IV

BREVES INDICACIONES SOBRE LOS LIBROS DE CABALLERÍAS.--SU

APARICIÓN EN ESPAÑA.--CICLO CAROLINGIO («TURPÍN», «MAYNETE»,

«BERTA», «REINA SEVILLA», «FIERABRÁS», ETC.).--INFLUENCIA

DE LOS POEMAS ITALIANOS («REINALDOS DE MONTALBÁN»,

«ESPEJO DE CABALLERÍAS», ETC.).--ASUNTOS DE LA ANTIGÜEDAD

CLÁSICA («CRÓNICA TROYANA»).--NOVELAS GRECO-ORIENTALES

(«PARTINUPLÉS», «FLORES Y BLANCAFLOR», «CLEOMEDES Y

CLARIMONDA», «PIERRES Y MAGALONA», ETC.).--NOVELAS VARIAS

(«OLIVEROS DE CASTILLA Y ARTÚS DE ALGARBE», «ROBERTO EL

DIABLO», ETC.).--EL CICLO DE LAS CRUZADAS EN LA «GRAN

CONQUISTA DE ULTRAMAR» («EL CABALLERO DEL CISNE»).--OTRAS

NOVELAS DE LOS SIGLOS XIV Y XV.--EL CICLO BRETÓN EN ESPAÑA

(«TRISTÁN», «LANZAROTE», «DEMANDA DEL SANTO GRIAL», «BALADRO

DEL SABIO MERLÍN», «TABLANTE Y JOFRE»).--CARÁCTER EXÓTICO DE

TODA ESTA LITERATURA.

Nadie espere encontrar en el presente bosquejo de nuestra primitiva

novela un tratado completo y formal sobre los libros de caballerías.

Esta materia vastísima y sobremanera compleja debe ser estudiada aparte

y con toda la extensión que su importancia requiere. La investigación

comenzada por Gayangos en 1857 va á ser continuada en dos ó tres

volúmenes de la presente _Biblioteca_ por un joven erudito, de grande

ingenio y saber, á quien sus primeros trabajos han dado ya muy

honorífico puesto entre los cultivadores de nuestra historia literaria.

De buena voluntad hubiese dejado yo enteramente intacta la materia

caballeresca para que dignamente la ilustrara el Sr. D. Adolfo Bonilla

y San Martín, si no me detuviese la consideración de que, omitiendo por

completo esta enorme masa de libros, quedaría incompleta la historia

de la novela en uno de sus puntos capitales, y nos faltaría la clave

para explicar sus transformaciones posteriores. Pero como no gusto de

meter la hoz en mies ajena, y menos cuando ha de ser tan bien espigada,

procederé aquí muy rápidamente, trazando sólo las líneas generales del

cuadro, sin entrar en una exposición detallada ni en un examen crítico,

que aquí serían de todo punto imposibles. Lo que procuraré establecer

con claridad es la clasificación y deslinde de los diversos ciclos y

grupos de novelas, la época precisa de su aparición en España y la

cronología de su desenvolvimiento.

Los libros de caballerías, á pesar de su extraordinaria abundancia,

que excede con mucho á todas las demás novelas juntas de la Edad

Media y del siglo XVI, no son producto espontáneo de nuestro arte

nacional. Son una planta exótica que arraigó muy tarde y debió á

pasajeras circunstancias su aparente y pomposa lozanía. Muchos de

ellos son traducciones, otros, imitaciones muy directas; pero es

cierto que en el _Amadís_, en el _Tirante_, en los dos _Palmerines_,

el género se nacionalizó mucho, hasta el punto de parecer nuevo á las

mismas gentes que nos le habían comunicado y de imponerse á la moda

cortesana en toda Europa durante una centuria. Una reacción del genio

hispano, encarnándose en su hijo más preclaro, mató y enterró para

siempre tan enorme balumba de fábulas; la misma facilidad con que

desaparecieron y el profundo olvido que cayó sobre ellas indican que no

eran verdaderamente populares, que no habían penetrado en la conciencia

del vulgo, aunque por algún tiempo hubiesen deslumbrado su imaginación

con brillantes fantasmagorías. Había, con todo, en algunos de esos

libros una parte de invención española, de originalidad y creación,

aunque fuese subalterna. El autor del _Amadís_, sobre todo, digno de

ser cuidadosamente separado de la turba de sus satélites, hizo algo

más que un libro de caballerías á imitación de los poemas del ciclo

bretón: escribió la primera novela idealista moderna, la epopeya de la

fidelidad amorosa, el código del honor y de la cortesía, que disciplinó

á muchas generaciones. Fué, sin duda, un hombre de genio, que

combinando y depurando elementos ya conocidos y todos de procedencia

céltica y francesa, creó un nuevo tipo de novela más universal que

española, que en poco ó en nada recuerda el origen peninsular de

su autor, pero que por lo mismo alcanza mayor transcendencia en la

literatura del mundo, á la par que es gloria de nuestra raza el haberle

impuesto á la admiración de las gentes con una brillantez y una pujanza

que ningún héroe novelesco logró antes de Don Quijote.

No hay para qué entrar en inútiles disquisiciones sobre el origen de la

literatura caballeresca. No procede de Oriente ni del mundo clásico,

por más que puedan señalarse elementos comunes y hasta creaciones

similares. Nació de las entrañas de la Edad Media, y no fué más que

una prolongación ó degeneración de la poesía épica, que tuvo su foco

principal en la Francia del Norte, y de ella irradió no sólo al

Centro y al Mediodía de Europa, sino á sus confines septentrionales:

á Alemania, á Inglaterra y á Escandinavia, lo mismo que á España y á

Italia. Pero esta poesía, aunque francesa por la lengua (muy lejana

por otra parte del francés clásico y moderno), era germánica unas

veces y otras céltica por sus orígenes, y más que la poesía particular

de una nación cuya unidad no estaba hecha, fué la poesía general del

Occidente cristiano durante los siglos XII y XIII. Independientes de

ella, pero recibiendo su influjo, florecieron otras epopeyas como

la de Alemania y la de Castilla; se vigorizaron en todas partes las

tradiciones heroicas; se despertó el genio poético de algunas razas

que parecían próximas á desaparecer de la historia; germinaron en

confuso tropel los símbolos de olvidadas mitologías, convertidos en

personajes y acciones humanas; la fecunda dispersión del mundo feudal

se tradujo en el enmarañado cruzamiento de ciclos y subciclos, y en

medio de tal anarquía, un ideal común de vida guerrera brilló en medio

de las tinieblas de la Edad Media. Esta gran poesía narrativa tuvo

por primer instrumento la forma métrica, asonantada al principio y

rimada después; pero en los tiempos de su decadencia, desde la segunda

mitad del siglo XIII, y mucho más en el XIV y en el XV, cuando el

instinto creador había huido de los juglares, cuando la amplificación

verbosa y la mala retórica habían suplantado á la poesía, cuando las

narraciones no se componían ya para ser cantadas sino para ser leídas,

cuando se había agrandado en demasía el público sin mejorarse la

calidad de él, y á la vez que la aristocracia militar, avezada ya á los

refinamientos cortesanos y á los artificios del lirismo trovadoresco

y de las escuelas alegóricas, volvía desdeñosamente la espalda á las

gestas nacionales, comenzaba la burguesía á apoderarse de los antiguos

relatos, imprimiéndoles un sello vulgar y pedestre; la Musa de la

Epopeya se vió forzada á descender de su trono, calzó el humilde zueco

de la prosa, y entonces nacieron los libros de caballerías propiamente

dichos. No hay ninguno entre los más antiguos, ni del ciclo carolingio,

ni del ciclo bretón, ni de los secundarios, ni de las novelas

aisladas, ni de las que toman asuntos de la antigüedad ó desarrollan

temas orientales y bizantinos, que no sea transformación de algún

poema existente ó perdido, pero cuya existencia consta de una manera

irrecusable.

De esta ley se eximió la epopeya castellana, que por su carácter

hondamente histórico no engendró verdaderas novelas (á excepción de la

_Crónica del Rey Don Rodrigo_, que examinaremos más adelante), sino

que se disolvió en cantos breves ó se perpetuó en la forma histórica

directa, penetrando en la prosa de las Crónicas y siendo tenida en

concepto de historia real aun por los analistas más severos: tal

era de verídico y sencillo su contexto, tal su penuria de elementos

maravillosos y tan llana y sincera la representación de la vida.

Los romances, por una parte, y por otra las grandes compilaciones

históricas, á partir de la de Alfonso el Sabio, recogieron el tesoro de

los _Cantares de Gesta_, muy pocos de los cuales poseemos en su forma

primitiva, y le salvaron en cuanto á la integridad y á la sustancia.

Fué una transformación análoga, pero no igual, á la que experimentaron

los poemas franceses. Hubo con el tiempo breves crónicas para uso del

pueblo, verdaderos libros de cordel sobre Bernardo, Fernán González,

los Infantes de Lara y el Cid, que todavía corren en manos de nuestro

vulgo; pero no añaden circunstancias novelescas al relato, son meros

extractos torpemente sacados de las crónicas más amplias. Bajo este

aspecto, la crónica popular del Cid no representa un libro distinto de

la impresa por Belorado. Sólo en Portugal, y muy tardíamente (¡en el

siglo XVIII!), se prolongó con cierto desarrollo novelesco la leyenda

de Bernardo, por capricho particular de un escritor[189].

