¿Qué valor autobiográfico puede darse al _Libro de buen amor_ del

Archipreste? ¿Podemos tomar al pie de la letra todo lo que nos cuenta,

no en los innumerables episodios traducidos ó imitados de diversas

partes, sino en lo que manifiestamente es original y se refiere á

su propia persona? Por nuestra parte, creemos que el fondo de la

narración es verídico, como lo prueba su misma simplicidad y llaneza

y la ausencia de orden y composición que en el libro se advierte.

Algún mayor artificio habría si se tratase de una mera novela, por

rudo que supongamos entonces el procedimiento narrativo. Pero también

parece evidente que sobre un fondo de realidad personal ha bordado

el Archipreste una serie de arabescos y de caprichosas fantasías

en que no se ha de buscar la nimia fidelidad del detalle, sino una

impresión de conjunto. Sus poesías son, pues, sus Memorias, pero libre

y poéticamente idealizadas. Lo soñado y lo aprendido se mezcla en

ellas con lo realmente sentido y ejecutado. Las aventuras amorosas,

aunque generalmente coronadas por algún descalabro, son tantas y tan

varias, que aun para Don Juan parecerían muchas. Hay también evidentes

inverosimilitudes, y algunos pasos en que la alegoría se mezcla de un

modo incoherente y confuso con la realidad exterior.

Prescindiendo de los elementos líricos, sacros y profanos, de las

sátiras, de las digresiones morales, de la parodia épica ó poema

burlesco sobre la _Batalla de Don Carnal y Doña Cuaresma_, de la

paráfrasis del _Arte de Amar_ de Ovidio y de todo lo que en el libro

del Archipreste no es puramente narrativo, encontramos, sirviéndole

de centro, una novela picaresca, de forma autobiográfica, cuyo

protagonista es el mismo autor; una colección de _enxiemplos_, esto

es, de cuentos y fábulas, que suelen aparecer envueltos en el diálogo

como aplicación y confirmación de los razonamientos, y finalmente una

comedia de la baja latinidad, imitada ó más bien parafraseada, pero

reducida de forma dramática á forma novelesca, no sin que resten muchos

vestigios del primitivo diálogo. El Archipreste confiesa llanamente el

origen de este episodio, que forma por sí solo una quinta parte de su

obra:

Si villanías he dicho, haya de vos perdón,

que lo feo de la estoria dis _Pánfilo_ é _Nasón_.

¿Y quién era este _Pánfilo_, cuyo nombre se encuentra aquí tan

inesperadamente asociado al de Ovidio? Un imitador suyo muy tardío, un

poeta ovidiano de la latinidad eclesiástica, cuyas obras llegaron á

confundirse con las de su maestro, si bien vemos que el Archipreste

las distinguía ya perfectamente. La edad del _Pamphilus_[152] es muy

incierta, ni tampoco puede fijarse el país en que tuvo su cuna, aunque

es muy verosímil que se escribiese en algún monasterio del centro

de Europa (Francia del Norte ó Alemania rhenana), foco principal de

este género de literatura en los tiempos medios. De todos modos, en

la primera mitad del siglo XIII era conocida ya esta obra en Italia,

puesto que la cita y copia un verso de ella el dominico genovés Juan de

Balbi, compilador del famoso _Catholicon sive summa gramaticalis_. Pero

ni esta mención, ni la que, según testimonio del bibliógrafo Ebert, se

halla en el _Compendium Moralium notabilium_ de un cierto Hieremías

que falleció en 1300, nos autorizan para dar á esta comedia la remota

antigüedad que su último editor (A. Baudouin) quiere asignarla.

La comedia de Pánfilo, obra de pura imitación, obra enteramente

impersonal, mero ejercicio de estilo de un monje desocupado y algo

libidinoso que había leído los dísticos de Ovidio y procuraba remedar

su versificación y su estilo, no tiene color local ni carácter de

época. Pudo haber nacido en cualquier siglo de la Edad Media, porque

nunca faltaron enteramente cultivadores de esta retórica. El poemita

es pagano de pies á cabeza, pero con cierto paganismo artificial y

contrahecho; carece á un mismo tiempo del sentido de la vida clásica y

del ambiente de la vida moderna. Los interlocutores son figuras yertas,

casi abstracciones; sólo en la escena lúbrica del final cobra alguna

animación el estilo.

Pero si, juzgando por comparación con otras piezas análogas, hubiéramos

de señalar fecha probable al _Pamphilus_, no nos remontaríamos, en

verdad, al siglo X, como quiere Mr. Baudouin, que emplea para ello

el cómodo aunque ingenioso procedimiento de comparar frases de esta

comedia con frases del poema de Gualterio de Aquitania (_Waltarius_)

y otras obras de aquella centuria, enteramente distintas de ésta por

su carácter y espíritu; argumento que, en fuerza de probar mucho, nada

prueba, tratándose de producciones artificiales, escritas en una lengua

muerta y con un vocabulario aprendido en los libros. Nos fijaríamos

más bien en aquellas comedias de fines del siglo XII y principios del

XIII, compuestas en hexámetros y pentámetros como ésta; tanto ó más

desvergonzadas que ella, aunque menos dramáticas, y con las mismas

pretensiones de estilo ovidiano. Y si nos fuera permitido tener

opinión en materia tan oscura, diríamos que el _Pamphilus_ debe de ser

contemporáneo de la _Comedia Lydia_ y de la _Comedia Milonis_, de Mateo

de Vendôme; de la _Comedia Alda_, que es del mismo tiempo y acaso del

mismo autor, aunque algunos la atribuyan á Guillermo de Blois[153],

y de otros cuentos en verso con forma elegiaca, varios de los cuales

repiten argumentos de comedias clásicas. Así, el _Geta y Birria_, de

Vital de Blois (_Vitalis Blessensis_) es un remedo del _Amphitruo_, de

Plauto, y su _Querolus_ lo es, no de la _Aulularia_, sino del antiguo

_Querolus_ en prosa, escrito, al parecer, en las Galias y en el siglo

IV. En este grupo de obras creo que ha de colocarse el _Pamphilus_,

aunque el estilo parezca más sobrio y la latinidad menos mala[154].

Esta pieza, tan seca, desnuda y elemental como es, tiene la importancia

de ser la primera comedia exclusivamente amorosa que registran los

anales del teatro. Por lo mismo que no procede de Plauto ni de

Terencio, no calca sus intrigas, y en ella viene á ser principal lo

que en la comedia clásica es accesorio. La única fuente del poeta es

Ovidio: se ve por sus máximas eróticas, por su estilo, por el metro

que usa y por los versos y frases que íntegramente copia de su modelo.

La novedad está en haber dramatizado hasta cierto punto lo que en

Ovidio se presenta con aparato didáctico; es decir, la teoría de la

seducción, encarnándola en una fábula simplicísima, que viene á ser la

comprobación práctica del _Arte de Amar_. Y como desgraciadamente este

fondo, aunque bajo y ruin, es de todos tiempos, el desconocido autor

pudo, sin gran esfuerzo, dar á su obra un interés general, que la hizo

adaptable á tiempos y civilizaciones muy diversas. Pero él no encontró

más que la primera materia, tratándola con rudeza suma. La forma, es

decir, la verdadera creación artística, pertenece únicamente á los

grandes ingenios españoles que después de él se apoderaron de este

argumento.

Si alguna prueba necesitáramos del prodigioso talento poético del

Archipreste de Hita, tan manifiesto en cualquiera de los episodios de

su múltiple novela rimada, nos le daría la mágica transformación que

hizo de la pobre comedia latina, trocándola en un cuadro de la vida

castellana, rico de luz, de alegría y de color. Todo el _Pamphilus_

está traducido, parafraseado ó, por mejor decir, _transfundido_ en

los versos del Archipreste; pero las figuras, antes rígidas, adquieren

movimiento; las fisonomías, antes estúpidas, nos miran con el gesto de

la pasión; lo que antes era un apólogo insípido, á pesar de su cinismo,

es ya una acción humana, algo libre sin duda, pero infinitamente más

decorosa que el original, y esto no sólo porque el Archipreste, á pesar

de su decantada licencia, retrocedió ante las torpezas de la última

escena, sino por haber infundido en todo el relato un espíritu poético,

que insensiblemente realza y ennoblece la materia y los personajes.

La candorosa pasión del mancebillo don Melón de la Huerta es algo más

que apetito sensual: hay en él rasgos de cortesía, de caballerosidad

y hasta de puro afecto. El carácter de Doña Endrina, la noble viuda

de Calatayud, vale todavía más; está tocado con suma delicadeza, con

una apacible combinación de señoril bizarría, de ingenuo donaire,

de temeridad candorosa, de honrados y severos pensamientos que se

sobreponen á su flaqueza de un momento, traída por circunstancias

casi fortuitas, é inmediatamente reparada. Con mucho arte va notando

el Archipreste cómo el amor se insinúa blandamente en su alma, hasta

llegar á dominarla. Doña Endrina es muy señora en cuanto dice y hace;

casi nos atreveríamos á tenerla por abuela de la _Pepita Jiménez_ de

un gran escritor, contemporáneo nuestro, que en vida ha alcanzado la

categoría de los clásicos.

Creación también del Archipreste es el tipo de _Trotaconventos_,

comenzando por la intensa malicia del nombre. La _anus_ de la comedia

de Pánfilo no tiene carácter: es un espantajo que no hace más que

proferir lugares comunes. _Trotaconventos_ muestra ya los principales

rasgos de Celestina: el tono sentencioso, reforzado con proverbios y

ejemplos de los que tan sabrosa y lozanamente contaba el Archipreste;

el arte de la persuasión diabólica, capaz de encender lumbre en la

honestidad más recatada; el fondo de filosofía mundana y experiencia de

la vida, malamente torcido á la expugnación de la crédula virtud. Hasta

en las astucias exteriores, en el modo de penetrar la vieja en casa de

Melibea, so pretexto de vender joyas y baratijas, se ve que Fernando de

Rojas tuvo muy presente la obra de su predecesor.

Pero es inútil proseguir un cotejo que está al alcance de todo el

mundo[155] y en el cual habría que reconocer á cada momento rastros de

costumbres, ideas y supersticiones enteramente ajenas al _Pamphilus_.

Hasta en los casos en que la imitación del Archipreste es más directa,

hasta cuando va más ceñido al texto latino, le traduce con tal brío que

parece original. La semejanza con la _Celestina_ es mucho más general y

remota. El _Pamphilus_ no es más que el esqueleto de la tragicomedia de

_Calixto y Melibea_, que no le debe ninguna de sus inmortales bellezas

trágicas y cómicas. En rigor aun puede dudarse que el bachiller Rojas

le conociera; lo que de seguro tuvo presente fué el _Libro de buen

amor_ del Archipreste, donde encontró á Trotaconventos con todo su

caudal de dulces razones, de trazas y ardides pecaminosos.

