NOVELA SENTIMENTAL; SUS ORÍGENES; INFLUENCIA DE BOCCACCIO Y
ENEAS SILVIO.--JUAN RODRÍGUEZ DEL PADRÓN («EL SIERVO LIBRE
DE AMOR»).--DIEGO DE SAN PEDRO («CÁRCEL DE AMOR». «TRATADO
DE ARNALTE Y LUCENDA»).--«CUESTIÓN DE AMOR», DE AUTOR
ANÓNIMO.--JUAN DE FLORES («GRISEL Y MIRABELLA». «GRIMALTE Y
GRADISSA»).--OTRAS NOVELAS DEL MISMO ESTILO.--JUAN DE SEGURA
(«PROCESO DE CARTAS DE AMORES»).--HERNANDO DÍAZ («HISTORIA
DE LOS AMORES DE PEREGRINO Y GINEBRA»).--NOVELA BIZANTINA DE
AVENTURAS.--INFLUENCIA DE HELIODORO Y AQUILES TACIO.--ALONSO
NÚÑEZ DÉ REINOSO («CLAREO Y FLORISEA»).--JERÓNIMO DE
CONTRERAS («SELVA DE AVENTURAS»).
Simultáneamente con los libros de caballerías floreció, desde mediados
del siglo XV, otro género de novelas, que en parte se deriva de él y
conserva muchos de sus rasgos característicos, pero en parte acaso
mayor fué inspirado por otros modelos y responde á un concepto de la
vida muy diverso. Tal es la novela erótico-sentimental, en que se
da mucha más importancia al amor que al esfuerzo, sin que por eso
falten en ella lances de armas, bizarrías y gentilezas caballerescas,
subordinadas á aquella pasión que es alma y vida de la obra,
complaciéndose los autores en seguir su desarrollo ideal y hacer
descripción y anatomía de los afectos de sus personajes. Es, pues, una
tentativa de novela íntima y no meramente exterior como casi todas las
que hasta entonces se habían compuesto, y aunque no produjo, ni podía
producir, obras maestras, porque no habían llegado todavía los tiempos
del análisis psicológico, dejó algunas curiosas muestras de retórica
apasionada y trajo á nuestra prosa un nuevo é importante elemento.
Ya algunas novelas cortas venidas del francés ó del provenzal, como
_Flores y Blancaflor_, _Paris y Viana_, _Pierres y Magalona_, preparan
y anuncian la aparición de este género; pero son todavía novelas de
aventuras, aunque sencillas y tiernas, no son novelas propiamente
afectivas. Los verdaderos ó inmediatos modelos de la novela erótica
hay que buscarlos en Italia. Ignorado como lo estuvo siempre de los
cristianos el precioso tratado _de los amores_ del cordobés Aben-Hazam,
no hay duda que el primer libro subjetivo ó íntimo de las literaturas
modernas, el primer análisis detallado y profundo de la pasión
amorosa es la _Vita Nuova_ del gran Alighieri, donde la autobiografía
sentimental del sumo poeta está mezclada con el comentario de algunos
de sus sonetos, baladas y canciones. Pero no obstante lo muy admirado é
imitado que fué Dante en la literatura española del siglo XV, no parece
que este librito suyo fuese tan familiar á nuestros ingenios como la
_Divina Comedia_. No le encuentro citado en parte alguna, aunque el
Marqués de Santillana poseyó un códice, y sólo en la novela catalana
de _Curial y Guelfa_ (lib. I, p. 64) se encuentra una imitación de la
_maravigliosa visione_ del corazón comido, que está en él capítulo III
de la _Vita Nuova_.
En cambio fué extraordinariamente leída la _Fiammetta_ de Juan
Boccaccio, curiosísimo ensayo de psicología femenina, larga elegía
de amor puesta en boca de la protagonista, que es, con transparente
disfraz, la hija natural del rey Roberto de Nápoles, María de Aquino,
de cuyos amores con el poeta de Certaldo queda tanta memoria en otras
obras suyas, tales como el _Filostrato_ y la _Amorosa Visione_. Los
defectos que la _Fiammetta_ tiene para el gusto de ahora; su estilo
redundante y ampuloso lleno de rodeos y circunloquios; su afectación
retórica y ciceroniana, que desde las primeras páginas empalaga; el
pedantesco abuso de citas y reminiscencias clásicas, no lo eran para
los contemporáneos y parecían otros tantos primores. Nuestros prosistas
del siglo XV la tuvieron en gran estima, procuraron imitarla, y no
sólo en la _Cárcel de Amor_ y en los libros de Juan de Flores, sino
en la parte seria y trágica de la _Celestina_ se ven las huellas de
este modelo de tan dudosa belleza. Las pedanterías que dice Melibea al
encerrarse en la torre y resuelta ya á despeñarse; las lamentaciones
de sus padres Pleberio y Alisa, parecen trozos de la _Fiammetta_.
Pero si influyó por sus defectos, influyó también por sus cualidades,
que son admirables, especialmente por la penetración psicológica, que
Boccaccio tuvo en alto grado, y aplicó antes que ningún moderno al
estudio del alma de la mujer, llegando en algunos momentos de expresión
apasionada á emular Fiammeta, despechada por el abandono de su amador
Pamphilo, las inmortales quejas de la Dido virgiliana y de la Ariadna
de Catulo. Los lunares que esta obra tiene, como todas las demás
latinas é italianas de Boccaccio (exceptuado sólo, y no totalmente,
el _Decameron_), son propios de la cultura todavía imperfecta del
primer Renacimiento, que conservaba muchos restos de barbarie; pero
lo que tiene de genio novelístico, de impulso juvenil, de potencia
gráfica, de opulenta ejecución y sobre todo de pintura de afectos y
situaciones patéticas, le pertenece á él solo; apareció en sus libros
por primera vez y le pone, en el orden de los tiempos, á la cabeza de
los novelistas modernos.
Nada más fácil que encontrar citas de la _Fiammetta_ en los autores
españoles del siglo XV; basten por todas una castellana de D. Iñigo
López de Mendoza, y otra catalana del comendador Rocaberti. Sabido es
que en la _Comedieta de Ponza_ del Marqués de Santillana es Boccaccio
uno de los interlocutores, y á él se dirige la reina viuda de Aragón
doña Leonor, aludiendo al capítulo III de su novela con estas palabras:
E como _Fiameta_ con la triste nueva
Que del peregrino le fue reportada,
Segunt la tu mano registra e aprueva,
La mas fiel d'aquellas no poco turbada...
Entre la procesión de célebres enamorados que desfila por los tercetos
del poema alegórico de Rocaberti intitulado _Comedia de la gloria de
amor_, figuran Pánfilo y Fiammetta:
O nobla _Fiameta_
Lo teu gran dol a planyer m'a vençut,
Sobres dolor la pensa m'a costreta.
En ambas lenguas fué traducida la _Fiammetta_ dentro del siglo XV. De
la versión catalana[445] existe en el Archivo de la Corona de Aragón un
códice procedente del monasterio de San Cucufate del Vallés, escrito
con tinta tan corrosiva que le va destruyendo á toda prisa, por lo cual
urge su publicación. La traducción castellana, de la cual se conserva
un códice en el Escorial, fué impresa tres veces, por lo menos,
en 1497, 1523 y 1541, ediciones todas de gran rareza por haberlas
prohibido el Santo Oficio[446].
Notable influencia ejerció en el desarrollo de nuestra novela amatoria
otro libro ó más bien fragmento de libro de Boccaccio, es á saber,
las trece cuestiones de la cuarta parte del _Filocolo_, traducidas y
publicadas con el impropio título de _Laberinto de Amor_, que sólo
conviene á otra obra del mismo autor llamada más frecuentemente el
_Corvacho_. Cuando por primera vez se imprimió anónima esta traducción
en Sevilla (1546), el intérprete declaró de esta manera el origen
del libro: «Leyendo por mi pasatiempo el verano pasado un libro en
lengua toscana, que se llama _Filoculo_, que quiere decir tanto como
_Fatiga de Amor_, el cual compuso el famoso Juan Bocacio a instancia de
Madama Maria, hija del rey Ruberto de Napoles, entre muchas materias
subtiles de Amor que la Historia trata, hallé trece cuestiones que se
propusieron delante della en una fiesta, seyendo elegida de todos los
que la celebraban Reina para que las determinase. Y paresciendome bien,
acordé de traducirlas en nuestro romance castellano...»[447].
