NOVELA HISTÓRICA: «CRÓNICA DEL REY DON RODRIGO», DE PEDRO DEL
CORRAL.--LIBROS DE CABALLERÍAS CON FONDO HISTÓRICO.--NOVELA
HISTÓRICO-POLÍTICA: EL «MARCO AURELIO», DE FR. ANTONIO
DE GUEVARA.--NOVELA HISTÓRICA DE ASUNTO MORISCO: «EL
ABENCERRAJE», DE ANTONIO DE VILLEGAS.--«LAS GUERRAS CIVILES
DE GRANADA», DE GINÉS PÉREZ DE HITA--LIBROS DE GEOGRAFÍA
FABULOSA.--VIAJE DEL INFANTE DON PEDRO.
La primitiva novela histórica española es una rama desgajada de
las crónicas nacionales, é injerta en el tronco de la literatura
caballeresca. Quien escudriñe sus orígenes no los encontrará anteriores
á las _prosificaciones_ que la _Crónica general_ nos ofrece de las
leyendas de Bernardo, de Fernán González y sus sucesores los Condes
de Castilla, de los Infantes de Lara y del Cid, sin contar con la de
Mainete, que es de asunto forastero. Pero todas estas narraciones,
que primitivamente fueron cantadas y que conservan todavía rastros de
versificación, pertenecen á la poesía épica en cuanto á su fondo y
son una mera versión de ella. Su estudio debe reservarse, pues, para
el tratado de los _cantares de gesta_ en que se apoyaron, y de los
_romances viejos_ que de la prosa histórica, más que de los cantares
mismos, nacieron. Esta materia, que en otro libro procuramos ilustrar,
sale de los límites del tratado de la novela, la cual sólo empieza
cuando un elemento puramente fabuloso y de invención personal se
incorpora en la antigua tradición épico-histórica.
Tal género de transformación de la poesía heroica en prosa novelesca
sólo se verificó en uno de nuestros ciclos épicos, el que nuestros
mayores llamaban de _la pérdida de España_. Por los años de 1403[525],
«un liviano y presuncioso hombre llamado Pedro del Corral hizo una que
llamó _Crónica Sarracena_, que más propiamente se puede llamar trufa o
mentira paladina». Son palabras de Fernán Pérez de Guzmán en el prólogo
de sus _Generaciones y Semblanzas_, y es el único que nos revela el
nombre del autor, no consignado en ninguno de los códices ni ediciones
de su obra[526]. Es, en efecto, la llamada _Crónica del Rey Don Rodrigo
con la destruycion de España_, no un libro de historia verídica, sino
un libro de caballerías, de especie nueva, y no de los menos agradables
é ingeniosos, á la vez que la más antigua novela histórica de argumento
nacional que posee nuestra literatura. Pedro del Corral, siguiendo la
costumbre de los autores de libros de este jaez, atribuyó su relato á
los fabulosos historiadores Eleastras, Alanzuri y Carestes, á quienes
hace intervenir en la acción; pero ocultó su verdadera fuente, que era
un libro realmente histórico, si bien muy corrompido é interpolado. La
existencia de este original, que sigue hasta con servilismo, determina
ya una profunda y radical diferencia entre la _Crónica de Don Rodrigo_
y todos los demás libros de caballerías, que son parto caprichoso de
la fantasía de sus autores, sin ningún respeto a la geografía ni á la
historia.
Sabido es que de los tres puntos capitales que abarca la leyenda de
Don Rodrigo, uno sólo, el de su penitencia, es seguramente de origen
cristiano. Los otros dos (casa ó cueva encantada de Toledo, amores de
la Cava) pasaron de las crónicas árabes á las nuestras; lo cual no
quiere decir que careciesen de todo fundamento histórico, pues aquí se
trata sólo de la forma escrita ó literaria, ni nos autoriza para negar
ó afirmar que semejantes tradiciones ú otras análogas fuesen conocidas
en los reinos de Asturias y León, aunque á la verdad ninguno de los
cronicones de la Reconquista antes del siglo XII da indicio de ello.
En cambio todas las crónicas árabes que en número bastante considerable
han sido traducidas ó extractadas hasta ahora, ya sean de origen
oriental, ya español, lo mismo las que se escribían en el Cairo,
en Damasco y en Persia que las que se recopilaban en Córdoba ó en
África, consignan con pormenores más ó menos verosímiles, más ó menos
novelescos, las tradiciones relativas á la conquista de España, que ya
en el siglo IX, época en que las recogieron el cordobés Aben-Habib y el
egipcio Aben-Abdelháquem, estaban mezcladas con elementos fantásticos
y maravillosos, los cuales varían según el grado de credulidad de los
distintos narradores, pero incluyendo siempre los dos temas capitales
ya indicados: casa prodigiosa de Toledo y violación de la hija de
Julián. Hasta en el _Ajbar-Machmuâ_, compilación anónima del siglo XI,
hecha con bastante crítica y muy limpia de circunstancias fabulosas, se
admite la segunda de estas tradiciones, aunque no la primera.
No es el caso de analizar ni discutir estos textos, tarea que
rápidamente intentamos en otra parte[527] y en que se han ocupado más
de propósito y con más caudal de doctrina otros autores, desembrollando
la oscura personalidad del llamado conde D. Julián, y restituyéndole,
al parecer, su verdadera patria y nombre[528]. Fábula ó historia, la
de la violencia hecha á su hija (ó á su mujer, según otros textos)
tiene en su apoyo la constante tradición de los árabes, y ninguna
inverosimilitud encierra, aunque recuerde demasiado otros temas épicos
y pueda estimarse como un lugar común del género. Pero si la historia
se repite, no es maravilla que se repita la epopeya, que es su imagen
idealizada.
Sólo muy tardíamente llegaron estas especies á noticia de los cronistas
cristianos, y acaso por la tradición oral más que por los libros. El
Albeldense y Alfonso III el Magno ni siquiera nombran á Julián, cuanto
menos á su hija. El primero que los cita es el Monje de Silos, que
escribía en tiempo de Alfonso VI y á quien siguió literalmente D. Lucas
de Tuy. Pero la primera narración formal es la del Arzobispo de Toledo
don Rodrigo Ximénez de Rada, que tuvo directo acceso á las fuentes
arábigas y las siguió con una puntualidad que hoy es fácil comprobar.
Su relato de la pérdida de España (lib. III _De Rebus Hispaniæ_, cap.
XVIII y ss.), que conviene bastante con el del _Ajbar Machmuâ_, es el
mismo que traducido al castellano pasó á la _Crónica General_ en todas
sus varias redacciones.
Un resumen tan sobrio y sucinto como el que en esta parte ofrecen el
Toledano y la _General_ no podía engendrar, y no engendró en efecto,
ningún género de poesía. Pero ¿no habría en los siglos XII y XIII otra
manifestación de esta leyenda que los concisos y severos epítomes de
los analistas eclesiásticos y oficiales? ¿Fué posible que de ellos se
pasase sin transición alguna á la monstruosa efluescencia poética que
logran los lances de amor y fortuna de D. Rodrigo en la _Crónica_ de
Pedro del Corral y en los romances derivados de ella? En otra parte he
expuesto las razones que tengo para admitir como muy verosímil, ya que
no como enteramente probada, la existencia, no sólo de uno, sino de
varios cantares de gesta concernientes á D. Rodrigo, cuya antigüedad
y carácter puede rastrearse por varios indicios. Uno de ellos, aunque
acaso no el principal, es la aparición en el siglo XIII de un poema
francés titulado _Anseis de Cartago_, que en su primera parte no es
más que una versión de la historia de D. Rodrigo y la Cava, pero con
variantes muy sustanciales que no se hallan en los libros de historia,
ni parecen tampoco invención del juglar francés, que seguramente
recogió la leyenda en España, no sabemos si de la tradición oral ó de
la escrita.
Pero tiene mucha más importancia la llamada _Crónica del moro Rasis_,
ya como fuente de nueva materia que utilizaron la poesía y la novela,
ya por contener acaso interpolaciones de origen épico. El llamado
vulgarmente _moro Rasis_ no es otro que Ahmed-Ar-Rasi, que, si no es,
ni con mucho, el más antiguo de los historiadores árabes españoles,
como á veces se ha afirmado por confundirle con otros miembros de
su familia, oriunda de Persia, fué, por lo menos, el historiador
más notable del siglo X, denominado por los suyos el _Atariji_, lo
cual dicen que vale tanto como el cronista por excelencia. Del texto
original de su obra sólo se hallan referencias en otros historiadores
más modernos, y la traducción castellana del siglo XIV, fundada en otra
portuguesa hecha por el maestro Mahomad y el clérigo Gil Pérez, cuya
autenticidad en todo lo substancial ha sido puesta fuera de litigio
por Gayangos[529] y Saavedra, no sólo ha llegado á nosotros en códices
estragadísimos, después de pasar por dos intérpretes diversos, sino
que es sospechosa de adulteración ó intercalación en algunas partes
secundarias. Pero esto mismo acrecienta su interés. No hay texto
de la historiografía arábiga que tanto importe como éste para el
estudio de la leyenda de D. Rodrigo, ni que se enlace de un modo tan
inmediato con las versiones castellanas, sobre todo con la _Crónica_
de Pedro del Corral, que no es más que una amplificación monstruosa
y dilatadísima del libro de Rasis, el cual tampoco pecaba de conciso
en la narración de los casos de D. Rodrigo. Tan fabuloso pareció este
cuento á algunos copistas de la _Crónica del moro Rasis_, que por mal
entendido escrúpulo de conciencia histórica dejaron de transcribirle,
resultando en los códices más célebres, como el de Santa Catalina de
Toledo y el que perteneció á Ambrosio de Morales, una considerable
laguna, precisamente en el sitio que debía contener la aventura de la
hija de D. Julián. El descubrimiento de esta preciosa narración no es
el menor de los servicios que deben las letras españolas al Sr. D.
