Cautivo el Abindarráez--del alcaide de Antequera...[576]

Todas estas variaciones sobre un mismo tema poético prueban su inmensa

popularidad, á la cuál puso el sello Cervantes, haciendo recordar á D.

Quijote, entre los desvaríos de su imaginación, después de la aventura

de los mercaderes toledanos (Parte primera, cap. V), «las mismas

palabras y razones que el cautivo Abencerraje respondía á Rodrigo de

Narvaez, del mismo modo que él habia leido la historia en la _Diana_

de Jorge de Montemayor, donde se escribe». Después de tan alta cita,

huelga cualquiera otra; pero no quiero omitir la indicación de un poema

en octavas reales y en diez cantos, tan tosco é infeliz como raro,

que compuso en nuestra lengua un soldado italiano, Francisco Balbi de

Correggio (1593), con el título de _Historia de los amores del valeroso

moro Abinde-Arraez y de la hermosa Xarifa_[577].

Ninguna de estas versificaciones, ni siquiera la linda comedia de

Lope de Vega _El remedio en la desdicha_[578], que por el mérito

constante de su estilo, por la nobleza de los caracteres, por la

suavidad y gentileza en la expresión de afectos, por el interés de

la fábula, y aun por cierta regularidad y buen gusto, tiene entre

las comedias _de moros y cristianos_ de nuestro antiguo repertorio

indisputable primacía, puede disputar la palma á la afectuosa y

sencilla narración del autor primitivo. El verdadero lenguaje del amor

que, con tan inútil empeño las más de las veces, buscaron los autores

de novelas sentimentales y pastoriles, extraviados por la retórica de

Boccaccio y de Sannazaro, suena como deliciosa música en los coloquios

de Jarifa y Abindarráez. ¡Y qué bizarro alarde y competencia de

hidalguía y generosidad entre el moro y el cristiano! La historia de

Abindarráez fué el tipo más puro, así como fué el primero, de la novela

granadina, cuya descendencia llega hasta el _Último Abencerraje_, de

Chateaubriand. Con candoroso, pero no irracional entusiasmo, pudo

escribir D. Bartolomé Gallardo en su ejemplar del _Inventario_, al fin

de las páginas que contienen el cuento de Jarifa: «Esto parece que está

escrito con pluma del ala de algun angel».

Lo que había hecho en lindísima miniatura el autor, quien quiera

que fuese, del _Abencerraje_, lo ejecutó en un cuadro mucho más

vasto el murciano Ginés Pérez de Hita en su célebre libro de las

_Guerras civiles de Granada_, cuya primera parte, que es la que aquí

mayormente nos interesa, fué impresa en Zaragoza, en 1595, con el

título de _Historia de los bandos de los Zegríes y Abencerrajes...

agora nuevamente sacada de un libro arabigo, cuyo autor de vista fue

un moro llamado Aben Hamin, natural de Granada_. La segunda parte,

concerniente á la rebelión de los moriscos en tiempo de Felipe II, es

historia anovelada y en parte, memorias de las campañas de su autor,

obra verídica en el fondo, como se reconoce por la comparación con las

legítimas fuentes históricas, con Mármol y Mendoza. Pero la primera

parte, única que hizo fortuna en el mundo (aunque la segunda, por

méritos distintos, también lo mereciese), es obra de otro carácter: es

una novela histórica, y seguramente la primera de su género que fué

leída y admirada en toda Europa, abriendo á la imaginación un nuevo

mundo de ficciones.

Nadie puede tomar por lo serio el cuento del original arábigo de

su obra, que Ginés Pérez de Hita inventó[579] á estilo de lo que

practicaban los autores de libros de caballerías; su misma novela

indica que no estaba muy versado en la lengua ni en las costumbres

de los mahometanos, puesto que acepta etimologías ridículas, comete

estupendos anacronismos y llega á atribuir á sus héroes el culto de los

ídolos («un Mahoma de oro») y á poner en su boca reminiscencias de la

mitología clásica. Pero sería temerario dar todo el libro por una pura

ficción. Otras muchas novelas se han engalanado con el calificativo

de históricas sin merecerlo tanto como ésta. Histórico es el hecho

de las discordias civiles que enflaquecieron el reino de Granada y

allanaron el camino á la conquista cristiana. Histórica la existencia

de la tribu de los Abencerrajes y el carácter privilegiado de esta

milicia. Histórico, aunque no con las circunstancias que se supone,

ni por orden del monarca á quien Hita le atribuye, el degüello de sus

principales jefes. Aun el peligro en que se ve la Sultana parece nacido

de alguna vaga reminiscencia de las rivalidades de harem entre las dos

mujeres de Abul-Hassán (el Muley Hazén de nuestros cronistas): Zoraya

(D.ª Isabel de Solís) y Aixa, la madre de Boabdil. La acusación de

adulterio, la defensa de la Reina por cuatro caballeros cristianos, es

claro que pertenece al fondo común de la poesía caballeresca; y sin

salir de nuestra casa, le encontramos en la defensa de la Emperatriz de

Alemania por el conde de Barcelona Ramón Berenguer (véase la crónica de

Desclot), en la de la Reina de Navarra por su entenado D. Ramiro (véase

la _Crónica general_), en la de la duquesa de Lorena por el rey D.

Rodrigo, según se relata en la _Crónica_ de Pedro del Corral. Pero aun

siendo falso el hecho, y contradictorio con las costumbres musulmanas,

todavía la circunstancia de intervenir D. Alonso de Aguilar es como

un rayo de luz que nos hace entrever la vaga memoria que á fines del

siglo XVI se conservaba del reto que á aquel magnate cordobés, de

triste y heroica memoria, dirigió su primo el Conde de Cabra, dándoles

campo franco el rey de Granada Muley Hazén, según consta en documentos

que son hoy del dominio de los eruditos[580]. Aun por lo que toca á

los juegos de toros, cañas y sortijas, al empleo de blasones, divisas

y motes, y al ambiente de galantería que en el libro se respira, y

que parece extraño á las ideas y hábitos de los sarracenos, ha de

tenerse en cuenta que el reino granadino, en sus postrimerías y aun

mucho antes, estaba penetrado por la cultura castellana, puesto que

ya en el siglo XIV podía decir Aben-Jaldún que «los moros andaluces

se asemejaban á los gallegos (es decir, á los cristianos del Norte)

en trajes y atavíos, usos y costumbres, llegando al extremo de poner

imágenes y simulacros en el exterior de los muros, dentro de los

edificios y en los aposentos más retirados»[581].

La elaboración de la _Historia de los Bandos_ fácilmente se explica

sin salir del libro mismo, ni conceder crédito alguno á la invención

del original arábigo de Aben-Hamin, no menos fantástico que el de Cide

Hamete Benengeli[582]. Á cada momento cita é intercala Ginés Pérez, en

apoyo de su relación, romances fronterizos del siglo XV, históricos á

veces y coetáneos de los mismos hechos que narran. Y con frecuencia

también resume ó amplifica en prosa el contenido de otros romances

mucho más modernos y de diverso carácter: los llamados _moriscos_, que

á fines del siglo XVI se componían en gran número; género convencional

y artificioso, cuanto animado y brillante, que Pérez de Hita no

inventó, pero á cuya popularidad contribuyó más que nadie con su

libro. Con este material poético mezcló algo de lo que cuentan los

historiadores castellanos, Pulgar y Garibay especialmente, que son casi

los únicos á quienes menciona. Y sin duda se aprovecharía también del

conocimiento geográfico que adquirió del país cuando anduvo por él como

soldado contra los moriscos[583], y quizá de tradiciones orales, y por

tanto algo confusas, que corrían en boca del vulgo, en los reinos de

Granada y Murcia. Á esta especie de tradición familiar puede reducirse

el personaje de aquella Esperanza de Hita, que había sido esclava en

Granada y cuyo testimonio invoca á veces nuestro apócrifo é ingenioso

cronista, á menos que no sea pura invención suya para enaltecer su

apellido[584].

Compuesta de tan varios y aun heterogéneos elementos, la novela de

Ginés Pérez no podía tener gran unidad de plan, y realmente hay en

ella bastantes capítulos episódicos y desligados, que se refieren

por lo común á lances, bizarrías y combates singulares de moros y

cristianos en la vega de Granada. Son los principales héroes de estas

aventuras el valiente Muza, el Maestre de Calatrava D. Rodrigo Téllez

Girón, Malique Alabéz, D. Manuel Ponce de León y el áspero y recio

Albayaldos. El estrépito de los combates se interrumpe á cada momento

con el de las fiestas. Pero la acción principal es sin dudad la

catástrofe de los abencerrajes, leyenda famosa, cuyos datos conviene

aquilatar.

La voz _Abencerraje_ es de indudable origen arábigo: _Aben-as-Serrach_,

el hijo del Sillero[585]. Esta poderosa milicia, de procedencia

africana, interviene á cada momento en la historia granadina del

siglo XV, ya imponiéndose á los emires de Granada, como una especie

de guardia pretoriana, ya sosteniendo á diversos usurpadores y

pretendientes del solio. Los reyes, á su vez, se vengaban y deshacían

de ellos cuando podían. Los historiadores más próximos á la conquista

y mejor enterados de lo que en Granada pasaba atribuyen á Abul-Hassán,

no uno, sino varios degüellos de abencerrajes y de otros caballeros

principales, hasta un número muy superior al de treinta y seis que da

Pérez de Hita, quien, por lo demás, yerra únicamente en atribuir la

matanza á Boabdil y no á su padre. Hernando de Baeza, intérprete que

fué del Rey Chico, narra el caso en estos términos:

«Estando, pues, este rrey (Abul-Hassán) metido en sus vicios, visto

el desconcierto de su persoua, levantaronse ciertos caballeros en

el rreyno... y alzaron la obediencia del rrey, y hicieronle cruda

guerra: entre los cuales fueron ciertos que decían Abencerrajes, que

quiere decir los hijos del Sillero, los quales eran naturales de

allende, y habian pasado en esta tierra con deseo de morir peleando

con los christianos. Y en verdad ellos eran los mejores caballeros

de la gineta y de lanza que se cree que ovo jamas en el rreyno de

Granada: y aunque fueron casi los mayores señores del Reyno, no por eso

mudaron el apellido de sus padres, que eran Silleros: porque entre los

moros no suelen despreciarse los buenos y nobles por venir de padres

officiales. El rey, pues, siguio la guerra contra ellos, y prendio

y degollo muchos de los caballeros, entre los quales degollo siete

de los abencerrajes; y degollados, los mandó poner en el suelo, uno

junto con otro, y mandó dar lugar a que todos los que quisiesen los

entrasen a ver. Con esto puso tanto espanto en la tierra, que los que

quedaban de los Abencerrajes, muchos de ellos se pasaron en Castilla,

y unos fueron a la casa del duque de Medina Sidonia, y otros a la casa

de Aguilar, y ahi estuvieron haciendoles mucha honrra a ellos y a los

suyos, hasta que el rrey chiquito, en cuyo tiempo se ganó Granada,

rreynó en ella, que se volvieron a sus casas y haciendas: los otros que

quedaron en el Reyno, poco a poco los prendio el rrey, y dizen que de

solo los abencerrajes degollo catorze, y de otros caballeros y hombres

esforzados y nombrados por sus personas fueron, según dizen, ciento

veinte y ocho, entre los quales mató uno del Albaicin, hombre muy

esforzado...»[586].

