Ni d'Arselot la contençon...[268]

Pero á pesar de estas y otras varias referencias, tanto en la poesía

provenzal como en la catalana propiamente dicha, y á pesar de la

frecuencia con que los libros franceses de la materia de Bretaña se

encuentran registrados en los inventarios de las bibliotecas de los

príncipes, pues vemos que el rey Don Martín poseía las _Profacies de

Merlin_ en francés (núm. 71 de su catálogo) y el Príncipe de Viana

un _Sangreal_ y un _Tristán de Leonís_ (núms. 36 y 38) en la misma

lengua, apenas se conoce traducción catalana de ninguno de ellos,

aunque consta que las hubo por este pasaje terminante de la novela

de _Curial y Güelfa_, escrita en el siglo XV: «En aquest libre se fa

mencio de cavallers errants, jatsia que es mal dit errants, car deu

hom dir caminants. Empero yo vull la manera de _aquells cathalans qui

trasladaren los libres de Tristan e de Lançarote e tornaren los de la

lengua francesa en lengua cathalana_, e tots temps digueren cavallers

errants»[269].

Había, no obstante, una región de la Península donde, ya por oculta

afinidad de orígenes étnicos, ya por antigua comunicación con los

países celtas, ya por la ausencia de una poesía épica nacional que

pudiera contrarrestar el impulso de las narraciones venidas de fuera,

encontraron los cuentos bretones segunda patria, y favorecidos por el

prestigio de la poesía lírica, por la moda cortesana, por el influjo de

las costumbres caballerescas, despertaron el germen de la inspiración

indígena, que sobre aquel tronco, que parecía ya carcomido y seco, hizo

brotar la prolífica vegetación del _Amadís de Gaula_, primer tipo de

la novela idealista española. Fácilmente se comprenderá que aludo á

los reinos de Galicia y Portugal, de cuyo primitivo celticismo (á lo

menos como elemento muy poderoso de su población, y también de la de

Asturias y Cantabria) sería demasiado escepticismo dudar, aunque de

ningún modo apadrinemos los sueños y fantasías que sobre este tópico ha

forjado la imaginación de los arqueólogos locales. Si no se admite la

persistencia de este primitivo fondo, no sólo quedan sin explicación

notables costumbres, creencias y supersticiones vivas aún, y casos de

atavismo tan singulares como el renacimiento del _mesianismo_ de Artús

en el rey Don Sebastián, sino que resulta enigmático el proceso de

la literatura caballeresca, que tan profundamente arraigó allí, que

conquistó sin esfuerzo las imaginaciones como si estuviesen preparadas

para recibirla y que fué imitada con tanta originalidad á la vuelta de

algunas generaciones.

También fué allí la poesía lírica el vehículo de las tradiciones

galesas y armoricanas. Existía en la región galaicoportuguesa una

escuela lírica que por cerca de dos siglos impuso sus formas y hasta su

lengua, no sólo á los trovadores del Noroeste, sino á los del centro

de la Península. Son raras en estos poetas las alusiones literarias,

pero hay algunas al ciclo bretón y han sido recogidas ya varias veces.

Nuestro rey Alfonso el Sabio citaba á Tristán al lado de Paris para

ponderar el exceso de su pasión:

Ca ja Paris

D'amor non foi tan coitado,

Nen Tristan

Nunca soffren tal afan,

Nen soffren quantos son nen seerán.

Su nieto D. Diniz comparaba uno de sus innumerables amores con el de

Tristán é Iseo, á la vez que con el de Flores y Blanca Flor:

...e o mui namorado

Tristan sei ben que non amou Iseu

Quant'eu vos amo, esto certo sei eu.

Su escribano, ó secretario de la poridad, Esteban de la Guarda, hablaba

de la muerte de Merlín y de las grandes voces que dió al sentirse

encantado:

A tal morte de qual morreu Merlin,

O dara voces fazendo sa fin...

Gonzalo Eannes de Vinhal habla de los cantares de Cornoalha.

Pero nada de esto importa tanto como la existencia de cinco

composiciones líricas, de cinco _Lays de Bretanha_, con los cuales se

abre uno de los dos grandes cancioneros galaico-portugueses de Roma:

el apellidado _Colocci-Brancuti_, por los nombres de sus poseedores,

antiguo y moderno[270]. Tres de estos _lays_ son traducciones libres

del francés, como ha probado con admirable pericia crítica y filológica

Carolina Michaëlis de Vasconcellos[271]; en los otros dos puede

afirmarse igual origen, aunque la imitación no sea tan directa. Trátase

de dos sencillas _baladas_ (canciones de baile), que, á no ser por

las rúbricas que las acompañan, no se distinguirían mucho de otras

poesías semipopulares del mismo género que en gran número figuran en

los cancioneros gallegos. Pero la primera, puesta en boca de cuatro

doncellas que la cantaban para burlarse de Marot de Irlanda (el raptor

_Morhout_, vencido por _Tristán_), se dice expresamente que fué

«_tornada em lenguagem_ (esto es, en portugués) _palavra por palavra_:

O Marot aja mal grado,

Porque nos aqui cantando

Andamos tan segurando

A tan gran sabor andando!

Mal grado aja! que cantamos

E que tan en paz dançamos...

La antigüedad de este lai debe de ser grande, puesto que el compilador

del cancionero portugués dice: «_esta cantiga é a primeira que achamos

que foi feita_. La otra balada, que comienza:

Ledas sejamos ogemais!

E dancemos! Pois nos chegou

E o Deos con nosco jontou,

Cantemos-lhe aqueste lais!

y tiene por estribillo:

«Ca este escudo é do melhor

Omen que fez Nostro Senhor»,

se refiere á la historia de Lanzarote y Ginebra: «Este lai hicieron

las doncellas á don Ansaroth (sic) cuando estaba en la isla de la

Alegría; cuando la reina Ginebra le halló con la hija del rey Peles y

le prohibió que volviese á comparecer delante de ella».

De los otros tres _lais_ existen los originales franceses en varios

manuscritos del _Tristán_, pero se ve que en todos ellos el traductor

procedió con gran libertad, amplificando unas veces, abreviando otras,

cambiando los versos de nueve sílabas en versos de ocho y amoldando

las estrofas al tipo lírico de los trovadores peninsulares. Estos

lais se ponen en boca del mismo Tristán: «_Don Tristan o Namorado fez

esta cantiga:»--Este lais fez Elis o Baço, que foi duc de Sansonha,

quando passou aa Gran Bretanha, que ora chaman Inglaterra. E passou

la no tempo de rei Artur, pera se combater con Tristan, porque lhe

matara o padre en ūa batalha. E andando un día en su busca, foi pela

Joyosa-Guarda u era a Rainha Iseu de Cornoalha. E viu a tan fremosa que

adur lhe poderia omen no mundo achar par. Enamorouse enton d'ela e fez

por ela este lais»._

El haber sido traducidos dentro del siglo XIII[272] estos poemitas

líricos, que apenas podían ser comprendidos sin la lectura de las

novelas en prosa, donde fueron primitivamente intercalados, prueba

hasta qué punto era familiar á los trovadores gallegos y portugueses

la _materia de Bretaña_. Por otro camino lo comprueban las tradiciones

que el conde D. Pedro de Barcelos, hijo bastardo del rey D. Dionis, de

Portugal, recogió á mediados del siglo XIV en su famoso _Nobiliario_,

que pasa comúnmente por el más antiguo de la Península, si bien fué

precedido por otros dos más breves, y también portugueses: el llamado

_Libro Velho_ y el fragmento que anda unido al _Cancioneiro de

Ajuda_[273].

El libro de D. Pedro, como todos los nobiliarios, ha llegado á nosotros

estragadísimo; aun en el famoso códice de la Torre do Tombo, que no

es más que de principios del siglo XVI. Herculano llega á decir que

el _Libro de Linajes_, en su estado actual, tiene tanto del conde D.

Pedro como de diez ó veinte sujetos diversos, de cuyos nombres se duda,

y que en varias épocas le enmendaron, acrecentando y disminuyendo,

para servir intereses y vanidades de las familias[274]. Pero esta

falsificación interesada de nombres y apellidos no es verosímil

que trascendiese ni á las importantes y características anécdotas

históricas que el _Nobiliario_ contiene, y que arrojan inesperada y

siniestra luz sobre la vida doméstica de los tiempos medios, ni á las

consejas fabulosas que son harto poéticas para haber nacido de la

pedestre y mercenaria musa heráldica. Hay algunas leyendas que parecen

indígenas, y son acaso páginas preciosas del _folk-lore_ peninsular.

Dos de ellas, la de _la dama pie de cabra_ y la de _la mujer marina_,

localizadas una y otra en el Norte de España, son de carácter

fantástico y guardan acaso vestigios de supersticiones antiquísimas.

Trae la primera el conde D. Pedro, al tratar del origen de los señores

de Vizcaya; la segunda en la genealogía de los caballeros Mariños de

Galicia.

Todo el mundo conoce la primera en la forma elegante y romántica

que la dió Alejandro Herculano. Los elementos de esta fábula son

simplicísimos, y no es difícil encontrarle paradigmas en otras

historias de demonios íncubos y de caballos alados. Si la fantasía

popular localizó tales prodigios en Vasconia, es porque se la

consideraba como tierra clásica de brujerías, y lo era aún á

principios del siglo XVII, aunque más bien allende que aquende los

puertos. Muy semejante á esta leyenda, pero menos desarrollada y sin

intervención diabólica, es la de la sirena ó doncella marina. Otras

narraciones del _Libro de Linajes_ tienen carácter marcadamente épico.

Anterior al libro del Conde, puesto que se halla contenida ya, aunque

más sucintamente, en el segundo de los fragmentos de nobiliarios

primitivos, que publicó Herculano[275], es la leyenda del rey D. Ramiro

II y de la infanta mora, que se enlaza con la topografía y los orígenes

de la ciudad de Oporto, aunque la acción se suponga en tiempos muy

anteriores á la separación del Condado portugués. Esta sabrosa historia

conserva todavía rastros de forma poética, y pudo muy bien servir de

argumento á un cantar de gesta.

El conde D. Pedro, cuya expresiva y pintoresca prosa parece una feliz

imitación del estilo de las obras históricas de D. Alfonso el Sabio,

imitó también sus procedimientos de compilación, transcribiendo

íntegros los relatos que tenía á la vista. Sus noticias sobre el ciclo

bretón (en el título II del _Nobiliario_) están tomadas de la _Historia

Britonum_, de Monmouth. Traza la genealogía del rey Artús; hace mención

de _Lanzarote del Lago_, de _Galván_, de _Merlín_ y de la isla de

_Avalón_, y cuenta rápidamente la historia del rey Lear; todo según la

misma fuente erudita:

«Cuando hubo muerto el rey Balduc el Volador, reinó su hijo, que tenía

por nombre Leyr. Y este rey Leyr nunca tuvo hijo, pero sí tres hijas

hermosas á maravilla, y las amaba mucho. Y un día tuvo sus razones

con ellas y las mandó que dijesen con verdad cuál de ellas le amaba

más. Dijo la mayor, que no había cosa en el mundo que tanto amase como

á él, y dijo la otra, que le amaba tanto como á sí misma, y dijo la

menor, que le amaba tanto como debe amar hija á su padre. Y él quísola

mal por esto y determinó no darla parte en el reino. Y casó la hija

mayor con el duque de Cornualla, y casó la otra con el rey de Tortia,

y no se curó de la menor. Mas ella, por su ventura, casóse mejor que

ninguna de las otras, porque se prendó de ella el rey de Francia y la

tomó por mujer. Y cuando su padre llegó á la vejez, tomáronle los otros

yernos su tierra y hallóse malandante, y hubo de ponerse á merced del

rey de Francia y de su hija la menor, á la cual no había querido dar

parte en el reino. Y ellos recibiéronle muy bien y diéronle todas las

cosas que le fueron menester, y le honraron mientras vivió, y murió en

su casa. Y después combatió el rey de Francia con ambos cuñados de su

mujer y quitóles la tierra. Y murió el rey de Francia sin dejar hijo

vivo, y los otros dos á quien quitara la tierra hubieron sendos hijos

y apoderáronse de la tierra toda, y prendieron á la tía, mujer que

fuera del rey de Francia, y metiéronla en una cárcel y allí la hicieron

morir»[276].