Después de los temas nacionales, ningunos más divulgados en la vieja

literatura española que los del ciclo carolingio, como lo atestiguan

los numerosos romances, algunos bellísimos, que nos cuentan las

andanzas de sus principales héroes, muy españolizados á veces y

tratados con tanto amor como si fuesen compatriotas. Estos romances

en su forma actual no son anteriores al siglo XV, pero el grado de

elaboración que en ellos alcanza la materia épica, la gran distancia

á que se encuentran de sus originales ultrapirenaicos, hasta el punto

de ser difícil reconocerlos, hace evidente que descansan en una poesía

anterior, en verdaderos _Cantares de Gesta_, compuestos libremente en

España sobre temas traídos por los juglares franceses ó provenzales.

Había entre nosotros particulares motivos para que fuese en algún

tiempo grata la canción épica de los franceses. Su sentido era

religioso y patriótico. Hablaba de empresas contra infieles, y el más

antiguo y más bello de sus poemas tenía por teatro la misma España,

aunque muy vaga é imperfectamente conocida. En el centro de esta

floresta épica de tan enmarañada vegetación descollaba, como majestuosa

encina entre árboles menores, la figura del grande Emperador, que por

varios conceptos había sonado en nuestra historia y cuyo nombre aparece

enlazado desde muy antiguo con la leyenda compostelana. Las _nuevas_

de Roncesvalles y de las empresas de Carlomagno llegaron á nuestra

Península por dos caminos, uno popular, otro erudito, pero derivados

entrambos de la poesía épica de allende el Pirineo, cuyas narraciones

eran ya muy conocidas en España á mediados del siglo XII. La _Chanson

de Rollans_, ó alguna de sus variedades, fué de seguro entonada mucho

antes por juglares franceses y por devotos romeros, que precisamente

entraban por Roncesvalles para tomar el camino de Santiago, cuya

peregrinación era el lazo principal entre la España de la Reconquista

y los pueblos del centro de Europa, que así empezaron á comunicarnos

sus ideas y sus artes. Aquel gran río que periódicamente se desbordaba

sobre la España del Norte tenía en Galicia su natural desembocadura, y

en Galicia hemos de buscar los primeros indicios de la tradición épica

francesa, algo españolizada ya. Precisamente en Santiago, y entre los

familiares de la curia afrancesada de los Dalmacios y Gelmírez, se

forjó, según la opinión más corriente, la _Crónica_ de Turpín, que es

uno de los libros apócrifos más famosos del mundo, y sin género de duda

el primer libro de caballerías en prosa, aunque no vulgar, sino latina

y de clerecía.

Los dos sabios críticos que de un modo más cabal y satisfactorio han

tratado de este libro[190] convienen, aunque en otras cosas estén

discordes, en distinguir en él dos partes de muy diverso contenido y

carácter, ninguna de las cuales, por supuesto, puede ni remotamente ser

atribuida al Arzobispo de Reims, Turpín, muerto hacia el año 800, sino

á dos falsarios muy posteriores. Los cinco ó seis primeros capítulos

poco ó nada tienen que ver con las narraciones épicas; es cierto que

hablan del sitio de Pamplona, cuyos muros se derrumban ante Carlomagno,

como los de Jericó al son de las trompetas de Josué; pero el Emperador,

más bien que como guerrero, aparece con el carácter de pío y devoto

patrono de la iglesia de Santiago, cuyo camino abre y desembaraza de

paganos, movido á tal empresa por la visión de la Vía Láctea tendida

desde el mar de Frisia hasta Galicia y por sucesivas apariciones del

mismo Apóstol. El autor insiste mucho en las iglesias que Carlos

fundó y dotó, en los infieles que hizo bautizar, en los ídolos que

derribó, dando sobre el de Cádiz noticias que concuerdan, como ha

advertido Dozy, con las de los escritores árabes. Fundándose en los

conocimientos geográficos, bastante extensos, aunque no muy precisos,

que el autor demuestra de la Península, creyó Gastón París que estos

capítulos podían ser de un monje compostelano del siglo XI; pero Dozy,

no solamente los juzga posteriores en más de ochenta años á tal fecha,

fundándose en varias circunstancias históricas, y entre ellas en la

frecuente mención de los almoravides con el nombre de _moabitas_,

sino que tiene por imposible que el autor fuese español, en vista del

desprecio que manifiesta por todas las cosas del país y los vituperios

que dice de los naturales, hasta contar, entre otras fábulas no menos

absurdas, que casi todos los gallegos habían renegado, y que tuvo que

rebautizarlos el Arzobispo Turpín, á excepción de los contumaces, que

fueron decapitados ó reducidos á esclavitud. Si con esta denigración se

compara el entusiasmo ciego del autor por la gente francesa, «_optimam

scilicet, et bene indutam et facie elegantem_», resulta más y más

confirmado el parecer de Dozy; es á saber: que los primeros capítulos

del _Turpín_ fueron compuestos por un monje ó clérigo francés residente

en Compostela, el cual formaba de la rudeza española el mismo petulante

juicio que los tres canónigos biógrafos de Gelmírez, por ejemplo.

Desde el capítulo VI en adelante, la _Crónica de Turpín_ cambia de

aspecto. No faltan en ella reminiscencias de los libros históricos de

la Biblia, y hasta una controversia en forma teológica entre Roldán

y el gigante Ferragut; no falta tampoco el obligado panegírico de

la Iglesia de Compostela, para la cual el osado falsario reclama la

primacía de las Españas, que le supone otorgada por Carlomagno en

un concilio. Pero lo que predomina es el elemento épico, derivado

de las gestas francesas, aunque transformado conforme al gusto

de la literatura latino-eclesiástica. Reaparecen, pues, en el

_Pseudo-Turpín_, y le debieron su crédito entre los letrados, la

traición del rey Marsilio y de Ganelón; la sorpresa de los 20.000

hombres de la retaguardia «por haberse entregado al vino y á las

mujeres»; el cuerno de Roldán; la roca herida por su espada _Durenda_;

la muerte de Roldán y su apoteosis, celebrada por coros de ángeles que

conducen al Paraíso su alma; el sangriento desquite de la derrota, con

tres días de matanza, en que el sol permaneció inmóvil; el castigo de

Ganelón... y en suma, casi toda la materia de la _Chanson de Rollans_

ó de otra más antigua que ella, y más antigua también que el _Carmen

de proditione Guenonis_, compuesto en dísticos latinos sobre el mismo

argumento. Recogió además el _Turpín_ ciertas tradiciones locales

relativas á las sepulturas de los héroes en varias ciudades del

Mediodía de Francia.

¿Quién fué este segundo é impudente fabulador que llega á tomar el

nombre de Turpín y poner en su boca la narración, lo cual nunca hace

el primero? Gastón París atribuyó estos capítulos á un monje de Viena

del Delfinado, pero Dozy manifiesta opinión muy contraria. Que este

nuevo Turpín era también francés no tiene duda, como tampoco que le

interesaban mucho las pretensiones de Compostela, donde probablemente

escribía, y donde se ha conservado su libro, formando parte del célebre

códice calixtino. Esta compilación, dividida en cinco libros (de los

cuales el último era como el manual ó guía del peregrino en Santiago),

fué donada por Aimerico Picaud, del Poitou, á la Iglesia de Santiago

por los años de 1140 (fecha que no puede ser muy posterior á la de

su primitiva redacción, en que acaso intervino el mismo Aimerico),

y copiada luego en todo ó en parte por los peregrinos, es la que

mayormente extendió por Europa el conocimiento del _Pseudo-Turpín_, á

la vez que entre los _clérigos_ españoles autorizó el principal tema de

la epopeya carolingia. Las más antiguas obras históricas francesas son

traducciones del _Turpín_; hay nada menos que cinco, hechas á fines del

siglo XII y principios del XIII[191].

En España, aunque el _Turpín_ fuese muy leído, especialmente por

los gallegos, á quienes halagaba con el panegírico de la Iglesia de

Santiago, y pasasen algunas de sus fábulas á la Crónica de D. Lucas

de Tuy, hubo de suscitar muy pronto impugnaciones y protestas fuera

del círculo en que imperaban las ideas galicanas y cluniacenses.

Las fabulosas conquistas de Carlomagno en España encontraron muchos

incrédulos, y el sentimiento nacional herido, no sólo protestó por boca

del monje de Silos y del arzobispo D. Rodrigo, sino que, invadiendo

los campos de la épica nacional, que estaba entonces en su período de

mayor actividad y pujanza, españolizó la leyenda en términos tales, que

más que imitación ó continuación fué protesta viva contra todo invasor

extraño. Un personaje enteramente fabuloso, pero en cuya fisonomía

pueden encontrarse rasgos de otros personajes históricos, apareció

primero como sobrino de Carlomagno y asociado á sus triunfos, después

como sobrino del Rey Casto y como único vencedor de Roncesvalles. La

creación de Bernardo del Carpio se levanta en algún modo sobre el

carácter local de la epopeya castellana, y la engrandece en el sentido

de la patria española, haciendo combatir mezclados, bajo la enseña de

Bernardo, á castellanos, navarros y leoneses, á infieles y cristianos

juntamente.

Pero la misma vehemencia de la reacción patriótica prueba lo muy

vulgarizados que estaban los relatos poéticos franceses. El cantor del

sitio de Almería, y cronista del Emperador Alfonso VII, los recordaba

como cosa notoria á todos, para sacar de ellos comparaciones en honor

de su héroe favorito, Álvar Fáñez:

Tempore Roldani si tertius Alvarus esset,

Post Oliverum, fateor sine crimine verum,

Sub juga Francorum fuerat gens Agarenorum,

Nec socii chari jacuissent morte perempti.

El _Poema de Fernán González_, compuesto en el siglo XIII, contiene

una enumeración de personajes carolingios, tomada del _Turpín_ (copla

350). Y la _Crónica General_ ó _Estoria d'Espanna_, mandada compilar

por Alfonso el Sabio, encierra ya prosificado un tema de este ciclo,

que había dado materia á un cantar de gesta. La leyenda de _Maynete

y Galiana_, sea ó no francesa de origen, se naturalizó muy pronto en

España, y de las versiones extranjeras sólo una puede creerse anterior

á la nuestra, que difiere de todas en muy singulares circunstancias.

Extractaremos rápidamente lo que hace poco hemos escrito sobre este

asunto.

En 1874, Mr. Boucherie descubrió seis fragmentos (en total unos 800

versos) de cierto poema francés del siglo XII en versos alejandrinos,

intitulado _Mainet_, al cual Gastón París dedicó largo estudio en la

_Romania_ del año siguiente. Véase, en brevísimo resumen, el contenido

de esta leyenda. El joven Carlomagno, perseguido por sus hermanos

bastardos, «los hijos de la sierva», viene á pedir hospitalidad á

Galafre, rey moro de Toledo; le presta en la guerra la ayuda de

su poderoso brazo y de los caballeros franceses que le acompañan,

venciendo y matando sucesivamente á varios reyes paganos, y entrando

triunfante en la ciudad de Monfrín, que sus enemigos disputaban á

Galafre. Este le honra y agasaja mucho, y Carlos vive disimulado en

su corte bajo el nombre de Maynete. La hija del Rey, que en el poema

francés se llama _Orionde Galienne_, se enamora de él. Su padre

consiente en la boda y en dar á Maynete una parte de sus estados,

aunque son nada menos que treinta los príncipes que pretenden el

honor de llegar á ser yernos suyos. Entre ellos el más ofendido es

el terrible Bramante, que declara la guerra á Galafre para vengar su

ofensa. El héroe se compromete á traer la cabeza de Bramante; se arma

con su famosa espada _Joyosa_, y como era de suponer mata á su rival,

se apodera de su espada _Durandal_ y vuelve vencedor á Toledo. Pero

Marsilio, hermano de Galiana, envidioso de la gloria del forastero,

urde una trama contra él. Galiana se la descubre á su padre. Galafre

toma al principio la defensa de Maynete, y amenaza á su hijo con

desheredarle; pero habiendo llegado á persuadirle los traidores que

Maynete conspiraba contra él, ayudado por una banda de sirios, á

quienes había hecho bautizar, tiende asechanzas á la vida del príncipe

franco, que hubiera perecido infaliblemente en la emboscada si Galiana,

que era muy sabia en las artes mágicas y había leído en los astros la

suerte que amenazaba al joven, no le hubiese salvado con un oportuno

aviso. Huye Maynete de Toledo, se embarca para Roma con sus sirios,

entra por el Tíber muy á tiempo para salvar al Papa de un ejército

innumerable de sarracenos, á quienes derrota en campal batalla, y aquí

termina la parte conservada del poema[192].

Las lagunas que el texto ofrece pueden completarse con ayuda de una

refundición de los primeros años del siglo XIV, el _Carlomagno_

de Gerardo de Amiens, obra desprovista de todo valor poético y

enormemente prolija, puesto que consta nada menos que de 23.320 versos,

distribuídos en tres libros.

Esta rapsodia, insignificante y soporífera, no tuvo popularidad alguna,

siendo independiente de ella todos los demás textos que fuera de

Francia popularizaron la leyenda de Galiana[193]. Los principales son

las _Infancias de Carlomagno_ ó el _Karleto_ (manuscrito del siglo

XIII en la Biblioteca de San Marcos, de Venecia), canción anónima en

decasílabos épicos, compuesta por un juglar italiano, que acomoda un

texto francés al oído é inteligencia de su público[194]; el libro

VI de la gran compilación italiana, en prosa, _I Reali di Francia_,

obra del florentino Andrea da Barbarino, que vivía á fines del siglo

XIV ó principios del XV[195]; el _Karl Meinet_, alemán, de Stricker

(1230), reproducción de otro _Meinet_ neerlandés que, según Bartsch,

pertenece á la segunda mitad del siglo XII; un segundo _Karl Meinet_,

alemán, de principios del siglo XIV, y otros que parece inútil citar,

atestiguándose además la popularidad del tema por las alusiones que se

hallan en varios cantares de gesta franceses, tales como el _Renaus de

Montauban_ y el _Garin de Montglane_, y en algún poema provenzal como

el de la _Cruzada contra los Albigenses_.

Una narración poética como ésta, cuyo teatro era España, debió de ser

de las primeras del ciclo de Carlomagno que en España tuviesen acogida,

y es cierto que se difundió tan rápidamente como la de Roncesvalles.

Ya á mediados del siglo XII tenía conocimiento de ella el autor de

la segunda parte del falso Turpín. En el capítulo XII dice que el

Emperador había aprendido la lengua sarracena cuando en su juventud

estuvo en Toledo, y en el XX se excusa de referir menudamente los

hechos de Carlomagno, contando entre ellos su destierro en la corte

toledana de Galafre y su victoria contra el alto y soberbio Rey de los

sarracenos Bramante. Falta, como se ve, el nombre de Galiana; pero ya

le consigna el Arzobispo D. Rodrigo, añadiendo que la infanta mora

se convirtió á la fe de Cristo, y que Carlomagno edificó para ella

palacios en Burdeos. Estos palacios son los que la leyenda transportó

más adelante á Toledo, donde ya estaban localizados á fines del siglo

XIII ó principios del XIV. La forma poco precisa en que D. Rodrigo

se expresa en cuanto al origen de estas noticias (_fertur... fama

est_) no nos permite afirmar resueltamente si tuvo á la vista algún

cantar ó se apoyó tan sólo en la tradición oral; pero más verosímil

parece lo primero, puesto que el poema castellano debía de existir

ya, y dentro del mismo siglo XIII le encontramos reducido á prosa en

la _Crónica General_, pero conservando gran número de asonancias y

aun versos enteros, que dejan fuera de duda cuál era la lengua en que

estaba escrito, porque lo indica la naturaleza de las terminaciones

asonantadas; nunca en su texto francés la palabra equivalente á

_ciudad_ hubiera podido concertar con los nombres propios _Durante_ y

_Morante_.

Esta ingeniosa observación de Milá y Fontanals[196] es concluyente;

pero ¿no se la podría llevar todavía más lejos, viendo en el _Maynete_

de la _General_ un poema más indígena de lo que se ha creído é

independiente, á lo menos en parte, de las gestas francesas?

Ante todo hay que advertir que la leyenda, tal como la presenta el

Rey Sabio, sólo en lo sustancial concuerda con las demás versiones,

pero en los detalles varía tanto que no puede decirse emparentada

con ninguna. No hablemos del poema franco-itálico de Venecia, en que

Galafre es rey de Zaragoza y no de Toledo, variante que se repite en

los _Reali di Francia_. Pero aun limitándonos á los fragmentos del

primitivo poema francés, descubiertos por Boucherie, y al _rifacimento_

de Gerardo de Amiens, es patente que faltan en el nuestro la rivalidad

de los hermanos bastardos de Carlomagno (Heudri y Hainfroi); el

envenenamiento, perpetrado por ellos, del rey Pipino y de la reina

Berta; la descripción de la fiesta en que Carlos y sus amigos se

disfrazan de locos, y en que el príncipe hiere á su falso hermano

con un asador de cocina que le proporciona su fiel Mayugot; el viaje

de Carlos y su confidente David á Burdeos y Pamplona; el sitio de la

ciudad de Monfrín y las primeras hazañas de Carlos, que se presenta

como un aventurero, montado en un mal caballo y armado con una estaca;

los vencimientos y muertes sucesivas de los reyes Caimante, Cayter

y Almacu; la oferta de soberanía que los ciudadanos de Monfrín hacen

á Carlos y él rechaza; la conspiración del rey Marsilio; el bautizo

de los 10.000 sirios catequizados por Solino, capellán de Maynete;

la noche de orgía que pasan los franceses con sus amigas en el campo

sarraceno, y en la cual sólo guarda continencia Maynete, que se

abstiene de tocar á Galiana «porque todavía era pagana»; el viaje á

Italia y la defensa del Papa. Estos personajes, lances y aventuras,

muchos de ellos extravagantes y pueriles, se buscarían inútilmente en

el relato, tan sobrio y racional, pero al mismo tiempo tan interesante

y poético, de la _Estoria d'Espanna_, y, por el contrario, llenan

los dos poemas franceses, encontrándose ya todos en los fragmentos

conservados del primero, al cual se asigna la muy respetable antigüedad

del siglo XII. En ventajosa compensación de todo este fárrago, tiene

nuestra _Crónica_ la bella, la delicada escena de amor entre Carlos y

Galiana, que Gastón París, al encontrarla en otro poema francés muy

posterior (_Jourdain de Blaives_), declara ser una de las más felices

inspiraciones de la poesía de la Edad Media, inclinándose á creer que

procede de un _Maynete_ perdido[197]. ¿Y por qué no del nuestro?

