de San Pedro otras varias obras profanas en verso y prosa, que le
dieron entre los donceles enamorados grande autoridad y magisterio,
aunque fuesen miradas con ceño por las personas graves y timoratas, que
muy justamente se escandalizaban de oirle llamar continuamente _Dios_
á su dama y comparar su gracia con la divina, y aplicar profanamente
á los lances y vicisitudes de su amor la conmemoración de las
principales festividades de la Iglesia, llegando una vez, en el colmo
de la exaltación, á comparar lo que llamaba su _pasión_ con la del
Redentor del mundo. Á este período de frenesí erótico, probablemente
menos sentido que afectado, pertenece cierto _Sermón_ que compuso en
prosa, «porque dijeron unas señoras que le deseaban oir predicar».
Este _Sermón_, que se imprimió en un pliego gótico y se halla también
al final de algunas ediciones de la _Cárcel de Amor_, apenas tiene
otro interés literario que el haber servido de modelo á otro mucho
más discreto y picante que puso Cristóbal de Castillejo en su farsa
_Constanza_, y que como pieza aparte se ha impreso muchas veces, ya
en las obras de su autor (aunque en éstas con el nombre de _Capítulo_
y no poco mutilado), ya en ediciones populares en que el autor usó
los seudónimos de _El Menor de Aunes_ y de _Fray Nidel de la Orden de
Tristel_. El _Sermón_ en verso de Castillejo enterró completamente al
de Diego de San Pedro, que es obra _desmayada y sin el menor gracejo_,
como dice con razón Gallardo. Todo se reduce á parodiar pobre ó
ineptamente la traza y disposición de los sermones, comenzando por una
salutación al Amor, explanando luego el texto _In patientia vestra
sustinete dolores vestros_, y contando, á modo de ejemplo moral, los
amores de Píramo y Tisbe[480].
Tales profanidades y devaneos hubieron de ser grave cargo para la
conciencia de su autor, cuando Dios tocó en su alma y le llamó á
penitencia. Fruto de esta conversión fué el _Desprecio de la fortuna_
(núm. 263 del _Cancionero General_), poema sentencioso y de notable
mérito, al principio del cual reprueba y detesta sus obras anteriores:
Mi seso lleno de canas,
De mi consejo engañado,
Hast' aquí con obras vanas
Y en escripturas livianas
Siempre anduvo desterrado.
...................................
Aquella _Carcel d'amor_
Que assi me plugo ordenar,
¡Qué propia para amador!
¡Qué dulce para sabor!
¡Qué salsa para pecar!
Y como la obra tal
No tuvo en leerse calma,
He sentido, por mi mal,
Cuán enemiga mortal
Fue la lengua para el alma.
Y los yerros que ponia
En un _Sermon_ que escrebi,
Como fue el Amor la guia,
La ceguedad que tenia
Me hiso que no los vi.
Y aquellas _Cartas de amores_
Escritas de dos en dos,
¿Qué seran, decí, señores,
Sino mis acusadores
Para delante de Dios?
Pero ni los arrepentimientos del autor, ni los anatemas del Santo
Oficio, que puso la _Cárcel_ en sus índices (sin duda por las herejías
que contiene el razonamiento en loor de las mujeres), ni los rigores
de Luis Vives y otros moralistas que no cesan de denunciarle como
libro pernicioso á las costumbres, y uno de los que con mayor cautela
deben ser alejados de las manos de toda doncella cristiana, pudieron
sobreponerse á la corriente del gusto mundano, y el librillo de la
_Cárcel de Amor_, fácil de ocultar por su exiguo volumen, no sólo
continuó siendo leído y andando en el cestillo de labor de dueñas y
doncellas, sino que dió vida á una serie de producciones novelescas,
que difundieron un idealismo algo distinto del de los libros de
caballerías, aunque conserve con él bastantes relaciones.
Á esta familia pertenece, aunque con notables caracteres de
originalidad, la _Cuestión de Amor_, obra anónima, mixta de prosa
y verso, cuya primera edición parece ser de 1513 y que, como libro
de circunstancias, obtuvo tal boga que fué reimpresa diez ó doce
veces antes de 1589, ya suelta, ya unida á la _Cárcel_, que es como
más fácilmente suele encontrarse[481]. Ticknor y Amador de los
Ríos hablaron de ella, pero con mucha brevedad, y sin determinar su
verdadero carácter, ni entrar en los pormenores de su composición,
ni levantar el transparente velo que encubre sus numerosas alusiones
históricas, y que en parte ha sido descorrido por el erudito napolitano
Benedetto Croce en un estudio reciente[482].
El título de la _Cuestión_, aunque largo, debe transcribirse á la
letra, porque indica ya la mayor parte de los elementos que entraron
en la confección de este peregrino libro: _Question de amor de dos
enamorados: al uno era muerta su amiga; el otro sirve sin esperanza
de galardon. Disputan quál de los dos sufre mayor pena. Entretexense
en esta controversia muchas cartas y enamorados razonamientos.
Introducense más una caza, un juego de cañas, una egloga, ciertas
justas, e muchos caballeros et damas, con diversos et muy ricos
atavios, con letras et invenciones. Concluye con la salida del señor
Visorrey de Napoles: donde los dos enamorados al presente se hallaron,
para socorrer al sancto padre: donde se cuenta el numero de aquel
lucido exercito, et la contraria fortuna de Ravena. La mayor parte de
la obra es historia verdadera; compuso esta obra un gentilhombre que se
halló presente a todo ello._
Basta pasar los ojos por este rótulo para comprender que no se trata
de una novela puramente sentimental y psicológica á su modo, como lo
es la _Cárcel de Amor_, sino de una tentativa de novela histórica,
en el sentido lato de la palabra, ó más bien de una novela de clave,
de una pintura de la vida cortesana en Nápoles, de una especie de
crónica de salones y de galanterías, en que los nombres propios están
levemente disfrazados con pseudónimos y anagramas. La segunda parte,
es decir, todo lo que se refiere á los preparativos de la batalla de
Rávena, es un trozo estrictamente histórico, que puede consultarse con
fruto aun después de la publicación de los _Diarios_ de Marino Sanudo.
Poseer, para época tan lejana, un libro de esta índole modernísima, y
poder con su ayuda reconstruir un medio de vida social tan brillante y
pintoresco como el de la Italia española en los días más espléndidos
del Renacimiento, no es pequeña fortuna para el historiador, y apenas
se explica que hasta estos últimos años nadie intentara sacarle el jugo
ni descifrar sus enigmas.
El primero es el nombre de su autor, esto es, del _gentilhombre que se
halló presente á todo_ y escribió la historia, y éste permanece todavía
incógnito, aunque puedan hacerse sobre su persona algunas razonables
conjeturas. Lo que con toda certeza puedo asegurarse es que el libro
fué compuesto entre los años de 1508 á 1512, en forma fragmentaria, á
medida que se iban sucediendo las fiestas y demás acontecimientos que
allí se relatan de un modo bastante descosido, pero con picante sabor
de crónica mundana.
La cuestión de casuística amorosa que da título á la novela está
imitada de las del _Filocolo_ de Boccaccio, y tiene la curiosidad
de contener en germen los dos temas poéticos que admirablemente
desarrollan los pastores _Salicio_ y _Nemoroso_, en la égloga primera
de Garcilaso. Esta cuestión se debate, ya por diálogo, ya por cartas
(transmitidas por el paje Florisel) entre dos caballeros españoles:
_Vasquirán_, natural de _Todomir_ (¿Toledo?), y _Flamiano_, de
_Valdeana_ (¿Valencia?), residente en la ciudad de _Noplesano_, que
seguramente es Nápoles. Vasquirano ha perdido á su dama _Violina_,
con quien se había refugiado en Sicilia después de haberla sacado de
casa de sus padres en la ciudad de _Circunda_ (¿Zaragoza?) y Flamiano
es el que sirve sin esperanza de galardón á la doncella napolitana
_Belisena_. Esta acción, sencillísima y trabada con muy poco arte,
tiene por desenlace la muerte de Flamiano en la batalla de Rávena,
cuyas tristes nuevas recibe Vasquirán, en Sicilia, por medio del paje
Florisel, que le trae la última carta de su amigo; carta que, por mayor
alarde de fidelidad histórica, está fechada el 17 de abril de 1512 en
Ferrara.
El cuadro general de la novela vale poco, como se ve; lo importante,
lo curioso y ameno, lo que puede servir de documento al historiador y
aun excitar agradablemente la fantasía del artista, son las escenas
episódicas, la pintura de los deportes y gentilezas de la culta
sociedad de Nápoles, la _justa real_, el juego de cañas, la cacería, la
égloga (que tiene todas las trazas de haber sido representada con las
circunstancias que allí se dicen[483], y que si bien escasa de acción y
movimiento, compite en la expresión de afectos y en la limpia y tersa
versificación con lo mejor que en los orígenes de nuestra escena puede
encontrarse); el inventario menudísimo de los trajes y colores de las
damas, de las galas y los arreos militares de los capitanes y gentes de
armas que salieron para Rávena con el virrey D. Raimundo de Cardona;
todo aquel tumulto de fiestas, de armas y de amores que la dura mano de
la fatalidad conduce á tan sangriento desenlace.
Bellamente define el Sr. Croce el peculiar interés y el atractivo
estético que produce la lectura de una novela por otra parte tan mal
compuesta, zurcida como de retazos, á guisa de centón ó de libro de
memorias. «Aquella elegante sociedad de caballeros, dada á los amores,
á los juegos, á las fiestas, recuerda un fresco famoso del Camposanto
de Pisa; aquella alegre compañía que, solazándose en el deleitoso
vergel, no siente que se aproxima con su guadaña inexorable la Muerte.