Aquel mismo año, y en Toledo, se hizo nueva y más correcta edición de
las _Trece questiones_, suprimido ya el impropio título de _Laberinto_,
y declarando el nombre del traductor, que fué el canónigo D. Diego
López de Ayala, asistido en pequeña parte por el capitán Diego de
Salazar. Todo ello consta en una advertencia de Blasco de Garay al
lector: «Entrando cierto dia... a visitar y besar las manos al muy
Reverendo y Magnifico señor don Diego López de Ayala, vicario y
canónigo de la Santa Iglesia de Toledo, y Obrero della, sucedio que
como me metiese (segun su costumbre de rescebir sabrosamente a los
estudiosos de las letras) en su libreria y encomenzase a comunicar
algunas obras raras que habia en ella, topé acaso con un libro de
mano que contenia Trece Cuestiones muy graciosas, sacadas y vueltas
en nuestro romance de cierta obra toscana llamada _El Filoculo_... De
las cuales haciendo yo la cata por diversas partes, encomenzaronseme a
encender las orejas de calor con la pureza de su estilo: tanto que no
pude dexar luego de preguntar quién habia sido el autor de tan suave
clareza. El cual, dubdoso entre conceder y negar, trahiame suspenso con
respuestas que me obligaban a ser adivino. Una cosa se me declaró luego
por cierta, los sumarios de las preguntas que iban en metro o copulas
(_sic_) por hablar más castellano, haberlas compuesto Diego de Salazar
que primero fue capitan, y al fin Hermitaño, varon en verdad el más
suficiente en aquella arte, asi de improviso como de pensado, que jamas
tuvo nuestra España... Pero como los tales sumarios en el dicho libro
fuesen lo accesorio y de menos importancia (aunque en sí muy buenos),
no cesé de querer saber adelante quién habia compuesto tan elegante y
polida castellana prosa. Y por la negativa que se me hizo de muchos
que yo reputaba haberla compuesto (aunque siempre me parecía exceder
la obra á la opinion mia), conosci en fin la afirmativa, que era ser
el verdadero interprete del tal libro el dueño en cuyo poder estaba.
Del cual, porque no caresciese nuestra lengua moderna de semejantes
riquezas, no con poca instancia trabajé que consintiese sacarle a luz,
pues tan digno era de ella, puesto que ya a hurtadas se le habia otro
antes divulgado. Y como a la sazon no le hallase título, pusole el que
a él mejor le parescio, llamandole _Laberinto de Amor_ de Juan Bocacio;
como el _Laberinto_ sea libro distinto del _Filocolo_, aunque todos
de un mismo autor. Asimismo sacóle muy vicioso, como cosa de rebato
hurtada. Agora, pues, amigo lector, os le damos correctisimo y con la
ultima lima de su autor afinado»[448].
Los dos escritores mencionados en esta advertencia son bastante
conocidos: el canónigo Ayala como traductor de la _Arcadia_ de
Sannazaro, y el capitán Salazar, como traductor de Apiano y otros
historiadores clásicos, y traductor también, ó por mejor decir
plagiario, del _Arte de la Guerra_ de Maquiavelo, que se apropió con
pocos cambios en su diálogo _De Re Militari_, disimulando el nombre del
autor original.
Alfonso de Ulloa, infatigable editor de libros españoles en Venecia,
puso las Trece Cuestiones del _Filocolo_ al fin de la _Cuestión de
Amor_, que estudiaré después; y en efecto, el parentesco de ambos
libros salta á la vista, aunque la _Cuestión_ española tiene un
desarrollo novelesco mucho más amplio y un carácter histórico muy
original. Pero el problema de casuística amatoria es del mismo género
que los que se debaten en el _Filocolo_. Ambas obras tienen por teatro
la corte de Nápoles, y reflejan las costumbres aristocráticas de sus
saraos, que en esta parte continuaban la tradición de las _tensones_
y _jocs partits_ de Provenza y Francia. Tienen mucha importancia en
el arte novelesco de Boccaccio estas _Cuestiones_, porque el episodio
en que están introducidas se parece mucho al cuadro general del
_Decameron_[449] y dos de ellas son verdaderas novelas que reaparecen
luego en esta colección (la cuarta y la quinta de la décima jornada, es
á saber la del jardín mágico y la de la dama enterrada en vida).
Además de las obras de Boccaccio creemos que influyó en nuestros
novelistas sentimentales, y especialmente en Diego de San Pedro, una
singular narración latina de autor italiano, que tanto por su mérito
intrínseco como por la calidad de la persona del autor, tuvo en el
siglo XV una celebridad extraordinaria. Me refiero á la _Historia de
duobus amanibus Eurialo et Lucretia_, que el egregio humanista de
Siena, Eneas Silvio Piccolomini, futuro Papa con el nombre de Pío II,
compuso en 1444, cuando no había pasado de las órdenes menores; obra
que fué para él (lo mismo que su comedia _Chrysis_ y otros ensayos
juveniles suyos) motivo de grave remordimiento cuando llegó á ocupar
la cátedra de San Pedro, moviéndole á exclamar con honda compunción
_Æneam rejicite_, _Pium suscipite_. La recomendación no fué oída: al
contrario, el nombre del autor acrecentó lo picante del libro; la
_Historia de Eurialo y Lucrecia_ fué impresa en latín más de veinte
veces antes de acabar el siglo XV, y traducida á las principales
lenguas vulgares, entre ellas al castellano[450].
Era Eneas Silvio gran admirador de Boccaccio, á quien se parece algo
como geógrafo, historiador y polígrafo. En la novela de _Eurialo
y Lucrecia_ le imita manifiestamente, y aunque tiene pasajes tan
lúbricos como cualquiera de los relatos más inhonestos del _Decameron_,
predomina el tono sentimental y romántico, lo cual aproxima más esta
obrita al tipo de la _Fiammetta_. El estilo es muy otro: retórico
también y lleno de exclamaciones, pero vivo, rápido, animadísimo,
como cuadra á los movimientos desordenados y febriles de la pasión;
es, en suma, obra maestra de una latinidad refinada y voluptuosa. Á
los recursos artísticos empleados por Boccaccio agrega Eneas Silvio
el empleo de la forma epistolar: parte de la novela está en cartas
entre los dos amantes; nuevo y poderoso medio de análisis afectivo,
mucho más natural que el de los soliloquios empleado por Boccaccio. Ya
veremos que el autor castellano de _Arnalte y Lucenda_ y de _Leriano
y Laureola_ fué de los primeros que adoptaron esta feliz innovación.
Ojalá hubiese imitado también al futuro Pontífice en el interés
profundamente histórico y humano que éste había dado á su narración,
fundada en un suceso realmente acaecido en Siena cuando entró en ella
el emperador Segismundo. Un alemán y una italiana son los héroes de
este sencillísimo cuento de amores, el cual en todos sus detalles
revela aquella fina observación que da tanto precio á muchos pasajes de
las epístolas y de las historias de Eneas Silvio, escritor enteramente
moderno cuando describe países ó costumbres.
Entre los primeros maestros de la psicología erótica que fueron aquí
leídos é imitados, creo que debe incluirse también al florentino León
Bautista Alberti, uno de aquellos genios universales y enciclopédicos
que el Renacimiento produjo, una especie de prefiguración de Leonardo
de Vinci. Pequeña cosa parecen en el cuadro de su portentosa actividad
estética y científica los dos diálogos _Ecatonfila_ y _Deifira_, el
primero. de los cuales _enseña el ingenioso arte de amar_ y el segundo
_exhorta á huir del amor mal comenzado_[451]. Pero aquí debe hacerse
mención de ellos, porque fueron traducidos al catalán en el siglo
XV[452] y porque alguna relación tienen con la _Fiammetta_, aunque más
bien pertenecen á aquel género de platonismo erótico que tiene en el
libro del hebreo español Judas Abarbanel su más curioso monumento. Pero
de esa _philographia_ ó doctrina del amor y la hermosura he discurrido
largamente en otra parte[453]. bastando recordar aquí el lazo que une
estos conceptos alejandrinos renovados en Florencia con la literatura
cortesana del siglo XVI, con la poesía lírica y con las novelas
sentimentales y pastoriles que fueron su reflejo.
Pero no adelantemos especies que luego se verán confirmadas. Los libros
españoles de que voy á tratar se escribieron durante un período de dos
siglos, y no todos obedecen á las mismas influencias, aunque en todos
ellos persiste el tipo esencial y orgánico, mezcla de caballeresco y
erótico, combinación del _Amadís_ y de la _Fiammetta_. Por lo demás,
estas producciones tienen mucho de original é interesante, y su corto
volumen y la variedad de los motivos poéticos que tratan las hacen más
amenas y de más fácil digestión que los libros de caballerías.
La más antigua, y una de las más interesantes, es la de Juan Rodríguez
del Padrón, último trovador de la escuela gallega, paisano y amigo de
Macías, á quien parece que se propuso imitar en los amores, ya que no
en la muerte:
Si te place que mis dias
Yo fenezca mal logrado
Tan en breve,
Plegate que con Macias
Ser meresca sepultado;
Y decir debe
Do la sepultura sea:
Una tierra los crió,
Una muerte los levó,
Una gloria los possea.
Su reputación poética, cifrada hasta ahora en pocos y medianos versos,
aunque sencillos y á veces tiernos, habría de subir al más alto
punto si realmente fuese autor de los bellísimos romances del _Conde
Arnaldos_, de la _Infantina_ y de _Rosa Florida_, que un manuscrito del
Museo Británico le atribuye[454]; pero aun concediendo (lo que para
nosotros no es dudoso) que un poeta cortesano del tiempo de D. Juan II
pudiera alcanzar en algún momento feliz esa plenitud de inspiración,
las lecciones que el manuscrito de Londres da son de tal modo
inferiores á los textos impresos, que si Juan Rodríguez las compuso
realmente, no puede ser tenido por autor original de estos romances,
sino por refundidor bastante torpe.
Su prosa vale más que sus versos, y su biografía y su leyenda, todavía
muy oscuras, interesan más que sus versos y su prosa. La novela que
vamos á examinar encierra sin duda una parte de las confesiones del
propio poeta. Titúlase este libro, inédito hasta nuestros días[455],
_El siervo libre de amor_, y está dedicado á Gonzalo de Medina, juez
de Mondoñedo. Divídese alegóricamente en tres partes, cuyo sentido
declara el autor en el proemio: «El siguiente tratado es departido
en tres partes principales, según tres diversos tiempos que en sy
contiene, figurados por tres caminos y tres arbores consagrados, que
se refieren a tres partes del alma, es a saber, al corazon y al libre
albedrio y al entendimiento, e a tres varios pensamientos de aquellos.