De este modo se contaba en Portugal á mediados del siglo XIV uno de los

futuros argumentos de Shakespeare. Tal interés alcanza en la historia

literaria el _Libro de Linajes_, del conde Barcellos, por lo mismo

que con tanta cautela debe ser manejado en la parte genealógica, á

pesar del respeto que por su antigüedad infunde á muchos. Tan lleno

está de patrañas y tan falto de cronología y discernimiento como

casi todos los de su clase; pero estas patrañas tienen aquí un sello

poético, una rudeza primitiva, un bárbaro candor que es indicio de

muy nobles orígenes, y que no puede confundirse con las estúpidas

fábulas forjadas para solaz de los necios por la raquítica fantasía de

_Gracia Dei_ y otros reyes de armas. Al recoger como verdadera historia

tantas reliquias novelísticas, cediendo sin duda á su propensión á

lo maravilloso, prestó el bastardo de don Diniz mayor servicio á la

Península que con sus interminables, fatigosas y poco seguras listas

de apellidos. Él pensaba, sin duda, haber hecho una obra histórica,

según el tono solemne que emplea en el proemio: «Por ende, yo D. Pedro,

hijo del muy noble rey D. Diniz, busqué con gran trabajo por muchas

tierras escrituras que hablasen de los linajes; y leyéndolas con grande

estudio, compuse este libro para poner amor y amistad entre los nobles

fidalgos de España».

Á fines del siglo XIV y principios del XV acrecentóse en Portugal el

entusiasmo por la caballería de la Tabla Redonda, especialmente en la

corte de don Juan I, á causa de la estrecha alianza de aquel monarca

con los ingleses y su casamiento con doña Felipa de Lancaster. Fué moda

cortesana el tomar por dechados á los paladines del rey Ártús y hasta

el adoptar sus nombres. El mismo condestable Nuño Álvarez Pereira,

cuya pureza moral igualaba á su heroica resolución, había elegido por

modelo al inmaculado Galaaz, conquistador del Santo Grial. El _Ala de

los Enamorados_, que combatió en la batalla de Aljubarrota; la orden

de los caballeros de la _Madreselva_, reminiscencia de uno de los

_lays_ de María de Francia; la aventura caballeresca de Magricio y los

doce de Inglaterra, que inmortalizó Camoens en uno de los más bellos

episodios de su poema; y hasta los elementos del Tristán que pasaron á

la leyenda histórica de doña Inés de Castro, son pruebas convincentes

de esta influencia social. Todavía lo es más la abundancia de nombres

de este ciclo entre los hidalgos portugueses, especialmente después de

1385. Se encuentran una doña Iseo Perestrello, otra doña Iseo Pacheco

de Lima. No faltan los nombres de Ginebra y Viviana, y hay, sobre todo,

gran cosecha de Tristanes y Lanzarotes: _Tristán_ Teixeira, _Tristán_

Fogaça, _Tristán_ de Silva, _Lanzarote_ Teixeira, _Lanzarote_ de Mello,

_Lanzarote_ de Seixas, _Lanzarote_ Fuas, sin que falte un _Percival_

Machado y varios _Arturos_, de Brito, de Acuña, etc.[277]. Por supuesto

que en las bibliotecas de los príncipes nunca faltaban ejemplares de

las codiciadas novelas. El rey don Duarte poseía un _Tristán_, un

_Merlín_ y el _Libro_ de _Galaaz_ (núms. 29, 30 y 36 de su inventario).

Nada diré de la hipótesis probable, pero no comprobada hasta ahora,

de un _Tristán_ portugués del siglo XIII, en el cual estuviesen

intercalados los _lays_ que ahora vemos sueltos en el _Cancionero_.

Pero del siglo XIV poseemos, aunque incompleta, una _Historia dos

caballeiros da mesa redonda e da demanda do Santo Graal_, que según

Gastón París corresponde á la _Quête du Saint Graal_, cuyo protagonista

es Galaaz, y que se ha atribuido sin fundamento á Roberto de Boron.

Habiéndose perdido el texto original francés de este libro en prosa,

tiene más valor la traducción portuguesa, que Varnhagen encontró en

la Biblioteca de Viena y ha sido impresa después[278]. Es, según la

descripción de aquel benemérito aunque ligero aficionado, un voluminoso

códice de 199 folios en pergamino, escritos á dos columnas, y parece

haber figurado como tercer tomo en una vasta compilación cíclica que

abrazaría otros poemas análogos. Los caballeros de cuyos nombres se

trata en la parte conservada son: Galaaz, Tristán, Erec, Perceval,

Palamedes y Lanzarote.

Ignórase el paradero actual de otro manuscrito de este género que

vió Varnhagen en Lisboa por los años de 1846[279]. Era copia hecha

en el siglo XV de un códice datado de 1307 á 1313: _Libro de Josep

ab Arimatia intitulado a primera parte da Demāda do Sāto Grial ata a

presēte idade nunca vista treladado do proprio original por ho Doutor

Manuel Avēz, corregedor da Ilha de Sā Miguel_. Al fin del códice

original escrito en pergamino é iluminado constaba que le había mandado

escribir Juan Sánchez, maestrescuela de Astorga, en el quinto año de la

erección del estudio de Coimbra.

Mencionaremos finalmente la _Estoria do muy nobre Vespasiano,

emperador de Roma_ (Lisboa, por Valentino de Moravia, 1496), que no

sabemos si es original ó traducción del libro castellano del mismo

título, reduciéndose uno y otro á combinar los datos del _Josep de

Arimatea_ (primera parte del Graal) con el Evangelio apócrifo de

Nicodemus[280]. Ni siquiera el Renacimiento clásico del siglo XVI

bastó á borrar la devoción de los portugueses á este ciclo, como lo

prueban las dos novelas de Jorge Ferreira de Vasconcellos, _Triunfos

de Sagramor_ y _Memorial das proezas da segunda Tavola Redonda_,

impresas respectivamente en 1554 y 1569. En una y otra se intercalan

muchos versos, entre ellos un _romance de la batalha que el Rei Artur

teve con Morderet seu filho_[281]. ¿Y qué son las mismas trovas del

zapatero Bandarra, extraño apocalipsis de los sebastianistas, sino una

supervivencia de las de Merlín?

Hemos indicado que eran rarísimas antes del siglo XIV las alusiones

á este ciclo en la literatura castellana. La más antigua que hasta

ahora se ha señalado es esta de los _Anales Toledanos primeros_, que

llegan hasta el año 1217: «Lidió el rey Citús (Artús) con Mordret en

Camlec (Camlan) era 1080»[282]. Estas ficciones eran conocidas entre

los eruditos por la crónica latina de Monmouth, de la cual tomó el Rey

Sabio la leyenda de Bruto para su _Grande et General Estoria_[283]. En

la _Gran Conquista de Ultramar_ se cita de pasada _La Tabla Redonda,

que fué en tiempo del rey Artús_, y algunos de los cuentos allí

incluíidos tienen mucha analogía con los de este ciclo, especialmente

el del Caballero del Cisne, que en el _Lohengrin_ alemán vino á

enlazarse con el _Perceval_.

Sabida es la reminiscencia del Arcipreste de Hita en la _Cantiga de los

clérigos de Talavera_, escrita en 1343:

Ca nunca fue tan leal Blancaflor á Flores,

Nin es agora _Tristan_ con todos sus amores.

Don Juan Manuel, en el _Libro de la Caza_ (escrito antes de 1325),

menciona un falcón célebre que llamaban _Lanzarote_[284], y otro que

decían _Galrán_, y había pertenecido al infante D. Enrique (el famoso

aventurero, conocido por el _Senador de Roma_, hermano de Alfonso X).

En el _Poema de Alfonso XI_, de Rodrigo Yáñez, cuya primitiva redacción

parece haber sido gallega, se nombra entre los instrumentos que tañían

los juglares en la coronación del Rey en Burgos _la farpa de don

Tristán_ (copla 405), y en dos ocasiones distintas se hace aplicación

de las profecías de Merlín á los acontecimientos de Castilla. La

primera vez al contar el suplicio de D. Juan el Tuerto (coplas 242-246):

En Toro conplio ssu fin

E derramó la ssu gente;

Aquesto dixo Melrrin,

El profeta de Oriente.

Dixo: «el leon de Espanna

De ssangre fará camino,

Matará el lobo de la montanna

Dentro en la fuente del uino».

Non lo quiso más declarar

Melrrin el de gran ssaber,

Yo lo quiero apaladinar,

Commo lo puedan entender.

El leon de la Espanna

Fue el buen rey ciertamente,

El lobo de la montanna

Fue don Johan el ssu pariente.

E el rey quando era ninno

Mató á don Johan el tuerto,

Toro es la fuente del vino

A do don Johan fue muerto.

La otra profecía, que alude á la invasión de los Benimerines y á la

victoria de los reyes de Castilla y Portugal en el Salado, es mucho más

larga (coplas 1808-1841), y el poeta dice haberla traducido, pero no de

qué lengua; probablemente es invención suya, á imitación de las que se

leen en el libro 7.º de la historia de Jofre de Monmouth.

Merlin fabló d'Espanna

E dixo esta profecía,

Estando en la Bretanna

A un maestro que y avia.

Don Anton era llamado

Este maestro que vos digo,

Sabidor y letrado,

De don Merlín mucho amigo...

La profecía conté

E torné en desir llano,

Yo Ruy Yannes la noté

En lenguaje castellano...

Hasta en los moros de Granada habríamos de suponer conocimiento de los

vaticinios del adivino céltico, si hubiéramos de tener por auténtica

la «carta que el moro de Granada sabidor que decían _Benahatin_ (¿Ben

Aljatib?) envió al rey D. Pedro» y que leemos en la _Crónica_ de

Ayala (año 1369, cap. III). ¡Cuánto crece en la fantasía el prestigio

pavoroso de la catástrofe de Montiel, con aquella especie de fatalidad

trágica que se cierne sobre la cabeza de D. Pedro hasta mostrar

cumplida en su persona la terrible profecía «que fue fallada entre los

libros é profecías que dicen que fizo Merlin» y sometida por el Rey á

la interpretación del sabio moro! «En las partidas de occidente, entre

los montes é la mar, nascerá un ave negra, comedora é robadora, é tal

que todos los panares del mundo querrá acoger en sí, é todo el oro del

mundo querrá poner en su estómago. E caérsele han las alas, é secársele

han las plumas, é andará de puerta en puerta, é ninguno le querrá

acoger, é encerrar ha en selva, é morirá y dos veces, una al mundo é

otra ante Dios».

El mismo canciller Ayala, que probablemente forjó, para insinuar su

propio pensamiento político, esta sentenciosa carta, así como la otra

_de muchos exemplos é castigos_, que atribuye al mismo Benahatín, se

duele en su _confesión_, inserta en el _Rimado de Palacio_, de haber

perdido mucho tiempo en la lectura de libros profanos, contando entre

ellos el _Amadís_ y el _Lanzarote_:

Plogóme otrosi oyr muchas vegadas

Libros de deuaneos é mentiras probadas,

Amadis, _Lanzalote_ é burlas assacadas,

En que perdí mi tiempo á muy malas jornadas.

(Copla 162)

Citan de continuo este género de libros los poetas del _Cancionero de

Baena_, comenzando por Pero Ferrús, que es de los más antiguos:

Nunca fue Rrey _Lysuarte_

De rriquesas tan bastado

Como yo, nin tan pagado

Fué Rroldan con Durandarte...

...................................

E qual quier que á mi dixiere

Que _Ginebra_ nin _Isseo_

Fueron tales é quisyere.

Presto sso para el torneo

(Núm. 301).

decía ponderando la belleza de su amiga. Y contestando á Ayala que se

mostraba descontento de la vida de la sierra:

Rey Artur é don Galás,

Don Lançarote é Tristán,

Carrlos Magno, don Rroldan,

Otros muy nobles asaz,

Por las tales asperezas

Non menguaron sus proezas,

Según en los libros yas.

(Núm. 305).