Pero no eran estas inauditas crueldades las primeras del emir

Abul-Hassán. Otras había perpetrado antes, conforme refiere Hernando

de Baeza; y por ellas se explica una creencia tradicional todavía en

la Alhambra, y enlazada en la fantasía del pueblo con la matanza de

los abencerrajes. Siendo todavía príncipe, prendió al rey Muley Zad,

competidor de su padre, «y lo truxo al Alhambra, y el padre le mandó

degollar, y ahogar con una _tovaja_ a dos hijos suyos de harto pequeña

edad; y porque al tiempo que lo degollaron, _que fue en una sala que

está a la mano derecha del quarto de los Leones, cayó un poco de sangre

en una pila de piedra blanca, y estuvo alli mucho tiempo la señal de la

sangre, hasta hoy los moros y los cristianos le dixen a aquella pila la

pila en que degollaban a los reyes_»[587].

Ginés Pérez de Hita, aunque no habla de la mancha de sangre, dice que

los treinta y seis abencerrajes fueron degollados _en la cuadra de los

Leones, en una taza de alabastro muy grande_ (Cap. XIII). En esto pudo

engañarle su fantasía, porque es difícil admitir que los abencerrajes

penetrasen hasta el cuarto de los Leones, que pertenece á la parte más

reservada del palacio árabe, es decir, al harem[588].

En la novelita de _Abindarraez y Jarifa_, muy anterior á las _Guerras

Civiles de Granada_ (pues aun la refundición de Antonio de Villegas

estaba hecha en 1551), se cuenta la matanza de los abencerrajes de

un modo bastante próximo á la historia, sin hacer intervenir al rey

Boabdil ni mentar para nada los amores de la Sultana ni el patio de los

Leones. Verdad es que, en cambio, se hace remontar el suceso á la época

de D. Fernando el de Antequera. Pero ya en este relato se ve á los

abencerrajes presentados con la misma idealización caballeresca que en

las novelas y en los romances posteriores[589].

Falta averiguar cómo pudo mezclarse el nombre de una reina de Granada

en tal asunto, ajeno al parecer á toda influencia femenina. Pero

creo que todo se aclara con este pasaje del juicioso y fidedigno

historiador granadino Luis del Mármol Carvajal[590], que, aunque

escribía á fines del siglo XVI, trabajaba con excelentes materiales:

«Era Abil Hascén hombre viejo y enfermo, y tan sujeto a los amores de

una renegada que tenia por mujer, llamada la Zoraya (no porque fuese

este su nombre propio, sino por ser muy hermosa[591], la comparaban á

la estrella del alba, que llamaron Zoraya), que por amor della había

repudiado a la Ayxa, su mujer principal, que era su prima hermana, y

con grandisima crueldad _hecho degollar algunos de sus hijos sobre una

pila de alabastro que se ve hoy dia en los alcazares de la Alhambra

en una sala del cuarto de los Leones_, y esto a fin de que quedase el

reino a los hijos de la Zoraya. Mas la Ayxa, temiendo que no le matase

el hijo mayor, llamado Abi Abdilehi o Abi Abdalá (que todo es uno),

se lo habia quitado de delante, descolgandole secretamente de parte

de noche por una ventana de la torre de Comares con una soga hecha de

los alamaizares y tocas de sus mujeres; y _unos caballeros llamados

los Abencerrajes_ habían llevadole a la ciudad de Guadix, queriendo

favorecerle, porque estaban mal con el Rey _a causa de haberles muerto

ciertos hermanos y parientes, so color de que uno dellos habia habido

una hermana suya doncella dentro de su palacio_; mas lo cierto era que

los queria mal porque eran de parte de la Ayxa, y por esto se temia

dellos. Estas cosas fueron causa de que toda la gente principal del

reino aborreciesen a Abil Hacén y contra su voluntad trajeron de Guadix

a Abi Abdilehi su hijo, y estando un dia en los Alixares le metieron en

la Alhambra, y le saludaron por rey; y cuando el viejo vino del campo

no le quisieron acoger dentro, llamandole cruel, que habia muerto sus

hijos y la nobleza de los caballeros de Granada».

El testimonio de Mármol, que siempre merece consideración aun

tratándose de cosas algo lejanas de su tiempo, aparece confirmado en lo

sustancial por el del famoso compilador árabe Almacari[592] y por el de

Hernando de Baeza, que habla largamente de la rivalidad entre las dos

reinas, y como cliente que era de Boabdil, trata muy mal á la _Romía_

(Zoraya), á la cual, por el contrario, tanto quiso idealizar Martínez

de la Rosa en la erudita y soporífera novela que compuso con el título

de _Doña Isabel de Solís_ (1837-1846).

Lo que sólo aparece en Mármol, y casi seguramente procedo de una

tradición oral, verdadera ó fabulosa, es la intervención de los

abencerrajes en favor de la sultana Aixa, y el pretexto que se dió para

su matanza, es decir, los amores de uno de ellos con una hermana del

Rey. De aquí al cuento de Pérez de Hita no hay más que un paso; dos

actos feroces de Abul-Hassán, confundidos en uno solo y transportados

al reinado de su hijo: los abencerrajes, partidarios de una sultana

perseguida; una aventura amorosa atribuida primero á la hermana de

Abul-Hassán, después á su mujer y por último á su nuera. Ginés Pérez

no pudo aprovechar el libro de Mármol, que no se imprimió hasta el

año 1600, pero pudo oir contar cosas parecidas á algún morisco viejo,

y sobre ellas levantó la máquina caballeresca de la acusación y del

desafío, que pudo tomar de cualquiera parte, pero á la cual logró dar

cierta apariencia histórica, mezclando nombres de los más famosos

en Murcia y Andalucía, y especialmente los del mariscal D. Diego de

Córdoba y D. Alonso de Aguilar, de quienes vagamente se recordaba que

el Rey de Granada les había otorgado campo para algún desafío.

De este modo se explican para mí lisa y llanamente los orígenes de

esta famosa narración. Otras muchas cosas de las _Guerras Civiles de

Granada_ proceden de fuentes poéticas; ésta no. Entre los romances

fronterizos, uno sólo hay, el de «¡Ay de mi Alhama!» (de origen árabe,

si hubiéramos de dar crédito á la declaración de Pérez de Hita), que

alude rápidamente á la muerte de los abencerrajes, sin especificar la

causa:

Mataste los Bencerrajes | que eran la flor de Granada.

Otros dos romances que trae el mismo Hita:

En las torres del Alhambra | sonaba gran vocerío...

Caballeros granadinos, | aunque moros hijosdalgo...

son composiciones modernas, y probablemente suyas, hechas para dar

autoridad á su prosa[593].

La mayor originalidad del libro de Pérez de Hita consiste en ser

una crónica novelesca de la conquista de Granada, tomándola, no

desde el real de los cristianos, sino desde el campo musulmán y la

ciudad cercada. La discordia interior; está pintada con energía, y

en el color local hay de todo: verdadero y falso. Los moros de Ginés

Pérez de Hita, galantes, románticos y caballerescos, alanceadores de

toros, jugadores de sortija, «blasonados de divisas como un libro de

Saavedra»[594], según la chistosa expresión del Conde de Circourt, son

convencionales en gran parte y no dejan de prestarse á la parodia y

á la caricatura con sus zambras y saraos, sus marlotas y alquiceles,

que allá se van con los cándidos pellicos y zampoñas de los pastores

de las églogas. Pero en la novedad de su primera aparición resultaban

muy bizarros y galanes; respondían á una generosa idealización que

el pueblo vencedor hacía de sus antiguos dominadores, precisamente

cuando iban á desaparecer del suelo español las últimas reliquias

de aquella raza. Moros más próximos á la verdad hubieran agradado

menos, y el éxito coronó de tal modo el tipo creado por Ginés Pérez

de Hita y por los autores de romances moriscos, que se impuso á la

fantasía universal, y hoy mismo, á pesar de todos los trabajos de los

arabistas, es todavía el único que conocen y aceptan las gentes de

mundo y de cultura media en España y en Europa. Esos moros son los

del _Romancero General_, los de las comedias de Lope de Vega y sus

discípulos, los de _la fiesta de toros_ de Moratín el padre[595], los

de las novelas sentimentales de Mademoiselle de Scudéry (_Amahide_) y

de Madame de Lafayette (_Zaïde_)[596], los del caballero Florián en su

empalagoso y ridículo _Gonzalo de Córdoba_, los de Chateaubriand en

el _Último Abencerraje_[597], los de Washington Irving en su crónica

anovelada de la conquista de Granada[598], los de Martínez de la Rosa

en _Doña Isabel de Solís_ y en _Moraima_[599]; son los moros de toda la

literatura granadina anterior al poema de Zorrilla, donde la fantasía

oriental toma otro rumbo, poco seguido después. Una obra como la de

Hita, que con tal fuerza ha hablado á la imaginación de los hombres

por más de tres centurias y ha trazado tal surco en la literatura

universal, por fuerza ha de tener condiciones de primer orden. La

vitalidad épica, que en muchas partes conserva; la hábil é ingeniosa

mezcla de la poesía y de la prosa, que en otras novelas es tan violenta

y aquí parece naturalísima; el prestigio de los nombres y de los

recuerdos tradicionales, vivos aún en el corazón de nuestro pueblo;

la creación de caracteres, si no muy variados, interesantes siempre y

simpáticos; la animación, viveza y gracia de las descripciones, aunque

no libres de cierta monotonía, así en lo bélico como en lo galante;

la hidalguía y nobleza de los afectos; el espíritu de tolerancia y

humanidad con los enemigos; la discreta cortesía de los razonamientos;

lo abundante y pintoresco del estilo, hacen de las _Guerras Civiles de

Granada_ una de las lecturas más sabrosas que en nuestra literatura

novelesca pueden encontrarse.

Pero sobre las excelencias de su dicción, más expresiva que correcta

y limada (porque al fin Ginés Pérez no era un retórico, sino un pobre

soldado de mucha fantasía y mucho sentido poético), conviene rectificar

una creencia admitida muy de ligero y fundada en un error ó más bien en

una honesta superchería: «Una de las singularidades que más admiramos

en Ginés Pérez de Hita (dice Aribau y han repetido otros) es que si se

toma cualquier pasaje de su obra, nos parecerá escrito modernamente por

una diestra pluma, después que el lenguaje ha participado del progreso

de los conocimientos en materias ideológicas. Parece que adivinó el

modo con que habían de hablar los españoles más de dos siglos después

que él: rara palabra de las que usa se ha anticuado».

Hay una equivocación profunda en estas palabras del distinguido

colector de los novelistas anteriores á Cervantes. Sin duda por no

haber manejado ninguna edición antigua de las _Guerras Civiles_

cayó Aribau cándidamente en el lazo tendido por la experta mano del

que cuidó de la reimpresión hecha por Amarita en 1833, y fué según

mis noticias D. Serafín Estebánez Calderón. Es un texto el suyo

completamente refundido y modernizado, sobre todo en la segunda parte,

como ha advertido recientemente D. Rufino J. Cuervo[600]. Á esta

versión así retocada, que es también la de la _Biblioteca de Autores

Españoles_, le cuadran las palabras de Aribau; á la primitiva y

auténtica no, porque Ginés Pérez peca muchas veces de desaliñado, y su

estilo no es ni más ni menos moderno que el de cualquier contemporáneo

suyo. Escribe en la excelente lengua de su tiempo, sin género de

adivinación alguna.

