_Andria_, contra mí se esmalta
Cuanta virtud hay en ti,
Donde sólo para mí
lo que sobra es lo que falta,
Y porfías:
Si te sigo, te desvías;
Persíguesme, si me guardo,
Y cuando yo más me ardo,
Más te enfrías.
¡Lástima que esta dicción poética tan deliciosa y llana no sea la
habitual en Montalvo! Casi todas sus coplas, excelentes por la factura,
pecan más ó menos de conceptismo. Su ingenio era _naturalmente
conceptuoso_, si vale la expresión; es decir, refinado y sutil, galante
y amanerado. La vida de palacio acabaría de desarrollar en él esta
propensión, no contrariada por severos estudios clásicos, pues no
parece haberlos tenido. Á lo menos, son raras en él las imitaciones
de los poetas antiguos, excepto algunas de Virgilio, que he notado
principalmente en la égloga de Silvano y Batto[779]. No quiso agradar
á los doctos, sino á las damas, que no podían menos de mostrarse
agradecidas á tan gentiles requiebros:
Vuestras mejillas sembradas
De las insignias del día,
Florestas son de alegría
De la eterna trasladadas,
Donde no por las heladas,
No por las muchas calores,
Faltan de contino flores
Divinamente mezcladas...
..............................
En mi pensamiento crecen
Mis esperanzas y viven,
En el alma se conciben
Y en ella misma fenecen...
En noble parte nacidas,
En noble parte criadas,
Nobles van, aunque perdidas,
Noblemente comenzadas
Y en nobleza concluídas;
Al pensamiento obedecen,
Y en su prisión resplandecen,
Y su natural guardaron,
Que en el alma comenzaron
Y en ella misma fenecen...
...............................
Sólo aquel proverbio quiero
Por consuelo en mi quebranto,
Pues en tan contino llanto
Le hallo tan verdadero:
Las abejuelas, de flor
Jamás tuvieron hartura,
Ni el ganado de verdura,
Ni de lágrimas amor...
No es Gálvez Montalvo poeta natural, sino candorosamente afectado, pero
aun en la afectación misma conserva un buen gusto, ó si se quiere un
buen tono, digno de la grande época en que floreció, y que llegó á ser
muy raro en los conceptistas del siglo XVII, á medida que la decadencia
literaria avanzaba. Hay exceso de agudeza en los versos del _Pastor de
Fílida_, pero gracias á ella se realza el argumento, tan insípido de
suyo.
Por su primorosa habilidad en los versos de arte menor fué
principalmente celebrado Gálvez Montalvo en su tiempo. Por ellos
principalmente le alaba Lope de Vega en el _Laurel de Apolo_:
Las coplas castellanas...
Son de naturaleza tan süave,
Que exceden en dulzura al verso grave;
En quien, con descansado entendimiento,
Se goza el pensamiento,
Y llegan al oído
Juntos los consonantes y el sentido,
Haciendo en su elección claros efetos,
Sin que se dificulten los concetos:
Así Montemayor las escribía,
Así Galvez Montalvo dulcemente,
Así Liñán...
No era Gálvez Montalvo exclusivo en sus preferencias como Castillejo.
Promiscuaba como Gregorio Silvestre, y hemos visto que compuso muchos
versos al modo italiano. Pero en la teoría era más resuelto que en la
práctica, según parece por las digresiones críticas sembradas en el
_Pastor de Fílida_: «¿qué poesía ó ficción puede llegar á una copla de
la _Propaladia_, de _Alecio_ y _Fileno_, de las _Audiencias de Amor_,
del brevecillo _Inventario_, que todos son verdaderamente ingenios de
mucha estima y los demás, ni ellos se entienden ni quién se la da»? (p.
154).
Además de estos elogios á Torres Naharro, á Castillejo, á Silvestre y
á Antonio de Villegas, seguidos de una honorífica alusión al cordobés
Juan Rufo y al jurado de Toledo Juan de Quirós[780], se introduce en
el sexto libro ó parte de la novela una discusión en verso y prosa
entre dos poetas representantes de las dos escuelas. Silvano, es decir,
Gregorio Silvestre, el organista de Granada, «el que tuvo en Hiberia
el imperio del apacible verso castellano», como dice Luis Barahona de
Soto, es el que hace la apología del metro popular, y nadie más abonado
para tal defensa. Su antagonista es un pedante llamado Batto, que entre
otros cargos, dice á Silvestre:
Y no hurtáis, Silvano, del Latino,
Del Griego, del Francés ó del Romano.
No me atrevo á determinar quién sea este poeta italianizado: acaso
Jerónimo de Lomas Cantoral, el que con más desdén habló de todos los
versos que antes de él se habían compuesto en España, excepto los de
Garcilaso[781]. La sentencia arbitral de Siralvo deja iguales á los
dos contendientes, sin duda por cortesía; pero no era éste el final
pensamiento del autor, puesto que la disputa prosigue, aunque menos
encarnizada, «recitando versos propios y agenos, Batto loando el
italiano, Silvano el español, y cuando Batto decía un soneto lleno de
Musas, Silvano una glosa llena de amores; y no quitándole su virtud al
endecasílabo, todos allí se inclinaron al castellano, porque puesto
caso que la autoridad de un soneto es grande y digna de toda la
estimación que le puede dar el más apasionado, el artificio y gracia
de una copla, hecha de igual ingenio, los mismos toscanos la alaban
sumamente, y no se entienda que les falta gravedad á nuestras rimas,
si la tiene el que las hace, porque siempre, ó por la mayor parte,
las coplas se parecen á su dueño. Y allí dijo Mendino algunas de su
quinto abuelo, el gran pastor de Santillana, que pudieran frisar con
las de Titiro y Sincero. ¿Y quién duda (dijo Siralvo) que lo uno ó
lo otro pueda ser malo ó bueno? Yo sé decir que igualmente me tienen
inclinado; pero conozco que á nuestra lengua le está mejor el propio,
allende de que las leyes del ageno las veo muy mal guardadas: cuando
suena el agudo, que atormenta como instrumento destemplado; cuando se
reiteran los consonantes, que es como dar otavas en las músicas; la
ortografía, el remate de las canciones, pocos son los que lo guardan.
¿Pues un soneto, que entra en mil epítetos, y sale sin conceto ninguno;
y tiénese por esencia que sea escuro, y toque fábula, y andarse ha un
poeta desvanecido para hurtar un amanecimiento ó traspuesta del sol del
latino ó del griego; que aunque el imitar es bueno, el hurtar nadie lo
apruebe; que en fin cuesta poco? ¿Pues qué, tras un vocablo exquisito ó
nuevo? Al gusto de decirle, le encajarán donde nunca venga, y de aquí
viene que muchos buenos modos de decir, por tiempo se dejan de los
discretos, estragados de los necios, hasta desterrallos, con enfado
de su prolija repetición. Hora yo quiero deciros un soneto mio, á
propósito de que he de seguir siempre la llaneza, que aunque alguna vez
me salgo della, por cumplir con todos, no me descuido mucho fuera de mi
estilo».
El soneto vale poco; sólo merecen citarse los tercetos:
Si Domenga me miente ó me desmiente,
¿Qué me harán los faunos y silvanos,
O el curso del arroyo cristalino?
Todos son nombres flacos y livianos;
Que á juïcio de sabia y cuerda gente,
Lo fino es «pan por pan, vino por vino».
«Á todos agradó el soneto de Siralvo, pero Batto, que era de contraria
opinión, dijo otros suyos, haciéndose en alguno _Roca contrapuesta al
mar_, y en alguno _Nave combatida de sus bravas ondas_, y aun en alguno
_vencedor de leones_ y _pastor de innumerables ganados_. En estas
impertinencias se pasó la mayor parte de la noche, y cayendo el sueño,
Batto y Siralvo cortésmente se despidieron».
Esta curiosa página de crítica literaria acrecienta el interés del
_Pastor de Fílida_, en el cual me he detenido tanto porque creo que
su mérito excede á la reputación que tiene. Un hombre de ingenio saca
partido hasta del género más falso, y éste fué el caso de Gil Polo, de
Gálvez Montalvo, de Bernardo de Balbuena, cuyos libros merecen vivir,
no por ser de pastores, sino á pesar de serlo.
No fueron éstas todas las novelas bucólicas publicadas antes de la
aparición del _Quijote_, pero sí todas las que precedieron á la
_Galatea_, límite que debemos poner en el presente estudio, reservando
para la continuación de él las que con estéril abundancia siguieron
escribiéndose durante más de un tercio de siglo, no sin que tuvieran
en tiempos muy posteriores alguna imitación rezagada. Tal persistencia
en el cultivo de una forma novelística que es la insulsez misma no
debe admirarnos, porque la mayor parte de esas llamadas novelas son
realmente centones de versos líricos, buenos ó malos, y bajo tal
aspecto deben ser juzgadas. La fábula era lo de menos, tanto para
el autor como para los lectores, á no ser que encerrasen alusiones
contemporáneas ó confesiones autobiográficas, caso también frecuente en
esta clase de obras, que apenas podían tener otro interés, fuera de las
galas del lenguaje.
Cervantes, que con la cándida modestia propia del genio siguió
todos los rumbos de la literatura de su tiempo, antes y después de
haber encontrado el suyo sin buscarle, cultivó la novela pastoril,
como cultivó la novela sentimental, y la novela bizantina de
peregrinaciones, naufragios y reconocimientos. Obras de buena fe todas,
en que su ingénito realismo lucha con el prestigio de la tradición
literaria, sin conseguir romper el círculo de hierro que le aprisiona.
No sólo compuso la _Galatea_ en sus años juveniles, sino que toda
la vida estuvo prometiendo su continuación y todavía se acordaba de
ella en su lecho de muerte. Aun en el mismo _Quijote_ hay episodios
enteramente bucólicos, como el de Marcela y Crisóstomo. No era todo
tributo pagado al gusto reinante. La psicología del artista es muy
compleja, y no hay fórmula que nos dé íntegro su secreto. Yo creo
que algo faltaría en la apreciación de la obra de Cervantes si no
reconociésemos que en su espíritu alentaba una aspiración romántica
nunca satisfecha, que después de haberse derramado con heroico empuje
por el campo de la acción, se convirtió en actividad estética, en
energía creadora, y buscó en el mundo de los idilios y de los viajes
fantásticos lo que no encontraba en la realidad, escudriñada por él con
tan penetrantes ojos. Tal sentido tiene á mi ver el bucolismo suyo,
como el de otros grandes ingenios del Renacimiento.
La posición de Cervantes respecto de la novela pastoril es punto por
punto la misma en que aparece respecto de los libros de caballerías.
En el fondo los ama, aunque le parezcan inferiores al ideal que
los engendró, y por lo mismo tampoco le satisfacen las pastorales,
comenzando por la de Montemayor y terminando por la suya. Si salva á
Gil Polo y á Gálvez Montalvo es sin duda por méritos poéticos. Nadie
ha visto con tan serena crítica como Cervantes los vicios radicales
de estas églogas, nadie los satirizó con tan picante donaire. Juntos
estaban los libros de caballerías y los pastoriles en la biblioteca de
D. Quijote, y cuando se inclina el cura á mayor indulgencia con ellos
por ser «libros de entretenimiento sin perjuicio de tercero», replica
agudamente la sobrina: «Ay señor, bien los puede vuestra merced mandar
quemar como á los demás; porque no sería mucho que habiendo sanado mi
señor tio de la enfermedad caballeresca, leyendo éstos se le antojase
de hacerse pastor y andarse por bosques y prados cantando y tañendo,
y lo que sería peor, hacerse poeta, que según dicen es enfermedad
incurable y pegadiza».
Esta profecía se cumple puntualmente en la segunda parte, y la
evolución de la locura del héroe comienza á prepararse desde su
encuentro con las hermosas doncellas y nobles mancebos que habían
formado una nueva y contrahecha Arcadia vistiéndose de zagalas y
pastores para representar una égloga de Garcilaso y otra de Camoens en
su propia lengua portuguesa (cap. 58). Aquel germen, depositado en la
mente del caballero y avivado por el recuerdo de sus lecturas antiguas,
fructifica después de su vencimiento en la playa de Barcelona, y le
inspira la resolución de hacerse pastor y seguir la vida del campo
durante el año en que había prometido tener ociosas las armas. Las
elegantísimas razones con que anuncia á Sancho su resolución son ya
una donosa parodia del estilo cadencioso y redundante de estos libros.
