_Amadys_, el muy fermoso,

Las lluvias y las ventiscas

Nunca las falló ariscas

Por leal ser e famoso:

Sus proezas fallaredes

_En tres libros_, e diredes

Que le dé Dios santo poso.

(Núm. 305).

El texto es terminante en cuanto al número de los libros, pero hay

otra mención del _Amadís_, probablemente anterior: la del mismo

Canciller Ayala en su _Rimado de Palacio_. Sea cualquiera la opinión

que se adopte acerca de la fecha de la composición de este libro

(rechazando por supuesto el falso epígrafe de uno de los códices que

le supone escrito durante la breve prisión de Ayala después de la

batalla de Nájera (1367) y en Inglaterra á donde no llegó á ir nunca),

no hay duda que una parte considerable del poema fuéta en el castillo

de Oviedes, donde por quince meses le tuvieron en duro cautiverio los

portugueses después de la batalla de Aljubarrota (1385), y que las 704

estrofas primeras, en que no hay alusión alguna á su prisión, deben ser

anteriores, puesto que la última fecha que en ellas se cita es la de

1380. El _Rimado_ empieza, como es sabido, con la confesión de Ayala,

que entre sus pecados incluye la lectura de libros profanos:

Plógome otrossi oyr muchas vegadas

Libros de deuaneos e mentiras probadas,

_Amadis_, _Lanzalote_ e burlas asacadas

En que perdi mi tiempo a muy malas jornadas.

(Copia 162).

Ayala había nacido en 1332; no sabemos á qué época de su vida se

refiere esta parte de la _Confesión_, pero tales lecturas parecen más

propias de la mocedad alegre y frívola que de la edad madura de un tan

grave hombre político, historiador y moralista como era el Canciller,

aunque pagase no ligero tributo á las flaquezas de la carne, según

insinúa su biógrafo Fernán Pérez de Guzmán.

Es digno de repararse que la mención del _Amadís_ en nuestros poetas de

los primeros reinados de la casa de Trastamara va unida casi siempre

con la de los héroes más populares del ciclo carolingio y bretón. Pero

Ferrandes le cita al lado de Roldán, del rey Artús, de don Galaz, de

Lanzarote y de Tristán. Con el mismo Lanzarote le equipara el canciller

Ayala. En 1405 escribía Micer Francisco Imperial, celebrando el

nacimiento del príncipe don Juan II en la ciudad de Toro:

Todos los amores que ouieron Archiles,

Paris e Troylos de las sus señores,

Tristán, Lançarote de las muy gentiles

Sus enamoradas, e muy de valores;

Èl e su muger ayan mayores

Que los de Paris e los de Vyana,

E de _Amadis_ e los de _Oriana_

E que los de Blancaflor e Flores.

(Núm. 226).

Un año después (1406) el monje Jerónimo Fr. Miguel, capellán del obispo

de Segovia D. Juan de Tordesillas, en un _dezir_ compuesto con ocasión

de la muerte de don Enrique III, decía, enumerando varios personajes

históricos y fabulosos:

........ _Amadís_ apres,

Tristán e Galás, Lançarote del Lago,

E otros aquestos decitme: quál drago

Tragó todos estos, e d'ellos qué es?

(Núm. 38).

Citado siempre el _Amadís_ en compañía de las novelas más célebres del

ciclo de la Tabla Redonda, no cabe duda que era tan popular como ellas.

Su contenido debía de ser sustancialmente el mismo que el de los tres

primeros libros actuales; la heroína se llamaba Oriana, y entre los

personajes secundarios figuraba Macandón, paje del rey Lisuarte, que á

los sesenta años solicitó y logró ser armado caballero, con gran risa y

algazara de damas y doncellas. Á él aluden estos versos de un _dexir_

de Alfonso Álvarez de Villasandino, dirigido al condestable Ruy López

Dávalos:

E pues non tengo otra rrenta,

Quise ser con gran rrazon

El segundo _Macandon_,

Que despues de los sesenta

Comenco a correr tormenta,

E fue cavallero armado;

Mi cuerpo viejo cansado

Dios sabe sy se contenta.

(Núm. 72).

El episodio á que se alude está en el libro II, cap. XIV del _Amadís_

que hoy leemos, y al recordar Villasandino tan insignificante pasaje

estaba seguro de ser entendido por toda la sociedad cortesana de su

tiempo. Toda ella se deleitaba con aquellas _escripturas provadas_,

á que se refiere Fernán Pérez de Guzmán en un _decir á la muerte_,

inserto en el mismo _Cancionero de Baena_:

Ginebra e _Oriana_,

E la noble rreyna Iseo,

Minerva e Adriana,

Dueña de gentil asseo,

Segunt que yo estudio é leo,

En escripturas provadas

Non pudieron ser libradas

Deste mal escuro y feo.

(Núm. 572).

Comprobada de este modo la existencia y celebridad del libro á

principios del siglo XV y aun antes, sería inútil allegar textos de

poetas más modernos, como el Cartagena del _Cancionero General_, que

llamó _Oriana_ á su dama. Por otra parte, esta cita nada probaría,

puesto que hoy está plenamente demostrado que el Cartagena trovador

no fué ni pudo ser el celebérrimo Obispo de Burgos D. Alonso de Santa

María, sino un caballero de su mismo apellido y familia, que floreció

en tiempo de la Reina Católica y cantó en elegantes metros sus

virtudes[315].

Aparte de la tradición literaria[316], el _Amadís_ dejó otros vestigios

en la sociedad castellana del siglo XV. En el monumento sepulcral

del Maestre de Santiago, D. Lorenzo Suárez de Figueroa, muerto en

1409, que estaba antes en la iglesia de su orden y hoy está en la

de la Universidad de Sevilla, á los pies de la estatua yacente del

caballero se encuentra un perro que en el collar lleva escrito dos

veces en letras góticas el nombre de _Amadís_[317]. Popular debía de

ser en tiempo de D. Juan II el héroe caballeresco, cuando su nombre se

aplicaba hasta á los perros.

No es menos curiosa, sino acaso más, porque prueba que el tema de

_Amadís_ había pasado de la literatura al arte pictórica cuando el arte

español estaba en la cuna, la noticia que nos proporciona el sabio

humanista, pintor y poeta Pablo de Céspedes en el _Discurso de la

comparación de la antigua y moderna pintura y escultura_ que en 1604

escribió á instancias de Pedro de Valencia: «Acuérdome haber visto

en Nápoles unas sargas ya viejas en la guarda-ropa de un caballero,

que las estimaba harto, _hechas en España_. La manera de pintar era

gentilísima de algún buen oficial _antes que se inventase la pintura al

olio_, y todas las figuras (_era la historia de Amadís de Gaula_) con

sus nombres apuestos en español, que también esto se usó cuando después

de perdida la pintura comenzaba á levantarse de sueño tan largo»[318].

La fecha más moderna que se asigna á la invención de la pintura al óleo

por los flamencos es 1410. Júzguese por este dato de la antigüedad de

las sargas.

Pero ese libro tan traído y llevado durante el siglo XV, ¿en qué lengua

se leía? ¿en castellano, en portugués, en francés? Los textos no nos

autorizan para afirmar nada, y sólo podemos proceder por conjetura

razonable.

La tradición portuguesa sobre el origen del _Amadís_ es antigua y tiene

en su abono poderosas razones, aunque con ellas se hayan mezclado otras

vanas y sofísticas, que tampoco faltan en los abogados de la parte

castellana. No hay en los poetas portugueses del siglo XV alusiones

al _Amadís_ tan antiguas como en los poetas castellanos, lo cual

se explica bien considerando que casi todo el caudal poético de la

primera mitad del siglo XV ha desaparecido, quedando una gran laguna

entre los cancioneros de la escuela galaica que propiamente terminan

en el reinado de Alfonso IV y el _Cancionero_ de Resende compilado

en los primeros años del siglo XVI con obras líricas de autores que

florecieron los más después de 1450 y aparecen enteramente dominados

por la influencia de Castilla. Pero tenemos en cambio un libro en

prosa, la _Crónica del Conde don Pedro de Meneses_, escrita en 1454 por

Gomes Eannes de Azurara, donde terminantemente se dice que «el _Libro

de Amadis_ fué compuesto á placer de un hombre, que se llamaba Vasco

de Lobeira, en tiempo del rey D. Fernando, siendo todas las cosas del

dicho libro fingidas por el autor»[319]. En vano el Dr. Braunfels,

que es acaso el más ingenioso y hábil defensor de la originalidad

castellana del _Amadís_[320], quiere desvirtuar la autoridad de este

pasaje, suponiéndole apócrifo ó interpolado. Las razones que da no

convencen, y el procedimiento crítico es de los más aventurados y

peligrosos que pueden emplearse. Lo que importa es graduar el crédito

que puede darse á la noticia de Azurara.

Desde luego causa extrañeza que un libro compuesto por capricho

individual en tiempo del Rey de Portugal D. Fernando (1367-1383),

cuando la literatura portuguesa apenas había producido obras en prosa

y no influía en la España central más que por el elemento lírico, se

popularizase tan rápidamente que pudiera arrepentirse de su lectura

el Canciller Ayala en versos que seguramente son anteriores á 1385.

La inverosimilitud sube de punto si se atiende á los únicos datos

positivos que tenemos de Vasco de Lobeira. Consta, en efecto, que este

hidalgo, natural de Oporto, fué armado caballero por D. Juan I el día

de la batalla de Aljubarrota, y figura en la lista que trae Duarte

Núñez de León en su _Crónica_. Según el rigor de las costumbres y

prácticas caballerescas, la orden de caballería no se daba antes de

los veintiún años; pero estas prácticas estaban harto relajadas en las

postrimerías del siglo XIV, y más en trances tan solemnes y críticos

como el de aquel día, en que el Maestre de Avís debía esforzarse á

toda costa en honrar y alentar á todos sus partidarios. Admitiendo, no

obstante, que Vasco de Lobeira hubiese cumplido la edad legal ó pasase

algo de ella, siempre resultaría que aquel escudero ó doncel era un

mozalbete, comparado con el Canciller Mayor de Castilla, que tenía

cincuenta y tres años cuando cayó prisionero en aquella misma jornada.

¿Cómo es posible que la lectura del libro que acababa de componer aquel

oscuro joven figurara ya en la lista de los pecados del viejo? Porque

suponer que le leyó durante su cautiverio sería forzar demasiado los

límites de la paradoja. Durante los quince meses que los portugueses

le tuvieron en «jaula de hierro» hasta que pagó su rescate, no debía

de estar templado el ánimo de Ayala para lecturas de pasatiempo; más

graves pensamientos embargaban su espíritu, pensamientos de sátira

social generosa y elevada, ardientes efusiones de devoción á la Virgen,

lamentaciones sobre el estado de la Iglesia y los progresos del cisma,

la poesía viril y austera que en el _Rimado de Palacio_ se contiene

y que es antítesis viva de los devaneos caballerescos. El imitador y

traductor de los _Morales de Job_ y de la _Consolación_ de Boecio,

estos libros y otros tales debió de tener por compañeros de su prisión,

y por único solaz y refugio de su ánimo afligido y conturbado á un

tiempo por el desastre nacional, por los recios huracanes que combatían

la nave de San Pedro y por el duelo de la muerte de su padre.

Algunos eruditos portugueses no han dejado de advertir la dificultad

cronológica de que Ayala pudiera conocer la obra de Lobeira, y han

procurado eludirla con el peregrino recurso de suponerle muy viejo en

1385, tan viejo que pudo alcanzar la corte de Alfonso IV cuando todavía

era infante, es decir, antes de 1325, y componer entonces el _Amadís_ y

hacer á instancias del príncipe la enmienda del episodio de Briolanja.

¡Buena edad tendría cuando fué armado caballero: ni el _Macandón_ de la

novela esperó tanto! Pero, además, el texto de Azurara es terminante y

hay que tomarle como suena. Vasco de Lobeira, si escribió en todo ó en

parte el _Amadís_, lo escribió _en tiempo del rey D. Fernando_.