La segunda parte carece del interés novelesco de la primera, y sin

duda por eso fué reimpresa muy pocas veces y llegó á ser libro

rarísimo[601]. Las poéticas tradiciones de los últimos tiempos del

reino de Granada tenían que interesar más que las atrocidades de una

rebelión de salteadores, en que las represalias de los cristianos

estuvieron á la altura de la ferocidad de los moriscos. Con ser tan

grandes las cualidades de narrador en Ginés Pérez de Hita, tenía que

perjudicarle la inferioridad de la materia. Además, los romances que

esta segunda parte contiene, escritos casi todos por él mismo, son

meras gacetas rimadas, que repiten sin ventaja alguna lo que está

dicho mucho mejor en la prosa[602]. Aun en ésta abusa demasiado de las

arengas militares, y no faltan imitaciones, traídas con poco tino,

de los poemas épicos de Virgilio y Ercilla (el combate de Dares y

Entelo, la prueba del tronco); pero hay trozos bellísimos, como la

patética historia del Tuzani de la Alpujarra, donde encontró Calderón

el argumento de su drama _Amar después de la muerte_. Por lo ameno y

florido, el primer libro de las _Guerras Civiles_ se llevará siempre

la palma, pero nada hay en él que iguale á la arrogante semblanza

del hercúleo marqués de los Vélez D. Luis Fajardo, que se lee en el

capítulo IV de la Segunda parte. Bastaría esta página estupenda, que

oscurece á las mejores de Guzmán y Pulgar, para poner á Ginés Pérez de

Hita en primera línea entre los escritores españoles que han poseído en

más alto grado el don de pintar con palabras y de dar vida perenne á

las criaturas humanas cuyos hechos escriben[603].

Una idealización algo semejante á la que Ginés Pérez de Hita hizo de la

historia granadina, imponiéndosela al mundo entero, tenemos respecto

de la primitiva historia del Perú en los _Comentarios Reales_ del Inca

Garcilaso de la Vega[604], obra que participa tanto del carácter de la

novela como del de la historia, y que no sólo por lo pintoresco y raro

de su contenido, sino por las singulares circunstancias de la persona

de su autor, excitó en alto grado la curiosidad de sus contemporáneos

y ha seguido embelesando á la posteridad. Garcilaso era el primer

escritor americano de raza indígena que hacía su aparición en la

literatura española. Nacido en el Cuzco en 1540, no era criollo, sino

mestizo, hijo de un conquistador y de una india principal descendiente

de Huayna Capac, y no estaba menos ufano de su ascendencia materna que

de la paterna, gustando de anteponer el regio título de Inca á su muy

castizo apellido[605]. Su educación había sido enteramente española y

muy esmerada: desde los veinte años residió en la Península, pasando

en Córdoba la mayor parte de su vida; pero por la ingenuidad del

sentimiento y la extraordinaria credulidad, conservaba mucho de indio.

Algo tardíamente se manifestó su vocación literaria, acaso porque en su

juventud gustaba más, como él dice, «de arcabuces y de criar y hacer

caballos que de escribir libros»; pero sus dotes de excelente prosista

campean ya en la valiente versión que en 1590 publicó de los célebres

_Diálogos de Amor_ de León Hebreo, mejorando en gran manera la forma

desaliñada del texto italiano, que es traducción, al parecer, de un

original español perdido. Pero la celebridad de Garcilaso, como uno

de los más amenos y floridos narradores que en nuestra lengua pueden

encontrarse, se funda en sus obras historiales, que mejor calificadas

estarían (sobre todo la segunda) de historias anoveladas, por la gran

mezcla de ficción que contienen: «_La Florida del Inca o Historia del

Adelantado Hernando de Soto_»; los «_Comentarios Reales que tratan del

origen de los Incas, reyes que fueron del Perú; de su idolatría, leyes

y gobierno en paz y en guerra, de sus vidas y conquistas, y de todo lo

que fue aquel Imperio y su República antes que los españoles pasaran

á él_»; la «_Historia general del Perú, que trata el descubrimiento

de él y cómo lo ganaron los españoles; las guerras civiles que hubo

entre Pizarros y Almagros sobre la partija de la tierra; castigo y

levantamiento de los tyranos, y otros sucesos particulares_».

La autoridad histórica del Inca Garcilaso ha decaído mucho entre los

críticos modernos, y son muy pocos los americanistas que se atreven

á hacer caudal de ella. Aun en las cosas de la conquista y de las

guerras civiles es cronista poco abonado, porque salió muy joven de

su tierra, y escribió, no á raíz de los sucesos, sino entrado ya

el siglo XVII, dejándose guiar de vagos recuerdos, de relaciones

interesadas, de anécdotas soldadescas y de un desenfrenado amor á

todo lo extraordinario y maravilloso. Pero donde suelta las riendas á

su exuberante fantasía es en los _Comentarios Reales_, libro el más

genuinamente americano que en tiempo alguno se ha escrito, y quizá el

único en que verdaderamente ha quedado un reflejo del alma de las razas

vencidas. Prescott ha dicho con razón que los escritos de Garcilaso

son una emanación del espíritu indio: «_an emanation from the indian

mind_». Pero esto ha de entenderse con su cuenta y razón, ó más bien

ha de completarse advirtiendo que aunque la sangre de su madre, que

era prima de Atahualpa, hirviese tan alborotadamente en sus venas, él

al fin no era indio de raza pura, y era además neófito cristiano y

hombre de cultura clásica, por lo cual las tradiciones indígenas y los

cuentos de su madre tenían que experimentar una rara transformación

al pasar por su mente semibárbara, semieducada. Así se formó en el

espíritu de Garcilaso lo que pudiéramos llamar la novela peruana ó la

leyenda incásica, que ciertamente otros habían comenzado á inventar,

pero que sólo de sus manos recibió forma definitiva, logrando engañar

á la posteridad, por lo mismo que había empezado engañándose á sí

mismo, poniendo en el libro toda su alma crédula y supersticiosa. Los

_Comentarios Reales_ no son texto histórico: son una novela tan utópica

como la de Tomás Moro, como la _Ciudad del Sol_ de Campanella, como la

_Oceana_ de Harrington; pero no nacida de una abstracción filosófica,

sino de tradiciones oscuras, que indeleblemente se grabaron en una

imaginación rica, pero siempre infantil. Allí germinó él sueño de un

imperio patriarcal y regido con riendas de seda, de un siglo de oro

gobernado por una especie de teocracia filosófica. Garcilaso hizo

aceptar estos sueños por el mismo tono de candor con que los narraba,

y la sinceridad, á lo menos relativa, con que los creía, y á él somos

deudores de aquella ilusión filantrópica que en el siglo XVIII dictaba

á Voltaire su _Alzira_ y á Marmontel su fastidiosísima novela de _Los

Incas_, y que en el canto triunfal de Olmedo en honra de Bolívar

evocaba tan inoportunamente, en medio del campo de Junín, la sombra de

Huayna Capac, para felicitar á los descendientes de los que ahorcaron á

Atahualpa. Para lograr tan persistente efecto se necesita una fuerza de

imaginación muy superior á la vulgar, y es cierto que el Inca Garcilaso

la tenía tan poderosa cuanto deficiente era su sentido crítico. Como

prosista es el mayor nombre de la literatura americana colonial; él y

Alarcón, los dos verdaderos clásicos nuestros nacidos en América.

Trabajo cuesta descender de la apacible lección de tales maestros de

nuestra prosa narrativa como fueron Ginés Pérez de Hita y el Inca

Garcilaso al torpe y grosero matorral de fábulas con que escritores sin

ciencia ni conciencia, sin arte ni estilo, de los cuales ya hemos visto

un _specimen_ en Miguel de Luna, afearon los anales eclesiásticos y

civiles de España abriendo tristísimo paréntesis entre la era clásica

de los Zuritas y Morales y la era crítica de los Mondéjares y Antonios,

que tantos monstruos tuvieron que exterminar en el campo de nuestra

historia, dejando aun así reservado para el P. Flórez el lauro mayor y

lo más arduo y peligroso de la empresa. La literatura seudo-histórica

del siglo XVII, que por otra parte ha tenido ya magistral y ameno

cronista[606], no nos incumbe en su mayor parte, tanto porque traspasa

el límite cronológico que en este trabajo nos hemos impuesto, cuanto

por la falta de imaginación y de sentido literario que sus autores

mostraron, y aun por la lengua en que comúnmente escribían. Ni los

plomos granadinos, ni los falsos cronicones de Dextro, Marco Máximo,

Luitprando y Julián Pérez, abortos del cerebro delirante del P. Román

de la Higuera; ni los de Hauberto Hispalense y Walabonso Merio,

compilaciones todavía más degeneradas de Lupián Zapata; ni el cronicón

gallego de D. Servando, supuesto confesor de los reyes D. Rodrigo y

D. Pelayo; ni otros escritos apócrifos menos divulgados, tienen nada

que ver con la historia de la novela, aunque sea ficción casi todo lo

que en ellos se contiene. Pero son ficciones descaradas é impudentes,

nacidas al calor de un falso celo religioso, de un extraviado

sentimiento de patriotismo local, de una estúpida vanidad genealógica

ó de torpes móviles de lucro y codicia, no de un propósito de amenidad

y recreación sin pecado, como el que había dado vida á las lozanísimas

páginas del moro Aben Hamin, historiador no menos fidedigno que el

propio Cide Hamete Benengeli. Estos inocentes juegos de la fantasía

poética son cosa bien diversa de aquella aberración mental y moral que

llenó de santos falsos ó trasladados caprichosamente de Grecia y Asia

los fastos de nuestras iglesias, corrompió nuestros episcopologios,

profanó con insulsas fábulas los libros de rezo y llevó su audacia

hasta adulterar feamente antiguos códices é inscripciones venerables.

Pero existen otras ficciones, un poco más antiguas, en que es menor

la dosis de malicia y mucho mayor la intervención del elemento

novelesco. Dos obras hay, por lo menos, anteriores á la publicación

de la primera parte del _Quijote_, que es imposible omitir en una

historia de la novela, á pesar de las pretensiones históricas que

afectan. Una de ellas es la _Centuria ó Historia de los famosos hechos

del Gran Conde de Barcelona Don Bernardo Barcino, y de Don Zinofre

su hijo y otros caballeros de la Provincia de Cataluña_ (Barcelona,

1600); obra disparatadísima del franciscano Fr. Esteban Barellas, el

cual tuvo la avilantez de dedicarla como verdadera historia nada menos

que á la Diputación General del Principado. En el prólogo invoca,

según costumbre de todos los falsarios, el testimonio de un autor

inédito, que aquí por caso singular es un judío: «Vino a mis manos,

Illustrissimos señores, el año de mil y quinientos setenta y seys,

harto estragado y rompido, lo que trabajó el Rabino Capdevila, hijo de

padres nativos christianos naturales del lugar Duas ayguas, morador

en la villa de Momblanc. Prohijó al dicho Capdevila el Rabino Ruben

Hiscar, christiano falto de padres, y por la comun calamidad mora, le

llevó consigo en la retirada a los montes, como los demas christianos,

donde fue enseñado por el Hiscar en las letras divinas y humanas.