Fray Migir, de la orden de San Jerónimo, capellán del obispo de Segovia

D. Juan de Tordesillas, llorando la muerte del rey D. Enrique III,

hacía pedantesca enumeración de personajes históricos y fabulosos,

entre ellos

Eneas é Apolo, Amadys aprés,

_Tristán é Galás_, _Lançarote de Lago_,

E otros aquestos, dezit me qual drago

Tragó todos estos ó dellos qué es?

(Núm. 38).

Micer Francisco Imperial, el introductor de la alegoría dantesca en

nuestro Parnaso, cantaba en 1405 el nacimiento de D. Juan II en un

largo y artificioso _decir_, deseando al infante, entre otras venturas,

Todos los amores que ovieron Archiles,

París é Troylos de los sus señores,

_Tristán_, _Lançarote_, de las muy gentiles

Sus enamoradas é muy de valores;

El é su muger ayan mayores

Que los de _París_ é los de _Vyana_,

E de _Amadis_ é los de _Oryana_,

E que los de _Blancaflor_ é _Flores_.

E más que _Tristán_ sea sabidor

De farpa, é cante más amoroso

Que la Serena...

(Núm. 226)

Un _decir_ del comendador Ferrant Sánchez Talavera contra el Amor

recuerda, después de los sabidos ejemplos de Virgilio y Sansón, el de

Merlín y los caballeros del Santo Grial:

Onde se cuenta qu'el sabio _Merlyn_

Mostró á una dueña atanto saber,

Fasta que en la tumba le fyzo aver fyn

Que quanto había nol'pudo valer...

En la _demanda de Santo Greal_

Se lee de muchos que anduvieron

Grant cuyta sufriendo, asás mucho mal,

E nunca de ty jamás al ovieron.

Muchos cavalleros e dueñas murieron,

Tan bien esso mesmo fermosas donzellas;

Non digo quien eran ellos nin ellas,

Que por sus estorias sabrás quales fueron.

(Núm. 533).

No haremos especial mención de las compilaciones traducidas del

francés, como el _Mar de historias_, que lleva el nombre de Fernán

Pérez de Guzmán; pero es imposible omitir el delicioso _Victorial_ de

Gutierre Díez de Gámez, que Llaguno mutiló impíamente al publicarle

con el impropio título de _Crónica de don Pero Niño_. En la parte que

conservó están, sin embargo, los consejos que daba á don Pero Niño su

ayo, y en ellos un pasaje curiosísimo sobre Merlín: «Guardadvos non

creades falsas profecías, nin ayades fiucia en ellas, así como son

las de Merlin, é otras; que verdad vos digo, que estas cosas fueron

engeniadas é sacadas por sotiles omes é cavilosos para privar é

alcanzar con los Reyes é grandes señores... É si bien paras mientes,

_como viene Rey nuevo, luego facen Merlin nuevo_: dicen que aquel Rey

ha de pasar la mar, é destroir toda la morisma, é ganar la Casa Sancta,

é ser Emperador; é despues vemos que se face como á Dios place...

Merlin fue un buen ome, é muy sabio. Non fue fijo del diablo, como

algunos dicen; ca el diablo, que es esprito, non puede engendrar;

provocar puede cosas que sean de pecado, ca esse es su oficio. Él es

sustancia incorporea; non puede engendrar corporea. Mas Merlin, con la

grand sabiduría que aprendió, quiso saber más de lo que le cumplia,

é fue engañado por el diablo, é mostrole muchas cosas que dixesse; é

algunas dellas salieron verdad: ca esta es manera del diablo, é aun de

cualquier que sabe engañar, lanzar delante alguna verdad, porque sea

creido... Asi en aquella parte de Inglaterra dixo algunas cosas que

fallaron en ellas algo que fue verdad; mas en otras muchas fallesció; é

algunos que agora algunas cosas quieren decir, componenlas é dicen que

las falló Merlín»[285].

Arrastrado el grave Llaguno por su odio á las ficciones caballerescas

(muy natural en un golilla del tiempo de Carlos III), arrancó de

cuajo nada menos que ocho enormes capítulos del _Victorial_ (desde el

XVIII al XXV), donde, con ocasión de explicar «cómo son los ingleses

diversos é contrarios de todas las otras naciones de christianos»,

cuenta, refiriéndose á una _Crónica de los Reyes de Inglaterra_,

que seguramente no es la _Historia Britonum_ de Monmouth, y de una

_Conquista de Troya_, que tampoco es la _Crónica Troyana_, puesto que

se aparta en muchos puntos de una y otra, la fabulosa historia de

Bruto, hijo de Silvio y nieto de Eneas, supuesto progenitor de los

reyes de Inglaterra, é intercala personajes y episodios enteramente

nuevos, á lo menos para nuestra escasa erudición, relatando «cómo

Néstor, fijo del rey Menelao, se alzó con el reino de Grecia contra

su padre»; cómo hizo la guerra Bruto á Dorotea, tetrarca de Armenia,

hija de Menelao; las cartas y mensajes que entre ellos mediaron; los

razonamientos del _obispo_ Pantheo, del conde Pirro y de Porfirio, que

habla _en roz de la república_, aconsejando á la reina el casamiento

con Bruto para evitar mayores daños: y cómo, después de hechas las

bodas, «Bruto armó gran hueste de navíos é ayuntó muchas gentes

de armas, é se fue por la mar, buscando ventura, quedando Dorotea

muy cuitada y triste»; cómo aportó Bruto á Galicia, cuyo señor era

del linaje de los troyanos, y le llevó consigo á la conquista de

Inglaterra, habitada entonces por furibundos jayanes, que no tenían

armas de hierro, sino de cuero ó de cuerno; la lucha personal en que

el agigantado caballero gallego, enteramente desnudo y sin más armas

que sus puños, triunfó del rey de Inglaterra y decidió del éxito de la

contienda en favor de Bruto. Mientras estas cosas sucedían en las islas

Británicas, la reina Dorotea, que «por la vida limpia que vivía fue

tenida por deesa en aquel tiempo y fue una de las sebilas que fablaron

ante de la venida de Jesu Christo», había triunfado en campal batalla

de su hermano Menelao, y armando una gran flota con naves de Tarso y de

Constantinopla, se había hecho á la mar en demanda de su marido, había

vencido en el estrecho de Gibraltar á una escuadra africana, valiéndose

de su arte _matemática_ y _nigromántica_, y finalmente, llegaba á

reunirse con su esposo, que la recibió con gran triunfo. Quede para

más desocupado y sagaz investigador el deslindar y poner en su punto

los elementos españoles que al parecer contiene esta leyenda, en cuyos

pormenores curiosísimos no puedo detenerme ahora[286].

En pocos, pero bellísimos romances, más artísticos que populares y más

líricos que narrativos, dejó su huella el ciclo de la Tabla Redonda.

Sólo tres admitió Wolf en la _Primavera_ y escasamente puede añadirse

algún otro. Uno de estos romances, el primero de Lanzarote «Tres

hijuelos había el rey» era ya calificado de antiguo, en tiempo de los

Reyes Católicos, por el Maestro Antonio de Nebrija; los otros dos son

del mismo estilo y deben de ser del mismo tiempo (principios del siglo

XV ó fines del XIV á lo sumo); pero aunque tienen algo de peregrino y

exótico en su factura, y domina en ellos un melancólico y vago lirismo,

no hay razón para suponerlos derivados directamente de ningún _lay_

bretón ó francés. Lo natural es que hayan salido de los libros de

caballerías en prosa. El que comienza «Ferido está don Tristan--de una

muy mala lanzada» se conforma con la versión del Tristán castellano en

prosa, y omite, como él, el episodio de la vela negra. El final de este

romance, perdiendo con el tiempo su carácter legendario, ha persistido

en la tradición popular hasta nuestros días. Los romances de _Doña

Ausenda_, tan divulgados en Asturias y Portugal, atribuyen á cierta

planta la misma virtud generadora que el antiguo poeta asignaba á la

azucena que creció regada con las lágrimas de Tristán ó Iseo:

Júntanse boca con boca--cuanto una misa rezada;

Llora el uno, llora el otro--la cama bañan en agua;

Allí nace vn arboledo--que azucena se llamaba,

Cualquier mujer que la come--luego se siente preñada.

El segundo romance de Lanzarote «Nunca fuera caballero--de damas tan

bien servido», célebre por la cita de Cervantes, parece una imitación

libre y general de las aventuras de este ciclo; pero el que comienza

_Tres hijuelos había el rey_, cuyo origen no pudo descubrir Milá en los

poemas que en su tiempo se conocían, tiene el mismo argumento que el

poema neerlandés (flamenco ú holandés) de _Lanzarote y el ciervo del

pie blanco_, que procede, sin duda alguna, de un texto francés perdido,

y sólo en francés pudo ser accesible á nuestro juglar[287].

Al primer tercio del siglo XIV pertenece, en la opinión de buenos

jueces, un fragmento del _Tristán_ castellano en prosa contenido en un

códice de la Biblioteca Vaticana, del cual ha publicado un facsímile

Ernesto Monaci. Y la misma antigüedad alcanza otro pequeño fragmento

que acaba de hallar en las guardas de un manuscrito de nuestra

Biblioteca Nacional el Sr. D. Adolfo Bonilla, que ha de publicarle muy

pronto.

En los inventarios de las bibliotecas del siglo XV es corriente la

mención de estos libros, bastando citar uno solo, porque es acaso

donde menos se esperaría encontrarla. La Reina Católica poseía, entre

los libros de su uso que estaban en el alcázar de Segovia, á cargo de

Rodrigo de Tordesillas, en 1503, los tres volúmenes siguientes:

Núm. 142. «Otro libro de pliego entero de mano escripto en romance, que

se dice de _Merlin_, con coberturas de papel de cuero blancas, é habla

de _Jusepe ab Arimathia_.

Núm. 143. Otro libro de pliego entero de mano en romance, que es la

_tercera parte de la demanda del Santo Greal_; las cubiertas de cuero

blanco.

Núm. 144. Otro libro de pliego entero de mano en papel de romance,

que es la _historia de Lanzarote_, con unas coberturas de cuero

blanco»[288].

La imprenta madrugó mucho para difundir este género de libros. Ya

en 1498 había salido de las prensas de Burgos _El Baladro del sabio

Merlín con sus profecías_[289], según resulta de las investigaciones

de Gastón París (que no son definitivas, sin embargo, puesto que sólo

conoció de este libro algunos extractos y la tabla de los capítulos).

El _Baladro_ contiene no sólo el _Merlín_ de Roberto de Boron y parte

de la continuación de autor anónimo, sino que los dos últimos capítulos

parecen ser traducción del episodio capital del _Conte du Brait_, de

Elías, cuyo original francés se ha perdido[290].

Hay otro _Baladro_ distinto de éste, á lo menos en parte, y adicionado

con una serie de profecías, el cual se imprimió varias veces juntamente

con la _Demanda del Santo Grial_[291].

Y hubo finalmente un _Tristán de Leonís_, ya impreso en Valladolid

en 1501[292], que seguramente es traducción de una de las últimas

novelas francesas en prosa. Al señor Bonilla, que muy pronto nos

dará reimpresos estos rarísimos libros, toca apurar las semejanzas y

diferencias que ofrecen con sus prototipos, y lo hará sin duda como de

su mucha erudición y recto juicio se espera.

Á pesar del gran interés novelesco y sentimental de estas peregrinas

historias, fueron muy pronto arrolladas por la furiosa avenida de

los libros indígenas de caballerías que aparecieron después del

_Amadís de Gaula_. Ninguno de los del ciclo arturiano parece haber

sido reimpreso después de la mitad del siglo XVI. Ninguno de ellos

estaba en la librería de D. Quijote, el cual, sin embargo, hizo donosa

conmemoración de este ciclo en el capítulo XIII de la _Primera Parte_:

«¿No han vuestras mercedes leído los anales é historias de Inglaterra

donde se tratan las famosas hazañas del Rey Arturo, que comúnmente en

nuestro romance castellano llamamos el Rey Artús, de quien es tradición

antigua y común en todo aquel reino de la Gran Bretaña que este Rey

no murió, sino que por arte de encantamiento se convirtió en cuervo,

y que andando los tiempos ha de volver á reinar y á cobrar su reino y

cetro, á cuya causa no se probará que desde aquel tiempo á éste haya

ningún inglés muerto cuervo alguno? Pues en tiempo de este buen Rey

fue instituida aquella famosa orden de caballería de los Caballeros de

la Tabla Redonda, y pasaron sin faltar un punto los amores que allí

se cuentan de don Lanzarote del Lago con la reina Ginebra, siendo

medianera dellos y sabidora aquella tan honrada dueña Quintañona, de

donde nació aquel tan sabido romance y tan decantado en nuestra España

de:

Nunca fuera caballero

De damas tan bien servido,

Como fuera Lanzarote

Cuando de Bretaña vino;

con aquel progreso tan dulce y tan suave de sus amorosos y fuertes

fechos».