Entre los apólogos que esmaltan el libro del Archipreste, la mayor

parte proceden sin duda de las colecciones esópicas, pero algunos

pueden venir de fuente oriental. El Archipreste sabía árabe: consta

por el mensaje de Trotaconventos á la mora; por la declaración de los

instrumentos que convienen á los _cantares de arábigo_; por el hecho

dl número no exiguo de palabras de dicha lengua que con gran propiedad

usa en sus poesías. Pero, ¿cómo y hasta qué punto lo sabía? ¿Por uso

puramente familiar ó por doctrina literaria? En otros términos, ¿era

capaz de entender un texto en prosa ó en verso y de imitarle? Para

nosotros, la cuestión es dudosa; por lo menos hasta ahora no se ha

señalado ninguna imitación directa y positiva. Basta con los libros

que ya corrían traducidos en romance para explicar el origen árabe

de algunos apólogos; el color enteramente oriental con que aparecen

otros que pueden hallarse también en la tradición clásica, como el

horóscopo _del nacimiento del fijo del rey Alcarás_, y hasta la

semejanza exterior que en su forma descosida y fragmentaria, pero con

una historia central que sirve de núcleo, presenta el libro con las

producciones de la novelística oriental ya examinadas.

Menos discutible es el influjo de la poesía francesa en el Archipreste,

pero ha sido grandemente exagerado. Todo lo que en la parte narrativa

de su obra puede considerarse como imitación de los _troveros_

franceses, y aun esto no siempre con seguridad, se reduce á cinco ó

seis cuentos: el de la disputa entre el doctor griego y el _ribaldo_

romano, que Rabelais tomó también de antiguos _fableaux_ para tejer la

chistosa controversia por señas entre Panurgo y Thaumasto; el de los

dos perezosos que querían casar con una dueña; el del garzón que quería

casar con tres mujeres; el del ladrón que fizo carta al diablo de su

ánima; el del ermitaño que se embriagó y cayó en pecado de lujuria;

el de D. Pitas Payas, pintor de Bretaña, que lleva indicios de su

origen hasta en ciertos galicismos; verbigracia: «_monsennor_, _volo_

ir á Flandes», «_portar muita dona_», «_volo_ facer en vos una buena

figura», «_fey arditamente_ todo lo que _vollaz_», «_petit corder_»;

que no pertenecen á la lengua habitual del Archipreste, y que sin duda

están puestos en boca de personajes franceses para el efecto cómico.

Lo que no tomó de ninguna parte fué la forma autobiográfica en que

expuso la novela de su vida. En este punto es inútil la indagación de

orígenes; esa forma debió presentársele naturalmente como el marco

más amplio y holgado para encajar todos sus estudios de costumbres,

todos sus rasgos líricos, todas sus sátiras. La idea de un personaje

espectador de la vida social en sus distintos órdenes y narrador de sus

propias aventuras no fué desconocida de los antiguos. Dos novelas de la

decadencia latina, el _Satyricon_ y el _Asno de Oro_ (sin contar con

el _Asno_ griego de Luciano ó de Lucio de Patras), presentan ya esta

forma enteramente desarrollada, aunque en ella no se identifican el

autor y el protagonista, que es la gran novedad del Archipreste. Pero

el libro de Petronio parece haber sido ignorado en España durante la

Edad Media, y de todos modos no hubiera sido entendido, tanto por lo

refinado y exquisito de su latinidad cuanto por lo monstruoso de las

escenas que describe; y en cuanto á Apuleyo, que era más celebrado en

aquellos siglos como filósofo y taumaturgo que como cuentista, hasta

el punto de tomarse al pie de la letra la transformación en asno y

confundirle con su héroe, no creemos que el Archipreste le hubiera

leído, puesto que, de conocerle, algunos cuentos hubiera sacado de su

rica galería de fábulas milesias. Tenemos por seguro que estos modelos

no influyen hasta el Renacimiento, y aun entonces nuestras primeras

novelas picarescas son el producto enteramente espontáneo de un estado

social, sin relación alguna con la novela clásica, ni tampoco con el

arte oriental que en las _Makamas_ de Hariri (tantas veces imitadas en

árabe, en hebreo y en persa) nos ofrece en las transformaciones del

mendigo Abu-Zeid, algo remotamente parecido á las andanzas de nuestros

Lazarillos y Guzmanes.

Las _fabliellas_ métricas del Archipreste de Hita no tuvieron

imitadores por de pronto. El arte no menos personal de D. Juan Manuel

en la prosa, tampoco los tuvo en rigor, porque no estimamos como tales

á los autores de algunos libros de apólogos y ejemplos, en que la

intención doctrinal ó satírica se sobrepone con mucho al interés de

la narración, y que, por otra parte, suelen ser meras compilaciones

fundadas en textos latinos.

Tal acontece con el _Espéculo de los legos_, obra interesante de moral

ascética, de la cual existen varios códices, pero que todavía aguarda

editor. En cada uno de sus 91 capítulos se intercalan, para confirmar

la doctrina, anécdotas y parábolas, tomadas de la Sagrada Escritura,

de las obras de los Santos Padres, de las vidas de los Santos, de las

historias romanas, con algunos apólogos orientales que conocemos ya por

otras colecciones, como el del _hijo del home bueno que tenía muchos

amigos_, tomado de Pedro Alfonso, y el _de la falsa beguina_, que se

encuentra también en _El Conde Lucanor_.

Mucho más importante, por ser una colección copiosísima, es el _Libro

de Exemplos_ ó _Suma de exemplos por A. B. C._, obra que, conocida

imperfectamente al principio por un manuscrito de la Biblioteca

Nacional, al cual faltan las primeras hojas donde debía constar el

nombre del autor, ha corrido como anónima y atribuida á la literatura

del siglo XIV[156], hasta que el Sr. Morel Fatio dió razón de otro

códice íntegro, que empieza con una dedicatoria de Clemente Sánchez,

arcediano de Valderas en la iglesia de León, á Juan Alfonso de la

Barbolla, canónigo de Sigüenza[157]. Clemente Sánchez, bastante

conocido como autor de una especie de manual litúrgico, titulado

_Sacramental_, que tuvo varias ediciones en los siglos XV y XVI, hasta

que la Inquisición le puso en sus índices, escribió esta segunda obra

por los años de 1421 á 1423. No es imposible que la _Suma de exemplos_,

que no tiene fecha, pertenezca á los últimos años del siglo XIV, pero

parece más natural ponerla en el XV.

La colección, como queda dicho, es de las más ricas: 395 cuentos

tiene el manuscrito de Madrid, 72 más el de París. Á cada uno de

ellos precede una sentencia latina, traducida en dos líneas rimadas

que quieren ser versos, y que contienen la moralidad del apólogo;

procedimiento que parece imitado de _El Conde Lucanor_, y que es

viejísimo, pues se encuentra ya en el _Hitopadesa_.

El carácter no recreativo, sino doctrinal, del _Libro de exemplos_

salta á la vista y está indicado al fin de la dedicatoria: «_Exempla

enim ponimus, etiam exemplis utimur in docendo et praedicando ut

facilius intelligatur quod dicitur_». Se trata, pues, de un repertorio

para uso de los predicadores, dispuesto por orden de abecedario

para mayor comodidad en su manejo. ¿Pero cuál es la parte personal

que podemos atribuir á Clemente Sánchez en ese trabajo? Él dice que

«propuso de _copilar_ un libro de _exenplos por a. b. c. e despues

reducirle_ en romance». Parece, pues, que no sólo el trabajo de la

traducción, sino el de la compilación, es suyo, y que no se limitó

á traducir cualquiera de los _Alphabeta exemplorum_ ó _Alphabeta

narrationum_, que en gran número se escribieron durante el siglo XIII.

Ninguno de los que se han citado hasta ahora, incluso el de Esteban

de Besanzón, convienen con nuestro texto, aunque algunos ejemplos se

repitan en todos. Las narraciones del arcediano de Valderas pertenecen

al fondo común, y él mismo indica las fuentes de muchas de ellas; pero

estas fuentes ¿las consultó por sí mismo? En algunos casos nos parece

que sí. La _Disciplina Clericalis_ de Pedro Alfonso está íntegra y

fielmente traducida en el _Libro de exemplos_. No hemos hecho igual

comparación con los _Diálogos_ de San Gregorio, que cita á cada

momento; con las _Vidas y colaciones de los Santos Padres_; con los

_Hechos y dichos Memorables_, de Valerio Máximo; con la _Ciudad de

Dios_, de San Agustín; con la enciclopedia de Bartolomé Anglico, _De

proprietatibus rerum_; pero nos parece seguro que todas estas obras, de

tan vulgar lectura en la Edad Media, le eran familiares, y las explotó

directamente. Otras citas pueden ser de segunda mano, y en cambio hay

muchos cuentos tomados del _Gesta Romanorum_, obra que no cita nunca.

El estilo nada tiene de particular, aunque es puro y sencillo: la

narración es tan somera y rápida como en las _Cento novelle antiche_,

pero el libro es de inestimable valor para la literatura comparada y

merece un largo comentario, que todavía no ha obtenido[158], menos

feliz en esto que la colección italiana, magistralmente estudiada por

Alejandro de Ancona.

Acompaña al _Libro de los exemplos_, en el manuscrito de nuestra

Biblioteca Nacional y en la edición de Gayangos, otra colección de

cincuenta y ocho exemplos que llevan el título enigmático de _Libro

de los Gatos_, no justificado por el contexto, pues aunque casi

todos los apólogos son de animales, sólo en seis ó siete de ellos

interviene el gato. Acaso el autor entendía figuradamente por _gatos_

á los que son blanco predilecto de su sátira. Porque en este libro,

mucho mejor escrito que el de los _Exemplos_ y que todos los de su

género, exceptuando los de D. Juan Manuel, lo que importa menos es el

apólogo, que á veces no pasa de una ligera comparación ó semejanza,

sino la sátira enconada, acerba, feroz, que recuerda el espíritu y aun

los procedimientos del _Roman de Renart_ en sus últimas formas. Esta

sátira, no blanda y chistosa como la del Archipreste, sino armada de

fuego y disciplinas, recae sobre las más elevadas condiciones sociales:

sobre los magnates y ricos hombres tiranos, robadores y opresores de

los pobres; sobre la corrupción y venalidad de los alcaldes y merinos

reales, pero muy especialmente sobre los vicios de la clerecía secular

y regular. Véase alguna muestra de estas invectivas, que reflejan

fielmente el desorden moral del siglo XIV, bien conocido por otros

documentos: «Debedes saber que son muchas maneras de moscas; hay

unas moscas que fieren muy mal é son muy acuciosas por facer mal,

é otras que ensucian, é otras que facen gran roido. La mosca que

muerde se entiende por algunos clérigos que han beneficios en las

iglesias, é mantiénense con ello commo avarientos, é non lo quieren

dar á los pobres, antes allegan dineros, é todo su cuidado é todo

su entendimiento es puesto en tomar dineros de sus clérigos, é en

allegar grand tesoro, commo quier que ellos tienen asaz de lo suyo;

aquestos tales son moscas que fieren. Otrosí, algunos son que viven

lujuriosamente, é tienen barraganas é fijos, é expenden cuanto han

de la iglesia; en aquestos es la mosca que ensucia. Otrosí hay otras

maneras de clérigos que tienen muchas compañas é muchos escuderos é

muchos caballeros; aquellos son semejantes á la mosca que face roido,

é á postremas viene un grand viento que todo lo lieva. El gran viento

es la hora de la muerte, etc.».