La primera parte prosigue el tiempo que bien amó y fue amado: figurado
por el verde arrayan, plantado en la espaciosa via que dicen de bien
amar, por do siguio el corazon en el tiempo que bien amaba. La segunda
refiere el tiempo que bien amó y fue desamado: figurado por el arbor
del paraiso, plantado en la desciente via que es la desesperacion, por
do quisiera seguir el desesperante libre albedrio. La tercera y final
trata el tiempo que no amó ni fue amado: figurado por la verde oliva,
plantada en la muy agra y angosta senda, que el siervo entendimiento
bien quisiera seguir...».
En esta obra, de composición algo confusa y abigarrada, hay que
distinguir dos partes: una novela íntima, cuyo protagonista es el autor
mismo, y otra novela, entre caballeresca y sentimental, que es la
_Estoria de los dos amadores Ardanlier é Liessa_, en la cual no negamos
que pueda haber alguna alusión á sucesos del poeta, pero que en todo lo
demás parece un cuento de pura invención, exornado con circunstancias
locales y con reminiscencias de algún hecho histórico bastante cercano
á los tiempos y patria del autor.
Á diferencia de los demás libros de su clase, que se desenvuelven en
una atmósfera fantástica, la novela de Juan Rodríguez está llena de
recuerdos de su tierra natal, notados con toda precisión topográfica.
Las principales escenas pasan en las cercanías de la villa del Padrón,
probablemente en la Rocha. Se menciona la puerta de _Morgadan_ que
«muestra la via por la ribera verde a la muy clara fuente de la
selva, y el nuevo templo de la diosa Vesta, en que reinaba la deesa
de amores contraria de aquélla», ó sea la iglesia de Santa María de
Iria, edificada sobre las ruinas de la que en tiempo de los romanos
fué templo de Vesta. No se contenta el novelista con las grandes
hazañas que su héroe consuma en la corte del Emperador, en Hungría,
Polonia y Bohemia, sino que le trae para mayores aventuras «_a las
partes de Iria, riberas del mar Oceano_, a las faldas de una montaña
desesperada, que llamaban los navegantes la alta Crystalina, donde
es la vena del albo crystal, señorio del muy alto principe glorioso,
excelente y magnifico rey de España». Allí escoge un paraje en la
mayor soledad, y haciendo venir «muy sotiles geometricos», les manda
romper por maravilloso arte «una esquiva _roca_, dentro de la cual
obraron un secreto palacio rico, fuerte, bien labrado, y a la entrada
un verde, fresco jardin, de muy olorosas yervas, lindos, fructiferos
arboles, donde solitario vivia», entregado á los deportes de la caza.
Este secreto palacio, donde se desata la principal acción de la novela
con el trágico fin de los dos leales amadores Ardanlier y Liessa,
es «el que hoy dia llaman la _Roca del Padron_, por sola causa del
padron encantado, principal guarda de las dos sepulturas que hoy
dia perpetuamente el templo de aquella antigua cibdad, poblada de
los caballeros andantes en peligrosa demanda del palacio encantado,
ennoblecen; los quales, no pudiendo entrar por el encantamiento que
vedaba la entrada, armaban sus tiendas en torno de la esquiva Rocha,
donde se encierran las dos ricas tumbas, y se abren por maravilla
al primero de Mayo, e a XXIV y XXV de Junio y Julio, a las grandes
compañas de los amadores que vienen de todas naciones a la grand
perdonanza que en los tales dias los otorga el alto Cupido, en
visitacion y memoria de aquellos. E por semblante via fue continuado
el sytio de aquellos cavalleros, principes y gentiles omes e fue
poblado un gracioso villaje, que vino despues a ser gran cibdad,
segund que demuestran los sus hedificios... A la parte siniestra
miraba aquella nombrada fuente de los Azores, donde las lindas aves de
rapiña, gavilanes, azores, melyones, falcones del generoso Ardanlier,
acompañados de aquellas solitarias aves que en son de planto cantan
los sensibles _lays_, despues de vesitadas dos veces al dia las dos
memoradas sepulturas, descendian tomar el agua, segun fazer solian en
vida del grand cazador que las tanto amaba: e cebandose en la escura
selva, guardaban las aves domesticas del secreto palacio, que despues
tornaron esquivas, silvestres, en guisa que _de la Naya_, y de las
_arboledas de Miraflores_ salen hoy dia esparveres, azores gentiles y
pelegrynos, falcones que se cevan en todas raleas, salvo en gallinas
y gallos monteses, que algunos dizen faysanes, conociendolas venir
de aquellas que fueron criadas en el palacio encantado, en cuyas
faldas, no tocando al jardin o vergel, pacian los _coseres_, portantes
de Ardanlier, despues de su fallecimiento, e las lindas hacaneas,
palafrenes de las fallecidas Liessa e Irena y sus dueñas e donzellas;
que vinieron despues en tanta esquividad y braveza, que ninguno, por
muy esforzado, solo, syn armas, osaba passar a los altos bosques donde
andaban. En testimonio de lo qual hoy dia se fallan caballos salvajes
de aquella raza en _los montes de Teayo, de Miranda y de Bujan_, donde
es la flor de los monteros, ventores, sabuesos de la pequeña Francia
(_Galicia_), los quales afirman venir de los tres canes que quedaron de
Ardanlier».
Bien se perdonará lo extenso de la cita, si se considera lo raro
que es encontrar en toda la literatura caballeresca, un paisaje
que no sea enteramente quimérico, y tenga algunas circunstancias
tomadas del natural. Juan Rodríguez del Padrón es el primero de
nuestros escritores en quien, aunque vagamente, comienza á despuntar
el sentimiento poético de la naturaleza, y no es ésta la menor
singularidad de sus obras.
Pero aun lo es más la nota personal é íntima que hay en ellos. Su
novela contiene, en cifra que para los contemporáneos debió de ser
clara, la historia de unos desventurados amores suyos. Teatro de estos
amores fué la corte de Castilla, que Juan Rodríguez frecuentó, después
de haber vivido en la domesticidad del Cardenal D. Juan de Cervantes, á
quien probablemente acompañó en su viaje al Concilio de Basilea. Corre
en muchos libros la especie, no documentada, pero sí muy probable,
de que fué paje de don Juan II. Sólo este cargo ú otro análogo pudo
darle entrada en la corte, puesto que á pesar de su hidalguía y de sus
pretensiones heráldicas era persona bastante oscura. Entonces puso
los ojos en él una _grand señora_, de tan alta guisa y de condición y
estado tan superiores al suyo, que sólo con términos misteriosos se
atreve á dar indicio de quién fuese y de los _palacios y altas torres_
en que moraba. El analista de la Orden de San Francisco, Wadingo, dijo
ya que Juan Rodríguez había sido engañado artificiosamente por una dama
de palacio (_artificiosè a regia pedisequa delusus_). Mil referencias
hay en _El siervo libre de amor_ á esta misteriosa historia, aunque
se ve en el autor la firme resolución de no decirlo todo, _por pavor
y vergüenza_. «Esfuerzate en pensar, (dice á su amigo el juez de
Mondoñedo), lo que creo pensarás: _yo aver sido bien afortunado_,
aunque agora me ves en contrallo; _e por amor alcanzar lo que mayores
de mi deseaban... desde la hora que vi la gran señora (de cuyo nombre
te dirá la su epístola) quiso enderezar su primera vista contra mí_,
que en sólo pensar ella me fue mirar, por symple me condenaba, e cuanto
más me miraba, mi simpleza más y más confirmaba; si algun pensamiento
a creer me lo inducia, yo de mí me corria, y menos sabio me juzgaba...
ca de mí ál non sentia, salvo que la grand hermosura e desigualdad de
estado la fazia uenir en acatamiento de mí, porque el más digno de los
dos contrarios más claro luciese en vista del otro, e por consiguiente
la dignidad suya en grand desprecio menoscabo de mí, que quanto más
della me veia acatado, tanto más me tenia por despreciado, e quanto más
me tenia por menospreciado, más me daba a la gran soledad, maginando
con tristeza...».
Á través de este revesado estilo, bien se deja entender que la
iniciativa partió de la señora, avezada sin duda á tales ardimientos,
y que Juan Rodríguez, haciendo el papel del _Vergonzoso en palacio_,
incierto y dudoso al principio de que fuese verdad tanta dicha, acabó
por dejarse querer como vulgarmente se dice, y «la prendió por señora,
y juró su servidumbre». La _muy generosa señora_ cada día le mostraba
más _ledo semblante_. «E quanto más mis servicios la cautivaban,
mas contenta de mí se mostraba, y a _todas las señales, mesuras y
actos que pasaba en el logar de la fabla, el Amor le mandaba que me
respondiesse_... E yo era a la sazon quien de placer entendia de los
amadores ser más alegre, y bien afortunado amador, y de los menores
siervos de amor más bien galardonado servidor». Cuando en tal punto
andaban las cosas, y creía que se le iban abrir las puertas de aquel
encantado paraíso (si es que ya para aquel tiempo no le habían sido
franqueadas de par en par, como sin gran malicia puede sospecharse),
perdióle al poeta el ser muy suelto de lengua y hacer confianza de
un amigo suyo, que al principio no quiso creer palabra de lo que le
contaba y luego acabó por darle un mal consejo. «El qual, syn venir en
cierta sabiduria, denegóme la creencia, e desque prometida, vino en
grandes loores de mí, por saber yo amar y sentir yo ser amado de tan
alta señora, amonestandome por la ley de amistad consagrada, no tardar
instante ni hora enviarle una de mis epistolas en son de comedia, de
oracion, peticion o suplicacion, aclaradora de mi voluntad... Por cuya
amonestacion yo me di luego a la contemplacion, e sin tardanza al dia
siguiente, primero de año, le envié ofrecer por estrenas la presente,
en romance vulgar firmada:
Recebid alegremente,
Mi señora, por estrenas
La presente.