Un solo libro de esta familia caballeresca citó nominalmente Cervantes,

y es también el único que muy abreviado forma todavía parte de la

biblioteca de cordel. Es la _Crónica de los nobles caballeros Tablante

de Ricamonte y Jofre, hijo de D. Asson, é de las grandes aventuras

y hechos de armas que uvo yendo á libertar al conde don Milian, que

estaba presso, la cual fué sacada de las crónicas é grandes hazañas

de los caballeros de la Tabla Redonda_[293]. «¡Bien haya mil veces

el autor de _Tablante de Ricamonte_ (exclamó Cervantes)... y con

qué puntualidad lo describe todo!» (Parte 1.ª, capítulo XVI). Pero

el elogio debe de ser tan irónico como el que allí mismo hace del

autor que escribió _Los hechos del Conde Tomillas_ (el _Enrique Fi de

Oliva_), pues el _Tablante_ es muy corto y muy seco en la narración, á

pesar de las aventuras que en él se acumulan, y cuyo verdadero héroe

es Jofre, hijo del conde D. Asón. Él es quien vence á un enano, hijo

del Diablo; él quien allana la torre encantada de Montesinos; él quien

mata al Malato, poniendo en libertad á una doncella y trescientos

niños que tenía encarcelados para degollarlos; él quien obliga á todos

los caballeros andantes que va venciendo á ir á la corte de Camelot á

prestar homenaje á la reina Ginebra; él, finalmente, quien triunfa en

singular batalla del feroz Tablante, y pone en libertad al conde D.

Milián, á quien aquél se complacía en azotar públicamente dos veces al

día para afrentar á su rey Artús y á la reina Ginebra.

El original remoto de esta novela es un poema provenzal del siglo

XIII, _Jaufre e Brunesentz_, publicado por Raynouard[294]. Brunesentz

(_Brunessen_ en el texto castellano) es el nombre de la sobrina del

conde D. Milián, con quien se casa Jofre después de su victoria.

_Taulat de Rugimon_ es el nombre que Tablante tiene en este poema,

dedicado á un rey de Aragón, que no puede ser D. Pedro II, como creyó

Fauriel[295], sino D. Jaime el Conquistador, como han probado Bartsch

y Gastón París[296]. Pero el libro de caballerías español no procede

inmediatamente de este poema, sino de una redacción en prosa francesa,

atribuida, según era costumbre en esta clase de libros, al _honrado

varón Felipe Camus_, cuyo nombre debía de ser muy popular en España,

puesto que tantas novelas se le adjudicaron además del _Oliveros de

Castilla_ (que realmente tradujo) y hasta se puso su nombre en una

edición del _Tristán de Leonís_.

Independientes de la Tabla Redonda, pero enlazadas con otro género de

leyendas bretonas, aparecen las fabulosas narraciones relativas al

Purgatorio de San Patricio, que tienen en nuestra literatura tan varia

y rica representación, comenzando por el apócrifo viaje del caballero

Ramón de Perellós en 1398, cuyo original catalán se ha perdido, pero

del cual restan una traducción provenzal del siglo XV, recientemente

impresa[297], y una latina del XVII. El autor de esta relación, fuese

Perellós ú otro que tomó su nombre, no hizo más que apropiarse el

viaje al otro mundo que se suponía hecho en 1153 por el caballero

irlandés Owenn (el _Ludovico Enio_ de Calderón). La _Visio Tungdali_,

otra forma más conocida de dicha leyenda, fué puesta dos veces en

catalán, llamando _Tutglat_ al protagonista[298]; otras dos veces se

tradujo al portugués con el nombre de _Tungulu_[299], y en castellano

fué impresa con el rótulo de _Historia del virtuoso caballero don

Tungano, y de las grandes cosas y espantosas que vido en el infierno

y en el purgatorio y el parayso_[300]. Pero ni de estos libros ni de

la nueva forma que dió á la leyenda el doctor Juan Pérez de Montalbán

en su _Vida y purgatorio de San Patricio_ (1627), fuente única de la

comedia de Lope de Vega _El mayor prodigio_, y de la famosa de Calderón

_El Purgatorio de San Patricio_, nos incumbe tratar aquí, porque este

género de temas no pertenecen en rigor á la historia de la novela, sino

á la de las leyendas hagiográficas, campo vastísimo que reclama para

sí solo la labor de muchos investigadores. Por igual motivo prescindo

de las leyendas, también de origen céltico, relativas á los viajes de

San Brandán, de las cuales queda un reflejo en nuestra _Vida de San

Amaro_[301], y de los mitos geográficos que con ellas se enlazan, y que

no estaban olvidados por cierto en la grande época de las navegaciones

y los descubrimientos de portugueses y castellanos.

V

APARICIÓN DE LOS LIBROS DE CABALLERÍAS INDÍGENAS.--«EL

CABALLERO CIFAR».--ORÍGENES DEL «AMADÍS DE GAULA».--LIBROS

CATALANES DE CABALLERÍAS: «CURIAL Y GÜELFA», «TIRANTE EL

BLANCO».--CONTINUACIONES DEL «AMADÍS DE GAULA».--CICLO DE

LOS PALMERINES.--NOVELAS CABALLERESCAS SUELTAS.--LIBROS

DE CABALLERÍAS Á LO DIVINO.--LIBROS DE CABALLERÍAS EN

VERSO.--DECADENCIA Y RUINA DEL GÉNERO Á FINES DEL SIGLO XVI.

Aunque la opinión común, expresada ya por Cervantes en el donoso

escrutinio de la librería de D. Quijote, da por supuesto que fué el

_Amadís de Gaula_ el primer libro de caballerías que se escribió en

España[302], afirmación que puede ser verdadera si se refiere á los

orígenes remotos de la célebre novela, hay que considerar que la época

de la composición del _Amadís_ es muy incierta y que hasta ahora el

más antiguo libro de caballerías con fecha conocida es _El Caballero

Cifar_, que pertenece sin disputa á la primera mitad del siglo XIV.

En un largo prólogo que falta en la edición sevillana de 1512[303],

pero que se halla en los dos códices de París y Madrid, únicos que se

conocen de obra tan rara[304], comienza el autor hablando del jubileo

de 1300 y de la ida á Roma del arcediano Ferrand Martínez, que trasladó

á Toledo el cuerpo del cardenal D. Gonzalo García Gudiel, fallecido

en 4 de julio de 1299, Por tratarse del primer cardenal que recibía

sepultura en España, y por las dificultades que hubo que vencer en Roma

para lograr la entrega del cadáver, se dió mucha importancia á este,

suceso, y el autor refiere muy prolijamente cómo salieron á recibirle

en Burgos el rey D. Fernando IV y su madre Doña María, y en Toledo el

arzobispo D. Gonzalo Díaz Palomeque, sobrino del difunto; Entre otros

personajes que va citando como asistentes á la traslación figura uno,

el obispo de Calahorra D. Fernando González, que murió antes de 1305.

Con esto tenemos la fecha aproximada del fúnebre viaje, y también la

de _El Caballero Cifar_, cuyo autor, que bien pudiera ser el mismo

Ferrand Martínez, arcediano de Madrid en la iglesia de Toledo, tuvo

el raro capricho de anteponer esta relación á la historia de aquel

caballero, la cual suponía trasladada de caldeo en latín y de latín

en romance. El impresor de Sevilla suprimió el prólogo, sin duda por

considerarle impertinente al propósito de la fábula; pero recalca mucho

la antigüedad de la obra, que con efecto se manifiesta en el lenguaje,

contemporáneo del de D. Juan Manuel, aunque mucho más rudo y pobre

de artificio: «Puesto que el _stilo della sea antigo_, empero no en

menos deue ser tenida: que avnque tengan el gusto dulce con el estilo

de los modernos, no de vna cosa sola gozan los que leen los libros é

historias...

«Por donde las tales obras son traydas en vilipendio de los grosseros.

Assi que si de _estilo moderno_ esta obra carece, aprouechar se han

della de las cosas hazañosas e aguadas que en ella hallarán, y de

buenos enxemplos: e supla la buena criança de los discretos... las

faltas della e _rancioso estilo_, considerando que la intención suple

la falta de la obra».

El título verdadero, y completo de tan peregrino libro es: _Historia

del Cavallero de Dios que avia por nombre Cifar, el qual por sus

virtuosas obras et hazañosas cosas fue rey de Mentón_. Pero no sólo se

cuentan sus hechos, sino también los de sus hijos Garfín y Roboán, el

segundo de los cuales «vino á ser emperador de Tigrida». El título de

_Caballero de Dios_ parece que anuncia un libro de caballerías _á lo

divino_, género que abundó tanto en la literatura del siglo XVI, pero

no lo es enteramente el _Cifar_, aunque encierra «muchas e catholicas

doctrinas e buenos enxemplos, assi para cavalleros como para las otras

personas de cualquier estado». Contiene además elementos de procedencia

hagiográfica y el hecho mismo de hacer á Cifar natural de la India

revela la influencia del _Barlaam y Josafat_, que veremos confirmada

luego en las parábolas. Pero en conjunto el _Cifar_ no es libro de

caballerías espirituales, sino mundanas, si bien recargado en extremo

de máximas, sentencias y documentos morales y políticos, que le dan

una marcada tendencia pedagógica y le afilian hasta cierto punto en el

género que Amador de los Ríos llamaba _didáctico-simbólico_.

La composición, de esta novela es extrañísima, y son tantos y tan

heterogéneos los materiales que en ella entraron, no fundidos, sino

yuxtapuestos, que puede considerarse como un _spécimen_ de todos los

géneros de ficción y aun de literatura doctrinal que hasta entonces

se habían ensayado en Europa. Tiene, por tanto, capital importancia

el estudio de sus fuentes, como acaba de mostrarlo en una excelente

y erudita memoria el joven profesor norteamericano Carlos Felipe

Wagner[305].

Para orientarse en el enmarañado laberinto del _Cifar_, hay que

distinguir tres cosas; la acción principal de la novela, la parte

didáctica y _paremiológica_ y los cuentos, apólogos y anécdotas que por

todo el libro van interpolados.

La fábula principal, que es muy desordenada é incoherente, reproduce,

aunque con notables variantes, una de las leyendas piadosas más

populares en la Edad Media, la de San Eustaquio ó Plácido, narración

de origen griego, que, popularizada en Occidente por el _Speculum

Historiale_ de Vicente de Beauvais, por la _Legenda Aurea_ y por

el _Gesta Romanorum_, fué vertida desde el siglo XIII en todas las

lenguas principales de Europa. Ya hemos tenido ocasión de mencionar

la traducción castellana publicada por Knust, que probablemente es

anterior á _El Caballero Cifar_[306].

