Tales como son, los libros de Feliciano de Silva tuvieron, aun en el

teatro y en la poesía lírica, menos ilustre descendencia en España que

fuera de ella. Aquí sólo podemos citar alguna comedia mediana cuyo

argumento esté tomado de esos libros, como _La Gloria de Niquea_, del

conde de Villamediana, representada en el Palacio de Aranjuez á 8 de

Abril de 1622 con las novelescas circunstancias que son notorias; ó

el _Don Florisel de Niquea_, del doctor Juan Pérez de Montalbán; ó el

_Amadís y Niquea_, del poeta malagueño D. Francisco de Leyva. En cambio

Roberto Southey afirma que hay imitaciones del _Amadís de Grecia_ en

la _Arcadia_ de Sidney, en la _Reina de las Hadas_ (_Faery Queene_)

de Spenser (episodio de la máscara de Cupido) y finalmente en el don

Florisel que Shakespeare introduce en su comedia _Cuento de Invierno_

(_Winter's Tale_). Si todo esto es verdad, y debe serlo, puesto que

lo afirma un inglés tan profundamente versado en ambas literaturas,

¡qué honor para el pobre caballero de Ciudad Rodrigo! No he estudiado

bastante á Sidney y á Spenser para hacer la comparación; pero siendo el

primero traductor é imitador de la _Diana_ y de otros libros españoles,

el caso es muy verosímil. En lo tocante al _Cuento de Verano_, cuyo

argumento principal se deriva, como es notorio, de la novela de Roberto

Greene _Pandosto ó el Triunfo del Tiempo_ (1588), creo que tiene razón

Southey, y que el personaje episódico de D. Florisel, hijo de rey y

enamorado de una pastora, es el mismo D. Florisel del _libro nono_ de

_Amadís_, enamorado de la pastora Silvia.

Simultáneamente con la estirpe de los _Amadises_ floreció en España

otra familia caballeresca menos dilatada, que tiene con ella muy

próximo parentesco: la de los _Palmerines_, que sólo ceden en

antigüedad á las dos obras de Montalvo, puesto que la primera edición

del _Palmerín de Oliva_ es de 1511[393], posterior sólo en tres

años á la que pasa por primera del _Amadís de Gaula_, y en uno á la

más antigua del _Esplandián_. ¡Bien madrugaba entonces la imitación

literaria, aunque tengamos por muy verosímil que ambos libros

corrían ya de molde desde el siglo anterior! Porque no hay duda que

el _Palmerín de Oliva_ carece de originalidad, y no es más que un

calco servil de las principales aventuras de Amadís y de su hijo. El

nacimiento secreto de _Palmerín de Oliva_, que se llamó así por haber

sido expuesto entre palmas y olivos cerca de Constantinopla, tiene

las mismas circunstancias que el de Amadís y el de Esplandián, salvo

que éste fué recogido por un ermitaño y Palmerín por un colmenero. La

historia amorosa de Palmerín y Polinarda reproduce punto por punto

la de Amadís y Oriana. Si Amadís triunfa del endriago, Palmerín mata

á la gran sierpe que guardaba la maravillosa fuente Artifaria. Si

Amadís se resiste á los halagos de la reina Briolanja, Palmerín, no

menos constante en amores, rechaza á Archidiana, hija del Soldán de

Babilonia, y á la infanta Ardemia. Finalmente, Palmerín, lo mismo

que Esplandián, llega á ser emperador de Constantinopla. En suma, el

primer _Palmerín_ es un calco mal hecho de un excelente original.

Si alguna aventura añade, es del género más extravagante, como la

lucha de Palmerín con tres leones, á quienes rinde y mata sin la

menor dificultad (germen de un episodio de la segunda parte del

_Quijote_). En cambio le faltan todas las bellezas del _Amadís_: el

estilo es pobre, el sentimiento ninguno. En las descripciones de

batallas y desafíos es pesadísimo; en las escenas amorosas, lúbrico

por extremo[394], aunque no iguala al _Tirante_. Este libro no tiene

orígenes antiguos ni puede ser muy anterior á la fecha de su impresión.

Se compuso seguramente poco después de la guerra de Granada, de la cual

parece que conserva algunas reminiscencias. Gayangos hizo notar el gran

número de personajes con nombres moros que andan en el libro, y apuntó

la sospecha muy fundada de que la batalla en que Palmerín y Trineo

hacen prisionero al Soldán de Babilonia (cap. CLXII) sea trasunto

anovelado de la prisión del rey Boabdil por el conde de Cabra y el

Alcaide de los Donceles. De este modo se confirma lo que dió á entender

Francisco Delicado en el prólogo á la edición de Venecia de 1534[395].

El _Palmerín de Oliva_, á pesar de su nulidad, gustó tanto, que

tuvo inmediatamente un _libro segundo_ (Salamanca, 1516), salido al

parecer de la misma fábrica, pero algo mejor escrito. Uno y otro están

dedicados á don Luis de Córdoba, hijo del conde de Cabra don Diego,

y en ambos (si hemos de creer al cordobés Delicado) se ensalza bajo

nombres supuestos á los caballeros de este linaje, y al Gran Capitán

entre ellos, aunque por mi parte no he llegado á percibir las alusiones

históricas. El _Primaleón_, fábula más complicada que el _Palmerín_,

tiene en realidad tres protagonistas: Primaleón mismo, su hermano

Polendos (hijos uno y otro del de Oliva) y el príncipe de Inglaterra

don Duardos, que es realmente el que interesa más por sus amores con

la infanta Flérida, hija del emperador de Constantinopla. De este

romántico episodio, en que el príncipe se disfraza de hortelano, sacó

el gran poeta portugués Gil Vicente su tragicomedia castellana de _Don

Duardos_, escrita en pulidas y gentiles coplas de pie quebrado. Toda

la pieza es un delicioso idilio; pero como si al fin de ella hubiese

querido Gil Vicente dar una muestra de lo más exquisito de su poesía

lírica, hizo cantar al coro un romance incomparable, como, apenas

se hallará otro compuesto por trovador ó poeta de cancioneros: tan

próximo está á la inspiración popular, y de tal modo la remeda, que

casi se confunde con ella. No podemos menos de copiarlo íntegro, porque

él basta para justificar y dar por bien empleada la existencia del

_Primaleón_, del cual se deriva:

En el mes era de Abril,

De Mayo antes un dia,

Cuando los lirios y rosas

Muestran más su alegria,

En la noche más serena

Que el cielo hacer podia,

Cuando la hermosa Infanta

Flérida ya se partia.

En la huerta de su padre

A los arboles decia:

--«Quedaos a Dios, mis flores,

Mi gloria que ser solia,

Voyme a tierras extranjeras

Pues ventura allá me guia.

Si mi padre me buscare,

Que grande bien me queria,

Digan que el Amor me lleva,

Que no fue la culpa mia;

Tal tema tomó conmigo,

Que me venció su porfia.

Triste, no se a donde vo

Ni nadie me lo decia».

Alli hablara don Duardos:

«No lloreis, mi alegria;

Que en los reinos de Inglaterra

Más claras aguas habia,

Y más hermosos jardines,

Y vuestros, señora mia.

Terneis trescientas doncellas

De alta genealogia;

De plata son los palacios

Para vuestra señoría,

De esmeraldas y jacintos,

De oro fino de Turquia,

Con letreros esmaltados

Que cuentan la vida mia;

Cuentan los vivos dolores

Que me distes aquel dia

Cuando con Primaleon

Fuertemente combatia.

Señora, vos me mataste,

Que yo a él no lo temia».

Sus lagrimas consolaba

Flérida, que aquesto oia.

Fueronse a las galeras

Que don Duardos tenia.

Cincuenta eran por cuenta.

Todas van en compañia;

Al son de sus dulces remos

La princesa se adormia

En brazos de don Duardos,

Que bien le pertenecia.

Sepan cuantos son nacidos

Aquesta sentencia mia:

«Que contra muerte y amor

Nadie no tiene valia»[396].

Sin fundamento alguno, y generalizando malamente lo que sólo es verdad

respecto del _Palmerín de Inglaterra_, se ha supuesto que también

el _de Oliva_ y el _Primaleón_ eran de origen portugués. Uno y otro

nacieron en Castilla, aunque muy cerca de la raya, y uno y otro son

de autor femenino, cuyo nombre no ha podido descubrirse hasta ahora.

En la primera edición del _Palmerín_, hecha en Salamanca en 1511, se

leen después del colofón unos versos latinos, sumamente bárbaros, de

un Juan Augur de Trasmiera, que con su verdadero apellido _Agüero_

(tan frecuente en aquella parte de las montañas de Santander) publicó

algunos opúsculos de gran rareza. El tal Augur dice repetidas veces que

la obra que recomienda ha sido escrita por una mujer:

.....Collige flores

Quos sevit, quos dat femina corde tibi.

.......................................

Hunc lege quo tractat femina multa sua.

Quanto sol lunam superat, Nebrissaque doctos,

Tanto ista hispanos _femina_ docta viros

.......................................

Pero hace la oportuna insinuación de que en la parte militar del libro,

que en efecto está recargadísima, fue asistida la autora por un hijo

suyo:

_Femina composuit_: generosos atque labores

_Füius_ altisonans scripsit et arma libro.

En varias ediciones del _Primaleón_, tales como la de Medina del Campo,

1563; la de Lisboa, 1566, se hallan seis coplas de arte mayor en elogio

de la obra. La última, cuyo verso final solía cambiarse según el punto

de impresión, dice de esta manera:

En este esmaltado e muy rico dechado

Van esculpidas muy bellas labores,

De paz y de guerra y de castos amores,

_Por mano de dueña_ prudente labrado;

Es por exemplo de todos notado

Que lo verisimil veamos en flor;

Es de _Augustobriga_ aquesta labor,

Que en Medina se ha agora estampado.

_Augustobriga_ no es Burgos, como creyó Wolf, ni mucho menos ninguna

población portuguesa[397], sino el nombre que en la imperfecta

geografía histórica del siglo XVI solía darse á Ciudad Rodrigo, que el

P. Flórez y la mayor parte de los modernos reducen á _Mirobriga_.

Pero es el caso que en la edición sevillana del _Primaleón_ (1524),

y es de presumir que también en la primera de Salamanca, que no

hemos visto, se dice que tanto este libro como el _Palmerín_ fueron

«trasladados de griego en nuestro lenguaje castellano, corregidos

y emendados _en la muy noble cibdad de Ciudarrodrigo_ (_sic_) por

_Francisco Vazquez_, vecino de la dicha ciudad». Dejando aparte la

ficción del origen griego, ¿este Francisco Vázquez sería sólo un

corrector ó tuvo alguna parte en la composición de ambas novelas?

¿Sería, por ventura, aquel _hijo altisonante_ que colaboró con su madre

en las escenas belicosas del _Palmerín_, según indica Juan Agüero?

No nos atrevemos á afirmarlo, pero lo que parece fuera de duda es el

origen femenino de la obra. Francisco Delicado, corrector de la edición

veneciana de 1534, insiste en él varias veces, aunque confiesa que no

sabía el nombre de la autora: «Avisandoos que cuanto más adelante va

es más sabroso, porque como _la que lo compuso era mujer_, y filando

al torno se pensaba cosas fermosas, que dezia a la postre, fue más

encimada al amor que a las batallas, a las quales da corto fin». Y en

la introducción al libro tercero de la obra: «Digo que es sabroso; mas

no sé quién lo hizo, porque calló su nombre al principio y al fin...

Y es opinion de personas que fue muger la que _lo compuso, fija de un

carpintero_...» y defendiendo luego el libro de los defectos que se le

achacaban: «Mas el defeto está en los impresores y en los mercaderes

que han desdorado la obra de la _señora Augustobrica_ con el ansia de

ganar».

El autor del _Diálogo de la lengua_, que juzga con mucha severidad toda

la literatura caballeresca, parece indulgente con el _Palmerín_ y el

_Primaleón_, aunque no da los motivos de su juicio, limitándose á decir

que _por ciertos respetos_ habían ganado crédito con él. En cambio

Cervantes ni siquiera menciona el _Primaleón_, y manda que _la oliva_

de Palmerín se haga «luego rajas y se queme, que aun no queden della

las cenizas». Nadie dirá que la sentencia sea injusta, pero contrasta

con tan fiero y ejecutivo rigor el exorbitante panegírico que á renglón

seguido hace del _Palmerín de Inglaterra_: «Esa palma de Inglaterra se

guarde y se conserve como a cosa unica, y se haga para ella otra caja

como la que halló Alejandro en los despojos de Dario, que la diputó

para guardar en ella las obras del poeta Homero. Este libro, señor

compadre, tiene autoridad por dos cosas: la una porque él por sí es

muy bueno, y la otra porque es fama que le compuso un discreto rey de

Portugal. Todas las aventuras del castillo de Miraguarda son bonisimas

y de grande artificio; las razones cortesanas y claras, que guardan y

miran el decoro del que habla con mucha propiedad y entendimiento».

Á estas palabras debe su fortuna póstuma el _Palmerín de Inglaterra_,

que en su tiempo no la tuvo muy grande, puesto que una sola vez fué

impreso en lengua castellana. Aquí también nos encontramos con un

problema de historia literaria, pero nos detendrá poco, porque á mi

juicio está definitivamente resuelto en favor de los portugueses, y

nada tengo que añadir á los argumentos que expusieron, en dos curiosas

monografías el brasileño Manuel Odorico Mendes[398] y el agudo, aunque

descarriado comentador del _Quijote_, D. Nicolás Díaz de Benjumea[399].

Claro es que si á las pruebas extensas y bibliográficas se atendiera

únicamente, tendrían razón Salvá y Gayangos, y el _Palmerín_ castellano

impreso en Toledo durante los años 1547 y 1548[400], atribuido primero

á Miguel Ferrer y luego á Luis Hurtado, sería el original, y el texto

portugués de Francisco de Moroes, del cual no se conoce ejemplar

anterior al de Évora de 1567, una mera traducción posterior á la

francesa de Jacobo Vincent y á la italiana de Mambriano Roseo, que

aparecieron en 1553.

Pero las pruebas intrínsecas que el mismo libro de Toledo, cotejado

con el de Évora, suministra, nos llevan forzosamente á la conclusión

contraria. Es traducción del portugués y traducción muy desaliñada,

en que no han desaparecido los rastros de su origen, hasta el punto

de llamarse Tejo al Tajo, forma inverosímil en un toledano. Por

ningún concepto puede atribuirse la prosa del _Palmerín_ al elegante

escritor Luis Hurtado, que terminó la _Comedia Tibalda_ del comendador

Perálvarez de Ayllón, las _Cortes de la Muerte_ de Miguel de Carvajal,

y compuso con fecundo estro la _Égloga Silviana_, el _Teatro pastoril_,

el _Hospital de necios_, el _Espejo de gentileza_, el _Hospital de

galanes enamorados_, el _Hospital de damas heridas de amor_, los

_Esponsales de amor y sabiduría_ y otras ingeniosas obrillas; amén

del inestimable _Memorial de las cosas de Toledo_, escrito en 1576

para contestar al célebre interrogatorio de Felipe II. En 1547, el

futuro rector de la parroquia de San Vicente, que en su poema de las

_Trecientas_, acabado en 1582, declaró haber cumplido cincuenta años,

no podía tener más que diez y ocho, edad muy tierna para producir

una obra que revela tanta madurez, cultura mundana y experiencia de

la vida, como el _Palmerín de Inglaterra_. En las octavas acrósticas

que van al fin de la dedicatoria de la primera parte, y juntando las

letras iniciales, dicen: _Lvys Hurtado Avtor al lector da salud_, dice

bien claramente que la obra era ajena, y ni siquiera insinúa que la

traducción fuese suya:

_Leyendo_ esta obra, discreto lector,

_Vi_ ser espejo de hechos famosos,

_Y viendo_ aprovecha á los amorosos,

_Se puso la mano en esta labor_.

_Hallé_ que es muy digno de todo loor

_Un_ libro tan alto, en todo facundo;

........................................

Lo de _autor_ (que se repite en el epígrafe de las octavas) ha de

entenderse, para que no resulte contradicción, ó en el sentido de autor

de la composición poética laudatoria, ó en la acepción vaga y general

de escritor. No creo que quisiera apropiarse el _Palmerín_ de un modo

vergonzante, ni tampoco la _Tragedia Policiana_, impresa aquel mismo

año, y en la misma oficina, con tres octavas del mismo corte, que bien

leídas sólo indican que Hurtado fué el corrector de la edición y que

pide perdón por las erratas que puedan encontrarse:

Y si algún error hallases mirando,

_Supla mi falta_ tu gran discrecion,

_Pues yerra la mano_ y no el corazon,

Que aqueste lo bueno va siempre buscando.

El que, al parecer, quiso adjudicarse la paternidad del _Palmerín_,

llamándole _fruto, trabajo y atrevimiento_ suyo, fué el mercader de

libros Miguel Ferrer, que en un enfático prólogo dirigido á su Mecenas,

Galasso Rótulo, después de haber enumerado los grandes capitanes y

excelentes artífices «que han sido aficionados a escrebir y en tiempos

hurtados de sus trabajos han sacado maravillosas historias recreando

sus ánimos en cosas delicadas, dando a los que después dellos venimos

doctrina y dechado», se pone modestamente en el número: «Todo esto he

dicho a vuestra magnificencia para excusarme que siendo hombre que

deprendi arte para sustentar la vida, ocupe mi tiempo en _escrebir

hystorias_».

Si Miguel Ferrer no hubiera tenido otra intervención en el libro que la

de pagar los gastos de la edición para especular con ella, habría razón

para calificarle de imprudente plagiario, pero todo puede conciliarse

suponiéndole traductor. Al cabo, la traducción era _fruto, trabajo

y atrevimiento_ suyo, y había empleado su tiempo en _escribir_ con

palabras castellanas aquella historia. Las expresiones son vagas de

intento, y hay sin duda un conato vergonzante de apropiarse el libro;

pero si omitió el nombre del autor original, fué acaso porque no le

conocía. El _Palmerín_ portugués que llegó á sus manos, impreso ó

manuscrito, y que tradujo con la rudeza y desmaño propios de un hombre

inculto, estaba anónimo probablemente.

Pero en la misma obra revelaba el autor no solamente su patria

portuguesa, sino hasta su historia personal é íntima. «Quien estudia el

_Palmerín_ (dice Odorico Mendes) reconoce á cada paso la complacencia

con que se extiende en los loores de aquella tierra y la preferencia

en que la tiene sobre todas las de España; reconoce que Moraes, tan

abundante en las descripciones, se esmeró más en las de Portugal, y

no perdió ocasión de exaltar á sus naturales, _tal vez con quiebra

de los demás españoles_». Miraguarda, una de las principales heroínas

del libro, es portuguesa, y la predilección con que el autor la trata

á pesar de su carácter soberbio, altivo, áspero y cruel, contrasta con

las liviandades que atribuye á una pobre reina Arnalta de Navarra y á

las hijas del duque Calistrano de Aragón. No tienen término los elogios

de la _belicosa_ Lusitania, «provincia entonces poblada de muchos y muy

esforzados caballeros, donde, por virtud del planeta que la rige, los

hubo siempre muy famosos». Hay menudos detalles de topografía local

muy significativos. El castillo de Miraguarda existe hoy mismo, con el

nombre de castillo de Almourol, donde el autor le puso, cerca de Tancos

y de Thomar. La leyenda que en el Palmerín se refiere acerca de este

castillo y el de Cárdiga es de seguro un cuento popular.

Pero lo que pone el sello á la demostración son los capítulos CXXXVII á

CXLVIII, en que se refiere cierta aventura de cuatro damas francesas,

apellidadas Mansi, Telensi, Latranja y Torsi, siendo castigada la

soberbia y coquetería de esta última por el príncipe Floriano del

Desierto, hermano de Palmerín, que emplea un procedimiento análogo al

de _El desdén con el desdén_. Pues bien, la señora Torsi es personaje

real, y si no la misma aventura, otras muy semejantes acontecieron con

ella al hidalgo portugués Francisco de Moraes, que fué víctima de los

desdenes de aquella presuntuosa doncella, por la cual había concebido

una vehemente pasión cuando estuvo en París desde 1541 á 1543, como

secretario del embajador D. Francisco de Noronha, segundo conde de

Linhares. Francisco de Moraes, en el discurso que tituló _Desculpa de

uns amores_[401], hace en forma directa una confesión, que nos da la

clave de este episodio del _Palmerín_. Y como este episodio se halla,

no sólo en la edición portuguesa de 1567, en que Moraes descubrió

su nombre, sino en el texto castellano de 1547, donde también ocupa

once capítulos, no es posible admitir que Ferrer ni nadie escribieran

antes que él cosas tan íntimas suyas y que á él sólo interesaban. La

presencia de este elemento personalísimo en la novela quita toda duda

sobre su autor, aunque no lo persuadiese el estilo, que en la versión

castellana es muy flojo y en portugués de calidad superior, quizá la

mejor prenda del libro.

Que apareciese la traducción antes que el original es caso raro,

pero no único en los anales de la bibliografía; sin salir de estos

pleitos entre castellanos y portugueses, le tenemos también en la

_Nise lastimosa_ de Fr. Jerónimo Bermúdez (1577), impresa antes que

la _Castro_ de Ferreira (1598). Nadie puede negar la posibilidad de

que el manuscrito de Moraes llegase á Toledo, pero todo induce á creer

que la edición de 1567 no es la primera del _Palmerín_ portugués.

El que reimprimió esta novela en 1786 dice en su prefacio: «En la

copiosa librería del convento de San Francisco de esta ciudad (Lisboa)

se conserva, aunque muy estragada y falta, una edición de esta obra

en carácter entre gótico y redondo, _que da algunas muestras de ser

impresa fuera del Reino_». Esta edición, que sin fundamento alguno da

el prologuista por segunda, ¿no podría ser la primera, hecha en París

muy probablemente? No puede decirse con certeza, porque, al parecer,

ese ejemplar ha perecido.

Pero el punto principal está fuera de litigio. De la vida de Francisco

de Moraes se sabe muy poco, pues hasta se disputan el lugar de su

nacimiento Lisboa, Braganza y otros pueblos. Dicen que murió asesinado

en 1572 en la puerta del Rocío de la ciudad de Évora.

Pero si hay algo relativamente claro en su biografía, es el tiempo

y circunstancias de su viaje á París, que es precisamente la época

de la composición del _Palmerín de Inglaterra_, del cual es único ó

incontrastable autor, aunque, siguiendo la costumbre de sus colegas en

este género de literatura, le supusiese traducido de antiguas crónicas.

Dice así en el prólogo, dirigido á la infanta doña María, hija del rey

D. Manuel: «Yo me hallé en Francia los dias pasados, en servicio de D.

Francisco de Noronha, embajador del rey nuestro señor y vuestro hermano

(D. Juan III), donde vi algunas cronicas francesas e inglesas: entre

ellas vi que las princesas y damas loaban por extremo la de D. Duardos,

que en esas partes (es decir en España) anda trasladada en castellano y

estimada de muchos. Esto me movio a ver si hallaria otra antigualla que

pudiese trasladar, para lo cual conversé en Paris con Alberto de Renes,

famoso cronista de este tiempo, en cuyo poder hallé algunas memorias de

naciones estrañas, y entre ellas la cronica de Palmerin de Inglaterra,

hijo de D. Duardos, tan gastada por la antigüedad de su nacimiento que

con asaz trabajo la pude leer».

Desmintiendo una vez más el vulgar proverbio que afirma la inferioridad

de las segundas partes, escribió Moraes un libro que deja á larga

distancia al _Palmerín de Oliva_, al _Primaleón_ y á todos los de la

misma familia: libro que para los portugueses es un texto de lengua

de los mejores que tienen en prosa, aunque no deja de fatigarles á

ellos mismos la cadencia algo monótona y acompasada de los períodos

y la afectación retórica, que poco ó nada se disimula, especialmente

en las descripciones. De todos modos sería gran temeridad decir como

Clemencín que «allá se van ambos Palmerines». El de Inglaterra tiene

estilo, y de calidad no vulgar; el de Oliva, si no tan detestable como

Cervantes da á entender, es por lo menos adocenado y pedestre, sin

ningún género de estudio ni artificio de dicción. Y si el estilo no

es la única prenda en una novela, nadie puede negar que sea parte muy

principal, y que sirve de piedra de toque para distinguir las obras

verdaderamente literarias de las que no lo son. Dentro de su elegancia

un poco amanerada, Francisco de Moraes tiene trozos que pueden servir

de modelo: en vano se buscarían en el _Palmerín de Oliva_ descripciones

tan pulidas y galanas como la del jardín de la _Ínsula Encubierta_;

cuadros de tan brillante color como el incendio de la flota musulmana y

los combates que se riñeron en el cerco de Constantinopla; invenciones

fantásticas tan felices como el desencanto de Leonarda por el caballero

del Dragón, ó la aventura de la copa mágica donde estaban congeladas

las lágrimas de Brandisia, esperando que viniese á liquidarlas la mano

del caballero que más fiel y profundamente amase á su dama.