Ramón Menéndez Pidal, que la halló intercalada en uno de los códices de
la _Segunda crónica general_, es decir, de la de 1344[530].
No es posible apuntar aquí todos los pormenores de tan prolijo é
interesante relato, pero importa saber que contiene ya todo lo que
puede estimarse como tradicional en la _Crónica de D. Rodrigo_,
limitándose con esto mucho la parte de invención hasta ahora atribuida
á Pedro del Corral, que en muchos trozos copia casi literalmente á su
predecesor. No es, pues, Corral, sino Rasis, el primero que llamó _Casa
de Hércules_ á la de Toledo, y amplificó prolijamente el cuadro con una
galana descripción del encantado palacio y de las maravillas que en él
había puesto su fundador[531]. Rasis es también el primer cronista en
quien se halla el nombre de la Cava, que probablemente no es más que la
alteración de un nombre propio (_Alatsaba_) y no tiene el sentido de
mala mujer ó ramera que impropiamente se le ha dado por una supuesta
etimología árabe[532]. Creemos que también Rasis ó su traductor es el
primero que llamó _conde_ á D. Julián, cuya fisonomía histórica altera
bastante, inventando quizá el vínculo de clientela ó vasallaje feudal
que le enlazaba con D. Rodrigo, aunque no fuese súbdito suyo[533].
Á Rasis pertenecen también, aunque nada más que en germen, las escenas
de la seducción de la Cava, que luego desarrolló novelescamente Pedro
del Corral; el nombre de la confidenta Alquifa; el primitivo texto de
la carta que la desflorada doncella escribió á su padre[534]; el viaje
de éste á Toledo; los preparativos de su venganza y la intervención de
su mujer en ella.
La parte historial de la conquista en Rasis era ya conocida desde
antiguo, aunque generalmente poco apreciada hasta que Saavedra mostró
cuánto partido podía sacarse de ella para ilustrar las postrimerías
del reino visigótico. En la descripción de la batalla presenta nuevos
pormenores, que luego se incorporaron en la tradición poética: una
descripción muy larga y pomposa del carro de D. Rodrigo[535], las
lamentaciones del rey derrotado[536] y ciertas dudas acerca de su
paradero después del vencimiento.
«Et nunca tanto pudieron catar que catasen parte del rey D. Rodrigo...
e diz que fue señor despues de villas y castillos, et otros dicen que
moriera en la mar, et otros dixeron que moriera fuyendo a las montañas
y que lo comieron bestias fieras, y más desto no sabemos, et despues
a cabo de gran tiempo fallaron una sepultura en Viseo en que están
escritas letras que decian ansi: «Aqui yace el rey D. Rodrigo rey de
Godos, que se perdio en la batalla de Saguyue»[537].
Esta noticia del hallazgo del sepulcro consta desde el siglo IX en
el Cronicón de Alfonso el Magno, y no es verosímil que de allí la
tomase Rasis. Tal especie debe de ser añadida por los traductores
cristianos, y sospecho que no fué ésta la principal ni la más grave de
sus intercalaciones. Me rindo ante la opinión de los arabistas, que
en otras partes geográficas é históricas de este libro han visto una
fiel traducción de las obras perdidas del historiador _Ahmed-Arrazi_.
El estilo mismo parece que lo comprueba. La narración de la conquista,
la historia del palacio encantado de Toledo, tienen un sello oriental
innegable, aun en la sintaxis. Además, los nombres propios latinos
y visigodos están transcritos del modo que de un árabe pudiera
esperarse: Wamba se convierte en _Benete_, Ervigio en _Erant_,
Egica en _Abarca_, Witiza en _Acosta_. El autor, según costumbre
de los historiadores de su raza, gusta de apoyarse en testimonios
tradicionales. «E dixo Brafomen, el fijo de Mudir, que fue siempre
en esta guerra»... y aun llega á invocar el dicho de un espía de D.
Julián: «E dixo Afia, el fijo de Josefee, que andaba en la compaña del
rey Rodrigo en talle de cristiano»...
Pero hay una parte considerable del fragmento de Rasis en que no se
encuentran tales referencias, en que los nombres están transcritos
con entera fidelidad, y son de lo menos árabe que puede imaginarse:
_D. Ximon_, _Ricoldo_ ó _Ricardo_, _Enrique_, y en que la sintaxis, á
lo menos para nuestros oídos y corta pericia lingüística, nada tiene
de semítico. Me refiero especialmente al consejo y deliberación que
D. Julián, después de su vuelta á África, celebra con sus parciales.
Todo lo que el conde y su mujer y sus amigos dicen en este consejo
tiene un sabor muy pronunciado de _cantar de gesta_, y aun me parece
notar en algunos puntos rastros de versificación asonantada. Pero como
tengo experiencia de cuán falibles son estas conjeturas, no doy á
esta observación más valor del que pueda tener, fijándome sólo en la
impresión general que deja este trozo. Compárese con todos los textos
árabes que en tan gran número conocemos relativos á la conquista, y
creo que se palpará la diferencia. Téngase en cuenta, por otra parte,
que este episodio falta en la mayor parte de los manuscritos de Rasis,
y faltaba de seguro en el códice que tuvo Pedro del Corral, pues de
otro modo le hubiera reproducido como reprodujo todo lo demás. Aumenta
las sospechas de interpolación el ver de cuán rara manera viene á
cortar é interrumpir este episodio el cuento ya comenzado de la casa de
Toledo. Esta falta de orden y preparación no debió de ocultársele al
mismo compaginador del _Rasis_, puesto que candorosamente exclama al
reanudar el roto hilo de su exposición: «E quantos hy avia todos eran
maravillados qué le podría acontecer al rrei don rrodrigo que ansi se
le escaesció el fecho de la casa que le dixeron los de Toledo».
Hubo otras consejas relativas al postrero de los reyes godos que no
constan en la _Crónica de Rasis_. Así el biógrafo de D. Pedro Niño
(Gutierre Díaz de Gámez), apoyándose en un _autor_ innominado, que pudo
muy bien ser un texto poético, cuenta que don Rodrigo halló dentro
del arca famosa, no las consabidas figuras de alárabes, sino tres
redomas, y que en la una estaba una «cabeza de un moro, y en la otra
una culebra, y en la otra una langosta». También parece anterior á
Pedro del Corral la hermosa leyenda del incendio del encantado palacio,
puesto que la refirió casi simultáneamente con él el arcipreste Alfonso
Martínez en su _Atalaya de Crónicas_[538].
Todo lo demás que contiene el enorme libro de la _Crónica del rey D.
Rodrigo_ es parto de la fantasía del autor, ó más bien de su rica
memoria, puesto que compaginó su novela con todos los lugares comunes
del género caballeresco, llenándola de torneos, justas, desafíos
y combates singulares, jardines suntuosos, pompas y cabalgatas;
convirtiendo á D. Rodrigo en un paladín andante que ampara á la duquesa
de Lorena (como en la crónica de Desclot lo hace el conde de Barcelona
con la emperatriz de Alemania), celebra Cortes en Toledo, se casa con
Eliaca, hija del rey de África, y ve concurrida su Corte por los más
bizarros aventureros de Inglaterra, Francia y Polonia.
Abundan en la novela los nombres menos visigodos que pueden imaginarse:
Sacarus, Acrasus, Arditus, Arcanus, Tibres, Lembrot, Agresses,
Beliarte, Lucena, Medea, Tarsides, Polus, Abistalus, tomados algunos
de ellos de la _Crónica Troyana_, que fué evidente prototipo de este
libro español en la parte novelesca. Las fábulas ya conocidas logran
exuberante desarrollo bajo la pluma de Pedro del Corral, pero en
realidad inventa muy poco. Hasta en el nombre de la mujer de D. Julián
coincide con el canciller Ayala[539], coincidencia que en autores
de tan diversos estudios y carácter como el severo analista de D.
Pedro y el liviano fabulador de la _Destruycion de España_ sólo puede
explicarse por la presencia de un texto común que desconocemos.
