Por medio de la escuela erudita del _mester de clerecía_ había

penetrado en el siglo XIII la novela bizantina de _Apolonio de Tiro_,

cuyo original griego se ha perdido, pero que tuvo en su forma latina

extraordinaria boga, sobre todo después que fué incorporada en el

_Gesta Romanorum_. Menos afortunada entre nosotros que en Inglaterra,

donde, después de la _Confesio amantis_ de Gower, suscitó el drama

_Pericles príncipe de Tiro_, atribuido á Shakespeare, quedó enterrada

en el viejo poema en versos alejandrinos, que no carece de expresión

y gracia narrativa, y sólo á fines del siglo XVI reapareció en el

_Patrañuelo_, de Juan de Timoneda.

La fábula de Psiquis (cambiando el sexo del protagonista), no tomada,

según creemos, de Apuleyo, sino del fondo primitivo y misterioso de

los cuentos populares, donde permanece viva aún, sirve de principal

argumento á la linda novela francesa del siglo XII _Partinopeus de

Blois_. Traducida al castellano, probablemente en el siglo XV, y del

castellano al catalán, ha sido muchas veces impresa como libro de

cordel en ambas lenguas, y es uno de los mejores relatos de su género,

de los más racionalmente compuestos y de los más ingeniosos en los

detalles, aunque por acaso no de los más honestos[238]. En todo el

cuento se advierte un color clásico muy marcado, y siendo la escena en

Constantinopla, puede presumirse que la narración oral fuese recogida

allí por algún cruzado. El poemita francés pertenece al siglo XII.

Otro tanto puede decirse de la interesante historia de _Flores y

Blancaflor_, sencilla y tierna novela de dos niños, hijo el uno de un

rey sarraceno é hija la otra de una esclava cristiana. El amor que nace

en ellos desde la infancia, las peripecias que los separan, sus largas

peregrinaciones, el encerramiento de Blancaflor en la torre del emir

de Babilonia, donde consigue penetrar el enamorado Flores escondido

en una cesta de rosas; el peligro en que se ven los dos amantes de

perecer juntos en la hoguera (patética situación análoga á la de Olindo

y Sofronia en el episodio del Tasso), forman un conjunto sobremanera

agradable, que recuerda, sin exagerarlos, los procedimientos de la

novela bizantina de viajes y aventuras; pero con una delicadeza moral

que en ella no suele encontrarse, salva la excepción de Heliodoro.

Dos poemas franceses del siglo XII, publicados el uno por Bekker y el

otro por du Méril, desarrollan con notables variantes este argumento,

del cual es también bellísima imitación la novelita (_chantefable_)

de _Aucassin y Nicolette_, escrita parte en prosa, parte en versos

trocaicos asonantados. En todas las literaturas tuvo grandísimo éxito

esta ficción[239]; prestó á Boccaccio argumento para su primer libro en

prosa italiana _Il Filocolo_, y entre nosotros era ya conocida á fines

del siglo XIII, puesto que la _Gran Conquista de Ultramar_ no sólo la

menciona, sino que la presenta ya enlazada con el ciclo carolingio.

«Flores libró al rey de Babylonia de mano de sus enemigos quando le

dio á Blancaflor por mujer... Estos fueron los mucho enamorados que

ya oistes hablar... Según su ystoria lo cuenta». Estas referencias,

como tomadas de un libro francés de origen, no prueban que la novela

estuviese ya traducida; pero al ver que en la _Gran Conquista_ Flores y

Blancaflor (fabulosos abuelos de Carlomagno) son calificados de reyes

de _Almería_, hay que reconocer que había comenzado á españolizarse la

leyenda. También la conocía el Arcipreste de Hita:

_Ca nunca fue tan leal Blancaflor á Flores_,

dice en la _cantiga de los clérigos de Talavera_. Para Micer Francisco

Imperial y otros poetas del _Cancionero de Baena_, Flores y Blancaflor

son prototipo de leales amadores, como otras parejas célebres, _Paris

y Viana_, _Tristán é Iseo_, _Oriana y Amadís_. La traducción, varias

veces impresa en el siglo XVI, y de la cual es vil extracto el libro de

cordel que todavía se expende, debió de hacerse en el siglo XV, como

casi todas las de su género, y los nombres son casi los mismos que en

el _Filocolo_ de Boccaccio, con el cual tiene también otras semejanzas,

que du Méril explica por una fuente común y no por imitación de la

novela italiana. Pero no se limita á ella la popularidad de este

sabroso cuento en nuestra literatura, pues aunque falta este tema en

las antiguas colecciones de romances abundan los nombres de Blancaflor

y el conde Flores en la tradición oral de la Península, como lo prueban

las muchas versiones recogidas en Portugal, Asturias, Montaña de

Santander, Cataluña, Andalucía, en la isla de Madera, en las Azores

y hasta en el Brasil. Es cierto que estos romances, designados por

los coleccionistas con los varios nombres de _Reina y cautiva_, _Las

dos hermanas_, etc., conservan sólo una vaga impresión de la leyenda

primitiva. Pero sin duda suponen otros más antiguos, en que la

fidelidad al tema novelesco sería mayor.

De origen oriental parecen otros dos libros populares que la literatura

francesa comunicó á la nuestra, y que todavía siguen reproduciéndose

en miserables compendios, al paso que las ediciones góticas se cuentan

entre las joyas más preciadas de la bibliografía. Una de ellas es la

_Historia del muy valiente y esforzado caballero Clamades, hijo del

rey de Castilla, y de la linda Claramonda, hija del rey de Toscana_,

cuyo original francés en prosa, indicado recientemente por el Sr.

Foulché-Delbosc[240], es _Le livre de Clamades, filz du roy despaigne

et de la belle Clermonde_... impreso en Lyon por los años de 1480, el

cual, como todos los de su especie, procede de un antiguo poema que

aquí es _Li Roumans de Cleomades_, del famoso trovero Adenet le Roi.

Gastón Paris considera posible que la fuente inmediata de Adenet haya

podido ser española. Se trata, en efecto, de un cuento árabe, que lo

mismo pudo entrar por España que por Oriente. Nuestro vulgo le designa

con el nombre de _historia del caballo de madera_, fijándose en el

episodio más saliente, que tiene su paradigma en _el caballo mágico_ de

las _Mil y una noches_, y fué parodiado por Cervantes en el episodio

de Clavileño. Otro poema francés, el _Méliacin_, de Gerardo de Amiens,

trata el mismo argumento.

Más moderna es la famosa novela caballeresca de _Pierres de Provenza y

la linda Magalona_, compuesta en provenzal ó en latín por el canónigo

Bernardo de Treviez, y tan celebrada en tiempo del Petrarca, que

se dice que este gran poeta y humanista empleó algunas horas de su

juventud, cuando en Montpellier estudiaba Derecho, en corregirla y

limar su estilo[241]. El texto francés actualmente conocido es del

siglo XV; ha sido impreso innumerables veces[242] y de él proceden las

versiones italiana, alemana, flamenca, danesa, polaca, castellana y

catalana, y hasta una griega en versos _políticos_[243]. _Pierres y

Magalona_ continúa siendo libro _de cordel_ en Francia y en España,

pero ya muy refundido y modernizado en el estilo, como lo está

también el _rifacimento_ galante que hizo el conde de Tressan para la

_Bibliothèque Universelle des Romans_ (1779).

Esta novelita es, sin duda, de las mejores de su género; las aventuras,

aunque inverosímiles, no son excesivamente complicadas; los dos

personajes principales interesan por su ternura y constancia, y

la narración tiene en los textos viejos una gracia y frescura que

contrasta con la insipidez habitual de los libros de pasatiempo del

siglo XV y con las ridículas afectaciones de sus refundidores modernos.

Expondremos en dos palabras su argumento para amenizar algo la aridez

de esta enumeración:

Pedro, hijo del conde de Provenza, acababa de ser armado caballero, y

deseando dar muestras de su valor y gentileza, se encamina á la corte

de Nápoles, llevado por la fama de la bella Infanta Magalona, cuya

mano iban á disputarse en unas justas los príncipes más ilustres y

bizarros de Europa. Al partir le entrega su madre tres anillos. Como es

de suponer, el novel caballero sale vencedor de todos sus rivales en el

torneo; pero, á consecuencia de un juramento que había hecho, oculta

constantemente su nombre y su linaje, con lo cual es claro que el rey

no le concede la mano de su hija, pero le admite en su corte, donde

muy pronto conquista el amor de Magalona, siendo medianera de su trato

lícito y honesto la nodriza de la Princesa. El Caballero de las Llaves

(que así se hacía llamar Pierres) da á su amada en prenda los anillos

de su madre y la declara su verdadero nombre. Conciertan y emprenden

los dos amantes la fuga, y al caer el sol llegan á un valle cercado

de ásperas montañas. Magalona, rendida por la fatiga del camino, se

duerme en el regazo de Pierres. Baja un gavilán y arrebata de encima

de una piedra el cendal rojo que contenía los tres anillos. Pierres

se lanza en persecución del gavilán, que vuela de roca en roca, hasta

salir del valle y llegar á la orilla del mar, de donde pasa á una isla

desierta que distaba próximamente doscientos pasos. Pierres no desiste

de seguir al ave de rapiña, y viendo amarrada una barca á la ribera,

entra en ella, empuña el timón y se dirige hacia la isla. De pronto se

desencadena un viento furioso que arrastra la embarcación á alta mar,

donde es asaltada por una nave de corsarios sarracenos, que llevan

cautivo á Pierres á la corte del Soldán de Alejandría, y allí permanece

tres años.

Entre tanto, Magalona, abandonada en el bosque y próxima á la

desesperación, había sido recogida por una peregrina, que cambió

con ella de vestidos y la puso en camino de Roma. Aquí comienza la

parte devota de la leyenda, que fué quizá la causa principal de que

el piadoso canónigo Bernardo de Treviez la consignase por escrito.

Magalona, después de muchas oraciones, penitencias y austeridades, y

de recorrer varias tierras en hábito humilde, recogiendo limosnas,

funda un hospital de peregrinos cerca del Puerto de Aguas Muertas, y

cobra gran fama de santidad en todo el Mediodía de Francia, mereciendo

especial protección del Conde y la Condesa de Provenza, que lloran

muerto á su hijo Pierres desde el día en que unos pescadores hallaron

en el vientre de un monstruoso cetáceo el tafetán con los tres anillos.

Fácil es adivinar el desenlace de esta historia. Pierres, libre del

cautiverio, llega un día al hospital de Magalona; los dos amantes

se reconocen, y la novela termina con sus bodas, que se celebran en

Marsella, con gran regocijo de sus padres.

Á pesar de la pía intención con que parece haberse escrito esta novela,

no falta en ella algún cuadro de graciosa sensualidad, digno de la

pluma de Boccaccio, ni es maravilla, por lo tanto, que nuestro rígido

moralista Luis Vives la incluyese en el severo anatema que lanza contra

las fábulas deshonestas, en el cap. V., lib. I, de su tratado _De

institutione christianae feminae_, haciendo muy curiosa enumeración de

las que eran más leídas y celebradas en su tiempo[244].

El episodio del pájaro que arrebata los anillos se encuentra también

en un poema francés del siglo XIII _L'Escoufle_ (el milano), y debe de

ser de procedencia oriental, puesto que se halla también en un cuento

de _Las Mil y una noches_ (historia del príncipe Camaralzamán y la

princesa Badura).

Al mismo grupo de novelas erótico-caballerescas en que figuran _Flores

y Blanca Flor_ y _Pierres y Magalona_ puede reducirse la _Historia de

Paris y Viana_, libro de origen provenzal, traducido al francés en

1487 y del francés al castellano[245]. Hay una traducción catalana,

al parecer independiente de ésta, y fragmentos de una redacción

aljamiada[246]. Como todos los demás libros de su género hubo de tener

primitivamente forma poética. Ya á principios del siglo XV era conocida

en Castilla, según lo acreditan unos versos de Micer Francisco Imperial

compuestos en 1405, con ocasión del nacimiento de D. Juan II:

Todos los amores que ovieron Archiles

Paris et Troilos de los sus señores,

Tristan, Lançerote, de las muy gentiles

Sus enamoradas é muy de valores;

El é su muger ayan mayores

Que _los de Paris_ é _los de Vyana_

E de Amadis é los de Oryana,

E que los de Blancaflor é Flores.

Se ha querido ver en esta novelita una alegoría histórica, la anexión

del Delfinado á Francia, cumplida al mediar el siglo _XIV_; pero aunque

los nombres de los personajes induzcan á sospecharlo, el argumento

se reduce á una sencillísima fábula de amor constante y perseguido,

amenizada con los habituales recuerdos de las Cruzadas y el obligado

cautiverio en Palestina.

No hay duda en cuanto al origen de la _Historia de la linda Melosina,

mujer de Remondin, la qual fundó á Lezinan y otras muchas villas y

castillos por extraña manera: la qual ovo ocho hijos: los quales dellos

fueron reyes y otros grandes señores por sus grandes proezas_, libro

impreso en Tolosa en 1489; porque los mismos impresores Juan Paris y

Esteban Clebat alemanes, declaran que «con gran diligencia le hizieron

pasar de francés en castellano», y en efecto es traducción del libro

de Juan de Arras, impreso en Ginebra en 1478. Hay textos del siglo

XIV, en prosa y en verso, sobre el mismo asunto. Es un cuento de hadas

localizado en Francia, pero que tiene grandes analogías con los del

ciclo bretón y acaso procede de tradiciones célticas consignadas en

algún _lai_.

No hemos tenido ocasión de leer el rarísimo libro _Del Rey Canamor

y del infante Turian su fijo_[247]; pero á juzgar por el largo

romance juglaresco que sobre motivos de esta novela compuso Fernando

de Villarreal[248], relatando el rapto de la infanta Floreta por el

príncipe Turián, le creemos del mismo género y procedencia que los

anteriores, sin ningún carácter español. Á mayor abundamiento tenemos

el testimonio de Luis Vives, que cita entre los libros más leídos en

Bélgica el de _Leonella et Canamorus_; Leonela es el nombre de la

reina, mujer de Canamor y madre de Turián.

Casi todos los libros que vamos citando convienen en ser novelas

de amor, contrariado al principio y triunfante al fin, más que de

caballerías y esfuerzo bélico, y seguramente eran destinados al solaz

y pasatiempo de la sociedad más culta y aristocrática, especialmente

de las mujeres. Compuestos al principio en el ligero metro narrativo

de nueve sílabas y reducidos luego á cortos libros en prosa, hasta por

su tamaño contrastaban con los cantares de gesta y con las grandes

compilaciones historiales, formadas, en buena parte, de materiales

poéticos. Pero al lado de estas frívolas y galantes narraciones,

donde las aventuras de mar y tierra, las escenas de esclavitud y de

naufragio, y á veces (como en _Partinuplés_ y en _Melusina_) los

encantamientos y las transformaciones mágicas, sólo servían para hacer

resaltar la invencible pasión de los amantes, hubo otras de tendencia

moral y religiosa, consagradas á enaltecer el heroísmo de la virtud

ó la eficacia del arrepentimiento. Dos obras muy importantes de este

género forman todavía parte de nuestra biblioteca de cordel. Una es el

_Oliveros de Castilla_ y _Artús de Algarve_, cuya más antigua edición

conocida (Burgos, 1499) acaba de ser espléndidamente reproducida por

el bibliófilo norteamericano Mr. Archer Huntington[249]. Es traducción

del texto francés impreso en Ginebra, 1492, y reproduce hasta los

cuarenta grabados que le exornan[250]. En el preámbulo se declara lisa

y llanamente la historia de este libro, que sin razón alguna ha estado

pasando por español entre los bibliófilos nacionales y forasteros:

«Entre las quales ystorias fue fallada una en las corónicas del reyno

de Inglaterra que se dize la ystoria de Oliveros de Castilla e de Artus

d'Algarbe su leal compañero y amigo... E fue la dicha ystoria por

excelencia levada en el reyno de Francia e venida en poder del generoso

e famoso cavallero don Johan de Ceroy, señor de Chunay: el qual

deseoso, del bien comun, la mando volver en comun vulgar francés... y

la trasladó el honrrado varon Felipe Camus, licenciado _in utroque_. Y

como viniesse á noticia de algunos castellanos discretos é desseosos

de oyr las grandes cavallerías de los dos cavalleros y hermanos en

armas pescudaron y trabajaron con mucha diligencia por ella, á cuyo

ruego y por el general provecho _fue trasladada de francés en romance

castellano_ y empremida con mucha diligencia y puesto en cada capítulo

su ystoria, porque fuesse más fructuosa y aplacible á los lectores y

oydores». Felipe Camus es, pues, el autor ó traductor francés, y no el

castellano, como creyó Nicolás Antonio y han repetido otros muchos.

En _Oliveros de Castilla y Artús de Algarbe_ hay combinación de dos

temas poéticos diversos: uno es el de _Amis y Amile_ (_Amicus et

Amelius_), dos perfectos amigos y compañeros de armas, cuya mutua y

heroica adhesión se acrisola con las más extraordinarias pruebas,

llegando el uno á degollar á sus hijos para curar de la lepra al otro

lavándole con la sangre de ellos, encontrándolos luego milagrosamente

resucitados. Un cantar de gesta del siglo XIII, que fué refundido

y amplificado en el XIV y en el XV; una leyenda latina en prosa y

otra en versos hexámetros; un _milagro_ ó pieza dramática, y otras

varias formas más ó menos antiguas acreditan el vasto desarrollo de

esta fábula[251]. Con ella entrelazó el autor del _Oliveros_ otra

igualmente popular y antiquísima, la del _Muerto agradecido_, fundada

en la antigua costumbre jurídica de la privación de sepultura á los

deudores[252]. El muerto, cuyo cadáver había rescatado Oliveros de

manos de sus acreedores, se le aparece en las situaciones más críticas

y le saca triunfante de todos los peligros y de las más temerarias

empresas. Nuestra literatura vulgar se apoderó de este argumento en los

romances de _La Princesa cautiva_, y sobre él construyeron Lope de Vega

sus dos comedias de _Don Juan de Castro ó hacer bien á los muertos_ y

Calderón la suya _El mejor amigo el muerto_[253].

Del libro francés, popular todavía, _La vie du terrible Robert le

diable_, publicado en 1496, procede _La espantosa y admirable vida

de Roberto el diablo, assi al principio llamado: hijo del duque de

Normandia: el qual despues por su sancta vida fue llamado hombre de

Dios_, impresa en Burgos, 1509[254], cuento fantástico y devoto en que

la inagotable misericordia divina regenera á un monstruoso pecador,

engendrado por arte diabólica en castigo del temerario y sacrílego

ruego de su madre. La terrible penitencia que un ermitaño le impone,

obligándole á permanecer mudo, á pasar por loco y á no probar alimento

alguno sin arrancarle antes de la boca de un perro, es el episodio más

original y famoso de esta leyenda, que no sólo penetró en nuestro

teatro, sino que en el siglo XVII recibió nueva forma novelesca en _El

Conde Matisio_, de D. Juan de Zabaleta.

En la enumeración que precede no hemos seguido orden cronológico,

porque es imposible establecerle entre obras cuya fecha precisa

se ignora. Creemos, sin embargo, que la mayor parte de los libros

extranjeros de caballerías fueron traducidos durante el siglo XV.

Algunos hay, sin embargo, de fecha positivamente anterior, que hemos

reservado para este lugar por su mayor analogía con los del ciclo

bretón.

Las más antiguas ficciones de este género que pueden leerse en

castellano son sin duda las que contiene la _Gran Conquista de

Ultramar_, vasta compilación histórica relativa á las Cruzadas, que ya

hemos tenido ocasión de mencionar tratando del ciclo carolingio. No

sabemos á punto fijo si el compilador tuvo á la vista algunos poemas

franceses ó si (como parece más verosímil) los encontró ya incorporados

en una crónica en prosa, aunque ninguna de las que se conocen hasta

ahora en francés corresponde exactamente con la nuestra. En torno de

la primera Cruzada se había formado un ciclo épico, dividido en cinco

ramas: la _Canción de Antioquía_, la de _Jerusalén_, los _Cautivos_,

_Helías_ y la _Infancia de Godofredo de Bullón_. Algunos de estos

poemas eran esencialmente históricos; otros, por el contrario, habían

nacido de libre invención de los juglares ó eran antiguas fábulas

mitológicas transformadas en leyendas heráldicas. Tal acontece con

la del _Caballero del Cisne_ (supuesto antepasado de Godofredo), á

quien se dedican en la _Gran Conquista_ más de cien capítulos[255],

que impresos aparte formarían un libro de caballerías, no de los más

breves y seguramente de los más poéticos y entretenidos. En cuentos

populares se encuentran esparcidos muchos de los rasgos de esta

bellísima historia. La infanta Isomberta, embarcándose á la ventura en

un batel que encuentra amarrado á un árbol, y dejándose ir por el mar

sin velas ni remos, aporta á una ribera por donde andaba de caza el

conde Eustacio. «Los canes de la caza, que andaban delante del conde,

aventaron la doncella é fueron yendo hacia do ella estaba, é desque la

vieron fueron contra ella, ladrando muy de recio. La infanta, con el

gran miedo que hobo de los canes, metióse en una encina hueca que falló

allí cerca; é los canes que la vieron cómo se metia ahí, llegaron á

la encina é comenzaron á ladrar en derredor della. E el conde, cuando

vió los canes latir é ladrar tan de apriesa é tan afincadamente, creyó

que algún venado tenían retraído en algún lugar, é fuese para allí do

los oia; é cuando llegó, oyó las voces que la infanta daba dentro en

el tronco de la encina, con el gran miedo que había de los canes que

la morderian de mala gana é la comerian...». Esta situación recuerda

mucho el principio del célebre romance de la _Infantina_. El encuentro

del caballero y la bella infanta para en matrimonio, como era de

suponer; pero el odio de una madrastra (tema común de _folk-lore_, que

inspiró los romances de _Doña Arbola_) viene muy pronto á emponzoñar su

ventura. Da á luz Isomberta, en ausencia de su esposo que había partido

para la guerra, siete niños de un parto[256], á quienes un ángel va

colocando sendos collares de oro en los cuellos conforme nacen. Pero

la maligna suegra hace creer á Eustacio, con un falso mensaje, que

su mujer ha parido siete podencos adornados con collares de oropel ó

alquimia. Y no satisfecha con este embuste, manda matar secretamente á

la infanta y á los siete recién nacidos. El fiel caballero Bandoval,

que tenía en custodia á Isomberta, no puede resolverse á tal atrocidad

y deja abandonados á los niños en un monte, donde son criados por una

cierva y amparados por un ermitaño. Aun en aquel escondido asilo los

descubre el odio vigilante de su madrastra, que llega á apoderarse

de seis de ellos y ordena á dos escuderos, Dransot y Frongit, que

los maten. Pero al tiempo de quitarles los collares se convierten en

hermosísimos cisnes y desaparecen volando. La vieja condesa irritada

manda á un platero hacer una copa con todos los collares para evitar

que pueda deshacerse el encanto. Pero el platero, asombrado con la

cantidad de oro que logra fundiendo uno de los collares, éste solo

emplea en la copa, reservando los otros cinco para sí. Entretanto, los

niños transformados en cisnes habían llegado á un lago _muy grande é

muy fondo_, cerca de la ermita donde vivía el único hermano suyo que

conservaba forma humana. Tanto él como el ermitaño se quedan asombrados

del extraño cariño que les manifiestan las hermosas aves nunca vistas

en aquel estanque, y se deleitan y solazan con ellas amorosamente.

Á la sazón había vuelto de la guerra el conde Eustacio, y su mujer,

acusada de adulterio, esperaba afrentoso suplicio en la fortaleza de

Portemisa si no presentaba algún campeón que combatiese en su defensa.

Sólo faltaban dos días para terminar el plazo, cuando la Providencia

intervino milagrosamente en socorro de la inocencia calumniada y

perseguida. Un ángel reveló en sueños al ermitaño el peligro de

Isomberta y le intimó que fuese su hijo á libertarla. Así lo ejecuta el

mozo, entrando al día siguiente en el palenque y venciendo y cortando

la cabeza al caballero retador. Este episodio es un lugar común de

todas las novelas caballerescas de decadencia, y sin ir más lejos ya

le hemos encontrado en la _Reina Sevilla_. Más interesante es lo que

se refiere al desencanto de los príncipes, que, como es de suponer, se

realiza mediante los cinco collares que había reservado el artífice,

pero quedando siempre encantado en forma de cisne el sexto, que se

convierte desde entonces en guía y protector de su hermano.

¡Qué melancólica y dulce poesía tiene todo esto en el trozo de la

crónica novelesca que vamos siguiendo!

«É este cisne, desque vió su madre, fuéle besar las manos con su pico,

é comenzó á ferir de las alas é facer gran alegría é subirle en el

regazo, é nunca todo el dia se quería partir della; é era tan bien

acostumbrado, que nunca comia sino cuando ella, é nunca se quitaba de

los hombres, é todo el dia queria estar con ellos, é no le menguaba

otra cosa para ser hombre sinon la palabra é el cuerpo, que no habia

de hombre, ca bien tenia entendimiento. É aquel mozo que lidió por su

madre hobo esta gracia de nuestro Señor Dios sobre todas las otras

gracias que él le ficiera: que fuese vencedor de todos los pleitos é

de todos los rieptos que se ficiesen contra dueña que fuese forzada

de lo suyo ó reptada como no debia; é aquel su hermano que quedó

hecho cisne, que fuese guiador de le levar á aquellos lugares do tales

rieptos ó tales fuerzas se facian á las dueñas, en cualquier tierra

que acaesciese; é por eso hobo nombre el Caballero del Cisne, é asi le

llamaban por todas las tierras do iba á lidiar, é no le dician otro

nombre sino el Caballero del Cisne... E cuando este cisne lo levaba

iban en un batel pequeño, é levábanlo en esta guisa: tomaban aquel

batel é levábanlo á la mar, que era muy cerca de aquella tierra do

habia el condado su padre, é desque era en la mar ataban al batel una

cadena de plata muy bien fecha, é demás desto ponian al cisne un collar

de oropel al cuello, ó tomaba el caballero su escudo é su fierro de

lanza é su espada, é un cuerno de marfil á su cuello, é desta guisa le

levaba el cisne por la costera de la mar, fasta que llegaba á cualquier

de aquellos rios que corriese por aquellas tierras do él hobiese á

lidiar».

El resto de la historia narra largamente las proezas del Caballero

del Cisne, especialmente el desafío que tuvo en Maguncia con el duque

de Sajonia Rainer, sosteniendo el reto de la duquesa de Bullón y de

Lorena (asunto que Pedro del Corral transportó á Toledo en su fabulosa

_Crónica de Don Rodrigo_), y el matrimonio que contrajo con Beatriz,

hija de esta duquesa, «con tal condición que nunca le preguntase cómo

había nombre ni de cuál tierra era». El interés romántico mengua mucho

en esta última parte de la novela, que es algo cansada y prolija;

pero se reanima con la indiscreta curiosidad de la condesa, que cual

otra Psiquis quiere averiguar el nombre de su incógnito esposo y se

ve castigada de igual manera, y lo que es peor, sin esperanza de

redención, pues aun el hechizado cuerno de marfil que su esposo le

había entregado como prenda de cariño al abandonarla, «en que había

tres cercos de oro con muchas piedras preciosas é de gran virtud»,

tuvo el desconsuelo de vérsele arrebatar por el cisne, en pena de no

haberle guardado tan limpiamente como debiera del contacto de manos

profanas, «poniéndolo con los otros que estaban allí para cuando fuesen

sus hombres á caza». Enciéndese á deshora un gran fuego en su palacio:

los burgueses y la gente de la villa corren en tumulto á apagarle, y

«cuando ellos estaban así mirando, vieron venir un cisne muy grande á

maravilla volando por el aire, tan albo como una nieve. E cuando llegó

al lugar del fuego voló tres veces derredor, é dió una muy gran voz,

é cogió las alas, é dejóse meter por medio de la puerta del palacio,

por do salía la llama mayor, é entró así, que sola una péñola no se

le quemó, ni le embargó el fuego, ni le fizo ningún pesar en cosa; é

tomó el cuerno de marfil con el pico por los colgaderos, e salió con

él por medio de la puerta muy desembargadamente é sin ningún peligro,

é comenzóse á alzar é ir volando así con él hasta que le perdieron de

vista». También de este pasaje hubo de acordarse Pedro del Corral para

contar la destrucción de la Casa encantada de Toledo y la aparición

del ave fatídica entre sus cenizas. No puede dudarse que la _Gran

Conquista_ dejó huella en nuestros libros indígenas de caballerías:

Gayangos ha señalado frases idénticas en la historia del Caballero del

Cisne y en el _Amadís de Gaula_, y Puymaigre sospechó que el episodio

de Amadís y Briolanja pudo tener su tipo en el _gran ofrecimiento_ que

de su persona hizo al joven Gudufre de Bullón la doncella cuyas tierras

había rescatado de la tiranía de Guión de Montefalcone: «Cuando la

doncella vio que por Gudufre de Bullón había la tierra cobrado, cayó

á los pies é pidióle merced que della é de cuanto había feciese á su

voluntad; é él respondió que gelo grádescía mucho, mas que aquella lid

no tomara él por amor de mujer ni por cobdicia de haber nin de tierra,

salvo tan solamente por Dios é por el derecho que él creía firmemente

que ella tenía. Mas pues que ella había cobrado su tierra no demandaba

él más, é con aquello era él pagado». (Lib. I, cap. CLI).

No es el poema del Caballero del Cisne el único del ciclo de las

Cruzadas que entró en el vasto cuadro de la _Crónica de Ultramar_. Al

mismo género pertenecen la historia de _Corbalán_ (Kerbogan, sultán

de Mossul) y de su madre la profetisa _Halabra_; la de _Baldovin_ y

la _sierpe_; la del conde Harpin de Bourges y su combate con unos

ladrones, etc. Pero ninguna está contada tan extensamente ni con

tanta independencia del asunto principal de la _Gran Conquista_ como

la del _Caballero del Cisne_, á la cual tampoco iguala ninguna en

valor legendario ni en atractivo estético. Aunque localizada por los

troveros en el ducado de Cleves, la tradición mitológica en que se

funda es mucho más antigua, y se la encuentra en otras partes: en una

saga islandesa se supone que el Caballero del Cisne era hijo de Julio

César. En Alemania hizo su triunfante aparición en 1200 con el nombre

de _Lohengrin_, y ha sido renovado con inmensa gloria por el genio

ardiente y profundo de Ricardo Wagner.

Siguen en antigüedad á las novelas contenidas en la _Gran Conquista

de Ultramar_ las que halló Amador de los Ríos en un códice de la

Biblioteca del Escorial, ya citado al hablar del _Noble Cuento del

emperador Carlos Maynes_. Los restantes son (prescindiendo de cuatro

vidas de santos) la _Estoria del rey Guillerme de Inglaterra_, el

_Cuento muy fermoso del emperador Ottas et de la infanta Florencia

su fija et del buen caballero Esmere_, el _Fermoso cuento de una

sancta emperatriz que ovo en Roma et de su castidat_ y la _Estoria del

cavallero Plácidas, que fué después cristiano é ovo nombre Eustacio_.

La primera y la última han sido publicadas con excelentes ilustraciones

por el malogrado filólogo alemán Herman Knust, que ha dicho sobre

sus orígenes cuanto puede decirse y averiguarse[257]. La _Estoria

del rey Guillerme_ no está traducida del poema francés de Cristián

¿de Troyes? (siglo XII), sino de otro texto (probablemente en prosa)

que se apartaba de él en algunos detalles. Versión distinta y muy

amplificada es la que en el siglo XVI se imprimió con el título de

_Chronica del rey don Guillermo rey de Inglaterra e duque de Angeos: e

de la reina doña Berta su muger: e de como por revelación de un angel

le fue mandado que dexasse el reyno e ducado e anduviesse desterrado

por el mundo: e de las extrañas aventuras que andando por el mundo

le avino_[258]. Por el título puede colegirse ya que se trata de un

libro de caballerías á lo divino, tanto que podría, si tuviera algún

fundamento histórico, figurar entre las leyendas hagiográficas.

Está escrita con talento y apacible sencillez, pero es mucho menos

fantástica y atrevida que la de Roberto el Diablo, y el narrador abusa

en demasía de las monótonas peripecias por separación y reconocimiento,

de tal modo que su libro pudiera llevar, como las _Clementinas_, el

subtítulo de _Recognitiones_. Aunque puesta en Inglaterra la acción de

este piadoso libro, ninguna semejanza tiene con los del ciclo bretón,

y parece producto de la caprichosa fantasía de algún clérigo ó poeta

culto.

Todavía más profundamente hagiográfica es la _Estoria del caballero

Plácidas_, puesto que se reduce á una traducción de la famosa leyenda

de San Eustaquio, mencionada ya por San Juan Damasceno en el siglo

VIII, inserta en el _Menologio Griego_ del emperador Basilio en el X,

y divulgada en Occidente por el _Speculum Historiale_ de Vicente de

Beauvais, por la _Legenda Aurea_ de Jacobo de Voragine y por el _Gesta

Romanorum_[259].

Adolfo Mussafia, editor del _Fermoso cuento de una santa emperatriz

que ovo en Roma_[260], ha probado que se deriva del poema francés de

Gautier de Coincy (1177-1236) sobre la emperatriz Crescentia.

De carácter mucho más profano que las historias anteriores es

el _cuento del emperador don Ottas, de la infanta Florencia y

del caballero Esmere_[261], enmarañada selva de aventuras en que

fácilmente se pierde la atención y el hilo. Su fuente es una narración

poética francesa, _Florence de Rome_[262], de la cual existen varias

redacciones, aunque se haya perdido la primitiva, que es acaso la que

mediata ó inmediatamente sirvió de guía á nuestro traductor, puesto

que su relato difiere bastante del de los poemas franceses del siglo

XIV. Algún episodio de este cuento se halla en otras colecciones

novelísticas. La _Patraña 21.ª_ de Juan de Timoneda reproduce varias

de sus peripecias, pero no están sacadas del viejo cuento, sino del

_Pecorone_ de Ser Giovanni Fiorentino (novela 1.ª de la 10.ª jornada).

Traducidas ó imitadas entre nosotros las ficciones del ciclo carolingio

y las que podemos llamar novelas _sporádicas_ ó independientes, no

podía dilatarse mucho la invasión de los poemas del ciclo bretón,

de los cuales ya en el siglo XIII pueden encontrarse en España

bastantes indicios, aunque la época de su relativo apogeo fué el

siglo XIV. Aquella nueva y misteriosa literatura que de tan extraña

manera había venido á renovar la imaginación occidental, revelándola

el mundo de la pasión fatal, ilícita ó quimérica, del amoroso

devaneo y del ensueño místico; el mundo tentador y enervante de las

alucinaciones psicológicas y del sensualismo musical y etéreo, de la

vaga contemplación y del deseo insaciable; el mundo de los mágicos

filtros que adormecen la conciencia y sumergen el espíritu en una

atmósfera perturbadora, no tenía sus raíces ni en el mundo clásico,

aunque á veces presente extraña analogía con algunos de sus mitos,

ni en el mundo germánico, que engendró la epopeya heroica de las

gestas carolingias. Otra raza fué la que puso el primer germen de esta

poesía fantástica, ajena en sus orígenes al cristianismo, ajena á las

tradiciones de la Edad Media, poesía de una raza antiquísima y algún

tiempo dominante en gran parte de Europa, pero á quien una fatalidad

histórica llevó á ser constantemente vencida y á mezclarse con sus

vencedores, siendo muy pocos los puntos en que conservó su nativa

pureza, su lengua y el confuso tesoro de las leyendas y supersticiones

de su infancia. Los celtas de las Galias y de España fueron asimilados

por la conquista romana, pero no aconteció lo mismo en la Gran Bretaña,

donde tal conquista fué muy incompleta, y hasta se abandonó del todo en

los últimos días del Imperio, recobrando su independencia el elemento

indígena y afirmándola en terribles luchas con los invasores sajones,

que sólo al cabo de sesenta años (450-510) llegaron á prevalecer en

la antigua provincia romana, obligando á emigrar á una parte de los

bretones insulares, los cuales, atravesando el canal de la Mancha,

fueron á establecerse en la parte occidental de la península de

Armórica, que tomó desde entonces el nombre de Bretaña, y rechazando

el resto de la población céltica á las comarcas de Oeste y Sudoeste

de la isla (país de Gales y de Cornwal). Á este período belicoso y

heroico, en que se afirmó el sentimiento de la nacionalidad céltica,

por lo mismo que estaba próxima á sucumbir para siempre, se atribuye

la primera explosión del genio épico de los bretones, prescindiendo

de más oscuros y remotos orígenes, en que han fantaseado grandemente

los celtistas, así galeses é irlandeses como franceses[263]. Á esta

primitiva epopeya, que hubo de apropiarse la poesía mitológica que

antes existiera y transformarla en histórica según el natural proceso

del género, se remonta el nombre del rey Artús ó Arturo, vencedor de

los sajones en doce batallas, mencionado ya en un libro latino del

siglo X, la _Historia Britonum_, que lleva el nombre de Nennio.

La conquista de Inglaterra por los normandos vino á vengar á los

bretones de sus antiguos opresores y á ponerlos en contacto con un

nuevo pueblo, brillante é inteligente, amigo de cuentos y canciones

y que poseía ya una epopeya nacional en plena eflorescencia. La rota

ó arpa pequeña de los cantores irlandeses resonó muy pronto en los

festines de los barones venidos de Francia, y como acontece siempre, la

música sirvió de vehículo á la poesía, despertando en los oyentes el

deseo de conocer el sentido de las palabras. Establecida cierta especie

de fraternidad entre bretones y normandos, gracias al odio común contra

los sajones, quisieron los segundos conocer las tradiciones de los

primeros, y muy pronto aparecieron en lengua latina obras de supuesto

carácter histórico, pero llenas en realidad de ficciones poéticas,

las cuales se suponían traducidas de antiquísimos libros gaélicos, y

en mucha parte por lo menos debían de fundarse en cantos populares

y en tradiciones no cantadas. Jofre de Monmouth, obispo de San Asaph

(☨1154), fué el principal creador de esta pseudohistoria, y por decirlo

así el Turpin de esta nueva epopeya.

Suya parece haber sido la invención del personaje de Merlín y de sus

profecías, amplificando las predicciones de un cierto Ambrosio, citadas

por el supuesto Nennio, y aprovechando el nombre mitológico de un

antiguo poeta y encantador, llamado por los celtas _Myrdhin_. Pero

el héroe principal de su _Historia regum Britanniæ_ es el rey Artús,

hijo de Uterpendragón, cuyas hazañas habían venido acrecentándose

monstruosamente de boca en boca, y que aquí aparece ya, no sólo como

vencedor de los sajones y dominador de toda Inglaterra, sino también de

Escocia, Irlanda, Noruega y otros muchos países combatidos y allanados

por sus invencibles caballeros, que hasta de la misma Roma se hubieran

hecho dueños á no ser por la traición de Morderete, sobrino de Artús,

que se rebeló contra él durante su ausencia y quiso usurparle su

corona. Trábase sangrienta lid entre Morderete y Arturo, y sucumbe el

primero; pero el segundo, mortalmente herido también, es trasladado

por las hadas á la isla de Avalón, donde permanece oculto hasta el día

en que volverá á rescatar su pueblo y á llenarle de gloria. Extraño

_mesianismo_ céltico, que en nuestra Península vemos reproducido en la

creencia popular portuguesa relativa al rey don Sebastián.

Considerada la _Crónica_ de Jofre de Monmouth como un libro histórico,

y tenidas por auténticas las profecías de Merlín que su inventor hizo

llegar hasta 1135, continuaron haciéndose de ellas aplicaciones á los

sucesos contemporáneos, y los oscuros vaticinios del profeta cámbrico

fueron consultados por muchas almas crédulas y supersticiosas con la

misma fe que los oráculos de las Sibilas. El trabajo del obispo de

San Asaph no es la fuente inmediata de los poemas franceses del ciclo

bretón, que en su mayor parte se derivan de la tradición popular y

no de la erudita; pero de ésta procede otro género de narraciones

métricas, como el _Bruto_ de Roberto Wace (1155), que no son sino la

propia _Historia regum Britanniæ_ puesta en verso francés. El número y

variedad de estas traducciones indica la celebridad del libro, siendo

de notar además que la leyenda bretona se va enriqueciendo con nuevos

elementos poéticos al pasar por estos intérpretes y refundidores. Así,

la _Tabla Redonda_, de que Monmouth no habla todavía, está ya en el

_Bruto_ de Wace.

Pero el verdadero camino por donde penetraron en el arte vulgar las

fábulas de los bretones fué aquel género de poesía lírica, conocida con

el nombre de _lays de Bretaña_, que conservaban no sólo las melodías,

sino los temas de las antiguas canciones célticas, aunque estuviesen ya

redactados en lengua francesa, que era la lengua oficial y cortesana

de Inglaterra después de la conquista normanda. Sobre ellos dejaremos

hablar al crítico más profundo y mejor informado de la literatura de

Francia en la Edad Media, porque su hábil resumen caracteriza con pocos

rasgos estos interesantes poemas[264].

«Tenemos unos veinte _lays_ en versos de ocho sílabas (para nosotros

de nueve), de los cuales quince por lo menos fueron compuestos por una

mujer, María de Francia, que habiéndose establecido en Inglaterra,

donde aprendió el bretón ó por lo menos el inglés (puesto que estos

_lays_ de Bretaña parecen haber sido adoptados ya por los sajones),

puso en versos amables y sencillos algunos de estos dulces relatos

durante el reinado de Enrique II (Plantagenet). Son fábulas de

aventuras y de amor, en que intervienen con frecuencia hadas,

maravillas, transformaciones; se habla más de una vez del país de la

inmortalidad, á donde las hadas conducen y retienen cautivos á los

héroes; se menciona á Artús, en cuya corte suele ponerse la escena, y

también á Tristán. Pueden descubrirse allí vestigios de una antigua

mitología, por lo común mal comprendida y casi imposible de reconocer;

reina en general un tono tierno y melancólico, al mismo tiempo que

una pasión desconocida en las canciones de gesta; por otra parte, los

personajes de los cuentos célticos aparecen transformados en caballeros

y damas. Los más célebres ó los más bellos de los _lays_ de María

son los de _Lanval_ (un caballero amado por una hada, que acaba por

llevarle á sus misteriosos dominios), de _Iwenec_ (que viene á ser el

cuento de _El Pájaro Azul_), del Fresno (emparentado con la historia de

Griselidis), de _Bisclavret_ (que es una historia de _licantropía_), de

_Tidorel_ (amores de una reina con un misterioso caballero del lago),

de _Éliduc_ (doble amor de un caballero, resurrección de una de sus

dos amigas y resignación de la otra), de _Guingamor_ (estancia de un

caballero en el país de las hadas, donde trescientos años se le pasan

como tres días), de _Tiolet_ (historia del matador de un monstruo, á

quien un rival quiere arrebatar por fraude el premio de su victoria;

relato ya conocido en la epopeya griega), de _Milón_ (combate de un

padre contra su hijo), etc. Entre los _lays_ que no son de María

(algunos más antiguos que los suyos) citaremos _Graelent_ (el mismo

asunto que _Lanval_), _Melion_ (asunto semejante al de _Bisclavret_),

_Guiron_ é _Ignaura_ (que desarrollan el tema del marido celoso que

hace comer á su esposa el corazón de su amante), el _Cuerno_ en que

no podían beber más que los maridos de las mujeres fieles (encantador

poemita, en la forma rara de versos de seis sílabas (siete), compuesto

en el siglo XII por el anglonormando Roberto Biket; el cuento del

_manto corto_ es una variante del mismo tema, rimada más tarde en

Francia), etc.».

Aunque en tesis general no puede dudarse que los _lays_ de Bretaña

son la célula lírica de los poemas del ciclo de la Tabla Redonda,

es cierto que con los _lays_ existentes ahora no se explica ninguno

de los grandes ciclos: hay que suponer otros muchos cantos que se

perdieron. Ya en 1150 estaba formada y al parecer completa la leyenda

de Tristán, sobre la cual se compuso en Inglaterra el poema de Béroul,

del cual se conservan fragmentos, que en muchas cosas difieren de la

versión alemana hecha en 1175 por Eilhart de Oberg, lo cual demuestra

que éste se valió de un original distinto. Como otros muchos héroes

de la epopeya céltica, Tristán de Leonís tiene orígenes mitológicos,

y es patente la semejanza de algunas de sus aventuras con las que

atribuyeron los griegos á Teseo. Así como éste triunfó del Minotauro

que infestaba el Ática exigiendo tributo de mancebos y doncellas, así

Tristán combate al monstruo irlandés (el _Morhout_) que exigía igual

tributo del país de Cornualles. Por una funesta equivocación del

piloto de la nave de Teseo, que trocó la vela blanca por la negra, se

precipita su padre Egeo en las ondas del mar á que dió su nombre; por

una equivocación semejante de Tristán, engañado por su celosa mujer, se

extingue en él el aliento vital que á duras penas conservaba, y expira

antes que Iseo llegue al puerto. Ni son estas solas las semejanzas

clásicas: el rey Marco tiene orejas de caballo, como Midas orejas de

asno, y el secreto del primero es revelado por su enano, como el del

segundo por su barbero. El arco de Tristán es infalible y no yerra

nunca el blanco, como el de Céfalo. Y hasta la muerte de Iseo sobre el

cadáver de Tristán recuerda la de Enone sobre el cadáver de Paris en

circunstancias muy análogas. Tan extraordinarias analogías no pueden

explicarse de ninguna manera por una comunicación literaria que sería

enteramente inverosímil, ni acaso tampoco por la simple transmisión

oral, que tantos casos de _folk-lore_ resuelve, sino que es preciso

recurrir á la antigua pero todavía no arruinada hipótesis que reconoce

un fondo común de mitos y tradiciones en la raza indo-europea antes de

la separación de helenos y celtas.

Pero muchos de estos elementos son adventicios y ninguno es esencial

en la leyenda. Sea ó no Tristán un dios solar; sean ó no las dos

Iseos representación simbólica del día y de la noche, ó del verano y

del invierno (según la cómoda y pueril teoría que por tanto tiempo

sedujo y extravió á los cultivadores de la mitología comparada), lo

que importa en él es la parte humana de la leyenda: su amor y sus

desdichas; el filtro mágico que bebió juntamente con la rubia Iseo y

que determinó la perpetua é irresistible pasión de ambos, mezcla de

suprema voluptuosidad y de tormento infinito; la vida solitaria que

llevan en el bosque; la herida envenenada que sólo Iseo podría curar;

la apoteosis final del amor triunfante sobre los cuerpos exánimes de

los dos amantes enlazados en el postrer abrazo y no separados ni aun

por la muerte, puesto que se abrazan también las plantas que crecen

sobre sus sepulturas.

«En el concierto de mil voces de la poesía de las razas humanas (ha

dicho admirablemente Gastón París), el arpa bretona es la que da la

nota apasionada del amor ilegítimo y fatal, y esta nota se propaga de

siglo en siglo, encantando y perturbando los corazones de los hombres

con su vibración profunda y melancólica... Una concepción del amor,

tal como no se encuentra antes en ningún pueblo, en ningún poema; del

amor ilícito, del amor soberano, del amor más fuerte que el honor,

más fuerte que la sangre, más poderoso que la muerte; del amor que

enlaza dos seres con una cadena que todos los demás y ellos mismos

no pueden romper; del amor que los sorprende á pesar suyo, que los

arrastra al crimen, que los conduce á la desdicha, que los lleva juntos

á la muerte, que les causa dolores y angustias, pero también goces y

delicias incomparables y casi sobrehumanas; esta concepción dolorosa y

fascinadora nació y se realizó entre los celtas en el poema de Tristán

é Iseo»[265].

Hemos dicho que nada subsiste de los textos primitivos de esta leyenda;

pero la rudeza de algunos detalles y la ausencia de todo rasgo de

cristianismo permiten atribuirla remota antigüedad, inclinándose el

mismo G. París á creer que recibió su última forma céltica en el

siglo X. Los poetas franceses del siglo XII no le prestaron más que

la lengua, y hasta parece seguro que se inspiraron en poemas ingleses

intermedios; el nombre mismo de _Lovedranc_, dado á la fatal bebida,

indica este origen, confesado además por el traductor anglo-normando

del poema _Waldef_. Aunque nada quede de los _lais_ de Tristán, consta

no sólo que existieron y que eran tenidos por los mejores, sino que

se atribuían al mismo Tristán, á quien la tradición proclamaba el

más diestro tañedor de arpa y de rota, al mismo tiempo que el primer

corredor y luchador, el primer esgrimidor de espada y tirador de arco,

el más diestro de los cazadores y el más hábil en cortar y preparar

la carne de las bestias muertas en la caza. En inglés estaba el _lai_

del _gotelef_ que recogió María de Francia, y en que el mismo Tristán

compara su amor y el de Iseo con el indestructible entrelazamiento de

la madreselva y el avellano, comparación poética que acaso explica

uno de los episodios más bellos entre los que fueron sobreponiéndose

al núcleo de la leyenda. Otros dos _lais_, al parecer posteriores,

contienen en germen el episodio de la locura de Tristán. Fuese

únicamente por Inglaterra, fuese también por la Bretaña francesa y por

medio de los cantores de la península armoricana (lo cual es verosímil,

pero no se ha probado hasta ahora), al siglo XII hay que referir la

plena eflorescencia de esta historia de amor y su difusión universal,

atestiguada no sólo por los poemas franceses, sino por las referencias

de los trovadores provenzales y por las traducciones en alemán y

noruego. Hemos mencionado ya los fragmentos del poema de Béroul y la

imitación alemana de su texto perdido; tampoco se conserva el poema

de Cristián de Troyes, que fué el más fecundo de los autores de este

período. Pero existe, y es la obra más bella de este ciclo y una de las

más bellas de la poesía de la Edad Media, el poema del anglo-normando

Tomás, que dice fundarse en el relato de un bretón, llamado Breri. El

poema de Tomás, aunque escrito en francés (como era de rigor entonces)

representa lo que G. París llama la versión inglesa en oposición á

la francesa, á la cual pertenecen no sólo los textos citados hasta

ahora, sino la prolija novela en prosa, amplificada y refundida varias

veces durante el siglo XIII, y hasta las representaciones frecuentes

de episodios de este ciclo en obras de la escultura y de las artes

decorativas, especialmente en cofres y espejos. Pero el poema de Tomás,

aunque menos divulgado, tiene un valor estético muy superior por el

profundo sentimiento que en él rebosa, y ha logrado una fortuna, si

menos popular, no menos envidiable. Ninguno de los cinco manuscritos

que se conservan de él ofrece un texto completo; pero conocemos íntegra

su materia poética por la traducción en prosa noruega que hizo en 1226

el monje Roberto para uso del rey Hakon; por otra en verso inglés del

siglo XIV, y sobre todo por el poema alemán de Gotfrido ó Gotofredo

de Strasburgo, en el cual se inspiró el genio sombrío y tempestuoso

de Ricardo Wagner para la obra inmortal que con más fascinador y

penetrante hechizo consagra las nupcias del amor y la muerte. En el

enorme libro de caballerías francés (al cual sirvió de base el poema

perdido de Cristián), la historia de Tristán es una anécdota galante

y liviana, propia para entretener los ocios de una sociedad culta y

mal avenida con la rigidez de los deberes conyugales; la melancólica

leyenda céltica se reduce casi á un _fabliau_, más tierno y menos

picante que otros, envuelto en ciertas nubes de galantería equívoca,

esbozándose ya los convencionales tipos del perfecto amador y de la

perfecta dama. En Tomás y sus imitadores la parte trágica de la leyenda

recobra su dolorosa eficacia, que en el arte místico-sensual de Wagner

llega hasta los linderos de la conmoción patológica: escollo inevitable

en la profunda inmoralidad del asunto, que es, dicho sin ambages, no

sólo la glorificación del amor adúltero y de la pasión rebelde á toda

ley divina y humana, sino la aniquilación de la voluntad y de la vida

en el más torpe y funesto letargo, tanto más enervador cuanto más ideal

se presenta.

Además de esta febril poesía del delirio amoroso trajeron á la

literatura moderna los cuentos de la _materia de Bretaña_ un nuevo

ideal de la vida que se expresa bien con el dictado de _Caballería

andante_. Los motivos que impulsaban á los héroes de la epopeya

germánica, francesa ó castellana, eran motivos racionales y

sólidos, dadas las ideas, costumbres y creencias de su tiempo; eran

perfectamente lógicos y humanos, dentro del estado social de las

edades heroicas. Los motivos que guían á los caballeros de la Tabla

Redonda son, por lo general, arbitrarios y fútiles; su actividad se

ejercita ó más bien se consume y disipa entre las quimeras de un sueño;

el instinto de la vida aventurera, de la aventura por sí misma, los

atrae con irresistible señuelo; se baten por el placer de batirse;

cruzan tierras y mares, descabezan monstruos y endriagos, libertan

princesas cautivas, dan y quitan coronas, por el placer de la acción

misma, por darse el espectáculo de su propia pujanza y altivez. Ningún

propósito serio de patria ó religión les guía; la misma demanda del

Santo Grial dista mucho de tener en los poemas bretones el profundo

sentido místico que adquirió en Wolfram de Eschembach. La acción de

los héroes de la Tabla Redonda es individualista, egoísta, anárquica.

Aunque la corte del rey Arturo sirva materialmente de centro, esta

agrupación es exterior y ficticia; al principio cada uno de estos

_lais_ gozaba de vida independiente. El caballero de los leones, el

de las dos espadas, Erec, Fergus, Ider, Guinglain, hijo de Gauvain,

y tantos otros tenían cada uno su biografía aparte, pero no todas

llegaron al punto de desarrollo que la de Tristán, la de Perceval y la

de Lanzarote[266]. En todas ellas se describe un mundo caballeresco

y galante, que no es ciertamente el de las rudas y bárbaras tribus

célticas á quienes se debió el germen de esta poesía, pero que

corresponde al ideal del siglo XII, en que se escribieron los poemas

franceses, y al del XIII, en que se tradujeron en prosa; mundo ideal,

creado en gran parte por los troveros del Norte de Francia, no sin

influjo de las cortes poéticas del Mediodía, donde floreció antes que

en ninguna parte la casuística amatoria y extendió su vicioso follaje

la planta de la galantería adulterina. Pero si era cosa corriente

entre los trovadores y las grandes damas de Provenza la teoría del

_amor cortés_ y su incompatibilidad con el matrimonio, y es cierto

que esta liviana tendencia se asoció de buen grado á las narraciones

bretonas, en que casi siempre ardía la llama del amor culpable, nunca

esos frívolos devaneos pueden confundirse con la intensa y desgarradora

pasión que sólo el alma céltica parece haber poseído en el crepúsculo

de las nacionalidades modernas. Lo accesorio, lo decorativo, el

refinamiento de las buenas maneras, las descripciones de palacios,

festines y pasos de armas, la representación de la corte del rey Artús,

donde toda elegancia y bizarría tiene su asiento, es lo que pusieron

de su cuenta los imitadores, y lo que por ellos transcendió á la vida

de las clases altas, puliéndola, atildándola y afeminándola del modo

que la vemos en los siglos XIV y XV. Los nuevos héroes diferían tanto

de los héroes épicos como en la historia difieren el Cid y Suero de

Quiñones. Y aun vinieron á resultar más desatinados en la vida que en

los libros, porque los paladines de la postrera Edad Media no tenían ni

la exaltación imaginativa y nebulosa, ni la pasión indómita y fatal,

ni el misterioso destino que las leyendas bretonas prestaban á los

suyos, y de que nunca, aun en las versiones más degeneradas, dejan de

encontrarse vestigios.

El más fecundo de los poetas que en Francia explotaron durante el siglo

XII la materia de Bretaña fué Cristián de Troyes, que además de su

_Tristán_, ya citado, y de otros poemas como _Erec_, _Cliges_, _Ivain_

ó EL CABALLERO DEL LEÓN, compuso por los años de 1170 el _Cuento de la

carreta_ ó de _Lancelot_ (Lanzarote), cuyo asunto le había comunicado

la condesa María de Champagne, hija del rey de Francia Luis VII y de

la reina Leonor de Poitiers, y en 1175, _Perseval_ ó el _Cuento del

Graal_, valiéndose de un libro anglonormando que le había prestado

Felipe de Alsacia, conde de Flandes. Ambas ficciones se cuentan entre

las más célebres y capitales de este ciclo, y no contribuyó poco á

vulgarizarlas el talento de estilo con que las refirió Cristián, que

pasa por el mejor poeta francés de su tiempo.

_Perceval_, así en los cuentos bretones y anglo-normandos como en el

poema de Cristián de Troyes, que terminó después de él Godofredo de

Lagni, distaba mucho de tener el sentido religioso y la transcendencia

que luego alcanzó, especialmente en el gran poema que los alemanes

se atreven á colocar muy cerca de la _Divina Comedia_. En uno de

los _mabinogion_ gaélicos, el de Peredur, hay ciertamente una lanza

misteriosa, de la cual manan tres gotas de sangre, y una vasija ó

plato grande en que nada la cabeza ensangrentada de un hombre; pero

estos fúnebres objetos, cuya declaración se hace sólo al final de la

leyenda, no envuelven ningún enigma religioso; con la lanza fué herido

un tío de Peredur, y la cabeza era la de uno de sus primos, inmolado

por las hechiceras de Kerlow. En un poema inglés del siglo XIV, _Sir

Percivall_, derivado probablemente de otro anglo-normando mucho más

antiguo, no hay el menor rastro del plato ni de la lanza y la historia

es mucho más sencilla. Perceval, educado por su madre lejos del mundo

y en la ignorancia de la vida caballeresca, para librarle de la triste

suerte de su padre, muerto en un torneo por su émulo el caballero

_Rojo_, monta un día en pelo una yegua salvaje, y armado de una azagaya

ó dardo escocés de los más rudos se dirige á la corte del rey Artús,

toma venganza del matador de su padre, y después de extraordinarias

aventuras se casa con una princesa á quien había libertado de sus

enemigos, y rescata á su madre aprisionada por las artes de un maligno

encantador. El _Perceval_ inglés es un poema biográfico, y todo el

interés consiste en la pintura del campeón salvaje y su repentina

aparición en la corte de Artús, con circunstancias que recuerdan algo

las mocedades de Roldán en leyendas carolingias muy tardías.

Cristián de Troyes siguió una versión mucho más parecida al

_mabinogion_ céltico, pero no sabemos lo que pensaba hacer con el plato

y la lanza que Perceval encontró en el castillo del rey Pescador, el

cual no podía ser curado de su dolencia mientras un novel caballero

no le interrogase sobre el sentido de aquellos objetos. Perceval,

que debía de ser muy poco curioso, no le preguntó nada, y como

Cristián de Troyes no acabó su poema, dejó abierto el campo á todas

las continuaciones posibles. Hubo una de autor anónimo, que más que

historia de Perceval es historia de _Gauvain_ (Galván), sobrino del

rey Artús. Otra, de Gaucher de Dourdan, quedó incompleta también y

recibió nada menos que tres finales diferentes, entre los que obtuvo

la preferencia de los lectores el de un poeta llamado Mennesier, que

por los años de 1220 dedicó su trabajo á la condesa Juana de Flandes.

Unidas estas continuaciones á otra de Gerberto de Montreuil, llegan

en algunos manuscritos al enorme número de 63.000 versos. En estos

rapsodas que prosiguieron la obra de Cristián de Troyes se presenta,

aunque no enteramente desarrollada, la interpretación religiosa del

santo Graal. Perceval encuentra en Viernes Santo una compañía de

piadosos varones, que le exhortan á hacer penitencia de sus pecados

y vida mundana; se confiesa con un ermitaño, que resulta ser su tío

materno, y siguiendo sus instrucciones vuelve al castillo del rey

Pescador, que, contestando á sus preguntas, le declara todas las

maravillas de la lanza sangrienta y del plato misterioso. Muere á poco

tiempo, y Perceval hereda tan prodigiosos objetos, con los cuales,

se retira á una ermita, donde hace austera penitencia, hasta que el

día mismo de su muerte son arrebatados milagrosamente á los cielos

la lanza y el _Graal_, sin que después se los haya vuelto á ver en

la tierra. La leyenda dió un paso más cuando uno de los autores ó

interpoladores de la primera continuación identificó la lanza con

la de Longinos, y afirmó que el _Graal_ era el vaso en que José de

Arimatea había recogido la sangre del Crucificado. De aquí procedían

todas sus virtudes milagrosas: tenía el don de curar las heridas, de

llenarse de los manjares más exquisitos á voluntad de su dueño, y

finalmente, procuraba todos los bienes de la tierra y del cielo; pero

para acercarse á él era menester estar en gracia, y sólo un sacerdote

podía declarar sus maravillas. En el pensamiento de los troveros el

_Graal_ parece haber sido un símbolo eucarístico. La caldera mágica

de los bretones nada tiene que ver con ella, ni es posible admitir

la hipótesis de Villemarqué, repetida por Renán, según los cuales el

_Graal_ primitivo era una supervivencia de la antigua mitología, una

especie de símbolo francmasónico, que se conservó en el país de Gales

mucho tiempo después de la predicación del Evangelio y que luego se fué

cristianizando lentamente dentro de la misma raza kímrica. Porque la

verdad es que ni los _mabinogion_ bretones ni los más antiguos poemas

franceses presentan indicios de semejante transformación, ni encierran

nada que no sea esencialmente profano. La metamorfosis de Perceval en

caballero espiritual no se cumplió hasta principios del siglo XIII, y

no puede contarse entre las creaciones originales del genio céltico,

mientras no se pruebe mejor que lo ha sido hasta ahora la existencia de

una visión sobre José de Arimatea y el plato de la Cena, escrita en el

siglo VIII por un ermitaño bretón.

El desarrollo completo de la leyenda del Santo Graal se encuentra en

una especie de trilogía compuesta por Roberto de Boron, poeta del

siglo XIII, nacido en el Franco-Condado. En la primera parte (_José de

Arimatea_) narra el origen, consagración y prodigiosas virtudes de la

santa reliquia; en la segunda (_Merlín_) convierte en verídico profeta

á este hijo del diablo y le hace anunciar las maravillas futuras; en la

tercera refiere cómo _Perceval_ hizo la demanda y conquista del plato

sagrado, y cómo éste fué transportado al cielo después de su muerte. Se

ha perdido el tercero de estos poemas y gran parte del segundo, pero

queda de todos ellos una redacción en prosa. Lo mismo sucede con otra

_Demanda del Santo Graal_, de autor anónimo, en que intervienen, además

de Perceval, Gauvain y Lanzarote, sin que ninguno de ellos, por sus

aventuras mundanas, pueda alcanzar la posesión de la sagrada reliquia,

reservada sólo para la pureza de Perceval. Pero no faltó quien le

despojase de esta palma en favor de Galaad, hijo de Lanzarote, y hubo

una nueva _Demanda del Santo Graal_, falsamente atribuida á Roberto de

Boron, y de la cual tendremos que volver á hablar, porque fué traducida

al portugués y se incorporó también con el _Lanzarote_ castellano, y

uno y otro con el _Merlín_.

De intento hemos prescindido del poema de Wolfram de Eschenbach,

porque fué enteramente desconocido fuera de los países germánicos y

por ser obra de altísima y soberana originalidad en todo lo que no es

imitado ó traducido de Cristián de Troyes, único modelo francés que

parece haber tenido presente, puesto que el provenzal Kyot, á quien

cita, puede ser un personaje imaginario. Wolfram se apoderó del cuento

céltico para transformarlo, creando una epopeya mística, que es, sin

duda, una de las más poderosas inspiraciones de la poesía cristiana, y

sea cual fuere la rudeza de la forma, una de las pocas obras de la Edad

Media que tienen valor perenne y universal. Parece indudable que en la

milicia que custodiaba el Santo Graal en el castillo de Montsalvatge,

quiso representar el poeta alemán la Orden de los Templarios; pero el

simbolismo de la obra es mucho más transcendental y solemne, puesto

que abarca la totalidad del destino humano, con los misterios del

pecado original, de la Redención y de la presencia real de Cristo en

la Eucaristía. El poeta, lleno á la vez de pavor y reverencia, no toca

directamente tan altas materias; huye de exponer el dogma teológico;

sus representaciones, figuras y alegorías pertenecen al mundo corpóreo,

pero aparecen bañadas por un reflejo de aquella luz sobrenatural que

Parcival vió en el castillo del rey Amfortas salir de un disco formado

de una sola piedra preciosa, más rutilante que el sol. Sólo en las

profundidades del alma germánica, sedienta siempre de lo infinito,

pudo renovarse así y florecer con tan espléndida primavera poética lo

que en su origen había sido poco más que un cuento de hechicerías.

La influencia grave y religiosa del poema de Wolfram de Eschembach,

que fué muy leído y admirado por los románticos alemanes, no fué

indiferente en la reacción religiosa del primer tercio del siglo XIX;

penetró en sus imitadores, hasta en los menos ortodoxos, y puso su

sello en la última de las obras de Wagner, que es, sin duda, la menos

pesimista y la más luminosa y serena de todas las suyas: el drama de

_Parsifal_, expresión artística de su doctrina de la regeneración.

El tercero de los grandes temas de la epopeya bretona fué el de

_Lanzarote_ y Ginebra. Las raíces de esta leyenda se ocultan en el

subsuelo de la mitología céltica como las del _Tristán_. Lanzarote del

Lago (_Lancelot_), libertando á la reina Ginebra, robada por «el rey

del país de donde nadie vuelve», es decir, por el rey de los muertos, y

teniendo que atravesar para ello un río de fuego, sobre un puente tan

estrecho como el filo de una espada, recuerda en seguida el rapto de

Proserpina por Plutón, el descenso de Teseo y Piritoo á los infiernos.

Pero ese sentido se borró muy pronto, y Lanzarote quedó convertido

en un personaje enteramente humano, uno de tantos héroes de la Tabla

Redonda, criado por una hada ó _dona del lago_, de quien tomó el

nombre. Un poema anglo-normando, del cual sólo se conoce una traducción

alemana hecha á fines del siglo XII por Ulrico de Zatzikhoven, contó

sus aventuras en las ciudades de Limors y Chadilimort y sus amores

con las bellas princesas Ada é Iblis, sin mentar para nada á la reina

Ginebra. Esta debió su celebridad á Cristián de Troyes, que en su

_Roman de la Charrette_, comenzado en 1190, y que terminó Godofredo

de Lagni, concedió largo espacio á la relación de aquellos adúlteros

amores. El título del poema se funda en el célebre episodio de haber

subido Lanzarote á una carreta para ir en seguimiento de la reina,

siendo tal género de vehículo deshonroso desde el punto de vista

caballeresco. La novela de Lanzarote en prosa francesa, compuesta á

principios del siglo XIII, tiene por base el poema de Cristián de

Troyes, pero muy amplificado con ayuda de la crónica latina de Monmouth

y con otros libros, hasta formar una historia seguida de la Tabla

Redonda, que termina con la última batalla en que desapareció el rey

Artús y con el hundimiento de su reino y corte poética. En 1220 este

_Lanzarote_ prosaico fué refundido é incorporado con el _Merlín_ y con

una de las _Demandas del Santo Grial_, aquella en que el protagonista

es Galaad, hijo de Lanzarote, soldándose así, de un modo artificial,

ambos temas, que eran de todo punto independientes al principio. Esta

redacción es la que en algunos manuscritos lleva el nombre del célebre

arcediano de Oxford Gualtero Map, á quien también se han atribuido,

con más ó menos fundamento, gran número de poesías latinas rítmicas,

del género satírico y goliárdico. Pero en cuanto á los libros de

caballerías citados, todo induce á creer que fueron escritos en Francia

y no en Inglaterra, y en fecha muy posterior á Gualtero Map, que murió

á fines del siglo XII.

Mencionaremos, finalmente, por la rara circunstancia de haberse perdido

el texto francés y conservarse sólo una versión española, que citaremos

luego, el _Baladro del sabio Merlín_ (_conte du brait_), atribuido á

un tal Elías de Boron. Toma su nombre este libro del baladro ó grito

espantoso que dió Merlín al encontrarse encantado y encerrado en un

espino por las malas artes de su amada Viviana.

Puede decirse que toda esta enorme literatura estaba completa á

mediados del siglo XIII y empezaba á ser organizada en vastas

compilaciones. Por los años de 1270, el italiano Rusticiano, de Pisa

(de quien es una de las redacciones del viaje de Marco Polo), hizo en

prosa francesa un extracto de todos los poemas de este ciclo, la cual

fué muy pronto traducida al italiano. El entusiasmo con que fueron

recibidos allí igualó al que antes habían despertado la epopeya del

Norte de Francia y la poesía lírica de Provenza:

Versi d'amore e prose di romanzi...

Dante (_De vulgari eloquentia_) alega como privilegio de la «fácil,

deleitable y vulgar lengua de oil», el cultivo de la prosa y lo

mucho que en ella se había traducido, así las gestas de Romanos y

Troyanos como las bellísimas aventuras (_ambages pulcherrimæ_) del rey

Artús[267]. Su maestro Bruneto Latini tomaba del _Tristán_ ejemplos

de estilo. Finalmente, el efecto trastornador de la muelle y lánguida

poesía de dichos libros, no en vano mirados con recelo por los antiguos

moralistas, quedó consignado para la inmortalidad con rasgos de fuego

en el episodio de Francisca de Rímini:

Noi leggevamo un giorno per diletto

di Lancilotto come amor lo strinse...

Per più fiate gli ochi ci sospinse

quella lettura e scolorocci 'l viso...

Quando leggemmo il disiato riso

Esser baciato da cotanto amante...

Galeotto fu il libro e chi lo scrisse:

quel giorno più non vi leggemmo avante.

Menos rápida que en Italia, y mucho menos, por supuesto, que en el

centro de Europa, fué la introducción de estas ficciones en España.

Oponíanse á ello, tanto las buenas cualidades como los defectos y

limitaciones de nuestro carácter y de la imaginación nacional.

El temple grave y heroico de nuestra primitiva poesía; su plena

objetividad histórica; su ruda y viril sencillez, sin rastro de

galantería ni afeminación; su fe ardiente y sincera, sin mezcla

de ensueños ideales ni resabios de mitologías muertas (salvo la

creencia, no muy poética, en los agüeros), eran lo más contrario

que imaginarse puede á esa otra poesía, unas veces ingeniosa y

liviana, otras refinadamente psicológica ó peligrosamente mística,

impregnada de supersticiones ajenas al cristianismo, la cual tenía

por teatro regiones lejanas y casi incógnitas para los nuestros; por

héroes, extrañas criaturas sometidas á misterioso poder; por agentes

sobrenaturales, hadas, encantadores, gigantes y enanos, monstruos y

vestiglos, nacidos de un concepto naturalista del mundo que nunca

existió entre las tribus ibéricas ó que había desaparecido del todo;

por fin y blanco de sus empresas, el delirio amoroso, la exaltación

idealista, la conquista de fantásticos reinos, ó á lo sumo la posesión

de un talismán equívoco, que lo mismo podía ser instrumento de

hechicería que símbolo del mayor misterio teológico. Añádase á esto la

novedad y extrañeza de las costumbres, la aparición del tipo exótico

para nosotros del caballero cortesano; el concepto muchas veces falso

y sofístico del honor, y sobre todo esto el nuevo ideal femenino: la

intervención continua de la mujer, no ya como sumisa esposa ni como

reina del hogar, sino como criatura entre divina y diabólica, á la cual

se tributaba un culto idolátrico, inmolando á sus pasiones ó caprichos

la austera realidad de la vida; con el perpetuo sofisma de erigir el

orden sentimental en disciplina ética y confundir el sueño del arte y

del amor con la acción viril.

Las precedentes observaciones se aplican, no solamente á Castilla, sino

á Cataluña, donde tampoco arraigó esta alambicada y galante caballería,

á pesar de ser conocidos allí desde antiguo los asuntos del ciclo

bretón, gracias á la poesía de los trovadores provenzales, algunos de

los cuales tuvieron á Cataluña por patria. Basta recordar la célebre

poesía de Giraldo de Cabrera, dirigida al juglar Cabra por los años

de 1170 (reinado de Alfonso II de Aragón), en la cual se enumeran

las narraciones poéticas más en boga, para encontrar, á la vez que

alusiones á la música de los Bretones:

Non sabz finir

Al mieu albir,

A tempradura de Breton,

expresamente designados, varios temas de este ciclo: el de _Erec_, que

conquistó el gavilán:

Ni sabs d'Erec

Con conquistec

L'espervier for de sa rejon...

el de Tristán é Iseo:

Ni de Tristan

C'amava Iceut a lairon...

el de Gauvain:

Ni de Guavaing

Qui ses conpaing

Fazia tanta venaison...

y probablemente el de Lanzarote, aunque está menos claro:

Orígenes de la novela, Tomo I · 第 25 / 55 题