La presente cancion mia
Vos envía,
En vuestro logar de España,
A vos y a vuestra compaña
Alegria.
E por más ser obediente,
Mi corazon en cadenas
Por presente...».
En respuesta á estas _estrenas_ ó aguinaldo recibió un _ledo mensaje_,
por el cual le fué prometido _logar a la fabla y merced al servicio_.
Es tan malo y estragado el único texto que poseemos de la novela, que
apenas se puede adivinar cómo acabó la aventura, ni en qué consistió
la deslealtad de que acusa al amigo. Lo que resulta claro es que la
muy _excelente señora_ llegó á entender que su galán había quebrado
el secreto de sus amores, y se indignó mucho contra Juan Rodríguez,
_arrojándole de su presencia_. Entonces él, lleno de temor y de
vergüenza, se retrajo al _templo de la gran soledat, en compañia de la
triste amargura, sacerdotisa de aquélla_, y desahogó sus tristezas en
la prosa y versos de este libro, haciendo al mismo tiempo tan duras
penitencias como Beltenebros en la Peña Pobre ó D. Quijote en Sierra
Morena. «Enderezando la furia de amor a las cosas mudas, preguntaba
a los montaneros, e burlaban de mí; a los fieros salvajes, y no me
respondian; a los _auseles_ que dulcemente cantaban, e luego entraban
en silencio, e quanto más los aquexaba, más se esquivaban de mí».
Algunas de estas canciones pone en _El siervo_, entre ellas una escrita
en variedad de metros, como lo exigía la locura de amor del poeta y lo
romántico de sus afectos.
Así anduvo «_errando_ por las malezas, hasta que se falló ribera del
grand mar, en vista de una grand urca de armada, obrada en guisa de la
alta Alemaña, cuyas velas... escalas e cuerdas eran escuras de esquivo
negror». Allí venía por _mestresa_ una dueña anciana, vestida de negro,
acompañada de siete doncellas, en quienes fácilmente se reconoce á
las siete virtudes. Una de ellas, _la muy avisada Synderesis_, recoge
al poeta en su _esquife_, y es de suponer que le devolviera el juicio
perdido, porque aquí acaba la novela, en la cual indudablemente falta
algo.
Si levantamos el velo alegórico y prescindimos de oscuridades
calculadas, que se acrecientan por el mal estado de la copia, apenas
se puede dudar de que el fondo de la narración sea rigurosamente
autobiográfico. De lo que no es fácil convencerse, á pesar de las
protestas del poeta, es de lo platónico de tales amores. El temor de
la _muerte_ pavorosa, que amaga al poeta con el trágico fin de Macías;
el misterio en que procura envolver todos los accidentes del drama, y
la antigua tradición consignada al fin de la _Cadira del honor_, que
le supone _desnaturado del reyno_ á consecuencia de estos devaneos,
son indicios de una pasión ilícita y probablemente adúltera, como
solían serlo los amoríos trovadorescos. Así se creía en el siglo XVI,
cuando un autor ingenioso, y que seguramente había leído _El siervo
libre de amor_, forjó sobre los amores de Juan Rodríguez una deleitable
y sabrosa, aunque algo liviana, novela, del corte de los mejores
cuentos italianos, en la cual se supone que la incógnita querida de
Juan Rodríguez del Padrón era nada menos que la reina de Castilla doña
Juana, mujer de Enrique IV y madre de la Beltraneja[456]. El nombre de
esta señora anda tan infamado en nuestras historias, que poco tiene
que perder por que se le atribuya una aventura más ó menos; pero basta
fijarse en los anacronismos y errores del relato, que le quitan todo
carácter histórico. Ni Juan Rodríguez era aragonés, como allí se dice,
sino gallego; ni sus aventuras pudieron ser en la corte de Enrique
IV, puesto que _El siervo libre de amor_, principal documento que
tenemos sobre ellos, no contiene ninguna alusión á fecha posterior á
1439, ni puede sacarse del tiempo en que Gonzalo de Medina era juez
de Mondoñedo, es decir, por los años inmediatos á 1430. Y sabido es
que el primer matrimonio del príncipe D. Enrique, no con doña Juana de
Portugal, sino con doña Blanca de Navarra, no se efectuó hasta 1440.
Verdad es que el autor de la novela anónima no se para en barras, y no
contento con hacer á Juan Rodríguez amante de la reina de Castilla,
le lleva luego, no al claustro, sino á la corte de Francia, donde «la
Reina, que muy moza y hermosa era, comenzó a poner los ojos en él, y
aficionándose favorecello, de manera que los amores vinieron a ser
entendidos, pasando en ellos cosas notables, de manera que vino a estar
preñada... y a él le fue forzoso irse para Inglaterra, donde, antes
de llegar a Cales para embarcarse... fue muerto por unos caballeros
franceses».
El hecho de inventarse tan absurdos cuentos sobre su persona, prueba
que el trovador gallego quedó viviendo como tipo poético en la
imaginación popular y en la tradición literaria. Fué el segundo Macías,
único superior á él entre los llagados de la flecha de amor, que
penaban en el simbólico infierno de Guevara y Garci Sánchez de Badajoz.
Su trágica muerte pudo ser inventada también para asimilar más y más
su leyenda á la de Macías, el cual, más que su amigo, fué su ídolo
poético, el único de sus días á quien creía _merescedor de las frondas
de Dafne_. Pero si no muerte sangrienta, destierro y extrañamiento
largo parecen haber sido la pena de los amores de Juan Rodríguez,
hasta que en el claustro de Herbón, que contribuyó á edificar con sus
bienes patrimoniales, encontró refugio contra las tempestades del
mundo y de su alma. Es cierto que no hay datos seguros acerca de la
fecha de su profesión, y aun algunos dudan de ella; pero algo vale la
constante creencia de la orden franciscana, consignada por el erudito
Wadingo[457] y robustecida por la tradición local.
Ya hemos dicho que además de la novela íntima contiene _El siervo
libre de amor_ una pequeña narración caballeresca. Esta historia de
_Ardanlier y Liessa_ ha sido escrita, por quien conocía no sólo las
ficciones bretonas, sino el _Amadís de Gaula_, puesto que la prueba
de la roca encantada recuerda la de la ínsula Firme y el arco de los
leales amadores; pero con esta derivación literaria se juntan recuerdos
de los aventureros españoles que fueron con empresas de armas á la
_dolce Francia_, como don Pero Niño; á Hungría, Polonia y Alemania,
como Mosén Diego de Valera. Ardanlier sostiene un paso honroso cerca
de Iria, como Suero de Quiñones en la puente de Órbigo; hay también un
candado en señal de esclavitud amorosa, salvo que no le lleva el héroe,
sino la infanta Irene, que le entrega la llave en señal de servidumbre.
Y para que la ficción tenga todavía raíces más hondas en la realidad,
la trágica historia de los amores de Ardanlier, hijo de Creos, rey de
Mondoya, y de Liessa, hija del señor de Lira, reproduce en sus rasgos
principales la catástrofe de doña Inés de Castro, si bien el novelista,
buscando un fin todavía más romántico, hace al desesperado príncipe
traspasarse con su propia espada después del asesinato de su dama,
fieramente ordenado por el rey su padre.
Es, pues, _El siervo libre de amor_, como otras novelas del siglo
XV, una obra de estilo compuesto, en que se confunden de un modo
caprichoso elementos muy diversos, alegóricos, históricos, doctrinales
y caballerescos, sin que pueda llamarse en rigor libro de caballerías,
puesto que en él se da más importancia al amor que al esfuerzo, y es
pequeña, por otra parte, la intervención del elemento fantástico, y
sobrenatural de magia y encantamientos. De las novelas sentimentales
que en adelante, se escribieron, quizá la que tiene más directo
parentesco con ella es la dulce y melancólica _Menina e Moça_ de
Bernardim Ribeiro.
Ya hemos indicado cuánto realzan la novela de Juan Rodríguez ciertos
accidentes de color local gallego, y hasta puede verse una extraña
é irreverente transformación de la sepultura del Apóstol en aquel
otro _padrón_ encantado, donde perseveran en dos ricas tumbas,
«los cuerpos enteros de Ardanlier y Liessa, fallecidos por bien
amar, fasta el pavoroso dia que los grandes bramidos de los quatro
animales despierten del grand sueño, e sus muy purificas animas
posean perdurable folganza». Aquel recinto era encantado y tenía tres
cámaras ó _alojes de fino oro y azul_, para probar sucesivamente á los
leales amadores que quisiesen arrojarse á aquella, temerosa aventura.