Lo que hizo Corral, que era hombre de ingenio y de cierta amenidad de
estilo, fué aderezar el cuento de los amores de la Cava con todo género
de atavíos novelescos: coloquios, razonamientos, mensajes, cartas y
papeles, que fueron después brava mina para los autores de romances y
aun para los historiadores graves. No es posible extractar tan larga
narración, pero no queremos omitir la primera escena del enamoramiento:
«E un dia el rey se fue a los palacios del mirador que avia fecho,
e anduvo por la sala solo sobre las puertas e vio a la Cava, fija
del conde D. Julian, que estava en las puertas bailando con algunas
doncellas; y ellas no sabian parte del rey ca bien se cuidavan que
dormia, e como la Cava era la más fermosa doncella de su casa, e la más
amorosa de todos sus fechos, y el rey le avia buena voluntad, ansi como
la vio echó los ojos en ella, e como otras doncellas jugaban, alzo las
faldas, pensando que no la veya ninguno... E como la puerta era muy
guardosa e cerrada de grandes tapias, e alli do ellas andaban no las
podian ver sino de la camara del rey, no se guardaban, mas facian lo
que en placer les venia ansi como si fuesen en sus camaras. E crecio
porfia entrellas desque una vez gran pieza ovieron jugado, de quien
tenia más gentil cuerpo, e dieronse a desnudar e quedar en pellotes
apretados que tenian de fina escarlata, e paresciansele los pechos y lo
más de las tetillas, e como el rey la miraba, cada vegada le parescia
mejor e decia que no habia en todo el mundo doncella ninguna ni dueña
que ygualar se pudiese a la su fermosura ni su gracia; el enemigo no
asperaba otra cosa sino esto, e vio que el rey era encendido en su
amor; andábale todavia al oreja que una vegada cumpliese su voluntad
con ella»[540].
Viene á continuación una escena de galantería harto extraña, que
pasó íntegra á los romances: «E asi como o vieron comido, el rey se
levantó y assentose a una ventana. Y antes que se levantase de taula,
comenzó de meter a la reyna e a las doncellas en juego. Y como las vio
que jugaban, llamó a la Cava, e dixole _que sacase aradores de las
sus manos_. E la Cava fue luego a la ventana do el rey estaba e hincó
las rodillas en el suelo, y catavale las manos; y él como estaba ya
enamorado y en ardor, como le fallaba las manos blandas y blancas,
y tales que él nunca viera a mujer, encendiose cada hora más en su
amor»[541].
La Cava no opone gran resistencia al rey; pero después de violada y
escarnecida, se aflige y avergüenza mucho, y comienza á perder su
hermosura, con gran pasmo de todos, especialmente de su doncella
Alquifa, á quien finalmente confía su secreto y por consejo de la
cual escribe á su padre. El conde jura vengarse y urde su traición de
concierto con el obispo D. Opas, hermano de su mujer doña Frandina y
señor de Consuegra. La parte que pudiéramos llamar histórica de la
conquista prosigue bastante ceñida al moro Rasis, si bien con grandes
amplificaciones. Lo más original que la _Crónica de D. Rodrigo_
contiene es todo lo que se refiere á la muerte del rey después de
la batalla, de la cual sale «bien tinto de sangre y las armas todas
abolladas de los grandes agolpes que habia recebido»; sus lamentaciones
confusas y pedantescas, que no tienen la vivacidad que luego cobraron
en el romance[542]; su romántico encuentro con un ermitaño y la áspera
penitencia que hizo de sus pecados, conforme á la regla que aquel santo
varón le dejó escrita al morir tres días después de recibirle en su
ermita, y cómo resistió á las repetidas tentaciones del diablo, que en
varias figuras se le aparecía, tomando en una de estas apariciones el
semblante de la Cava y en otra el del conde don Julián[543] rodeado de
gran compañía de muertos en batalla (¿la _hueste_ de las supersticiones
asturianas?), y cómo finalmente rescata todas sus culpas con el
horrible martirio de ser enterrado vivo en un lucillo ó sepultura en
compañía de una culebra de dos cabezas, que le va comiendo por el
corazón _e por la natura_. Cuando al tercer día sucumbe, las campanas
del lugar inmediato suenan por sí mismas anunciando la salvación de su
alma.
Divídese la llamada _Crónica de D. Rodrigo_ en dos partes: la primera
consta de doscientos sesenta y dos capítulos; la segunda, de doscientos
sesenta y seis; interminable difusión que es el mayor pecado del libro.
En rigor, sólo la primera parte y los últimos capítulos de la segunda
tienen relación con aquel monarca. El protagonista de la segunda es el
infante D. Pelayo. En esta _Crónica_ es donde se encuentra por primera
vez, y muy prolijamente narrada, la fabulosa historia de su infancia,
los amores de su padre, el duque Favila, con la princesa doña Luz; el
secreto nacimiento del futuro restaurador de España, expuesto á la
corriente del Tajo, como nuevo Moisés, nuevo Rómulo ó nuevo Amadís; el
juicio de Dios, en que el encubierto esposo de doña Luz defiende su
inocencia, y todo lo demás de esta sabrosa, aunque nada popular y nada
original leyenda, á la cual dió nuevo realce en las postrimerías del
siglo XVII la pintoresca pluma del Dr. Lozano, en su libro vulgarísimo
de los _Reyes Nuevos de Toledo_, del cual tomaron este argumento,
Zorrilla para la leyenda de _La Princesa doña Luz_, que es de las
mejores suyas, y Hartzenbusch para aquella transformación castellana
del asunto trágico de Mérope, que llamó _La Madre de Pelayo_, drama
menos conocido y celebrado de lo que merece.
Tiene el libro de Pedro del Corral larga é ilustre descendencia en la
historia literaria; pero no es menor la que obtuvo, sin merecerla, un
retoño suyo, harto degenerado. De la primitiva _Crónica_ proceden todos
los romances calificados de _viejos_ entre los de D. Rodrigo; vejez muy
relativa, puesto que ninguno de ellos parece anterior al siglo XVI.
No puede llamarse vulgar el libro que inspiró algunos de estos bellos
fragmentos. Todavía hoy el tema épico de la penitencia de D. Rodrigo
continúa vivo en la tradición popular, como lo prueban los romances
que se han recogido en Asturias. Aquella _trufa ó mentira paladina_,
no sólo penetró en la imaginación del vulgo, sino que arrastró á
egregios historiadores, en quienes pudo más el amor á lo maravilloso
que la severidad crítica. El P. Mariana, que escribía la historia como
artista y cuidaba más del gran estilo que de la puntualidad histórica,
manifestó ciertas dudas sobre el palacio encantado de Toledo («algunos
tienen todo esto por fábula, por invención y patraña; nos ni la
aprobamos por verdadera ni la desechamos como falsa»); pero no tuvo
reparo en valerse, para su elegantísima narración de los amores de la
Cava, del libro apócrifo de Pedro del Corral, dándonos, como él, aunque
en locución muy diversa, el texto de la carta en que la triste heroína
notició á su padre la deshonra[544].
Pero antes de expirar la misma centuria décimasexta, la _Crónica de D.
Rodrigo_, que comenzaba á parecer arcaica en el lenguaje y participaba
tanto del género ya desprestigiado de los libros de caballerías,
fué indignamente suplantada por un inepto falsificador que trató de
sustituir aquella leyenda con otra de más pretensiones históricas y más
acomodada al gusto de la época. Esta nueva ficción tuvo un carácter de
mala fe y de impudencia que no había tenido la primera. Un morisco de
Granada, llamado Miguel de Luna, intérprete oficial de lengua arábiga
(lo cual agrava su culpa, á la vez que da indicio de la postración en
que habían caído los estudios orientales en España), hombre avezado á
este género de fraudes, y de quien se sospecha por vehementes indicios
que tuvo parte en la invención de los libros plúmbeos del Sacro
Monte[545], fingió haber descubierto en la biblioteca del Escorial una
que llamó _Historia verdadera del rey D. Rodrigo y de la pérdida de
España_... «compuesta por el sabio alcayde Abulcacim Tarif Abentarique,
natural de la ciudad de Almedina en la Arabia Petrea»[546], y publicó
esta supuesta traducción, haciendo alarde de sacar al margen algunos
vocablos arábigos para mayor testimonio de su fidelidad. Este
libro, disparatado é insulso, que como novela está á cien leguas de
la _Crónica Sarracina_, cuanto más de las deliciosas _Guerras de
Granada_, que quizá el autor se propuso remedar, logró, sin embargo,
una celebridad escandalosa, teniéndole muchos por verdadera historia
y utilizándole otros como fuente poética. De Luna procede el nombre
de _Florinda_, no oído hasta entonces en España, y nada gótico ni
musulmán tampoco, sino aprendido en algún poema italiano. De Luna, la
carta alegórica y poco limpia en que Florinda da á entender á su padre
la desgracia que la había acontecido con el Rey; carta que versificó
Lope de Vega en su comedia _El Último Godo_, basada enteramente en
este libro apócrifo. Luna estropea todas las invenciones de Pedro
del Corral: convierte, por ejemplo, al ermitaño en un simple pastor
ó villano, cuyo encuentro con D. Rodrigo conduce sólo á un cambio de
trajes. En lo único que lleva ventaja poética á su modelo es en el
género de muerte que da á la Cava: Pedro del Corral la hacía morir
prosaicamente de la gangrena producida por una espina de pescado que
se la clavó en la mano derecha, estando en Ceuta. Miguel de Luna,
aprovechando cierta tradición malagueña, indicada ya por Ambrosio de
Morales, hace que Florinda ponga fin á sus días arrojándose de una
torre de aquella ciudad.
