Después de tales encarecimientos, que no dejan de ser singulares en

el autor de _La Lozana Andaluza_, no hay que insistir mucho en los

defectos y las cualidades de este libro cuarto, que evidentemente

huelga dentro del plan novelesco, pero que constituye un doctrinal

de caballeros, el más perfecto y cumplido que puede imaginarse. Por

primera vez aparece un personaje español en el libro: D. Brián de

Monjaste, «hijo de Lidasán, rey de España». Montalvo, que no carecía

de imaginación, como lo mostró después, hasta con exceso, en las

_Sergas de Esplandián_, no abusa de ella en el libro cuarto, que es

muy inferior bajo este respecto. La mayor parte de las aventuras son

fastidiosa repetición de lugares comunes: las descripciones de combates

interminables y pesadísimas. La manía oratoria del refundidor, que

ya despuntaba en los libros anteriores, se desborda aquí sin traba

ni freno en continuos razonamientos, arengas, embajadas y cartas

mensajeras, plagadas de sentencias en que se ve el empeño de imitar

á los historiadores y moralistas de la antigüedad. La acción es muy

pobre, comparada con la vegetación riquísima que hemos contemplado

hasta ahora. Puede decirse que se reduce á la guerra que Amadís y sus

vasallos de la Ínsula Firme, ayudados por el rey Perión de Gaula,

sostienen contra el rey Lisuarte de Bretaña, aliado con el emperador

de Roma. Amadís triunfa, como era natural, pero usa con tal moderación

de la victoria, que hace detenerse á sus tropas en medio de ella,

y se reconcilia con el rey Lisuarte, mediante la intervención del

ermitaño Nasciano, que llega muy oportunamente para aclarar el secreto

del nacimiento de Esplandián. Y como en la batalla había muerto el

emperador romano, á quien Lisuarte, ignorando los amores de su hija,

había prometido su mano, no queda obstáculo para que los dos amantes

celebren sus bodas y sean declarados herederos del reino de Bretaña.

Quizá uno de los motivos que el honrado regidor de Medina tuvo para

añadir este epílogo fué el casar á Amadís y Oriana en haz y en paz de

la Iglesia, cosa de que el autor primitivo, que vivía en la atmósfera

medio pagana de las leyendas célticas, no se habría cuidado para nada.

Y tan allá lleva su furor matrimonial, que de una vez, y en una sola

misa, casa el ermitaño Nasciano á todos los personajes de la novela que

no lo estaban, correspondiéndole á Galaor la mano de la reina Briolanja.

Pero temeroso sin duda de que este final, aunque tan honrado y de

buen ejemplo, no pareciese demasiado pedestre y casero para finalizar

un libro de caballerías, recurrió al elemento maravilloso, que no

emplea en lo restante del libro, é hizo salir de la mar á Urganda la

Desconocida, la reina de «la Ínsula non Fallada», para hacer armar

caballero á Esplandián y anunciar en magnífica profecía sus destinos.

Las circunstancias de esta aparición son tan peregrinas, que no podemos

menos de llamar la atención sobre ellas, porque parecen la adivinación

genial de un gran descubrimiento.

«Los reyes se juntaron para dar orden en los casamientos cómo se

ficiesen con mucho placer, y se tornasen a sus tierras... Y estando

juntos debaxo de unos arboles cabe las fuentes que ya oistes, oyeron

grandes voces que las gentes daban de fuera de la huerta, e sonaba

gran murmullo, e sabido qué cosa fuese, dixeronles que venía la más

espantable cosa e más extraña por la mar de cuantas habian visto.

Entonces los reyes demandaron sus caballos, e cabalgaron, e todos los

otros caballeros, e fueron al puerto, e las reinas e todas las señoras

se subieron a lo más alto de la torre, donde gran parte de la tierra y

de la mar se parescia; e vieron venir un humo por el agua más negro e

más espantable que nunca vieran. Todos estuvieron quedos fasta saber

qué cosa fuese, e dende a poco rato que el fumo se comenzo a esparcir,

vieron en medio dél una serpiente mucho mayor que la mayor nao ni fusta

del mundo; e traia tan grandes alas que tomaban espacio de una echadura

de arco, e la cola enroscada hacia arriba, muy más alta que una gran

torre; e la cabeza, e la boca, e los dientes eran tan grandes, e los

ojos tan espantables, que no habia persona que lo mirar osase; e de

rato en rato echaba por las narices aquel muy negro humo, que fasta

el cielo sobia, y desque se cubria todo daba los roncos e silbos tan

fuertes e tan espantables, que no parescia sino que la mar se queria

fundir. Echaba por la boca las gorgoradas del agua tan recio e tan

lejos, que ninguna nave, por grande que fuese, a ella se podria llegar

que no fuese anegada. Los reyes e caballeros, como quiera que muy

esforzados fuesen, mirabanse unos a otros, e no sabian qué decir; que

a cosa tan espantable e tan medrosa de ver no fallaban ni pensaban

que resistencia alguna podria bastar, pero estuvieron quedos. La gran

serpiente, como ya cerca llegase, dio por el agua al traves tres o

cuatro vueltas, faciendo sus bravezas, e sacudiendo las alas tan recio,

que más de media legua sonaba el crujir de las conchas... Pues estando

asi todos maravillados de tal cosa cual nunca oyeran ni vieran otra

semejante, vieron cómo por el un costado de la serpiente echaron un

batel cubierto todo de un paño de oro muy rico e una dueña en él, que

a cada parte traia un doncel muy ricamente vestidos, e sofriase con

los brazos sobre los hombros dellos, e dos enanos muy feos en extraña

manera, con sendos remos, que el batel traian a tierra... En esto

llegó el batel a la ribera, e como cerca fué, conoscieron ser la dueña

Urganda la Desconocida, que ella tovo por bien de se les mostrar en su

propia forma, lo cual pocas veces facia; antes se demostraba en figuras

extrañas, cuándo muy vieja demasiado, cuándo muy niña, como en muchas

partes desta historia se ha contado» (cap. XLII).

Todo lo que se refiere á la intervención de Urganda en estos últimos

capítulos es de extraordinaria y poética belleza: sus vaticinios

envuelven la más espléndida glorificación del linaje de Amadís; su voz

solemne y venida de lo alto rasga el velo de lo futuro y da unidad á

las aventuras cumplidas hasta entonces; paz y reposo á los caballeros

que ya han cumplido su misión en el mundo; una nueva generación

caballeresca se levanta; Amadís se convierte de paladín andante en

monarca justiciero, y quien empuñe la ardiente espada será su hijo

Esplandián, cuyo altos hechos han de oscurecer los de su padre.

«Vosotros, reyes y caballeros que aqui estais, tornad a vuestras

tierras, dad holganza a vuestros espiritus, descansen vuestros ánimos,

dexad el prez de las armas, la fama de las honras a los que comienzan

a subir en la muy alta rueda de la movible fortuna; contentaos con lo

que della fasta aqui alcanzasteis, pues que más con vosotros que con

otros algunos de vuestro tiempo le plogo tener queda e firme la su

peligrosa rueda; e tú, Amadis de Gaula, que desde el dia que el rey

Perion, tu padre, por ruego de tu señora Oriana, te fizo caballero,

venciste muchos caballeros e fuertes e bravos gigantes, pasando con

gran peligro de tu persona todos los tiempos fasta el dia de hoy,

haciendo tremer las brutas y espantables animalias, habiendo gran pavor

de la braveza de tu fuerte corazon, de aqui adelante da reposo a tus

afanados miembros... e tú que fasta aqui solamente te ocupabas en ganar

prez de tu sola persona, creyendo con aquello ser pagada la deuda a que

obligado eres, agora te converná repartir tus pensamientos e cuidados

en tantas e diversas partes, que por muchas veces querrias ser tornado

en la vida primera, y que solamente te quedase el tu enano a quien

mandar podiesses; _toma ya vida nueva, con más cuidado de gobernar

que de batallar como fasta aqui feciste_; dexa las armas para aquel

a quien las grandes vitorias son otorgadas de aquel alto Juez... que

los tus grandes fechos de armas por el mundo tan sonados, muertos ante

los suyos quedarán; ansi que por muchos que no saben será dicho que

_el hijo al padre mató_, mas yo digo que no de aquella muerte natural

a que todos obligados somos, salvo de aquella que, pasando sobre los

otros mayores peligros, mayores angustias, gana tanta gloria que la de

los pasados se olvide, e si alguna parte les dexa no gloria ni fama se

puede decir, mas la sombra della» (capítulo LII).

Esta _vida nueva_, este ideal del perfecto «gobernante» que hace

todo derecho, que acalla y pacifica toda contienda, que desarma á

sus enemigos con la clemencia, que se levanta como árbitro entre

príncipes y pueblos, que ciñe con la corona imperial de Roma las sienes

de Arquisil, no por ser el más noble sino por ser el más honrado y

virtuoso, es la nota más original que Garci Ordóñez de Montalvo puso en

su continuación y es lo que la presta cierto interés para la historia

de las ideas ético-políticas, mostrándole imbuido en el espíritu

filantrópico de los pensadores del Renacimiento, que tiene en Erasmo y

en Luis Vives su expresión más alta.

Transformado de esta manera el primitivo cuento de Amadís, enriquecido

con los despojos de toda la literatura caballeresca anterior y con

el fruto de una varia si no muy selecta cultura que en el aliño algo

redundante y en la majestad periódica del estilo se manifiesta: novela

de amor y de aventuras juntamente, y que recopilaba casi todos los

temas poéticos que en los libros de la Tabla Redonda andan esparcidos;

obra que por sus raíces arrancaba del fondo más oscuro de la Edad

Media, y que por el desarrollo amplio y brillante era muy digna de

abrir la época clásica, el _Amadís_ del regidor Montalvo, único que

para la posteridad existe, se levanta como una de las columnas de la

prosa española en tiempo de los Reyes Católicos y comparte con la

_Celestina_ la gloria de haberla fijado en aquel momento supremo.

¿Y qué sabemos del elocuente é incansable narrador que en las llanuras

de Castilla la Vieja dió forma definitiva al mejor de los libros

caballerescos? Poco más que lo que consta en los principios de su

obra y lo que él quiso decirnos por boca de Urganda la Desconocida

en el cap. XCVIII de las _Sergas de Esplandián_, consignando algunos

rasgos de su carácter que, salvo lo que dice de su ignorancia, bien

desmentida en sus escritos, deben de ser muy aproximados á la verdad.

«Yo he sabido (le dice la sabia y profética dueña) que eres un hombre

simple, sin letras, sin ciencia, sino solamente de aquella que asi como

tú los zafios labradores saben, y como quiera que cargo de regir a

otros muchos y más buenos tengas, ni a ellos ni a ti lo sabes hacer, ni

tampoco lo que a tu casa y hacienda conviene. Pues dime, hombre de mal

recaudo, ¿cuál inspiracion te vino, pues que no sería del cielo, que

dexando y olvidando las cosas necesarias en que los hombres cuerdos se

ocupan, te quisiste entremeter y ocupar en una ociosidad tan excusada,

no siendo tu juicio suficiente, enmendando una tan grande escriptura de

tan altos emperadores, de tantos reyes y reinas, y dueñas y doncellas,

y de tan famosos caballeros?»...

Esta confesión tan ingenua confirma lo que ya por los enormes volúmenes

del _Amadís_ y del _Esplandián_ podría sospecharse; es decir, que

en el regidor de Medina del Campo la imaginación novelesca era la

facultad predominante, y que debió de tener bastante descuidado su

oficio municipal y el regimiento de sus convecinos, embebido como

estaba siempre en las dulces quimeras que inventaba ó hacía suyas por

derecho de conquista. De otras palabras de Urganda, que no sabemos si

se refieren al _Esplandián_ sólo, sino también al _Amadís_, parece

inferirse que escribía en edad muy madura y no la más propia para

fábulas de amores, lo cual puede explicar la frecuencia é intemperancia

de sus sentencias y digresiones morales. «¡Oh, loco! cuán vano ha sido

tu pensamiento con creer que una cosa tan excelente que en muy gran

numero de escripturas caber no podria, en tan breves y mal compuestas

palabras lo pensaste dexar en memoria, no temiendo en ella _ser tan

contraria tu edad de semejantes autos_ como el agua del fuego y la fria

nieve de la gran calentura del sol, que en una tan extraña cosa como

ésta no pueden nin deben hablar sino aquellos en quien sus entrañas son

casi quemadas y encendidas de aquella amorosa flama».

Sabemos también que era muy aficionado á la caza, ejercicio muy propio

de un cronista de caballeros andantes y con el cual debía completarse

su noble y poética ociosidad. En el cap. XCIX de las _Sergas_ finge

que en una de estas expediciones cinegéticas, cerca del lugar de

Castillejo, le aconteció caer en una cueva donde tuvo la visión que

allí describe[351].