En medio de las diversiones llega la noticia de la guerra: el virrey
recoge aquellos elegantes caballeros y forma con ellos un ejército que
parte, pomposamente adornado, lleno de esperanzas, entre los aplausos
de las damas que asisten á la partida. Algunos meses después, aquella
sociedad, aquel ejército, yacía en gran parte solo, sanguinoso, perdido
entre el fango de los pantanos de Rávena».
¿Hasta qué punto puede ser utilizada la _Cuestión de Amor_ como fuente
histórica? ó en otros términos, ¿hasta dónde llega en ella la parte
de ficción? El autor dice que «la mayor parte de la obra es _historia
verdadera_», pero en otro lugar advierte que «por mejor guardar el
estilo de su invención, y acompañar y dar más gracia a la obra, _mezcla
a lo que fué algo de lo que no fué_». En cuanto á los personajes, no
cabe duda que en su mayor parte son históricos; y el autor mismo nos
convida á «especular por los nombres verdaderos, los que en lugar d'
aquellos se han fengidos ó transfigurados».
Á nuestro entender, B. Croce ha descubierto la clave. Ante todo, hay
que advertir que, según el sistema adoptado por el novelista, la
primera letra del nombre fingido corresponde siempre á la inicial
del verdadero nombre. Pero como diversos nombres pueden tener las
mismas iniciales, este procedimiento no es tan seguro como otro que
constantemente sigue el anónimo narrador, es á saber: la confrontación
de los colores en los vestidos de los caballeros y de las damas, puesto
que todo caballero lleva los colores de la dama á quien sirve. Y como
en la segunda parte de la obra, al tratar de los preparativos de la
expedición á Rávena, los gentiles hombres están designados con sus
nombres verdaderos, bien puede decirse que la solución del enigma de
la _Cuestión de Amor_ está en la _Cuestión_ misma, por más que nadie,
que sepamos, hubiera caído en ella hasta que la docta y paciente
sagacidad del Sr. Croce lo ha puesto en claro, no sólo presentando la
lista casi completa de los personajes disfrazados en la novela, sino
aclarando el argumento principal de la obra, que parece tan histórico
como todo lo restante de ella, salvo circunstancias de poca monta
puestas para descaminar, ó más bien para aguzar, la maligna curiosidad
de los contemporáneos. Es cierto que todavía no se ha podido quitar la
máscara á Vasquirán, á Flamiano ni á la andante y maltrecha Violina;
pero lo que sí resulta más claro que la luz del día es que la Belisena
á quien servía el valenciano Flamiano (¿D. Jerónimo Fenollet?) con
amor caballeresco y platónico, sin esperanza de galardón, era nada
menos que la futura reina de Polonia, Bona Sforza, hija de Isabel
de Aragón, duquesa de Milán, á quien en la novela se designa con el
título ligeramente alterado de _duquesa de Meliano, que era una muy
noble señora viuda_ y residía con sus dos hijas, ya en Nápoles, ya en
Bari. Esta pobre reina Bona, cuyas aventuras, andando el tiempo, dieron
bastante pasto á la crónica escandalosa, no parece haber escapado
siempre de ellas tan ilesa como de manos del comedido hidalgo Flamiano,
ni haberse mostrado con todos sus galanes tan dura, esquiva y desdeñosa
como con aquel pobre y transido amador, al cual no sólo llega á decirle
que recibe de su pasión mucho enojo, sino que añade con ásperas
palabras: «y aunque tú mil vidas, como dices, perdieses, yo dellas no
he de hazer ni cuenta ni memoria». Á lo cual el impertérrito Flamiano
responde: «Señora, si quereys que de quereros me aparte, mandad sacar
mis huessos, y raer de alli vuestro nombre, y de mis entrañas quitar
vuestra figura».
Los demás personajes de la novela han sido identificados casi todos por
Croce con ayuda de los _diarios_ de Passaro. El _Conde Davertino_ es
el conde de Avellino; el _Prior de Mariana_ es el prior de Messina; el
_Duque de Belisa_ es el duque de Bisceglie; el _Conde de Porcia_ es el
conde de Potenza; el _Marqués de Persiana_ es el marqués de Pescara; el
_Señor Fabricano_ es Fabricio Colonna; _Attineo de Levesin_ es Antonio
de Leyva; el _Cardenal de Brujas_, el cardenal de Borja; _Alarcos de
Reyner_, el capitán Alarcón; _Pomarín_, el capitán Pomar, _Alvalader
de Caronis_, Juan de Alvarado; la _Duquesa de Francoviso_, la duquesa
de Francavilla; la _Princesa de Saladino_, la princesa de Salerno; la
_Condesa de Traviso_, la de Trivento; la _Princesa de Salusana_, la
princesa Sanseverino de Bisignano. Y luego, por el procedimiento de
parear los colores, puede cualquier aficionado á saber intrigas ajenas
penetrar en las intimidades de aquella sociedad como si hubiese vivido
años en ella.
Esta sociedad bien puede ser calificada de italohispana, y aun de
bilingüe. Menos de medio siglo bastó en Nápoles para extinguir los
odios engendrados por la conquista aragonesa. «Todos estos caballeros,
mancebos y damas, y muchos otros principes y señores (dice el autor de
la _Question_) se hallaron en tanta suma y manera de contentamiento y
fraternidad los unos con los otros, assi los españoles unos con otros
como los mismos naturales de la tierra con ellos, que dudo en diversas
tierras ni reynos ni largos tiempos passados ni presentes tanta
conformidad ni amor en tan esforzados y bien criados caballeros ni tan
galanes se hayan hallado». Las fiestas que en la novela se describen,
las _justas de ocho carreras_, la _tela de justa real_ ó carrera de
la lanza, y sobre todo el juego de cañas y quebrar las alcancías, son
estrictamente españolas, y no lo es menos el tinte general del lenguaje
de la galantería en toda la novela, que, con parecer tan frívola,
no deja de revelar en algunos rasgos la noble y delicada índole del
caballero que la compuso. Es muy significativo, en esta parte el
discurso de Vasquirán á su amigo al partir para la guerra, enumerando
las justas causas que debían moverle á tomar parte en tal empresa: «La
una yr en servicio de la Iglesia, como todos is: la otra en el de tu
rey, como todos deben, la otra porque vas a usar de aquello para que
Dios te hizo, que es el hábito militar, donde los que tales son como tú
ganan lo que tú mereces y ganarás: la otra y principal que llevas en tu
pensamiento a la señora Belisena, y dexas tu corazon en su poder».
La _Cuestión de Amor_ encontró gracia ante la crítica de Juan de
Valdés, aunque prefería el estilo de la _Cárcel_: «Del libro de
_Question de Amor_ ¿qué os parece?--Muy bien la invencion y muy galanos
los primores que hay en él, y lo que toca a la question no está mal
tratado por la una parte y por la otra. El estilo en quanto toca a la
prosa, no es malo, pudiera bien ser mejor; en quanto toca al metro, no
me contenta.--Y de _Cárcel de Amor_ ¿qué me dezis?--El estilo desse me
parece mejor...».
Lo es, en efecto, y no hay duda que al anónimo autor de la _Cuestión_
se le pegaron demasiados italianismos. Pero tal como está, su obra
resulta interesante, como pintura de una corte que, distando mucho de
ser un modelo de austeridad, era por lo menos muy elegante, bizarra,
caballeresca y animada. Otro, documento tenemos en el _Cancionero
General_ de Hernando del Castillo para restaurarla mentalmente, y es
una larga poesía con éste encabezamiento: _Dechado de amor, hecho por
Vazquez a peticion del Cardenal de Valencia, enderezado a la Reina de
Nápoles_[484]. Esta poesía se compuso probablemente en 1510. No puede
ser posterior á 1511, porque en ella aparecen todavía como vivos el
cardenal de Borja, la princesa de Salerno, la condesa de Avellino
y la princesa de Bisignano, todos los cuales fallecieron en aquel
año. No puede ser anterior á 1509, porque en este año se celebraron
en Ischia las bodas de Victoria Colonna, que ya aparece citada
como _Marquesa de Pescara_ en este _Dechado_. El _Vázquez_ que le
compuso parece hasta ahora persona ignota; ¿será el mismo Vázquez ó
Velázquez de Ávila, á quien por diversos indicios atribuyó D. Agustín
Durán un rarísimo cancionerillo ó colección de trovas, existente en
el precioso volumen de pliegos sueltos góticos que perteneció á la
biblioteca de Campo-Alanje? ¿Será, como. B. Croce insinúa, el mismo
_Vasquirán_ que interviene en la _Cuestión de Amor_, y que es quizá
el autor de la novela? Lo cierto es que entre el _Dechado_ y ella hay
parentesco estrechísimo, y que cada una de estas piezas puede servir de
ilustración á la otra.
Rápidamente trataremos de las novelas sentimentales posteriores á la
_Cuestión de Amor_, porque casi todas tienen más interés bibliográfico
que literario; se buscan por raras, no por amenas. Rarísima es sobre
todo encarecimiento la _Repetición de amores_ de Lucena, famoso
tratadista del arte de ajedrez, hijo del protonotario Juan de Lucena,
tan conocido por su diálogo _de vita beata_, Compuso Lucena el mozo
su obrilla «en servicio de la linda dama su amiga, estudiando en el
preclarísimo estudio de Salamanca»; y bien se conoce que es ensayo poco
maduro de escolar, en la profusión de textos que alega de Hipócrates,
Platón, Aristóteles, David, Tulio, Séneca y otros autores sagrados
y profanos, y en la extraña forma de conclusiones escolásticas que
adopta, tomando por tesis de su _Repetitio de amoribus_ unos versos
de la famosa sátira del poeta catalán Torrellas contra las mujeres.