«Grandes principes africanos, de Asia y Europa, reyes, duques, condes,
caballeros, marqueses y gentiles hombres, lindas damas de Levante y
Poniente, Meridion y Setentrion, con salvoconducto del gran rey de
España venian a la prueba: los caballeros a haber gloria de gentileza,
fortaleza y de lealtad; las damas de fe, lealtad, gentileza y gran
fermosura... Pero sólo tristeza, peligro y afán, por más que pugnaban,
avian por gloria, fasta grand cuento de años quel buen Macias...
_nacido en las faldas de esa agra montaña_, viniendo en conquista del
primer aloje, dio franco paso al segundo albergue... y entrando en la
carcel, cesó el encanto, y la secreta camara fue conquistada»[458].
No son novelas, pero corresponden más bien al género recreativo que
al didáctico, y tienen algo de alegoría, otros dos libros de Juan
Rodríguez del Padrón: el _Triunfo de_ _las donas_ y la _Cadira del
honor_[459], obras enlazadas entre sí de tal modo que la una puede
considerarse como introducción de la otra, pero tratan muy diversa
materia: la primera el elogio de las mujeres, la segunda el panegírico
de la nobleza hereditaria. En el primero de estos tratados, que, por
lo demás, es una refutación en forma escolástica del _Corbaccio_
italiano, se encuentra la graciosa fábula, de gusto ovidiano, de las
transformaciones de la ninfa _Cardiana_ en fuente y del gentil _Aliso_
en arbusto, cuyos pies bañaba ella con sus aguas.
Juan Rodríguez, no ajeno á las enseñanzas del humanismo que pudo
recibir en la misma Italia cuando servía al Cardenal Cervantes, parece
haber frecuentado, además de la lectura de Boccaccio, la de Ovidio. Se
le atribuye, y á mi ver con fundamento, una traducción (muy incorrecta
y poco exacta, pero de expresión apasionada en ciertos pasajes) de las
_Heroidas_ con el extraño título de _Bursario_[460], que el traductor
explica de este modo: «porque asy como en la bolsa hay muchos pliegues,
asy en este tratado hay muchos obscuros vocablos y dubdosas sentencias,
y puede ser llamado _bursario_, porque es tan breve compendio que
en la bolsa lo puede hombre llevar; o es dicho _bursario_ porque en
la bolsa, conviene a saber, en las células de la memoria, debe ser
refirmado con gran diligencia, por ser más copioso tratado que otros».
El carácter de estas epístolas eróticas del más ingenioso de los
poetas de la decadencia romana, lo alambicado y falso muchas veces de
los sentimientos que expresan, recuerdan más bien la moderna novela
galante que la elegía antigua, y no juzgo inútil aquí su indicación,
porque á mi juicio influyeron en las prosas poéticas de Boccaccio y sus
imitadores. El nuestro añadió á las cartas del vate sulmonense otras
más modernas, y de color todavía más novelesco, como la de Madreselva
á Mauseol y las de Troylo y Briseyda, cuya sustancia procede de la
_Crónica Troyana_[461]. En todas ellas se ve la misma pluma devaneadora
y sentimental que trazó los razonamientos de _El siervo libre de amor_.
Á pesar del olvido en que andando el tiempo hubo de caer esta
novela, de la cual queda un solo códice, en su tiempo debió de ser
bastante leída, especialmente en Galicia y Portugal. Unos versos de
Duarte Brito, insertos en el Cancionero de Resende, prueban que esta
popularidad continuaba á principios del siglo XVI, puesto que la
enamorada pareja de Ardanlier y Liessa está allí recordada al lado de
Pánfilo y Fiameta, y de Grimalte y Gradissa, héroes de una novelita de
Juan de Flores.
Pero más importante todavía que esta referencia es una nota de la
_Sátyra de felice e infelice vida_ del Condestable de Portugal
D. Pedro, que resume todo el argumento de la novela del trovador
iriense, de cuyo estilo revesado é hiperbólico es manifiesta imitación
la _Sátyra_ misma, tanto en la prosa como en los versos. Por lo
demás, el libro de Juan Rodríguez, en medio de sus rarezas, tiene
valor autobiográfico y un cierto género de inspiración romántica y
caballeresca, de que la _Sátyra de felice e infelice vida_ enteramente
carece; reduciéndose á una serie de insulsas lamentaciones atestadas
de todos los lugares comunes de la poesía erótica de entonces, sin que
tal monotonía se interrumpa, antes bien se refuerza, con el obligado
cortejo de figuras alegóricas tan pálidas como _la Discreción_, _la
Piedad_ y _la Prudencia_.
El simpático y desventurado príncipe que con este fruto algo acedo de
su ingenio se mezclaba al coro literario del siglo XVI, es una noble
y trágica figura histórica, cuya vida corta y azarosa (1429-1466) se
desenvolvió casi siempre fuera de Portugal, lo cual explica que no
dejase ningún escrito en su nativa lengua. La catástrofe de su padre,
el infante don Pedro, en Alfarrobeira; la persecución de su familia y
la confiscación de sus bienes, le obligaron á buscar asilo en Castilla
desde 1449 á 1457. Entonces fué cuando dió la última forma á su extraño
libro, del cual hizo presente á su hermana la reina de Portugal doña
Isabel, no menos desdichada que él, puesto que murió en edad muy
temprana, no sin sospechas de envenenamiento. De la dedicatoria se
infiere que había comenzado á escribir en portugués, pero que «traido
el texto a la deseada fin, e parte de las glosas en lengua portuguesa
acabadas», determinó traducirlo todo «e lo que restaba acabar en
este castellano idioma; porque segund antiguamente es dicho, e la
experiencia lo demuestra, todas las cosas nuevas aplazen». Haciendo
alarde de su infantil erudición, y para que su obra no pareciese
_desnuda y sola_, llenó las márgenes de copiosas é impertinentísimas
glosas, que con muy buen acuerdo ha suprimido en gran parte el editor
moderno[462]; porque no contienen más que triviales especies de
mitología é historia antigua, salvo algunas de excepcional valor por
referirse á personajes españoles, como la interesante y larga nota
en que se describen las virtudes de Santa Isabel de Portugal, y el
curiosísimo pasaje relativo al enamorado Macías, «grande e virtuoso
martir de Cupido», cuya pasión y trágico fin están contados de un
modo mucho más romántico que en las versiones ordinarias, si bien el
Condestable no le concede más que la segunda silla ó _cadira_ en la
corte de Cupido, reservándose para sí propio la primera, como prototipo
de leales amadores.
Nada menos satírico que esta llamada _Sátira_, como nada menos
dramático que la _Comedieta de Ponza_. Estos caprichosos títulos
corresponden á una preceptiva infantil, en que los géneros literarios
tenían distintos nombres que ahora. El Condestable dice que llamó á
su obra «Sátira, que quiere decir reprehension con ánimo amigable de
corregir; e aun este nombre _Sátira_ viene de _satura_, que es loor»
(_sic_). Y como en la obra se loa _el femíneo linaje_, y el autor
se reprende á sí mismo, va mezclada de alabanza y de corrección,
entendiéndose por _vida infeliz_ la del poeta y por _feliz_ la de su
dama. Esto en cuanto al título, pues en cuanto á la materia, este
fastidiosísimo libro, que su autor tuvo más de una vez propósito
de sacrificar _al Dios Vulcano_, con lo cual ciertamente no se
hubiera perdido mucho, es una especie de novela alegórica del género
sentimental, aunque de pobre y trivialísimo argumento.
Expresamente declaró el Condestable que era este el primer fruto de
sus estudios, á la par que la historia de sus primeros amores, entre
los catorce y los diez y ocho años. Tal circunstancia desarma mucho
la severidad del lector, á la vez que explica la confusa mezcla de
imitaciones sagradas[463] y profanas, la fácil erudición traída por
los cabellos y el continuo recuerdo de otros libros contemporáneos,
como el _De las claras y virtuosas mujeres_, de D. Álvaro de Luna,
que explotó mucho para las glosas. Creemos que fué el Condestable el
primer portugués que escribió en prosa castellana, y no se puede decir
que fuesen infructuosos sus esfuerzos. Siguió la corriente latinista,
abusando del hipérbaton, á veces en términos ridículos[464], que sólo
admiten comparación con el hórrido galimatías de D. Enrique de Villena;
pero otras veces, como por instinto ó imitando la _Vita Nuova_, que
seguramente conocía, acertó á dar á la frase un grado notable de viveza
y elegancia, mostrando ciertas condiciones pintorescas y algún sentido
de la armonía del período[465]. Su manera, en los buenos trozos, parece
ya muy próxima al tipo que habían de fijar en Castilla el autor de la
_Cárcel de Amor_ y en Portugal el de _Menina e Moça_.
No es fácil conjeturar quién fuese la hermosa Princesa (así la nombra)
que inspiró al Condestable esta juvenil pasión, puesto que, á despecho
de las afectaciones del estilo, creemos que se trata de amores
verdaderos. En las ponderaciones de su belleza, discreción y honestidad
no pone tasa, llegando á aplicarla aquel mismo encarecimiento poco
ortodoxo que Cartagena hizo de nuestra Reina Católica. Salvo la Madre
de Dios, «no nascio, desde aquella que fue formada de la costilla...
quien a sus pies por meritos de gloriosa virtud asentarse debiese». Y
en verso todavía pasa más la raya, según necio estilo de trovadores:
Oid tan gran culpa vos,
Cumbre de la gentileza,
Mi gozo, _mi solo Dios_,
Mi placer e mi tristeza
De mi vida.