La historia póstuma del _Amadís_ es tan curiosa é importante como el

libro mismo; pocas obras del ingenio humano han tenido una posteridad

tan larga, han influido tanto en literaturas distintas, han contado

imitadores tan ilustres y han dado norma y tono al trato social

por tanto tiempo. Á pesar de su enorme volumen, que hoy retrae á

los lectores impacientes, pero que entonces era obstáculo menos

grave, porque las obras de imaginación no eran numerosas y se leían

muy despacio, procurando cada cual prolongar su placer, los cuatro

libros de _Amadís_ tuvieron en el siglo XVI más de veinte ediciones

castellanas, que hoy existen ó de que se tiene segura noticia, y es

de creer que hubiese otras, porque la más antigua no ha sido conocida

hasta fecha muy reciente, y sabemos que fué grande la destrucción de

estos libros cuando pasaron de moda, y se los miró con desprecio ó

indiferencia[352]. Añádase á esto la masa enorme de las continuaciones,

de que hablaremos después. Los descendientes de Amadís son legión:

nadie se hartaba de leer las proezas de sus nietos, biznietos y

tataranietos, y para orientarse la crítica en el laberinto de sus

parentescos ha habido que construir árboles genealógicos, como si se

tratase de una familia histórica. No faltaban aficionados delirantes,

precursores de D. Quijote, que la tuviesen por tal, extremándose en

esto los portugueses, tan encariñados con este libro que estimaban como

suyo. D. Simón de Silveira juraba sobre un Misal que todo lo que se

contenía en el _Amadís_ era verdad. En su curioso _Arte de Galantería_

refiere D. Francisco de Portugal la siguiente anécdota: «Vino un

caballero muy principal para su casa, y halló a su muger, hijas y

criadas llorando; sobresaltose y preguntóles muy congoxado si algun

hijo o deudo se les havia muerto; respondieron ahogadas en lagrimas que

no; replicó más confuso: pues ¿por qué llorais? Dixeronle: Señor, hase

muerto Amadis»[353].

La poesía lírica de metro y sabor popular, y la cortesana y erudita

se apoderaron simultáneamente del episodio de la Peña Pobre. Hay tres

romances de la primera mitad del siglo XVI referentes á Beltenebrós

(números 335, 336 y 337 del _Romancero_ de Durán). En el _Cancionero

General_ de Amberes, 1557, se halla un canto en octavas reales sobre

el mismo argumento, que acaso tenga relación con el _Amadigi_ italiano

de Bernardo Tasso. Entre los poemas que se perdieron de Hernando de

Herrera menciona un _Amadís_ Francisco de Rioja en la carta al Conde

Duque de Olivares, que precede á las _Rimas_ del patriarca de la

escuela sevillana en la edición de 1619.

Amadís pisó muy pronto las tablas del teatro peninsular. Gil Vicente,

el más poeta entre los dramaturgos de nuestros orígenes, fué el

primero que comprendió que en los libros de caballerías había una

brava mina que explotar, y se internó por ella abriendo este sendero,

como otros varios, al teatro español definitivo, al teatro de Lope, y

aun pudiéramos decir al de Calderón, que todavía trató algunos temas

caballerescos como brillantes libretos de ópera. La _tragicomedia de

Amadís de Gaula_, compuesta por Gil Vicente en lengua castellana, es

una dramatización de los amores de Oriana, especialmente del episodio

de la Peña Pobre, que parece haber sido el predilecto de todos los

imitadores. Á fines del siglo XVI, Micer Andrés Rey de Artieda compuso

otro drama de _Amadís de Gaula_, pero no queda más que su título,

vagamente citado por los bibliógrafos valencianos. El _Amadís_, además

de su éxito popular, fué obra altamente estimada por los más preclaros

ingenios españoles de la áurea centuria. Es sabida, aunque no muy

comprobada, la anécdota de D. Diego de Mendoza, que al ir á su embajada

de Roma no llevaba más libros en su portamanteo que el _Amadís_ y la

_Celestina_[354]. Juan de Valdés, el más agudo crítico del reinado

de Carlos V, pone con su habitual severidad algunos reparos al estilo

y á la fábula del _Amadís_; pero no sólo le tiene por el mejor de los

libros de su clase, sino que asiente á la común opinión que daba á su

autor la primacía «entre los que han escrito cosas de sus cabezas». Por

eso mismo y porque el _Amadís_ estaba universalmente considerado como

texto de lengua, se dilata en su censura más que en la de ningún otro,

y termina con estas palabras: «y vosotros, señores, pensad que aunque

he dicho esto de _Amadis_, también digo tiene muchas y muy buenas

cosas, y que es muy dino de ser leido de los que quieren aprender la

lengua; pero entended que no todo lo que en él halláredes, lo habeis de

tener y usar por bueno»[355].

Finalmente, y para no amontonar inútiles citas, baste por todas la de

Cervantes, que no sólo le salvó de las llamas en el escrutinio de la

librería del ingenioso hidalgo, como á _único en su arte_, aludiendo

infinitas veces á él y á su protagonista, que Don Quijote llamaba «el

norte, el lucero, el sol de los valientes y enamorados caballeros a

quienes debemos imitar todos aquellos que debajo de la bandera del amor

y de la caballería militamos», sino que parodió con benévola sonrisa

algunas de sus principales escenas, dándoles la inmortalidad que el

genio comunica á lo mismo que parece destruir.

Ningún héroe novelesco se ha impuesto á la admiración de las gentes con

tanta brillantez y pujanza como se impuso el _Amadís_ á la sociedad del

siglo XVI. Hay que llegar á las novelas de Walter-Scott para encontrar

un éxito semejante, á la vez literario y mundano, para el cual no hubo

fronteras en Europa. Una breve excursión por los anales literarios nos

convencerá de ello.

Cuando tanto y con tanta razón se encarece la benéfica influencia del

gusto italiano en nuestra literatura del siglo XVI, suele olvidarse

demasiado la influencia recíproca, que en algunos géneros fué muy

notable. Tal acontece con los libros de caballerías. Desde 1546 á 1594

fueron impresos y traducidos en Venecia, no sólo los cuatro libros

primitivos del _Amadís_ y el quinto de las _Sergas de Esplandián_, sino

todas las continuaciones españolas, á las cuales se añadieron otras

italianas hasta completar la respetable cifra de 23 volúmenes, de 25 si

se añaden, como acostumbran algunos, las dos partes de _Don Belianis_,

que en rigor no pertenecen á este ciclo. Todos estos volúmenes fueron

reimpresos varias veces: algunos alcanzaron hasta diez ediciones, y el

gusto público no los abandonó hasta muy entrado el siglo XVII. Cuando

ya el género estaba enteramente muerto en España, todavía las prensas

venecianas reproducían en 1625 la obra de Montalvo, en 1629 el _Amadís

de Grecia_ y el _D. Silvis de la Selva_, en 1630 el _Lisuarte de

Grecia_.

Pero mucho antes de leerse en toscano la célebre novela española la

manejaban los italianos en su lengua original, y de ello tenemos prueba

gloriosa ó irrecusable. El _divino_ Ludovico Ariosto, uno de los

mayores poetas que en el mundo han sido, no se desdeñó de entretejer en

la riquísima tela del _Orlando Furioso_ algunos retazos del _Amadís_;

debiendo advertirse que estas imitaciones se encuentran ya en los 40

primeros cantos del poema, impresos en Ferrara en 1516, ocho años

después de la publicación del texto castellano, si admitimos como

primera edición la de Zaragoza de 1508.

Estas imitaciones han sido señaladas y discutidas por el sagacísimo

crítico italiano Pío Rajna en su libro sobre «las fuentes del _Orlando

Furioso_»[356], que es uno de los monumentos de la erudición moderna.

Entre estos vestigios del _Amadís_ en el _Orlando_ es evidente y seguro

el de la _aspra legge di Scozia_ en la historia de Ginebra (cantos IV y

V), imitada por otra parte de un episodio de _Tirante el Blanco_, como

veremos luego. «En aquella sazon era por ley establecido que cualquiera

muger, por de estado grande e señorio que fuese, si en adulterio se

hallaba, no se podia en ninguna guisa excusar la muerte, y esta tan

cruel costumbre e pesima duró hasta la venida del muy virtuoso rey

Artur». (Pág. 4, ed. Gayangos).

El Ariosto traduce casi á la letra estas palabras:

L'aspra legge di Scozia empia e severa,

Vuol ch' ogni donna e di ciascuna sorte

Ch' ad uom si giunga e non gli sia mogliera,

S' accusata ne viene, abbia la morte.

(IV, 59).

Para que todo sea complicación de fuentes españolas en este episodio,

todavía hay otra del _Grisel y Mirabella_, de Juan de Flores, de que

nos haremos cargo más adelante.

La locura de Orlando procede evidentemente de la de Tristán, pero

también á título de analogía menciona Rajna el estado de desesperación

á que Amadís queda reducido por la carta de Oriana, que creyéndole

infiel le prohíbe verla. Amadís no se vuelve loco propiamente, pero

el abandono de las armas, los lamentos á la margen de una fuente, son

rasgos comunes á estas dos narraciones. Ya D. Quijote en Sierra Morena

había relacionado ambos pasajes, dudando si imitaría «á Roldan en las

locuras desaforadas que hizo ó á Amadis en las malencónicas».

La escena del canto 24, en que Zerbino recoge las armas que Orlando

en su locura había sembrado por el suelo, y hace con ellas un trofeo

que suspende de un pino, se parece mucho á lo que hizo D. Guilán

con el escudo de que Amadís se había despojado para entregarse á

vida penitente: «E cuando Guilan vio el escudo, hobo gran pesar, e

descendiendo de su caballo, dixo que no era para estar asi el escudo

del mejor caballero del mundo; e alzólo del suelo llorando de corazon,

e pusolo en aquel brazo de aquel árbol, e dixonos que lo guardassemos

en tanto que él buscaba a aquel cuyo era» (libro II, cap. V). Pero como

este pasaje es imitado del _Tristán_, no puede decirse con seguridad á

cuál de los dos libros recurrió el Ariosto.

Juntos el _Tristán_ y el _Amadís_, puesto que el poeta italiano

aprovecha circunstancias de uno y otro, explican el paso honroso que

en un estrecho puente defiende Rodamonte después de la muerte de

Isabella (canto 29). Otro paso igual defiende el caballero Gandalod

contra D. Guilán que se encaminaba á la corte del rey Lisuarte (libro

II, capítulo VII). «Y el agua era grande, e habia en él una puente

de madera tan ancha como pudiese venir un caballero e ir otro».

Finalmente, Rajna compara el papel de Urganda la Desconocida en el

_Amadís_ con el de Melisa en el _Orlando Furioso_, si bien puede

explicarse por las relaciones comunes que ambas obras tienen con el

ciclo bretón.

Un poeta inferior sin duda al Ariosto, pero que ocupa muy distinguido

lugar entre los épicos y líricos italianos de segundo orden, Bernardo

Tasso, á quien ha oscurecido en demasía la gloria de su hijo, emprendió

en la corte española de Napóles convertir en poema épico toda la

materia novelesca del _Amadís_, alentándole en tal propósito el

príncipe de Salerno Ferrante Sanseverino, el virrey D. Pedro de Toledo,

el Comendador Mayor de Alcántara D. Luis de Ávila y Zúñiga y otros

grandes señores que eran ornamento de aquella sociedad italohispana. El

_Amadigi_ del Tasso, comenzado en Sorrento por los años de 1539 y no

terminado hasta 1557 en la corte de Urbino, tuvo en expectación durante

tan largo plazo al mundo literario, fué leído á trozos por su autor en

los círculos más elegantes y sometido por él á la censura de los poetas

y humanistas que en toda Italia pasaban por mejores jueces: Giraldi,

Varchi, Ruscelli, Bartolomeo Cavalcanti, Muzio, Veniero, Mocenigo,

Antonio Gallo y otros muchos. El autor se sometió á las correcciones

con una docilidad rara en los de su oficio; volvió su obra al yunque

varias veces, y cuando definitivamente la hizo salir de las prensas de

Venecia en 1560[357], tuvo tan buena acogida que algunos críticos de

aquel tiempo, como Sperone Speroni, llegaron á darle la palma sobre el

_Orlando_ mismo; enorme exageración que la posteridad ha reducido á

sus justos límites, si bien reconociendo en Bernardo Tasso condiciones

poéticas mucho mayores que en el Trissino, en Luis Alamanni y en otros

autores de epopeyas tan celebrados entonces como olvidados hoy. El que

al parecer no quedó muy satisfecho del _Amadigi_ fué Felipe II, á quien

el Tasso dedicó su poema, por consejo del Duque de Urbino, puesto que

ni devolvió al poeta los bienes que se le habían confiscado en el reino

de Nápoles cuando siguió en su defección á Sanseverino, ni siquiera se

dió por entendido del ejemplar que recibiera por medio de su capitán

general en Italia. Era el Rey Prudente más aficionado á otras artes

que á la poesía, y no parece que se recreara mucho con la lectura de

ficciones caballerescas. Además el Tasso había vacilado largo tiempo en

cuanto á la dedicatoria, cambiándola al compás de las circunstancias

políticas, puesto que al principio se la dirigía al todavía príncipe D.