Ambas novelas, la de Corral y la de Luna, han servido de guía á
insignes autores modernos. Walter Scott, para su poemita _The Vision of
Don Roderik_ (1811), consultó al supuesto Abentarique. Á éste también,
y á Pedro del Corral, á quien equivocadamente llama Rasis, sigue
Washington Irving en sus _Legends of the conquest of Spain_ (1826);
pero á todos superó Roberto Southey, autor de _Roderick the last of the
Goths_, poema en verso suelto y en veinticinco cantos, publicado en
1815. Era Southey persona doctísima en nuestra literatura é historia,
como lo acreditan varias obras suyas, entre ellas sus _Cartas sobre
España_ (1797), sus refundiciones del _Amadís de Gaula_ y del _Palmerín
de Inglaterra_, su _Crónica del Cid_ (1808) y su _Historia de la
guerra de la Península_ (1823). Se preparó, pues, concienzudamente
para su tarea del modo que lo indican las notas de su poema, donde
están apuntadas casi todas las fuentes, aun las menos vulgares,
así históricas como fabulosas. Poseedor de una colección de libros
españoles que debía de ser muy rica, á juzgar por las muestras, procuró
aprovecharlos para dar color á su obra y llenarla de mil curiosidades
históricas y geográficas. Pero el principal fundamento de su poema fué,
sin duda, la _Crónica del Rey D. Rodrigo_, que mejoró y embelleció
en gran manera con invenciones poéticas dignas de la mayor alabanza.
En vez de la desatinada y grosera penitencia que Pedro del Corral y
los romances atribuyen á don Rodrigo, el héroe de Southey, después de
cerrar los ojos al monje Romano que le había acogido en su ermita, y
vivir en soledad un año entero, macerando su cuerpo y purificando su
espíritu, toma sobre sí la grande y desinteresada empresa de contribuir
á la restauración de la monarquía visigótica en provecho ajeno; busca
y encuentra en Pelayo al héroe providencial que había de dar cima
á la empresa, hace á su lado prodigios de valor en la batalla de
Covadonga y desaparece después del triunfo, reconociéndole tardíamente
los cristianos por sus armas y caballo. En esta obra de cristiana
y generosa poesía, la regeneración moral no alcanza solamente á D.
Rodrigo, sino al mismo conde D. Julián y á su hija, que mueren en una
iglesia de Cangas, perdonando á D. Rodrigo y recibiendo su perdón[547].
El poema de Southey es seguramente el mejor de los que se han dedicado
á este argumento de nuestra historia[548].
El camino abierto de tan notable manera á los ingenios españoles por
Pedro del Corral no tuvo por de pronto quien le siguiese. La _Crónica
de D. Rodrigo_ es la única novela histórica de la Península en el
siglo XV. Hubo, no obstante, algunos libros de caballerías, traducidos
del francés, donde predomina en gran manera el elemento histórico
sobre el novelesco[549]. Tal sucede con la _Hystoria de la doncella
de Francia y de sus grandes hechos: sacados de la chronica Real por
un cavallero discreto embiado por embaxador de Castilla en Francia
por los reyes Fernando e Isabel a quien la presente se dirige_[550],
que es una crónica anovelada de Juana de Arco; y tal con la _Cronica
llamada el triunpho de los nueve preciados de la fama, en la qual se
contienen las vidas de cada uno, y los excelentes hechos en armas y
proezas que cada uno hizo en su vida grandes, con la vida del muy
famoso cavallero Beltrán de Guesclin, condestable que fue de Francia y
duque de Molina; nuevamente trasladada de lenguaje frances en nuestro
vulgar castellano, por el honorable varon Antonio Rodriguez Portugal,
principal rey de armas del rey nuestro señor_. El traductor, que era
portugués, publicó su obra en Lisboa, 1530, siendo retocado el estilo
en posteriores ediciones por el humanista maestro de Cervantes Juan
López de Hoyos «ajustando los vocablos de ella al uso presente y
policia cortesana», porque tenía «la lengua barbarica y sin stylo y en
algunas impropiedades muy licenciosa». Los nueve de la Fama son Josué,
David, Judas Macabeo, Alejandro, Héctor, Julio César, el rey Artús,
Cario Magno y Godofredo de Bullón, á cuyas biografías se añade la de
Duguesclin por complemento; extraño consorcio de historia sagrada y
profana, mitología y caballería andantesca. Es traducción de una obra
francesa anónima dedicada al rey Carlos VIII é impresa en 1487[551].
Pocas, pero muy notables, manifestaciones tiene la novela histórica en
el gran cuadro literario del siglo XVI. Apenas me atrevo á contar entre
ellas el _Marco Aurelio_ de Fr. Antonio de Guevara, porque aun siendo
fabulosa la mayor parte de su contenido, carece de verdadera acción
novelesca. Predomina en este famoso libro la intención didáctica, y
la forma no es narrativa, sino completamente oratoria, tanto en los
razonamientos como en las cartas. En ser un doctrinal de príncipes con
estilo retórico y ameno se parece á la _Cyropedia_ de Xenofonte, que
seguramente había leído Guevara en la traducción latina de Francisco
Philelpho, impresa ya en 1474[552].
Aunque la singular fisonomía de Xenofonte, á un tiempo filósofo
socrático y jefe de bandas mercenarias, no se haya reproducido
totalmente en ningún escritor de los que han florecido fuera de las
extrañas condiciones históricas en que tal tipo fué posible, todavía es
de los autores clásicos que parcialmente han influido más en la cultura
de los pueblos modernos. Á ello han contribuido la forma popular y
accesible de sus obras, lo interesante, simpático y á veces familiar
de sus asuntos, la candorosa nobleza de su estilo, aquella templada y
suave armonía de cualidades que hacen de él uno de los dechados más
perfectos de la urbanidad ática en su mejor tiempo, por lo mismo que en
ciertas condiciones superiores, todavía más humanas que griegas, cede
á Platón y á tantos otros. La mediana elevación de su pensamiento, el
buen sentido constante, la honradez benévola pero no exenta de cálculo,
unidas á cierto grado de elevación moral y de sinceridad religiosa,
hacen sobremanera deleitables sus enseñanzas, vertidas en una forma que
es un prodigio de naturalidad elegante y graciosa.
No tiene la _Cyropedia_ la deliciosa sencillez de la _Anabasis_
(dechado de narraciones militares), cuyo estilo fluye con la limpieza
de un arroyo transparente. Es obra mucho más retórica, y pertenece á un
género híbrido de historia y de novela. Los antiguos la consideraron
siempre como historia ficticia[553], y sólo en tiempos sin crítica
se la pudo estimar como documento fehaciente. Entre las novelas es
la más antigua de las pedagógico-políticas, y aunque escrita por un
ciudadano ateniense, rebosa de espíritu monárquico. Enfrente del ideal
de perfecta república comunista soñado por Platón y de sus poéticos
ensueños sobre las tierras atlánticas, el espíritu aristocrático
de Xenofonte se complace en trazar el ideal del príncipe perfecto,
mezclando reminiscencias de Persia y de Lacedemonia. Algunos admirables
trozos, como la dulcísima historia de Abradato y Panthea, ó el
testamento de Cyro, apenas bastan para compensar la fatiga con que se
leen los innumerables razonamientos é instrucciones políticas y morales
que llenan lo restante del libro. Tal como es, en él comienza un género
muy cultivado en las literaturas modernas, y cuyo más antiguo ejemplar
pertenece á la nuestra del Renacimiento.
El _Libro llamado Relox de Principes_, más generalmente conocido por
_Libro Aureo del emperador Marco Aurelio_, aunque no fué impreso con
anuencia de su autor hasta 1529[554], era muy conocido antes en copias
manuscritas, y había tenido varias ediciones fraudulentas, siendo
además usurpados por impudentes plagiarios algunos de sus mejores
fragmentos, de todo lo cual se queja amargamente en su prólogo el
ingeniosísimo cronista y predicador de Carlos V, que era entonces
obispo electo de Guadix y luego lo fué de Mondoñedo[555]. La aparición
de éste su primer libro fué uno de los grandes acontecimientos
literarios de aquella corte y de aquel siglo, tanto en España como en
toda Europa. Fué tan leído como el _Amadís de Gaula_ y la _Celestina_,
y es cuanto puede encarecerse. Se multiplicaron sus ediciones en latín,
en italiano, en francés, en inglés, en alemán, en holandés, en danés,
en húngaro, en casi todas las lenguas vulgares de Europa, y todavía en
el siglo XVIII hubo quien le tradujese al armenio. Tuvo panegiristas
excelsos y encarnizados detractores. Fué la biblia y el oráculo de los
cortesanos, y el escándalo de los eruditos. Hoy yace en el olvido más
profundo. En realidad, ni una cosa ni otra merecía. El _Marco Aurelio_
no es la mejor obra de Guevara: vale mucho menos que sus epístolas tan
graciosas y tan embusteras, según frase del P. Isla; vale menos que sus
tratados cortos de moral mundana, como el _Menosprecio de la corte_ y
el _Aviso de privados_. Pero Guevara es un escritor de primer orden,
uno de los grandes prosistas anteriores á Cervantes, y no hay rasgo
de su pluma que no merezca atención, cuanto más este libro que era el
predilecto suyo, el que trabajó con más esmero y el que más ruido hizo
entre sus contemporáneos.