Las poesías con que la _Sátyra_ del Condestable acaba son en extremo
conceptuosas y alambicadas, pero están escritas con soltura muy digna
de notarse en un poeta que no tenía el castellano por lengua nativa.
La fecha de la _Satira de felice é infelice vida_ no puede traerse
más acá de 1455, puesto que aquel año pasó de esta vida la reina
doña Isabel de Portugal á quien está dedicada. Precisamente este
doloroso suceso prestó argumento á otra obra del Condestable mucho
más importante y digna de elogio que la _Sátira_, aunque aquí no
haremos más que mencionarla, porque pertenece á los dominios de la
filosofía moral, no á los de la ficción amena, y es en fondo y forma
una elocuente imitación del tratado _De Consolatione_ de Boecio,
intercalando, á imitación suya, la prosa con los metros, á los cuales
procuró dar toda la variedad que estaba á su alcance, puesto que además
de las octavas de arte mayor usó los versos de siete y de seis sílabas
combinados de varias maneras. Tal es la _Tragedia de la insigne Reina
Doña Isabel_, de la cual dió la primera noticia en 1840 Federico
Bellermann[466], sin que los eruditos peninsulares se hiciesen cargo de
ella, hasta que en fecha muy reciente, y en ocasión para mí memorable,
la publicó íntegra, acompañada de un estudio tan sabio y profundo
como todos los suyos, la ilustre romanista doña Carolina Michaelis
de Vasconcellos[467]. Tanto la prosa como los versos de la _Tragedia_
son muy superiores á todo lo que conocíamos del Condestable. Hasta los
lugares, comunes de la ética consolatoria, que no podían menos de ser
el fondo de la composición, están como rejuvenecidos por el sentimiento
personal del poeta, que recorre todos los grados del dolor hasta
conquistar la resignación sumisa. Es, como ha dicho, su editora, un
_Recuerde el alma adormida_, escrito en prosa poética y puesto en boca
del viejo Cronos, único personaje alegórico que en la obra interviene.
El género de las prosas poéticas, á estilo de Boccaccio, está
representado en la literatura catalana por el fecundo y clásico
escritor Mosén Juan Roiz de Corella, tan penetrado de la influencia
italiana que sus endecasílabos, aunque sujetos todavía á la cesura
obligada de la cuarta sílaba, se mueven con una gentileza muy apartada
de la monotonía del tipo provenzal. Su prosa es muy elegante y
estudiada, tanto en las obras profanas como en las sagradas, y la
aplicó á muy diversos géneros de narraciones, especialmente á las
mitológicas, tomando de Ovidio la mayor parte de sus argumentos:
«razonamiento de Telamón y Ulises sobre las armas de Aquiles»; «llanto
de la Reina Hécuba sobre la muerte de Príamo» «historia de Leandro y
Ero»; «lamentaciones de Mirra, Narciso y Tisbe»; «fábulas de Orfeo,
Scyla y Nyso, Pasifae y Minos, Progne y Filomena, Biblis y Cauno»;
«juicio de Paris»; «carta que Aquiles escribió á Policena en el sitio
de Troya», y aun no sé si las he mencionado todas[468]. Ovidio y
Boccaccio juntos explican la elaboración de estas piezas. Pero hay
entre ellas una microscópica novelita amatoria, en prosa y verso, la
_Tragedia de Caldesa_[469], que parece referirse á un hecho real de la
vida del autor, puesto que á una dama de ese nombre están dedicadas
varias composiciones suyas y además la acción se supone en Valencia. El
fragmento de la llamada _Tragedia_, aunque no limpio de afectaciones
retóricas, tiene pasión y brío. El poeta sorprende á su amada en
flagrante delito de infidelidad, se querella desesperadamente y lanza
contra sí mismo atroces maldiciones si vuelve á acordarse de tal amor.
Ella, con muchas lágrimas, suspiros y sollozos, pide perdón por su
culpa en versos amorosísimos:
Si us par que y bast | per vostres mans espire,
O si voleu | cuberta de salici
Iré pel mon | peregrinant romera.
Muy lentos habían sido, como se ve, los pasos de la ficción sentimental
en España durante la mayor parte del siglo XV: Sólo al fin de
aquella centuria, y en la corte de los Reyes Católicos, apareció el
notable ingenio, que, dando forma definitiva á esta clase de libros,
acertó á escribir uno que conquistó inmediatamente el aplauso de sus
contemporáneos y corrió triunfante por Europa, leído y admirado donde
quiera. Tal suerte cupo á la _Cárcel de Amor_, obra del bachiller
Diego de San Pedro, de cuya persona poco sabemos, salvo que anduvo
al servicio del Maestre de Calatrava D. Pedro Girón y del Alcaide de
los Donceles[470], y que tuvo en nombre del primero la tenencia de la
fortaleza de Peñafiel y otros lugares[471].
No fué la _Cárcel de Amor_ su primer ensayo novelesco. Un año antes,
en 1491, había publicado otra novela del mismo carácter, el _Tratado de
amores de Arnalte y Lucenda, endereszado a las damas de la reina doña
Isabel; en el qual hallarán cartas y razonamientos de amores de mucho
primor y gentileza_. Este librito es de tan extraordinaria rareza[472]
que nunca he podido leerle en castellano, á pesar de existir cuatro
ediciones por lo menos, teniendo que valerme para el extracto que
voy á dar de las dos traducciones, francesa de Herberay des Essarts
é italiana de Bartolomé Maraffi, que varias veces se imprimieron
juntas[473]. Fué además traducida dos veces al inglés en prosa y en
verso[474].
La fábula de esta novelita, que Diego de San Pedro fingió haber
traducido del griego[475], es muy semejante á la de la _Cárcel de
Amor_, y puede considerarse como su primer esbozo. El autor, extraviado
por una selva[476], llega á un castillo, que desde los cimientos hasta
la cumbre estaba pintado de negro. Tropieza con unos hombres de aspecto
muy melancólico. El que parecía señor de los otros lanzaba dolorosos
suspiros. Recibe cortésmente al caballero y le conduce á su morada, en
que todas las cosas representaban gran dolor. Le agasaja, no obstante,
con una delicada cena, y le conduce á la cámara donde había de pasar
la noche. Oye durante ella músicas tristes, lamentos y suspiros
angustiosos del atribulado señor del castillo. Á la mañana vuelve éste
para conducirle á la iglesia, donde descollaba un túmulo enlutado,
que era el que el castellano tenía reservado para sí. Á la hora del
desayuno platican de diversas materias, y finalmente el afligido
caballero le refiere su historia. Se llamaba Arnalte, y era natural
de Tebas. Enamoróse de Lucenda, viendo el gran duelo que hacía en los
funerales de su padre. La enviaba por medio de un servidor cartas y
mensajes que se transcriben á la letra. La dama hace pedazos la primera
carta. Sabedor Arnalte de que Lucenda va á maitines en la vigilia de
Navidad, determina disfrazarse de mujer para poder hablar con ella, y
así lo ejecuta. Ella le contesta _con una voce tremolante_, quitándole
toda esperanza. Intercálase una canción que entonó una noche el amador
delante de las ventanas de su dama, traducida en un soneto italiano
y en tres cuartetas francesas. Nuevas y fastidiosas lamentaciones de
Arnalte. El rey le manda concurrir á unas justas que los caballeros de
la corte habían ordenado. Son invitadas las damas á la mascarada de
la noche y al torneo del día. Descripción de la divisa del caballero.
Durante las máscaras Arnalte logra introducir una carta _nella tasca
della veste_ de Lucenda, que por estar presente la reina se ve obligada
á disimular, pero luego nada responde. Belisa, hermana de Arnalte,
viéndole tan afligido, le pregunta la causa de su mal, y él se niega
á manifestársela. Confíase al fin á su amigo Gerso, que vivía cerca
de Lucenda, pero no consigue verla en ninguna de las varias ocasiones
en que va á su casa. Belisa, informada secretamente del motivo de las
tristezas de su hermano, comienza á frecuentar asiduamente á Lucenda,
de quien era amiga. Razonamiento de Belisa á Lucenda. Réplica de
Lucenda negándose á admitir los obsequios amorosos de Arnalte. Nueva
embajada de Belisa, que quiere picar á Lucenda, diciéndola que su
hermano renuncia á su loco amor y va á ausentarse. Lucenda consiente en
escribir por una vez sola á Arnalte, á condición de que desista de su
amor. Extremos que hizo Arnalte al recibir de manos de su hermana la
carta de Lucenda. Vuelve á escribir, suplicando que le permita verla
antes de partir, y no á solas, sino en presencia de Belisa, lo cual
consigue después de largas instancias.
«Entonces (prosigue) todas mis penas se trocaron en alegria por
haber conseguido tal victoria. De tal modo aquellas benditas nuevas
festejaron mi ánimo y mi corazon; de tal modo me acariciaba el amor,
que no deseaba ya cosa alguna, aunque en realidad nada tenia. Y
cuando llegó la hora que teniamos aplazada para ir al sitio señalado,
mi hermana y yo nos dirigimos, al salir el sol, a una iglesia de
religiosos, y alli me retiré a una pequeña estancia, donde ella solia
confesarse y donde no tardó en aparecer». En la entrevista obtiene
Arnalte hasta el singular favor de besarla la mano, pero á condición de
que en adelante no sea tan importuno. «¡Oh Dios (exclama), si alguien
me hubiese dado a escoger entre el imperio del mundo y perder el bien
que habia conseguido, llamo por testigos a los que perfectamente aman,
de que hubiera preciado mucho más mi contentamiento que la monarquía
universal!».