Nada hallamos de peculiarmente español en el _Libro de los Gatos_, que

parece traducción bien hecha de algún _Liber Similitudinum_ escrito en

latín. Su sátira es tan general que puede aplicarse á cualquier nación

de la Edad Media, y la irreverencia de algunos cuentos recuerda las

canciones de los _goliardos_, ó los episodios de la burlesca epopeya,

francesa ó flamenca, cuyo protagonista es el zorro. El _exemplo 46 de

la muerte del lobo_ llega hasta la parodia sacrílega. Citaremos alguno

más mesurado de tono; sea el XIX (_exemplo del lobo con los monjes_):

«El lobo una vegada quiso ser monje é rogó á un convento de monjes que

lo quisiesen y recebir, é los monjes ficiéronlo ansí, é ficieron al

lobo la corona é diéronle cugula é todas las otras cosas que pertenecen

al monje, é pusiéronle á leer _Pater noster_. Él en lugar de decir

_Pater noster_, siempre decía «Cordero ó carnero», é decíanle que

parase mientes al crucifijo é al cuerpo de Dios. Él siempre cataba al

cordero ó al carnero. Bien ansí acaesce á muchos monjes, que en logar

de aprender la regla de la Orden, é sacar della casos que pertenescen

á Dios, siempre responden e llaman «carnero», que se entiende por las

buenas viandas, é por el vino, é por otros vicios deste mundo».

Algunos de los ejemplos del _Libro de los Gatos_ son fábulas esópicas

de las más conocidas, como el Galápago y el Águila; el Lobo y la

Cigüeña; el de los dos ratones, ciudadano y campesino. La del cazador

y las perdices se halla también en el _Conde Lucanor_, aunque con

variantes y distinta aplicación. Cuentos propiamente dichos, y de

alguna extensión, no hay más que las parábolas de los dos compañeros

que apostaron el uno á decir verdad y el otro á mentir, y la «de un ome

que había nombre Galter», tomada del capítulo CI del _Gesta Romanorum_.

No fueron ciertamente las únicas obras que se compusieron ó tradujeron

al castellano en aquella primera edad de nuestra literatura. En esos

mismos libros encontramos mencionados otros cuyos títulos excitan

sobremanera la curiosidad. ¿Qué sería el _Libro del Oso_, alegado en el

de _los Gatos_? ¿Qué el _libro de las trufas de los pleytos de Julio

César_, citado por el compilador del _Libro de los Exemplos_?

Repertorios de anécdotas con fin ascético y predicable hubo también en

las demás literaturas de la Península. Los portugueses poseen el _Orto

do Sposo_, de Fr. Hermenegildo Tancos, monje cisterciense de Alcobaza,

que escribía en el siglo XIV[159]. En catalán existe, por lo menos,

un _Recull de eximplis e miracles, gestes e faules e altres ligendes

ordenades per A. B. C._[160], texto del siglo XV que está evidentemente

traducido del castellano[161], pero no de la _Suma de Exemplos_ de

Clemente Sánchez, aunque sigue el mismo plan alfabético y tiene muchos

cuentos comunes. Libros por el estilo debía de haber en casi todos los

monasterios. La colección catalana es de las más copiosas, pues llega

á la enorme cifra de 712 ejemplos, incluyendo algunos que no suelen

figurar en otras colecciones, como el de los dos leales amigos Amico y

Amelio, héroes de un poema francés de la Edad Media, transformado luego

en el libro de caballerías de _Oliveros de Castilla y Artus de Algabe_.

Á las autoridades alegadas en el _Libro de los Exemplos_ se añaden

otras, como Jacobo de Vitry, Cesario (de Heisterbach), Helinando,

Pedro Damiano, Juan el Limosnero y la _Leyenda Lombárdica_. De Cesáreo

ó de Helinando debe de proceder, aunque en esta ocasión no los cita,

el curioso ejemplo 493 de los escolares suecos que fueron á aprender

nigromancia á Toledo.

Ni el satírico autor del _Libro de los Gatos_, ni menos los

compiladores de libros de _exemplos_, que no se proponían ningún fin

literario, pueden ser considerados como discípulos de D. Juan Manuel.

Raimundo Lulio tuvo en su propia lengua un solo imitador, pero de tan

pronunciada originalidad y espíritu tan diverso del suyo, que casi

puede considerarse como su antítesis, á pesar del misterioso lazo

que en algún modo los une. Mallorquín como él, franciscano como él

(si bien Lulio perteneció sólo á la Tercera Orden), Fr. Anselmo de

Turmeda, popular todavía en Cataluña por el libro de sus _Consejos_

métricos, que hasta muy entrado el siglo XIX ha servido de texto en

las escuelas, poeta didáctico y _paremiológico_, astrólogo y profeta,

cuyos obscuros vaticinios, semejantes á los del zapatero Bandarra en

Portugal ó á los de Nostradamus en Provenza, sirvieron para alentar

la resistencia de los parciales del Conde de Urgel contra el Infante

de Antequera, y aun fueron invocados en otras contiendas civiles

posteriores; renegado no sólo de su orden, sino de la fe cristiana,

prosélito del mahometismo, en defensa del cual compuso en árabe un

largo tratado, que recientemente ha sido impreso[162], intérprete ó

truchimán de la Aduana de Túnez y gran escudero del Rey Maule Brufret

por los años de 1417 á 1418, en que compuso su libro de _El Asno_,

presenta tales enigmas y contradicciones en su vida y en sus obras,

que bien puede decirse que la crítica apenas comienza á dilucidarlas.

Por desgracia, nos falta el texto catalán de su obra más importante, y

mientras la buena suerte de algún bibliófilo no llega á dar con algún

ejemplar salvado de la proscripción que fulminó el Santo Oficio, habrá

que contentarse con la versión francesa (así y todo rarísima), cuya

primera edición es de Lyon, 1548[163]. Titúlase este libro _Disputa

del Asno contra Fr. Anselmo de Turmeda sobre la naturaleza y nobleza

de los animales_, y consta al final que fué acabado en la ciudad de

Túnez el 15 de septiembre de 1418. El cuadro en que se desenvuelve la

_Disputa del Asno_ recuerda inmediatamente el _Libro de las Bestias_,

de R. Lull, y también el _Calila y Dina_, en el cual entrambos tienen

su primer modelo. Perdido Fr. Anselmo por una floresta, encuentra

congregados á los animales en torno del león, á quien acaban de elegir

por su rey. Un conejo advierte su presencia, y le delata en estos

términos: «Muy alto y poderoso señor, aquel hijo de Adán que está

sentado á la sombra de aquel árbol es de nación catalán, natural de

la ciudad de Mallorca, y tiene por nombre Fr. Anselmo de Turmeda;

es hombre muy sabio en toda ciencia, y mayormente en Astrología,

y es oficial de Túnez por el grande y noble Maule Bufred, y gran

escudero del dicho Rey». Acusado Fr. Anselmo de profesar y defender

en sus discursos y predicaciones la opinión de la mayor excelencia

y dignidad del hombre sobre todos los animales, se ratifica en ella

con gran altanería, y ofrece defenderla en pública disputa. El

campeón designado para contradecirle es, con gran humillación suya,

un asno de ruin y miserable catadura, sarnoso y sin rabo, tal que no

hubiera valido diez dineros en la feria de Tarragona. Entáblase la

controversia, en la cual, además de los principales interlocutores,

toman alguna parte el piojo, la pulga, la chinche y otros todavía

más repugnantes insectos. Pero el asno es quien verdaderamente se

luce, pulverizando todos los argumentos de Fr. Anselmo, demostrando

la superioridad de los animales, ya en la perfección de los sentidos

corporales, ya en las obras maravillosas del instinto, y haciendo la

crítica más acerba y el más cruel proceso del género humano, de sus

vanidades, torpezas y locuras, con un género de escarnio que recuerda

á veces la amarga misantropía de los _Viajes de Gulliver_. Sólo la

consideración de que Dios quiso hacerse hombre y vestir carne mortal

detiene la pluma de Turmeda para no dar terminantemente la victoria

al asno en este litigio. La disputa está sostenida con mucho ingenio

y agudeza, con viva y fresca imaginación; pero no es lo más curioso

que el libro de Turmeda contiene. Lo que le presta más originalidad

y le hace más interesante para la historia es lo que contiene de

sátira social, y muy especialmente los cuentos que ingiere al tratar

de los siete pecados capitales. Estos cuentos, que no sé si han sido

estudiados ó citados hasta ahora (tan peregrino es el volumen en que

se hallan), compiten con los más libres de Boccaccio, no sólo en la

liviandad de las narraciones, sino en el espíritu laico é irreverente

que los informa, puesto que todos, sin excepción, tienen por tema

las relajadas costumbres del clero secular y regular, ensañándose

sobre todo con las órdenes mendicantes, y en especial con la de San

Francisco, que Fr. Anselmo persigue con rencores de apóstata[164].

La acción de algunos de estos cuentos pasa en Cataluña y Mallorca,

con indicación muy precisa de nombres y pormenores locales; otros no

ocultan su origen italiano, como los dos que se suponen acaecidos en

Perugia. La manera de contar de Fr. Anselmo, tal como puede adivinarse

al través de una traducción, parece muy suelta y picante; su tono

socarrón y malicioso contrasta en gran manera con lanuel, pero tampoco

parece modelada sobre el tipo clásico de Boccaccio; más bien recuerda

la abundancia fácil y desvergonzada de los cuentistas franceses del

siglo XV, de las _Cent Nouvelles Nouvelles_, por ejemplo.

El más brutal de los cuentos de Turmeda es, sin duda, el primero, cuyo

argumento apenas puede indicarse honestamente. Juan Juliot, franciscano

de Tarragona, prevalido de la necia simplicidad de su hija de confesión

Tecla, mujer de Juan Stierler, abusa torpemente, de ella so pretexto de

cobrarla el diezmo.