¿Influyó algo en esto el que se le tuviese por historia verdadera del
emperador Marco Aurelio y por epístolas auténticas de aquel emperador
las que contiene? Creemos que no. La ficción era demasiado transparente
para que nadie de mediano juicio cayese en engaño. Ya antes de
imprimirse el _Relox de príncipes_, negaban muchos la autenticidad de
tales cartas; y la parte del prefacio en que Guevara les contesta,
alegando el testimonio del códice que le habían traído de Florencia,
está escrita en tono de burlas, y sirve para confirmar lo mismo que
niega: «Muchos se espantan en oir dotrina de Marco Aurelio, diziendo
que cómo ha estado oculta hasta este tiempo, y que yo de mi cabeza la
he inventado... Los que dizen que yo solo compuse esta dotrina, por
cierto yo les agradezco lo que dizen, aunque no la intención con que
lo dizen, porque a ser verdad que tantas y tan graves sentencias haya
yo puesto de mi cabeza, una famosa estatua me pusieran los antiguos en
Roma. Vemos en nuestros tiempos lo que nunca vimos, oimos lo que nunca
oimos, experimentamos un nuevo mundo, y por otra parte maravillámonos
que de nuevo se halle ahora un libro». Y como si no bastase el hallazgo
del códice Florentino, nos anuncia á continuación otro no menos
prodigioso que le habían enviado de Colonia: el de los diez libros _de
Bello Cantabrico_, escritos nada menos que por el emperador Augusto; y
añade con sorna: «Si por caso tomasse trabajo de traducir aquel libro,
como _son pocos los que le han visto_, también dirian dél lo que dizen
de Marco Aurelio».
Todos los libros profanos de Fr. Antonio de Guevara, sin excepción
alguna, están llenos de citas falsas, de autores imaginarios, de
personajes fabulosos, de leyes apócrifas, de anécdotas de pura
invención, y de embrollos cronológicos y geográficos que pasman y
confunden. Aun la poca verdad que contienen está entretejida de tal
modo con la mentira que cuesta trabajo discernirla. Tenía, sin duda, el
ingeniosísimo fraile una vasta y confusa lectura de todos los autores
latinos y de los griegos que hasta entonces se habían traducido, y todo
ello lo baraja con las invenciones de su propia fantasía, que era tan
viva, ardiente y amena. Lo que no sabe, lo inventa; lo que encuentra
incompleto, lo suple, y es capaz de relatarnos las conversaciones de
las tres famosas cortesanas griegas Lamia, Laida y Flora, como si las
hubiese conocido.
Todo esto en un historiador formal sería intolerable, pero ¿por
ventura lo era fray Antonio de Guevara? No creemos que nadie le
tuviese por tal, á pesar de su título de cronista del César. Él no se
recataba de profesar el más absoluto pirronismo histórico, y cuando
uno de los mejores humanistas de su tiempo, el Bachiller Pedro de
Rhua, profesor de letras humanas en la ciudad de Soria, emprendió,
quizá con más gravedad y magisterio de lo que el caso requería, pero
con selecta erudición, con crítica acendrada y á veces con fina y
penetrante ironía, poner de manifiesto algunos de los infinitos yerros
y falsedades históricas que las obras de Guevara contienen, el buen
Obispo le contestó con el mayor desenfado que no hacía hincapié en
historias gentiles y profanas, salvo para tomar en ellas un rato de
pasatiempo, y que fuera de las divinas letras no afirmaba ni negaba
cosa alguna. La réplica del Bachiller Rhua es una elocuente y admirable
lección de crítica histórica, pero Guevara no estaba en disposición
de recibirla. Le faltaba el respeto á la santa verdad de las cosas
pasadas y á los oráculos de la venerable antigüedad. Pero tampoco
era un falsario de profesión como los Higueras y Lupianes del siglo
XVII, sino un moralista agridulce que buscaba en la historia real ó
inventada adorno ó pretexto para sus disertaciones, donde lo de menos
era la erudición y lo principal la experiencia del mundo; un satírico,
entre mordaz y benévolo, de las flaquezas cortesanas; y sobre todo un
original artífice de estilo, creador de una forma brillante y lozana,
culta y espléndida, cuyo agrado no podemos menos de sentir aun teniendo
que declararla muchas veces viciosa y amanerada.
Claro es que la profesión religiosa y la dignidad episcopal del agudo
autor montañés[556] no se compadecían muy bien con tan desenvuelta
y extravagante manera de atropellar la certidumbre histórica, y sin
duda por eso le censuraron con tanta acrimonia varones doctísimos
como Antonio Agustín y Melchor Cano. Pedro Bayle, que en su famoso
_Diccionario histórico_ le dedica dos páginas llenas de vituperios,
se arrebata hasta llamarle «envenenador público, y seductor que en el
tribunal de la república de las letras merecería el castigo de los
profanos y de los sacrílegos»; pero se me antoja que el maligno y
eruditísimo crítico de Amsterdam no llegó á comprender, á pesar de toda
su perspicacia, el verdadero carácter é intención de los escritos de
Guevara, cuya seudohistoria es una broma literaria.
Del verdadero Marco Aurelio, del admirable filósofo estoico, cuyo
examen de conciencia, el más sublime que pudo hacer un gentil, leemos
con pasmo y reverencia en los _Soliloquios_, apenas hay rastro alguno
en el libro de Guevara, en lo cual no se le puede culpar mucho, puesto
que los doce libros [Greek: eis ekyton] no fueron impresos hasta
1559 ni en griego ni en latín, siendo su primer intérprete Guillermo
Xylandro[557]. Tenía Guevara una muy vaga idea de que existían escritos
de Marco Aurelio, y de aquí tomó pie para su invención: «Todo lo más
que él escribió fué en Griego, y tambien algunas cosas en Latin; saqué,
pues, del Griego con favor de mis amigos, de Latin en romance con mis
sudores propios». Para la vida del Emperador se valió de Herodiano y de
los escritores de la Historia Augusta, Lampridio y Julio Capitolino, á
los cuales añadió muchas circunstancias de propia minerva, invocando
para ello el testimonio de tres biógrafos imaginarios, Junio Rústico,
Cina Catulo y Sexto Cheronense, de quienes dice: «Estos tres fueron los
que principalmente como testigos de vista escrivieron todo lo más de su
vida y doctrina».
En Realidad, el _Marco Aurelio_ y el _Relox de Príncipes_ son dos
libros distintos y que pudieron correr independientes. El primero
está _incorporado_ en el segundo, según frase de su mismo autor, pero
se infiere de sus declaraciones que fué compuesto antes. El _Marco
Aurelio_, único que se da como traducción, es libro de falsa historia;
el _Relox de Príncipes_ es obra didáctica y de plan mucho más vasto.
«No fue mi principal intento de traduzir a Marco Aurelio, sino hazer un
Relox de Principes, por el qual se guiasse todo el pueblo Christiano.
Como la dotrina avia de ser para muchos, quiseme aprovechar de lo que
escrivieron y dixeron muchos sabios, y desta manera procede la obra
en que pongo uno o dos capitulos mios, y luego pongo alguna epistola
de Marco Aurelio, ó otra dotrina de algún antiguo... Este Relox de
Principes se divide en tres libros. En el primero se trata que el
Principe sea buen Cristiano, En el segundo, cómo el Principe se ha
de aver con su mujer y hijos. En el tercero, cómo ha de gobernar su
persona y republica».