Algo fortalecido con aquella muestra de cortesía y piedad, que él
tomó por signo de amor, consiente en acompañar á su hermana á un
lugar que tenía cerca de la ciudad de Tebas, para distraerse con la
caza de cetrería. Pero un día le asaltan tristes agüeros al montar
á caballo. «De subito, el tiempo, que era claro y sereno, apareció
nebuloso y lleno de tempestad. Un lebrel que yo mucho amaba, empezó a
dar saltos entre mis piernas, y temblando sin cesar, lanzaba espantosos
aullidos. Pero yo, que entonces me cuidaba poco de presagios y de casos
semejantes, por ninguna de estas cosas quise abandonar mi empresa,
antes con un halcon en el puño sali a correr el campo. Pero apenas
habia comenzado a caminar, me acordé que hacia mucho tiempo no habia
visto al caballero Gerso, de quien antes te he hablado, y empecé a
considerar que nunca despues que le hube manifestado el afecto que por
Lucenda sentia me habia mostrado el buen semblante que antes solia,
sino que poco a poco se habia ido alejando de mí, no visitandome ya ni
cuidándose de saber nuevas mias. Y como la mayor parte de los hombres
son variables en sus amistades, pensé que esta habria sido la causa
de su ausencia. Y por otro lado pareciame cosa imposible en él verme
padecer cuando me podia prestar algun alivio. Mientras yo revolvía
estos pensamientos, el halcon que llevaba en el puño cayó por tierra
muerto, lo que me confirmó en la sospecha que habia empezado a tener
de mi compañero Gierso, y me acordé tambien de aquel perro que a la
madrugada habia aullado tan dolorosamente; y perdido el gusto con
esto, determiné volverme a casa. Pero antes quise subir a una colina
desde donde se parecia el castillo de Lucenda, y senti un rumor de
musicales instrumentos que resonaban entre las montañas; lo cual me
pareció extraño porque la estacion no era conveniente para tales
solaces, y me puso más pensativo que antes, entrando en gran sospecha
de mi futuro daño. No acertaba a mover los pies de alli, y sólo cuando
la noche sobrevino comencé a retirarme a casa de mi hermana, la cual
tenia costumbre de salir a esperarme a la puerta, y entonces no vino,
acrecentándose con esto los temores y angustias de mi ánimo. Y lo que
fue todavía peor: cuando llegué donde ella estaba no me dijo palabra,
pero tenia la cara tan triste que era muy de maravillar».
Al fin, entre sollozos y lágrimas su hermana le declara que Lucenda
se había casado con su falso y pérfido amigo _Gierso_. Arnalte cae
desmayado, y cuando vuelve en sí hace pedazos las cartas de Lucenda,
se arranca la barba y los cabellos, y viste á todos sus servidores
de duelo. Una criada y confidenta de Lucenda viene á hacerle saber
de parte de su señora que se ha casado, no por su voluntad, sino por
importunidad de sus parientes. Con esto toda la indignación de Arnalte
recae sobre Gierso, á quien envía un cartel de desafío, retándole para
delante del rey como traidor y felón. Gierso acepta el reto, pero
alegando que uno de los motivos que había tenido para casarse con
Lucenda era curar á su amigo de su insensata pasión, haciéndole perder
toda esperanza. El rey les concede campo para el desafío, y Arnalte
vence y mata á Gierso. Pero Lucenda, justamente ofendida, no quiere
que su mano sea galardón del matador, y entra de monja profesa en un
convento, rechazando las solicitudes de Belisa en favor de su hermano.
Arnalte determina retirarse á la soledad, á pesar de los consuelos de
Belisa, edifica el lúgubre castillo y se sepulta en él de por vida.
El interés romántico de esta sencilla y patética historia, que
resultará más agradable de seguro en el estilo ingenuamente retórico de
Diego de San Pedro, explica el éxito que tuvo, no sólo en España[477],
sino en Italia, en Francia y en Inglaterra. No eran frecuentes todavía
narraciones tan tiernas y humanas, conducidas y desenlazadas por medios
tan sencillos, y en que una pasión verdadera y finamente observada es
el alma de todo. Bajo este aspecto quizá _Arnalte y Lucenda_ aventaja
á la _Cárcel de Amor_, que es más larga, más complicada, más novela en
fin, pero que adolece por lo mismo de graves defectos de composición,
inevitables acaso en un arte tan primitivo.
Es la _Cárcel de Amor_ libro más célebre hoy que leído, aunque merece
serlo, siquiera por la gentileza de su prosa en los trechos en que
no es demasiadamente retórica. Fúndense en esta singular composición
elementos de muy varia procedencia, predominando entre ellos el de
la novela íntima y psicológica, tipo de la _Fiammetta_ de Boccaccio.
Pero á semejanza de Juan Rodríguez del Padrón, ingiere Diego de San
Pedro en el cuento de los amores de su protagonista Leriano (que quizá
sean, aunque algo velados, los suyos propios), episodios de carácter
enteramente caballeresco, guerras y desafíos, y durísimas prisiones
en castillos encantados; diserta prolijamente sobre las excelencias
del sexo femenino, tema tan vulgar en la literatura cortesana del
siglo XV, y lo envuelve todo en una visión alegórica, dando así nuevo
testimonio de la influencia dantesca, que trascendía aún á todas las
ramas del árbol poético cuando se escribió la _Cárcel_. En la cual no
es menos digno de repararse, y puede atribuirse, según ya apuntó, á la
influencia del cuento latino de Eneas Silvio, el empleo de la forma
epistolar, con tanta frecuencia que una gran parte de la novela está
compuesta en cartas; lo cual, unido á las tintas lúgubres del cuadro y
á lo frenético y desgraciado de la pasión del héroe, y aun al suicidio
(si bien lento y por hambre) con que la narración acaba, hace pensar
involuntariamente en el _Werther_ y en sus imitadores, que fueron
legión en las postrimerías del siglo XVIII y en los albores del XIX.
Observación es ésta que no se ocultó á la erudición y perspicacia de D.
Luis Usoz, el cual dice en su prólogo al _Cancionero de Burlas_: «La
_Cárcel de Amor_ es el _Werther's Leiden_ de aquellos tiempos».
Aunque erróneamente suele incluirse la _Cárcel de Amor_ entre las
producciones del reinado de don Juan II, basta leerla para convencerse
de que no pudo ser escrita antes de 1465, en que empezó á ser Maestre
de Calatrava D. Rodrigo Téllez Girón, y además la dedicatoria á Diego
Hernández, alcaide de los Donceles, retrasa todavía más la fecha del
libro, que no puede ser anterior al tiempo de los Reyes Católicos.
Finge el autor que yendo perdido por unos valles hondos y oscuros de
Sierra Morena, ve salir á su encuentro «un caballero, assi feroz de
presencia como espantoso de vista, cubierto todo de cabello á manera
de salvaje», el cual llevaba en la mano izquierda un escudo de acero
muy fuerte y en la derecha «una imagen femenil entallada en una piedra
muy clara. El tal caballero, que no era otro que el Deseo», principal
oficial en la casa del Amor, llevaba encadenado detrás de sí á un
cuitado amador, el cual suplica al caminante que se apiade de él.
Hácelo así Diego de San Pedro, no sin algún sobresalto; y vencida una
agria sierra llega, al despuntar la mañana, á una fortaleza de extraña
arquitectura, que es la durísima _cárcel de amor_, simbolizada en el
título del libro. Traspasada la puerta de hierro, y penetrando en los
más recónditos aposentos de la casa, ve allí sentado en silla de fuego
á un infeliz cautivo, que era atormentado de muy recias y exquisitas
maneras. «Vi que las tres cadenas de las ymagenes que estaban en lo
alto de la torre, tenian atado aquel triste, que siempre se quemaba y
nunca se acababa de quemar. Noté más, que dos dueñas lastimeras, con
rostros llorosos y tristes le servian y adornaban, poniendole en la
cabeza una corona de unas puntas de hierro sin ninguna piedad, que le
traspasaban todo el celebro. Vi más, que cuando le truxeron de comer,
le pusieron una mesa negra, y tres servidores mucho diligentes, los
quales le daban con grave sentimiento de comer... Y ninguna destas
cosas pudiera ver segun la escuridad de la torre, si no fuera por un
claro resplandor que le salia al preso del corazon, que le esclarescia
todo».
Aquí la imitación del Santo Grial y de la penitencia del rey Amfortas
es evidente, aunque transportada de la materia sagrada á la profana.
El prisionero, mezclando las discretas razones con las lágrimas,
declara llamarse _Leriano_, hijo de un duque de Macedonia y amante
desdichado de _Laureola_, hija del rey Gaulo. Y tras esto explica
el simbolismo de aquel encantado castillo, terminando por pedir al
visitante que lleve de su parte un recado á Laureola, diciéndola en
qué tormentos le ha visto. Promete el autor cumplirlo, no sin proponer
antes algunas dificultades fundadas en ser persona de diferente lengua
y nación, y muy distante del alto estado de la señora Laureola. Pero
al fin emprende el camino de la ciudad de Suria, donde estaba el rey
de Macedonia, y entrando en relaciones de amistad con varios mancebos
cortesanos, de los principales de aquella nación, logra llegar á la
presencia de la infanta Laureola y darle la embajada de su amante.