Carácter muy distinto, y en alta manera trágico, tiene el _ejemplo_

ó anécdota que castiga el pecado del orgullo. Un abad, que en nombre

de la Iglesia tiranizaba el señorío de Perusa, había convertido su

castillo feudal en guarida de malhechores, cometiendo á porfía él y

otros clérigos y religiosos de su séquito todo género de desmanes

contra los inermes vasallos, robándoles y deshonrándoles sus hijas

y mujeres. Las cosas llegaron á punto de abandonar un canónigo los

oficios de Viernes Santo para introducirse en casa del noble ciudadano

Micer Juan Ester, aprovechando su ausencia, con intento de forzar á

su mujer, bella y honestísima, que yacía en cama embarazada de ocho

meses. Para salvarse de su horrible lascivia se arroja la mujer por la

ventana, malpare de resultas del golpe y muere poco después, revelando

todo el caso á su marido. Éste acude al Abad, quien menosprecia sus

quejas y le amenaza fieramente. Entonces él, recogiendo en una pequeña

vasija los restos de la criatura muerta, para irlos mostrando por donde

pasa y excitar lástima y furor en cuantos oyen la dolorosa historia,

va á buscar apoyo para su venganza en la república de Florencia, que

se hallaba á la sazón en guerra con el Papa. Los florentinos se ponen

de su parte y le dan recursos para sublevar la tierra perusina, que

se levanta como un solo hombre contra sus tiranos. Más de doscientos

lugares se emancipan del dominio eclesiástico. El Abad tiene que

encerrarse en su castillo; pero los perusinos, ayudados por gente de

armas, le obligan á capitular, y el gobierno comunal queda restablecido

en Perusa.

Á la misma ciudad se refiere el episodio siguiente, que conviene en

gran manera con una de las más sabidas justicias de nuestro Rey D.

Pedro de Castilla, la del zapatero y el prebendado. El rector de la

parroquia de San Juan de Perusa persigue con sus pretensiones amorosas

a una bella y devota mujer, llamada Marroca. Su marido va á querellarse

al Obispo, y éste, que adolecía de la misma liviandad de costumbres que

el Párroco, le manda llamar, y le impone la blandísima penitencia de no

entrar en la iglesia durante tres días. Malcontento el ofendido esposo

se alza en querella ante el _Podestá_ de Perusa, Messer Filippo de la

Isla, y éste le da por consejo que, llevando consigo dos hombres bien

armados, propine al clérigo una tremenda paliza, hasta dejarle medio

muerto, y se retire tranquilamente á su casa, sin inquietarse para nada

de las consecuencias. Así lo ejecuta, y el escándalo es enorme. El

Obispo llama á capítulo toda su clerecía, y al frente de ella comparece

en el palacio del _Podestá_, pidiendo justicia contra el vengador

marido. Pero el magistrado se limita á imponerle la pena del talión,

prohibiéndole entrar tres días en la taberna.

Si el clero secular sale mal parado de las pecadoras manos de Fr.

Anselmo, no es con todo el blanco predilecto de sus iras, las cuales

más bien se ceban en los regulares, como si aquel fraile cínico y

renegado se complaciese en asociarlos á su propia deshonra, pintándolos

como los más viles y corrompidos de los mortales. Si de avaricia se

trata, nos referirá la burla que un marinero mallorquín hizo al

dominico catalán Juan Oset, que le prometía la absolución por un

florín. Si de ira es el discurso, nos contará que dos franciscanos

de Mallorca, cuyos nombres da, mataron de una paliza á su hermano de

hábito el francés Aimerico de Grave. Si de gula, nos informará de la

sutil estratagema que usó un fraile predicador de Tarragona para hincar

los dientes en el pastel de congrio que tenía escondido el ama del cura

de Cambrils. Aun en el sabido cuento del envidioso y el codicioso ha de

hacer por fuerza dominico al que pide el doble de lo que den al otro,

y franciscano al que se contenta de buen grado con recibir doscientos

palos, á condición de que toque doble paliza á su amigo.

Estos cuentos son medianos y algo pueriles; pero no sucede lo mismo con

el de _Nadalet_, que está contado con ligereza y chiste y tiene algunos

toques de carácter muy bien dados, más en la fina manera de Chaucer que

en la de Boccaccio. Francisco Citges, fraile conventual de Mallorca,

famoso predicador y hombre avaro, reúne en poco tiempo mil reales y se

los da á guardar á una monjita de su orden y muy especial amiga suya,

Sor Antonieta, de quien se hace picaresca descripción. Un rufián,

llamado Nadalet, que había dado de puñaladas á una francesa á quien

tenía por su cuenta en el burdel de la villa, toma asilo en el convento

de San Francisco, y oculto debajo del altar de San Cristóbal oye la

conversación del fraile con Sor Antonieta, á quien reclama el dinero

para hacer un viaje á Roma y lograr el nombramiento de Obispo _in

partibus_. Nadalet estafa á la monja haciéndose pasar por el mercader

de Barcelona Luis Regolf, encargado por el fraile de recoger el dinero.

Abundan de tal manera las sátiras anticlericales en los siglos XIV

y XV, que llegan a constituir un lugar común, del cual poco ó nada

puede inferirse sin temeridad acerca de los verdaderos propósitos y

tendencias de sus autores. Pero las de Fr. Anselmo tienen un sello

peculiar de violencia que delata al fraile corrompido, al vicioso

apóstata cuya conciencia fluctúa entre la ley mahometana, qué

exteriormente profesa y defiende; el cristianismo, al cual en el

fondo de su alma no renunció nunca, y ciertas ráfagas de incredulidad

italiana ó averroísta, que le llevan á insinuar por boca del asno mal

veladas dudas nada menos que sobre la inmortalidad del alma[165].

Para que nada falte en tan extraño y abigarrado libro hay en él algunos

trozos poéticos y una larga profecía del asno: nueva muestra de la

superstición astrológica de Fr. Anselmo, ó más bien del charlatanismo

con que explotaba el crédito que le había granjeado esta falsa ciencia

después de su famoso pronóstico de 1407, que tan graves consecuencias

políticas tuvo, acalorando la ambición materna de Margarita de

Montferrato para armar en hora aciaga el brazo de su hijo Jaime el

Desdichado y lanzarlo á la desigual lucha en que sucumbió sin gloria y

sin fortuna.

Considerada la _Disputa del Asno_ como creación novelesca, aunque muy

elemental, es el primer libro de su género que revela influencias

italianas, lo cual no nos maravilla en Fr. Anselmo, cuyo libro más

popular, el de los _Consejos_, citado mil veces como fiel trasunto

del buen sentido y de la filosofía práctica del pueblo catalán, es

en gran parte imitación y á veces traducción de un libro italiano,

_La Dottrina dello Schiavo di Bari_. No he encontrado hasta ahora el

original de ninguno de los cuentos de Fr. Anselmo, pero basta leer dos

de ellos para sospechar su procedencia. Es, por consiguiente, Turmeda

el primer cuentista español influido directamente por los italianos,

lo cual no quita que sea un autor profundamente catalán por el modo de

expresión. Ojalá llegue á descubrirse el texto genuino de su libro, que

seguramente contendrá un caudal riquísimo de dicción familiar y muchas

frases dignas de convertirse en proverbios, como han llegado á serlo

gran parte de los _amonestaments_, incorporados desde antiguo en el

_folk-lore_ ó saber popular del Principado.

La traducción francesa, que tuvo varias ediciones, prueba que la

_Disputa del Ase_ no estaba olvidada todavía en el siglo XVI, y que

había salvado los límites de España. En algún tiempo sospeché que

Nicolás Macchiavelli pudo inspirarse en ella para el capítulo octavo

de su poema satírico _Dell'asino d'oro_, en cuyo capítulo octavo se

introduce una disputa del puerco con el hombre, algo semejante á la de

Turmeda con el asno, excepto en el final, que es mucho más pesimista

y desesperado en Maquiavelo, puesto que el cerdo queda triunfante

ponderando las delicias del hediondo cenagal en que se revuelve, y

aventajándolas con mucho á la condición humana.

E se alcuno infra gli uomin ti parve

Felice e lieto, non gli creder molto;

Che' n questo fango più felice vivo

Dove senza pensier mi bagno e volto.

Pero examinando más despacio el asunto, me parece que tal imitación es

inverosímil, puesto que nada, en las obras del secretario de Florencia,

revela conocimiento alguno de la literatura española en general ni de

la catalana en particular. Lo que seguramente imitó Maquiavelo fué el

diálogo de Ulises y Grilo, en Plutarco.

La literatura castellana del siglo XV nos ofrece un singular

escritor, que, sin ser novelista ni haber cultivado el apólogo

más que ocasionalmente, influyó como pocos en el desarrollo de la

literatura novelesca, transformando el tipo de la prosa, sacándola de

la abstracción y aridez didáctica, de que sólo D. Juan Manuel, aunque

por diverso camino, había acertado á librarse, vigorizando los lugares

comunes de moral con la observación concreta y pintoresca de las

costumbres, y derramando un tesoro de dicción popular en el cauce de la

lengua culta. La lengua desarticulada y familiar, la lengua elíptica,

expresiva y donairosa, la lengua de la conversación, la de la plaza

y el mercado, entró por primera vez en el arte con una bizarría, con

un desgarro, con una libertad de giros y movimientos que anuncian la

proximidad del grande arte realista español. El instrumento estaba

forjado: sólo faltaba que el autor de la _Celestina_ se apoderase de

él, creando á un tiempo el diálogo del teatro y el de la novela. La

obra del Archipreste de Talavera fué de las más geniales que pueden

darse; no tiene más precursor en Castilla que el Archipreste de Hita, á

quien algunas veces cita y en cuyo estudio parece empapado[166]; pero

con ser tantas las analogías do humor entre ambos preclaros ingenios,

resultando justificado el ingenioso dicho de D. Tomás A. Sánchez: «Fue

tan buen Arcipreste el de Talavera en prosa como el de Hita en verso»,

todavía establece entre ellos gran diferencia el fin de sus obras y el

material artístico que emplearon. Se parecen, sin duda, en lo opulento

y despilfarrado del vocabulario, en la riqueza de adagios y proverbios,

de sentencias y _retraheres_, en la fuerza cómica y en la viveza

plástica, en el vigoroso instinto con que sorprenden y aprisionan todo

lo que hiere los ojos, todo lo que zumba en los oídos, el tumulto de la

vida callejera y desbordada. La intensidad de la concepción poética,

la fuerza creadora de personajes y escenas, la continua invención de

felices detalles, la amplitud del cuadro y la variedad y complejidad

de elementos y temas literarios es mucho mayor en el Arcipreste de

Hita, que hizo obra de arte libre, y no obra que, en la intención á lo

menos, debía ser de doctrina y reprensión moral como la del Arcipreste

de Talavera. Pero la frase del Arcipreste de Hita, aunque parece que

tiene alas, no llega á romper el duro caparazón de los _tetrástrofos_

alejandrinos, al paso que la del Arcipreste de Talavera, suelta de

toda traba, se dilata impetuosa por los campos del discurso vulgar,

rompiendo lo mismo con la pausada y patriarcal manera de nuestros

prosistas primitivos, atentos á la enseñanza más que al deleite, que

con el intemperante y pedantesco latinismo de los que en la corte de

D. Juan II se empeñaron en remedar torpemente el hipérbaton latino. De

este crudo y prematuro ensayo de Renacimiento ningún contagio llegó

al Arcipreste de Talavera, por más que fuera hombre cultísimo y muy

versado en los escritos de Petrarca y de Boccaccio[167]. Le salvaron

su buen instinto y la directa y frecuente comunicación en que parece

haber vivido con el pueblo. Mentira parece que las páginas de su

_Corvacho_, tan frescas hoy como cuando nacieron, sean contemporáneas

de los descoyuntamientos y tropelías con que estropearon y atormentaron

nuestra sintaxis D. Enrique de Villena y sus secuaces.