Expuesto ya, por boca del autor, el plan del libro, en cuya doctrina
moral y política no nos detendremos, por ser materia ajena de este
lugar, sólo nos cumple advertir que las supuestas cartas de Marco
Aurelio son más bien largos discursos en forma epistolar, donde se
desarrollan, con elocuencia á veces, otras con verbosidad empalagosa,
todos los lugares comunes que vienen atestando desde tiempo inmemorial
los libros destinados para la educación de los príncipes, sin que
los príncipes aprendan gran cosa en ellos. Es el defecto del género,
y no se libraron de él ni Xenofonte en su tiempo ni el autor del
_Telémaco_ en el suyo. Hay en Guevara elegantes amplificaciones sobre
la paz y la guerra, sobre la fortuna y la gloria, sobre la ambición y
la justicia; invectivas muy valientes contra la tiranía y todo género
de iniquidades; sanos consejos pedagógicos; advertencias, máximas y
documentos de buen gobierno, que no por ser vulgares, dejan de ser
eternamente verdaderos, y que cobran nuevo realce por la alusión no
muy velada á las cosas del momento. Hay trozos escritos con gran
propiedad, nervio y eficacia, muestras de la más culta y más limada
prosa del tiempo de Carlos V; por ejemplo, la invectiva contra la
corrupción romana, que se lee en la carta de Marco Aurelio á su amigo
Cornelio sobre los trabajos de la guerra y la vanidad del triunfo.
Aunque el estilo de Fr. Antonio de Guevara sea por lo común más
deleitoso que enérgico, y abuse en extremo de todos los artificios
retóricos, que le enervan, recargan y debilitan, alguna vez se levanta
con ímpetu desusado y descubre una genialidad oratoria poderosa, pero
intemperante. Puede decirse que ninguna condición de buen escritor
le faltó, salvo la moderación, el tino para saber escoger, el buen
gusto para saber borrar. Es un autor terriblemente _tautológico_, y
Cicerón mismo puede pasar por un portento de sobriedad á su lado. Anega
las ideas en un mar de palabras, y siempre hay algo que se desearía
cercenar, aun en sus mejores páginas. Pero ¡qué variedad de tonos
y recursos de estilo, desde las cartas graves y doctrinales de los
primeros libros, hasta aquel singular epistolario galante que puso por
apéndice, en que nos da las cartas de Marco Aurelio á sus amigas y
enamoradas de Roma! ¡Qué correspondencia para atribuida al cándido y
ejemplar marido de Faustina![558].
Incansable cultivador de la literatura apócrifa, va entretejiendo
Guevara en los interminables capítulos del _Relox de Principes_
otra porción de piezas tan legítimas como las de Marco Aurelio: un
razonamiento que el filósofo Bruxilo (?) hizo sobre la idolatría, al
tiempo de morir (tomado, nos dice con mucha seriedad, de «Pharamasco,
lib. XX _De libertate Deorum_»; autor nunca visto por nadie);
sentenciosas cartas de Cornelia, la madre de los Gracos; supuestas
leyes de los Perinenses, de los Rodios, de los Garamantas, y lo que
es más grave, un concilio apócrifo de Hipona; cuanto la fantasía más
novelera y desenfrenada puede zurcir y barajar. Pero si se examina
despacio cada capítulo, se ve que no todo está inventado ni con mucho.
La trágica historia de Camma y Sinoris, por ejemplo, está tomada de
Plutarco (_de mulierum virtutibus_), cuyos apotegmas y tratados morales
parecen haber sido la principal fuente de la doctrina de Guevara. Para
las anécdotas de los filósofos se valió de Diógenes Laercio, y quizá
todavía más de la vieja compilación de Gualtero Burley _De vita et
moribus philosophorum_, traducida antiguamente al castellano con el
título de _Crónica de las fazañas de los filósofos_. Conocía también
las cartas apócrifas de Pitágoras, de Anacarsis, del tirano Falaris
y otras tales, que pasaron por auténticas hasta los días de Ricardo
Bentley, y realmente el libro de Guevara recuerda algo las biografías
fabulosas que componían los sofistas griegos de la decadencia, por
ejemplo, la que Filostrato hizo de Apolonio de Tiana.
El parentesco del _Marco Aurelio_ con la _Cyropedia_ está en la
concepción general más que en los pormenores. No se percibe imitación
directa fuera de los capítulos L á LVII del libro III, donde se
contienen las pláticas que Marco Aurelio poco antes de morir hizo á
su secretario Panucio y á su hijo Commodo, y los consejos que dió á
este último para la gobernación de su reino. La obra de Guevara, como
la de Xenofonte, vale principalmente por los episodios: allí el de
Pantea y Abradato; aquí el famoso de _El villano del Danubio_ (cap.
III, IV y X del libro III), que dió asunto á una comedia de nuestro
antiguo teatro[559] y á una de las más bellas fábulas de Lafontaine. No
hay razón alguna para negar á nuestro Fr. Antonio la total invención
de este episodio, que Carlos Nodier, con alguna hipérbole, declara
«perfectamente antiguo y del estilo más admirable[560]». El estilo es
el del obispo de Mondoñedo, con sus buenas cualidades y sus defectos,
tan pomposo y exuberante como siempre, pero con mucho calor y valentía
en algunos trozos, con cierta especie de elocuencia tribunicia,
revolucionaria y tempestuosa. El discurso que se supone pronunciado
por el rústico de Germania ante el Senado romano es una ardiente
declamación contra la esclavitud y una reivindicación enérgica de los
derechos naturales de la humanidad hollados por el despotismo de la
conquista. El sentido político y social de este trozo prueba la franca
libertad con que se escribía en tiempos de Carlos V. La indignación del
autor contra la tiranía y los malos jueces parece sincera, á pesar del
énfasis retórico y nada rústico con que el villano expresa sus audaces
pensamientos.
Tiene el obispo Guevara dos estilos, ambos muy distantes de la
elegancia ática y de la perfecta transparencia del estilo de
Xenofonte. Uno el que podemos llamar triunfal y de aparato, y es
el que suele reservar para los discursos. Otro es la prosa de las
cartas (sin excluir algunas de las que atribuyó á Marco Aurelio),
aguda y sabrosísima, pero cargada de picantes especias, de antítesis,
paronomasias, retruécanos y palabras rimadas, que indican un gustó
poco seguro y algo pueril, un clasicismo á medias[561]. Con todo
eso, hay mucho que aprender en sus obras, si se leen con cautela y
discernimiento, y el mismo Cervantes, que parece burlarse de él en el
prólogo del _Quijote_, las tenía muy estudiadas, y no se desdeñaba
de imitarlas en sus digresiones morales, como lo indica, entre otros
ejemplos, el razonamiento sobre la edad de oro, que está enteramente en
la manera retórica de fray Antonio, y recuerda otro análogo del libro
I, capítulo XXXI, del _Marco Aurelio_. Curioso motivo de comparación
con el _Emilio_ de Rousseau ofrecen también los capítulos XVIII y XIX
del libro II, «que las princesas y grandes señoras, pues Dios les dio
hijos, no deben desdeñarse criarlos á sus pechos». El mismo Rousseau,
declamando sobre las excelencias de la vida salvaje y contra la
desigualdad de las condiciones humanas, era una especie de _villano del
Danubio_ redivivo y acomodado al gusto del siglo XVIII.
Según el hijo de Casaubon afirmaba, ningún libro fuera de la Biblia
tuvo en su tiempo tanta difusión como el _Marco Aurelio_[562]. El
marqués de Pescara galardonó al autor con una pluma de oro. Ya sabemos
que fué hurtado de la misma cámara del emperador y corrió de mano en
mano, con universal admiración, mucho antes de imprimirse. «En lo que
decis de Marco Aurelio (escribía el chistoso fraile al condestable D.
Íñigo de Velasco), lo que pasa es que yo le traduje y le di al César,
aun no acabado, y al emperador le hurtó Laxao, y a Laxao la reina, y
a la reina Tumbas, y a Tumbas doña Aldonza, y a doña Aldonza vuestra
señoria, por manera que mis sudores pararon en vuestros hurtos» (Ep.
38). Las mismas burlas del truhán Don Francesillo de Zúñiga, que á
fray Antonio «predicador parlerista» y «gran decidor de todo lo que le
parecía», «llamado por otro nombre Marco Aurelio», y le hace preguntar
con sorna «si han de creer todo lo que yo digo», prueban lo asentado de
su crédito entre los cortesanos, á la vez que el poco caso que se hacía
de su veracidad histórica.
En Francia, donde el _Marco Aurelio_ de la primitiva forma fué
reimpreso el mismo año en que apareció en Valladolid el _Relox de
Príncipes_[563], no fué menos estrepitoso el éxito de Guevara, que
tuvo, entre otros traductores, uno muy hábil en Herberay des Essars,
el mismo que trasladó al francés el _Amadís de Gaula_ y otros libros
de caballearías. Montaigne, que admiraba poco las _Epístolas doradas_,
dice que el _Marco Aurelio_ español era una de las lecturas favoritas
de su padre (_Essais_, lib. II, cap. II). Brantôme, en las _Damas
galantes_, repite los cuentos de Lamia y Flora, con gran indignación de
Bayle, que escribe largas notas para refutar á Guevara y sus copistas,
ó más bien para despacharse á su gusto en materia tan de su agrado.
En las _Historias prodigiosas_ de Bouistan, Tesserant y Belleforest
(1560), ocupa muchas páginas la historia del villano del Danubio, que
antes de ser inmortalizada por Lafontaine ejercitó el ingenio de cuatro
poetas distintos[564]. Todavía las cartas y los tratados del primer
Balzac, que pasa por reformador de la prosa francesa en los primeros
años del siglo XVII y por el primero que puso número en ella, me
parecen un producto de la escuela retórica de Guevara, salvo el mejor
parecer de los críticos franceses.