«Yo compraré algunas ovejas, y todas las demás cosas que al pastoral
ejercicio son necesarias, y llamándome yo el pastor Quijotiz y tú el
pastor Pancino, nos andaremos por los montes, por las selvas y por
los prados, cantando aquí, endechando allí, bebiendo de los líquidos
cristales de las fuentes, ó ya de los limpios arroyuelos ó de los
caudalosos rios. Daránnos con abundantísima mano de su dulcísimo fruto
las encinas, asiento los troncos de los durísimos alcornoques, sombra
los sauces, olor las rosas, alfombras de mil colores matizadas los
extendidos prados, aliento el aire claro y puro, luz la luna y las
estrellas, á pesar de la escuridad de la noche; Apolo versos, el amor
conceptos, con que podremos hacernos eternos y famosos, no sólo en los
presentes sino en los venideros siglos».
Todo el mundo recuerda lo que de esta poética ocurrencia de D. Quijote
dijeron Sancho y el cura y Sansón Carrasco, última nota irónica que
suena en el gran libro antes de la nota trágica y sublime de la
muerte del héroe. Pero no puedo omitir, como obligado remate de este
capítulo, la crítica mucho más punzante y desapiadada que de aquel
falso ideal poético hizo Cervantes por boca de Berganza, uno de los dos
sabios canes del hospital de la Resurrección de Valladolid, el cual,
conociendo por propia y dura experiencia la vida de perro de pastor,
hallaba gran distancia de la realidad á la ficción: «Entre otras cosas,
consideraba que no debía de ser verdad lo que había oído contar de la
vida de los pastores, á lo menos de aquellos que la dama de mi amo
leía en unos libros, cuando yo iba á su casa, que todos trataban de
pastores y pastoras, diciendo que se les pasaba toda la vida cantando
y tañendo con gaitas, zampoñas, rabeles y chirumbelas y con otros
instrumentos extraordinarios. Deteníame á oirla leer, y leía cómo el
pastor de Anfriso[782] cantaba extremada y divinamente, alabando á la
sin par Belisarda, sin haber en todos los montes de Arcadia árbol en
cuyo tronco no se hubiese sentado á cantar, desde que salía el sol en
los brazos del Aurora hasta que se ponía en los de Tetis, y aun después
de haber tendido la negra noche por la faz de la tierra sus negras
y escuras alas, él no cesaba de sus bien cantadas y mejor lloradas
quejas. No se le quedaba entre renglones el pastor Elicio[783], más
enamorado que atrevido, de quien decía que, sin atender á sus amores
ni á su ganado, se entraba en los cuidados agenos. Decía también que
el gran pastor de Fílida, único pintor de un retrato[784], había sido
más confiado que dichoso. De los desmayos de Sireno y arrepentimientos
de Diana decía que daba gracias á Dios y á la sabia Felicia, que con
su agua encantada deshizo aquella máquina de enredos y aclaró aquel
laberinto de dificultades[785]. Acordábame de otros muchos libros que
de este jaez le había oído leer, pero no eran dignos de traerlos á la
memoria... Digo que todos los pensamientos que he dicho, y muchos más,
me causaron ver los diferentes tratos y ejercicios que mis pastores
y todos los demás de aquella marina tenían de aquellos que había
oído leer que tenían los pastores de los libros, porque si los míos
cantaban, no eran canciones acordadas y bien compuestas, sino un «Cata
el lobo do va Juanica» y otras cosas semejantes, y esto no al son de
chirumbelas, rabeles ó gaitas, sino al que hacía el dar un cayado con
otro, ó al de algunas tejuelas puestas entre los dedos, y no con voces
delicadas, sonoras y admirables, sino con voces roncas, que solas ó
juntas parecía, no que cantaban, sino que gritaban ó gruñían. Lo más
del día se les pasaba espulgándose ó remendando sus abarcas, ni entre
ellos se nombraban Amarilis, Fílidas, Galateas y Dianas, ni había
Lisardos, Lauros, Jacintos ni Riselos; todos eran Antones, Domingos,
Pablos ó Llorentes, por donde vine á entender lo que pienso que deben
de creer todos, que todos aquellos libros son cosas soñadas y bien
escritas, para entretenimiento de los ociosos, y no verdad alguna;
que á serlo, entre mis pastores hubiera alguna reliquia de aquella
felicísima vida, y de aquellos amenos prados, espaciosas selvas,
sagrados montes, hermosos jardines, arroyos claros y cristalinas
fuentes; y de aquellos tan honestos cuanto bien declarados requiebros,
y de aquel desmayarse aquí el pastor, allí la pastora; acullá resonar
la zampoña del uno, acá el caramillo del otro».