Assistió el Capdevila, a lo que se vee, en las mayores jornadas, sin

las que le vinieron a noticia, escriviendo en varias letras y lenguas».

Refiere luego que en la Academia Complutense, ó sea en la Universidad

de Alcalá, donde acabó sus estudios, le había servido de intérprete

para el Capdevila el Dr. Hernando Diaz, Catedrático de Lengua Hebrea

y Profesor de Medicina. Preceden al libro unas tablas cronológicas en

toda forma y varios apuntamientos de simulada erudición geográfica é

histórica para deslumbrar á los incautos[607].

El libro es tal que quizá no se encuentre otro más absurdo en toda la

dilatada serie de los libros de caballerías, á cuyo género pertenece

indisputablemente. No sin razón le comparó el Marqués de Mondéjar

con _El Caballero del Febo_ ó con las obras de Feliciano de Silva.

Si se exceptúan los nombres topográficos y los apellidos, derramados

como á granel, todo es pura patraña en la _Centuria_ de Barellas,

comenzando por los dos imaginarios héroes D. Barcino y D. Zinofre. Ni

siquiera acertó el mísero autor á incorporar en su obra los episodios

y rasgos poéticos y tradicionales con que le brindaban las antiguas

crónicas catalanas, y que aun no teniendo certidumbre histórica

habían podido arraigar ya en la mente popular. Pero algo aprovechó de

ellas, aunque con torpeza. En las _Historias y Conquistas_ de Mosén

Pere Tomich, crédulo compilador del siglo XV, encontró el germen de

la fábula heroica de Otger Cathalon y los nueve Barones de la fama,

supuestos héroes de la restauración pirenaica, y la historia no menos

apócrifa del monasterio de Grassa, atribuida á Filomena, secretario

de Carlomagno. Las juveniles aventuras de Vifredo el Velloso (á quien

Barellas da el extravagante dictado de _D. Zinofre 2.º Peloso ó

Astrodoro_), su estancia en la corte del Conde de Flandes y la venganza

que tomó del usurpador Salomón eran invenciones añejas, que ya en el

siglo XIII fueron escritas en el _Gesta Comitum_, y á las cuales el Dr.

Pujades había dado en su _Crónica de Cataluña_ más amplio desarrollo.

Finalmente, la historia del dragón vencido por D. Zinofre Barcino,

que tanta parte ocupa en la _Centuria_, además de ser un lugar común

del género caballeresco (la sierpe de Baldovín en la _Gran Conquista

de Ultramar_, el endriago de _Amadís_), es tradición antiquísima

localizada en varios puntos del Principado Catalán, y que ha dejado

rastros en representaciones artísticas, en fiestas populares y en la

leyenda muy interesante de la espada de Vilardell[608].

Por desgracia es muy poco lo que hay de tradicional en el libro del

P. Barellas, y aun esto se halla torpemente desfigurado y revuelto con

mil invenciones ineptas; la reina Delphina y sus amazonas, la fuente

del Salvaje, la pesadísima descripción del templo de Venus y de las

artes mágicas que en él se practicaban; todo ello en un castellano poco

menos que bárbaro, y con tal carencia de sentido poético é histórico,

que apenas se hallará libro más fastidioso ni peor escrito en toda la

enorme biblioteca caballeresca.

Así como los Condes soberanos de Barcelona tuvieron en Barellas

indigno y fabuloso cronista, así le tuvo la antigua y nobilísima

ciudad de Ávila en el P. Luis Ariz, de la Orden de San Benito, que en

1607 imprimió la que llamaba _Historia de sus Grandezas_[609], obra

monstruosa, que en sus dos primeras partes puede competir con el más

estupendo de los libros de caballerías. Desde la portada ofrece poner

en claro «qual de los quarenta y tres Hercules fue el Mayor, y como

siendo Rey de España tuvo amores con una Africana, en quien tuvo un

hijo que fundó a Avila». No hay que decir que sale triunfante de su

empeño, pero no por el trillado camino del Beroso y Anio Viterbiense,

que siguen otros historiadores de pueblos, sino exhibiendo entera y

verdadera una crónica novelesca de Ávila que alcanza desde los tiempos

de Hércules hasta los del Emperador Alfonso VII, escrita en una _fabla_

que quiere ser antigua. Este raro documento, que contiene pormenores

interesantes y tradiciones que alguna vez parecen de origen épico,

lleva por título _Leyenda de la muy noble, leal e antigua Ciudad de

Avila, pendolada por Hernan de Illanes, fijo de Millan de Illanes, uno

de los primeros pobladores de Avila, en la ultima recuperacion por el

señor Rey don Alfonso sexto, año 1073. La qual se sacó del original

por mandado del Alcalde Fernan Blazquez, año 1315._ Pero como sin duda

Hernán de Illanes pareció personaje demasiado oscuro para autorizar tal

leyenda, diose por primer autor de ella al obispo de Oviedo D. Pelayo,

á quien su bien ganada fama de escritor _fabuloso_ é interpolador

de antiguos cronicones hacía digno patrono de tal engendro, donde

se contienen, por cierto, cosas muy posteriores al año 1153, en que

aquel prelado pasó de esta vida. En su boca se pone la narración como

dirigida en Arévalo á los primeros pobladores de Ávila el año 1087.

No falta, por supuesto, la cita de un fantástico historiador griego

en apoyo de los delirios sobre Hércules y la africana, y su hijo el

barragán Alcideo, que _mamantó siete años_, y á quien se atribuye

la fundación de las murallas de Ávila: «Todo lo que vos he fablado,

mis buenos amigos e parientes, del noble Hercules, pendola Nestorino

Griego en su leyenda». Este ridículo verbo _pendolar_, juntamente

con el de _otear_, torcido de su verdadera significación, reaparece

fastidiosamente en cada párrafo de esta rapsodia, probando los

menguados recursos de su inventor y lo poco que se le alcanzaba de

lenguaje antiguo. «Dice más el obispo de Oviedo, que estando ellos en

Arévalo con los pobladores que venian a Avila a su segunda poblacion,

e aviendo _oteado_ bien esta leyenda de Nestorino que la _pendola_, e

es bien antigua, me dio codicia (aquí no se sabe si habla el Obispo ó

Hernán de Illanes) de _otear_ si otro _pendolador_ oviese que lo tal

_pendolase_, e fallé en la leyenda que _pendoló_ Guido Turonense _de

Urbibus_, ca este tal _pendoló_ bien cien años antes yo Pelayo obispo

de Oviedo naciese, e asi _pendoló_...».

Esto baste en cuanto al estilo de la leyenda atribuida á D. Pelayo,

que no puede ser más anacrónico y ridículo. Pero el contenido no es

tan necio como el estilo ni con mucho. Un buen ingenio podría sacar

partido de los informes materiales que esta ruda patraña ofrece, y que

acaso tienen origen más noble y antiguo de lo que suponemos. Todo lo

que se refiere á las hazañas de Ximén Blázquez, Sancho Zurraquines y

demás pobladores de Ávila; el fabuloso cerco puesto á la ciudad por

D. Alfonso el Batallador y el hecho bárbaro que se le atribuye de

haber mandado freír en calderas á los avileses que tenía en rehenes;

el reto de Blasco Ximeno al rey de Aragón, que recuerda el de D.

Diego Ordóñez á los zamoranos; la muerte alevosa dada al campeón del

concejo; el arbitraje de Burdeos, que pone fin á la discordia entre

castellanos y aragoneses; la defensa de Toledo por los adalides

de Ávila contra el rey moro Jazimin; los amores de la infanta Aja

Galiana con el gobernador de Ávila, Nalvillos Blázquez; la animada

descripción de los desposorios de Sancho de Estrada y Urraca Flores,

conservan bastante carácter de poesía heroico-popular, y algunos

de ellos parecen superiores á lo que podía dar de sí el pobre y

malaventurado falsificador que redactó esta escritura en la forma en

que hoy la leemos. Lo que parece increíble es que un libro semejante

haya podido extraviar el juicio de historiadores serios, aunque algo

crédulos, como Sandoval y Colmenares, repitiéndose hasta nuestros días

el absurdo y calumnioso cuento de las _fervencias_, que todavía tuvo

que impugnar en una larga memoria D. Vicente de la Fuente. Y todavía

causa mayor sorpresa que el erudito y severo autor de las memorias de

los arquitectos españoles, D. Eugenio Llaguno, diese entrada en el

catálogo de nuestros primitivos artífices (si bien con algún recelo)

á los fabulosos maestros Casandro Romano y Florín de Pituenga, cuya

existencia no tiene más apoyo que el dicho de esta falsa crónica

abulense. ¡Tal es la virtud prolífica y funesta que tienen el error

y la mentira; por donde incurren en no leve responsabilidad los que

á sabiendas, y aunque sólo fuere por alarde de ingenio, siembran tan

pestífera cizaña en el campo de la historia![610].

La de Ávila venía falsificándose desde muy antiguo. El P. Ariz no fué

autor, sino editor, y á veces interpolador de la extraña y curiosa

novela, escudada con el nombre del obispo D. Pelayo. En sendos

manuscritos de la Biblioteca Nacional y de la Academia de la Historia,

que pertenecieron á cierto regidor de Ávila llamado D. Luis Pacheco,

se halla un texto de esta leyenda, más completo que el publicado por

Ariz. Su encabezamiento es como sigue: «Aqui se face rrevelacion de la

primera fundacion de la ciudad de Avila e de los nobles varones que la

vinieron a poblar, e cómo vino a ella el santo ome Segundo».

No es posible todavía designar el autor material de esta falsa crónica

(acaso el mismo regidor Pacheco, que vivía á mediados del siglo XVI),

pero es cierto que está ligada con un grupo entero de invenciones

abulenses, las cuales se remontan por lo menos al año 1517, en que

«siendo Corregidor el noble caballero Bernal de Mata, entre otras cosas

buenas de hedifficios e noblecimiento de dicha ciudad, assi en reparo

de muros e puertas de ella como en hacer plantar pinares e saucedas

por las riberas de Adaja e Grajal, e en otros hedifficios de puentes

e passos, tuvo especial cuidado de inquirir e buscar el fundamento de

la dicha ciudad de dónde avia avido origen e cómo se habian ganado

las armas reales que tienen, e sus privillegios, _sobre lo mal halló

en un libro antiguo que tenia Nuño Gonzalez del Aguila un cuaderno

de escriptvras_». Este cuaderno, cuya narración alcanza hasta los

tiempos de Alfonso el Sabio, se conserva también en las dos bibliotecas

citadas, y por su estilo poca antigüedad revela, á pesar del afectado

uso de ciertas palabras arcaicas. Puede ser contemporáneo del mismo

corregidor Bernal de la Mata, que le hizo trasladar en pergamino y

poner en el arca del Concejo. Pero no hay duda que su autor, quien

quiera que fuese, tenía noticia de nuestros antiguos cantares de gesta,

y no sería temeraria la sospecha de que pudo basar su ficción en alguno

que se ha perdido. Un autor original del siglo XVI no se hubiera

mostrado tan profundamente imbuido en la superstición de los agüeros,

como lo muestra esta primera cláusula de la leyenda, que nos recuerda

análogos pasajes del _Poema del Cid_ y de la feroz historia de los

Infantes de Lara: «Quando el conde don Remond, por mandado del Rey don

Alonso, que ganó a Toledo, que era su suegro, ovo de poblar a Avila, en

la primera puebla vinieron gran compaña de buenos omes de cinco villas

e de Lara, e algunos de Coualeda e de Lara venien delante e _ovieron

sus aves_ a entrante de la villa, e _aquellos que solian catar de

agueros_ entendieron que eran buenos para poblar alli e fueron poblar

en la villa lo más cerca del agua, e los de cinco villas en pos dellos

_ovieron esas aves mesmas_, e Muño Enavemudo que venia con ellos era

más _agorador_ e dixo por los que primero llegaron que _ouvieron buenas

aves_, mas que erraron en possar en lo baxo cabe el agua».