Pero todavía fué más honda y persistente la influencia de nuestro autor
en la literatura inglesa del tiempo de la reina Isabel, como recientes
investigaciones han venido á demostrar. La imitación de las obras de
Guevara, traducidas por cinco ó seis intérpretes diferentes, fué uno
de los principales factores que determinaron la aparición del nuevo
estilo llamado _euphuismo_. El doctor Landmann sostuvo en un excelente
trabajo sobre _Shakespeare y el euphuismo_, publicado por la Sociedad
Shakespiriana en 1884, que todos los elementos del estilo de Lily
(uso inmoderado y monstruoso de la antítesis, paralelismo entre los
miembros de la frase, balanceo rítmico del período y de la cláusula),
proceden de Guevara, aunque algunos están modificados conforme al genio
de las lenguas del Norte; Guevara, por ejemplo, abusa de las palabras
consonantes al fin de los períodos, y sus imitadores ingleses emplean
con el mismo fin la aliteración. Añade Landmann que muchas de las ideas
y aun largos pasajes de la célebre novela _Euphues, the anatomy of
wit_, que dió nombre al género, están tomados de las obras del obispo
de Mondoñedo, á quien también sigue Lily en el empleo de una historia
antigua imaginaria[565]. «El _Marco Aurelio_ sobre todo (dice J.
Jusserand), traducido por Lord Berners en 1532 y por Sir Thomas North
en 1537, gozó de extrema popularidad. Las disertaciones morales de que
el libro estaba lleno encantaron á los espíritus serios; el lenguaje
insólito del autor español encantó á los espíritus frívolos. Antes de
Lily, ya varios autores ingleses habían imitado á Guevara; cuando Lily
apareció, _embelleciendo_ todavía más aquel estilo, el entusiasmo fué
tan grande, que se olvidó el modelo extranjero, y aquel estilo exótico
fué rebautizado en signo de adopción y de naturalización inglesa»[566].
Gran parte de las dos novelas de Lily están compuestas de epístolas
morales imitadas de las de Guevara.
Á algunos críticos ha parecido demasiado radical la tesis del doctor
Landmann. El joven erudito norteamericano Garrett Underhill, á quien
debemos un libro muy interesante sobre la influencia española en la
literatura inglesa del siglo XVI, se inclina á no admitir conexión
directa entre Lily y Guevara, si bien reconoce semejanzas ocasionales
entre el _Euphues_ y el _Libro Aureo_, además de las que son debidas á
la imitación que Lily hizo del estilo de Pettie, que era un guevarista.
Los hubo muy anteriores á él, como Sir Thomas Elyot, embajador en
la corte de Carlos V, autor de una _Image of gouernance compiled of
the acts and sentences of the most noble emperour Alexander Seuerus_
(1540), que es una imitación manifiesta del _Libro Aureo_ y se finge
como él traducida del griego. El crítico á quien nos referimos dedica
un capítulo entero á lo que llama _el grupo de Guevara_ en la corte de
Enrique VIII[567]. Con este grupo comenzó el estudio de la literatura
española en Inglaterra. Las obras del obispo de Mondoñedo fueron las
primeras que se tradujeron é imitaron, sin que haya antes otra cosa
que una adaptación de los cuatro primeros actos de la _Celestina_,
atribuida á John Rastell. Al frente de los admiradores cortesanos de
Guevara figuran el segundo Lord Berners (John Bourchier), á quien
llaman algunos «padre putativo del eufuismo», que fué el primer
traductor del _Marco Aurelio_, y su sobrino Sir Francis Bryan, que
trasladó al inglés el _Menosprecio de la corte y alabanza de la aldea_.
Uno y otro se valieron de las traducciones francesas, aunque Berners
había estado de embajador en España. Las de Sir Thomas North (_Relox de
Principes_, _Aviso de Privados_), que pertenecen al tiempo de la reina
María, y las de Eduardo Hellowes, que son del reinado de Isabel, están
sacadas del original, á lo menos en parte. Es muy interesante saber
que la influencia de Guevara empezó á declinar en los últimos años del
siglo XVI, sucediendo á sus obras en la estimación del público inglés
las de fray Luis de Granada, que fué más leído y traducido que ningún
otro autor español, salvo el nuestro.
El triunfo de la espontánea y arrebatadora grandilocuencia del
venerable dominico sobre el artificio del predicador cortesano fué
completo después de 1582, en que apareció la primera traducción de las
_Meditaciones_. Pero Guevara se sobrevivió en sus imitadores, no sólo
en Lily y en su precursor Pettie, sino en Jerónimo Painter, que insertó
en su colección novelística _Palace of pleasure_ cinco de las supuestas
cartas de Plutarco y Trajano inventadas por nuestro obispo, y en los
dos principales _eufuistas_ Tomás Lodge y Roberto Greene. La sugestión
ejercida por las obras y por el inmenso prestigio de Guevara, á quien
Thomas North ponía por encima de todos los escritores modernos, opinión
que fué la dominante en Inglaterra durante poco menos de una centuria,
no debe tenerse por causa única de la aparición de esta escuela, pero
se combinó con ciertas tendencias extravagantes del humanismo inglés,
para favorecer el desarrollo del nuevo estilo, cuya analogía de
procedimientos con el del obispo de Mondoñedo es obvia.
Abundan en la literatura alemana las traducciones de Guevara por Egidio
Albertino y otros intérpretes, siendo memorable también la espléndida
edición latina del _Relox de Príncipes_, acrecentada con innumerables
aforismos y notas que mandó hacer en 1611 el duque de Sajonia Federico
Guillermo. Pero no sabemos que lograse allí tan notables imitadores,
como los tuvieron Quevedo y Gracián en Moscherosch y otros satíricos
y moralistas del siglo XVII. Durante aquella centuria fué declinando
en toda Europa el astro de Marco Aurelio, hasta quedar definitivamente
eclipsado cuando apareció otra invención pedagógico-política, en que
las reminiscencias de la _Cyropedia_ se combinaban con las de la
_Odisea_. El filósofo emperador sucumbió á manos del joven Telémaco,
pero después de haber tenido una dominación de las más dilatadas
que recuerda la historia literaria, y que seguramente estaban lejos
de adivinar el bachiller Rhua cuando descargaba sobre el obispo de
Mondoñedo la formidable maza de su crítica y D. Diego de Mendoza cuando
escribía la chistosa carta de Marco Aurelio á Feliciano de Silva,
burlándose del estilo de uno y otro y confundiéndolos con notoria
injusticia[568]. Con lo cual se comprueba una vez más que nadie es
profeta en su patria.
Á muy diverso campo que el de la historia seudoclásica nos trasladan
las preciosas narraciones de asunto granadino que en el siglo XVI
nacieron al calor de los romances fronterizos, última y espléndida
corona de nuestra musa popular, que en ellos se mostró á un tiempo
espontánea y artística, enriquecida con los progresos de la poesía
culta y libre de sus amaneramientos, clásica, en fin, si se la compara
con la de los rudos é inexpertos cantores de otros tiempos. En estas
bellas rapsodias épicas están inspiradas las dos casi únicas[569],
pero muy notables tentativas de novela morisca que debemos á nuestros
ingenios del siglo XVI: la _Historia de Abindarráez y Jarifa_ y las
_Guerras civiles de Granada_, cuyos autores hicieron con la poesía
narrativa más próxima á su tiempo una transformación análoga á la que
había intentado Pedro del Corral respecto de la epopeya más antigua.
La anécdota del Abencerraje pasa generalmente por auténtica, y
nada tiene de inverosímil ni de extraordinaria en sí misma, aunque
el primer historiador propiamente tal que la menciona es Gonzalo
Argote de Molina[570], á quien su romántica fantasía hacía demasiado
crédulo para todo género de leyendas caballerescas. De todos modos,
el principal personaje, Rodrigo de Narváez, es enteramente histórico,
y Hernando del Pulgar le dedica honrosa conmemoración en el título
XVII de sus _Claros varones de Castilla_: «¿Quién fue visto ser más
industrioso ni más acepto en los actos de la guerra que Rodrigo de
Narvaez, caballero fijodalgo, a quien por notables hazañas que contra
los moros hizo le fue cometida la cibdad de Antequera, en la guarda de
la qual, y en los vencimientos que hizo a los Moros, ganó tanta fama y
estimacion de buen caballero, que ninguno en sus tiempos la ovo mayor
en aquellas fronteras?» Pero ni el cronista de la Reina Católica ni
Ferrant Mexía, el autor del _Nobiliario Vero_ (1492), que se gloriaba
de contar entre sus parientes á Narváez, á quien llama «caballero de
los bienaventurados que ovo en nuestros tiempos, desde el Cid acá,
batalloso e victorioso» (lib. II, cap. XV), se dan por enterados de
su célebre acto de cortesía con el prisionero abencerraje. Es cierto
que al fin de la _Historia de los Árabes_ de D. José Antonio Conde se
estampa, con el título de _Anécdota curiosa_[571], este mismo cuento, y
aun se añade que «la generosidad del alcaide Narváez fue muy celebrada
de los buenos caballeros de Granada y _cantada en los versos de los
ingenios de entonces_». Pero semejante noticia tiene trazas de ser
una de las muchas invenciones y fábulas de que está plagado el libro
de Conde, y por otra parte, basta leer su breve relato de la aventura
para comprender que no está traducido de ningún texto arábigo, sino
extractado de cualquiera de las novelas castellanas que voy á citar
inmediatamente. Arrastrado quizá por la autoridad que en su tiempo
se concedía á la obra de Conde, y más aún por el justo crédito del
genealogista Argote, todavía D. Miguel Lafuente Alcántara, en su
elegante _Historia de Granada_[572], dió cabida á la anécdota del moro.