La historia de Plácido, aunque escrita con intento piadoso, pertenece

al género de las novelas de aventuras y reconocimientos, cuyo

más antiguo tipo cristiano son las _Clementinas_. Fácil era, por

consiguiente, secularizarla cambiando los nombres de los personajes y

algunas peripecias de la fábula, y esto fué lo que hizo el autor del

_Cifar_, convirtiendo al Santo en caballero andante, pero sin borrar

las huellas de la obra primitiva, que está recordada expresamente

en el capítulo 42. Cuando el caballero Cifar se ve separado de su

mujer y de sus hijos hace una fervorosa oración, rogando á Dios que

torne á reunirle con su familia, así como había reunido «á Eustachion

é Teospita, su muger, e sus fijos Agapito é Teospito». Expondremos

rápidamente la marcha de los acontecimientos:

Aunque el caballero Cifar era muy valeroso y de buen consejo, hubo de

incurrir en la indignación del rey de la India por malas artes de los

envidiosos y por cierta mala estrella suya que hacía muy costosos sus

servicios militares, pues tenía la rara desventura de no haber caballo

ni bestia alguna que no se le muriese ó desgraciase al cabo de diez

días. Por tal razón, él, la buena dueña Grima, su mujer, y sus dos

hijos vivían en gran pobreza y alejamiento de la corte, en la cual

prevalecían tanto los malsines, que el rey dejó de llamarle para las

guerras, á pesar de su grande esfuerzo y reconocida pericia. Cifar se

afligía mucho con esto, y su mujer procuraba consolarle. En recompensa

de tal solicitud, se decide el caballero á confiarla un secreto que

había recibido de su abuelo á la hora de la muerte; es á saber, que

descendía de linaje de reyes, el cual había perdido su estado por la

maldad de uno de ellos, y no le recobraría hasta que de su propia

sangre naciese otro caballero tan bueno y virtuoso como perverso había

sido el rey destronado. Parte por confiar en el cumplimiento de esta

profecía, parte por la esperanza de que su abatida fortuna podría

mejorarse en tierra extraña, determinan ambos cónyuges abandonar

su país. Venden cuanto poseían, convierten sus casas en hospital y

emprenden su peregrinación sin más compañía que la de sus dos hijos, de

corta edad. Á los diez días, precisamente cuando acababa de sucumbir,

como era de rigor, el palafrén que Cifar montaba, llegan á la ciudad

de Galapia, que estaba cercada á la sazón por el ejército del conde

Roboán, señor de las Torres de Fesán, el cual, empeñado en hacer

casar á un su sobrino con la señora de Galapia, la hacía guerra cruda

por no querer consentir ella en tal matrimonio. El caballero Cifar

se pone al frente de los sitiados, mata al sobrino del conde, hace

levantar el cerco de la ciudad, derrota en batalla campal al ejército

enemigo, deja mal ferido «al señor de la hueste» y hace prisionero á

un hijo suyo que, como era «mancebo muy apuesto, e muy bien rrasonado

e de buen lugar», cae en gracia á la señora de Galapia, y acaba por

casarse con ella, trayéndola en dote la herencia de los estados de su

padre. En los tratos y ajustes de la paz y de la boda interviene mucho

con su prudente consejo el caballero Cifar, á quien todos colman de

honores y agasajos, invitándole para que se quede á morar en aquella

tierra. Pero él resueltamente se niega á permanecer más de un mes,

y aun en tan breve tiempo todas las alegrías se le acibaran con la

inevitable muerte de sus caballos dentro del plazo fatal de los diez

días. Peores aventuras le aguardaban en la prosecución de su jornada.

Una leona le arrebata á su hijo mayor Garfín. El otro se le pierde

en la ciudad de Falac. Unos marineros, con quienes había concertado

el pasaje al reino de Orbin, roban á su mujer y se van mar adentro,

dejándole abandonado en la ribera. En tan amargo trance le consuela

una voz del cielo: «Caballero bueno, non desesperes, ca tu verás de

aqui adelante que por cuantos pesares e cuytas te vinieron, que te

vernan muchos plaseres e muchas alegrias e muchas onrras; ca non tengas

que has perdido la mujer e los hijos, ca todo lo cobrarás a toda tu

voluntad». Confortado con estas palabras y encomendándose á Dios, el

devoto caballero se aleja de la ciudad, precisamente cuando entraba en

ella para buscarle con inútil empeño durante ocho días un burgués de

los más ricos y poderosos, que yendo de caza había rescatado al niño

robado por la leona, y después había recogido y prohijado también al

otro niño perdido en las calles de Falac. Entretanto Grima, invocando

el nombre de la Virgen Santísima, se libraba de la brutalidad de los

marineros, que, entregados á un diabólico furor, acabaron por matarse

unos á otros en fiera contienda sobre su posesión. Entonces la buena

dueña «alçó los ojos arriba e vido la vela tendida e yva la nave con

un viento el mas sabroso que podiese ser, e non yba ninguno en la nave

que la guiase, salvo ende vn niño que vido estar encima de la vela muy

blanco e muy fermoso, e maravillose como se podia tener atan pequeño

niño encima de aquella vela; e este niño era Jhesu Christo que le

viniera a guiar la nave por ruego de su madre Santa Maria, ca asy lo

avia visto la dueña esa noche en vision. E este niño non se quitaba

de la vela de dia nin de noche, fasta que la pusso en el puerto do

avia de arribar... la nave catando todas las cosas que eran en ella,

e falló alli cosas muy nobles e de grand precio e mucho oro e mucha

plata e mucho aljofar e muchas piedras preciosas e otras mercaderias de

muchas maneras, assy que un reyno muy pequeño se ternie por abondado de

tal riquesa, entre las quales falló muchos paños tajados e guarnidos

de muchas guisas e muchas tocas de dueñas, segund las maneras de la

tierra, e bien le semejó que avie paños e guarnimentos para dosientas

dueñas, e maravilló que podrie esto ser, e por tan buena andança como

esta alçó las manos al Nuestro Señor Dios gradesciendole quanta merced

la fisiera, e tomó de aquella ropa que estava en la nave, e fizo su

estrado muy bueno en que se posase, e vistiose un par de paños los

mas onrrados que alli falló e asentose en su estrado e alli rogaba

a Dios de noche e de dia que oviesse merced della, e le diese buena

cima a todo lo que avia començado». Dos meses anduvo sobre la mar,

hasta que aportó á la ciudad de Galapia, cuyos reyes la hicieron el

más honroso acogimiento, viéndola tan maravillosamente protegida por

el auxilio celestial. Allí fundó un monasterio, donde permaneció nueve

años, cumplidos los cuales pidió por merced al rey y á la reina que

la dejasen tornar á su tierra. El niño Jesús volvió á guiar su nave, y

la condujo prósperamente primero á la tierra del rey Ester y luego al

reino de Menton. De este reino era señor entonces el caballero Cifar,

después de muchas y muy raras aventuras en que le había acompañado su

fiel y sentencioso escudero Ribaldo, figura la más original del libro,

en la cual insistiremos después. El rey de Menton, cercado por el de

Ester, había prometido la mano de su hija y la herencia de sus estados

á quien hiciese levantar el cerco y le librase de su poderoso enemigo.

Cifar lo consigue; parte por la fortaleza de su brazo, parte por las

astucias del Ribaldo, mata en sendas lides á dos hijos y á un sobrino

del rey de Ester, entra en la ciudad fingiéndose loco, conquista el

afecto del rey y de la infanta, se pone al frente de los sitiados y

alcanza la más espléndida victoria. Todos le aclaman y comienzan á

llamarle «el caballero de Dios», título con que se le designa en todo

lo restante de la novela. El rey le otorga la mano de su hija; pero

como era «pequeña de días, la ovo él de atender dos años». Antes de

cumplirse, muere el rey su suegro, y el caballero de Dios le sucede

en el trono; pero acordándose muy á tiempo de su primera mujer y de

sus hijos, hace creer á la Infanta que tenía hecho voto de castidad

por dos años para expiar un gran pecado, que había cometido. Fácil

es adivinar cómo la _anagnorisis_ de los dos esposos por tan largo

tiempo separados viene á resolver tan difícil situación. Grima llega al

reino de Menton con propósito de fundar un hospital para «fijosdalgo

viandantes». Cifar la reconoció en seguida «e demudosele toda la color,

pensando que ella dirie cómo ella era su mujer», lo cual no es indicio

de gran ternura conyugal en el «Caballero de Dios». Á ella le costó

más trabajo reconocer á su marido «porque avie mudado la palabra e non

fablava el lenguage que solia, e le avia crescido mucho la barva»;

pero cuando llegó á convencerse de que le tenía delante «non se osó

descubrir, porque el rrey non perdiese la honra en que estava». La

buena dueña funda su hospital, protegida por la reina, que desde su

primera entrevista en la iglesia la cobra entrañable afecto. «E la

buena dueña estava todo lo mas del dia con la rreyna, que non quería

oyr misa nin comer fasta que ella viniese; e en la noche yvase para su

ospital e todo lo mas de la noche estava en oracion en una capilla que

alli avie, e rogava a Dios que antes que muriese le dexasse ver alguno

de sus hijos, e señaladamente el que perdiera en la cibdad ribera de la

mar; ca el otro que le levara la leona, non avie fiucia ninguna de lo

cobrar, ca bien creye que se lo avrie comido».

La Providencia había dispuesto las cosas de otro modo, y el deseo de

Grima iba á verse cumplido muy pronto, pero no sin exponerla á un

nuevo y gravísimo peligro. Sus hijos, educados por el buen burgués

que los prohijó, aventajaban á todos los de su edad en los ejercicios

caballerescos, en el _bofordar_, en el tiro de la lanza, en la

cetrería, en los juegos de tablas y ajedrez; eran de mucho esfuerzo y

gran corazón, corteses y mesurados en sus palabras, y ardían en deseos

de ser armados caballeros por el rey de Mentón, monarca tan famoso por

sus triunfos bélicos como por su santa vida. Se dirigen, pues, á su

corte, y son acogidos en el hospital de «fijosdalgo» que dirigía su

madre, la cual los reconoce por ciertas palabras y señales, y queda

casi amortecida con el gozo de verlos. Cuando torna en sí, comienza á

referirse sus aventuras, y la sabrosa plática se alarga tanto que los

tres quedan dormidos en la misma cámara hasta la hora de tercia. Así

los sorprende el portero que viene de parte de la reina á llamar á

Grima para que la acompañe á misa. Lleno de asombro, vuelve á contar

á su señora lo que había visto. El rey sorprende á los dormidos, y

con gran saña, como hombre fuera de seso, condena á los tres á la

hoguera. Pero antes que la bárbara sentencia se cumpla quiere hablar

con los dos mancebos, y por las explicaciones que le dan reconoce que

son sus hijos. Él, por su parte, no les revela el secreto, pero los

arma caballeros y les da tierras y vasallos. Su pobre mujer continúa al

cuidado del hospital y no sabemos si alguna vez la hubiera reconocido,

á no morirse muy oportunamente la reina pocos días antes de cumplirse

el plazo del supuesto voto de castidad por dos años. Con esto se allana

todo de la mejor manera posible; el caballero de Dios convoca á sus

vasallos y les cuenta sus aventuras: todos aclaman á su mujer por reina

y á su hijo mayor por heredero del trono.

Tal es, muy en esqueleto, la materia del primer libro de _El Caballero

Cifar_, descontadas las aventuras personales de Garfín y Roboán y del

Ribaldo, que deben ser consideradas aparte. El fondo principal de este

relato tiene carácter marcadísimo de novela bizantina, que saltaría

á los ojos aunque no conociésemos sus precedentes. Las principales

aventuras se reducen á viajes, naufragios, piraterías, pérdidas de

niños y reconocimiento de padres, hijos y esposos. Salvo las escenas,

harto insignificantes, de los dos sitios de Galapia y de Mentón, poco

hay en esta parte del _Cifar_ que anuncie la intemperancia belicosa de

los libros de caballerías posteriores. Las empresas atribuidas al héroe

no traspasan cierto límite que relativamente puede llamarse razonable.

Las descripciones de batallas son muy pálidas, y se ve que el autor,

que debía de ser hombre de iglesia, da más importancia á las virtudes

pacíficas y á la piadosa aunque algo egoísta resignación del _caballero

de Dios_ que á los tajos y mandobles de su espada. Además, la novela es

de una castidad perfecta, sólo comparable con la de _El conde Lucanor_.

En todos los puntos capitales (peregrinación de un caballero con su

mujer é hijos, pérdida y encuentro de la una y de los otros, aventuras

paralelas del marido y de la mujer) conviene el _Cifar_ con la leyenda

de San Eustaquio; pero no sólo difiere en el desenlace, que en la

vida del santo es su martirio y el de su familia, y en la crónica

del caballero su mayor ensalzamiento y prosperidad mundana, sino que

mezcla, como ha mostrado Wagner, episodios y circunstancias de pura

invención ó tomados de otras fuentes novelescas. La mala estrella que

persigue á los caballos de Cifar puede ser amplificación original del

novelista sobre el sencillo dato de haber perdido San Eustaquio todos

sus caballos en una pestilencia; pero la milagrosa intervención de la

Virgen para libertar á Grima de los marineros parece imitada de la

_Historia de una Santa Emperatriz que ovo en Roma_ (Crescencia) ó de

una cantiga de Alfonso el Sabio. La situación de Cifar, marido de dos

mujeres, pertenece á una leyenda muy conocida, cuya más bella expresión

es el _Lai de Eliduc_ de María de Francia[307], La promesa que un rey

hace de la mano de su hija al vencedor en la guerra ó en un torneo

es lugar común que se repite en el _Fermoso cuento del Emperador Don

Ottas_, y que por raro caso se halla también en la versión inglesa del

_Gesta Romanorum_[308], donde _Averroes_, emperador de Roma, pregona

las justas en que sale vencedor el caballero Plácido (otra variante de

San Eustaquio). Son innumerables las versiones del tema de la inocente

mujer perseguida y condenada á la hoguera por falsos indicios; pero el

cuento que tiene verdadera analogía ó más bien identidad con el de

Grima y sus hijos es el 36 de _El conde Lucanor_ «de lo que contesció á

un mercadero, cuando falló a su muger e a su fijo durmiendo en uno».

Con la historia de los hijos de Cifar, Garfín y Roboán, que comienza en

el capítulo XCVII del primer libro, penetramos en un mundo enteramente

distinto, en el mundo encantado, fantástico y lleno de prestigios, en

que se mueven los héroes del ciclo bretón. El contraste no puede ser

más grande ni menos hábil la fusión de elementos tan discordes como

el bizantino y el céltico. Sublévase el conde Nasón contra su señor

el rey; van á combatirle los dos príncipes acompañados del Ribaldo,

le vencen y llevan preso á la corte, donde es condenado por traidor,

quemado y hecho polvos, los cuales son lanzados en un lago muy hondo.

«E quando alli los lançaron, todos los que estavan alli oyeron las

mayores boses del mundo que davan so el agua; mas non podien entender

lo que se desie. E assy como començo a bullir el agua, levantose della

un viento muy grande a maravilla; de guisa que todos quantos alli

estavan cuydaron peligrar e que los derribarie dentro, e fuyeron todos

e vinieronse para el rreal, e contaronlo al rey e a todos los otros que

maravillaronse mucho dello. E sy grandes maravillas parecieron alli

aquel dia, muchas mas parescen y agora, segund cuentan aquellos que

las vieron, e disen que oy dia van muchos a ver aquellas maravillas,

ca veen alli cavalleros armados lidiando derredor del lago, e veen

cibdades e castillos muy fuertes, combatiendo los unos a los otros, e

dando fuego a los castillos e las cibdades. E quando se fasen aquellas

visiones e van al lago, fallan que está el agua bulliendo tan fuerte

que la non osan catar; e al derredor del lago, bien dos _migeros_

(millas), es todo ceniza. E a las vegadas, parase alli una dueña muy

fermosa en medio del lago, e faselo amansar, e llama a los que estan de

fuera por los engañar, assi como acontesció a un cavallero que fue a

ver estas maravillas, que fue engañado desta guisa».

Y aquí comienza la peregrina y sabrosa historia de la Dama del Lago, de

la cual, por ser la más antigua de su género escrita en nuestra lengua,

daremos un extracto:

«Dise el cuento que un cavallero del rreyno de Panfilia oyó desir

destas maravillas que parescien en aquel lago e fuelas a ver; e el

cavallero era muy syn miedo e muy atrevido, ca non dubdara de provar

las maravillas e aventuras del mundo e por esto avie nonbre _el

Cavallero atrevido_, e mandó fincar una su tienda cerca de aquel lago

e alli se estava de dia e de noche, veyendo aquellas maravillas...

Assi que un dia paresció en aquel lago una dueña muy fermosa, e llamó

al cavallero, e el cavallero se fue para ella... E ella le dixo que el

omen del mundo que ella mas querie e mas amava que era a él, por el

grand esfuerço que en él avie, e que non sabie en el mundo cavallero

tan esforçado como él. E el cavallero, quando estas palabras oyó,

semejole que mostrarie covardia sy non fisiese lo que ella queria; e

dixole assi: «Señora, sy esta agua non fuese mucho mas fonda, llegaria

a vos.--Non está fonda, dixo ella, ca por el suelo ando, e non me da

el agua synon fasta el tovillo». E ella alçó el pie del agua e mostró

gelo; e al cavallero semejole que nunca tan blanco nin tan fermoso

ni tan bien fecho pie viera como aquel, e cuydando que todo lo al se

siguie asy segund aquello que parescie, llegose a la orilla del lago,

e ella lo fue tomar por la mano, e dio con él dentro en aquel lago, e

fuelo a levar por el agua, fasta que lo abaxó ayuso, e metiolo en una

tierra muy estraña. E segund que a él le semejava, era muy fermosa e

muy viciosa, e vido alli muy gran gente de cavalleros e de otros muchos

omes que andavan por toda aquella tierra muy estraña; pero que no le

fablaba ninguno dellos, nin le desia ninguna cosa, por la qual razon él

estaba muy maravillado (cap. CX).

* * * * *

«Antes que llegasen a la cibdad, salieron a ellos muchos cavalleros

e otra gente a los recibir con muy grandes maravillas e alegrias, e

dieronles sendos palafrenes ensellados e enfrenados muy noblemente,

en que fuesen; e entraron en la cibdad e fueronse a los palacios do

morava aquella dueña, que eran muy grandes e muy fermosos; ca asy

le parescieron aquel cavallero tan noblemente obrados, que bien le

semejava que en todo el mundo non podrien ser mejores palacios nin

más nobles, nin mejormente obrados que aquellos; ca encima de las

coberturas de las casas parescie que avie rrubies e esmeraldas e

çafires, todos fechos a un talle o tan grandes como la cabeça de un

ome; en manera que de noche asy alumbravan todas las cosas, que non

avie camara nin logar por apartado que fuese que tan lumbroso non

fuese como sy estuviese lleno de candelas. E fueronse a posar el

cavallero e la dueña en un estrado muy alto que les avien fecho de

paños de seda e de oro muy nobles; e alli vinieron delante dellos

muchos condes e muchos duques... e otra mucha gente, e fueron besar

la mano al cavallero por mandamiento de la dueña; e rescibieronlo por

señor. E de sy fueron puestas tablas por todo el palacio, e delante

dellos fue puesta una mesa la mas noble que omen podie ver, ca los

pies della eran todos de esmeraldas e de çafires e de rrubies; e eran

tan altos como un cobdo o mas, e toda la tabla era de un rrubi, e tan

claro era que non parescia synon una brasa. E en otra mesa apartada

avie y muchas copas e muchos vasos de oro, muy noblemente obrados e

con muchas piedras preciosas, asy que el menor dellos non lo podrien

comprar los mas ricos tres reyes que oviese en aquella comarca; e

atanta era la baxilla que alli era, que todos quantos cavalleros comien

en aquel palacio, que era muy grande, comien en ella. E los cavalleros

que alli comien eran dies mil; e bien semejó al cavallero que sy él

tantos cavalleros toviese en su tierra e tan bien guisados como a él

parescien, que non avrie rey, por poderoso que fuese, que lo podiese

sofrir, e que podrie ser señor de todo el mundo. E alli les truxieron

manjares de muchas maneras adobados, e trayanlos unas doncellas las mas

fermosas del mundo e muy noblemente vestidas... pero que non fablavan

nin desien ninguna cosa. E el cavallero se tovo por muy rico e por muy

bien andante con tales cavalleros e con tanta rriquesa que vido ante

sy, pero tenia por muy estraña cosa non fablar ninguno, ca tan callando

estavan, que non semejava que en todos los palacios ome oviese; e por

ende non lo pudo sofrir e dixo: «Señora, ¿qué es esto? ¿por qué non

fabla esta gente?--Non vos maravilledes, dixo la dueña, ca costumbre

es desta tierra, ca quando alguno rresciben por señor, fasta siete

semanas non han de fablar, e non tan solamente al señor mas uno a otro;

mas deven andar muy omildosos delante de su señor, e serle mandados en

todas las cosas del mundo quales les él mandare. E non vos quexedes,

ca quando el plaso llegare, vos veredes que ellos fablarán mas de

quanto vos querredes; pero quando les mandaredes callar, callarán, e

quando les mandaredes fablar, fablarán, e asy en todas las otras cosas

que quisieredes». E de que ovieron comido, levantaron las mesas muy

_toste_, e alli fueron llegados muy grand gente de juglares; e unos

tocavan estrumentos e los otros saltavan; e los otros subian por el

rrayo del sol a las finiestras de los palacios que eran muy altos, e

descendien por él, asy como sy descendiesen por cuerda, non se fasien

ningún mal. «Sennora, dixo el cavallero, ¿qué es esto que aquellos

omes suben tan ligeramente por el rrayo de aquel sol e descienden?»

Dixo ella: «Ellos saben todos los encantamentos para faser todas estas

cosas e mas. E non seades tan quexoso para saber todas las cosas en una

ora, mas ved e callad; asy podredes aprender mejor las cosas; ca las

cosas que fueron fechas en muy grand tiempo e con muy grand estudio,

non se pueden aprender en un dia (cap. CXII).

«De que fue ya anochecido, fueronse todos aquellos cavalleros de alli

e todas las donsellas que alli servien, salvo dos; e tomaron por las

manos la una al cavallero, e la otra a la señora, e levaranlos a una

camara que estava tan clara como si fuese de día por los rrubies que

estaban alli engastonados encima de la camara e echaronlos en una cama

tan noble que en el mundo non podie ser mejor, e ssalieronse luego de

la camara, e cerraron las puertas, asy que esa noche fue la dueña en

cinta. E otro dia, en la mañana fueron alli las donsellas, e dieronles

de bestir, e luego en pos desto agua a las manos en sendos bacines

amos a dos de finas esmeraldas e los aguamaniles de sendos rrubies; e

de sy vinieronse para el palacio mayor, e asentaronse en rico estrado,

e venien delante dellos muchos trasechadores que plantavan arboles

en medio del palacio, e luego nacien e florecien e crecien e levaban

fruta; del qual fruto cogian las donsellas, e trayan en sendos bacines

dello al cavallero e a la dueña. E creye el cavallero que aquella fruta

era la mas fermosa e la mas sabrosa del mundo. «¡Valme Nuestro Señor,

qué extrañas cosas ay en esta tierra! dixo el cavallero.--Cierto sed,

dixo la dueña, que mas extrañas las veredes, ca todos los arboles

de aquesta tierra e las yervas nacen e florecen e dan fruto nuevo

de cada dia; e las otras reses paren á siete dias.--¿Cómo? dixo

el cavallero, señora, puesto que vos soes en cinta, ¿a siete dias

avredes fruto?--Verdad es, dixo ella.--Bendita sea la tierra, dixo el

cavallero, que tan ayna lieva fruto e tan abondada es de todas las

cosas». E asy pasaron su tiempo muy viciosamente, fasta los syete dias

que parió la dueña un fijo, e dende a otros syete dias fue tan grande

como su padre. «Agora veo, dixo el cavallero, que todas las cosas

crecen aqui a desora; mas maravillome por qué lo fase Dios más en esta

tierra que en otra». E pensó en su coraçon de yr a andar por la cibdat

por preguntar a otros qué podrie ser esto, e dixo: «Señora, sy lo por

bien tovieredes, cavalgariamos yo e este mi fijo comigo, e yriamos

andar por esta tan noble cibdat por la mirar que tan noble es.--Mucho

me place que vayades, dixo la dueña» (cap. CXIII).

En este paseo por la ciudad, el _Caballero atrevido_ no sólo quebranta

el juramento que había hecho á la dama del lago de no dirigir la

palabra á ninguna dueña, sino que comienza á requerir de amores á una

que le parece más hermosa que su señora. Al enterarse ésta de tal

perfidia, «fue la mas sañosa cosa e la mas ayrada del mundo contra él;

e asentose a un estrado e tenie el un braço sobre el conde Nason, al

qual dio por traydor el rey de Menton, e el otro sobre su bisauuelo

que fuera dado otrosy por traydor... E quando entraron el cavallero e

su hijo por la puerta, en sus palafrenes, vieron estar en el estrado

un diablo muy feo e muy espantable, que tenie los braços sobre los

condes, e parescia que les sacava los coraçones e los comie. E dio

un grito muy fuerte é dixo: «Vete, cavallero loco e atrevido, con tu

fijo e sal de la mi tierra, ca yo soy la señora de la traycion». E fue

luego fecho un gran terremoto que le semejó que todos los palacios e la

cibdad se venien a la tierra; e tomó un viento torbellino al cavallero

e a su fijo, que bien por alli por do descendio el cavallero por alli

los subio muy de rresio, e dio con ellos fuera del lago, cerca de la

su tienda. E este terremoto syntieron bien á dos jornadas del lago, de

guisa que cayeron muchas torres e muchas casas en las cibdades e en

villas e en los castillos» (cap. CXVI).

El maltrecho caballero y su diabólico hijo fueron recogidos por sus

escuderos en la tienda que habían plantado cerca del lago, pero los dos

palafrenes en que venían montados se sumergieron en las pestilentes

aguas de aquel mar muerto: «el uno en semejança de puerco, e el otro

en semejança de cabra, dando las mayores bozes del mundo». Al niño,

que ya era mayor que su padre, «acordaron de lo bautisar, e pusieronle

nombre _Alberte diablo_, e este fue muy buen cavallero de armas, e muy

atrevido e muy syn miedo en todas las cosas, ca non avie en el mundo en

que dubdase e que non acometiese. E deste linaje hay hoy dia cavalleros

en aquel reyno de Panfilia mucho endiablados e muy atrevidos en sus

fechos» (cap. CXVII).

Alguna reminiscencia de la leyenda de _Roberto el diablo_ puede

reconocerse en este final. En cuanto á la tradición de la Dama del Lago

pertenece al fondo común de la mitología céltica, y está emparentada

con otras creencias supersticiosas que á cada paso se encuentran en el

_folk-lore_ de toda Europa, sin excluir el de España (las _[:x]anas_

de Asturias, las moras encantadas, etc.). Las maravillas del sulfúreo

lago recuerdan, por otra parte, el cuento del joven sultán de las

Islas Negras en _Las Mil y una noches_, donde se habla de una ciudad

sumergida, cuyos habitantes se habían convertido en pescados; y una

leyenda de Frisia, en que se supone que la ciudad de Staverne padeció

el mismo castigo por su soberbia, y que cuando la mar está tranquila,

se oye todavía el son de sus campanas tocadas por los peces. Pero el

pasaje más curioso, porque en España fué escrito seguramente y á España

se refiere, es el del capítulo III del pseudo Turpin, que contiene una

especie de geografía de la Península, enumerando las villas y lugares

que según el fabuloso cronista conquistó Carlo-Magno. Entre ellas se

cita una llamada Lucerna, situada _in valle viridi_ (Valverde), la cual

por mucho tiempo se resistió á las armas del Emperador, hasta que,

invocando éste la protección de Dios y del Apóstol Santiago, cayeron

los muros por tierra y la ciudad quedó desolada hasta el día de hoy,

ocupando su centro una gran laguna de pestíferas aguas, llena de peces

negros[309].

Pero si en los pormenores de esta leyenda puede encontrarse algo que

no corresponde peculiarmente al ciclo bretón, el colorido general de

la historia del _Caballero Atrevido_ es el de los cuentos de la Tabla

Redonda, y no hay duda posible respecto á la historia de Roboam,

hijo menor de Cifar, que forma por sí sola el libro tercero de tan

voluminosa novela. Sería fatigoso detallar las proezas que lleva á cabo

en el reino de Pandulfa, en el condado de Turbia, y finalmente en el

imperio de Tigrida, cuyo dominio obtiene con la mano de la emperatriz.

Pasaremos por alto sus victorias sobre el rey de Grimalet y el de

Bres en defensa de la infanta Seringa; la pasión, mal correspondida

al principio, que por él siente esta dama, y las pláticas de honesta

tercería en que interviene la discreta viuda Gallarda. Pero no podemos

menos de mencionar el extraño episodio del emperador de Tigrida, que no

se reía nunca, y á quien le preguntaba la causa de no reírse mandaba

cortar la cabeza, si bien con Roboam mostró más clemencia, por el mucho

amor que le tenía, contentándose con desterrarle. Baist ha conjeturado

que este episodio, que se encuentra también en cuentos populares

de varias naciones, puede proceder de un _lai_ francés _de Tristan

qui onques ne risi_, del cual sólo se conserva el título. Todo el

fantástico relato de _ínsulas dotadas_ (es decir, _afortunadas_) entra

de lleno en la materia de Bretaña, y el autor no disimula su origen.

La emperatriz _Nobleza_, señora de aquellas ínsulas, había tenido por

madre á «la _Señora del Parescer_, que fue a salvar e guardar del

peligro muy grande a _Don Juan_, fijo del rrey _Orian, segund se cuenta

en la su estoria_, quando _Don Juan_ dixo a _la reyna Ginebra_ que él

avie por señora una dueña mas fermosa que ella, e ovose de parar a la

pena que el fuero de nuestra tierra manda, sy no lo provase, segund era

costumbre del reino. ¿E quien fue su padre? dixo el Infante.--Señor,

_Don Juan_ fue casado con ella, según podredes saber _por el libro de

la su estoria, sy quisierdes leer por él_... E la doncella lleuaba

el libro de _la estoria de Don Juan_, e començo a leer en él; e la

donzella leye muy bien e muy apuestamente e muy ordenadamente de guissa

que entendie el infante muy bien todo lo que ella leye, e tomaua en

ello muy grande placer e grand solaz; ca çierta mente, non ha omen que

oye _la estoria de Don Juan_ que non rresciba ende muy grand plazer

por las palabras muy buenas que en él dise, e todo omen que quisiere

aver solaz e plazer, e aver buenas costunbres, deue leer el libro de la

_estoria de Don Juan_».

¿Cuál sería esta ponderada historia de Don Juan? Aunque este nombre

parece corresponder al _Ivain_ de la Tabla Redonda, la aventura que el

autor del _Cifar_ le atribuye no pertenece á él, sino á otro paladín

bretón, _Lanval_ (héroe de uno de los _lais_ de María de Francia),

según observan Baist y Wagner. Hay aquí, por tanto, una confusión,

derivada quizá de que el autor citaba de memoria su fuente. Otra

mención expresa de las novelas de este ciclo hace el Ribaldo en el

capítulo CV del primer libro: «ca non se vido el _rrey Artur_ en

mayor priesa con el _gato Paus_ que nos vimos nosotros con aquellos

malditos». El combate entre Artur y el monstruoso gato del Lago de

Ginebra (_cath Palug_) está contado en una de las variantes del

_Merlín_. Otro libro que no ha podido identificarse hasta ahora cita

nuestro autor, y la cita no parece imaginaria: «De tal natura era

aquel cauallo que non comie nin beuie; ca este era el cauallo que gané

Belmonte, fijo del rrey Trequinaldus, a Vedora quando se partio de su

padre, segund se cuenta en la _estoria de Belmonte_: e tenielo esta

Emperatriz en su poder e a su mandar por encantamiento» (cap. XXXVI del

libro III).

Todo el cuento de las _ínsulas dotadas_, que es una de las mejores

partes del libro, está tejido con reminiscencias de los poemas de la

materia de Bretaña. El batel sin remos en que se aventura Roboam y que

le conduce al país encantado donde le brinda con su amor la emperatriz

_Nobleza_, tiene similares en el _lai_ de María de Francia _Guigemer_,

y en una novela que, sin pertenecer estrictamente á este ciclo, puede

considerarse afín á él: el _Partinuplés de Blois_. El diablo que se

presenta á Roboam en una cacería disfrazado de mujer «la mas fermosa

del mundo», y para derribarle del feliz estado en que le veía le induce

á pedir sucesivamente á la emperatriz su alano, su azor y su caballo,

dones funestos que ella no podía negarle, pero que habían de traer la

separación de los dos amantes, es un trasunto de las maléficas hadas

ó encantadoras de la leyenda céltica. En las quejas de la abandonada

señora parece que hay un eco de las de Dido, pero, más afortunada que

la mísera reina de Cartago, no la faltó un _parvus Æneas_ con quien

consolarse. Llamáronle el _caballero Afortunado_, y sin duda el autor

del _Cifar_ pensó en escribir su historia, puesto que nos dice que

hay un libro en caldeo, donde se cuentan «los buenos fechos que fiso,

despues que fue de edad, e anduvo en demanda de su padre».

Hemos indicado que la parte didáctica ocupa largo espacio en _El

caballero Cifar_. Todo el libro segundo, en que la narración se

interrumpe por completo, está dedicado á los _castigos_ y documentos

morales que el rey de Mentón daba á sus hijos Garfín y Roboam. La

mayor parte de estos _castigos_ están tomados literalmente de las

_Flores de Filosofía_, como ya demostró Knust, pero el autor parece

haber aprovechado también, aunque de un moda menos servil, la _Segunda

Partida_, y es evidente que manejó mucho el libro compuesto por D.

Sancho el Bravo para la educación de su hijo.

Según costumbre general en esta clase de catecismos ético-políticos,

tan del gusto de la Edad Media, la enseñanza está corroborada con

una serie de apólogos, cuentos y anécdotas, casi todos de fuente

muy conocida. Unas son fábulas esópicas, como la del asno que quiso

remedar los juegos y travesuras de un perrillo faldero, y la del lobo

y las sanguijuelas; otras proceden de la novelística oriental, como el

lindísimo apólogo del cazador y la calandria, más conocido por el de

los tres consejos; en que el autor del _Cifar_ parece haber seguido la

versión del _Barlaam y Josafat_, con preferencia á la de la _Disciplina

Clericalis_, aunque probablemente conocía las dos[310]. La alegoría

del Agua, del Viento y de la Verdad no tiene fuente literaria señalada

hasta ahora, pero ha dejado rastros en el _folk-lore_ peninsular, y

también en las _Noches_ de Straparola (XI, 3). El cuento de la prueba

de los amigos ha salido del fondo eternamente explotado de Pedro

Alfonso, y ya sabemos que se encuentra también en el libro del Rey D.

Sancho, en _El conde Lucanor_ y en el _Espejo de Legos_, para no hablar

de las innumerables versiones forasteras. Á esta historia sirve de

complemento en la _Disciplina_, y también en el _Cifar_ y en el _Libro

de los Enxemplos_, otra todavía más célebre, la de los dos constantes

amigos, que pasó al _Decamerone_ (novela de Tito y Gesipo), aunque

notablemente ampliada en los pormenores. El cuento del alquimista es

una variante muy curiosa del que traen D. Juan Manuel en el _Libro

de Patronio_ y R. Lull en el _Felix_. Hay también algunas leyendas

piadosas de las más conocidas, como la del niño salvado del horno.

Fácil sería proseguir en el cotejo de otras leyendas, pero es trabajo

que ya ha realizado Wagner satisfactoriamente.

El autor del _Cifar_ cuenta bien todos estos ejemplos, con bastante

riqueza de detalles, y aunque está á mucha distancia de D. Juan Manuel,

todavía lo está más de la seca y _esquemática_ manera de la _Disciplina

Clericalis_ y del _Libro de los Enxemplos_. Para mí es evidente que

merece el segundo lugar entre los cuentistas del siglo XIV.