Con esta cuestión tan debatida en el siglo XV, y con la otra no menos
manoseada de armas y letras, intercala el breve y sencillo cuento de
sus propios amores, con una carta suya y otra de su dama. No tiene
fecha la edición gótica de este libro, pero seguramente es anterior á
1497, porque la _Arte breve é introducción muy necesaria para saber
jugar al ajedrez_, que forma parte integrante del mismo libro, está
dedicada al príncipe D. Juan, hijo de los Reyes Católicos, que falleció
en dicho año, como es sabido[485].
En el _Cancionero General_ de Hernando del Castillo, pero no en su
primera edición valenciana de 1511, sino en la de 1514 y en las
posteriores, apareció una corta novela alegórico-sentimental del
Comendador Escrivá, con el título de _Queja que da á su amiga ante el
dios de Amor, por modo de diálogo en prosa y verso_. Los versos no
carecen de mérito, dentro de su género conceptuoso, y también en la
prosa se nota cierto aliño y esfuerzo para buscar el número y armonía
que en ella caben[486]. Era Escrivá valenciano, y en este género de
prosas poéticas parece haber seguido las huellas de Mossén Ruiz de
Corella, cuyos versos alternan con los suyos y con los de Bernardo
Fenollar en el pequeño pero curiosísimo cancionero barcelonés que lleva
el extraño título de _Jardinet d' orats_ (huertecillo de los locos).
Distinta persona de este comendador Juan Escrivá (que fué Maestre
Racional del Rey Católico y su Embajador en 1497 ante la Santa Sede) es
_Ludorico Scrivá, caballero valenciano_, que en 1537 dedicó al Duque de
Urbino, Francisco María Feltrio, el _Veneris Tribunal_, rarísima novela
que no tiene en latín más que el título, estando todo lo restante en
lengua castellana, con hartas afectaciones y pedanterías de estilo, que
hacen de ella una de las peores de su género[487]. Es libro sin interés
alguno; todo se reduce á la pomposa descripción de la corte de Venus
y á la controversia que ante su tribunal se debate sobre el siguiente
tema: «cual sea mayor deleyte al amante, o ver la cosa amada, o sin
verla pensar en ella». La discusión es ingeniosa y sutil á veces, pero
todo lo estropea el abuso inmoderado del hipérbaton y la amanerada
construcción de los períodos.
Mucho más conocido que estos autores, á lo menos por una de sus obras,
es Juan de Flores, autor del _Breve Tractado de Grimalte y Gradissa_
y de la _Historia de Grisel y Mirabella_. Bien se ve que Flores se
había propuesto por modelo á Boccaccio. _Grimalte y Gradissa_ es no
sólo una imitación, sino una continuación de la _Fiammetta_, como su
mismo encabezamiento declara: «Comiença un breve tractado compuesto
por Johan de Flores, el qual por la siguiente obra mudó su nombre en
Grimalte. La inuencion del qual es sobre la _Fiometa_ (sic), y porque
algunos de los que esto leyeren, por ventura no habrán visto tan famosa
scriptura, me parecerá bien declararla en suma». Lo que Juan de Flores
añadió se reduce á lo siguiente: Grimalte, enamorado de Gradissa,
recibe de ella el encargo de peregrinar por el mundo en busca de la
desventurada Fiameta. La encuentra por fin y la acompaña á Florencia,
donde moraba su antiguo y ahora desdeñoso amante Pánfilo. Vanamente
intenta la infeliz señora, ya por cartas, ya por una entrevista que
prepara Grimalte, renovar la pasión dormida en el corazón del mancebo,
y al verse con ásperas palabras rechazada y abandonada para siempre,
cae en la más furiosa desesperación y muere impenitente. Grimalte la da
sepultura, describe largamente su túmulo, y cumplidos estos fúnebres
honores, desafía á campal batalla al ingrato Pánfilo, que arrepentido
de la fealdad de su conducta y pesaroso de la catástrofe de que ha sido
causa, niégase á aceptar el reto, se da por vencido y desaparece de
su casa con intento de hacer asperísima penitencia en lugar apartado
de todo comercio humano. Grimalte vuelve con estas nuevas á Gradissa,
que en vez de concederle su amor se muestra cada vez más esquiva, y le
ordena buscar de nuevo á Pánfilo, cuya resolución atribuye á cobardía.
Más de veintisiete años empleó en este segundo viaje, hasta que _en las
partidas de Asia_, y en lo más espeso de «una muy desesperada montaña»,
encontró á Pánfilo haciendo vida salvaje, y en talle y figura que
recuerda la aparición de Cardenio en Sierra Morena. Al principio guarda
obstinado silencio, que era una de las condiciones de su penitencia,
pero Grimalte no sólo consigue hacerle hablar, sino que se le ofrece
por compañero en su soledad y espantosa vida. Por las noches son
perturbados con infernales visiones en que ven pasar la sombra de la
enamorada Fiameta, condenada á las llamas eternas por su desesperación
final. Y aquí termina bruscamente la novela, quedando juntos en aquel
horrible desierto el amante ingrato y el desdeñado. No está mal imitada
en los razonamientos de esta novela la prosa de Boccaccio: hay calor
de pasión en algunos trozos. Los versos que con frecuencia aparecen
intercalados valen poco, y no son de Juan de Flores, sino de otro autor
igualmente desconocido, cuyo nombre se expresa al final: «La sepultura
de Fiometa con las coplas y canciones quantas son en este tractado
hizo Alonso de Cordova». Este libro, cuyo original castellano es tan
raro que sólo se conoce un ejemplar[488], fué traducido al francés por
Mauricio Sceva, é impreso dos veces en Lyon y París, 1535 y 1536[489].
Más importancia tiene y más éxito logró la _Historia de Grisel y
Mirabella con la disputa de Torrellas y Braçayda, la qual compuso
Juan de Flores a su amiga_[490]; libro que tiene muy curiosa historia
literaria, pues no sólo fué leído en las principales lenguas de Europa,
sino que dejó algún rastro en las creaciones de muy preclaros ingenios.
Una cuestión de amor, á la manera de las del _Filocolo_, constituye el
fondo de este libro; pero está envuelto en una ficción sencillísima que
ofrece por sí misma algún interés, y en la cual interviene un personaje
español histórico.
«En el reyno de Escocia ovo un excelente rey de todas virtudes amigo, e
principalmente en ser justiciero... Y este en su postrimera hedad ovo
una hija que despues de sus dias sucedia en el reyno y a ésta llamaron
Mirabella, y fue de tanta perfecion de gracias acabada, que ninguno
tanto loarla pudo que el cabo de su merecer contar pudiesse. Y como
ella fuesse heredera de su señorio del padre, no avia ningun emperador
ni poderoso principe que en casamiento no la demandasse... Y el rey
su padre, por no tener hijos y por el grande merecimiento que ella
tenia, era dél tanto amada que a ninguno de los ya dichos la queria
dar, y assimismo en su tierra no avia tan gran señor a quien la diesse,
salvo a gran mengua suya. De manera que el grande amor suyo era a ella
mucho enemigo, y como ya muchas vezes acaece quando hay dilacion en
el casamiento de las mujeres ser causa de caer en verguença y yerros,
assi a ésta despues acaescio. Pues en aquellos comedios, assi como su
hedad crescia, crescian y doblaban las gracias de su beldad en tanto
grado que qualquier hombre dispuesto a amar, assi como la mirasse le
era forçado de ser preso de su amor, e tan en estremo la amavan que por
su causa venian a perder las vidas, tanto que la flor de casa del rey
su padre fenecio sus dias en esta tal guerra. De manera que sabido por
el rey la hizo meter en un lugar muy secreto que ningún varón verla
pudiesse, por ser su vista muy peligrosa».
Al fin un caballero llamado Grisel logra por ocultos modos penetrar
en la torre donde estaba encerrada Mirabella, la cual se rinde á su
amor con la indecorosa presteza que era tradicional en las heroínas
caballerescas: «E despues que algunos dias muy ocultos en grandes
plazeres conservaron sus amores, ella no pudo encobrirlo a una grande
y antigua sierva suya, porque en su camara más comunicara, y esta
camarera suya amava mucho a un maestresala del rey, y como supo el
secreto de su señora, no pudo su lealtad tanto sufrir que no lo
descubriese al su amante lo que Mirabella y Grisel passavan, y él
veyendo tan grande error, doliéndose mucho de la honra de su señor
o por ventura de envidia movida, no pudo callarlo que al rey no
publicasse la maldad que en su casa Grisel cometia. El qual como oyó
tan feo caso, con gran discrecion buscó manera cómo ambos los tomassen
en uno, y una noche estando Grisel en la cama con Mirabella el rey
mandó cercar la casa, y aunque gran rato se defendio, pero a la fin
tomados, en estrechas carceles por fuerça fueron puestos, y como el
rey fuesse el más justificado principe que a la sazon se fallase en el
mundo, aun en aquel caso no quisso usar de rigor ni de enojo acidental,
mas como si fuessen sus yguales, con ellos se puso a justicia. _E las
leyes de su reino mandavan que qualquier que en tal yerro cayesse, el
que más causa fuesse al otro de aver amado que padesciesse muerte, y
el otro destierro por toda su vida, y como acaesce quando dos personas
se aman el uno tener más culpa que el otro en la requesta, por esto
las leyes no disponian que las penas fuessen yguales._ Y luego por el
rey expresamente fue mandado la pesquisa se hiziesse porque la verdad
fuesse sabida quál de aquellos dos fuesse más digno de culpa... Pero
tan secreto fue el trato de sus amores, que no podían saber quién avia
más trabajado en la requesta y seguimiento del otro, salvo quanto
la camarera dezia no averlo ella sabido hasta que ya entre ellos
concertado estava. Y como por la pesquisa no oviesse lugar en condenar
a uno más que a otro, fueron los juezes por mandado del rey donde
Mirabella y Grisel estavan, a los quales tomaron juntamente y les
demandaron que dixessen quién fue más causa al otro de tal error».
Como era natural, se establece entre los dos amantes una generosa
competencia; quieren sacrificar recíprocamente sus vidas, y se echan á
porfía todas las culpas. El enigma continúa insoluble y los letrados
y oidores del Consejo Real se recusan por incompetentes. «Entonces
dixo el rey que determinasen ellos en su consejo, a lo qual ellos
respondieron que como fuessen personas más dadas al estudio de las
leyes que de los amores, que no sabian en aquella causa determinar la
verdad, pero que se buscasse por todo el mundo una dama y un caballero,
los quales más pudiessen saber en amores, y más esperimentados fuessen
en tales cosas. E que ella tomasse la voz de las mujeres, y él de los
varones, e quien mejor causa y razon mostrasse en defension de su
derecho, que aquel venciesse aqueste pleyto comenzado».
Tratábase, pues, de discutir y averiguar en tesis general, la cual
había de tener sangrienta aplicación en aquel caso concreto, quién
da mayor ocasión de amor, los hombres á las mujeres ó las mujeres á
los hombres. Para llevar la voz del sexo femenino en este litigio
fué elegida «una dama de las más prudentes del mundo en saber y en
desenvoltura y en las otras cosas a graciosidad conformes, la cual por
su gran merescer se habia visto en muchas batallas de amor y en casos
dignos de gran memoria que le avian acaescido con grandes personas que
la amaban y pensaban vencer... y esta señora avia nombre Braçayda».
El nombre de Brasaida parece reminiscencia del de Briseida, heroína
de la _Crónica Troyana_; pero el abogado de los hombres y detractor
de las mujeres es un caballero español muy conocido en nuestros
cancioneros del siglo XV. «E assi mesmo fue buscado en los reynos de
España un cavallero qual para tal pleyto pertenecia: al qual llamavan
_Torrellas_, un especial hombre en el conocimiento de las mujeres y muy
osado en los tratos de amor y mucho gracioso, como por sus obras bien
se prueba».
Trátase, en efecto, de Mosén Pere Torrellas ó Torroella, mayordomo
del príncipe de Viana y uno de los más antiguos poetas catalanes que
alternaron el cultivo de su lengua nativa con el de la castellana.
Muchas fueron, y por lo general picantes y de burlas, las poesías de
Torrellas, pero ninguna le dió tanta notoriedad, haciéndole pasar por
un nuevo Boccaccio, infamador sistemático de las mujeres, como sus
_Coplas de las calidades de las damas_, insertas en el _Cancionero de
Stúñiga_, en el _General_, y en otros varios, impugnadas por diversos
trovadores, entre ellos Suero de Rivera y Juan del Enzina, glosadas y
recordadas á cada momento por todos los maldicientes del sexo femenino,
y sobre las cuales hasta llegó á inventarse la extraña leyenda de que
las mujeres, irritadas con los vituperios de Torrellas, le habían
dado por sus manos cruelísima muerte. Tal fué, sin duda, el germen
de esta segunda parte de la novela de Juan de Flores. Torrellas está
representado allí, no como un _misógino_ intratable, sino como un
burlador empedernido, como una especie de D. Juan Tenorio, que afrenta
á las mujeres después de seducirlas[491].
No entraremos en los detalles del pleito entre Bresayda y Torrellas,
cuyos repetidos alegatos son una serie de sutilezas bastante enfadosas.
Triunfa el maligno catalán, y la infeliz Mirabella es condenada á la
hoguera, á pesar de los llantos y súplicas de su madre. «Y después que
el dia fue llegado que Mirabella muriese, ¿quien podria escrevir las
cosas de gran magnificencia que para su muerte estaban ordenadas, y
todas muy conformes a tristeza segun que el caso lo requeria?... Entre
las cosas de piedad que alli fueron juntadas, eran quince mil doncellas
vestidas de luto, las quales con llantos diversos y mucha tristeza
ayudavan a las tristes lagrimas de la madre y desconsolada reyna...
e despues desto trayan un carro, en el qual yva Mirabella con quatro
obispos, que el cargo de su ánima tomavan, y luego alli Grisel, que
por más crecer y doblar en su pena mandaron que viesse la muerte de
Mirabella, y el rey con infinitas gentes cubiertas de luto y va al fin
de todos, segun costumbre de aquel reyno, e salieron fuera de la ciudad
donde Mirabella avia de morir quemada, porque las leyes de la tierra
eran quien por fuego de amor se vence en fuego muera».
La despedida de Grisel y Mirabella está escrita con ternura. El
desventurado amante se precipita en las llamas para no presenciar el
suplicio de su amada, y el clamor popular salva á Mirabella. Pero
no pudiendo sobrevivir á la pérdida de su amante, determina poner
desesperado fin á sus días, y por una ventana de palacio se arroja «al
corral donde el rey tenia sus leones», y es inmediatamente devorada por
ellos.
Á Torrellas, principal causante de estos desastres, le perdió su
vanidad y petulancia, porque «esforçandose en su mucho saber, presumia
que él desamando alcanzaria mujeres más que otro sirviendo». Tuvo,
pues, la extraña ocurrencia de ponerse á galantear á Brasayda, tan
ofendida con él por su derrota, y atraído por ella con el señuelo de
una falsa cita, cayó en poder de la reina y de sus damas, que para
vengar á la cuitada Mirabella asieron de él, le ataron de pies y manos
y le atormentaron con todo género de espantables suplicios, dejando,
como se verá, poco que hacer á los catalanistas fervientes que ahora
quisieran ejecutar sus iras en el triste de Torrellas, por haber
coqueteado un tanto cuanto con la lengua castellana: «E fue luego
despojado de sus vestidos, e ataparonle la boca porque quexar no se
pudiesse, e desnudo fue a un pilar bien atado, e alli cada una traia
nueva invencion para le dar tormento; y tales ovo, que con tenazas
ardientes et otras con uñas y dientes raviosamente le despedazaron.
Estando assi medio muerto, por crecer más pena en su pena, no lo
quisieron de una vez matar, porque las crudas e fieras llagas se le
resfriassen e otras de nuevo viniessen; e despues que fueron assi
cansadas de atormentarle, de gran reparo la reina e sus damas se fueron
alli cerca dél porque las viesse, e alli platicando las maldades dél,
_e trayendo a la memoria sus maliciosas obras_... dezian mil maneras
de tormentos, cada qual como les agradaba... E assi vino a sofrir
tanta pena de las palabras como de las obras, e despues que fueron
alzadas las mesas fueron juntas a dar amarga cena a Torrellas... E
despues que no dexaron ninguna carne en los huesos, fueron quemados,
de su ceniza guardando cada qual una buxeta por reliquias de su
enemigo. E algunas ovo que por joyel en el cuello la traian, porque
trayendo más a la memoria su venganza, mayor placer oviesen». Esta
escena trágico-grotesca vale bastante más que las coplas satíricas
de Torrellas, á las cuales confieso que nunca he podido encontrar
gracia, ni menos malignidad, que mereciera tan cruento y espeluznante
castigo. Verdad es que en su tiempo se le atribuían todos los libelos
antifeministas, de lo que él mismo se queja en su primera carta á
Brasayda: «E quando alguno quiere contra las damas maldezir, con
malicias del perverso Torrellas se favorece, y aunque diga lo que yo
por ventura no dixe, mi fama me haze digno que se atribuyan a mí todas
palabras contra mujeres dañosas, y esto porque de los yerros agenos y
mios faga agora penitencia».
Tal es la curiosa, aunque absurda, novela de Juan de Flores, cuyo éxito
en el siglo XVI fué tan grande como es inexplicable hoy, considerando
su flojo y desmazalado estilo. En su patria no tuvo más que cinco
ediciones que sepamos, la última en 1533[492], pero traducida al
italiano por Lelio Aletiphilo (que parece ser la misma persona que el
Lelio Manfredi, traductor de la _Cárcel de Amor_ y del _Tirante_),
salió remozada de las prensas de Milán en 1521 con el nuevo y flamante
título de _Historia de Aurelio é Isabella_, nombres que al intérprete
parecieron más elegantes y sencillos que los de Grisel y Mirabella.
Sustituyó además el clásico nombre de Afranio al catalán de Torrellas,
y el de Hortensia al de Brasaida. Esta versión fué reimpresa seis
veces[493] y sirvió de texto á la francesa de Gil Corrozet[494] y á
la inglesa de autor anónimo[495]. Utilizado el libro de _Aurelio é
Isabela_ como texto para la enseñanza de idiomas, sufrió en su mismo
original castellano una especie de refundición en lenguaje más moderno,
adoptando el cambio de nombres introducido por el traductor italiano,
y desde 1556 por lo menos hubo ediciones bilingües francoespañolas,
y más adelante ediciones políglotas en español, italiano, francés é
inglés[496]. Al alemán fué traducido más tardíamente, y del francés,
por Christiano Pharemundo, que la imprimió en Nuremberg, en 1630[497].