Y sin embargo, bien puede sospecharse que Argote no conocía la historia
de los amores de Abindarráez más que por el _Inventario_ de Villegas, á
quien cita, ni Conde más que por ese mismo libro, ó más probablemente
por la _Diana_ de Montemayor.
Pasando, pues, del dominio de la historia al de la amena literatura,
nos encontramos con dos narraciones novelescas, casi idénticas en lo
sustancial, y que á primera vista pueden parecer copia la una de la
otra. La más breve, la más sencilla, la que con toda justicia puede
considerarse como un dechado de afectuosa naturalidad, de delicadeza,
de buen gusto, de nobles y tiernos afectos, en tal grado que apenas hay
en nuestra lengua escritura corta de su género que la supere, es la que
fué impresa por dos veces en la miscelánea de verso y prosa que, con el
título de _Inventario_, publicó un tal Antonio de Villegas en Medina
del Campo. La primera edición de este raro libro es de 1565, la segunda
de 1577; pero consta en ambas que la licencia estaba concedida desde
1551, circunstancia muy digna de tenerse en cuenta por lo que diremos
después[573].
Algo amplificada esta historia, escrita con más retórica y afeada con
unas sextinas de pésimo gusto, sé encuentra inoportunamente intercalada
en el libro IV de la _Diana_ de Jorge de Montemayor; pero entiéndase
bien: no en las primeras ediciones, sino en las posteriores al mes
de febrero de 1561, en que Montemayor fué muerto violentamente en
el Piamonte. El plagio ó superchería se cometió poco después de su
muerte por impresores codiciosos de engrosar el volumen del libro con
éstas y otras impertinentes adiciones, que ya figuran en una edición
de Valladolid, comenzada en el mismo año de 1561 y terminada en 7
de enero de 1562. De allí pasaron á todas las posteriores, que son
innumerables[574].
Basta comparar el texto malamente atribuido á Jorge de Montemayor con
el de Villegas para ver que el primero está calcado de una manera
servil sobre el segundo. Poco importa saber quién hizo tal operación,
ni es grave dificultad que la _Diana_ de Valladolid estuviese ya
impresa en 1561 y el _Inventario_ no lo fuese hasta 1565, pues sabemos
que estaba aprobado desde 1551. El autor, por motivos que se ignoran,
dejó pasar quince años sin hacer uso de la cédula regia, con lo
cual vino á caducar ésta y tuvo que solicitar otra. Pudo llegar el
manuscrito á manos de muchos, y pudo el impresor Francisco Fernández de
Córdoba, ó cualquier otro, copiar de él la historia del _Abencerraje_
para embutirla en la _Diana_; pero si tal cosa sucedió, ¿no parece
extraño que Antonio de Villegas, vecino de Medina del Campo, y que
debía de estar muy enterado de lo que pasaba en la vecina Valladolid,
no hubiese reivindicado de algún modo la paternidad de obra tan linda?
El silencio que guarda es muy sospechoso, y unido á otros indicios que
casi constituyen prueba plena, me obligan á afirmar que tampoco él es
autor original del _Abencerraje_.
Ante todo, le creo incapaz de escribirle. Hay en el _Inventario_
algunos versos cortos agradables, en la antigua manera de coplas
castellanas; pero la prosa de una novelita pastoril que allí mismo se
lee, con el título de _Ausencia y soledad de amor_, forma perfecto
contraste, por lo alambicada, conceptuosa y declamatoria, con el terso
y llano decir, con la sencillez casi sublime de la historia de los
amores de Jarifa. Es humanamente imposible que el que escribió la
primera pueda ser autor de la segunda. Villegas es tan plagiario como
el refundidor de la versión impresa con la _Diana_.
Existe, en efecto, un rarísimo opúsculo gótico sin año ni lugar
(probablemente Zaragoza), cuyo título dice así: _Parte de la Cronica
del inclito infante D. Fernando que ganó a Antequera: en la qual trata
cómo se casaron a hurto el Aberdarraxe_ (sic)
_Abindarraez con la linda Xarifa, hija del Alcayde de Coin, y de la
gentileza y liberalidad que con ellos usó el noble Caballero Rodrigo de
Narbaez, Alcaide de Antequera y Alora, y ellos con él_. Es anónimo este
librillo, y va encabezado con la siguiente dedicatoria:
«Al muy noble y muy magnifico señor el Sr. Hieronymo Ximenez Dembun,
señor de Bárboles y Huytea, mi señor.
«Como yo sea tan aficionado servidor de vuestra merced, muy noble y
muy magnifico señor, como de quien tantas mercedes tengo recebidas, y
a quien tanto debo; deaseando que se ofresciese alguna cosa en que me
pudiese emplear para demostrar y dar señal desta mi aficion; _habiendo
estos dias pasados llegado a mis manos esta obra o parte de cronica
que andaba oculta y estaba inculta, por falta de los escriptores_,
procuré, con fin de dirigirla a vuestra merced, lo menos mal que pude
sacarla a luz, enmendando algunos defectos della. _Porque en partes
estaba confusa y no se podia leer, y en otras estaba defectiva, y las
oraciones cortadas, y sin dar conclusion a lo que trataba_, de tal
manera que aunque el suceso era apacible y gracioso, _por algunas
impertinencias que tenia, la hacian aspera y desabrida_. Y hecha mi
diligencia, como supe, comuniquéla a algunos mis amigos, y pareciome
que les agradaba: y asi me aconsejaron y animaron a que la hiziese
imprimir, mayormente por ser obra acaescida en nuestra España...».
Esta crónica, aunque ha llegado á nosotros incompleta en el único
ejemplar que de ella existe, ó existía en tiempos de Gallardo,
concuerda, según declaración del mismo erudito, con el texto de Antonio
de Villegas, que no hizo más que retocar y modernizar algo el lenguaje.
Y realmente, en las primeras líneas, qué Gallardo transcribe como
muestra, no se advierte ningún variante de importancia[575].
Consta, por tanto, que antes de 1551, en que Villegas tenía dispuesto
para salir de molde su _Inventario_, corría por España una novela del
moro Abindarráez igual á la que él dió por suya, y que tampoco aquélla
era original, sino refundición de un _pedazo de Crónica_ que andaba
_oculta, inculta y defectiva_, y que muy bien podía remontarse al siglo
XV, aunque no la creemos anterior al tiempo de los Reyes Católicos, por
el anacronismo de suponer á Rodrigo de Narváez alcaide de Álora, que no
fué conquistada hasta la última guerra contra los moros granadinos.
Muy natural parece que la hazaña de Rodrigo de Narváez, antes de ser
contada en prosa, diera tema á algunos romances fronterizos, y quizás
pueda tenerse por rastro de ellos el cantarcillo no asonantado que
Villegas pone en boca del moro antes de su encuentro con Narváez:
Nascido en Granada,
Criado en Cartama,
Enamorado en Coín,
Frontero de Alora.
Pero los romances que hoy tenemos sobre este argumento, todos, sin
excepción, son artísticos, y han salido del Inventario ó de la _Diana_,
principalmente de esta última. Abre la marcha el librero valenciano
Juan de Timoneda con el interminable y prosaico _Romance de la hermosa
Jarifa_, inserto en su _Rosa de amores_ (1573); siguióle, aunque con
menos pedestre numen, el _escriptor_ ó escribiente de la Universidad
de Alcalá de Henares Lucas Rodríguez, que en su _Romancero Historiado_
(1579) tiene dos composiciones sobre el asunto: le trató luego con
gran prolijidad Pedro de Padilla, versificando en cinco romances el
texto atribuido á Montemayor, trabajo tan excusado como baladí (1583);
Jerónimo de Covarrubias Herrera, vecino de Rioseco, se limitó á un solo
_romance de Rodrigo de Narváez_, que insertó en su novela pastoril _La
Enamorada Elisea_ (1594). Todo esto apenas pertenece á la poesía; pero
no sucede lo mismo con un romance anónimo, de poeta culto, que comienza
así:
Ya llegaba Abindarráez--á vista de la muralla...
y con otro que puso Lope de Vega en la _Dorotea_: