aun cuando sólo fuese

a medias, entonces... No, no lo soportaré ya; quiero morder al destino,

que no ha de lograr doblegarme enteramente. ¡Es tan bello vivir mil

veces la vida!”[20].

Este amor, este dolor, esta voluntad, estas alternativas de postración

y orgullo, estas tragedias interiores aparecen en las grandes obras

escritas en 1802: la _Sonata con marcha fúnebre_, op. 26, la _Sonata

quasi una fantasía_ y la _Sonata_ llamada del _Claro de Luna_, op. 27;

la _Sonata segunda_, op. 31, con sus recitados dramáticos que semejan

un grandioso y desolado monólogo; la _Sonata en do menor_ para violín,

op. 30, que dedicó al emperador Alejandro; la _Sonata a Kreutzer_,

op. 47, y las seis heroicas y conmovedoras melodías religiosas sobre

palabras de Gellert, op. 48. La _Segunda Sinfonía_, que es de 1803,

refleja su amor juvenil con mayor intensidad, y en ella se advierte que

su voluntad se impone sobre todo; una fuerza irresistible barre los

tristes pensamientos y el _final_ se levanta en impetuoso borbotar de

vida. Beethoven quiere ser feliz; no quiere consentir en creer que es

irremediable su infortunio: anhela la curación, desea el amor; desborda

de esperanzas[21].

* * * * *

En muchas de estas obras sorprende la energía y la insistencia de

los ritmos de marcha y de combate, que son muy sensibles, sobre todo

en el _allegro_ y en el _final_ de la _Segunda Sinfonía_, y todavía

más en el primer trozo, soberbiamente heroico, de la _Sonata al

Emperador Alejandro_. El carácter marcial, característico de esta

música, recuerda la época en que fué escrita: la revolución llegaba

a Viena, y Beethoven era arrastrado por ella. “Manifestaba de buena

gana en la intimidad--nos dice el caballero Seyfried--su aprobación

para los sucesos políticos, que juzgaba con una rara perspicacia, con

mirada clara y penetrante”. Todas sus simpatías lo llevaban hacia

las ideas revolucionarias; “amaba los principios republicanos”,

dice Schindler, el amigo que más lo conoció en el último período de

su vida. “Era partidario de la libertad sin limitaciones y de la

independencia nacional... Quería que todos cooperasen en el gobierno

del Estado... Deseaba para Francia el sufragio universal y confiaba

en que Bonaparte lo establecería, echando así los cimientos de la

felicidad del género humano”. Revolucionario romano, nutrido en

Plutarco, soñaba con una república heroica, fundada por el dios de la

Victoria: el Primer Cónsul; y golpe sobre golpe forjó la _Sinfonía

Heroica: Bonaparte_ (1804)[22], que es la “Ilíada” del Imperio; y

el final de la _Sinfonía en do menor_ (1805-1808), la epopeya de la

Gloria. Primera música verdaderamente revolucionaria, el espíritu de

la época revive en ella con la intensidad y la pureza que tienen los

grandes sucesos en las grandes almas solitarias, cuyas impresiones no

son debilitadas por el contacto de la realidad. La figura de Beethoven

se muestra en ella iluminada por los resplandores de estas épicas

guerras que están expresadas por doquiera, acaso sin quererlo, en

las obras de este período: en la _Obertura de Coriolano_ (1807), que

tiene soplo de tempestades; en el _Cuarto cuarteto_, op. 18, cuyo

primer trozo tiene tanto parecido con esa obertura; en la _Sonata

Appassionata_, op. 57 (1804), de la cual decía Bismarck: “Si la

escuchara yo a menudo, sería más valeroso”[23]; en la partitura de

_Egmont_, y hasta en sus conciertos para piano, en este _concierto

en mi bemol_, cuyo virtuosismo también se hace heroico y en el que

parece que pasan ejércitos. ¿Cómo sorprenderse de esto? Si Beethoven

ignoraba, al escribir la _Marcha fúnebre a la muerte de un héroe_ (de

la Sonata op. 26), que el héroe más digno de sus cantos, aquél que

se acercaba más que Bonaparte al modelo de la _Sinfonía Heroica_,

Hoche, acababa de morir cerca del Rhin--al cual domina su monumento

funerario, todavía ahora, desde lo alto de una pequeña colina entre

Coblenza y Bonn,--había visto en la misma Viena dos veces victoriosa

a la revolución. Fueron los oficiales franceses quienes asistieron

en noviembre de 1805 al estreno de _Fidelio_, y el general Hulin, el

vencedor de la Bastilla, que se instaló en la casa de Lobkowitz, amigo

éste y protector de Beethoven, a quien dedicó la _Heroica_ y la _en

do menor_. Y todavía el 10 de mayo de 1809, Napoleón se hospedó en

Schoenbrunn[24]. Bien pronto Beethoven odiará a los conquistadores

franceses; pero no por ello sintió menos el fervor de su epopeya, y

quien no la sienta como él sólo a medias comprenderá esta música de

acción y de imperiales triunfos.

Interrumpió Beethoven bruscamente la _Sinfonía en do menor_ para

escribir, de un golpe y sin sus bosquejos habituales, la _Cuarta

Sinfonía_. La felicidad se le había revelado: en mayo de 1806 entró

en relaciones con Teresa de Brunswick[25], quien lo amaba desde hacía

largo tiempo, porque siendo niña recibía de él lecciones de piano, en

los primeros tiempos que vivió éste en Viena. Beethoven era amigo de

su hermano el conde Francisco, de quien fué huésped en Mártonvásár,

Hungría, en 1806, y fué allá donde él y Teresa comenzaron a amarse.

El recuerdo de estos días felices se conserva en algunos relatos de

Teresa de Brunswick[26]. “Una noche de domingo, dice ella, después de

comer, Beethoven se sentó al piano, a la luz de la luna. Principió

por pasar su mano abierta sobre el teclado, que era su manera de

preludiar siempre, y que Francisco y yo conocíamos ya. Tocó después

algunos acordes en las notas bajas, y lentamente, con una solemnidad

misteriosa, ejecutó un canto de Sebastián Bach[27]: ‘_Si quieres,

darme tu corazón, que sea primero en secreto, y que nadie pueda

adivinar nuestro mutuo pensamiento_’. Mi madre y el cura se habían

dormido; mi hermano miraba en el vacío con gravedad; y yo, bajo el

influjo de su canto y de su mirada, sentía la vida en toda plenitud.

En la mañana del siguiente día nos encontramos en el jardín, y me

dijo: ‘Estoy escribiendo ahora una ópera cuya figura principal está

delante de mí, en todas partes por donde voy, en todas partes donde

estoy; nunca había alcanzado tal altura, en la que todo es luz, pureza,

claridad. Hasta hoy me parecía a ese niño de los cuentos de hadas,

entretenido en recoger guijarros, que no veía la flor espléndida que

sobre el camino florece...’. En el mes de mayo de 1806 era su novia,

sólo con el consentimiento de mi bienamado hermano Francisco”.

_La Cuarta Sinfonía_, escrita ese año, es una flor pura que guarda

el perfume de aquellos días, los más tranquilos de su vida. En ella

se ha advertido justamente “la preocupación de Beethoven, entonces,

de conciliar, en tanto que fuera posible, su genio con la tradición

generalmente conocida y amada de las formas transmitidas por sus

predecesores”[28]. El mismo espíritu conciliador, nacido del amor,

obraba sobre sus modales y manera de vivir. Ignaz von Seyfried

y Grillparzer dicen que estaba pleno de ímpetus, ágil, alegre,

espiritual, cortés con los demás, paciente para con los importunos,

vestido con rebuscamiento; y los engaña al extremo de que no se dan

cuenta de su sordera y dicen que está sano, si no es de su vista,

muy debilitada[29]. Tal es la idea que de él nos da un retrato

de elegancia romántica y un poco amanerada que por entonces pintó

Maehler. Beethoven deseaba agradar, y sabía que agradaba. El león

está enamorado, y esconde sus garras; pero se adivina bajo estas

apariencias, bajo la fantasía y la ternura de la _Sinfonía en si

bemol_, la fuerza temible, el humor caprichoso y los coléricos

arranques.

Esta paz profunda no debía durar; mas el influjo bienhechor del amor

se prolongó hasta 1810. Beethoven le debió sin duda su dominio de

sí mismo, que hizo entonces producir a su genio los más perfectos

frutos: esta tragedia clásica, la _Sinfonía en do menor_; y este

divino ensueño de un día de estío: la _Sinfonía Pastoral_ (1808)[30].

_La Appassionata_, inspirada en la _Tempestad_ de Shakespeare[31],

considerada por él como la más vigorosa de sus sonatas apareció en

1807 y está dedicada al hermano de Teresa. La ensoñadora y fantástica

sonata, op. 78 (1809), la dedicó a Teresa. Una carta sin fecha[32] y

dirigida _A la Inmortal Amada_ expresa, no menos que la _Appassionata_,

la intensidad de su amor:

“Ángel mío, mi todo, mi yo... tengo el corazón henchido de tantas cosas

que decirte... ¡Ah, en donde yo estoy, tú estás siempre conmigo!...

Lloro sólo de pensar que no recibirás antes del domingo, probablemente,

mis primeras noticias.--Te amo, como tú me amas; pero mucho más...

¡Oh, Dios! ¡Qué vida ésta sin ti! ¡Tan cerca, y tan lejos! Mis

pensamientos van hacia ti, mi inmortal amada (_Meine unsterbliche

Geliebte_), jocundos unas veces, tristes después, interrogando al

destino, demandándole si nos acogerá benignamente. No puedo vivir si

no es contigo, porque de otra manera no vivo... Nunca será de otra mi

corazón. ¡Nunca! ¡Nunca! ¡Oh, Dios mío! ¿por qué es preciso que se

alejen los que se aman? Y sin embargo mi vida, como al presente, es una

vida de tristezas. Tu amor me ha hecho a un mismo tiempo el más feliz y

el más desdichado de los hombres... ¡Está tranquila... está tranquila,

y ámame! Ahora, ayer, cuán ardiente aspiración, ¡cuántas lágrimas mías

van hacia ti!... a ti... a ti... mi vida, mi todo! ¡Adiós! ¡Continúa

amándome, no olvides jamás el corazón de tu amado L. ¡Tuyo eternamente,

eternamente mía, por siempre el uno para el otro!”[33].

¿Cuál causa misteriosa impidió la felicidad de estos dos seres que

se amaban? Acaso la falta de fortuna, la desigualdad social; acaso

Beethoven se sublevó ante la larga espera que se le imponía, y ante la

humillación de mantener en secreto su amor indefinidamente; tal vez,

violento, enfermo y misántropo como era, hizo sufrir, sin quererlo, a

la que amaba, y esto lo desesperó. La promesa de unión se rompió, y,

sin embargo, ni el uno ni el otro parece que hayan olvidado nunca su

amor. Hasta su último día (murió en 1861), Teresa de Brunswick amó a

Beethoven. Y en 1816, Beethoven decía: “Al pensar en ella el corazón

me palpita con tanta violencia como en el día que la vi por la primera

vez”. De este mismo año son las melodías a la _Amada Lejana_ (_an die

ferne Geliebte_), op. 98, de un carácter tan conmovedor y tan profundo.

Escribió en sus notas: “Mi corazón desborda ante el espectáculo de esta

admirable naturaleza, y sin embargo Ella no está aquí, a mi lado”.

Teresa había dado su retrato a Beethoven con esta dedicatoria: “Al

genio extraordinario, al gran artista, al hombre bueno.--T. B.”[34]. En

el último año de su vida sorprendió un amigo a Beethoven, solo, besando

este retrato con lágrimas en los ojos y hablando en voz alta, como

era su costumbre: “¡Eras tan hermosa, tan grande, tan parecida a los

ángeles!” Y el amigo se retiró, y cuando regresó un poco más tarde lo

encontró sentado al piano y le dijo: “Hoy, mi viejo amigo, no hay nada

de diabólico en vuestro rostro”. Beethoven le respondió: “Es que hoy me

ha visitado mi ángel”. La herida fué profunda. “Pobre Beethoven, decía

él mismo, no es posible que para ti haya felicidad en este mundo. Sólo

en las regiones de lo ideal encontrarás amigos”[35].

Escribió en su libro de notas: “Sumisión, sumisión profunda a tu

destino: no puedes existir para ti, sino solamente para los demás; para

ti la única felicidad posible está en tu arte. ¡Oh, Dios mío, concédeme

la fuerza necesaria para vencer!”

* * * * *

Fué, pues, abandonado por el amor. En 1810 se halla de nuevo solo; pero

ha alcanzado la gloria y la conciencia de su poder. Está en la fuerza

de su edad; se abandona a su humor salvaje y violento, ya sin cuidarse

de nada, sin consideraciones al mundo, a las conveniencias sociales,

a los juicios de los demás. ¿A quién tiene que temer o agradar? Su

fuerza es lo único que le queda, la alegría de su fuerza y la necesidad

de emplearla, casi de abusar de ella. “La fuerza, he aquí la moral de

los hombres que se elevan por encima del común de los hombres”. Ha

reincidido en la negligencia de su vestir, y su libertad de modales

se ha hecho más audaz que antes; sabe que tiene el derecho de decirlo

todo hasta a los grandes. “No reconozco otro signo de superioridad

más que la bondad”, escribió el 17 de julio de 1812[36]. Bettina

Brentano, que lo vió entonces, dice que “ningún emperador, ningún rey

había tenido una conciencia tal de su fuerza”. Quedó fascinada por su

poder: “Cuando lo vi por la vez primera, escribía a Goethe, el universo

entero desapareció para mí. Beethoven me hizo olvidar al mundo, y aun

a ti mismo, ¡oh Goethe!... Creo no equivocarme al asegurar que este

hombre se ha adelantado mucho a la civilización moderna”. Goethe hizo

por conocer a Beethoven. Se encontraron en los baños de Bohemia, en

Toeplitz, el año de 1812, y no llegaron a comprenderse. Beethoven

admiraba apasionadamente el genio de Goethe[37]; pero era su carácter

demasiado libre y demasiado violento para acomodarse al de éste y para

no herirlo. Ha contado él mismo de un paseo que hicieron juntos, en el

cual el republicano orgulloso dió una lección de dignidad al consejero

áulico del gran duque de Weimar, quien no se lo perdonó.