Felipe, después (1547) al rey de Francia Enrique II y, por último, en

1558 se la restituía á su primitivo dueño. Triste falta de sinceridad

y de convicción de que la mayor parte de los poetas italianos del

siglo XVI adolecen, y que solía ser pagada con el olvido ó con el

desdén de los mismos príncipes á quienes adulaban. Bernardo Tasso, que

había acompañado al Emperador en la jornada de Túnez, estuvo dos veces

en España, en 1537 y 1539, y conocía perfectamente nuestra lengua.

Trabajaba sobre el texto original de Montalvo, del cual había empezado

por hacer una traducción en prosa para su uso. Al principio pensó

imitar la unidad de acción de las epopeyas clásicas, y por este camino

llegó á componer hasta diez cantos. Pero muy pronto se convenció, por

la frialdad con que los oyeron sus amigos, de que tal regularidad

era incompatible con el argumento, acabando de abrirle los ojos el

notable escrito de Giraldi sobre las novelas y los poemas romancescos

que apareció en 1544. Determinó, pues, afiliarse resueltamente en la

escuela del Ariosto, y seguirle en el agradable desorden del relato,

así como en el metro, ya que por fortuna suya el príncipe de Salerno

y D. Luis de Ávila le habían disuadido de escribir su poema en verso

suelto, con lo cual sería hoy tan ilegible como la _Italia Liberata_

del Trissino.

El _Amadigi_ de Bernardo Tasso es un poema en cien cantos, de unos

quinientos á seiscientos versos cada uno. Comprende toda la materia de

los cuatro libros del _Amadís de Gaula_ español, terminando como él con

la aparición de Urganda la Desconocida. Pero como el poema, aun siendo

enorme, lo es mucho menos que la novela original, y además la narración

poética no tolera tantos detalles como la prosaica, el poeta bergamasco

abrevia muchas cosas y omite otras, aunque también pone de su cosecha

algunas. Como si le pareciese todavía poco complicada la historia de

los amores de Amadís y Oriana, añade otras dos parejas enamoradas,

Alidoro y Mirinda y Floridante y Filidora. De este modo consiguió que

su poema tuviese tres acciones, como el del Ariosto (sitio de París,

locura y curación de Orlando, amores de Roger y Bradamanta), pero con

la desventaja de ser las tres del mismo género y muy poco interesantes

las dos que el Tasso inventó. En todo el poema se observa una

irregularidad fría y calculada, que quiere simular el libre juego de la

fantasía. La versificación es elegante, pero monótona, y lo mismo puede

decirse del estilo, que es ampuloso, recargado de símiles y de lugares

comunes. Son muchos los cantos que empiezan con una descripción del

amanecer y terminan con otra de la noche. Al principio había pensado el

Tasso que todos tuviesen este principio y este fin: ¡cien variaciones

sobre el mismo tema! En conjunto, y aparte del mérito de algunos

detalles y de la brillantez general, pero demasiado uniforme, de la

ejecución, este compendio poético del _Amadís_ se lee con más fatiga

que el _Amadís_ en prosa, y hace deplorar que su autor malgastase tanto

tiempo y un talento poético nada vulgar en una obra tan inútil, la

cual nosotros debemos agradecer, no obstante, como homenaje prestado

á la literatura española por un insigne poeta de la edad clásica

italiana[358].

Si tal suerte logró el _Amadís_ en Italia, donde las maravillas de

Boyardo y del Ariosto tenían que hacer ruda competencia á cualquier

invención forastera, mucho mayor debía ser, y fué en efecto, el triunfo

del _Amadís_ entre los franceses que, al trasladarle á su lengua,

recobraban en cierta manera un género de invención poética cuyos

primeros modelos les pertenecían, aunque ya comenzasen á olvidarlos.

Fué menester que Francisco I, cautivo en Pavía, entretuviese los ocios

de su prisión de Madrid con la lectura del libro de Garci Ordóñez de

Montalvo--en la cual también se había recreado Carlos V[359],--para que

al volver á Francia ordenase á Nicolás Herberay, señor des Essarts, la

traducción al francés del _Amadís de Gaula_, al cual pronto siguieron

casi todas las fabulosas crónicas de los descendientes de Amadís,

escritas por Feliciano de Silva y otros, y trasladadas á la lengua

de nuestros vecinos por el mismo Herberay, por Gil Boileau y otros

traductores que más adelante citaremos. La serie primitiva de estos

_Amadises_ forma doce libros ó partes, publicadas desde 1540 á 1556,

en espléndidos volúmenes en folio, con grabados en madera, edición

lujosa y propia del público aristocrático al cual se dedicaba. Hubo

reimpresiones más modestas, en las cuales, desde 1561, comenzaron

á añadirse nuevos libros traducidos del español y del italiano, ó

compuestos por imitadores franceses, hasta que la serie de _Amadís_

quedó completa en 24 volúmenes, llevando los tres últimos la fecha de

1615.

Ya hemos dicho que Herberay procuró defender con malos argumentos el

origen francés del _Amadís_, posición semejante á la que había de tomar

nuestro P. Isla cuando tradujo el _Gil Blas_, restituyéndole, como él

decía, á su lengua nativa. Erraban uno y otro en la argumentación,

pero acertaban en el fondo, puesto que el _Amadís_ es imitación, no de

uno, sino de muchos poemas franceses, y el _Gil Blas_ imitación, no

de una, sino de muchas novelas y comedias españolas. Precisamente por

lo mucho que la caballería bretona tiene que reclamar en el _Amadís_,

fué tan prodigioso el éxito de esta traducción de Herberay entre

los cortesanos franceses y aun en la imaginación popular. Añádese á

esto que Herberay era un traductor de notable mérito, aunque no muy

escrupuloso y fiel, que aderezó la obra al gusto de los franceses,

aligerando la parte moral y didáctica y reforzando la erótica,

especialmente en el personaje de D. Galaor, ya tan francés de suyo.

Trocado así el _Amadís_ en obra más mundana y menos severa, no por

eso perdió los caracteres de su estilo primitivo, y por ellos vino á

influir notablemente en el desarrollo de la prosa francesa, entonces

menos adelantada que la italiana y que la nuestra. Un crítico francés,

más olvidado de lo que merece, dice sobre este punto lo siguiente:

«El numero del período, y aun la elección de las palabras, deben mucho

á Herberay-des-Essarts, que acertó á reproducir en su traducción

algo de la armonía pomposa que caracteriza á la lengua española. Se

le podría llamar, sin mucha audacia, el Balzac de su tiempo[360]. La

lengua francesa, á pesar de los esfuerzos aislados de algunos espíritus

eminentes, carecía aún de nobleza. Des-Essarts fué el primero que imitó

la marcha grave y periódica de la frase castellana. Intentó algunos

cambios no siempre afortunados, pero en él principia el cuidado de la

armonía en el estilo, y de una cierta solemnidad en el pensamiento y

en la expresión: cualidades mezcladas de defectos, pero muy útiles

entonces por ser precisamente las que nos faltaban...

«Un estilo más florido y más pomposo que el de Calvino y Felipe de

Comines, abundancia en las expresiones, una elegancia á veces demasiado

prolija, justifican en parte el inmenso éxito de que la traducción

del _Amadís_ gozó por tanto tiempo. Los sabios que comenzaban á

reconciliarse con su lengua materna, miraron á d'Herberay como un

legislador. Su obra penetró hasta en los conventos, según dice

Brantôme. Los predicadores fulminaron contra ella mil anatemas...

Aquellos amores, aquellos torneos, aquellos encantamientos hacían

olvidar las cosas divinas, como si todos los espíritus estuviesen

sujetos á los prestigios de algún encantador[361].

«Los cortesanos, los jóvenes, las mujeres se entregaban sin freno á la

lectura del _Amadís_[362]».

Y no era leído solamente en la traducción. El estudio de la lengua

española estaba tan de moda en Francia, que muchos preferían saborear

directamente las bellezas del original. Miguel de Montaigne era de

éstos. En el corto número de libros de su biblioteca[363] que han

llegado á nuestros días (unos 76, según sus más recientes biógrafos) no

figuran más que dos novelas, el _Amadís_ en su texto castellano y una

traducción italiana de la _Cárcel de Amor_ de Diego de San Pedro. Una

vez, por lo menos, se acuerda del _Amadís_ en los _Ensayos_, citando la

pomposa descripción de los palacios de _Apollidon_[364].

No es inverosímil, sino muy natural, que los _Amadises_ influyesen en

las novelas heroico-sentimentales del siglo XVII francés, como el _Gran

Ciro_, la _Clelia_, la _Casandra_, que libros de caballerías son aunque

se dé en ellos más importancia á las sutilezas de la galantería y á

los refinamientos seudopsicológicos que al tropel de las aventuras.

La novela española estaba tan presente en la memoria de todos, que el

mismo Luis XIV indicó al poeta Quinault este asunto para un libreto

de ópera, que puso en música el compositor Lully y fué representado

en la Academia Real de Música el 15 de febrero de 1684 con éxito

brillantísimo, sosteniéndose en el repertorio hasta mediados del siglo

XVIII. Sirve de argumento á esta pieza, escrita con bastante ingenio y

melodiosos versos, el doble amor del mágico Arcalaus y de su hermana

Arcabona por Oriana y Amadís respectivamente, interviniendo en el

desenlace Urganda la Desconocida. Hasta cinco parodias (una de ellas

del célebre poeta cómico Regnard con el título de _El Nacimiento de

Amadís_) atestiguan la popularidad que tuvo esta ópera.

Como la traducción de Herberay no podía menos de parecer anticuada y

demasiado voluminosa para el gusto del siglo XVIII, fueron varios los

que emprendieron la tarea de compendiarla y rejuvenecerla. De estos

compendios el más antiguo es el de mademoisselle de Lubert (1750) en

cuatro volúmenes, á los cuales añadió en 1751 otros dos que contienen

las _Sergas de Esplandián_. Pero el más célebre es el del Conde de

Tressan (1779), que desnaturalizó enteramente la obra, convirtiéndola

en una novela galante y de salón, y afeminándola con todos los

artificios de una sociedad caduca, frívola é insustancial. Todos los

arreglos de la _Bibliothèque universelle des Romans_ adolecen del mismo

defecto, y en parte ninguna ha sido tan desconocida y falseada la

poesía de la Edad Media como en esa curiosísima compilación de obras

de pasatiempo, que tuvo, sin embargo, el mérito de renovar, aunque

fuese desfigurándolas, una porción de narraciones antiguas, las cuales,

despertando al principio un interés de curiosidad algo pueril, acabaron

por ser materia de estudio serio.

Con esta misma renovación, poco formal, de los temas poéticos de los

siglos medios, se enlaza el extenso poema de Creuzé de Lesser, poeta

del primer Imperio, sobre _la Caballería_, dividido en tres partes,

que juntas tienen cincuenta mil versos: _Roldan_, _Los Caballeros de

la Tabla Redonda_ y _Amadís de Gaula_. Esta última apareció en 1814,

y todas yacen hoy en el más profundo olvido, á pesar de la facilidad

demasiado fácil de la versificación y de cierta ironía mal imitada de

Voltaire. Otro enorme poema de muy distinto carácter, puesto que está

lleno de símbolos filosóficos y transcendentales y presenta encarnada

en sus personajes una especie de teoría sobre las razas humanas, ha

aparecido en 1887 con el título de _Amadís_, obra póstuma del Conde de

Gobineau, diplomático y orientalista bien conocido por sus importantes

estudios sobre la historia de Persia y sobre las religiones y las

filosofías del Asia central. Conserva este autor los nombres de

Amadís, de Oriana, de Briolanja, de Urganda, de Gaudalin, de Galaor,

del rey Lisuarte, é imita, sobre todo en el primer libro, algunas de

las aventuras, pero todo lo transforma ó interpreta conforme á sus

meditaciones de filosofía de la historia. Así, por ejemplo, Amadís y

Oriana son los tipos de la humanidad superior, de la raza aria. Tal es

la última y bien inesperada manifestación francesa de la leyenda de

_Amadís_.

Por Francia había pasado en el siglo XVI á las literaturas del Norte.