Si de algo peca el estilo del Arcipreste de Talavera es de falta de

parsimonia, de exceso de abundancia y lozanía. Su vena es irrestañable,

su imaginación ardiente y multicolor apura los tonos y matices; pero

tanta acumulación de modos de decir, por chistosos y peregrinos que

sean; tantas repeticiones de una misma idea, tantos refranes y palabras

rimadas, pueden fatigar en una lectura seguida. Así y todo, ¿quién no

le perdona de buen grado sus interminables enumeraciones, sus diálogos

y monólogos sin término? ¿Quién no se deja arrastrar por aquel raudal

de palabras vivas, que no son artificial trasunto de la realidad, sino

la realidad misma trasladada sin expurgo ni selección á las hojas de un

libro? Oid las lamentaciones de una mujer á quien se le ha perdido su

gallina:

«Item si una gallina pierden, van de casa en casa conturbando toda

la vezindat. ¿Do mi gallina la rubia, de la calza bermeja, o la de

la cresta partida, cenicienta escura, cuello de pavo, con la calza

morada, ponedora de huevos? ¿Quién me la furtó? Furtada sea su vida.

¿Quién menos me fizo della? Menos se le tornen los dias de la vida.

Mala landre, dolor de costado, rabia mortal comiese con ella; nunca

otra coma; comida mala comiese, amen. ¡Ay gallina mia, tan rubia!

Un huevo me dabas tú cada dia; aojada te tenia el que te comió,

asechándote estaba el traidor; desfecho le vea de su casa á quien me

comió; comido le vea yo de perros ayna; cedo sea, veanlo mis ojos,

e non se tarde. ¡Ay gallina mia gruesa como un ansaron, morisca, de

los pies amarillos, crestibermeja, mas avia en ella que en dos otras

que me quedaron! ¡Ay triste! Aun agora estaba aqui, agora salió por

la puerta, agora salió tras el gallo por aquel tejado. El otro dia,

triste de mi, desaventurada, que en ora mala nascí, cuytada, el gallo

mio bueno cantador, que así salían dél pollos como del cielo estrellas,

atapador de mis menguas, socorro de mis trabajos, que la casa nin

bolsa, cuytada, él vivo, nunca vacía estaba. La de Guadalupe señora,

á ti te lo acomiendo; señora, non me desampares ya, triste de mí,

que tres dias ha entre las manos me lo llevaron. ¡Jesús cuánto robo,

cuánta sinrazón, cuánta injusticia! ¡Callad, amiga, por Dios; dexadme

llorar, que yo sé qué perdí e qué pierdo hoy!... Rayo del cielo mortal

e pestilencia venga sobre tales personas; espina o hueso comiendo se

le atrevesase en el garguero, que Sant Blas non le pusiese cobro...

¡O Señor, tanta paciencia e tantos males sufres; ya, por aquel que tu

eres, consuela mis enojos, da lugar á mis angustias, synon rabiaré o

me mataré o me tornaré mora!... Hoy una gallina e antier un gallo, yo

veo bien mi duelo, aunque me lo callo. ¿Cómo te fiziste calvo? Pelo á

pelillo el pelo levando. ¿Quién te fizo pobre, María? Perdiendo poco á

poco lo poco que tenía... ¿Dónde estades, mozas? Mal dolor vos fiera...

Pues corre en un punto, Juanilla, ve de mi comadre, dile si vieron una

gallina rubia de una calza bermeja. Marica, anda, ve á casa á casa de

mi vecina, verás si pasó allá la mi gallina rubia. Perico, ve en un

salto al vicario del Arzobispo que te de una carta de descomunión, que

muera maldito e descomulgado el traidor malo que me la comió; bien sé

que me oye quien me la comió. Alonsillo, ven acá, para mientes e mira,

que las plumas no se pueden esconder, que conocidas son. Comadre,

vedes qué vida esta tan amarga, yuy, que ahora la tenía ante mis

ojos. Llámame, Juanillo, al pregonero que me la pregone por toda esta

vecindad. Llámame á Trotaconventos, la vieja de mi prima, que venga

e vaya de casa en casa buscando la mi gallina rubia. Maldita sea tal

vida, maldita sea tal vecindad, que non es el hombre señor de tener una

gallina, que aun no ha salido del umbral que luego non es arrebatada.

Andémonos, pues, á juntar gallinas, que para esta que Dios aquí me puso

cuantas por esta puerta entraren ese amor les faga que me fazen. ¡Ay

gallina mía rubia! Y, ¿adónde estábades vos agora? Quien vos comió bien

sabía que vos quería yo bien, ó por me enojar lo fizo. Enojos e pesares

e amarguras le vengan por manera que mi ánima sea vengada. Amen. Señor,

así lo cumple tú por aquel que tú eres; e de cuantos milagros has fecho

en este mundo, faz agora éste por que sea sonado»[168].

Así hablan las mujeres del Arcipreste, y así hablaban sin duda las

de Toledo y Talavera en su tiempo. Nadie antes que él había acertado

á reproducir la locuacidad hiperbólica y exuberante, los vehementes

apóstrofes, los revueltos y enmarañados giros en que se pierden las

desatadas lenguas femeninas. Cuando á la gracia de los diálogos se

junta el primor de las descripciones, que en el Arcipreste nunca están

hechas por términos vagos sino concretos y eficazmente representativos,

el efecto cómico es irresistible. Véase, por ejemplo, el cuadro de la

salida á paseo de la mujer _vanagloriosa y lozana_.

«Dice la fija a la madre, la mujer al marido, la hermana a su hermano,

la prima a su primo, la amiga a su amigo: ¡Ay, como estó enojada,

dueleme la cabeza, sientome de todo el cuerpo; el estomago tengo

destemprado estando entre estas paredes; quiero ir a los perdones,

quiero ir a San Francisco, quiero ir a misa a Santo Domingo;

representacion facen de la Pasion al Carmen; vamos á ver el monesterio

de Sant Agustin. ¡O qué fermoso monesterio! Pues pasemos por la

Trenidad a ver el casco de Sant Blas; vamos a Santa María; veamos

como se pasean aquellos gordos, ricos e bien vestidos; vamos a Santa

María de la Merced, oiremos el sermon... E lo peor que algunas non

tienen arreos con que salgan, nin mujeres nin mozas con que vayan, e

dizen: Marica, veme a casa de mi prima que me preste su saya de grana.

Juanilla, veme a casa de mi hermana que me preste su aljuba, la verde,

la de Florencia. Inesica, veme a casa de mi comadre que me preste su

crespina e aun el almanaca. Catalinilla, ve a casa de mi vecina que

me preste su cinta e sus arracadas de oro. Francisquilla, ves a casa

de mi señora la de Fulano, que me preste sus paternostres de oro.

Teresuela, ve en un punto á mi sobrina que me preste su pordemas el

de martas forrado. Mencigüela, corre en un salto a los alatares o a

los mercaderes, traeme soliman e dos oncillas cinamomo, o clavo de

girofre para levar en la boca... E sy a caballo quieren ir, la mula

prestada, mozo que le lieve la falda, dos o tres, o cuatro hombres

de pie en torno della que la guarden non caiga, e ellos por el lodo

fasta la rodilla e muertos de frio, o sudando en verano, como puercos,

de cansancio, trotando tras su mula a par della e teniendola, e ella

faciendo desgaires como se acuesta e que se lleguen a tenella, la mano

al uno en el hombro e la otra mano en la cabeça del otro; sus brazos e

alas abiertos como clueca que quiere volar; levantandose en la silla a

do vee que la miran; faciendo de la boca gestos doloriosos, quexandose

a veces, doliendose a ratos, diziendo: Avad, que me caigo; ¡yuy qué

mala silla, yuy qué mala mula! el paso lieva alto, toda vó quebrantada,

trota e non ambla; dueleme la mano de dar sofrenadas; cuitada; molida

me lieva toda, ¡qué será de mí! E va faciendo plant como de Magdalena.

E si algun escudero le lieva de la rienda e hay gente que la miren,

dice: ¡ay amigos! adobadme esas faldas, enderesçadme este estribo; yuy,

que la silla se tuerce; e esto a fin que esten allí un poquito con ella

e que sea mirada»[169].

Salvo algunos textos históricos, cuya excelencia es de otra índole,

no hay prosa del siglo XV que ni remotamente pueda compararse con la

sabrosa y castiza prosa del _Corbacho_. Castiza he dicho con toda

intención, porque en sus buenos trozos no hay vestigio alguno de

imitación literaria, sino impresión directa de la realidad castellana.

Es el primer libro español en prosa picaresca: la _Celestina_ y el

_Lazarillo de Tormes_ están en germen en él.

El Bachiller Alfonso Martínez de Toledo (que tal era el nombre del

Arcipreste)[170] se propuso ser moralista, y realmente el primer libro

de su tratado es un largo sermón contra la lujuria, inspirado al

parecer en un opúsculo de Gersón sobre el amor de Dios y la reprobación

del amor mundano[171]. Pero en la segunda parte, dedicada toda á tratar

de los vicios, tachas y malas artes y condiciones de las mujeres, no es

más que un satírico mundano, entre cáustico y festivo, que aparenta más

indignación de la que siente, se divierte y regocija con lo mismo que

censura, y demuestra tal conocimiento de la materia, tan rara pericia

en las artes indumentarias y cosméticas, que él mismo llega á recelar

que parezca excesiva y pueda ser materia de escándalo y aun de mala

enseñanza para las mujeres: «Non lo digo porque lo fagan, que de aqui

non lo aprenderan si de otra parte non lo saben, por bien que aqui lo

lean; mas dígolo porque sepan que se saben sus secretos e poridades».

Pero ciertamente que ni el más consumado _arbiter elegantiarum_ del

tiempo de D. Álvaro de Luna supo tanto de atavíos y afeites mujeriles

como manifiesta saber el capellán de D. Juan II, ni hay documento

alguno tan importante como su libro para juzgar del extremo á que

habían llegado el lujo y las artes del deleite en el siglo XV. La

extraordinaria opulencia del vocabulario del Arcipreste de Talavera

nunca se explaya más á gusto que en estas descripciones de trajes y

modas:

«¡Yuy, y cómo iba Fulana el domingo de Pascua arreada, buenos paños

de escarlata con forraduras de martas finas, saya de florentin con

cortapisa de veros trepada de vn palmo, faldas de diez palmos rastrando

forradas de camocan, un pordemas forrado de martas cebellinas con

el collar lanzado fasta medias espaldas, las mangas de brocado, los

paternostres de oro de doce en la onza, almanaca de aljofar, de

ciento eran los granos, arracadas de oro que pueblan todo el cuello,

crespina de filetes de flor de azucena con mucha argentería, la vista

me quitaba. Un partidor tan esmerado e tan rico que es de flor de

canela de filo de oro fino con mucha perlería, los moños con temblantes

de oro e de partido cambray, todo trae trepado de foja de figuera,

argentería mucha colgada de lunetas e lenguas de páxaro e retronchetes

e con randas muy ricas; demas un todo seda con que cubría su cara, que

parescía á la Reina Sabba por mostrarse mas fermosa; axorcas de alambar

engastonadas en oro, sortijas diez ó doce, donde hay dos diamantes, un

zafir, dos esmeraldas, luas forradas de martas para dar con el aliento

luzor en la su cara e revenir los afeytes. Reluzía como un espada con

aquel agua destilada, un texillo de seda con tachones de oro, el cabo

esmerado con la hebilla de luna muy lindamente obrada, chapines de un

xeme poco menos en alto pintados de brocado, seis mujeres con ella,

moza para la falda, moscadero de pavón, todo algaliado, safumada,

almizclada, las cejas algaliadas, reluciendo como espada. Piénsase Mari

Menga que ella se lo meresce»[172].

Pero esta es la parte exterior y pomposa del arreo femenil. La

penetrante y algo indiscreta curiosidad del Arcipreste nos revela cosas

mucho más íntimas; se complace en descerrajar y abrir los cofres y

arcas de las mujeres, y nos pone de manifiesto todas sus baratijas de

tocador, sin perdonar detalle ninguno sobre sus más recónditos usos:

«Espejo, alcofolera, peyne, esponja con la goma para asentar cabello,

partidor de marfil, tenazuelas de plata para algund pelillo quitar

si se demostrare, espejo de alfinde para apurar el rostro... Pero

después de todo esto comienzan á entrar por los ungüentos, ampolletas,

potecillos, salseruelas donde tienen las aguas para afeytar, unas para

estirar el cuero, otras destiladas para relumbrar, tuétanos de ciervo

e de vaca e carnero; destilan el agua por cáñamo crudo e ceniza de

sarmientos, e la reñonada (de ciervo) retida al fuego echanla en ello

cuando face muy recio sol, meneandolo nueve veces al dia una hora

fasta que se congela e se faze xabon que dicen napoletano. Mezclan en

ello almisque e algalia e clavo de girofre remojados dos dias en agua

de azahar, o flor de azahar con ella mezclado, para untar las manos

que se tornen blancas como seda. Aguas tienen destiladas para estirar

el cuero de los pechos e manos a las que se les facen rugas; el agua

tercera, que sacan del soliman de la piedra de plata, fecha con el

agua de mayo, molida la piedra nueve vezes e diez con saliva ayuna,

con azogue muy poco despues cocho que mengue la tercia parte, fazen

las malditas una agua muy fuerte que non es para screvir, tanto es

fuerte; la de la segunda cochura es para los cueros de la cara mudar;

la tercera para estirar las rugas de los pechos e de la cara. Fazen más

agua de blanco de huevos cochos estilada con mirra, cánfora, angelores,

trementina con tres aguas purificada e bien lavada que torna como la

nieve blanca. Rayces de lirios blancos, borax fino; de todo esto fazen

agua destilada con que reluzen como espada, e de las yemas cochas de

los huevos azeyte para las manos...

«Todas estas cosas fallareys en los cofres de las mujeres: Horas de

Santa María, syete salmos, estorias de santos, salterio en romance, nin

verle del ojo; pero canciones, decires, coplas, cartas de enamorados

e muchas otras locuras, esto sí; cuentas, corales, aljofar enfilado,

collares de oro e de medio partido e de finas piedras acompañado,

cabelleras, azerafes, rollos de cabellos para la cabeza, e demas aun

azeytes de pepitas o de alfolvas, mezclando simiente de niesplas para

ablandar las manos, almisque algalia para cejas e sobacos, alambar

confacionado para los baños, que suso dixe, para ablandar las carnes,

cinamomo, clavos de girofre para la boca. Destas e otras infinidas

cosas fallarás sus arcas e cofres atestados, que seyendo bien

desplegado, una gruesa tienda se pararía sin vergüenza»[173].

Basta con las muestras transcritas para estimar en su justo precio

el talento dramático y el talento descriptivo del Arcipreste de

Talavera, sin que haya encarecimiento alguno en estimar su libro como

la mejor pintura de costumbres anterior á la época clásica. Con menos

garbo y desenvoltura están escritos los cuentos bastante numerosos

con que sazona su libro, tomados algunos de ellos de la _Disciplina

Clericales_, de _Calila y Dimna_, del _Sendebar_, y vulgarísimos casi

todos en la rica galería de las astucias y malicias femeninas, sin que

falten por de contado el de la mujer encerrada que sirve de argumento

á la farsa de Molière, _Georges Dandin_, ni el del tonel, que aquí es

un caldero, ni el de _tijeretas han de ser_, ni el de la otra mujer

porfiada que disputaba sobre si el pájaro era tordo ó tordillo, hasta

que su marido la dejó manca de un garrotazo. El Arcipreste relata todos

estos cuentos de un modo algo seco y por decirlo así esquemático,

dejándolos reducidos á sus elementos simplicísimos. Ninguno de ellos

puede ni remotamente compararse con los de D. Juan Manuel. Aun sus

propios recuerdos personales, los terroríficos excesos y crímenes de

mujeres que dice haber presenciado en Barcelona, Tortosa y otras partes

de Cataluña, donde al parecer residió algún tiempo, están medianamente

contados y no pueden figurar entre las buenas páginas de su libro.

Indudablemente sus facultades de narrador eran inferiores á las que

tenía como pintor de costumbres. Sabía trazar un cuadro satírico, pero

no combinar el plan de una fábula por sencilla que fuese.

Débilmente enlazadas con el propósito general del libro están las

partes tercera y cuarta, en que respectivamente se discurre sobre

las _complisiones de los hombres_ y la disposición que tienen para

amar ó ser amados, y se impugna, sin venir muy á cuento, la creencia

vulgar en hados, fortuna, horas menguadas, signos y planetas. El

interés literario de estas partes es menor también; pero en la viva y

pintoresca descripción de los temperamentos y en el curiosísimo pasaje

que enumera las trapacerías y embustes de los hipócritas llamados

_begardos_ y _fratricellos_, volvemos á encontrar al maligno observador

y al ardiente y vigoroso satírico.

Todavía no hemos dado el verdadero título de la obra heterogénea y

abigarrada del Arcipreste, y es porque en realidad no le tiene. El

autor, por una de sus genialidades, no quiso ponérsele: «Sin bautismo

sea por nombre llamado Arcipreste de Talavera donde quier que fuere

levado». Á pesar de tan terminante declaración, los impresores le

rotularon cada cual á su manera: «El Arcipreste de Talavera que fabla

de los vicios de las malas mujeres et complexiones de los hombres»;

«Tratado contra las mujeres que con poco saber, mezclado con malicia,

dicen é facen cosas non debidas»; «Reprobación del loco amor»;

«Compendio breve y muy provechoso para informacion de los que no tienen

experiencia de los males y daños que causan las malas mujeres»; y

finalmente, _Corbacho_, que fué el título que prevaleció, sin duda por

más breve, aunque puede inducir á error sobre el origen y carácter del

libro de Alfonso Martínez, amenguando su indisputable originalidad.

Generalmente se le clasifica en el grupo numeroso de libros compuestos

durante el siglo XV, ya en loor, ya en vituperio del sexo femenino,

inspirados todos evidentemente por dos muy distintas producciones

de Juan Boccaccio, que en las postrimerías de la Edad Media era muy

leído en todas sus obras latinas y vulgares, y no solamente en el

_Decameron_, como ahora acontece. Estos dos libros son _Il Corbaccio

ó Laberinto d'Amore_, sátira ferocísima, ó más bien libelo grosero

contra todas las mujeres para vengarse de las esquiveces de una sola,

y el tratado _De claris mulieribus_, primera colección de biografías

exclusivamente femeninas que registra la historia literaria. Tan

extremado es en este segundo libro el encomio (aunque mezclado no rara

vez con alguna insinuación satírica) como extremada fué la denigración

en el primero. Uno y otro tratado, recibidos con grande aplauso en

Castilla, alcanzaron imitadores entre los ingenios de la brillante

corte literaria de D. Juan II, dividiéndolos en opuestos bandos.

Pero basta comparar cualquiera de estos libros con la _Reprobación

del amor mundano_ para comprender que pertenece á otra escuela y á un

género muy diverso. Tómese, por ejemplo, el _Triumpho de las donas_,

de Juan Rodríguez del Padrón, escrito con el deliberado propósito de

refutar «el maldiciente et vituperoso _Corbacho_, del non menos lleno

de vicios que de años Boccaccio», y se verá que, salvo un curioso

pasaje sobre las modas afeminadas de los galancetes de su tiempo,

aparta los ojos de la realidad contemporánea para probar en forma

escolástica, y nada menos que con cincuenta razones y grande aparato

de autoridades _divinas_, _naturales_ y _humanas_, la mayor excelencia

de la mujer sobre el hombre. Otros apologistas del sexo femenino

acuden al arsenal de los ejemplos históricos, como lo hace Mosén Diego

de Valera en su _Defensa de virtuosas mujeres_, y más metódicamente

D. Álvaro de Luna, en su _Libro de las virtuosas é claras mujeres_,

donde por un escrúpulo de inoportuna galantería nada quiso decir de

sus contemporáneas, prefiriendo discurrir en elegante prosa acerca

de las mujeres del antiguo Testamento, las santas del Martirologio y

las heroínas de las edades clásicas de Grecia y Roma. El Arcipreste

de Talavera nada tiene que ver con estas apologías y polémicas. En

realidad tampoco es un escritor _misógino_; su libro, en el propósito

á lo menos, no debía ser una invectiva contra las mujeres, sino un

preservativo contra las locuras del amor mundano. Digo que esto debía

ser; pero no afirmo que esto sea, porque la condición picaresca y

maleante del Arcipreste, la cínica libertad con que escribió y el

desenfado con que se burla de sí propio y de los demás, echan á perder

de continuo todo el fruto de sus pláticas y exhortaciones, y hasta nos

hacen dudar de la sinceridad de su celo por las buenas costumbres.