Azurara fué el primero que consignó esta tradición, pero seguramente

no la había inventado, porque otros la repiten en el siglo XVI, sin

tomarla de su crónica, que estuvo inédita hasta 1792 y sepultada en

un solo códice. En 1549 componía el gran historiador Juan de Barros

su _Libro das antiguidades e cousas notaveis de antre Douro e Minho_,

que todavía permanece inédito, según creo. Entre los varones ilustres

de Oporto hace esta conmemoración de Lobeira: «E d'aqui foi natural

Vasco Lobeira, que fez _os primeiros 4 libros de Amadis_, obra certo

mui subtil e graciosa e aprovada de todos os gallantes; mas como estas

cousas se secam en nossas māos, os castelhanos lhe mudaran a linguagem,

e atribuiram a obra a si»[321].

Azurara no había dicho en qué lengua escribió Lobeira; Juan de Barros

da un paso más, y considera el texto castellano como traducción

del portugués: «y como estas cosas se secan en nuestras manos, los

castellanos le mudaron el lenguaje, y se atribuyeron la obra».

Vienen luego los dos sonetos que con afectación de lenguaje arcaico

compuso el célebre poeta _quinhentista_ Antonio Ferreira[322]. El

primero puesto en boca del infante D. Alfonso, exigiendo la famosa

corrección del episodio de Briolanja (que trataremos aparte), empieza

con estos versos:

Bom _Vasco de Lobeira_, e de grā sen

De prāo que vos avedes bem contado

O _feito d'Amadis_ o namorado

Sem quedar ende por contar hi ren...

El segundo soneto es una imitación del Petrarca, que nada tiene que

ver con el _Amadís_, salvo el nombre de Briolanja. Es de suponer

que Ferreira, como todos sus contemporáneos, leía el _Amadís_ en

castellano. De todos modos, no es él quien afirma la existencia

del manuscrito original en el archivo de la casa de Aveiro. Esta

problemática noticia la dió su hijo Miguel Leite Ferreira en una

nota curiosísima[323] que puso en la edición póstuma de los _Poemas

Lusitanos_ de su padre (Lisboa, 1598, por Pedro Cressbeck); nota que,

por estar algo escondida debajo de la fe de erratas, se ocultó á la

erudición de D. Pascual Gayangos, llevándole á negar su existencia. Es,

por consiguiente, Miguel Leite Ferreira quien afirma, en 1598, que «el

original del _Amadis_ (no dice en qué lengua, pero es de suponer que en

portugués) _andaba en la casa de Aveiro_».

Nada se sabe del paradero de tal manuscrito. Consta, sí, que entre

los libros raros de la biblioteca del conde de Vimeiro existía en

1686 un _Amadis de Gaula em portuguez_. Pero este libro invisible

había desaparecido ya en 1726, puesto que el conde da Ericeyra, al

dar cuenta á la Academia de Historia Portuguesa de los restos de

aquella insigne librería, formada en gran parte con los impresos y

manuscritos que habían pertenecido al erudito chantre de Coimbra

Manuel Severim de Faria, no cita el _Amadís_ más que con referencia

al catálogo alfabético, del cual faltaban ya muchos artículos, ni da

la menor indicación acerca de él. Después se pierde todo rastro de

esta ave fénix de la bibliografía. «El terremoto de 1755 (dice algo

candorosamente T. Braga), en que ardieron las más ricas bibliotecas

portuguesas, vino á poner un límite á las esperanzas de encontrar el

original del _Amadís_, ignorado desde 1686»[324]. ¿Un límite? ¿Por qué?

En estos casos no debe desesperarse nunca. Pero la verdad es que toda

esta vaga historia de un códice perdido, sin que en tanto tiempo se le

ocurriera á nadie leerle ni describirle siquiera, trae á la memoria

aquella redondilla de D. Antonio Solís:

Amor es duende importuno

Que revuelto al mundo tray.

Todos dicen que le hay,

Mas no le ha visto ninguno.

Además, cabe en lo posible que ese _Amadís_ portugués fuese una

traducción más ó menos antigua del castellano. La vaguedad con que se

habla de él abre la puerta á cualquier conjetura. El hijo de Ferreira

le califica de original, pero no sabemos con qué fundamento; ni

siquiera dice haberle visto, sino sólo que «andaba en casa de Aveiro».

Lo único digno de tenerse en cuenta que hemos encontrado hasta ahora

es la antigua y persistente tradición acerca de Vasco de Lobeira,

recogida aisladamente por Azurara, Juan de Barros y Antonio Ferreira.

Los _Poemas_ de éste, por la estimación en que fueron tenidos,

contribuyeron á difundirla, pero ya antes de escribirse, ó á lo menos

antes de publicarse el nombre de Vasco de Lobeira, había traspasado

los límites de Portugal, y había tenido el honor de figurar en los

_Diálogos de Medallas_[325], del grande Arzobispo de Tarragona Antonio

Agustín, el cual no dice, como Teófilo Braga le achaca, que Vasco de

Lobeira fué el primer autor del _Amadís_, sino que los portugueses se

jactaban de que había sido el primer autor de este género de fábulas,

lo cual es bastante diverso: «_quarum fabularum primum fuisse auctorem

Vascum Lobeiram Lusitani iactant_».

Pero aunque esta tradición fuese la dominante, distaba mucho de ser

única. Aun en Portugal se atribuía el libro á otras personas. Según

D. Luis Zapata, en su _Miscelánea_, «era fama en aquel reino que el

infante D. Fernando, segundo duque de Braganza, había compuesto el

libro de _Amadís_[326]. Nació este infante por los años de 1430, y con

esto sólo basta para probar lo absurdo de tal especie, aunque Zapata la

oyera de labios de la infanta doña Catalina, biznieta de D. Fernando.

Lope de Vega, al principio de su novela _Las Fortunas de Diana_, dice

que «una dama portuguesa compuso el celebrado _Amadis_, padre de toda

esta maquina» (de libros de caballerías)[327]. Obsérvese que el nombre

de Portugal va mezclado siempre en este negocio, al paso que nunca fué

atribuido el _Amadís_ á autor castellano determinado.

Muy divergente de todos los textos citados hasta ahora es el de

Jorge Cardoso en su _Agiologio Lusitano_ (Lisboa, 1652), porque no

sólo cambia el nombre á Lobeira, sino que le rebaja á la condición

de escribano de Elvas, y dice que _tradujo del francés_ su libro por

mandado del infante D. Pedro, el famoso viajero de quien dice nuestro

vulgo que anduvo las siete partidas del mundo[328].

Si la tradición portuguesa no tuviera mejores apoyos que estos vagos

rumores, no se la podría conceder críticamente gran valor. Pero tiene

en su abono razones mucho más fuertes, que si no llevan la convicción

al ánimo despreocupado, encierran, no obstante, una gran dosis de

probabilidad.

Comencemos por el episodio de Briolanja, en que se fijó por primera

vez Walter-Scott[329], y que luego ha tenido la rara fortuna de ser

alegado, ya en pro del origen portugués, ya del origen castellano del

libro. Á nuestro entender no prueba ni una cosa ni otra, pero sí otras

tres muy importantes: 1.º, que en Portugal era conocido el _Amadís de

Gaula_ á principios del siglo XIV, lo cual nos hace adelantar casi

una centuria en el proceso histórico de la famosa novela; 2.º, que ya

entonces fué refundida en un punto muy esencial, lo cual arguye la

existencia de un texto anterior, y 3.º, que los _antiguos originales_

de que se valió Garci Ordóñez de Montalvo eran tres por lo menos,

confirmándose así lo que él dice de _los diferentes escriptores_.

Todo el que haya leído el _Amadís_ recordará el episodio en cuestión.

Nuestro cortés é invencible caballero toma sobre sí la empresa de

restituir á la «fermosa niña Briolanja» el reino de Sobradisa, del cual

había sido despojada por su tío Abiseos, el mismo que había dado muerte

á su padre. Briolanja se enamora locamente de él y quiere rendírsele á

todo su talante y discreción, como suelen las andariegas y desvalidas

princesas de estos libros. «Briolanja a Amadis miraba e parecíale el

más fermoso caballero que nunca viera; e por cierto tal era en aquel

tiempo, que no pasaba de veinte años, e tenia el rostro manchado de las

armas; mas considerando cuán bien empleadas en él aquellas mancillas

eran, e cómo con ellas tan limpia e clara la su fama e honra hacía,

mucho en su apostura y hermosura acrecentaba, y en tal punto aquesta

vista se causó, que de aquella muy fermosa doncella, que con tanta

aficion le miraba, tan amado fue, que por muy largos e grandes tiempos

nunca de su corazon la su membranza apartar pudo; donde por muy gran

fuerza de amor constreñida, no lo pudiendo su ánimo sofrir ni resistir,

habiendo cobrado su reino, como adelante se dira, fue por parte della

requerido que del y de su persona sin ningun entrevalo señor podia ser;

mas esto sabido por Amadis, dio enteramente a conocer que las angustias

e dolores, con las muchas lagrimas derramadas por su señora Oriana,

no sin gran lealtad las pasaba, _aunque el señor infante don Alfonso

de Portugal, habiendo piedad desta fermosa doncella, de otra guisa lo

mandase poner. En esto hizo lo que su merced fue, mas no aquello que en

efecto de sus amores se escribia._

«_De otra guisa se cuentan estos amores, que con más razon a ello dar

fe se debe_: que seyendo Briolanja en su reino restituida, folgando

en él con Amadis e Agrajes, que llegados estaban, permaneciendo ella

en sus amores, fablando aparte en gran secreto con la doncella...

demandóle con muchas lagrimas remedio para aquella su tan crecida

pasion; y la doncella doliendose de aquella su señora, demandó a

Amadis, para cumplimiento de su promesa, que de una torre no saliese

hasta haber un hijo o hija en Briolanja... e que Amadis, por no faltar

su palabra, en la torre se pusiera, como le fue demandado, donde no

queriendo haber juntamiento con Briolanja, perdiendo el comer e dormir,

en gran peligro de su vida fue puesto. Lo cual sabido en la corte del

rey Lisuarte cómo en tal estrecho estaba, su señora Oriana, porque no

perdiese le envió mandar que hiciese lo que la doncella le demandaba, e

que Amadis con esta licencia, considerando no poder por otra guisa de

alli salir ni ser su palabra verdadera, tomando _por su amiga aquella

fermosa reina hobo en ella un fijo e una fija de un vientre. Pero ni

lo uno ni lo otro no fue asi_, sino que Briolanja veyendo cómo Amadis

de todo en todo se iba a la muerte en la torre donde estaba, que mandó

a la doncella que el don le quitase (es decir, que le levantase el

juramento o promesa que la habia hecho, y en virtud del cual le habia

encarcelado) so pleito que de alli no se fuese fasta ser tornado don

Galaor, queriendo que sus ojos gozasen de aquello que lo no viendo

en gran tiniebla y escuridad quedaban, que era tener ante sí aquel

tan fermoso e famoso caballero. _Esto lleva más razon de ser creido_,

porque esta fermosa reina casada fue con don Galaor, como el cuarto

libro lo cuenta» (cap. XL del libro I).

Un poco más adelante, después de referir la descomunal batalla en que

Amadís y Agrajes triunfaron de Abiseos y sus dos valientes hijos, y la

restauración de Briolanja en el reino de Sobradisa, añade Montalvo:

«_Todo lo que más desto en este libro primero se dice de los amores de

Amadis e desta fermosa reina fue acrecentado, como ya se os dijo; e

por eso, como superfluo e vano se dejará de recontar, pues que no hace

al caso, antes esto no verdadero contradiría lo que con más razon esta

grande historia adelante os contará_» (cap. XLII).

Montalvo, como todos los compiladores de la Edad Media, se mueve con

cierta torpeza entre las versiones contrarias, pero su pensamiento se

ve bastante claro. Conocía tres variantes del episodio de Briolanja.

En la primera, que era de seguro la más antigua, la genuina, la que

él prefiere, Amadís se resistía á los halagos y solicitudes de la

enamorada y desaforada doncella y conservaba íntegra su fidelidad á la

señora Oriana. En la segunda, ó sea en la brutal corrección impuesta

por el infante don Alfonso, Amadís sucumbía á la tentación y al

fastidio del encierro y tomaba por amiga á Briolanja, en la cual «tuvo

un fijo e una fija de un vientre». Había, finalmente, una variante

atenuada de la segunda versión, en que la caída y flaqueza de Amadís se

disculpaba con un mandamiento expreso de su señora Oriana.

Suponer que la extraña enmienda del infante don Alfonso fué impuesta

al primitivo autor de la novela es inadmisible, porque hubiera sido

lo mismo que anular la concepción fundamental de la obra. Amadís es

el prototipo de los leales amadores: Oriana es la única señora de

sus pensamientos; si falta en lo más mínimo á la fe jurada no podrá

pasar el arco de los leales amadores que el sabio Apolidón dispuso en

la Ínsula Firme. Sobre el arco había una estatua de cobre en actitud

de tocar una trompa, y no lejos una inscripción que decía: «De aqui

adelante no pasará ningun hombre ni mujer si hobieren errado a aquellos

que primero comenzaron a amar, porque la imagen que vedes tañerá

aquella trompa, con son tan espantoso e fumo e llamas de fuego, que los

fará ser tollidos, e asi como muertos seran de este sitio lanzados;

pero si tal caballero o dueña o doncella aqui vinieren que sean dignos

de acabar esta aventura, por la gran lealtad suya, entrarán sin ningun

entrevalo, e la imagen hará tan dulce son que muy sabroso será de oir a

los que le oyeren».

Esta aventura es tan esencial que sin ella no tendría sentido el

_Amadís_. El que fué capaz de imaginar este dechado de idealismo

caballeresco, esta imagen de perfección ideal, ¿iba á destruir

groseramente su propia obra por el ridículo capricho de un principe? Y

dado que se resignase á tal sacrificio, habría tenido que retocar, no

solamente el episodio de Briolanja, sino otros muchos capítulos; hacer,

en suma, una novela nueva con distinto plan y distintas aventuras, con

un Amadís y una Oriana diversos de los que conocemos.

La consecuencia racional que de todo esto se saca es que la orden

del infante don Alfonso fué dada á un mero traductor ó refundidor,

que interpoló toscamente el cuento de los amoríos de Briolanja, sin

cuidarse de salvar la contradicción que envuelve con todo lo demás de

la fábula.

Ahora conviene averiguar quién fué el infante D. Alfonso que por tan

rara manera se apiadó de Briolanja, porque esto importa mucho para la

cronología de la novela. Sólo dos príncipes de este nombre hallamos

en Portugal durante el siglo XIV y principios del XV. El segundo fué

un hijo bastardo del Maestre de Avís (D. Juan I), pero no sabemos que

se le titulase infante, y además, habiendo nacido su padre en 1357,

no es verosímil que le engendrase antes de los quince años, que sería

bastante madrugar aun para aquellos tiempos. Admitido que naciera

en 1372, sólo en los últimos años del siglo, es decir, cuando hay

testimonios fehacientes de la popularidad del _Amadís_ en Castilla,

pudo enterarse y compadecerse del infortunio de la reina de Sobradisa.

El infante de quien se trata no puede ser otro (y en esto conviene todo

el mundo) que don Alfonso IV, hijo primogénito del rey D. Dionis á

quien sucedió en el trono en 1325, y que desde 1297 tuvo casa y corte

separada de la de su padre. Entre estas dos fechas hay que colocar la

enmienda del episodio de Briolanja, y por consiguiente una versión del

_Amadís_, que acaso estaría en lengua portuguesa, puesto que todavía no

era moda en los naturales de aquel reino el escribir en castellano.

¿Pero quién sería este incógnito autor, traductor ó refundidor? No

puede pensarse en Vasco de Lobeira, ni tampoco en el Pedro Lobeira

citado por Cardoso, puesto que el caballero de Aljubarrota vivió á

fines del siglo XIV, y el escribano de Elvas debe de ser todavía

posterior, puesto que se dice que fué protegido por el infante D.

Pedro, el cual nació en 1392.

Pero pudo ser, y probablemente fué, otro de su apellido, Juan Lobeira,

trovador de la corte del rey D. Dionis, y del cual se hallan en el

_Cancionero Colocci Brancuti_ (números 230 y 232) dos fragmentos de una

canción portuguesa, cuyo estribillo es exactamente el mismo de otra

canción inserta en el libro II, cap. XI, del _Amadís_ castellano. La

comparación es muy fácil. Empezaremos por transcribir el texto de Juan

Lobeira, tal como lo ha restaurado Braga:

Senhor, genta mi tormenta

Voss' amor em guisa tal,

Que tormenta que eu senta

Outra non m' e ben nen mal,

Mays la vossa m' e mortal.

_Leonoreta sin rosetta,

Bella sobre toda fror,

Sin roseta non me metta

En tal coita vosso amor._

Das que vejo non desejo

Outra senhor, se vos non;

E desejo tan sobejo

Mataria hum leom,

Senhor do meu coraçon.

_Leonoreta sin roseta_, etc.

Mha ventura em loucura

Me metteu de vos amar,

É loucura que me dura

Que me non posso en quitar,

Ay fremosura sem par.

_Leonoreta sin roseta_, etc.

La canción castellana no sólo reproduce el estribillo, sino el tipo

de la estrofa, aunque escrito de diversa manera, y conserva con leve

diferencia los principales pensamientos y expresiones:

_Leonoreta sin roseta,

Blanca sobre toda flor.

Sin roseta no me meta

En tal cuita vuestro amor._

Sin ventura yo en locura

Me meti;

El vos amar es locura

Que me dura,

Sin me poder apartar,

¡Oh fermosura sin par,

Que me da pena e dulzor,

_Sin roseta no me meta

En tal cuita vuestro amor!_

De todas las que yo veo

No deseo

Servir otra sino a vos;

Bien veo que mi deseo

Es devaneo,

Do no me puedo partir,

Pues que no puedo huir

De ser vuestro servidor,

_No me meta sin roseta

En tal cuita vuestro amor._

Esta canción ó _villancico_, como la llama Montalvo, no constituye

por sí sola un argumento decisivo é irrefutable en pro del origen

portugués del _Amadís_, pero es indicio de mucha fuerza. Los versos

son probablemente de fines del siglo XIII, á lo sumo de principios

del XIV; ninguna poesía del _Cancionero_ alcanza menos antigüedad. El

nombre del autor _Juan Lobeira_ nos pone sobre la pista de las confusas

atribuciones que más adelante se hicieron del _Amadís_ á personas del

mismo apellido. No puede sospecharse interpolación, tanto porque los

versos vienen traídos por la acción de la novela, cuanto por el olvido

profundo en que yacía en tiempo de Montalvo la vetusta escuela de los

trovadores gallegos y portugueses. La canción, por otra parte, tiene

estrecha semejanza y parentesco métrico con los cinco _lays_ de materia

bretona que se hallan en el mismo _Cancionero Colocci_, y que hemos

examinado en el capítulo anterior. La consecuencia más obvia que de

todo esto parece deducirse es que en tiempo del rey D. Dionis existía

ya un _Amadís_ portugués en prosa con algún trozo lírico intercalado,

según se acostumbraba en las novelas del ciclo bretón, y aun en obras

de otro linaje, como alguna de las versiones de la _Crónica Troyana_.

Por documentos dignos de toda fe, consta que Juan Lobeira, á quien se

califica de _miles_, es decir, de simple caballero, en oposición á

rico-hombre de pendón y caldera, figuró en la corte portuguesa desde

1258 hasta 1285 por lo menos. Su apellido es gallego, de la provincia

de Orense, pero no sabemos por qué razón lo llevaba, puesto que él era

hijo de Pero Soares de Alvim.

Según toda verosimilitud, este Juan Lobeira fué el refundidor del

_Amadís_ á quien el infante D. Alfonso impuso la corrección del

episodio de Briolanja; pero autor original no creemos que lo fuese,

por las razones ya apuntadas y que sería inútil repetir. El _Amadís_

debía de existir antes. ¿En qué lengua? Dios lo sabe. La prosa gallega

ó portuguesa se había cultivado muy poco, y vivía principalmente de

traducciones del castellano, como la _Crónica General_, las _Partidas_

y la _Crónica Troyana_. La historiografía portuguesa propiamente

dicha no nace hasta el siglo XV con Fernán López, evidente imitador

de las crónicas de Ayala. Pero aunque la influencia castellana, como

más vecina, fuese la predominante, no puede admitirse respecto de

los libros de caballerías, que eran aquí muy poco populares en los

siglos XIII y XIV, al paso que en Portugal (y probablemente también

en Galicia) arraigó mucho más aquella planta exótica, por las razones

que en el capítulo anterior hemos indicado, y principalmente porque

faltaba allí el contrapeso de una tradición poética indígena, á la vez

que existía en plena eflorescencia una escuela lírica que fué terreno

adecuado para la trasplantación de los _lays_ bretones. Estos vinieron

seguramente de Francia, y con ellos ó poco después las novelas en

prosa, donde figuran á modo de _intermezzos_ líricos.

En su profundo y penetrante estudio sobre los _Lays de Bretaña_ se

inclina Carolina Michaëlis á colocar el primer _Tristán_ peninsular en

el reinado de Alfonso III de Portugal y Alfonso X de Castilla, y añade

las siguientes eruditísimas conjeturas:

«Como las redacciones francesas del _Tristán_ datan la primera de 1210

á 1220 y la segunda de 1230, no sería de modo alguno imposible que

el Boloñés (es decir, Alfonso III, llamado así por haber sido conde

de Boulogne) y los que con él anduvieron en Francia (á más tardar

de 1238 á 1245) se aficionasen no sólo al género de las pastorelas

y canciones de baile, sino también á las últimas novedades en prosa

sobre _matière de Bretagne_, predilección que, propagándose, debía más

tarde ó más pronto, creo que en la mocedad de D. Dionis, conducir á la

nacionalización de los textos franceses.

«¿Por quién? ¿En la corte del Rey Sabio? ¿Por el portugués D. Gonzalo

Eannes do Vinhal, el de _los Cantares de Cornoalha_, ó por el clérigo

Ayres Nunes de Santiago, que poetizaba en lengua provenzal y cuyo

nombre aparece en el _Cancionero de Santa María_? ¿En la corte

portuguesa, donde la influencia francesa fué superior á la de Provenza?

¿Por D. Pedro, el cantador de _lays_, que había venido de Aragón?

¿Por D. Juan de Aboim, el introductor de la pastorela artística? ¿Por

Fernán García Sousa, el único rico hombre á quien oimos citar versos

franceses? ¿Por D. Alfonso Lopes de Bayam, que da muestras de haber

conocido los cantares de gesta de _Roland_? ¿Por Mem García de Eixo,

que también se sirvió de la lengua provenzal? ¿Por Juan Lobeira, hijo y

sobrino de privados del Boloñés y supuesto autor del primer _Amadís_?

¿O por algún obscuro escribano de las cancillerías regias? No lo sé ni

nadie lo sabe»[330].

Imitando la sabia parsimonia de tan docta maestra, sólo podemos afirmar

que ya en tiempo de Alfonso el Sabio se imitaban en su corte _los sones

de los cantares de Cornoalha_, como lo prueba el ejemplo de Gonzalo

Eannes do Vinhal, portugués de origen y de lengua, pero vasallo del

rey de Castilla, como tantos otros trovadores del _Cancionero_ nacidos

en diversas partes de la península. De la imitación de _los sones_,

es decir, de la música, se pasó naturalmente á la de los _lays_, y no

debió de retardarse mucho la traducción de las novelas en prosa.

El insigne profesor de Freiburg, G. Baist, en su corto pero sustancioso

resumen de la primitiva literatura castellana[331], niega en absoluto

á los portugueses prioridad alguna en este género, y aun toda clase de

originalidad en el cultivo de la prosa, tanto histórica y didáctica

como novelesca. Cuanto poseen en este género es traducción textual y

tardía de redacciones castellanas. En el primer tercio del siglo XIV,

según conjetura muy verosímil, se tradujo el _Tristán_; pero esta

traducción, de la cual todavía existe un fragmento, estaba en prosa

castellana. El traductor, siguiendo la moda lírica de su tiempo, usaría

para los trozos líricos la lengua de los trovadores peninsulares, la

lengua galaico-portuguesa, y éstos son los _lays_ del _Cancionero

Colocci_. Lo mismo haría el autor del _Amadís_, obra que debió de

ser castellana desde su principio, y así se explica la canción de

Leonoreta, que también puede ser una interpolación tardía en el texto

de Montalvo.

No son débiles estos argumentos, pero en algunos se afirma demasiado

ó se procede por mera conjetura. La fecha asignada al _Tristán_ del

Vaticano es caprichosa; el primero que cita esta novela en Castilla es

el arcipreste de Hita en 1343, y pudo haberla leído en francés. No hay

ejemplo de intercalación de poesías portuguesas en textos castellanos

en prosa; las que hay en una de las versiones de la _Crónica Troyana_

están en castellano, aunque muy agallegadas, lo cual se explica

suficientemente por el influjo de la tradición lírica.

Lo que alguna vez se encuentra son códices bilingües, en que alternan

fraternalmente la prosa gallega y la castellana: así es el de la

_Estoria de Troya_, que yo poseo, y así uno de los de la _Crónica

General_. La promiscuidad en que entonces vivían ambas lenguas es

un hecho indudable, y no lo es menos la inferioridad de la prosa

portuguesa en cantidad y calidad, que es el más sólido apoyo en que

Baist funda sus razonamientos.

Sin decidir este punto lingüístico, que en el actual estado de los

estudios no puede resolverse por falta de datos, lo único que podemos

tener por averiguado es la existencia de un _Amadís_ peninsular á fines

del siglo XIII.

Y dejando aquí este curioso pleito entre Portugal y Castilla (no entre

España y Portugal, como anacrónicamente dicen algunos, porque no había

en los siglos XIV y XV _reino de España_, sino varios reinos españoles,

uno de los cuales era Portugal), entremos en otra cuestión mucho más

grave y todavía más oscura que la precedente. ¿El _Amadís_ es original

en todo ó en parte? ¿Tiene fuentes conocidas en la literatura general

de la Edad Media y particularmente en la francesa? Si pudiéramos

contestar categóricamente á estas palabras; si conociésemos las fuentes

del libro, tendríamos la clave para penetrar en el misterio de su

concepción y apreciar su peculiar carácter. Pero á pesar de ensayos

prematuros y temerarios, es muy poco lo que puede decirse con certeza.

Lo primero que llama la atención en el _Amadís_, sea cualquiera la

opinión que se tenga sobre el punto de la Península en que apareció,

es (como ya advirtió sagazmente Fernando Wolf) la ausencia de toda

base nacional y legendaria, de «todo fundamento vivo é histórico que

se refleje en la concepción»[332]. El _Amadís_, bajo este respecto, no

es ni castellano ni portugués, ni de ninguna otra parte de España: es

una creación enteramente artificial, que pudo aparecer en cualquier

país y que se desarrolla en un mundo enteramente fantástico. No es obra

nacional, es obra _humana_, y en esto consiste el principal secreto de

su popularidad sin ejemplo.

Pero salta á la vista que su autor estaba muy versado en la literatura

caballeresca de la materia de Bretaña, y que le eran familiares todas

las narraciones que los cantores gaélicos habían enseñado á los

troveros anglo-normandos. Todos los nombres de lugares y personas

tienen este sello exótico. Perion, rey de _Gaula_ (esto es del país

de Gales); Garinter, rey de la pequeña Bretaña, y su hija Elisena;

Languines, rey de Escocia; Gandales y Gandalín, Urganda la Desconocida,

el clérigo Ugán el Picardo, Lisuarte[333], rey de la Gran Bretaña y

padre de Oriana; D. Galaor, hermano de Amadís; el encantador Arcalaus,

Agrajes, Grimanesa y otros muchos serán acaso nombres de pura

invención, pero inventados á imagen y semejanza de los nombres que

suenan en el _Lanzarote_ ó en la _Demanda del Santo Grial_. En otros la

derivación francesa se ve patente; comenzando por el mismo nombre de

Amadís (_Amadas_, como veremos luego), y lo mismo Brian de Mongaste,

Bruneo de Bonamar, Androian de Serolís (Charolais), el encantador

Arcalaus (_¿Arc-à-l'eau?_), Briolanja (_Brion l'ange_), Angriote de

Estravaus (_Andrieux des Travaux_), Guilan (_Guillaume_), Mabilia

(_Mabille_). La manera de hacer los diminutivos, por ejemplo Leonoreta

y Darioleta, revela el mismo origen. La geografía es también inglesa ó

francesa: Norgales (_North Wales_), Vindilisora (_Windsor_), Gravisanda

(_Gravesend_), Mostrol (_Montreuil sur Mer_), etc.

Si de los nombres pasamos á la fábula, la imitación de los poemas del

ciclo de Artús («el muy virtuoso rey Artur, que fué el mejor rey de los

que en Bretaña reinaron») es patente desde los primeros capítulos, aun

sin tener en cuenta las alusiones directas al _Tristán_, al _Lanzarote_

y al _Santo Grial_ que hay en el libro cuarto, porque nos inclinamos á

creer que este libro, de todos modos muy posterior á los tres primeros,

es original de Montalvo. Ya Baret, Amador de los Ríos y otros críticos

notaron las semejanzas entre el encantador Arcalaus y el Tablante de

Ricamonte del _Román de Jaufre_; entre el episodio de Briolanja y el de

la reina Corduiramor del _Perceval_, poema que también parece imitado

en la escena del reconocimiento de Amadís y Galaor.

La influencia del _Tristán_ es acaso la más profunda, aunque el

concepto difiera mucho en ambas novelas y se purifique tanto en el

_Amadís_. Pero cuando el autor se resbala, aunque ligeramente,

en la parte erótica de su libro, es por la mala influencia de sus

modelos[334].

Aparte de estas imitaciones de pormenor, cuyo número podría ampliarse

considerablemente[335], pero que no tocan al pensamiento generador de

la obra ni á su estructura orgánica, ¿tuvo el _Amadís_ algún modelo

francés más directo?

Ya en el siglo XVI, Nicolás de Herberay, señor des Essarts, célebre

traductor del _Amadís_ por orden del rey Francisco I de Francia,

afirmó que había existido un libro _en langage picard_, del cual

todavía quedaban fragmentos y que había sido el original de la novela

castellana[336]. Esta pretensión, aunque renovada en el siglo XVII

por el erudito obispo Huet y en el XVIII por el Conde de Tressan, que

pretendía haber visto el manuscrito en la Biblioteca Vaticana, entre

los libros que pertenecieron á la reina Cristina de Suecia, no pasa de

ser una afirmación destituida de pruebas, y por consiguiente sin valor

crítico.

Puede conjeturarse que los fragmentos vistos por Herberay des Essarts

(«_quelques restes escrits à la main en langage picard_») correspondían

al poema de _Amadas et Idoine_. Víctor le Clerc fué el primero que en

su célebre _Discurso sobre el estado de las letras en Francia durante

el siglo_ XIV (1862) indicó que quizá de este poema francés, que ya

en 1365 figuraba en la librería de un canónigo de Langres, y de los

fragmentos de otro _Amadas_ inglés, podrían sacarse nuevas luces para

ilustrar los orígenes del _Amadís_ peninsular[337].

Nada más que esto dijo Le Clerc con su habitual sobriedad crítica,

pero esto bastó para que Teófilo Braga, con el espíritu aventurero y

temerario que suele comprometer y deslucir sus mejores investigaciones,

inventase una completa teoría, que con grandes apariencias de rigor

científico ocupa gran parte del volumen que dedicó al _Amadís de Gaula_.

El primer error de esta teoría consiste en aplicar á una composición

enteramente subjetiva y aislada de todo ciclo, á una invención

arbitraria que pudo nacer en cualquier parte, pero que nació

seguramente de la fantasía de un solo individuo, los mismos

procedimientos que se aplican á la reconstrucción de las epopeyas

primitivas. Este falso concepto estético lleva al erudito portugués

á señalar como orígenes del _Amadís_ leyendas que no tienen ninguna

conexión con la novela, como no se les haga extraordinaria violencia.

Supone gratuitamente que el _Amadís de Gaula_ tuvo: primero, un

rudimento hagiográfico; segundo, la forma de cantilena anónima ó de

_lai_; tercero, la forma cíclica de gesta ó poema de aventuras; cuarto,

la forma actual de novela en prosa.

Veamos la poca consistencia de todo este proceso.

Empecemos por el _rudimento hagiográfico_. Al contar el nacimiento

de Amadís dice su historia: «La doncella (Darioleta) tomó tinta e

pergamino e fizo una carta que decía: «Este es Amadis sin tiempo, fijo

de rey». E sin tiempo decia ella, porque creía que luego sería muerto;

y _este nombre era alli muy preciado, porque assi se llamaba un Santo

a quien la doncella lo encomendaba_». Según T. Braga, este santo es

San Amando; admitamos la identidad, y pasemos á examinar en la leyenda

de este santo, publicada por los PP. Bolandistas, los paradigmas que

el crítico señala. San Amando huyó de casa de sus padres á los quince

años y se escondió en la isla Ogia ú Oge, de la Bretaña armoricana;

Amadís salió de la corte de sus padres casi á la misma edad, y también

se retiró en la Peña Pobre, á hacer vida de ermitaño con el nombre de

Beltenebrós. Prescindiendo de que la huida al desierto es un lugar

común que ocurre en las vidas de muchos santos, no hay paridad alguna

entre las circunstancias y móviles de uno y otro. Amadís sale de su

casa para buscar aventuras, y sólo después de haber cumplido muchas,

entre ellas la espantable de la Tumba Firme, es cuando se retrajo una

temporada en la ermita de la Peña Pobre, medio loco de amores, muy

dolido de una carta de su señora Oriana. «La serpiente monstruosa

que vió San Amando (continúa Braga) es la Gran Serpiente, en que

andaba Urganda la Desconocida». Y lo mismo puede ser cualquiera otra

serpiente, dirá aquí el lector de recto juicio. Todos los argumentos

son de la misma fuerza, y los hay extraordinariamente peregrinos.

El espantoso monstruo que en la novela se llama el Endriago ¿por

qué no ha de ser símbolo de un tal _Heridago_, presbítero, á quien

Carlo-Magno hizo donación del monasterio de Rotnasce, fundado por San

Amando? ¿Por qué Oriana, ó Idoine, su prototipo según Braga, no ha de

ser una discípula del Santo llamada _Aldegundis_? Con suponer _formas

populares_ que expliquen los cambios de letras, nadie puede dudar que

estos tres nombres son casi el mismo, aunque á la vista de los profanos

no lo parezca. Á este tenor va explicando los demás: _Lisuarte_ es

_Sigeberto_, el encantador _Arcalaus_ es _Erchenaldum_, uno y otro

discípulos de San Amando. ¿Pero por qué mágica transformación pudieron

convertirse estos piadosos anacoretas, el uno en rey de Bretaña y el

otro en un maligno y desaforado encantador? Y esto baste en cuanto al

_rudimento hagiográfico_.

El sistema de las cantilenas primitivas, que está ya casi abandonado

aun tratándose de las epopeyas nacionales, lleva á Teófilo Braga

á suponer que antes del _Amadís_ prosaico, y aun del _Amadís_

poético, existió un canto anónimo, breve, de carácter popular, y cree

encontrarle en la que llama _chacona de Oriana_, y es ni más ni menos

que la famosa canción de Gonzalo Hermingues Traga-Mouros, inserta por

el gran fabulador Fr. Bernardo de Brito en su _Crónica del Cister_

(lib. VII, cap. I). Convienen los más severos críticos en tener por

apócrifa tal canción, como otras supuestas reliquias de la más antigua

poesía portuguesa (las canciones de Egas Moniz, el fragmento de la

pérdida de España, etc.), sin que valga en contra la dudosa alegación

del _Cancionero_ del Dr. Gualter Antunes, que nadie, salvo Antonio

Ribeiro dos Sanctos, declara haber visto. Los versos de esta canción,

que comienza: «Tinhera-vos, non tinhera-vos», son oscurísimos y casi

ininteligibles por el afán de remedar torpemente el lenguaje antiguo;

pero aun admitiendo todas las correcciones de Ribeiro dos Sanctos y de

Braga, nada hay en aquel insignificante fragmento que tenga que ver con

el _Amadís_, salvo el nombre de la dama _Ouroana_, y para explicarlo

no hay que recurrir á la Oriana de la novela, puesto que _Ouroana_,

según los mismos portugueses reconocen, es mera corrupción del nombre

de _Aurodonna_, muy frecuente en los diplomas de la Edad Media, así

como la forma _Ouroana_ abunda en los nobiliarios del siglo XIV. Se

cita ya una _Aurodonna_ en 1074[338], antigüedad que nadie concederá al

_Amadís_.

Es cierto que Fr. Bernardo de Brito, ora inventase esta canción, ora

se dejase engañar por algún falsario, lo cual de su candidez es más

presumible, quiso darla un sentido histórico, suponiendo que aludía

al rapto que Gonzalo Hermínguez hizo de una hermosa mora de Alcázar

de Sal, llamada Fátima, la cual después de bautizada tomó el nombre

de Oriana y se casó con aquel valeroso caballero, el cual al perderla

sintió tanto el dolor de la viudez que se hizo monje en Alcobaza. El

rapto de la mora recuerda ciertamente el de Oriana, salvada por Amadís

de las garras del encantador Arcalaus; pero no alcanzo á ver semejanza

alguna entre el viudo que se retira al claustro y la transitoria

penitencia que por despecho amoroso cumple Amadís en la Peña Pobre.

Como quiera que sea, la _chacona_ no dice una palabra de nada de

esto, por mucho que se atormente su letra. Todo ello es pura fantasía

de Brito ó de cualquier otro cronista fabuloso, sugestionado acaso

por la lectura del _Amadís_, que todavía á principios del siglo XVII

conservaba muchos aficionados en la Península.

Con el pomposo nombre de «forma cíclica de gesta» designa el erudito

profesor de Lisboa el poema francés de _Amadas et Idoine_, y las dos

versiones fragmentarias, escocesa é irlandesa, del _Sir Amadace_.

Estas citas son mucho más importantes que las anteriores, pero no

resuelven la cuestión del _Amadís_ ni por asomos. El _Amadas et

Idoine_ es un poema francés del siglo XIII, escrito en versos de

nueve sílabas, que llegan al número de 7.936. Existe en un gran

códice de la Biblioteca Nacional de París, que contiene gran número

de narraciones caballerescas, ya de asunto clásico, como las de

Tebas, Troya y Alejandro, ya de la Tabla Redonda, como el _Roman de

Rou_, el de _Cliges_, el de _Erec y Enida_, ya novelas sueltas como

las de _Guillermo de Inglaterra_, _Flores y Blanca-Flor_ y otras

análogas. La copia del _Amadas_ fué acabada de escribir en 1288 por

Juan de Mados, y ha sido impresa por C. Hippeau en 1863. No se conoce

otro manuscrito de este poema y son raras las alusiones á él en la

antigua literatura francesa, lo cual indica que no fué grande la

celebridad que obtuvo. Es, en efecto, una muy mediana imitación de

los poemas del ciclo bretón, con todos los caracteres y señales de la

decadencia. Littré, que le estudió por primera vez en el tomo XXII de

la _Historia Literaria de Francia_, no hubo de advertir en el ninguna

semejanza con nuestro _Amadís_, puesto que nada dice. Si no fuera

por el nombre del protagonista, quizá á nadie se le hubiese ocurrido

la idea de establecer relación entre ambos textos. Uno y otro libro

están destinados á hacer la apoteosis de la fidelidad amorosa, pero

¡por cuán distinto camino! _Amadas_, hijo de un simple senescal, cae

enfermo de mal de amores por la hija del duque de Borgoña, Idoine, y

los físicos más sabios no aciertan á curarle. La doncella se muestra al

principio desdeñosa, pero viéndole á las puertas de la muerte se apiada

de él, declara que desde entonces será su dama y le promete eterna

felicidad, animándole á buscar prez y gloria con el noble ejercicio de

la caballería. Amadas se hace armar caballero, sale á buscar aventuras,

y en Francia, en Bretaña, en España, en Lombardía y en otras partes

se distingue en guerras y torneos, cobrando fama no sólo de valeroso

sino de cortés. Al volver á su patria después de varios años de

ausencia se encuentra con la triste noticia de que su amada _Idoine_

va á casarse con el conde de Nevers. Estas nuevas trastornan el seso

del infortunado Amadas, que después de maltratar al mensajero corre

por los bosques como loco, hasta que sus compañeros logran apoderarse

de él y llevarle en cadenas al castillo de su padre, de donde consigue

escaparse sin haber recobrado el juicio. Entretanto Idoine, deseando

impedir aquel odioso matrimonio, consulta á tres hechiceras, que se

introducen en el castillo de Nevers y anuncian al Conde que si consuma

su matrimonio morirá. El Conde, aunque algo aterrado con tan lúgubre

presagio, persiste en su resolución, y el matrimonio se realiza; pero

Idoine consigue que la primera noche se abstenga el desposado de

llegar á sus brazos, y finge luego una larga enfermedad, que llega

á convertirse en real por la pena que le causa no tener noticias de

Amadas. Este, que seguía completamente loco, había ido á parar á Luca,

donde servía de diversión á la gente menuda. Así le encontró un fiel

servidor de la Condesa, que andaba por el mundo indagando el paradero

de su amante. Apenas _Idoine_ se entera de su triste estado, solicita

y obtiene permiso de su marido para ir en peregrinación á Roma y pedir

á San Pedro su curación. Encuentra en Luca á Amadas, que, dominado por

su frenesí, no la reconoce al principio, pero apenas ella pronuncia

en voz muy queda el nombre de _Idoine_, va volviendo en sí aquel

infortunado, como si un mágico poder obrase sobre su razón. Esta escena

es sin duda la más bella del libro. Juntos ambos amantes emprenden

la peregrinación á Roma; allí se agrava la enfermedad de la Condesa,

y temiendo que Amadas quiera acompañarla al reino de la muerte, se

le ocurre la extraña idea de referirle falsamente que antes de ser

amada por él había faltado á la castidad con otro hombre y cometido un

pecado de infanticidio, para reparación del cual era preciso que él

se quedase en el mundo y mandase hacer muchos sufragios por su alma.

Amadas se resigna á ello, y la Condesa muere contenta por haberle

salvado de la desesperación. El infeliz amante iba todas las noches

á visitar su sepulcro. Una de ellas se encuentra con un caballero

desconocido, que con risa y mofa le dice: «La dama cuyo cuerpo guardas

fué mía: ella me entregó el anillo que tú la habías dado». Amadas,

fuera de sí, desmiente al caballero, le provoca á singular combate, le

postra y rinde. Encantado de su valor, el caballero incógnito le da

la clave del enigma. Idoine no estaba muerta más que aparentemente;

él había intentado robarla en el camino de Roma, y había sustituido

en su mano el anillo de Amadas por otro anillo _fadado_ que producía

un sueño profundo que se confundía con la muerte. Bastaba deshacer el

trueco del anillo para que la dama resucitase. El había pensado hacer

esta resurrección en provecho propio y llevarse á la dama, pero el

valor y la fidelidad amorosa de su rival le hacían arrepentirse de su

mal pensamiento. Amadas, pues, resucita á Idoine y emprende con ella

el viaje á Borgoña. La Condesa vuelve á engañar á su marido con el

cuento de que San Pedro se le ha aparecido, anunciándole que morirá de

fijo si consuma el matrimonio. El pobre Conde, aburrido ya de tantas

dilaciones, logra que los obispos disuelvan su matrimonio, y entonces

Idoine, con el consentimiento de su padre y de los barones de Borgoña,

se casa con Amadas[339].

Tal es, en sucinto extracto, este poema, en que nada hay tolerable

más que la locura del héroe, manifiestamente imitada del _Tristán_

y del _Lanzarote_. Todo el que haya leído el _Amadís de Gaula_, ó

tenga noticia, por superficial que sea, de su argumento, comprenderá

el abismo que hay entre ambos libros. El autor español pudo conocer

el poema de _Amadas_, porque conocía seguramente toda la literatura

caballeresca, pero no le imita de propósito, como parece que imita

otros libros que ya hemos mencionado y algunos que pueden añadirse: el

_Frégus y Galiana_, donde hay una doncella Arundella, semejante á la

doncella de Dinamarca; la _Gran Conquista de Ultramar_, que atribuye á

Godofredo de Bullón una resistencia parecida á la de Amadís respecto

de Briolanja; el _Paternopeus de Blois_, en que el héroe, habiendo

caído del favor de su dama, se retira al bosque de las Ardenas, como

Beltenebrós á la Peña Pobre; el _Meliadus de Leonnoys_, en que la

pasión súbita y fatídica del protagonista por la reina de Escocia

recuerda el principio de los amores de Amadís y Oriana, como ya apuntó

du Méril[340].

Las coincidencias que se han notado entre el poema francés y la novela

española no son de gran bulto. La más importante es, sin duda, que

Amadas, el hijo del senescal, sirve á la mesa á la infanta de Borgoña,

así como el Doncel del Mar asiste al servicio de Oriana, hija del rey

Lisuarte. Uno y otro piden al rey la merced de ser armados caballeros.

Ambos se postran de hinojos ante sus respectivas damas para hacer la

confesión de su amor, pero con resultado bien diverso, puesto que

Idoine empieza por rechazar y desesperar al suyo, mientras que Oriana

le toma desde luego por su caballero. Todo lo demás es diverso hasta

lo sumo. El nombre de _Amadas_ parece el mismo que el de _Amadís_, y

uno y otro variantes de Amadeo más que de Amando. Pero de _Idoine_

no creo que haya podido salir Oriana, ni aun suponiendo la forma

anterior _Idana_. T. Braga habla de una doña Idana de Castro, que

vivía en tiempo de D. Juan I; pero para explicar su nombre no hay que

acudir á novela alguna, pues aun perseveran en la antigua Lusitania,

al Occidente de Coria, las ruinas de _Idanha a Velha_, ciudad

romana y sede episcopal con el nombre de _Egitania_, llamada antes

_Igaeditania_, como se infiere de una de las inscripciones del soberbio

puente de Alcántara[341].

El _Amadas_ francés paso á la literatura inglesa en el siglo XIV con

el título de _Sir Amadace_, y de esta versión ó imitación se conocen

dos textos diferentes: uno de la biblioteca del Colegio de Abogados

de Edimburgo, publicado en 1810 por Weber en el tercer volumen de

sus _Metrical Romances_, y el segundo en un manuscrito irlandés de

Blackburne, dado á luz por John Robson en 1842. Pero no es de presumir

que por este camino se tuviese conocimiento en nuestra Península

del poema de _Amadas é Idoine_, por más que se encuentre citado en

la _Confessio Amantis_, de Gower, que fué el primero y único libro

inglés traducido en el siglo XV, primero al portugués por Roberto

Payno (Payne), canónigo de Lisboa, y luego al castellano por Juan de

Cuenca, vecino de la ciudad de Huete. Las relaciones políticas entre

Portugal é Inglaterra fueron bastante estrechas en tiempo de D. Juan I

y de sus hijos, pero la incomunicación literaria entre ambos pueblos

era absoluta. Lo que en uno y otro y en todos los de la Edad Media se

encuentra es el fondo común de la literatura caballeresca francesa.

Á pesar de los malos y contraproducentes argumentos con que á veces ha

sido defendida la originalidad portuguesa del _Amadís_, á mis ojos es

una hipótesis muy plausible, y hasta ahora la que mejor explica los

orígenes de la novela y su nativo carácter, y la que mejor concuerda

con los pocos datos históricos que poseemos. Claro es que esta

persuasión no se funda en argumentos tales como el que Braga deduce

del estado político de Portugal, donde «el feudalismo no fué nunca una

constitución orgánica de la sociedad, sino una imitación nobiliaria,

un prequijotismo»; porque esto mismo podría decirse de Castilla, país

todavía más democrático que Portugal y regido por fueros y costumbres

idénticas. Braga lleva su desconocimiento de nuestra historia y

cuerpos legales hasta el punto de suponer que son _portuguesismos_ en

el _Amadís_ las cortes del rey Lisuarte, los _ricos-hombres_ y los

_hombres buenos_, las _doncellas en cabellos_ que se querellaban de sus

forzadores y otras cosas por el estilo. Digo lo mismo de los supuestos

portuguesismos de dicción que se han querido encontrar en la prosa de

Montalvo. Todo libro portugués ó castellano de cualquier tiempo, y

mucho más de los siglos XIV y XV, puede ser literalmente trasladado de

la una lengua á la otra sin cambiar la mayor parte de las palabras ni

alterar la colocación de ellas. Las dos únicas voces que Braga cita

como portuguesas, entre la innumerable copia de ellas que dice que hay

en el _Amadís_, se vuelven contra su tesis. _Soledad_, en el sentido de

melancolía que se siente por la ausencia de una persona amada ó por el

recuerdo del bien perdido, es palabra tan legítimamente castellana como

es portuguesa _saudade_; se ha usado en todos tiempos, da nombre á un

género especial de cantares andaluces, y nuestro Diccionario académico

consigna esta voz como de uso corriente. _Fucia_, derivado del latino

_fiducia_, es tan viejo en nuestra lengua como lo prueba el sabido

refrán: «En fucia del conde, no mates al hombre».

No por estas fútiles presunciones, sino por motivos algo más hondos,

aun sin contar con los indicios históricos y documentales, se siente

inclinado el ánimo á buscar en el Oeste ó Noroeste de España la cuna

de este libro. Domina en él un idealismo sentimental que tiene de

gallego ó portugués mucho más que de castellano: la acción flota en

una especie de atmósfera lírica que en los siglos XIII y XIV sólo

existía allí. No todo es vago devaneo y contemplación apasionada en el

_Amadís_, porque la gravedad peninsular imprime su huella en el libro,

haciéndole mucho más casto, menos liviano y frívolo que sus modelos

franceses; pero hay todavía mucho de enervante y muelle que contrasta

con la férrea austeridad de las gestas castellanas. Todo es fantástico,

los personajes y la geografía. El elemento épico-histórico no aparece

por ninguna parte, lo cual sería muy extraño en un libro escrito

originalmente en Castilla, donde la epopeya reinaba como soberana y lo

había penetrado todo, desde la historia hasta la literatura didáctica.

Resumiré, para mayor claridad, esta prolija indagación sobre la

historia externa del _Amadís_[342] en las siguientes conclusiones, que

doy sólo como provisionales y sujetas á la rectificación que puedan

traer los nuevos descubrimientos literarios:

1.ª. El _Amadís_ es una imitación libérrima y general de las novelas

del ciclo bretón, pero no de ninguna de ellas en particular, y mucho

menos de la de _Amadas et Idoine_, que es de las que menos se parecen,

á pesar del nombre del protagonista y de la coincidencia, acaso

fortuita, de algunos detalles poco importantes. El _Tristán_ y el

_Lanzarote_ parecen haber sido sus principales modelos.

2.ª. El _Amadís_ existía ya antes de 1325, en que empezó á reinar

Alfonso IV, que siendo infante había mandado hacer la corrección del

episodio de Briolanja. Esta corrección hace suponer la existencia de

otro texto más antiguo, que conjeturalmente puede llevarse hasta la

época del rey de Portugal Alfonso III ó de nuestro rey de Castilla

Alfonso el Sabio, en cuya corte estaban ya de moda los _cantares de

Cornualla_.

3.ª. El autor de la _recensión del Amadís_, hecha en tiempo del rey

D. Diniz, pudo muy bien ser, y aun es verosímil que fuese, el Juan

Lobeira, _miles_, de quien tenemos poesías compuestas entre 1258 y

1286. Suya es, de todos modos, la canción de Leonoreta, inserta en el

_Amadís_ actual, y su apellido explica la atribución de la obra al

Vasco y al Pedro de Lobeira, personajes muy posteriores[343].

4.ª. No tenemos dato alguno para afirmar en qué lengua estaba escrito

el primitivo _Amadís_, pero es probable que hubiese varias versiones en

portugués y en castellano, puesto que Montalvo no dice haber traducido,

sino _corregido_, los tres primeros libros, únicos que aquí importan.

5.ª El _Amadís_ era conocido en Castilla desde el tiempo del Canciller

Ayala, que probablemente lo había leído en su mocedad. Los poetas del

_Cancionero de Baena_, aun los más antiguos, como Pero Ferrús, le citan

con frecuencia. Este _Amadís_ constaba de tres libros.

6.ª La tradición consignada por Azurara respecto de Vasco de Lobeira

merece poco crédito, siendo anterior la obra, como sin duda lo es, á la

época del rey D. Fernando, en que vivía el llamado Vasco.

7.ª Es leyenda vaga é insostenible la del manuscrito portugués de la

casa de Aveiro.

8.ª La única forma literaria que poseemos del _Amadís_ es el texto

castellano de Garci Ordóñez de Montalvo, del cual no se conoce edición

anterior á 1508 y que seguramente no fué terminado hasta después de

1492, puesto que en el prólogo se habla de la conquista de Granada como

suceso reciente y que excita el entusiasmo del autor[344]. Á los tres

libros del _Amadís_ que desde antiguo se conocían añadió Garci Ordóñez

de Montalvo el cuarto, que es probablemente de su invención.

Este proceso crítico, que no tendría interés tratándose de un libro

vulgar, es en alto grado interesante por referirse á una obra tan

capital como el _Amadís_, que es una de las grandes novelas del

mundo, una de las que más influyeron en la literatura y en la vida. Y

aun puede añadirse que en el orden cronológico es la primera novela

moderna, el primer ejemplo de narración larga en prosa, concebida

y ejecutada como tal, puesto que las del ciclo bretón son poemas

traducidos en prosa, amplificados y degenerados. Son, por consiguiente,

una derivación inmediata, una corruptela de los relatos épicos, cuya

objetividad y fondo tradicional conservan, y por eso no aparecen

aisladas, sino que se agrupan en vastos ciclos, y se entrelazan y

sostienen unas á otras, formando todas juntas un mundo poético que no

es creación particular de nadie, sino que surgió del contacto de dos

razas, la céltica y la francesa. El caso del _Amadís_ es muy distinto.

Á pesar del número prodigioso de aventuras y de personajes, que forman

á veces enmarañado laberinto, es patente la unidad orgánica, no en el

sentido cíclico, sino en el de norma y ley interna que rige todos los

accidentes de una fábula sabiamente combinada. El _Amadís_ es obra

de arte personal, y aun de raro y maduro artificio. Forma, como ha

dicho Wolf, «un todo cerrado en sí y por sí mismo»; camina, aunque

por largos rodeos, á un fin determinado y previsto, al cual concurren

los personajes secundarios y los episodios que pudieran tenerse por

indiferentes. Se ve que el autor dispone con toda libertad de la

materia que va elaborando, sin sujetarse á ninguna tradición escrita ni

oral, creando él propio su leyenda en fondo y forma é infundiendo en

ella, no el sentir común, sino su propia y refinada sensibilidad; no el

modo de ver impersonal y sencillo propio de la épica, sino su manera

individual de contemplar el mundo.

Los poemas de la Tabla Redonda habían sido _cantados_ antes de ser

_leídos_; la forma prosaica es lo que marca el principio de su

decadencia y el advenimiento de un nuevo estado social. El _Amadís_ fué

escrito de primera intención para la lectura, y cada vez me convenzo

más de que sólo ha existido como libro en prosa. Esta prosa no es

poética, como la de las crónicas cuando refunden textos épicos, sino

muy retórica y pulida, y aunque pueda suponerse que el regidor de

Medina del Campo dejó el estilo como nuevo al corregir los antiguos

originales y trasladarlos en la elegante lengua clásica que se hablaba

en la corte de la Reina Católica (porque aquel tipo de prosa no

pertenece en verdad al siglo XIII ni al XIV), la refundición no pudo

ser tal que quitase á la obra todo sabor arcaico y la desnaturalizase

por completo. Esa sabrosa mezcla de ingenuidad y artificio, de candor

primitivo y de afectación galante que hay en el _Amadís_ actual, y no

es el menor de sus encantos, debía existir ya, á lo menos en germen,

en la obra original. Montalvo, que era un prosista de mucho talento,

pudo exagerar la retórica del _Amadís_ conforme al gusto de su tiempo,

pero no inventarla por completo. La obra, tal como salió de sus manos,

tiene el delicioso carácter de aquellas construcciones en que el ojival

florido combinó su propia y graciosa decadencia con las menudísimas

labores del arte plateresco. Yo, por mí, no deploro que el _Amadís_ nos

haya llegado sólo en esta forma.

Á pesar de lo mucho que el _Amadís_ conserva de la literatura

caballeresca anterior, puede decirse que con él empieza un nuevo género

de caballerías. El ideal de la Tabla Redonda aparece allí refinado,

purificado y ennoblecido. Sin el vértigo amoroso de Tristán, sin la

adúltera pasión de Lanzarote, sin el equívoco misticismo de los héroes

del Santo Graal, Amadís es el tipo del perfecto caballero, el espejo

del valor y de la cortesía, el dechado de vasallos leales y de finos y

constantes amadores, el escudo y amparo de los débiles y menesterosos,

el brazo armado puesto al servicio del orden moral y de la justicia.

Sus ligeras flaquezas le declaran humano, pero no empañan el resplandor

de sus admirables virtudes. Es piadoso sin mogigatería, enamorado sin

melindre, aunque un poco llorón, valiente sin crueldad ni jactancia,

comedido y discreto siempre, fiel é inquebrantable en la amistad y en

el amor. Á las cualidades de los personajes heroicos de gesta junta

una ternura de corazón, una delicadeza de sentir, una condición afable

y humana, que es rasgo enteramente moderno. Por eso su libro adquirió

un valor didáctico y social tan grande: fué el doctrinal del cumplido

caballero, la epopeya de la fidelidad amorosa, el código del honor que

disciplinó á muchas generaciones; y aun entendido más superficialmente

y en lo que tiene de frívolo, fué para todo el siglo XVI el manual del

buen tono, el oráculo de la elegante conversación, el repertorio de las

buenas maneras y de los discursos galantes. Ni siquiera el _Cortesano_

de Castiglione llegó á arrebatarle esta palma, precisamente porque el

_Amadís_ conservaba mucho del espíritu y de las costumbres de la Edad

Media, no extinguidas aún en ninguna parte de Europa, mientras que

los diálogos italianos estaban escritos para un círculo más culto y

refinado, y por lo mismo más estrecho.

No todas eran ventajas, sin embargo, en el nuevo ideal caballeresco que

el _Amadís_ proponía á la admiración de las gentes. Por carecer la obra

de toda base histórica, apenas entraban en ella los grandes intereses

humanos, las grandes y serias realidades de la vida, ó sólo aparecían

como envueltos en la penumbra de un sueño. El carácter de Amadís es

noble y digno de admiración si se le considera en abstracto, pero

sus empresas llevan el sello de lo quimérico, su actividad práctica

se gasta las más veces inútilmente y deslumbra más que interesa. Sin

que lleguemos á decir, con el crítico alemán antes citado, que «la

caballería en Amadís es una forma hueca, abortada, sin principio

vivo ni fin transcendental», no dudamos en calificarla de forma de

decadencia, sobre todo si se la compara con lo que fué la caballería

histórica en sus grandes momentos y con la representación grandiosa

que de ella hicieron los cantores de _gesta_ franceses y castellanos.

Mientras la caballería era una realidad social, no hubo necesidad de

idealizarla; por eso son tan realistas, tan candorosos y á veces tan

prosaicos sus verdaderos poetas, en quienes lo sublime alterna con lo

trivial. Cuando la institución empezó á descomponerse, no fué posible

ya esta infantil simplicidad. La caballería se hizo cortesana, y los

poetas se trocaron de juglares en trovadores; no cantaron ya para el

auditorio de la plaza pública, sino para lisonjear á los príncipes y

para entretener el ocio de las damas en los castillos y residencias

señoriales. La llama épica se fué extinguiendo; el amor, que en las

canciones heroicas no tenía importancia alguna, se convirtió en el

principal motivo de las acciones de los héroes; el elemento femenino

invadió el arte, y Europa no se cansó de oir durante tres siglos los

infortunios amorosos de la reina Ginebra, de la reina Iseo y de otras

ilustres adúlteras.

En el _Amadís_ predomina también lo eterno femenino, y Oriana es

personaje tanto ó más importante que Amadís. La pasión constante y

noble de estos amantes no es de absoluta pureza moral[345] ni tal cosa

puede esperarse de ningún libro de caballerías, conocida la sociedad

que los engendró; pero lo más grave y lo que hizo sospechoso desde

luego á los moralistas el _Amadís_ con su innumerable progenie fué

la falsa idealización de la mujer, convertida en ídolo deleznable de

un culto sacrílego é imposible, la extravagante esclavitud amorosa,

cierta afeminación que está en el ambiente del libro, á pesar de su

castidad relativa. Profundamente inmoral es la historia de Tristán é

Iseo; pero hay en ella una grandeza de pasión, una fatalidad sublime,

que en el _Amadís_ no se encuentra. En _Amadís_ el amor aparece como

reglamentado y morigerado de un modo didáctico y algo pedantesco. Es

el centro de la vida, el inspirador de toda obra buena; pero á fuerza

de querer remontarse á una esfera etérea, no sólo pierde de vista la

realidad terrestre, sino que se expone á graves tropiezos y caídas; que

también el espíritu tiene su peculiar concupiscencia, como la tiene

la carne[346]. Pero en general es buena, es sana la tendencia moral

del _Amadís_, y si en algo se conoce el origen español del autor es

principalmente en esta especie de transformación y depuración ética

que aplicó á las narraciones asaz livianas de sus predecesores. Aun

las escenas más libres, como los amores de Perión de Gaula y Elisena,

que dan principio á la obra y son antecedente necesario de ella, no

reflejan una fantasía sensual, aunque estén presentadas casi sin velo,

según la rústica simplicidad de aquellos tiempos. Y lo mismo puede

decirse de la pintura del libertinaje de D. Galaor[347], personaje

por otra parte tan bien dibujado como las dos figuras principales, y

cuya ligereza é inconstancia, heredada de sus modelos bretones, forma

tan ameno contraste con la devoción algo quimérica y empalagosa que

el protagonista tributa á la señora Oriana, y que le hace decir á su

escudero Gandalín: «Sábete que no tengo seso, ni corazón, ni esfuerzo,

que todo es perdido cuando perdí la merced de mi señora; que della e no

de mí me venía todo, e así ella lo ha llevado; e sabes que tanto valgo

para me combatir cuanto un caballero muerto». (Lib. II, cap. III).

Este concepto del amor tampoco puede confundirse con el idealismo

platónico y petrarquista, que es otra quimera mucho más sutil, nacida

de doctrinas filosóficas sobre el bien y la hermosura, las cuales no

estaban al alcance del que escribió el primer _Amadís_, aunque algo

pudieran influir en la refundición de Montalvo[348]. El amor, tal como

en la novela española se decanta, implica no sólo el reconocimiento de

la belleza sensible, sino el deseo de poseerla, y ya hemos visto que

Amadís y Oriana no descuidan la primera ocasión que tienen para ser el

uno del otro. Es, por consiguiente, muy humano su amor; pero lejos de

extinguirse con la posesión, crece y se agiganta é invade del todo el

corazón enamorado. «E Amadis siempre preguntaba por su señora Oriana,

que en ella eran todos sus deseos y cuidados, que aunque la tenía en

su poder no le fallecia un solo punto del amor que siempre le hobo,

antes agora mejor que nunca le fue sojuzgado su corazon, e con mas

acatamiento entendia seguir su voluntad, de lo cual era causa que estos

grandes amores que entrambos tovieron no fueron por accidente, como

muchos hacen, que más presto que aman y desean aborrecen, mas fueron

tan entrañables e sobre pensamiento tan honesto e conforme a buena

conciencia, que siempre crecieron, asi como lo facen todas las cosas

armadas e fundadas sobre la virtud; pero es al contrario lo que todos

generalmente seguimos, que nuestros deseos son más al contentamiento e

satisfacción de nuestras malas voluntades o apetitos que a lo que la

bondad e razon nos obligan». Estas palabras son ya del libro cuarto

(capítulo XLIX), escrito por Montalvo en tono más doctrinal que los

anteriores y con notorio progreso en el concepto moral, pero con menos

vida poética y menos lozanía de inspiración.

Así como el _Amadís_ crea un nuevo tipo erótico, así también es

nuevo, ó á lo menos transfigurado, el orden social que en el libro se

representa. Los poemas de la Tabla Redonda habían sido esencialmente

feudales, sin que el rey Artús fuese más que el primero entre sus

pares. Lo habían sido también las gestas carolingias, que tantas veces

exaltan y eligen por héroes á los vasallos rebeldes y poderosos.

Nada de esto ha pasado al _Amadís_, escrito en tierra castellana ó

portuguesa, donde el feudalismo en su puro concepto no arraigó nunca.

Es un libro lleno de espíritu monárquico, en que la institución real

aparece rodeada de todo poder y majestad, sirviendo de clave al

edificio social, y en que los deberes del buen vasallo se inculcan

con especial predilección. Amadís es fiel á su rey en próspera y

en adversa fortuna, favorecido ó desdeñado. Hay evidente antítesis

entre este organismo político, representado por el rey Lisuarte y

sus sabios consejeros, y la caballería andante, cuya característica

es la expansión loca de la fuerza individual. En este punto, como en

otros, el _Amadís_ marca la disolución del ideal caballeresco y el

advenimiento de un estado nuevo, la monarquía del Renacimiento. Ya

veremos con qué grandiosa utopía coronó Garci Ordóñez de Montalvo todo

este edificio.

No cabe en estas páginas, ni cuadraría á nuestro propósito, un

análisis, por somero que fuese, de la enorme materia novelesca

contenida en el _Amadís de Gaula_, obra accesible á todo el mundo en

tres reimpresiones modernas, y especialmente en la que D. Pascual

Gayangos hizo en 1857 para la Biblioteca de Rivadeneyra. Pero no

podemos menos de llamar la atención sobre algunos episodios capitales

que atestiguan la fuerza creadora y el singular talento narrativo de

su autor, á la vez que sirvieron de esquemas para todos los libros de

caballerías posteriores.

En el _Amadís_, como en las grandes novelas de la Tabla Redonda y como

en los poemas italianos de Boyardo y del Ariosto, hay una intrincada

selva de aventuras que se cruzan unas con otras, se interrumpen y

se reanudan conforme al capricho del narrador, manteniendo viva la

curiosidad en medio de las más extraordinarias peripecias. Pero

nuestro autor no pierde nunca el hilo de su cuento, y todos los

innumerables personajes que introduce (más de trescientos) sirven como

de triunfal cortejo al héroe, ya sean auxiliares y devotos suyos, como

Galaor, Agrajes y Florestán, cuyas proezas, con ser grandes, quedan

siempre eclipsadas por las del caballero de la Peña Pobre; ya sean

descomedidos jayanes, como el príncipe del Lago Ferviente, ó malignos

encantadores, como Arcalaus, que ponen á prueba continua el recio

temple de su alma y amenazan sumergirle en el abismo de la desdicha; ya

hermosas princesas y doncellas que le persiguen con su amor y quieren

hacerle quebrantar la fe jurada; ya misteriosos seres que le otorgan

sobrenatural protección, como la gran sabidora Urganda la Desconocida.

Porque todos ellos, hadas, encantadores, caballeros, damas, gigantes y

enanos, monstruos y endriagos, siguen el carro de Amadís, ó encadenados

á él por la victoria ó sometidos al incontrastable poderío de su

belleza, que era como la de un ángel, de su ingenuidad verdaderamente

heroica y del alto y justiciero espíritu que movía su invencible

brazo. Todo concurre, pues, á la glorificación de Amadís, y la unidad

del pensamiento es tan evidente en medio de la riquísima variedad

del contenido, que no sé cómo ha podido sostenerse que el _Amadís_

era amplificación ó desarrollo de varios relatos poéticos que antes

existían con independencia. Todo el libro puede decirse que está

contenido en germen en el horóscopo de Urganda la Desconocida: «Dígote

que aquel que hallaste en la mar, que será flor de los caballeros de

su tiempo; éste hará estremecer los fuertes, éste comenzará todas las

cosas e acabará a su honra, en que otros fallescieron; éste hará tales

cosas que ninguno cuidaria que pudiesen ser comenzadas ni acabadas por

cuerpo de hombre; éste hará los soberbios ser de buen talante; éste

hará crueza de corazon contra aquellos que se lo merecieren; e aun

más te digo, que éste será el caballero del mundo que más lealmente

manterná amor e amará en tal lugar qual conviene a la su alta proeza;

e sabe que viene de reyes de ambas partes. E cree firmemente que todo

acaescerá como te lo digo».

El libro primero es el que presenta carácter más arcaico, y

probablemente el que fué menos refundido por Montalvo. En él se

contienen la novelesca historia del nacimiento de Amadís, arrojado

al río en una arca embetunada, con una espada y un anillo, que había

de servir para su reconocimiento (leyenda que inmediatamente aplicó

Pedro del Corral al rey D. Pelayo en su _Crónica Sarracina_); la

crianza de Amadís en casa del caballero Gandales de Escocia; el

delicioso idilio de sus amores infantiles con la princesa Oriana,

tratado con extraordinaria sobriedad y delicadeza; la ceremonia de

armarse caballero, cuyo valor poético ha resistido aún á la parodia

de Cervantes; las primeras empresas de Amadís; el reconocimiento por

sus padres Perión y Elisena; el encantamiento de Amadís en el palacio

de Arcalaus y la extraña manera como fué desencantado por dos sabias

doncellas, discípulas de Urganda la Desconocida; el fiero combate

entre los dos hermanos Amadís y Galaor, sin conocerse, inspirado

evidentemente por el de Oliveros y Roldán en la isla del Ródano; las

cortes que celebra en Londres el rey Lisuarte; la liberación de Amadís

por Oriana y su voluntaria entrega amorosa; la reconquista del reino de

Sobradisa y la aventura de Briolanja.

Hay en este libro más acción y menos razonamientos y arengas que en los

otros. Se han notado reminiscencias, no solamente del ciclo bretón,

sino del carolingio, además de la ya citada del _Gerardo de Viena_,

en que parece verse el germen del paralelismo entre Amadís y Galaor,

que hacen aquí el papel de Roldán y Oliveros. Las estratagemas y

artificios mágicos de Arcalaus recuerdan análogos pasajes de _Maugis

d'Aigremont_ y _Renaud de Montauban_. En las descripciones de combates

se repiten los lugares comunes épicos: «De los escudos caian en

tierra muchas rajas, e de los arneses muchas piezas, e los yelmos

eran abollados e rotos; asi que la plaza donde lidiaban era tinta de

sangre»... «El Doncel del Mar se firio con Galain, que delante venia,

y encontrole tan fuertemente, que a él e al caballo derribó en tierra,

e hobo la una pierna quebrada, e quebró la lanza e puso luego mano

a su espada, e dejose correr a los otros como leon sañudo, faciendo

maravillas, en dar golpes a todas partes». En suma, este primer libro,

por donde quiera que se le mire, es el que se conserva más fiel á sus

orígenes.

No se disminuye la fertilidad de invención en el segundo, de cuya masa

harto compacta se destacan dos episodios de gran valor: la concepción

fantástico-simbólica de los encantamientos y palacios de la Ínsula

Firme y del arco de los leales amadores, y el retiro y penitencia de

Beltenebrós en la Peña Pobre. Aquí el buen sentido de nuestro poeta,

que á fuer de español no podía menos de ser algo realista aun en medio

del romanticismo más desenfrenado, convierte en un pasajero acceso de

melancolía lo que es frenético delirio amoroso en Tristán, Iwain y

otros personajes de la Tabla Redonda.

Pero no obstante estas bellezas de pormenor, comienzan á sentirse en

el segundo libro síntomas de cansancio. No era posible extender una

fábula tan enorme sin caer en monotonía y repetir las situaciones.

Como sabemos _á priori_ que el héroe ha de triunfar siempre, vemos

con cierta indiferencia sus estupendas victorias sobre «Famongomadán,

el jayán del Lago Ferviente», y «Madanfabul su cuñado, el jayán de la

Torre Bermeja», y «don Cuadragante, hermano del rey Abies de Irlanda»,

y «Lindoraque, hijo del gigante de la Montaña defendida», y otros

caballeros y gigantes, de nombres igualmente revesados, todos los

cuales hacen las mismas cosas y combaten de igual modo. Las cartas de

Oriana son de una coquetería afectada, sin asomo de la cándida pasión

que mostró al principio. Una peripecia desarrollada con cierto arte

de composición, que sorprende en época tan ruda, cambia la situación

de Amadís y da feliz remate á esta sección de la obra, presentándole

bajo un nuevo aspecto. Dos envidiosos, Gandandel y Brocadán, logran

enemistarle con el rey Lisuarte y hacerle caer de su gracia. La

actitud del andante caballero y de sus parciales delante del rey

recuerda nuestras gestas heroicas, y especialmente la de Bernardo del

Carpio[349], con la capital diferencia de que tanto Amadís como sus

clientes, que pasaban de quinientos, no eran vasallos naturales del rey

de la Gran Bretaña, sino auxiliares y paniaguados suyos, por lo cual

al retirarse de Londres y embarcarse para la Ínsula Firme, verdadero

dominio del héroe, no cumplen un acto de desnaturamiento feudal, sino

que recobran su libertad de acción para buscar nuevas aventuras. «E

no me puedo despedir de vasallo (dice Amadis) pues que lo nunca fui

vuestro, ni de ningun otro, sino de Dios. Mas despídome de aquel gran

deseo, que cuando vos plogo teníades de me facer honra y merced, y del

gran amor que yo de lo servir e pagar tenía».

También el libro tercero carece de la variedad de incidentes y rapidez

de acción que son timbre característico del primero. Hay quien supone

que en este libro comienza ya la invención de Montalvo, fundándose en

que la historia del nacimiento de Esplandián parece imaginada para

justificar las _Sergas_ que luego escribió el buen regidor de Medina.

Esta historia es, á la verdad, muy extravagante, y ofrece síntomas de

degeneración. La princesa Oriana, que había incurrido en desgracia de

su padre por la súbita partida de Amadís, parió en secreto un niño

«que tenía debajo de la teta derecha unas letras tan blancas como

la nieve, e so la teta izquierda siete letras tan coloradas como

brasas vivas; pero ni las unas ni las otras no supieron leer ni qué

decian, porque las blancas eran de latin muy escuro e las coloradas

en lenguaje griego muy cerrado». Esplandián fué amamantado por una

leona, y criado luego por una hermana del ermitaño Nasciano, que le

recogió. El nombre Nasciano está tomado del _Santo Grial_, lo cual

parece signo de antigüedad, pero no tenemos inconveniente en creer que

todo el episodio sea una interpolación del refundidor para preparar las

aventuras de Esplandián; y hasta puede verse en él una reminiscencia

clásica de la historia de Rómulo y Remo, más propia de un escritor del

Renacimiento que de un cuentista del siglo XIV. Otras novedades dignas

de consideración hay en este libro, ora fuesen imaginadas por el autor

primitivo, ora por Montalvo, ganoso de dar más variedad é interés al

argumento. El escenario de las hazañas de Amadís se agranda: no se

encierran ya en los límites de las Islas Británicas y de la península

de Armórica, sino que se dilatan por Alemania y Bohemia, por Italia y

Grecia y las islas del Mediterráneo. Amadís triunfa del emperador de

Roma, y es recibido triunfalmente en Constantinopla, pero no ya con su

nombre propio, sino disfrazándose sucesivamente con los de «_Caballero

de las Sierpes_», «_Caballero de la Verde Espada_» y «_Caballero del

Enano_»; incógnito que no se rompe hasta que en el choque con la flota

de los romanos que conducían para el tálamo de su emperador á la señora

Oriana, lanzan los caballeros de la Ínsula Firme su acostumbrado grito

de guerra y de victoria: «Gaula, Gaula, que aquí es Amadís».

El pasaje más interesante y romántico del tercer libro, y seguramente

el mejor que toda la obra contiene en el orden de lo sobrenatural,

maravilloso y fantástico, es la temerosa aventura á que dió cima

el caballero de la Verde Espada en la Ínsula del Diablo, venciendo

y matando al diabólico Endriago, nacido de incestuoso ayuntamiento

del gigante Bandaguido con su hija. La descripción del monstruo, su

horrible genealogía y la pintura del combate en que sucumbe son pasajes

admirablemente escritos, en que la prosa castellana del siglo XV se

ostenta con una fiereza y una potencia gráfica digna de los mejores

escritores de la centuria siguiente. Los que no consideran á Garci

Ordóñez de Montalvo más que como un retórico afectado pueden pasar la

vista por el trozo siguiente:

«Tenía (_el Endriago_) el cuerpo y el rostro cubierto de pelo, y encima

habia conchas sobrepuestas tan fuertes que ninguna arma las podia

pasar, e las piernas e los pies eran muy gruesos e recios, y encima de

los hombros habia alas tan grandes que fasta los pies le cobrian, e

no de peñas (_plumas_), mas de un cuero negro como la pez, luciente,

velloso, tan fuerte que ningun arma las podia empecer, con las cuales

se cobria como lo ficiese un hombre con un escudo, y debaxo de ellas le

salian los brazos muy fuertes, asi como de leon, todos cobiertos con

conchas más menudas que las del cuerpo, e las manos habia de hechura

de aguila, con cinco dedos, e las uñas tan fuertes e tan grandes que

en el mundo no podia ser cosa tan fuerte que entre ellas entrase que

luego no fuese desfecha. Dientes tenía dos en cada una de las quixadas,

tan fuertes y tan largos que de la boca un codo le salian, e los ojos

grandes e redondos muy bermejos como brasas, asi que de muy lueñe

siendo de noche eran vistos, e todas las gentes huian de él. Saltaba

e corria tan ligero, que no habia venado que por pies le podiese

escapar; comia y bebia pocas veces, e algunos tiempos ningunas, que

no sentia en ello pena ninguna; toda su holganza era matar hombres e

las otras animalias vivas, e cuando fallaba leones e osos que algo se

le defendian, tornaba muy sañudo y echaba por sus narices un humo tan

espantable, que semejaba llamas de fuego, e daba unas voces roncas

espantosas de oir, asi que todas las cosas vivas huian ante él como

la muerte; olia tan mal que no habia cosa que no emponzoñase. Era tan

espantoso cuando sacudia las conchas unas con otras, e facia crujir los

dientes e las alas, que no parecia sino que la tierra facia estremecer,

tal era esta animalia, Endriago llamado, como os digo (dixo el maestro

Elisabat). E aun mas vos digo, que la fuerza grande del pecado del

gigante e de su fija causó que en él entrase el enemigo malo, que mucho

en su fuerza e crueza acrecienta»[350].

La lucha de Amadís con este espantable vestiglo, símbolo del infierno

y del pecado; la victoria del mismo héroe sobre el emperador de

Occidente, símbolo del mayor poder en lo humano; la definitiva

liberación y reconquista de Oriana, y el reposo de ambos amantes en

la Ínsula Firme, debían de ser la magnífica coronación de la novela

primitiva, que ya en tiempo de Pero Ferrús constaba de tres libros.

Pero Garci Ordóñez de Montalvo no creyó que la historia debía terminar

aquí, y ora fuese porque él había creado (según toda apariencia) la

figura del niño Esplandián, y quería dar razón de su destino, ora por

atar varios cabos sueltos que en tan prolija narración quedaban, ora

por el propósito didáctico y moralizador que muy á las claras regía su

pluma, emprendió componer un libro cuarto, que, de acuerdo con la mayor

parte de los críticos, creemos enteramente de su invención. El peculiar

carácter de esta continuación lo expresa bien Francisco Delicado,

corrector de la impresión de Venecia de 1533, en el epígrafe que la

puso:

«En el qual libro cuarto os seran contadas cosas muy sabrosas de leer y

entender con un orden muy maravilloso y muy deleitoso a los lectores,

que con su dulce estilo los incitará a leerlo y tornarlo a leer. Enseña

asimismo a los caballeros el verdadero _arte de caballeria_; a los

mancebos a seguirla; a los ancianos a defenderla. Otrosi aqui encerrado

el _arte del derecho amor_, la lealtad y cortesia que con las damas se

ha de usar, las defensas y derechos que a las dueñas los caballeros

les deben de razon, las fatigas y trabajos que por las doncellas se

han de pasar; assi que cuanto los caballeros y hombres buenos, condes,

duques, marqueses, reyes, soldanes y emperadores deben ser obligados

a las mugeres, aqui, por enxemplo, el muy sabido componedor de la

sobredicha historia lo enseña, el cual maravillosamente cada cosa en

su lugar y tiempo contó. Y destas tales historias no se notan salvo

el arte del componer y aplicar las semejantes cosas a las virtudes,

que esto es lo que de aqui se ha de sacar; contiene a saber: tomar por

enxemplo el modo, la virtud y bondad que de Amadis se cuenta, y de

los otros muy valientes caballeros, para por aquel camino seguir; y

si lo de los sobredichos no fué verdad, hacer cada uno que lo que él

hiciere sea verdadero por dar ocasion a los cronistas que dél puedan

escrebir el verdadero efeto, porque digo yo, a mi parecer, que la

historia de Amadis puede ser apropiada a todo buen caballero... Porque

_el arte de la caballeria_ es muy alto, y el altisimo y soberano Señor

la constituyó para que fuese guardada la justicia y la paz entre los

hijos de los hombres, y para conservar la verdad, y dar a cada uno lo

suyo con derecho. Asi que todos estos frutos sacarás de esta tan alta

historia, la qual el Delicado, que fué corretor de la impresión, tanto

le parecio divina como humana, por ser con tanta razon ordenada».

Orígenes de la novela, Tomo I · 第 27 / 55 题