La traducción alemana publicada en Francfort, y la holandesa, de la

cual ya se cita edición de 1546, aunque la más completa es la de 1619 á

1624, están hechas sobre la francesa de Herberay y sus continuadores,

y contienen (por lo menos la alemana de 1569 á 1595) los mismos 24

libros y por el mismo orden[365]. El _Amadís_ encontró en Alemania el

mismo éxito mundano que en Francia; fué el manual del buen tono, el

repertorio de los _cumplimientos_, como decía Grimmelshausen. Todas las

novelas heroicas del siglo XVII llevan su huella, hasta por antítesis,

puesto que algunos de sus autores, movidos por respetables escrúpulos

morales ó por una tendencia didáctica, hacen al _Amadís_ cruda guerra

y procuran sustituirle con fábulas más ejemplares. Así Buchholtz,

Lohenstein y el mismo Grimmelshausen, autor de la única novela realista

de aquel tiempo, el _Simplicissimus_, curiosa adaptación alemana de

nuestros libros picarescos, en la historia de _Proximus_ y _Limpida_

lanza fiero anatema contra Amadís y todos los libros de caballería

andantesca, tachándolos de corruptores de las costumbres y de escollo

en que naufragaba la castidad á cada momento.

Pasó con el siglo XVII la moda de las novelas caballerescas y

sentimentales en Alemania, que juntaban los dobles extravíos del gusto

francés y del español. Y cuando á fines del siglo XVIII, la gran

literatura alemana, que con razón llamamos clásica, pero que fué al

propio tiempo prerromántica, volvió los ojos á las leyendas y temas

poéticos de la Edad Media, fué Wieland el nuevo Ariosto risueño y

malicioso de la renovada caballería, y su primer ensayo en este género,

publicado en 1770, un _Nuevo Amadís_, seguido muy pronto de otro poema,

_Gandalín ó el amor por el amor_. Gandalín es el nombre del escudero

de Amadís, y en ambas obras se ve el reflejo del _rifacimento_ poco

honesto y serio del Conde de Tressan. Por lo demás, sus argumentos son

enteramente diversos, y aunque domina en ambos poemas de Wieland una

fantasía harto sensual, anuncian ya el delicioso talento que sobre otro

relato caballeresco mal traducido en prosa francesa creó la amenísima

fábula de _Oberon_.

Parecía natural que en Inglaterra, que durante todo el siglo XVI vivió

en continuas relaciones, ya amistosas, ya hostiles, con España, y

en que tanta influencia ejercieron algunos prosistas nuestros, como

Fr. Antonio de Guevara; en Inglaterra, donde pasan la mayor parte

de las escenas del _Amadís_, según recordaban con tanta fruición

los caballeros castellanos que acompañaron á Felipe II á Inglaterra

en 1554[1], fuese directo y no mediato el conocimiento de la obra

de Garci Ordóñez de Montalvo, y sin embargo no sucedió así: en

Inglaterra, como en todo el Norte, las traducciones francesas sirvieron

de intermedio. _The Treasurie of Amadis_ de Thomas Paynel (1568)

está tomado de otro compendio que desde 1559 corría con el título

de _Trésor de tous les lirres d' Amadis de Gaule_[366], en que el

compilador había reunido con un fin retórico las epístolas, arengas

y carteles de desafío que tanto abundan en este género de novelas.

No gustó el epítome de Paynel, pero esto no fué obstáculo para que

en 1589 Antonio Munday, traductor de otros libros de caballerías,

emprendiese la versión de los cuatro libros de _Amadís_, conforme al

texto de Herberay, si bien no aparecieron completos hasta 1619, á

ruegos y expensas de una ilustre dama aficionada á estas lecturas. Tan

larga dilación indica que los Amadises iban pasando de moda, y que

no estaba lejano el tiempo de su completo abandono. Pero en el siglo

XVIII tuvieron una especie de renacimiento erudito. Los ingleses,

que se adelantaron á los españoles mismos en el estudio y comentario

del _Quijote_, como lo prueba el excelente trabajo del Dr. Bowle,

comprendieron la gran utilidad que estos libros podían prestar para

la inteligencia de aquella fábula inmortal y se dieron á buscarlos

con ahinco, pagándolos á subido precio. Hubo algo de bibliomanía en

esto, pero el elegante compendio del _Amadís_ que en 1803 dió á luz

el laureado poeta Roberto Southey, uno de los corifeos de la escuela

de los lagos, brotó de un impulso artístico serio y es acaso la

mejor traducción del _Amadís_ en ninguna lengua[367]. ¡Qué distancia

del impertinente _rifacimento_ del Conde de Tressan á esta hábil

refundición, donde está conservado el color poético del original y el

noble decoro de su estilo!

En todas estas literaturas, y en otras más peregrinas, penetró el

_Amadís_, que tuvo hasta el honor, quizá no logrado por ninguna otra

novela moderna, de pasar á la lengua de los profetas. En hebreo ó en

rabínico estaba una traducción que Wolfio declara haber visto en la

biblioteca de Oppenheimer[368].

La fortuna internacional del _Amadís_ apenas tiene igual en los fastos

de la novela, pero no ha de empezar á contarse desde el hipotético

texto portugués, sino desde principios del siglo XVI, cuando la

imprenta vulgarizó la que en gran parte, á lo menos, es creación de

Montalvo. Durante el siglo XV fué enteramente ignorado fuera de España,

y aun aquí apenas tuvo imitadores. En portugués no hay ningún libro

de caballerías de esa centuria. En castellano, prescindiendo de la

_Crónica del rey D. Rodrigo_, que por su especial carácter reservamos

para las novelas históricas, sólo se citan otros dos que pueden

llamarse originales, ambos inéditos y al parecer de poca importancia.

Es el primero la _Crónica del infante Adramón_, llamado también _el

Príncipe Venturín_ y _el Caballero de las Damas_, y se conserva entre

los manuscritos de la Biblioteca Nacional de París[369]. Las aventuras

del protagonista tienen por principal teatro el reino de Polonia, á

cuyo monarca se da el nombre portugués de D. Dionis, lo cual puede

ser indicio de la patria del autor. Termina la acción en Roma, siendo

proclamado el príncipe gonfalonier de la Iglesia.

Tampoco ha logrado los honores de la impresión, y probablemente no

los merece, otra novela que forma parte de la colección de Salazar

(biblioteca de nuestra Academia de la Historia): «_el libro del

virtuoso y esforzado cavallero Marsindo, hijo de Serpio Lucelio,

principe de Constantinopla_». Tiene trazas de ser fragmento de otra

composición más larga, que comprendía las aventuras de Serpio, con

las cuales se enlaza al principio, así como anuncia al final las del

príncipe Paunicio, hijo de Marsindo, del cual al parecer había historia

aparte: «e fizo tan extrañas cosas en armas, que ygualó a la bondad de

su padre, y aqui non vos lo contamos como él las passó, porque en la su

grande ystoria lo cuenta muy complidamente». Amador de los Ríos[370]

da bastante razón de esta novela, cuyo asunto son las proezas que

Marsindo (llamado así por haber nacido en el mar) ejecuta en África

y en Constantinopla, venciendo todo lo que se le pone por delante.

Al parecer hay en este libro imitaciones del _Amadís_, pero pueden

proceder del texto impreso, porque no es muy seguro que el _Marsindo_

ni el _Adramón_ sean anteriores á los primeros años del siglo XVI, á

juzgar por la letra de los códices en que han llegado á nosotros, y que

quizá serían los únicos que de estas anónimas y oscuras historias se

escribiesen.

Mucha más importancia tienen dos libros de caballerías catalanes, que

indisputablemente son del siglo XV: famoso el uno en la literatura

novelesca, _Tirant lo Blanch_; casi ignorado el otro, _Curial y

Güelfa_, hasta que recientemente le ha dado á luz en primorosa edición

la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona con eruditas y oportunas

observaciones de mi fraternal amigo y condiscípulo el profesor D.

Antonio Rubió y Lluch[371].

Más que libro de caballerías propiamente dicho, el _Curial_ es

una novela erótico-sentimental, influida por modelos italianos, y

especialmente por la _Fiammeta_ de Boccaccio, de cuyas imitaciones

españolas se tratará en el capítulo siguiente. La colocamos, sin

embargo, en este lugar porque conserva en mayor grado que las otras

el espíritu caballeresco, principalmente en el libro segundo, que

está lleno de descripciones de combates. Sobre la plena originalidad

de esta obra pueden caber algunas dudas. Luis Vives, en un importante

pasaje que ya hemos citado, enumera entre los libros de entretenimiento

que corrían _en Flandes_, y cuya lectura reprueba, uno que llama

_Curias et Floreta_. ¿Tendría que ver con el nuestro? Si hubiese sido

español, estaría citado por Vives con los demás de nuestra literatura

que menciona; es á saber, el _Amadís_, el _Florisando_, el _Tirante_,

la _Celestina_ y la _Cárcel de Amor_. Parece, pues, que se trataba

de un texto francés. En el _Curial_ ha notado su diligente editor

inscripciones y divisas en lengua francesa, alusiones continuas á los

libros de _Tristán_ y _Lanzarote_, algunos que parecen galicismos, como

_armurers_, _mestre dostal_, _renarts burells_ y otros, y sobre todo

un gran número de nombres y apellidos (históricos algunos) que son

enteramente franceses.

Pero la influencia italiana es la que en el libro predomina, y se

manifiesta de mil modos, ya en las frecuentes citas de Dante, de

quien manejaba no sólo la _Commedia_, sino _Il Convito_ y la _Vita

nuova_, ya en el conocimiento que manifiesta de otras obras de aquella

literatura, tan familiar entonces á los catalanes, dominadores de

Sicilia y de Nápoles y émulos de las repúblicas marítimas en el

comercio de Levante. Así recuerda, como cosa que debía estar presente

en la memoria de todos sus lectores, la trágica historia de Guiscardo y

Guismunda, que es la novela primera de la jornada IV del _Decameron_.

El fondo mismo del _Curial_, la sencilla historia de amor que le sirve

de principal argumento, tiene su origen directo en una colección de

cuentos italianos, _Il Novellino_ ó las _Cento Novelle Antiche_ (núm.

61), «_d' una novelle ch' avenne in Provenza alla corte del Po_». Esta

narración, como tantas otras, había pasado de Provenza á Italia, y de

Italia volvió á Cataluña, rota ya la hermandad entre provenzales y

catalanes, y olvidada la antigua literatura occitánica que había sido

común á ambos pueblos. Aun los rasgos que más localizan el cuento y

dan testimonio de su origen, la mención del _Puig de Nostra Dona_, y

el primer verso de la canción del trovador Barbassieu, «_Atressi cum

l'olifans_» (que quizá fué el fundamento de toda la leyenda), están

tomados del texto italiano. La anécdota es ingeniosa y del género

de otras que se leen en las biografías de los trovadores. Una dama,

gravemente ofendida por la indiscreción de su caballero, le previene

que no volverá á admitirle en su gracia hasta que cien varones,

cien caballeros, cien damas y cien doncellas griten todos á una voz

_perdón_, sin saber á quién se lo piden. El ladino caballero, que era

de gran saber en el arte de trovar, inventa las palabras y la melodía

de una canción alegórica, y va á cantarla en el gran concurso poético

del _Puis de Nostradame_. Apenas había terminado su canción, en que

empezaba por compararse con el elefante caído, que no se puede levantar

si no se le anima con gritos y voces, todos los circunstantes pidieron

perdón por él, y la altanera dama consintió en perdonarle[372].

El teatro de los amores de Curial y Güelfa es la corte de Monferrato

(otro indicio de italianismo), pero se da á entender, aunque no está

claro del todo[373], que el padre del héroe era catalán, y en los

episodios de la novela intervienen, llevándose la prez en justas y

torneos de Francia é Italia, varios caballeros catalanes y aragoneses

de apellidos muy ilustres: Dalmau de Oluge, Pons d'Orcan, Aznar de

Atrosillo, Galcerán de Mediona, Pere de Moncada, Ramón Folch de

Cardona. El autor ha querido, con justo entusiasmo, que la acción de su

novela coincidiese con el momento más glorioso y solemne de la historia

de la corona de Aragón, es decir, con el reinado de don Pedro III el

Grande, que es su héroe predilecto, á quien llama «_lo millor cavallero

del mon sens tota falla_», aludiendo repetidas veces á su bizarra

aventura del palenque de Burdeos y comentando aquel célebre verso que

le dedicó Dante en el cap. VII del _Purgatorio_:

_D'ogni valor portò cinta la corda._

Aun en esta glorificación del gran rey vencedor de los franceses se

revela también el asiduo lector de los autores italianos, y no de Dante

sólo, sino de Boccaccio, que hizo á don Pedro héroe de una de sus más

delicadas y gentiles narraciones.

Hay, pues, un elemento histórico ó indígena en el _Curial_, pero el

caso no es único en las novelas españolas del siglo XV. Aparte de

_El Siervo Libre de Amor_, de Juan Rodríguez del Padrón, donde hay

tantas reminiscencias geográficas é históricas de Galicia, ahí está

la _Crónica Sarracina_ de Pedro del Corral, escrita antes de 1450, la

cual, más que libro de caballerías, es una verdadera novela histórica,

en que se amplifican y desarrollan todas las tradiciones y consejas

relativas á la pérdida de España y á los reyes don Rodrigo y don Pelayo.

La impresión que el _Curial_ deja es la de una obra forastera,

refundida por un catalán, más bien que concebida originalmente en

Cataluña. Acaso fuese en su origen una breve historia de amor, escrita

en italiano, que al pasar á nuestra Península se enriqueció no

solamente con las alusiones históricas, con los apellidos ya citados

y con algunos nombres geográficos como Barcelona, La Roca, Solsona,

sino con gran número de aventuras y razonamientos intercalados con poco

arte de composición. Todo lo que se refiere á las andanzas de Curial en

Grecia y África tiene este carácter, y lo tiene muy especialmente el

curiosísimo intermedio clásico del sueño de Curial en el Monte Parnaso,

donde Apolo y las Musas le eligen por juez para sentenciar sobre la

veracidad de Homero en cuanto á la guerra de Troya. Curial no desprecia

al poeta griego, pero como era de suponer da la palma á Dictis y

Dares: «Homero ha escrit libre que entre los homens de sciencia man

que sia tengut en gran estima: Ditis e Dares scriuiren la veritat e

axi ho pronuncie». Toda esta disputa es un pedantesco alarde del autor

para mostrarse muy leído en la _Crónica_ de Guido de Columna, á quien

alega varias veces, como también la compilación llamada _Fiorita_, que

Armannino, juez de Bolonia, compuso en 1325: una especie de _Eneida_

anovelada al gusto de la Edad Media. Parece haber manejado también las

_Metamorfoses_ de Ovidio, que cita al principio del libro tercero.

Milá y Fontanals, primer crítico que se fijó en el _Curial_, aunque

muy de paso, reconoció en él aquella singular mezcla de _gótico_ y

_renacimiento_ que se encuentra en muchas obras artísticas y literarias

del siglo XV y principios del XVI[374]. Tanto por esta mezcla, que

para el gusto ecléctico y curioso de ahora no es desagradable, como por

el interés que ofrece cualquier texto de lengua catalana, ya que son

relativamente pocos los que han logrado salvarse del naufragio, merece

el _Curial_, á pesar de la afectación y mal gusto de muchos trozos y

del poco interés de la narración, la solicitud con que ha sido impreso

y las investigaciones que se hagan sobre sus fuentes.

Pero no puede establecerse paridad alguna entre esta composición

retórica y amanerada y la muy sabrosa, aunque demasiado larga y

demasiado libre, historia valenciana de _Tirant lo Blanch_, que es uno

de los mejores libros de caballerías que se han escrito en el mundo,

para mí el primero de todos después del _Amadís_, aunque en género muy

diverso.

El elogio que hace de él Cervantes en el escrutinio de la librería de

D. Quijote nunca me ha parecido irónico, sino sincero, aunque expresado

en forma humorística: «¡Valame Dios, dijo el cura dando una gran voz;

que aqui está Tirante el Blanco! Dadmele aca, compadre, que hago cuenta

que he hallado en él un tesoro de contento y una mina de pasatiempos.

Aqui está D. Quirieleisón de Montalban, valeroso caballero, y su

hermano Tomas de Montalban y el caballero Fonseca[375], con la batalla

que el valiente de Tirante[376] hizo con el alano, y las agudezas de

la doncella Placerdemivida y con los amores y embustes de la viuda

Reposada, y la señora Emperatriz enamorada de Hipolito su escudero.

Digovos verdad, señor compadre, que por su estilo es éste el mejor

libro del mundo: aqui comen los caballeros y duermen, y mueren en sus

camas, y hacen testamento antes de su muerte, con otras cosas de que

todos los demas libros deste genero carecen. Con todo eso os digo que

merecia el que lo compuso, pues no hizo tantas necedades de industria,

que le echaran a galeras por todos los dias de su vida».

Cervantes señaló, entre burlas y veras, el carácter realista del

_Tirante_, fijándose en detalles tales como la lucha del héroe con

un perro, que es, en efecto, de lo menos caballeresco que puede

imaginarse, aunque tiene precedente en la del rey Artús con un

monstruoso gato; no olvidó la sensual pintura de los amores de la

vieja emperatriz y del escudero Hipólito, ni las intrigas por todo

extremo livianas y celestinescas en que intervienen la doncella

_Placer-de-mi-vida_ y la viuda _Reposada_: felicísimos nombres uno y

otro, que acreditan la inventiva y buen humor de quien los discurrió.

No se le pasó por alto el grotesco nombre de D. Quirieleisón de

Montalbán, digno del repertorio de Rabelais, y tan empapado se muestra

en el libro de Martorell, que ni siquiera omite la insignificante

mención del caballero Fonseca, á quien se nombra una sola vez en toda

la novela.

No puede negarse que el final del pasaje sea oscuro, y confieso que no

me satisface ninguna de las explicaciones que de él se han dado. Si

hay errata, como se sospecha, podrá consistir en la adición del _no_,

pues suprimiéndole, la frase hace sentido y puede interpretarse de esta

suerte: «merecia el autor las galeras porque siendo hombre de buen

ingenio le dio mal empleo, poniéndose _de industria_, es decir, de caso

pensado, a escribir necedades». Por _necedades_ entiende Cervantes las

extravagancias caballerescas y eróticas del _Tirante_; que también hay

necedad en los discretos. Muy duro parece el castigo de las galeras

para tales pecados, pero la frase es humorística á todas luces. Y es

lo cierto que las lozanías del _Tirante_ pasan á veces de la raya, y

explican la chistosa frase de Cervantes, la cual es á un tiempo elogio

del ingenioso autor del libro y vituperio de las escenas lúbricas en

que solía complacerse[377].

El «_Libre del valeros e strenu caualler Tirant lo Blanch_», impreso

por primera vez en Valencia, 1490[378], tiene, á diferencia de otros

muchos libros de caballerías, especialmente de los más antiguos, autor,

ó por mejor decir autores conocidos, puesto que en el mismo consta que

las tres primeras partes fueron escritas por el magnífico y virtuoso

caballero _Mossen Johanot Martorell_, y que después de la muerte de

éste, fué acabada la cuarta parte, á ruegos de la señora doña Isabel de

Loris, por _Mossen Marti Johan de Galba_, que acaso fuera un notario,

á juzgar por la forma curialesca en que redactó los testamentos de

Tirante y la princesa Carmesina, á que alude Cervantes.

Sabemos además la fecha en que Martorell comenzó á escribir su libro:

2 de enero de 1460. Esta importante noticia consta al fin de la

dedicatoria al infante D. Hernando de Portugal, la misma persona á

quien hemos mencionado ya como una de las varias á quien se atribuyó

sin fundamento el _Amadís de Gaula_. En su carta dice Martorell que «la

historia y actos de Tirante estaban escritos en lengua inglesa, y que

el infante le habia rogado que los trasladase al portugues, entendiendo

que por haber residido Martorell algun tiempo en la isla de Inglaterra

habia de serle más familiar aquella lengua que a otros. Por lo cual

él, obedeciendo a este ruego o más bien mandato del señor a cuyo

servicio estaba, se habia atrevido a traducir la obra no solamente de

lengua inglesa en portuguesa sino de portuguesa en vulgar valenciana,

para que la nacion de donde él era natural disfrutase de aquel

beneficio». Y finalmente disculpa los defectos que puedan hallarse, con

la oscuridad de la lengua inglesa, cuyos vocablos es difícil entender

bien algunas veces.

Generalmente se ha hecho poco aprecio de estas declaraciones de

Martorell, y como ni en inglés ni en portugués se encuentra rastro de

tal libro, se ha creído que todo el prólogo era ficción pura, según

la costumbre de los autores de libros de caballerías, que procuraban

darles autoridad y crédito suponiéndolos traducidos de otras lenguas.

Pero obsérvese que los que tal hacían afectaban, por lo común,

trasladar sus libros de lenguas sabias ó muy remotas y peregrinas,

como el griego, el hebreo, el caldeo y el húngaro, más bien que de las

vulgares, y no recuerdo que ninguno de ellos quisiese autorizar su obra

suponiéndola traída de una lengua tan de casa y tan familiar á los

nuestros como era el portugués. Además, ¿qué objeto había de tener esta

superchería, si el mismo Martorell es quien se reconoce autor de la

versión portuguesa y de la valenciana, y así lo declara en un prólogo

dirigido al infante de Portugal, en cuyo servicio estaba y que le había

encargado la traducción? Si todo esto es invención, ¿qué podía ganar el

libro con ello?

Para mí está fuera de duda que Juan Martorell, valenciano de

nacimiento, pero residente en la corte de Portugal por los años de

1460, escribió primero en portugués y luego en su nativa lengua (que

tratándose de aquel tiempo debe llamarse sin ambages catalana) el libro

de _Tirante el Blanco_, y que Micer Juan de Galba tradujo del portugués

la cuarta parte, que en tono y estilo no difiere de las demás ni es

adición pegadiza, sino desenlace natural y complemento necesario de la

fábula, por lo cual hay que desechar el pensamiento de que sea labor

suya y no del mismo Martorell[379].

¿Pero será verdad lo que éste dice de un original _inglés_? Aquí la

cuestión es mucho más problemática. No hay razón para negar el viaje

de Martorell á Inglaterra, y leyendo atentamente su libro se notan

indicios que nos persuaden que estuvo allí. En Inglaterra empieza la

acción: las justas reales de aquel país y sus fiestas caballerescas

están descritas con la minuciosidad de un testigo de vista; se cuenta

muy á la larga el origen y estatutos de la Orden de la Jarretiera. Y

prescindiendo, porque nada probarían, de las frecuentes imitaciones

del ciclo bretón, y de la familiaridad que el autor muestra con los

personajes más conocidos y vulgarizados de aquel ciclo, como el rey

Artús, á quien hace intervenir en una aventura de que hablaré después,

se encuentran en el _Tirante_ otras narraciones que parecen tomadas de

libros ingleses. La misma leyenda del dragón de Cos, más que aprendida

en las playas del Mediterráneo, parece trasladada del libro fantástico

de viajes de John de Mandeville[380]. La historia del conde _Guillem

de Varoychi_, con que la obra comienza, es ni más ni menos que el

antiguo poema de _Guy de Warwycke_, escrito al parecer por un trovero

anglonormando en el siglo XII y traducido en verso inglés á principios

del XIV. En él se narra cómo el conde, recién casado, se separó de su

mujer para ir en peregrinación á Tierra Santa; cómo volvió, después de

muchas aventuras, para arrojar de Inglaterra á los daneses, y cómo,

finalmente, se hizo ermitaño[381].

Pero al lado de estas reminiscencias, cuyo número es ciertamente

muy escaso, hay en el _Tirante_ innumerables cosas que denuncian el

origen catalán de su autor y que no han podido ser escritas más que

por algún súbdito de la corona de Aragón. Gran parte del primer libro,

es decir, el encuentro del joven Tirante con el caballero ermitaño,

y las instrucciones que éste le da sobre el oficio y deberes de

la caballería, está calcada, puede decirse que servilmente, sobre

un tratado de Ramón Lull que conocemos ya, el _Libre del orde de

Cavaleyria_. El tema principal de la novela, las empresas de Tirante

en Grecia y Asia, sus triunfos sobre el Gran Turco y el Soldán de

Egipto, su entrada triunfal en Constantinopla, sus amores y desposorio

con la hija del Emperador griego, su elevación á la dignidad de César

y heredero del Imperio, y hasta la muerte que le sorprende en medio

de la alegría de sus bodas, si bien traída por causa natural y no por

el hierro de la traición, dan al _Tirante_ cierto sello de novela

histórica, donde se reconoce, no muy desfigurada (dentro de los límites

que separan siempre la verdad de la ficción), la heroica expedición

de catalanes y aragoneses á Levante y el trágico destino de Roger de

Flor. Ninguno de los personajes de la novela es español: á Tirante se

le supone francés, ó por mejor decir bretón, pero antes de terminarse

el libro primero abandona por completo las regiones del centro y

norte de Europa y se pone al servicio del rey de Sicilia, es decir,

de un príncipe de la dinastía catalana. Los intereses políticos que

le preocupan son los que en nuestro litoral mediterráneo tenían que

ser primordiales: el socorro de Rodas, heroicamente defendida por los

caballeros de San Juan, la competencia mercantil con los genoveses,

la aspiración al dominio de la vecina costa africana, el peligro de

Constantinopla, el creciente poderío de los turcos.

La materia episódica del _Tirante_ puede estar y en efecto está

tomada de fuentes muy diversas. Ya hemos mencionado la bellísima

fábula de la doncella convertida en serpiente, que no sabemos si es

bizantina ó bretona de origen, puesto que se la encuentra lo mismo en

el poema francés de _Guinglain_ y en el italiano de _Carduino_ que

en la tradición oral de las islas del Archipiélago griego. Tal como

la cuentan Martorell y Juan de Mandeville, en quien probablemente

se inspiró nuestro autor, tiene todos los caracteres de un mito

grecooriental. El dragón de la isla de Cos (Lango) era la hija del

sabio Hipócrates, encantada en aquella forma y que no podía recobrar la

suya propia hasta que un joven se dejase besar por ella. Espercio, uno

de los personajes secundarios del _Tirante_, es el que lleva á cabo la

aventura, haciéndose con ella dueño de la hermosura de la doncella y de

los tesoros de la isla. Se ha conjeturado que en la aplicación de esta

leyenda al famoso médico griego hay una reminiscencia del papel que

representaba la serpiente en el culto de Esculapio.