Pero si de los episodios interesantes, aunque no todos nuevos; de los

rasgos de ingenio, que no son escasos; de las páginas bien escritas,

que son muchas, se pasa á la fábula misma, es imposible para un

lector moderno suscribir al juicio encomiástico de Cervantes, cuya

crítica, como genial é intuitiva que era, no podía menos de tener los

caprichos propios de la crítica de los grandes artistas. Ni acierto á

comprender cómo el brasileño Odorico Mendes, humanista de fino gusto

y hábil intérprete de Virgilio, pudo hacer tan desaforada apoteosis

del _Palmerín de Inglaterra_, que á sus ojos era un poema épico en

prosa como el _Telémaco_ y los _Mártires_, atreviéndose á comparar á

Moraes nada menos que con el divino Ariosto. Ni en el plan, ni en los

caracteres, ni en los afectos, ni en la máquina sobrenatural, ni en la

mayor parte de los lances y aventuras tiene el segundo _Palmerín_ cosa

alguna que no se encuentre hasta la saciedad en todos los libros de su

clase. Si alguna originalidad se le concede, sólo puede consistir en

los recuerdos personales y en cierto espíritu cáustico y desengañado

respecto de las mujeres, nacido quizá de los desvíos y burlas de la

señora Torsi. La relativa perfección y tendencia clásica del estilo

no trascienden á la composición, que es tan floja y descosida como

en cualquier obra de Feliciano de Silva. El interés se divide entre

una porción de caballeros, á cual más incoloros. En el protagonista

se repite el eterno tipo de Amadís, como el de su hermano Galaor en

Floriano del Desierto, enamoradizo perpetuo é inconstante; como el de

Florisel, disfrazado de pastor en Florimán. El encantador Arcalaus

tiene nueva encarnación en Dramusiando, aunque por fin se convierte

y hace cristiano. Urganda la Desconocida reaparece con todos sus

prestigios. Florendos, el caballero de las Armas Negras, resiste á

los halagos de la reina Arnalta por amor de Miraguarda, como Amadís á

los de la reina Briolanja por amor de Oriana. En suma, el _Palmerín

de Inglaterra_ yacería confundido entre el fárrago de libros de su

género si no le salvase el estilo y no le hubiese hecho famoso la

recomendación de Cervantes. Así y todo, cuesta verdadero esfuerzo

terminar la lectura de los tres gruesos volúmenes de que consta en la

edición portuguesa más estimada[402].

Como este segundo _Palmerín_ se enlaza directamente con el _Primaleón_

por medio del personaje de D. Duardos, no he hecho mérito de las

peregrinas historias de _Don Polindo_ (1526) y del _caballero Platir_

(1533), que algunos cuentan como libro tercero y cuarto de esta serie,

aunque en rigor son novelas independientes. En lengua portuguesa

continuaron el _Palmerín de Inglaterra_ con poca fortuna Diego

Fernandes, que escribió la tercera y cuarta parte (1587), y Baltasar

Gonzales Lobato, á quien se deben la _quinta_ y _sexta_ (1604). En

estos libros fastidiosísimos puede enterarse quien tenga valor para

ello de las empresas de un segundo D. Duardos, hijo de Palmerín, y de

D. Clarisel de Bretaña, su nieto.

Estas últimas partes portuguesas apenas circularon fuera de la

Península, pero todas las demás crónicas de esta familia fueron puestas

en italiano por el infatigable Mambrino Roseo (1544-1553), añadiendo

todavía la historia del caballero _Flotir_, hijo de Platir, que

dice traducida del castellano, pero que hasta ahora no se conoce en

nuestra lengua. Al francés tradujo Juan Maugin, en 1546, el _Palmerín

de Oliva_[403]; Francisco Vernassol y Gabriel Chapuis el _Primaleón_

(1550-1597), y Jacobo Vincent, en 1553, el _Palmerín de Inglaterra_.

Sobre las traducciones francesas é italianas se hizo la inglesa que

lleva el nombre de Antonio Munday[404], aunque, según Southey,

sólo en parte le pertenece (1581-1588-1589); siendo de notar que el

traductor inglés alteró el orden de la serie, poniendo primero el

_Palmerín de Inglaterra_. Si bien las novelas de este ciclo han sido

menos leídas en todo tiempo que los _Amadises_, todavía prestaron

inspiración á algunas obras literarias. El fecundísimo poeta veneciano

Ludovico Dolce, siguiendo el ejemplo de Bernardo Tasso en su _Amadigi_,

versificó enteros el _Palmerín de Oliva_ y el _Primaleón_ en dos poemas

en octavas reales, el primero de treinta y dos cantos y el segundo de

treinta y nueve, que trabajó con celeridad increíble en el corto plazo

de dos años (1561-62) y yacen hoy en el olvido más profundo[405].

Finalmente, el erudito poeta inglés Roberto Southey, que con tanto arte

y buen gusto había compendiado el _Amadís de Gaula_, llevó á cabo la

misma tarea con la obra de Moraes, tomando por base el texto portugués,

cuya originalidad adivinó y defendió antes que nadie[406].

No se agotó en los _Amadises_ y _Palmerines_ la fecundidad estéril de

los forjadores de narraciones caballerescas. _Más de cien cuerpos_ de

libros grandes de este género tenía D. Quijote, aunque en el escrutinio

de su librería no se citan nominalmente más que quince, condenándose

los demás en masa al brazo seglar del ama y de la sobrina. Seguramente

no eran todos los que existían, y en el curso mismo de la inmortal

novela están citados ó aludidos algunos más, con los cuales debe contar

el que aspire á reunir (empeño casi temerario) lo que suele llamarse la

biblioteca de D. Quijote. Pero los hay más peregrinos é inaccesibles

todavía entre los omitidos por Cervantes, si bien la mayor parte de

ellos no merecen salir de los limbos más oscuros de la bibliografía,

á cuyo dominio pertenecen más que al de la historia literaria. Nada

podré decir, puesto que nunca he tenido ocasión de leerlas, de las

rarísimas historias del _caballero Arderique_ (1517); de _D. Clarián

de Landanis_ (1518), que acaso tenga algún interés para la historia de

las leyendas nacionales, puesto que una de las aventuras del héroe es

(según se encarece en la portada) «la muy espantosa entrada en la gruta

de Hercules (¿la de Toledo?), que fué un hecho maravilloso que parece

exceder a todas las fuerzas humanas»; de sus continuaciones _Floramante

de Colonia_ y _Lidamán de Ganayl_ (1528); de _D. Floriseo_, llamado

por otro nombre el _Caballero del Desierto_, «el qual por su gran

esfuerzo y mucho saber alcanzó a ser rey de Bohemia» (1517), obra del

bachiller Fernando Bernal, que no debe de ser de los peores, á juzgar

por el romance juglaresco que sobre él compuso Andrés Ortiz (núm.

287 de Durán); de _D. Reymundo de Grecia_ (1524), que es del mismo

autor de _D. Floriseo_ y no menos inaccesible que él; de _Don Valerián

de Hungría_, obra del notario valenciano Dionisio Clemente (1540),

que, según se dice, contiene alusiones á los hechos de D. Rodrigo de

Mendoza, marqués del Zenete, durante la guerra de las Germanías; de _D.

Florando de Inglaterra_ y sus amores con la princesa Roselinda (1545).

Con algún más fundamento podría hablar del _D. Florambel de Lucea_,

puesto que poseo un ejemplar algo incompleto de sus tres primeras

partes (Sevilla, 1548), pero confieso que todavía no he tenido valor

para enfrascarme en su lectura[407].

Dos grandes y famosos historiadores, uno de las Indias Orientales

y otro de las Occidentales, honran con sus nombres la bibliografía

caballeresca, y prueban que no siempre eran ingenios baladíes los que

en estas composiciones se ejercitaban. Gonzalo Fernández de Oviedo,

que con el tiempo había de tronar contra la vana lección de los

_Amadises_[408], había dado principio á su carrera literaria publicando

_El libro del muy esforzado et invencible caballero de la Fortuna

propiamente llamado «Don Claribalte»_ (1519), y Juan de Barros, antes

de convertirse en el Tito Livio de las hazañas lusitanas en Oriente,

imprimía en su lengua nativa la _Crónica do emperador Clarimundo_

(1522), fabuloso antepasado de los Reyes de Portugal, la cual suponía

haber traducido del húngaro. Pero contra lo que pudiera esperarse del

nombre del autor, y aun del propósito declarado en el título, son muy

raras en este libro las alusiones históricas y geográficas[409].

Más notable es bajo este aspecto el «_Don Florindo_, hijo del buen

Duque Floriseo de la Extraña Aventura, que con grandes trabajos ganó

el castillo encantado de las Siete Venturas, en el qual se contienen

differenciados riebtos de carteles y desafios, juyzios de batallas,

experiencias de guerras, fuerzas de amores, dichos de reyes, assi en

prosa como en metro, y escaramuzas de juego e otras cosas de mucha

utilidad para el bien de los lectores y plazer de los oyentes» (1530),

obra del aragonés Fernando Basurto, de la cual hizo Gayangos un

análisis extenso y suficiente. Hay en ella episodios de las campañas

de Italia, minuciosas descripciones de fiestas, torneos y pasos de

armas, saraos y diversiones populares; reminiscencias de la _Crónica

General_, como la noticia de los castillos levantados por los fabulosos

reyes Ispan y Pirrus, y lo que es más de notar, aventuras enteramente

realistas, del género de _Tirante el Blanco_. El personaje mismo de D.

Florindo dista mucho de realizar con pureza el ideal caballeresco, y

sobre todo se deja arrastrar y vencer constantemente por la pasión del

juego. Es, en suma, un héroe degenerado, un aventurero bastante vulgar

y más bien un espadachín que un caballero andante.

Mención particular y muy honrosa debe hacerse de la extensa novela que

otro aragonés mucho más célebre, el capitán Jerónimo de Urrea, infeliz

traductor del _Orlando Furioso_, pero autor del precioso _Diálogo

de la honra militar_[410], compuso con el título de _D. Clarisel de

las Flores_, obra todavía inédita en su mayor parte[411], pero ya

estudiada con toda minuciosidad y conciencia por el difunto catedrático

de la Universidad de Zaragoza D. Jerónimo Borao en una apreciable

memoria[412]. Si se atiende á los méritos del estilo puro, abundante y

lozano, y á veces muy expresivo y pintoresco, á la prodigiosa riqueza y

variedad de incidentes y aventuras, y al interés y amenidad de algunas

de ellas, _D. Clarisel_ es uno de los mejores libros de caballerías

y de los que pueden leerse con menos trabajo: vale bastante más que

el ponderado _Palmerín de Inglaterra_, y si no puede hombrearse con

el _Amadís_ y el _Tirante_, porque le falta la originalidad creadora

de aquéllos y es fruto tardío de una moda literaria que comenzaba á

decaer, debe ser citado inmediatamente después de ellos, á pesar de

la falta de consistencia de los caracteres y del embrollo desmesurado

de la fábula, que llega á convertirse en un laberinto. Pero si se

considera aisladamente cada relato de los que en esta maraña se

cruzan, hay muchos que agradan y entretienen. Como podía esperarse de

un traductor del Ariosto, se inspira Urrea en su poema tanto ó más

que en los libros de caballerías indígenas, aunque también reproduce

las principales situaciones del _Amadís_. El episodio de Astrafélix,

por ejemplo, corresponde al de Briolanja, si bien la infidelidad de

D. Clarisel (llamado entonces el _Caballero del Rayo_), á su amada

Felisalva, resulta involuntaria por haber sido maleficiado el caballero

con una yerba mágica que le propinó, á instancias de la apasionada

princesa, la anciana Sofronisa. Las reminiscencias del _Orlando_

son tan continuas que imprimen carácter al libro[413] y explican la

liviandad de algunos trozos. Á veces se inspira también en la comedia

latina ó italiana: la estratagema de que se vale Belamir para engañar

á Lirope, transformándose por arte de nigromancia en la figura de

su esposo el duque de Silesia, es la misma en que está fundado el

_Amphitrion_ de Plauto, con todas sus imitaciones, haciendo aquí el

mayordomo Rustán el papel de Sosia.

Además de estos elementos, ó nuevos ó poco usados en esta clase

de libros, Urrea introdujo, en mayor escala que sus predecesores

(exceptuando á Feliciano de Silva), la forma poética que en el _Amadís_

se inicia tímidamente con dos canciones. Todos los versos intercalados

en _Don Clarisel_ son de arte menor, versos de Cancionero, en los

cuales era Urrea tan aventajado como torpe en los endecasílabos. De

Juan del Enzina parecen, por ejemplo, estas coplas pastoriles:

¿Qué haces aquí en el prado,

Ciego Amor?

Anda, vete a lo poblado,

A dar dolor.

Deja libres nuestras flores,

Y claras las fuentes frias;

Tus fuerzas y tus porfias

Muestra a los grandes señores.

Deja los simples pastores,

Ciego amor;

Que es vileza a los cuitados

Dar dolor.

El lindo romance que canta en Nápoles la artificiosa Faustina para

atraer á Belamir al estanque, donde le deja burlado, está ya en la

manera lírica que prevaleció á principios del siglo XVII, aunque

todavía no impera sola la asonancia:

Decidme, oh vos, blancos cisnes,

Los que gozais de las aguas,

¿Cómo podreis defenderos

De las amorosas llamas?

Plegue al amor que vos junte

En sombras de verdes ramas,

Donde goceis para siempre

Una vida dulce y blanda,

Sin temer que se os enturbien

Esas vuestras olas mansas.

Salid, oh cisnes, de entre ellas

Que las vereis alteradas,

Y de un gran fuego amoroso

Encendidas y abrasadas.

Dejad que se apague en ellas

Ansia tan desordenada.

Después del _D. Clarisel de las Flores_ apenas se encuentra ningún

libro de caballerías que traspase la raya de lo vulgar y adocenado.

El apogeo de esta literatura corresponde á la primera mitad del siglo

XVI, es decir, al reinado del emperador Carlos V. Todavía dentro de él

hay que mencionar el _Lepolemo_ ó _Caballero de la Cruz_ (1521), del

cual dijo donosamente Cervantes: «Por nombre tan santo como este libro

tiene, se podia perdonar su ignorancia; mas tambien se suele decir tras

la cruz está el diablo: vaya al fuego». No es de los más disparatados

de su clase, y las aventuras tienen cierta sensatez relativa, pero

es sin duda de los más insulsos. Su autor, que se llamaba al parecer

Alfonso de Salazar[414], le supuso traducido de original arábigo

compuesto por el cronista Xarton, lo cual acaso dio á Cervantes la idea

de su Cide Hamete Benengelí. El sevillano Pedro de Luxán, á quien ya

conocemos como autor de _D. Silves de la Selva_, añadió al _Lepolemo_

una segunda parte, en que se trata de los hechos de su hijo _Leandro el

Bel_ «según lo compuso el sabio rey Artidoro en lengua griega». aunque

ambos libros están regularmente escritos, se perdieron muy pronto entre

el fárrago de libros caballerescos.

Sólo por ser labor femenina puede hacerse mérito del _Don Cristalión

de España_, que publicó en 1545 doña Beatriz Bernal, dama de

Valladolid, parienta acaso del bachiller Fernando Bernal, autor del _D.

Floriseo_[415]. Sólo por la circunstancia de estar mencionados en el

_Quijote_ hay todavía quien recuerde el _D. Cirongilio de Francia_, de

Bernardo Vargas (1545); el _Felixmarte de Hircania_, de Melchor Ortega,

vecino de Úbeda (1556); el _D. Olivante de Laura_, de Antonio de

Torquemada (1564), que Cervantes llamó _tonel_, aunque es de moderado

volumen para libro en folio; el _D. Belianis de Grecia_, «sacado de

lengua griega, en la cual la escribió el sabio Friston por un hijo

del virtuoso varon Toribio Fernandez» (1547), con el cual mostró el

cura benignidad inusitada, condenándole sólo á reclusión temporal y

recetándole «un poco de ruibarbo para purgar la demasiada colera suya»,

por la cual eran sin cuenta las heridas que daba y recibía: hasta

ciento y una, todas graves, contó Clemencín sólo en los dos primeros

libros. Pero á todos éstos vence en lo prolijo, absurdo y fastidioso

el _Espejo de príncipes y caballeros_, que para no confundirle con el

_Espejo de caballerías_, citado en otra parte (compilación del ciclo

carolingio), suele designarse con el nombre de _El Caballero del Febo_

ó _Alphebo_, aunque no solamente trata de él, sino de su padre el

emperador Trebacio, de su hermano Rosicler, de su hijo Claridiano, de

D. Poliphebo de Trinacria y de otros muchos paladines y hasta belicosas

damas, viniendo á formar todo ello una vasta enciclopedia de necedades,

que llegó á constar de cinco partes y más de dos mil páginas á dos

columnas en folio; labor estúpida á que sucesivamente se consagraron

(desde 1562 hasta 1589 y aun más adelante) varios ingenios oscuros,

tales como el riojano Diego Ordóñez de Calahorra, el aragonés Pedro de

la Sierra y el complutense Marcos Martínez[416].

Estas obras monstruosas y pedantescas[417] marcan el principio de la

agonía del género, cuyo último estertor parece haber sido la _Historia

famosa del príncipe don Policisne de Beocia, hijo y único heredero

de los reyes de Beocia Minandro y Grumedela_; por D. Juan de Silva

y Toledo, señor de Cañada-hermosa; impreso en Valladolid, 1602, en

vísperas, como se ve, de la aparición del _Quijote_; después del cual

no se encuentra ningún libro de caballerías original, ni reimpresiones

apenas de los antiguos. Toda esta enorme biblioteca desapareció

en un día, como si el mágico Fristón hubiese renovado con ella el

encantamiento de la del ingenioso hidalgo.

Aunque escritos en verso, deben incluirse entre los libros de

caballerías, más bien que entre las imitaciones de los poemas

italianos, el _Celidón de Iberia_, de Gonzalo Gómez de Luque (1583);

el _Florando de Castilla, lauro de Caballeros_, del médico Jerónimo

Huerta (1588), y la _Genealogía de la Toledana Discreta_, cuya primera

parte, en treinta y cuatro cantos, publicó, en 1604, Eugenio Martínez,

no atreviéndose sin duda á imprimir la segunda por justo temor á

la sátira de Cervantes, que acaso influyó también en que quedasen

inéditas otras tentativas del mismo género, como el _Pironiso_ y el

_Canto de los amores de Felis y Grisaida_[418]. De estos poemas, el

más interesante es sin duda el del licenciado Huerta, que andando el

tiempo llegó á ser hombre insigne en su profesión y docto intérprete

y comentador de Plinio. Si no hay error en la fecha de su nacimiento,

y realmente imprimió el _Florando_ á los quince años[419], la obra

es maravillosa para tal edad, aunque poco original y muy sembrada de

imitaciones literales de Ovidio, Ariosto, Garcilaso, Ercilla y otros

poetas antiguos y modernos. Tiene el _Florando_ la curiosidad de estar

escrito, no todo en octavas reales, aunque éstas predominan, sino en

variedad de metros, sin excluir los cortos; género de _polimetría_

que no recordamos haber visto en ningún otro poema con pretensiones

de épico hasta llegar á los románticos del siglo XIX. Tiene también

la de contener (en el canto noveno) una de las más antiguas versiones

conocidas del tema de los _Amantes de Teruel_ (trasplantación aragonesa

de un cuento de Boccaccio). Finalmente, es digno de notarse, y puede no

ser casual, la coincidencia que presentan las palabras de D. Quijote

vencido en Barcelona por el caballero de la Blanca Luna, con las que

pronuncia Ricardo rendido por Florando en el último canto del poema:

Viendose ya vencido, dice: Acaba,

Caballero feroz, de darme muerte;

Que este es el fin honroso que esperaba

De un brazo como el tuyo, bravo y fuerte.

Vencido soy, mas lo que sustentaba

No me haras negar de alguna suerte;

Bien puedes de la vida ya privarme,

Pues tengo de morir, y no mudarme.

Por estas particularidades, así como por la fluidez de la

versificación, que en algunos trozos llega á la elegancia, y por las

proporciones no exageradas del poema, resulta de lectura bastante

apacible el _Florando de Castilla_ y merece la reimpresión que de él se

hizo en nuestros días.

Eran antiguos y muy justificados los clamores de los moralistas contra

los libros de caballerías, que ellos miraban como un perpetuo incentivo

de la ociosidad y una plaga de las costumbres. El mayor filósofo de

aquella centuria, Luis Vives, los acriminó con verdadera saña, no sólo

en el pasaje ya citado _De institutione feminae christianae_[420],

tan interesante por contener una especie de catálogo de los que

entonces corrían con más crédito, sino en su magistral obra pedagógica

_De causis corruptarum artium_[421]. El reformador de los estudios

teológicos Melchor Cano, tan análogo á Vives en su tendencia crítica,

tan diverso en el carácter, refiere haber conocido á un sacerdote que

tenía por verdaderas las historias de Amadís y D. Clarían, alegando la

misma razón que el ventero de D. Quijote; es á saber: que cómo podían

decir mentira unos libros impresos con aprobación de los superiores

y con privilegio real[422]. Cano los despreciaba demasiado para

considerarlos muy peligrosos: teníalos por meras vaciedades, escritas

por hombres ignorantes y mal ocupados; le alarmaban mucho más (y lo

dice claramente) los libros de devoción escritos en lengua vulgar,

cuando trataban hondas materias teológicas ó místicas[423].

Pero es claro que los ascéticos, escritores de índole mucho más

popular, no podían afectar la misma desdeñosa tolerancia que,

precisamente por animadversión á ellos, mostraba el clásico expositor

de los lugares teológicos, encastillado en el alcázar de su ciencia

escolástica y de su arte ciceroniana. «En nuestros tiempos (decía el

maestro Alonso de Venegas), con detrimento de las doncellas recogidas

se escriven los libros desaforados de cavallerias, que no sirven sino

de ser unos sermonarios del diablo; con que en los rincones caza los

animos de las doncellas...». «Vemos que veda el padre a la hija que no

le venga y le vaya la vieja con sus mensajes, y por otra parte es tan

mal recatado que no le veda que leyendo _Amadises_ y _Esplandianes_,

con todos los de su bando, le esté predicando el diablo a sus solas;

que alli aprende las celadas de las ponzoñas secretas, demás del habito

que hace en pensamientos de sensualidad; que assi la hacen saltar de su

quietud como el fuego a la pólvora[424]».

Envolviendo en la misma condenación los libros caballerescos, las

novelas pastoriles y hasta las poesías líricas de asunto profano,

por honestas que fuesen (lo cual era llevar la intransigencia ética

hasta el último término posible), lanzaba contra todos ellos ardorosa

invectiva el elocuente y pintoresco autor de la _Conversión de la

Magdalena_ Fr. Pedro Malón de Chaide: «¿Qué otra cosa son los libros

de amores y las _Dianas_ y Boscanes y Garcilasos, y los monstruosos

libros y silvas de fabulosos cuentos y mentiras de los _Amadises_,

_Floriseles_ y _Don Belianis_, y una flota de semejantes portentos

como hay escritos, puestos en manos de pocos años, sino cuchillo en

poder del hombre furioso?... otros leen aquellos prodigios y fabulosos

sueños y quimeras sin pies ni cabeza, de que están llenos los libros

de caballerías, que asi los llaman, a los que si la honestidad del

termino lo sufriera, con trastrocar pocas letras se llamaran mejor de

bellaquerías que de caballerías. Y si a los que estudian y aprenden a

ser cristianos en estos catecismos les preguntais que por qué los leen

y cuál es el fruto que sacan de su licion, responderos han que alli

aprenden osadia y valor para las armas, crianza y cortesia para con

las damas, fidelidad y verdad en sus tratos, y magnanimidad y nobleza

de ánimo en perdonar a sus enemigos; de suerte que os persuadirán que

_Don Florisel_ es el libro de los _Macabeos_, y _Don Belianis_ los

_Morales_ de San Gregorio, y _Amadis_ los _Oficios_ de San Ambrosio,

y _Lisuarte_ los libros de _Clemencia_ de Seneca... Como si en la

Sagrada Escritura y en los libros que los santos dotores han escrito

faltaran puras verdades, sin ir a mendigar mentiras; y como si no

tuvieramos abundancia de ejemplos famosos en todo linaje de virtud que

quisiesemos, sin andar a fingir monstruos increibles y prodigiosos.

¿Y qué efeto ha de hacer en un mediano entendimiento un disparate

compuesto a la chimenea en invierno por el juicio del otro que lo

soñó?»[425].

Aun escritores que no tenían cargo especial de almas, ó no enderezaban

sus trabajos á la edificación popular, humanistas, historiadores,

moralistas mundanos ó simples eruditos, fulminan las mismas censuras,

y abogan de continuo, sobre todo en los prólogos de sus obras, por la

absoluta proscripción de los libros de caballerías. Así Fr. Antonio

de Guevara, tan poco escrupuloso en materia de fábulas históricas, y

que á su modo también cultivaba la novela, decía en el argumento de

su _Aviso de Privados_: «Vemos que ya no se ocupan los hombres sino

en leer libros que es afrenta nombrarlos, como son _Amadis de Gaula_,

_Tristan de Leonís_, _Primaleon_, _Carcel de amor_ y _Celestina_, a los

quales y a otros muchos con ellos se debria mandar por justicia que

no se imprimiesen ni menos se vendiesen, porque su doctrina incita

la sensualidad a pecar, y relaxa el espiritu a bien vivir»[426].

Indignábase el _magnífico caballero_ Pero Mexía, elegante vulgarizador

de las historias clásicas, de ver aplicado el nombre de crónicas á

«las trufas e mentiras de Amadis y de Lisuarte y Clarianes, y otros

portentos que con tanta razon debrian ser desterrados de España, como

cosa contagiosa y dañosa a la republica, pues tan mal hacen gastar el

tiempo a los autores y lectores de ellos. Y lo que es peor, que dan muy

malos exemplos e muy peligrosos para las costumbres. A lo menos son un

dechado de deshonestidades, crueldades y mentiras, y según se leen con

tanta atencion, de creer es que saldran grandes maestros de ellas...

Abuso es muy grande y dañoso, de que entre otros inconvenientes se

sigue grande ignominia y afrenta a las cronicas e historias verdaderas,

permitir que anden cosas tan nefandas a la par con ellos»[427]. Otro

escritor sevillano, contemporáneo de Mexía, Alonso de Fuentes, cuya

_Summa de philosophia natural_ (1547) encierra tantas curiosidades, no

sólo traza la semblanza de un _doliente_, precursor de D. Quijote, que

se sabía de memoria todo el _Palmerín de Oliva_ «y no se hallaba sin

él, aunque lo sabía de cabeza», sino que conmina á los gobernadores

y _prebostes_ de las ciudades para que persigan libros semejantes,

por «el mal exemplo que dellos resulta. Porque, dad aca, en el más

cendrado libro destos, ¿qué se trata, dexando aparte ser todo fabulas y

mentiras, sino que uno llevó la mujer de aquel y se enamoró de la hija

del otro; cómo la recuestaba y escrevia, y otros avisos para los que

estan acaso descuidados? Y no yerro en lo que digo, que me admiro que

se tenga cuidado en prohibir meter en este reino las sábanas de Bretaña

(á causa que se hallaban enfermas por su respecto muchas personas de

muchas enfermedades contagiosas, de las cuales las dichas sábanas

venían inficionadas), y no se provea en suplicar que se prohiban libros

que dan de sí tan mal exemplo y tanto daño dellos depende[428]». Nada

menos que «partos de ingenios estupidos», «hez de libros», «inmundicias

recogidas para perder el tiempo y estragar las costumbres de los

hombres», llamaba nuestro gran hebraizante Arias Montano á los libros

de caballerías en su elegante _Retórica_, compuesta en versos latinos,

llegando á incluir al mismo Orlando en la caterva de los Amadises y

Esplandianes:

...Namque per nostra frequenter

Regna libri eduntur, veteres referentia scripta

Errantesque equites, Orlandum, Splandiana graecum,

Palmirenumque duces et coetera: monstra vocamus

Et stupidi ingenii partum, faecemque librorum,

Collectas sordes in labem temporis; et æquae

Nil melius tractent, hominum quam perdere mores.

Temporis hic ordo nullus, non ulla locorum

Servatur ratio, nec si quid forte legendo

Vel credi possit vel delectare, nisi ipsa

Te turpis vitii species et foeda voluptas

Delectat; moresque truces, et vulnera nullis

Hostibus inflicta, ac stolide conficta leguntur[429].

Á pesar de tan insistente clamoreo, entre cuyas voces sonaban las de

los hombres más grandes de España en el siglo XVI, Vives, Cano, Arias

Montano, Fr. Luis de Granada, la Inquisición mostró con los libros

de caballerías una indulgencia verdaderamente inexplicable, no sólo

por los pasajes lascivos que casi todos ellos contienen, sino por las

irreverencias y profanaciones de que no están exentos algunos, como el

_Tirante_. Pero es lo cierto que, por tolerancia con el gusto público

ó por desdén hacia la literatura amena, en los reinos de Castilla y

Aragón corrieron libremente todos esos libros: ni uno solo se encuentra

prohibido en el índice del Cardenal Quiroga (1583), que es el más

completo de los del siglo XVI[430]. Algo más severa se mostró con ellos

la legislación civil, aunque no en el grado y forma que lo solicitaban

los Procuradores de las Cortes de Valladolid de 1555, en su petición

107: «Otrosi decimos que está muy notorio el daño que en estos Reinos

ha hecho y hace a hombres mozos y doncellas e a otros generos de

gentes leer libros de mentiras y vanidades, como son _Amadis_ y todos

los libros que despues dél se han fingido de su calidad y letura y

coplas y farsas de amores y otras vanidades: porque como los mancebos

y doncellas por su ociosidad principalmente se ocupan en aquello,

desvanecense y aficionanse en cierta manera a los casos que leen en

aquellos libros haber acontecido, ansi de amores como de armas y otras

vanidades; y aficionados, cuando se ofrece algun caso semejante, danse

a el más a rienda suelta que si no lo oviesen leido... Y para remedio

de lo susodicho, suplicamos a V. M. mande que ningun libro destos ni

otros semejantes se lea ni imprima so graves penas; y los que agora

hay los mande recoger y quemar, y que de aqui adelante ninguno pueda

imprimir libro ninguno, ni coplas ni farsas, sin que primero sean

vistos y examinados por los de vuestro Real Consejo de Justicia; porque

en hacer esto ansi V. M. hará gran servicio a Dios, quitando las gentes

destas lecciones de libros de vanidades, e reduciendolas á leer libros

religiosos y que edifiquen las ánimas y reformen los cuerpos, y a estos

Reinos gran bien y merced».

Esta petición no fué atendida, y su misma generalidad y violencia se

oponía á que prosperase, porque siempre fué temerario contradecir de

frente el gusto popular. Lo que el Santo Oficio, con todo su poder y

autoridad sobre las conciencias, no había intentado siquiera, menos

había de acometerlo la potestad secular, cuyo influjo en estas materias

era bien escaso. Los libros de caballerías siguieron vendiéndose

libremente en la Península; no sé publicó jamás la Pragmática anunciada

por la Princesa Gobernadora doña Juana, contestando, en 1558, á

las peticiones de las Cortes; y sólo en los dominios de América

continuaron siendo de contrabando estos libros, á tenor de una real

cédula de 4 de abril de 1531, confirmada por otras posteriores que

prohiben pasar á Indias «libros de romances, de historias vanas o de

profanidad, como son de _Amadis_ e otros desta calidad, _porque este es

mal ejercicio para los indios_, e cosa en que no es bien que se ocupen

ni lean».

En vista de la indiferencia de los poderes públicos, discurrieron

algunos varones piadosos, pero de mejor intención que literatura,

buscar antídoto al veneno caballeresco en un nuevo género de ficciones

que en todo lo exterior las remedasen, pero que fuesen, en el fondo,

obras morales y ascéticas, revestidas con los dudosos encantos de

la alegoría; procedimiento frío y mecánico, al cual no debe el arte

ningún triunfo y que nunca puede ser confundido con el símbolo vivo,

último esfuerzo de la imaginación creadora. Así nació el extravagante

género de los _libros de caballerías á lo divino_, como _á lo divino_

se parodiaron también los versos de Bosán y Garcilaso y la _Diana_ de

Montemayor.

La alegoría caballeresca con fin moral tiene antecedentes en dos

obras francesas traducidas á nuestra lengua, la una en el siglo XV y

la otra en el XVI: el _Pélerinage de la vie humaine_, de Guillermo

de Guileville, que fué puesta en castellano por Fr. Vicente Mazuelo

é impresa en Tolosa de Francia en 1490[431], y el mucho más célebre

_Chevalier Délibéré_, de Olivier de la Marche, libro de larga y curiosa

historia en España, pues no sólo alcanzó dos traductores en verso,

Hernando de Acuña y el capitán Urrea, sino que antes había entretenido

los ocios del Emperador Carlos V, que le tradujo en prosa, movido, sin

duda, de los elogios de la Casa de Borgoña que el poema de la Marche

contiene. Esta versión cesárea es la que Acuña recibió encargo de

poner en antiguas coplas castellanas y publicar con su nombre[432], y

ora fuese porque se trasluciera su egregio origen, ora por la fluidez

y gracia de las quintillas de Acuña, _El Caballero Determinado_ tuvo

tanto éxito que fué reimpreso hasta siete veces durante aquel siglo, y

dejó en la sombra la traducción de Urrea[433], hecha en tercetos tan

infelices como las octavas de su _Orlando_.

Pero el _Pelegrinaje de la vida humana_, cuya autor se propuso imitar á

lo divino el

_Roman de la Rose_, es más bien un viaje alegórico-fantástico que un

libro de caballerías, y el poemita de Olivier de la Marche, salvo en lo

que tiene de histórico y panegírico, apenas traspasa los límites de una

sencilla y poco ingeniosa personificación de vicios y virtudes.

No se contuvo en tan modestos límites el valenciano Jerónimo de San

Pedro (ó más bien Sempere), autor de las dos partes de la _Caballería

celestial de la Rosa Fragante_ (1554). «Advirtiendo (dice en su

prólogo) que los que tienen acostumbrado el apetito a las lecciones

ya dichas (de los libros fabulosos y profanos) no vernian deseosos al

banquete destas, aviendo de passar de un extremo a otro, propuse les

dar de comer la perdiz desta historia, alborada con el artificio de

las que les solian caer en gusto, porque mas engolosinandose en ellas

pierdan el sabor de las fingidas, y aborreciendolas se ceven desta que

no lo es... Donde hallarán trazada, no una Tabla Redonda, mas muchas;

no una sola aventura, mas venturas diversas; y esto no por industria de

Merlin ni de Vrganda la Desconocida, mas por la Divina Sabiduria del

Verbo Hijo de Dios... Hallarán tambien, no un solo Amadis de Gaula, mas

muchos amadores de la verdad no creada; no un solo Tirante el Blanco,

mas muchos tirantes al blanco de la gloria; no una Oriana ni una

Carmesina, pero muchas santas y celebradas matronas, de las quales se

podra colegir exenplar y virtuosa erudicion. Veran assi mesmo la viveza

del anciano Alegorin, el sabio, y la sagacidad de Moraliza, la discreta

doncella, los quales daran de sí dulce y provechosa platica, mostrando

en muchos pasos desta _Celestial Caballeria_ encumbrados misterios y

altas maravillas, y no las de un fingido cauallero de la Cruz, mas de

un precioso Christo que verdaderamente lo fue».

Este singular programa no basta para dar completa idea de tan absurdo

libro, que en su primera parte, intitulada del _Pie de la Rosa

Fragante_, y en ciento doce capítulos, llamados _maravillas_, recopila,

en forma andantesca, gran parte de la materia del Antiguo Testamento,

y en la segunda, ó sea en las _Hojas de la Rosa Fragante_, alegoriza

por el mismo procedimiento los Evangelios, convirtiendo á Cristo en el

caballero del León, á los doce Apóstoles en los doce paladines de la

Tabla Redonda, y á Lucifer en el caballero de la Serpiente. Todo ello

es una continua parodia de los libros caballerescos, cuyas principales

aventuras imita; pero lo que resulta escandalosamente parodiado por la

cándida irreverencia del autor es la Sagrada Escritura; por lo cual no

es maravilla que la Inquisición pusiese inmediatamente el libro en sus

índices, y nunca llegara á imprimirse la tercera parte, que el autor

promete con el título de _La Flor de la Rosa Fragante_[434]. El rígido

puritano Ticknor, que eludió, sin duda por escrúpulo de conciencia, el

estudio de nuestros grandes ascéticos y místicos, hasta el punto de

dedicar sólo una menguada página á Fr. Luis de Granada y otra á Santa

Teresa (¡y á esto se llama «Historia de la Literatura española»!),

se extiende con morosa fruición en el análisis de la _Caballería

celestial_, pretendiendo, á lo que se ve, hacer cómplice á la Iglesia

católica de las necedades de un escritor tan oscuro como Jerónimo de

San Pedro. Tres cosas olvidó el crítico americano: primera, que el

Santo Oficio se había adelantado á su censura prohibiendo _La Rosa

Fragante_ desde que apareció; segunda, que el libro es ridículo por la

falta de talento y gusto de su autor, pero que la poesía simbólica,

nacida del maridaje entre el misticismo y la caballería, no puede

condenarse en sí misma, puesto que en manos de un gran poeta como

Wolfram de Eschembach puede producir una maravilla como el _Parsifal_,

y tercero, que sin salir de la cristiandad protestante y de la misma

secta á que Ticknor pertenecía, puede encontrarse uno de los tipos más

curiosos de novela alegórica á lo divino en el _Pilgrim's Progress_

de Bunyan, tan popular y tan digno de serlo. La obra del calderero

anabaptista, con su gigante Desesperación, su Prudencia Mundana, su

demonio Apollyon, símbolo del Papismo, está más inspirada, sin duda,

que la historia del maestro Anagogino, del anciano Alegorín, de la

doncella Moraliza y del caballo de la Penitencia, pero las alegorías

son igualmente absurdas y en manos de un incrédulo pueden prestarse á

la misma rechifla.

Aleccionados sin duda por la prohibición de la _Rosa Fragante_, no

picaron tan alto los que después cultivaron este género, absteniéndose

de profanar el texto sagrado y limitándose á modestas fábulas

didácticas, que más tenían de morales que de propiamente teológicas. En

este orden es muy apreciable por méritos de estilo y lenguaje, no menos

que por su sana y copiosa doctrina, _El Caballero del Sol, ó sea la

Peregrinacion de la vida del hombre puesto en batalla... en defensa de

la Razon, que trata por gentil artificio y extrañas figuras de vicios

y virtudes, envolviendo con la arte militar la philosophia moral, y

declara los trabajos que el hombre sufre en la vida y la continua

batalla que tiene con los vicios, y finalmente enseña los dos caminos

de la vida y de la perdicion, y cómo se ha de vivir para bien acabar y

morir_; libro impreso en Medina del Campo en 1552, cuyo autor fué Pedro

Hernández de Villaumbrales, uno de los buenos prosistas ascéticos del

siglo XVI y de los más injustamente olvidados. No es la mejor de sus

obras _El Caballero del Sol_, pero no se puede negar que están vencidas

con ameno ingenio las dificultades inherentes al gusto alegórico, y

que esta ética cristiana es un curioso ensayo de novela filosófica,

enteramente libre de las monstruosidades que afean el libro de Jerónimo

de San Pedro. Tuvo éxito el de Villaumbrales, siendo inmediatamente

traducido al italiano por Pietro Lauro (1557) y al alemán por Mateo

Hofsteteer (1611)[435]. Á su imitación se compusieron otros que no

llegaron á igualarle, como la _Caballeria christiana_ de Fr. Jaime de

Alcalá (1570), el _Caballero de la Clara Estrella_ ó _Batalla y triunfo

del hombre contra los vicios_, poema en octavas reales de un tal Andrés

de la Losa (1580); la _Historia y milicia cristiana del caballero

Peregrino, conquistador del cielo, metaphora y symbolo de cualquier

sancto, que peleando contra los vicios ganó la victoria_, obra

pesadísima de Fr. Alonso de Soria, impresa en Cuenca en 1601. Algunos

incluyen también en esta sección _El Caballero Asisio_, de Fr. Gabriel

de Mata (1587), pero este prolijo poema no contiene más que la vida de

San Francisco y algunos santos de su orden, sin que lo caballeresco

pase del título y del extravagante frontispicio de la edición de

Bilbao, que representa al Santo á caballo y armado de todas armas,

ostentando en la cimera del yelmo la cruz con los clavos y la corona de

espinas, en el escudo las cinco llagas y en el pendón de la lanza una

imagen de la Fe con la cruz y el cáliz. Lo que pertenece enteramente al

género alegórico caballeresco _á lo divino_ es otro poema rarísimo del

mismo Fr. Gabriel de Mata, titulado _Cantos Morales_ (1594)[436].

Como se ve, no es grande el número de ejemplares de este género, y si

se añade que casi ninguno obtuvo los honores de la reimpresión, se

comprenderá la poca importancia que tuvieron estos piadosos caprichos,

sin duda porque la mayor parte de los lectores del siglo XVI opinaban

con Cervantes y con el sentido común que los libros de pasatiempo «no

tienen para qué predicar a ninguno, mezclando lo humano con lo divino,

que es un género de mezcla de quien no se ha de vestir ningun cristiano

entendimiento».

En cambio fué enorme, increíble aunque transitoria, la fortuna de los

libros de caballerías profanos, y no es el menor enigma de nuestra

historia literaria esta rápida y asombrosa popularidad, seguida de un

abandono y descrédito tan completos, los cuales no pueden atribuirse

exclusivamente al triunfo de Cervantes, puesto que á principios del

siglo XVII ya estos libros iban pasando de moda y apenas se componía

ninguno nuevo. Suponen la mayor parte de los que tratan de estas cosas

que la literatura caballeresca alcanzó tal prestigio entre nosotros

porque estaba en armonía con el temple y carácter de la nación y

con el estado de la sociedad, por ser España la tierra privilegiada

de la caballería. Ticknor llega á clasificar estos libros entre las

producciones más genuinas de nuestra literatura popular, al lado de

los romances, las crónicas y el teatro. Pero en todo esto hay evidente

error, ó si se quiere una verdad incompleta. La caballería heroica

y tradicional de España, tal como, en los _cantares de gesta_, en

las crónicas, en les romances y aun en los mismos cuentos de D. Juan

Manuel se manifiesta, nada tiene que ver con el género de imaginación

que produjo las ficciones andantescas. La primera tiene un carácter

sólido, positivo y hasta prosaico á veces; está adherida á la historia,

y aun se confunde con ella; se mueve dentro de la realidad y no gasta

sus fuerzas en quiméricos empeños, sino en el rescate de la tierra

natal y en lances de honra ó de venganza. La imaginación procede en

estos relatos con extrema sobriedad, y aun si se quiere con sequedad

y pobreza, bien compensadas con otras excelsas cualidades, que hacen

de nuestra poesía heroica una escuela de viril sensatez y reposada

energía. Sus motivos son puramente épicos; para nada toma en cuenta

la pasión del amor, principal impulso del caballero andante. Jamás

pierde de vista la tierra, ó por mejor decir una pequeñísima porción

de ella, el suelo natal, único que el poeta conocía. Para nada emplea

lo maravilloso profano, y apenas lo sobrenatural cristiano. Compárese

todo esto con la desenfrenada invención de los libros de caballerías;

con su falta de contenido histórico; con su perpetua infracción de

todas las leyes de la realidad; con su geografía fantástica, con

sus batallas imposibles; con sus desvaríos amatorios, que oscilan

entre el misticismo más descarriado y la más baja sensualidad; con

su disparatado concepto del mundo y de los fines de la vida; con su

población inmensa de gigantes, enanos, encantadores, hadas, serpientes,

endriagos y monstruos de todo género, habitadores de ínsulas y palacios

encantados; con sus despojos y reliquias de todas las mitologías y

supersticiones del Norte y del Oriente, y se verá cuan imposible es que

una literatura haya salido de la otra, que la caballería moderna pueda

estimarse como prolongación de la antigua.

Hay un abismo profundo, insondable, entre las gestas y las crónicas,

hasta cuando son más fabulosas, y el libro de caballerías más sencillo

que pueda encontrarse, el mismo _Cifar_ ó el mismo _Tirante_.

Ni la vida histórica de España en la Edad Media ni la primitiva

literatura, ya épica, ya didáctica, que ella sacó de sus entrañas y

fué expresión de esta vida, fiera y grave como ella, legaron elemento

ninguno al género de ficción que aquí estudiamos. Queda ampliamente

demostrado en el capítulo anterior que los grandes ciclos nacieron

fuera de España, y sólo llegaron aquí después de haber hecho su

triunfal carrera por toda Europa; y que al principio fueron tan poco

imitados, que en más de dos centurias, desde fines del siglo XIII á

principios del XVI, apenas produjeron seis ó siete libros originales,

juntando las tres literaturas hispánicas y abriendo la mano en cuanto á

alguno que no es caballeresco más que en parte.

¿Cómo al alborear el siglo XVI, ó al finalizar el XV, se trocó en

vehemente afición el antiguo desvío de nuestros mayores hacia esta

clase de libros, y se solazaron tanto con ellos durante cien años para

olvidarlos luego completa y definitivamente?

Las causas de este hecho son muy complejas, unas de índole social,

otras puramente literarias. Entre las primeras hay que contar la

transformación de ideas, costumbres, usos, modales y prácticas

caballerescas y cortesanas que cierta parte de la sociedad española

experimentó durante el siglo XV, y aun pudiéramos decir desde fines

del XIV: en Castilla, desde el advenimiento de la casa de Trastamara;

en Portugal, desde la batalla de Aljubarrota, ó mejor aún desde

las primeras relaciones con la casa de Lancaster. Los proscritos

castellanos que habían acompañado en Francia á D. Enrique el Bastardo;

los aventureros franceses é ingleses que hollaron ferozmente nuestro

suelo, siguiendo las banderas de Duguesclín y del Príncipe Negro; los

caballeros portugueses de la corte del Maestre de Avis, que en torno

de su reina inglesa gustaban de imitar las bizarrías de la _Tabla

Redonda_, trasladaron á la Península, de un modo artificial y brusco

sin duda, pero con todo el irresistible poderío de la moda, el ideal

de vida caballeresca, galante y fastuosa de las cortes francesas y

anglonormandas. Basta leer las crónicas del siglo XV para comprender

que todo se imitó: trajes, muebles y armaduras, empresas, motes,

saraos, banquetes, torneos y pasos de armas. Y la imitación no se

limitó á lo exterior, sino que trascendió á la vida, inoculando en ella

la ridícula esclavitud amorosa y el espíritu fanfarrón y pendenciero;

una mezcla de frivolidad y barbarie, de la cual el _paso honroso_ de

Suero de Quiñones en la Puente de Órbigo es el ejemplar más célebre,

aunque no sea el único. Claro es que estas costumbres exóticas no

trascendían al pueblo; pero el contagio de la locura caballeresca,

avivada por el favor y presunción de las damas, se extendía entre los

donceles cortesanos hasta el punto de sacarlos de su tierra y hacerles

correr las más extraordinarias aventuras por toda Europa. Sabido es lo

que á propósito de esto dice Hernando del Pulgar en sus _Claros Varones

de Castilla_: «Yo por cierto no vi en mis tiempos ni lei que en los

pasados viniesen tantos caballeros de otros reinos e tierras extrañas

a estos vuestros reinos de Castilla e de Leon, por facer armas a todo

trance, como vi que fueron caballeros de Castilla a las buscar por

otras partes de la cristiandad. Conosci al Conde D. Gonzalo de Guzman e

a Juan de Merlo; conosci a Juan de Torres e a Juan de Polanco, Alfaran

de Vivero e a Mosen Pero Vazquez de Sayavedra, a Gutierre Quijada e a

Mosen Diego de Valera, y oi decir de otros castellanos que con ánimo de

caballeros fueron por las reinos extraños a facer armas con cualquier

caballero que quisiese facerlas con ellos e por ellas ganaron honra

para sí e fama de valientes y esforzados caballeros para los fijosdalgo

de Castilla»[437].

Los que tales cosas hacían tenían que ser lectores asiduos de libros

de caballerías, y agotada ya la fruición de las novelas de la Tabla

Redonda y de sus primeras imitaciones españolas, era natural que

apeteciesen alimento nuevo, y que escritores más ó menos ingeniosos

acudiesen á proporcionárselo, sobre todo después que la imprenta hizo

fácil la divulgación de cualquier género de libros y comenzaron los

de pasatiempo á reportar alguna ganancia á sus autores. Y como las

costumbres cortesanas durante la primera mitad del siglo XV fueron en

toda Europa una especie de prolongación de la Edad Media, mezclada de

extraño y pintoresco modo con el Renacimiento italiano, no es maravilla

que los príncipes y grandes señores, los atildados palaciegos, los

mancebos que se preciaban de galanes y pulidos, las damas encopetadas

y redichas que les hacían arder en la fragua de sus amores, se

mantuviesen fieles á esta literatura, aunque por otro lado platonizasen

y pertrarquizasen de lo lindo.

Creció, pues, con viciosa fecundidad la planta de estos libros, que

en España se compusieron en mayor número que en ninguna parte, por

ser entonces portentosa la actividad del genio nacional en todas sus

manifestaciones, aun las que parecen más contrarias á su índole. Y

como España comenzaba á imponer á Europa su triunfante literatura,

el público que esos libros tuvieron no se componía exclusiva ni

principalmente de españoles, como suelen creer los que ignoran la

historia, sino que casi todos, aun los más detestables, pasaron al

francés y al italiano, y muchos también al inglés, al alemán y al

holandés, y fueron imitados de mil maneras hasta por ingenios de primer

orden, y todavía hacían rechinar las prensas cuando en España nadie se

acordaba de ellos, á pesar del espíritu aventurero y quijotesco que tan

gratuitamente se nos atribuye.

Porque el influjo y propagación de los libros de caballerías no fué

un fenómeno español, sino europeo. Eran los últimos destellos del sol

de la Edad Media próximo á ponerse. Pero su duración debía ser breve,

como lo es la del crepúsculo. Á pesar de apariencias engañosas no

representaban más que lo externo de la vida social; no respondían al

espíritu colectivo, sino al de una clase, y aun éste lo expresaban

imperfectamente. El Renacimiento había abierto nuevos rumbos á la

actividad humana; se había completado el planeta con el hallazgo de

nuevos mares y de nuevas tierras; la belleza antigua, inmortal y

serena, había resurgido de su largo sueño, disipando las nieblas de la

barbarie; la ciencia experimental comenzaba á levantar una punta de

su velo; la conciencia religiosa era teatro de hondas perturbaciones,

y media Europa lidiaba contra la otra media. Con tales objetos para

ocupar la mente humana, con tan excelsos motivos históricos como el

siglo XVI presentaba, ¿cómo no habían de parecer pequeñas en su campo

de acción, pueriles en sus medios, desatinadas en sus fines, las

empresas de los caballeros andantes? Lo que había de alto y perenne

en aquel ideal necesitaba regeneración y transformación; lo que había

de transitorio se caía á pedazos, y por sí mismo tenía que sucumbir,

aunque no viniesen á acelerar su caída ni la blanda y risueña ironía

del Ariosto, ni la parodia ingeniosa y descocada de Teófilo Folengo,

ni la cínica y grosera caricatura de Rabelais, ni la suprema y

trascendental síntesis humorística de Cervantes.

Duraban todavía en el siglo XVI las costumbres y prácticas

caballerescas, pero duraban como formas convencionales y vacías de

contenido. Los grandes monarcas del Renacimiento, los sagaces y

expertos políticos adoctrinados con el breviario de Maquiavelo no

podían tomar por lo serio la mascarada caballeresca. Francisco I y

Carlos V, apasionados lectores del _Amadís de Gaula_ uno y otro, podían

desafiarse á singular batalla, pero tan anacrónico desafío no pasaba

de los protocolos y de las intimaciones de los heraldos ni tenía otro

resultado que dar ocupación á la pluma de curiales y apologistas. En

España los duelos públicos y en palenque cerrado habían caído en desuso

mucho antes de la prohibición del Concilio Tridentino; el famoso de

Valladolid en 1522, entre D. Pedro Torrellas y D. Jerónimo de Ansa, fué

verdaderamente _el postrer duelo de España_. Continuaron las justas

y torneos, y aun hubo cofradías especiales para celebrarlos, como

la de San Jorge en Zaragoza; pero aun en este género de caballería

recreativa y ceremoniosa se observa notable decadencia en la segunda

mitad del siglo, siendo preferidos los juegos indígenas de cañas, toros

y jineta, que dominaron en el siglo XVII. Fuera de España, los antiguos

ejercicios caballerescos eran tenidos en más estimación y ejercitados

más de continuo. Recuérdese, por ejemplo, el torneo en que sucumbió el

rey Enrique II de Francia (1559). ¿Y quién no recuerda en el minucioso

y ameno relato del _Felicísimo viaje_ de nuestro príncipe don Felipe

á los estados de Flandes, que escribió en 1552 Juan Cristóbal Calvete

de Estrella, la descripción de los torneos de Bins, en que tomó parte

el mismo príncipe, y de las fiestas en que fueron reproducidas como en

cuadros vivos varias aventuras de un libro de caballerías que pudo ser

el de _Amadís de Grecia_, si no me engaño?

Pero aunque todo esto tenga interés para la historia de las costumbres,

en la historia de las ideas importa poco. La supervivencia del mundo

caballeresco era de todo punto ficticia. Nadie obraba conforme á sus

vetustos cánones: ni príncipes, ni pueblos. La historia actual se

desbordaba de tal modo, y era tan grande y espléndida, que forzosamente

cualquiera fábula tenía que perder mucho en el cotejo. Lejos de creer

yo que tan disparatadas ficciones sirviesen de estímulo á los españoles

del siglo XVI para arrojarse á inauditas empresas, creo, por el

contrario, que debían de parecer muy pobre cosa á los que de continuo

oían ó leían las prodigiosas y verdaderas hazañas de los portugueses

en la India y de los castellanos en todo el continente de América y en

las campañas de Flandes, Alemania é Italia. La poesía de la realidad

y de la acción, la gran poesía geográfica de los descubrimientos y

de las conquistas, consignada en páginas inmortales por los primeros

narradores de uno y otro pueblo, tenía que triunfar antes de mucho de

la falsa y grosera imaginación que combinaba torpemente los datos de

esta ruda novelística.

Y si tal distancia había entre el mundo novelesco y el de la historia,

¡cuan inmensa no debía de ser la que le separase del mundo espiritual

y místico en que florecen las esperanzas inmortales! Por inconcebible

que parezca, se ha querido establecer analogía, si no de pensamiento,

de procedimientos, entre la literatura caballeresca y nuestra riquísima

literatura ascética, dando por supuesto que la una representaba nuestro

espíritu aventurero en lo profano y la otra en lo sagrado. Hechos

mal entendidos, sacados de quicio y monstruosamente exagerados, han

servido para apoyar tan absurda hipótesis. Grima da, por ejemplo, ver

al erudito y laborioso Ticknor comparar, con el criterio protestante

más adocenado, los milagros de la Iglesia Católica con las patrañas

de los libros de caballerías, y suponer que la fe implícita que se

prestaba á los unos preparaba el ánimo para la credulidad con que se

acogían los otros. Los libros de caballerías se leían por pasatiempo,

como leemos _Las mil y una noches_, como se han leído todas las novelas

del mundo, sin que nadie creyese una palabra de lo que en ellos se

contenía, salvo algún loco como Don Quijote ó sus prototipos el

clérigo que conoció Melchor Cano y el caballero andaluz de que habló

Alonso de Fuentes[438]. Toda Europa los leía con la misma fruición,

y todo, absolutamente todo el material romántico de estas ficciones

procede de Francia y de Inglaterra. Las oscuras supersticiones en

que se funda la parte fantástica de los libros de caballerías son

indígenas de ambas Bretañas; aquí no tenían sentido, ni eran más que

una imitación literaria para solaz de gente desocupada. Ni España ni

la Iglesia tienen que responder de tales aberraciones, que eran del

gusto, no de la creencia. ¿Ni qué significa que el futuro San Ignacio

de Loyola fuese, como todos los caballeros jóvenes de su tiempo, «muy

curioso y amigo de leer libros profanos de caballerías», y que en la

convalecencia de su herida los pidiera para distraerse? ¿Por ventura

aprendería en _Amadís de Gaula_ el secreto de la organización de la

Compañía, que es á los ojos de sus más encarnizados enemigos un dechado

de prudencia humana ó (como ellos quieren) de astucia maquiavélica

y para cualquier espíritu imparcial un portento de sabia disciplina

y de genio práctico; lo más contrario, en suma, que puede haber á

todo género de ilusiones y fantasías aun en el campo teológico? ¿Qué

significa tampoco que Santa Teresa leyera en su niñez libros de

caballerías, siguiendo el ejemplo de su madre[439], y aun que llegara á

componer uno en colaboración con su hermano, según refiere su biógrafo

el P. Ribera?[440]. Curiosa es la noticia, pero ¿quién va á creer,

sin notoria simpleza, que de tales fuentes brotase la inspiración

mística de la Santa, ni siquiera su regalado y candoroso estilo, el más

personal que hubo en el mundo? Del que no sepa distinguir entre las

_Moradas_ y _Don Florisel de Niquea_, bien puede creerse que carece de

todo paladar crítico.

Aparte de las razones de índole social que explican el apogeo y

menoscabo de la novela caballeresca, hay otras puramente literarias

que conviene dilucidar. Pues ¿á quién no maravilla que en la época

más clásica de España, en el siglo espléndido del Renacimiento, que

con razón llamamos de oro, cuando florecían nuestros más grandes

pensadores y humanistas; cuando nuestras escuelas estaban al nivel de

las más cultas de Europa y en algunos puntos las sobrepujaban; cuando

la poesía lírica y la prosa didáctica, la elocuencia mística, la novela

de costumbres y hasta el teatro, robusto desde su infancia, comenzaban

á florecer con tanto brío; cuando el palacio de nuestros reyes y hasta

las pequeñas cortes de algunos magnates eran asilo de las buenas

letras, fuese entretenimiento común de grandes y pequeños, de doctos

é indoctos, la lección de unos libros que, exceptuados cuatro ó cinco

que merecen alto elogio, son todos como los describió Cervantes: «en

el estilo duros, en las hazañas increibles, en los amores lascivos,

en las cortesias mal mirados, largos en las batallas, necios en las

razones, disparatados en los viajes y, finalmente, dignos de ser

desterrados de la republica cristiana como gente inútil»? «No he visto

ningun libro de caballerías (dice el canónigo de Toledo en el mismo

pasaje) que haga un cuerpo de fábula entero con todos sus miembros,

de manera que el medio corresponde al principio y el fin al principio

y al medio, sino que los componen con tantos miembros, que más parece

que llevan intención á formar una quimera ó un monstruo que á hacer una

figura proporcionada... y puesto que el principal intento de semejantes

libros sea el deleitar, no sé yo cómo puedan conseguirlo yendo llenos

de tantos y tan desaforados disparates... Pues ¿qué hermosura puede

haber... en un libro ó fábula donde un mozo de diez y seis años da una

cuchillada á un gigante como una torre, y le divide en dos mitades como

si fuera de alfeñique? Y ¿qué cuando nos quieren pintar una batalla

después de haber dicho que hay de la parte de los enemigos un millón de

combatientes? Como sea contra ellos el señor del libro, forzosamente,

mal que nos pese, habremos de entender que el tal caballero alcanzó

la vitoria por solo el valor de su fuerte brazo. Pues ¿qué diremos de

la facilidad con que una Reina ó Emperatriz heredera se conduce en

los brazos de un andante y no conocido caballero? ¿Qué ingenio, si no

es del todo bárbaro é inculto, podrá contentarse leyendo que una gran

torre llena de caballeros va por la mar adelante como nave con próspero

suceso, y hoy anochece en Lombardía y mañana amanece en tierras del

Preste Juan de las Indias ó en otras que ni las describió Tolomeo ni

las vio Marco Polo?».

¿Cómo es posible que tan bárbaro y grosero modo de novelar coexistiese

en una civilización tan adelantada? Y no era el ínfimo vulgo quien

devoraba tales libros, que, por lo abultados y costosos, debían ser

inasequibles para él; no eran tan sólo los hidalgos de aldea, como Don

Quijote; era toda la corte, del Emperador abajó, sin excluir á los

hombres que parecían menos dispuestos á recibir el contagio. El místico

reformista conquense Juan de Valdés, uno de los espíritus más finos

y delicados, y uno de los más admirables prosistas de la literatura

española, Valdés, helenista y latinista, amigo y corresponsal de

Erasmo, catequista de augustas damas, maestro de Julia Gonzaga y de

Victoria Colonna, después de decir en su _Diálogo de la lengua_ que los

libros de caballerías, quitados el _Amadís_ y algún otro, «a más de ser

mentirosisimos, son tan mal compuestos, asi por dezir las mentiras muy

desvergonzadas como por tener el estilo desbaratado, que no hay buen

estomago que los pueda leer», confiesa á renglón seguido que él los

había leído _todos_. «Diez años, los mejores de mi vida, que gasté en

Palacios y Cortes, no me empleé en ejercicio más virtuoso que en leer

estas mentiras, en las cuales tomaba tanto sabor, que me comía las

manos tras ellas. Y mirad qué cosa es tener el gusto estragado, que si

tomaba un libro de los romanzados de latin, que son de historiadores

verdaderos, o a lo menos que son tenidos por tales, no podia acabar

conmigo de leerlos[441]».

La explicación de este fenómeno parece muy llana. Tiene la novela dos

aspectos: uno literario y otro que no lo es. Puede y debe ser obra de

arte puro, pero en muchos casos no es más que obra de puro pasatiempo,

cuyo valor estético puede ser ínfimo. Así como de la historia dijeron

los antiguos que agradaba escrita de cualquier modo, así la novela

cumple uno de sus fines, sin duda el menos elevado, cuando excita y

satisface el instinto de curiosidad, aunque sea pueril; cuando prodiga

los recursos de la invención, aunque sea mala y vulgar; cuando nos

entretiene con una maraña de aventuras y casos prodigiosos, aunque

estén mal pergeñados. Todo hombre tiene horas de niño, y desgraciado

del que no las tenga. La perspectiva de un mundo ideal seduce siempre,

y es tal la fuerza de su prestigio, que apenas se concibe al género

humano sin alguna especie de novelas ó cuentos, orales ó escritos. Á

falta de los buenos se leen los malos, y éste fué el caso de los libros

de caballerías en el siglo XVI y la razón principal de su éxito.

Apenas había otra forma de ficción fuera de los cuentos cortos

italianos de Boccaccio y sus imitadores. Las novelas sentimentales y

pastoriles eran muy pocas, y tenían todavía menos interés _novelesco_

que los libros de caballerías, siquiera los aventajasen mucho en galas

poéticas y de lenguaje. Todavía escaseaban más las tentativas de

novela histórica, género que, por otra parte, se confundió con el de

caballerías en un principio. De la novela picaresca ó de costumbres

apenas hubo en toda aquella centuria más que dos ejemplares, aunque

excelentes y magistrales. La primitiva _Celestina_ (que en rigor no

es novela, sino drama) era leída y admirada aun por las gentes más

graves, que se lo perdonaban todo en gracia de su perfección de estilo

y de su enérgica representación de la vida; pero sus continuaciones é

imitaciones, más deshonestas que ingeniosas, no podían ser del gusto de

todo el mundo, por muy grande que supongamos, y grande era en efecto,

la relajación de las costumbres y la licencia de la prensa. Quedaron,

pues, los _Amadís_ y _Palmerines_ por únicos señores del campo. Y como

la misma, y aun mayor penuria de novelas originales se padecía en toda

Europa, ellos fueron los que dominaron enteramente esta provincia de

las letras por más de cien años.

Por haber satisfecho conforme al gusto de un tiempo dado necesidades

eternas de la mente humana, aun de la más inculta, triunfó de tan

portentosa manera este género literario y han triunfado después otros

análogos. Las novelas seudohistóricas, por ejemplo, de Alejandro Dumas

y de nuestro Fernández y González, son, por cierto, más interesantes

y amenas que los _Floriseles_, _Belianises_ y _Esplandianes_; pero

libros de caballerías son también, adobados á la moderna; novelas

interminables de aventuras belicosas y amatorias, sin más fin que el

de recrear la imaginación. Todos las encuentran divertidas, pero nadie

las concede un valor artístico muy alto. Y sin embargo, Dumas el viejo

tuvo en su tiempo, y probablemente tendrá ahora mismo, más lectores en

su tierra que el coloso Balzac, ó infinitamente más que Mérimée, cuyo

estilo es la perfección misma. La novela-arte es para muy pocos; la

novela-entretenimiento está al alcance de todo el mundo, y es un goce

lícito y humano, aunque de orden muy inferior.

La verdadera razón del hechizo con que prendían la imaginación

estas ficciones la declara perfectamente Fr. Luis de Granada en su

_Introducción al Símbolo de la Fe_: «Agora querria preguntar a los que

leen libros de caballerias fingidas y mentirosas ¿qué les mueve a esto?

Responderme han que entre todas las obras humanas que se pueden ver

con ojos corporales, las más admirables son el esfuerzo y fortaleza.

Porque como la muerte sea (segun Aristóteles dice) la ultima de las

cosas terribles y la cosa más aborrecida de todos los animales, ver un

hombre despreciador y vencedor deste temor tan natural causa grande

admiracion en los que esto ven. De aqui nace el concurso de gentes para

ver justas y toros y desafios y cosas semejantes, por la admiracion que

estas cosas traen consigo, la cual admiracion (como el mismo filosofo

dice) anda siempre acompañada con deleite y suavidad. Y de aqui

tambien nace que los blasones e insignias de las armas de los linajes

comúnmente se toman de las obras señaladas de fortaleza y no de alguna

otra virtud. Pues esta admiracion es tan comun a todos y tan grande,

que viene a tener lugar, no sólo en las cosas verdaderas, sino tambien

en las fabulosas y mentirosas, y de aqui nace el gusto que muchos

tienen de leer estos libros de caballerias fingidas... acompañadas

con muchas deshonestidades con que muchas mujeres locas se envanecen,

pareciendoles que no menos merecian ellas ser servidas que aquellas por

quien se hicieron tan grandes proezas y notables hechos en armas[442]».

Por haber hablado, pues, de armas y de amores, materia siempre grata á

mancebos enamorados y á gentiles damas, cautivaron á su público estos

libros, sin que fuesen obstáculo su horrible pesadez, sus repeticiones

continuas, la tosquedad de su estructura, la grosera inverosimilitud

de los lances y todos los enormes defectos que hacen hoy intolerable

su lectura. Pero es claro que esta ilusión no podía mantenerse mucho

tiempo; la vaciedad de fondo y forma que había en toda esta literatura

no podía ocultarse á los ojos de ningún lector sensato, en cuanto

pasase el placer de la sorpresa. La generación del tiempo de Felipe II,

más grave y severa que los contemporáneos del Emperador, comenzaba á

hastiarse de tanta patraña insustancial y mostraba otras predilecciones

literarias, que acaso pecaban de austeridad excesiva. La historia, la

literatura ascética, la poesía lírica, dedicada muchas veces á asuntos

elevados y religiosos, absorbían á nuestros mayores ingenios. Con su

abandono se precipitó la decadencia del género caballeresco, al cual

sólo se dedicaban ya rapsodistas oscuros y mercenarios.

Nunca faltaron, sin embargo, á estos libros aficionados y aun

apologistas muy ilustres. Pero si bien se mira, todos ellos hablan,

no de los libros de caballerías tales como son, sino de lo que podían

ó debían ser, y en este puro concepto del género, es claro que tienen

razón. Así Lope de Vega, acaso por llevar la contra á Cervantes, habla

de ellos con cierta estimación en la dedicatoria que hizo de su comedia

_El Desconfiado_ al maestro Alonso Sánchez, catedrático de hebreo en

Alcalá: «Riense muchos de los libros de caballerias, señor maestro, y

tienen razon si los consideran por la exterior superficie; pues por la

misma serian algunos de la antigüedad tan vanos e infructuosos como el

_Asno de Oro_ de Apuleyo, el _Metamorfoseos_ de Ovidio y los _Apologos_

del moral filosofo; pero penetrando los corazones de aquella corteza,

se hallan todas las partes de la filosofia, es a saber: natural,

racional y moral. La más comun accion de los caballeros andantes, como

_Amadis_, _El Febo_, _Esplandian_ y otros, es defender cualquiera dama

por obligacion de caballerias, necesitada de favor, en bosque, selva,

montaña o encantamiento[443]».

Pero quien hizo, á mi juicio, más hábil defensa de estos libros fué

el ingenioso portugués Francisco Rodríguez Lobo en el primero de

los diálogos, que tituló _Corte em Aldeia e Noites de inverno_. Uno

de los interlocutores del diálogo sostiene la superioridad de las

historias fabulosas sobre las verdaderas; aplicando la doctrina de

Aristóteles sobre la ventaja que la poesía lleva á la historia. «En el

libro fingido cuentanse las cosas como era bien que fuesen y no como

sucedieron, y asi son más perfectas; describese el caballero como era

bien que los hubiese, las damas cuán castas, los reyes cuán justos,

los amores cuán verdaderos, los extremos cuán grandes, las leyes, las

cortesías, el trato tan conforme con la razon. Y assi no leereis libro

en el cual no se destruyan soberbios, favorezcan humildes, amparen

flacos, sirvan doncellas, se cumplan las palabras, guarden juramentos y

satisfagan buenas obras. Vereis que las damas andan por los caminos sin

que haya quien las ofenda, seguras en su virtud propia y en la cortesia

de los caballeros andantes. En cuanto al retrato y ejemplo de la vida,

mejor se coge de lo que un buen entendimiento trazó y siguio con mucho

tiempo de estudio, que en el succeso que a veces se alcanzó por mano

de la ventura, sin que la diligencia ni ingenio pusiesen algo de su

caudal»[444].

Evidentemente, aquí se habla del libro de caballerías _posible_, no

del _actual_, como no nos remontemos al _Amadís_, único y solo á

quien cuadran en parte estos elogios. No difiere mucho de este ideal

novelístico el plan de un poema épico en prosa que expuso Cervantes por

boca del canónigo, mostrando con tan hermosas razones que estos libros

daban largo y espacioso campo para que un buen entendimiento pudiese

mostrarse en ellos. Este ideal se vió realizado cuando el espíritu de

la poesía caballeresca, nunca enteramente muerto en Europa, se combinó

con la adivinación arqueológica, con la nostalgia de las cosas pasadas

y con la observación realista de las costumbres tradicionales próximas

á perecer, y engendró la novela histórica de Walter-Scott, que es la

más noble y artística descendencia de los libros de caballerías.

Pero Walter-Scott y todos los novelistas modernos no son más que

_epígonos_ respecto de aquel patriarca del género, que tiene entre sus

innumerables excelencias la de haber reintegrado el elemento épico

que en las novelas caballerescas yacía soterrado bajo la espesa capa

de la amplificación bárbara y desaliñada. La obra de Cervantes, como

he dicho en otra parte, no fué de antítesis, ni de seca y prosaica

negación, sino de purificación y complemento. No vino á matar un ideal,

sino á transfigurarle y enaltecerle. Cuanto había de poético, noble y

humano en la caballería, se incorporó en la obra nueva con más alto

sentido. Lo que había de quimérico, inmoral y falso, no precisamente

en el ideal caballeresco, sino en las degeneraciones de él, se disipó

como por encanto ante la clásica serenidad y la benévola ironía del

más sano y equilibrado de los ingenios del Renacimiento. Fué, de

este modo, el _Quijote_ el último de los libros de caballerías, el

definitivo y perfecto, el que concentró en un foco luminoso la materia

poética difusa, á la vez que elevando los casos de la vida familiar á

la dignidad de la epopeya, dió el primero y no superado modelo de la

novela realista moderna.

Orígenes de la novela, Tomo I · 第 29 / 55 题