No sabemos si valiéndose del manuscrito de Bernal de la Mata, pero

coincidiendo en gran parte con sus noticias, escribió el famoso

comunero Gonzalo de Ayora su _Epílogo de algunas cosas dignas de

memoria pertenecientes a la illustre e muy magnifica e muy leal

ciudad de Avila_, obrilla casi inasequible en su primitiva edición de

1519[611]. Toda la historia fabulosa de Ávila estaba, por consiguiente,

inventada y aun en parte divulgada antes del P. Ariz; pero él fué quien

la dió los últimos toques, y la presentó con más aparato de erudición,

confusa y amañada[612].

Otras historias de reinos y ciudades pudiéramos citar en que entra

por mucho el elemento novelesco, pero bastan los dos casos típicos de

Barellas y Ariz para dar idea de esta derivación tardía de los libros

caballerescos; de este género híbrido y contrahecho, que todavía á

fines del siglo XVII cultivaba con ciertas dotes de imaginación y

estilo el popularísimo Dr. Lozano en sus _Reyes Nuevos de Toledo_ y

otros libros análogos, tan menospreciados por los doctos como amados

por el vulgo, y que tantos argumentos suministraron á Zorrilla y otros

poetas románticos para sus mejores leyendas.

Verdaderas leyendas ó novelas en verso se componían ya en el siglo XVI

sobre episodios históricos nacionales, ora de tradición piadosa, como

_El Monserrate_ del capitán Virués, ora de antigüedades romanas, como

_El León de España_ de Pedro de la Vecilla Castellanos. Pero la forma

y entonación de estos poemas, escritos al modo clásico é italiano,

nos retraen ahora de su estudio, que más bien pertenece al tratado de

la poesía épica. Sólo una excepción hemos de hacer en favor de _Las

Havidas_ del poeta tudelano Jerónimo de Arbolanche ó Arbolanches[613],

porque lo raro de su asunto, lo libre y holgado de su ejecución,

la variedad de metros en que está escrito, la mezcla de elementos

caballerescos y pastoriles que en él caprichosamente se combinan, han

hecho que la mayor parte de los eruditos le clasifiquen entre las

novelas más bien que entre los poemas con pretensión de heroicos. Es

ciertamente un parto de la fantasía novelesca, á la vez que uno de

los más curiosos ensayos que se han hecho para poetizar las oscuras

tradiciones de la España prehistórica. El asunto está perfectamente

elegido, porque es el único mito turdetano que se conserva íntegro

en sus rasgos esenciales á través de la narración de Trogo Pompeyo

abreviada por Justino (lib. XLIV, cap. IV) y nada impide suponer

que pueda ser un vestigio de aquellas antiquísimas epopeyas de que

nos habla Strabón. Es fábula muy conocida, porque la mayor parte de

nuestros historiadores la reproducen; para traerla á la memoria basta

copiar el _argumento_ del libro de Arbolanches: «Gargoris, a quien por

fallar el uso de las abejas llamaron Melicola, tuvo un hijo llamado

Abido, y hubolo, segun algunos cuentan, en su misma hija, por lo cual

el padre, deseoso de que no se sintiese su pecado, echó el niño a las

fieras para que se lo comiesen. Como aquéllas no le hiciesen daño

señalóle en el brazo y echóle en la mar, imaginando que con el fin del

niño no quedaria memoria de su culpa; pero por permision divina, segun

Justino cuenta, le echaron las ondas vivo a las riberas. Finalmente,

dando en manos de un pastor, fue tanta su prudencia, que, fuera de las

ficciones que lleva la poesia, saliendo de pastor tuvo oficio en la

casa real de su padre, donde por las señales del brazo fue de su madre

conocido, y reinó despues de muerto su padre, siendo el postrero rey

antes de la venida de diversas naciones en España, y antes de la seca

que cuentan los cronistas».

De este Abidis, pues, rey del _Saltus Tartessiorum_ y uno de los

civilizadores de la Bética (puesto que, según Justino, dió leyes á

su pueblo y enseñó á uncir los bueyes al arado y á lanzar al surco

la semilla de trigo, con lo cual el pueblo de los Cynetas abandonó

el agreste alimento que hasta entonces le había nutrido), emprendió

Arbolanches contar las aventuras en un poema que dividió en nueve

libros. Para dar á su narración cierto color de antigüedad majestuosa

y venerable, tuvo el buen instinto de tomar por principal modelo

la _Odisea_, que es sin duda el poema que mejor nos transporta á la

vida familiar de las primeras edades humanas. Por desgracia no la

leía en su original, sino en la versión del secretario Gonzalo Pérez,

estimable para su tiempo por la fidelidad, pero muy tosca y desaliñada

en la versificación, si bien su mismo desaliño tiene algunos dejos de

rusticidad patriarcal que no desdicen del argumento del poema. Los

versos sueltos en que Arbolanches compuso gran parte del suyo no valen

más que los de Gonzalo Pérez; pero los versos cortos, que abundan

mucho, especialmente en el episodio pastoril de los amores de Abidis (ó

Abido) con una zagala, son fáciles, melodiosos y de apacible sencillez,

como puede juzgarse por esta _canción_:

_Cantaban las aves

Con el buen pastor

Herido de amor._

Si en la primavera

Canta el ruiseñor,

Tambien el pastor

Que está en la ribera,

Con herida fiera,

Con grande dolor,

_Herido de amor._

Los peces gemidos

Dan allá en la hondura,

El viento murmura

En robres crecidos,

Los cuales movidos

Siguen al pastor

_Herido de amor._

Las claras corrientes,

Montes y collados,

Praderas y prados,

Cristalinas fuentes,

Estaban pendientes

Oyendo al pastor

_Herido de amor._

El tono satírico y desenfadado con que Jerónimo de Arbolanches pasa

revista á la literatura de su tiempo y aun más antigua, en una epístola

que dirige á D. Melchor Enrico, su maestro en artes (compuesta,

por cierto, en pésimas octavas reales), no debió de ganarle muchas

simpatías entre la grey literaria; pero como en dicha epístola no está

ni podía estar incluido Cervantes (las _Habidas_ son de 1566 y la

_Galatea_ de 1585), no me explico la desusada indignación con que aquel

grande ingenio, que tanto solía pecar por exceso de benevolencia en su

crítica, habló del poeta navarro en su _Viaje del Parnaso_ (cap. VII),

en que son tan pocos los ingenios nominalmente reprobados:

En esto, del tamaño de un breviario

Volando uu libro por el aire vino,

De prosa y verso que arrojó el contrario;

De verso y prosa el puro desatino.

Nos dio á entender que de _Arbolanches_ eran

Las _Abidas_ pesadas de contino.

Ni _Las Avidas_ tienen el tamaño de un breviario, pues son un librito

en octavo de poco más de veinte pliegos, ni están escritos en verso y

prosa, á no ser que Cervantes entendiera por prosa los versos sueltos

de Arbolanches, que, en efecto, suelen confundirse con ella.

No sería difícil extender á Portugal esta ligera indagación sobre la

novela histórica, pues aunque ninguna propiamente tal se escribiese

allí durante el siglo XVI, la historia de aquel reino sufrió la misma

transformación novelesca que la de los demás de la Península, bajo la

pluma ya de interesados falsarios, ya de cándidos compiladores, cuyas

invenciones van acumulándose desde el gran fabulador Fr. Bernardo de

Brito hasta el enfático y pomposo Manuel de Faria y Sousa. De una sola

de estas leyendas queremos hacernos cargo aquí, porque está fundada

nada menos que en un antiguo cantar de gesta, del cual conocemos

todavía una redacción prosaica.

De origen castellano parece, á pesar de los nombres geográficos de

Aljubarrota y Alcobaza con que fué exornada, la _gesta del abad Juan

de Montemayor_, que ya se cantaba antes de mediar el siglo XIV, según

testimonio de Alfonso Giraldes en un fragmento de su poema sobre la

batalla del Salado:

Outros falan da gran rason

De Bistoris gram sabedor,

E do Abbade Don Joon

Que venceo Rei Almançor...[614]

Ignoramos quién fuese el gran sabidor Bistoris, pero el cantar del abad

Juan ha llegado á nosotros en dos distintas redacciones prosaicas,

ambas de fines del siglo XV, independientes entre sí, aunque derivadas

de un mismo texto poético, á través quizá de otra prosificación

perdida. Una de estas refundiciones está en el _Compendio Historial_

de Diego Rodríguez de Almela, inédito todavía, que su autor presentó á

los Reyes Católicos en 1491[615]. La otra es un libro de cordel, que

corría de molde desde 1506, que fué reimpreso en Valladolid en 1562 y

que todavía se estampó en Córdoba en 1693[616]. Ambas versiones acaban

de ser publicadas con todo rigor crítico por don Ramón Menéndez Pidal,

é ilustradas con el admirable caudal de doctrina que él posee en estas

materias[617]. Á su libro nos remitimos para todo, limitándonos á dar

breve idea de la leyenda y del enlace que con alguna otra tiene.

El abad Juan de Montemayor, gran hidalgo, señor de todos los abades

que había en Portugal, recogió una noche de Navidad, á la puerta de la

iglesia, á un niño expósito, nacido del incesto de dos hermanos. Le

bautizó, llamándole D. García; le crió con mucho amor, y cuando llegó

á edad adulta, le hizo armar caballero por el rey D. Ramiro de León,

sobrino del abad, y le nombró capitán de toda su hueste. Pero como

«toda criatura revierte á su natura», el D. García salió malo, ingrato

y traidor, y concertó pasarse á los moros y venderse á su rey Almanzor.

Así lo ejecutó en Córdoba, renegando públicamente de la fe cristiana,

prometiendo hacer todo daño á los cristianos, y sometiéndose, además

de la circuncisión, al extraño rito de beber de su propia sangre.