«Si como eres de España fueras de Macedonia (contesta la doncella),
tu razonamiento y tu vida acabaran a un tiempo». Tal aspereza va
amansándose en sucesivas entrevistas, aunque el cambio se manifiesta
menos por palabras que por otros indicios y señales que curiosa y
sagazmente nota el autor. «Si Leriano se encontraba en su presencia,
desatinaba de lo que decia, volviase subito colorada y despues
amarilla; tornabase ronca su voz, secabasele la boca». Establécese,
al fin, _proceso de cartas_ entre ambos amantes, siendo el poeta
medianero en estos tratos. Así prosigue esta correspondencia llena de
tiquismiquis amorosos y sutiles requiebros, entreverados con algunos
rasgos de pasión sincera, viniendo á formar todo ello una especie de
anatomía del amor, nueva ciertamente en la literatura castellana. Al
fin Leriano determina irse á la corte, donde logra honestos favores
de su amada. Pero allí le acechaba la envidia de Persio, hijo del
señor de Gaula, quien delata al rey sus amores, de resultas de lo cual
Laureola es encerrada en un castillo, y Persio, por mandato del rey,
reta á Leriano á campal batalla, enviándole su cartel de desafío,
«segun las ordenanzas de Macedonia». Los dos adversarios se baten
en campo cerrado: Leriano vence á Persio, le corta la mano derecha
y le pone en trance de muerte, que el rey evita arrojando el bastón
entre los dos contendientes. Pero las astucias y falsedades de Persio
prosiguen después de su vencimiento. Soborna testigos falsos que juren
haber visto hablar á Leriano y Laureola «en lugares sospechosos y en
tiempos deshonestos». El rey condena á muerte á su hija; por la cual
interceden en vano el cardenal de Gaula y la reina. Leriano, resuelto
á salvar á su amada, penetra en la ciudad de Suria con quinientos
hombres de armas, asalta la posada de Persio y le mata. Saca de la
torre á la princesa, la deja bajo la custodia de su tío Galio y corre
á refugiarse en la fortaleza de Susa, donde se defiende valerosamente
contra el ejército del rey, que le pone estrechísimo cerco. Pero muy
oportunamente viene á atajar sus propósitos de venganza la confesión
de uno de los falsos testigos por cuyo juramento había sido condenada
Laureola. De él y de sus compañeros se hace presta justicia, y el rey
deja libres á Leriano y á Laureola.
Aquí parece que la novela iba á terminar en boda, pero el autor toma
otro rumbo y se decide á darla no feliz, sino trágico remate. Laureola,
enojada con Leriano por el peligro en que había puesto su honra y su
vida con sus amorosos requerimientos, le intima en una carta que no
vuelva á comparecer delante de sus ojos. Con esto el infeliz amante
pierde el seso y determina dejarse morir de hambre. «Y desconfiando ya
de ningun bien ni esperanza, aquejado de mortales males, no pudiendo
sostenerse ni sufrirse, hubo de venir a la cama; donde ni quiso comer
ni beber, ni ayudarse de cosa de las que sustentan la vida, llamandose
siempre bienaventurado, porque era venido a sazon de hacer servicio
a Laureola, quitandola de enojos». Sus amigos y parientes hacen los
mayores esfuerzos para disuadirle de tan desesperada resolución, y uno
de ellos, llamado Teseo, pronuncia una invectiva contra las mujeres,
á la cual Leriano, no obstante la debilidad en que se halla, contesta
con un formidable y metódico alegato en favor de ellas, dividido
en quince causas y veinte razones, por las cuales los hombres son
obligados á estimarlas; trozo que recuerda el _Triunfo de las donas_
de Juan Rodríguez del Padrón más que ninguna otra de las apología
del sexo femenino que en tanta copia se escribieron durante el siglo
XV, contestando á las detracciones de los imitadores del _Corbacho_.
En este razonamiento (que fué sin duda la principal causa de la
prohibición del libro) se sustenta, entre otros disparates teológicos,
que las mujeres «no menos nos dotan de las virtudes teologales que de
las cardinales», y que todo el que está puesto en algún pensamiento
enamorado cree en Dios con más firmeza porque pudo hacer aquélla que de
tanta excelencia y fermosura les paresce», por donde viene á ser tan
devoto católico «que ningun Apóstol le hace ventaja»[478]. El enamorado
Leriano desarrolla esta nueva _philograhia_, que en la mezcla de lo
humano y lo divino anuncia ya los diálogos platónicos de la escuela de
León Hebreo.
La novela termina con el lento suicidio del desesperado Leriano (que
acaba bebiendo en una copa los pedazos de las cartas de su amada), y
con el llanto de su madre, que es uno de los trozos más patéticos del
libro, y que manifiestamente fué imitado por el autor de la _Celestina_
en el que puso en boca de los padres de Melibea. El efecto trágico de
este pasaje de Diego de San Pedro, en que es menos lo declamatorio que
lo bien sentido, estriba principalmente en la intervención del elemento
fatídico de los agüeros y presagios. «Acaeciame muchas veces, quando
más la fuerza del sueño me vencia, recordar con un temblor subito
que hasta la mañana me duraba. Otras vezes, quando en mi oratorio me
hallaba rezando por su salud, desfallecido el corazon, me cubria de
un sudor frio, en manera que dende a gran pieza tornaba en acuerdo.
Hasta los animales me certificaban tu mal. Saliendo un dia de mi
camara, vinose un can para mí, y dio tan grandes aullidos, que asi me
cortó el cuerpo y la habla, que de aquel lugar no podia moverme. Y con
estas cosas daba más credito a mi sospecha que a tus mensajeros; y por
satisfacerme, acordé de venir a verte, donde hallo cierta la fe que di
a los agüeros».
Aunque la _Cárcel de Amor_ (escrita por su autor en Peñafiel, según al
fin de ella se declara) quedaba en realidad terminada con la muerte y
las exequias de Leriano, no faltó quien encontrase el final demasiado
triste, y demasiado áspera y empedernida á Laureola, que ningún
sentimiento mostraba de la muerte de su amador. Sin duda por esto, un
cierto Nicolás Núñez, de quien hay también en el _Cancionero General_
versos no vulgares, añadió una continuación ó _cumplimiento_ de pocas
hojas, en que mezcla con la prosa algunas canciones y villancicos, y
describe la aflicción de Laureola y una aparición en sueños del muerto
Leriano, que viene á consolar á su amiga. Pero aunque este suplemento
fué incluido en casi todas las ediciones de la _Cárcel de Amor_, nunca
tuvo gran crédito, ni en realidad lo merecía, siendo cosa de todo punto
pegadiza é inútil para la acción de la novela.
Tal es, reducida á breve compendio, la segunda narración amorosa de
Diego de San Pedro, interesante en sí misma, y de mucha cuenta en la
historia del género por la influencia que tuvo en otras ficciones
posteriores. Es cierto que la trama está tejida con muy poco arte, y
los elementos que entran en la fábula aparecen confusamente hacinados
ó yuxtapuestos, contrastando los lugares comunes de la poesía
caballeresca, tales como la falsa acusación de la princesa (que parece
arrancada de la _Historia de la Reina Sevilla_ ó de cualquier libro
análogo) con las reminiscencias de la novela sentimental italiana. El
mérito principal de la _Cárcel de Amor_ se cifra en el estilo, que
es casi siempre elegante, sentencioso y expresivo, y en ocasiones
apasionado y elocuente. Hay en toda la obra, singularmente en las
arengas y en las epístolas, mucha retórica y no de la mejor clase;
muchas antítesis, conceptos falsos, hipérboles desaforadas y sutilezas
frías; pero en medio de su inexperiencia no se puede negar á Diego
de San Pedro el mérito de haber buscado con tenacidad, y encontrado
algunas veces, la expresión patética, creando un tipo de prosa
novelesca, en que lo declamatorio anda extrañamente mezclado con lo
natural y afectuoso. Este tipo persistió aun en los maestros. Hemos
visto que el autor de la _Tragicomedia de Calixto y Melibea_ se acordó
de la _Cárcel de Amor_ en la escena final de su drama; y aun puede
sospecharse que el mismo Cervantes debe al alcaide de Peñafiel algo
de lo bueno y de lo malo que en esta retórica de las cuitas amorosas
contienen los pulidos y espaciosos razonamientos de algunas de las
_Novelas Ejemplares_ ó los episodios sentimentales del _Quijote_
(Marcela y Crisóstomo, Luscinda y Cardenio, Dorotea...).
No es maravilla, pues, que la novela de Diego de San Pedro, que tenía
además el mérito de ser corta y la novedad de contener una ingeniosa
aunque elemental psicología de las pasiones, se convirtiese en el
breviario de amor de los cortesanos de su tiempo y fuese reimpresa
(sin contar con las dos ediciones incunables de 1492 y 1496 y con la
traducción catalana de 1493) más de veinticinco veces en su lengua
nativa y más de veinte en las extrañas, siendo vertida al italiano, al
francés, al inglés y al alemán, durando esta celebridad hasta fines
del siglo XVII, puesto que todavía hay ediciones de Hamburgo de 1660 y
1675[479]. En 1514 la cultísima princesa Isabel de Este hacía revolver
todas las librerías de Milán para encontrar una _Cárcel de Amor_ y
volver á solazarse con su lectura.