¿Qué resta, por tanto, de común entre los dos poemas franceses y

el cantar de gesta utilizado por la _Crónica_? Sólo el fondo del

argumento, es decir, el refugio de Carlomagno en Toledo y su boda con

Galiana. Y aun aquí hay profundas diferencias, puesto que la _General_

nada dice de los _hijos de la sierva_, hermanos de Carlomagno, y el

destierro de éste se atribuye á disensiones con su padre, á quien se

supone vivo durante todo el curso de la leyenda. Por el contrario,

ninguno de los poemas franceses menciona la estratagema de herrar los

caballos al revés, ni la salida de Galiana por el caño, ni las demás

circunstancias de la fuga de Maynete, que en uno y otro parte de Toledo

al frente de su ejército de sirios y sin la compañía de la princesa

sarracena, la cual sólo mucho después va á reunirse con él en Francia.

Si es ley constante en la poesía épica que lo más natural, sencillo

y humano preceda siempre á lo más artificioso y novelesco, tenemos

derecho á afirmar que la canción española, disuelta en la prosa de la

_Crónica General_, representa una forma primitiva de la leyenda, y que

los fragmentos del poema francés, sean ó no del siglo XII, correspondan

á una elaboración épica posterior.

Admitir influjo de nuestra poesía épica en la francesa en tiempo tan

remoto, y en que son tan raros los documentos y noticias de la primera,

parecerá, sin duda, aventurado é inverosímil. Los dos casos análogos

que pueden recordarse son harto posteriores: el _Anseis de Cartago_,

que reproduce la leyenda de D. Rodrigo y la Cava, es del siglo XIII, y

el _Hernaut de Belaunde_, que imita uno de los principales episodios

del _Poema de Fernán González_, es del XIV. Pero son tantos los

elementos históricos que se vislumbran en la leyenda de Maynete, y tan

localizada y arraigada quedó entre nosotros (como lo prueba hoy mismo

la tradición toledana), que cuesta trabajo admitir que nada de español

hubiera en su origen, sobre todo cuando se repara en los anacronismos

de las canciones de gesta y en el imperfecto conocimiento que de las

cosas del Centro y Mediodía de España tenían los mismos autores del

_Turpín_, aunque escribiesen en Galicia, según la opinión más probable.

La estancia de Carlomagno en Toledo es seguramente fabulosa, pero el

rey Galafre puede muy bien ser identificado, conforme á la discreta

conjetura de Quadrado[198], reproducida por Milá[199], con el emir

Yusuf-el-Fehri, que efectivamente dominaba en aquella ciudad y en

gran parte de la España árabe en la fecha que se supone. Bramante es

de seguro Abderrahmán I, cuya larga lucha con Yusuf duró desde el año

747 hasta el 758, si bien con resultado enteramente contrario al que

la leyenda supone, puesto que Yusuf fué el vencido y Abderrahmán el

vencedor. Pero tales trasmutaciones son frecuentísimas en la poesía

épica, y ésta no basta para invalidar (no obstante el parecer del

doctísimo Rajna)[200] el extraño y curioso sincronismo de la leyenda,

porque, efectivamente, Carlomagno tenía diez y seis años cuando terminó

la lucha entre Yusuf y Abderrahmán. Algún trabajo cuesta suponer en

juglares franceses tan puntual conocimiento de lo que pasaba entre los

moros de España, de cuya historia interna se muestran tan ignorantes en

todas las demás canciones.

Por otro lado, es grande la semejanza entre los casos fabulosos de

Maynete y las tradiciones históricas concernientes á la estancia de

Alfonso VI en la corte del rey Alimaymón de Toledo, sin que falten

ni el buen acogimiento del moro, ni el proyecto de fuga, ni siquiera

la estratagema de herrar los caballos al revés, sugerida á D. Alonso

por su consejero el conde Peransúrez, que corresponde exactamente al

D. Morante del poema; así como en Galiana (llamada en otra versión

_Halia_) pudiera reconocerse á Zaida, la hija de Almotamid de

Sevilla, cuya boda con Alfonso VI cuenta la _Crónica General_[201]

con circunstancias novelescas análogas á las del enamoramiento de la

princesa toledana.

Si no está aquí el germen de la leyenda del _Maynete_, confieso que

pocas conjeturas se presentan con tanto grado de probabilidad como

ésta, indicada ya por el conde de Puymaigre[202]. Zaida se declara á

Alfonso VI, como Galiana á Maynete; se convierte á la fe cristiana lo

mismo que ella, y se une al rey de Castilla como _mujer velada_ y no

como _barragana_, según frase textual de la _Crónica_. Y siendo Zaida

personaje histórico é histórico su matrimonio con Alfonso VI, del cual

tuvo al infante D. Sancho, muerto en la batalla de Uclés, lo natural es

creer que la historia haya precedido á la fábula.

No quiero disimular que contra esta solución se presentan dificultades

muy graves, pero no insolubles. ¿Cómo admitir que en el breve período

comprendido entre 1099, en que murió Zaida (según la cronología del P.

Flórez)[203], y 1140, que es la fecha más moderna que hasta ahora se ha

asignado á los últimos capítulos del _Turpín_, naciese, creciese y se

desarrollase toda esta historia, y pasara los Pirineos, y se verificase

la extraña metamorfosis de un monarca casi contemporáneo, como Alfonso

VI, en el gran emperador de los francos? Aunque la fantasía épica iba

muy de prisa en la Edad Media, parecen poco cuarenta años para tan

complicada elaboración. Pero obsérvese que el _Turpín_ no dice una

palabra de Galiana; sólo menciona á Galafre y á Bramante. ¿Habría, por

ventura, un cantar de gesta que tuviese por único tema el vencimiento

y muerte de este rey pagano, y al cual se añadiese luego el episodio

de amor, que ya se cantaba en Provenza en 1210, fecha del poema de la

_Cruzada contra los Albigenses_:

Ara aujatz batalhas mesclar d'aital sensblant

C'anc non ausitz tan fera des lo temps de _Rotland_,

Ni del temps Karlemaine que venquet Aigolant,

Que comquis _Galiana_ la filha al rei _Braimant_

En Espanha de _Galafre_, lo cortes almirant

De la terra d'Espanha?

De este modo se gana un siglo en el proceso cronológico, pero todavía

quedan en pie dos reparos á que no encuentro salida. Uno es la

existencia de los fragmentos del poema francés, que la crítica más

autorizada coloca en el siglo XII, y en los cuales la leyenda aparece,

no ya enteramente formada, sino groseramente degenerada. Otro es la

dificultad de suponer que un poeta castellano, tratándose de hechos

no muy remotos, atribuyese á Carlomagno los que eran propios de un

héroe nacional como Alfonso VI. Tal hipótesis parece que contradice al

carácter dominante en nuestra epopeya, y además vemos que en tiempo

de Alfonso _el Sabio_ coexistían independientes la leyenda de Zaida y

la de Galiana, puesto que es la _Crónica General_ quien nos transmite

una y otra. Quede, pues, indecisa esta cuestión, que acaso nuevos

descubrimientos vengan á resolver el día menos pensado.

Mucho menos nos detendrá, á pesar de su extensión desmedida, el segundo

texto castellano del _Maynete_; es á saber: el que se encuentra

embutido, como otras fábulas caballerescas que iremos enumerando, en la

enorme compilación historial relativa á las Cruzadas, que se tradujo

en tiempo de D. Sancho _el Bravo_ con el título de _La gran conquista

de Ultramar_[204]. Aunque el original francés de este libro no ha sido

descubierto hasta ahora, todo induce á creer que las intercalaciones

de carácter novelesco no fueron hechas por el intérprete castellano

con presencia de los poemas de los troveros, sino que las encontró

ya reunidas en una crónica en prosa que, por otra parte, tradujo con

cierta libertad, introduciendo nombres de la geografía de España y

mostrando algún conocimiento de la lengua arábiga.

La narración de Maynete, que según el sistema general de _La gran

conquista_ aparece con ocasión de la genealogía de uno de los cruzados,

á quien se suponía descendiente de Mayugot de París, supuesto consejero

de Carlomagno, va precedida de la historia de Pipino y Berta, hija de

Flores y Blancaflor (que en los relatos franceses son reyes de Hungría

y aquí reyes de Almería), y seguida de la indicación más rápida de

otros dos temas, también del ciclo carolingio: el de la falsa acusación

de la reina Sevilla, á quien el autor de la _Crónica_ identifica con

Galiana, y el de la guerra contra los sajones, cantada en un poema de

Bodel de fines del siglo XIII.

Los relatos de _La gran conquista_ se derivan (mediatamente, según

creemos) de poemas franceses más antiguos que los conocidos, lo cual

puede comprobarse no sólo en el caso de la _Canción de los sajones_,

sino en el de la historia de Berta, cotejándola con la que escribió

el trovero Adenés. Respecto del _Maynete_ puede decirse que ocupa

una posición intermedia entre la sobriedad de la _Crónica General_

y la complicación de los poemas franceses, no ya del de Gerardo de

Amiens y del _Karleto_ de Venecia, sino de los mismos fragmentos

primitivos, con los cuales tiene alguna relación, especialmente al

principio. Cuando comienza la acción ya ha muerto Pipino; la causa

del destierro de Carlos es la rivalidad de los hijos de la falsa

Berta, cuyos nombres aparecen ligeramente desfigurados, llamando al

uno Eldois y al otro Manfre. Aunque Carlos «era muy pequeño, que non

habia de doce años arriba, empero era tan largo de cuerpo como cada

uno de sus hermanos, y porque creciera tan bien é tan aina pusiéronle

nombre Maynete». El primer ensayo que hace de sus fuerzas es herir á

Eldois con un asador el día que se celebraba el juego de la _tabla

redonda_ y se hacían los _votos del pavón_. Carlos y sus partidarios

no se dirigen inmediatamente á España, como en la _Crónica General_,

sino que se refugian primero en las tierras del duque de Borgoña y

del rey de Burdeos, que en _La conquista de Ultramar_ es moro, y no

lo sería probablemente en el texto francés. El redactor castellano

altera casi todos los nombres para darles fisonomía más oriental ó

acercarse más á la que él creía verdadera historia. Al rey de Toledo

no le llama Galafre, sino Hixem, del linaje de Abenhumaya; Galafre, ó

más bien Halaf, queda reducido á la categoría de un simple alguacil

suyo. En cambio, Bramante asciende á rey de Zaragoza con el nombre de

Abrahim. Galiana se convierte en _Halia_, pero su nombre se conserva

al tratar de sus palacios, por cierto con detalles locales dignos

de consideración; el conde Morante y los treinta caballeros que le

acompañan son aposentados por el rey «en el alcázar menor que llaman

agora los palacios de Galiana, que él entonces había hecho muy ricos

á maravilla, en que se tuviese viciosa aquella su hija Halia, é este

alcázar é el otro mayor de tal manera fechos, que la infanta iba

encubiertamente del uno al otro cuando quería». Algún otro rasgo parece

también añadido por el traductor, verbigracia, el encarecimiento

de la ciencia mágica de las moras, «que son muy sabidas en maldad,

señaladamente aquellas de Toledo, que encadenaban á los hombres y

hacíanles perder el seso y el entender». En algunos puntos sigue

muy de cerca á la _General_, y tiene de común con ella los nombres

topográficos de Cabañas y Valsomorián, y la estratagema de herrar los

caballos al revés, que falta, según creo, en todas las demás versiones;

pero al final se aparta de ella, inclinándose á las enmarañadas

aventuras de los textos franceses y acabando por confundir la leyenda

de Galiana con la de la reina Sevilla.

Ya hemos indicado que _La gran conquista de Ultramar_ contiene también

la leyenda de Berta, madre de Carlomagno, suplantada por una sierva que

fué madre de dos bastardos y reconocida al fin por su esposo Pipino á

consecuencia de un defecto de conformación que tenía en los dedos de

los pies. El relato castellano es conforme en lo sustancial al poema

del trovero Adenés (último tercio del siglo XIII), pero las variantes

de detalle indican que el traductor ó compilador castellano se valió

de un texto más antiguo, y distinto también de la versión italiana,

representada por un libro del siglo XIV, _I Reali di Francia_.

_La gran conquista de Ultramar_, que mirada sólo en sus capítulos

novelescos es el más antiguo de los libros de caballerías escritos en

nuestra lengua, no tuvo por de pronto imitadores; pero á fines del

siglo XIV y en todo el siglo XV fueron puestas en castellano otras

novelas del mismo ciclo, siendo probablemente la primera el _Noble

cuento del Emperador Carles Maynes de Rroma é de la buena Emperatriz

Sevilla, su mujer_, que Amador de los Ríos halló en un códice de la

Biblioteca Escurialense[205], que difiere en gran manera de un libro

de caballerías posterior sobre el mismo argumento[206], aunque uno y

otro se deriven remotamente de un mismo poema francés, que también

sirvió de base á un libro popular holandés, según las investigaciones

de Wolf[207]. Como de la primitiva canción sólo quedan fragmentos,

tienen interés estas versiones en prosa, además del que encierra la

historia misma, que es de apacible lectura, aunque pertenece ya á

la degeneración novelesca de la epopeya. Tanto la dulce y resignada

emperatriz perseguida por el traidor Macaire y acusada falsamente de

adulterio, como el buen caballero Auberí de Mondisdier, que muere en su

defensa, y el valiente y honrado villano Varroquer, que la toma bajo

su protección, son nobilísimas y simpáticas figuras; pero el héroe más

singular de la novela es un perro fiel, que combate en el palenque

contra Macaire y le vence y obliga á confesar sus crímenes, yendo luego

á dejarse morir de hambre sobre la tumba de su señor.

Al ciclo carolingio pertenece también la _Historia de Enrrique fi de

Oliva, rey de Iherusalem, emperador de Constantinopla_[208], personaje

caballeresco que ya era conocido en Castilla á principios del siglo

XV, puesto que le cita Alfonso Álvarez de Villasandino en unos versos

del _Cancionero de Baena_, que por cierto aluden á una aventura no

contenida en el libro que hoy tenemos:

Desque Enrique, fi de Oliva,

Salga de ser encantado.

De uno de los personajes de esta novela hizo memoria Cervantes en el

cap. XVI, parte primera, del _Quijote_: «¡Bien haya mil veces el autor

de _Tablante de Ricamonte_ y aquel del _otro libro donde se cuentan los

hechos del conde Tomillas_, y con qué puntualidad lo describen todo!».

Aunque el elogio parece de burlas, como tantos otros que Cervantes hace

de autores y de libros, pues no hay tal puntualidad en la narración,

que es, por el contrario bastante rápida y seca, no puede dudarse que

se trata del mismo libro y que Cervantes se acordó del conde Tomillas,

personaje secundario en la novela, porque el nombre de este traidor

se había hecho popular, pasando á los romances de Montesinos. Los

primeros capítulos del _fi de Oliva_ ofrecen mucha semejanza con la

historia de la reina Sevilla; hay también una gran señora, doña Oliva,

hermana del rey Pepino y duquesa de la Rocha, víctima de las malas

artes y calumnias de D. Tomillas, y obligada á probar su inocencia

«metiéndose desnuda y en carnes en una gran foguera». Lo restante del

libro contiene las proezas de su hijo Enrique como caballero andante en

tierras de Ultramar, donde conquista á Jerusalén y á Damasco, venciendo

innumerables huestes de paganos; salva á Constantinopla, asediada por

los turcos; se casa con la infanta Mergelina, heredera del imperio

bizantino, y volviendo á Francia disfrazado de palmero, prende al

alevoso Tomillas, entregándoselo á su madre, que con ferocidad inaudita

manda descuartizarlo por cuatro caballos salvajes. El original en prosa

de este libro no ha sido señalado aún, que yo sepa; pero basta fijarse

en los nombres de personas y lugares, y en la frecuencia de galicismos,

para comprender que el traductor no puso nada de su cosecha. El

original remoto es la canción de gesta de _Doon de la Roche_[209],

que se atribuye á fines del siglo XII. De todos modos, este libro

vulgarísimo, plagado de todos los lugares comunes del género, apenas

merecería citarse, á no ser tan escasas en España las obras impresas de

este ciclo, cuya flor se llevaron los romances.

Por raro capricho de la fortuna, bien desproporcionado á su mérito,

obtuvo, sin embargo, extraordinaria popularidad, que ha llegado hasta

nuestros días, puesto que todavía se reimprime como libro de cordel

y sirve de recreación al vulgo en los rincones más olvidados de la

Península, lo mismo que en las ciudades populosas, el _Fierabrás_

francés, disfrazado con el nombre de _Historia de Carlo Magno y de

los doce Pares_, del cual se cita ya una edición de 1525, aunque

seguramente las hubo anteriores[210]. Nicolás de Piamonte, cuyo nombre

suele figurar al frente de este libro, no hizo más que traducir

la compilación en prosa, hecha á instancias de Enrique Balomier,

canónigo de Lausana, impresa en 1478; basta comparar los prólogos y la

distribución de los capítulos para reconocer la identidad. «Y siendo

cierto que en la lengua castellana no hay escriptura que de esto

faga mencion, sino tan solamente de la muerte de los doce Pares, que

fué en Roncesvalles, paresciome justa y provechosa cosa que la dicha

escriptura y los tan notables fechos fuesen notorios en estas partes de

España, como son manifiestos en otros reinos. Por ende, yo, Nicolás de

Piamonte, propongo de trasladar la dicha escriptura de lenguaje francés

en romance castellano, sin discrepar, ni añadir, ni quitar cosa alguna

de la escriptura francesa. Y es dividida la obra en tres libros: el

primero habla del principio de Francia, de quien le quedó el nombre,

y del primer rey cristiano que hubo en Francia; y descendió hasta el

rey Carlomagno, que después fué emperador de Roma; _y fué trasladado

de latin en lengua francesa_. El segundo habla de la cruda batalla

que hubo el conde Oliveros con Fierabrás, rey de Alexandría, hijo del

gran Almirante Balán, _y éste está en metro francés muy bien trovado_.

El tercero habla de algunas obras meritorias que hizo Carlomagno, y

finalmente de la traicion de Galalon y de la muerte de los doce Pares;

y fueron sacados estos libros de un libro bien aprobado, llamado

_Espejo historial_».

El _Speculum historiale_ de Vicente de Beauvais, el poema francés de

_Fierabrás_, y acaso un compendio de la _Crónica de Turpín_, son las

fuentes de este librejo, apodado por nuestros rústicos _Carlomano_,

que, á pesar de su disparatada contextura y estilo vulgar y pedestre,

no sólo continúa ejercitando nuestras prensas populares y las de Épinal

y Montbelliard en Francia, no sólo fué puesto en romances de ciego por

Juan José López, sino que inspiró á Calderón su comedia _La Puente de

Mantible_.

La epopeya feudal, que tanta parte ocupa en el ciclo carolingio, tenía

para nosotros menos interés que la _gesta del Rey_, y por la diferencia

de costumbres y condición social hubo de penetrar muy tardíamente

en Castilla, donde ni siquiera está representada por narraciones de

directo origen francés, sino por imitaciones de poemas italianos.

Por tal camino entró en nuestra literatura uno de los más célebres

temas carolingos, _Renaus de Montauban_, que pertenece al grupo de

los que narran las luchas de Carlomagno con sus grandes vasallos. La

versión más arcaica que hasta ahora se conoce de tal leyenda es de

fines del siglo XII ó principios del XIII, y ha sido atribuida con

poco fundamento á Huon de Villeneuve. La primitiva inspiración puede

ser anterior, aunque en las más antiguas _gestas_ no se encuentre

mencionado ninguno de los personajes de este ciclo, que parece haberse

desarrollado con independencia de los restantes. Pero con el tiempo

vino á suceder lo contrario: difundida esta leyenda de Reinaldos y sus

hermanos por toda Europa, y especialmente en Italia, su héroe llegó

á ser uno de los más famosos, rivalizando con el mismo Roldán en los

poemas caballerescos italianos, y ocupando tanto lugar en la historia

poética de Carlomagno, que algunos llegaron á considerarle como centro

de ella.

Quien desee conocer en todos sus detalles el antiguo cantar de los

hijos de Aimon, puede acudir al tomo XXII de la _Historia literaria de

Francia_[211], donde Paulino París hizo un elegante análisis de él y de

sus continuadores, ó al prolijo y siempre redundante León Gautier, que

en el tomo III de sus _Epopeyas_[212] le dedica cerca de 50 páginas,

emulando con su irrestañable prosa la verbosidad de los antiguos

juglares. Á nuestro propósito basta una indicación rapidísima.

Aimon de Dordonne tenía cuatro hijos, Reinaldos, Alardo, Ricardo y

Guichardo. Cuando entraron en la adolescencia los llevó á París y

los presentó en la corte del Emperador, quien los armó caballeros

y les hizo muchas mercedes, obsequiando á Reinaldos con el caballo

_Bayardo_, que era hechizado. Jugando un día Reinaldos á las tablas con

Bertholais, sobrino de Carlomagno, perdió éste la partida, y, ciego

de rabia, dió un puñetazo á Reinaldos, el cual fué á quejarse de esta

afrenta al Emperador; pero Carlos, dominado por el amor á su sobrino,

no quiso hacerle justicia. Entonces Reinaldos, cambiando de lenguaje,

recuerda á Carlomagno otra ofensa más grande y antigua que su familia

tiene de él: la muerte de su tío Beuves de Aigremont, inicuamente

sentenciado por el Emperador cediendo á instigaciones de traidores.

Semejante recuerdo enciende la ira del Monarca, que responde

brutalmente á Reinaldos con otro puñetazo. Reinaldos vuelve á la sala

donde estaba Bertholais y le mata con el tablero de ajedrez. Los cuatro

Aimones logran salvar las vidas abriéndose paso á viva fuerza; se

refugian primero en la selva de las Ardenas y luego en el castillo de

Montauban, y allí sostienen la guerra contra el Emperador, haciendo

vida de bandoleros para mantenerse, y llegando el intrépido Reinaldos

á despojar al propio Carlomagno de su corona de oro. Finalmente,

ayudados por las artes mágicas de su primo hermano Maugis de Aigremont

(el _Molgesí_ de nuestros poetas), que con sus encantamientos infunde

en Carlos un sueño letárgico y le conduce desde su tienda al castillo

de Montauban, llegan á conseguir el indulto; y la canción termina con

la peregrinación de Reinaldos á Tierra Santa y su vuelta á Colonia,

donde muere oscuramente trabajando como obrero en la construcción de la

catedral y víctima de los celos de los aprendices.

Tal es el esqueleto de la leyenda. Hay mil peripecias, que por brevedad

omito, recordando sólo las escenas de miseria y hambre en que se ven

obligados á devorar las carnes de sus propios caballos, á excepción

del prodigioso _Bayardo_, de quien Reinaldos se apiada cuando le ve

arrodillarse humildemente para recibir el golpe mortal; el encuentro de

Reinaldos con su madre Aya, que le reconoce por la cicatriz que tenía

en la frente desde niño; la recepción de los cuatro Aimones en la casa

paterna; la carrera de caballos que celebra Carlomagno con la idea de

recobrar á _Bayardo_, y en que viene á quedar él mismo vergonzosamente

despojado por la audacia de Reinaldos y la astucia de Malgesí, y otras

mil aventuras interesantes, patéticas é ingeniosas, á las cuales

sólo faltaba estar contadas en mejor estilo para ser universalmente

conocidas y celebradas.

El Norte y el Mediodía de las Galias se disputan el origen de esta

leyenda, inclinándose los autores de la _Historia literaria_ á suponer

que las primeras narraciones proceden de Bélgica ó de Westfalia,

más bien que de las orillas del Garona y del castillo de Montauban,

lo cual tienen por una variante provenzal muy tardía. Según esta

hipótesis, la historia de los cuatro hijos de Aimon hubo de correr

primero, en forma oral, por los países que bañan el Mosa y el Rhin, y

de allí transmitirse, con notables modificaciones, á las provincias

del Mediodía. Los manuscritos del siglo XIII presentan huellas de una

triple tradición, flamenca, alemana y provenzal, que á lo menos en

parte había sido cantada.

Á principios del siglo XV, la leyenda francesa fué refundida por autor

anónimo en un poema de más de 20.000 versos, donde aparecen por primera

vez los amores de Reinaldos con Clarisa, hija del rey de Gascuña. Y

siguiendo todos los pasos de la degeneración épica, este poema fué,

cincuenta años después, monstruosamente amplificado y convertido en

prosa por un ingenio de la Corte de Borgoña en un enorme libro de

caballerías que consta de cinco volúmenes ó partes, de las cuales sólo

la última llegó á imprimirse. No nos detendremos en otras redacciones

prosaicas, bastando citar la más famosa de todas, la que hoy mismo

forma parte en Francia de la librería popular, de lo que allí se

llama _bibliothèque bleue_ y entre nosotros _literatura de cordel_.

Sus ediciones se remontan al siglo XV. La más antigua de las góticas

que se citan no tiene lugar ni año; las hay también de Lyon, 1493 y

1495; de París, 1497... Las posteriores son innumerables, y llevan

por lo general el título de _Histoire des quatre fils Aymon_. Se ha

reimpreso con frecuencia en Épinal, en Montbelliard, en Limoges, etc.,

exornado con groseras aunque muy características figuras, entre las

cuales nunca falta el caballo _Bayardo_ llevando á los cuatro Aimones.

El estilo ha sido remozado, especialmente en algunos textos[213],

pero sustancialmente el cuento corresponde al del siglo XV y éste es

bastante fiel á la canción de gesta del XIII. La popularidad del tema

se explica no sólo por su interés humano, sino por su carácter más

novelesco que histórico; por la conmiseración que inspira á lectores

humildes el relato de la pobreza y penalidades de los Aimones; por la

mezcla de astucia y valor en las empresas de estos héroes; por cierto

sello democrático que marca ya la transformación de la epopeya. Lo

cierto es que de todas sus gloriosas tradiciones épicas, ésta es casi

la única que conserva el pueblo francés, harto desmemoriado en este

punto.

No importan á nuestro propósito las versiones inglesas y alemanas, pero

no debemos omitir los poemas italianos, especialmente _La Trabisonda_,

de Francesco Tromba (1518); la _Leandra innamorata_ (en sexta rima),

de Pedro Durante da Gualdo (Venecia, 1508); el _Libro d'arme e d'amore

cognominato Mambriano_, de Francesco Bello, comúnmente llamado _il

cieco da Ferrara_ (1509), y otros, á cual más peregrinos, cuyas

numerosas ediciones pueden verse registradas en las bibliografías

de Ferrario y Melzi[214] sobre los libros caballerescos de Italia;

terminando toda esta elaboración épica con _Il Rinaldo_, de Torquato

Tasso, cuya primera edición es de 1562. Téngase en cuenta además la

importancia del personaje de Reinaldos en los dos grandes poemas de

Boyardo y del Ariosto. Fuera de Orlando, no hubo héroe más cantado en

Italia; pero en las últimas composiciones de los ingeniosos é irónicos

poetas del Renacimiento, apenas quedó nada del fondo tradicional del

cuento de los hijos de Aimon.

De esta corriente italiana, y no de la francesa, se derivan todas las

manifestaciones españolas de este ciclo. No hay que hacer excepción en

cuanto á los tres romances que Wolf admitió en su _Primavera_ (núms.

187-189). Los dos primeros proceden, como demostró Gastón París, de la

_Leandra innamorata_; el tercero, de la _Trabisonda historiata_.

Los libros de caballerías que más expresamente tratan de las aventuras

y proezas de Reinaldos son dos compilaciones de enorme volumen. La

primera estaba en la librería de Don Quijote. «Tomando el barbero otro

libro, dijo: Este es _Espejo de Caballerías_. Ya conozco á su merced,

dijo el cura; ahí anda el señor Reinaldos de Montalbán con sus amigos y

compañeros, más ladrones que Caco, y los doce Pares, con el verdadero

historiador Turpin; y en verdad que estoy por condenarles no más que á

destierro perpetuo, siquiera porque tienen parte de la invención del

famoso Mateo Boyardo». En efecto, el _Espejo de caballerías, en el qual

se tratan los hechos del conde don Roldán y del muy esforzado caballero

don Reynaldos de Montalbán y de otros muchos preciados caballeros_,

consta de tres partes, y es, por lo menos la primera, una traducción

en prosa del _Orlando innamorato_ de Boyardo. Lo restante tampoco debe

de ser original, puesto que se dice «traducido de lengua toscana en

nuestro vulgar castellano por Pedro de Reinosa, vecino de Toledo»[215].

Hubo otra compilación, todavía más rara, la cual contiene traducidos

varios poemas italianos y consta de cuatro partes. El _Libro primero

del noble y esforzado caballero Renaldos de Montalbán, y de las

grandes prohezas y estraños hechos en armas que él y Roldán y todos los

doce pares paladines hicieron_; y el _Libro segundo... de las grandes

discordias y enemistades que entre él y el Emperador Carlos hubieron,

por los malos y falsos consejos del conde Galalon_, son traducción,

hecha por Luis Domínguez, del libro toscano intitulado _Innamoramento

di Carlo Magno_[216]. _La Trapesonda_, que es tercero libro de Don

Renaldos, y trata cómo por sus caballerías alcanzó á ser emperador de

Trapesonda, y de la penitencia é fin de su vida, es la ya mencionada

_Trabisonda historiata_ de Francesco Tromba[217]; y la tercera, de

la cual no se conoce más que un ejemplar existente en la biblioteca

de Wolfembuttel, debe de ser, á juzgar por la descripción que hace

Heber de sus preliminares y portada, el famoso y curiosísimo poema

macarrónico de Merlín Cocayo (_Teófilo Folengo_)[218].

En Italia habían encontrado los relatos del ciclo carolingio segunda

patria, supliendo la falta de una epopeya indígena. Cantados primero

en francés y luego en una jerga franco-itálica, antes de serlo

definitivamente en italiano, pasaron como materia ruda é informe á

manos de los grandes poetas del Renacimiento, Pulci, Boyardo, Ariosto,

que les dieron un nuevo género de inmortalidad, tratándolos con

espíritu libre é irónico. La España del siglo XVI adoptó por suyos

todos estos libros. El _Morgante maggiore_ estaba ya traducido en

1533 y su continuación en 1535[219]. Del _Orlando enamorado_, además

de la traducción en prosa ya citada, pusieron en verso algunos cantos

Francisco Garrido de Villena y Hernando de Acuña. El _Orlando furioso_

tuvo tres traductores, á cual más infelices, Hernando de Alcocer, el

capitán Jerónimo de Urrea y Diego Vázquez de Contreras, sin contar

á Gonzalo de Oliva, cuyo trabajo, muy superior al parecer, quedó

inédito[220]. Otros poemas italianos de menos nombre ejercitaron

también la paciencia de algunos intérpretes: así, _El nacimiento y

primeras empresas del conde Orlando_, de Ludovico Dolce, castellanizado

por el regidor de Valladolid Henríquez de Calatayud en 1594. Varios

ingenios españoles intentaron proseguir la _materia de Francia_,

tal como la habían entendido y tratado los poetas ferrareses. En

tal empresa fracasaron el valenciano Nicolás de Espinosa, que quiso

continuar al Ariosto en una _Segunda parte de Orlando_ (1558); el

aragonés D. Martín de Bolea y Castro, que escribió una continuación

del poema de Boyardo con el título de _Orlando determinado_ (1578);

Francisco Garrido de Villena, autor de _El verdadero suceso de la

famosa batalla de Roncesvalles, con la muerte de los doce Pares de

Francia_ (1583), y Agustín Alonso, que compuso otro _Roncesvalles_

con las _Hazañas de Bernardo del Carpio_ (1585). Pero luego cayó el

asunto en mejores manos, y fueron verdaderos poetas los que celebraron

las _Lágrimas_ y la _Hermosura_ de Angélica, y el inspirado obispo

de Puerto Rico que hizo resonar de nuevo el canto de guerra de

Roncesvalles, dando fantástica inmortalidad al héroe de nuestras

antiguas gestas en un poema que es el mejor de su género en castellano

y quizá la mejor imitación del Ariosto en cualquier lugar y tiempo.

Libros de caballerías son todos estos, pero la circunstancia de estar

escritos en verso y contener muchos materiales de origen clásico,

propios de la poesía culta del siglo XVI y ajenos á la épica de la Edad

Media, los excluye de nuestro análisis, bastando notar que en algunos

de ellos reaparece y domina la versión española del tema carolingio

tomada de las crónicas ó de los romances, pero se la trata de un modo

novelesco y arbitrario, aunque á veces muy ingenioso, atendiendo sólo

á recrear la imaginación y el oído con fáciles versos y peregrinas

invenciones, de las que Horacio llamaba _speciosa miracula_. Todo

esto no pasó de la poesía erudita; el pueblo se contentó con leer el

_Fierabrás_, y ni siquiera parece haber conocido el libro popular

italiano _I Reali di Francia_, que sólo muy tardíamente explotó Lope

de Vega para una comedia, _La Mocedad de Roldán_, y el navarro Antonio

de Eslava para algunas de sus _Noches de invierno_, no impresas hasta

1609, fuera, por consiguiente, del período que ahora estudiamos. En la

literatura portuguesa no tuvo representación alguna este ciclo, como no

se tenga por tal una traducción muy moderna del _Carlomagno_ castellano

seguida de dos extravagantes continuaciones. El gusto de aquel pueblo,

inclinado con preferencia á las ficciones de la Tabla Redonda, puede

explicar este vacío; pero es muy singular que se note también en la

literatura catalana, contra lo que pudiera esperarse de las antiguas

relaciones de la Marca Hispánica con el Imperio carolingio y de la

parte que tomaron los francos en la reconquista del Principado. Verdad

es que en aquella privilegiada porción de España no parece haberse

despertado el genio épico durante la Edad Media, dominando solas la

poesía lírica, la literatura didáctica y la historia.

Antes de pasar al ciclo bretón, que comparte con el carolingio los

vastos dominios de la literatura caballeresca de los tiempos medios,

diremos dos palabras acerca de otras novelas no pertenecientes á

dichos ciclos, algunas de las cuales pueden considerarse como de

transición entre el uno y el otro. No incluiremos entre ellas las

pocas que tratan asuntos de la antigüedad clásica, porque es patente

su carácter erudito y su derivación literaria de obras compuestas en

la decadencia greco-romana. Tal sucede con la historia fabulosa de

Alejandro, que ya en el siglo II de nuestra era circulaba en Alejandría

á nombre del falso Calístenes, y que antes de la mitad del siglo IV

había sido traducida al latín por Julio Valerio, de cuya obra se hizo

en tiempo de Carlomagno un _Epítome_ que sirvió de base á los poemas

franceses del siglo XII (Alberico de Besanzón, imitado en alemán por el

clérigo Lamprecht, Simón, Lamberto Li Tort y sus continuadores)[221].

En España (prescindiendo de las versiones aljamiadas, cuyo origen es

persa), este ciclo está representado exclusivamente por un poema de

_clerecía_ del siglo XIII, que, si hemos de atenernos al testimonio

de un códice recientemente hallado, hay que contar entre las obras

de Gonzalo de Berceo. Su erudito autor, fuese quien fuese, conoció

y explotó en gran manera dos de los poemas franceses, pero tomó por

fuente principal de su obra y tradujo casi íntegramente un poema

latino de fines del siglo XII, la _Alexandreis_ de Gualtero de

Châtillon, que representa con mucha más pureza la tradición clásica,

puesto, que es por lo común una paráfrasis de Quinto Curcio. El poeta

castellano parece haber consultado además el _Liber de praeliis_ (nueva

traducción del pseudo-Calístenes hecha por el arcipreste León en el

siglo X), y acaso la epístola fabulosa de Alejandro á Aristóteles

sobre las maravillas de la India[222]. Resultó, por consiguiente, el

_Alejandro_ castellano una producción de carácter mixto, en que se

combinan los elementos medioevales con los clásicos, y que tiene además

carácter enciclopédico por el gran número de digresiones geográficas,

astronómicas y morales que contiene.

Uno de los episodios más extensos del _Alejandro_ es el pasaje relativo

á la guerra de Troya (estancias 299-716), que aquí por primera vez

aparece en nuestra literatura y que luego tuvo numerosas versiones en

prosa. Bajo el título común de _Crónica Troyana_ se han confundido

obras diversas, que importa deslindar aunque sea rápidamente. Cuando

en los tiempos de la decadencia greco-latina comenzó á perderse el

culto y hasta el sentido de la poesía homérica, pulularon miserables

rapsodias de sofistas que pretendían suplir lagunas de la narración,

corregir errores, añadir circunstancias ignoradas por el padre de la

poesía. Entonces se forjaron los dos insípidos libros que llevan los

nombres de Dares frigio y Dictys cretense[223], supuestos héroes de la

guerra de Troya y testigos de su ruina, aunque en opuestos campos. Todo

mueve á creer que estas crónicas fabulosas se escribieron primeramente

en griego, pero no las tenemos más que en latín. La de Dares se

dice encontrada y traducida por Cornelio Nepote y dedicada por él á

Salustio; embrollo y ficción pura, que se desmiente por lo bárbaro

del estilo, indigno de la era de Augusto. En la obra de Dictys, que

está mejor escrita, comienza la novela desde el prefacio. Un temblor

de tierra dejó patente, en tiempo de Nerón, el sepulcro del guerrero

cretense cerca de Gnoso; en él pareció una caja de plomo, que contenía,

escritas en caracteres fenicios, sus memorias sobre el sitio de Troya;

un tal Eupraxidas las tradujo al griego, y las puso en latín Lucio

Septimio. Pero la crítica más benévola no concede á esta falsificación

mayor antigüedad que la del siglo IV. El libro atribuido á Dares es

un epítome sumamente descarnado, en que apenas ofrece interés otra

cosa que el episodio de los amores de Polixena y muerte de Aquiles.

En general, se aparta menos que Dictys de la tradición homérica; el

falso griego demuestra más talento de invención que el falso troyano.

Personajes secundarios de la antigua epopeya, como Palamedes, Troilo,

tienen aquí una leyenda muy desarrollada.

Olvidado Homero en la Edad Media ó sustituído á lo sumo con el

epítome del pseudo-Píndaro tebano, los poetas en lengua vulgar y aun

los _clérigos_ que cultivaban exclusivamente la latina se lanzaron

ávidamente sobre las novelas de Dictys y Dares, que afectaban gran

puntualidad histórica, y en la cándida ignorancia de aquellos tiempos

pasaban por libros auténticos y mucho más fidedignos que la _Iliada_,

á cuyo autor se tachaba de mentiroso y mal informado[224]. Un poeta de

Turena, Benito de Sainte-More, compuso por los años de 1160 y dedicó á

la reina de Inglaterra Leonor de Aquitania un _Roman de Troie_[225] en

más de treinta mil versos pareados de nueve sílabas (para los franceses

de ocho), forma que desde principios del siglo XVI había sustituído al

antiguo metro épico en las narraciones que se destinaban, no al canto,

sino á la lectura. Amplificó prodigiosamente y con fácil estilo las dos

narraciones fabulosas que tenía á la vista; añadió como introducción la

historia de los Argonautas; aduló la vanidad nacional con el supuesto

parentesco entre los Francos y los Troyanos; transportó al mundo feudal

los héroes pelasgos y aquivos; modificó á su guisa los caracteres

y las costumbres con muy gracioso anacronismo, y tuvo el mérito de

inventar, entre otros episodios, uno de amor que tuvo grande éxito,

el de Troilo y Briseida, que inspiró sucesivamente á Boccaccio en su

poema _Filostrato_, á Chaucer en el suyo _Troilus and Cressida_ y á

Shakespeare en su tragedia del mismo nombre.

El poema de Benito de Sainte-More fué traducido al alemán y á otros

idiomas y compendiado en prosa francesa; pero todavía más que en

su lengua primitiva corrió por Europa en la refundición latina

que hizo Guido delle Colonne, juez de Messina, con el título de

_Historia Troiana_ (comenzada en 1272, terminada en 1287), callando

maliciosamente su verdadero original, refiriéndose sólo á Dictys

y Dares y dando al libro una pedantesca apariencia histórica que

contribuyó á su crédito entre los letrados[226].

Todas las variantes, así italianas como españolas, que se conocen de

la _Crónica Troyana_ se fundan ó en la _Historia de Guido de Columna_

ó en el poema de Benito de Sainte-More. Nuestros antiguos eruditos, y

el mismo Amador de los Ríos, que dió abundantes noticias de los códices

de este ciclo, confundieron ambos grupos ó familias, que comenzó á

distinguir el docto profesor Adolfo Mussafia en una Memoria publicada

en 1871[227]. Para deslindarlas completamente sería precisa la

comparación de todos los textos que hoy se conocen: tarea que no hemos

podido realizar aún, y que, por otra parte, sería impropia de este

lugar. Daremos noticia sólo de las principales versiones, prescindiendo

de la del poema de Alejandro que está tomada á medias de Guido de

Columna y de la _Iliada_ del pseudo Píndaro tebano.

Del enorme _Roman de Troie_, de Benoît de Sainte-More, tenemos dos

traducciones castellanas hechas del francés y otra gallega hecha

del castellano. Su respectiva filiación, así como el tiempo en que

se tradujeron y las personas para quien los códices se escribieron,

constan en las suscripciones finales de una y otra. «Este libro mandó

faser (dice la castellana) el muy alto e muy noble e muy escelent rey

don Alfonso, fijo del muy noble rey don Fernando e de la Reyna doña

Costanza. E fue acabado de escribir e de estoriar en el tiempo que el

muy noble rey don Pedro su fijo regnó all cual mantenga Dios al su

servicio por muchos tiempos et bonos. Et los sobredichos donde él viene

sean heredados en el regno de Dios. Amen. Fecho el libro postremero

dia de diziembre. Era de mill et trecientos et ochenta et ocho años.

Nicolas Gonçales, escriban de los sus libros, lo escribi por su

mandado».

El códice gallego más completo de los dos que se han conservado[228]

traduce la suscripción del _escribán_ castellano y añade: «Este

liuro foy acabado VIII dias andados do mes de Janeyro, era de mill é

quatroçentos et onze años». El que escribió en parte y dirigió en lo

demás la copia de este códice fué, según consta en otra suscripción,

el clérigo Fernán Martis (¿Martínez?), capellán de Fernán Pérez de

Andrade. Es inestimable el valor lingüístico de esta versión (que

parece hasta ahora el monumento más antiguo de la prosa literaria

gallega); pero ha de tenerse en cuenta que es traducción de traducción,

y que abunda por tanto en formas castellanas y francesas. Publicada ya

con estricto rigor paleográfico, gracias á los desvelos de D. Andrés

Martínez Salazar[229], ofrece abundante y novísima materia al estudio

de los filólogos.

Del Canciller Pero López de Ayala dijo Fernán Pérez de Guzmán en sus

_Generaciones y semblanzas_ que «por causa dél son conocidos algunos

libros que antes no lo eran», contando entre ellos la _Historia

de Troya_. No parece que esto pueda entenderse del poema de Benoît

de Sainte-More (_Beneyto de Santa María_ que dijo el intérprete

castellano), puesto que ya estaba traducido en 1350 (era 1388), cuando

el futuro Canciller no pasaba de los diez y siete años, sino que debe

referirse á la crónica latina de Guido de Columna, lo cual también

está más de acuerdo con el género de estudios y aficiones propios de

Ayala; pero siendo varias las versiones manuscritas de este libro, no

parece fácil determinar en cuál de ellas pudo intervenir el Canciller,

ni realmente dice su biógrafo que él hiciese la traducción, sino que

dió á conocer el libro en Castilla. Pero, de todos modos, no fué

obstáculo para que el _Roman de Troie_ volviese á ser traducido por

autor anónimo de fines del siglo XIV, que intercaló algunos trozos en

verso (á la manera de los lays que se leen en el _Tristán_ y en otras

novelas bretonas), dejando con esto marca indeleble del origen poético

del libro[230]. Proceden, por el contrario, de la _Crónica_ de Guido de

Columna la traducción catalana del protonotario Jaime Conesa, terminada

en 18 de junio de 1367[231], y la castellana de Pedro de Chinchilla,

emprendida á instancias del primer conde de Benavente, D. Alonso

Pimentel, en 1443[232]. La _Crónica Troyana_, varias veces impresa

en el siglo XVIn el nombre de Pedro Núñez Delgado[233], toma á Guido

por principal fuente en lo que toca á la leyenda troyana, pero añade

otras fábulas mitológicas sacadas de diversos autores[234]. Es probable

que utilizase una compilación ya existente análoga al _Recueil des

histoires de Troye_, de Raoul Lefèvre.

Aun hay otras pruebas de la extraordinaria difusión del ciclo troyano

en España. El conde D. Pedro recuerda en su _Nobiliario_ las «grandes

_fazemdas e grandes cavallarias_» que hubo en Troya «assy como falla

na sa estorea». El cronista de D. Pedro Niño, Gutierre Díaz de Gámez,

tomó de un libro que llama _de la Conquista de Troya_ un largo episodio

sobre Bruto, supuesto progenitor de los ingleses, y la reina de

Armenia, Dorotea, que no está en ninguna de las versiones conocidas y

difiere mucho del relato de Godofre de Monmouth, al cual se conforma

la crónica impresa. Últimos ecos de esta vivaz leyenda fueron, en

pleno siglo XVI, el poema de las _Guerras de Troya_, de Ginés Pérez de

Hita[235], y los dos de Joaquín Romero de Cepeda, _El infelice robo de_

_Elena, reyna de Esparta, por Paris Infante Troyano[236], y La antigua

memorable y sangrienta destruicion de Troya... á imitacion de Dares,

troyano, y Dictys, cretense griego[237]._ Los romances semipopulares y

relativamente viejos de la reina Elena, de la reina de las Amazonas y

de la muerte que dió Pirro á la muy linda Policena, son reminiscencias

de la _Crónica Troyana_, en la cual también se inspiró bizarramente la

musa lírica para el _Planto de la reina Pantasilea_, bella composición

atribuida, no sé si con fundamento, al Marqués de Santillana.

Orígenes de la novela, Tomo I · 第 24 / 55 题