Otras anécdotas hay en el _Tirante_, cuyo origen es fácil señalar: por

ejemplo, la estratagema de Zopiro, tomada, no de Herodoto, desconocido

en la Edad Media, sino de cualquier compilador. Las fabulosas

biografías do Virgilio y de Esopo le han prestado los dichos que pone

en boca del filósofo á quien la princesa de Sicilia llama á su corte.

Y aunque no se me alcanza de dónde pudo tomar el chistoso cuento del

príncipe tonto D. Felipe de Francia, cuyos desaciertos y necedades

va remediando con tanta habilidad Tirante, para hacerle grato á los

ojos de su prometida, bien se ve que esta historia de burlas es una

intercalación y que antes hubo de existir aislada. El que se fiara de

la vieja traducción castellana ó de la francesa del Conde de Caylus

podría creer que Martorell, además de los libros bretones, conocía el

_Amadís de Gaula_, puesto que en aquellos dos textos se encuentra el

nombre de Urganda la Desconocida, aplicado á una hermana del rey Artús.

Pero en el texto catalán no hay semejante cosa: la hermana de Artús,

que va en demanda suya á Constantinopla y le desencanta por medio de un

rubí de mágica virtud, no es Urganda, sino el hada Morgana. La pasión

de la Emperatriz por el escudero Hipólito tiene mucha semejanza con la

de la Emperatriz Athenais y el joven Párides en un poema francés de la

segunda mitad del siglo XII, el _Éracles_ de Gautier de Arras[382],

aunque el trovero francés es mucho más casto que nuestro novelista, que

agotó en esta ocasión todos los recursos de su pincel voluptuoso.

Leído el _Tirante_ con la atención que merece, salta á la vista que

Juan Martorell conocía muchos libros de pasatiempo, de los cuales

se valió para enriquecer y amenizar el suyo, pero que la concepción

general le pertenece, tanto ó más que al autor del _Amadís_. Pudo

encontrar en Inglaterra uno ó varios poemas que le diesen la primera

idea del suyo, y quizá el nombre del héroe; acaso al principio se

limitó á traducir ó arreglar, y por eso el primer libro tiene un

carácter más caballeresco, sin mezcla de pormenores vulgares ni escenas

deshonestas; es también el único en que intervienen gigantes ó á lo

menos personajes muy agigantados, como D. Kirieleisón de Montalbán y su

hermano: el único en que las aventuras de Tirante se parecen algo á las

de cualquier otro paladín. Pero en seguida cambió de rumbo, acaso por

haberse trasladado desde las brumas de Inglaterra á las risueñas costas

de Portugal: la musa del realismo peninsular le dominó por completo,

y los ejemplos venidos de Italia, especialmente el de Boccaccio,

cuyos libros estaban entonces en su mayor auge, hicieron que este

realismo no fuese siempre tan sano y comedido como debiera. De todos

modos, el _Tirant lo Blanch_, escrito en una lengua mucho más próxima

á la popular que el _Curial y Güelfa_, resultó uno de los libros más

catalanes que existen, con cierta indefinible nota de gracia y ligereza

valenciana que le da un puesto aparte entre los prosistas de aquella

literatura, como á Jaime Roig entre los poetas.

No ha faltado algún excelente critico[383] que considerase el _Tirante_

como una parodia deliberada de los libros de caballerías, que en todo

caso sería más parecida á la de Merlín Cocaio ó á la de Rabelais,

que á la fina ironía del Ariosto ó á la grande y humana sátira de

Cervantes. No faltan en aquella novela episodios que superficialmente

considerados pudieran hacer verosímil esta opinión: desafíos tan

ridículos como el de Tirante con el caballero francés Villermes,

batiéndose los dos adversarios en paños menores con escudos de papel y

guirnaldas de flores en la cabeza; bufonadas en que sacrílegamente se

mezcla lo humano con lo divino (por ejemplo, el rezo de la Emperatriz

en el capítulo CCXLV): un regocijo sensual bastante grosero y lo más

contrario que puede haber al ideal caballeresco. Todo esto es verdad,

y no obstante, considerado el _Tirante_ en su integridad, no puede

dudarse que fué escrito en serio, y que las empresas guerreras del

héroe son las más serias que en ningún libro de esta clase pueden

encontrarse. Lo son por su finalidad alta é histórica, y lo son por

los medios muy racionales que el héroe emplea para llevar á cabo sus

victorias y conquistas. No es un aventurero andante que consume su

actividad en delirios y vanas quimeras, como la mayor parte de los

paladines de Bretaña y sus imitadores, sino un hábil capitán, un

príncipe prudente que pone su espada y su consejo al servicio de la

cristiandad amenazada por los turcos. Las artes con que triunfa de

ellos no deben nada al sobrenatural auxilio de magas y encantadores;

vence, sí, y desbarata con fuerzas pequeñas innumerables ejércitos;

pero esta hipérbole ha sido permitida siempre á los narradores épicos,

y no podía menos de serlo cuando no se abstenían de ella los más graves

historiadores.

No es el _Tirante_ una parodia, sino un libro de caballerías de especie

nueva, escrito por un hombre sensato, pero de espíritu burgués y algo

prosaico, que no huye sistemáticamente del ideal, pero lo comprende á

su manera. No sólo modifica el sentido del heroísmo, y en esto merece

alabanza, sino que cambia radicalmente el concepto del amor, y aquí

resbala de lleno en la más baja especie de sensualismo. También él

ha querido hacer de Tirante y Carmesina una pareja modelo de leales

enamorados, pero las situaciones en que los coloca no son más que

un pretexto para cuadros lascivos. Mucho más honesta es Oriana,

rindiéndose la primera vez que se encuentra á merced de su amador en el

bosque, que la refinada princesa de Constantinopla, que se complace en

excitar brutalmente sus sentidos en repetidas entrevistas, y no cede

del todo hasta la última parte del libro. Hay en todo esto una especie

de _molinosismo_ erótico sobremanera repugnante. Nada diremos de la

senil pasión de la Emperatriz, que tan caro paga al joven Hipólito su

complacencia amorosa, ni de la consumada maestría que en las artes del

lenocinio muestran las doncellas Estefanía y Placerdemivida, que más

bien que en palacios imperiales parecen educadas en la zahúrda de la

madre Celestina. Adviértase que Martorell describe todas estas escenas

sin correctivo alguno, antes bien con especial fruición, y las corona

escandalosamente con el triunfo de Hipólito, elevado nada menos que

al trono imperial de Constantinopla por el desaforado capricho de una

vieja loca.

Si todo esto indica la depravación de la fantasía del autor (la

cual contrasta por otra parte con el tono grave y doctrinal de los

razonamientos de que su libro está plagado), otras cosas de distinto

género prueban en él la obsesión de la vida común, el amor al detalle

concreto y preciso, el instinto que le llevaba á copiar la realidad,

fuese ó no poética. Tirante saltando por una ventana de la habitación

de Carmesina se rompe una pierna; accidente muy natural, pero que

ningún otro autor de este género de historias hubiese atribuido á un

héroe suyo, ni menos hubiese insistido tanto en los detalles de la

curación. La enfermedad de que muere es una prosaica pulmonía, y como

ya notó Cervantes, hace en toda regla su testamento. Por lo demás, el

final de la historia es tierno y patético. Tirante, cayendo herido por

la muerte cuando se ve á las puertas de la dicha mundana, y Carmesina

expirando de dolor, abrazada al cadáver de su esposo, pertenecen á la

esfera ideal del arte y recuerdan el sublime desenlace de los amores de

Tristán é Iseo.

El _Tirante_, aunque tan ingenioso y tan cargado de picantes especias,

no parece haber tenido muchos lectores en España. Casi nadie le cita,

fuera de Cervantes, cuyo voto vale por todos. En su lengua original

tuvo dos ediciones, ambas dentro del siglo XV; en castellano una sola,

la de Valladolid de 1511. Las tres se cuentan entre los libros más

raros del mundo. De la versión castellana proceden la italiana de Lelio

di Manfredi, hecha por los años de 1514 á 1519, aunque no salió de las

prensas de Venecia hasta 1538, y el galante _rifacimento_ francés del

Conde de Caylus (1737?), que vale un poco más que el compendio del

_Amadís_ hecho por el Conde de Tressan[384].

Pero el original catalán del _Tirante_ había penetrado en Italia

antes que estuviese traducido en ninguna lengua. Ya en 1500 lo leía

Isabel de Este, marquesa de Mantua, y un año después comenzaba á

traducirlo, á instancia suya, Niccolo da Correggio[385]. Extraño

libro parece el desvergonzadísimo _Tirante_ para entretener los ocios

de una princesa honesta y sabia; pero las costumbres de las cortes

italianas lo autorizaban todo, y después de Boccaccio, á quien todo

el mundo respetaba como un clásico, no había que escandalizarse de

nada. La novela valenciana fué conocida y utilizada también por los

dos grandes poetas de la escuela de Ferrara. Mateo Boyardo parece

haber tomado de allí la leyenda del dragón de Cos, atribuyéndola al

paladín Brandimarte en los cantos 25 y 26 del _Orlando Innamorato_

(refundición del Berni). En cuanto al Ariosto, ya apuntó Dunlop, y

ha confirmado Rajna[386], que el núcleo del episodio de Ariodante y

Ginebra (canto V del _Orlando Furioso_), tan importante en sí mismo, y

además por haber sido el germen de una novela de Bandello, de la cual

tomó Shakespeare el argumento de su comedia _Much ado about nothing_,

está en los embustes de la viuda Reposada, que ardiendo en liviano amor

por Tirante y deseando alejarle de los brazos de la princesa Carmesina,

urde contra ésta una monstruosa intriga, haciendo creer al caballero

que su dama le era infiel con un negro feísimo, hortelano de palacio,

con cuyas vestiduras y máscara hace disfrazar á una de las doncellas de

la princesa. La mayor alteración que el Ariosto introdujo en el relato,

sin duda por el espíritu de galantería, que rara vez le abandona,

consistió en hacer recaer la parte odiosa de la estratagema, no en una

mujer, sino en un hombre, Polinesso, el rival de Ariodante. Conjetura

también Rajna que la industria de que se vale un marinero, en el

_Tirante_, para abrasar la nave capitana de los genoveses, que sitiaban

á Rodas como auxiliares de los sarracenos, dió al poeta la idea del

artificio de que Orlando se vale para arrastrar á la playa por medio de

una gruesa cuerda el monstruoso cetáceo que guardaba á Olimpia (canto

XI).

Á pesar de haber tenido tales imitadores, _Tirante el Blanco_ quedó

_sporádico_ y cayó muy pronto en olvido. Quizá su realismo demasiado

prematuro para un libro de caballerías, aunque ya hubiese penetrado

en otros géneros, le hizo poco grato á los lectores habituales de

esta clase de obras. Acaso también su desenfrenada licencia en las

pinturas eróticas fué obstáculo para que siguiera circulando, aunque la

Inquisición no le puso nunca en sus índices. Pero antes de la mitad del

siglo XVI ya la imprenta española había ido moderando mucho el verdor

y lozanía de sus abriles y habían desaparecido del comercio vulgar las

_Tebaidas_, las _Serafinas_ y los _Cancioneros de burlas_. Aun la misma

traducción de las _Cien novelas_ de Boccaccio no se reimprimió después

de 1543.

En cambio el _Amadís_ proseguía su carrera triunfal en España y

en Europa, y á su buena sombra comenzaban á medrar una porción de

descendientes suyos, que tenían más de bastardos que de legítimos.

Así nació el ciclo de _Amadís_, ciclo enteramente artificial, sin

lazo íntimo ni principio orgánico; sarta de continuaciones inútiles

y fastidiosas, cada vez más extravagantes en nombres, personajes y

acontecimientos, pero con una extravagancia fría y sin arte, que ni

siquiera arguye riqueza de invención, puesto que todos estos libros se

parecen mortalmente unos á otros. Nacieron de un capricho de la moda,

alimentaron una curiosidad frívola, que pedía sin cesar aventuras

más imposibles y descomunales, y se convirtieron en una industria y

granjería literaria. Fueron acaso los primeros libros que dieron de

comer y aun de cenar á sus autores. Su éxito puede compararse con el de

las novelas de folletín á mediados del siglo XIX.

La mejor ó la menos mala de estas secuelas del _Amadís_ es la primera,

compuesta por Garci Ordóñez de Montalvo con el título de las _Sergas

dé Esplandián_ (del griego [Greek: ernk], hechos). Fingió el regidor

de Medina que este libro (el cual en la serie de los Amadises es el

quinto) había sido compuesto en lengua griega por el maestro Elisabad,

que en esta historia aparece con el triple carácter de clérigo de

misa, cirujano y cronista; aquel _bellacón del maestro Elisabad_,

sobre cuyo supuesto amancebamiento con la reina Madasima armaron tan

brava pendencia en Sierra Morena Cardenio y Don Quijote. El cura del

escrutinio de Cervantes no anduvo muy blando con el _Esplandián_,

puesto que es el primero que condena á las llamas, sin que le valiera

al hijo la bondad del padre. Rigor acaso excesivo si se compara no

sólo con el hiperbólico elogio que allí mismo se hace del _Palmerín

de Inglaterra_ (obra de algún mérito al cabo), sino con la relativa

misericordia que se otorga al disparatadísimo _Don Belianis de Grecia_.

Al cabo el _Esplandián_ salió de la misma cantera que el cuarto libro

de _Amadís_, y no podía menos de conservar algún rastro de tan buen

origen. En el estilo no me parece tan inferior, como en el plan, que

es desordenado, incoherente y confuso. Hay mucha riqueza de aventuras;

pero denotan la imaginación ya cansada de un viejo, que se plagia á sí

mismo y continúa explotando el fondo poético que acumuló en mejores

días. El mayor defecto del _Esplandián_ es venir después del _Amadís_,

y suscitar á cada momento el recuerdo de la obra primitiva. Fué una

idea infeliz presentar al hijo como vencedor del padre. Siendo Amadís

el tipo del perfecto é invencible caballero no podía tener rivales,

cuanto menos vencedores, aun dentro de su propia familia. Todo lo que

hemos visto en la primera obra se reproduce en la segunda, siempre con

menos brillo. Las apariciones de Urganda la Desconocida en la fusta

de la Gran Serpiente se repiten hasta la saciedad, y ninguna hace el

efecto que la primera. La mayor parte de las aventuras tienen por

teatro Grecia y Asia. Se conoce que Montalvo había leído el _Tirante_,

y hasta cierto punto le imita, huyendo de sus deshonestidades. Los

amores del héroe con la princesa Leonorina, hija del Emperador de

Constantinopla, no trasponen los límites del recato, y la intervención

de la doncella Carmelia en nada participa del carácter rufianesco

que tiene la desenvuelta y libidinosa Placerdemivida. Hay algunos

episodios ingeniosos, como el del ejército de grifos, que combate por

los aires en ayuda de Calafia, reina de las Amazonas; fábula de origen

clásico. En resumen, el _Esplandián_ debe ser tenido por una novela

mediana, pero no de las peores y más monstruosas en su género, y es sin

duda de las mejor escritas. Fué también de las más leídas. La primera

edición de que se tiene noticia cierta es la de Sevilla, 1510, dos años

después de la que pasa por primera del _Amadís_. Nueve veces, por lo

menos, fué reimpresa en aquel siglo, y modernamente la ha reproducido

el Sr. Gayangos á continuación del _Amadís_. Con él figura en todas las

antiguas traducciones hechas en francés, italiano y alemán, y en el

compendio de mademoiselle de Lubert[387].

Sin duda Montalvo pensaba continuar indefinidamente su historia, puesto

que no se decide á matar á Amadís, ni á Galaor, ni á Esplandián, ni á

ninguno de sus héroes predilectos, sino que los deja encantados en la

Tumba Firme y envueltos en una especie de sueño letárgico, hasta que un

caballero de su progenie venga á libertarlos. Al mismo tiempo anunció

cierto «libro muy gracioso y muy alto en toda orden de caballeria, que

escribió un muy sabio en todos los paises del mundo», donde había de

tratarse de las proezas de Talanque, Maneli el Mesurado, Garinter y

otros caballeros de poco nombre.

Pero Montalvo no llegó á escribir, ó por lo menos á imprimir nada de

esto, acaso porque se le adelantó un autor andaluz, de quien sólo

sabemos que se llamaba Páez de Ribera, publicando en Salamanca el

año de 1510 (lo cual prueba que tiene que ser anterior á aquel año

la primera edición del _Esplandián_) un _Sexto libro de Amadís de

Gaula_, «en que se recuentan los grandes e hazañosos fechos del muy

valiente e esforçado cauallero _Florisando_, principe de Cantaria, su

sobrino, fijo del rey Don Florestan». El nuevo cronista tiraba nada

menos que á desacreditar el _Esplandián_, como libro vano y mentiroso,

«reprobando el antiguo e falso decir que por las encantaciones e arte

de Urganda fuessen encantados el rey Amadis, e sus hermanos, e su fijo

el emperador Esplandián, e sus mujeres». Quizá por esta impertinencia,

que venía á introducir confusión en tan verídica historia, el _Don

Florisando_, especie de aventurero introducido de contrabando en la

familia de los Amadises, no gustó; sólo fué impreso dos veces, y no

alcanzó los honores de ser citado en el _Quijote_. Al francés no se

tradujo, pero sí al toscano, de donde nuestro autor decía haberle

tomado[388].

El que en la colección de Herberay des Essarts hace veces de libro

sexto es el que en España llamamos _séptimo_, ó sea el _Lisuarte de

Grecia_ (Sevilla, 1514), que además de los hechos de este hijo de

Esplandián y nieto de Amadís, contiene también los de su tío Perión

de Gaula y sus amores con la infanta Gricileria, hija del emperador

de Trapisonda. Este libro se enlaza directamente con el _Esplandián_,

prescindiendo del intruso _Don Florisando_. Lisuarte es quien realiza

el desencanto de Amadís y todos los personajes de su familia, los

cuales vuelven á correr nuevas y cada vez más desatinadas aventuras.

Pero, en cambio, Lisuarte y Perión quedan encantados al fin del libro,

y sin desenlazarse ninguna de las historias pendientes, empieza á

fraguarse otra, la del niño Amadís de Grecia, hijo de Lisuarte, á quien

roban unos corsarios negros.

No se sabe á ciencia cierta el nombre del autor de esta rapsodia, que

tuvo la osadía de dedicarla al insigne arzobispo de Sevilla Fr. Diego

de Deza, para «pasar algun tiempo y trabajo de su mucho estudio»; lo

cual indica que todavía los varones más respetables no miraban con

ceño esta clase de libros, que tanto reprobaron más adelante. Algunos

le han atribuido á Feliciano de Silva, pero en 1514 no debía de tener

edad para escribir tales historias, pues la más antigua de las que

se conocen suyas es de 1532. Las palabras del corrector del _libro

noveno_ de Amadís, afirmando que había salido de la misma pluma que el

_séptimo_, deben entenderse no de Feliciano de Silva, que se daba por

mero traductor, sino del fabuloso autor griego, que en ambos se suponía

ser «el gran sabio de las Mágicas, Alquife», marido de Urganda la

Desconocida, que moraba en la ínsula de los Gimios.

Como la manía de proseguir y amplificar sin término cualquier

novela era todavía más desenfrenada en Francia y en Italia que en

España, Herberay des Essarts no se contentó con traducir este primer

_Lisuarte_, sino que le añadió una continuación con las hazañas de otro

hijo de Esplandián, D. Flores de Grecia, llamado el _Caballero de los

Cisnes_.

Dejó en cambio sin traducir un segundo _Lisuarte_ castellano, ó sea

_el octavo libro de Amadís, que trata de las extrañas aventuras y

grandes proezas de su hijo Lisuarte y de la muerte del ínclito Amadís_

(Sevilla, 1526); obra del bachiller en Cánones Juan Díaz, que fingió

haberla traducido del griego y toscano, y se la dedicó al Duque de

Coimbra, D. Jorge, hijo del rey D. Juan II de Portugal, para que

siempre anden envueltos los portugueses en este laberinto de los libros

de caballerías. El segundo _Lisuarte_, que tuvo una sola edición,

ni merecía más por su pesadísimo estilo, es un nuevo intruso en la

serie de los _Amadises_, y realmente no debía llamarse _octavo_, sino

_séptimo_, puesto que es continuación del _Don Florisando_. Sospechamos

que el bachiller Díaz perdió todo crédito con sus lectores por la

mala ocurrencia que tuvo de matar á Amadís de pura vejez, refiriendo

prolijamente sus exequias y dándonos hasta el texto del sermón que se

predicó en sus honras. Á D. Galaor y á Agrajes los hizo frailes, y á la

viuda Oriana abadesa en el monasterio de Miraflores.

Tan pacífico y ejemplar desenlace no satisfizo á nadie. Amadís tenía

que continuar viviendo y asistir á las proezas de sus nietos hasta la

sexta generación por lo menos, y el bachiller Díaz fué reprobado como

un historiador falsario. Su libro se tuvo en cuenta para la numeración

de los tomos, pero nadie hizo caso de él.

Entonces apareció el gran industrial literario, que por primera vez

puso en España, y quizá en Europa, taller de novelas, publicando por

sí solo tres desaforados _Amadises_, divididos en varias partes, que

el público de aquel tiempo aguardaba y devoraba con tanta avidez como

los innumerables lectores de Alejandro Dumas seguían el hilo de las

continuaciones de _Los Tres Mosqueteros_ ó de cualquiera otra de sus

más famosas novelas.

Era el sujeto á quien nos referimos un caballero de Ciudad Rodrigo,

patria fecunda de novelistas de este jaez, pues también parece que se

escribieron allí el _Palmerín de Oliva_ y el _Primaleón_. Llamábase

Feliciano de Silva y era antiguo servidor de la casa de Niebla, en

cuyas crónicas se hace mención de él por haber salvado la vida á la

Duquesa de Medinasidonia, doña Ana de Aragón, en cierto hundimiento

de la puente de Triana en que se ahogaron catorce doncellas y dueñas

suyas. Hombre de fácil pluma, de mediano ingenio, de fantasía

superficial y desordenada, y de mucha aunque mala invención, diose

á imitar las producciones más en boga, siquiera fuesen entre sí

tan desemejantes como la _Celestina_ y el _Amadís_. En el remedo

de la primera anduvo más afortunado, quizá porque la índole de su

talento le llevaba más á lo picaresco que á lo heroico. Su _Segunda

comedia de Celestina_ está á muchas leguas del inaccesible modelo,

pero así y todo es la única obra de Silva que hoy puede leerse sin

mucha fatiga por los que no hacen profesión de estas erudiciones.

Pero entre sus contemporáneos le dieron más reputación y dineros sus

libros de caballerías, predilecta lectura de los ociosos. En cambio

le asaetearon con donosas ó imperecederas burlas nuestros mayores

ingenios. En la _Carta del Bachiller de Arcadia_, que desde antiguo,

y creo que con fundamento, se atribuye á D. Diego Hurtado do Mendoza,

encárase el maleante censor con el capitán Pedro de Salazar, autor de

cierta crónica de la campaña de Carlos V en Alemania, y le consuela

irónicamente de no haber tenido tanta fortuna literaria como Feliciano

de Silva y Fr. Antonio de Guevara, á quien con mucha injusticia

equipara con el otro: «¿Paréceos, amigo, que sabría yo hacer, si

quisiese, un medio libro de _D. Florisel de Niquea_, y que sabria

ir por aquel estilo de alforjas, que parece el juego de «este es el

gato que mató el rato», etc., y que sabria yo decir «la razon de la

razon que tan sin razon por razon de ser vuestro tengo para alabar

vuestro libro». Mi fe, hermano Salazar, todo está en ventura... Veis

ahi al Obispo do Mondoñedo que hizo, que no debiera, aquel libro de

_Menosprecio de corte y alabanza de aldea_, que no hay perro que llegue

a olerle. Veis ahi a Feliciano de Silva, que en toda su vida salio más

lejos que de Ciudad Rodrigo a Valladolid, criado siempre entre Nereydas

y Daraydas, metido en la torre del Universo, a donde estuvo encantado,

segun dice en su libro, diez y ocho años; con todo eso tuvieron de

comer y aun de cenar; y vos que habeis andado, visto, hecho y peleado,

servido, escrito y hablado más que todo el ejercito junto que envió la

Santidad de nuestro Señor el Papa a esa guerra, no tenéis ni aun de

almorzar, y es menester que os andeis a inmortalizar a los hombres con

vuestros escritos para que os maten la hambre»[389].

Y quién no recuerda que á D. Quijote ningunos libros «le parecian tan

bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la

claridad de su prosa y aquellas entrincadas razones suyas le parecian

de perlas; y más cuando llegaba á leer aquellos requiebros y cartas

de desafios, donde en muchas partes hallaba escrito: «la razon de la

sinrazon que a mi razon se hace, de tal manera mi razon enflaquece,

que con razon me quejo de la vuestra fermosura». Y también cuando

leía: «los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con

las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento

que merece la vuestra grandeza». Con estas razones perdia el pobre

caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarlas el

sentido que no se lo sacara ni lo entendiera el mismo Aristóteles, si

resucitara para solo ello».