Parece que encuentra más curioso y divertido el espectáculo de las

malas. Ya receló él que muchos capítulos parecerían poco _serios_,

como ahora suele decirse: «Consejuelas de viejas, patrañas o romances,

e algunos entendidos reputarlo han á fablillas e que non era libro

para la plaza». ¿Qué pensar, por ejemplo, del extraño epílogo, donde

después de referir un sueño en que se le aparecen las mujeres para

vengarse de él, martirizándole con «golpes de ruecas e chapines,

puñadas e remesones», acaba por pedirlas perdón, y cierra el volumen

con esta nota de picante humorismo?: «Dios lo sabe, que quisiera tener

cabe mí compañía para me consolar. ¡Guay del que duerme solo!... ¡Guay

del cuitado que siempre solo duerme con dolor de axaqueca, e en su

casa rueca nunca entra todo el año: este es el peor daño!»[174] ¡Digno

remate para un libro de filosofía moral!

Por su temperamento literario, el Arcipreste no podía menos de gustar

de las obras de Juan Boccaccio, y en efecto le cita varias veces y

hasta le traduce en el largo debate entre la Fortuna y la Pobreza,

que ocupa buen espacio en la parte cuarta de la obra del Bachiller

Martínez[175]. También le menciona al tratar de los afeites femeniles,

aunque se precia, y con razón, de haber profundizado la materia mucho

más que él: «E aun desto fabló Juan Bocacio de los arreos de las

mugeres e de sus tachas e cómo las encubren, _no tan largamente_».

Pero comparados entre sí el _Corbacho_ italiano y el castellano, no se

advierte entre ellos más que una semejanza vaga y genérica, á lo sumo

cierto aire de familia. Boccaccio emplea la forma alegórica, evoca

el espectro del marido de la dama que le había desdeñado y le hace

prorrumpir en una odiosa y repugnante invectiva contra su consorte,

siendo esta venganza particular el principal objeto del libro. La

sátira del Arcipreste es mucho más general y desinteresada, y por

lo mismo más amena, regocijada y chistosa: emplea la forma directa,

sin mezcla de visiones ni alegorías. «El _Corbaccio_ del novelista

de Certaldo (según acaba de escribir un crítico italiano) parte de

un hecho individual; expone con profundo análisis psicológico una

batalla interna de amor, es un libro de sentimiento que no ha prestado

absolutamente nada á la obra de Alfonso Martínez. Lo único que puede

ser materia de comparación, es decir, la sustancia de las acusaciones

contra las mujeres, se deriva en el uno y en el otro del fondo común

de la Edad Media»[176]. Tampoco hay relación ninguna directa entre

los dos _Corbachos_ y la sátira valenciana de Jaime Roig contra las

mujeres (_Libre de les dones_), que si tiene algún modelo conocido es

el poemita latino de Matheolus.

Quizá más que Boccaccio influyó en la parte doctrinal de la

_Reprobación del amor mundano_ el enciclopédico escritor catalán Fr.

Francisco Eximenis. No puede dudarse que el Arcipreste de Talavera

conocía su _Libro de las Donas_, puesto que el códice de tal obra

existente en El Escorial fué de su propiedad y en él estampó su firma,

aunque en fecha posterior á la de la composición del _Corvacho_[177].

Pero esto no es obstáculo para que le hubiese leído antes en otro

ejemplar, y realmente es notable la semejanza en algunos pasajes, como

el que citó Amador de los Ríos acerca de las galas de las mujeres[178].

Tales consideraciones en nada menoscaban el arranque genial de la obra

del Arcipreste de Talavera. Es el único moralista satírico, el único

prosista popular, el único pintor de costumbres domésticas en tiempo

de D. Juan II. Su libro, inapreciable para la historia, es además

un monumento de la lengua. Le faltó arte de composición, le faltó

sobriedad y gusto, pero tuvo en alto grado el instinto dramático,

la sensación intensa de la vida, y adivinó el ritmo del diálogo. El

Bachiller Fernando de Rojas fué discípulo suyo, no hay duda en ello;

puede decirse que la imitación comienza desde las primeras escenas de

la inmortal tragicomedia. La descripción que Pármeno hace de la casa,

ajuar y laboratorio de Celestina parece un fragmento del _Corbacho_.

Cuando Sempronio quiere persuadir á su amo de la perversidad de las

mujeres y de los peligros del amor, no hace sino glosar los conceptos

y repetir las citas del Arcipreste. En el uno como en el otro, para

probar _cómo los letrados pierden el saber por amar_, se alegan los

ejemplos de David, Salomón, Aristóteles y Virgilio el Mago[179]. El

_Corbacho_ es el único antecedente digno de tenerse en cuenta para

explicarnos de algún modo la perfección de la prosa de la _Celestina_.

Hay un punto, sobre todo, en que no puede dudarse que Alfonso Martínez

precedió á Fernando de Rojas, y es en la feliz aplicación de los

refranes y proverbios que tan exquisito sabor castizo y sentencioso

comunican á la prosa de la _tragicomedia de Calixto y Melibea_, como

luego á los diálogos del _Quijote_.

Puede decirse que el Arcipreste de Talavera, á la vez que

abrió las puertas de un arte nuevo, enterró el antiguo género

_didáctico-simbólico_. Raras veces aparece durante el siglo XV, y

nunca puro: se combina con elementos caballerescos y acaso con la

novelística italiana en el extraño mosaico de _El Caballero Cifar_, de

que hablaremos luego; entra como elemento accidental en algunos libros

morales, como los _Castigos et doctrinas de un sabio á sus fijas_[180];

pero las pocas ficciones morales y políticas que en la segunda mitad de

aquel siglo pueden encontrarse tienen ya carácter marcadamente clásico,

y denuncian la acción eficaz de otros modelos muy diversos de las

colecciones orientales.

Tal acontece, por ejemplo, con dos opúsculos del cronista Alfonso de

Palencia, uno de los primeros obreros del Renacimiento en España,

traductor de Plutarco y de Josefo, historiador más sañudo que elegante

de las cosas de su tiempo, autor del primer vocabulario latino-hispano

que vió Castilla, obscurecido muy pronto por el de Antonio de Nebrija;

varón, en suma, cuyos conatos fueron útiles, y que contribuyó en gran

manera á ensanchar los dominios de la lengua patria y á darla majestad

y nervio. Tales cualidades son las que principalmente recomiendan su

novelita alegórica _Batalla campal de los perros y lobos_ y su _Tratado

de la perfección del triunfo militar_. Con decir que estas obrillas

fueron compuestas primeramente en latín y traídas luego por su autor

á nuestro romance, como ejecutó con otras suyas, puede sospecharse

ya que se trata de ejercicios de estilo, sospecha que se confirma

con la declaración del propio Palencia, que dice haberlas compuesto

para «experimentar por estas fablillas cuánto valdría mi péñola en la

historial composición de los hechos de España». No sin fundamento se

ha sospechado, y el autor mismo parece insinuarlo, que es la _Batalla

campal_ una sátira política disfrazada. Si algo hay de esto, hemos

perdido la clave; de todos modos, no puede referirse al período más

turbulento del reinado de Enrique IV, puesto que fué compuesta muy

á los principios de él, en 1457, cuando la guerra civil no había

estallado ni era de temer aún. Leída sin prevención, la _Batalla

de los lobos_ es un grande apólogo, que, por su generalidad, puede

aplicarse á cualquier batalla y contienda humana, y que da pretexto

al autor para ejercitar la pluma en describir consejos militares,

ardides y astucias de guerra, y poner pulidas arengas en boca de los

animales, adiestrándose así para la narración histórica que iba á

emprender en sus _Décadas_. Creemos que el valiente lobo _Harpaleo_,

el rey _Antarton_ y su esposa _Lecada_; el fuerte _Halipa_, capitán

de los perros, y los demás personajes de esta fábula, no encierran

misterio alguno en sus hechos ni en sus dichos. La raposa (_Calidina_)

interviene en el libro como embajadora y va á notificar la guerra á los

perros como faraute; pero no parece de la misma casta que la diabólica

zorra de los poemas franceses, y es asimismo independiente de la

tradición del _Calila y Dimna_ seguida por Ramón Lull. Los elementos

que combina Alonso de Palencia pertenecen todos á la fábula esópica,

y quizá tuvo presente también la _Batracomiomaquia_, que cita al

principio: «Fizo lo semeiante el muy artificioso y muy grande Homero,

sabidor en todas las artes, el cual antes que començase escribir la

_Iliada_, muy fondo piélago de grandes y maravillosas batallas, compuso

la guerra de las ranas y mures, sin dubda contienda entre animales

viles, mas no con vil péñola escrita. E yo, cobdiciando seguir, o

muy valeroso varón (su amigo Alfonso de Herrera, á quien dedica el

tratado), el camino y doctrina de tan gran cabdillo, antes que pusiese

la péñola en escribir los fechos de España, quise someter á tu sabia

enmienda lo que sobre la guerra cruel entre los lobos y perros habida

compuse».

Á esta novelita de animales siguió dos años después (1459) otra

_fablilla_ más importante por algunas curiosidades históricas que

contiene y también por ser uno de los más antiguos ejemplares de la

literatura militar española, que tanto había de florecer en la centuria

décimasexta. Partiendo del principio de que los españoles brillan más

por el valor que por la disciplina, y son «más aptos para exercitar

las armas que sometidos á orden y obediencia, de donde proceden muchos

inestimables daños e quizá menguas», personifica la milicia española

en un mancebo llamado _Exercicio_, que va á buscar la enseñanza y la

_perfección del triunfo_ en Italia, y acaba por asistir en Nápoles á

la gloriosa entrada de Alfonso V de Aragón (disfrazado con el nombre

de _Gloridoneo_) en 26 de febrero de 1443. El libro, á pesar de la

frialdad que pudiera recelarse de la continua presencia de figuras

alegóricas, tales como la _Discreción_, la _Prudencia_, la _Obediencia_

y el mismo _Triunfo_, es de amena y fácil lectura, y tiene todo el

interés de un viaje por comarcas que el mismo Alonso de Palencia había

recorrido y cuyas costumbres había observado sagazmente. Notable es

bajo este aspecto la descripción de Barcelona, que «resplandece por

un increíble aparato sobre las otras cibdades de España», aunque se

encontraba entonces en cierta decadencia comercial, y un ciudadano le

dijo que _retenía solamente_ una faz _afitada_ de lo que había sido.

Así y todo, comparándola con la anarquía y postración de Castilla, no

puede contener su entusiasmo y exclama: «Oh buen Dios, ya agora miro

una çibdad situada en una secura, y en medio de la esterilidad es muy

abundosa, y veo los cibdadanos vencedores sin tener natural apareio, y

el pueblo poseedor de toda mundanal bienandanza por sola industria.

Por cierto estos varones consiguen los galardones de la virtud, los

cuales, por ser bien condicionados, poseen en sus casas riquezas; y

por el mundo, fasta más léxos que las riberas del mar asiático, han

extendido su nombre con honra, y con todo no piensan agora vevir

sin culpa, mas afirman que su república es enconada de crímines. La

semeiante criminacion procede de una _sed_ de _bien administrar_; mas

nosotros, demonios muy oscuros, demandamos guirlanda de loor viviendo

en espesura de aire corrompido, y porfiamos perder todas las cosas que

nos dio conplideras la natura piadosa, desdeñando los enxemplos de los

antepasados y aviendo por escarnio lo que es manifiesto. Et por ende

siguiendo este camino, me ha causado una cierta mezcla de cuyta y de

alegría, ca tanto se me representa la oscuridad de los nuestros cuanto

me deleyta mirar el resplandor de los otros»[181]. Esta imparcial y

generosa apreciación de los catalanes por uno de los castellanos más

ilustres del siglo XV es sin duda página histórica digna de recogerse,

y muy propia del experto político que tan eficazmente trabajó después

en la feliz unión de las dos coronas y en la regeneración política de

Castilla bajo el cetro de los Reyes Católicos.

Prosiguiendo el _Exercicio_ su viaje llega á París, donde queda

encantado de la alegría y cordialidad de los franceses, describiendo

su oficiosa y zalamera hospitalidad con vivísimos colores que parecen

robados á la paleta del Arcipreste de Talavera. La misma rapidez en

el diálogo, la misma fuerza expresiva en las palabras del huésped:

«Sa, sa, _Colin_, _Guillaume_, _Jacotin_, fiebre cuartana te pueda

luego matar. _Guillaume_, perezoso, tragón, piélago de vino, ¿por

qué no corres? toma la rienda, ves aquí el caballo del señor. Vos,

familiares embriagos, ¿por qué no levais dentro las cabalgaduras

destos caballeros? El rodado ponedlo á la man derecha del establo

porque es rifador, y el morzillo ponlo do quisieres, estará quedo.

Tú, bestia campesina, ¿por qué no traes del vino? Trae, trae de

aquel vino plazible, ¿sabes cuál digo? el colorado; lava prestamente

los vasos; vé tú, trae lardo á la cocina, por cierto rancioso es...

Veyste aquí los capones, veyste aquí las perdices, aquí tienes los

palominos caseros muy gruesos, carnero castrado, ternera, y las

tripas dél aparéialas con gran diligencia muy presto... ya el tiempo

del yantar requiere la diligencia de los muy buenos _familios_ (?);

veys aquí especias. O señores, ¿sabe bien el vino? razonable creo que

es. Trae, Colin, de aquello que á ninguno he mostrado, ¿sabes? en la

cubilla, ya me entiendes, en la pequeña, que está á la man derecha

de la bodega; grueso es, ó mis señores, grueso, amable, sin dubda su

nombre es amable, no burlo; esto es. Ves aquí otro más delicado, de

lo que más quisierdes mientras se apareia el maniar. _O rosa bela_,

tú, Rogier, lieva el tenor; _Jaques_, guarda la contra, y yo lievo la

voz del canto, _ó rosa bela_... yo bebo á _vus_, o alegre caballero de

España»[182].

De Francia pasa el _Exercicio_ á Lombardía y Toscana, y le sorprenden

las maravillas del arte del Renacimiento, alegóricamente compendiadas

en el palacio que la _Discreción_ tenía á la falda del Apenino, morada

no sólo de recreación, sino, que contenía además estudios de diversas

disciplinas. Florencia, Siena, Perusa y Rímini son etapas de su camino.

Los despedazados restos de la grandeza romana mueven á admiración y

duelo su alma de humanista. «Iba cuasi fuera de su sentido por las

carreras, afeadas por miserable caida, en las cuales daban no pequeño

empacho á los viandantes los pedazos rotos de muy grandes colunas y

montones que de una parte y de otra estaban fechos de muros destroydos.

Ya llegó delante del Capitolio, donde no vió, segund se falló escripto,

aquella maiestad de la antigüedad y dignidad del señorío. Mas lo que

había aun remanescido de las probrezas caidas se podía juzgar cuerpo de

edificio muerto y afeado con llagas...»[183].

No nos detendremos en la parte militar del libro; baste decir que el

autor tenía puestos los ojos en la legión romana, como era de esperar

de sus estudios y aficiones, y aunque extraño al ejercicio de las

armas, obedecía á aquel grande impulso que en los albores de la Edad

Moderna iba á transformar el arte de la guerra con el ejemplo vivo de

las campañas del Gran Capitán y con los preceptos de Maquiavelo.

Salvo algún ligero resabio de afectación retórica, el _Tratado de la

perfección del triunfo militar_ es uno de los libros mejor escritos

del siglo XV. Alonso de Palencia vacia su frase en el molde latino;

pero no desatentadamente y sin gusto, como lo habían hecho el traductor

del _Omero romanzado_ y el autor de los _Trabajos de Hércules_, sino

con cabal conocimiento de ambas lenguas y con el tino suficiente para

no romper á tontas y á locas el organismo gramatical de la nuestra.

Educado por el obispo D. Alonso de Cartagena, que conservó cierta

sobriedad en el latinismo, y familiarizado luego en Italia con la

cultura clásica de primera mano, discípulo de Jorge de Trebisonda y

familiar del cardenal Bessarión, llegó á adquirir una idea noble y

alta del estilo, y si en sus obras latinas no llegó á realizarla, no

fueron infelices sus conatos para imprimir en la lengua nativa un

sello grave y majestuoso, una especie de dignidad romana, bastante

bien sostenida. Y como al mismo tiempo era hombre de lozana fantasía,

venció con talento las dificultades del género alegórico, amenizando

sus razonamientos, que se deslizan con suave corriente y largos rodeos,

á estilo ciceroniano. Páginas hay en el _Triunfo_ y en la _Batalla de

los lobos y perros_ dignas de cualquier prosista clásico del tiempo del

emperador Carlos V. Los Olivas, los Guevaras, los Valdés, tienen en él

un precursor muy digno, aunque con las imperfecciones anejas al primer

ensayo[184].

Anterior á los opúsculos de Alonso de Palencia es la _Visión delectable

de la filosofía y artes liberales_, compuesta por el Bachiller Alfonso

de la Torre para instrucción del príncipe de Viana; pero creemos que

esta obra, una de las más notables que produjo el ingenio español en

el siglo XV, no entra en el cuadro de la novela, aunque ofrezca cierta

composición artística, del mismo modo que no se incluyen en la historia

de la novela latina el libro de Marciano Capella, _De nuptiis Mercurii

et Philologiae_, ni el _De consolatione_ de Boecio, que parecen ser

los dos modelos que el bachiller La Torre tuvo presentes. Su obra es

una enciclopedia de carácter primordialmente científico, por más que

se desarrolle en forma de coloquios entre la Verdad, la Razón, el

Entendimiento, la Sabiduría y la Naturaleza, y aparezcan personificadas

todas las virtudes y todas las artes liberales. El fin didáctico se

sobrepone al estético, y la obra entera merece figurar en los anales

de la filosofía española más bien que en los de la ficción recreativa.

Como texto de lengua científica, no tiene rival dentro del siglo XV; la

grandeza sintética de la concepción infunde respeto; algunos trozos son

de altísima elocuencia, y la novedad y atrevimiento de algunas de sus

ideas merecen consideración atenta, que en lugar más oportuno pensamos

dedicarlas[185].

Tampoco creemos que debe incluirse entre las novelas, sino entre los

diálogos político-morales, el impropiamente llamado _Libro de los

pensamientos variables_[186], que su autor, de quien sólo sabemos, por

lo que él dice, que era «un pobre castellano con algo de portugués»,

dedicó á la Reina Católica con el loable fin de poner á sus ojos la

opresión y servidumbre en que yacían los villanos y campesinos y

excitar su celo justiciero contra los tiranos y robadores que habían

estragado á Castilla en el infeliz reinado de Enrique IV. Valiéndose

el anónimo escritor de una ficción que recuerda otras de los cuentos

orientales é italianos, y que andando el tiempo inspiró á Lope de

Vega su bellísima comedia _El villano en su rincón_, imitada en todos

los teatros del mundo, presentaba á un rey perdido en la caza, que se

encuentra con un rústico, de cuyos labios oye durísimas verdades. Es

notable el atrevimiento de las ideas de este diálogo, que llega hasta

discutir, por boca del rústico, el fundamento del derecho de propiedad

y predicar una especie de colectivismo anárquico. «Los hombres, en

este mísero mundo venidos todos, fueron igualmente señores de lo que

Dios, antes de su formación, para ellos había criado, é desta manera,

si honestamente dezir se puede, gran enemiga debemos haber é tener los

tales como yo con los altos varones, pues forzosamente, habiéndose

usurpado el señorío, nos han hecho siervos. É puesto que su magestad

diga que aquesta larga é gran costumbre es ya vuelta en naturaleza,

sepa que por aquellas leyes por donde lo dicho se principió, querríamos

el contrario rehacer, porque toda cosa que con fuerza se haze, con

fuerza deshazer se tiene». Verdad es que en la controversia con el

Rey se templan mucho estas proposiciones, viniendo á parar todo en

una inofensiva declamación contra las vejaciones y tropelías de que

era víctima la clase labradora y contra el insolente lujo de los

cortesanos. Puede creerse que el _Rústico_ interlocutor de este diálogo

sirvió de modelo para el _Villano del Danubio_, á quien hizo prorrumpir

Fr. Antonio de Guevara en tan vehementes invectivas contra la tiranía

del Imperio Romano.

Ignoramos el actual paradero de cierta novela alegórico-política, al

parecer extensa y dividida en doce libros, compuesta en 1516 por

autor anónimo, con el título de _Regimiento de Príncipes ó gobierno

del rey Prudenciano en el reino de la Verdad_[187]. De este libro,

dedicado al futuro Emperador Carlos V, sólo conocemos el curiosísimo

pasaje relativo á la Inquisición, que publicó Llorente en los apéndices

de su _Historia_[188] y que tiene trazas de estar muy modernizado

en el lenguaje. Traslúcese que el autor era cristiano nuevo, y

aunque no ataca de frente el Santo Oficio, pone de manifiesto sus

abusos y propone algunas reformas ó innovaciones para asimilar sus

procedimientos á los de los tribunales ordinarios.

La tradición de esta clase de libros de política recreativa y de

enseñanza de príncipes no se interrumpió durante el siglo XVI, pero

cada vez se hizo más fuerte en ellos la influencia clásica, quedando

enteramente anulada la oriental. Tal acontece en el _Marco Aurelio_ del

obispo Guevara, visiblemente imitado de la _Cyropedia_ de Xenofonte.

Pero como el _Relox de Príncipes_, además de su intención pedagógica,

tiene caracteres de novela histórica, reservamos para más adelante el

dar razón de su contenido.

Orígenes de la novela, Tomo I · 第 22 / 55 题