Libro tan leído no podía menos de ser imitado. Y lo fué primero nada
menos que por el Ariosto, que en el episodio de Ginebra complicó las
reminiscencias del _Amadís_ y del _Tirante_ con algunas circunstancias
derivadas de la novela de Juan de Flores, fundada, como hemos visto, en
_l'aspra legge de Scozia_. El lugar de la escena, la circunstancia que
sólo en Ginebra y en Mirabella, y no en las demás heroínas similares,
concurre, de ser hijas de un rey de Escocia; la intervención de la
camarera que revela el secreto de los amores de su ama, y hasta las
reflexiones de Reinaldo contra la injusta y tiránica ley, son indicios
evidentes de esta imitación, á los ojos del sagacísimo Rajna[498].
Lope de Vega, que tantos temas novelescos aprovechó en sus comedias,
tomó de la de _Aurelio é Isabela_ el argumento de los dos primeros
actos de _La ley ejecutada_. Antiguos comentadores ingleses de
Shakespeare, entre ellos Malone, afirmaron sin fundamento alguno que
Shakespeare, en _La Tempestad_, se había valido de la novela de Juan
de Flores; no hay ni la más remota analogía entre ambas obras. Todavía
hay quien habla vagamente de una novela española utilizada en esta
ocasión por el gran dramaturgo inglés; pero esa novela, si existe, no
es seguramente _Aurelio é Isabela_. En cambio, otro poeta contemporáneo
de Shakespeare, Fletcher, tomó del libro de Juan de Flores una parte
del argumento de su comedia _Women pleased_[499], y lo mismo hizo el
francés Scudéry en su drama _Le Prince déguisé_ (1636).
Ningún dato biográfico tenemos de Juan de Flores; ninguno tampoco de
Juan de Segura, á quien pertenecen dos novelitas que imprimió anónimas
en Venecia Alfonso de Ulloa en 1553[500], pero que llevan el nombre
de su verdadero autor en las ediciones de Toledo, 1548; Alcalá, 1553,
y Estella, 1564[501]. El primero de estas ensayos es un epistolario
erótico: _Processo de cartas de amores que entre dos amantes pasaron_.
Dícese traducido «del estilo griego», pero ninguna relación tiene
con las colecciones de epístolas amatorias de los sofistas Alcifron
y Aristeneto. Tampoco procede de las _Lettere amorose_ del veneciano
Alvise Pasqualigo, que no se imprimieron hasta 1569 y cuyo asunto es
enteramente distinto. Creemos que Juan de Segura fué el primero entre
los modernos que escribió una novela entera en cartas, generalizando el
procedimiento que habían empleado ocasionalmente Eneas Silvio, Diego
de San Pedro y aun otros autores más antiguos, como el poeta provenzal
autor de _Frondino y Brissona_. Tiene la novela epistolar grandes
ventajas para el análisis psicológico, como en el siglo XVIII lo mostró
Richardson, y después de él los autores de _La Nueva Heloisa_, de
_Weríher_ y de _Jacopo Ortis_, por lo cual conviene notar aquí esta tan
temprana aparición del género. Por lo demás, la acción en el librito de
Juan de Segura es sencillísima, reduciéndose á los contrariados amores
del protagonista con una dama á quien sus hermanos encierran en un
convento para impedirla contraer el matrimonio que desea. Las cartas
están bien escritas, en estilo agradablemente conceptuoso, muy urbano,
elegante y pulido, en el tono de la mejor sociedad del siglo XVI.
Acompaña al Proceso otra obrita de Juan de Segura (que también se
finge traducida del griego), _Quexa y aviso contra Amor_, la cual por
los nombres de sus personajes podemos titular _Lucindaro y Medusina_.
Es una extraña mezcla de discursos sentimentales, alegorías confusas
y gran copia de aventuras fantásticas; en lo cual se distingue de
todos los demás libros de su género, asimilándose mucho más á los
de caballerías y aun á las novelas orientales. Todo el cuento está
fundado en los prestigios de la magia. Un rey de Grecia muy versado
en las artes de astrología encierra en un castillo á una hija suya
para librarla de cierto horóscopo; pero la gran sabia Acthelasia
desbarata sus planes haciendo que Lucindaro, hijo del rey de Etiopía,
cuyos oráculos, signos y planetas le predestinaban para tal empresa,
se enamore de la infanta por haberla visto en sueños, y penetre en la
torre, merced á un anillo encantado que á ratos le hacía invisible.
No entraremos á detallar las demás peripecias de tan complicada
fábula: amor desdeñado al principio y favorecido después; tormentas y
naufragios; un delfín que arrastra al sin ventura amador á los palacios
submarinos de su protectora, la cual con sus artes mágicas le restituye
á Medusina, cuyo bizarro atavío se describe en una página que es de las
mejores del libro; sus desposorios y corto período de felicidad en el
castillo del Deleite; la muerte de la princesa, contada con sencillez
y ternura y acompañada de presagios que contribuyen al efecto trágico,
y finalmente, la desesperada resolución de Lucindaro, que, imitando al
Leriano de la _Cárcel de Amor_, se deja morir de hambre, después de
haber devorado las cenizas del cuerpo de su amada.
No creo que puedan añadirse muchas novelas de este género á las que
ya quedan mencionadas. En la Biblioteca Nacional existe una inédita,
«Tratado llamado _Notable de amor_, compuesto por D. Juan de Cardona,
á pedimento de la señora doña Potenciana de Moncada, que trata de
los amores de un caballero llamado Cristerno y de una señora llamada
Diana, y de las guerras que en su tiempo acaecían». Propónese el autor
demostrar, mediante una narración que dice ser verdadera, «que en estos
tiempos de agora ha tenido lugar el amor en los hombres acerca de las
mujeres con tanta pasion y verdad y perseverancia como se cree haber
habido en los tiempos pasados». Todos los nombres de los personajes de
la novela encubren los de sujetos reales, y el autor nos da la clave
al principio, aunque poco adelantamos con ella tratándose de personas
desconocidas. La misma sustitución hay en los nombres de lugares:
Medina del Campo está encubierto con el nombre de isla de Mitilene, y
el riachuelo Zapardiel se transforma nada menos que en el mar Egeo.
Prescindiremos del primoroso _Diálogo de amor_ de Dorida y Dameo,
«en que se trata de las causas por donde puede justamente un amante,
sin ser notado de inconstante, retirarse de su amor»; porque esta
obra de autor anónimo, que imprimió corregida y enmendada Juan de
Enzinas, vecino de Burgos, en 1593[502], no es novela, sino un tratado
de psicología amatoria, que oscila entre la literatura galante y la
filosófica, y puede considerarse como una imitación ó complemento de
los _Diálogos de Amor_ de León Hebreo, aunque carece de su profundidad
metafísica.
Hay que eliminar, finalmente, del catálogo de nuestras novelas
eróticas, la _Historea de los honestos amores de Peregrino y Ginebra_
(que ya corría de molde antes de 1527), porque el «Hernando Diaz,
residente en la universidad de Salamanca», que dedicó esta obra á
D. Lorenzo Suárez de Figueroa, conde de Feria[503], no hizo más que
traducir el libro italiano de _Il Peregrino_, compuesto por Jacopo
Caviceo y dedicado por él en 1508 á la duquesa de Ferrara Lucrecia
Borja[504]. El _Peregrino_ no es sólo novela de amores, sino también
de aventuras y de viajes; abunda en episodios ingeniosos, aunque
no siempre honestos, y á pesar de la afectación del estilo, que es
archilatinizado, se comprende que en su tiempo gustase. En castellano
tuvo seis ediciones, por lo menos, y aunque el Santo Oficio la puso
con razón en sus _Indices_ desde 1559, creemos que sirvió de modelo á
Jerónimo de Contreras para su _Selva de aventuras_, y que del título
por lo menos se acordó Lope de Vega al escribir _El peregrino en su
patria_.
Tanto el libro de _Peregrino y Ginebra_ como el de _Lucindaro y
Medusina_ marcan un intento de renovación en el contenido y forma de
la novela sentimental, que reducida á sus propios y escasos recursos
no podía menos de caer en gran monotonía. Faltaba en ella lo que el
vulgo de los lectores de este género de libros busca con preferencia:
el interés de la acción exterior, los lances complicados y de difícil
solución, que sin llegar á la maquinaria extravagante de los libros de
caballerías, pudieran mantener gustosamente entretenida la curiosidad
del lector, llevándole por peregrinos rodeos al desenlace. Satisfacían
en parte esta necesidad las novelas bizantinas, cuyo carácter
procuramos determinar al comienzo de este tratado. La erudición del
Renacimiento las había desenterrado, y ya las principales corrían en
lengua vulgar á mediados del siglo XVI. Heliodoro y Aquiles Tacio
suscitaron muy pronto imitaciones, y en España se escribió la más
memorable de ellas, los _Trabajos de Persiles y Sigismunda_, precedida
por alguna otra no indigna de recuerdo. Pero antes de tratar de ella,
diremos dos palabras sobre los intérpretes castellanos de uno y otro
novelista griego.
La más antigua traducción del _Teágenes y Clariclea_, que sería
probablemente la mejor, no ha sido descubierta hasta ahora. Consta que
la hizo el docto helenista Francisco de Vergara, catedrático en la
Universidad de Alcalá, discípulo de Demetrio el cretense y autor de
la primera Gramática griega de autor español que se usó en nuestras
aulas. Andrés Scotto y Nicolás Antonio[505] se refieren vagamente á un
códice de su versión del _Teágenes_ que se conservaba en la librería
del Duque del Infantado, pero no existe ya entre los restos de aquella
famosa biblioteca, incorporada después á la de Osuna y últimamente á la
Nacional de Madrid.