Almanzor y el renegado, que tomó el nombre de D. Zulema, entraron con

formidable ejército por tierras de cristianos, llegando hasta Santiago

de Galicia, cuya iglesia profanó D. Zulema, quemando las reliquias. Á

la vuelta destruyeron á Coimbra y pusieron apretado cerco á Montemayor,

que el abad defendió valerosamente por espacio de dos años y siete

meses, rechazando con indignación las proposiciones de su criado,

que le ofrecía, de parte de Almanzor, hacerle pontífice de todos los

almuedanos y alfaquíes de su ley si consentía en renegar. En una de

las salidas que hizo el valeroso abad llegó á arrojar su lanza dentro

de la tienda del rey y á hincarla en el tablero de ajedrez sobre el

cual jugaban Almanzor y D. Zulema. Crecían las angustias del sitio

al acercarse la festividad del Bautista, y entonces el abad tomó una

resolución bárbaramente heroica y desesperada. Reunió en la iglesia

á todos los defensores del castillo, les cantó misa, les predicó

fervorosamente, y terminó su plática con este fuerte consejo:

«Amigos, bien veis la lazeria y el mal y la cuita en que estamos... Por

ende os digo que yo he pensado una cosa; como quier que será peligrosa

de los cuerpos, será muy gran salvacion de las animas, y será muy gran

servicio de Dios nuestro señor, y acrecentamiento de nuestras honras.

La qual es que matemos los hombres viejos y las mujeres y los niños,

y todos aquellos que no fueren para pelear ni para hecho de armas, y

despues quememos todas las cosas del castillo y todo el oro y la plata

y las alhajas que en él son, y despues que esto huvieremos hecho,

todos salgamos a los moros nuestros enemigos, y matemonos con ellos.

Y nuestro señor Dios avrá merced de nos; y estos nuestros parientes

que ahora mataremos iran a tomar posada para sí y para nos al sancto

paraiso; y assi no avremos cuita de lo que aqui quedare. Y esto es

lo que yo pienso que será mejor que no que los moros lleven vuestras

mugeres y vuestros hijos y vuestros parientes, para que les hagan

tantas deshonrras y tantos males, quales nunca fueron hechos á hombres

en este mundo que fuessen nascidos». Y entonces todos ellos dixeron

llorando de los ojos: «Señor abbad don Juan, pues vos sois placentero

y quereis que assi sea, placenos de coraçon, y no saldremos de vuestro

mandado».

Y aquí el libro de cordel, cuyo relato es mucho más extenso que el de

Almela y parece seguir con más fidelidad la tradición poética, coloca

una escena asombrosa que el cronista suprime, y que sólo cede en

afectuosa ternura al hermosísimo romance del Conde Alarcos.

«Entonces el abbad don Juan mandó que, despues de missa dicha, que

todos fuessen ayuntados en el corral grande, que era un lugar donde se

ayuntavan a hazer su consejo... Y quando el abbad don Juan huvo dicho

la missa, fuese para doña Urraca su hermana; y doña Urraca quando lo

vio, levantóse en pie a él, y dixole: «Hermano y señor, bien seais

venido y en buen dia vos vengais... que otro bien en el mundo no

tengo sino a vos». Y el abbad don Juan le dixo: «Señora hermana doña

Urraca, plázeme de todo esto que me dezis; mas esto durará poco». Y

doña Urraca le dixo: «Señor hermano, ¿por qué?» Y el abbad don Juan

le dixo: «Porque sabed que aveis de morir». Y ella le dixo: «¿Por

qué es, mi buen señor?» Y el abbad don Juan le dixo: «Porque todos

havemos concertado oy en este dia que matemos los hombres viejos y

las mugeres y los niños y todos los que no fueren para tomar armas».

Y ella dixo: «Señor hermano, ¿mis hijos moriran?» Y él dixo que sí, y

mandóle que tomasse sus hijos y que se fuesse para el corral grande.

Y entonces apartose el abbad don Juan de su hermana doña Urraca,

mucho llorando de los sus ojos; mas sabed que no podia al hazer. Y

doña Urraca sentose, dando tan grandes gritos y tan grandes voces que

semejava que el cielo queria horadar; y hazia un duelo tan grande que

era maravilla, ca no havia muger en todo el mundo que la oyesse que

no la quebrasse el coraçon y no llorasse y tomasse gran cuita y gran

pesar. Y entonces doña Urraca tomó cinco hijos que tenia, y pusolos en

el corral, uno cerca de otro, y miravalos cómo eran niños y pequeños y

hermosos y apuestos y sin entendimiento, y dezia que esperança tenia en

Dios y en ellos que serian buenos cavalleros, porque eran hijos de un

escudero muy honrado y de muy buena sangre, y de una muy noble dueña;

y que esperava en Dios y en su hermano que tuviera mucha honra por

ellos. Y abraçavalos mucho a menudo y miravalos y besavalos con gran

pesar y amargura que tenia, y caiase en tierra amortecida; y quando

acordava, dava tan grandes gritos que era muy grande maravilla, con

el duelo que ella hazía. Y dixo: «Ahora vos haced de mí y dellos lo

que quisieredes y tuvieredes por bien». E quando esto oyó el abbad don

Juan, hincharonsele los ojos de agua; y sabed que estuvo una gran pieza

llorando de los sus ojos, hasta que a malavés la pudo hablar, diziendo:

«Hermana señora doña Urraca, venid vos y vuestros hijos, y tomad la

muerte por aquel que la tomó por los peccadores salvar». E todos los

hombres y mugeres que ai estaban, llorando de los sus ojos, havian

muy gran duelo de doña Urraca y de sus hijos. Y entonces el abbad don

Juan tomó la espada en la mano y fuesse para la hermana y para sus

sobrinos; y dixo doña Urraca: «Ay señor hermano! Por Dios vos ruego que

mateis a mí primero que no a mis hijos, porque yo no vea tan grande

manzilla ni tan gran pesar, ni vea la muerte de mis hijos». Y en esto

tomó doña Urraca un velo y posóle ante los ojos, y hincó los inojos

ante el abbad don Juan su hermano; y alçó el abbad don Juan la espada y

cortóle la cabeça a doña Urraca su hermana; y tomó a sus sobrinos cinco

y degollólos y echólos sobre la madre encima de los pechos. Y todos los

hombres, cuando vieron que el abbad don Juan esto hazia a doña Urraca

su hermana y a sus sobrinos, hizieron ellos todos assi a cada uno de

sus parientes...

«Y despues que la mortandad fue hecha, como oydo aveis, el abbad don

Juan y todos los otros hombres que fueron vivos dieron tan grandes

gritos contra Dios y tan grandes voces llorando de los sus ojos y

haciendo tan gran duelo en tal manera que no havia hombre, en el mundo

que lo viesse que no se le quebrantasse el coraçon da pesar... Y esto

assi hecho, allegaron quanto aver fallaron en el castillo, assi de oro

como de plata y dineros y ropas y alhajas, y pusieronlo todo en un

lugar, y quemaronlo todo, que no quedó nada; y alli vierades arder tan

buena ropa de seda y de otras muchas cosas, que no avia hombre en el

mundo que no tomasse en ello pesar y muy gran dolor. Y luego el abbad

don Juan fue al castillo, por ver si hallaria aí algunas cosas que

quemassen, y no halló nada; y tornóse luego para el corral y dixoles:

«Amigos, pues que aqui en el castillo no hay alguno de que nos dolamos;

que los parientes que haviamos todos son muertos y son idos a la gloria

del paraiso a tomar posadas para ellos y para nosotros y son martires

en el cielo, ningun pensar tengamos assi mesmo del aver del castillo,

porque cuando aquellos traidores acá entraren, no hallarán qué tomar ni

llevar»... Y entonces dieronse paz los unos a los otros, y comulgaron

y perdonaronse los unos a los otros, porque Dios perdonasse a ellos,

y fueronse a armar los cavalleros muy bien; y cavalgaron todos en

sus cavallos, y los otros armaronse lo mejor que pudieron y salieron

todos a una puerta que dezian Puerta del Sol, y fueron a herir en los

moros muy reciamente... Y alli vierades cómo herian muy de rezio y

sin ninguna piedad, con golpes de espadas y a muy grandes lanzadas y

grandes porradas, y tan grande era la pelea y tan fuerte que no podia

en el mundo mayor ser... Y el abbad don Juan era muy cavallero en armas

y muy ardid y muy rezio en su coraçon que no parescia cuando entrava

entre los moros sino como el lobo quando degüella las ovejas; y él y

su gente hicieron tamaña mortandad en los moros, que no havia por do

andar».

Los infieles son completamente desbaratados; el abad D. Juan corta

la cabeza al traidor D. Zulema, y al volver al castillo encuentra

resucitados á todos los muertos de la noche anterior.

¿Cómo llegó a localizarse en Portugal esta leyenda, diciendo ya Almela

con evidente anacronismo, que el abad D. Juan con el quinto del botín

edificó la iglesia y monasterio de Alcobaza, donde acabó santamente sus

días? Cualquiera persona versada en las tradiciones castellanas habrá

reconocido desde luego la patente analogía entre la feroz hazaña que

se atribuye al abad Juan y la del alcaide de Madrid Gracián Ramírez

degollando á sus hijas, que fueron resucitadas por Nuestra Señora de

Atocha. Otros paradigmas pueden buscarse más lejanos ó menos completos,

pero éste conviene en todas las esenciales circunstancias. Otro caso

de niños resucitados se encuentra en el antiguo poema francés de

Amico y Amelio, de donde pasó al libro de caballerías de _Oliveros de

Castilla y Artus de Algarve_. Hay además en la leyenda del abad Juan

reminiscencias de algunos pasos de nuestros cantares de gesta (Mudarra

y Zulema, encuentro del Cid con el rey Búcar, remedado en el del abad

Juan con el rey Almanzor, etc.); imitaciones de las fórmulas y frases

hechas de la poesía épica y aun del _mester de clerecía_ de Fernán

González, y finalmente, muchos rastros de asonantes y aun algún verso

entero de diez y seis sílabas. De todo esto infiere con recta crítica

el señor Menéndez Pidal que el primitivo poema del abad Juan era un

cantar de gesta, compuesto en el metro propio de la épica castellana,

y que no hay motivo para suponerle de origen portugués, puesto que la

acción se coloca en tiempo del rey Ramiro de León, mucho antes de la

formación del Condado. La mención de Alcobaza, lejos de ser prueba

de tal origen, es indicio de lo contrario, pues ningún portugués

podía ignorar que Alfonso Henríquez, su primer rey, era el verdadero

fundador de aquel famosísimo monasterio. Otros indicios que aquí

sería prolijo exponer conducen al Sr. Menéndez Pidal á sospechar que

el juglar que compuso la gesta era leonés, y probablemente del Vierzo,

y tenía muy superficial conocimiento de Portugal, aunque localizase

allí su historia por mero capricho poético, por deseo de novedad ó por

cualquier otro motivo imposible de averiguar ahora.

Pero si no nació en Portugal esta leyenda, fué pronto aclimatada por

vía erudita y localizada en el pueblo de Montemayor (_Monte mor o

velho_). Su ilustre hijo, el autor de la primera _Diana_, recordaba

á mediados del siglo XVI aquella tradición en términos que convienen

con los del cuaderno impreso, salvo en haber añadido el nombre del rey

Marsilio:

Miraba a aquella cerca antigua y alta

Que por tropheo quedó de las hazañas

Del sancto abad don Juan, en quien se esmalta

La honra, el lustre y prez de las Españas;

Alli la fuerza de Hector no hizo falta,

Pues destruyó su brazo las compañas

Del sarracino Rey que le seguia,

Y a su traidor sobrino don Garcia.