Pero su mérito mayor no consiste en esto, ni tampoco en haber

incorporado en nuestra literatura gran número de elementos extraños,

sino en la creación de un tipo muy original, cuya filosofía práctica,

expresada en continuas sentencias, no es la de los libros, sino la

proverbial ó _paremiológica_ de nuestro pueblo. El _Ribaldo_, personaje

enteramente ajeno á la literatura caballeresca anterior, representa la

invasión del realismo español en el género de ficciones que parecía más

contrario á su índole, y la importancia de tal creación no es pequeña,

si se reflexiona que el _Ribaldo_ es hasta ahora el único antecesor

conocido de Sancho Panza. Cervantes, que tan empapado estaba en la

literatura caballeresca y tantos libros de ella cita, no menciona _El

caballero Cifar_; acaso le había leído en su juventud y no recordaría

ni aun el título, pero no puede negarse que hay parentesco entre el

rudo esbozo del antiguo narrador y la soberana concepción del escudero

de D. Quijote. La semejanza se hace más sensible por el gran número de

refranes que el _Ribaldo_ usa á cada momento en la conversación. Hasta

61 ha recogido y comentado Wagner, sin contar con los proverbios de

origen erudito. Quizás no se hallen tantos en ningún texto de aquella

centuria, y hay que llegar al Arcipreste de Talavera y á la _Celestina_

para ver abrirse de nuevo esta caudalosa fuente del saber popular y del

pintoresco decir. Pero el _Ribaldo_ no sólo parece un embrión de Sancho

en su lenguaje sabroso y popular, sino también en algunos rasgos de su

carácter. Desde el momento en que, saliendo de la choza del pescador,

interviene en la acción de la novela, procede como un rústico malicioso

y avisado, socarrón y ladino, cuyo buen sentido contrasta las fantasías

de su señor «el caballero Viandante», á quien, en medio de la cariñosa

lealtad que le profesa, tiene por «desventurado e de poco recabdo», sin

perjuicio de acompañarle en sus empresas y de sacarle de muy apurados

trances, sugiriéndole, por ejemplo, la idea de entrar en la ciudad de

Menton con viles vestiduras y ademanes de loco. Él, por su parte, se ve

expuesto á peligros no menores, aunque de índole menos heroica. En una

ocasión le liberta el caballero Cifar al pie de la horca donde iban á

colgarle, confundiéndole con el ladrón de una bolsa. No había cometido

ciertamente tan feo delito, pero en cosas de menor cuantía pecaba sin

gran escrúpulo y salía del paso con cierta candidez humorística. Dígalo

el singular capítulo LXII (trasunto acaso de una _facecia_ oriental),

en que se refiere cómo entró en una huerta á coger nabos y los metió en

el saco:

«Ellos andudieron ese dia atanto fasta que llegaron a una villeta

pequeña que estava a media legua del real de la puente; e el cavallero,

ante que entrasen en aquella villeta, vido una huerta en un valle muy

fermosa; e avia allí un nabar muy grande, e dixo al Ribaldo: «Ay,

amigo, qué de buen grado comería de aquellos nabos, si oviese quien

me los adobar bien!--Sseñor, dixo el Rribaldo, yo vos los adobaré,

ca lo sé faser muy bien». E llegó con él a una alvergueria, e dexólo

alli, e fuese para aquella huerta con un saco a cuestas; e falló la

puerta cerrada, e subio sobre las paredes, e saltó dentro, e començó

de arrancar de aquellos, e los mejores metiolos en el saco. E él

estando arrancando los nabos, entró el señor de aquella huerta, e

quando lo vido, fuese para él e dixole: «Don ladron, malo falso, vos

yredes agora comigo preso delante de la justicia, e dar vos han la

pena que merescedes, porque entraste por las paredes a furtar los

nabos.--Ay, sseñor, dixo el Rribaldo, sy Dios vos dé buena ventura que

lo non fagades, ca forçadamente entré aqui.--¿E cómo forçadamente?

dixo el sseñor de la huerta, ca non veo en ti cosa porque ninguno

te deviese faser fuerça, si vuestra maldad non vos la fisiese

faser.--Sseñor, dixo el Rribaldo, yo pasando por aquel camino, fizo

un viento atan fuerte que me fizo levantar por fuerça de tierra, e

lançóme en esta huerta.--E pues ¿quién arrancó estos nabos? dixo

el señor de la huerta.--Sseñor, dixo el Ribaldo, el viento era tan

rresio e atan fuerte que me levantaba de tierra, e con miedo del

viento que me non lançase en algund mal logar, traveme a las fojas

de los nabos e arancavanse.--¿Pues quién metió estos nabos en este

saco? dixo el hortelano.--Sseñor, dixo el Rribaldo, deso me fago yo

muy maravillado.--Pues que tú te maravillas, dixo el señor de la

huerta, bien das a entender que non has culpa en ello, e perdonotelo

esta vegada.--Ay sseñor, dixo el Rribaldo, ¿e qué perdón ha menester

el que está sin culpa? Mejor fariedes de me dexar levar estos nabos

por el laserio que llevé en los arrancar; pero que lo fise contra mi

voluntad, forçándome el grand viento.--Plaseme, dixo el señor de la

huerta, porque tan bien te defiendes con mentiras tan fermosas, e toma

los nabos, e vete tu carrera, e guárdate de aqui adelante, que non te

contesca otra vegada, si non tú lo pagarás». E fuese el Rribaldo con

sus nabos muy alegre, porque tan bien escapara; e adobolo muy bien con

buena cecina que falló a comprar, e dio a comer al cavallero, e comió

él».

Aunque en ésta y en alguna otra aventura el Ribaldo parece precursor

de los héroes de la novela picaresca todavía más que del honrado

escudero de D. Quijote, difiere del uno y de los otros en que mezcla

el valor guerrero con la astucia. Gracias á esto su condición social

va elevándose y depurándose: hasta el nombre de Ribaldo pierde en

la segunda mitad del libro: «Probó muy bien en armas e fizo muchas

cavallerias e buenas, porque el rrey tovo por guisado de lo faser

cavallero, e lo fizo e lo heredó e lo casó muy bien; e desianle ya _el

Cavallero Amigo_».

Nos hemos dilatado tanto en el estudio del _Caballero Cifar_, no sólo

por el interés que despiertan su remota antigüedad y lo abigarrado y

curioso de su contenido, sino por ser obra casi enteramente ignorada

en España, aunque muy estudiada fuera de aquí. Los historiadores de

nuestra literatura han prescindido de ella casi por completo. Amador

de los Ríos y Ticknor dan indicios de no conocer más que su título, y

el mismo Gayangos parece considerarla como una de las imitaciones del

_Amadís_, al cual puede ser anterior, á lo menos como ficción en prosa,

y con el cual no tiene el menor punto de analogía. Creemos, por el

contrario, que Baist[311] está en lo firme cuando califica el _Cifar_

de la más antigua novela original castellana (_die älteste selbständige

kastilische fiktion_). No es libro de caballerías puro, sino un libro

de transición en que se combinan lo caballeresco, lo didáctico y lo

hagiográfico. Esta rara combinación daña al efecto artístico, pero

agrada al investigador curioso y hace menos fatigosa su lectura que la

de otras obras de su género. Hasta la ranciedad y llaneza de su estilo

le pone á salvo de la retórica amanerada y enfática que corrompió estos

libros desde la cuna. Suponemos que la influencia del _Cifar_ hubo de

ser pequeña, puesto que una vez sola fué impreso, pero basta el que

pueda contársele entre los precedentes remotos del Quijote para que

ofrezca atractivo y novedad su estudio.

Mucho más importa, sin embargo, el _Amadís de Gaula_, obra capital en

los anales de la ficción humana, y una de las que por más tiempo y más

hondamente imprimieron su sello, no sólo en el dominio de la fantasía,

sino en el de los hábitos sociales. Larga y enojosa disputa que ya

debiera estar resuelta en cuanto á la sustancia, si no se hubiesen

mezclado apasionamientos y prevenciones nacionales en el ánimo de

los contendientes, apartándolos de la serena y justa estimación de

los hechos, ha dividido á los eruditos portugueses, castellanos y

franceses, que por distintos motivos reclaman para sus respectivas

literaturas el honor de tan famosa composición. Otros literatos menos

interesados en la querella, especialmente alemanes é ingleses, han

terciado en favor de una ú otra de las partes litigantes, y aunque el

fallo ha quedado en suspenso, existe ya entre los jueces imparciales

una poderosa corriente de opinión, que acaso se convertirá pronto en

sentencia definitiva. Pero entiéndase que esta sentencia no podrá

disipar todas las tinieblas que cercan la cuna del _Amadís_. Sólo

el hallazgo de nuevos documentos, y sobre todo el de alguna de las

redacciones primitivas de la novela, podría aclarar el misterioso

problema de sus orígenes.

El texto actual de los cuatro libros del «esforzado et virtuoso

caballero Amadis, hijo del rey Perion de Gaula y de la reina Elisena»,

está en lengua castellana, y su primera edición conocida es la de

Zaragoza, por Jorge Coci, 1508[312], descubierta en estos últimos

años, no la de Roma de 1519, por Antonio de Salamanca, que hasta ahora

ha venido pasando por tal en las bibliografías. Según se expresa en

el encabezamiento del primer libro, «fue corregido y emendado por

el honrado e virtuoso caballero Garci Rodriguez de Montalbo (en las

ediciones posteriores _Garci-Ordóñez_), regidor de la noble villa de

Medina del Campo, e corrigiole de los antiguos originales, que estaban

corruptos e compuestos en antiguo estilo, por falta de los diferentes

escriptores; quitando muchas palabras superfluas, e poniendo otras

de más polido y elegante estilo, tocantes a la caballería e actos

della; animando los corazones gentiles de mancebos belicosos, que con

grandísimo afecto abrazan el arte de la milicia corporal, avivando

la inmortal memoria del arte de caballería no menos honestísimo y

glorioso».

Á primera vista pudiera creerse que esta declaración alcanza á los

cuatro libros, y que la tarea de Montalvo fué meramente la de un

corrector ó á lo sumo la de un refundidor; pero basta leer con atención

el prólogo para comprender que su parte fué mucho mayor, á lo menos

respecto del libro cuarto, tan diverso en estilo y carácter de los tres

primeros, al cual añadió después el libro quinto, ó sean las _Sergas

de Esplandián_, que son enteramente de su cosecha: «_Corrigiendo

estos tres libros_ de Amadis, que por falta de los malos escriptores

o componedores muy corruptos o viciosos se leian, y _trasladando y

emendando el libro quarto_ con las _Sergas de Esplandian_, su hijo,

_que hasta aqui no es memoria de ninguno ser visto_; que por gran dicha

parescio en una tumba de piedra que debajo de la tierra de una ermita

cerca de Constantinopla fue hallado y traido por un hungaro mercader

a estas partes de España, en la letra y pergamino tan antiguo, que

con mucho trabajo se pudo leer por aquellos que la lengua sabian. Los

cuales _cinco libros_, como quiera que hasta aqui más por patrañas que

por coronicas eran tenidos, son, con las tales enmiendas, acompañados

de tales ejemplos y doctrinas, que con justa causa se podran comparar

a los livianos y febles saleros de corcho, que con tiras de oro y de

plata son encarcelados y guarnecidos».

Prescindiendo de la tumba de piedra y del mercader húngaro, que es una

de las ficciones habituales en los proemios de este género de libros,

cuyos autores pretenden siempre haberlos traducido de lenguas más ó

menos exóticas y remotas, y también de la manifiesta contradicción

que las últimas palabras envuelven, puesto que si no había memoria de

hombre que hubiese visto el libro cuarto, ni las _Sergas_[313], no era

fácil que fuesen calificados de patrañas ni de crónicas; lo que resulta

claro es que el regidor de Medina establece una distinción entre los

tres primeros libros, conocidos ya, y el cuarto con su secuela de las

_Sergas_ ó sea «el ramo que de los cuatro libros de _Amadís de Gaula_

sale».

Y en efecto, desde fines del siglo XIV era conocido y aun popular en

España un _Amadís de Gaula_ en tres libros. Cítale el llamado Pero

Ferrús, cuyo verdadero nombre parece haber sido Pero Ferrandes, según

recientes investigaciones del Sr. Rodríguez Marín. Ferrús ó Ferrandes,

que es uno de los más antiguos poetas del _Cancionero de Baena_, puesto

que compuso versos á la muerte de D. Enrique II, acaecida en 1379[314],

escribe en un _dezyr_ al canciller Ayala, ponderando la vida de la

sierra:

Orígenes de la novela, Tomo I · 第 26 / 55 题