Francisco de Vergara falleció en 1545, dejando inédito el _Teágenes_,
y fué gran lástima que en vez de su trabajo se imprimiese otra versión
ni buena ni directa, sino sacada servilmente de la francesa de Jacobo
Amyot por un _secreto amigo de su patria_ (¿acaso un protestante
refugiado?) que lo entregó á las prensas de Amberes en 1554. En la
portada confiesa lisa y llanamente el origen del libro: _Historia
Ethiopica, trasladada de frances en vulgar castellano... y corregida
segun el Griego_; pero de tal corrección dudamos mucho, porque si el
traductor era capaz de leer el texto griego, para nada necesitaba
recurrir al francés, ni menos emplear el original como supletorio, y
además el prólogo mismo en que se habla de correcciones y de cotejo de
varios ejemplares está traducido de Amyot, como todo lo restante[506].
Las traducciones de Amyot, especialmente su _Plutarco_, hacen época
en la historia de la prosa francesa; pero el calco del anónimo de
Amberes, en estilo incorrecto y galicano, no podía contribuir mucho á
la popularidad del _Teágenes_ en España, así es que en esta forma sólo
fué reimpreso una vez, en Salamanca, 1581[507]. Pocos años después cayó
en manos de un nuevo traductor, que tampoco sabía griego, pero que
tuvo el buen acuerdo de guiarse por la interpretación latina literal
del polaco Esteban Warschewiczk, y encontró además un helenista de
mérito que le hiciese el cotejo con el original. Tal fué la labor no
despreciable del toledano Fernando de Mena, asistido por el Padre
Andrés Schoto, flamenco de nación y profesor de Lengua Griega en la
Universidad de Toledo. En esta forma apareció nuevamente la _Historia
de los leales amantes Teagenes y Cariclea_, en Alcalá de Henares, 1587,
y obtuvo hasta cinco reimpresiones, una de ellas la de París, 1615,
algo retocada por el famoso intérprete y gramático César Oudín[508].
En esta versión de Mena, pura y castiza aunque algo lánguida, se leía
aún el _Teágenes_ á fines del siglo XVIII, como lo comprueba una
edición de 1787, sin que prevaleciese contra ella la redundante y
culterana paráfrasis que en 1722 había publicado D. Fernando Manuel de
Castillejo con el título de _La Nueva Cariclea_[509]. Nada puedo decir
de la traducción ó imitación en quintillas del médico de Granada D.
Agustín Collado del Hierro, pues sólo la conozco por una referencia
del _Fénix_ de Pellicer[510] y por la noticia de Nicolás Antonio. Pero
de la influencia persistente de Heliodoro en nuestra literatura da
testimonio no sólo el _Persiles_, donde la imitación del _Teágenes_ es
menor de lo que generalmente se cree y de lo que da á entender el mismo
Cervantes, sino la comedia de Calderón _Los hijos de la fortuna_ y otra
más antigua del doctor Montalbán _Teágenes y Clariquea_.
Afortunado hubiera sido Aquiles Tacio Alejandrino en encontrar por
intérprete á D. Francisco de Quevedo, si la versión que éste hizo de la
_Historia de los amores de Leucipe y Clitophonte_ conforme á la letra
griega no hubiese padecido el mismo naufragio que otras obras suyas,
quedándonos sólo su memoria en las notas del _Anacreonte Castellano_
del mismo Quevedo[511]. Y habiéndose perdido también, lo cual es menos
de sentir, el _Poema Jónico_ ó _Épica Griega_, extraño título que dió á
su traducción derivada del latín, aunque «enmendada», según dice, «por
el original griego» el inagotable _grafómano_ D. José Pellicer de Ossau
Salas y Tovar[512], sólo corrió de molde una paráfrasis harto infiel
que D. Diego de Agreda y Vargas, novelista mediano y poco original,
publicó en 1617, valiéndose de la traducción toscana de Francesco
Angiolo Coccio[513].
(_El Fenix y su historia natural, escrita en 22 ejercitaciones,
diatribes o capitulos... por Don Josef Pellicer de Salas y Tobar_...
Madrid, 1603, fol. 107).
Pero ya en 1552 gran parte de los episodios de esta novela habían
venido, á través de otra traducción italiana menos completa, á
incorporarse en un libro español por varias razones notable que publicó
en Venecia el poeta alcarreño Alonso Núñez de Reinoso con el título de
_Historia de los amores de Clareo y Florisea y las tristezas y trabajos
de la sin ventura Isea, natural de la ciudad de Éfeso_[514]. Ya
Liebrecht indicó, aunque sin pararse á puntualizarlo, que esta obra era
imitación de _Leucipe y Clitofonte_. Lo es, en efecto, pero sólo de los
cuatro últimos libros, únicos que Reinoso conocía, según confiesa en
su prólogo: «Habiendo en casa de un librero visto entre algunos libros
uno que _Razonamiento de amor_ se llama, me tomó deseo, viendo tan
buen nombre, de leer algo en él; y leyendo una carta que al principio
estaba, vi que aquel libro habia sido escrito primero en lengua griega
y despues en latina, y ultimamente en _toscana_; y pasando adelante
hallé que comenzaba en el quinto libro. El haber sido escrito en tantas
lenguas, el faltarle los cuatro primeros libros fué causa que más
curiosamente desease entender de qué trataba, y á lo que pude juzgar,
me pareció cosa de gran ingenio y de viva y agraciada invencion. Por lo
cual acordé de, imitando y no romanzando, escribir esta mi obra, que
_Los amores de Clareo y de Florisea y trabajos de la sin ventura Isea_
llamo; en la cual no uso más que de la invencion, y algunas palabras de
aquellos razonamientos».
Alonso Núñez omite el nombre del autor griego á quien verdaderamente
imita, porque de seguro la obra era anónima para él. _Los Ragionamenti
Amorosi_, de que él se valía, eran los de Ludovico Dolce, impresos
en 1546, y en ellos la novela se da como fragmento de un antiguo
escritor griego[515]. Anónima estaba también en la versión latina que
siguió Dolce, que es la primera de Aníbal Cruceio milanés, impresa en
1544 y dedicada á D. Diego Hurtado de Mendoza[516]. Tal omisión se
explica teniendo en cuenta que Cruceio tradujo de un manuscrito griego
imperfecto, donde faltaban los cuatro primeros libros, y con ellos el
nombre del autor, y sólo diez años después llegó á descubrir la obra
entera con la noticia de su legítimo dueño.
Disipada, pues, la oscuridad que hasta ahora envolvía los orígenes
de _Clareo y Florisea_, á pesar de la honrada y leal confesión de su
autor, conviene estudiar en la novela misma los cambios, adiciones y
supresiones que en ella hizo el imitador. Consta _Clareo y Florisea_ de
treinta y dos capítulos, pero la imitación de _Leucipe y Clitofonte_
termina en el diez y nueve. Aun en estos primeros capítulos hay
algunos enteramente ajenos á la fábula griega, que por lo demás sigue
con bastante fidelidad, traduciendo pasajes nada cortos. Pero suele
abreviar con buen gusto las interminables descripciones en que se
complace el gusto sofístico de Aquiles Tacio, y prescinde casi siempre
de sus digresiones geográficas y mitológicas, tan curiosas algunas.
Reducida la acción á sus elementos novelescos, todavía hizo en ella
algunas alteraciones más ó menos felices. Como no conocía los cuatro
primeros libros de la novela griega, ni el motivo del viaje de Leucipe
y Clitofonte (nombres que cambió por los menos exóticos de Clareo y
Florisea), tuvo que inventarle, é imaginó una combinación que luego
reprodujo Cervantes en el _Persiles_. Clareo y Florisea son prometidos
esposos; pero el primero, á causa de un voto ó promesa, había dado
palabra de no casarse con Florisea en un año, «sino tenella como su
propia hermana». Con la llegada á Alejandría de ambos amantes comienza
la imitación de Aquiles Tacio, conservando algunos nombres del original
y cambiando otros. Menelao, por ejemplo, es en el texto griego un amigo
fiel de Clitofonte; en el español desempeña el mismo papel que el
corsario Cherea de la primitiva novela. Roba á Florisea con engaño, y
viéndose perseguido en la mar, finge descabezarla y echar su cuerpo á
las olas, inmolando en lugar suyo á una infeliz esclava. Clareo queda
solo é inconsolable en Alejandría, donde se enamora de él una dama
rica y hermosa, que en nuestro libro se llama Isea y en el de Aquiles
Tacio Melita, la cual se creía viuda por tener falsas nuevas de haber
naufragado su marido. Clareo resiste por largo tiempo al amoroso asedio
de la apasionada Isea, pero vencido por lo precario de su situación y
por los consejos é instancias de su amigo Rosiano acaba por consentir
en el matrimonio, si bien poniendo por condición que no se consumará
hasta que lleguen á Éfeso, patria de la supuesta viuda. Hacen, en
efecto, el viaje, pasando el suplicio de Tántalo la pobre Isea; pero
Clareo, siempre fiel á la memoria de Florisea, inventa nuevos pretextos
para dilatar la unión conyugal, y entre tanto encuentra á su amada
entre las esclavas de su nueva mujer. Para complicar la situación,
sobreviene en mal hora Tesiandro (Tersandro en Aquiles Tacio), el
marido de Isea, que pasaba por muerto; arma tremendo escándalo en
su casa, insulta y golpea furiosamente al que tiene por adúltero, y
acaba por hacerle encerrar en una prisión y someterle á un proceso. Un
confidente de Tesiandro le habla de su esclava Florisea, ponderándole
su hermosura; la ve, queda prendado de ella; intenta vencer brutalmente
su resistencia, y no lográndolo, la secuestra en escondido lugar y
hace correr voz de que había sido asesinada. Llega la falsa noticia al
preso Clareo: cae en la más negra desesperación, y para salir pronto de
esta vida y vengarse al mismo tiempo de Isea, á quien tiene por autora
ó instigadora del crimen, se declara culpable de él y la delata como
cómplice. Es sentenciado á muerte, pero le salva la oportuna aparición
de Florisea, que ha logrado escapar de su encerramiento y viene á
poner en claro la verdad de todo. Los dos amantes vuelven á su patria
Bizancio, donde celebran sus bodas, y la infortunada Isea, en cuya boca
pone el autor castellano la narración de todos estos trabajos, que
en la novela griega cuenta el mismo Clitofonte, vuelve á peregrinar
por tierras y mares, pero ya como mera espectadora de muy diversas
aventuras.