Miraba aquel castillo inexpugnable,

Por tantas partes siempre combatido,

De aquel falso Marsilio y detestable,

Y del traidor Zulema en él nascido...

(_Historia de Alcida y Silvano._)

Á principios del siglo XVII el crédulo analista cisterciense Fr.

Bernardo de Brito, primero en la Crónica de su Orden (parte 1.ª,

1602) y luego en la _Monarchia Lusitana_ (1609), no sólo incorporó

esta leyenda como historia verdadera, sino que la exornó con nuevos

y descabellados pormenores, que parecen tomados de una redacción

distinta del libro de cordel, y con dos escrituras apócrifas, forjadas

probablemente en el monasterio de Lorván. En una de ellas, el rey

Ramiro I hace donación de la villa de Montemayor á Juan, supuesto

abad de dicho monasterio, en 848. La otra es una carta del abad Juan,

dando cuenta de su maravillosa victoria y del milagro que la siguió,

y haciendo renuncia de la abadía en favor de Teodomiro, prior de

Lorván. No faltaron en la familia benedictina otros historiadores que

de buena fe copiasen estas patrañas, sin que se salven de tal nota

el diligentísimo Fr. Prudencio de Sandoval ni el elegante Fr. Angel

Manrique. Y á la verdad que no tenían disculpa, pues apenas había

comenzado Brito á divulgar estas fábulas, le había atajado los pasos

muy discreta pero muy enérgicamente el grave y sesudo analista de la

Orden de San Benito Fr. Antonio de Yepes (tomo I, 1609, fol. 99).

«Acá en Castilla (dice Yepes) la historia del abad D. Juan está tan

mal recebida, que se tiene por más fabulosa que la del conde Roldan

y Paladines y por tan verdadera como la que escribio el arzobispo

Turpin; pero tambien entiendo que, como de Roldan y de Bernardo del

Carpio, cuyas hazañas fueron grandes, por haberlas querido engrandecer

y dilatar, se han mezclado muchas burlas entre pocas verdades y han

ahogado la historia de aquellos caballeros, de manera que ya se tiene

por fabulosa; asi tengo por cierto que hubo un abad de Lorván muy

valeroso y que sería santo, y algunas veces haria oficio de gran

capitan contra los moros; pero estan tan perdidas y estragadas estas

verdades con patrañas e imaginaciones y sueños, que tengo por muy

dificultosa esta empresa».

Pero ni siquiera su ciega credulidad en los apócrifos de Lorván

disculpa á Brito, que inventó por su parte la genealogía del abad Juan,

haciéndole medio hermano del rey Bermudo el Diácono, é hijo bastardo de

D. Fruela, hermano de Alfonso el Católico.

Siguiendo en todo las pisadas de Brito repitieron el famoso cuento

otros historiadores portugueses, aun de los más estimados, como Fr.

Antonio Brandam; y por supuesto, el infatigable Manuel de Faria y Sousa

no dejó de celebrar en su crespa y enmarañada prosa «aquella resolucion

dignamente portuguesa, en mitad del peligro de reputarse por bruta».

Triunfante de este modo la leyenda en la historiografía erudita,

adquirió una especie de segunda vida en la popular. El libro castellano

de cordel fué traducido y aderezado con retazos históricos de Brito por

el capitán Antonio Correa de Fonseca y Andrada, que por los años de

1713 á 1715 compaginó una llamada _Historia Manlianense_ (de Manliana,

supuesto nombre antiguo de Montemayor, que dicen reedificada por el

procónsul Manlio). Y no quedó la tradición en los libros, puesto que

pasó al teatro popular, y todavía se celebra, ó se celebraba hace pocos

años, en Montemayor el 10 de agosto una fiesta ó representación, hoy

ya enteramente pantomímica, en que un ejército de moros embiste el

castillo defendido por el abad Juan y sus compañeros[618].

Antes de abandonar el campo de la novela histórica debemos hacer alguna

mención de los libros de geografía fabulosa y viajes imaginarios, que

en tantas formas conoció la antigüedad griega, y de los cuales es la

_Historia Verdadera_ de Luciano chistosa parodia. Este género renació

en los dos últimos siglos de la Edad Media, no por imitación ni remedo

de los Iámbulos y Antonios Diógenes, que yacían en el más completo

olvido, sino por un movimiento de curiosidad científica mezclada de

profunda credulidad, enteramente análogo al que había engendrado

estas ficciones entre los antiguos. Á medida que se ensanchaba el

conocimiento del mundo, la imaginación, siempre insaciable en pueblos

jóvenes y ávidos de lo maravilloso, completaba y refundía á su modo

las nociones geográficas vagamente aprendidas, y poblaba de vestigios

y de monstruos las regiones nuevamente descubiertas. Las Cruzadas

primero, y después los viajes de misioneros y mercaderes al centro

del Asia, habían producido en la fantasía europea una fermentación

grande y tumultuosa, que era como el preludio de la era de los

descubrimientos. Los pueblos de nuestra Península, destinados por

decreto providencial á encarnar en sí la mayor gloria de aquel momento

sin par en la evolución histórica, no fueron los primeros en sentir

la pasión de los viajes; y era natural que así sucediese, dada su

posición en el extremo de Europa más remoto del continente asiático, y

su doméstica y peculiar historia, que hasta cierto punto los aislaba de

los intereses generales del Occidente cristiano; pero desde el siglo

XIV, en que fué más íntimo su trato con Francia, Inglaterra é Italia,

empezaron á prestar atento oído á las maravillosas relaciones de los

reinos de Tartaria, del Cathay y de la corte del Preste Juan. Ya en el

_Caballero Cifar_, que es novela de las más antiguas, se concede buen

espacio á la cosmografía, y al siglo XIV pertenece también el notable

manual que lleva por título _Libro del conocimiento de todos los

reinos, tierras y señoríos que son por el mundo_, obra anónima de un

franciscano español, interesante sobremanera en la parte africana[619].

Á fines del mismo siglo, el Maestre de San Juan, Fernández de Heredia,

incluía en una de sus grandes, compilaciones históricas, redactadas

en dialecto aragonés (_Flor de las historias de Oriente_), el _Libro

de Marco Polo, ciudadano de Venecia_[620], que en tiempo de los

Reyes Católicos lograba nuevo intérprete en el arcediano Rodrigo

Fernández de Santaella, principal fundador del estudio universitario

de Sevilla[621]. Inútil es encarecer la importancia de tal texto y

la acción eficaz que su lectura ejerció en la mente de los grandes

descubridores y navegantes de aquella edad heroica.

Con los viajes traducidos ó compilados de fuente extranjera alternaban

ya relaciones originales de no poco precio. España, que en el siglo

XII había tenido un viajero de primer orden en la persona de Benjamín

de Tudela, enriquecía su literatura del siglo XV con dos itinerarios

admirables: la embajada de Ruy González de Clavijo en demanda del Gran

Tamorlán, y las _Andanzas y viajes_ del caballero andaluz Pero Tafur,

brillante y pintoresco narrador de sus correrías por gran parte de

Europa, Egipto y Siria.

Á la sombra de los viajes verdaderos comenzaban á pulular los

fabulosos, sin que el vulgo hiciera gran distinción entre unos y otros.

Ninguno igualó en popularidad al del inglés Sir John de Maundeville,

obra de fines del siglo XIV, de la cual se conocen tres textos, al

parecer originales: uno en la propia lengua del autor, otro en francés

y otro en latín, encaminados sin duda á diversas clases de lectores. La

traducción castellana es algo tardía, pero en breve tiempo tuvo tres

ediciones góticas[622], exornadas con muchos y estupendos grabados

en madera, que reproducen al vivo las principales monstruosidades y

patrañas del texto: unicornios y centauros, cinocéfalos, hombres con

los dos sexos, otros con los ojos y la boca en el pecho ó como dos

astas en la cabeza, etcétera. En la portada campea en rojas letras el

nombre de _Juan de Mandavila_, el cual dice de sí propio al fin de la

obra: «Has de saber que yo Johan de Mandevilla, caballero susodicho me

parti de mi tierra e passé la mar en el Año de la gracia y salud de la

natura humana de Mill y ccc y xxii Años, y despues acá he andado muchos

pasos e tierras y he estado en compañias buenas y en muchos y diversos

fechos bellos y en grandes empresas: agora soy venido a reposar en edad

de viejo antiguo, y acordandome de las cosas passadas he escripto como

mejor pude aquellas cosas que vi y oi por las tierras donde anduve:

tornado a mi tierra en el Año del nascimiento de Mill y CCC y LVI y

quando yo parti de mi tierra avia xxiiii».

No es del caso, ni para ello tengo competencia, determinar lo que

puede haber de fidedigno en los recuerdos de viajes que consignó Juan

de Mandeville siendo _viejo antiguo_. Su descripción de Tierra Santa

es detallada y merece crédito. Parece confirmado que estuvo algunos

años al servicio del Soldán de Egipto, y que conocía bien la Siria y

la Palestina. Pero de la autenticidad de sus peregrinaciones por la

Armenia, el Turquestán, la Mongolia y la China septentrional puede

dudarse sin grave cargo de conciencia, no sólo por las increíbles

fábulas que refiere (puesto que no las hay menores en los viajeros

de la Edad Media tenidos por más verídicos), sino por lo confuso

del itinerario, por la escasez de circunstancias personales en

la narración, por el calco evidente de otros viajes anteriores,

especialmente del de Marco Polo, y por el aspecto de compilación que

toda la obra tiene. En ella entran todas las fábulas transmitidas por

los naturalistas de la antigüedad á los de la Edad Media, y entraron

también cuentos orientales muy parecidos á los de _Las Mil y una

Noches_. Parece haber conocido los _Viajes de Simbad el marino_, puesto

que en uno y otro se hallan el pájaro Rock (que en Mandeville es un

grifo), las montañas de piedra imán que atraen los navíos, los negros

pigmeos, los gigantes antropófagos y la isla en que se enterraba á los

maridos vivos con sus mujeres muertas. Y así como del rey de Ceylán

cuenta Simbad que llevaba delante dos heraldos, uno que ensalzaba en

altas voces su poderío y otro que le recordaba la inevitable necesidad

de la muerte, así del Preste Juan refiere Mandeville que sus servidores

conducían delante de él un vaso de plata lleno de piedras preciosas,

como símbolo de su poder y de su riqueza, y un vaso de oro lleno de

tierra, para recordarle que todo había de convertirse en polvo[623]. Es

la misma alegoría, aunque expresada con figuras distintas.

Hay en Mandeville bellísimas historias, como la del castillo del

Halcón, guardado por una dama en las montañas de Armenia, ó la de la

hija de Hipócrates, convertida en dragón en la isla de Cos; leyenda que

pasó, como sabemos, á nuestro _Tirante el Blanco_. La isla encantada de

_La Tempestad_ de Shakespeare, poblada de espíritus aéreos, henchida

unas veces de mágica armonía y otras de espantables ruidos, se parece

mucho á cierto valle descrito por Mandeville. Y sin paradoja ha podido

sostenerse que todavía el autor de los _Viajes de Gulliver_ y el de

_Robinson Crusöe_ son tributarios de este libro de viajes fantásticos,

el más antiguo acaso de toda la literatura europea.

En España suscitó una imitación, que hasta nuestros días continúa

siendo popular, y que se enlazó con el nombre de un personaje histórico

del siglo XV, célebre por su noble vida y trágica muerte, el infante D.

Pedro de Portugal, duque de Coimbra, regente del reino durante la menor

edad de Alfonso V y víctima de los consejeros de su pupilo en la celada

de Alfarrobeira. D. Pedro, digno hermano de D. Enrique el navegante,

del tan preclaro moralista como desventurado monarca D. Duarte, de

D. Fernando, el príncipe constante mártir en Tánger, dejó entre sus

contemporáneos reputación de gran viajero, aunque sus viajes no fuesen,

ni con mucho, los que la leyenda supone.

Nunca fue, despues ni antes,

Quien viese los atavios

E secretos de Levante,

Sus montes, islas e rios,

Sus calores e sus frios,

Como vos, señor Infante,

le decía Juan de Mena en unos versos á él dedicados[624]. Es cosa de

todo punto averiguada que desde 1425 á 1428 visitó casi todas las

cortes de Europa, pudiendo seguirse con documentos fehacientes sus

pasos en Inglaterra, Francia, Flandes, Alemania, Hungría, Venecia,

Roma, Aragón y Castilla, por donde hizo el viaje de vuelta; siendo

en todas partes agasajado por príncipes y soberanos, asistiendo á

torneos y paseos de armas, tomando parte en la guerra que el Emperador

Segismundo hacía á los turcos y recibiendo valiosos presentes, entre

los cuales no debió de ser el menos estimado por él, dadas sus

aficiones geográficas, un ejemplar de Marco Polo y una colección de

cartas geográficas con que le obsequió el Dux de Venecia. Éste y no

otro fué el curso de sus peregrinaciones, y no habla de otras quien

debía de conocerlas mejor que nadie: su hijo el Condestable D. Pedro,

tan semejante á él en desdichas y en méritos. Dice así en su _Tragedia

de la Reina Doña Isabel_, al conmemorar los méritos del padre de

ambos: «Aquel que pasando la grande Bretaña y las gálicas y germánicas

regiones a las de Ungria e de Boemia e de Rosia pervino, guerreando

contra los exerçitos del grand Turco por tiempos estovo; e retornando

por la maravillosa çibdad de Veneçia, venido a las ytalicas o esperias

provincias escodriñó e vido las insignes e magnificas cosas, e llegando

a la cibdad de Querino tanyó las sacras reliquias, reportando honor e

grandissima gloria de todos los principes e reynos que vido».

Pero tales andanzas, aunque para el siglo XV fuesen notables, no

podían satisfacer en el XVI á los que estaban familiarizados con

las navegaciones y descubrimientos más portentosos. Así es que la

tradición de los viajes del Infante fué ampliándose desmesuradamente,

y no sólo se dijo de él que había visitado la Casa Santa de Jerusalén,

lo cual acaso tuvo propósito de hacer, pero seguramente no hizo,

sino que había estado en la corte del Gran Turco y del Soldán de

Babilonia; especies que patrocinó, como patrocinaba todo género de

patrañas, el docto y estrafalario Manuel de Faria y Sousa en su _Europa

Portuguesa_: «_Corrio todas las provincias del mundo que entonces

eran descubiertas_, no tratando con Circs, Polifemos y monstruos de

bien soñadas fabulas, mas con principes y Cortes y gentes de varias

policias»[625].

La desaforada hipérbole de Faria y Sousa no era más que un eco de

cierta ficción popular debida á un autor castellano seguramente

anterior á la mitad del siglo XVI, que lleva por título _Libro del

infante don Pedro de Portugal, el qual anduvo las cuatro partidas del

mundo_, y se dice compuesto por «Gomes de Sant Esteban, uno de los doze

que anduvieron con el dicho infante a la vez», sin duda en remembranza

de los doce apóstoles. Este tratadillo, cuya primera edición conocida

es de Salamanca, 1547, fué reimpreso muchas veces, ya en tipo gótico,

ya en letra redonda, y hoy mismo se reimprime y se vende por las

esquinas, muy adulterado y modernizado en el estilo, como todos los

libros de la llamada gráficamente _literatura de cordel_. En Portugal

existe en la misma forma, pero es traducido del castellano, y no se

cita edición anterior á 1644[626].

El gran artista histórico que la península produjo en el siglo XIX, mi

inolvidable amigo Oliveira Martins, en aquel libro, el más excelente

de los suyos, que tituló _Os filhos de D. Joaõ I_[627], quiso dar

cierto valor documental á esta relación de viajes, rechazando la parte,

evidentemente fabulosa, que se refiere al Preste Juan, pero admitiendo

la peregrinación á Tierra Santa y las jornadas del príncipe por

Turquía, Egipto y Arabia. Mediante hábiles correcciones y supresiones,

que dejan el texto como nuevo, y suponiendo interpolado todo lo que

estorba, llegó á reconstruir un itinerario que fascina y deslumbra por

la hábil agrupación de los datos y la brillantez de las descripciones.

Pero toda esta fábrica, por primorosa que sea bajo el aspecto estético,

no resiste al análisis. Es una restauración quimérica, sin más apoyo

que el frágil y deleznable de un libro apócrifo, cuya insensatez es

palpable, á menos que le supongamos monstruosamente corrompido en los

nombres, en las distancias, en todo; y en este caso, ¿dónde encontrar

el texto genuino que repare tales faltas?

Si el admirable narrador portugués extremó en este punto los derechos

de la fantasía, hasta un punto incompatible con la severidad histórica,

al alto y penetrante espíritu crítico de Carolina Michaëlis[628] estaba

reservado poner las cosas en su punto y enterrar definitivamente la

leyenda de los viajes orientales de D. Pedro, que es no sólo apócrifa

sino incompatible con la cronología de su vida y con las declaraciones

de sus contemporáneos. El _auto_ atribuido á Gómez de San Esteban es

una novela geográfica del mismo género que _Simbad el marino_, y muy

análoga al _Libro de las maravillas del mundo_ de Juan de Mandeville,

del cual en cierto modo puede estimarse como un epítome. Hasta la frase

disparatada de las _cuatro partidas del mundo_ (convertidas luego en

_siete_) se tomó de una de las ediciones del Mandeville castellano,

en que también son _siete_ las partidas, por grotesca confusión con

las del Código de Alfonso el Sabio. Quien haya leído á Mandeville

nada encontrará de original en nuestro libro de cordel, salvo ser

mucho más confuso y disparatado el itinerario. El infante D. Pedro,

recibida la bendición paterna, sale de su villa de Barcellos con doce

compañeros y veinte mil doblas de oro; pasa por Valladolid, donde le

obsequia D. Juan II con cien mil escudos y un intérprete llamado García

Ramírez; se embarca en Venecia para la isla de Chipre; de Chipre salta

á Damasco, _capital del Gran Turco_; visita las ruinas de Troya, y de

allí se encamina á Grecia por un desierto asperísimo. Nada más fácil

que pasar desde Grecia á Noruega, donde los días son de seis horas,

peregrinación que realizan en ocho días D. Pedro y sus compañeros

montados en dromedarios. Pero encuentran aquella tierra muy fría, y

determinan ir á Babilonia (nombre que en la Edad Media se daba al

Cairo) y hacer una visita de cortesía al hijo del Soldán de Egipto,

anunciándole su propósito de visitar las tierras del Preste Juan. En el

camino tropiezan con el país de los centauros, gente soez, indómita y

sin religión. Continúan sus jornadas por la Arabia Feliz y Palestina;

descríbese minuciosamente la Tierra Santa, repitiendo las mismas

tradiciones que se hallan en Mandeville y en Bernardo de Breidembrach,

deán de Maguncia, cuyo viaje corría traducido al castellano desde

1483[629]. En las sierras de Armenia alcanzan á distinguir, aunque

de lejos, el arca de Noé, que tenía los costados llenos de plantas

marinas y de musgo. Finalmente, llegan al Cairo, y se encuentran con la

agradable sorpresa de que el Soldán era medio paisano suyo, un renegado

extremeño de Villanueva de la Serena, á quien habían cautivado en su

infancia los moros granadinos. Disfrutan algún tiempo de su franca

hospitalidad, y cargados de joyas y piedras preciosas continúan su

caminata por regiones tan peregrinas, que ni aun los nombres es posible

identificar muchas veces. En Nínive (la versión portuguesa dice en

_Samasa_, y parece reminiscencia de Samarcanda) visitan la corte del

gran Tamerlán, cuyo aparato y suntuosidad se relatan con rasgos que

parecen tomados de Ruy González de Clavijo, aunque su viaje no estaba

impreso todavía cuando salió á pública luz el librejo del infante D.

Pedro. En las cercanías del Mar Muerto contemplan la estatua de sal de

la mujer de Lot, que cuando crece la luna se hincha más de un palmo

y se disminuye cuando mengua. Permanecen dos meses en el convento de

franciscanos del monte Sinaí, donde veneran el cuerpo de santa Catalina

y la fuente que Moisés hizo brotar de la piedra hiriéndola con su vara.

En la Meca penetran por gracia especial en la Caaba, donde ven el

zancarrón de Mahoma suspendido entre ocho imanes.

Aquí empieza la parte puramente fantástica del viaje, que está calcada,

todavía más que lo restante, en la obra de Mandeville: los pigmeos,

el reino de las Amazonas, los gigantes antropófagos, los idiotas con

ladrido de perros, que se comen á sus padres cuando llegan á la vejez;

los cíclopes ó _gomeos_ que viven en un valle hondísimo, de donde

no saldrán hasta la venida del Antecristo; los centauros, diestros

saeteros; otras gentes muy pacíficas que tienen el pie redondo y de

él se valen para cultivar la tierra, los dragones de siete cabezas y

otros varios monstruos espantables de generación humana ó bestial.

Muchos de ellos eran vasallos del Preste Juan, príncipe cristiano y

piadoso, conforme al rito de santo Tomás, apóstol de las Indias. Si el

_libro_ del _infante D. Pedro_, en vez de ser un miserable extracto de

una compilación fabulosa de la Edad Media, hubiese sido una emanación

genuina del alma peninsular del siglo XVI, ¡qué partido hubiera podido

sacarse de este gran mito geográfico que inspiró tan prodigiosas

aventuras, y del admirable y auténtico viaje de Alfonso de Paiva y

Pero da Covilham en demanda de aquel príncipe fantástico, buscado en

la India primero y en Etiopía después! Pero el ignorante falsario se

limitó á repetir de mala manera lo que desde el siglo XIV estaba en

la imaginación popular. Su viaje termina á las puertas del Paraíso

Terrenal, pero incluye, á modo de apéndice, una carta del Preste Juan

al rey de Castilla, D. Juan II, dándole razón de los ritos y ceremonias

de su país y de la variedad de gentes que le pueblan.

La novela geográfica, que de tan pobre modo comenzaba con esta rapsodia

callejera, tuvo en el siglo XVII cultivadores mucho más brillantes,

entre los cuales merece preeminente lugar el _clérigo agradecido_ Diego

Ordóñez de Ceballos, cuyo _Viaje del Mundo_, impreso en 1614, traspasa

ya el límite cronológico de nuestra actual investigación.

Orígenes de la novela, Tomo I · 第 35 / 55 题