Son además numerosos los pasajes del _Quijote_ en qué se parodian

aventuras ó se recuerdan lances de las obras de Feliciano de Silva,

como puede verse en los comentarios de Bowle y Clemencín.

Lo primero que hizo Feliciano de Silva (suponiendo que su trabajo

comience en el _Amadís de Grecia_) fué resucitar á Amadís de Gaula,

alevosamente muerto por el bachiller Díaz, y volver á tomar el hilo de

la historia en el punto en que la dejó el incógnito autor del primer

_Lisuarte_, manifestando alto desprecio para el segundo: «y fuera

mejor aquel octavo (libro) fenesciese en las manos de su autor y fuera

abortivo, que no que saliera a luz a ser juzgado e a dañar lo que en

esta grande genealogía escripto está; pues dañó asi poniendo confusion

en la decendida e continuación de las hystorias».

Algún escrúpulo me queda en cuanto a la paternidad de _El noveno libro

de Amadis de Gaula, que es la crónica del muy valiente y esforçado

Principe y cauallero de la Ardiente Espada Amadis de Grecia, hijo de

Lisuarte de Grecia, emperador de Constantinopla y de Trapisonda, y

rey de Rodas, que tracta de los sus grandes hechos en armas y de los

sus altos y extraños amores_, del cual se cita vagamente una primera

edición de 1530. Don Pascual Gayangos, cuya pericia bibliográfica, y

más en este género de libros, no hay para qué encarecer, afirmaba que

en algún ejemplar visto por él estaba el nombre de Feliciano de Silva.

Por mi parte no he podido encontrar otro que el del sabio Alquife,

fabuloso autor de tal historia. Tampoco el estilo se parece mucho al

de _D. Florisel_; es mejor y sobre todo más llano, y recuerda algo

el del primer _Lisuarte_, no siendo imposible que ambas obras hayan

salido de la misma mano. Pero si cierto _Sueño de amor_[390], compuesto

por Feliciano de Silva en prosa y puesto en verso por un apasionado

suyo (rarísima pieza gótica que vió Gayangos en Inglaterra), coincide

con otro _Sueño_ sobre el mismo tema que se encuentra al fin de la

primera parte de _Amadís de Grecia_, la opinión de nuestro doctísimo

bibliógrafo podrá adquirir caracteres de evidencia. Hasta entonces

procede suspender el juicio y considerar el _Amadís de Grecia_ como

anónimo.

La historia de Amadís de Grecia, biznieto del de Gaula é hijo de

Lisuarte y Onoloria, llamado también el caballero de la Ardiente

Espada, «por haber nacido con una figura de espada bermeja, que le

cogia desde la rodilla izquierda hasta ir a darle en derecho del

corazon la punta, y en ella se parescian unas letras blancas muy

bien talladas», contiene algunos episodios interesantes que prueban

cierto grado de imaginación poética, como los amores de la princesa

de Tebas, Niquea, con el caballero de la Ardiente Espada, y el

encantamiento de esta princesa y de su hermano Anastarax en una cámara

de cristal llamada _la Gloria de Niquea_. Pero lo más curioso que

ofrece, bajo el aspecto literario, es la introducción de un nuevo

elemento, el pastoril, con anterioridad á todas las novelas de este

género publicadas en España, sin excluir _Menina é Moça_, que no es

bucólica más que en parte, y que de todas suertes no se imprimió

hasta 1544. Tuvo, pues, Feliciano de Silva, ó quien quiera que fuese

el autor del _Amadís de Grecia_, la prioridad cronológica, sin que

se le puedan señalar otros modelos que la Arcadia de Sannazaro y las

églogas que á imitación de ella y de los bucólicos antiguos empezaban

á componerse en Italia y en España[391]. Verdad es que la tentativa

del cronista caballeresco fué infelicísima. Las cuitas amorosas de los

pastores alejandrinos Darinel y Silvia, y la transformación en pastor

también del infante D. Florisel, hijo de Amadís de Grecia y de Niquea,

constituye uno de los más fastidiosos episodios del libro y justifica

la indignación de Cervantes.

En 1532, y ya declarando el nombre de Feliciano, apareció en Valladolid

_La coronica de los muy valientes y esforçados e invencibles cavalleros

don Florisel de Niquea y el fuerte Anaxartes, hijos del muy excelente

Principe Amadis de Grecia; enmendada del estilo antiguo segun que la

escriuio Cirfea, reyna de Argines... traduzida de griego en latin y de

latin en romance castellano por el muy noble cauallero Feliciano de

Silva_. Inútil es advertir que la reina Zirfea pertenece á la misma

bibliografía fantástica que el Maestro Elisabad y el mago Alquife.

Este libro, que en la serie de los _Amadises_ es el _décimo_, abre al

mismo tiempo una nueva serie, la de las aventuras de _D. Florisel_ y

su familia, que se dilataron hasta cuatro partes, de las cuales este

volumen contiene sólo las dos primeras. ¡Qué abundancia tan ridícula y

tan estéril! Aquí es donde se encuentra la aventura del _Palacio del

Universo_, á que alude D. Diego de Mendoza. D. Florisel vence aquel

temeroso encantamiento en que yacían su tercer abuelo el sempiterno

Amadís de Gaula y diez príncipes ó reyes de su familia. El episodio

pastoril continúa, y hay en la segunda parte una disparatada historia

de «la segunda Elena» y de las grandes guerras que por ella hubo en

torno de Constantinopla, donde se trasluce el empeño de imitar á los

autores de las crónicas troyanas.

Se cuenta como libro _onceno_ de Amadís la _Parte tercera de la Crónica

de D. Florisel de Niquea_, que más bien debiera llamarse _Don Rogel de

Grecia_, puesto que de sus espantables hazañas trata principalmente, y

también de las de otro caballero llamado Agesilao, hijo de D. Falanges

de Astra.

Pero todavía con este formidable volumen, impreso en Medina del

Campo en 1535, no se agotó la vena de Feliciano de Silva, puesto

que, viendo cada vez más celebrados sus disparates, vació el saco de

ellos en una _Cuarta parte de D. Florisel_ (Salamanca, 1551), donde

principalmente trata de los amores del príncipe D. Roger y de la muy

hermosa Archisidea. Tanto en este libro como en el anterior prescinde

ya de las crónicas de la reina Zirfea y alega otros dos historiadores

no menos auténticos, Filastes Campaneo y el sabio Galersis. El tono de

este libro, dedicado á la reina de Hungría Doña María, hija de Carlos

V, es más grave y sentencioso que en los anteriores, porque, según dice

el autor, así lo demandaba su edad; y aun da á entender en el prólogo

que quiso aludir á las hazañas del emperador: «quiero en esta soberana

imagen de la fortaleza cesarea tractar un poco de su dibujo, con los

colores, oscuridades, claros y lexos que yo supiere, para dezir con lo

menos algo de lo más».

Como ya la novela pastoril había aparecido con todos sus caracteres,

entre ellos el de intercalar gran número de poesías en la prosa,

Feliciano de Silva dió gran desarrollo al intermedio pastoril

tímidamente ensayado en el _Amadís de Grecia_, y quiso presentarse

bajo un nuevo aspecto, el de poeta, tanto en los antiguos metros

castellanos como en los italianos, y tan mal en los unos como en los

otros, dicho sea de pasada. Éstas son las églogas de que tanto se burla

Cervantes: «Y quisiera yo (dice Don Quijote á Cardenio) que vuestra

merced le hubiera enviado, junto con _Amadis de Gaula_, al bueno de

_Don Rogel de Grecia_; que yo sé que gustara la señora Luscinda mucho

de Daraida y Garaya, y de las discreciones del pastor Darinel, y de

aquellos admirables versos de sus bucólicas, cantadas y representadas

por él con todo donaire, discreción y desenvoltura».

Adviértese que Feliciano de Silva estaba muy atento á todas las modas

literarias y cambios de gusto, como quien había convertido en oficio

el arte de novelar. Era imposible que el público no comenzara á

hartarse de un género que, en medio de su aparente complicación, era

la monotonía misma. En la segunda mitad del siglo XVI el cansancio se

acentúa hasta el punto de que nadie se atrevió á continuar la fábula de

_Amadís_ después del _doceno libro_, «que trata de los grandes hechos

en armas del esforzado caballero _Don Silves de la Selva_... junto

con el nascimiento de los principes Espheramundi y Amadis de Astra, y

assimismo de los dos esforzados principes Fortunian y Astrapolo», obra

que salió anónima de las prensas de Sevilla en 1546, pero de la cual

se declara autor Pedro de Luján en la segunda parte del _Lepolemo_.

Era Luján hombre de cultura clásica, secuaz de las doctrinas de Erasmo

y mucho mejor prosista que Feliciano de Silva, como lo acreditan sus

elegantes y sesudos _Colloquios Matrimoniales_. Pero _Don Silves de la

Selva_, por bien escrito que estuviera, llegaba tarde; no fué reimpreso

más que una vez, y ni siquiera el anuncio del nacimiento de Esferamundi

y de los otros príncipes fué parte á excitar la curiosidad de nadie,

por lo cual sus hechos hubieron de quedarse sin cronista español,

aunque no italiano, puesto que Mambrino Rosseo los refirió, muy á la

larga, en seis volúmenes ó partes, que supuso traducidas de nuestro

idioma y publicó en Venecia, desde 1558 á 1565.

Á todo esto, Amadís de Gaula debía de tener más de doscientos años,

aunque aparentaba muchos menos gracias á una confección que le había

propinado la sabia Urganda. Por fin el continuador italiano se

decidió á librarnos de él, haciéndole morir á manos de dos gigantes

en una batalla en que perecen también tres emperadores, varios reyes

y hasta cincuenta y cinco mil caballeros cristianos: que no se

requería menor hecatombe para los funerales de Amadís. Nicolás Antonio

consigna también la noticia de un libro de caballerías portugués,

_Penalva_[392], en que Amadís moría á manos de un caballero de aquella

nación, por lo cual decían burlescamente los castellanos que sólo

un portugués podía haber acabado con Amadís; pero nadie ha visto el

tal _Penalva_, que parece invención chistosa, nacida de la antigua

malquerencia entre ambos pueblos y de las pullas que en sus cuentos

vulgares suelen lanzarse el uno al otro.

Sobre esta bastarda progenie de Amadís hay que estar al fallo

inapelable del licenciado Pero Pérez, hombre docto, graduado en

Sigüenza. «Este que viene (dijo el barbero) es _Amadis de Grecia_,

y aun todos los deste lado, a lo que creo, son del mismo linaje de

Amadis. Pues vayan todos al corral (dijo el Cura), que a trueco de

quemar a la Reina Pintiquiniestra y al pastor Darinel, y a sus églogas

y a las endiabladas y revueltas razones de su autor, quemara con ellos

al padre que me engendró, si anduviera en figura de caballero andante».

Aquel auto de fe imaginario, seguido por ventura de otros más reales,

cuando estos infolios cayeron en absoluto desdén y vilipendio, fué

causa remota de que andando el tiempo lograsen el único género de

perpetuidad que merecían, renaciendo, como el fénix, de sus cenizas,

á impulsos de la curiosidad bibliográfica avivada por el cervantismo.

Pero en el limbo bibliográfico se quedaron, y no hay fuerza humana

que los resucite. ¡Triste y memorable ejemplo de lo efímeras que son

las modas literarias, y más si se trata de obras de entretenimiento,

destinadas á un pasatiempo fugaz, y no concebidas en las regiones

superiores del arte! Porque se ha de tener en cuenta que el éxito de

estos libros no fué exclusiva ni principalmente español, sino que la

sociedad más culta y privilegiada de Europa se recreó por más de un

siglo con las grotescas invenciones de Feliciano y con las bizarrías

de _D. Silves_, que no sólo fueron traducidas y adaptadas al italiano,

al francés, al alemán y á otras lenguas, sino que suscitaron nuevas é

inacabables continuaciones, todavía peores que sus originales, y llegó

á duplicarse la serie de los _Amadises_; resultando una maraña tan

inextricable de personajes y aventuras, que un señor Du Verdier tuvo

que emplear siete grandes volúmenes, publicados desde 1626 á 1629, con

el título de _Le Roman des Romans_, en la absurda tarea de recoger

todos los cabos sueltos de estas historias y dar á cada una de ellas

el debido complemento y desenlace, lo que ejecutó también con _El

Caballero del Sol_ y con _Don Belianis de Grecia_; que á tanto llegaba

su furor de continuarlo y acabarlo todo. Obsérvese que esto pasaba en

Francia nueve años después de la muerte de Cervantes, y más de veinte

después de publicada la primera parte del _Quijote_, que si en España

consumó la ruina del género, ya muy decaído y postrado entonces, no

tuvo por de pronto el mismo benéfico influjo en la novela de otros

países, donde las corrientes realistas eran menos enérgicas.

Orígenes de la novela, Tomo I · 第 28 / 55 题