Comparado este relato con el de Aquiles Tacio, se observan algunas
modificaciones muy felices. Reinoso ha ennoblecido el carácter de
Clareo; le ha hecho menos pasivo, menos quejumbroso, menos apocado
y cobarde que en la novela original, donde todo el mundo aporrea
impunemente al triste Clitofonte, sobre todo el brutal marido de Isea.
Ha presentado con más tino, y delicadeza la pasión de la viuda, que
llega á interesar en algunos momentos por lo patético y bien sentido
de sus quejas. Otro rasgo notable de depuración moral y estética á
un tiempo se debe al imitador español. Tanto Clareo como Isea quedan
libres de toda mancha y sospecha de adulterio, ni involuntario
siquiera, si vale la expresión. Por el contrario, Aquiles Tacio hace
que Melita, aun después de la vuelta de su marido, insista en su
furiosa pasión y logre triunfar por una vez sola de la resistencia
de Clitofonte; con lo cual destruye todo el pensamiento de su obra,
fundada en la mutua fidelidad de Leucipe y su amante. Esta distracción
del novelista griego tiene consecuencias análogas á las que trajo
en el _Amadís_ la famosa enmienda de Briolanja. Leucipe, que había
guardado incólume su castidad, puede arrostrar impávida la prueba de
la gruta de la siringa, que sonaba melodiosamente cuando entraba una
virgen (aventura tan parecida á la del _arco de los leales amadores_)]
pero Melita no puede salir airosa de la prueba del agua Stygia,
sino merced á una restricción mental que dista poco de un falso
juramento. Alonso Núñez suprimió estas pruebas, en lo cual no hizo
bien, porque son interesantes y poéticas, y abrevió además secamente
el final, suprimiendo todas las escenas del templo de Diana y la
oportuna llegada de Sostrato, padre de Leucipe, que tanto contribuye
al desenlace. Pero en general la novela bizantina no salió empeorada
de sus manos, y aunque la prosa de Aquiles Tacio es más trabajada, su
elegancia sofistica agrada menos que la candorosa y apacible sencillez
del estilo de Reinoso. La imitación clásica no se limita en éste á
un solo modelo. El mismo dice en su segunda dedicatoria que quiso
remedar también á Ovidio en los libros _de Tristibus_, á Séneca en las
tragedias y á otros autores latinos. Con efecto, son visibles estas
imitaciones, especialmente las de Séneca el Trágico. Gran parte del
capítulo IX, que contiene las quejas y lamentaciones de Isea desdeñada
por Clareo, está tejida con palabras y conceptos que pronuncia Fedra en
el _Hipólito_, y la confidenta Ibrina representa el mismo papel que la
_Nutrix_ en la tragedia del poeta cordobés. Hay una bajada al infierno
llena de reminiscencias del libro sexto de la Eneida, y un lindo elogio
de la vida pastoril taraceado del «_O fortunatos nimium_» de las
_Geórgicas_ y del «_Beatus ille_» de Horacio[517]. Trozo es éste que no
me parece muy inferior al celebrado discurso de Don Quijote sobre la
edad de oro, con el cual tiene mucha analogía de factura. Y es cierto
que Cervantes había leído con mucha atención el libro de los _Amores de
Clareo_, del cual hay algunas reminiscencias en el _Persiles_[518].
Aunque la fábula general, en la primera parte del libro de Reinoso, sea
la de Aquiles Tacio, hay varios episodios que parecen originales del
poeta de Guadalajara, y nada tienen que ver con la antigüedad griega y
latina. Tales son las maravillas de la Ínsula Deleitosa y la historia
de la infanta Narcisiana, la cual era tan hermosa y tenía tanta fuerza
en el mirar, que con su vista mataba; por lo cual sus padres la habían
confinado en aquella isla donde ningún hombre verla pudiese, y aun
allí, «tenia delante de su rostro una forma de velo o antifaces, porque
ansi pudiera ver, y siendo por ventura vista no matar». Otra novela
hay (cap. X) cuya acción pasa en Valencia, y que pertenece al género
trágico de Mateo Bandello, recordando algo su principio y su fin la
de Diego de Centellas, que tiene el número 42 en la colección del
ingenioso dominico lombardo. La descripción de la ínsula de la Vida y
de los huertos, ejercicios y recreaciones de sus moradores (caps. XI y
XII) es una curiosa pintura de la vida cortesana en Italia, enteramente
anacrónica con el resto del libro. No lo es menos el reto y batalla
campal de Clareo y el corsario Menelao. Y aunque Reinoso insiste mucho
en que su obra no se confunda con «las vanidades de que tratan los
libros de caballerias», y aguza su ingenio para explicar alegóricamente
todas las acciones de sus personajes, es lo cierto que en cuanto
abandona las pisadas de Aquiles Tacio, y aparece en escena el andante
paladín Felesindos, su libro se convierte en uno más de caballerías,
tan absurdo y desconcertado como cualquier otro, aunque mejor escrito
que la mayor parte de ellos. No nos perderemos en el laberinto de
esta última parte, que ningún interés ofrece, siendo conocidas tantas
muestras de su género. Lo más curioso é inesperado es el final, que
contiene una sátira nada benévola contra los conventos de monjas[519].
Viéndose rechazada Isea de uno de ellos por su pobreza y oscuro linaje,
determina recogerse en la ínsula Pastoril, donde escribe sus memorias,
de las cuales promete una segunda parte.
Pocas noticias quedan del autor de este ingenioso libro, fuera de las
que él mismo da en las poesías líricas que acompañan á su novela. Era
natural de Guadalajara, como queda dicho, y parece haber pasado algunos
años de su juventud en Ciudad Rodrigo, donde frecuentó el trato y
amistad de Feliciano de Silva, á quien admiraba demasiado, pero cuyo
estilo no imitó por fortuna suya. En una de las composiciones que
escribió en Italia deplora en términos muy sentidos la ausencia de su
amigo:
Y si con estos enojos
_Soledad_[520] de España siento,
Luego revientan los ojos
Con las lágrimas, despojos
Del cansado pensamiento.
..........................................
Que estoy en _Ciudad Rodrigo_
Muchas veces finjo acá,
Y conmigo mismo digo:
«Este camino que sigo
A los Alamos irá».
Y digo: «contento, ufano
Y alegre podré llegar
A casa de _Feliciano_,
A donde continuo gano
Por tal ingenio tratar»...
De otros amigos y amigas suyas de aquella ciudad y de Guadalajara
trata en los versos que siguen, acordándose especialmente de doña
Ana de Carvajal, de una doña Juana Ramírez y de su propia hermana
doña Isabel de Reinoso. En una de sus dedicatorias habla de «cierta
comedia» que había dirigido al duque del Infantado, y que había sido
corregida y enmendada por el señor de Frexno de Torote, D. Juan Hurtado
de Mendoza, buen caballero, buen regidor y procurador á Cortes, pero
poeta infeliz, autor de _El buen placer trobado en trece discantes de
cuarta rima castellana_ (1550); libro que, como tantos otros, tiene su
mayor mérito en la rareza. Reinoso se muestra agradecido á sus buenos
oficios, no menos que á los del caballero italiano Juan Micas, á quien
dedicó la historia de Clareo. Su vida parece haber sido aventurera y
azarosa. De una epístola suya á Feliciano se infiere que comenzó la
carrera de Leyes, probablemente en la Universidad de Salamanca, lo cual
puede explicar sus estancias en la vecina Ciudad Rodrigo. Como tantos
otros españoles pasó á Italia, pero su viaje debió de tener más de
forzado que de voluntario, á juzgar por los versos en que habla de su
destierro, que no parece metafórico:
Ha consentido mi hado
Y mi suerte me condena
A que viva desterrado
Y que muera sepultado
Sin placer en tierra ajena;
A donde todo me daña,
Donde mi muerte se ve,
Pues morando en tierra extraña,
Con la memoria d' España
Como viva yo no sé.
En Italia obtuvo fama de poeta, y uno de sus encomiadores fué el mismo
Ludovico Dolce, de cuyos _Ragionamenti_ tomó la idea de su novela, que
el mismo Dolce celebró en un soneto inserto en los preliminares del
libro. Los endecasílabos de Reinoso valen poco, y él mismo confiesa que
muchas veces no tienen la acentuación debida, sino la que cuadraría al
verso de doce sílabas ó de arte mayor. En las coplas castellanas es
fácil, tierno y afectuoso, pero su prosa es infinitamente mejor y más
limada que sus versos. La _Historia de Clareo y Florisea_ fué traducida
inmediatamente al francés[521] y tiene el mérito de ser, si no nos
equivocamos, la más antigua imitación de las novelas griegas publicada
en Europa, puesto que la del seudo Atenágoras, que pasa por la más
antigua, no apareció hasta 1599.
Más independiente de los modelos bizantinos, y más enlazada con la vida
actual, se presenta la _Selva de aventuras_ que el cronista Jerónimo de
Contreras publicó antes de 1565, puesto que la edición de Barcelona de
dicho año no parece ser la primera. Hay, por lo menos, seis posteriores
á esa fecha[522] y una traducción francesa de Gabriel Chapuys (1580),
que fué reimpresa varias veces[523]. Todo esto prueba que la _Selva_
se leyó bastante, y hoy mismo es de fácil y no desapacible lectura. El
argumento es sencillo y bien combinado, en medio de la extremada pero
no confusa variedad de episodios.
Un caballero sevillano llamado Luzmán, enamorado de la doncella
Arbolea, á quien había conocido desde la infancia, la pretende en
matrimonio; pero ella, resuelta á abrazar la vida monástica, le quita
toda esperanza con muy corteses razones: «Nunca yo pudiera creer,
Luzmán, que aquel verdadero amor trabado y encendido desde nuestra
juventud, pudiera ser por ti en ningun tiempo manchado, ni derribado de
la cumbre donde yo por más contentamiento suyo y mio le habia puesto.
Pesame que de casto y puro amor le has vuelto comun deseo y apetito
sensual, siendo primero contemplacion y recreación del ánima... No dejo
de conocer que lo que pides, y como hombre deseas, que es bueno; mas si
hay otro mejor, no se debe de dejar lo más por lo menos.
Quiero decir que yo te he amado por pensamiento, que en mí no se
efectuase otro amor más que aquel que sola nuestra amistad pedia;
porque yo siempre estuve determinada de nunca me casar, y asi he dado
mi limpieza a Dios y toda mi voluntad, poniendo aqui el verdadero amor,
que jamas cansa ni tiene fin».
El desconsolado amante busca alivio en la ausencia, y parte para
Italia en hábito de peregrino. La narración de este viaje y de las
extrañas cosas que en él vió Luzmán es el principal asunto de los
siete libros cortos en que la _Selva_ se divide. Siguiendo el holgado
modo de novelar que ya vimos indicado en el _Libro Félix_ de Raimundo
Lulio y que adoptaron los autores de novelas picarescas, cada uno
de los personajes que el protagonista va encontrando le refiere su
historia y le pide ó le da consejo. Entre estas historias hay algunas
muy interesantes y románticas, como la del caballero aragonés Erediano
(¿Heredia?) y Porcia, sobrina del duque de Ferrara: dos amantes que
hicieron vida solitaria y murieron en el desierto; la del penado
Salucio, que parece prototipo de Cardenio; la del marqués Octavio de
Mantua. Hay tipos ingeniosamente trazados, como el pobre Oristes,
el rico y avaro Argestes, el espléndido y hospitalitario Virtelio;
episodios de novela pastoril, disputas de casuística amorosa, tres
églogas representables, una de las cuales, la de Ardenio y Floreo, el
pastor amoroso y el desamorado, recuerda la disputa de Lenio y Tirsi
en la _Galatea_ de Cervantes; una representación escénica del Amor
Humano y el Amor Divino, y otra que se supone hecha en la plaza de San
Marcos de Venecia, y gran cantidad de versos líricos de todas medidas,
escritos con elegancia y rica vena. En el curso de su peregrinación, el
héroe visita la cueva y oráculo de la Sibila Cumea (_la sabia Cuma_),
y encuentra reinando en Nápoles al magnánimo Alfonso V de Aragón.
Volviendo á España, cae en poder de unos corsarios que le llevan
cautivo á Argel (lugar común de tantas novelas y comedias posteriores);
logra rescatarse, y al llegar á Sevilla encuentra que su amada Arbolea
había tomado el velo. Hay rasgos muy delicados en la última entrevista
de los dos amantes.
«Y luego esa tarde se fue Luzmán al monasterio donde estaba su señora,
y preguntó por ella: a Arbolea le fue dicho cómo un pelegrino la
buscaba; ella, no sabiendo quién fuese, se paró a una reja, y aunque
vio a Luzmán, no le conocio; mas él, cuando vido a ella, conocióla
muy bien; y sin poder detener las lagrimas, comenzo a llorar con gran
angustia. Arbolea, muy maravillada, no pudiendo pensar qué fuese la
causa porque aquel pobre asi llorase ante ella, le preguntó diciendo:
«¿Qué sientes, hermano mio, o qué has menester desta casa? ¿Adónde
me conoces, que has llamado a mí más que a otras destas religiosas?»
Luzmán, esforzando su corazón, y volviendo más sobre sí, respondió
a Arbolea, diciendo: «No me maravillo yo, señora Arbolea, que al
presente tú no me conozcas, viéndome tan mudado del que solia ser con
los grandes trabajos que por tu causa he pasado: ves aqui, señora,
el tu Luzmán, a quien despreciaste y tuviste en poco sus servicios,
no conociendo ni queriendo conocer el verdadero amor que te tuvo, a
cuya causa ha llegado al punto de la muerte, la cual de más cortés
que piadosa ha usado con él de piedad; y esto ha sido porque volviese
a tu presencia; pues agora venga la muerte, que contenta partirá
esta afligida ánima, guardando el cuerpo en su propia naturaleza»; y
diciendo esto, calló vertiendo muchas lagrimas.
«Arbolea, que entendio las palabras de Luzmán y le conocio, que
hasta entonces no habia podido conocerlo, porque vio sus barbas muy
largas, sus cabellos muy cumplidos y ropas muy pobres, aquel que era
la gentileza y hermosura que en su tiempo habia en aquella ciudad,
lleno de gracias, vistiendose tan costosamente que ningún caballero
le igualaba; pues, vuelta en sí, aunque con gran turbacion, alegrose
en ver aquel a quien tanto habia amado, que por muerto tenia, y
respondiole diciendo asi: «No puedo negar ni encubrir, mi verdadero
hermano y señor, la gran tristeza que siento en verte de la manera
que te veo; mas por otra parte, muy alegre doy gracias a Dios que con
mis ojos te tornase a ver, porque cierto muchas veces he llorado tu
muerte, creyendo que ya muerto eras; y pues eres discreto y de tan
principal sangre, yo te ruego me perdones, si de mí alguna saña tienes,
y te conformes con la voluntad de aquel por quien todas las cosas son
ordenadas; que yo te juro por la fe que a Dios debo, que no fue más en
mi mano, ni pude dejar el camino que tomé, que ya sabes que no se menea
la hoja en el árbol sin Dios, cuanto más el hombre con quien él tanta
cuenta tiene. To te ruego, desechada tu tristeza, alegres a tus padres
y tomes mujer, pues por tu valor la hallarás como la quisieres, y de mí
haz cuenta que fui tu hermana, como lo soy y seré mientras viviere».
Decia estas palabras la hermosa Arbolea con piadosas lagrimas, a las
cuales respondio Luzmán: «Al tiempo que tú, señora, me despediste
cuando más confiado estaba, entonces desterré todo el contentamiento,
y propuse en mí de no parecer más ante tus ojos, y nunca ante ellos
volviera, sino que entendi que estabas casada, lo cual jamas pude
creer, mas por certificarme, quise venir ante tu presencia; y pues ya
no tienen remedio mis lagrimas ni mis suspiros, ni mis vanos deseos,
quierome conformar con tu voluntad, pues nunca della me aparté; y en lo
que me mandas que yo me case, no me tengas por tal que aquel verdadero
amor que te tuve y tengo pueda yo ponerlo en otra parte: tuyo he sido
y tuyo soy, y así quiero seguir lo que tú escogiste, casandome con la
contemplación de mi cuidado, que no plega a Dios que otra ninguna sea
señora de mi corazón sino tú que lo fuiste desde mi juventud».
Para cumplir su propósito, Luzmán se despide de sus padres, construye
una ermita cerca del monasterio de Arbolea y hace allí vida penitente
el resto de sus días. Bello y romántico final, que recuerda la balada
de Schiller _El caballero de Togenburgo_ ó la imitación que de ella
hizo nuestro Piferrer en su _Ermitaño de Monserrat_.
La originalidad de la _Selva de aventuras_ parece incontestable. De
las novelas anteriores, sólo la de _Peregrino y Ginebra_ tiene alguna
remota analogía de plan, pero hay mucha distancia del espíritu liviano
de aquella narración á la intachable pureza moral de ésta. Todo en ella
respira gravedad y decoro, y á la verdad, no se explica que el Santo
Oficio, tan indulgente ó indiferente con este género de literatura,
hiciese la rara excepción de llevar _Luzmán y Arbolea_ al _Índice
expurgatorio_.
Poco sabemos de la vida de Jerónimo de Contreras, que se titula
_capitán_ en el frontispicio de alguno de sus libros. Consta por
declaración propia que en 1560 obtuvo de Felipe II la merced de un
_entretenimiento_ en el reino de Nápoles, y que todavía permanecía allí
diez años después cuando puso término á su _Vergel de varios triunfos_,
que luego se imprimió con el título de _Dechado de varios subjectos_
(1572), especie de alegoría moral en forma de sueño, entremezclada
con elogios en prosa y verso de reyes y varones ilustres españoles
antiguos y modernos[524]. «Contreras es escritor fácil, rico y castizo
(dice Gallardo hablando de esta obrita); sus versos parece que se le
caían de la pluma, especialmente el que llamamos por excelencia verso
castellano, las redondillas». Á pesar de su título de cronista, no
conocemos obras históricas de él, y no son flojos, aunque sin duda
voluntarios, los anacronismos en que incurre en su novela, bien que en
su tiempo nadie reparaba en esto.
Así como el _Clareo y Florisea_ es el germen del _Persiles_, así la
_Selva de aventuras_, con sus cuadros de viajes, con sus intermedios
dramáticos y líricos, nos parece el antecedente más inmediato de
_El Peregrino en su patria_ de Lope de Vega y de otras misceláneas
novelescas semejantes á ésta.