“Los reyes y los príncipes pueden muy bien hacer profesores y

consejeros privados; pueden muy bien colmarlos de títulos y de

condecoraciones; pero no pueden hacer a los grandes hombres, a los

espíritus que se elevan por encima del fango del mundo... Y cuando

están reunidos dos hombres tales como yo y Goethe, estos señores deben

sentir nuestra grandeza. Ayer encontramos en el camino, al regresar,

a toda la familia imperial: la vimos de lejos; Goethe se desprendió

de mi brazo para detenerse a la orilla de la carretera, y me habría

gustado decirle que yo querría no dejarlo dar un paso más. Me hundí

entonces el sombrero, me abotoné la levita, y avancé, con los brazos a

la espalda, por entre los grupos más espesos. Príncipes y cortesanos

formaron valla; el duque Rodolfo se quitó el sombrero delante de mí,

y la emperatriz fué la primera en saludarme. Los grandes me conocen.

Para mi entretenimiento, vi desfilar la procesión delante de Goethe,

que permanecía a la orilla del camino, profundamente inclinado y con el

sombrero en la mano. Se lo reprendí en seguida, y no le he perdonado

nada...”[38]. Goethe no lo olvidó tampoco[39].

De esta época son la _Séptima_ y la _Octava Sinfonías_, escritas en

pocos meses, en Toeplitz y en 1812; la Orgía del Ritmo y la Sinfonía

Humorística, las obras en que quizás se reveló más al natural, o como

él decía, más “desabrochado” (_aufgeknoepft_), con sus transportes

de alegría y de furor, sus contrastes imprevistos, sus arranques

desconcertantes y grandiosos, sus explosiones titánicas, que arrojaban

a Goethe y a Zelter en el espanto[40], y hacían decir de la _Sinfonía

en la_, en la Alemania del Norte, que era la obra de un borracho. Sí,

de un hombre ebrio en efecto, pero de fuerza y de genio. “Soy, dijo

él mismo, soy Baco, que extrae el delicioso néctar para la humanidad;

soy yo quien da a los hombres el divino frenesí del espíritu”. Ignoro

si, como lo ha dicho Wagner, quiso pintar en el final de su Sinfonía

una fiesta dionisíaca[41]. Reconozco principalmente en esta fogosa

“kermesse” la huella de su herencia flamenca, lo mismo que encuentro

mucho de su origen en su audaz libertad de lenguaje y de modales, que

detona soberbiamente en el país de la disciplina y de la obediencia. En

nada puede encontrarse más franqueza y más libertad de poder que en la

_Sinfonía en la_; es un loco despilfarro de energías sobrehumanas, sin

objeto, por placer, el placer de un río que desborda y que inunda. En

la _Octava Sinfonía_ la fuerza es menos grandiosa, pero más extraña aún

y más característica del hombre, porque mezcla la tragedia a la farsa,

y pone un vigor hercúleo en juegos y caprichos de niño[42].

El año de 1814 señala el apogeo de los triunfos de Beethoven. En el

Congreso de Viena fué considerado como una gloria europea. Tomó parte

activa en las fiestas; los príncipes le rendían homenaje, y él dejaba,

altivamente, que le hicieran la corte. De ello se alababa con Schindler.

Se sintió enardecido por la guerra de Independencia[43]. En 1813

escribió una sinfonía a la _Victoria_ de _Wellington_, y al principiar

el año de 1814, un coro guerrero, el _Renacimiento de Alemania_

(_Germanias Wiedergeburt_). El 29 de noviembre de 1814 dirigió, ante

un público de reyes, una cantata patriótica: _El Momento glorioso_

(_Der glorreiche Augenblick_), y compuso para la toma de París, en

1815, un coro: _¡Todo está consumado!_ (_Es ist vollbracht!_) Estas

obras ocasionales valieron más a su reputación que todo el resto de su

producción musical.

Vidas Ejemplares: Beethoven—Miguel Ángel—Tolstoi · 第 1 / 31 段